viernes, 10 de marzo de 2017
Las flores
“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”.
P. Neruda
No sé, y ni me importa ni quiero saberlo, a quién se le ocurrió la idea de reducir a siete las incontables maravillas que existen en el mundo. ¡Qué insensatez! Sabiendo que las hay a montones, ¿por qué se hace esa reducción tan absurda? Por otra parte, quiero decir que cuando voy a hablar de algo me agrada siempre, antes de nada, informarme en el Diccionario de la Real Academia de su significado, y sobre la palabra maravilla, el gran libro nos informa de que es suceso o cosa extraordinarios que causan admiración. Si esto es así, y está más que suficientemente demostrado que así es, no hay entonces por qué referirse tan sólo a algunas de las preciosidades realizadas por el hombre, sino que se debe hablar también de las muchas, muchísimas, que nos ofrece la madre naturaleza, y que, humildemente, he de decir que aventajan a las realizadas por los seres humanos. ¡Ah! y que siendo maravillosos son comunes.
Siendo aquellas una ingente cantidad, he de decir que, entre ellas, una de las más destacables, al menos para mí, son sin duda alguna las flores. Esos brotes de las plantas compuestos por hojas de muy diversos colores que alcanzan una belleza indescriptible. Podríamos decir también que son la belleza anunciadora de unos frutos que nos permitirán seguir viviendo. O que…, pero siendo muchas, muchísimas las reseñas que podríamos traer aquí, nos conformaremos tratando de expresar algunos de los sentimientos que su contemplación nos produce.
Porque las flores, dado su aspecto y compostura, son siempre poseedoras y transmitentes de íntimos sentidos y entrañables mensajes, los cuales, entre otras virtudes, nos hacen soñar y sentir la fuerza que tiene lo delicado, concediendo al alma un muy alto grado de firmeza, estabilidad emocional, alegría, paz o esperanza, (amén de otras que omito), disposiciones estas muy difíciles de ser concedidas por otros sistemas, y con unos beneficios de los que podemos disfrutar con tranquilidad puesto que no tienen contraindicaciones conocidas. Así es sabido que el contemplarlas no tiene efectos secundarios, es de muy fácil accesibilidad y compatible con otros tratamientos.
Por todo ello, el hombre, animal que obra con cordura a veces, algunas veces, pocas veces, ha sabido crear con ellas un medio de comunicación consistente en regalarlas a otras personas, habiéndoles dado a éstas y conociéndolo de antemano, un significado realmente interesante por lo que recomiendo al lector su conocimiento. Dada la extensión de este código, me conformaré con citar brevemente algunas significaciones, unas del color y otras de la especie, todas ellas interesantes. Por ejemplo, en las rosas, sus tonalidades quieren decir: el blanco, inocencia, pureza; el amarillo, amistad, aunque en los países germánicos se tiene como celos o infidelidad; el rosa fuerte, gratitud; el rojo, amor, pasión; el borgoña, belleza; el coral, deseo. Y así podríamos seguir
Y en cuanto a su especie o naturaleza, la margarita quiere decir inocencia; la lila humildad; la acacia elegancia; la dalia roja amor eterno; el laurel ambición; el crisantemo blanco sinceridad; la vincapervinca amistad; el pensamiento recuerdo. Y así cantidad más de ellas.
Quiero hacer mención también a algunas frases con las que algunos famosos han hecho referencia a nuestras amigas las protagonistas de este escrito. Tan sólo cuatro citas. La primera es anónima y dice que: árboles y amores, mientras tengan raíces tendrán frutos y flores. La segunda fue dicha por el pintor francés Henri Matisse: siempre hay flores para quien desea verlas. Rabindranath Tagore, el poeta bengalí, afirmaba que: se puede cortar un árbol y hacerle arder para nosotros, pero ya no dará flores ni frutos. Y finalmente haré alusión a esta preciosidad con la que nos obsequió el pensador chino Confucio: -Me preguntas por qué compro arroz y flores. El arroz es para vivir y las flores por tener algo por lo que vivir.
Ahora sólo me queda lamentar no tener una mayor sabiduría e ingenio para poder seguir con esta apología hacia las flores, para ser misionero y conseguir la captación de adeptos a su hermosura, que no voy a decir que es la mayor que existe en este mundo en el que habitamos, pero ahí, ahí, le anda.
Ramón Serrano G.
Marzo 2017
jueves, 23 de febrero de 2017
Erradizos o sedentarios
Para Isidro Sanchez, asiduo lector de mis artículos, con mi agradecimiento.
El modo de vivir de todos los hombres que en el mundo han sido, son y serán, hace que se les pueda dividir entre muchas formas o maneras y, entre ellas, en estas dos: erradizos o sedentarios. La descripción de ambos términos resulta innecesaria, puesto que todos conocemos, o hemos oído hablar de ellos, a alguien que se puede encuadrar en una u otra categoría. Tampoco es imprescindible su enjuiciamiento, puesto que ambas especies admiten calificativos de todo tipo y condición. Pero permítaseme que hable más de aquellos, ya que estos han tenido, tienen y tendrán una vida digamos más sosegada y, si alguien así lo prefiere, monótona.
Si quisiésemos achacar una u otra conducta a las circunstancias externas, veríamos que efectivamente algunas veces pueden ser estas determinantes para pertenecer a uno u otro bando. Aunque no siempre. A quien es sentado, sólo le preocupan las coyunturas cuando estas son anormales, mientras que para los aventureros las circunstancias son siempre tan anómalas que ya no les preocupan. Aquellos claman ante las incertidumbres que alteran su paz, ese sosiego que les proporciona la seguridad de tener todos los días un lecho aseado y caliente, entre otras cosas. Pero estos, los errátiles, se encuentran la mar de holgados siempre que no se hallen bajo la imposición de ninguna ley o individuo que la dicte y así poder vivir a su libre albedrío con mayor o menor acierto o acomodo. Se sienten felices ante la dicha de poder elegir una nueva estrella bajo la que acostarse cada noche, o hallarse cada día ante un socio y un enemigo diferente y que son, o suelen ser, ¡oh paradoja!, la misma persona cada día.
Hay que reconocer que esas personas de carácter digamos vagante, tienen una percepción diferente de la vida. A los que no somos así, como no tengamos amarrados todos los cabos y bien sujetas las velas, temblamos por la creencia de que se nos va a hundir el barco. Ellos, que son por completo distintos, si les falta un mínimo de seguridad, o un mucho, no les afecta porque, o saben superar todos y cada uno de los inconvenientes y molestias que ello les pueda suponer, o creen que serán capaces de logarlo.
Además, a estos individuos de condición aventurera no les arredran las penalidades o las eventualidades a las que hayan de enfrentarse en el desarrollo de su actividad, y, curiosamente, nunca se supo de nadie que no fuera feliz con ello, quizás porque, si alguno no consiguió serlo, no regresó nunca para contarlo.
Quiero ahora hacer una subdivisión en el segundo grupo, el de los erradizos, y colocarlos en dos apartados. Primero diré que todos ellos, una vez que, por los motivos que sean, han tenido que abandonar su “patria”, grande o chica, dada su idiosincrasia, tardan poco en amoldarse a los usos y costumbres del lugar en el que se han ubicado, y muchos, con el paso de los años, llegan a tener tan arraigados esos hábitos que parecen que hubiesen nacido en él.
Y aquí viene la división. Haylos que, por la celebración de determinadas fiestas, o por cualquier otro motivo, en cuanto tienen una ocasión, se dan una garbeo por su lugar de origen, y allí ven a la familia y a los amigos, charlan con sus paisanos, vuelven a tomar las comidas típicas, etc., etc., etc. También existen otros que habiendo alcanzado la jubilación, retornan a su lugar de origen, del que ya no vuelven a salir.
Pero los hay asimismo, no sé cuántos, si muchos o pocos, pero con que hubiera uno ya sería suficiente, que no retornan nunca al lugar en el que nacieron y donde transcurrió una parte de su vida, más o menos extensa, pero siempre importante. Parece como si renegaran de sus ancestros, como si quisieran olvidar esa parte de su vida y hacer suyo aquello de ojos que no ven…No son ni mejores ni peores que los que sí lo hacen; son simplemente distintos o su forma de ser o sus creencias y gustos les mantienen haciendo bueno el dicho de: No se es de donde se nace, sino de donde se pace.
Me imagino que unos lo harán gustosos, mientras que otros se sentirán apenados por no poder tornar, retención que puede estar causada por los sentimientos o por otras mil circunstancias. Pero lo que no me imagino sino que afirmo con rotundidad, es que ellos no caen en la cuenta de que los “sedentarios” que siguen estando allí, en aquel lugar de donde ellos partieron cierto día, se sentirían muy dichosos de volver a ver a los “erradizos”, dialogar con ellos y, sobre todo, rememorar, emocionados y puede que hasta con lágrimas, muchas vivencias de antaño.
Ramón Serrano G.
Febrero 2017
jueves, 9 de febrero de 2017
La luz de la mañana
Coincidirán conmigo en que, desde el origen de los tiempos, la inmensa mayoría de los hombres, si no es que todos, han creído y han tenido la esperanza de que sus bienes y sus males podrían llegarles, o se librarían de ellos, según les conviniera una cosa u otra, de un modo sobrenatural o, cuando menos, extraordinario. Una ilusión infundada a todas luces, pero arraigada en ellos como la mala hierba lo hace en los cultivos, o sea, tanto en extensión como en intensidad, y con poder bastante para ser permutadora del modo de obrar y de vivir de muchos de ellos.
La condición humana (sobre ella han hablado mucho y bien escritores como Heidegger, Malraux, Sartre u Ortega, por citar algunos) suele tener mucho de regalona, y aunque también, y afortunadamente, están entre sus virtudes el sacrificio y el esfuerzo, ha habido humanos en todos los tiempos para los que ha sido muy fácil pensar que se podrían obtener prebendas y sinecuras, sin hacer nada importante, y tan sólo con buscar afanosamente recursos ignotos y tener un poco de fortuna. Repito que ha sido siempre este un sueño generalizado de la humanidad, como quedará expuesto con tan sólo recordar algunas de esas fantasías, que de otras ya hablaremos en futura ocasión.
Así que, entre otros momios, citaremos en primer lugar y someramente a la piedra filosofal, sustancia alquímica de leyenda que convertía el plomo en oro, la perpetuación de la vida, o que las lámparas estuvieran constantemente ardientes. Se intentó lograr en muy distintos países y desde muy antiguo. El trabajo para su logro era conocido como el Opus magnum (la Gran Obra).
La panacea, cuyo nombre proviene de la diosa griega, consistía en un mítico medicamento, ya fuese una cataplasma o una poción, sobre la que se indagó mucho en la antigüedad pues se pensaba que era el remedio para la curación de todas las enfermedades.
Aun queriendo ser escueto, he de hablar del elixir de la inmortalidad, también llamado por algunos el elixir de la vida, o el de la eterna juventud, que opiniones sobre ello hay para dar y tomar, y cuya esencia divergía más en la nominación que en su finalidad. Sobre ello se trabajó enormemente en China, India, Arabia, Egipto o Europa, y el logro no era sino un brebaje (parece ser que de origen tibetano) a base de limón, miel y aceite de oliva, bebida muy saludable, pero muy lejos de ser conseguidora del fin con el que fue concebida y bautizada.
En tiempos pasados fue esta una de las metas perseguidas por muchos profesionales que la tenían como uno de los deseos más irrefrenables. Su principal arma era la alquimia, e intentando valerse de ella, Paracelso adquirió gran fama ya que se llegó a creer que había conseguido la transmutación del plomo en oro. No era cierto, pero sí que hizo varias y buenas aportaciones a la medicina; Roger Bacon, conocido como el Doctor Mirábilis, afirmaba que el oro disuelto en agua era el elixir de la vida, y Basile Valentine quien, junto a otros, desarrolló trabajos esotéricos experimentales, la mayoría de ellos inacabados o inservibles. Pero hay que valorar que también descubrieron muchas cosas interesantes como el antimonio, la fabricación de amalgamas o el alcohol etílico.
Todo ello, que fue realizado en tiempos pretéritos más o menos lejanos, no llegó a tener ningún éxito como era fácil de prever. Pero como es muy apetecible obtener pingües ganancias con poco esfuerzo, o sea, aquello que consiste en que por arte de birlibirloque se pueda conseguir lo que no está en los escritos, mucha gente lleva muchos tiempo dedicándose a la búsqueda y consecución de canonjías, bicocas, chollos, mamandurrias y demás excepcionales privilegios.
Pero hoy en este país nuestro se ha descubierto uno de rentabilidad increíble. El método con el que han dado es relativamente sencillo de seguir. Sin necesidad de tener oficio, y con un ansia infinita de lograr grandes beneficios, muchos individuos se apuntan a cualquier partido político que tengan a mano, sin que les importe en absoluto la ideología del mismo. Una vez insertos en una de esas entidades no paran de medrar, haciendo lo imposible y lo impensable, tragándose carros y carretas, y cuantos sacrificios sean menester, hasta conseguir ser presentado a alguna elección. Celebrada esta, si obtienen algún puesto, oficializan su trabajo, para después pegarse la gran vida y asegurarse, por arte de birlibirloque y per in saecula saeculorum, unas retribuciones verdaderamente inimaginables, debido a su magnitud.
Al pronto, esto es difícil de ser creído, pero como hay cuantiosas pruebas y casos que lo acreditan hay que aceptarlo. Por este, y por muchos otros motivos, está más que demostrado que el hombre, por su imaginación y su capacidad para alcanzar aquello que persiga, sea lo que fuere, tiene capacidad para las empresas más inverosímiles. Por ello, yo cada noche, me voy a la cama expectante esperando a ver qué nuevo prodigio se consigue con la nueva luz de la mañana.
Ramón Serrano G.
Febrero 2017
viernes, 27 de enero de 2017
Paremias
-Entiéndelo, no puedo seguir aquí y creo que tampoco quiero hacerlo. Prefiero irme, marcharme lejos, tanto como pueda, de esta tierra en la que nací, y que, generosa como pocas aunque con mi actitud pudiera parecer que pienso todo lo contrario, me regaló graciosamente la mayoría de las cosas que he tenido en mi vida. Por ello le estoy inmensamente agradecido y sé que dificilmente podré olvidarla. Y no añado lo de nunca, porque no voy a caer en el error de muchos, que dicen: -Nunca olvidaré,… esto o lo otro, sin pensar que una amnesia, un alzheimer, o el tiempo, pueden asolar su intención memorística en cualquier instante. Y digo que la quiero, y que trataré de recordarla siempre, por muy lejos que me vaya o sea muy hermosa en la que me asiente. Pero he de dejarla en busca de otra nueva donde pasar, donde dejar transcurrir pausadamente los años que me queden, sean pocos o no tan pocos, pero que siempre me parecerán demasiados.
-Hombre, Gerardo, sabemos, o creemos saber, que todo esto lo haces porque hace poco tiempo-¡aunque parezca que haya sido mucho el trascurrido!- tuviste una contrariedad importante, y está claro que esto marcó enormemente tu manera de vivir. Pero, gracias a que aún eres joven y a tu fortaleza espiritual, has sabido sobrellevarlo y sobreponerte al estado anímico en que quedaste, o eso es lo que nos parece a cuantos te tratamos. Y ahora, cuando parecía que todo había vuelto a la normalidad, nos vienes con lo de tu marcha, más o menos razonada y desde luego, para mí al menos, completamente injustificada. ¿Qué pasa, que quieres rehacer tu vida, empezar una nueva y deseas hacerlo lejos de tu tierra?
-Es que, en este lugar y con mi estado de ánimo, no creo que tenga fuerza para mantener una forma de vivir que no esté anclada firmemente en la rutina y la monotonía, cosas estas que restriñen mi alma y mis sentidos, que los adormecen, que son como un opiáceo que me entontece y obnubila. Me incrusta de un modo terrible en el pasado no dejando que me proyecte hacia lo venidero. Ya sabes que aquí hay demasiados testimonios que me hacen recordar tiempos pasados o revivir escenas muy desagradables.
-Pero eso que pretendes es un poco la táctica del avestruz, y los problemas hay que afrontarlos cara a cara, con respeto, pero sin miedo.
-No, no consiste en eso mi postura. Allí donde vaya trataré de no olvidar nunca los muchos años buenos que tengo vividos aquí, ni las costumbres, ni los parajes, o las gentes. Hay recuerdos que no se me borrarán jamás y personas a las que recordaré toda mi vida. Pero pienso que al cambiar el escenario de mis actos, al no ver a los mismos agentes con los que he protagonizado mi existencia, no vendrán a mi memora ciertos hechos muy conocidos por todos y verdaderamente desagradables. Lo fueron al producirse y lo son en el recuerdo.
-Perdona que insista, pero sabes que eres mi mejor amigo y para mí sería un golpe demasiado duro perderte. Por eso te recuerdo que, vayas donde vayas, ( no sé tan siquiera si tienes elegida ya tu nueva morada, y es posible que ni tú mismo lo sepas) te recuerdo, repito, que no hay lugar que sea un auténtico paraíso, tanto por sus muchos y buenas condiciones, como por la ausencia de problemas y dificultades para vivir.
-Mira, Alfonso, hace bastante tiempo, leyendo a Blasco Ibáñez, este decía que hay dos fuerzas que nos ayudan en el desarrollo de nuestra existencia: el olvido y la esperanza. Del primero no puedo, y ni tan siquiera deseo, desprenderme y en la segunda quiero, o quisiera, refugiarme.
-De verdad que me duele enormemente no tener más sapiencia para saber aconsejarte lo mejor posible y poder llevarte al convencimiento de que tu sitio está aquí, con los tuyos, con los de siempre, porque es sabido que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.
-Pues si echamos mano del refranero, podría decirte que cada uno es de donde pace, y no de donde nace. Y en cuanto a consejos, permíteme que lo tome de Lope de Vega que dijo: “No hay, para olvidar amor, remedio como otro nuevo amor, o tierra en medio”. Aunque no sea exactamente el caso, la primera solución no la voy a adoptar en ningún caso, así que me acogeré a la segunda, que ojos que no ven, corazón que no siente, y dispensa que haya echado mano de otra paremia.
-Estás perdonado, por supuesto, pero te diré que en eso no estoy de acuerdo, y menos en tu caso en particular. Sé con certeza que, aunque no convivas con nosotros, aunque no nos estés viendo, te tendremos siempre a nuestro lado, nos recordarás, porque parte de tu alma se queda aquí.
-De eso puedes estar bien seguro. La vida, no hoy sino desde siempre, ha obligado a las personas a cambiar su residencia por mor de las más distintas circunstancias, y ellas han tenido los más diferentes comportamientos en relación con la tierra suya y de sus ancestros, o con aquella en la que van a fijar su residencia. Yo soy ahora, o lo voy a ser dentro de nada, una de esas personas, sabiendo que hacerlo significa, por una parte, soportar una melancolía más o menos llevadera. Supone mucho aquello de levantarse un día de una cama sabiendo que esa noche habrá que acostarse en otra durante mucho tiempo. Y por otra, y basándome en el motivo y las condiciones y circunstancias del cambio, voy a aceptarlo con la mayor esperanza. Que la tengo, ya que pienso poner en práctica aquel antiguo proverbio que dice: adonde fueres haz lo que vieres.
Ramón Serrano G.
Enero 2017
viernes, 13 de enero de 2017
Corazón y mente
“El corazón tiene razones que la razón ignora”.
Blaise Pascal
Hace poco leía una novela en la que el protagonista hablaba de cómo el corazón no sabe nada. Nunca sabe nada. Se limita a emitir latidos en la sala de máquinas, y no es sino el motor que hay en ella, que hace que el barco navegue, que se mantenga en movimiento, que propone solamente el rumbo a seguir pero que nunca lo marca, ya que este muy importante ejercicio siempre queda relegado a la mente. Esta, decía el autor, y bien sabido se tiene, es una actividad de mente y demente.
Creo que estaremos de acuerdo en decir que mente y corazón son los dos órganos más importantes de los que dispone el hombre para poder desarrollar su vida debida y adecuadamente. Todo cuanto él hace está supervisado por uno de ellos y según sea su forma de vivir, su manera de ser, o las circunstancias que se le presenten a la persona en un determinado momento, esta actuará de uno u otro modo. Tratemos ahora de describir alguna de sus funciones.
La tarea principal del corazón, y él la cumple fielmente, es la de presentar al individuo todas las posibilidades que su alma tiene de ser feliz y, por supuesto, de animarlo para que lo consiga. Además, siempre que le muestra un proyecto, este va coloreado en rosa, y no porque su realización tenga que ser en esa tonalidad, sino por lo que significa de positiva, agradable, sin estrés, etc. Permítaseme aquí un grato recuerdo para Édith Piaf y su maravillosa canción La vie en rose, mi preferida, en la que describía cómo su amante trataba de hacerle la vida maravillosa.
Además, dicho proyecto se muestra siempre bajo dos constantes: una, la facilidad, o mejor dicho, las escasas dificultades que se han de encontrar para alcanzarlo, y otra, la enorme alegría que ha de proporcionar su consecución. Es una oferta saturada de hedonismo como no podía ser de otra manera, porque, a la postre, es el corazón quien se manifiesta, quien habla, y es bien sabido que hablar el corazón, o hablar con el corazón, significa que es hacerlo con interna y absoluta libertad, declarar sentimientos con coherencia (a veces con no tanta), expresarlo en la intimidad, con gran naturalidad, espontáneamente y con enorme confianza, aun a sabiendas de que no siempre va a ser escuchado. O mejor dicho, escuchado sí -¡es tan dulce oír hablar al corazón!-, pero desatendido en muchas ocasiones, por mil y una circunstancias.
Y diremos también que todas, o la mayoría de sus proposiciones son buenas o, al menos, aceptables. Pero en tres ocasiones llega hasta la cima de su buen hacer, y es cuando nos habla del trabajo, del amor o de la familia. Al abordar esos propósitos llega hasta el paroxismo, con un entusiasmo enorme por conseguir el disfrute de esos lazos y pasiones.
Porque cuando el corazón expresa lo que siente, hay alguien que siempre le escucha, y podríamos añadir que afortunadamente. Es la razón, o sea, el discurrir del entendimiento, el cual, al ver las posibilidades de obrar que le son presentadas, sea o no requerido para ello, actúa de oficio en aras de conseguir lo mejor para el individuo. Ella, la razón, tan pronto como tiene noticia de unas nuevas propuestas y planes para el futuro, se encomienda a la diosa Atenea, su patrona, sempiterna defensora del uso de las propiedades del espíritu ante la fuerza bruta, y ella le va indicando los peligros que esquivar, los pasos a seguir y la cadencia y firmeza con que han de darse estos.
Lo hace en todas las ocasiones. Es su principal misión hasta el punto de que alguien tiene dicho que la razón es la luz del corazón (Aristóteles dijo que la razón es para el espíritu lo que la vista es para el cuerpo). Pero es excesivamente complicado hacerlo con acierto, aunque este sea relativo, por lo enrevesado que resulta razonar y sentir al mismo tiempo. Pese a ello, continuamente se dan estos casos en los que el corazón, al describir sus ansiadas empresas, escucha de la razón palabras como estas:
-Bien, eso está bien. No cejes en ese empeño hasta conseguirlo.
-Eso es magnífico, pero su logro conlleva peligros en demasía. Cuidado.
-No sabes la locura que cometerías de seguir por ese camino.
-No está mal, pero se debe aspirar a más cuando hay posibilidades.
-Hay que comprobar hasta lo más mínimo, que luego están los fracasos.
Y así se podrían poner mil y un ejemplos de los sensatos juicios, valoraciones y conductas a seguir que emite la mente, sin dejarse llevar por una euforia sin base o sin el debido análisis.
Entonces, y dado que suele haber muchas y grandes discordancias
entre lo deseado y lo convenientemente realizable -viene aquí a colación aquella frase atribuida a Lope de Vega que dice: la razón de la sinrazón que a mi razón aqueja-. ¿A quién escuchar? Pues, sencilla y llanamente, a ambos, al corazón y a la razón, porque aquél nos está indicando el camino a seguir (a veces el camino que a él le gustaría seguir), mientras que esta nos dice la manera más conveniente de hacerlo.
No quiero acabar este escrito sin hacerle al lector la recomendación de dos escritos relacionados con el tema que hoy nos ocupa. El primero es el maravilloso poema Razón-Corazón, de Antonio Machado, aunque el adjetivo sobra porque sabemos que toda su poesía es así. Después el enjundioso artículo Charla entre la razón y el corazón de Gabriela Mistral.
Diré por último que desde la aparición y expansión de la ciencia y su enorme influencia en la forma de actuar de los seres humanos se ha producido una sobrevaloración del mundo del intelecto y un cierto desprecio por el mundo de las emociones. Eso puede estar bien, pero cabe decir, que hay ocasiones en que es una auténtica delicia mandar a la razón a hacer gárgaras y …
Ramón Serrano G.
Enero 2017
jueves, 15 de diciembre de 2016
La rutina
Para el buen desarrollo de una vida llamémosle normal, que no ya placentera, cómoda o relajada, el ser humano encuentra y debe salvar una cantidad increíblemente grande de problemas, escollos e interferencias. De todo tipo, tamaño y condición. Y, a veces, para poder salir victorioso de esos trances, tiene que utilizar los métodos más adecuados, pues sabido es que dar palos de ciego nunca suele conducir a nada bueno. Pero también se le presentan problemas que no llega a resolver, no porque no sepa cómo hacerlo, sino porque no los capta o porque no pone demasiado interés en ello por la razón que sea.
Y entre otros varios, uno de estos entorpecimientos del buen desarrollo de las actividades humanas en los más diversos ámbitos, es la rutina (o monotonía como queramos llamarla), o dicho de otro modo, la costumbre de hacer las cosas por mera práctica y de una manera más o menos automática, según dice el D.R.A.E, y que suele provenir de repetir un acto muchas o varias ocasiones. Eso nos lleva, digamos por ejemplo, a comer y cenar en horas predeterminadas, a irnos a la cama en un horario habitual o a tomar siempre el mismo camino para llegar al sitio de trabajo. De esa forma muchas veces, demasiadas veces quizás, actuamos de manera automática, porque así lo hemos hecho siempre, pero también porque no nos detenemos a estudiar si es la manera más correcta, o si esta inacción se debe a falta de capacidad o de ganas de hacerlo.
Repito que esta mala costumbre aparece cuando empiezan a hacerse las cosas no con un interés específico, sino por un hábito adquirido, por mera práctica y sin razón o motivo determinado que nos impulse a llevarlas a cabo con cierto empirismo. En dos palabras diremos que es el célebre arate cavate con el que se aludía a la tarea diaria del labrador o a la tosquedad de la persona que únicamente conoce los rudimentos de su oficio. Pero veámosla despacio y desde diferentes prismas para poder así hacernos una buena idea de su eseidad y de los daños que puede sobrevenirnos con su ejercicio.
Admitiendo que hay casos concretos en los que la consuetudinaria manera de hacer las cosas nos puede llegar a ser incluso beneficiosa puesto que nos aporta un sosiego y una predictibilidad que tendremos por la práctica reiterada de lo que estamos haciendo, no debemos olvidar que esto puede ocurrir cuando lo utilicemos en labores, digamos, poco importantes. Sin embargo, cuando se trata de temas relevantes, de actividades de verdadera trascendencia para nosotros, la rutina nos es perjudicial, de todas, todas. Veamos.
Adjetivándola, la podemos calificar primero como de gran opacidad ya que sus efectos no son limpios ni beneficiosos, tanto en su inicio como en su desarrollo ni, por supuesto en sus secuelas. Está carente, en absoluto, de brillo y de interés, y no proporciona ninguna luz a nuestra vida.
Es igualmente delusiva ya que posee mucha relevancia pese a que da la impresión de no ser importante. Podríamos decir que es aquello que le ocurre al nadador que, cansado de bracear contra corriente acaba dejándose llevar por ella y, por aburrimiento, termina por morir ahogado. O lo que al enfermo que se acomoda a su enfermedad crónica y se hace a ella como los pájaros de la vega se hacen a las voces. Esa monotonía acaba imbuyendo en el sujeto que la padece una excesiva seguridad en sus operaciones, una despreocupación muy peligrosa, y ambas hacen que cada vez preste menos atención a la ejecución de las mismas con el consiguiente riesgo que ello conlleva.
Manteniendo esa advertencia sobre el peligro de la rutina, diremos que esta podría ser un tanto tolerable en algunas situaciones o actos, llamémosles poco importantes. Pero es absolutamente inadmisible en tres actuaciones importantísimas para el hombre: el amor, la familia y el trabajo. Al ejercicio de estas tres ocupaciones se debe acudir cada día con un mayor impulso por conseguir su triunfo; con un nuevo proyecto e intenciones que lleguen a mejorar, si ello es posible, y siempre puede serlo, el desarrollo anterior de ellas; con una insatisfacción constante del bienestar conseguido y el afán de consolidarlo primero e incrementarlo después con cada salida del sol. Con la seguridad de que por muchos que hayan sido los sacrificios que el individuo lleve realizados para su buen funcionamiento, siempre podrá y deberá volver a esforzarse en la seguridad de que, por grande que sea la cantidad de momentos felices que ellos tres le han deparado, siempre, siempre, podrá verse recompensado por una alegría mayor que la que se disfrutaba anteriormente.
Sellemos a la rutina las puertas de estos tres tesoros, y hagámoslo con cien cerrojos, porque al menor descuido nuestro, ante cualquier pasividad, ella tratará de arruinarlos.
El gran escritor André Maurois cuenta que un día se reunieron los grandes enemigos que tiene el amor: el odio, la desconfianza, los celos, la falta de comunicación, la ausencia de intimidad, todos, para tratar de acabar con él. Y que por más que lo intentaron, por muchos esfuerzos que hicieron por conseguirlo, no lograron alcanzar su terrible propósito. Ya estaban desesperados y dispuestos a renunciar a su empresa, cuando comprobaron que lo que ellos no habían logrado con toda su fuerza y su preponderancia, lo consiguió un agente al parecer insignificante: la rutina. Y André Maurois, todos lo sabemos, era un gran conocedor del alma humana.
Ramón Serrano G.
Diciembre 2016
jueves, 1 de diciembre de 2016
El lugar
Quiérase, o no, los hombres acaban pareciéndose a los sitios que les han visto nacer o en los que llevan viviendo muchos años. E incluso llegan a ser como ellos. La historia, la cultura, o el habla por un lado, y por otro los elementos geográficos (el paisaje, la altura, la gran ciudad, el entrañable pueblo o el clima), son elementos altamente condicionantes e influyentes en el modo de ser y la manera de obrar de los naturales y residentes de aquella o de esta otra región. Bien es cierto que a veces se acaba cayendo en el tópico y entonces, y parece ser que por obligación, los andaluces tienen que ser graciosos, los catalanes ahorradores, los franceses enamoradizos, los italianos tenores, y ruego me disculpen si me abstengo de poner calificativo a los tomelloseros, aunque pueden estar seguros de que el que les adjudicaría no sería peyorativo.
Empezaré diciendo que a los residentes o nativos de aquellos sitios que están atravesados por un río (y sobre todo si este es caudaloso), se les nota muy a las claras que esto es así. Desde siempre llevan aprovechándose de sus generosas aguas y obteniendo los múltiples beneficios que este les regala, como la humedad o un clima benigno. Ellos están encantados con su río, de sus condiciones, de su belleza y hablan orgullosos de él, como lo hace un padre de las notas sobresalientes de su hijo, o un agricultor de sus abundantes cosechas. Y lo hacen porque es bueno, es hermoso y se porta siempre, o casi, divinamente, así que están más que satisfechos con él y muchos añaden al nombre de su lugar el del río que lo atraviesa. Citaremos a Aranda de Duero, Añover de Tajo, o Retuerta del Bullaque. Por supuesto no serían iguales los parisinos sin su Sena, los zaragozanos sin su Ebro, los sevillanos sin su Guadalquivir, o los de ... sin su… etc., etc.
Algo muy similar viene a ocurrirles a otros muchos habitantes de muchos lugares que, por unos u otros motivos, son diferentes a la mayoría. Pero sólo hablaré de dos de ellos.
Así, diré primeramente que quien ha tenido la fortuna de haber nacido junto al mar es distinto y mira las cosas de otra manera a los que lo hemos hecho tierra adentro (y obsérvese que no digo ni mejor ni peor). Y esa diferencia se aprecia tanto en el carácter, como en la economía y forma de vida. Desde luego debemos reconocer que si hay algo que atraiga a un gran número de habitantes del planeta Tierra, es el mar, la mar, ese inmenso mundo que tanta vida tiene y tanta vida da. Que lo hace todo de otra manera: no hay izquierda ni derecha, sino babor o estribor; no hay delante ni detrás, sino proa y popa; no hay cuerdas, sino cabos; no existen hadas, sino sirenas que, con su canto, enloquecen a quienes las escuchan. Se oye por Finisterre una leyenda que habla de que en aquellas aguas las sirenas se ofrecían a los marineros a los que obsequiaban con collares y joyas de piedras preciosas para que bajasen con ellas a las profundidades. Alguno se atrevió a hacerlo pero, o no volvió, o si lo hizo fue con la mente completamente extraviada.
Frente al mar se suele ver muchas tardes a un viejo, que lo está mirando serenamente, con la añoranza, o mejor dicho, con la morriña de otras muchas tardes ya vividas en lucha con los vientos y las olas. Está observando un panorama siempre igual y siempre diferente, un paisaje que consiste precisamente en la ausencia de paisaje. Recuerda -¿cómo iba a olvidarlo?- que un día vivido en sus adentros supone una reclusión pero, a la vez, una libertad ilimitada. Y él, lo mismo que otros muchos, aunque ya esté desvinculado del mar, sigue teniéndole una finalidad conmovedora, cumpliendo fielmente con aquello que Baudelaire expresa en su poema.
Cuando tratamos con las gentes que han vivido junto al mar nos damos cuenta de que son distintos a los que no lo han hecho. Si ese encuentro ha sido por el norte, observaremos que los de por allí suelen ser más morriñosos que los del sur o el levante, pero todos, los de uno y otro lado, viven perdidamente enamorados (y con razón) de su mar, tenebroso y con brumas a veces, pero siempre plácido, sugerente, prometedor de sueños, y plagado de soles y de playas que son los mismos soles y las mismas playas que se encuentran muy lejos allende de sus aguas. ¡Bendito y hermoso mar que tanto bien haces a los que se han avecindado en tus orillas!
Y lo expresado hasta aquí sobre cómo el mar influye en los que desarrollan su vida junto a él, vale también para los que habitan en la montaña o en las llanuras castellanas. Hay variaciones, como es natural,
pero las tierras adentro, con sus fríos extremos y sus calorinas abrasadoras,
dejan igualmente su impronta en sus inquilinos.
Me agradaría explicarlo, pero, al carecer de espacio suficiente, habré de dejarlo para otra ocasión, prometiendo fielmente que lo haré y muy gustoso, como no podía ser de otra manera.
Ramón Serrano G.
Diciembre 2016
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