jueves, 21 de septiembre de 2017
El equipaje
Para Julián López Torres, una gran persona
Entre las muchas actividades que el ser humano suele realizar habitualmente a lo largo y ancho de su vida está la de viajar, es decir, trasladarse de un lugar a otro, a cierta distancia y por cualquier modo de locomoción. Esto puede deberse a distintas clases de motivaciones (un trabajo, una aventura, un divertimiento, etc.) y es sabido que en él se pueden encontrar una serie de dificultades, situaciones e impedimentos, muchos de ellos diferentes a los de su vida cotidiana.
Los ha habido y los hay banales, trascendentes, divertidos o peligrosos, y en ellos, como en muchas otras ocasiones de la vida, cada quien actúa según su personalidad y manera de ser. Debido, repito, a la gran importancia de ellos, muchos autores y el pueblo llano han dado su opinión sobre sus peculiaridades, y, por ejemplo, Mark Twain afirmó que viajar es un ejercicio que acaba con los prejuicios, la intolerancia y la estrechez mental; Sam Jhonson dijo que sirve para ajustar la imaginación a la realidad pues nos hace ver las cosas como son y no como creíamos que eran; y hay un proverbio árabe que habla de que aquel que no viaja no llega a conocer el valor de los hombres.
He de hablar ahora de algo que está estrechamente unido, yo diría que complementario en un muy alto porcentaje. Me estoy refiriendo al equipaje, o sea, en ese conjunto de cosas que cada uno lleva en sus desplazamientos o en su caminar, y que le sirven, o le deberían valer, para satisfacer las distintas necesidades que cree que puedan ser necesarias o útiles en un determinado periplo a iniciar. El conjunto de cosas o enseres que piensa que le pueden ser útiles y solucionadoras de los problemas que a partir de ese momento se les puedan ir presentando.
Por tanto, el bagaje de un viajero puede contener los más raros utensilios y cosas: ropa, alimentos, libros, documentos, … y así un largo etcétera, con los que el portador carga, a veces gustoso y otras no tanto, pero que piensa, repito que le van a ser valiosos y reportar beneficios.
Y tras este prolegómeno, anuncio que quiero hablar de un viaje concreto y especial, y del equipaje que se suele llevar para hacerlo. Es, yo pienso, el periplo más importante que hace un hombre y es el que le lleva desde su nacimiento hasta el óbito. Ese camino, esa difícil y complicada travesía que es la vida misma, citando, sólo de pasada, algunos eventos de ella para cargar las tintas en las adquisiciones que suelen hacerse para llevar una existencia más o menos agradable, sin olvidar que cada hombre es un mundo y que lo que es trascendental para uno es baladí para su vecino; que hubo quien sólo deseaba que no le tapasen la luz del sol (exactamente Diógenes, el filósofo griego), mientras que otros dan la vida por poseer un puñado más de monedas. Por tener más y más.
Hay gran cantidad que únicamente se preocupan de llenar su valija con todo cuanto puedan, atesorar sin tino ni tasa, lo que les lleva a estar siempre preocupados por unas pertenencias, y verse totalmente impedidos para poder manejar convenientemente esos caudales, que, al final de su jornada tendrán que dejar es este mundo. No piensan, o no quieren pensar, que lo correcto es cargar sólo con lo que sea estrictamente necesario, y si de algo hubiese de hacer sobrepeso que fuera de lo perteneciente al alma: la cultura, el saber, la educación, el buen porte. No se debe vivir sacrificado por tener, puesto que sin nada venimos y sin nada nos marchamos.
Una de las buenas costumbres que las personas deberíamos adquirir a lo largo de nuestra existencia es la de leer, estudiar, aprender y luego llevar a la práctica las frases, opiniones y consejos provenientes de los grandes hombres. Porque sabios, estudiosos, científicos, etc., nos han ido dejando muestras de su erudición y su saber en adagios y aforismos que, al conocerlos, por su profundidad y contenido, nos han servido y nos sirven de una gran utilidad. Pero hay veces, la mayoría de ellas, que, porque no sabemos entender o interpretar el sentido de lo testimoniado por un autor, actuamos de una manera disconforme a lo que dicen algunas de estas máximas y apotegmas.
Quiero, a ese respecto, traer aquí a colación lo que en su Retrato nos dejó dicho el gran maestro Antonio Machado, quien manifestaba pararse a distinguir las voces de los ecos, acudir a su trabajo, pagar con su dinero el traje que lo cubría y la mansión que habitaba, el pan que constituía su alimento y el lecho donde yacía, y que al final de su vida se le encontraría ligero de equipaje, casi desnudo, como los hombres de la mar.
Ramón Serrano G.
Setiembre 2017
jueves, 7 de septiembre de 2017
El tornillo
Es muy probable que la anécdota con la que doy comienzo a este escrito sea conocida por muchos de ustedes, pero me parece tan significativa y, al mismo tiempo, tan probadora de nuestra manera de obrar y de comportarnos, que quiero sacarla aquí a la luz.
Parece ser que en cierta ocasión un hombre, al ver que su coche no funcionaba correctamente, se fue con él al garaje y explicó al mecánico la anomalía que pensaba que tenía el motor. Este, tras escucharlo durante un breve rato, levantó el capó, y cogiendo un destornillador apretó un tornillo. -Ya está, dijo el operario. Ahora vuelve a marchar como nuevo. –Qué bien, contestó el cliente, ¿qué le debo?.- Son 100 pesos, le respondió el operario. -¡Cómo! ¿100 pesos por apretar un tornillo?. -No, por apretar un tornillo no estimado cliente, sino por saber qué tornillo era el que había que apretar.
Y es que en la vida, y más en esta tan ajetreada y estrambótica vida que llevamos, la mayoría de las personas y casi siempre, nos preocupamos de que un determinado aparato, (y hagamos extensivo este afán al puesto de trabajo, a la situación familiar, etc.), cumpla la función para lo que lo hemos adquirido, la para lo que lo hemos traído hasta nosotros, sin que nos tomemos luego el más mínimo interés por saber el porqué de su funcionamiento, su capacidad y posibilidades, o el modo de componerlo en caso de un menoscabo o deterioro.
Creo que estarán conmigo en que se suele apreciar más el hacer que el conocer el porqué de lo que se hace, o el intentar saber si existe un motivo principal por el que es conveniente ejecutarlo de esta o aquella manera. Importa más el realizar aquello que nos place, o nos parece suficiente, aunque no sepamos cuántas son sus posibilidades de uso. Y pienso que no es necesario aclarar que no me estoy refiriendo a grandes y específicos problemas, cuya solución debe quedar reservada a los profesionales, sino a las pequeñas cuestiones diarias.
Con el fin de hacer más comprensiva mi intención, hablaré de esto poniendo un ejemplo que me haga más fácil su explicación, y para ello nada mejor que referirme a estos aparatos modernos que se han metido de lleno en nuestras vidas: el móvil, el ordenador, la tablet…,artilugios o dispositivos electrónicos facedores de muchas funciones con gran ligereza o autonomía y sin dependencia de otros accesorios que los complementen, y me atrevería a decir, que casi con completa omnipotencia.
Pero en muchos casos lo que se busca no es ya hacer muchas más cosas, sino el no tener que hacer prácticamente nada y que la ciencia nos lo dé todo hecho. Con ello estamos cayendo de hoz y coz en la discordia del campo de Agramante, que dijera Don Quijote, para acabar tratando de hacer por nosotros mismos lo menos posible. Y si eso era antes, no digamos hoy que vivimos por un lado en la época del usar y tirar, y por otro del automatismo, o sea, aquello que consiste en el funcionamiento de un determinado mecanismo por si solo o la ejecución mecánica de unos actos sin ser conscientes de ello. Algo parecido a aquello tan anhelado del dolce far niente que alguien en Italia definió como jugar a no hacer nada.
Pero ¡ay! el automatismo y ¡ay! de lo que se tiende a conseguir con ello. Porque este estaría muy bien si con él, y con el tiempo libre que nos proporciona, dedicásemos este a la ampliación de nuestra cultura o al ejercicio de otras actividades que nos compensaran, en mayor o menor grado, económica, social o culturalmente. Pero no. Esa liberación de nuestro tiempo, la mayoría, y sálvese quien pueda, la solemos ocupar con meternos en las redes sociales, jugar a los pokemons (y declaro que con esto no quiero ofender ni atacar a ninguna marca comercial), o estar sentados ante la “caja tonta” , durante horas y horas, oyendo que fulanita de tal se ha acostado varias veces con el primo de menganita, o que zutano insinuó algo en contra de mengano.
Ahora, y tras estos breves comentarios en loa y detrimento del automatismo, quiero volver al tema con el que di comienzo a este escrito, o sea, a lo provechoso que nos sería tratar de sacar una mayor utilidad a la técnica conociendo el trasfondo de las cosas, qué se halla en el interior de ellas, de las empresas o de las relaciones, y que puede tener mayor importancia que lo que se percibe a primera vista o desde el exterior. Porque el conocimiento siempre es provechoso tanto parta el obrar como para dejar de hacerlo. Varios ejemplos: el cambio de velocidad en los automóviles; la regulación predeterminada de luz o de sonido en el televisor, sin tener en cuenta el grado de disecea o fotofobia del espectador; la despreocupación que se tiene hoy en día al hacer las fotografías con el móvil, ante la profesionalidad de quien para hacerlas acude a la cámara réflex, y se preocupa del gran angular, el tiempo de exposición, la velocidad de obturación o la distancia focal.
Y no digamos ya en la sapiencia. Llegar a saber los motivos de un suceso histórico, las obras de un autor, o la situación de un accidente geográfico. Que se puede vivir (yo diría vegetar) sin ello, es verdad, pero que es muy útil y satisfactorio su conocimiento. Tener ganas de aprender y llevarlas a cabo. Pero no, en demasiadas ocasiones preferimos que nos lo den hecho, procurando la inactividad o el menor esfuerzo posible, aun a sabiendas de que no es buena nuestra inacción. Y elegimos el hacer lo menos posible. Vamos, lo que se dice no dar un palo al agua.
Y así nos va.
Ramón Serrano G.
Setiembre 2017
Bomberos y plaquetas
Entre los muchos trabajos que pueden desarrollar los seres humanos, haylos de la más diversa clase y condición, al igual que suele ocurrir con tantas otras cosas en esta vida. Así, y refiriéndome a ellos, voy a recordar que todos necesitan su correspondiente esfuerzo y dedicación, pero mientras el desarrollo de unos es grato y placentero, el de otros, por esencia, práctica y realización, no es precisamente envidiable. Veamos algunos de ambas clases.
Más aplaciente y deleitoso resulta el oficio de bordar (¿quedan aún bordadoras?, la tarea del confitero o el trabajo de una florista, que el que tiene que desempeñar un minero o el encargado de recoger la basura. Y dentro de las mismas labores, hay una gran diferencia entre una u otra especialidad. Al médico que atiende un parto y trae a la vida a un nuevo ser, se le ve más satisfecho que al forense. O en un periódico, donde hoy en día es tan lamentable atender la sección de sucesos que la de política, siendo muy fácil imaginarse el porqué. Por ello, y sabiendo que hay personas de toda clase y condición, y aunque la rutina hace que en la vida laboral, pese a que hay muchas satisfacciones, todos acabamos por tragar carros y carretas, en unos casos se dice de modo resignado y cabizcaído: -Voy a trabajar, como queriendo expresar que no queda más remedio, mientras que hay otros en los que la persona se manifiesta de manera exultante: - ¡Voy a trabajar!, o sea voy a ganarme el condumio y lo voy a hacer disfrutando.
Y ahora, y declarando que todas las faenas son merecedoras de las mayores loas, con mi admiración y agradecimiento para ellas, quiero hacer mención especial para dos a las que considero especialmente difíciles de llevar a cabo siendo al mismo tiempo muy benefactoras para el correcto desarrollo de la vida de los seres humanos, aunque sólo actúen en determinadas ocasiones. Me estoy refiriendo, clara y sencillamente, a los bomberos y a las plaquetas.
Son los unos aquellas personas que tienen por oficio extinguir los incendios y prestar ayuda en todos los siniestros imaginables. Su horario está útil las veinticuatro horas de los siete días de todas las semanas de los doce meses de todos los años. Por otra parte, alguien afirmó que a lo que unos llaman ser héroes, los bomberos le dicen hacer su trabajo. No les importa si el siniestro al que tienen que acudir está aquí mismo, en la Cochinchina o en las Chimbambas, ni si la persona afectada es un inmigrante, un empleado de comercio o el conde de Villamatorrales. Y, por supuesto, sus emolumentos no se incrementarán lo más mínimo haya sido mucha o poca su tarea, y si en ella se ha corrido un mayor o menor riesgo. Son personas en las que se puede confiar sin conocerlos y seguirlos aunque no se sepa adónde van. Y no quiero terminar mi referencia a ellos sin recordar aquella afirmación en la que se manifiesta que si alguien cree que es duro ser bombero, que piense en lo que debe ser mujer de un bombero.
Sean ahora mis palabras para las plaquetas. Estas son junto a los glóbulos rojos, que transportan el oxígeno desde los pulmones por el resto del cuerpo, y los glóbulos blancos, que contribuyen a combatir las infecciones, son, digo, unos seres de corta vida, componentes de la sangre de los vertebrados. Están producidos por la médula ósea y tienen un tamaño de 3 o 4 micras, que habitualmente permanecen calladitos y aparentemente quietos, pero que cuando son necesitados, se ponen en movimiento para desarrollar su magnífica y beneficiosa tarea, que no es otra que la de colaborar en la coagulación sanguínea, cortando así las hemorragias e impidiendo un temible y peligroso desangrado.
Como es fácil observar, o al menos a mí me lo parece, hay un gran paralelismo entre los bomberos y las plaquetas si lo enfocamos desde el siguiente prisma: ambos son agentes humildes, silenciosos e ignorados (en la vida corriente no se hace casi nunca referencia a ellos), pese a que si, y por desgracia, somos los sujetos pasivos de algún evento desagradable que precise de su ayuda, pocos van a acudir a prestárnosla con mayor rapidez y con tanta eficacia. Y luego, una vez llevada a cabo su beneficiosa intervención, sin reclamar nunca y casi nunca recibir el más mínimo reconocimiento de tirios ni de troyanos, retirarse a su cotidiana “pasividad” a la espera paciente de otra urgente llamada.
Y si hasta aquí me he referido a seres humanos, a todo o a una parte de ellos, quiero también tener ahora un recuerdo para tantas y tantas personas, seres, o cosas, que ha habido, hay y habrá en este mundo, las cuales, sin dar un cuarto al pregonero, son extremadamente útiles y beneficiosas para el hombre a lo largo y ancho de la existencia tanto de unos como de otros. Por supuesto, no voy a enumerarlas detalladamente ya que su relación sería forzosamente prolija y, desde luego, incompleta. Pero sí quiero hacer hincapié y resaltar de nuevo que, en demasiadas ocasiones, dejamos que permanezca postergada la tarea de quienes, siendo enormemente útiles y beneficiosos para la vida humana, su existencia y méritos se ven muy olvidados y, por supuesto, escasamente reconocidos.
Mas mala la hubiésemos, ¡ay de nosotros!, si un día los necesitáramos y no los tuviésemos cerca y, como siempre, a nuestra más entera disposición.
Ramón Serrano G.
Agosto 2017
jueves, 3 de agosto de 2017
El miedo
A lo largo de nuestra vida los seres humanos desarrollamos una gran cantidad de sensaciones y sentimientos de los más diferentes tipos condiciones y clases, que afectan de una enorme manera a la de vivir de unos y al modo de comportarse de otros. El nacimiento de un hijo, la pérdida de un amigo, la incertidumbre en la consecución de un trabajo, la esperanza de una buena cosecha, etc., etc., para qué seguir, trascienden de forma evidente en el carácter y las obras de las gentes.
Ni sé, ni tal vez debiera, extenderme en este escrito tratando de relacionar esos sentires tan influyentes y muchas veces determinantes. Igual me ocurriría con el intento de exponer detalladamente algunas de sus peculiaridades, como serían origen, influencia, importancia, duración, bondad o malignidad. Pero, con un descomunal atrevimiento, sí que me voy a permitir hacer algunas referencias a uno de esos estados anímicos sufrido por la mayoría de animales, tanto racionales como irracionales, que consiguen incluso desestabilizarlos, y empleo este verbo porque su padecimiento, ya sea breve o duradero, crea en el alma del paciente un estadio, cuando menos, desagradable.
Me estoy refiriendo sencilla y llanamente al miedo, o sea, aquello que, según el DRAE, es la aprensión o el recelo que se tiene ante algo que vaya a suceder, o la angustia ante un posible daño, ya sea este real o imaginario. Es la aversión natural al riesgo o a la amenaza. La percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro e incluso pasado. También está definido por diversos autores de otras formas, y por citar alguna, diré que alguien lo concreta como un mecanismo innato de defensa que en cierto modo puede llegar a ser positivo ya que nos lleva a incrementar los medios para vencerlo. Por ampliar, expondré que Freud hablaba del miedo real, que es cuando este está en correspondencia con la dimensión de la amenaza, y del neurótico, en el que la dimensión del temor no está en relación con el peligro que presenta.
Citaré ahora distintas clases (tan sólo algunas) que existen de este padecimiento. Puede ser desproporcionado, (al que antes aludí con el nombre de neurótico), lógico, irreal, psicológico, innato, adquirido, existiendo también las fobias (a la altura, a los animales, a los lugares cerrados, etc.), y por último, sobre estas, y sin querer dármelas de alabancioso sino tan sólo como curiosidad, diré que, entre otras muchas, existen la peniafobia, o sea el miedo a la pobreza; la ailurofobia, el miedo a los gatos; y otra que, a mi parecer, es completamente inexplicable: la celigenofobia, el miedo a las mujeres hermosas. Aunque esta es increíble.
Pero hay algunos tipos de miedo, como el injustificado, al futuro o a envejecer, que exigen un determinado comportamiento por parte de aquellos que son sujetos de su existencia. No se debe olvidar que el miedo
bien entendido es saludable, y se podría llegar a decir que necesario, puesto que nos empuja a evitar algo “doloroso” y hace que el cuerpo se active y empiece a tomar las medidas que cree necesarias ante ese peligro.
¿De qué manera? Como es fácil comprender cada caso necesita una solución específica, e incluso puede que hasta la ayuda de un profesional. Pero como todos los problemas, necesita estudio y una valoración, tanto de él, como de los medios con los que se cuenta. Pero lo que está más que demostrado es lo absurdo de la inacción ante su anuncio o su presencia, ya sea por pavor, pereza o ignorancia. Timendi causa est nescire, afirmaba Séneca, es decir: la ignorancia es la causa del miedo. Y eso es muy cierto, porque si tenemos conciencia de que podemos vencerlo, nos esforzaremos por hacerlo y es muy probable que lo consigamos. A ello nos anima también el conocido aserto de Dickens, quien dijo que el hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta, o el esperanzador aserto latino: fortes fortuna adiuvat, la fortuna favorece a aquellos que son audaces o toman riesgos.
En bastantes ocasiones hemos quedamos extrañados de las consecuciones habidas por otros o por nosotros mismos. Y siendo así, ante la liza a la que estamos abocados, se debe tener muy en cuenta que si una cosa tiene solución no hay que preocuparse, y si no la tiene no hay que preocuparse. Si la tiene, la calma se basa en estudiar concienzudamente el problema y, una vez conocido, armarse de valor y luchar en su contra. Si no la tiene, la despreocupación se cimenta en aprender a vivir y conllevar con las nuevas condiciones que se nos impongan. Pero recordar, tener siempre muy presente que a lo único que se debe temer es al temor.
Y por aportar un final jocoso para un tema tan trascendente diré que sin embargo nunca he conseguido saber el nombre, que sí los motivos, de aquel miedo que indefectiblemente sentíamos los chavales a principios de cada mes, cuando nos daban las notas en el colegio y teníamos que enseñárselas a nuestros padres.
Ramón Serrano G.
Agosto 2018
viernes, 21 de julio de 2017
Julio
Los obituarios, al igual que muchas de las obras que hacen, o mejor dicho, hacemos los hombres, se llevan a cabo por muy distintos motivos: imperativos sociales, familiares, amistosos, etc. Y al llevarlos a la práctica se está igualmente obrando por obedecimiento a diferentes razones, todas ellas debidas a las causas más diversas: lógicas, con o sin inconvenientes, aceptables u obligadas. Y esta última razón es la que me ha impelido a redactar ahora estas líneas para expresar unas palabras que nunca hubiese querido escribir, pero nobleza obliga.
Empezaré diciendo que es normal que entre los componentes de un curso, antiguamente los integrantes del servicio militar, o los compañeros de trabajo, surja y se acreciente día a día una gran amistad al convivir muchas horas juntos y tener que sobrellevar simultáneamente una gran cantidad de sucedidos y avatares de los más diferentes tipos y condiciones. Y también ocurre que entre algunos miembros de estos grupos surge una cierta empatía que viene a acrecentar y dar un mayor volumen a algunas amistades, cosa que ocurrió prontamente entre tú y yo.
Quizás porque me llevabas un poco más de dos años , o simplemente porque nos caímos bien ambos, el caso es que recuerdo muchas vivencias junto a ti o tuyas. Por ejemplo, cuando en los primeros años 50 te fuiste a un campamento veraniego a Laredo, o las muchas mañanas en las que me iba contigo a desayunar a tu casa aquellas desmesuradas fuentes de leche con pan que nos preparaba la hermana Herminia, tu madre, que siempre te tenía guardado en el primer cajón del aparador un paquete de Ideales, sin que lo supiera (que yo creo que sí lo sabía), el hermano Lorenzo, tu padre, el cual, por otra parte, me saludaba muy afectuoso siempre que me veía por la calle y trataba de sonsacarme cosas de tu “vida y milagros”.
De las cenas de nochevieja que guisábamos en el horno de tu casa, de las romerías a las que asistimos juntos, de nuestros “conciertos de armónica” en las veladas que por Sto. Tomás organizaba el colegio, de tu pertenencia a la Adoración nocturna, de cuando presumías de tu “Montesa”, o de cuando me pasaba largos ratos charlando contigo a la puerta del Casino, esperando que llegase de camino hacia su casa, y para acompañarla, Rosarito, aquella encantadora jovencita que fuera antes la novia de tu hermano Luis y hoy es tu viuda. O cómo empezaste a trabajar muy pronto en la panadería familiar, y sin dejarlo, y por libre, sacaste brillantemente la carrera de Magisterio, que luego no te apeteció ejercer. Luego, a partir de entonces y hasta hoy, desde la noviez primero y luego los postreros matrimonios, hemos estado muy unidos, en comidas, viajes, reuniones, etc. etc.
Pero el tiempo pasa y va imponiendo sus irremediables condiciones para bien o para mal, y al grupo que formábamos aquél magnífico curso de bachillerato del que guardamos tan maravillosos recuerdos, le va llegando ya la hora -es ley de vida-, de ir abandonando este mundo. Hace ya muchos, diez años al menos, tomó una inesperada y demasiado pronta delantera Jesús, el inolvidable y queridísimo “Jaro” como amistosamente le llamábamos, y ahora, en los últimos meses, os habéis unido a él para nuestro dolor, Antonio, Pedro y tú, Julio, a quien siempre nos referíamos como “el cuarto” en tu apodo familiar.
Vengo aquí entonces a despedirme de todos vosotros que tanto bueno habéis aportado a nuestras vidas y espero se me permita personalizar mis sentimientos en los que he tenido, tengo aún y creo que tendré siempre, además de para ellos, para ti Julio, que fuiste mi grandísimo y entrañable amigo, con el que he compartido para mi bien, y por tu benevolencia, tantos ratos y episodios buenos en mi vida.
Por ello, y no queriendo que este escrito sea más que una necrología traída al caso por tu reciente y dolorosa muerte, es decir, una exhaustiva relación de las virtudes y cualidades que tenías, me abstendré de enumerarlas, pues bien sabidas las tienen - y tenemos- todos aquellos que hemos tenido la fortuna de convivir, mucho o poco, contigo.
Pero no quiero terminar estas líneas sin exponer algo que desde que te llevo conociendo, y son ya más de setenta años, he echado en falta en ti. No voy a decir lo que eras pero sí expresaré, y muy clara y rotundamente, aquello que no eras. Y así he de manifestar que nunca, lo que se dice nunca, en los muchísimos horas y días que hemos vivido juntos, y vengo reiterando que han sido gran cantidad, nunca repito, he encontrado en ti, en tu forma de ser y de proceder, en tu esencia y en tu comportamiento, algo malo, algo reprobable. No has sido envidioso en grado alguno, no conociste la avaricia o el ansia desorbitada de posesiones, no has criticado jamás a nadie, no has sido vago u holgazán, ni te vi presumir nunca de nada ni por nada. Y así podría seguir diciendo palabras y palabras, renglones y renglones, en clara exposición de todos aquellos defectos de los que afortunadamente carecías, pero ni quiero ser extenso en demasía, ni mi ánimo está ahora mismo para escritos, arriado por el dolor de tu pérdida.
Como despedida, simple, sencilla y sincera, quiero decirte Julio, que una de las mayores satisfacciones que he tenido en esta vida y uno de los hechos de los que me siento más orgulloso, es que pese a mi insignificancia con respecto a ti, me hayas tenido por amigo.
Gracias y hasta pronto.
Ramón Serrano G.
Julio 2017
Amarrido o alacre
-Oye, Luca, nunca me has hablado de tu vida. Cuéntame algunas cosas de ella que sepa algo de ti.
-Mi vida, Luis, antes de conocerte, tiene muy poco que contar. Te diré simplemente lo que me sucedió un poco tiempo antes de que eso ocurriera. Fue en el mismo pueblo donde luego nos encontramos. Iba yo callejeando, (he de decir que yo era un perro candajón),cuando me tropecé con una buena mujer que tendría más de setenta años, la cual, al verme un tanto desmejorado, se apiadó de mí, me atendió y me dio de comer.
- Dada mi juventud de entonces, y mi futuro poco prometedor, me preocupé únicamente de tener el condumio asegurado, así que pasé unos días con ella. Se encariñó conmigo, y al poco, me ofreció su casa y su compaña. Me dijo que estaba muy cansada de estar sola y, además, necesitada de alguien con quien compartir sus emociones y sentires. También afirmó que no sabía en realidad si estar triste o alegre, si dejar las penas para los demás o asumirlas ella si es que con eso liberaba de alguna a quien pudiese padecerlas. Parecía, mejor dicho, creo firmemente que era, una buena mujer, que debía haber vivido bastante bien, pero que no estaba atravesando su mejor momento.
-Sin embargo rehusé a tan amable y generosa oferta. No deseaba para mí una vida de landrero, ni mi carácter es acomodaticio, bien lo sabes. Yo soy más alacre que amarrido y estar guardando la monotonía hogareña, aunque sea cómodo y seguro, no va conmigo. Así pues, me quedé unos días en su compaña y cuando encontramos a un congénere mío, que fue pronto, lo acogió con el mismo afecto que lo había hecho conmigo e intimaron rápidamente. Entonces le manifesté mi sincero agradecimiento y me di el piro sin un destino fijo ni un porvenir seguro. Fue al poco de esto cuando tuve la suerte de encontrarte y hasta aquí.
-Suerte de encontrarme, ¿por qué?
-Pues por varios motivos que te diré, aunque sin darte coba. En primer lugar porque eres una buena persona. Tienes un gran corazón, conoces la vida, eres culto, y así podría seguir enumerando muchas más cualidades que te adornan. Pero lo más importante para mí es que te gusta la libertad. Y, sin embargo, y pese a ello, o quizás por ello, también te agradan el orden y la corrección, y el vivir sin ataduras pero respetando siempre el terreno y los derechos de los demás. En ese aspecto, y en algún otro, las personas así, y ya llevo visto a muchas a lo largo de mis años, son raras, y estoy utilizando este adjetivo en su acepción de infrecuente, poco común. Ambos sabemos que gente sincera, que vaya siempre con la verdad por delante, hay demasiada poca, que los más, según vengo observando, halagan, fingen, aparentan, pero luego van únicamente a lo suyo.
-En eso de que hay muchas personas así te tengo que dar la razón, Luca, aunque demasiadas veces las apariencias engañan. Claro que también podríamos decir que sólo lo consiguen con quienes se dejan engañar.
-Completamente de acuerdo, pero si me lo permites, Luis, quisiera seguir hablando de ti. De cómo eres, o de cómo yo te veo. Y de cómo, con tu manera de ser y de actuar, vienes a ser el portador de las de muchos hombres -y diría que por desgracia que no tantos-, que saben ver y obtener de la vida sus muchísimos pequeños pero grandes encantos.
-Sé, porque paulatinamente me has ido relatando episodios de tu vida anterior, sé digo, que tú podías haber disfrutado de una vida regalada, porque posibilidades tenías para ello, y sin embargo, lo abandonaste todo y te dedicas a ser un hombre que anda errante y sin un domicilio fijo, con un marcado interés por conocer paisajes y personas, dialogar con ellas, incluso amigar, interesarte en aprender sus usos y costumbres, enseñarles algo de lo que sabes, que es mucho, y darles dentro de tus posibilidades. Dicho de otra forma, convives humanamente con tus semejantes y con ello disfrutas de un modo increíble.
-Pero eso, Luca, lo hace mucha gente. Más de la que tú crees.
-No, Luis, no. Yo aún no soy viejo, pero soy perro y me gusta observar cuanto ocurre en mi presencia y derredor, y por ello escucho, escudriño y atalayo a quienes puedo, que he aprendido bien que haciendo esas cosas sabes cómo son los seres con quienes tratas y relacionas. Por eso, te repito, que no eres único, claro está, pero sí una rara avis que puede que se halle ya, o casi casi, en peligro de extinción.
-Y déjame que continúe enumerándote otras cualidades que también posees. Me he dado cuenta, además, que…
Ramón Serrano G.
Julio 2017
Otro sentido
Para una buena amiga a la que gusta mucho el idioma francés.
Cierto curioso día, un curioso francés decidió venirse a dar una vuelta tranquila y sosegada por España con el triple fin de ver sus lugares, conocer a sus gentes y perfeccionar su idioma. Llevaba ya un buen tiempo transitando por nuestras latitudes (debía ser un gabacho con posibles), y el hombre se encontraba maravillado con los paisajes y monumentos vistos, encantado con la manera de vivir de los habitantes y desesperado por la dificultad en comprender bien el idioma.
Y mira por donde, transitando por esta tierra seca y llana, una buena tarde en la que había salido para contemplar una de esas impresionantes puestas de sol que se dan en la llanura manchega, esas en las que el amigo Lorenzo va cambiando su color de gualdo a bermejo y va cayendo allá por el confín, por detrás, muy por detrás, de las mieses y las vides, vino a encontrarse por el campo con un hombre y un perro, que aunque ya conocían de antiguo tan hermoso panorama, andaban, como él, a los mismos menesteres.
Al verse, se saludaron cortés y cordialmente, se expresaron su mutua admiración por el espléndido y relajante espectáculo, y luego, tras amistar un algo, convinieron en juntarse los días siguientes, el foráneo tal vez con el interés de que el paisano le contase y enseñara cosas de por aquí, y Luis y Luca (que no eran otros los personajes aludidos) porque, a más de su proverbial amabilidad y de sus ganas de sapiencia, como ya es sabido, estaban más a gusto conversando con alguien que un cochino en un pecinal, fuera quien fuese el contertulio y no digamos nada si se trataba de un guiri.
El primer día, nuestros amigos, con su habitual cortesía, fueron explicando pormenorizadamente al galo cuanto quiso saber de los hábitos, costumbres y expresiones de nuestra tierra, que no fue poco, dada la cantidad de cosas por las que estuvo interesado y de las que solicitó información. De esa manera transcurrió esa jornada, pero a la siguiente cambiáronse las tornas, siendo el franchute quien pasó a detallar a Luis y Luca cuanto quisieron saber, que fue bastante, y cuanto él quiso añadir motu proprio sobre los ritos y usanzas de su país.
Con preguntas y exposiciones comprobaron ampliamente cómo, aún viviendo limítrofes, aquellos eran bastante distintos y que tenían muy diferentes formas de celebrar fiestas y eventos, ya por no coincidir en fechas, o porque unas lo eran para unos y no para otros. Y dado que las de estos lares son suficientemente conocidas y practicadas, permítaseme que me limite a dar una relación, pequeña pero definidora, de algunas de las que se ofician más allá de los Pirineos.
Habló Pierre, que así se llamaba el franco, para, ante el asombro de los otros, ir exponiendo y detallando los siguientes festejos, por supuesto muy populares entre ellos. Dijo en primer lugar que se hacía el muy divertido poissón d’avril, con unas bromas similares a las que aquí se llevan a cabo el 28 de diciembre, cuando los Inocentes. Que en el día de la boda, habitualmente se tomaba oignon soupe, sopa de cebolla o sopa de matrimonio. Afirmó luego que aunque no sabía bien si era por la llegada de la primavera o como símbolo de prosperidad y amor, lo cierto es que era muy extendida la práctica de regalar lirios el día 1 de mayo. Y que, en las presentaciones informales, el saludo consistía en darse tres besos y empezar por el lado izquierdo procurando no equivocarse.
Admirados y satisfechos con esas narraciones, pasaron luego ambos a ocuparse de las expresiones coloquiales, tanto de las locales como de las foráneas, y aquí casi se vuelven locos, el uno y el otro, al querer conseguir su origen o significado. Sin saber hacerlo, Luis pasó a exponer varios ejemplos, como que volverse loco no era haber perdido la razón; y el significado de frases como aún queda mucho sol en las bardas; no estar por la labor; tener babas; estar repicando y en la procesión, o las incongruencias de utilizar curioso por limpio, o de sentir por oír.
Y no fue pequeña la sorpresa de los paisanos cuando Pierre empezó a comentar casos que se daban en su lengua, en la que, utilizando una palabra con un significado bien definido, se construían frases increíbles con un sentido totalmente distinto. Y se refirió a como con pomme (manzana) se llega a decir: tomber dans les pommes, que significa desmayarse. Con grosse, que se traduce como gorda, se puede decir: mer grosse, o sea mar gruesa, pero si nuestras palabras son: prèt á la grosse aventure, nos estamos refiriendo a un préstamo de dudosa recuperación. Que grasse se traduce como grasa, mas al expresar: faire la grasse matinée estamos diciendo pegársele a uno las sábanas. Por último, que si utilizamos savón (jabón) para construir la expresión: passer un savon à quelqu’un, lo que estamos afirmando es echar una bronca a alguien.
Ambos quedaron extrañados y contentos por cuanto habían escuchado y aprendido, y sentido cierta admiración, puesto que la manera de hablar de los dos había tenido ponderación, sinceridad, extrañeza, sin que hubiese hecho asomo el chauvinismo y sí el deseo de adquirir conocimientos sobre cosas y temas, no trascendentes, pero sí amenos y entrañables. Se vieron después en más de una ocasión, pero de esas posteriores entrevistas ya hablaremos otro día.
Ramón Serrano G.
Julio 2017
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