jueves, 4 de agosto de 2011

La hucha

La hucha
Ramón Serrano G.
Para María, mi españholandesita.

Mi querida María: Como no sé si llegaré a verte grande, cuando ya te hayas hecho una mujer, pues mis años van siendo muchos y quizás no tarde demasiado en irme con mi amiga “La Flaca”, hoy que acabas de nacer te escribo estas líneas por si deseas conservarlas y leerlas cuando seas mayor. Ya quisiera saber escribir como Velthuijs, o como Juan Ramón, pero habrás de conformarte con las pobres líneas de este aficionado.
Verás. Hace muchos años, en la época en la que yo era un niño, estaba muy extendida la costumbre de ahorrar, cosa que, lamentablemente, ahora ya no sucede. O casi. Hoy en día la gente gasta y gasta, a veces más de lo que tiene, sin pensar que luego han de venir los años de las vacas flacas. ¡Ah! ¿Que no sabes qué es eso de las vacas flacas? Bueno, pues es una historia muy interesante que está escrita en el “Génesis”. Ya la leerás a su debido tiempo. Continúo. La mayoría de las gentes solía guardar un tanto de lo que tuvieran, ya fuese mucho o poco, para que si algún día hubiese escasez, poder disponer de algo y no tener una indigencia absoluta.
Así hice yo con el cariño. Fui atesorando todo el que pude en una hucha grande, grande, een grote spaarvarken, y aunque les di casi todo el que tenía a tu padre y a sus hermanos, una noche de diciembre, bien me acuerdo, arrebujado en las mantas para evitar el frío, me dije: -No des a tus hijos todo el amor del que dispones, porque, con gran probabilidad, estos tendrán a su vez descendientes y a ellos has de entregarles también una buena cantidad de inhesión. A eso me atuve, y, por eso, seguí ahorrando y ahorrando, condesando cuanto cariño pude en la alcancía de la que antes te hablé. Y cuando empezaron a llegar, primero tus primas, luego tus primos, y después tu hermano, ya había hecho yo acopio de otra enorme cantidad de querer, que pude ir distribuyendo entre ellos seis a partes iguales. Y me sentí muy feliz, porque has de saber que no hay afecto comparable al de un abuelo para con sus nietos. ¡Ojalá llegues a comprobarlo algún día!
Entonces pensando que no tendría más, me vi libre de la obligación del ahorro cariñoso, pero recordando que donde hay yeguas potros nacen, volví a ahuchar de nuevo. Y mira por dónde, ahora has venido tú, mi pequeña medio españolita, medio holandesita, emergiendo como una Venus Anadiomene, a saturarnos de alegría y a ilusionarnos de nuevo con tu recién estrenada vida. Y hablo en plural porque me estoy refiriendo, en eso de la satisfacción, no sólo a mí, sino también a tus padres, demás abuelos, tíos y tus cinco primos. Y a Maxi, al que ahora también le gustas porque te ve pequeñita y tierna, pero cuando crezcas, quieras coger sus juguetes y vea que a veces te van a hacer a ti más caso que a él, estoy seguro que se va a mosquear un tanto y alguna vez que otra os pelearéis. Cosa de poco, por supuesto. De cualquier modo, y antes de continuar, he de contarte un secreto que debemos guardar entre tú y yo. Escucha, de todos los que antes he citado, absolutamente de todos, no hay nadie que te quiera más que el abuelo Ramón. Igual, varios, o todos, pero más, seguro que ninguno.
¿Y por qué es esto?, me preguntarás. Y te contestaré diciendo que, aunque no debes hacerme mucho caso, porque mi saber es corto y grande mi ignorancia, sí sé que hay por ahí un aforismo que dice que el cariño entre dos personas es inversamente proporcional al tiempo que ellas pueden pasar juntas. Entonces, como por ley de vida no puede ser mucho el tiempo que vivamos tú y yo a la vez, he de sacar con la mayor presura el amor que tengo atesorado en mi hucha, y he de aprovechar ese escaso espacio temporal, para, en él, dártelo, e igualarte en amor a tus Serranitos predecesores. Esa es, al menos, mi intención. Aunque he de decirte que, a lo largo de tu vida contarás con mi admiración. Con la mía y la de todos, pues sé que en verdad tú serás, y encontraremos en ti, a la mujer completa. A la Eshet Jayil, de la que habla el libro de los “Proverbios”.
Por último, y a sabiendas de que aún siendo tan pequeñita ya me estarás oyendo, quiero decirte unas cosas que no sé bien cómo llamarlas, ya que tienen la mitad de deseo y la otra mitad de ruego. Son tres. Y, para conseguirlos, has de recordar que: Ut dessint vires tamen es laudanda voluntas.(Aunque falten las fuerzas, se ha de valorar siempre la voluntad).
Me gustaría, primeramente, que atiendas y sigas el consejo de tus padres. De ambos. Por raras y fastidiosas que sus sugerencias puedan parecerte a veces. Piensa que a nadie encontrarás en esta vida tan dispuesto como ellos a darte cuanto tengan, a librarte de todos los males que puedan o pudieran angustiarte, y a conducirte por los mejores caminos que haya (y fíjate que no digo los más cómodos) para que logres lo mejor.
Es la siguiente, que vayas a la Universidad y que de ella salgas triunfante. Que seas una buena estudiante, como lo fue tu padre. Pero no olvides lo que tantas veces se ha dicho: más importante es que la Universidad pase por ti, que tú pases por ella. Imbúyete de su espíritu y vívelo. Yo, que soy consciente de las escasísimas probabilidades que tengo de llegar a verlo, si sé, a ciencia cierta, que no me defraudarás en esto.
La final, y tan importante como las anteriores, es que sea tu propósito, y alcances a lo largo de tu existencia, el aurea mediocritas, aquella que propugnaba el insigne Horacio, ya que con ella, sé que conseguirás el inmenso bienestar que te deseo.
Con estos tres logros llegarás a ser una gran mujer y accederás a la felicidad. Estoy seguro. Pero, para ayudarte, quiero citar al gran Oscar Wilde, tu entonces tercer compatriota, cuando dijo: “Con la libertad, las flores, los libros y la luna, ¿quién no será perfectamente feliz?” En la confianza de que esto será así, deseo hacerte saber por último, mi queridísima españholandesita, que tu abuelo español te ha recibido con todo el júbilo que es capaz de albergar su ya viejo corazón.

Agosto de 2011

1 de agosto de 2011.

jueves, 28 de julio de 2011

Y no saberlo decir

Y no saberlo decir
Ramón Serrano G.

“…más doloroso es amar, y no poderlo decir”.- Joaquín Dicenta.

Muchas personas tienen a lo largo de su vida, demasiado larga para unas, excesivamente corta para otras, la desdicha de que, habiéndoles sucedido algo de gran importancia para ellas, no encuentran el modo adecuado de expresar al resto lo que les ha sucedido. Y por ello reconozco y proclamo, que es grande el tósigo de quien albergando fantasías y sueños, percibe que carece de alas que le remonten hasta el cielo al que le llevaría el saber hablar. Que vive con gran pesar aquél que, forjándose planes y proyectos para otros asequibles, tiene la exacta conciencia de que él llegará a morir, no ya sin conseguirlos, sino tan comunicarlos siquiera. Que no es vida la de esa o ese que, sintiendo un amor verdadero por alguien, o por algo, ha de guardarlo en sus adentros, pues no lo sabe decir.
Porque ocurre a menudo que cuando alguien tiene una afición, y para su desgracia no posee las necesarias condiciones para desarrollarla, al menos dignamente, ese alguien pasa muchos ratos, demasiados, con la tristura de no poder exteriorizar convenientemente, o al menos como a él le gustaría, esas filias o folías que siente su corazón. De ese modo, al no encontrar la solfatara por donde dar vía libre a los malos humores de su incompetencia, se halla molesto, y esta incomodidad la padece tanto si el hecho que produce el sentir del personaje en cuestión es de naturaleza alacre o es, por el contrario, amarrido. Y da igual si la manera de ser del individuo que la siente es expansiva o íntima. Pese a todo, la persona no resiste la tentación de pregonar lo que hay en su interior, y se le presentan entonces los tres problemas clásicos con los que un ser ha de enfrentarse en esas ocasiones de la vida: a quién decirlo, qué contar -si todo o sólo una parte de la cuestión -, y cómo hacerlo.
Hablemos de ello, mas si me lo permiten, lo haré únicamente de las ocasiones en que tenemos el alma amurriada por causa o razón que lo justifique debida o indebidamente, pero que de todos modos la sentimos fuertemente lacerada. Y, como notarán de inmediato, este escrito no quiere, ni puede, ni viene a ser un rol de los motivos que existen para ello. En primer lugar porque sería absurdo, y casi imposible dada su extensión, relacionar las causas que pueden o podrían angustiarnos. Y luego porque, en demasiadas ocasiones, nos lanzamos torpemente a realizar algo sin haber aprendido a hacerlo con arreglo a las normas establecidas, o no siguiendo el ejemplo de los sabios que sí supieron conducirse.
Y no queriendo yo que me ocurra algo similar, en vez de exponer mi propia retahíla de padeceres y abatimientos, que estaría compuesta, como no podría ser de otra forma, por los muy recurridos ayes ante el dolor físico, o por lamentaciones debidas a la escasez de medios económicos, o por la falta del reconocimiento ajeno ante los valores personales, o por cualquier otra nimiedad al uso, me acojo a lo que está sabiamente escrito en Leonor de Aquitania, y tomándolo como ejemplo, hago público reconocimiento de lo que sigue, y ¡ojalá! lograse hacerme entender. Y digo:
-Que siempre son menos llevaderos para las personas los desgarros anímicos que los físicos, y en aquellos, son los que afectan al terreno amatorio los que más dañan el alma, ya que aunque se tengan ideales de cualquier tipo o condición, políticos, religiosos, sociales, o de la clase que sean, ninguno afecta tanto al individuo, para bien o para mal, que aquellos en los que se conjuga en propia carne el verbo amar.
-Y así, repito, apoyándome en Joaquín Dicenta, confirmo y transcribo que doliendo, y mucho, comprobar cómo se va yendo la vida, y pese a ignorar en qué sitio, cómo, y cuando hemos de morir...más doloroso es amar...y no poderlo decir.
-Que debe ser tristísimo que la ceguedad mantenga a alguien en una noche permanente. Pero, pese a ello, aun cuando algo te impida ver el claror del sol, y con la conciencia de lo penoso que debe ser mirar la luz y no llegarla a percibir…más doloroso es amar…y no poderlo decir.
-Saber que somos unos tristes peregrinos de la vida que no podemos detenernos jamás en nuestro sendero. Y que aunque no podamos tomarnos descanso alguno en nuestro caminar, sino tan sólo a la hora de morir…más doloroso es amar…y no poderlo decir.
-Y que aun cuando, con toda libertad, nos está permitido soñar con cosas que nunca vimos, teniendo la necesaria conciencia de que nos faltan las alas, antes citadas, para, al hacerlas realidad, llegar con nuestras quimeras hasta el cielo, nos produce gran dolor no llegar nunca a gozarlas. Pero que, además, si esta pena se debe a un quillotro inasequible, bien sabemos que no existe amargura alguna en este mundo, ni hay un mayor dolor que…ver el alma morir, prisionera de un amor…y no poderlo decir.

Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 29 de julio de 2011

viernes, 15 de julio de 2011

Las Peras (y II)

Las peras (y II)
Ramón Serrano G.

-Continuando mi historia de ayer, has de saber Luca, que cuando Adolfo terminó brillantemente su carrera, encontró de inmediato una muy buena colocación en un cualificado despacho de la capital. Parecía como si un misterioso effrit se hubiese convertido en su valedor desde aquella lejana y aciaga tarde de las peras, allá en su pueblo. Por ello, en ese lugar hizo diversas averiguaciones durante muchos años hasta que llegó a saber lo que le interesaba. Por otra parte, en el bufete fue ganando conocimientos, experiencia y prestigio, hasta el punto que en algo más de un par de lustros llegó a ser el director de la empresa. Todos los asuntos más importantes, los más intrincados, los de más difícil resolución, pasaban por sus manos ya que él, si no el único, si era quien mejor los solventaba. También sabrás que cuando se estableció definitivamente, rescató a su padre de las faenas agrícolas y se lo llevó a vivir con él a la ciudad, aunque el pobre hombre no se adaptó a la vida urbana y falleció al poco.
Y sabrás que en Luraga, adonde llegaban de tarde en tarde algunos ecos de los éxitos profesionales del economista, también pasaron durante esos años cosas dignas de ser contadas. Así, en los años en los que Adolfo se hacía universitario, Aníbal Luque se vio gratificado con la llegada de su primer, y luego único, hijo, al que puso por nombre Gregorio. Este, cumplidos los veinte, y tras una pubertad anodina y poco fructífera, se puso a trabajar junto a su padre y en esa actividad agropecuaria sí demostró maneras y oficio. Tantos, que cuando Goyo cumplió los cuarenta, Aníbal, que casi le doblaba la edad, se retiró de la vida laboral dejándole todo el negocio en sus manos. Y él lo fue engrandeciendo hasta alcanzar un considerable volumen, llegando a ser uno de los mayores y más productivos de la comarca.
Pero con el paso de unos años las cosas se fueron torciendo. Las importaciones, la subida de costos y la bajada de precios, la apertura de nuevos mercados, los medios de transporte, esas y otras muchas causas externas, que no la mala administración, hicieron que Goyo se viese acuciado por bancos y acreedores. Cuando el agua le llegaba algo más arriba del cuello, un paisano le sugirió que fuese a ver a Adolfo, ya que este era un verdadero genio en eso de sacar las empresas adelante. Y eso hizo.
Llegó a las oficinas, solicitó verle, pero le dijeron que si no tenía concertada cita no le recibiría. Ante su insistencia, le anunciaron y ¡oh milagro! le hicieron pasar de inmediato al despacho del gran jefe. Este se acercó hasta la puerta en su silla de ruedas, y tras saludarle efusivamente, y preguntarle por su padre y otras cosas del pueblo, se interesó por el motivo de su visita, tema este que con gran preocupación Goyo le explicó de inmediato de modo conciso y fidedigno. Adolfo captó pronto la gravedad del asunto, así que llamó a quien era su mano derecha y le pidió que acompañase a Goyo hasta su pueblo, y a este, que le entregase cuanta documentación e informes precisara. Y añadió: -La cosa no tiene buen aspecto pero se puede arreglar. Ya lo verás.
Partieron hasta Luraga, y el economista, una vez recogidos los datos que creyó precisos, volvió con ellos y los entregó a su jefe. Este, luego de estudiarlos con detenimiento, creó un equipo en el que unos viajaron al pueblo las veces que fuesen necesarias con el fin de ir gestionando las soluciones esenciales para el problema de Gregorio Luque. Y mientras que estos visitaron a los acreedores con el fin de que aplazasen el cobro, a los bancos para conseguir que refinanciaran los créditos con una bajada de intereses, y a los obreros para que siguieran en la empresa percibiendo un sueldo algo menor hasta que se zanjara el conflicto, otros se dedicaron al estudio de conseguir nuevos productos y mejoras sustanciales en los anteriores, a la busca de nuevos mercados y en la implantación de unas más innovadoras técnicas de venta. Resumiendo, te diré que al cabo de unos meses volvieron a soplar buenos vientos para la empresa, que de nuevo comenzó a tener la boyantía de antaño.
Goyo, tan pronto se percató de la eficiencia del trabajo que le estaban realizando, viajó a la capital para mostrar su agradecimiento y abonar el importe, que no sería pequeño, de tan magnífica actuación profesional. Al llegar dijo a la secretaria que, sabedor de lo ocupado que estaba siempre don Adolfo, no quería molestarle, por lo que le rogaba que le expresase su enorme gratitud y le facilitase la minuta con el fin de abonarla. La empleada le rogó que esperase un instante, se metió en el despacho, y al momento salió, rogándole que pasara, pues el señor director le estaba esperando. Así lo hizo y tras un efusivo saludo, reiteró a su paisano su reconocimiento y su deseo de saldar la cuenta que tenía contraída. Pero le contestó el otro:
-Mira si te pasamos una factura tendría que ser oficialmente y los detalles e impuestos la encarecerían demasiado. Mejor haremos una cosa. Tu deuda la vamos a compensar con otra que yo tengo adquirida contigo, o mejor dicho, con tu padre, don Aníbal, desde hace muchos, muchos años. No sé si tú conoces la historia, pero resulta que una tarde yo, descaradamente, me metí en vuestra almunia a coger unas peras …

Julio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 15 de julio de 2011

jueves, 30 de junio de 2011

Las Peras (1)

Las peras (I)
Ramón Serrano G.

Aquella tarde agosteña, pasábamos junto a unos perales, y le dije:
-Mira que peras tan hermosas, Luis, ¿no te apetece una?
-Claro que sí, Luca, pero son de su dueño, y no debo cogerla. Mas a propósito de las peras te voy a contar la historia que sucedió hace tiempo en un pequeño pueblo llamado Luraga.
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-¿A dónde vais a estas horas con el calor que hace?
-Hola Adolfo, le contestaron. Vente con nosotros si quieres. Vamos a robar peras a la almunia del señor Aníbal. Como el guarda estará durmiendo la siesta no se ha de enterar y podemos comer hasta hartarnos, aunque sólo sea postre.
Le gustó el plan al chiquillo, se unió a los otros, y los cuatro marcharon al huerto que ese señor tenía en las afueras del pueblo. Debían tener cuidado ya que, debido a la mucha hambre que se padecía, las fincas estaban bien guardadas, los robos de frutos y cosechas eran muy vigilados, y los infractores severamente castigados si los cogían. Se metieron dentro de la finca por la irregular tapia de piedra que cerraba la parte trasera, y tras haberse comido cada uno las frutas que les apetecieron empezaron a guardarse otras entre la camisa. Pero una urgencia urinaria despertó al vigilante y, cuando este salió a hacer aguas, sorprendió en su tarea a los bribonzuelos, que, al verle, emprendieron la huída sin pensárselo dos veces. Con las prisas, Adolfo pisó mal y cayó desde lo alto de la pared. Quedóse maltrecho en el suelo quejándose amargamente, mientras que sus compañeros, olvidándose de él por temor al castigo, se dieron a la fuga.
El que sí que acudió fue el guarda para reprenderle y tal vez para emplumarle, mas, al oír sus quejas, lo examinó un tanto, y viendo que su lesión podría ser grave, lo acomodó como mejor supo junto a la tapia, volvió a su caseta y, cogiendo su bicicleta, se plantó en un santiamén en casa del amo para informarle. Al oírle Aníbal, interrumpió su lectura, sacó el coche y se fue hasta el muchacho. Cuando vio al herido, compartió el temor de su empleado, así que entre los dos subieron a Adolfo al vehículo y salieron rápidos hacia el hospital. Allí vieron de inmediato que la lesión podía ser gravísima y le pasaron con urgencia al quirófano.
Le dijeron que la exploración y la más que posible intervención quirúrgica duraría algunas horas, por lo que el hombre pidió a su acompañante que se quedara por si había alguna novedad, y, tomando el coche de nuevo, se fue hacia la propiedad donde sabía que trabajaba de bracero el padre del chaval. Lo encontró dedicado a sus faenas y, tras contarle lo sucedido, volvieron al hospital. En el camino, el padre, sin hacerse todavía la idea de la importancia que podría tener el percance, asustado, le rogó a Aníbal que no denunciase el hurto, que él, aunque estaba muy escaso de dinero, pagaría lo robado. Como contestación recibió de inmediato las palabras de aquél, diciéndole que nunca había pensado, ni por asomo, en malsinar a los muchachos; que también él había sido joven y los comprendía; que sabía de las necesidades que se estaban pasando en muchos hogares, y que su único deseo era que aquel intento de saciar el hambre, que en realidad no era otra cosa, no tuviese un final amargo.
Llegados al centro médico aún tuvieron que esperar largo rato hasta que tuvieron noticias del accidentado. Y estas no fueron nada buenas cuando las supieron. Era demasiado pronto para dar un veredicto exhaustivo; se tendrían que hacer otras exploraciones, tratamientos, etc., etc., pero había poquísimas posibilidades de evitar que sus piernas quedasen completamente inútiles.
El padre de Adolfo, que no esperaba una desgracia de esa magnitud, se mostró completamente abatido tras oír al médico. Trataron de darle esperanzas, de lograr que viese el problema desde otra perspectiva menos negra. Pero todo era en vano. Decía, entre lágrimas: -A ver cómo nos arreglamos él y yo ahora. Ya sabe usted que no tengo más hijos y que mi mujer murió hace dos años. Estamos solos los dos, yo me tengo que ir al campo todos los días, y él, en esas condiciones, no podrá apañarse. Y cuando pasen unos años, ¿en qué va a trabajar? Conmigo no puede venir a las fincas y yo no tengo posibles para darle estudios. No sé qué va a ser de mi hijo entonces.
En realidad el panorama era poco halagüeño, pero el tiempo, que todo lo cura y todo lo iguala, hizo que las cosas se fueran arreglando. En primer lugar nadie habló de las causas del siniestro, que se archivó como un accidente fortuito, por lo que le dieron una pequeña paga mensual a causa de su invalidez. Luego, los vecinos se volcaron en la ayuda a Adolfo, así que, mientras el padre se iba al campo a trabajar, ellos establecieron un turno en el que uno llevaba al chico al colegio, comía en casa de otro y el de más allá le hacía las faenas domésticas.
Y así pasaron los años y llegó el día en que el chaval acabó su período de educación escolar. Entonces, cuando padre e hijo pensaban en la forma de encontrar un medio para que este último pudiera ganarse su sustento en el futuro, el Ayuntamiento les comunicó escuetamente que se había conseguido una beca para que cursara estudios universitarios, si lo deseaba. Nada se dijo nunca de la verdadera procedencia de tan magnífica ayuda, aunque hubo rumores y habladurías para todos los gustos. Lo cierto y verdad, es que el mozo marchó cada año a la capital a cursar la carrera de ciencias económicas, que supo acabar en poco tiempo y con gran provecho.
-Y ahora Luca, vamos a tomar un bocado y a dormir, que mañana será otro día, y tiempo habrá para seguir con el relato, terminarlo, y llevar a cabo otros menesteres que pudiesen surgir.

Julio de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 1 de julio de 2011

jueves, 16 de junio de 2011

¿Obsoleto? No

¿Obsoleto? No.
Ramón Serrano G.

Quien se haya tomado la molestia de leer con cierta asiduidad mis escritos, habrá observado cómo en muchos de ellos suelo hacer un panegírico de hábitos, hechos y de tiempos pretéritos. De algunos días que pasaron hace mucho, aunque otros, no tanto. Pero debo reconocer que no realicé ninguno, o al menos no recuerdo que así sea, en defensa de algún tipo de modernidad. Rebinando, he visto que es así y me ha extrañado puesto que no hay en mí, y así lo declaro, una forma de pensar que me haga enemigo de lo actual. Para nada, ya que sé los muchos beneficios y ventajas que en la actualidad gozamos los humanos ahora y no antes. Otra cosa muy distinta es que tenga nostalgia del pasado. Que la tengo.
Puede, por lo anterior, que haya quien piense que estoy obsoleto, pero opino sinceramente que puede que lo esté, pero que no soy retrógrado, o, al menos, por tal no me tengo. Ortega nos enseña en “La rebelión de las masas” que “ser de izquierdas es, como ser de derechas, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral…” y dice muy bien. Pues lo mismo ocurre con ser vanguardista o carca, ya que afincarse en una de esas posturas es renunciar a muchas cosas buenas, muy buenas, que tiene la otra.
Lo que estimo que me ocurre, es que a mí, al igual que a tantos otros de mis años, nos agrada en extremo recordar con cariño lo que nos hubo acaecido en unas épocas en las que, siendo jóvenes, estábamos llenos de ilusiones y esperanzas. Entonces éramos, o nos sentíamos, protagonistas y ahora comprobamos que sólo somos espectadores, que incluso no vemos bien lo que hay a nuestro alrededor, puesto que suelen fallarnos nuestros ojos (y muchos más órganos de nuestros cuerpos) los cuales llevan ya algunos años incumpliendo debidamente sus cometidos.
Pese a ello, muy burro sería si no reconociese y proclamase los muchos adelantos y beneficios que tiene la vida actual sobre la que yo empecé a vivir. Hemos pasado de tener que merendar algarrobas, a casi estar ahítos de langostinos. De las sanguijuelas y las cataplasmas, al escáner y la laparoscopia. De un analfabetismo superior al 30% de la población (la media, que en las mujeres era superior) a la extrañeza de que un chiquillo abandone el aprendizaje antes de terminar los estudios primarios. De tener un pantalón y una camisa, que jersey tenían muy pocos, a tener el armario a reventar. A gozar de una mayor y continuada higiene, mejores condiciones laborales, hogareñas, económicas, etc., etc. Son muchísimos los avances, afortunadamente.
Otra cosa muy distinta es el uso que se está dando en demasiadas ocasiones a todas estas mejoras. Y es que el conjunto de todas ellas, a mi juicio, nos está quitando, de hecho nos la ha arrebatado ya, una muy agradable vida social, una distinta educación, unos más correctos modales, y muchas cosas más de la que antes se disfrutaban, de las que ahora carecemos. Los jóvenes no piensan en ellas, porque ni siquiera las han conocido, pero los viejos, ¡ah los viejos! Nosotros, al menos la mayoría, sí que las añoramos, aunque nos hemos mal acostumbrado a carecer de ellas.
Así, quizás novecientos noventa y nueve adolescentes han leído este año Crepúsculo, tal vez uno La regenta y me extrañaría muy mucho que alguien haya tenido entre sus manos La montaña mágica. No hablemos ya de La Iliada o de La Divina Comedia. Y es bueno que se lea, aunque sean sólo novedades de ultimísima hora. Eso es bueno sí, pero únicamente a medias, porque con ese hábito se renuncia a poder formar en nuestra mente los firmes cimientos que se consiguen con la lectura de las grandes obras maestras, pensando que son, digamos, antiguas.
Pensemos por igual, que nosotros estábamos muy satisfechos de haber podido estudiar el río Hudson, mientras que la siguiente generación ya lo ha visto varias veces. Y eso también es bueno. Lo que no lo es, es que los jóvenes se sepan únicamente los nombres de aquellos sitios que han conocido in situ, y no se hayan aprendido los de aquellos otros lugares, de cierta o mucha importancia geográfica o histórica, que hay diseminados por el globo. Dicho de otro modo: que haya tanto ignorante “a medias”.
Diré finalmente, y con pesar, algunas cosas que han venido a menos, que ya casi no existen. Hay mayor preparación escolar, pero la educación es otra cosa. No es sólo alfabetizar primero y adoctrinar después en algunas materias. Educar es, además, civilizar, preparar para la ciudadanía, para una convivencia respetuosa con el prójimo. En otros tiempos recuerdo ver a la hermana Juana barriendo su puerta y acercarme a ella para que me diera una bola de anís. Cómo saludaba la gente con un afable buenos días tanto a Tomás, el herrero, como a Don Jesús, el médico, y se paraban un rato a conversar. Saber que el tuteo estaba reservado para los muy íntimos. ¿Cuándo se oye hoy en día el “usted”? Es término casi en desuso, ya que lo hemos arredrado en el último rincón de nuestro vocabulario, como si fuese una mecedora vieja o un pantalón raído. Se cedía la acera y se les abría la puerta a las señoras y a los mayores. Hoy la mayoría de esas personas se asombran si alguien tenemos para con ellas esa cortesía.
A qué seguir. Menéndez Pelayo dijo que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a la muerte irrevocablemente”. Y tomando historia, no en el sentido de la descripción de sucesos que influyen o determinan el futuro de un país, sino en el otro más pobre, en el de recordar esas costumbres que un día tuvimos, al parecer nimias o inanes, no quiero compararlas con las actuales, pero sí presumir de haberlas podido vivir. Creo, muy sinceramente, que si arrumbamos todo el pasado construiremos un futuro muy poco halagüeño.
No, no tengo celos, ni envidia, ni creo estar demodé. Lo juro. Lo que pasa es que mis ojos, ya digo, ven cada vez peor. Y a mí me gustaban bastante más aquellas “postales” de entonces que estas “vistas” de ahora.

Junio 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de junio de 2011

martes, 31 de mayo de 2011

Animles

Animales
Ramón Serrano G.

Alguien dijo un día, y hay quien lo sigue creyendo, que el hombre es el rey de la creación. También se afirmó que es el animal más inteligente de cuantos pueblan el planeta. Y todo esto suele llevar a los humanos a engolarse y menospreciar a los seres irracionales, además de atacarlos de manera disparatada, llegando incluso hasta su exterminio. Pero este tema de las degollinas no lo tocaremos hoy y quizás hablemos de él otro día.
Observaremos, entonces, cómo el “homo sapiens” en vez de haber estudiado con atención la actuación de los animales, y haber aprendido de ella el sinfín de comportamientos que aquellos han adoptado para resolver los muchos problemas de sus vidas, los ha despreciado, y su “preclaro” intelecto le ha llevado a cometer tropelías y desmanes en contra de ellos, de su propio entorno y, por tanto, de un desarrollo correcto de su existencia pasada, presente y, sobre todo, futura. Actuó, actúa y mucho me temo que seguirá haciéndolo con mayor torpeza y perjuicio para los de su especie que lo hubiese hecho el más inepto de los irracionales.
Cualquiera que estudie su proceder comprenderá que no ha sido ni es el indicado, el que adecuadamente hubiera tenido un ser inteligente para conseguir lo que sería correcto por naturaleza. Un animal que habitualmente degrada y destruye su hábitat, alterando su esencia, tala exageradamente, e, incluso quema los vegetales que le han de proporcionar una existencia más beneficiosa y confortante; y mata por codicia de dinero, de poder, o de ambas cosas, incluso a los de su especie, no sabe lo que se hace. Pero pese a ello, se autoproclama como animal racional aunque sus obras estén muchas veces, demasiadas veces, carentes del menor raciocinio. O sea que sigue siendo, en pleno siglo XXI, un australopithecus.
Sin embargo, sí que ha sabido usar de ese exclusivo entendimiento suyo para sacar provecho de las “bestias”. Desde los primeros tiempos las ha empleado para sus beneficios laborales, alimenticios y recreativos. En tareas cinegéticas, para el reclamo o el levantamiento de las piezas. En el trabajo, faenando de mil formas. Como medio de locomoción, para arrastrar carrozas, carros y carretas, o trineos, allá en las tierras árticas. Y, también desde siempre, y con deliquio, como grata y voluptuosa compañía. Constantemente fue así, y así sigue siéndolo. Desde la más remota antigüedad ha gustado de acompañarse de gatos, perros, loros, canarios iguanas e incluso fieras. Les dan mejor trato que a sus congéneres y buscan en ellos lo que no saben, o no quieren, encontrar en los de su especie. Cuando los acogen son conscientes de que les darán obligaciones, pero que no recibirán jamás de ellos regaños u objeciones, y que los tendrán continuamente dispuestos y obligados, ¡pobres de ellos si no lo hacen!, a obedecer los caprichos y epitimias que sus semejantes no les aguantarían.
Dado ese ninguneo citado, no es de extrañar que los humanos hayan usado, y sigan utilizando, el nombre de muchos animales para aplicárselos a sus congéneres, y a veces incluso a sí mismos, como adjetivos. Por otra parte, era el sistema más cómodo, gráfico y de fácil comprensión de expresar lo que quieren decir. Algo así como la utilización de parábolas. Lo extraño es que, aunque casi siempre se emplean en un sentido peyorativo, igualmente lo hacen comparando actitudes, y además, en algunas ocasiones, como una forma elocuente de admiración y loa. Permítanme algunos ejemplos recordatorios para una mejor comprensión de lo que digo.
Se suele adjudicar el apelativo de águila a quien es muy perspicaz. Es un lince si se es sagaz, o listo. O una anguila por la capacidad para escapar y escurrirse. Si es laboriosa y ahorradora, esa persona es una hormiga. Aquél que tiene una armoniosa voz es un ruiseñor. Se dice que es una ardilla a quien es inteligente y astuto. Y se habla de la elegancia y nula vulgaridad del cisne. Estos, y otros muchos, como admirativos.
Los hay ambivalentes. Un par de muestras sólo. Los hay que son fuertes como una mula, pero también serán como una mula si son tercos. Y cuando queremos anunciar la lealtad de alguien decimos que es fiel como un perro, mientras que para otros es perro el que es vago u holgazán.
Pero en lo que no hay discusión o diversidad de criterios es en el uso de los epítetos cuando se hace para espinar o como denostación. Entonces, de una manera que podríamos denominar de cualquier forma menos hipocorística, llamamos cerdo a alguien a quien consideramos que es sucio o despreciable. Papagayo a quien habla en demasía. A quien es tacaño o vil le apodamos rata, y a quien es ambicioso buitre. Aquel que mucho duerme es un lirón. Y urraca el que guarda cuanto está a su alcance. Es un burro quien es torpe o el que se comporta como un cafre. Para indicar el grado de mariconería de un individuo lo equiparamos a un palomo cojo. Y si la persona es bajita diremos de ella que es un renacuajo.
Como se puede ver, diré como estrambote, que hay expresiones para todos los gustos. Pero a mí, lo que más gracia me hace es cuando Hermógenes, molesto por algo que acaba de hacer Romualdo, y que a él no le ha parecido bien, le increpa diciéndole: “ANIMAL, que eres un ANIMAL”. Y se queda tan pancho.

Junio de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de junio de 2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cara y cruz

Cara y cruz
Ramón Serrano G.

- Esto de haber caído en el arca de un mezquino, que es peor que Euclión, hará que, al estar siempre enclaustradas, nos quedemos ciegas.
- Es cierto, le contestó la otra. Yo no sé el tiempo que llevamos ya aquí metidas sin ver la luz del sol. Desde luego este no tendrá problemas para abonar el costo del cruce del río Aqueronte.
Así hablaban dos monedas, casi enmohecidas, que habían tenido la desgracia de ser atrapadas por un avaro y que, como es lógico, las tenía presas dentro de una vieja quilma, y esta, bien escondida en un lúgubre alpendre. Por ello las pobres, al no poder ser entregadas diariamente como pago de una compra o dadas en devolución de otra, o sea, el que sería el desarrollo de su vida normal, se dedicaban a hacer algo que era inusual para las numismas: conversar, siendo seguido este parloteo forzosa, pero atentamente, por sus compañeras de encierro. Y puesto que no sabían nada de lo que en la actualidad estaba ocurriendo allá afuera, al no tener otros temas, recurrían a comentar los existentes cuando se hallaban en activo. Quiso la casualidad que uno de nuestros gueltes protagonistas estuviese de cara y el otro de cruz, y comentaba resignado el primero:
- La verdad es que casi somos afortunados por no estar por ahí de bolso en bolsillo, hoy aquí, mañana quién sabe dónde, pues el mundo lleva un tiempo que va de mal en peor. Porque supongo que estarás de acuerdo en que llevamos unos años en los que la civilización actual va hacia su acabamiento a un paso meteórico. Los hombres son cada día más ansiosos e insaciables, y esto les acarreara su final. O, al menos, eso cuentan.
- Creo que todo, absolutamente todo, continuó el sin rostro, está fatal. En lo moral se han deteriorado costumbres, convivencias e, incluso, la educación, que ahora es más extensa pero más superficial. Y podría seguir citando otros muchos campos sociales igualmente degradados, bien lo sabes. No hablemos ya de lo material. Se han talado bosques, se han agotado minas, se han desecado lagos y ríos, y se ha construido sobre sus cauces. Y todo ello, no única, pero sí principalmente, ¿por qué? Pues porque se están alcanzando cotas de población que el mundo es incapaz de acoger y soportar. Hay que producir más para poder alimentar a tanta gente, y para ello se lleva mucho tiempo recurriendo a la solución más fácil: dedicar a producir alimentos unas zonas que antes estaban cumpliendo unas distintas misiones, muy efectivas, por otra parte, para el buen desarrollo de la vida. Y pese a tanto destrozo, se calcula que un 7% de la población mundial, muchos de ellos niños, mueren cada año de hambre. ¡Qué pena! No sé hasta dónde llegarán.
Calló en esas, tomó la palabra su compañera, la efigie, y díjole:
- Has de saber que pasé un tiempo en la hucha de un muchacho, que iba ahorrando para comprar una novela, pese a que había oído hablar tanto de ella, que casi ya se la sabía de memoria. De noche, metida yo en su alcancía, le escuchaba una y otra vez decir que en ese escrito aparecían cuatro jinetes montando cada uno un caballo de distinto color. Y había uno negro, uno blanco, uno rojo y otro amarillo. Le habían contado que sus caballeros llevarían al mundo hasta el apocalipsis, y él quería saber si aquello era verdad, pues tenía miedo de morir tan joven. Precisamente, quien dominaba al caballo negro era ese personaje al que acabas de aludir: el Hambre. Un mal que debería estar extinto desde siempre, y que no desaparece para erubescencia y desdoro del hombre. ¡Horrible!
- Y por igual sabrás que los otros tres cabalgadores eran ¡asómbrate! la Enfermedad que iba sobre el blanco, la Guerra a lomos del rojo y la Muerte encima del amarillo. Pero veamos la evolución de estas últimas desde un lado real, pero positivo, porque a la primera no se la ha extinguido, pero a este trío sí que se le está dominando. Convendrás conmigo en que a la enfermedad no se le puede hacer desaparecer del todo, pero hoy se curan y se mejoran muchas que antes eran irremediables. Y además se logra hacerlo tanto con quienes poseen a nuestros familiares, los billetes, como con los que tan sólo nos tienen a nosotras, y ni siquiera eso.
- Con la guerra ocurre algo similar. No han desaparecido, pero las que desgraciadamente se siguen librando no tienen la magnitud de las de antaño y hoy son muchos los que llegan a su vejez sin haber estado en el frente. Afortunadamente, jamás en la historia hubo tan pocas contiendas entre los países del mundo. Siempre, hasta la mitad del pasado siglo, lo normal era el combate y lo insólito, la paz. Un ejemplo: Felipe II, en sus 55 años de reinado, sólo estuvo seis meses sin guerrear con alguien.
-Y pasando al último, claro está que al no haber guerra no hay muerte. No, no estoy loco. Cosas bien distintas son morir y matar. El fallecer es sabido y esperado, y su acaecer no causa desespero a la persona equilibrada. Es tan sólo uno de los motivos para que nuestros allegados nos recuerden, y el inicio de una andadura, partir c’est mourir un peu, hacia un ignorado destino en el que estaremos a la espera de aquellos a los que de verdad quisimos, para estar junto a ellos por toda una eternidad. Es dar cumplimiento a nuestra vital tarea y descansar plácidamente si nuestro discurrir y nuestro obrar fueron carentes de nequicia.
- La muerte es otra cosa. Es, que un obús, una mina o un tiro en la nuca, nos destroce a la mitad del camino, y ante su posible arribo no hay, no pude haberlas, memoria, andanza, paz o fe, ya que a quien han cercenado de un bombazo la cabeza, las piernas o las entrañas, no puede llevar a cabo esos menesteres. Mas, por fortuna, a excepción de las que intentan algunos desequilibrados fundamentalistas, las guerras y sus muertes, ya no existen. Gracias sean dadas. ¡Aleluya!
- Sí, creo que llevas razón. Lo difícil, minimizar la Enfermedad, la Guerra y la Muerte, se ha logrado. Sin embargo, erradicar el Hambre, que parecía más asequible, sigue ahí. Y me temo que seguirá por muchos años. O quizás, no. ¿Quién sabe? Seamos optimistas.

Mayo de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de mayo de 2011