jueves, 21 de junio de 2018

Vocabulario y expresiones

Sabido es que desde siempre el hombre ha tenido la costumbre de coleccionar las cosas más extrañas que imaginarse pueda. Así algunos han sido afines a la lepidoteca, o sea, reunir mariposas; a la numismática, la agrupación de monedas y billetes; o a la filolumenia, juntar tapas de cajas de cerillas. Raro, ¿verdad? Como también hay quienes han logrado colectáneas, algunas muy importantes y curiosas, de muñecas Barbie, de cuchillos, de violines, de relojes o de barajas. Este hábito de ir haciendo acopio de lo más distinto ha bajado mucho último últimamente, pero sin embargo hay unos “coleccionistas” que siempre hubo, que siguen existiendo y que no desaparecerán: me estoy refiriendo a aquellos que, dominados por la avaricia, se dedican a amontonar dineros sin tino. Durante muchos años he sido filatélico y puedo decir que tengo una colección de sellos de España, un tanto abandonada, eso sí, pero también un tanto importante. Lo que ahora, y desde hace ya bastantes años, me agrada compilar son palabras, y en mis pobres escritos, suelo utilizar algunos términos ciertamente desconocidos para la mayoría, con la única y sana intención de que poco a poco vayan llegando a mis amables lectores, los cuales, en su primer encuentro con ellos, quedan un poco extrañados, pero que meses más tarde, cuando se vuelven a encontrar con esas voces, las reconocen de inmediato. Por tanto, y como digo, quiero ser una gran amigo del vocabulario y de la manera de expresar el gran contenido de palabras que acoge, dado lo cual, voy en este escrito a exponer, como alguno de ustedes me ha dicho en más de una ocasión, algunas palabras “raras”, como por: ejemplo, barbián, orate, amover, jipiar o haiga, y sólo me referiré a esta para decir que ya se utilizaba muchísimo por estos lares en los años cincuenta del pasado siglo y con ella se hacía alusión a los coches grandes y lujosos. Y una curiosidad: las palabras más largas del idioma castellano son electroencefalografista, con 23 letras y esternocleidomastoideo, con 22. Empezaré haciendo referencia primero a palabras para decir que se les da una interpretación muy distinta aquí en nuestro país que en América del Sur. Por ejemplo chapear, lo que para nosotros quiere decir cubrir con chapa, en la República Dominicana es cortar el césped. Erizo que para nosotros es un pequeño mamífero con púas, para los mexicanos es estar pobre y sin dinero. Por último, un adjetivo que nosotros prácticamente no utilizamos nunca (invito al lector a que recuerde la última vez que la pronunció), y al que ellos dan un uso muy común. Me estoy refiriendo a lindo, Es sinónimo de bello o hermoso: que canción tan linda, o de bueno y exquisito: hacen una comida linda de verdad aquí. Me detendré ahora en el uso de algunas. ¿Se han fijado que tanto en América, como en nuestra queridísima Galicia, se usa el pretérito de los verbos en su modo indefinido, mientras que nosotros lo hacemos en el perfecto? -Cenaste? - dicen ellos, mientras que nosotros preguntamos:-Has cenado? Viene a ocurrir lo mismo con los adverbios acá y aquí, que ellos emplean aquél y nosotros este. Acontece igual, y es el último ejemplo que pongo, con otros adverbios como recién y ahora mismo. Ahora, y sin saber exactamente si son localismos o no, haré referencia a algunas comparaciones que se utilizan frecuentemente por estos pagos: Eso es más largo que una feria sin cuartos o un día sin pan; aquella otra de: Se mueve menos que la quijada de arriba, o la de: Tiene babas, con lo que se quiere manifestar que es de una gran perfección. Y por último haré referencia a algunas manifestaciones que considero completamente absurdas. Algunas se dan en el mundo del deporte, donde se dice, y tanto por el público como por los profesionales de los medios de comunicación: El partido acaba de empezar, cuando se debería decir que comenzó hace poco, ya que son antagónicos acabar y empezar. El balón está dividido, con lo que se quiere manifestar que la posesión del mismo no es de un solo equipo sino que se alterna para ambos. Y dejando el deporte, le dieron una bofetada en toda la cara. ¿Pero es eso posible? No. Una bofetada se puede dar en la mejilla, en la frente, en el mentón, en la nariz, pero en toda la cara es imposible por completo. A nadie le amarga un dulce. Tampoco es cierto, porque a muchas personas les rehelean o acibaran el chocolate, el flan o el merengue (por citar algunos dulces) y probarlos les disgusta y les molesta, que algunas cosas que son gustosas para unos son desagradables para otros. Sí, sé muy bien, y quiero que todo el mundo sepa, que a las palabras se las lleva el viento, y por ello el viento huele unas veces a mar, otras a ozono, a flores, a fuego, a sudor, a fruta, a pan, a gloria y a palabras. Y hasta aquí este pequeño entretenimiento que he querido hacer utilizando el vocabulario y algunas expresiones. Gozar con las palabras, ya sea leyéndolas , escribiéndolas o pronunciándolas. Ellas, como la pintura o la música, son algo verdaderamente delicioso, con lo que se disfruta enormemente. Lástima que no siempre queramos hacerlo. Ramón Serrano G. Junio 2018

jueves, 7 de junio de 2018

Lo difícil

El tema que nos ocupa hoy creo que es realmente difícil, aunque todos sabemos que lo difícil, o sea, aquello que cuesta mucho conseguir, lo que se hace o se comprende con un gran esfuerzo, no lo es siempre en el mismo grado para todas las personas que se enfrentan a ello. Y esto ocurre todavía más en aquellos episodios o aventuras que lo son mucho, porque en las más o menos facilonas todos acabamos por triunfar, siendo en las peliagudas en las que hay una mayor diferencia para su consecución entre unos u otros. Así pues, sabiendo que lo difícil es aquello que su consecución o realización presenta obstáculos, hay que admitir que esta no es una definición absoluta ya que esos escollos son salvables para unos, mientras que a otros les es (nos es) prácticamente imposible vencerlos. Además, hay que tener presente que en lo difícil como en lo fácil se da por un lado la eseidad de lo que son en sí mismos y por el otro lo que piensan sobre ello las gentes, opiniones que muchas veces son equivocadas, lo que se observa cuando se estudian con paciencia y se acomete su realización. Deseando hablar de lo difícil, obviaré hacerlo de lo fácil, aportando de ello tan sólo una opinión y una anécdota. La primera manifestar que un sabio griego dijo que en la prosperidad es muy fácil encontrar amigos, pero tenerlos en la adversidad es muy difícil, casi imposible. La segunda, contar que, tras un altercado en una casa de lenocinio, acude la policía que se lleva a algunos clientes y a varias “profesionales”. Ya en la comisaría, en el interrogatorio, le peguntan a una de ellas:- Entonces, ¿usted es una mujer de vida fácil?, a lo que responde la interfecta:- Que se piensa usted que es muy fácil soportar a un borracho a las tres de la mañana. La dificultad para hacer o conseguir algunas cosas existe y negarlo sería absurdo, pero en muchas ocasiones, en bastantes, esos impedimentos se dan por la falta de conocimiento del medio adecuado y en las más porque no se pone el necesario interés para conseguir la realización de la obra o la solución del problema que nos ocupa. La displicencia suele ser la causa de muchas derrotas y muchos abandonos, así como el conformismo. Aquello de: - No es lo que yo hubiese querido, a lo que yo aspiraba, pero “con esto me apaño” y me evito tener que estar esforzándome. Porque, afortunadamente, todo en esta vida es superable aunque, claro está, hay cosas que precisan mayores desvelos y sudores. Poder llegar a conocer con minuciosidad las interioridad de la física cuántica, dominar el idioma burushaski, o haber comprobado si la estrella más cercana a nuestro sistema solar es la Wof 359 o la Próxima Centauri, o una oposición modus vivendi, son cosas que parecen inalcanzables, pero muchos hay que lo han logrado. Y estos son ejemplos de tecnicismos, peo también hubiese podido otros de tipo espiritual o afectivo, como lo es conseguir un sello de dos reales azul de Isabel II y de 1850, o una sonrisa de “alguien especial”. Y así, cuántos casos podríamos citar de logros obtenidos por algunos sobre empresas que parecían inhacederas, por personas a las que hay que nominar como decididas y valientes a las que no ha asustado lo difícil, ya que, tristemente, hay que reconocer que esa es la palabra a la que demasiadas veces nos aferramos para no intentar lo posible. Porque las más de las veces, cuando se nos presenta alguna tarea más ardua de lo normal, algo cuya resolución nos es más costosa, más afanosa de lo que es común, no nos paramos a pensar que ella no es sino un banco de pruebas, y que superarlas hace que las personas sean mejores y más sabias, y que si se va uno acostumbrando a vencer las pequeñas empresas aprenderá pronto a hacerlo con las difíciles. Por otra parte, y además, no se tiene casi nunca presente que cuanto mayor es la dificultad de una prueba que ha sido eficientemente superada, mayor es la felicidad que se alcanza por haberlo logrado y podríamos hablar de que se aprecia más lo que nos ha costado mucho conseguir. “Cuanto mayor es la dificultad, mayor es la gloria” dijo Cicerón. Enfocando el tema desde un punto de vista subjetivo, hemos de decir que cuando estamos tratando de resolver un problema, o de alcanzar una meta, las dificultades que se nos van presentando cerca del final son las más peliagudas de resolver y no porque lo sean en sí, sino porque las anteriores ya están superadas. Aquello de que “hacienda hecha quita cuidado”. Entonces me resta decir que existe lo difícil pero no lo imposible, que todo se puede solucionar y alcanzar si para ello se tiene una gran voluntad de conseguirlo, no se escatiman esfuerzos en su consecución, sin arredrarse ante la magnitud de la empresa a la que se acomete, atacando siempre los problemas de frente, que no de soslayo y sabiendo levantarse una, y las veces que sean precisas, tras el desliz y hacerlo felices pues de las equivocaciones se aprende y mucho. Ya tan sólo dos cosas: una, decir una vez más que lo difícil no es saber vencer el problema, sino acopiar empeño suficiente para lograrlo. Que lo fácil es tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, pero que es muy difícil criar al hijo, regar el árbol y que alguien lea el libro. Y otra que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Pero ese ya es otro tema. Ramón Serrano G. Junio 2018

jueves, 24 de mayo de 2018

Yggdrasil

Para …. que se fue muy lejos. Yggdrasil, el árbol de la vida, el fresno del universo que mantiene unidas a las gentes y el que, de su raíz, emanan las fuentes que llenan el pozo del conocimiento. Es el amor, y no sólo el que surge y pervive entre un hombre y una mujer (ese por supuesto y de manera indefinible), sino también el que se da entre las personas de buena voluntad. A sus pies se encuentra el dios Heimdall que lo protege del ataque de dragones y de multitud de gusanos que quieren corroer sus raíces y derribarlo y así crear el pesar y la tristeza entre los habitantes de la Tierra. _______________________ -¿Cómo estás, Prudencia? Te sigo viendo con cara de mucha tristeza. -Cómo quieres que esté, Paula, si mi hija, al casarse, se me fue tan lejos que se me pasan las cosechas sin poder verla, y hablo con ella de uvas a peras con eso del horario y otras zarandajas. Y tener a un ser querido a tanta distancia, el no poder verla, repito, no digo yo cada mañana, pero aunque fuese cada par de meses siquiera, produce una pena muy grande. Porque si tienes un familiar que viva en el pueblo, o por aquí cerca, igual se te pasan los días sin verlo o sin hablar con él, pero sabes que está ahí, más o menos cerca, a mano, pero asequible y eso lo sobrellevas, pero tanta distancia es muy mala, créeme. O al menos a mí me ocurre así, como te tengo dicho. _______________________ El ser humano, a veces por razones naturales y en otras víctima en mayor o menor grado del hedonismo, puede alcanzar la felicidad de una y mil maneras, y una de ellas es la consecución de bienes de muy diferente clase, y tanto materiales como inmateriales. Todos aspiramos a poseer cosas, tangibles unas e incorpóreas las otras, y el logro y la tenencia de ellas nos concede un placer legítimo. Es lógico que quien ha conseguido hacerse de un automóvil, una casa o un trabajo, pongamos por ejemplo, se halle ampliamente feliz al poder disfrutar de ello. Todos queremos tener un bien y tenerlo asequible. Pero esto se da en la posesión de los caudales corpóreos, pero en el alcance de los frutos del alma, hay otra característica de la que aquellos carecen. Así cuando se da el amor, ya sea entre la pareja o entre miembros de la familia, a los afectados no les basta con la posesión y la existencia del cariño entre las personas que lo profesan, sino que exige irremisiblemente la visión y el contacto entre ellos, y si no constantemente, sí con periodos de tiempo muy frecuentes o de ausencias muy breves. Cuando se vive racionalmente, cada cual se debe ocupar de ir logrando metas y debe hacerlo con la mayor satisfacción pues ello es como un baile que, al practicarlo, el objetivo no es ir a un lugar determinado de la pista, sino el disfrutar de cada paso del camino y además tengo leído que no es verdad que se haya hecho fortuna cuando no se sabe disfrutar de ella. Pero una cosa es el disfrutar y otra bien distinta es el sufrir si se pasa algún tiempo sin estar junto a lo que se tiene y se aprecia. Se recuerda con cariño la casa que ahora se tiene en la playa, o la vista y el paseo por los campos de la finca agrícola adquirida, las prolongadas estancias en la biblioteca que hay instalada en el ático, pero nadie se aflige por ello. Sin embargo sí que se tiene un enorme padecer cuando las personas amadas, aquellas a las que se tiene un gran cariño, nuestra pareja, los hijos o los nietos, se hallan a mucha distancia de nosotros. Decía Paulo Coelho, el gran escritor brasileño, que hay veces que la vida separa a las personas sólo para que entiendan cuanto importantes son la una para la otra. Y como él, muchas otras frases hay emitidas sobre esta triste circunstancia de la separación prolongada entre seres que se tienen afición noble y duradera. Está más que comprobado: Que el sufrimiento debido a esa causa, se lleva, más que en la cabeza, en el pecho, que es donde las ausencias duelen de verdad. Que lo que el corazón mantiene en el recuerdo, la lejanía es incapaz de olvidarlo. Que el amor y la distancia son como el fuego y el viento: a los que son grandes este último los propaga, mientras que a los que son pequeños los apaga, los extingue. Que cuando una persona amada se halla lejos tenemos constantes recuerdos de ella, y son membranzas perfumadas de violetas. Así, y por todo esto, si observamos un poco veremos fácilmente que bien cierto era lo que aquella vecina le decía a su amiga, porque una de las cosas que más desagradablemente sobrelleva el ser humano, peor aún que una enfermedad, o que la ruina, es la lejanía de las personas a las que se les profesa un gran cariño. Menos mal que, para nuestra fortuna, tenemos a Iggdrasyl, el árbol de la vida, el fresno del universo que mantiene unidas a las gentes… Ramón Serrano G. Mayo 2018

viernes, 11 de mayo de 2018

Palabras

Siempre hubo, hay y habrá, incógnitas en el mundo cuya explicación está reservada a los cultos y estudiosos, mientras que los pobres ignorantes nos vamos apañando con descubrir la existencia de algunas, fijarnos en ellas e intentar conocerlas y, al hacerlo, quedar ciscunspectos y admirados. Así está hecho sin que el hombre de la calle, y desde luego yo, sepamos por qué. De ese modo, y que cada loco está con su tema (hay a quien le da por la cetrería, el alpinismo o la filatelia, aunque de estos hoy ya no hay muchos), a mí me agrada el idioma y concretamente algunas palabras polisémicas, es decir, que pueden tener pluralidad de significados en una expresión lingüística. Hablando de ellas debo decir en primer lugar que su origen se puede deber a diferentes causas, como un cambio de aplicación, la especialización en un medio social o por la influencia de idiomas extranjeros, etc., lo que origina palabras homónimas con diferente etimología, como ocurre con la reja del arado y la de la ventana, A esto es a lo que vengo a referirme hoy, significando de nuevo que hay palabras que tienen diferentes nominaciones y tipos, ya que puede haber homónimas homógrafas, homófonas o léxicas. Voy a hablar en primer lugar a algunas de aquellas que, siendo exactamente iguales, con su utilización nos estamos refiriendo a cosas, objetos o situaciones muy diferentes, pero sin que ninguno de ellos puede ser, o llegar a serlo, de un modo peyorativo. La motivación de esta variedad se debe a diversos motivos, como por ejemplo la especialidad en un medio social: la masa a la que se refiere el profesor de física, la que utiliza el albañil o con la que trabaja el panadero; o a la metonimia, por la que se dice el laurel por la gloria, o las canas por la vejez. Quiero aclarar que, habiendo como hay gran cantidad de estos términos, sólo me referiré a unos pocos, sin que para ello haya seguido un criterio específico. Voy a citar algunos. Son palabras homógrafas, Bajo, que puede referirse a ser de poca altura, al tono o potencia de voz, o al concepto que se tiene de alguien. Gato, animal de la familia de los felinos, herramienta para levantar objetos pesados, criado, tipo de juego, danza argentina. Frente, línea de batalla, parte superior del rostro, frontal de una casa o de algo, o encabezamiento de una agrupación. Carta, con lo que designamos de igual manera a una epístola, a un naipe de la baraja o a la relación de platos de un restaurante. Barra, con lo que llamamos por igual al mostrador de un bar, a una palanca o a una pieza alargada de pan. Cubo, o sea, una figura geométrica, un balde o recipiente, o una operación matemática, y ya hablaré sólo del caso concreto de Copa, con lo que se alude tanto a un vaso con pie, al conjunto de ramas y hojas de un árbol, a un premio deportivo, como a la parte hueca del sombrero, y así hasta quince conceptos diferentes. Recordar brevemente algunas palabras homónimas- homófonas que se pronuncian igual pero su escritura y significado son distintos: tubo/tuvo, aya/haya, vote/bote, ablando/hablando. Y en cuanto a las léxicas, las que constituyen una raíz y sus derivadas, citaré metal, metálico, metalizado y metalurgia, o árbol, arboleda y arbusto. Hasta aquí, y como se ha visto, me he venido refiriendo a acepciones normales, es decir, que ninguna de ellas es desfavorable, queriendo rehacerlo por último a aquellas palabras que tienen un significado variado y uno de ellos es displicente o despectivo. Así: Perra, que es un sustantivo con el que nombramos a un animal, pero también un calificativo para una modo de vida, para una rabieta, para la carencia de dinero o para aludir a la vagancia. Y digo yo: ¿y por qué no se les llama gato, totovía o cangrejo? Se conceptúa como diestro a quien posee un gran saber, arte o habilidad o tiene tendencia a utilizar la mano o el pie derecho. Pero con siniestro, en vez de denominar a quien es zurdo, zoco o zocato, nos referimos a quien es avieso, abyecto, maligno. Debe provenir de que a la siniestra iban los malos, y, por ello, a los niños se les educaba para la exclusiva utilización de la mano derecha con cucharas diferentes, atándoles la mano izquierda, o diciéndoles esa mano sólo se utilizaba para orinar. Citaré ahora la política, para decir que siendo una cosa normal algo malo habrá en ella cuando se dice: Parece estar bien lo que hace, pero no hay que olvidar que es muy político. O aquello otro de: los políticos son como las setas: si son buenas matan el hambre, pero si son malos, y estos suelen ser los más, matan al hombre. Muchos de ellos deben saber que Gandhi dijo: “La mejor política es la honestidad”, pero ¿quién se acuerda hoy ya de Gandhi? Permítaseme ahora una breve alusión a oxímoron, una combinación en la que en una misma estructura sintáctica se emplean dos palabras de significado totalmente opuesto. Por ejemplo: un silencio atronador, una luz oscura o un hielo abrasador. Y para terminar haré alusión al vocablo curioso con el que se designa a quien es limpio y aseado, aquello que despierta interés por su rareza u originalidad, y a quien trata por enterarse de vidas y cosas ajenas, no haciéndolo por saber sino por ser fisgón o entrometido. Sobre uno de estos hay una novela corta que aparece en la primera parte del Quijote, en la cual el cura Pero Pérez narra la improcedente curiosidad de Anselmo debido a la petición que este hace a Lotario. Claro que aquel pobre hombre tenía más de un defecto: además de curioso, era impertinente. Ramón Serrano G. Mayo 2018

jueves, 26 de abril de 2018

La casa

Para Luis López Gonzalez., asiduo lector de estos artículos, con mi agradecimiento. La casa era solariega y grande, la mayor de todas cuantas habían conocido, y eso que habían sido muchas a lo largo de su dilatada existencia de ya algo más de veinte meses. El ratón Tromy, y el grupo gregario de hembras y crías que convivían con él, se habían sabido acomodar en ella, pues al estar prácticamente abandonada, les ofrecía un grato y, sobre todo, un acogedor espacio donde desarrollar su vida con tranquilidad y sin sobresaltos. Cabe indicar que era un grupo de ratones urbanos, que, como es sabido, son menos despiertos y sabios que los agrícolas y tienen un pelaje grisáceo mientas que el de los del campo es rojizo. Allí, aunque la vida de sus congéneres se ejercía habitualmente de noche, ellos podían salir de sus escondrijos y amagatorios a cualquier hora sin temor a ser descubiertos y atacados. Podían además merodear por sótanos, salas y salones a sus anchas como Pedro por su casa, o como Pedro por Huesca que se dijera con anterioridad, sin correr peligro alguno. El problema alimentario también lo tenían resuelto pues en el amplio jardín había cantidad de insectos, larvas y multitud de hojas que comían y mordisqueaban sin apuro. Con todas estas circunstancias, y otras que a describir renuncio, se adivina que la vida de Tromy y su amplio grupo de familiares era agradable y carente de agobios. Pero sí quiero hablar de lo que vino a ocurrir a Tromyto, el hijo mayor del jefe, el cual había sacado un carácter un tanto aventurero, que lo llevaba a estar siempre zascandileando por los lugares más inverosímiles en busca de algo que ni él mismo sabía lo que era. Por ello, dio en buscar por los lugares menos frecuentados de la casa que eran aquellos de la parte superior, puesto que los bajos y sótanos se hallaban ocupados profusamente por sus familiares. Y explorando un día por las salas del piso segundo, vio que en una de ellas había un gran mueble con estanterías, las cuales se hallaban completamente abarrotadas de volúmenes repletos de cuantiosas hojas de papel, bien encuadernados y rellenos de innumerables garabatos y dibujillos, que no había visto nunca, pero que debían tener un significado, quizás importante. De momento, no quiso ponerse a investigar si aquellos trazos y rasgos querían decir algo, y se limitó a ratonar y rustir los bordes de las hojas de aquellos tomos, comprobando que tenían un sabor realmente agradable y satisfactorio. Aquel descubrimiento le llevó a coger la costumbre ineludible de visitar diariamente la sala en cuestión, con lo que sus ausencias del grupo se hicieron prontamente notorias. Tanto que su padre, que había sido el primero en notarlo, decidido a averiguar cuál era la causa de esas desapariciones, le siguió una mañana, y al verle entrar en aquella sala, se quedó en la puerta espiando cuáles y de qué clase eran las actividades de su hijo allí. Observó cómo se subía a la estantería más baja, cogía un tomo, lo abría y empezaba a roer, despacica y deleitosamente, una de sus hojas. Al verlo, salió de su amagatorio, y dándose a ver, preguntó a su hijo la razón de sus quehaceres. Este le habló tanto del sabor agradable de las hojas como de esos infinitos, y al parecer significativos, garabatos y figuritas que tenían todas y cada una de ellas. Quedóse un buen rato pensativo el padre y habló de ir a consultar a un buen compañero que había crecido junto a él, que vivía cerca y que, a la sazón, servía de mascota a un hombre de edad. Arrancaron una hoja como muestra y con ella se fueron dos mañanas más tarde a rogar al amigo que les sacara de dudas. Al verse, tras las salvas y abrazos de rigor, el vecino dijo estar muy bien enterado del problema y se mostró predispuesto en grado sumo a disipar las dudas de los visitantes. -Mirad, les habló. Los humanos tienen unos muy raros hábitos y usanzas, y uno de ellos es este que ellos dan en llamar escritura que es un sistema de signos con los que ellos exponen los sonidos de sus gargantas y que les sirven para poder comunicarse, exponer sus ideas y conocimientos, y mantener siempre, a mano y a su disposición, sus saberes, noticias y expresiones. Es muy útil este sistema, más que el nuestro, porque nosotros, si nos topamos con una situación novedosa, hemos de recurrir, o a la generosidad de los más viejos para que nos informen, o a nuestra intuición, lo que nos lleva a cometer muchos errores, mientras que ellos se sirven de esos escritos, que así los llaman, que siempre tienen a mano y con los que adquieren infinidad de conocimientos. -¿Y podríamos nosotros a aprender a utilizar los libros?, preguntó Tromy al otro. -Claro, le contestó aquel de inmediato. Mi amo tiene por algún sitio unos cuadernillos en donde vienen explicados los rasgos y dibujos que corresponden a cada sonido, y con los que se forman las palabras y las ideas. Déjame un par de días, vuelve por aquí entonces y te los daré, y además, hojas en blanco y útiles de escritura que podréis ir utilizando para el aprendizaje primero y para vuestras necesidades sobre esta actividad después. Pero recordad siempre que lo de mayor importancia será que, cuando hayáis aprendido el método del que estamos hablando, dediquéis horas y horas, muchas, a la instrucción de vuestras mentes. Sabed que, con esta maravillosa costumbre de la lectura, no tendréis necesidad de llegar a la mucha edad para ser sabios, pues os bastará con estar dedicados a los libros. Y fijaros bien en lo que os digo: si leéis mucho, en poco tiempo vais a saber más que los ratones coloraos. Ramón Serrano G. Abril 2018

sábado, 14 de abril de 2018

Costumbres odiosas

Es sabido que nuestra querida lengua española (aunque imagino que otras también) está llena de asertos, o sea, afirmaciones rotundas de la certeza de algo, por lo que hoy quiero apoyarme en uno de estos para poder pasar al tema que me ha de ocupar después. Y de entre estas aserciones me voy a referir concretamente a aquella que alguien atribuye a Charles Dickens y que dice que “el hombre es un animal de costumbres”, lo cual es tan cierto como que hemos de morir. Porque eso de que es un animal está más que demostrado, por activa, por pasiva, por fas y por nefas. Y lo de las costumbres, a las que el diccionario define como manera habitual de actuar o comportarse, una rutina arraigada, un hábito adquirido por mera práctica que nos lleva a hacer las cosas sin razonarlas, un automatismo que podemos realizar mientras pensamos en otra cosa, de esas, para qué vamos a insistir o tratar de demostrarlo si cada uno de ustedes es sobradamente conocedor de ello. Ello es archiconocido por todos, y, aunque tratamos de evadirlas, puesto que nos da la sensación de no actuar libremente, la mayoría caemos en ellas, olvidando que la costumbre suele matar al hombre. Y lo hace, no quitándole la vida, pero sí llevándolo a que subsista mecánicamente, sin voluntad para hacer una u otra cosa y dejándose llevar por lo consabido. Los niños se adaptan a su hogar y sufren si no están entre los suyos. Los adultos, cuando viajan, experimentan desarreglos en el organismo y su cuerpo, al notar cambios en su cotidianidad, llega a no funcionar normalmente. Se podría deducir de esto que hacer cambios en el modo de actuar no siempre resulta aconsejable. Mas, ¿es bueno llevar la rutina a todas nuestras vivencias? Evidentemente no, porque de hacerlo, daríamos paso a la monotonía, perderíamos la creatividad y nos sentiríamos como apagados. Pasemos entonces a hablar de las costumbres, que las hubo, las hay y las habrá, (“-Ha de antiguo la costumbre…”, le decía el Marqués de Moncada a don Mendo) de las que cientos, miles, unas son buenas, regulares otras, malas muchas y pésimas bastantes. Repito que están inmensamente arraigadas entre los seres humanos y que, como todo en esta vida, tienen sus lados positivo y negativo. Y me voy a referir a las comparaciones, o sea, en el hecho de fijar la atención en varios objetos para estimar sus valores, diferencias o sus semejanzas que nos acaba de hacer el interlocutor, para valuar subjetiva y libremente objetos, hechos u obras. Comparar, en sí, es bueno casi siempre, ya que con ello estudiamos las características, las cualidades, amén de otras virtudes y defectos de lo que nos ocupa y por lo que estamos interesados. Es una capacidad única, supone una gran habilidad mental que nos concede pingües beneficios pero que también nos acarrea problemas. ¿Qué restaurante es mejor? ¿Qué coche me compro? ¿Dónde veraneamos? Como no tengo experiencia no sé qué elegir, ya que no puedo comparar un trabajo con otro. Así podría seguir poniendo ejemplos de cómo no llevamos bien a cabo las comparaciones, pero sólo diré cuánto tergiversamos las cosas cuando salimos perdiendo y cómo justificamos nuestros fallos comparando a la baja nuestras posibilidades con las de los otros. Pero a lo que estrictamente me quiero referir es a nuestro extraño comportamiento cuando nos piden nuestra opinión sobre la naturaleza, bondad o maldad de algo y, habitualmente, obviando la pregunta que nos acaban de formular extendemos nuestra acción a juicios comparativos absurdos y fuera de lugar. -Z es una ciudad bonita, pregunta aquél, y de inmediato le responde este: -Sí, pero es mucho más bonita X, e interviene otro afirmando que W es mucho más fea. -Oye, como sé que ya lo has leído ¿qué te ha parecido el último libro de Fulano?.- Es mucho mejor, el de Mengano. Pero señores, si lo que se nos está pidiendo es que opinemos sobre la bondad, la belleza, la duración, etc., etc., de algo y, curiosa e inexplicablemente nos vamos a otro campo, porque o no queremos, o porque tratamos de disimular nuestra ignorancia al respecto para describir la valía de algo, y espontáneamente lo comparamos con otro para minusvalorarlo o echarlo por tierra. Y aún hay algo peor, y es que esta manera de proceder está tan generalizada, que ya la tomamos como lógica y normal. De cualquier modo, es tema un tanto escabroso este de las comparaciones y vengo a despedirme de él con aquella conocida frase de que: “Toda comparación es siempre odiosa”, como puede leerse en “La Celestina”, IX 35, y que más tarde ratificara Don Quijote, II 23. Para terminar con la otra un poco más extensa que manifestase igualmente Don Quijote, parte segunda, capítulo 1º: “Y es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje, son siempre odiosas y mal recibidas”. Ramón Serrano G.

sábado, 24 de marzo de 2018

Decir

Todos los verbos, prácticamente todos, tienen una gran cantidad de acepciones, por lo que se pueden, y se suelen, utilizar habitualmente en muchas de ellas. Pero de entre tantos como estimo que hay en nuestro idioma, vengo hoy a referirme a uno que, a mi humilde parecer, posiblemente sea de los que más cargado esté de acepciones, o lo que es lo mismo, de distintos significados según sea el contexto en el que aparece en un diálogo o es utilizado en un escrito. Me estoy refiriendo a decir, aunque también lo haré un poco, y sólo para establecer las diferencias entre ellos, al hablar. Uno y otro son completamente diferentes aun cuando no lo parezca. Hablar y decir son distintos e independientes, y aquél es actuar, mientras que este otro es hacer. Parecen expresiones sinónimas y el uso cotidiano las intercambia e iguala, pero no es así, ni mucho menos, y así, si alguien dice: -El ministro habló ayer en televisión, el interlocutor le preguntará de inmediato: -¿Y qué dijo?, y esta pregunta carecería de sentido si hablar y decir significaran lo mismo. Hablar es hacer uso de una facultad, mientras que decir es utilizar esa facultad en una acto de expresión concreto. Esto está en relación a la distinción aristotélica entre praxis y poiesis, y quiero finalizar este apartado manifestando que nadie puede hablar sin formular expresiones concretas, al igual que ningún ser humano puede decir nada concreto si no posee la facultad de hablar. Quede claro entonces que hablar y decir son aspectos diferentes del acto concreto de hablar. Dicho esto me voy a referir a decir, que es definido por el D.R.A.E como manifestar el pensamiento con palabras, amén de otros once significados a cuál de ellos más explícito y revelador. A más de ello vienen también gran cantidad de expresiones, casi cincuenta, y todas ellas muy conocidas y utilizadas por el gran público, en las que el verbo que nos ocupa es principal protagonista. Para demostrarlo citaré algunas: - Como aquel que dice, como si dijéramos. -Como quien no dice nada, indicando que no es baladí aquello de que se trata. -Decir entre sí, razonar consigo mismo. -Decir por decir, hablar sin fundamento. -El qué dirán, la opinión pública reflejada en murmuraciones que cohíben los actos. -Es decir, dar a entender que se va a explicar mejor o de distinta manera lo ya dicho. -Ni que decir tiene, dando a entender que algo es evidente o sabido por todos. -No me digas, para denotar sorpresa o contrariedad. -Quién lo diría, indicando incredulidad, o –Que se dice pronto, para ponderar la magnitud o naturaleza de algo que sorprende por su carácter inusitado. Como se ve, el verbo al que estamos haciendo referencia aparece en todas las expresiones, pero en ninguna de ellas está desarrollando su función habitual de transmitir con palabras ideas a un tercero, sino que está ejerciendo funciones preconcebidas con frases forjadas de antemano. Por otra parte, el decir ha sido, es y será, de una importancia tal, que los más grandes hombres han emitido juicios sobre él. Así, “Sea como fuere lo que piensas, siempre es mejor decirlo con buenas palabras” afirmaba Shakespeare; manifestaba Séneca. “Lo que has de decir, antes de decírselo a otro, dítelo a ti mismo”. “Lo bien dicho se dice presto”, opinaba Baltasar Gracián. Un anónimo manifiesta que “Es mil veces más fácil no decir lo que pensamos en un momento de ira, que pedir disculpas luego”. Y por último quiero citar al ínclito Francisco de Quevedo, el cual, en una epístola satírica y censoria contra las costumbres de los castellanos, se expresaba de este modo: -“¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. Dichas estas frases pertenecientes a grandes personajes, quiero apuntar también algunos proverbios o paremias, sentencias de la sabiduría popular tomadas de la experiencia de las gentes a través de los siglos. “Se debe aclarar la mente, antes de decir algo”.- “Aprender a bien callar, para saber bien hablar”.- “Cada quien diga algo sobre aquello que sabe y de lo demás que calle”.- “De la abundancia del corazón habla la boca”.- “El decir es plata, pero el silencio es oro”. Magníficas cualquiera de ellas. Ocurre también, y de rotunda manera, que lo dicho con las mismas palabras, exactamente las mismas, pero afectadas por el tono, el modo, o la intensidad de la expresión, tiene un significado completamente distinto. Un ejemplo. Un marido acude a una carnicería a comprar un encargo que le ha hecho su mujer. Al llegar a su casa, le da el paquete a la esposa y le dice: -Aquí tienes tu encargo, que por cierto es muy caro. La mujer lo abre y le contesta: -Ya te han vuelto a engañar. Te dije solomillo de cerdo ibérico y esto es cerdo blanco. ¡Qué tonto eres! Otro matrimonio, en el día que se cumple su segundo aniversario de boda, él le regala un colgante con una piedra preciosa impresionante y le dice a su esposa: -Toma este regalo y voy a pedirte un favor: que esta noche, antes de acostarnos lo luzcas y tan sólo lleves puesto eso. Quiero saber quién es más linda, la joya o tú. A lo que la esposa, entre pícara sonrisa le dice en un susurro: ¡Qué tonto eres! Como se ve son las mismas palabras, las mismas: ¡Qué tonto eres!, pero lo expresado y la significación son muy diferentes. Pero en fin, habiendo dicho todo esto, como lo que estoy haciendo es hablar por hablar, lo mejor es que no diga nada más. Ramón Serrano G Marzo de 2018