sábado, 20 de diciembre de 2014
Plácidamente
“…Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando…”
Antonio Machado.-
La tarde de aquel día iba muriendo plácidamente. En realidad las tardes siempre mueren de esa manera, siendo los hombres los que pensamos que no es así, sin recordar que a esas horas de la casi anochecida suceden cosas que no son las rutinarias a las que estamos acostumbrados. Pero en aquella, ya digo, la noche se iba acercando con esa lentitud parsimoniosa, pero firme, con la que se nos allegan todas las cosas que son realmente buenas e importantes.
Porque la velocidad posee un marcado antagonismo hacia la venturanza, por unos motivos de los que podrían hablarnos psicólogos y doctores, de los que desconozco la idiosincrasia, pero que sé que existen. Es curioso cómo los hombres pasamos por este “raro” mundo sabiendo los efectos de muchas cosas, pero no sus causas. Con ello nos solemos dar por satisfechos, y hasta puede que este obrar sea acertado, sobre todo en algunas muy concretas.
Estaba yo, y prosigo, sentado a esa hora en la ventana de mi casa y desde ella veía la plazoleta concurrida y como el sol acariciaba, despidiéndose, las hojas más altas de los álamos, acentuando con ello, y en ellas, su incipiente tono dorado, otorgándoles una coloración que, por fortuna, iban cogiendo despaciosamente, pues ya se sabe, y repito, que todo lo bueno se consigue sin prisa. Se movían lentas, casi acompasadamente, impulsadas por un ligero vientecillo, y, desde luego, menos aceleradas que un buen número de vencejos, los más rezagados en iniciar su viaje al África, que revoloteaban incesantemente en busca de su menú. Bueno, o de otras cosas, que esos negros pájaros, mientras vuelan, comen, duermen, e incluso copulan, y así se pasan planeando hasta nueve meses al año.
En esos momentos, y aunque ya se me pasó la edad ligera, y por no hacer mudanza en la costumbre, comencé a rebinar, al igual que lo solía hacer en otras tantas tardes, sobre algunas cosas, al parecer superficiales, pero que a mí, y puede que a otros muchos, no nos lo parecen, y bien al contrario, supone un acto que me regala grandes satisfacciones y me lleva a algunas entelequias, tomando este término en el aristotélico sentido, productoras de los más amenos y deleitosos ratos que imaginarse pueda.
Y seguro estoy que por la lentitud que mostraba Helios en ocultarse y la rapidez de los apódidos por buscarse el sustento, cayó mi magín en la trivialidad de ocuparse de las cosas que esencialmente tienen valía, o dicho de otra manera, se van consiguiendo paso a paso, gramo a gramo, segundo a segundo, constituyendo, por todo ello, el fundamento, la eseidad de una persona buena. Y lo hizo tomando como referente la vida de cualquier buen hijo de vecino. Así un hombre, sea cualesquiera su oficio, empleo o profesión, llega a ser un buen conocedor del correcto modo de desarrollar su trabajo a base de paciencia, observación, estudio, ganas, y tiempo. Todos y cada uno de nosotros, al incorporarnos a la diaria faena, ya sea esta oficio o profesión académica, o hayamos acudido a ella tras dejar prematuramente el colegio o por la finalización de unos estudios, sabemos sólo una mínima parte de lo que llegamos a conocer con el cotidiano ejercicio. La experiencia, ya se sabe, es la madre de la sabiduría.
Entonces, en esos instantes de inmensa placidez, en los que la soledad nos suele producir un gran bienestar, recordé al poeta sevillano y vinieron a mi magín varios temas recurrentes. Uno, la familia, que siempre supone un elemento fundamental en la vida del individuo. Y empecé a rememorar la época en la que uno gobierna su casa y sabe bien lo que cuestan las lentejas y la leña. El mismo período de tiempo en el que se empieza a cuidar de los hijos y es cuando se toma conciencia de la gran deuda que tenemos adquirida para con los padres, y también aquel dicho de Jardiel Poncela, quien afirmaba que por muy severo que sea un padre juzgando a su hijo, nunca lo será tanto como el hijo que juzga a su padre.
Otro fue la senectud, esa época en que los recuerdos son mucho más fuertes que la esperanza, y que las sapiencias son de distinta eseidad, pues, sabido es, que de joven se conocen las reglas y de viejo las excepciones.
En ese momento vi pasar a una mujer y ello me llevó a cambiar de inmediato mis reflexiones y pensar en ella, en la Mujer, y en la cantidad de beneficios de toda clase y condición que ha aportado, aporta y aportará al bien de la humanidad. Pienso, y creo que podría demostrarlo, que es lo mejor que hay sobre la faz de la tierra, pero con una diferencia abismal. Y si es así, que así es y en todos sus aspectos, llega al desiderátum cuando entre ella y el hombre se desarrolla el enamoramiento, esa sensación etérea, sutil, voluptuosa y abrasadora, que siempre ha hecho feliz a quien la ha padecido, fuera cual fuese la edad de los protagonistas.
Y estando en estas elucubraciones sobre el cariño y la parsimonia con la que este debe desarrollarse, pasó por mi puerta un mozo cantando
-¡hoy ya no cantan los mozos por las calles!- y en su copla decía:
El amor no es flor de un día, ni arrebato, ni pasión; el amor es letanía de perlas que el corazón va dejando cada día.
Ramón Serrano G.
Diciembre 2014
viernes, 5 de diciembre de 2014
El señor Pérez
En el despacho del director general, don Ezequiel Gómez del Paular se percibía un ambiente tenso, dramático. Al acto sólo habían acudido el titular, que ocupaba su sillón, y sentados ante la mesa, el señor Ridruejo, jefe del área de personal, con cara de circunstancias, y el señor Pérez, serio, muy serio, sabedor de que no había sido convocado allí para nada bueno.
Por la mente de este último desfilaron en un instante la gran cantidad de veces que había ocupado ese mismo lugar con anterioridad, pero en todas esas ocasiones precedentes fue para recibir agradecimientos y enhorabuenas por las mil actuaciones suyas en las que la empresa, pionera en Europa entre las del ramo, le felicitaba, ya que, a consecuencia de ellas, se habían obtenido pingues beneficios. Pero esos eran otros tiempos. Hoy el ambiente era otro. Tomó la palabra el director general para decir:
-Señor Pérez, puede creerme si le digo que. por ninguna causa, me hubiese agradado haberle citado aquí hoy por el motivo por el que lo hago.
Pero en la vida hay ocasiones en las que se ve uno obligado a dar pasos que son necesarios, aunque muy amargos. En fin, usted conoce los motivos que nos han llevado a tomar la decisión de despedirle de esta empresa, a la que ha estado siempre tan vinculado y en la que ha sido muy apreciado por todos.
Y como no quiero hacer muy extenso este penoso, pero obligatorio, trance, paso a decirle que queda despedido. Le ruego acompañe al señor Ridruejo, que le dará la carta de despido y el correspondiente finiquito con su indemnización. Ahora, tan sólo me queda desearle lo mejor para su futuro.
- - - - - - -
Tres días después, a las 10 horas o`clock, los señores Gómez del Paular y Ridruejo, se hallaban ente el despacho de don Alfonso Racionero Estévez, presidente y dueño de la empresa. Treinta segundos más tarde, la secretaria les abrió la puerta del mismo rogándoles que pasaran. Así lo hicieron, y tras los oportunos saludos -de rigor por parte del receptor, y protocolario y casi reverencial de los visitantes-, aquél pidió el relato de lo sucedido. Cumplió con el ruego el director y acabada su intervención:
-¿Y cómo tomó el hombre nuestra decisión?, preguntó el presidente.
-Con sumisión, en un silencio sepulcral, y que con un dolor enorme según me pareció percibir.
-¿Ustedes creen que hemos obrado correctamente?, inquirió de nuevo aquél.
-Nosotros pensamos que sí, repuso el otro buscando con la mirada la corroboración del jefe de personal, quien asintió bajando la cabeza.
-Pues yo estoy cada vez más convencido de que no ha sido de esa manera. No teníamos suficientes fundamentos para hacerlo.
-Pero sí sabemos, intervino el señor Ridruejo, que cometió faltas tan graves como el trabajar durante varios meses con una abulia impensable, y que además mantuvo contactos con la competencia.
-Seamos francos, le interrumpió Racionero. Fue esa competencia a la que usted alude, la que, conocedora de las muchas virtudes y del buen hacer del señor Pérez, le convocó para tratar de conseguir sus servicios. Él, obrando correctamente, acudió a la cita que le dieron, pero denegó la petición que le proponían, la cual, dicho sea de paso, le concedía una remuneración bastante superior a la que nosotros le dábamos.
-Por otra parte, prosiguió diciendo el presidente, todos sabemos que, durante una buena temporada, su rendimiento laboral no ha sido el habitual. Pero es que conocen ustedes a alguien que durante todos los días de su vida laboral rinda al cien por cien. No voy a referirme a las conocidas ausencias, digamos justificadas en mayor o menor medida, que tienen ustedes dos. Pero sí he de confesar que son muchas las jornadas que yo antepongo el yate al despacho, y no hablemos de que bastantes mañanas, y tardes, me dedico a evitar bogies y conseguir birdies, en vez de estar revisando proyectos y estudiando posibles inversiones. ¿Y qué ocurre, que yo como soy el jefe puedo tener fallos y el currante no?
-De cualquier forma, y si me lo permite señor presidente, sigo creyendo que ha faltado a las promesas que nos hizo cuando le contratamos, intervino Gómez del Paular.
-¡Claro!, mi querido señor director general. Ya le digo que los trabajadores son los que siempre faltan a sus compromisos laborales. Pero ¿y nosotros? ¿Hemos sido fieles a la promesa que le hicimos al señor Pérez de que siempre tendría asegurado un puesto de trabajo, si actuaba de acuerdo con sus posibilidades? No amigos, no. Hablemos claro. Ese despido se ha efectuado por causas normales si se quiere, pero vergonzosas. En primer lugar porque nuestro hombre tuvo un bajón en su productividad y no nos preocupamos ni de averiguar las causas, ni, por supuesto, de ayudarle para que se recuperara. Y en segundo, porque nuestra verdadera razón para despedirle ha sido un “aviso a navegantes” para todos sus compañeros. No se le ocurra a nadie ponerse al habla con cualquier empresa, porque, si nos enteramos, estará despedido al día siguiente.
-Sí, comentó Gómez del Paular. Sí lleva muchísima razón en lo que está diciendo, pero convendrá conmigo en que, hoy en día, nadie obra como usted lo va a hacer.
-Y a mí qué más me da que sea así. Por regla general, cuanto más alto se está en la escala social, más comprensión se pide para nuestras faltas y menos tolerancia se suele tener con las ajenas. Pero esta vez no ocurrirá de este modo. Esta vez quiero reparar esa injusticia equiparando a ambas partes, pues si él obró mal o no actuó todo lo bien que debiera, nosotros le hemos hecho pésimamente. Y no debe quedar de esa manera. Así que, señor Ridruejo, le ruego se ponga en contacto de inmediato con el señor Pérez. Háblele en mi nombre, pídale disculpas por el desafortunado despido, y, si no ha sido contratado ya por otra empresa, cosa que me temo, concierte lo antes posible una cita conmigo, bien en su casa, aquí, o en el lugar que elija, y hágale el ofrecimiento por mi parte de un nuevo contrato por tiempo indefinido, y con condiciones muy mejoradas para él. Cuando haya concretado esa reunión, me da fecha, hora y lugar de la misma. ¡Ah! Me acompañará usted a ella con todos los papeles debidamente preparados. Dentro de una hora recibirá en su despacho las condiciones que ha de especificar en el contrato. Buenos días señores.
Ramón Serrano G.
Diciembre 2014
jueves, 4 de diciembre de 2014
viernes, 21 de noviembre de 2014
Soñando
Lo sé. Lo sé perfectamente, porque lo he pensado una y mil veces. Porque me he hallado en esa situación mil y una ocasiones y por eso, aunque sólo fuera por eso, puedo jurar que es cierto. Que lo que voy a contar a continuación es completamente verídico y real. Que nos pasa a todos, o, por lo menos, a muchos de nosotros.
Y ello es que no se puede vivir de ilusiones y quimeras, sino que cada uno ha de aferrarse a su realidad y ha de tratar de vivir con ella, con la intención de mejorarla en lo posible, y si eso no lo fuese, de sobrellevarla con agrado y resignación, tanto en sus pros como en sus contras. Pero esto, una verdad tan grande como el desierto del Sahara, es por otro lado mejorable si cada persona, por su idiosincrasia y forma de ser, sabe adaptarse a su situación (geográfica, laboral, social, etc.), y, pese a tener que seguir viviendo de acuerdo con ella, obtener la más completa posibilidad de desarrollar todas y cada una de sus fantasías, aunque sólo sea in mente. Sí, es cierto, aunque parezca un antagonismo. Está totalmente demostrado que se puede vivir maravillosamente soñando. Y aún diré más.
¿Qué es mejor, la vida que nos toca, o nos ha tocado, soportar por las circunstancias, o la que uno ha soñado ya de niño, ya de hombre, y muchas veces aún cuando viejo? Está claro, o creo que debe estarlo. Aquella, por su realidad, demasiadas veces cruda, injusta, y demasiadas veces ineludible, la vivimos a la pura fuerza y, pese a ello, todavía logramos mantener de ella un buen recuerdo. Olvidamos fácilmente, no ya las “durísimas” etapas colegiales o militares, sino el frío durante la poda, el calor insoportable de la fragua, o la fatiga del trabajo de sol a sol. Y sin embargo, ¡admirable proceder del alma humana!, conservamos en el saco de nuestras membranzas la vez que le hicimos los “galguillos” a Evaristo; el primer pelado al cero que nos echaron en el cuartel; la liebre aquella que se soltó de una cepa y la cogió la “Chuspi”; el rejo que le pusimos al trompo de nuestro sobrino, o el rato de siesta que nos dejaba echar el “jefe” después del almuerzo, y ya que estamos en la siesta, de cómo aprovechábamos la de nuestra madre para salir un ratillo a la puerta del corral e intercambiar unas frases y alguna carantoña con el mozo que iba camino de su faena. De esas cosas, sí que solemos acordarnos. Y añadiré: afortunadamente.
Porque, para nuestra fortuna, siempre podemos rememorar, pero también podemos soñar. Soñar, o sea, imaginar como posibles, o reales, cosas que no lo son, según dice el DRAE en su acepción segunda. Recrearse pensando en cosas que tienen pocas posibilidades de ocurrir, pero que nos son agradables al creer que, de hacerlo, nos darían la felicidad. Pensar, simplemente pensar para llegar a ver la luz. Y para contar esto, no he recurrido a Quevedo, mi autor preferido, ni al nunca suficientemente ponderado Don Quijote, sino al perínclito Calderón. Este nos narra en su mejor obra, La vida es sueño, el pensamiento de un príncipe cautivo que pasa de la oscuridad a la luz con el reconocimiento de sí mismo. Es este un tema que ya habían tocado la ideología hindú, la mística persa, la moral budista, la tradición judeo-cristiana, y la filosofía griega, si recordamos que Platón afirma que el hombre vive cautivo en una cueva, de la que sólo saldrá haciendo el bien. Y todas ellas lo realizan siempre para hacernos ver cómo se impone la libertad frente al destino.
Y poniéndonos incluso más trascendentes, evoquemos, aunque sea muy de pasada, el existencialismo, esa corriente filosófica a la que se podría describir como el modo de ser del propio hombre, y que mantiene, como uno de sus principios más importantes, que en el ser humano la existencia precede a la esencia (Sartre), o sea, que no es la naturaleza la que determina al individuo, sino que es este quien dictamina con sus actos cómo ha de ser, tanto él como su vida.
De ahí que a lo largo de los tiempos, en cualquier época o lugar, ha habido personas que estando sometidas a unas condiciones de vida poco deseables, han sabido sobreponerse a ellas dejando que su mente soñase, y que en esa onírica actividad se alcanzasen metas y logros altamente satisfactorios, que no eliminaban la dureza del cotidiano discurrir de la existencia, pero que daban un gran contento al espíritu.
Sí. Seguro estoy de ello, y por eso lo manifiesto, que el hombre, cuando sueña, alcanza un cierto, o quizás estaría mejor dicho, un muy alto grado de felicidad. Y como confirmación, vean lo que cantaba aquel joven baturro: Soñé que el fuego se helaba/ soñé que la nieve ardía/ y por soñar imposibles/ soñé que tú me querías.
Ramón Serrano G.
Noviembre de 2014
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Un mayor dolor
-Buenas tardes, dijo Agustina al recibirnos. Pasad, pasad al cuarto de estar, que ahí está el hombre tan hundido como siempre. A ver si conseguís levantarle un poco el ánimo, que falta le hace.
Ya habíamos ido a su casa varias veces, puesto que Alberto era buen amigo de Luis, pero hacía unos meses que no le visitábamos por su expreso deseo. Un duro revés socio-económico que había sufrido últimamente sin que él hubiese hecho nada para provocarlo, ni para merecerlo, le había hecho caer en una depresión por la que no quería ver a nadie, ni que nadie le viese. En varias ocasiones nos habíamos llegado hasta su domicilio, preguntado por él, y su mujer se limitaba a darnos noticias de su estado. Y ahora, presumiendo una ligera mejoría, y una actitud más abierta y tolerante, nos aprestamos a ir a verle.
No era así exactamente. Lo encontramos más caído que sentado en su butaca, en penumbra, y con una cara que hizo un esbozo de alegría al vernos, pero que de inmediato se tornó amarrida. Luis, obligado por su natural panfilismo y su amistad, quiso darle ánimos, pero el otro le cortó con un sequete y una hosquedad impropias de él.
-No Luis, no. Nada, o tal vez muy poco hay que pueda levantarme el ánimo, pues cuando a un hombre le dan una puñalada como la que a mí me han dado, puede decirse que está muerto, aunque siga respirando. Ya sé que estás enterado de lo que me ha sucedido, pero déjame que te lo explique de nuevo, ya que con ello, aunque me duele al narrarlo, parece como si encontrase un alivio. Quien tiene una herida, y yo la tengo, y grande, sabe que con la quejumbre no se va a curar su mal, pero haciéndolo, siente un alivio anímico muy importante. Es un treno unipersonal y monocorde, que utilizo siempre como punto de partida para efectuar una reflexión moral sobre mi destino.
Cuando acabo de contarnos su ya sabida desventura, tomó la palabra mi amigo.
-Mira, entiendo y valoro tu pesar, que está lleno de enormidad y de injusticia. Pero también sé, porque te conozco hace tiempo, de tu entereza y de la capacidad que tienes para poder salir pronto, y yo diría que hasta airoso, de esta tesitura y este trance que te tienen fuera de ti y del que has sido el agente a través del cual se ha exteriorizado, pero en ningún caso el
culpable de su suceso. Y sabes que no hay mejor panacea para el alma que tener la conciencia tranquila.
-Pues has de saber, respondió Alberto, que estás equivocado, pese a los buenos ojos con los que me miras. El daño que me han causado es enorme. De tal intensidad, que tengo la seguridad de que han abatido para siempre mi entusiasmo y mis ganas de vivir. Si esto me hubiera sucedido tiempo ha, el duro golpe me hubiese afectado, ¡cómo no!, mas no me habrían faltado esfuerzo ni ganas de vencerlo y superar el daño que me hubiese ocasionado. Pero ahora…
-De verdad, dijo Luis, que lamento verte en esta pésima situación, pero piensa en que podría haber sido mucho peor, y no porque ella en sí no tenga una magnitud más que considerable. Pero, por un momento, y aunque es casi imposible que sucediera lo que voy a decirte, hazte la idea de que fueses culpable de lo que se te acusa. De que, en vez de ser la víctima inocente de este mal, hubieses sido tú el autor del daño. Porque tú, y yo, y muchos más, pensamos y sabemos que es muy triste lo que ha ocurrido. Nosotros por nuestra forma de pensar. Tú, desgraciadamente, por experiencia. Pero dime ¿cómo te hallarías si en vez de tratarse de una pajarota, fueses nocente de lo que te acusan? Todos te señalarían con el dedo, y muchos, incluso alguno de tus amigos y conocidos, hubiesen dejado de hablarte, mientras que otros volverían la cabeza para no decirte ni buenos días, que a los araneros es mejor no dirigirle la palabra.
-Sabes que de haber sido así, continuó, sufrirías mucho más. Y sabes también que tienes en tu ser un destrozo enorme, pero que puedes superarlo ya que posees dos armas muy efectivas: la primera, tu inocencia. Y la segunda, tus amigos, que te seguimos estimando y que estamos prestos para acudir en tu ayuda. Utilízalas, y comprobarás lo rápidamente que triunfas sobre este indeseable y torticero episodio que atraviesas. No desfallezcas, No claudiques tan pronto. Lucha, y cuando venzas, y estoy convencido que lo harás, enseguida sentirás la enorme satisfacción que siempre invade a quien es justo vencedor.
Pareció entonces que aquellas palabras causaron buen efecto en Alberto, quien durante un buen rato estuvo platicando con mejor ánimo. Nos fuimos luego satisfechos en grado sumo y con la esperanza de volver pronto. Y, a la salida, le dije:
-Luis, ¡qué orgulloso me siento de vivir contigo! Tu amigo saldrá pronto de la disposición en que se encuentra gracias, entre otras cosas, al
buen tino de tus apreciamientos y tu modo de enfocar ese gran problema. ¡Pobre de aquél que no lo vea así! Te felicito por todo ello y felicito a Alberto y a mí mismo, ya que tener a nuestra disposición a alguien como tú, un buen amigo, reconforta y anima como muchos no se imaginan.
Ramón Serrano G.
Noviembre 2014
jueves, 6 de noviembre de 2014
Cartas
Es archisabido que, a los que tenemos una edad avanzada, nos agrada sobremanera recordar tiempos pretéritos. Por supuesto que esto no es cosa que venga ocurriendo en estos días a comienzos del siglo XXI, pues todos recordamos que, ya en el XV, Jorge Manrique afirmaba aquello de ...como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.
Y de entre las muchas cosas del antaño que añoro especialmente son las cartas que se escribían entre amigos, familiares o deudos. Carentes por completo de los medios actuales, las gentes, teniendo la necesidad de comunicarse, acudían al papel y la pluma para hacerlo. Abandonados ya los cálamos, se utilizaban los portaplumas, las plumillas de pico pato o de corona y los tinteros Pelikan o Waterman. Y en un papel, de mayor o menor gramaje, pero con el mejor alisado posible, se escribían unas cartas preciosas de amor, de viajes, de relaciones amistosas, de …
Afortunadamente, muchas y muchos mujeres y hombres atesoran antiquísimas misivas que les son muy queridas por diferentes motivos, como también se conservan memorables cartas de insignes personajes. Citaré, por citar alguna, la de Isabel II de Borbón a un desconocido turco-albanés; la de Beethoven a su inmortal amada; la de Stefan Zweig a una desconocida; y la de Campoamor: Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros, cuenta os dará de la memoria mía…
Hoy, bien lo sabéis, y por desgracia, ya no escribimos cartas. De ningún estilo. Y no digo ya a pluma, que esta fue sustituida, tiempo ha, por utensilios electrónicos, más rápidos y eficaces, con los que nos enviamos diariamente profusión de correos, ya prefabricados, y que no son nuestro sentir, sino el de otros. Porque lo que nosotros nos queremos comunicar en nuestro día a día, lo hacemos a través del whatsapp, palabra horrible donde las haya, o por e-mail, que son, como la mayoría de ustedes ya saben, unas aplicaciones de mensajería móvil por lo que, al ser casi gratis, muchas personas, pero sobre todo nuestros jóvenes, las están usando continuamente. Y quiero resaltar una gran diferencia que existe entre la mensajería y el whatsapp (qué mal se me da escribirlo y pronunciarlo), aparte del estipendio y la gratuidad. A aquellos no responde casi nadie, mientras que en este no has acabado de enviar tus palabras, cuando ya estás recibiendo la contestación.
Y yo, a partir de ahora, quiero escribir, con alguna frecuencia, cartas a través de este medio periodístico que generosamente se me permite utilizar, y lo voy a hacer a determinados amigos que sé, con absoluta seguridad, que me responderán, y que lo harán, más bien, pronto que tarde. Por supuesto que, al hacerlo, adoptaré las mismas precauciones que tomo cuando escribo por e-mail: lo hago con CCO (con copia oculta) para que así nadie pueda acceder a la dirección de cualquier destinatario. Por eso, en estas cartas que anuncio, nunca daré el nombre de a quien, o a quienes, van dirigidas, aunque ellos sabrán perfectamente que son los receptores. Todos ellos tienen, al menos, dos condiciones en común: la primera, es que ya subieron a la barca de Caronte, y la otra, es que fueron personas de felice recordatione, entrañables, cultas y entregadas a los demás.
Por eso, porque como muy bien dice el prefacio de difuntos: ...vita mutatur, non tollitur..., muchas veces viene su recuerdo a mi memoria; muy a menudo me sirven sus actos como camino a seguir; porque frecuentemente suceden hechos de cierta trascendencia de los que sé que les gustaría estar enterados; por todo esto, y porque así sigo teniendo con ellos una muy agradable relación pese a la insalvable distancia, es por lo que voy a mantener esa correspondencia que les he anunciado.
Desde luego, quiero pedir de antemano disculpas a quien pueda dar a este futuro carteo un sentido macabro o de mal gusto, porque les aseguro que no hay nada más lejos de mi intención, que no es otra, como digo, que la de mantener y, si es posible hacer más vivo, el recuerdo por un lado, y, por otro, seguir recibiendo lecciones de unas buenas personas, unas muy buenas personas, que un día convivieron con nosotros y que hoy, para nuestro infortunio, ya no están aquí.
Finalmente he de decir, que esta intención está basada en una idea que tengo aceptada desde hace muchísimo tiempo y que no es otra que, aquellos que fallecen, sólo dejan de vivir si su recuerdo desaparece entre los que aquí quedamos. Pero mientras sigamos hablando de ellos, y con ellos, o escribiéndoles, seguirán estando vivos. Y si piensan un poco, esto que yo me propongo hacer ahora, ya lo han venido haciendo cantidad de personas de todos los ámbitos y condiciones. Cuántos, acabada una vendimia fructífera, han hablado para sus adentros, diciéndole al finado:
-Padre, este año no se nos ha dado mal, ¿verdad?
Cuántos, ante una adversidad en su negocio, han optado por una solución pensando en que ese mismo arreglo lo había visto dar otros de la casa en similar situación. Y cuántos, viendo que el hijo había terminado la misma carrera que el abuelo, le hablaban a este para decirle que estaban convencidos de que se sentía orgulloso del camino que había emprendido su joven heredero.
Sí, está claro que en esta tarea no voy a ser pionero. Pero eso no me importa. Lo haré, porque sé que mi alma va a sentir con ello una gran satisfacción. Así que ya me dirijo a ellos diciéndoles:
-Amigos, dentro de poco recibiréis noticias a través de mis cartas.
Ramón Serrano G
Octubre de 2014
Un mayor dolor
-Buenas tardes, dijo Agustina al recibirnos. Pasad, pasad al cuarto de estar, que ahí está el hombre tan hundido como siempre. A ver si conseguís levantarle un poco el ánimo, que falta le hace.
Ya habíamos ido a su casa varias veces, puesto que Alberto era buen amigo de Luis, pero hacía unos meses que no le visitábamos por su expreso deseo. Un duro revés socio-económico que había sufrido últimamente sin que él hubiese hecho nada para provocarlo, ni para merecerlo, le había hecho caer en una depresión por la que no quería ver a nadie, ni que nadie le viese. En varias ocasiones nos habíamos llegado hasta su domicilio, preguntado por él, y su mujer se limitaba a darnos noticias de su estado. Y ahora, presumiendo una ligera mejoría, y una actitud más abierta y tolerante, nos aprestamos a ir a verle.
No era así exactamente. Lo encontramos más caído que sentado en su butaca, en penumbra, y con una cara que hizo un esbozo de alegría al vernos, pero que de inmediato se tornó amarrida. Luis, obligado por su natural panfilismo y su amistad, quiso darle ánimos, pero el otro le cortó con un sequete y una hosquedad impropias de él.
-No Luis, no. Nada, o tal vez muy poco hay que pueda levantarme el ánimo, pues cuando a un hombre le dan una puñalada como la que a mí me han dado, puede decirse que está muerto, aunque siga respirando. Ya sé que estás enterado de lo que me ha sucedido, pero déjame que te lo explique de nuevo, ya que con ello, aunque me duele al narrarlo, parece como si encontrase un alivio. Quien tiene una herida, y yo la tengo, y grande, sabe que con la quejumbre no se va a curar su mal, pero haciéndolo, siente un alivio anímico muy importante. Es un treno unipersonal y monocorde, que utilizo siempre como punto de partida para efectuar una reflexión moral sobre mi destino.
Cuando acabo de contarnos su ya sabida desventura, tomó la palabra mi amigo.
-Mira, entiendo y valoro tu pesar, que está lleno de enormidad y de injusticia. Pero también sé, porque te conozco hace tiempo, de tu entereza y de la capacidad que tienes para poder salir pronto, y yo diría que hasta airoso, de esta tesitura y este trance que te tienen fuera de ti y del que has sido el agente a través del cual se ha exteriorizado, pero en ningún caso el
culpable de su suceso. Y sabes que no hay mejor panacea para el alma que tener la conciencia tranquila.
-Pues has de saber, respondió Alberto, que estás equivocado, pese a los buenos ojos con los que me miras. El daño que me han causado es enorme. De tal intensidad, que tengo la seguridad de que han abatido para siempre mi entusiasmo y mis ganas de vivir. Si esto me hubiera sucedido tiempo ha, el duro golpe me hubiese afectado, ¡cómo no!, mas no me habrían faltado esfuerzo ni ganas de vencerlo y superar el daño que me hubiese ocasionado. Pero ahora…
-De verdad, dijo Luis, que lamento verte en esta pésima situación, pero piensa en que podría haber sido mucho peor, y no porque ella en sí no tenga una magnitud más que considerable. Pero, por un momento, y aunque es casi imposible que sucediera lo que voy a decirte, hazte la idea de que fueses culpable de lo que se te acusa. De que, en vez de ser la víctima inocente de este mal, hubieses sido tú el autor del daño. Porque tú, y yo, y muchos más, pensamos y sabemos que es muy triste lo que ha ocurrido. Nosotros por nuestra forma de pensar. Tú, desgraciadamente, por experiencia. Pero dime ¿cómo te hallarías si en vez de tratarse de una pajarota, fueses nocente de lo que te acusan? Todos te señalarían con el dedo, y muchos, incluso alguno de tus amigos y conocidos, hubiesen dejado de hablarte, mientras que otros volverían la cabeza para no decirte ni buenos días, que a los araneros es mejor no dirigirle la palabra.
-Sabes que de haber sido así, continuó, sufrirías mucho más. Y sabes también que tienes en tu ser un destrozo enorme, pero que puedes superarlo ya que posees dos armas muy efectivas: la primera, tu inocencia. Y la segunda, tus amigos, que te seguimos estimando y que estamos prestos para acudir en tu ayuda. Utilízalas, y comprobarás lo rápidamente que triunfas sobre este indeseable y torticero episodio que atraviesas. No desfallezcas, No claudiques tan pronto. Lucha, y cuando venzas, y estoy convencido que lo harás, enseguida sentirás la enorme satisfacción que siempre invade a quien es justo vencedor.
Pareció entonces que aquellas palabras causaron buen efecto en Alberto, quien durante un buen rato estuvo platicando con mejor ánimo. Nos fuimos luego satisfechos en grado sumo y con la esperanza de volver pronto. Y, a la salida, le dije:
-Luis, ¡qué orgulloso me siento de vivir contigo! Tu amigo saldrá pronto de la disposición en que se encuentra gracias, entre otras cosas, al
buen tino de tus apreciamientos y tu modo de enfocar ese gran problema. ¡Pobre de aquél que no lo vea así! Te felicito por todo ello y felicito a Alberto y a mí mismo, ya que tener a nuestra disposición a alguien como tú, un buen amigo, reconforta y anima como muchos no se imaginan.
Ramón Serrano G.
Noviembre 2014
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