viernes, 17 de junio de 2016

Las nubes

Aunque al leerlo parezca un enorme contrasentido -de hecho lo es- se puede determinar, de modo concluyente, que todo es relativo en esta vida. Mucho se ha dicho al respecto y pese a parecer pueril el querer poner ejemplos de ello, sí que me voy a detener en analizar una determinada palabra, apoyándome en sus varias acepciones, tratando de comprobar así la verdad del aserto. Esta palabra es nube (por cierto, qué buena labor hacen las que nos riegan en mayo), con ocho acepciones en el D.R.A.E, y quince, o más, frases allí recogidas hechas con la misma, aunque he de hacer constar que cuando el hombre de la calle se está refiriendo a ellas, no lo hace habitualmente por su composición, manera de obrar o forma, es decir, si son cirros, estratos, cúmulos o nimbos, sino que les está aplicando otros muy distintos significados. Estas significaciones manifiestan conceptos diferentes e incluso antagónicos. Van desde decir de ellas que son un agregado visible de gotitas de agua (y añado yo: anhelado a veces y a veces aborrecido), a cosa que oscurece a otras, como ella suele hacer con el sol. Desde mancha blanquecina que aparece en la capa exterior de la córnea del ojo humano, a agrupación muy grande de algo que va por el aire, ya sea polvo, pájaros, humo, etc. Y aún hay más conceptos, pero no quiero ser exhaustivo. Con los calificativos y expresiones viene a ocurrir lo mismo, y además, casi todas están llenas de albedrío ya que, al utilizar esos términos, los pensamientos ocasionalmente se encuentran de forma positiva aunque, lamentablemente en ocasiones, lejos de la realidad. Vemos que hay nube de verano, con la que aludimos a un disgusto pasajero; si se habla de descargar la nube nos estaremos refiriendo a que alguien desahogó su cólera; si decimos que algo está por las nubes queremos expresar que tiene un precio de consecución elevadísimo, ya sea este económico o de otro tipo; si se pone a alguien o algo por las nubes significa alabarlo hasta más no poder. Por no dilatar más este escrito, y como muestra fidedigna de la relatividad a que me refería al comienzo, citaré otra expresión más, y esta es la de estar en las nubes o vivir en una nube. El diccionario afirma que esto viene a significar el ser despistado, soñador o no apercibirse de la realidad. Y es cierto. Pero hay muchas gentes que cuando a firman que fulano vive en una nube lo que quieren expresar es que se halla en un lugar idílico y es completamente feliz. Sin agobios, sin oscuridades, en lugar tranquilo, dominante y con unas vistas espectaculares. En una palabra, estar en el cielo. ¡Qué delicia! Como acabamos de ver son las mismas palabras, pero ellas para Mengano significan una cosa y para Zutano otra muy diferente, lo cual nos hace ver que aquella tesis que afirma que nada hay absoluto, que todo es relativo, parece completamente cierta, aunque esto signifique un absurdo, y me estoy refiriendo concretamente, a que tras acabar de manifestar que todo es opinable, que nada es de una determinada manera, digo a continuación que mi aseveración sí que lo es. Pero continuemos. Tras estos escarceos en sus formas y maneras de ser, ¿cómo son las nubes en realidad? ¿Cuáles son su verdadera idiosincrasia y sus peculiaridades? Pues, como la mayoría de las cosas de este mundo, estas son del color del cristal con que se miran y las calificamos de acuerdo con las incidencias que su aparición obran en nuestras actividades. A veces las nubes son tan misericordiosas que ofrecen un descanso a aquellos que siempre están mirando las estrellas. Otras son deslucidoras de un bonito día de playa. Aquellas hacen, al derramar generosamente el agua que contienen, que muchos logren obtener unas abundantes cosechas. Estas llevan a zozobrar las barcas de algunos pescadores. O sea, que les ocurre a nuestras amigas las nubes lo mismo que al frío, al viento o a los rayos solares, que en algunos momentos son maravillosos y en otros perjudiciales en alto grado, y no sólo por la esencia propia de cada una de las cosas, sino por las circunstancias y condiciones de vida que nos imponen y acarrea su disfrute. En abundamiento de lo dicho, no quiero dejar de referir lo que les sucedía un determinado mes de mayo a dos hermanos, Ignacio y Ceferino. Aquél deseaba fervientemente que saliera el sol y sus calores fueran casi bochornosos, mientras que este rogaba porque la bendita agua de ese mes hiciera su aparición con frecuencia. Debo decir que el primero tenía una tejera y deseaba que se secasen bien sus adobes, tejas y ladrillos, mientras que el segundo era hortelano y la necesitaba para conseguir abundantes verduras. Y esto es lo que he querido exponer hoy, amigo lector. Ahora te toca a ti bajar de la nube en la que me agradaría que estuvieras, y juzgar si lo que acabo de expresar es o no cierto, pero piensa que, opines como opines, tu parecer será relativo. Ramón Serrano G. Junio 2016.

- Oiga amigo,..

-Oiga, amigo, un favor. Quizás usted se haya encontrado alguna vez en la situación en la que yo estoy, y sepa cuál es la solución para salir de ella. Ande, sea bueno y dígamela. Se lo ruego encarecidamente, porque ya estoy harto de intentarlo una vez tras otra, para acabar yendo siempre de mal en peor. Y no tanto por no tratar de arreglar el problema actual, sino porque, al no haber sabido hacerlo, esa ignorancia me ha provocado otro, u otros, de mayor envergadura, que me han enojado más, aunque, en verdad, eso es difícil, porque estar más desesperado que estoy es imposible, sino por cerciorarme de que el efugio para ellos está cada vez más lejos. - Le he dicho que estos conflictos me enfurecen, pero, en realidad, no creo que sea este el verbo más apropiado para describir mi actual estado de ánimo. Sí, sí, ya sé que cuando compruebo que la actitud que adopté no me ha servido en absoluto para nada, me encrespo y me pongo de un humor de mil demonios. Pero ese sofoco va contra mí mismo, y procuro que no me lo note nadie. Además se me pasa pronto, a veces. En realidad me dura poco, o eso creo. Sí, estoy seguro. Se me pasa en breve. -Pero, qué curioso, es entonces cuando viene lo peor, ya que, superado el arrebato, -es decir, transcurridas unas horas, o quizás unos días- caigo de lleno en un estado de cancamurria y poquedad, del que me veo sin fuerzas para salir. Pareciese que el gran Neruda se hubiese inspirado en mí para escribir El pozo, y ruego no vea en esta cita el menor engreimiento, sino la constatación, yo diría que satisfactoria, de verme reflejado en él. De cualquier modo, ya se sabe: los grandes escritores pueden y saben describir con sencillas palabras los grandes aconteceres humanos. Y entonces observo que, mientras mi posible valedor me mira circunspecto y dubitante sobre si ayudarme o no, yo pienso en que los hombres somos muy necios, y casi nunca obramos adecuadamente ante lo que, recién, nos tiene sucedido. Si esto ha sido excelente, o tan siquiera bueno, siempre nos parecerán pocas las plumas rémiges con las que querremos adornar nuestro penacho, y a cualquier hora, y ante todos, estaremos cloqueando, y mucho, lo bien que supimos hacer nuestra tarea. O sea, que nos mirlamos exageradamente. Otro cantar es cuando lo obrado, o tuvo poco acierto, o vino a concluir en fracaso. Somos, entonces, prestos a exculparnos, primero con excusas, ya falsas, ya reales, pero desmedidas siempre, y con el único fin de hacer ver a los demás que no somos tan inútiles como se empeñan en demostrar nuestros actos. Ya se sabe: los imponderables, lo insospechado. Aquello de: “Yo no mandé mis barcos…”, para inmediatamente después, apenas sin melindres, y sin recato alguno, pedir encarecidamente ayuda, (como yo estoy haciendo ahora) ya que hacemos un muy escaso intento de arreglar nosotros mismos lo que nosotros mismos hemos descompuesto. Y es que no me avergüenza -no nos avergüenza- reconocer nuestra incapacidad, nuestra inutilidad, y, lo que es peor, nuestra cobardía, para salir adelante, y acudimos a lo fácil: al remedio, al posible pero casi ineficaz remedio, del consejo ajeno. Y lo hacemos engañándonos a nosotros mismos en dos cosas, que vienen a ser las mismas que piensa quien se lanza a realizar un régimen de adelgazamiento. Y estas dos cosas son: que el asesoramiento que nos ofrecerán va a ser eficiente, y que lo vamos a seguir de modo contumaz. Somos necios, absurdamente necios, al no querer saber que, de intentarlo, sabríamos poner nosotros solos remedios para nuestros males, ya que en la mayoría de los casos, somos nosotros solos los que nos los hemos acarreado. Eso por una parte, y por otra (y esta es aún más grave si cabe), despreciando una ayuda enormemente positiva, que consiste en una animadversión incomprensible para acudir a los libros, nuestros mejores y más grandes amigos. Pero no sabemos, o no queremos, hacer uso de ellos y acudimos a ineficaces placebos que no habrán de curarnos, teniendo una infalible y placentera panacea a nuestro alcance. ¡Qué idiotas! Mas tras estas consideraciones, y creyendo que mi interlocutor no habría pensado en ellas, y no las habría captado tan sólo con mirarme, tomé de nuevo la palabra. -Sea generoso amigo. Al fin y al cabo, únicamente lo único que quiero es hallar alafia y salaam para mi alma. Ramón Serrano G. Mayo 2016

jueves, 16 de junio de 2016

Decepción y comprensión

Aunque el DRAE define a la decepción como el pesar causado por un desengaño, y a este como el conocimiento de la verdad con que se sale del engaño en que se estaba, quisiera exponer que yo, normalmente, califico de decepción al estado en que uno se encuentra cuando, habiéndose elegido algo más o menos cuidadosamente, este algo no responde a las expectativas que se tenían puestas en él. Al conseguirlo, o al llegar a cierto estado, alguna cosa ha fallado en cuanto a la calidad o la cantidad de la esencia de lo apetecido, o por lo que se ha trabajado menos o más, pero cuidadosa y afanadamente. Pero para que esto se dé, en todas las ocasiones se ha debido ser agente activo en el desarrollo y en el resultado de la empresa en cuestión, ya que, y sin embargo, puede uno hallarse ante una situación que no ha sido buscada, o los hechos realizados no tenían que desembocar probable o necesariamente en ella, bien porque no eran de una entidad lógica, o bien, y ¿por qué no?, debido a una falta de cálculo del sujeto causante. El caso es que ello ha concluido en un estadio que no había sido previsto convenientemente, ni con mucho, pero que está ahí latente, con un condicionamiento y dimensiones que le conceden enorme importancia. Entonces, si estamos ante una gravosa situación, pero no la hemos buscado, ni somos el agente que ha actuado conscientemente para su logro, podremos estar con disgusto, contrariados o con desencanto ante ella, pero nunca decepcionados, ya que no hemos tratado ni intervenido en el alcance y el advenimiento de esa realidad. Pero al aparecer este término, realidad, sí que debemos comprobar nuestro comportamiento ante la tesitura en la que nos hallamos. Es esta una situación desagradable, altamente enojosa, que nos ha llegado incluso sin merecerlo, y, desde luego, sin buscarla, y ante la que tenemos que reaccionar de la mejor manera posible. Lo más normal, aunque estaría mejor dicho lo que hace, o hacemos, la mayoría, es que actuemos con ira, con rabia interior, pero quejándonos profunda y públicamente de nuestra mala suerte y pidiendo compasión a tirios y a troyanos. Es curioso, pero eso de emitir ayes lastimeros es una fácil actividad humana, que lleva innata, pese a que es un absurdo, puesto que nada se gana con ello, salvo una cierta satisfacción anímica. Es, digamos, una especie de pasatiempo al que acuden mucho los que no tienen capacidad de obrar, por impotencia o por abulia, y buscan la misericordia de los demás, tanto para esa desgracia como para otras que tengan. Sin embargo, lo más correcto, en ese concreto instante, sería una amplia comprensión de la situación sobrevenida y un estudio profundo de su causa con el fin de evitar una repetición posterior. Y hecho esto, deberíamos tener una apertura mental muy amplia para, admitiendo que los seres humanos estamos expuestos a infinidad de infortunios y desgracias, y de todo tipo y condición, y comprender que a nosotros nos puede tocar la china igual que a cualquier otro hijo de vecino. Acudamos a los textos para convencernos. Tanto en el Eclesiástico (3,26), como en el Quijote (cap. 20, 1ª parte) se dice que quien ama el peligro perece en él, pero viendo, entre otras muchas opiniones, el providencialismo, advertimos que los designios de Dios son inescrutables y la sabiduría del hombre limitada para comprenderlos (Romanos 11, 33). Estamos hartos de saber que en la vida, sin saber por qué y en muchas ocasiones sin haber hecho nada para merecerlo, nos afligen desgracias de la más diversa índole y condición. Por ello, tras haber sufrido un descalabro, no nos queda sino ponernos a la obra en una de las siguientes actuaciones, sin que haya pretexto o excusa alguna que las dificulten o las obstaculicen: tanto la aceptación de lo sucedido como un hecho común, según queda explicado, como, además, un completo ejercicio físico, pero sobre todo mental, para salir del estado abúlico, de mayor o menor intensidad, en que lógicamente nos hallaremos tras haber sufrido el percance causante de nuestro “infortunio”. Así pues, he de finalizar reiterando lo ya referido: si algo importante nos tiene sucedido que sea altamente desagradable, o peor aún, un algo que afecte seria y profundamente nuestro modo de vivir, acojámonos de inmediato al “ajo”, al “agua” y a la “resina”, elementos que tienen demostradísima su eficacia y buen resultado, pero no nos contentemos tan sólo con ellos, sino que pongamos a trabajar al cuerpo, también a nuestra mente, y ¿cómo no? practiquemos con afán el sursum corda con el que se nos exhorta en el prefacio de la misa latina. El pesar y el daño padecido no podrán desaparecer jamás, pero nuestra vida llegará a rayar de nuevo en lo normal y volverá a ser plácidamente llevadera. Claro que todas estas explicaciones son la más pura teoría. Llevarla luego a la práctica es cosa bien distinta. Ramón Serrano G. Junio 2016 Decepción: deseo y realidad. Comprensión: apertura mental y aceptación.

viernes, 6 de mayo de 2016

Itziar

Querida y entrañable Itziar: Cuando hace unos días supe de ti, después de tanto tiempo, mi alma se llenó de dos sensaciones y dos sentimientos muy diferentes que hacía mucho, muchísimo tiempo que no sentía. En primer lugar la inmensa alegría de volver a oír tu voz, y al escucharla, hacerme la ilusión de que casi te tenía a mi lado, cosa que, como sabes bien, he deseado siempre o, al menos, desde hace mucho tiempo. Fuiste una gran amiga -diría que la mejor- y me hice sobre ti ilusiones que, para mi infortunio, no llegaron nunca a realizarse, sin que ello fuera óbice para que siguiera teniendo hacia ti la mayor admiración en muchos sentidos. La vida y las circunstancias nos llevaron luego por distintos derroteros, pero siempre has constituido uno de mis mejores recuerdos y todavía mantengo la esperanza de que podamos seguir tratándonos con la misma intensidad e intimidad de entonces, y aún más si cabe. Desafortunadamente tus palabras, a más de una gratísima sorpresa, me trajeron también el profundo sentimiento de saber el estado anímico en que te encuentras, cosa que no esperaba en absoluto, y que, desde luego, no mereces de modo alguno. Conociéndote como yo te conozco comprendo que estés sufriendo como me dices, aunque sé igualmente que sabrás sobrellevar y superar en poco tiempo este infausto trance que estás atravesando, y del que no tenía noticia alguna. No hace falta que te manifieste mi total disposición para ayudarte en todo lo que pueda y de la manera que creas más conveniente. De cualquier modo, pienso que un buen remedio para tu mal pudiera ser el que voy a exponerte, aún a sabiendas de que cada quien tiene preferencias y sentimientos muy distintos, pero que, queramos o no, marcan siempre nuestra forma de comportamiento. Así pues, yo creo que te convendría explayarte, hablar con alguien de tu problema ya que sabes (tú misma te quejas de ello) lo desagradable que es tener que guardarse las cuitas en el interior sin poder compartirlas con nadie. Y, desde luego, ese alguien que te propongo, ha de ser de tu entera confianza, puesto que hay cosas que bajo ningún concepto se pueden, o se deben, airear si existe la posibilidad de que al hacerlo estemos dando tres cuartos al pregonero. Sé, y tú misma lo sabes también, que para mi fortuna soy una de esas personas que merecen tu confianza, y siempre te di buenas pruebas de ello. Es por eso que me ofrezco a escucharte y a tratar de aliviar tu pena, ignorando si sabré aportar algún remedio eficaz para ella, pero con la seguridad de que trataré de servirte, al menos, como paño de lágrimas. Por ello me brindo a acompañarte cuando y donde lo desees, y a escuchar todo aquello que me quieras contar, si eso te sirve como desahogo. Repito: estoy completamente seguro de que hablar te sentará bien, ya sea conmigo o con cualquier otra persona que tú elijas. Reitero además que todos sabemos que ciertas conversaciones, aun no siendo vergonzosas, no deben mantenerse en cualquier sitio, o por doquier, que hasta las paredes oyen, y cada oidor que no esté en el intríngulis de lo tratado puede dar a lo escuchado la forma o la intención que crea oportuna. Pero también existen lugares públicos pero discretos en los que se puede hablar lisa y llanamente de lo que y cuanto se quiera. Por todo lo expuesto, pienso que te convendría que hablásemos, y pronto. Y a solas. Si opinas igual, dime si prefieres venir un día a mi casa, aquí en el pueblo, y si no me lo dices y voy yo a la ciudad y allí conversamos en el lugar que determines. Pero debemos estar solos tú y yo. Por supuesto, te manifiesto que no has de temer que al proponerte esta soledad me este guiando la intención de tratar de abordarte en el sentido en que lo hice tiempo ha. Aquellas eran otras épocas y otros nuestros años, y aunque hoy estamos todavía en nuestra mejor edad, y aun cuando me gustaría muchísimo poder “conocerte” al fin, la mala situación por la que pasas me llevaría, repito que exclusivamente, a tratar de ayudarte en tus necesidades, dejando mis deseos e intenciones para una futura ocasión, si es que esta llega algún día para mi dicha. Tan sólo me queda ahora reiterarte mi modesta pero gran predisposición en colaborar a que superes tu incómoda situación y a pedirte que, sea cual fuere el objeto de tu llamada, la repitas frecuentemente, ya que, a fe mía, en estos años que he pasado lejos de ti he recordado con mucha frecuencia los muchos momentos que en aquellos entonces vivimos. Con mi mayor afecto, como siempre, te mando un fuerte abrazo. T. Ramón Serrano G. Mayo 2016

jueves, 21 de abril de 2016

Silogismo

Para R. Gago Alonso Aunque el Diccionario de la Real Academia Española define en una de sus acepciones al paraíso como sitio muy ameno, la gran mayoría solemos denominarlo cielo o gloria, y lo consideramos como un lugar en el que todo es perfecto tanto en belleza como en bienestar o disfrute. Un espacio donde la tristeza o el sufrimiento no existen y, por tanto, en el que se goza de la alegría y la felicidad constantemente. Siendo así, creyendo que ese rincón existe, que todos hemos estado soñando con él en algún momento más o menos largo, y teniendo además en cuenta esas sus infinitas y maravillosas cualidades, podríamos afirmar, casi sin temor a error, que su ubicación no se halla en este pobre mundo en que habitamos sino en algún lugar extraterrestre. Sin embargo pienso, e intentaré demostrarlo, que esta aseveración es completamente falsa ya que el edén, el cielo, la gloria y el paraíso (o como le queramos llamar), sí que se encuentran en este lugar llamado mundo en el que tenemos la fortuna de vivir. Así pues, si puedo disponer de un poco de su tiempo y su paciencia, sufrido y amable lector, trataré de aportar más o menos fehacientemente mi criterio al respecto, utilizando un tanto la figura del silogismo. Así que, para ello, empezaré hablando de las propiedades del lugar y su entorno, la belleza y el bienestar, para seguir luego con las personas, la alegría y la felicidad. Como premisa mayor y primordial de este argumento, he de decir que esto de lo que estamos hablando, el edén, es algo completamente subjetivo. No es cierto, en absoluto, que esté aquí o allá, y determinado y delimitado por unos requisitos o unas condiciones, y que haya de poseer necesariamente para que, al tenerlas, pueda convencer a cada usuario de que es de esa determinada manera. El paraíso, por el contrario, se encuentra necesariamente dentro de cada uno de nosotros y si no es así, no existe aunque físicamente pudiese estar allí. Él será de esta manera o de la otra, bellísimo para la mayoría, o vulgar, si cabe, para bastantes otros, y cada quien lo valorará a su modo. Será el sumun para mí o para aquel, y algo normalito, casi vulgar, para usted o para esotro. Porque vamos a ver: ¿habrá algo más bonito y acogedor, o dicho de otro modo, habrá un locus amoenus mejor, que Monasterio de Vega, Punta Umbría, Ruidera, o Lastres, o, si se prefiere, Honolulú, París o las Seychelles? En uno cualquiera de estos sitios, aquel señor, o aquel, o aquel otro, encontrará unos parajes maravillosos y unas condiciones climáticas, ambientales o sociales con las que se hallará encantado y vivirá en la gloria. Sin embargo, para este o para ese, puede que esos sean lugares anodinos, vulgares, en los que no pasaría ni una semana de su vida. La segunda proposición se enfoca igualmente, pero desde el aspecto subjetivo, y nada mejor para demostrarlo, que recordar a Théofile Gautier, cuando dijo que el verdadero paraíso está en la boca de la mujer amada. Sabemos bien que hablando, conviviendo, con Y, o con Z, estando en su compañía (y cada uno puede darle a ese acercamiento la amplitud que quiera), el sitio más nefando parecerá la gloria. Con W, o con X, muchos, o alguno, no soportarían ni una hora de estancia en el paraje más sublime y con las condiciones más idílicas. O sea que la empatía, el afecto o el cariño hacia una o varias personas, puede hacer que nos hallemos completamente dichosos sea cual sea el sitio en el que nos encontremos y siempre que estemos junto a ella o a ellas. Por otra parte, y esto lo tenemos bien experimentado, la inquina o el odio hacia alguien hace que a su lado el Elíseo nos parezca el infierno. Entonces, si sabemos muy bien que cuando nos encontramos en el punto A, o en compañía de X, somos absolutamente felices, sin que nos agobien mayores o diferentes aspiraciones o deseos, y esto todos lo hemos experimentado en alguna ocasión, podremos decir que el cielo se halla aquí, a ras de tierra. Así pues, cada uno debe estar persuadido de que el paraíso se halla en este mundo, entre nosotros, sin que haga falta ascender a espacios celestiales o parajes etéreos. El cielo, el edén, la gloria, (Yggdrasil, Yanna o Aarú) se encontrarán donde cada uno esté, siempre que su psique se halle rodeada de bellas y buenas pretensiones, y complacida de haberlas conseguido, si no todas (que a veces solemos ser avaros en cuanto a los deleites), sí de algunas, sin que aquí quepa concederles prioridad o importancia a cada una de ellas. Por tanto, amable lector, si quiere conseguir el “nirvana” que proclaman los hindúes, si quiere estar en el paraíso, debe bastarle lo siguiente: - Procurar verse rodeado de pequeñas pero importantes cosas. - Conservar alguna esperanza. - Saber vivir el presente. - Tener alguien a quien amar. Y si además, todo esto lo hace viviendo en Monasterio de Vega, Punta Umbría, Ruidera o Lastres… Ramón Serrano G. Abril 2016

viernes, 8 de abril de 2016

El justiprecio

Podemos decir que un alto porcentaje de los seres humanos suelen cobijar bajo la rutina cuando, alcanzada la mayoridad, tienen que tomar parte activa en el desarrollo de sus vidas. Pero antes de seguir quiero aclarar que, aunque me he puesto a hablar en tercera persona, podría haberlo hecho perfectamente igual en primera o en segunda. O dicho de otra forma, que lo que voy a decir de ellas nos sucede a todos, o casi. Y, a mi pobre entender, lo que ocurre es que, usualmente, se tiende a que la vida de cada uno se desarrolle igual, de la misma forma y manera, que la de los demás. No se quiere, dentro de las propias posibilidades, ser menos que nadie, y eso está bien, mas la gran mayoría suele hacer pocos esfuerzos y sacrificios por destacar, por lograr hitos o metas poco comunes y sobre todo si estos son, al parecer, de escaso relieve, aunque en realidad, mirándolos en el fondo, no lo sean. Y si no los buscan, mucho menos reflexionan sobre ellos. Llegados a la edad en la que se obtiene la cualidad de mayor, se lucha enormemente por conseguir un trabajo; obtenido este se buscan casa y mujer, que luego vendrán los hijos… y a vivir. Días, ollas, y bueno ha estado lo bueno. Si observamos atentamente veremos que se deja que todo vaya transcurriendo a su aire, sin prisas, procurando tan sólo no quedarse atrás ante los otros, pero cayendo en el conformismo del “Por lo menos…” . Y así está el porlomenos de me trae un sueldo fijo todos los meses; el porlomenos de tengo siempre la cena preparada y una camisa limpia; el porlomenos de podría ganar más, pero es un trabajo fijo; el porlomenos de así tenemos con quien salir los sábados a dar una vuelta. Otros muchos ejemplos de porlomenos podría traer si quisiera, pero puede que ya sean suficientes con los referidos al matrimonio, el trabajo o las amistades. Mirándolo despaciosamente, creo que, en verdad, es esta una extraña costumbre entre los humanos. Somos pronos a quejarnos, y muchas veces, a hacerlo amplia y minuciosamente, y sin embargo muy recatados a la hora de valorar y, sobre todo, de pregonar las cosas buenas que tienen o les acaecen. Y es más, si las cosas vienen mal dadas, las desventuras se estudian en tamaño e importancia, para luego airearlas a los cuatro vientos y, casi siempre, magnificándolas. Sin embargo, y repito, el comportamiento de las personas no es proclive a elogiar las cosas buenas de las que hayan gozado en el pretérito o las estén disfrutando en el presente y esta omisión se da tanto ante los demás como ante el mismo sujeto beneficiario. Reconocerán conmigo que muy escasas veces nos sentimos íntimamente complacidos por lo alcanzado. Piensen cuánto tiempo hace que no nos hemos dicho, y más importante aún, que escasamente hemos reflexionado íntimamente, a solas, en la quietud de la noche o en la soledad del campo con frases convincentes para nosotros mismos, con introspecciones, como estas: - La verdad es que fui muy afortunado cuando conseguí casarme con la mujer con la que he compartido mi vida. Cuantas veces me he sentido deprimido, sin fuerzas, o sin ganas, es ella la que me ha animado para seguir luchando y así poder sacar adelante a la familia. Ella es la que ha sabido siempre hacer proyectos y sacarlos arriba; hacer economía de manera inverosímil; tener la casa y a todos nosotros como un jaspe. ¡Nosotros! ¡Qué hubiese sido de nosotros sin ella! O: - Hay que ver lo bien que nuestro amigo Deogracias se porta con nosotros. En cuanto coge los primeros melones nos trae dos espuertas; cuando me operaron fue varias veces a verme al hospital; hace un par de años me prestó tres mil euros, me dijo que se los devolviese cuando pudiera y no quiso que le firmara ni un papel. El hombre que tiene amigos tiene una fortuna, y nosotros, afortunadamente los tenemos y buenos- O esto otro: - No lo quiero comentar con nadie, pero nunca pensé que podría llevarme una alegría tan grande como la que acabo de recibir cuando mi hijo mayor ha terminado su carrera. Es el primero de mi familia que lo hace, y lo ha conseguido con un esfuerzo que no sé de dónde lo habrá sacado. Yo me he limitado a costearle los gastos, y raspando, aunque me imagino que su madre le habrá untado un algo, pero él, sabiendo el enorme rendimiento que le podría sacar a su esfuerzo, no lo ha escatimado y ha logrado un triunfo que nos tiene en la gloria. Y a qué seguir con más alusiones. Sólo de pasada, y dándole un enfoque distinto haré alusión muy brevemente al tema económico. Cuando una nube se lleva parte de la cosecha, sea esa parte grande o chica, tienen conocimiento de ello tirios y troyanos; pero si al remolque se le vienen cayendo los racimos de lo cargado que está, decimos: - Chitón todo el mundo que esto a nadie se le importa. Sin embargo, como a este tema podríamos darle un enfoque distinto, prefiero dejarlo. Pero volviendo al tema que nos ocupa, diré que si las cosas vienen mal dadas, de inmediato nos enfundamos el uniforme de plañidera y saturamos de lamentaciones y ayes a todo el que quiera oírnos. Sin embargo, ante los logros nos comportamos como si no nos hubiésemos enterado, y lo silenciamos ante los demás, lo cual puede llegar a ser malo o bueno según se quiera ver. Pero en casi todas, o en demasiadas ocasiones no hacemos ante nosotros mismos, a solas, y sin fatuidad ni jactancia, un sincero justiprecio. Y eso es hermoso, juro que es hermoso sentirse agradecido primero, satisfechos después, para luego saberlo, quererlo reconocer y que nos lleve a la gloria. Ramón Serrano G. Abril 2016

domingo, 20 de marzo de 2016

...y la juventud (y II)

La juventud tiene implícitas unas características claramente definidas que le hacen obrar de un determinado modo. Veamos ahora, aunque sólo sea someramente, y lamentando omitir algunos, cuáles son y el porqué de estos condicionamientos. -Primeramente pudiera ser el inconformismo, que suele venir expresado en las ya celebérrimas canciones protesta, y no sólo en canciones, sino también en el cine, la literatura, etc., y que no es sino la manifestación al exterior de un estado de ánimo en desacuerdo con lo que de podrido, o si se prefiere de no bueno, pueda tener cualquier forma de la actual sociedad, constituyendo con ello, y yo diría únicamente, la expresión plástica de un desencanto, porque la mayoría de los jóvenes, quizás no están convencidos de lo que quieren, pero sí saben perfectamente lo que no quieren. -Tras aquél está la naturalidad, condición que se nos aparece con la simple prospección de los jóvenes, que se nos muestran siempre carentes de afecciones de todo tipo y pretendiendo ser vistos sin adornos ni afeites que puedan dar una idea distorsionada de ellos. -También la irresponsabilidad que es, a mi juicio, más aparente que real, y nos viene a menudo denunciada por personas que sin conocer bien a la juventud, creen que esta tan sólo se ocupa demasiado de cosas poco o nada importantes. Craso error el suyo, si no resulta que en vez de error sea mala fe, y bien se podría pensar que es a ellas a quienes no interesa que se ocupen de temas más transcendentes, temerosos de los resultados de que estas ocupaciones juveniles sean más interesantes y provechosas que las desarrolladas por ellas. Tienen además estas personas a las que aludo, una infinidad de criterios, casi todos con carácter peyorativo, basados en sacar y airear, después de rebuscados afanosamente, vicios y defectos en los jóvenes, tales como drogas, delincuencia, yippies (variante fanática de los hippies), etc, etc,. Pero ante esa ceguera y cerrazón me inhibo de hacer ningún comentario, dado lo absurdo de la postura. -Ante la escasez de tiempo disponible, quiero ahora hablar de la siempre deseada revolución juvenil, que por otra parte viene desarrollándose desde hace mucho tiempo y en todas partes. Todos hemos visto lógico ese inconformismo, expresado de mil formas y maneras en países subdesarrollados, a través de manifestaciones más o menos turbulentas contra el statu quo de la sociedad en la que se desenvolvían. Pero igualmente a todos nos ha confundido que una actitud similar se haya originado en lugares como Francia o Alemania, Norteamérica, o como Checoslovaquia o Polonia dentro de la antigua Europa del Este. El joven, que se ve poseedor de toda la fuerza y todo el tiempo del mundo, quiere más, aspira a más y sueña, lucha, otea, empuja, grita y …ama. Sí, ama, porque ha descubierto que el amor es el arma que le ayudará a vencer todos los obstáculos, que le hará lanzarse y vencer en las más difíciles contingencias, y el más dulce premio con que se verán galardonados sus actos. -Pero, sin embargo, la mayoría no suele ver los dos grandes enemigos a los que ha de derribar si quiere que su triunfo sea importante. El primero es sobrevalorar sus, de por sí, preciosas cualidades y no adquirir cuantos conocimientos sean necesarios, y aún más, para saber bien su trabajo y ejercerlo con la mayor aplicación y capacidad. Deben tener muy presente que su fuerza, vigor etc. son los elementos con los que han de construir un sólido cimiento y el paso previo al desarrollo total de la persona. Cabe recordar a Aristóteles, cuando decía: “Que los jóvenes adquieran determinadas costumbres no tiene poca importancia; tiene una importancia absoluta”. Con ese medro, llegarán con serenidad y consistencia a los años cimeros de su vida, una época en la que le sucederán los acaecimientos más importantes. -El segundo adversario a derrotar es el conformismo, la aceptación como suficiente de lo que se haya obtenido, pensando que con eso tendremos de sobra para dar un aceptable desarrollo a sus días. Beneplácito que puede producirse en lo económico, en lo laboral, en lo social, o en cualquier otra faceta, y que de momento puede dejar satisfecho a quien lo acepta, pero que será su constante pesadilla en el futuro. -Son dos sacrificios que parecen insalvables, o muy difíciles de superar, cuando se está ante ellos, pero no tanto si se afrontan con detenimiento y la estrategia y el empeño necesarios. Y la pena, la gran pena, es que muchos de los jóvenes no llegan a vencerlos, no ya porque carezcan de las cualidades necesarias, sino por desconocimiento absoluto de los perjuicios que nos pueden acarrear. No debe olvidarse que para lograr una madurez digna hay que pagar un alto precio. Alto al parecer, si no se piensa en el bienestar que les ha de proporcionar, pero altamente compensatorio en todos los sentidos. -Acabáis de oírme citar la palabra madurez que no es sino una edad a la que vosotros os faltan aún muchos años para llegar, siendo la de las personas que han alcanzado la plenitud vital sin haber llegado todavía a la vejez. Víctor Hugo, el gran poeta, dramaturgo y escritor francés del siglo XIX, dijo: “Los cuarenta son la edad madura de la juventud; los cincuenta la juventud de la edad madura”. -No olvidéis entonces, mis queridos amigas y amigos, estas sentidas opiniones que tengo, y os acabo de exponer humildemente sobre la esencia de vuestra actual edad. -Muchas gracias. - - - - - - - - - - - - En esas me desperté, acendré lo soñado, y fuíme al tajo. Ramón Serrano G. Marzo 2016