jueves, 7 de junio de 2012

El automóvil

Ramón Serrano G. Para J.J. Montejano, con mi agradecimiento. -Creo Luca que nunca te he contado lo que me ocurrió, hace ya algún tiempo, cuando aún no te había conocido. Iba yo caminando un día de un pueblo a otro, empezó a llover con intensidad, y tuve la suerte de que un buen hombre parase su automóvil, (ambos ya tenían sus años), y me preguntara: -¿Dónde va, amigo? - A ningún sitio, le contesté. Soy un vagabundo sin destino fijo. - Pues si le apetece, replicó sorprendentemente, le invito a mi casa, que la tarde no está para paseos y la noche no será mejor. Y eso hizo. Subí con él, cruzamos el próximo pueblo y, a sus afueras, se metió en una pequeña finca, en la que se hallaba una casa, al parecer modesta, pero confortable, según pude comprobar después. Me hizo esperar un momento mientras guardaba el coche y pasamos dentro. -Aquí vivo solo desde que murió mi mujer, pero estoy bien. Claro que todo lo bien que puede vivir un hombre viudo y con mis años. Mas me voy apañando. Tengo mis achaques, claro está, pero voy saliendo adelante con la ayuda de una sobrina que viene dos o tres veces por semana a hacerme la colada y esas cosas. -He de decirte que la casa estaba limpia como un jaspe. Muebles, cocina, todo, estaba cargado de años pero con un aspecto de poder durar muchos, muchísimos más. Crescencio, así dijo llamarse, preparó la cena en un santiamén. Coció unas vainas, cortó dos pedazos de un queso muy bueno y muy curado, me dio una manzana y él cogió otra. La sobremesa duró bastante ya que a ambos nos agradaba el palillo. Yo me limité a referirle un poco de mi vida y a contestar a sus numerosas preguntas, pero él se explayó a su gusto. Me habló de su extinto trabajo, de su mujer, de los hijos no habidos, de sus costumbres, de sus tareas actuales (que no eran pocas), aunque las más le venían por propia imposición y las ejecutaba con agrado. Me dijo que por la mañana se tenía que ir temprano al pueblo, pero que lo esperase para desayunar juntos. Al levantarme (no muy tarde, según mi costumbre) él ya no estaba, por lo que salí al corral y vi allí varias gallinas, una higuera, dos manzanos y un laurel, amén de un sinfín de restos de trastos viejos y una cochiquera en largo desuso. Y un alpende casi lleno. Al pasar a su interior, observé que servía de cobijo y nidal a las gallinas, como almacén de mil cosas, algunos aperos, una bicicleta y, sobre todo, como cochera. Nada más entrar oí una voz que me saludaba amablemente: -Buenos días, ¿ha descansado bien? Me quedé extrañado al no ver a nadie, pero continuó la voz: -No se asombre que quien le habla soy yo, el automóvil. Sí, sí, yo. Verá, es que me paso tantos ratos aquí dentro, solo, sin poder charlar con nadie, que cuando por casualidad encuentro a alguien, y si además ese alguien tiene buen porte como usted, me desquito y hablo ¡cantidad! -Bueno, para empezar voy a presentarme, continuó sin importarle mi cara de asombro. Yo soy el “Compa”, que así me llama Crescencio, pues él fue quien me matriculó, y me estrenó, y desde entonces estoy en sus manos. Juntos hemos pasado de todo, y no siempre bueno. Ya sabe, las carreteras, las averías, y esas cosas. Él y Laura, su mujer, iban conmigo a todas partes, y he de decir que hemos vistos sitios maravillosos y pasado ratos muy buenos. Luego, ella se fue, y la cosa cambió bastante. Los dos quedamos deshechos, él más claro está. Yo trataba de animarlo, pedirle que nos fuésemos por ahí, pero cuando lo hacíamos, al reunirnos de nuevo cada mañana, ambos sabíamos que la noche había sido triste. Muy triste. -Pero es un gran hombre. Ignoro si lleva la procesión por dentro, pero sí sé que no se le nota, y que se dedica por completo a ayudar a los demás. Bueno, ¡usted puede dar fe de ello por lo de ayer! Y eso no es todo. Lo mejor para él es que ha aprendido a hacerse cargo de su situación y es consecuente con ella, sacándole todo el partido posible. Y me ha obligado a que yo haga lo mismo. Los dos, debido a nuestra edad, que repito que no es poca, tenemos ya ajes y dolamas muy similares. Verá: a mí, los latiguillos del freno se me obstruyen y no frenan, igual que el colesterol hace con sus arterias. Yo tengo holgura en las puertas, como le ocurre a sus articulaciones. No tengo la suficiente energía porque mis pistones se han desgastado, por lo que consumo aceite en demasía, lo mismo que él toma medicinas para tener vitalidad. Los dos estamos a la par en cuanto a la salud. Con alifafes, pero con una enorme voluntad para superarlos. -Por otra parte, mire usted, yo sé que el coche de Don Anselmo, el veterinario, tiene más años y está mejor conservado. Pero también sé que otros están en chatarrerías o en desguaces, o sea mucho peor que yo. Crescencio tampoco ignora sus limitaciones, pero observa que muchos de sus años van en silla de ruedas o crían malvas. Lo que realmente vale es que estamos muy, pero que muy bien de ánimo, y, por ello, de comportamiento. En la vida no sirve de nada quejarse, que las jeremiadas no curan y acaban poniendo de mal humor a quien se las cuentas. Lo necesario es conocerse bien y sacar fuerzas de donde haga falta para tratar de compensar las carencias, ya sean estas psíquicas o físicas, y vivir en paz y en orden. La fortaleza va decreciendo con el paso del tiempo, pero la ilusión de vivir, y de vivir con toda la ilusión, la hemos de mantener siempre. Siempre. Sin que nada la melle o la menoscabe. No había acabado de decir esto, cuando apareció Crescencio que ya volvía de hacer sus cosas y había comprado el pan y el periódico. Y con una sonrisa de oreja a oreja, como si nos conociésemos de toda la vida, me dijo: -Anda, recoge en los ponederos unos huevos que los friamos, mientras yo corto un poco jamón. Que habrá que almorzar algo, ¡digo yo! Junio de 2012 Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de junio de 2012

viernes, 25 de mayo de 2012

ENFADOSO.- Ramón Serrano G.

No creo que haya nadie tan perseverante en su conducta habitual que no tenga un día, o una temporada, distintos a los que son normales en él. Y yo, que de hecho me considero extrovertido y alegre, no sé si en demasía, noto que estoy atravesando un período de negrura en todo lo que aprecio, tanto cerca, como lejos de mí. Pienso que esto es normal, hasta cierto punto, porque sin que yo quiera equipararme, ni por asomo, en lo más mínimo a ellos, tenemos noticia de que autores o pintores, o gentes de cualquier clase o condición, han tenido igualmente una etapa “negra”, que han dejado traslucir visiblemente en su obra o en su comportamiento. De cualquier modo creo firmemente en que la vida, ese deambular acelerado y zigzagueante que hacemos por este mundo, no es para nada dichoso, sino, más bien, todo lo contrario. Porque si la analizamos, y cuantificamos la cantidad de momentos malos y buenos que vivimos, veremos que aquellos superan a estos, aunque también quiero dejar la debida constancia de que no consiste en tratar de adivinar el número experimentado de cada especie, porque ocurre igualmente, que tan sólo uno de una clase puede influir más en nuestra alma que cien de la contraria. Me queda, de cualquier forma, la duda de si esta visión pesimista me ha llegado por ese momento puntual y poco plácido a que aludía al principio, o por el estudio minucioso de las alternativas y episodios por los que habitualmente discurrimos los mortales. Trataré de explicarlo. La vida podría ser hermosa, alegre, emotiva. Podría ser digo, pero no lo es. Porque aunque el hombre es hedonista por naturaleza, muchos motivos desde los tiempos más remotos y muchísimos, demasiados, en la actualidad, le obligan a llevarla de una forma agria, acelerada y rutinaria, moteada un poco de instantes que adjetivamos como felices, pero que distan mucho de poseer los ingredientes que ostenta la auténtica felicidad. Hoy se piensa que es feliz, sin ir más lejos y con una horrible cortedad de miras, aquel que conduce un coche determinado, come en cierto restaurante, o veranea quince días en tal o cual playa. Sin embargo, las excesivas penas que continuamente le afligen sí que están saturadas de la verdadera esencia del sufrimiento. Lo que pasa es que el individuo ya se ha acostumbrado a ellas y las soporta estoicamente. Unas porque son inevitables y otras, de las que sí que podría evadirse, pero que no lo hace por pura abulia. Y acaba dándole todo igual. Se halla hastiado de luchar por conservar un trabajo, demasiadas veces mal pagado; de vivir en una sociedad de extraños; de hacer siempre lo mismo un día tras otro (“…Monotonía de la lluvia en los cristales…”) y no se da cuenta de que la mesticia en él es sólita, mientras que la alacridad no la ve y demasiadas veces confunde su eseidad. Siempre ha sido de ese modo. Recordemos a Góngora, cuando en su poema: “Amarrado al duro banco…”, ya nos habla de un estado lastimoso y un deseo de vernos libres de penas:”… sin este remo las manos…y los pies sin estos hierros…”. Pero es esta una estadía errónea, ya que, a poco que lo intentásemos, podríamos tornarla en gozo. Porque la alegría, como las trufas por poner un ejemplo de exquisitez, aún puede hallarse si se sabe buscarla y esa investigación se hace con afán. Porque el contento está a nuestro alcance y, mucho más, si no somos demasiado rigurosos en cuanto a su cantidad o calidad. En demasiadas ocasiones nos ocurre esto, sobre todo a los que ya somos mayores, y no pensamos que las personas no se sienten viejas por dentro si hay un motivo que los mueva a la ilusión. Y razones encandiladeras las hay a miles. Lo que ocurre, ¡ay dolor!, es que no sabemos verlas, o no le concedemos su mucho merecido. ¿O es que hoy, como ayer y como mañana, no se ha abierto una flor, y ha cantado un pájaro, y va sonando el río, y el sol calienta, y la lluvia ha puesto glaucas las siembras, y un garzón y una zagala se sonríen a hurtadillas? Pues si ha sido así, y está claro que de ese modo ha sido, vivamos jubilosos y abandonemos esa nuestra habitual actitud enfadosa que tanto nos lacera y mucho nos aflige. Y si a ello le añadimos que “a veces, algunas veces, el cantor lleva razón”, y por pura casualidad o insospechado motivo surge inesperada y afortunadamente algo o alguien que te lleva, o que nos lleva, aun cuando sea momentánea o esporádicamente a la felicidad, eso se agradece de modo inexplicable. Sean entonces estas palabras mías, canción de gratitud a la flor, al pájaro, al río, al sol, a la lluvia, o al buen trato entre las gentes. Y ¿cómo no?, a ese algo y a ese alguien, que, de modo imprevisto nos ha regalado un poco, o un mucho, de contento, y ha dado satisfacción a nuestro ánimo enfadoso. Mayo de 2012 Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de mayo de 2012

lunes, 14 de mayo de 2012

..conquista (y III)

..conquista (y III) Ramón Serrano G. Dada la hora, dudó Alberto si entrar al Aliviadero, que por recién inaugurado no conocía aunque tenía buenas referencias, pero se decidió por el Ferrandis, y tras tomar en él unas tapas de zarajos y asadurillas, recalaron en Los Arcos, pues sabía que allí los aperitivos cerdunos eran una delicatessen. Comieron unos chorizos increíbles, una oreja con tratamiento de ilustrísima, y ferreros, una especié de albóndigas de morcilla, con queso por dentro y rebozadas de almendra. Una auténtica gollería. Como bebida, y ya que esa tarde no había que conducir, tomaron un muy buen Canforrales, quedando en volver para probar alguno de los vinos que elabora Iniesta, el magnífico jugador de futbol de Fuentealbilla. Tras un café en el Hostal Bayo, y después de un garbeo para estirar las piernas y ayudar a digerir la ingesta, recalaron en El Tablazo, y allí bajaron al salón, y en la mesa más apartada, ante sendos gin-tonics, comenzaron una trascendente charla -aunque cabe decir que esta vez Andrea apenas habló- mientras que él, percibiendo en su oyente un cierto arrobo ante sus expresiones, se explayó haciendo un estudio comparativo entre la amistad y el amor. Y aunque, con gran énfasis empezó dando un trato de privilegio a aquella, entre otros motivos, por no exigir tanta correspondencia mutua, fue, poquito a poco, dando al cariño valías y justiprecios muy dignos de consideración. En esas, y tras contestar además a las interrogantes que ella le plantease sobre la incomunicación, la enfermedad, la vejez, y algunas otras, llegó la hora de la cena, que consistió, únicamente, en un café con leche, un poco de alajú y una copita de resolí. Tras ella, Alberto propuso quedarse otro rato platicando, pero hubo de conformarse con un amistoso beso y unas cautivadoras, aunque no deseadas: -Buenas noches. Al siguiente día, bien aconsejados por Javier, se fueron a ver “La Ciudad Encantada”, un lugar “mágico”, con unas formaciones rocosas de origen calcáreo que en miles de años, y por la erosión del agua, la nieve y el viento, han tomado figuras raras y caprichosas, algunas con cierto parecido a animales, y que las gentes ya las tiene bautizadas. Así se pueden ver: la foca, la tortuga, el elefante, el perro o el oso, y otras con apariencia humana, como la cara del hombre o los amantes de Teruel. Un lugar muy digno de visitarse, al que hoy sólo se le da un intenso uso turístico, pero que antiguamente los pastores utilizaban esos para guarecer a sus rebaños. De allí marcharon a ver “Los Callejones”, un paraje próximo, del estilo del que acababan de ver, aunque mucho más pequeño, pero tan bonito, o más, al criterio de muchos visitantes. Y cabe añadir como anécdota que, en el agradable y corto viaje, se les cruzaron varias piezas de caza mayor. Al regreso, les dieron las dos cuando llegaban al pueblo de Las Majadas, por lo que allí, y tras tomar como aperitivo una ración de gamo en Casa Tote, se fueron a comer a “Los callejones”, donde los dueños, Antonio y Fernando, campechanos y amables como ellos solos, les sirvieron codillo de cerdo a Andrea y a Alberto un ciervo en salsa delicioso. De vino, una botellita de La Estacada, de muy buen sabor, aunque ella sólo se sirvió una copa por aquello de tener que conducir. Decidieron pasar la tarde tratando de capturar alguna trucha en el lago de pesca intensiva que hay junto al hotel. Con la ayuda inefable de Alfonso, co-dueño del hotel y hermano de Javier, eligieron la modalidad de sin muerte, desecharon la modalidad de cola de rata por considerarla más apta para los muy aficionados, eligiendo la de buldó. Sólo consiguieron sacar dos truchas, pero pasaron unas horas muy entretenidas y agradables. Al finalizar, volvió cada uno a su habitación y bajaron luego para hacer la que sería su última cena excursionista, ya que al día siguiente tenían programado regresar a Madrid. El menú, una sopa de cebolla excelente y una sorprendente trucha en salsa denominada “El Tablazo”. Al término del condumio huyeron del jaleo de la cafetería y buscaron acomodo de nuevo abajo, en la tranquilidad del salón. Tras pedir café y champán -supuestamente había que celebrar el éxito y la belleza del viaje- Andrea, como distraídamente, retomó el tema del aislamiento anímico y de sus múltiples y crueles consecuencias, y sobre ello, y con un sentido estudio común sobre la forma de vencerla felizmente, se les fue la velada. Ya se había recogido casi todo el personal y los demás clientes del hotel, y entonces, nuestro hombre preguntó: -Oye, Andrea, en ese móvil tan moderno que tienes ¿se puede oír música? Es que pienso que esta noche podríamos pasar una velada, digamos, ¿romántica? Me gustaría enormemente bailar, tomar otra copa, mirarte a los ojos y... soñar. -Pues claro que se puede, y he de decirte que me apetece igualmente lo mismo. Pero aquí no. Subamos a una de nuestras habitaciones. Así lo hicieron, y el baile les llevó a un acercamiento sensual, a un roce no evitado de mejillas y a frases muy deseadas, más susurradas que dichas, quizás porque salían de lo profundo. Más tarde, cuando llevaban un largo rato en tan voluptuosa tarea, le dijo Alberto en voz muy queda: -Aunque pueda sonarte extraño, creo que comprenderás que me atreva a pedirte que te quedes conmigo esta noche. -¿Significa eso que ahora soy algo más que tu amiga? -Nada hay más cierto bajo la luz del sol. En ese momento, Andrea sintió en sus adentros que un angelote colocaba una victoriosa rama de laurel en su entusiasmado corazón. Y una sugestiva sonrisa ovante se dibujó en sus labios. Mayo de 2012 Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de mayo de 2012

viernes, 27 de abril de 2012

..Enviseza..(II)

...Enviseza y… (II) Ramón Serrano G. En cada una de esas reuniones citadas, ella, paulatina y disimuladamente, día a día, fue echándole a la consolidación de la nueva amistad un poquito de “veneno” en sus dichos y un “granito de pimienta” en sus actos. Y esa sutil sagacidad femenina empezó a fructificar de inmediato, hasta el punto de que nuestro hombre al poco, y sin darse cuenta, se fue haciendo argonauta, aunque una vez “embarcado”, en lugar de dirigirse a Cólquide para lograr el vellocino de oro, puso proa al alma de la que consideró enseguida como su gran y mejor amiga. Pero sabido es que hay periplos en la vida de los hombres que transcurren por itinerarios que estos no tienen perfectamente delimitados, siendo en estas ocasiones demasiado fácil pisar en terrenos, digamos lábiles, y, desde luego, trascendentes en grado superlativo. Y en esta inesperada singladura de sus relaciones con Andrea, Alberto holló lindes en las que nunca había imaginado que iría a poner su pie. Y al hacerlo, observó visiones que, aunque no esperadas, le resultaban agradables y muy prometedoras. Por eso, casi enseguida, él imaginó (no, mejor dicho, supo) que “el bouquet” de aquella mujer debía estar en su plenitud, y que las cosas hay que saborearlas a su tiempo, no de verdes, y, desde luego, antes de que se pasen. Tenía leído que una manzana cogida del árbol, a la amanecida, tiene otra frescura y otro sabor que la que se toma caliente cuando está comenzando a anochecer. Y accediendo a la propuesta que su amiga le hiciera, organizó en la semana precedente a San Miguel un viaje de unos pocos días a la comarca del Campichuelo, en la serranía conquense. Así, una mañana, ella le recogió con su coche y pusieron rumbo a Cuenca. A su llegada a la ciudad de las Casas Colgadas, dieron un largo paseo turístico por las hoces del Júcar y del Huécar, vieron los puentes de San Antón y San Pablo, la torre Mangana y la catedral, recalando cerca del mediodía en “La Ponderosa”, bar de tapeo bueno donde los haya. Se decantaron por tomar unas amanitas cesáreas, un escabeche excelso, y unos huevos fritos aliñados con una pócima secreta y deliciosa. Eso les sirvió de comida. Tras ella, siguieron viaje hasta la cercana Villalba de la Sierra, y allí se alojaron en las afueras del lugar, en El Tablazo, a la misma orilla del Júcar, un hotel sin suntuosas pretensiones, pero acogedor y entrañable como pocos. Mediada la tarde salieron a dar una hermosa paseata por la orilla del río. Fueron hasta más allá de las ruinas de un viejo molino, y vieron, no cientos, sino miles de setas que ya empezaban a salir, dado que el mes había comenzado lluvioso y el sol ya no apretaba. Encontraron de San Jorge, níscalos, colmenillas, boletus edulis, lepiotas, de los caballeros, y muchas más, pero al no ser buenos conocedores, se abstuvieron de cogerlas, bien aconsejados por Javier, el dueño del hotel. De pronto, ella le preguntó: -¿Recuerdas la carta de aquella noche?.- Como si la hubiese hecho ayer mismo, le respondió él. -Yo también, y me la aprendí de memoria ya que el orbayo desfiguró lo escrito. Y la tendré presente mientras viva. Sobre ese y otros similares temas se basó su charla hasta que regresaron al hotel. En él, cenaron ajoarriero (una especie de paté hecho a base de patata, bacalao, aceite y huevo), y, cómo no, morteruelo, que allí lo tienen buenísimo, como en pocos sitios, rindiendo así homenaje al plato más exquisito y, por excelencia, más famoso de la región. Luego un rato de tertulia tan sustanciosa como la cena, y hasta mañana. Uno de los principales objetivos de su viaje era la visita al parque natural de “El Hosquillo”, pero, ignorantes de que había que reservar la entrada con bastante tiempo, tuvieron que renunciar a ella, y hubieron de conformarse con las explicaciones que uno de los dueños del hotel tuvo a bien facilitarles. Les dijo este, que es una inmensa hondonada de orografía muy hosca (de ahí le viene dado el nombre), por la que discurren los ríos Escabas y de las Truchas, y en cuyas muy claras aguas se ven bastantes de ellas y nutrias. En su fauna rupícola, hay lobos, jabalíes, ciervos, gamos, muflones o cabras montesas; en su cielo, profusión de águilas reales, buitres leonados, halcones peregrinos o búhos reales; y en su flora, muy variada y hermosa, se pueden ver, entre otras especies, pino albar y negral, quejigo, boj, tejo, acebo, sauce, álamo temblón o avellano. Así que, lamentando no poder ver esa hermosura, cambiaron los planes y se fueron a ver el nacimiento del río Cuervo. Nada más salir del pueblo se detuvieron en el Ventano del Diablo, a pie de carretera, con unas vistas magníficas sobre el Júcar, para seguir luego hasta Uña (con su laguna), el embalse de La Toba, y tras cruzar Tragacete, a unos doce kilómetros, llegar en Vega del Cotorno al nacimiento del río. Es este un paraje que tiene un encanto espectacular, con senderos entre cascadas y regueras, hasta que se accede a una gruta (el verdadero nacimiento) donde el agua brota a borbotones por una rendija lateral. Durante el viaje a tan hermoso lugar, y tanto a la ida como al regreso, fue Andrea la que mantuvo el peso de la conversación. Y aunque alguna de las veces esta versó sobre los paisajes que estaban viendo, la mayoría de ellas fue intercalando en su hablar opiniones sobre la necesidad que tienen las personas de evitar la soledad, de estar unidas, y que esa unión es mucho más profunda y significativa cuando está cimentada en la amistad…o en el amor. Él, cada vez más impactado por el sentido y la hondura de sus palabras, fue asintiendo primero, y aprobando después lo que estaba oyendo, y empezó a darse cuenta de cómo, de una manera imperceptible, estaba percibiendo en esa mujer maneras y pareceres muy interesantes. Y en esas filosofías andaban cuando, cerca de las dos llegaron de regreso a Villalba. -¿Dónde comemos? preguntó ella. -Si te parece, hoy, al igual que ayer, lo haremos de tapas. Verás, te voy a llevar a unos bares donde nos pondrán cosas muy gustosas. Abril de 2012 Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 27 de abril de 2012

jueves, 12 de abril de 2012

¿Altanez?.. (I)

¿Altanez?…(I)
Ramón Serrano G.
“Cuando vuelvas de la calle/hastiado, amargo, sediento/ como agua clara del río/ será para ti mi cuerpo” .- Juana de Ibarbourou.

París es mucho París. Para Andrea, como para otras muchísimas personas, la ciudad más encantadora del mundo. Y ella estaba residiendo temporalmente allí, disfrutándola plenamente, paladeándola, a la espera de ser abuela por primera vez, aunque para eso faltasen aún dos o tres semanas. Y aunque pasaba muchos ratos con su hija, le agradaba enormemente pasear durante horas por el jardín de las Tullerías –el capricho de Catalina de Médicis-, y, entre sus estanques y fuentes, hacer planes y rememorar lo que recién le había sucedido allende el Pincipado.
Y en esos paseos, una y mil veces, como en una ucronía, había repasado minuciosamente su actuación y la de Alberto en aquella noche asturiana procurando juzgarlas sin prejuicios ni apasionamientos de ningún tipo. Pero en cada rememoración aparecían por su mente mil y una causas y desenlaces. Le y se insultó. Se y le eximió de culpas. Acriminó de ello no sólo a ambos, sino a la noche, a la cercanía del mar, a mayo, al lugar, a las copas, a las circunstancias, a.., a…, para luego, en cada enjuiciamiento, emitir las más diversas sentencias, hasta el punto de que siempre acababa con la cabeza hecha ascuas. Pero eso no le dolía. Lo que la azaraba es que, había tenido una primera postura de altanez que luego desestimó y no acababa de decidirse por cuál sería el camino a tomar a su regreso, porque ella sería su amiga. Sí, su mejor amiga, pero ¿tendría que conformarse sólo con eso? Al final decidió posponer la decisión definitiva sobre el modo de obrar más adecuado. O el menos doloroso. O el más conveniente.
Habiéndose adelantado el parto, volvió a Madrid a mediados de agosto con una obstinada idea que parecía habérsele incrustado en la mente: Alberto y la futura e impredecible relación con él. No podía, ni quería, pensar en otra cosa, tratando de hallar el mejor plan que se podía seguir. En primer lugar, el maldito ego siempre le impelía a mandarlo todo a hacer gárgaras, dolida por el “desprecio” sufrido. Pero ni ella era altanera, ni él había querido menospreciarla. Por ello, y al poco, siempre afloraban con fuerza otros sentimientos y apercibía que aquel “idiota” había dejado una gran huella en su alma. Venía entonces la disyuntiva de si volver al ataque con el fin de conquistarlo definitivamente, o conformarse con la sincera amistad que él le había ofertado (hermosa y atractiva por otra parte), dada la gran personalidad y enjundia que parecía tener el hombre.
De su perturbada cabeza se escapaban constantemente proyectos e intenciones, lo que le llevó a recordar a la uruguaya Juana de Ibarbourou, cuando, en su obra El cántaro fresco, dice: “…Por la persiana entornada entra un rayo de sol matinal, y por la misma rendija sale a la calle, oblicua, hacia arriba, una banda ancha y dorada de moléculas. Parece una legión de bailarines pues veo que cada uno de los puntitos rubios gira de una manera vertiginosa sobre sí mismo. Y miro con envidia a esa banda de átomos que se va a recorrer el mundo, llevándose quizás el secreto de mis intimidades…”.
Y a ella le estaba ocurriendo lo mismo, con el agravante de que quería retener y hacer efectivos sus múltiples deseos, tan dispares, tan factibles y tan irrealizables a la vez. Pero, por su forma de ser, y dada la importancia del asunto, tenía que tomar una decisión y llevarla a la práctica. Y hacerlo pronto. Así pues, al poco, habiendo dictaminado la que sería su forma de proceder, e imponiéndose la condición de que sus actos no delatasen nunca su verdadero objetivo, se puso manos a la obra. Lo primero que hizo al día siguiente fue llamarlo por teléfono.
-¿Alberto? Hola, soy Andrea. ¿Te acuerdas de mí, verdad? Pues nada, decirte que ya soy abuela.
-…
- Gracias, muchas gracias, y me he dicho: voy a llamarlo y, si le apetece, tomamos un café para celebrarlo y charlamos un poco.
-…
- De acuerdo. En eso quedamos.
Aquella tarde, como siempre, en El Espejo había un ambiente selecto y confortable. Cuando llegó, él ya estaba allí y, al verla, se levantó raudo y la saludo con efusión. Mantuvieron durante un rato los rutinarios y consabidos comentarios: -¿Qué tal te van las cosas? .- ¿Y por París, todo bien? Tu nieto será precioso. - No, ha sido una niña, y sí, es muy rica. Hasta que surgió el tema que tenía que surgir. Aquél que los había distanciado en Llanes y que los volvía a reunir en Madrid. Él quiso adelantarse tratando de aclarar, de justificar en cierta medida su comportamiento, pero ella le atajó de inmediato, utilizando un lenguaje primoroso y unos modos firmes, pero exquisitos, muy fuera de lo común:
-No, por favor. No trates de definir una actuación que sólo puede catalogarse como dignísima. Si acaso hay alguien que tenga que explicar su conducta soy yo, pero, si me lo permites, te diré que pienso que los dos hemos sabido valorar lo de aquella velada en su justa medida y vale más que la dejemos atrás, tomando de ella lo que tuvo realmente de valioso, y que es, qué duda cabe, tu ofrecimiento de una preciada amistad. Por supuesto, que acepto muy complacida tu munífica oferta, y añadiré que mi único, pero mejor te diré, que mi mayor deseo es tu amistad y darte la mía por igual, aunque no sé si sabré llegar a tanto. Pero intentarlo, a fe que he de hacerlo. Si me das ocasiones para hacerlo, claro está.
La tarde resultó perfecta, lo que dio pie a que se repitiera en varias ocasiones hasta hacerse algo habitual. Tres o cuatro veces se reunían semanalmente, y en uno de esos contactos Andrea propuso:
-Ahora que vamos intimando, ¿por qué no hacemos otro viaje como aquel? Dejo a tu elección lugar, fecha y duración. Pero no lo demores.
Alberto aceptó encantado.

Abril de 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 13 de abril de 2012

viernes, 16 de marzo de 2012

Gracias a ...

Gracias a…
Ramón Serrano G.

“La soledad es muy hermosa…cuando se tiene a alguien a quien decírselo”.- G.A. Bécquer.

Es invierno. Para mí sigue siendo invierno, aunque el sol vaya tardando cada vez más en ocultarse y el frío, cada día, y pese a su obstinada renuencia a hacerlo, se vaya diluyendo paulatinamente abriéndole las puertas a la primavera. Lo sé, porque anímicamente percibo que me encuentro en una situación hiemal, en la que a mi alma le ocurre como al tiempo, que mejora, pero que tiene una gran incertinidad de sentimientos y apetencias, y que no acaba nunca de conseguir esa situación medianamente satisfactoria que me sería muy deseable.
Para tratar de sobreponer mi espíritu a ese fastidioso estado y tratar de alcanzar un bienestar inalcanzable, acudo siempre a una de estas dos panaceas: o me pongo a escribir, o trato de conversar con aquellos pocos que aún están a mis alcances. En esos instantes, y merced a las hendijas que aún conserva mi mente, esas que le proporcionan una ligera pero esperanzadora clareza, me veo capaz de conseguir cierta dicha, amén de un determinado bienestar que tanto ansío y por el que posiblemente no esté luchando lo necesario. Suelen entonces acudir a mi afligido magín ideas con cierta posibilidad de ser desarrolladas, siempre a mi corto juicio, o nombres a los que apelar en solicitud de escucha y de diálogo. Por más que lo intento, no encuentro otro remedio para calmar mi ya habitual pesadumbre por un lado y, por otro, obtener una escasísima alacridad. Sé muy bien que si quiero salir de mi latebra, he de echar mano a la pluma o al teléfono, indispensables para la obtención de mis quimeras.
Con aquella, trato, o lo intento al menos y anhelante estoy de ello, de decir mis expresiones y deseos. De sacar a la luz lo que pienso, lo que siento, lo que ansío, y me afano en transmitirlo a los demás. Mi mayor anhelo es sacar fuera de mí mis sentimientos, en las creencia -puede que vana creencia- que con esa exteriorización he de fortalecerlos, y les voy a dar una verosimilitud y una realidad que quizás ahora no posean ya que se encuentran, únicamente, en mi interior. Pero ¡es tan difícil conseguirlo! Primero, porque son muy pocas las facultades que tengo de plasmar en un escrito lo que el alma está sintiendo. Pero me afano en ello y a duras penas lo consigo, convencido de que si alguien llegase a leerlo, su probidad y benevolencia atenderán más al fondo de mi testimonio que a su forma.
El segundo impedimento estriba en que, al no tener mi manifiesto un destinatario predeterminado, no puedo hacerlo llegar a uno, o diez, o a ciento; a este, a aquél, o a los de más allá, de un modo directo, como en una epístola que, metida en su correspondiente sobre, remita luego a la dirección personal de cada uno. ¿Y qué he de hacer entonces? Pues beneficiarme primero de la caridad de alguien que quiera dar publicidad a mis delirios. Y luego, y creyendo de nuevo en la generosidad de algún desconocido, esperar a que este esté dispuesto a perder un rato de su tiempo para enterarse de cuáles son las aflicciones que motivan mi desazón.
El otro medio lo utilizo ante la imperiosa necesidad que tengo de escuchar algo diferente a mis propios pensamientos, y lo cojo, y con él llamo a este o a aquel amigo. Y cuando se establece la comunicación, al no querer amargar sus horas con mis ayes, en lugar de empezar con un ¡aymé! para, a continuación, transmitirle mis cuitas, lo “acoso” con curiosidades como estas: ¿qué tal estás?, ¿qué has comido hoy?, ¿qué estás leyendo?, cosas al parecer fútiles, pero trascendentes para un ser como yo que sólo aspira a conseguir algo tan dificultoso, tan aparentemente sencillo pero tan enormemente arduo, como es vivir llana y pacíficamente.
Más tarde, tras ambas tesituras, y luego de haber apaciguado momentáneamente la sed de decir o de oír alguna cosa, me veo postrado de nuevo en la soledad. ¡La soledad! Ese estado, ese sentimiento, que nunca me deja estar solo pues siempre está conmigo, y lo que todavía es peor, aunque ello parezca imposible: la nueva y perenne necesidad que me acucia de que alguien, de que algún destinatario de mis escribimientos y decires, vuelva ejercer su dadivosidad y de ese modo se complete de nuevo el círculo de mis muchas necesidades anímicas y sus remedios.
Por eso, por todo esto que acabo de dejar expuesto, y reiterando que aquél que lo padece sabe muy bien de la magnitud del trance, digo con la mayor sinceridad, aunque en realidad no tenga a nadie en concreto a quien decírselo, que la persona que está sola, que el hombre a quien le ocurra lo explicado anteriormente, debe estar muy agradecido si encuentra a alguien que quiera perder un poco de su tiempo y, dedicándole unos momentos, aunque únicamente sea en un muy corto rato, lo lea o lo escuche. Y como todo esto a mí me viene ocurriendo mucho últimamente, quiero dar las gracias a …

Marzo 2012

Publicado en “El periódico” de Tomelloso el 23 de marzo de 2012

viernes, 9 de marzo de 2012

La vida y sus remedios

La vida y sus remedios
Ramón Serrano G.

Una de las costumbres más arraigadas en el hombre es, quizás, la de quejarse. A poco que las cosas se tuerzan un algo, no ya en su forma normal de producirse, sino simplemente en el modo que nosotros esperábamos, o deseábamos, que ocurriesen, ya tenemos casi todos la guaya en la boca, pues somos tan cojijosos, que parece como si disfrutásemos emitiendo lamentos, o sea, dando, por el entorno en el que vivimos, cuatro cuartos plañideros de nuestro mal.
Y este lloriqueo por el daño que sufrimos, ya sea corporal o psíquico, exiguo o considerable, es, a todas luces, tanto inútil como incorrecto, aunque eso sí, rogatorio, y muy cómodo para aquél que lo ejerce. Que me pasa esto o me acontece lo otro, pues que se enteren tirios primero y vengan luego troyanos a socorrerme. Y mientras tanto, yo aquí, en plan victimista, pero sin mover un dedo para tratar de remediarlo. Eso es lo común. Pero no, no es por ahí “anca” la abuela.
En primer lugar, porque, junto a la llantina, mostramos extrañeza de que eso haya podido sucedernos a nosotros. Lo que no es sino una mayúscula estupidez, pues estamos hartos de ver cómo las desventuras se vienen repartiendo aleatoriamente por todas partes, sin que nadie se vea libre de ellas. Ni se vea, ni se haya visto, que a pocos conocemos que no haya recibido nunca algún quebranto de envergadura relevante. Extraña así el asombro que mostramos al vernos afectos de ese u otro padecer, pues deberíamos saber, casi con certeza, que no nos libraremos de ellos, ni aun cuando ya hubiésemos penados otros con anterioridad. Y sabiendo que es ley de vida, nos parece que ese precepto sólo han de sufrirlo los demás.
Lo correcto y conveniente sería callar y actuar, y si se habla, que sea escasamente, y cuando ya se haya obrado mucho en pro del alivio y el consuelo. ¿Por qué? Pues porque las quejas traen descrédito -que ya lo decía Baltasar Gracián en el XVII- y muchas veces hemos comprobado que incluso acarrea la mofa de quien las oye hacia el que las exclama. ¿O no hemos visto en demasiadas ocasiones que si alguien gime encuentra a algunos pocos que compartan sus penas, mientras que otros muchos fingen comprenderlo, pero al momento de dejarlo, alegrarse de que esté abatido?
Pero antes de seguir, anotemos que es notable observar cómo si el deterioro nos afecta a lo físico, sí que dejamos atrás los vientos para encontrarle reparo. Al dolor del cuerpo le buscamos remedio de inmediato, ya sea porque no tenemos abulia para ello, o porque somos pocos resistentes a él. Lo cierto es que tenemos abarrotados los centros sanitarios. A veces con gran motivo, otras con no tanto, y a veces por hipocondria.
Cosa bien distinta es la actitud que tomamos cuando nos ha sacudido una desgracia familiar, económica, laboral, social o de otros géneros. Entonces entonamos la consabida cantinela: -¡Ay!¡Ay!¡Ay!, con lo que demostramos ser unos pobres tontos. Lo primero, y como queda dicho, por no pensar en que son los malos jugadores los que suelen protestar por el bote de la pelota, y después por no querer ver que un mal, sea chico o grande, nunca se cura con tan sólo pregonar su existencia. Así pues, habrá que intentar darle por otra parte solución alguna, remedio de algún tipo, acorde con el tamaño del daño y recordando en que a grandes males hay que aplicar grandes remedios.
Deberíamos saber que el sufrimiento nos lleva a la creatividad, mientras que la vida muelle nos conduce a la oscitancia y la hobachonería. Por ello, a la medida de nuestra desgracia ha de estar nuestro esfuerzo, teniendo por seguro que si este la supera en magnitud, o al menos la iguala, acabará venciéndola. Si las enfermedades se sanan con medicamentos y modos de vida, así las desgracias, o mejor dicho, sus secuelas desoladoras para nuestro ánimo, no acabarán aherrojándonos si sabemos hacerles frente. Nos amurriamos, no porque ignoremos el remedio, sino porque, habitualmente, lo procrastinamos por una u otra causa. Más que nada, por abulia e incuria, lo que nos acarrea unas infaustas consecuencias.
A poco que observemos nos daremos cuenta que en este mundo no hay escasez de grandes sabios capaces de escribir gruesos libros; ni falta gente intrépida y valiente, apta para llevar a un ejército a la victoria; ni carencia de genios políticos que puedan gobernar un país con brillantez. Pero hay muy pocas, escasísimas, personas que sepan (que sepamos) desarrollar nuestra vida adecuadamente.
Entonces, tengamos esto siempre muy presente y no nos alarmemos nunca por los reveses que la vida nos depare, aunque estos sean, o nos lo parezcan, abstrusos, ingentes o insalvables. Para todos ellos, fuera cual fuese su dimensión y su grandor, hay remedios eficaces. Únicamente se necesita voluntad para ponérselos. Si así lo hacemos, con absoluta seguridad, saldremos victoriosos del trance, estaremos sanados y habremos fortalecido el alma, y aún el cuerpo.

Marzo de 2012

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de marzo de 2012