jueves, 6 de abril de 2017
Los pilares
Para todas aquellas y aquellos que, como yo, tuvimos la
inmensa fortuna de recibir sus enseñanzas.
Es archisabido que cuando alguien construye un edificio puede alcanzar, o no, los fines para los que este ha sido imaginado, y que cumpla, o no, aquellos deseos para los que fue destinado. Si su rentabilidad ha sido la correcta, su capacidad la necesaria, si está dentro de las normas ciudadanas, o si su belleza es nula, aceptable o exquisita. Y cuando el hombre de la calle pasa ante él, nunca tiene conciencia exacta de en qué nivel se halla dentro de las premisas expuestas, o de otras muchas que igualmente podríamos traer a colación, y si se me permite apuntarlo, tampoco podrían dar firme e inmediato testimonio de ello, tanto los profesionales que lo han diseñado, como los empresarios que se han hecho cargo de su construcción y la han llevado a su fin.
Pero si hay una cosa de la que todo el mundo está completamente seguro, siempre que haya transcurrido un considerable espacio de tiempo desde que se hizo, y ello no es sino que está asentado en unos firmes y seguros pilares que hacen posible que la obra dure mucho, muchísimo tiempo, que no se tambalee, que se muestre firme y eficiente.
Y pensando en ello, vengo a referirme hoy a una magnífica obra que se llevó a cabo en nuestro entrañable Tomillares en los primeros años cuarenta del pasado siglo. Sintiendo la necesidad de que en esta ciudad se impartieran estudios superiores a los primarios, y al no existir ningún centro oficial dedicado a ello, varios próceres locales consiguieron, con la impagable ayuda de una bodega jerezana, que la orden carmelitana con sede en Antequera, se hiciera cargo de impartir los estudios de bachillerato. Así, se abre el colegio Santo Tomás de Aquino, en el que la primaria se mantiene con las enseñanzas de frailes de la citada orden, mientras que para la secundaria, a más de algún cualificado carmelita, se necesitó traer a profesores foráneos.
Estos, siendo buenos, y con la suficiente capacidad para sacar adelante su misión, no eran los mejores como es fácilmente comprensible. Pero la Orden se exige más a sí misma, tanto por su manera de pensar, como por la categoría del lugar donde se va a desarrollar su ejercicio, por lo que día tras día y año tras año, se trabaja hasta dar con alguien, no sólo que sea muy bueno, sino lo mejor, y lo mejor tanto de antes como de ahora, para con ellos, y en ellos, afianzar los pilares del “edificio”. Y ese esfuerzo da como resultado la consecución de la ayuda de algunos preceptores más, pero sobre todo, la de cuatro profesores inmejorables y de los que voy a hablar someramente, aludiendo a ellos por orden alfabético ya que su categoría y eficiencia, a más de óptima, es equiparable.
Este, de la localidad, pertenece a una familia que tiene una carpintería en la calle del Infierno. Aquel, militar de carrera, viene desde la toledana Villa de don Fadrique. El otro no continúa con el negocio que los suyos tienen en la calle Caballeros de Ciudad Real, una imprenta y papelería, mientras que esotro, andaluz y cordobés, de Pozoblanco por más señas, ha llegado a Tomillares en la Guerra Civil como oficial del ejército. Vemos entonces que los cuatro son pioneros en el ejercicio de la enseñanza, sin que ello sea obstáculo para que la desarrollen de un modo excelente.
Por ello, la literatura y los idiomas por un lado, las matemáticas por otro, la geografía y la historia por este, y por aquél el latín, el griego y la filosofía, se van introduciendo profunda y sabiamente en el saber del alumnado, y de tal modo que este va llegando a ellos de una manera eficiente, duradera y agradable. Y tan es así, que hoy en día, cuando nos juntamos compañeros y amigos de aquellos muy felices años, indefectiblemente aparece el recuerdo de alguno, o de todos, de aquellos cuatro docentes, de aquellos “pilares” en los que estuvo, afianzado nuestro aprendizaje, y de alguno de sus enseños, y, por supuesto, todas y cada una de las membranzas van acompañadas del mayor agrado y satisfacción.
Por eso hoy que se acaba de producir el fallecimiento de un ser muy allegado a este entorno y muy querido por todos, vengo aquí, queridos DON FRANCISCO, DON ANTONIO, DON FRANCISCO, y DON CARLOS, en nombre de todos y cada uno de mis compañeros y en el mío propio, y pese a la insignificancia de mi capacidad para hacerlo, con el deseo de dar profunda señal de nuestro agradecimiento, respeto y cariño hacia ustedes.
Ramón Serrano G.
Abril de 2017
jueves, 23 de marzo de 2017
Gaudeamus
Para F. C. Q. T.
Cuando alcanzamos cierta edad, solemos las personas darnos la satisfacción de recordar unos tiempos en los que las costumbres eran completamente distintas a las de hoy, sin que a ello nos mueva la importancia de las mismas, sabiendo plenamente que las magnificamos pero lo hacemos tan sólo, ya digo, para rememorar con despacio los escasos ratos placenteros de aquellos entonces.
Esas membranzas suelen ser de todo tipo y condición. Nos acordamos de las historias que nos contaba el abuelo, del aguinaldo que nos daba la abuela, de la onza de chocolate con la que nos obsequiaba la vecina algunas tardes, y así podría enumerar muchas, muchas, más. De entre todas, quiero tener así recuerdo para la comida, la cual, y dada su escasez, era una rutina en mis años de niño, pero dentro de este tema voy a referirme a algo que en ciertas casas era una gollería. Cuando había una excepción por algo que festejar, se traía a la mesa un pollo del corral, o cordero (comer carne se decía).
Cosa aparte eran las sardinas “salás”, o de cuba, llamadas de esta manera porque venían - y siguen viniendo- en unas cajas circulares de madera en las que en cada una cabían unos 80 a 100 ejemplares. Eran uno de los alimentos más populares entre las gentes sencillas del interior, las cuales, con estas y con otras salazones como el bacalao, se permitían su única ingesta de pescado. Pero en ciertas casas, no se consumían normalmente solas, sino que se acompañaban de un huevo
-lo de dos era casi un milagro- y constituían un verdadero festín.
Sobre este popular y viejo alimento quiero contar tres anécdotas. Para la primera vamos a situarnos en el tiempo: la España de los últimos años 40 del siglo XX. En el lugar: el mercado público. La materia: las mencionadas sardinas “salás”. Como personajes: primero y por una parte, “Perroño”, vendedor en el mercado de abastos y “Picarra”, un vecino del pueblo harto de pasar necesidades y que cierto día se ve favorecido por la fortuna. Llega este al puesto y le dice: -Oye, Perroño,¿cuántas sardinas me das por un duro?, y aquél le contesta: -Por cinco pesetas te doy todas las que te puedas comer. Voy a abrirte una cuba. Empieza Picarra a comer y cuando llevaba ya ingeridas unas diez más o menos, le dice Perroño: -¿Es que te las comes con cabeza y todo?, a lo que le contesta Pirraña: - En la primera cuba sí.
El segundo sucedido trata de un muchacho que acompaña a su madre a la compra en la tienda de ultramarinos, y ve con agrado cómo ella, a más de otros productos, aunque no demasiados, adquiere seis sardinas “salás” (una para cada miembro de la familia) que el comerciante le envuelve en un papel de estraza. Dos días después, ella anuncia pomposamente que, queriendo dar un festín a la familia, la comida de mediodía consistirá en huevos fritos con las citadas sardinas. En la festiva jornada del anunciado “banquete”, y a la hora del menú, el chaval se levanta de la mesa y va a la cocina pues, no contentándose con el placer gastronómico, quiere contemplar la parafernalia con la que se lleva a cabo su elaboración. Allí ve cómo la mujer va cogiendo el papel de estraza en el que están envueltas las sardinas y con cuidado, una a una, y cubiertas por dicho papel, las mete entre la hoja y el marco de la puerta por la parte de las bisagras, y las prensa cerrando aquella con relativa fuerza. Ese suave estrujado produce varios efectos, todos ellos satisfactorios. Al desenvolver, la piel y las escamas están casi todas pegadas al papel y, las que no, sueltas. También ha quedado desprendida la espina, por lo que es fácil quitarla junto con la cabeza. Y por último, la grasa se ha extendido por igual y gran parte de ella se ha quedado en el envoltorio. Ahora sólo resta poner una sartén con aceite, y cuando este esté muy caliente, freír las sardinas, apartarlas cuando estén en su punto, y, en el mismo aceite, freír un huevo per cápita, que para dos no da la economía familiar. Luego a la mesa. Bocatto di cardinale.
Para finalizar con el tercer caso exponiendo que sé de quien, habiendo tenido que emigrar por causas laborales desde el pueblo a la ciudad, viviendo en ella, de cuando en cuando se daba este “gozo” de la sardina o las sardinas y los huevos fritos, usando siempre en esos entonces, ahora sí, el plural. Antes de preparar el condumio, y para que nadie interrumpiera tanto su realización como la ingesta, apagaba la tele, la radio, y desconectaba el teléfono, pues no quería que nada ni nadie le interfiriese en la celebración de tan suculento gaudeamus. Era una comida relativamente sencilla y barata, pero era también, y eso venía a ser lo de mayor importancia, la evocación de aquellos días en los que el menú familiar abandonaba la cuchara (legumbres en todas sus variantes), para dar paso a las sardinas y a los huevos fritos, reiterando que es muy posible que al pluralizar los “manjares” me haya excedido, pero no, y tal vez me haya quedado corto.
Y es que cuando las personas consiguen algo de la que tuvieron carencia, ya fuera total o parcial, trivial o importante, duradera o por escaso tiempo, gustan de recordar aquellas privaciones y lo suelen hacer con un enorme agrado.
Ramón serrano G.
Marzo 2017
viernes, 10 de marzo de 2017
Las flores
“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.
P. Neruda
No sé, y ni me importa ni quiero saberlo, a quién se le ocurrió la idea de reducir a siete las incontables maravillas que existen en el mundo. ¡Qué insensatez! Sabiendo que las hay a montones, ¿por qué se hace esa reducción tan absurda? Por otra parte, quiero decir que cuando voy a hablar de algo me agrada siempre, antes de nada, informarme en el Diccionario de la Real Academia de su significado, y sobre la palabra maravilla, el gran libro nos informa de que es suceso o cosa extraordinarios que causan admiración. Si esto es así, y está más que suficientemente demostrado que así es, no hay entonces por qué referirse tan sólo a algunas de las preciosidades realizadas por el hombre, sino que se debe hablar también de las muchas, muchísimas, que nos ofrece la madre naturaleza, y que, humildemente, he de decir que aventajan a las realizadas por los seres humanos. ¡Ah! y que siendo maravillosos son comunes.
Siendo aquellas una ingente cantidad, he de decir que, entre ellas, una de las más destacables, al menos para mí, son sin duda alguna las flores. Esos brotes de las plantas compuestos por hojas de muy diversos colores que alcanzan una belleza indescriptible. Podríamos decir también que son la belleza anunciadora de unos frutos que nos permitirán seguir viviendo. O que…, pero siendo muchas, muchísimas las reseñas que podríamos traer aquí, nos conformaremos tratando de expresar algunos de los sentimientos que su contemplación nos produce.
Porque las flores, dado su aspecto y compostura, son siempre poseedoras y transmitentes de íntimos sentidos y entrañables mensajes, los cuales, entre otras virtudes, nos hacen soñar y sentir la fuerza que tiene lo delicado, concediendo al alma un muy alto grado de firmeza, estabilidad emocional, alegría, paz o esperanza, (amén de otras que omito), disposiciones estas muy difíciles de ser concedidas por otros sistemas, y con unos beneficios de los que podemos disfrutar con tranquilidad puesto que no tienen contraindicaciones conocidas. Así es sabido que el contemplarlas no tiene efectos secundarios, es de muy fácil accesibilidad y compatible con otros tratamientos.
Por todo ello, el hombre, animal que obra con cordura a veces, algunas veces, pocas veces, ha sabido crear con ellas un medio de comunicación consistente en regalarlas a otras personas, habiéndoles dado a éstas y conociéndolo de antemano, un significado realmente interesante por lo que recomiendo al lector su conocimiento. Dada la extensión de este código, me conformaré con citar brevemente algunas significaciones, unas del color y otras de la especie, todas ellas interesantes. Por ejemplo, en las rosas, sus tonalidades quieren decir: el blanco, inocencia, pureza; el amarillo, amistad, aunque en los países germánicos se tiene como celos o infidelidad; el rosa fuerte, gratitud; el rojo, amor, pasión; el borgoña, belleza; el coral, deseo. Y así podríamos seguir
Y en cuanto a su especie o naturaleza, la margarita quiere decir inocencia; la lila humildad; la acacia elegancia; la dalia roja amor eterno; el laurel ambición; el crisantemo blanco sinceridad; la vincapervinca amistad; el pensamiento recuerdo. Y así cantidad más de ellas.
Quiero hacer mención también a algunas frases con las que algunos famosos han hecho referencia a nuestras amigas las protagonistas de este escrito. Tan sólo cuatro citas. La primera es anónima y dice que: árboles y amores, mientras tengan raíces tendrán frutos y flores. La segunda fue dicha por el pintor francés Henri Matisse: siempre hay flores para quien desea verlas. Rabindranath Tagore, el poeta bengalí, afirmaba que: se puede cortar un árbol y hacerle arder para nosotros, pero ya no dará flores ni frutos. Y finalmente haré alusión a esta preciosidad con la que nos obsequió el pensador chino Confucio: -Me preguntas por qué compro arroz y flores. El arroz es para vivir y las flores por tener algo por lo que vivir.
Ahora sólo me queda lamentar no tener una mayor sabiduría e ingenio para poder seguir con esta apología hacia las flores, para ser misionero y conseguir la captación de adeptos a su hermosura, que no voy a decir que es la mayor que existe en este mundo en el que habitamos, pero ahí, ahí, le anda.
Ramón Serrano G.
Marzo 2017
jueves, 23 de febrero de 2017
Erradizos o sedentarios
Para Isidro Sanchez, asiduo lector de mis artículos, con mi agradecimiento.
El modo de vivir de todos los hombres que en el mundo han sido, son y serán, hace que se les pueda dividir entre muchas formas o maneras y, entre ellas, en estas dos: erradizos o sedentarios. La descripción de ambos términos resulta innecesaria, puesto que todos conocemos, o hemos oído hablar de ellos, a alguien que se puede encuadrar en una u otra categoría. Tampoco es imprescindible su enjuiciamiento, puesto que ambas especies admiten calificativos de todo tipo y condición. Pero permítaseme que hable más de aquellos, ya que estos han tenido, tienen y tendrán una vida digamos más sosegada y, si alguien así lo prefiere, monótona.
Si quisiésemos achacar una u otra conducta a las circunstancias externas, veríamos que efectivamente algunas veces pueden ser estas determinantes para pertenecer a uno u otro bando. Aunque no siempre. A quien es sentado, sólo le preocupan las coyunturas cuando estas son anormales, mientras que para los aventureros las circunstancias son siempre tan anómalas que ya no les preocupan. Aquellos claman ante las incertidumbres que alteran su paz, ese sosiego que les proporciona la seguridad de tener todos los días un lecho aseado y caliente, entre otras cosas. Pero estos, los errátiles, se encuentran la mar de holgados siempre que no se hallen bajo la imposición de ninguna ley o individuo que la dicte y así poder vivir a su libre albedrío con mayor o menor acierto o acomodo. Se sienten felices ante la dicha de poder elegir una nueva estrella bajo la que acostarse cada noche, o hallarse cada día ante un socio y un enemigo diferente y que son, o suelen ser, ¡oh paradoja!, la misma persona cada día.
Hay que reconocer que esas personas de carácter digamos vagante, tienen una percepción diferente de la vida. A los que no somos así, como no tengamos amarrados todos los cabos y bien sujetas las velas, temblamos por la creencia de que se nos va a hundir el barco. Ellos, que son por completo distintos, si les falta un mínimo de seguridad, o un mucho, no les afecta porque, o saben superar todos y cada uno de los inconvenientes y molestias que ello les pueda suponer, o creen que serán capaces de logarlo.
Además, a estos individuos de condición aventurera no les arredran las penalidades o las eventualidades a las que hayan de enfrentarse en el desarrollo de su actividad, y, curiosamente, nunca se supo de nadie que no fuera feliz con ello, quizás porque, si alguno no consiguió serlo, no regresó nunca para contarlo.
Quiero ahora hacer una subdivisión en el segundo grupo, el de los erradizos, y colocarlos en dos apartados. Primero diré que todos ellos, una vez que, por los motivos que sean, han tenido que abandonar su “patria”, grande o chica, dada su idiosincrasia, tardan poco en amoldarse a los usos y costumbres del lugar en el que se han ubicado, y muchos, con el paso de los años, llegan a tener tan arraigados esos hábitos que parecen que hubiesen nacido en él.
Y aquí viene la división. Haylos que, por la celebración de determinadas fiestas, o por cualquier otro motivo, en cuanto tienen una ocasión, se dan una garbeo por su lugar de origen, y allí ven a la familia y a los amigos, charlan con sus paisanos, vuelven a tomar las comidas típicas, etc., etc., etc. También existen otros que habiendo alcanzado la jubilación, retornan a su lugar de origen, del que ya no vuelven a salir.
Pero los hay asimismo, no sé cuántos, si muchos o pocos, pero con que hubiera uno ya sería suficiente, que no retornan nunca al lugar en el que nacieron y donde transcurrió una parte de su vida, más o menos extensa, pero siempre importante. Parece como si renegaran de sus ancestros, como si quisieran olvidar esa parte de su vida y hacer suyo aquello de ojos que no ven…No son ni mejores ni peores que los que sí lo hacen; son simplemente distintos o su forma de ser o sus creencias y gustos les mantienen haciendo bueno el dicho de: No se es de donde se nace, sino de donde se pace.
Me imagino que unos lo harán gustosos, mientras que otros se sentirán apenados por no poder tornar, retención que puede estar causada por los sentimientos o por otras mil circunstancias. Pero lo que no me imagino sino que afirmo con rotundidad, es que ellos no caen en la cuenta de que los “sedentarios” que siguen estando allí, en aquel lugar de donde ellos partieron cierto día, se sentirían muy dichosos de volver a ver a los “erradizos”, dialogar con ellos y, sobre todo, rememorar, emocionados y puede que hasta con lágrimas, muchas vivencias de antaño.
Ramón Serrano G.
Febrero 2017
jueves, 9 de febrero de 2017
La luz de la mañana
Coincidirán conmigo en que, desde el origen de los tiempos, la inmensa mayoría de los hombres, si no es que todos, han creído y han tenido la esperanza de que sus bienes y sus males podrían llegarles, o se librarían de ellos, según les conviniera una cosa u otra, de un modo sobrenatural o, cuando menos, extraordinario. Una ilusión infundada a todas luces, pero arraigada en ellos como la mala hierba lo hace en los cultivos, o sea, tanto en extensión como en intensidad, y con poder bastante para ser permutadora del modo de obrar y de vivir de muchos de ellos.
La condición humana (sobre ella han hablado mucho y bien escritores como Heidegger, Malraux, Sartre u Ortega, por citar algunos) suele tener mucho de regalona, y aunque también, y afortunadamente, están entre sus virtudes el sacrificio y el esfuerzo, ha habido humanos en todos los tiempos para los que ha sido muy fácil pensar que se podrían obtener prebendas y sinecuras, sin hacer nada importante, y tan sólo con buscar afanosamente recursos ignotos y tener un poco de fortuna. Repito que ha sido siempre este un sueño generalizado de la humanidad, como quedará expuesto con tan sólo recordar algunas de esas fantasías, que de otras ya hablaremos en futura ocasión.
Así que, entre otros momios, citaremos en primer lugar y someramente a la piedra filosofal, sustancia alquímica de leyenda que convertía el plomo en oro, la perpetuación de la vida, o que las lámparas estuvieran constantemente ardientes. Se intentó lograr en muy distintos países y desde muy antiguo. El trabajo para su logro era conocido como el Opus magnum (la Gran Obra).
La panacea, cuyo nombre proviene de la diosa griega, consistía en un mítico medicamento, ya fuese una cataplasma o una poción, sobre la que se indagó mucho en la antigüedad pues se pensaba que era el remedio para la curación de todas las enfermedades.
Aun queriendo ser escueto, he de hablar del elixir de la inmortalidad, también llamado por algunos el elixir de la vida, o el de la eterna juventud, que opiniones sobre ello hay para dar y tomar, y cuya esencia divergía más en la nominación que en su finalidad. Sobre ello se trabajó enormemente en China, India, Arabia, Egipto o Europa, y el logro no era sino un brebaje (parece ser que de origen tibetano) a base de limón, miel y aceite de oliva, bebida muy saludable, pero muy lejos de ser conseguidora del fin con el que fue concebida y bautizada.
En tiempos pasados fue esta una de las metas perseguidas por muchos profesionales que la tenían como uno de los deseos más irrefrenables. Su principal arma era la alquimia, e intentando valerse de ella, Paracelso adquirió gran fama ya que se llegó a creer que había conseguido la transmutación del plomo en oro. No era cierto, pero sí que hizo varias y buenas aportaciones a la medicina; Roger Bacon, conocido como el Doctor Mirábilis, afirmaba que el oro disuelto en agua era el elixir de la vida, y Basile Valentine quien, junto a otros, desarrolló trabajos esotéricos experimentales, la mayoría de ellos inacabados o inservibles. Pero hay que valorar que también descubrieron muchas cosas interesantes como el antimonio, la fabricación de amalgamas o el alcohol etílico.
Todo ello, que fue realizado en tiempos pretéritos más o menos lejanos, no llegó a tener ningún éxito como era fácil de prever. Pero como es muy apetecible obtener pingües ganancias con poco esfuerzo, o sea, aquello que consiste en que por arte de birlibirloque se pueda conseguir lo que no está en los escritos, mucha gente lleva muchos tiempo dedicándose a la búsqueda y consecución de canonjías, bicocas, chollos, mamandurrias y demás excepcionales privilegios.
Pero hoy en este país nuestro se ha descubierto uno de rentabilidad increíble. El método con el que han dado es relativamente sencillo de seguir. Sin necesidad de tener oficio, y con un ansia infinita de lograr grandes beneficios, muchos individuos se apuntan a cualquier partido político que tengan a mano, sin que les importe en absoluto la ideología del mismo. Una vez insertos en una de esas entidades no paran de medrar, haciendo lo imposible y lo impensable, tragándose carros y carretas, y cuantos sacrificios sean menester, hasta conseguir ser presentado a alguna elección. Celebrada esta, si obtienen algún puesto, oficializan su trabajo, para después pegarse la gran vida y asegurarse, por arte de birlibirloque y per in saecula saeculorum, unas retribuciones verdaderamente inimaginables, debido a su magnitud.
Al pronto, esto es difícil de ser creído, pero como hay cuantiosas pruebas y casos que lo acreditan hay que aceptarlo. Por este, y por muchos otros motivos, está más que demostrado que el hombre, por su imaginación y su capacidad para alcanzar aquello que persiga, sea lo que fuere, tiene capacidad para las empresas más inverosímiles. Por ello, yo cada noche, me voy a la cama expectante esperando a ver qué nuevo prodigio se consigue con la nueva luz de la mañana.
Ramón Serrano G.
Febrero 2017
viernes, 27 de enero de 2017
Paremias
-Entiéndelo, no puedo seguir aquí y creo que tampoco quiero hacerlo. Prefiero irme, marcharme lejos, tanto como pueda, de esta tierra en la que nací, y que, generosa como pocas aunque con mi actitud pudiera parecer que pienso todo lo contrario, me regaló graciosamente la mayoría de las cosas que he tenido en mi vida. Por ello le estoy inmensamente agradecido y sé que dificilmente podré olvidarla. Y no añado lo de nunca, porque no voy a caer en el error de muchos, que dicen: -Nunca olvidaré,… esto o lo otro, sin pensar que una amnesia, un alzheimer, o el tiempo, pueden asolar su intención memorística en cualquier instante. Y digo que la quiero, y que trataré de recordarla siempre, por muy lejos que me vaya o sea muy hermosa en la que me asiente. Pero he de dejarla en busca de otra nueva donde pasar, donde dejar transcurrir pausadamente los años que me queden, sean pocos o no tan pocos, pero que siempre me parecerán demasiados.
-Hombre, Gerardo, sabemos, o creemos saber, que todo esto lo haces porque hace poco tiempo-¡aunque parezca que haya sido mucho el trascurrido!- tuviste una contrariedad importante, y está claro que esto marcó enormemente tu manera de vivir. Pero, gracias a que aún eres joven y a tu fortaleza espiritual, has sabido sobrellevarlo y sobreponerte al estado anímico en que quedaste, o eso es lo que nos parece a cuantos te tratamos. Y ahora, cuando parecía que todo había vuelto a la normalidad, nos vienes con lo de tu marcha, más o menos razonada y desde luego, para mí al menos, completamente injustificada. ¿Qué pasa, que quieres rehacer tu vida, empezar una nueva y deseas hacerlo lejos de tu tierra?
-Es que, en este lugar y con mi estado de ánimo, no creo que tenga fuerza para mantener una forma de vivir que no esté anclada firmemente en la rutina y la monotonía, cosas estas que restriñen mi alma y mis sentidos, que los adormecen, que son como un opiáceo que me entontece y obnubila. Me incrusta de un modo terrible en el pasado no dejando que me proyecte hacia lo venidero. Ya sabes que aquí hay demasiados testimonios que me hacen recordar tiempos pasados o revivir escenas muy desagradables.
-Pero eso que pretendes es un poco la táctica del avestruz, y los problemas hay que afrontarlos cara a cara, con respeto, pero sin miedo.
-No, no consiste en eso mi postura. Allí donde vaya trataré de no olvidar nunca los muchos años buenos que tengo vividos aquí, ni las costumbres, ni los parajes, o las gentes. Hay recuerdos que no se me borrarán jamás y personas a las que recordaré toda mi vida. Pero pienso que al cambiar el escenario de mis actos, al no ver a los mismos agentes con los que he protagonizado mi existencia, no vendrán a mi memora ciertos hechos muy conocidos por todos y verdaderamente desagradables. Lo fueron al producirse y lo son en el recuerdo.
-Perdona que insista, pero sabes que eres mi mejor amigo y para mí sería un golpe demasiado duro perderte. Por eso te recuerdo que, vayas donde vayas, ( no sé tan siquiera si tienes elegida ya tu nueva morada, y es posible que ni tú mismo lo sepas) te recuerdo, repito, que no hay lugar que sea un auténtico paraíso, tanto por sus muchos y buenas condiciones, como por la ausencia de problemas y dificultades para vivir.
-Mira, Alfonso, hace bastante tiempo, leyendo a Blasco Ibáñez, este decía que hay dos fuerzas que nos ayudan en el desarrollo de nuestra existencia: el olvido y la esperanza. Del primero no puedo, y ni tan siquiera deseo, desprenderme y en la segunda quiero, o quisiera, refugiarme.
-De verdad que me duele enormemente no tener más sapiencia para saber aconsejarte lo mejor posible y poder llevarte al convencimiento de que tu sitio está aquí, con los tuyos, con los de siempre, porque es sabido que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.
-Pues si echamos mano del refranero, podría decirte que cada uno es de donde pace, y no de donde nace. Y en cuanto a consejos, permíteme que lo tome de Lope de Vega que dijo: “No hay, para olvidar amor, remedio como otro nuevo amor, o tierra en medio”. Aunque no sea exactamente el caso, la primera solución no la voy a adoptar en ningún caso, así que me acogeré a la segunda, que ojos que no ven, corazón que no siente, y dispensa que haya echado mano de otra paremia.
-Estás perdonado, por supuesto, pero te diré que en eso no estoy de acuerdo, y menos en tu caso en particular. Sé con certeza que, aunque no convivas con nosotros, aunque no nos estés viendo, te tendremos siempre a nuestro lado, nos recordarás, porque parte de tu alma se queda aquí.
-De eso puedes estar bien seguro. La vida, no hoy sino desde siempre, ha obligado a las personas a cambiar su residencia por mor de las más distintas circunstancias, y ellas han tenido los más diferentes comportamientos en relación con la tierra suya y de sus ancestros, o con aquella en la que van a fijar su residencia. Yo soy ahora, o lo voy a ser dentro de nada, una de esas personas, sabiendo que hacerlo significa, por una parte, soportar una melancolía más o menos llevadera. Supone mucho aquello de levantarse un día de una cama sabiendo que esa noche habrá que acostarse en otra durante mucho tiempo. Y por otra, y basándome en el motivo y las condiciones y circunstancias del cambio, voy a aceptarlo con la mayor esperanza. Que la tengo, ya que pienso poner en práctica aquel antiguo proverbio que dice: adonde fueres haz lo que vieres.
Ramón Serrano G.
Enero 2017
viernes, 13 de enero de 2017
Corazón y mente
“El corazón tiene razones que la razón ignora”.
Blaise Pascal
Hace poco leía una novela en la que el protagonista hablaba de cómo el corazón no sabe nada. Nunca sabe nada. Se limita a emitir latidos en la sala de máquinas, y no es sino el motor que hay en ella, que hace que el barco navegue, que se mantenga en movimiento, que propone solamente el rumbo a seguir pero que nunca lo marca, ya que este muy importante ejercicio siempre queda relegado a la mente. Esta, decía el autor, y bien sabido se tiene, es una actividad de mente y demente.
Creo que estaremos de acuerdo en decir que mente y corazón son los dos órganos más importantes de los que dispone el hombre para poder desarrollar su vida debida y adecuadamente. Todo cuanto él hace está supervisado por uno de ellos y según sea su forma de vivir, su manera de ser, o las circunstancias que se le presenten a la persona en un determinado momento, esta actuará de uno u otro modo. Tratemos ahora de describir alguna de sus funciones.
La tarea principal del corazón, y él la cumple fielmente, es la de presentar al individuo todas las posibilidades que su alma tiene de ser feliz y, por supuesto, de animarlo para que lo consiga. Además, siempre que le muestra un proyecto, este va coloreado en rosa, y no porque su realización tenga que ser en esa tonalidad, sino por lo que significa de positiva, agradable, sin estrés, etc. Permítaseme aquí un grato recuerdo para Édith Piaf y su maravillosa canción La vie en rose, mi preferida, en la que describía cómo su amante trataba de hacerle la vida maravillosa.
Además, dicho proyecto se muestra siempre bajo dos constantes: una, la facilidad, o mejor dicho, las escasas dificultades que se han de encontrar para alcanzarlo, y otra, la enorme alegría que ha de proporcionar su consecución. Es una oferta saturada de hedonismo como no podía ser de otra manera, porque, a la postre, es el corazón quien se manifiesta, quien habla, y es bien sabido que hablar el corazón, o hablar con el corazón, significa que es hacerlo con interna y absoluta libertad, declarar sentimientos con coherencia (a veces con no tanta), expresarlo en la intimidad, con gran naturalidad, espontáneamente y con enorme confianza, aun a sabiendas de que no siempre va a ser escuchado. O mejor dicho, escuchado sí -¡es tan dulce oír hablar al corazón!-, pero desatendido en muchas ocasiones, por mil y una circunstancias.
Y diremos también que todas, o la mayoría de sus proposiciones son buenas o, al menos, aceptables. Pero en tres ocasiones llega hasta la cima de su buen hacer, y es cuando nos habla del trabajo, del amor o de la familia. Al abordar esos propósitos llega hasta el paroxismo, con un entusiasmo enorme por conseguir el disfrute de esos lazos y pasiones.
Porque cuando el corazón expresa lo que siente, hay alguien que siempre le escucha, y podríamos añadir que afortunadamente. Es la razón, o sea, el discurrir del entendimiento, el cual, al ver las posibilidades de obrar que le son presentadas, sea o no requerido para ello, actúa de oficio en aras de conseguir lo mejor para el individuo. Ella, la razón, tan pronto como tiene noticia de unas nuevas propuestas y planes para el futuro, se encomienda a la diosa Atenea, su patrona, sempiterna defensora del uso de las propiedades del espíritu ante la fuerza bruta, y ella le va indicando los peligros que esquivar, los pasos a seguir y la cadencia y firmeza con que han de darse estos.
Lo hace en todas las ocasiones. Es su principal misión hasta el punto de que alguien tiene dicho que la razón es la luz del corazón (Aristóteles dijo que la razón es para el espíritu lo que la vista es para el cuerpo). Pero es excesivamente complicado hacerlo con acierto, aunque este sea relativo, por lo enrevesado que resulta razonar y sentir al mismo tiempo. Pese a ello, continuamente se dan estos casos en los que el corazón, al describir sus ansiadas empresas, escucha de la razón palabras como estas:
-Bien, eso está bien. No cejes en ese empeño hasta conseguirlo.
-Eso es magnífico, pero su logro conlleva peligros en demasía. Cuidado.
-No sabes la locura que cometerías de seguir por ese camino.
-No está mal, pero se debe aspirar a más cuando hay posibilidades.
-Hay que comprobar hasta lo más mínimo, que luego están los fracasos.
Y así se podrían poner mil y un ejemplos de los sensatos juicios, valoraciones y conductas a seguir que emite la mente, sin dejarse llevar por una euforia sin base o sin el debido análisis.
Entonces, y dado que suele haber muchas y grandes discordancias
entre lo deseado y lo convenientemente realizable -viene aquí a colación aquella frase atribuida a Lope de Vega que dice: la razón de la sinrazón que a mi razón aqueja-. ¿A quién escuchar? Pues, sencilla y llanamente, a ambos, al corazón y a la razón, porque aquél nos está indicando el camino a seguir (a veces el camino que a él le gustaría seguir), mientras que esta nos dice la manera más conveniente de hacerlo.
No quiero acabar este escrito sin hacerle al lector la recomendación de dos escritos relacionados con el tema que hoy nos ocupa. El primero es el maravilloso poema Razón-Corazón, de Antonio Machado, aunque el adjetivo sobra porque sabemos que toda su poesía es así. Después el enjundioso artículo Charla entre la razón y el corazón de Gabriela Mistral.
Diré por último que desde la aparición y expansión de la ciencia y su enorme influencia en la forma de actuar de los seres humanos se ha producido una sobrevaloración del mundo del intelecto y un cierto desprecio por el mundo de las emociones. Eso puede estar bien, pero cabe decir, que hay ocasiones en que es una auténtica delicia mandar a la razón a hacer gárgaras y …
Ramón Serrano G.
Enero 2017
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