martes, 31 de mayo de 2011

Animles

Animales
Ramón Serrano G.

Alguien dijo un día, y hay quien lo sigue creyendo, que el hombre es el rey de la creación. También se afirmó que es el animal más inteligente de cuantos pueblan el planeta. Y todo esto suele llevar a los humanos a engolarse y menospreciar a los seres irracionales, además de atacarlos de manera disparatada, llegando incluso hasta su exterminio. Pero este tema de las degollinas no lo tocaremos hoy y quizás hablemos de él otro día.
Observaremos, entonces, cómo el “homo sapiens” en vez de haber estudiado con atención la actuación de los animales, y haber aprendido de ella el sinfín de comportamientos que aquellos han adoptado para resolver los muchos problemas de sus vidas, los ha despreciado, y su “preclaro” intelecto le ha llevado a cometer tropelías y desmanes en contra de ellos, de su propio entorno y, por tanto, de un desarrollo correcto de su existencia pasada, presente y, sobre todo, futura. Actuó, actúa y mucho me temo que seguirá haciéndolo con mayor torpeza y perjuicio para los de su especie que lo hubiese hecho el más inepto de los irracionales.
Cualquiera que estudie su proceder comprenderá que no ha sido ni es el indicado, el que adecuadamente hubiera tenido un ser inteligente para conseguir lo que sería correcto por naturaleza. Un animal que habitualmente degrada y destruye su hábitat, alterando su esencia, tala exageradamente, e, incluso quema los vegetales que le han de proporcionar una existencia más beneficiosa y confortante; y mata por codicia de dinero, de poder, o de ambas cosas, incluso a los de su especie, no sabe lo que se hace. Pero pese a ello, se autoproclama como animal racional aunque sus obras estén muchas veces, demasiadas veces, carentes del menor raciocinio. O sea que sigue siendo, en pleno siglo XXI, un australopithecus.
Sin embargo, sí que ha sabido usar de ese exclusivo entendimiento suyo para sacar provecho de las “bestias”. Desde los primeros tiempos las ha empleado para sus beneficios laborales, alimenticios y recreativos. En tareas cinegéticas, para el reclamo o el levantamiento de las piezas. En el trabajo, faenando de mil formas. Como medio de locomoción, para arrastrar carrozas, carros y carretas, o trineos, allá en las tierras árticas. Y, también desde siempre, y con deliquio, como grata y voluptuosa compañía. Constantemente fue así, y así sigue siéndolo. Desde la más remota antigüedad ha gustado de acompañarse de gatos, perros, loros, canarios iguanas e incluso fieras. Les dan mejor trato que a sus congéneres y buscan en ellos lo que no saben, o no quieren, encontrar en los de su especie. Cuando los acogen son conscientes de que les darán obligaciones, pero que no recibirán jamás de ellos regaños u objeciones, y que los tendrán continuamente dispuestos y obligados, ¡pobres de ellos si no lo hacen!, a obedecer los caprichos y epitimias que sus semejantes no les aguantarían.
Dado ese ninguneo citado, no es de extrañar que los humanos hayan usado, y sigan utilizando, el nombre de muchos animales para aplicárselos a sus congéneres, y a veces incluso a sí mismos, como adjetivos. Por otra parte, era el sistema más cómodo, gráfico y de fácil comprensión de expresar lo que quieren decir. Algo así como la utilización de parábolas. Lo extraño es que, aunque casi siempre se emplean en un sentido peyorativo, igualmente lo hacen comparando actitudes, y además, en algunas ocasiones, como una forma elocuente de admiración y loa. Permítanme algunos ejemplos recordatorios para una mejor comprensión de lo que digo.
Se suele adjudicar el apelativo de águila a quien es muy perspicaz. Es un lince si se es sagaz, o listo. O una anguila por la capacidad para escapar y escurrirse. Si es laboriosa y ahorradora, esa persona es una hormiga. Aquél que tiene una armoniosa voz es un ruiseñor. Se dice que es una ardilla a quien es inteligente y astuto. Y se habla de la elegancia y nula vulgaridad del cisne. Estos, y otros muchos, como admirativos.
Los hay ambivalentes. Un par de muestras sólo. Los hay que son fuertes como una mula, pero también serán como una mula si son tercos. Y cuando queremos anunciar la lealtad de alguien decimos que es fiel como un perro, mientras que para otros es perro el que es vago u holgazán.
Pero en lo que no hay discusión o diversidad de criterios es en el uso de los epítetos cuando se hace para espinar o como denostación. Entonces, de una manera que podríamos denominar de cualquier forma menos hipocorística, llamamos cerdo a alguien a quien consideramos que es sucio o despreciable. Papagayo a quien habla en demasía. A quien es tacaño o vil le apodamos rata, y a quien es ambicioso buitre. Aquel que mucho duerme es un lirón. Y urraca el que guarda cuanto está a su alcance. Es un burro quien es torpe o el que se comporta como un cafre. Para indicar el grado de mariconería de un individuo lo equiparamos a un palomo cojo. Y si la persona es bajita diremos de ella que es un renacuajo.
Como se puede ver, diré como estrambote, que hay expresiones para todos los gustos. Pero a mí, lo que más gracia me hace es cuando Hermógenes, molesto por algo que acaba de hacer Romualdo, y que a él no le ha parecido bien, le increpa diciéndole: “ANIMAL, que eres un ANIMAL”. Y se queda tan pancho.

Junio de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de junio de 2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cara y cruz

Cara y cruz
Ramón Serrano G.

- Esto de haber caído en el arca de un mezquino, que es peor que Euclión, hará que, al estar siempre enclaustradas, nos quedemos ciegas.
- Es cierto, le contestó la otra. Yo no sé el tiempo que llevamos ya aquí metidas sin ver la luz del sol. Desde luego este no tendrá problemas para abonar el costo del cruce del río Aqueronte.
Así hablaban dos monedas, casi enmohecidas, que habían tenido la desgracia de ser atrapadas por un avaro y que, como es lógico, las tenía presas dentro de una vieja quilma, y esta, bien escondida en un lúgubre alpendre. Por ello las pobres, al no poder ser entregadas diariamente como pago de una compra o dadas en devolución de otra, o sea, el que sería el desarrollo de su vida normal, se dedicaban a hacer algo que era inusual para las numismas: conversar, siendo seguido este parloteo forzosa, pero atentamente, por sus compañeras de encierro. Y puesto que no sabían nada de lo que en la actualidad estaba ocurriendo allá afuera, al no tener otros temas, recurrían a comentar los existentes cuando se hallaban en activo. Quiso la casualidad que uno de nuestros gueltes protagonistas estuviese de cara y el otro de cruz, y comentaba resignado el primero:
- La verdad es que casi somos afortunados por no estar por ahí de bolso en bolsillo, hoy aquí, mañana quién sabe dónde, pues el mundo lleva un tiempo que va de mal en peor. Porque supongo que estarás de acuerdo en que llevamos unos años en los que la civilización actual va hacia su acabamiento a un paso meteórico. Los hombres son cada día más ansiosos e insaciables, y esto les acarreara su final. O, al menos, eso cuentan.
- Creo que todo, absolutamente todo, continuó el sin rostro, está fatal. En lo moral se han deteriorado costumbres, convivencias e, incluso, la educación, que ahora es más extensa pero más superficial. Y podría seguir citando otros muchos campos sociales igualmente degradados, bien lo sabes. No hablemos ya de lo material. Se han talado bosques, se han agotado minas, se han desecado lagos y ríos, y se ha construido sobre sus cauces. Y todo ello, no única, pero sí principalmente, ¿por qué? Pues porque se están alcanzando cotas de población que el mundo es incapaz de acoger y soportar. Hay que producir más para poder alimentar a tanta gente, y para ello se lleva mucho tiempo recurriendo a la solución más fácil: dedicar a producir alimentos unas zonas que antes estaban cumpliendo unas distintas misiones, muy efectivas, por otra parte, para el buen desarrollo de la vida. Y pese a tanto destrozo, se calcula que un 7% de la población mundial, muchos de ellos niños, mueren cada año de hambre. ¡Qué pena! No sé hasta dónde llegarán.
Calló en esas, tomó la palabra su compañera, la efigie, y díjole:
- Has de saber que pasé un tiempo en la hucha de un muchacho, que iba ahorrando para comprar una novela, pese a que había oído hablar tanto de ella, que casi ya se la sabía de memoria. De noche, metida yo en su alcancía, le escuchaba una y otra vez decir que en ese escrito aparecían cuatro jinetes montando cada uno un caballo de distinto color. Y había uno negro, uno blanco, uno rojo y otro amarillo. Le habían contado que sus caballeros llevarían al mundo hasta el apocalipsis, y él quería saber si aquello era verdad, pues tenía miedo de morir tan joven. Precisamente, quien dominaba al caballo negro era ese personaje al que acabas de aludir: el Hambre. Un mal que debería estar extinto desde siempre, y que no desaparece para erubescencia y desdoro del hombre. ¡Horrible!
- Y por igual sabrás que los otros tres cabalgadores eran ¡asómbrate! la Enfermedad que iba sobre el blanco, la Guerra a lomos del rojo y la Muerte encima del amarillo. Pero veamos la evolución de estas últimas desde un lado real, pero positivo, porque a la primera no se la ha extinguido, pero a este trío sí que se le está dominando. Convendrás conmigo en que a la enfermedad no se le puede hacer desaparecer del todo, pero hoy se curan y se mejoran muchas que antes eran irremediables. Y además se logra hacerlo tanto con quienes poseen a nuestros familiares, los billetes, como con los que tan sólo nos tienen a nosotras, y ni siquiera eso.
- Con la guerra ocurre algo similar. No han desaparecido, pero las que desgraciadamente se siguen librando no tienen la magnitud de las de antaño y hoy son muchos los que llegan a su vejez sin haber estado en el frente. Afortunadamente, jamás en la historia hubo tan pocas contiendas entre los países del mundo. Siempre, hasta la mitad del pasado siglo, lo normal era el combate y lo insólito, la paz. Un ejemplo: Felipe II, en sus 55 años de reinado, sólo estuvo seis meses sin guerrear con alguien.
-Y pasando al último, claro está que al no haber guerra no hay muerte. No, no estoy loco. Cosas bien distintas son morir y matar. El fallecer es sabido y esperado, y su acaecer no causa desespero a la persona equilibrada. Es tan sólo uno de los motivos para que nuestros allegados nos recuerden, y el inicio de una andadura, partir c’est mourir un peu, hacia un ignorado destino en el que estaremos a la espera de aquellos a los que de verdad quisimos, para estar junto a ellos por toda una eternidad. Es dar cumplimiento a nuestra vital tarea y descansar plácidamente si nuestro discurrir y nuestro obrar fueron carentes de nequicia.
- La muerte es otra cosa. Es, que un obús, una mina o un tiro en la nuca, nos destroce a la mitad del camino, y ante su posible arribo no hay, no pude haberlas, memoria, andanza, paz o fe, ya que a quien han cercenado de un bombazo la cabeza, las piernas o las entrañas, no puede llevar a cabo esos menesteres. Mas, por fortuna, a excepción de las que intentan algunos desequilibrados fundamentalistas, las guerras y sus muertes, ya no existen. Gracias sean dadas. ¡Aleluya!
- Sí, creo que llevas razón. Lo difícil, minimizar la Enfermedad, la Guerra y la Muerte, se ha logrado. Sin embargo, erradicar el Hambre, que parecía más asequible, sigue ahí. Y me temo que seguirá por muchos años. O quizás, no. ¿Quién sabe? Seamos optimistas.

Mayo de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de mayo de 2011

jueves, 5 de mayo de 2011

Saber estar

Saber estar
Ramón Serrano G.

Para Gabriel Soriano, un hombre que sí sabe estar.

Porque así lo creo, que así me lo enseñaron, y así lo he podido corroborar, vengo en decir que el mayor tesoro que puede haber una persona es el saber, y me estoy refiriendo a la segunda acepción que de este término da María Moliner, o sea: Circunstancia de saber cosas. Sabiduría. Y aún podemos desgranar más esta definición, aunque sea solamente en dos mitades. La primera sería la de tener un gran conocimiento de una o de varias materias. La segunda, conocer el modo de actuar, adecuada y correctamente, en todo momento y a lo largo de toda una vida.
Alguien, que no sé quien, tiene dicho que el saber y la virtud son los dos valores que pueden elevar a un hombre por encima de los demás. Completamente de acuerdo. Porque el conocimiento, en mayor o menor profundidad de alguna materia, es algo realmente extraordinario. Y con la virtud ocurre igual, entendiendo esta como la capacidad que tiene algo para producir efectos beneficiosos. Entonces, permítaseme enfocarla desde el prisma del comportamiento humano. Sobre eso que llamamos saber estar, que no es sino el seguimiento de aquella frase de Cicerón que dice: “No basta con adquirir sabiduría; es preciso, además, saber utilizarla”. Así, podríamos referirnos al saber callar y saber hablar; saber mandar y saber obedecer; saber laborar y saber ociar. Pero quisiera detenerme en otras perspectivas de estos saberes: las de saber ganar y saber perder, que son, no sé si más que las otras, pero muy relevantes de nuestro modo de ser.
Debo resaltar que una de las más difíciles cualidades que puede tener una persona es la de saber perder. En el complicado juego de la vida (y hay que recordar que en la mesa y en el juego se conoce al caballero) una de las actitudes más arduas es la de, con elegancia y dignidad, felicitar al vencedor. Y pocas conductas son más desagradables que la de ver a un mal perdedor fuera de sí, sin saber ni poder contenerse, y achacando su derrota a cualquier motivo menos a su ignorancia o inexperiencia. Sin saber ni querer aceptar la superioridad del oponente y basar la victoria ajena en la suerte, en ayudas externas, e, incluso, en que el otro no ha jugado limpio.
Ignorar por completo, o rechazar, el admitir los propios errores, y lanzarse a propalar excusas, negándose a estudiar las causas del fracaso.
Pero si es intrincado esto, quizás lo sea mucho más el saber ganar.
Y si es insoportable contemplar los gestos de un mal perdedor, tanto, o más, es ver a un ganador presuntuoso. Está clarísimo que quien sabe ganar lo hará siempre con una expresión de alegría, pero ha de hacerlo sin engallarse y con el mayor respeto, estando convencido de que asumiendo la victoria con humildad, ayudará a su oponente a tolerar su frustración. Quiero recordar que, en una final del torneo de tenis de Australia, cuando el fantástico jugador Roger Féderer salió a recoger el segundo premio y pronunciar unas palabras, no pudo acabarlas porque el llanto se lo impidió. Y entonces, estando situado detrás de él nuestro Rafa Nadal, como grandísimo campeón que es dentro y fuera de la pista, y a pesar de que acababa de ganar ese gran slam por primera vez, testimonió al suizo su respeto y su admiración por él de una manera exquisita.
Pero, aunque muchos lo llevan dentro y son más proclives a ello, a ganar y a perder se aprende desde niños. O sea, que son los padres y profesores los que han de inculcar esas buenas maneras en los chavales, pero haciéndoselo aprender por pensamiento, palabra y obra. Hay un caso que se suele dar con demasiada frecuencia. Un niño pierde un partido y al llegar a casa el padre le dice que aquello no tiene importancia, que lo verdaderamente importante no es ganar sino participar. Y ese mismo padre, dos horas más tarde, sentado ante el televisor, si a su equipo le van zurrando, no cesa de lanzar improperios e insultos a troche y moche, “disparando contra todo lo que se menea”. Y el chiquillo no puede entender la discrepancia entre lo oído antes y lo visto después. Dicho de otro modo, que hay que imbuirles la enorme dificultad del triunfo, que se consigue con la ambición y el espíritu de lucha, y desaconsejarles el abandono y la abulia en la persecución de un fin noble. Y todo ello dentro de los límites y normas establecidos. Y luego, y tan importante o más que la contienda, al término de la lid, tener humildad en la victoria y reconocimiento al otro si ha sido el vencedor, siempre que haya sabido ganar limpia y sabiamente.
Repito que todo eso, el saber ganar y perder, hablar y callar, mandar y obedecer, y tantas y tantas otras acciones que todos sabemos, es lo que constituye la maravillosa cualidad de saber estar, de ese exquisito comportamiento, que pocos poseen pero que quien la tiene, hace gala de ella en su proceder, sencilla, espontánea, continua y calladamente, tanto en los actos rutinarios como en las ocasiones menos comunes o más trascendentes. Es su exclusiva y admirable manera de obrar.
Vaya entonces, y con estas pobres palabras, mi mayor admiración para aquellos que nos dan a diario un hermoso ejemplo, porque eso saben y eso hacen. De ahí la dedicatoria de este escrito.

Mayo de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de mayo de 2011

miércoles, 13 de abril de 2011

Tino

Tino
Ramón Serrano G.

Lo primero que nos encontramos al llegar al pueblo fue un humilladero y tras él, una recoleta y antigua ermita rodeada de un arbolado. Allí había varios bancos y, sentados en ellos, algunos hombres ya mayores que entretenían sus horas en calmosa charla. Estaba también un joven de unos treinta años, que, al vernos, se vino hacia nosotros con paso ligero. Casi un trotecillo, aunque su forma de caminar era rara; como con una extraña y leve cojera. Vestía limpio, pero informal, y al llegar nos dijo con una voz desfigurada y con mucho agrado:
- Hola, soy Tino. Vosotros sois forasteros, ¿verdad?
- Pues sí, vamos de paso, pero vamos a sojornar aquí unos días porque no queremos irnos sin ver el pueblo, le contestó mi amigo. Yo me llamo Luis, y este es que ves aquí a mi lado es Luca.
- Qué bonito es. Y parece listo. Si queréis os acompaño y os enseño todo lo que hay que ver aquí, se ofreció.
- No gracias. Preferimos descansar un poco en uno de esos alhamíes. Pero vamos a estar por aquí un par de días. Ya nos veremos.
- Bueno, pues luego os busco. Me voy que tengo que ayudar a la señora Engracia y se me está haciendo tarde. Adiós.
Y se fue con prisa, y con su raro correteo, a hacer su menester. Nosotros nos sentamos junto a varios hombres a los que nos presentamos y que nos acogieron afablemente. Tras conversar un rato de los toretes de rigor, preguntamos si había en la población algún monumento a sitio digno de conocerse, y nos aconsejaron que no dejásemos de visitar la parroquia, pues había un baptisterio románico del siglo XIII de una sola pieza. Se supone, dijeron, que pensarían construir una iglesia, pero les faltarían los dineros y se tuvieron que conformar con eso. Que el lavadero de detrás de la plaza era “mu apañao”. Y “mu” antiguo, que creo que es del mil seiscientos, o por ahí. Luego estaba la casa de la Judía. No es que tuviese mucho que ver, pero se sabe que aquí vivieron algunas familias hebreas y que luego se fueron marchando todas menos una. En esa casa estuvo muchos años instalado un negocio de empeño y usura al cargo de una tal Débora, la cual, habiéndose quedado viuda muy joven, siguió desempeñando con mucho provecho el negocio de su marido. De esto hará casi dos siglos, pero la casa está lo mismo que entonces y la gente le tiene apego. Ahora es de un particular y no se puede visitar por dentro.
En esas, quiso Luis saber algo más de Tino, puesto que pese a la brevedad de nuestro encuentro y a sus extraños modos, que supusimos se deberían a alguna incapacidad, nos había causado una muy grata impresión. Tomó la palabra Domiciano para decirle:
- Puede que sea la mejor persona que hay en este lugar. La suya es una historia dolorosa y entrañable. ¿Si quieres, te la cuento?
Luis, más que asentir, le apremió a que lo hiciese, y el otro prosiguió: - Su padre, ¡un buen hombre!, era bracero y con muchos esfuerzos hizo que el muchacho estudiara. Pero a él lo que le gustaba era ser policía, y a ser posible, aquí, en su pueblo. Por tanto, se preparó concienzudamente hasta que consiguió la plaza de jefe. Al poco murió el padre, y él vivía tranquilo junto a su madre, a la que mantenía. Pero una noche, una mala noche, al regresar a su casa después de hacer la ronda, sorprendió a varios individuos robando en un comercio. Quiso detenerlos, pero la desigualdad de fuerzas hizo que los otros se le enfrentasen y le dominaran. Lo sujetaron bien, le tundieron con ganas, con saña, dejándolo casi muerto. Ocho meses tuvo que pasar en el hospital, dos de ellos en estado crítico, y luego casi otros dos años con recuperaciones lentas y penosas. Físicamente está bien, aunque cojea algo y habla de un modo raro. Lo peor es lo de su cabeza. Al darle el alta no nos conocía a nadie, y ahora, no es que haya recordado, es que ha aprendido a saber quién es cada uno pero sin relacionarnos con aquellos años. Por lo menos, se desenvuelve aceptablemente aunque su mente no coordine del todo, y le ha quedado una paga aceptable con la que viven decentemente la madre y el hijo.
- Pero él no para en todo el día y es feliz, continuó. Se ve que lleva en la sangre eso de ayudar al prójimo. Por ejemplo: es los pies y las manos de la señora Engracia. Como la pobre es ya muy mayor y está sola, le hace la compra y los recados, le barre la puerta, va al banco. De todo. Se marcha otras mañanas con Elpidio “Pintas” a su huerto y le ayuda en sus faenas. A coger zanahorias, plantar ajos, a lo que sea. Cuando puede, acompaña a Gorgonio “el Trucha” a pescar, o a dar una vuelta por la finca para ver si los gorrinos necesitan algo. Y siempre está dispuesto a prestar ayuda a quien se la solicite. Es un buen bastaje, y sin cobrar una perra a nadie, nunca, por sus servicios. La madre, la pobre, le dice: - Atiendes a todo el mundo, menos a mí. Pero ella, y todos, sabemos que no es verdad.
Sabidas estas cosas, y antes de despedirnos, nos aconsejó que nos alojásemos en la Posada Antigua y nos indicó cómo llegar a ella. Y eso hicimos. Pero antes de que hubiésemos acabado de acomodarnos, se presentó Tino y, cerrando cuidadosamente la puerta, dijo con sigilo:
- No se te ocurra cenar aquí. La posada es muy buena y muy limpia, pero en la comida no se pasan, y no digamos en las cenas. Vas a ir al Bar Becho, que está en esta misma calle, un poco más abajo, y allí sí te van a dar bien y barato. Jacinto, el dueño, es amigo mío. ¡Ah!, si necesitáis algo, no tenéis más que avisarme, que todo el mundo sabe donde vivo o en donde estoy. Y mañana os llevo a ver el pueblo. Veréis qué hermoso es.
Al día siguiente, mucho antes de la hora tercia, ya estaba Tino esperándonos en la esquina enfrente de la posada, tomando el sol y hablando con sus paisanos. Anduvo con nosotros casi toda la mañana, y no pudimos comprobar si era la mejor persona del pueblo, pero sí que era bueno de verdad. Bueno, hasta dejárselo de sobra.

Abril 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 15 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

Los duendes

Los duendes
Ramón Serrano G.

-¿Qué te ocurre Golino? Tienes hoy un gesto de tristeza que me preocupa. Espero que sea catafórico y me digas la causa.
-Pues sí, Mirso, llevas razón. He tenido noticia de algo que me ha afligido mucho y sé, que cuando te lo diga, te va a inquietar igualmente.
Eran Mirso y Golino dos pequeños duendes, amarillo el primero y celeste el segundo, que cada noche, tras cumplir puntualmente con su extensa faena, se reunían para charlar un rato antes de que el sol reavivase a los humanos que habitaban la casa en donde ellos ejercían sus benefactoras labores.
Sabido es que los duendes, seres pertenecientes a la raza feérica, son conocidos en todo el mundo, aunque en cada sitio reciban nombres diferentes: están los gremlins, los trasgos, o los lutins, por no citar a otros muchos. Los hemos encontrado en la literatura universal, y así podemos recordar a su principal figura, Lord Oberon, que aparece en Macbeth, o al famoso zapatero de los Hermanos Grimm. Por último, he de aclarar que los de color oscuro suelen ser de mal carácter y propensos a realizar fechorías, mientras que los de color claro, como nuestros protagonistas, son de corazón noble y puro.
Volviendo a sus menesteres y trabajos antes aludidos, hay que decir que no eran pocos. Bien entrada la noche, y cuando todo quedaba a oscuras y en silencio, aparecían ellos, y empezaban su ronda recomponedora de cualquier desperfecto que pudiera darse. Cuidaban de que en la cocina no faltasen algunas migas para los ratones, aunque tenían a estos muy bien aleccionados para que no dejasen huellas, ni apareciesen nunca ante los demás. Se preocupaban de que las hojas que caían de los álamos, olmos, fresnos y abedules del jardín, formasen una bella y seductora alfombra, que, a más de su hermosura, fuese un gozo el pisarla. Aconsejaban a la lluvia que repiquetease con gracia sobre el tejado de la cochera, y al viento que, si iba a ulular con fuerza, lo hiciera armónicamente para que, de ese modo, no atemorizase a los inquilinos y les ayudara a conciliar el sueño. Y le hacían saber además, que si quisiere entrar en la casa, sólo debía acceder a ella por el pequeño intersticio de alguna ventana, para que de ese modo no entrase también el frío y bajase la temperatura interior.
Esas y otras muchas eran sus faenas, pero la más importante de todas consistía en la vigilancia y cuidado de los niños. Si estos dormían, los arropaban una, cien, las veces que fuera necesario. Les imbuían sueños la mar de divertidos, y si se despertaban, jugaban con ellos niños para que no llorasen. Y está comprobado que cuando los bebés, acostados en sus cunas, miran al techo y ríen, es que están viendo a los duendes y entretenidos con ellos.
Pero el alboreo de aquel día se hallaba cargado de tristeza, y Golino empezó a hablar con toda la mesticia del mundo:
-Hace unas noches, al pasar por la biblioteca, observé que unos cuantos libros estaban contándose algo que debía ser poco halagüeño dado el aspecto engurrio que tenían. Callaron al verme, yo no me preocupé en demasía, y hasta me olvidé de ello. Pero anoche vi reunidos a “La Celestina”, al “Quijote”, a “La perla”, a “Hamlet”, a “Platero” y a alguno más, y les oí hablar lo siguiente: -Tengo noticias muy fiables de que don Felipe, el dueño de la casa, está muy mal, y que le deben quedar muy pocos días de vida. Él lo sabe, y está muy apenado porque ignora qué va a ser de sus queridos libros cuando falte. Cree que sus hijos no son tan aficionados a la lectura como él, o no tienen sus mismos gustos, y que tan pronto como vean el testamento, nos venderán por cuatro cuartos y al saber qué será de nosotros.
-Pues lo más seguro, dijo otro, es que alguno se quede con los títulos más conocidos, o con los volúmenes mejor encuadernados, y el resto sea vendido, como apuntas.
-Lo que a mí me han contado, medió un tercero, es que ha pensado, incluso, en regalarnos a todos a alguna institución benéfica.
-¿Dónde acabaremos?, exclamó otro ejemplar, y optimista, “El Lazarillo” sentenció: - Muy bien, ya lo veréis.
- Pues no temáis nada ni tú, ni los libros, le cortó Mirso, porque también anoche, en mi ronda habitual, pasé por el dormitorio de don Felipe. Ya sabes, para ver la temperatura de la alcoba, si se había dormido sin tomarse sus pastillas, etc., y le noté un gesto de preocupación y le oí, soñando en voz alta, expresar sus temores sobre el destino de los componentes de su biblioteca. Entonces, sin hesitar, me acerqué a su oído y le fui susurrando con el mayor aticismo retórico lo que a continuación voy a contarte. Le recordé primero que los libros no están hechos para el adornamiento de una sala o el pavoneo de su dueño, sino que fueron editados para impartir cultura y recreo a sus lectores. También que la felicidad de ellos depende de si son leídos y no del lugar donde se encuentren. Finalmente, que hay una gran probabilidad de que a sus hijos les agrade conservarlos y empaparse de lo que cuentan, pero que si ellos no lo hacen, serán sus nietos los que, orgullosos, conservarán y leerán los textos que heredaron de su abuelo. Cambió su alcocarra y, al poco, se levantó sonriente y dijo: -Ya he visto solucionado mi problema. Ahora estoy feliz.
- Oye, ¿y quién te ha enseñado a ti eso de imbuir ideas a los mayores?, le preguntó Golino.
- Fueron Mab, la reina de las hadas, y su compañera, la viejecita Habetrot, las que me iniciaron en esos menesteres de aconsejar debidamente a quien lo precisare. Y he de decirte que siempre que lo hice obtuve buenos resultados.
- Amigo Mirso, espero que me darás a conocer esos rituales.
- Para ello, y para cuanto tú quieras, estoy siempre a tu disposición, amigo Golino. Ya lo sabes.

Abril de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de abril de 2011

jueves, 24 de marzo de 2011

El viejo topo

El viejo topo
Ramón Serrano G.

Érase una vez un viejo topo que llevaba ya mucho tiempo jubilado. Años atrás, y por su total ceguera, le habían concedido una invalidez, malamente gratificada, pero con la que tenía que vivir forzosamente. Como pudo, se acomodó a esas limitaciones físicas y económicas y, pese a ellas, o quizás gracias a ellas, halló un modo de vida tranquilo y plácido, que ha de saberse que muchas veces de las adversidades se obtienen grandes beneficios. Y aunque por desgracia, las cosas se habían ido empeorando últimamente cada vez más, por muy diversos motivos y en diferentes sentidos, él, estoicamente como digo, y pese a ello, se había hecho a una metódica existencia en la que era feliz, o casi.
Dormía poco, comía menos, pensaba tal vez en demasía, y su mejor solaz era acudir cada mañana a un calverillo del bosque a tertuliar con los amigos que también asistían indefectiblemente a esos conciliábulos. Solían ser habituales asistentes una impávida tortuga, un lagarto que siempre estaba haciéndose el adormilado y fingiendo desinterés por lo que escuchaba, un par de parsimoniosos caracoles y una bulliciosa ardilla. Esos eran los fijos, pero también solían verse acompañados de las clásicas hormigas, una o dos orugas, un gazapillo de allá para cuando, y algún que otro colega de diversa índole.
Cierta mañana, estando bien acomodados entre nasturcias, tomillos, rosmarinos, cohombrillos, bocas de dragón, gamonitas, ruiponces, etc., llegó hasta allí un mirlo, que mirlándose según su inveterada costumbre, con su aflautada voz les rogó silencio a ellos, a los verdecillos, chamarices y mitos, y a cuantos grillos, cigarras, moscardones y demás gusarapos y musarañas había en el entorno. Solícitos, obedecieron todos, y, de inmediato, solo se escuchó su voz, interferida un tanto, y someramente, por el liviano rumor del arroyo vecino y el de algún lejano y desacompasado croar. Y dijo la merla a los presentes:
-Quiero que sepáis, amigos míos, que vengo de la cárcava vecina de presenciar una de esas reuniones periódicas en las que los pomposos pajarracos de nuestro hábitat se reúnen periódicamente para soltar sus grandilocuentes, aunque banales e inanes, catilinarias llenas de promesas jamás cumplidas.
- Y ¿quiénes estaban?, preguntó el talpa.
- Pues puede decirse que había quórum. Presidía, como es lógico, el Gran Buitre, arropado por toda su extensa corte de rapiegos y rapiegas. Frente a ellos, sus combluezos: aguiluchos y águilas de todas clases. Desde la de cabeza blanca o la calzada, a las ratoneras, culebreras, y guarrillas. Intercalados entre ambas facciones, los sempiternos cuervos, olivardas, picazas, cernícalos, esmerejones, elanios, muchos gansos, no pocas grullas y demás tragaldabas por todos conocidos. En un balconcillo, y como invitados, apreciábase alguna altiva avutarda, unas torcaces, varios chorlitos, así como zorros, hurones y ciertos jabalíes, orondos, rechonchos, y rollizos.
-¿Esos son los que se dedican a marcar y sugerir las sendas por las que hemos de conducirnos los currinches nemorosos?, preguntó la ardilla.
-Los mismos. Y que se ve que les presta esa ocupación, porque sacan mucho rendimiento pese a su escaso hozar. Pero sigo. Un distinto mirador se hallaba ocupado por cárabos, corujas y milocas, que allí se están para fijarse minuciosamente en todo y luego contarlo, aunque cada cual a su manera. Mas, sigamos con lo nuestro. Luego que el Gerifalte, gárrulo como siempre, terminó de desbarrar sobre la feliz vida que nos estaba proporcionando, escuchamos la usual retahíla: carreteó este, clocó aquél, crascitó más de uno y gruyeron otros, hasta que le tocó el turno de intervención a un viejo Búho que comenzó a ulular de esta forma: “Ha tiempo que me llegaron noticias de que en la más remota antigüedad vivió en este bosque la hembra de un pato, que fue llamada “La Grande”, y que alcanzó enorme fama por dos circunstancias. Una era su ingente tamaño, pues parece ser que tenía una altura de tres codos y un peso tan descomunal que nadie viera jamás algo parecido. Consistía otra, en que tenía una afición desmedida por copular con cualquier macho que se pusiese a su alcance, sin que le importase, en absoluto, su raza, tamaño, color o carácter. Debido a ello, sus crías, por una genética correcta o anómala, no se sabe, salían de cualquier especie, tanto de la suya como de la de quien se la hubiese beneficiado. El caso es que tuvo una prolífica, muy variada, e inusual descendencia, tanto de palmípedas, falcónidas, gallináceas y otros tipos de aves, como de cuadrúpedos, reptiles y otros más.
-Yo pienso que el buharro no sabe bien lo que dice, medió el topo. Soy el menos indicado para hablar de ojos, pero ¿no será que él los tiene de alinde?
-Pues ha afirmado, con rotundidad, que está plenamente convencido de ello, ya que tanto él, como algún otro intelectual, tienen el asunto muy estudiado, que de este caso se está hablando bastante, y que toda la fauna y flora del sotobosque se está haciendo eco del tema. Y lo complementó diciendo que al igual que parece ser que los homínidos provienen de los simios, una parte, que no todos, de los allí reunidos son su heteróclita descendencia.
- ¿Entonces, a ver si me he enterado bien?, preguntó el fardacho.¿ Quiso decir de ese modo, que, aunque no sean todos, que eso está claro, algunos de los que allí acuden para exponer una y mil veces que su exclusiva dedicación es conseguir una vida excelente para los que habitamos el bosque, la conservación y mejora de su fauna, su flora, y su clima, etc., etc., aunque esté más que demostrado que su exclusivo interés está en asegurarse su propio beneficio, y que esa grupo de seres que así obran son descendientes por línea directa de aquella Pata, llamada “La Grande”?
-Efectivamente, sentenció el del pico amarillo.
-Entonces, determinó la tortuga con un rítmico bamboleo de su cabeza, habremos de convenir que a aquellos que actúan de tal modo, al ser además, como parece haberse demostrado, vástagos de la tan famosa, promiscua y prolífica criatura, podremos calificarlos como unos hijos de la gran pata.
-Pues va a ser eso, sentenció el miruello.
Y se quedó mirando a una preciosa mariquita, con sus alas rojas y sus siete puntos negros, que se había posado en un coletuy cercano.

Marzo de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de marzo de 2011.

domingo, 20 de marzo de 2011

Acordarse

Acordarse
Ramón Serrano G.

En este mundo, la inmensa mayoría de los seres no solemos hacer nunca nada si no obtenemos de nuestras obras alguna remuneración, sea esta del tipo que sea. Fundamentalmente suele ser económica, pero también puede que nos plazca si con ella vemos satisfecho el ego, tanto en lo pretencioso como en lo cognoscitivo. Sin embargo, no seré yo quien juzgue el proceder de cada cual a este respecto, primero, porque es muy justo que se quiera ganar un estipendio por el trabajo realizado, y luego porque, dada la condición humana, hay quien hace lo que sea menester con el fin de presumir y darse pisto ante los demás. Pero no es a eso a lo que vengo ahora a esta palestra de mis amores.
Los aludidos son, o somos, la generalidad, pero no debemos olvidar que hay también unos pocos, muy pocos, escandalosamente pocos, que dedican una gran parte de su tiempo libre a la ejecución de actividades de las que no sacan provecho numerario alguno, ni más fama que la que puede tener el alguacil de Villachica del Cerro. Entonces, ¿qué es lo que hacen estos otros para después de trabajar no obtener una paga, aunque sea escasa? ¿Será, acaso, que su obra no tiene valor de ningún tipo?
No. Nadie piense que es de este modo, antes bien al contrario, pues el actuar de estas gentes a las que me estoy refiriendo consiste, nada más y nada menos, que en dedicar sus pocas o muchas horas libres a trabajar denodadamente no en su propio beneficio, ya sea este grande o chico, sino en el de los demás. Y lo hacen en todos los sitios y de todas las formas que imaginarse pueda. Por aclarar un poco a quien va referido mi propósito citaré algunos ejemplos, pidiendo disculpas a los no mentados, no vayan a creer ellos, o quienes lean este escrito, que al omitirlos les concedo menor valor que a los que expreso.
Entonces vengo en decir que hay quien colabora con entidades de caridad o sanitarias y quien pertenece a hermandades o asociaciones de tipo religioso, musical, teatrales, o culturales de cualquier otra condición. Y ya me dirá usted, amable lector, qué saca, o quién conoce, al costalero o al penitente que sacan a un paso en procesión. Qué beneficio obtiene, o ante quien presume, el componente de una coral, o el de un grupo teatral aficionado. O si alguien se entera del obrar, o de lo que gana la persona que se hace partícipe y colaborador de alguna organización caritativa. Y ¿a qué seguir poniendo ejemplos? Aunque usted y yo sepamos que hay muchos más, que los hay a miles.
Para una mejor aclaración, quisiera precisar un poco que todos los que realizan estos menesteres obtienen en el desarrollo de los mismos lo que a continuación detallo:
Emplear horas, muchas horas, infinidad de horas, la mayor parte de su tiempo libre y de su descanso, en asistir a ensayos, prácticas, actividades y realizaciones de su afición y de su filia.
Gastar alguna parte de su dinero en desplazamientos, compras del material necesario, consumiciones y otros, propias de esas dedicaciones.
Renunciar a muchas otras maneras de divertirse y relajarse, más privativas y menos sacrificadas.
Saber que muy pocas veces, o nunca, se verá recompensada por nadie su admirable actitud. Algunos obtendrán, y durante unos pocos minutos, un aplauso, pero poco más. Y la mayoría ni eso.
Entonces, y según lo expuesto, alguno de ustedes vendrá en pensar que estas personas, dado su sacrificio, son dignas de consideración y lástima. Pues no. De lo primero, sí y en grado sumo, pero de lo segundo, en absoluto. ¿Por qué? Pues porque ellos, al llevar a cabo su hobby, son completamente felices. Mucho más que si vieran gratificado su trabajo con algún estipendio. Y su dicha, su felicidad, estriba por encima de todo en:
Proporcionar alguna ventura a los demás.
Paliar las necesidades de los menesterosos de cualquier condición.
Propagar la cultura.
Mantener las costumbres y las tradiciones.
Restar importancia a su quehacer.
Pasar desapercibido ante los otros
No les tengamos conmiseración entonces, sino envidia, porque haciendo lo que acabo de explicar, ellos son contentos, ya que lo que buscan es eso solamente: ayudar a la comunidad sin recibir nada a cambio. Saben muy bien que los trabajos volitivos preparan a las gentes para soportar con mayor facilidad los obligatorios. Y saben que el fruto del trabajo es el mejor placer que existe.
Ellos no lo buscan ni lo necesitan para nada, pero es a nosotros a quienes nos toca primero reconocer su comportamiento y proclamarlo después. Por tanto, y aunque habitualmente estamos más propensos en dar loas y encomios a aquellos que son famosos y están encumbrados, acudo hoy, desde mi modestia, a hacer mención a esas buenas gentes, altruistas y generosas, y rendirles tributo de gratitud y admiración. Es esta una tarea que solemos procrastinar e, incluso, abandonarla. Pero sería cometer una estulticia el no acordarse de ellos, ni darse por enterados de que existen y de lo que hacen. Ni agradecérselo. Por eso he escrito lo que antecede.

Marzo de 2011

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de marzo de 2011