jueves, 8 de septiembre de 2016
La plastilina
Para Maruja C. M., asidua lectora de mis artículos,
con mi agradecimiento.
Viendo el comportamiento que ha tenido el ser humano desde las fechas en las que Eva y Adán abandonaron el Paraíso y la serpiente para ir a darse una vueltecita por el ancho mundo hasta el día de hoy, a los humanos se nos puede llamar, o describir, de mil y una formas y modos, pero el calificativo que mejor nos detalla y define es el de dúctiles, maleables, dóciles, de fácil manejo, flexibles, sumisos, o cualquier otro sinónimo que se quiera elegir.
Pues aunque desde el inicio citado el hombre ha luchado contra todo y contra todos, y con la fiereza y denuedo que hayan sido necesarios para verse libre o, al menos, no sufrir un excesivo y verecundo sometimiento, una vez finiquitadas las batallas y sus fragores, siempre se abandonó en manos de unos chiquilicuatres de tres al cuarto que han sido capaces de domeñar a todos, a unos y a otros, a vencedores y vencidos, hasta hacerles pasar, aborregadamente y agachada la cerviz, bajo las horcas caudinas.
Llegó un tiempo en el que lo que no habíase conseguido nunca con las armas, se lograba, sin un excesivo rempujo, con teorías filosóficas, religiosas, políticas, laborales, relajantes, gimnásticas, o de cualquier clase o condición. El caso es que de forma perenne se ha hecho de nosotros, homínidos al fin y a la postre, lo que los gobernantes o prebostes de turno han decidido (decisión siempre tomada con el único fin de lucrarse ellos), y obteniendo así, o tratando de hacerlo, el mayor beneficio y gloria propias. Desde entonces, esto ha sido siempre de esa manera y modo, en toda tiempo y en todo lugar. Y quien, no creyéndome, quiera convencerse de ello, que eche mano de los libros de historia. Pero es más; por los visos que están tomando las cosas hoy en día, parece que todo ello no va a cambiar, sino que todo va a ser igual,… o peor.
En la actual época, cuando los seres humanos, o la mayoría de ellos, se va liberando de sus más penosas y, demasiadas veces, lacerantes ocupaciones, deseosos y merecedores de un descanso, aparcan un tanto algunas decisiones y se dejan llevar y dominar de manera casi escandalosa. Y ante esa tranquila presa, son muchas las alimañas que acuden deseosas del espléndido botín, no siendo la más comedida de entre ellas la publicidad, o sea, la divulgación de ideas, información u opiniones, que pueden tener un carácter político, comercial, religioso, etc., con el deseo de que las gentes obren de una determinada manera, piense según unas ideas precisas o adquiera este o aquél producto. Hoy está trabajada increíblemente, y sus seguidores, dirigidos siempre por su number one, David Ogilvy, para poder medio domeñarla han de saber bien disciplinas como sociología, psicología, antropología, estadística o neuroeconomía, y saber muchísimo acerca de Above the line (medios convencionales) o Below the line (medios alternativos). Pese a todo, no deja de ser un ente que, a más de tener algunas virtudes y ventajas, es también insaciable, mendaz, petate y embudista en muchas ocasiones o, al menos, no decidor de toda la verdad. Meticón hasta extremos increíbles, acaba haciéndose con la voluntad de aquellos a los que alcanza.
Porque antiguamente, muy antiguamente, el buen paño se vendía en el arca, pero luego las cosas fueron cambiando y, también desde hace mucho, lo que no se ve, ya no se compra. La oferta se fue ampliando (traigamos a colación a los gremios del medievo o a las medinas marroquíes y orientales) y comenzó a desarrollarse la publicidad, fuerza, hoy en día, omnipotente que arrasa por donde pisa, estando (como deidad que es) en todas partes y moviendo ingentes cantidades de dinero. Un anuncio de 30 segundos en la TV norteamericana, en la final de la Super Bowl 50 de este año 2016, ha costado: CINCO MILLONES DE EUROS.
Total para transmitirnos noticias, datos e “indudables beneficios” de toda clase, darnos a conocer una cosa o sus muchísimas cualidades (no van a decir que es mala),o hacernos ver que siguiendo las pautas que nos indican nuestra vida será un bello y agradable camino de rosas. Y además, y esto es casi lo más admirable, nos lo dicen como haciéndonos un favor, como si les importase más nuestra felicidad y contento que sus ganancias. Como tratando de convencernos, a nosotros, sin observar (al parecer) que estamos deseosos, muy deseosos, de dejarnos convencer. Muchos ya, por la experiencia habida, piensan que no será tanta la bicoca que nos es ofrecida, pero a fuerza de repetir que es buena, la gente acabará creyendo que sí lo es. -Mira (oyes decir en el supermercado), esas galletas son muy buenas. Lo he oído decir en la tele. Y las compran.
Y es que nos hemos vuelto dúctiles y maleables, como el cobre. O mejor dicho aún, flexibles y dóciles como la plastilina.
Ramón Serrano G.
Setiembre 2016
martes, 23 de agosto de 2016
Las tres eses
A la memoria de E.G.S.
Sin querer meterme para nada a dilucidar si las costumbres de antaño fueron mejores que las de ahora, que buenas y malas las hubo, las hay y las habrá siempre, sí quiero pararme a repasar un aforismo que me enseñó, cuando niño, una familiar con la que todos los años pasaba largas temporadas. En realidad me enseñó esa y muchísimas más cosas buenas. Otra, bien distinta, es que yo las aprendiese.
Pero sí que recuerdo aún esta, a la que quiero prestar mi atención, puesto que entonces no la entendía muy bien, quizás porque su realización era para mí un verdadero suplicio, y que después he llegado a comprender. Me estoy refiriendo al acto de cortarse las uñas, tarea reservada a los mayores ( los niños ni sabíamos, ni podíamos), y que nosotros aceptábamos siempre a regañadientes. ¡Qué tortura, madre, qué suplicio!
Con el fin de que mi oposición al mencionado recorte no fuese muy grande, aquella bendita persona trataba de convencerme diciéndome las muchas ventajas que ello tenía, y que, como es natural, no voy a repetir aquí. Pero sí que siempre añadía una teoría que recuerdo con mucho agrado. Me decía: -Las uñas hay que cortárselas siempre con tres eses. A Solas, los Sábados y con Sol. Yo con aquello me quedaba completamente en ayunas sobre cuál era su significado, por lo que ella intentaba aclarármelo convenientemente.
-Mira, me decía, con toda su bendita paciencia. Hay que hacerlo a solas, como otros muchos actos íntimos más, porque no es agradable para los demás contemplarlo, amén de los posibles residuos que puedan quedar tras su realización. Lo de los sábados no se refiere exhaustivamente a que haya de ser en concreto ese día de la semana, que puede ser cualquier otro, ni cada siete días, sino a la periodicidad en la ejecución del acto, que no debe ser nunca excesiva. Y finalmente, con sol, en referencia a que no lo debemos dejar para última hora, que, cuanto antes lo hagamos, mejor.
Luego, cuando la vida y los años me fueron enseñando otras muchas cosas, llegué a comprender la gran vastedad de aquel mensaje de las tres eses no se refería exclusivamente al recorte ungular, sino que es aplicable a una gran cantidad de actos que los humanos llevamos a cabo constantemente. Trataré de explicarlo.
Como es natural, poco, o mejor dicho nada, hay que explicar sobre la conveniencia de la soledad en la ejecución de los actos íntimos. Pero también debemos emplear ese “secretismo” en la realización de nuestras obras buenas: “Que tu mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha”, (Mateo 6, 3-4), ya que deben ser los demás los que se hagan eco de ellas. Sin embargo hay hasta quien, cuando está dando una limosna a un menesteroso a la puerta de la iglesia, se hace un selfie que después transmite a sus allegados.
Para la segunda ese, y siguiendo con la ejecución de las buenas obras, debemos imponernos una periodicidad, simplemente, porque el hombre tiende a la dejadez, a la no continuación de sus actos más nobles, simplemente por abulia, molicie o poltronería. Esta misma regularidad, y con la misma intención, viene aconsejada por la Iglesia Católica cuando le dice a sus fieles que asistan a misa al menos una vez a la semana, o que se comulgará una vez al año por Pascua florida, que de esa forma venía recomendada ya en los antiguos catecismos Astete o Ripalda.
Por ello, sabedores de que las personas somos proclives por naturaleza a la inactividad, y con ella, a la no ejecución, o al retardo en ella,
de muchas de nuestras obligaciones, sean estas por oficio o por afición, marquémonos pautas para estimularnos a su ejecución y no a su abandono, en el que caeríamos, con toda seguridad, de no hacerlo.
Y para referirme a la tercera y última ese, puesto que soy refranero como Sancho, permítaseme que acuda a ellos para justificarla. Esta postrera ese, hace referencia a la conveniencia de hacer las cosas tempranito, con sol, o sea, a primera hora de la mañana. Nos anima a ello la paremia que dice que “a quien madruga, Dios le ayuda”, pero aún sin recibir ese divino apoyo, cabe comprender con facilidad que aquel que no espera hasta el último momento para hacer las cosas tiene más tiempo para ello, a más de que, al clarear el día, se está más fuerte, más despejado y sin cansancio alguno.
Eso en cuanto a lo físico, que en cuanto a lo psíquico, debemos valorar, y mucho, la tranquilidad de ánimo que queda después de haber realizado bien, convenientemente y a conciencia, la labor que nos habíamos propuesto o que se nos había encomendado. Se debe recordar siempre la inquietud que nos agobia cuando tenemos algo pendiente de realizar y la tranquilidad con la que se llena nuestro espíritu con aquello de: “Hacienda hecha, quita cuidado”, puesto que ello nos ha dejado libres para la ejecución de cualquier otro menester, laboral o de ocio, que nos sea preciso o nos venga en gana.
La verdad es que, antiguamente, el pueblo llano, el hombre de la calle, sabía de aforismos, y anejires, de los que gustaba guiarse puesto que le conducían bien en su obrar y le facilitaban, y mucho, sus hábitos y costumbres. Y una de esas paremias era la que decía que tanto cortarse las uñas, como realizar otras muchas faenas, se deben hacer siempre con tres eses: a solas, en sábado y con sol.
Ramón Serrano G.
Agosto 2016
viernes, 29 de julio de 2016
Mujer fatal
Hay calificativos que mi cabeza (reconozco que ya está un tanto destartalada y demodé), no quiere admitir y que rechaza de un modo impenitente por más que la fuerce a aceptarlos. Y es que, al igual que emergen los fantasmas en la oscuridad de la noche con su silueta oscura y tenebrosa, así aparecen en mi mente unos cotejos, anterior e indebidamente concebidos por alguien indigno, que por fortuna y de inmediato, y siempre de esa manera, son repudiados tan pronto como aparecen en mi mente. Hay muchos, pero uno de esos inaceptables motejamientos, y al que voy a referirme hoy, es el de mujer fatal.
La femme fatale francesa, que galo es el origen de esta acepción que luego se haría universal, aunque en español se le dio en llamar vampiresa, vino a ser, o así siempre fue descrita, aquella “villana” que utilizaba la sexualidad, que en ella parecía ser habitualmente insaciable, para enloquecer y atrapar a algún desventurado héroe. Hoy las referencias a la citada expresión se destinan a la fémina que anda a caballo entre la maldad y la bondad, sin escrúpulos de ningún género, y que de continuo está tratando de imponer su voluntad y obtener pingües beneficios.
Ellas han aparecido muchísimo en todos los países y en todos los momentos, y de ellas se han ocupado prolijamente la música, la literatura o el cine. Como ejemplos, que los hay a montón, podríamos traer a colación a Ishtar, Lilith, Salomé, Circe, Medea, Cleopatra, Mesalina, Agripina, Morgana o Leonor de Aquitania, en remotos tiempos, y como más recientes, a las actrices Rita Hayworth, Sharon Stone, o a las maravillosas Marlene Dietrich y Lauren Bacall. Y, por otra parte, no quiero pasar por alto la muy agradable comedia humorística de nuestro Jardiel Poncela, titulada precisamente: “Usted tiene ojos de mujer fatal”. Cerciórese de todo esto y por su propio ojo el curioso lector y comprobará la verdad de lo que afirmo.
Pero permítaseme que me detenga en analizar un poco la expresión que nos ocupa. De ella dice el D.R.A.E. que es mujer fatal aquella que ejerce sobre los hombres una atracción irresistible que puede llegar a acarrearles un final desgraciado. Esta definición está bastante bien, muy bien incluso, pero indudablemente es incompleta, pues se queda muy corta, ya que no da explicación alguna sobre los avatares de tan trascendente relación de pareja y, sobre todo, las motivaciones que pueden impeler a los protagonistas a obrar de una determinada manera.
El caso empieza habitualmente porque un individuo del género masculino percibe la existencia de una persona del sexo femenino que, entre otras cosas, es subyugante, seductora, retrechera, adorable, arrebatadora y así mil epítetos más, por lo cual el pobre hombre se siente irremisiblemente atraído por esa señora. Analicemos ahora la actuación de la una y del otro.
El uno, que se encuentra de improviso ante un tesoro colosal, inimaginable, y ve que hay posibilidades de hacerse con él y disfrutarlo, obnubilados sus sentidos, se siente arrastrado por una fuerza irresistible que a lo único que le capacita es a conseguirla (en todas las acepciones que pueda tener el verbo), y no piensa, ni se ocupa en otra cosa, que no sea la de alcanzar la inalcanzable maravilla que tiene a su alcance.
La otra, que a más de su exquisita belleza corporal, está adornada con una generosidad sin límites, no le importa gastar el agua de su pozo, o la fruta de su árbol, y se dispone de inmediato a calmar las necesidades físicas (y quién sabe si las espirituales), del pobre necesitado que anda marrulleando junto a ella, haciéndolo con el fin primordial de otorgarle una felicidad de la que es carente y que, a todas luces, necesita. Así, sin más aditamentos. Si luego, a posteriori, ella se ve recompensada por alguna prebenda, renta o canonjía, habrá que reconocer que bien se lo tenía ganado con sus muchos desvelos y sacrificios.
De cualquier modo, debo puntualizar que todas las historias contadas a
este respecto, han sido siempre escritas o narradas por ajenos, pero nunca por el sujeto, por el actor protagonista, el cual, o no habló, o si lo hizo, no fue precisamente para emitir quejas, que en cualquier caso nunca serían plañidos sino quejumbres, ya que más bien, y por el contrario, siempre exclamó satisfacciones y complacencias.
Visto lo cual, no me queda otro remedio que pensar que fue algún misógino perverso quien, con un mal hacer desorbitado, denominó con tan desafortunado calificativo a algunas mujeres, las cuales, y por el contrario, son merecedoras de un aplauso y un reconocimiento generalizado. Pensando entonces que las cosas se han producido siempre de este modo, cuando, en realidad deberían haber sido dictaminadas de diferente forma, me digo que puede que alguna mujer fuese fatal, pero las más serían deliciosamente dulces y encantadoras, pues doy en recordar el dicho aquél de: “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”.
Ramón Serrano G.
Julio 2016
jueves, 28 de julio de 2016
Decepción y comprensión
Aunque el DRAE define a la decepción como el pesar causado por un desengaño, y a este como el conocimiento de la verdad con que se sale del engaño en que se estaba, quisiera exponer que yo, normalmente, califico de decepción al estado en que uno se encuentra cuando, habiéndose elegido algo más o menos cuidadosamente, este algo no responde a las expectativas que se tenían puestas en él. Al conseguirlo, o al llegar a cierto estado, alguna cosa ha fallado en cuanto a la calidad o la cantidad de la esencia de lo apetecido, o por lo que se ha trabajado menos o más, pero cuidadosa y afanadamente.
Pero para que esto se dé, en todas las ocasiones se ha debido ser agente activo en el desarrollo y en el resultado de la empresa en cuestión, ya que, y sin embargo, puede uno hallarse ante una situación que no ha sido buscada, o los hechos realizados no tenían que desembocar probable o necesariamente en ella, bien porque no eran de una entidad lógica, o bien, y ¿por qué no?, debido a una falta de cálculo del sujeto causante. El caso es que ello ha concluido en un estadio que no había sido previsto convenientemente, ni con mucho, pero que está ahí latente, con un condicionamiento y dimensiones que le conceden enorme importancia.
Entonces, si estamos ante una gravosa situación, pero no la hemos buscado, ni somos el agente que ha actuado conscientemente para su logro, podremos estar con disgusto, contrariados o con desencanto ante ella, pero nunca decepcionados, ya que no hemos tratado ni intervenido en el alcance y el advenimiento de esa realidad.
Pero al aparecer este término, realidad, sí que debemos comprobar nuestro comportamiento ante la tesitura en la que nos hallamos. Es esta una situación desagradable, altamente enojosa, que nos ha llegado incluso sin merecerlo, y, desde luego, sin buscarla, y ante la que tenemos que reaccionar de la mejor manera posible.
Lo más normal, aunque estaría mejor dicho lo que hace, o hacemos, la mayoría, es que actuemos con ira, con rabia interior, pero quejándonos profunda y públicamente de nuestra mala suerte y pidiendo compasión a tirios y a troyanos. Es curioso, pero eso de emitir ayes lastimeros es una fácil actividad humana, que lleva innata, pese a que es un absurdo, puesto que nada se gana con ello, salvo una cierta satisfacción anímica. Es, digamos, una especie de pasatiempo al que acuden mucho los que no tienen capacidad de obrar, por impotencia o por abulia, y buscan la misericordia de los demás, tanto para esa desgracia como para otras que tengan.
Sin embargo, lo más correcto, en ese concreto instante, sería una amplia comprensión de la situación sobrevenida y un estudio profundo de su causa con el fin de evitar una repetición posterior. Y hecho esto, deberíamos tener una apertura mental muy amplia para, admitiendo que los seres humanos estamos expuestos a infinidad de infortunios y desgracias, y de todo tipo y condición, y comprender que a nosotros nos puede tocar la china igual que a cualquier otro hijo de vecino.
Acudamos a los textos para convencernos. Tanto en el Eclesiástico (3,26), como en el Quijote (cap. 20, 1ª parte) se dice que quien ama el peligro perece en él, pero viendo, entre otras muchas opiniones, el providencialismo, advertimos que los designios de Dios son inescrutables y la sabiduría del hombre limitada para comprenderlos (Romanos 11, 33).
Estamos hartos de saber que en la vida, sin saber por qué y en muchas ocasiones sin haber hecho nada para merecerlo, nos afligen desgracias de la más diversa índole y condición. Por ello, tras haber sufrido un descalabro, no nos queda sino ponernos a la obra en una de las siguientes actuaciones, sin que haya pretexto o excusa alguna que las dificulten o las obstaculicen: tanto la aceptación de lo sucedido como un hecho común, según queda explicado, como, además, un completo ejercicio físico, pero sobre todo mental, para salir del estado abúlico, de mayor o menor intensidad, en que lógicamente nos hallaremos tras haber sufrido el percance causante de nuestro “infortunio”.
Así pues, he de finalizar reiterando lo ya referido: si algo importante nos tiene sucedido que sea altamente desagradable, o peor aún, un algo que afecte seria y profundamente nuestro modo de vivir, acojámonos de inmediato al “ajo”, al “agua” y a la “resina”, elementos que tienen demostradísima su eficacia y buen resultado, pero no nos contentemos tan sólo con ellos, sino que pongamos a trabajar al cuerpo, también a nuestra mente, y ¿cómo no? practiquemos con afán el sursum corda con el que se nos exhorta en el prefacio de la misa latina. El pesar y el daño padecido no podrán desaparecer jamás, pero nuestra vida llegará a rayar de nuevo en lo normal y volverá a ser plácidamente llevadera.
Claro que todas estas explicaciones son la más pura teoría. Llevarla luego a la práctica es cosa bien distinta.
Ramón Serrano G. Junio 2016
Decepción: deseo y realidad.
Comprensión: apertura mental y aceptación.
miércoles, 27 de julio de 2016
Racismo
“Vivir en cualquier parte del mundo y estar contra la igualdad por motivo de raza, es como vivir en Alaska y estar contra la nieve”.- William Faulkner.
La verdad es que resulta tremendamente difícil encontrar un tema para un artículo que no esté ya trillado hasta la saciedad, y más si ocurre, como en el caso de hoy, que quiero hablar de una de las muchas taras, incorrecciones y malas costumbres que suelen tener los seres humanos. De entre el sinfín de ellas no hay ninguna que sea justificable, aunque esto pueda deberse en gran manera a quién sea el juez que dictamine su gravedad. Pero he de decir que yo sería severísimo en el caso de tener que dar mi opinión sobre aquellos que son racistas. Que, a mi entender, es esto, el racismo, una de las peores lacras que padecen los seres humanos.
Porque me parece digno de execración que alguien se sienta superior y rechace a otras personas, a las que considera inferiores, no por sus actos o comportamientos sino por su raza o el color de su piel. Que defiendan la supuesta superioridad de la raza blanca, o cualquier otra, sobre las demás y sientan la necesidad de mantenerla aislada de las que sean como las que ellas prefieren. Esas gentes y sus adeptos padecen sin duda una exacerbación por la que discriminan, persiguen e incluso asesinan (multitud de casos se han dado de ello), a quienes no pertenecen a una determinada etnia o tienen su piel de color y, sobre todo, si esta es negra.
Citaré, tan sólo eso, los diversos tipos de racismo que hay, o ha habido, a lo largo de la historia y en toda la geografía mundial. Así, puedo decir que se han dado por discapacidad, creencias, estatus u orientación sexual. De carácter biológico (las razas), cultural, sexual e incluso infantil. Pseudo-científicas, colonialistas o filosóficas, citando entre estos a Arthur de Gonineau y su célebre Ensayo, y sin querer pasar de apostillar que también se da el racismo en muchos lugares entre los negros, u otras razas, hacia los blancos.
Podríamos poner ejemplos de mil clases de la desafortunada existencia de esta irracionalidad, ya que se ha venido cometiendo en multitud de lugares y en todos los tiempos. Sin embargo, y como más representativos y graves de entre ellos, citaré al Ku Klux Klan norteamericano y su odio hacia los negros, o al nazismo (palabra que proviene de la contracción de la voz alemana nationalsozialismus), aquél fanatismo hitleriano perseguidor, hasta unos límites insospechados, del exterminio de la naturaleza judía. Y nombrar, aun cuando sólo sea de pasada a los gitanos, cuyo racismo, siendo importante, no alcanza a los anteriores.
Es que, de verdad, no lo comprendo. No lo puedo entender. Admito, y es mucho admitir, que la gente cometa mil barbaridades en contra de la sociedad e incluso de ella misma. Disparates de mayor o menor calibre, drogas, trabajos de sospechosa moralidad, incultura, … pero a qué seguir poniendo ejemplos archisabidos por todos. Mas lo que no he llegado nunca a imaginar es que alguien sea rechazado ignominiosamente porque los melanocitos se hallan arraigados de una manera más intensa en su epidermis, o porque profesen una fe y unas creencias diferentes a los de la sociedad ambiental. Que alguien le dé toda la importancia a la portada del libro y ninguna al argumento o la manera de expresarse el autor.
No conozco ningún caso en el que un padre haya rechazado al novio de su hija porque este midiera menos de 1,60 cms, tuviese la nariz mucho más larga o corta de lo normal, o padeciese una renquera deformante. Sí a quienes lo hicieron, pero no de una manera radical y definitiva, porque no tuviese la novia (o el novio), una economía suficiente o una posición social o laboral determinada. Sin embargo, sabemos de muchos (quizás la mayoría de los que están leyendo estas líneas), que nunca admitirían la incorporación a su seno familiar de un negro. ¡Qué vergüenza tener un negro en mi casa! ¡Qué dirían los vecinos!
Recuerdo que hace bastantes años, comentando este asunto con una persona haciéndole ver mi oposición al racismo y diciéndole que a mí no me hubiese importado en absoluto que alguno de mis hijos maridase con una persona de color, me dijo: - Quizás no pensarías igual si algún día tuvieses un nieto negro y vieras cómo lo rechazaban en el colegio todos o la mayoría de sus compañeros. Tuve que callarme.
Debo reconocer, y lo hago muy complacido, que, afortunadamente, muy afortunadamente, por la llegada a nuestro país de gentes de muchas nacionalidades –africanos, chinos, sudamericanos, etc.- ya vemos en nuestras calles y en nuestras escuelas cómo los niños no blancos comparten, conviven, dialogan y juegan tranquila y llanamente con los de aquí. Muchísimo se ha avanzado en ese aspecto, aunque bien pudiera ser que más en la apariencia que en el fondo. Pero tengamos fe.
Permítaseme por último recordar al lector aquella maravillosa película de Stanley Kramer, Adivina quién viene esta noche, protagonizada por Spencer Tracy, Sidney Poitier y Katherine Hepburn, en las que se dan unas magníficas reflexiones sobre los absurdos tabúes de la pigmentación de la piel, su condicionamiento en la conducta del individuo y su admisión en las familias y en la sociedad.
Ramón Serrano G.
Julio 2016
jueves, 30 de junio de 2016
El hermano Lobatillo
Llevábamos en aquel pueblo un par de días y Luis, cómo no, ya había hecho relación con algún vecino. Aquella mañana (una hermosa mañana abrileña) paseábamos por una céntrica calle y nos quedamos detenidos ante una hermosa y antigua casa que, además de la puerta principal tenía otra (supuestamente la de un local comercial), y ambas daban evidentes muestras de llevar sin abrirse varios años. En esas, pasaba por allí Justo, uno de esos recientes conocidos de mi amigo y dijo:
-Bonita casa, ¿verdad? Pues más hermosa aún era el alma del que fue su dueño. Pero ya lleva el pobre casi tres años criando malvas.
-Observo que le guardas un gran recuerdo, pero ¿qué hizo en especial ese hombre para ello? -preguntó Luis.
- Pues simplemente eso, ser un hombre, cosa que no conseguimos todos. Pero mira no voy a ningún sitio, sólo dando un paseo; si quieres nos sentamos en un banco ahí en el altozano y te cuento su historia.
Y eso hicimos. Se aposentaron los dos junto al Hermano Balsa, otro paisano ya muy mayor, que entretenía su mañana haciendo pleita con toda la tranquilidad del mundo. El otro empezó contándonos que Alberto López, a quien casi nadie conocía por ese nombre, sino como el Hermano Lobatillo, había sido durante toda su vida un individuo normal y corriente.
Solterón de nacimiento, había sacado adelante su subsistencia con su oficio de guarnicionero y un par de pequeños majuelos heredados de su padre, sin dejar de trabajar, pero sin destacar para nada. Su vida era su trabajo, su casa y su ocio, que llenaba leyendo viejos libros que Sixto, el recadero, le traía de Madrid de unos autores, además de los españoles, muy raros. Ingleses, franceses, alemanes y de otros países, y con nombres más extraños aún, como Dickens, Balzac, Hesse y Kafka, que me parece haberle oído alguna vez. Como extra, un café en el bar de Eustaquio, los días muy señalados una copichuela de coñac, y poco más que contar de él.
Solían acudir a su taller, a más de los clientes, algunos viejos, y otros no tan viejos, que allí desarrollaban un extenso palique diario mientras que nuestro amigo oía calladamente y no tenía otra atención que la necesaria para su talabartería, en la que destacaba su continuado buen hacer y cumplimiento en la entrega. Pero un mal día se corrió por el pueblo la noticia de que en ese taller se había murmurado, y no poco, de alguien. Cierto o no, (posiblemente, no) lo que si fue verdad es que el negocio de nuestro amigo, y él mismo, sufrieron con el rumor susodicho un varapalo de órdago. La gente, tanto clientes como tertulianos, dejaron de visitarle y el pobre Lobatillo las pasó canutas, hasta tal punto, que tuvo que cerrar el negocio y los casi dos años que le quedaban para jubilarse malvivió con las pocas viñas y algún dinerillo que tenía ahorrado. No salía para nada de su casa, tan sólo para comprar el condumio, y cuando lo hacía, murrio y abatido, no cruzaba palabra alguna con nadie, ya que nadie, o muy pocos a decir verdad, querían hablar con él.
Pero luego, nuestro hombre empezó a pensar que si él no había hecho nada malo, de nada tenía que avergonzarse, y que su misión no debería ser otra que la de llevar a la gente al convencimiento de que él, el hermano Lobatillo, era como había sido toda su vida y no como le contemplaban últimamente. Y convencido de esto, empezó a salir de su casa y mostrarse a los demás atento, solícito y servicial. Al principio tuvo bastantes rechazos por parte de la mayoría de los vecinos, pero al poco, estos, recordando el pasado, fueron dándose cuenta de la realidad, y comprendieron que habían sido ellos los equivocados, cosa esta a lo que ayudó el que, al poco tiempo, acabó sabiéndose con certeza quien fuera el autor de las maledicencias y el sitio donde se había murmujeado, que no había sido la guarnicionería.
Y su vida, que últimamente había estado siendo un erial, que se deshojaba la flor que él tocase, mudó de modo radical. Siguió leyendo cuanto podía, eso sí, y bastante, pero sus muchos ratos libres los dedicó a obras de caridad, o por decir de otro modo más aclaratorio, de acompañamiento. Le hacía los recados a don Serapio, el cura; o la compra a doña Serafina, la viuda del alcalde don Jeremías y mataba algunas tardes platicando en los bancos del atrio o jugando al caliche en la era de don Marcelino el boticario.
Al final, cuando se vio viejo, sabedor de que le quedaba poco, vendió las pocas tierras que tenía, pues a él, para su vivir, le sobraba con la exigua paga del jubile. Los cuartos que le dieron se los regaló a las monjas que regentan el asilo que hay en el pueblo de al lado. Y su última posesión, la casa esa tan apañada que habéis visto antes, la mantuvo para estar a techado hasta su muerte, y aunque le tenía dicho a todo el mundo que se la dejaría al Ayuntamiento, se ve que no hizo bien los papeles, o lo que fuera, pero el caso es que unos parientes reclamaron y andan de litigio.
-Pues mira que te digo, Justo, que me hubiese gustado mucho haber conocido y tratado a Alberto, o al Hermano Lobatillo, que no sé bien como llamarle. Pero que yo, que he visitado muchos pueblos de nuestra España, me he encontrado en la mayoría de ellos, hombres sencillos, pardos, pero buenos, buenos de verdad. De esos que sin dar un ruido, sin alharacas ni fanfarrias, saben hacer mucho bien por sus vecinos. Y ver eso, encontrase con gente así, da gloria.
Ramón Serrano G.
Julio 2016
viernes, 17 de junio de 2016
Las nubes
Aunque al leerlo parezca un enorme contrasentido -de hecho lo es- se puede determinar, de modo concluyente, que todo es relativo en esta vida. Mucho se ha dicho al respecto y pese a parecer pueril el querer poner ejemplos de ello, sí que me voy a detener en analizar una determinada palabra, apoyándome en sus varias acepciones, tratando de comprobar así la verdad del aserto.
Esta palabra es nube (por cierto, qué buena labor hacen las que nos riegan en mayo), con ocho acepciones en el D.R.A.E, y quince, o más, frases allí recogidas hechas con la misma, aunque he de hacer constar que cuando el hombre de la calle se está refiriendo a ellas, no lo hace habitualmente por su composición, manera de obrar o forma, es decir, si son cirros, estratos, cúmulos o nimbos, sino que les está aplicando otros muy distintos significados.
Estas significaciones manifiestan conceptos diferentes e incluso antagónicos. Van desde decir de ellas que son un agregado visible de gotitas de agua (y añado yo: anhelado a veces y a veces aborrecido), a cosa que oscurece a otras, como ella suele hacer con el sol. Desde mancha blanquecina que aparece en la capa exterior de la córnea del ojo humano, a agrupación muy grande de algo que va por el aire, ya sea polvo, pájaros, humo, etc. Y aún hay más conceptos, pero no quiero ser exhaustivo.
Con los calificativos y expresiones viene a ocurrir lo mismo, y además, casi todas están llenas de albedrío ya que, al utilizar esos términos, los pensamientos ocasionalmente se encuentran de forma positiva aunque, lamentablemente en ocasiones, lejos de la realidad. Vemos que hay nube de verano, con la que aludimos a un disgusto pasajero; si se habla de descargar la nube nos estaremos refiriendo a que alguien desahogó su cólera; si decimos que algo está por las nubes queremos expresar que tiene un precio de consecución elevadísimo, ya sea este económico o de otro tipo; si se pone a alguien o algo por las nubes significa alabarlo hasta más no poder.
Por no dilatar más este escrito, y como muestra fidedigna de la relatividad a que me refería al comienzo, citaré otra expresión más, y esta es la de estar en las nubes o vivir en una nube. El diccionario afirma que esto viene a significar el ser despistado, soñador o no apercibirse de la realidad. Y es cierto. Pero hay muchas gentes que cuando a firman que fulano vive en una nube lo que quieren expresar es que se halla en un lugar idílico y es completamente feliz. Sin agobios, sin oscuridades, en lugar tranquilo, dominante y con unas vistas espectaculares. En una palabra, estar en el cielo. ¡Qué delicia!
Como acabamos de ver son las mismas palabras, pero ellas para Mengano significan una cosa y para Zutano otra muy diferente, lo cual nos hace ver que aquella tesis que afirma que nada hay absoluto, que todo es relativo, parece completamente cierta, aunque esto signifique un absurdo, y me estoy refiriendo concretamente, a que tras acabar de manifestar que todo es opinable, que nada es de una determinada manera, digo a continuación que mi aseveración sí que lo es. Pero continuemos.
Tras estos escarceos en sus formas y maneras de ser, ¿cómo son las nubes en realidad? ¿Cuáles son su verdadera idiosincrasia y sus peculiaridades? Pues, como la mayoría de las cosas de este mundo, estas son del color del cristal con que se miran y las calificamos de acuerdo con las incidencias que su aparición obran en nuestras actividades. A veces las nubes son tan misericordiosas que ofrecen un descanso a aquellos que siempre están mirando las estrellas. Otras son deslucidoras de un bonito día de playa. Aquellas hacen, al derramar generosamente el agua que contienen, que muchos logren obtener unas abundantes cosechas. Estas llevan a zozobrar las barcas de algunos pescadores.
O sea, que les ocurre a nuestras amigas las nubes lo mismo que al frío, al viento o a los rayos solares, que en algunos momentos son maravillosos y en otros perjudiciales en alto grado, y no sólo por la esencia propia de cada una de las cosas, sino por las circunstancias y condiciones de vida que nos imponen y acarrea su disfrute.
En abundamiento de lo dicho, no quiero dejar de referir lo que les sucedía un determinado mes de mayo a dos hermanos, Ignacio y Ceferino. Aquél deseaba fervientemente que saliera el sol y sus calores fueran casi bochornosos, mientras que este rogaba porque la bendita agua de ese mes hiciera su aparición con frecuencia. Debo decir que el primero tenía una tejera y deseaba que se secasen bien sus adobes, tejas y ladrillos, mientras que el segundo era hortelano y la necesitaba para conseguir abundantes verduras.
Y esto es lo que he querido exponer hoy, amigo lector. Ahora te toca a ti bajar de la nube en la que me agradaría que estuvieras, y juzgar si lo que acabo de expresar es o no cierto, pero piensa que, opines como opines, tu parecer será relativo.
Ramón Serrano G.
Junio 2016.
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