viernes, 27 de enero de 2017

Paremias

-Entiéndelo, no puedo seguir aquí y creo que tampoco quiero hacerlo. Prefiero irme, marcharme lejos, tanto como pueda, de esta tierra en la que nací, y que, generosa como pocas aunque con mi actitud pudiera parecer que pienso todo lo contrario, me regaló graciosamente la mayoría de las cosas que he tenido en mi vida. Por ello le estoy inmensamente agradecido y sé que dificilmente podré olvidarla. Y no añado lo de nunca, porque no voy a caer en el error de muchos, que dicen: -Nunca olvidaré,… esto o lo otro, sin pensar que una amnesia, un alzheimer, o el tiempo, pueden asolar su intención memorística en cualquier instante. Y digo que la quiero, y que trataré de recordarla siempre, por muy lejos que me vaya o sea muy hermosa en la que me asiente. Pero he de dejarla en busca de otra nueva donde pasar, donde dejar transcurrir pausadamente los años que me queden, sean pocos o no tan pocos, pero que siempre me parecerán demasiados. -Hombre, Gerardo, sabemos, o creemos saber, que todo esto lo haces porque hace poco tiempo-¡aunque parezca que haya sido mucho el trascurrido!- tuviste una contrariedad importante, y está claro que esto marcó enormemente tu manera de vivir. Pero, gracias a que aún eres joven y a tu fortaleza espiritual, has sabido sobrellevarlo y sobreponerte al estado anímico en que quedaste, o eso es lo que nos parece a cuantos te tratamos. Y ahora, cuando parecía que todo había vuelto a la normalidad, nos vienes con lo de tu marcha, más o menos razonada y desde luego, para mí al menos, completamente injustificada. ¿Qué pasa, que quieres rehacer tu vida, empezar una nueva y deseas hacerlo lejos de tu tierra? -Es que, en este lugar y con mi estado de ánimo, no creo que tenga fuerza para mantener una forma de vivir que no esté anclada firmemente en la rutina y la monotonía, cosas estas que restriñen mi alma y mis sentidos, que los adormecen, que son como un opiáceo que me entontece y obnubila. Me incrusta de un modo terrible en el pasado no dejando que me proyecte hacia lo venidero. Ya sabes que aquí hay demasiados testimonios que me hacen recordar tiempos pasados o revivir escenas muy desagradables. -Pero eso que pretendes es un poco la táctica del avestruz, y los problemas hay que afrontarlos cara a cara, con respeto, pero sin miedo. -No, no consiste en eso mi postura. Allí donde vaya trataré de no olvidar nunca los muchos años buenos que tengo vividos aquí, ni las costumbres, ni los parajes, o las gentes. Hay recuerdos que no se me borrarán jamás y personas a las que recordaré toda mi vida. Pero pienso que al cambiar el escenario de mis actos, al no ver a los mismos agentes con los que he protagonizado mi existencia, no vendrán a mi memora ciertos hechos muy conocidos por todos y verdaderamente desagradables. Lo fueron al producirse y lo son en el recuerdo. -Perdona que insista, pero sabes que eres mi mejor amigo y para mí sería un golpe demasiado duro perderte. Por eso te recuerdo que, vayas donde vayas, ( no sé tan siquiera si tienes elegida ya tu nueva morada, y es posible que ni tú mismo lo sepas) te recuerdo, repito, que no hay lugar que sea un auténtico paraíso, tanto por sus muchos y buenas condiciones, como por la ausencia de problemas y dificultades para vivir. -Mira, Alfonso, hace bastante tiempo, leyendo a Blasco Ibáñez, este decía que hay dos fuerzas que nos ayudan en el desarrollo de nuestra existencia: el olvido y la esperanza. Del primero no puedo, y ni tan siquiera deseo, desprenderme y en la segunda quiero, o quisiera, refugiarme. -De verdad que me duele enormemente no tener más sapiencia para saber aconsejarte lo mejor posible y poder llevarte al convencimiento de que tu sitio está aquí, con los tuyos, con los de siempre, porque es sabido que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. -Pues si echamos mano del refranero, podría decirte que cada uno es de donde pace, y no de donde nace. Y en cuanto a consejos, permíteme que lo tome de Lope de Vega que dijo: “No hay, para olvidar amor, remedio como otro nuevo amor, o tierra en medio”. Aunque no sea exactamente el caso, la primera solución no la voy a adoptar en ningún caso, así que me acogeré a la segunda, que ojos que no ven, corazón que no siente, y dispensa que haya echado mano de otra paremia. -Estás perdonado, por supuesto, pero te diré que en eso no estoy de acuerdo, y menos en tu caso en particular. Sé con certeza que, aunque no convivas con nosotros, aunque no nos estés viendo, te tendremos siempre a nuestro lado, nos recordarás, porque parte de tu alma se queda aquí. -De eso puedes estar bien seguro. La vida, no hoy sino desde siempre, ha obligado a las personas a cambiar su residencia por mor de las más distintas circunstancias, y ellas han tenido los más diferentes comportamientos en relación con la tierra suya y de sus ancestros, o con aquella en la que van a fijar su residencia. Yo soy ahora, o lo voy a ser dentro de nada, una de esas personas, sabiendo que hacerlo significa, por una parte, soportar una melancolía más o menos llevadera. Supone mucho aquello de levantarse un día de una cama sabiendo que esa noche habrá que acostarse en otra durante mucho tiempo. Y por otra, y basándome en el motivo y las condiciones y circunstancias del cambio, voy a aceptarlo con la mayor esperanza. Que la tengo, ya que pienso poner en práctica aquel antiguo proverbio que dice: adonde fueres haz lo que vieres. Ramón Serrano G. Enero 2017

viernes, 13 de enero de 2017

Corazón y mente

“El corazón tiene razones que la razón ignora”. Blaise Pascal Hace poco leía una novela en la que el protagonista hablaba de cómo el corazón no sabe nada. Nunca sabe nada. Se limita a emitir latidos en la sala de máquinas, y no es sino el motor que hay en ella, que hace que el barco navegue, que se mantenga en movimiento, que propone solamente el rumbo a seguir pero que nunca lo marca, ya que este muy importante ejercicio siempre queda relegado a la mente. Esta, decía el autor, y bien sabido se tiene, es una actividad de mente y demente. Creo que estaremos de acuerdo en decir que mente y corazón son los dos órganos más importantes de los que dispone el hombre para poder desarrollar su vida debida y adecuadamente. Todo cuanto él hace está supervisado por uno de ellos y según sea su forma de vivir, su manera de ser, o las circunstancias que se le presenten a la persona en un determinado momento, esta actuará de uno u otro modo. Tratemos ahora de describir alguna de sus funciones. La tarea principal del corazón, y él la cumple fielmente, es la de presentar al individuo todas las posibilidades que su alma tiene de ser feliz y, por supuesto, de animarlo para que lo consiga. Además, siempre que le muestra un proyecto, este va coloreado en rosa, y no porque su realización tenga que ser en esa tonalidad, sino por lo que significa de positiva, agradable, sin estrés, etc. Permítaseme aquí un grato recuerdo para Édith Piaf y su maravillosa canción La vie en rose, mi preferida, en la que describía cómo su amante trataba de hacerle la vida maravillosa. Además, dicho proyecto se muestra siempre bajo dos constantes: una, la facilidad, o mejor dicho, las escasas dificultades que se han de encontrar para alcanzarlo, y otra, la enorme alegría que ha de proporcionar su consecución. Es una oferta saturada de hedonismo como no podía ser de otra manera, porque, a la postre, es el corazón quien se manifiesta, quien habla, y es bien sabido que hablar el corazón, o hablar con el corazón, significa que es hacerlo con interna y absoluta libertad, declarar sentimientos con coherencia (a veces con no tanta), expresarlo en la intimidad, con gran naturalidad, espontáneamente y con enorme confianza, aun a sabiendas de que no siempre va a ser escuchado. O mejor dicho, escuchado sí -¡es tan dulce oír hablar al corazón!-, pero desatendido en muchas ocasiones, por mil y una circunstancias. Y diremos también que todas, o la mayoría de sus proposiciones son buenas o, al menos, aceptables. Pero en tres ocasiones llega hasta la cima de su buen hacer, y es cuando nos habla del trabajo, del amor o de la familia. Al abordar esos propósitos llega hasta el paroxismo, con un entusiasmo enorme por conseguir el disfrute de esos lazos y pasiones. Porque cuando el corazón expresa lo que siente, hay alguien que siempre le escucha, y podríamos añadir que afortunadamente. Es la razón, o sea, el discurrir del entendimiento, el cual, al ver las posibilidades de obrar que le son presentadas, sea o no requerido para ello, actúa de oficio en aras de conseguir lo mejor para el individuo. Ella, la razón, tan pronto como tiene noticia de unas nuevas propuestas y planes para el futuro, se encomienda a la diosa Atenea, su patrona, sempiterna defensora del uso de las propiedades del espíritu ante la fuerza bruta, y ella le va indicando los peligros que esquivar, los pasos a seguir y la cadencia y firmeza con que han de darse estos. Lo hace en todas las ocasiones. Es su principal misión hasta el punto de que alguien tiene dicho que la razón es la luz del corazón (Aristóteles dijo que la razón es para el espíritu lo que la vista es para el cuerpo). Pero es excesivamente complicado hacerlo con acierto, aunque este sea relativo, por lo enrevesado que resulta razonar y sentir al mismo tiempo. Pese a ello, continuamente se dan estos casos en los que el corazón, al describir sus ansiadas empresas, escucha de la razón palabras como estas: -Bien, eso está bien. No cejes en ese empeño hasta conseguirlo. -Eso es magnífico, pero su logro conlleva peligros en demasía. Cuidado. -No sabes la locura que cometerías de seguir por ese camino. -No está mal, pero se debe aspirar a más cuando hay posibilidades. -Hay que comprobar hasta lo más mínimo, que luego están los fracasos. Y así se podrían poner mil y un ejemplos de los sensatos juicios, valoraciones y conductas a seguir que emite la mente, sin dejarse llevar por una euforia sin base o sin el debido análisis. Entonces, y dado que suele haber muchas y grandes discordancias entre lo deseado y lo convenientemente realizable -viene aquí a colación aquella frase atribuida a Lope de Vega que dice: la razón de la sinrazón que a mi razón aqueja-. ¿A quién escuchar? Pues, sencilla y llanamente, a ambos, al corazón y a la razón, porque aquél nos está indicando el camino a seguir (a veces el camino que a él le gustaría seguir), mientras que esta nos dice la manera más conveniente de hacerlo. No quiero acabar este escrito sin hacerle al lector la recomendación de dos escritos relacionados con el tema que hoy nos ocupa. El primero es el maravilloso poema Razón-Corazón, de Antonio Machado, aunque el adjetivo sobra porque sabemos que toda su poesía es así. Después el enjundioso artículo Charla entre la razón y el corazón de Gabriela Mistral. Diré por último que desde la aparición y expansión de la ciencia y su enorme influencia en la forma de actuar de los seres humanos se ha producido una sobrevaloración del mundo del intelecto y un cierto desprecio por el mundo de las emociones. Eso puede estar bien, pero cabe decir, que hay ocasiones en que es una auténtica delicia mandar a la razón a hacer gárgaras y … Ramón Serrano G. Enero 2017

jueves, 15 de diciembre de 2016

La rutina

Para el buen desarrollo de una vida llamémosle normal, que no ya placentera, cómoda o relajada, el ser humano encuentra y debe salvar una cantidad increíblemente grande de problemas, escollos e interferencias. De todo tipo, tamaño y condición. Y, a veces, para poder salir victorioso de esos trances, tiene que utilizar los métodos más adecuados, pues sabido es que dar palos de ciego nunca suele conducir a nada bueno. Pero también se le presentan problemas que no llega a resolver, no porque no sepa cómo hacerlo, sino porque no los capta o porque no pone demasiado interés en ello por la razón que sea. Y entre otros varios, uno de estos entorpecimientos del buen desarrollo de las actividades humanas en los más diversos ámbitos, es la rutina (o monotonía como queramos llamarla), o dicho de otro modo, la costumbre de hacer las cosas por mera práctica y de una manera más o menos automática, según dice el D.R.A.E, y que suele provenir de repetir un acto muchas o varias ocasiones. Eso nos lleva, digamos por ejemplo, a comer y cenar en horas predeterminadas, a irnos a la cama en un horario habitual o a tomar siempre el mismo camino para llegar al sitio de trabajo. De esa forma muchas veces, demasiadas veces quizás, actuamos de manera automática, porque así lo hemos hecho siempre, pero también porque no nos detenemos a estudiar si es la manera más correcta, o si esta inacción se debe a falta de capacidad o de ganas de hacerlo. Repito que esta mala costumbre aparece cuando empiezan a hacerse las cosas no con un interés específico, sino por un hábito adquirido, por mera práctica y sin razón o motivo determinado que nos impulse a llevarlas a cabo con cierto empirismo. En dos palabras diremos que es el célebre arate cavate con el que se aludía a la tarea diaria del labrador o a la tosquedad de la persona que únicamente conoce los rudimentos de su oficio. Pero veámosla despacio y desde diferentes prismas para poder así hacernos una buena idea de su eseidad y de los daños que puede sobrevenirnos con su ejercicio. Admitiendo que hay casos concretos en los que la consuetudinaria manera de hacer las cosas nos puede llegar a ser incluso beneficiosa puesto que nos aporta un sosiego y una predictibilidad que tendremos por la práctica reiterada de lo que estamos haciendo, no debemos olvidar que esto puede ocurrir cuando lo utilicemos en labores, digamos, poco importantes. Sin embargo, cuando se trata de temas relevantes, de actividades de verdadera trascendencia para nosotros, la rutina nos es perjudicial, de todas, todas. Veamos. Adjetivándola, la podemos calificar primero como de gran opacidad ya que sus efectos no son limpios ni beneficiosos, tanto en su inicio como en su desarrollo ni, por supuesto en sus secuelas. Está carente, en absoluto, de brillo y de interés, y no proporciona ninguna luz a nuestra vida. Es igualmente delusiva ya que posee mucha relevancia pese a que da la impresión de no ser importante. Podríamos decir que es aquello que le ocurre al nadador que, cansado de bracear contra corriente acaba dejándose llevar por ella y, por aburrimiento, termina por morir ahogado. O lo que al enfermo que se acomoda a su enfermedad crónica y se hace a ella como los pájaros de la vega se hacen a las voces. Esa monotonía acaba imbuyendo en el sujeto que la padece una excesiva seguridad en sus operaciones, una despreocupación muy peligrosa, y ambas hacen que cada vez preste menos atención a la ejecución de las mismas con el consiguiente riesgo que ello conlleva. Manteniendo esa advertencia sobre el peligro de la rutina, diremos que esta podría ser un tanto tolerable en algunas situaciones o actos, llamémosles poco importantes. Pero es absolutamente inadmisible en tres actuaciones importantísimas para el hombre: el amor, la familia y el trabajo. Al ejercicio de estas tres ocupaciones se debe acudir cada día con un mayor impulso por conseguir su triunfo; con un nuevo proyecto e intenciones que lleguen a mejorar, si ello es posible, y siempre puede serlo, el desarrollo anterior de ellas; con una insatisfacción constante del bienestar conseguido y el afán de consolidarlo primero e incrementarlo después con cada salida del sol. Con la seguridad de que por muchos que hayan sido los sacrificios que el individuo lleve realizados para su buen funcionamiento, siempre podrá y deberá volver a esforzarse en la seguridad de que, por grande que sea la cantidad de momentos felices que ellos tres le han deparado, siempre, siempre, podrá verse recompensado por una alegría mayor que la que se disfrutaba anteriormente. Sellemos a la rutina las puertas de estos tres tesoros, y hagámoslo con cien cerrojos, porque al menor descuido nuestro, ante cualquier pasividad, ella tratará de arruinarlos. El gran escritor André Maurois cuenta que un día se reunieron los grandes enemigos que tiene el amor: el odio, la desconfianza, los celos, la falta de comunicación, la ausencia de intimidad, todos, para tratar de acabar con él. Y que por más que lo intentaron, por muchos esfuerzos que hicieron por conseguirlo, no lograron alcanzar su terrible propósito. Ya estaban desesperados y dispuestos a renunciar a su empresa, cuando comprobaron que lo que ellos no habían logrado con toda su fuerza y su preponderancia, lo consiguió un agente al parecer insignificante: la rutina. Y André Maurois, todos lo sabemos, era un gran conocedor del alma humana. Ramón Serrano G. Diciembre 2016

jueves, 1 de diciembre de 2016

El lugar

Quiérase, o no, los hombres acaban pareciéndose a los sitios que les han visto nacer o en los que llevan viviendo muchos años. E incluso llegan a ser como ellos. La historia, la cultura, o el habla por un lado, y por otro los elementos geográficos (el paisaje, la altura, la gran ciudad, el entrañable pueblo o el clima), son elementos altamente condicionantes e influyentes en el modo de ser y la manera de obrar de los naturales y residentes de aquella o de esta otra región. Bien es cierto que a veces se acaba cayendo en el tópico y entonces, y parece ser que por obligación, los andaluces tienen que ser graciosos, los catalanes ahorradores, los franceses enamoradizos, los italianos tenores, y ruego me disculpen si me abstengo de poner calificativo a los tomelloseros, aunque pueden estar seguros de que el que les adjudicaría no sería peyorativo. Empezaré diciendo que a los residentes o nativos de aquellos sitios que están atravesados por un río (y sobre todo si este es caudaloso), se les nota muy a las claras que esto es así. Desde siempre llevan aprovechándose de sus generosas aguas y obteniendo los múltiples beneficios que este les regala, como la humedad o un clima benigno. Ellos están encantados con su río, de sus condiciones, de su belleza y hablan orgullosos de él, como lo hace un padre de las notas sobresalientes de su hijo, o un agricultor de sus abundantes cosechas. Y lo hacen porque es bueno, es hermoso y se porta siempre, o casi, divinamente, así que están más que satisfechos con él y muchos añaden al nombre de su lugar el del río que lo atraviesa. Citaremos a Aranda de Duero, Añover de Tajo, o Retuerta del Bullaque. Por supuesto no serían iguales los parisinos sin su Sena, los zaragozanos sin su Ebro, los sevillanos sin su Guadalquivir, o los de ... sin su… etc., etc. Algo muy similar viene a ocurrirles a otros muchos habitantes de muchos lugares que, por unos u otros motivos, son diferentes a la mayoría. Pero sólo hablaré de dos de ellos. Así, diré primeramente que quien ha tenido la fortuna de haber nacido junto al mar es distinto y mira las cosas de otra manera a los que lo hemos hecho tierra adentro (y obsérvese que no digo ni mejor ni peor). Y esa diferencia se aprecia tanto en el carácter, como en la economía y forma de vida. Desde luego debemos reconocer que si hay algo que atraiga a un gran número de habitantes del planeta Tierra, es el mar, la mar, ese inmenso mundo que tanta vida tiene y tanta vida da. Que lo hace todo de otra manera: no hay izquierda ni derecha, sino babor o estribor; no hay delante ni detrás, sino proa y popa; no hay cuerdas, sino cabos; no existen hadas, sino sirenas que, con su canto, enloquecen a quienes las escuchan. Se oye por Finisterre una leyenda que habla de que en aquellas aguas las sirenas se ofrecían a los marineros a los que obsequiaban con collares y joyas de piedras preciosas para que bajasen con ellas a las profundidades. Alguno se atrevió a hacerlo pero, o no volvió, o si lo hizo fue con la mente completamente extraviada. Frente al mar se suele ver muchas tardes a un viejo, que lo está mirando serenamente, con la añoranza, o mejor dicho, con la morriña de otras muchas tardes ya vividas en lucha con los vientos y las olas. Está observando un panorama siempre igual y siempre diferente, un paisaje que consiste precisamente en la ausencia de paisaje. Recuerda -¿cómo iba a olvidarlo?- que un día vivido en sus adentros supone una reclusión pero, a la vez, una libertad ilimitada. Y él, lo mismo que otros muchos, aunque ya esté desvinculado del mar, sigue teniéndole una finalidad conmovedora, cumpliendo fielmente con aquello que Baudelaire expresa en su poema. Cuando tratamos con las gentes que han vivido junto al mar nos damos cuenta de que son distintos a los que no lo han hecho. Si ese encuentro ha sido por el norte, observaremos que los de por allí suelen ser más morriñosos que los del sur o el levante, pero todos, los de uno y otro lado, viven perdidamente enamorados (y con razón) de su mar, tenebroso y con brumas a veces, pero siempre plácido, sugerente, prometedor de sueños, y plagado de soles y de playas que son los mismos soles y las mismas playas que se encuentran muy lejos allende de sus aguas. ¡Bendito y hermoso mar que tanto bien haces a los que se han avecindado en tus orillas! Y lo expresado hasta aquí sobre cómo el mar influye en los que desarrollan su vida junto a él, vale también para los que habitan en la montaña o en las llanuras castellanas. Hay variaciones, como es natural, pero las tierras adentro, con sus fríos extremos y sus calorinas abrasadoras, dejan igualmente su impronta en sus inquilinos. Me agradaría explicarlo, pero, al carecer de espacio suficiente, habré de dejarlo para otra ocasión, prometiendo fielmente que lo haré y muy gustoso, como no podía ser de otra manera. Ramón Serrano G. Diciembre 2016

jueves, 17 de noviembre de 2016

Saber elegir

Está dicho hasta la saciedad, y comprobada su certeza hasta dos saciedades, que leer (y sobre todo a los clásicos) le concede al hombre una serie de conocimientos enormes y le abre unas posibilidades y temas de pensamiento increíbles. Entonces vengo a exponer hoy aquí lo que hace poco me sugería la lectura de un poema de Francisco de Quevedo, quien, a través de dos renombrados poetas, Gregorio Silvestre y Barahona de Soto, nos hace saber lo que aquél preguntó a este, consulta que transcribo: -Si alguno fuese en un barquillo con dos mujeres, que a la una quisiese él y ella le aborreciese, y a la otra aborreciese, amándole ella; siendo forzoso echar una a la mar, ¿a cuál elegiría. Después, el insigne escritor discurre el argumento en un magnífico soneto y pone su determinación juiciosa, argumentando con una maestría admirable, como no podría ser de otra manera, la actitud del sujeto en cada una de las actuaciones posibles, y, anteriormente apunta: -Elige el morir amando, por no dar muerte a la Amante, o a la Amada, hallándose en peligro de haber de morir alguno. Es sabido que tener que escoger entre una cosa u otra, entre este o aquel, entre obrar o estarse quieto, es a veces normal e incluso sencillo, pero en otras supone un trance muy difícil de superar dignamente. Y esto es así porque en todos los planteamientos siempre hay una serie de condiciones, circunstancias o detalles que dificultan o cuando menos, no hacen que sea cómodo elegir. La decisión dependerá también de muchas coyunturas: que sea o no, irrevocable, trascendente, decisiva, etc. etc., y así podríamos seguir poniendo adjetivos mucho rato. Significar además, tan sólo, que muchas veces no se toma una determinada postura satisfaciendo los propios gustos o intereses, sino que, en ocasiones, uno decide hacer lo que le gusta a los demás, y, curiosamente, en un gran número de casos, al hacer esto se acaba siendo feliz. Pero volvamos al caso con el que iniciamos este escrito, pues, en verdad, el planteamiento es sugerente y admite razonamientos muy dignos de ser estudiados detenidamente De este modo, puestos ante una situación en la que el individuo se halla en la tesitura y necesidad de tener que optar por aquello que a él no le satisface pero agrada los demás, o bien todo lo contrario, lo que para otros es detestable, pero a él le place. En suma y simplificando, ser altruista o egoísta, tenerse que decidir por el bien ajeno o por el propio. Fácilmente comprobamos que hay diversas alternativas y, por ello, trataremos de enumerar alguna de las posibles actitudes a tomar. En primer lugar, y brevemente, hemos de reconocer que el egoísmo nos otorga un placer inmediato, puesto que nos entrega ipso facto aquello que nos place. Es la alegría de la victoria, la satisfacción de haber conseguido lo que se pretendía. Pero, sin embargo y pese a ello, siempre nos deja una desazón, un reconcomio, por no haber renunciado a nuestro gozo en beneficio del ajeno, que viene a enturbiar la dicha del triunfo conseguido, por lo que no es completa nuestra felicidad. Pero detengámonos ahora un algo en hablar del altruismo, que es, simplemente, conseguir el bien ajeno aun a costa del propio. Y esto, al decir de mucha gente, es magnífico, tanto que, hace muy poco, una fundación del Reino Unido habla de que es beneficioso para la salud mental. Lo que sí está más que demostrado es que nos lleva a no obsesionarnos con nuestros problemas, aumenta la autoestima de modo considerable, es una gran ayuda contra la soledad y el aislamiento, amén de conducirnos a una agradable integración social. Repito que hay una gran cantidad de opiniones descriptivas o determinadoras de la esencia y las consecuencias de esta manera de obrar. Tres breves citas. Leibniz lo describía así: “desear más la felicidad de otro que la tuya”. Goethe aseguraba que: “una persona buena es feliz con los triunfos de los demás y se alegra del bien ajeno como si fuera propio”. Y la francesa George Sand decía algo parecido aunque lo circunscribía al amor: “Te amo para amarte y no para que me ames, ya que nada me complace tanto como verte feliz”. Por otra parte, opiniones anónimas, sentires y pareceres del hombre de la calle, los hay también en abundancia: se es más feliz haciendo que lo sean los demás; es mejor obsequiar que recibir obsequios; amar es olvidarse del yo; ser generoso es una característica de los espíritus nobles; la generosidad es la sublimación del egoísmo; tan bueno es dar sin recordar si se ha hecho, como recibir sin olvidar el beneficio que nos han concedido con la dádiva. Y así podríamos sacar a colación infinidad de ellos, pero no parece necesario ya que, en el fondo, todos sabemos lo que eso supone. Por todo lo expuesto, se puede decir con toda rotundidad que el alma de quien haya sabido renunciar a la dicha, logrando con ello que esta haya acudido a la de otra persona, parecerá que está compungida, pero sólo en apariencia, ya que en el fondo estará absolutamente feliz. Y sin embargo, aquél que llegue a conseguir algo, si esto es dictaminando que otros no lo alcancen o lo pierdan, se mostrará radiante ante las gentes, pero nunca lo olvidará, y su espíritu estará siempre afligido al recordar que llevó a cabo una acto astroso. Ramón Serrano G. Noviembre 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

El tiempo

El tiempo, y aclaro que me estoy refiriendo al de las horas y no al climatológico, el tiempo digo, es la duración de las cosas sujetas a mudanza según lo define el Diccionario de la Real Academia Española, y cabe anticipar que tiene una gran dificultad comentarlo o explicarlo convenientemente. Ya, el mismo Agustín de Hipona, decía que sabía pensarlo para él, pero no hacerlo a los demás. En verdad, pocas cosas poseen tantas propiedades, tantas actividades, ni tantas alusiones y tan diversas. Porque siendo de una regularidad insuperable, no mantiene, en absoluto, un desarrollo ni un obrar constante para los hombres, y su influencia en estos es completamente distinta sobre unos u otros, y no por su naturaleza, sino por la eseidad de cada individuo y las circunstancias que en él concurran en cada momento determinado. Refiriéndome en primer lugar a su ritmo, a su paso, que es invariable como pocas cosas en este mundo, diré que nos parece que cambia constantemente, y no ya para una, sino para muchas personas, según sea las circunstancias en que estas se hallen. Se eterniza la llegada del tren, o el final de un trago amargo, o la consecución de algo agradable. Por el contrario, se le pasan volando las horas a quien está leyendo un buen libro, charlando con unos buenos amigos y sobre todo a quien está en la compañía de la persona amada. Nos parece que no va a llegar nunca la consecución de un puesto de trabajo y hablamos de los últimos sesenta años como si hubiesen transcurrido en un instante, y esa, en realidad, ha sido su duración. Sobre ello, ya se sabe, se ha escrito muchísimo: “Es lento para los que esperan; rápido para los que temen; largo para los que se lamentan y corto para los que están de fiesta. Pero para los que aman, el tiempo es eterno”, afirmaba W. Shakespeare. O ese otro dicho que recuerda que siendo un gran maestro, acaba siempre matando a sus discípulos. O aquel pensamiento de Horacio que dice: “ El tiempo saca a la luz todo lo que está oculto y acaba por encubrir y esconder lo que ahora brilla con el más grande esplendor”. Todos sabemos que hay veces que tarda una eternidad en discurrir, mientras que otras vuela, aunque él, en su naturaleza, es fijo, exacto, constante, incluso monótono, y que nos lleva de modo impenitente hasta el futuro. El futuro, que no es sino aquello que todos alcanzamos a un ritmo de sesenta minutos por hora, haga cada uno lo que haga y sea quien sea. Porque, repito, no es el tiempo quien cambia de velocidad, sino que somos nosotros quienes, más o menos arbitrariamente por nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser u otras circunstancias concretas, lo advertimos y soportamos de diferentes maneras su lento pero fijo caminar, sin que podamos, de manera alguna, retrasarlo, acelerarlo o detenerlo. Ya se sabe aquello de que aunque se dispare contra el gallo, no por eso dejará de amanecer. Y, por supuesto, somos más sabedores de su esencia los que ya llevamos muchos años conociéndolo. Eso nos hace conocer sus muchas cualidades y beneficios, y así podemos decir de él que cura una gran cantidad de problemas, rencillas o enemistades, ya que con su devenir todo se olvida a veces y se soluciona otras. Dice un proverbio chino: “Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar flotando el cadáver de tu enemigo”, que es muy similar a aquél otro español que aconseja: “Paciencia y barajar”. Con su transcurrir se piensa mejor y con tranquilidad se suelen encontrar soluciones que parecían inexistentes, pues sabido es que las prisas son malas consejeras. Luego, y en un alarde de condescendencia, el tiempo nos permite que lo dejemos pasar o que lo perdamos. Lo primero, el pasar, no suele tener la trascendencia de lo otro y, desde mi punto de vista, tampoco se suele hacer con fines poco agradables. Lo dejamos transcurrir en espera de sucesos más importantes, o tomándolo como solaz o entretenimiento. Y permítaseme aquí decir una conocida frase: mejor es perder el tiempo con los amigos, que perder los amigos con el tiempo. Lo que es realmente terrible es perder el tiempo. Por mil razones que, de sobre conocidas por todos, no hace falta explicar. Y sin embargo es tarea que haces, hace, hacemos, una gran cantidad de seres humanos: la procrastinación, o sea, dejar de hacer lo importante y beneficioso, o postergarlo. Ociar, y le estoy dando un tono peyorativo a este término, sin tino ni tasa. Hacer lo contrario de lo que sería conveniente. No darle un palo al agua. Sólo como ejemplo, recordaremos al estudiante que no da golpe, al obrero que poda menos cepas de las que podría, o al que se escaquea para eludir una tarea y endilgársela al compañero. Hay muchas conductas humanas que perjudican al hombre en todos los sentidos y no podría decir si esta de perder el tiempo será la más perjudicial de todas, pero desde luego creo que está entra las tres primeras. Vaya mi aplauso para aquellos que saben aprovechar el tiempo, y que si pierden una hora por la mañana están buscándola el resto del día. Ramón Serrano G. Noviembre 2016

viernes, 21 de octubre de 2016

Estaban allí

Para los “inquilinos” de las residencias geriátricas. Cuando llegué aquella tarde esas personas estaban allí, al igual que habían estado allí ayer, y antes de ayer, y todas las tardes del mundo, cumpliendo primorosamente con su deber, que no era otro que aguardar, silenciosa y parsimoniosamente, que alguien acudiese a cumplir con la fascinante obligación que todos y cada uno de nosotros deberíamos imponernos primero, y luego cumplir, de convivir junto a ellas con cierta frecuencia durante un rato. He puesto convivir y creo que he escrito bien, ya que fui a tres cosas: a conversar, a acompañar, a vivir con. Bueno a eso y a otra más todavía, y puede que la más importante: a aprender cómo se sabe mantener la dignidad y el señorío de una existencia, aun cuando el tiempo haya reducido enorme y lastimosamente muchas de las condiciones psíquicas o físicas, o ambas, de algunas personas al haber entrado en años. Porque es curioso lo que ocurre en nuestras vidas. Mientras estamos activos, digamos oficialmente, nos movemos por el mundo y el mundo parece que gira a nuestro alrededor. Pero cuando cesamos y nos hacemos provectos, nos encontremos achacosos o no, el mundo huye de nosotros y se nos suele allegar la soledad, o, por el contrario, somos nosotros los que nos refugiamos en ella, quizás, pienso a veces, por la intervención del ostiario, aquél clérigo que había recibido sólo la primera de las órdenes menores, pero que tenía la autoridad suficiente para llamar y abrir la puerta a los dignos, dándoles paso y denegándoselo a quienes no lo eran. Pero sea de una manera u otra, me reitero en decir que lo cierto es que aquellos seres estaban allí, con una dignidad exorbitante, dando un ejemplo noble y fehaciente de que no debemos nunca renunciar a vivir. Aunque parezca que las condiciones, o las circunstancias, así lo aconsejen. A pesar de que muchos de los que están a su derredor casi se opongan y casi, casi, les impelan a no hacerlo. Incluso si las circunstancias que nos rodean aparentasen indicar lo contrario. Allí, prosigo, se mantenían diariamente con un comportamiento ejemplar y convincente, y con una manera de ser que transmitía unas sensaciones conmovedoras. Puede que fuera algo similar a lo que en el flamenco se da en llamar los sonidos negros. Me explico. Hay una verdad muy grande que alguien dijo escuchando a Falla en su Nocturno del Generalife: -Todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende. Los sonidos negros son ese misterioso poder que algunos sienten, pero que ningún filósofo sabe explicar. Algo parecido a un desgarro profundo y un dolor que pugna por salir a la cara, y que no obedece a causas físicas, sino que es, primordialmente una membranza de tiempos pasados, que indudablemente fueron mejores que los actuales, y un no esperar apenas nada del porvenir. Algo, al parecer triste, pero que a su vez es bastante gratificante y muy digno de ser admirado. Recuerdo perfectamente que, al principio, en mis primeras visitas, me llené de mesticia en esos días en los que fui a visitarlas, unos días en los que me parecía que los recuerdos eran más fuertes que la esperanza, según reza el proverbio hindú. Pensé en la posibilidad de su aflicción, motivada por la evocación de tiempos pretéritos cargados de sucesos, gratificantes algunos, y no tan deleitosos otros, pero que sus condiciones humanas estaban al completo. Mas al poco tiempo de mis visitaciones cambió mi opinión radicalmente al comprobar con despacio su proceder. Así, la realidad de lo observado me colmó de complacencia al ver que su mente estaba relajada, su presentación era impoluta, y que la gran mayoría derrochaba un gran optimismo y una determinada predisposición a ser útiles a los demás. Que su presente y su forzosamente corto futuro, el resto de sus días, no lo tomaban como un castigo, sino como la recompensa a una vida repleta de un trabajo bien llevado a cabo y el cumplimiento de muchas obligaciones. Y algo mucho más asombroso aún: mostrando una gran inquietud por lo porvenir y, para nada, una indiferencia o abulia, como podría parecer que sería su lógico comportamiento. Y me quedé asombrado de su conducta, y tanto, que hoy vengo aquí a hacerme lenguas de esas personas que saben llevar con arrogancia, estilo y señorío, una situación difícil, unos momentos que están saturados de pesares y limitaciones y que sin embargo saben dejarlos a un lado, mostrando su faceta más amable y educada. Siempre, siempre, hay que aplaudir a quienes actúan con corrección y más si lo hacen de un modo primoroso. Incluso aunque tengan a su favor todos los vientos y mareas y por ello su tarea no les resulte dificultosa, deben ser elogiados sin reservas. No digamos, entonces, si para poder manejarse de una ortodoxa manera, tienen que superar escollos realmente difíciles o hacerlo con la mayor dignidad en condiciones nada benignas. Y por eso mi aplauso, porque eso precisamente era lo que estaban haciendo esas personas cuando llegué aquella tarde y estaban allí, al igual que habían estado allí ayer, y antes de ayer, y todas las tardes del mundo. Ramón Serrano G. Octubre 2016