jueves, 14 de agosto de 2014
El tiempo
“El tiempo de vivir es, para todo, breve e irreparable”.- Virgilio
En mayo del año 2000 -¡qué barbaridad, cómo pasa el tiempo- publicaba yo en estas mismas páginas un artículo sobre lo beneficioso que es saber ganar el tiempo, y me refería a las diversas maneras de aludir a él: hogaño, prognosis, ínterin, otrora, anteriori, posteriori. ¡Cuántos y qué bellos significados! ¡Cuántas y qué bellas etimologías! Y de adjetivos que le sean aplicables, no digamos. Reconocíamos que el tiempo es, entre otras muchas cosas: eterno, inexorable, incomprable, provechoso, inalcanzable, inaprehensible, fugaz, despreciativo, huidizo, y caro, muy caro.
Y hoy, más de catorce años después, estudiando el tiempo (pero quede claro que no el estado de la atmósfera en relación con la temperatura, el viento o la humedad, etc.), diré que siendo una de esas cosas que pueden expresarse de un modo cuantitativo, puede que sea de los pocos -yo diría que él único-, que admite calificativos verdaderamente antagónicos según sea enjuiciado por una u otra persona. La luz, la velocidad, la longitud o el peso, incluso el espacio, pueden ser considerados por seres distintos de una manera diferente: tenue o cegadora, lenta o rápida, pequeña o extensa, liviano o pesado. La claridad de un destello, andar cinco kilómetros en una hora, los metros de una casa, o transportar una maleta de diez kilos, siendo igual para todos, se verán considerados de una muy diferente manera por unos u otros individuos, independientemente, repito, de la eseidad de cada uno de ellos.
Pero es el tiempo, o sea, la magnitud en la que se desarrollan los distintos estados de una misma cosa, u ocurren la existencia de cosas diferentes en un mismo lugar, es el tiempo, digo, el que puede parecer, siendo el mismo, inmensamente diferente, siendo, por ejemplo, breve para uno, e interminable para otro. Y lo que es casi increíble: ser efímero unas veces e interminable en otras para la misma persona. Todo irá en función de cómo nos hallemos. Ya se sabe aquello de que un minuto dura más o menos según a qué lado estemos de la puerta del cuarto de baño.
Y dada su característica manera de ser, sobre el tema concepto que hoy nos ocupa, y debido a mil y un motivos, han escrito una gran cantidad de autores célebres, muchos aforismos realmente juiciosos y muy merecedores de reflexión. Citaré algunos en la seguridad de que su lectura les hará pensar. Decía Goethe que el día es excesivamente largo para quien no lo sabe valorar y utilizar. Berlioz, que el tiempo es el mejor maestro; lástima que mate a todos sus alumnos. Mahoma, que no debemos pasar el tiempo soñando con el pasado o con el porvenir, sino que hay que estar listos para vivir el momento. Un proverbio oriental afirma que por mucho que disparemos contra el gallo no por eso dejará de amanecer. Y expondré, finalmente, dos de Shakespeare, a cual más profundo. El primero, una sentencia: tan a destiempo llega el que va excesivamente deprisa, como el que se retrasa en demasía. El segundo, un minucioso detalle de su esencia: es lento para el que espera; rápido para los que temen; largo para los que sufren; muy corto para los que gozan; y una eternidad para quienes aman.
Aunque, si nos fijamos, el tiempo es una extraña sustancia que siempre es igual. Constantemente. Desde el inicio de los tiempos. De día o de noche, en verano o en invierno. Una hora siempre ha durado, dura, y durará, tres mil seiscientos segundos. Pero, pese a esa exactitud en su desarrollo, todos podemos dar fe, porque todos lo hemos comprobado, que a veces pasa muy lento, y a veces vuela. Recordemos la impaciencia del quinceañero por llegar a la juventud, y la desesperación del anciano viendo cómo se le escapan los días. Para aquellos el tiempo camina sobre una tortuga. Estos tienen la certeza de que no hay caballo, ni viento, que corra como el tiempo.
Permítaseme aquí una, muy libre, comparación de esta distinta valoración del tiempo con el dinero. A quien le sobra, no le importa dilapidarlo en la errónea creencia de que siempre tendrá lo suficiente. A quien apenas si lo conoce, cree que todo le será inalcanzable, fuera, muy fuera de sus escasas posibilidades.
Pero aprehendamos el tiempo, para reconocer que somos nosotros los que lo tomamos de distinta manera, llevados a ello por nuestras circunstancias y en la certidumbre de que no podemos sustraernos a él. Y que hemos de aceptarlo así. Que siempre será así. Que, afortunadamente, ha de ser así. Será cuestión, entonces, de que sepamos acomodarnos a la fase de la vida en la que nos hallemos y dediquemos todo nuestro saber a aprovecharlo convenientemente en nuestro beneficio y en el de los demás.
Y pensemos que una muy buena definición del tiempo, o estaría mejor dicho, que podríamos hacer un buen parangón de él con el viento. Porque no lo podemos atrapar. Porque sea cual sea la intensidad con la que sople, esta le parecerá a unos brisa y a otros vendaval. Porque siempre se moverá a su albedrío y no a nuestro acomodamiento. Porque tendremos que obrar con el actual, ya que nunca podremos ahorrarlo para otra ocasión, ni pedir un anticipo del que haya de venir en el futuro.
Por último recordar que es un craso error no saber que el tiempo se parece también al viento en otras dos cosas: arrastra lo liviano y mantiene lo que pesa.
Ramón Serrano G.
Agosto de 2014
jueves, 31 de julio de 2014
La perfección
Para P.R.M., una gran señora
No existe. Aunque pueda parecer lo contrario, la perfección no existe. En ningún alcance, consecución, obra, parámetro, o cualquier otra impronta que podamos observar, o a la que referirnos. ¡Y mira que hay cosas bonitas en el universo mundo! Pero a todas, absolutamente a todas, les falta, o les sobra, algún detalle, según sea la persona que las esté analizando, porque aquí manda siempre, y con poder absoluto, la subjetividad.
Cuando vemos algo que realmente nos agrada nunca deberíamos decir que es perfecto, o sea, que tiene, en su línea, el mayor grado posible de bondad o de excelencia. A lo sumo, que es bonito, que nos gusta, que le satisface a mucha gente, pero nunca tendríamos que otorgarle un cum laude, y es lo que hacemos en determinadas ocasiones, aunque no sé bien si por modestia o por racanería. Aquél piensa que el Taj Mahal debería ser un poquito más alto; ese cree que la Joven de la perla estaría mejor vestida de azul; este que Machado, en su canción A un olmo seco, debiera haber tratado de infundirnos con su relato de la aparición de las nuevas hojas primaverales una mayor esperanza y no tan sólo una brizna; ellos que un determinado amanecer hubiera sido más lindo de no haber estado allí aquella nubecilla; vosotros que Mozart supera un algo a Beethoven; nosotros que el amor se expresa mejor con la mirada que con la poesía. El caso es que éste, ése, aquél, nosotros, vosotros y ellos, todos, “apreciamos” siempre una “inapreciable” tara o impureza, que hace que la joya que admiramos no sea totalmente preciosa, o, mejor dicho, que impide que lo sea por completo. Al menos, para nuestra forma de ver y de pensar.
Puede que la exposición de estos comportamientos, de la creencia de que no existe la sublimidad, lleve al lector a pensar que mi postura es opuesta a ello. Pero nada más lejos de la realidad, ya que estimo que esa resistencia a conceder los máximos galardones a una obra es el mejor exponente del alto grado de exigencia, siempre que esta sea absolutamente noble y leal, que el individuo puede tener acerca de algo. Me veo más lejos del radicalismo de Pearl S. Buck, quien afirmaba que el afán de perfección hace a algunas personas insoportables, que de aquel profesor que, haciendo parecer que su asignatura era un hueso, conseguía que esta fuera muy valorada por los alumnos.
Lo que intento decir en suma es que es muy de admirar la forma de actuar que tiene aquella persona -artista, profesional, obrero, quien sea-, que actuando con ambición, sí, pero con ecuanimidad y temperancia, aspira a conseguir lo máximo de lo que es capaz, y pone en ello su mayor esfuerzo, aunque es consciente de que no podrá alcanzar nunca lo perfecto.
Es lógico, e incluso aconsejable, que aspire a ello. Y cabe traer aquí un recuerdo a la competitividad con dos citas: que el orgullo y la competencia mal entendidos pueden convertirse en nuestros enemigos, y que lo bueno de la competencia no es saber quién es mejor, sino la mejora personal de cada individuo en cada enfrentamiento. Debe aspirarse a todo, pero con la modestia imprescindible para saber que nunca logrará conseguir algo que no sea perfectible. Posiblemente lo haga, y a conciencia, y con lentitud, siguiendo el código machadiano:“Despacico y buena letra/que el hacer las cosas bien/importa más que el hacerlas”. Y nunca compulsivamente, que ello es obsesivo y la obsesión no es sino una perturbación anímica, que perjudicaría, sin duda, el resultado de la obra.
Lo mismo puede decirse de quien escucha, contempla, o lee algo que hizo la mano y la cabeza de otro humano. Este, por igual, debe admirar sin remilgos lo que está viendo y valorarlo enormemente, porque sabe que ha sido mucho el sacrificio y la habilidad del autor, y sería tremendamente injusto no ponderarlo, o ser tacaño en ello. Pero tampoco cabe en él el conformismo, sino que debe pensar que siempre existe la posibilidad de un mejoramiento y que se ha de luchar por encontrarlo, aunque en alguna ocasión sea tan deliciosamente hermoso lo que tenemos delante que pensemos que el posible hallazgo de algo que lo mejore raye en lo imposible.
Mas todas estas opiniones y convicciones que estoy tratando de exponer deben quedar reducidas a lo siguiente: cualquier obra nuca debe ser considerada como inmejorable ni por el autor ni por el observador.
De cualquier forma, he de decir que estas recomendaciones sé que serán completamente inútiles, porque aunque alguien, leyendo este escrito, se propusiera seguir lo que en él se recomienda, tanto siendo autor como espectador, eso de poner en práctica los buenos consejos sería comportarse como lo haría un hombre perfecto. Y está más que demostrado que la perfección no existe.
Ramón Serrano G.
Agosto 2014
jueves, 17 de julio de 2014
...y mañana(yIII)
Rafael, le contestó Teresa, como te conozco desde hace mucho, no me puede extrañar en ti esta generosidad que estás demostrando. Te he pedido tres cosas: que vivamos en mi casa con mi madre, que me ayudes en la administración de mis tierras y anticipar la consumación matrimonial antes del paso por la vicaría. Me has concedido de inmediato la primera y la segunda, y en cuanto a la tercera, sé con seguridad, que no me la has denegado por capricho, sino que haciéndolo, piensas que, en el fondo, me satisfaces más de esta manera que si consintieras en ello.
-Sabes, continuó, y lo sabes plenamente, que voy a ser muy feliz contigo al igual que yo lo sé y lamento que nuestra unión no se realizara en su día. Pero dejemos eso, porque agua pasada no mueve molino. Y ya que una de las cosas que he de hacer como mujer para conseguir esa felicidad es obedecer al esposo, o como Pablo dice a Tito en su carta, saber que existen unas prioridades por las que la mujer debe aprender a amar a su marido, y a ser prudentes, castas y cuidadoras de su casa, o cuando el mismo Pablo escribe a los efesios para recordarles que la mujer, entre otras obligaciones, debe someterse al marido. Por todo ello, yo lo haré así, y con agrado, y estaré encantada de acatar tu voluntad.
-Veo que estás muy impuesta en saber cuáles son tus deberes, intervino él. Pues te digo, que yo también creo saber algo de los míos ya que en esa segunda epístola a la que has hecho alusión, se dice que el esposo debe amar a la esposa como a su propio cuerpo. Y por otra parte, también quiero que sepas que, como sigas tratándome así, no es que te voy a querer, es que te voy a idolatrar, aunque te juro que ya llevo tiempo haciéndolo. Ahora hablaremos de fechas y pretensiones, pero déjame decirte antes que cuando te expliqué lo de mi intención de proponerte el matrimonio no te comenté que me costó mucho tomar una decisión. Pensé en muchas, quizás en demasiadas cosas. Que si nunca segundas partes fueron buenas; que si el amor tiene su tiempo, y retomarlo fuera de él pensando que las cosas van a ser como pudieron ser en otra época porque hay solución de continuidad suele ser un error; que lo que sucedió tiene su tiempo y está enmarcado en él; que tomar un lienzo y llevarlo a otro marco hace un producto diferente. Y que suele suceder muy a menudo que una cosa es lo que se sueña, y otra muy distinta la nueva realidad.
-Pero por otra parte me dije: ¡qué narices!, ¿por qué no tiene uno derecho a continuar un libro que dejó a medio escribir? Ocurre frecuentemente que cuando se retoma la escritura, la persona tiene más experiencia y puede narrar mejor y decir cosas más bellas que cuando lo inició. Y en esa lucha de ideas estuve un tiempo hasta que tomé la decisión que ya conoces y de la que tan contento me hallo.
-Y ahora parece ser que nos está ocurriendo lo mismo que a aquel masoquista que le dijo a un sádico: -Pégame. Y este, con cara de mala uva, le contestó: -No quiero. Bien, pues en esta rara situación en la que nos hallamos, voy a decirte, y con ello termino, que puesto que parece ser que estamos de acuerdo en todo, pienso que no deberíamos posponer demasiado la boda. Es más, creo que deberíamos celebrarla a más tardar en un par de semanas, pero su fecha exacta, lugar, organización, y demás eventos, los dejo por completo en tus manos, recordándote que en ello debes obedecerme como muy bien dictan los libros que antes citabas.
-Así lo haré mi señor, bromeó Teresa, y puedo decir que nada me complacerá más. Como suponía que me encargarías de ello, ya había pensado que podríamos celebrar la boda en cuanto haga sitio en la casa para tus cosas y las traslades. El lugar será la ermita a la que tenemos tanto cariño. Los asistentes, tu cuñado y algún amigo, y por mi parte, mi madre, la mujer que la atiende, mis primas y los vecinos de al lado. Poca gente, como bien sabes, que nos podemos acomodar en cualquier restaurante que elijamos. Y el viaje pienso que debemos dejarlo para este verano cuando cojas las vacaciones. ¿Qué te parece?
-Pues me parece perfecto, como todo lo que tú haces. Pero ahora me toca a mí el turno, y me ha venido a la cabeza algo que quiero exponerte. Como mañana es viernes, pasado no tengo que madrugar, aunque esto lo hago tenga que ir a clase o no. Bien, sabrás que quiero regalarte tres cosas.
-Muy generoso de nuevo.
-Menos de lo que te mereces. El primer obsequio es que creo que un acto tan importante y trascendente como este acuerdo mutuo y definitivo que acabamos de tener, posiblemente el que más hasta la celebración de la boda, hemos de celebrarlo, y quiero hacerlo, no con boato, pero sí con el mayor realce que me sea posible. Iremos a cenar al pueblo de al lado a un sitio que conozco, tranquilo, apacible, y será una cena íntima, entrañable, con muchos proyectos, alguna caricia semi-robada, y todas las ilusiones del mundo debidamente regadas con champán. Piensa también que será la primera vez que cenaremos juntos. ¡Qué ilusionante!
-Lo estás presentando muy bien.
-Pues aún queda lo mejor y, por supuesto, lo de más importancia. Al regreso pasaremos por mi casa y te entregaré el regalo de boda. Te lo podría llevar al restaurante y dártelo allí, pero prefiero hacerlo a solas para poder demostrarte en el momento de la entrega lo que significas para mí.
-Hasta ahora perfecto, pero ya me tienes en ascuas, y es más, me da casi miedo pensar en qué consistirá el tercer regalo.
-No Teresa, no temas nada, que temor se debe tener sólo a lo desconocido. Por otra parte, el miedo no es sino el recelo que alguien tiene a que le suceda lo contrario a lo que desea. Y ocurre que algo me ha tirado de mi caballo (también le sucedió algo así a ese Pablo antes aludido), afortunadamente he visto la luz de lo correcto y pienso tener la deliciosa satisfacción de concederte lo que me solicitas en el ruego que me has hecho y que, equivocadamente, te he negado antes. Y el hacerlo no va ser precisamente un fastidio para ti. Ni para mí. Estoy viendo ya el placer en tus ojos, como es posible que tú aprecies el gozo anticipado en los míos. Te prometo que cuando hayamos terminado el acto, los dos pensaremos que hemos estado tocando el cielo con los dedos.
Ramón Serrano G.
Julio 2014
...hoy (II)
Teresa no acababa de decantarse sobre la decisión a tomar. Llevaba varias semanas saliendo de manera intermitente con Rafael, hablando con él de mil y un temas, pero en su fuero interno, sabía que no debería retrasar más el darle una contestación a su propuesta. Sin embargo, no era nada fácil saber qué resolución adoptar ante y para con ese hombre que, cuando joven, fue su primer y único amor; que después la había abandonado inmotivadamente, y que ahora, inesperadamente, y más de veinte años después, repetía su asedio amoroso.
Desde luego, antes de adquirir un compromiso absolutamente formal y serio (a su edad ya no valían probaturas como le anticipó en su día), él y ella tendrían que puntualizar meticulosamente cuáles eran sus intenciones, ya que Rafael sólo le había hecho una propuesta, directa sí, pero nada concisa. Estaba clarísimo que antes de tomar una solución definitiva tendría que saber sus ideas y proyectos, e incluso, si lo hubiese, algún condicionamiento. Pero todo eso vendría luego. Antes, y eso era lo que no acababa de aceptar, era entrar en “negociaciones”. Y era lo más importante.
Decidióse al fin, y lo llamó para concertar una cita, aclarándole que lo tratado en esa sería resolutorio. La fijaron para el siguiente día; él la recogió con su coche y luego se fueron hasta una cafetería, La Veredilla, en las afueras del pueblo. No había más que un par de clientes. Ocuparon la última mesa de la terraza, y habló él:
-Sólo con que hayas querido venir a hablar de esto, ya es para mí una satisfacción, y lo seguiría siendo aunque tu postura fuese negativa.
-Aunque fuese únicamente por educación tenía que venir, tú lo sabes. Por educación y por respeto a ti. Pero también, y principalmente, he venido por mí. Me he planteado esta situación que tú, mi querido Rafael, has venido a ofertarme. Te aseguro que lo he hecho desde muchos prismas, y, al final, todos ellos me ofrecían perspectivas muy halagüeñas. Yo, una casi solterona, o quizás, no tan casi, pero virgen, eso sí, se ve pretendida de nuevo por el mismo hombre que la enamoró cuando joven, para compartir con él la segunda parte de sus vidas, sin duda alguna la parte de ella más difícil y requeridora de mayores esfuerzos. Con el hombre a quien quise y que aún sigo queriendo. A la vez, en ese compartir la vida, podré fruir con muchos gozos de los que yo, hasta el día de hoy, he sido ayuna. Y sentirme arropada, y protegida, y ayudada, en cuantos menesteres necesitare.
-Tengo por seguro, prosiguió Teresa, que ello me acarreará, por otra parte, trabajos, desvelos, sacrificios, al tener que convivir con otra persona y supeditar en muchas ocasiones mis gustos y deseos a los suyos. Y que todo eso, cuando se ha vivido como he hecho yo en la más completa libertad, puede atemorizar un tanto. Pero sé, con seguridad, que esos esfuerzos me proporcionarán alegría y no desasosiego, ya que estarán realizados con el fin de conseguir el bienestar de la persona amada.
-Ni en mis mejores sueños esperaba oírte decir esas palabras, dijo él.
-Por favor, déjame terminar, le cortó ella. Aún no te he hablado de tres cosas que quiero pedirte antes de que tomemos la decisión de unirnos. La primera, y esta es imprescindible, es que hemos de vivir en mi casa y no en la tuya. Comprenderás que, a sus años, no debo, ni quiero, dejar sola a mi madre. Está bien, pero debe vivir acompañada. No hay ningún otro motivo. La segunda, y esta es una súplica, es que espero tu valiosa ayuda en la administración de mis fincas. Y la tercera, y esta no sé cómo catalogarla, es que me gustaría hacer el amor antes de la boda.
-No, no pongas esa cara, prosiguió. Por un lado, mi educación en ese aspecto es muy distinta a la actual (ya sabes, aquello de la mitificación del sexo con la que nos traumatizaron, etc., etc.) y por otro, estoy cansada de escuchar y saber cosas sobre el acto en sí, y no quiero buscarle más trascendencias. Cosas buenas, malas y regulares, para qué te voy a cansar, si tú también las has oído demasiadas veces. Para algunas mujeres es maravilloso; para otras, ¡pse!, una forma de “distraerse”; pero para otras, según tengo oído, es un auténtico suplicio. Un trance muy desagradable. Y yo, que puedo ser así, no quiero padecer, ni privarte a ti de un placer al que tienes derecho por el matrimonio. Ahora tú me dirás.
-Tus palabras, sorprendentes en parte, han tenido una claridad y una explicitud muy de agradecer, y que quisiera que también las tuviesen las mías. Me explico: nada, absolutamente nada, que objetar a las dos primeras premisas. Será muy agradable vivir con la suegra, al igual que prestarte la colaboración que pueda en la gestión de tus negocios, aunque ya supones que de agricultura sé muy poco, si es que sé de algo. En estos dos temas, por mucho que haga, siempre me parecerá poco. Además, y para evitar que tengas problemas, haremos separación de bienes, y te entregaré una concesión de divorcio para que, si no te agrada algo del matrimonio, puedas volver al celibato, al día siguiente si gustas, sin ningún problema.
-En cuanto al que resta, he de decirte (ocultarlo sería una necedad) que yo me he sentido de nuevo enamorado de ti. Enamorado de verdad. Enamorado a la antigua manera, con lo cual se me abría la posibilidad de vivir mis últimos años en un estado de venturanza, que no es necesario que pormenorice, y que ya no esperaba obtener. Pero debes creerme al expresarte que me planteé nuestra unión en un estado de, digamos, desequilibrio, por el que yo me dedicaría más a conseguir tu felicidad que la mía. Mil razones me aduje para convencerme de ello, pero sobre todo que yo había estado casado y, por tanto, vivido en pareja, con toda la cantidad de vivencias de todo tipo que eso conlleva. Te repito que estoy completamente seguro de lo que quiero hacer si consigo, para mi bien, casarme contigo: buscar en todo momento, y por encima de todo, tu dicha.
-Tan sólo, Teresa, quiero hacer una excepción a esa regla y, ahora, permíteme que acuda a la memoria. Recordarás que cuando fuimos novios, lo más que nos permitíamos -lo más que me permitías- era una caricia fugaz, y ya, como el súmmum, un beso casi, casi robado. A ninguno de los dos se nos pasó por el magín el acostarnos, cosa que ambos estábamos dispuestos a posponer hasta el paso por la vicaría. Permíteme pues, cariño, que hoy, con más años, conserve el mismo respeto que entonces nos teníamos. Acabamos de recordar nuestro ayer, y hemos puntualizado nuestro hoy. Concédeme que dejemos la realización de la cópula para un mañana, que parece ser que tenemos, afortunadamente, muy cerca, y, por lo que se barrunta, puede que sea muy feliz.
Ramón Serrano G.
Julio de 2014
lunes, 16 de junio de 2014
Ayer...(I)
El sentir no es consentir, ni el sentir mal es pecar.-
-Buenos días, Teresa.
-¡Rafael! dijo ella volviéndose. Perdona, no te había visto. ¿Cómo estás? Sabía que habías regresado al pueblo, pero no habíamos coincidido.
-Bueno, ahora que te he encontrado, un poco mejor. Llevo varios días intentando verte, pero no creas que me ha sido fácil. Ya se sabe que lo valioso siempre cuesta. Quiero que hablemos,
-Tengo un poco de prisa, pero puedes decirme lo que quieras.
-No. Lo que quiero hablarte es para hacerlo despacio y no en medio de la calle, sino en otro sitio más tranquilo y recogido. Toma mi teléfono, y cuando te parezca, me avisas y quedamos para tomar un café y charlar.
Se despidieron afablemente y cada uno marchó por su sitio. No había transcurrido una semana, cuando lo llamó y concertaron una cita para las once de la mañana del día siguiente, en el café Rincón. Ella apareció lindísima. Elegante y bella, como siempre lo fuese. Él, con ropa informal, ya que ese día no había clase, que a esta acudía siempre con chaqueta y corbata. Tras los correspondientes saludos y naderías al uso, se sentaron en una mesa apartada, pidieron dos cafés y él comenzó así:
-Ignoro lo que sabes de los últimos años de mi vida -los primeros, si no los olvidaste, los conocías bien- y los cambios que ella ha tenido últimamente en el campo familiar y también en el laboral.
-Algo he oído, pero la gente habla tanto.
-Pues he de decirte que, desde hace algún tiempo, comenzó un distanciamiento entre Carmela y yo, que por una u otras razones ha ido in crescendo, y que ha terminado por acabar con nuestro matrimonio.
-¿Os habéis separado?
-No, nos hemos divorciado de mutuo acuerdo y sin ningún tipo de compensación. Y, dicho esto, no quiero hablar más de este tema, pero sí contestaré a cualquier pregunta que tú quieras hacerme, cosa que no haría con nadie más. Sigo para explicarte que ello me llevó a tomar la decisión de solicitar un traslado, y tuve la gran suerte de que en el Instituto de aquí estaba vacante mi plaza de matemáticas. La solicité de inmediato y me la concedieron, así que aquí estoy dispuesto a que esta sea mi última residencia, a no ser que suceda cualquier hecatombe. Son varias las razones que me llevaron a tomar esa decisión. Siempre me gustó más la vida pueblerina que la de ciudad (yo bien podría ser el Juan Labrador de Lope de Vega) Aquí tenía casa, pues la de mis padres, me la dejó mi hermana el año pasado al morir sin descendencia. Y la tercera razón, que aunque te parezca extraño es la más importante de todas, y la que más tiempo me llevo para decidirme, eres tú Teresa.
-¿Yo? - preguntó ella gratamente sorprendida.
- Sí, tú. La mujer con la que tuve relaciones durante cierto tiempo.
Recordarás que fuiste mi primera novia, con la que pensaba casarme, y a la que abandoné por motivos que aún hoy no alcanzo a comprender, y que me han tenido por ello muchas veces, y más en estos momentos, arrepiso y pesante. Ahora, cuando la vida nos ha puesto en una situación con muchos factores favorables para llevar a cabo esa unión que un día pensábamos, y tras recapacitar bastante, quisiera retomar ese camino y hacerlo para siempre. Pero si te parece, en este momento podemos hablar de las dos primeras razones que te he expuesto, o de cualquier otro tema que te parezca. El tercero, me gustaría que lo meditases bien, como tú sueles hacer las cosas, y que volviéramos a hablarlo cuando creas oportuno.
-Te mentiría, le contestó Teresa, si te dijese que no esperaba oírte decir algo así. Sobre esos dos primeros temas he escuchado varias versiones, parecidas todas, y diferentes cada una de ellas. Claro que me agradará hablar sobre ellos, como lo será el contarte qué ha sido de mí durante estos veinticinco años que han pasado desde que me dejaste, y que he estado viviendo con mi madre. Charlaremos de eso, y de todo lo que quieras, porque tú, bien lo sabes, eres algo especial para mí. Cuando dos seres han querido formar una pareja estable, aun cuando esto no se haya realizado, siempre, o casi siempre, queda entre ese hombre y esa mujer un nexo, o un feeling, que dirían los ingleses. Un no sé qué, que hacen que sean algo especial el uno para la otra y la otra para el uno.
-En cuanto al tercer punto, prosiguió, ocurre lo mismo. Tenía la certeza, repito de que me hablarías de eso y, de verdad te digo, que no sé si lo deseaba, o lo temía. Pero lo esperaba. Y te diré dos cosas más en las que pensé cuando supe lo de tu separación. Que vendrías, seguro, pero quizás tan sólo por acostarte conmigo, o para casarte. Mas aquello eran elucubraciones, y esto de hoy es una realidad. Por ello, te haré caso y estudiaré despacio la propuesta que me has hecho. Cuando uno es joven puede, y a veces lo hace, eso de obrar a la ligera, porque si se equivoca, tiene mucha vida por delante para enmendar su error. Nosotros, sin embargo, no podemos desatinar. Tú, que ya has sobrepasado, aunque sea en poco, los cincuenta, y yo que ya estoy relativamente cerca de ellos, hemos de estar muy seguros de lo que hemos de hacer con nuestras vidas.
-Bien, veo que tus palabras son, al menos, esperanzadoras, dijo Rafael. Si te parece, durante unos días nos vemos y hablamos de lo que tú quieras, lo cual será muy agradable para mí. Y después, cuando hayas recapacitado convenientemente sobra la decisión que vas a tomar para el futuro, me la dices, y obramos en consecuencia.
-Pues en eso quedamos, repuso ella. Pero te aviso de que lo que te acabo de decir puede que no acabe siendo tan prometedor como tú has supuesto. Te llamo en unos días y tomamos una solución definitiva para nuestras vidas.
Ramón Serrano G. Junio de 2014
jueves, 22 de mayo de 2014
Sin ilusión
Posiblemente, una de las cosas más bonitas que pueden hacer los seres humanos a lo largo de su vida sea compartir, y no sólo lo crematístico, sino sobre todo, y quizás esto sea de mayor importancia, lo inmaterial. O sea, coincidir en aficiones, gustos, ideas, penas incluso, y luego no tratar de experimentarlas de manera individual, sino disfrutarlas, vivirlas, sufrirlas, entre otros varios que sean poseedores de unas sensaciones comunes. Y yo me siento inmensamente satisfecho, entre otras muchas cosas, por haber tenido la fortuna de compartir con dos determinadas personas, y durante muchos años, primero, un enorme y mutuo cariño, y segundo, un aprecio muy grande por una poesía: Los adelfos, de Manuel Machado. Amén de otras muchas cosas.
Para una de esas personas, esta era (y seguirá siendo, imagino) la composición poética con mayor belleza de cuantas ha leído, y me consta que han sido bastantes. La otra, la recitaba -¡se lo oí hacer tantas veces!- con un sentimiento, con una hondura, con una tristura, que hacía que, al escucharla, todos los presentes nos emocionásemos, y a más de uno se le saltase alguna lágrima. Y la declamaba sin esforzarse, con una pasmosa sencillez, pero con un rigor cuasi profesional, y al mismo tiempo con una sensibilidad que conseguía que los versos se fuesen adentrando en nuestras almas y estas captasen todo lo maravilloso que aquellos poseían. Pero no debería extrañarme de que recitase este poema con tanta exquisitez, ya que el lema de la casa, el mote del escudo suyo fue siempre, y es aún, hacer las cosas bien. Honrada y sencillamente bien. ¡Qué gloria el haber estado y el seguir estando ambos tan unidos!
Pero ahora, amigo lector, vayamos por dos razones, y durante un momento, al texto que hoy nos ocupa, y si no te lo sabes de memoria, que es probable que así sea, te ruego que pongas ante tus ojos Los adelfos. Primero, para rememorar esta belleza machadiana y resaltar que, el autor modernista, quien como tal pone una gran musicalidad con los acentos en su poesía, empieza con una estrofa para describirse a sí mismo como persona y, en ella, nos habla de él y de su estirpe, y quiero entender que hace extensiva esta alusión a la cultura y a la historia de nuestro país. Tras ello, y de inmediato, la descripción de un estado -¿abúlico?-, en el que va detallando sus sentires, con un lirismo y una sutileza exquisitas, que nos llevan a una gran compenetración con lo que el vate manifiesta. Así, va definiendo cada una de sus menesteres: un alma amorfa, una voluntad transida o un exclusivo frenesí que no tiene rasgos, ni tonalidad, ni olores. Y así sigue detallando otros pormenores de su circunstancia, si no infeliz, desde luego nada halagüeña, con carencias importantes, muy importantes, tanto de aspiraciones, como de cariño o de inquietud artística.
Pasa el autor después, y momentáneamente, a referirse a su prolongada e incuestionable aristocracia, recalcando que ella no es adquirida sino heredada, para, de inmediato, aludir de nuevo a su alma, pormenorizando facultades y acciones tales como su postura ante el arte, la voluntad, el amor o los ideales. Por último, da cuenta de una auto marginación, un tedio vital, y hace la proclama ante la sociedad, o el mundo, de una vacuidad casi alarmante. De un hundimiento anímico de gran intensidad. Y habiendo expresado todo esto, yo creo que puede que no sea esta la mejor poesía de nuestra lengua (aunque repito que era la que más complacía a una determinada persona), pero sí he de manifestar que transmite como pocas su entrañable mensaje, y que llega al corazón de quien la lee, o la escucha, de una forma muy emotiva. Y que es preciosa.
En segundo lugar, y a más de todo ello, quiero decir que hoy traigo ante ustedes esta composición poética porque explica ampliamente, en un altísimo tanto por ciento, la situación anímica que yo mismo atravieso desde hace bastante tiempo. Puede que quizás, a través de mis escritos, o de mi comportamiento, alguien se habrá percatado de que me encuentro en un declive, que está perfectamente descrito por Los adelfos, y que ratifico con estas líneas. Pero obsérvese que utilizo el condicional indicativo, y que antes hablo de porcentaje, con lo que quiero decir que el poema describe maravillosamente mi desmoronamiento y mi falta de apetencia por casi todo, pero no de manera exhaustiva.
Así, no me contempla en su totalidad, porque yo, pobre de mí, no tengo el alma de nardo, ni se me debe gloria alguna, ni espero caricias o éxitos que se me alleguen en un aura. No anhelo, ni siquiera de cuando en cuando, ni un beso, ni un nombre de mujer. No me atosiga pensar en si será largo o breve el tiempo que he de permanecer en la superficie, pero si me satisfaría que las olas me trajeran y me llevasen. ¡Siempre he manifestado lo mucho que me hubiera agradado vivir junto al mar! De otro lado, sí que reconozco que amaros sí que os amo, que a nadie odio, pero que nada os pido. O mejor dicho, algo sí, ya que os ruego, es más, os suplico, que no me abandonéis. Diré, finalmente, que sé, ignorando si hago bien o mal, que no me tomo con demasiado entusiasmo la pena de vivir, aunque siempre dejaré que sea la vida la que se tome la pena de matarme.
He de añadir que sé que vivo solo, sin ambiciones y sin las ocupaciones que en otros tiempos dieron algún lustre y cierta motivación a mis días. Que aguanto casi impertérrito, tanto la belleza de la lluvia tras los cristales, como la terrible monotonía del lento paso de las horas. Por eso, y por otras muchas cosas que callarme quiero, pienso, y manifiesto, que mi existencia es casi un vegetar, y que esa realidad sí que está perfectamente descrita en una frase que, aunque no es la única, se repite en el poema aludido:.. sin ilusión ninguna... Esa es la otra causa, repito, por la que hoy lo he traído aquí y he tratado de desarrollarlo.
Diré, para terminar, que así no se vive bien. Es más, querido lector, te puedo asegurar que sin ilusión no se vive.
Ramon Serrano G.
Mayo de 2014
jueves, 8 de mayo de 2014
Era suficiente
Para Bernabé Blanco, una gran persona.
Hoy suele ser ya mi escape forzoso, la forma de evadirme de algunos pensamientos actuales o de temores futuros, por lo que, por ello, suelo andar siempre evocando pretéritos, saciándome con el recuerdo, ya que, repito, no puedo, o no sé, alimentarme con el presente y del mañana. A qué hablar. Antes mi magín, como el de otras muchas gentes, saciábase por otros medios cuando se hallaba fuera del machaconeo del trabajo. Pero hoy, ya digo, todo es de distinta manera. A la fuerza ahorcan.
Antiguamente volaba nuestra mente hacia lugares, inanes quizás, y se ocupaba de ¿minuciosidades? No sé si calificarlas así, pero sabíamos, a ciencia y a conciencia, el color de la portada de la casa de Dª. Clara; o que el perro de Eulogio, el mayoral de los Gándaras, era cojo porque, en un descuido, lo había pisado la mula Chusca; o el garzo de los ojos y el pelo rútilo de Andrea, la criada húngara del veterinario, la cual, junto a su madre Katalin, una mujer seca, pero buena y eficiente, habían llegado a estas tierras en busca de su padre que era miembro de de las Brigadas Extranjeras - ¿o se llamaban Internacionales?-, pero al que no llegaron a volver a ver, ya que una bala perdida había terminado con él en algún frente, por lo que ambas hubieron de estarse para siempre en busca del sustento, en un país que les era ajeno, aunque les diera buena acogida.
Los muchachos abandonaban pronto la escuela, la mayoría de las veces sin agrado, y siempre para hincharse a trabajar, sin miseria, sin reloj y casi sin paga, o, al menos, siendo esta bien escasa. Por tanto, su cultura tenía, casi siempre, unos orígenes más populares que académicos. Aprendían del decir de los mayores y conocían lugares o palabras de oídas, o sacadas de los refranes que eran el mayor exponente del saber de muchos, los cuales, como buenos Sanchos, solían soltarlos muchas veces cogidos por los pelos, aunque todos resultaban verdaderos, pues eran sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas. Y, con frecuencia, se sacaba a colación aquello de: “Cuando amanece, para todos amanece”; “A Dios rogando y con el mazo dando”; “Más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena”; “Un gato bien puede mirar a su rey”, y muchos otros más que pudiera traer a colación.
Con los números ocurría algo similar. Hoy sabemos que para los chinos (han venido hasta aquí tantos) el 4 es nefasto mientras que el 8 es maravilloso. Pero entonces, aunque se desconocían los motivos, a cada cual se le tenía asignada una relación inseparable y, a veces, personal. El 1 para Luis Miguel, el torero donjuán que así se había autocalificado; el 2 por cualquiera de aquellas parejas famosas; el 3 por tantos y tantos motivos; el 5 por los dedos; el 7, cifra exasperante donde las hubiera, que indefectiblemente me llevaba a pensar en unos enanitos cuyos nombres nunca conseguí aprenderme; el 15 por la belleza de la muchacha; el 56, una cifra desmesurada y que coincidía, ¿sería posible tanta supervivencia por aquellos entonces?, con los años de mi abuela Apolonia. Y por hablar de números inusitados y extravagantes, citaré el áureo, el irracional o el cósico, aunque de estos, como de algunos otros, tan solo puedo decir que creo que hay alguien que sabe lo que son. Por supuesto que yo no tengo, ni nadie tenía por aquellos entonces, la más pajolera idea.
La economía también aparecía como escasa, pero poco intrincada. Se deslomaban para que la cosecha de cebada diera a veinte; poder sacar una arroba de vino con veintiún kilos; sin importarles si aquella era cornicabra, picual o arbequina, recordaban siempre que quien coge la aceituna antes de Navidad, se deja mucho aceite en el olivar. Y por otro lado, se hacían equilibrios increíbles para poder echarle algo de tocino al puchero, al menos una vez a la semana, o cada quince días.
De geografía, solo un apunte, suficientemente esclarecedor. Estando trabajando en las viñas, un hijo le pregunta al padre:
-Dígame usted, padre: ¿qué está más largo Sevilla o la Luna?
-Eso es muy fácil saberlo, ¿tú ves Sevilla?
Pero eso era antes. Hoy, para lo bueno, y para lo malo, todos tenemos que saber, o al menos parecer que lo sabemos, el índice de precios de consumo; el número de parados; la prima de riesgo; o si la ex novia de un futbolista de tres al cuarto está liada ahora con el guitarrista de los “Chabukeros rock”. Hoy, para lo bueno y para lo malo, todos sabemos más de todo, aunque la mayoría sepamos muy poco de algo.
Por eso, y sin querer meterme en disquisiciones de gran hondura, y por un motivo quizás letárgico, recuerdo con frecuencia y alegremente que el saber de aquellas gentes de antaño, era poco, pero era lo suficiente.
Ramón Serrano G.
Mayo de 2014
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