¡Qué pena!
Ramón Serrano G.
Un día de esos en los que febrerillo “el loco” gusta de neviscar, y como aun nos faltarían un par de leguas para llegar a Tomillares, dimos en buscar refugio en un bombo, esas maravillosas construcciones populares que hay en la zona, hechas de lajas calizas superpuestas y sin ningún tipo de argamasa, yeso, cancagua o pece, que las aglutine. Vimos salir humo y allí acudimos. Al entrar, hallamos a un labriego que se nos había anticipado por el mismo motivo, y que había tenido la feliz ocurrencia de echar fuego. Nos recibió de buen grado y con mejor, si cabe, nos acomodamos nosotros ante aquella lumbre que el paisano no dejaba de abanar con un periódico viejo, a esperar tranquilamente que escampase.
-Aquí nos las den “toas”, dijo el “podaor”. Frío no vamos a pasar que ahí atrás hay una buena hacina de sarmientos, y hambre tampoco, pues aunque el hato que tengo no es mucho, sí da para tomar un buen “bocao”.
Empezó de inmediato una amena garla entre Luis y él, mientras que yo, como perro viejo, y nunca mejor utilizada la expresión, me tumbé entre ellos y las llamas a escucharlos. Y como no sabían de qué hablar, lo hicieron de la “vida”, que es como las gentes aluden a una conversación larga en la que se tratan muchos y variados temas, aunque ninguno con preponderancia. Luis, al no conocer al hombre, y quizás por bienquistarse, aludió a las limitaciones que su existencia tendría en aquel entorno, pero el viñero le desnegó de inmediato, y con gran mesura expuso lo que sigue:
-No lo crea así amigo, que más podría decirse que el llevar la vida que yo me gasto es fortuna y no revés, aunque ya se sabe que todo es relativo, y que aquello que a unos les parece bien a otros les agraza. Ni del mejor libro, la mejor música, o del más bello cuadro, puede decirse que este es mejor que aquel otro, así que no valoremos el vivir de cada cual, con todas las circunstancias que le rodean y su gran influencia sobre él.
-Y a sabiendas de esa diversidad de condiciones de todo tipo, físicas, psíquicas, sociales, económicas, etc., etc., con las que cada uno hemos de sacar adelante nuestra existencia, hemos de esforzarnos en obtener el mayor y mejor partido posible para conseguir así un alto grado de felicidad. A mí me hubiese agradado en extremo vivir junto al mar, pero como nací en estas tierras de majuelos y pan llevar, sé que no puedo ir a la playa, pero como también sé que no debo dejar de bañarme, pues me voy al río o lo hago en la tina de mi casa, y allí me enjabono y me quito las cascarrias. Tras ello, luego acudo a donde sea menester, aseado y oliendo a limpio.
-Pero sí que quiero, amigo, dejarle claras dos cosas. Una, recalcar lo que le acabo de exponer, y para ello voy a echar mano de unas palabras de mi buen amigo, y creo que suyo, Sancho Panza, el cual, mientras enalbardaba al asno, se dirigió con ellas al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio, diciéndoles: “…bien se está San Pedro en Roma, y quiero decir con ello, que bien se está cada uno usando el oficio para el que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador… y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas”.
-La otra es, que si nunca debe nadie menospreciar la forma y manera en las que nos haya tocado vivir, como ya queda dicho, reiterando una vez más que hemos de tratar de estar a gusto con ellas, procurando, eso sí, de mejorarlas en lo posible. Y que si esto hemos de pretenderlo en todo, mucho más hemos de intentar, y debiera haber dicho conseguir, engrandecer hasta el infinito esa maravillosa aventura de la vida que es el amor, cuando se tenga la fortuna de experimentarla. Quien la disfrute, ha de ser conocedor que está inmerso en la mejor labor de las que haya de ocuparse, y que en ella no debe buscar ninguna tara o deficiencia, sino que su exclusivo quehacer será hallar sus muchas excelencias, que las tendrá, a buen seguro. Nadie ose entonces comparar a la persona amada con cualquier otra, por mor de cuna, riqueza, hermosura o algún distinto atributo o peculiaridad, ya sean estos descomunales o nimios, naturales o fingidos. El sabio sabe que tan hermosa es la flor del tomillo como la hortensia, la orquídea o el clavel reventón. Tan dulce el cariño de la princesa altiva, como la de quien pesca en ruin barca. Tan ardorosa la pasión del infanzón, como la de quien baja a la mina diariamente.
-Está bien probado que la inhesión no crece mejor, ni dura más, ni es más apacible, si se desarrolla entre grandes personajes, que si se alza entre un pobre pastor que jamás salió de la dehesa y una zagalilla que no hizo otra cosa que ayudar a su madre en las faenas de la casa. Todos pueden ofrecerse los mayores quereres y ternezas. Pero ¡qué pena!, ¡qué gran pena!, da el saber que muchos, en el Amor, solo buscan arremuecos y lujuria. ¡Pobres necios! Se extasían en la cáscara y no alcanzan el fruto.
No extrañó a Luis la cultura y el buen razonar que había demostrado el labriego, sino que confirmó la opinión que tenía de ellos, pues sabía que la mayoría eran hombres que suplían con mucha lectura su obligada escasez de escuela. Diole su conformidad a cuanto había escuchado y, en esas, asomándome, vi que hacía mejor oraje, por lo que nos dispusimos a retomar nuestro camino. Pero hubimos de quedarnos otro rato, ya que el paisano se empeñó en que, antes de irnos, tomásemos el “bocao” anunciado y prometido. Y ratificamos que en eso, como en sus razonamientos, también tuvo mucho acierto el hombre.
Febrero de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11de febrero de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
El precio
El precio
Ramón Serrano G.
Para I.G.S, digna heredera.
“Nada es barato, ni caro/ todo es igual en la vida/Las cosas valen tan sólo/ lo que cuesta conseguirlas”
Francisco Villaespesa.
Se sabe, por estar así definido desde antaño, que precio es lo que cuesta algo, o lo que hay que pagar por ello. Pero eso, así de escueto, es lo que intrínsecamente dice el diccionario de este término. Sin embargo, si lo analizamos desde un punto de vista circunstancial, sabemos muy bien que el coste, el monto que hemos de dar para conseguir algunas cosas dista mucho de ser simplemente la entrega de un algo a cambio de otro algo. Porque por igual es sabido que fácil es tasar las cosas y los menesteres más básicos, pero no lo es tanto hacerlo con aquellas otras intangibles y/o emocionales que atañen al espíritu.
¿Cuál sería entonces el precio de una determinada cosa? Dependerá muy mucho de las circunstancias en las que ha de desarrollarse su consecución, del valor, no ya el real, sino el que pueda tener puntualmente para quien la pretende, y del interés subjetivo que se tenga en conseguirla. Por tratar de explicarlo llanamente pondré un ejemplo. Imaginemos que aparece en Tomillares el manuscrito de una novela de don Francisco García Pavón, y que quien lo tiene estaría dispuesto a venderlo. En primer lugar, es obvio que tendría muchas más dificultades en conseguirlo, que le acarrearía un costo mayor (reconocimiento del ejemplar, negociaciones, avances y retroceso de las mismas, etc.) a un ciudadano de Tafalla que fuese gran admirador del genial manchego, que al Ayuntamiento de esa ciudad o, simplemente, a algún vecino de ella, por la proximidad, etc..
Tampoco sería igual lo que supondría su obtención para ese paisano del autor que, al ser poco amante de la lectura no llegue a apreciar en demasía el “códice”, y que sí, que no le importaría tenerlo por aquello de la rareza, pero que no muestra interés alguna en adquirirlo. Lo que no le ocurriría a aquel otro que tuvo la suerte de ser alumno, e incluso amigo de don Francisco, fortuna inmensa que disfrutó quien esto escribe.
Por último, y sabiendo que Pavón solía citar a paisanos suyos en sus novelas unos con sus propios nombres y otros con pseudónimos o apodos (recordemos a Manolo Perona, o al “Faraón”), planteémonos la cuestión de que haya dos individuos verdaderamente interesados en la adquisición del escrito y que uno de ellos sea descendiente de alguno de esos protagonistas. Como es lógico y natural, este último pretendiente pondrá mucho mayor empeño en hacerse con él y así tener reflejadas, de puño y letra del autor, ciertas andanzas de su progenitor. Creo haber explicado que no todo tiene siempre el mismo valor para todos.
Pero no hay por qué fantasear con ejemplos ficticios. Traigamos a la palestra varias actitudes que se dan corrientemente, con las que podemos profundizar en lo verídico de lo expuesto hasta aquí. Hay quien hace lo imposible, se gasta lo que tiene y lo que no, se sacrifica, medra, sufre, ahorra y todo lo que queramos añadir, para obtener un cargo, ver un partido de fútbol o adquirir un cuadro. Y no quiero valorar, ni por supuesto comparar, la acción de cada uno de estos individuos, que allá cada quien con sus aspiraciones siempre que sean honestas. Pero es sabido que hay quien se sacrifica, las pasa moradas y se esfuerza hasta lo impensable por algo que otros no cogerían ni regalándoselo.
Y no es que unos estén locos, o sean lelos, y los otros no. Es que los gustos y las valoraciones que le damos a las cosas varían enormemente de X a Y. ¡Cuántos se mueren, pobrecillos, sin haber leído un libro! O que les da igual comer acelgas que solomillo. O que les importa un bledo que la prenda que se compran lleve bien visible una determinada marca. O que se arrastran, compran voluntades o mienten prometiendo lo imposible para llegar a ser presidente de la Hermandad de los Amigos Sidéreos. Y, por último, una postura que suele darse con frecuencia, y que es la de aquellos que desprecian algo sin saber lo que es y lo que conlleva conseguirlo. Muchos ignoran lo que cuesta sacar unas oposiciones, subir un ocho mil o la delectación de escuchar a una buena sinfónica en directo. Y “disimulan” su desconocimiento diciendo que eso no les interesa o no les agrada.
Pero es que viene a ocurrir también con las cosas que tienen un valor contrastado. Unos pagan lo que les pidan por conseguir un chalé en determinada playa y no les interesa un ápice conseguir un stradivarius. Pasan sin detenerse ante la representación de El avaro y se tiran las horas muertas delante del televisor. Se prestan a hacer idioteces supinas por flirtear con una famosa y que todo el mundo lo sepa, y no se fijan en la vecina del tercero que es una mujer valiosa. “Hay gente pa tó”, ya se sabe.
Convengamos en que hay cosas que no tienen precio, otras que exigen pagar mucho por conseguirlas, y las hay que tienen un valor inferior al que se les atribuye. ¿Qué vale, entonces, una determinada cosa? ¿Cuánto deberíamos afanarnos, en justicia, por lograrla? Para unos mucho, pero poco, o nada, para otros. Así, recuerdo al lector, y para ello recurro de nuevo a mi admiradísimo Antonio Machado, cuando dijo aquello de: “Todo necio confunde valor y precio”.
Enero de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 28 de enero de 2011
Ramón Serrano G.
Para I.G.S, digna heredera.
“Nada es barato, ni caro/ todo es igual en la vida/Las cosas valen tan sólo/ lo que cuesta conseguirlas”
Francisco Villaespesa.
Se sabe, por estar así definido desde antaño, que precio es lo que cuesta algo, o lo que hay que pagar por ello. Pero eso, así de escueto, es lo que intrínsecamente dice el diccionario de este término. Sin embargo, si lo analizamos desde un punto de vista circunstancial, sabemos muy bien que el coste, el monto que hemos de dar para conseguir algunas cosas dista mucho de ser simplemente la entrega de un algo a cambio de otro algo. Porque por igual es sabido que fácil es tasar las cosas y los menesteres más básicos, pero no lo es tanto hacerlo con aquellas otras intangibles y/o emocionales que atañen al espíritu.
¿Cuál sería entonces el precio de una determinada cosa? Dependerá muy mucho de las circunstancias en las que ha de desarrollarse su consecución, del valor, no ya el real, sino el que pueda tener puntualmente para quien la pretende, y del interés subjetivo que se tenga en conseguirla. Por tratar de explicarlo llanamente pondré un ejemplo. Imaginemos que aparece en Tomillares el manuscrito de una novela de don Francisco García Pavón, y que quien lo tiene estaría dispuesto a venderlo. En primer lugar, es obvio que tendría muchas más dificultades en conseguirlo, que le acarrearía un costo mayor (reconocimiento del ejemplar, negociaciones, avances y retroceso de las mismas, etc.) a un ciudadano de Tafalla que fuese gran admirador del genial manchego, que al Ayuntamiento de esa ciudad o, simplemente, a algún vecino de ella, por la proximidad, etc..
Tampoco sería igual lo que supondría su obtención para ese paisano del autor que, al ser poco amante de la lectura no llegue a apreciar en demasía el “códice”, y que sí, que no le importaría tenerlo por aquello de la rareza, pero que no muestra interés alguna en adquirirlo. Lo que no le ocurriría a aquel otro que tuvo la suerte de ser alumno, e incluso amigo de don Francisco, fortuna inmensa que disfrutó quien esto escribe.
Por último, y sabiendo que Pavón solía citar a paisanos suyos en sus novelas unos con sus propios nombres y otros con pseudónimos o apodos (recordemos a Manolo Perona, o al “Faraón”), planteémonos la cuestión de que haya dos individuos verdaderamente interesados en la adquisición del escrito y que uno de ellos sea descendiente de alguno de esos protagonistas. Como es lógico y natural, este último pretendiente pondrá mucho mayor empeño en hacerse con él y así tener reflejadas, de puño y letra del autor, ciertas andanzas de su progenitor. Creo haber explicado que no todo tiene siempre el mismo valor para todos.
Pero no hay por qué fantasear con ejemplos ficticios. Traigamos a la palestra varias actitudes que se dan corrientemente, con las que podemos profundizar en lo verídico de lo expuesto hasta aquí. Hay quien hace lo imposible, se gasta lo que tiene y lo que no, se sacrifica, medra, sufre, ahorra y todo lo que queramos añadir, para obtener un cargo, ver un partido de fútbol o adquirir un cuadro. Y no quiero valorar, ni por supuesto comparar, la acción de cada uno de estos individuos, que allá cada quien con sus aspiraciones siempre que sean honestas. Pero es sabido que hay quien se sacrifica, las pasa moradas y se esfuerza hasta lo impensable por algo que otros no cogerían ni regalándoselo.
Y no es que unos estén locos, o sean lelos, y los otros no. Es que los gustos y las valoraciones que le damos a las cosas varían enormemente de X a Y. ¡Cuántos se mueren, pobrecillos, sin haber leído un libro! O que les da igual comer acelgas que solomillo. O que les importa un bledo que la prenda que se compran lleve bien visible una determinada marca. O que se arrastran, compran voluntades o mienten prometiendo lo imposible para llegar a ser presidente de la Hermandad de los Amigos Sidéreos. Y, por último, una postura que suele darse con frecuencia, y que es la de aquellos que desprecian algo sin saber lo que es y lo que conlleva conseguirlo. Muchos ignoran lo que cuesta sacar unas oposiciones, subir un ocho mil o la delectación de escuchar a una buena sinfónica en directo. Y “disimulan” su desconocimiento diciendo que eso no les interesa o no les agrada.
Pero es que viene a ocurrir también con las cosas que tienen un valor contrastado. Unos pagan lo que les pidan por conseguir un chalé en determinada playa y no les interesa un ápice conseguir un stradivarius. Pasan sin detenerse ante la representación de El avaro y se tiran las horas muertas delante del televisor. Se prestan a hacer idioteces supinas por flirtear con una famosa y que todo el mundo lo sepa, y no se fijan en la vecina del tercero que es una mujer valiosa. “Hay gente pa tó”, ya se sabe.
Convengamos en que hay cosas que no tienen precio, otras que exigen pagar mucho por conseguirlas, y las hay que tienen un valor inferior al que se les atribuye. ¿Qué vale, entonces, una determinada cosa? ¿Cuánto deberíamos afanarnos, en justicia, por lograrla? Para unos mucho, pero poco, o nada, para otros. Así, recuerdo al lector, y para ello recurro de nuevo a mi admiradísimo Antonio Machado, cuando dijo aquello de: “Todo necio confunde valor y precio”.
Enero de 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 28 de enero de 2011
jueves, 13 de enero de 2011
Coplas
Coplas
Ramón Serrano G.
-¡Hola! Me imagino que te extrañarás al recibir esta carta, pero ahí la tienes. Creo que no la esperabas y puede que ni tuvieras deseo alguno de recibirla. En realidad, aún no sé por qué la he escrito. Quizás lo haya hecho para dejar plasmadas las miles de conversaciones que sobre nosotros y nuestra vieja y extinta relación, tengo mantenidas y mantenemos mi locura y yo, y nadie más, desde que nos separamos, ¿hace ya…?, no sé qué tiempo. Desde entonces, todos los días, absolutamente todos los días, dedico un rato a ese mudo diálogo interno, dudando si al hacerlo me ocurrirá como al que cada tarde acude al bar a tomar unas copas que acabarán por destrozarle el hígado, o, por el contrario, me beneficiará como a quien cada mañana hace unos ejercicios físicos programados y metódicos.
Pero no es por el mal o buen resultado que pueda ocasionarme el hacerlo, por lo que tengo esa constante “obligación” de hablar contigo a solas, imperativo que, por supuesto, cumplo a rajatabla. Así satisfago ese menester de que tu alma y mi pensamiento, tu mente y mi corazón, se digan y escuchen todas esas cosas que ellos necesitan o, mejor dicho, que un día necesitaban. Además quiero que sepas que, en esos delirios, jamás me ocupo en buscar culpables de lo sucedido, ni las causas que lo produjeron, y ni tan siquiera me planteo soluciones o componendas que, es obvio, ya no pueden darse bajo ningún concepto. Además, todo eso sólo serviría para atormentarme. No. Lo dejo así, tal como está, y aunque me pese.
Como digo, lo que sí hago casi constantemente es lo que hacen, o deberían hacer, todas las parejas que en el mundo son. Converso contigo, dialogo sobre nosotros, sobre los amigos, el trabajo, los libros, la música, la historia, el porvenir, el hombre y sus circunstancias. ¡Sobre tantos temas! Y en esos deliquios y con esos coloquios en los que nos expresamos nuestros pareceres, en los cuales a veces disentimos y a veces concordamos, pero que siempre nos ayudan a entendernos, vivo de nuevo junto a ti, bajo tu protección y dándote mi ayuda, con tus enseñanzas y mis consejos, con tu sacrificio y mi esfuerzo. Y me hago la idea de que aún somos la pareja que fuimos, y, en el colmo de la guilladura, llego a creer que todavía nos queremos. Ignoro si a ti te ocurre alguna vez lo mismo. Pero da igual.
Lo peor es que también todos los días se me vienen de nuevo a las mientes, cómo sin esperarlo, los roces y escollos que fueron apareciendo en nuestra relación por motivos que entonces parecieron baladíes y luego resultaron trascendentes, que ignorábamos su procedencia, pero que daba la impresión de que querían separarnos. Parecía como si alguien se empeñase en poner una valla a nuestras vidas para que no siguiesen comunicadas la una con la otra. –Eso es querer ponerle puertas al campo, me dije yo. Y hablando de puertas y de nuestros amores, déjame que te recuerde las letras de algunas soleares que, como aficionados al flamenco, escuchamos por entonces. Me dijiste en una ocasión, bien que me acuerdo: Como la puerta crujía, aceite le echaba yo, la noche que tú venías.
Pero las cosas fueron de mal en peor, creo que porque alguien con malignos poderes se empeñó en destruir nuestra unión y nuestro cariño, con tanto empeño y eficacia, que acabó por conseguirlo. Un, o unos, cuyos nombres ni tú ni yo olvidaremos nunca, y que, con felonías y dizques, consiguieron su propósito, que no era otro que el acabar con algo tan hermoso que aquello que había surgido entre nosotros. Alguien que logró que tuviésemos más fe en los extraños que en nosotros mismos, cosa que no debimos hacer nunca. Pero así sucedió, bien que me pese. Al final, cuando todo estaba a punto de romperse, o mejor dicho, cuando ya estaban los añicos tirados por los suelos, te informé en un postrer suspiro: Dejo la puerta entorná, por si te diera algún día, la tentación de empujar.
Pero no fue así. Las cosas fueron ocurriendo como tenían que ocurrir. Como entonces quisimos que sucedieran, aunque quizás hoy deseásemos que se hubiesen desarrollado de otro modo. O tal vez no, pero eso, como tantas otras cosas, jamás lo sabremos. Lo cierto, es que llevamos ya muchos años peregrinando por distintos derroteros, y aunque te acabo de contar lo de mi onírica y gratificante charla cotidiana, también es gran verdad que hoy en día recito con verdad, y demasiadas veces, aquella otra copla que aclaraba: Tu calle ya no es tu calle; que es un camino cualquiera, camino de cualquier parte. Lo hago con dolor, pero lo hago.
Y estos son todos los motivos que me han llevado a escribirte hoy. Bueno, todos no, que aún me falta uno. Aunque es posible que ya no te interese saberlo, he de decirte por último, que mi vida tiene muy mucho de monótona y nada, prácticamente nada, de dichosa. Que añoro, y no me avergüenza confesarlo, tantas y tantas cosas buenas que me diste y que me hicieron muy feliz. Y que la mayoría de las noches, antes de desvelarme, pues dormir apenas duermo, canto muy quedo, en un susurro, aquella copla que ruega: Todos le piden a Dios, la salud y la libertad; y yo le pido la muerte, y no me la quiere dar.
Enero 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de enero de 2011
Ramón Serrano G.
-¡Hola! Me imagino que te extrañarás al recibir esta carta, pero ahí la tienes. Creo que no la esperabas y puede que ni tuvieras deseo alguno de recibirla. En realidad, aún no sé por qué la he escrito. Quizás lo haya hecho para dejar plasmadas las miles de conversaciones que sobre nosotros y nuestra vieja y extinta relación, tengo mantenidas y mantenemos mi locura y yo, y nadie más, desde que nos separamos, ¿hace ya…?, no sé qué tiempo. Desde entonces, todos los días, absolutamente todos los días, dedico un rato a ese mudo diálogo interno, dudando si al hacerlo me ocurrirá como al que cada tarde acude al bar a tomar unas copas que acabarán por destrozarle el hígado, o, por el contrario, me beneficiará como a quien cada mañana hace unos ejercicios físicos programados y metódicos.
Pero no es por el mal o buen resultado que pueda ocasionarme el hacerlo, por lo que tengo esa constante “obligación” de hablar contigo a solas, imperativo que, por supuesto, cumplo a rajatabla. Así satisfago ese menester de que tu alma y mi pensamiento, tu mente y mi corazón, se digan y escuchen todas esas cosas que ellos necesitan o, mejor dicho, que un día necesitaban. Además quiero que sepas que, en esos delirios, jamás me ocupo en buscar culpables de lo sucedido, ni las causas que lo produjeron, y ni tan siquiera me planteo soluciones o componendas que, es obvio, ya no pueden darse bajo ningún concepto. Además, todo eso sólo serviría para atormentarme. No. Lo dejo así, tal como está, y aunque me pese.
Como digo, lo que sí hago casi constantemente es lo que hacen, o deberían hacer, todas las parejas que en el mundo son. Converso contigo, dialogo sobre nosotros, sobre los amigos, el trabajo, los libros, la música, la historia, el porvenir, el hombre y sus circunstancias. ¡Sobre tantos temas! Y en esos deliquios y con esos coloquios en los que nos expresamos nuestros pareceres, en los cuales a veces disentimos y a veces concordamos, pero que siempre nos ayudan a entendernos, vivo de nuevo junto a ti, bajo tu protección y dándote mi ayuda, con tus enseñanzas y mis consejos, con tu sacrificio y mi esfuerzo. Y me hago la idea de que aún somos la pareja que fuimos, y, en el colmo de la guilladura, llego a creer que todavía nos queremos. Ignoro si a ti te ocurre alguna vez lo mismo. Pero da igual.
Lo peor es que también todos los días se me vienen de nuevo a las mientes, cómo sin esperarlo, los roces y escollos que fueron apareciendo en nuestra relación por motivos que entonces parecieron baladíes y luego resultaron trascendentes, que ignorábamos su procedencia, pero que daba la impresión de que querían separarnos. Parecía como si alguien se empeñase en poner una valla a nuestras vidas para que no siguiesen comunicadas la una con la otra. –Eso es querer ponerle puertas al campo, me dije yo. Y hablando de puertas y de nuestros amores, déjame que te recuerde las letras de algunas soleares que, como aficionados al flamenco, escuchamos por entonces. Me dijiste en una ocasión, bien que me acuerdo: Como la puerta crujía, aceite le echaba yo, la noche que tú venías.
Pero las cosas fueron de mal en peor, creo que porque alguien con malignos poderes se empeñó en destruir nuestra unión y nuestro cariño, con tanto empeño y eficacia, que acabó por conseguirlo. Un, o unos, cuyos nombres ni tú ni yo olvidaremos nunca, y que, con felonías y dizques, consiguieron su propósito, que no era otro que el acabar con algo tan hermoso que aquello que había surgido entre nosotros. Alguien que logró que tuviésemos más fe en los extraños que en nosotros mismos, cosa que no debimos hacer nunca. Pero así sucedió, bien que me pese. Al final, cuando todo estaba a punto de romperse, o mejor dicho, cuando ya estaban los añicos tirados por los suelos, te informé en un postrer suspiro: Dejo la puerta entorná, por si te diera algún día, la tentación de empujar.
Pero no fue así. Las cosas fueron ocurriendo como tenían que ocurrir. Como entonces quisimos que sucedieran, aunque quizás hoy deseásemos que se hubiesen desarrollado de otro modo. O tal vez no, pero eso, como tantas otras cosas, jamás lo sabremos. Lo cierto, es que llevamos ya muchos años peregrinando por distintos derroteros, y aunque te acabo de contar lo de mi onírica y gratificante charla cotidiana, también es gran verdad que hoy en día recito con verdad, y demasiadas veces, aquella otra copla que aclaraba: Tu calle ya no es tu calle; que es un camino cualquiera, camino de cualquier parte. Lo hago con dolor, pero lo hago.
Y estos son todos los motivos que me han llevado a escribirte hoy. Bueno, todos no, que aún me falta uno. Aunque es posible que ya no te interese saberlo, he de decirte por último, que mi vida tiene muy mucho de monótona y nada, prácticamente nada, de dichosa. Que añoro, y no me avergüenza confesarlo, tantas y tantas cosas buenas que me diste y que me hicieron muy feliz. Y que la mayoría de las noches, antes de desvelarme, pues dormir apenas duermo, canto muy quedo, en un susurro, aquella copla que ruega: Todos le piden a Dios, la salud y la libertad; y yo le pido la muerte, y no me la quiere dar.
Enero 2011
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de enero de 2011
viernes, 24 de diciembre de 2010
Todavia
Todavía
Ramón Serrano G.
Llevo un tiempo, ¿mucho o poco?, no lo sé, ni me preocupa averiguarlo, pero sí es cierto que en él me está costando un mundo llevar a cabo cualquier tarea. ¿Qué ocurre en este lapso, que me he vuelto más haragán o más poltrón que lo que he sido en toda mi vida? Creo que no. Es más, estoy seguro que no es eso lo que me ocurre, que las ganas de estar ocupado en algo útil son de las pocas cosas buenas que no me han abandonado. Debe ser, entonces, que a mi cabeza no llegan las corrientes necesarias para un normal desarrollo pensante. O que no sabe discernir correctamente entre las que recibe, y elige cómodamente y con poltronería las menos sacrificadas.
Lo que sé muy bien es que, como dije al inicio, llevo algunos días, bastantes días, que tengo gana de…nada. Apenas ha salido el sol y ya estoy deseando que vuelva a ocultarse para, en la oscuridad, seguir pensando en… nada. Y si mis cavilaciones acuden hacia algo, sé que será a un algo que no tendrá provecho. Si acaso a ciertas ideas que, en vez de sosegarme, me endilgarán una continua sensación de desvalimiento y abandono. De tal modo, que sea cual fuere la tarea que emprenda, considerable o menuda, relevante o baladí, tenga sus más y sus menos o sea pan comido, me faltan las fuerzas y quizás también los arrestos necesarios para su ejecución, Así pues, la abandono y me sumerjo en un abatimiento a veces, y en ocasiones en una disforia, que hacen que mi vivir sea de todo menos grato.
Para una mejor comprensión diré que dicho estado de ánimo es como el de aquella madre que espera, jornada tras jornada, que le llegue la carta que prometió mandarle su hijo desde el frente. Cada mañana sale a su puerta y ve que el cartero, inmisericorde sin saberlo, cruza ante ella sin dejar misiva alguna que le calme la ansiedad de saber si sigue vivo. Y la que no vive es ella, con la comezón que le produce la incertidumbre de cuál será el final de una situación tan desdichada.
Y todo eso duele. No sólo el encontrarme así, sino el saber que estoy dejando que se lleve el río de mis pesares los días que le quedan a mi vida y que podría aprovechar en tantas y tantas tareas beneficiosas para mi magín. Y me apena tener la mente como un calvero, vacía, sin árboles, ni montañas, ni vides, al menos algunas hierbas o, tan siquiera, un lagarto. Está rala, huera, lisa, pero no como una autopista, que los caminos llevan a muchos sitios, sino desertizada como un páramo, puesto que algo, o alguien, ha conseguido ermar mis pensamientos.
Por eso, en esa estadía, nos pasamos mi silencio y yo, mano a mano, en callado diálogo, horas y horas en una lucha inclemente por ver quien vence a quien, tratando yo de salir del pozo en el que el adversario me tiene hundido, mientras que él se afana, y lo consigue a menudo, tenerme sumido en lo profundo. Él, pugnando por mantener agarrotado mi pensamiento, sin permitirle el movimiento más mínimo, y procurando que se mantenga en absoluta calígine. Yo, sabedor del menoscabo que ello me causa, esforzándome una y otra vez, hasta tener agujetas en el alma, por vencer esa quietud y ese negror. Triste lucha es esta, a fe mía.
Ganas me dan en ocasiones de ser acomodaticio, darme por vencido, y amoldarme a este estado dañador. Pero no soy, no puedo ni quiero ser ecléctico, porque lo que me estoy jugando es la calidad de mi vida, o de lo que queda de ella. Y tengo buena conciencia de que eso no es una fruslería, una futesa. No es algo que no se consiga gastando unas simples monedas en la compra de un boleto para la rifa de una tómbola de feria. O un simple resfriado que te mantiene incómodo unas fechas, pero que pasa pronto. No. Sé muy bien que es lo más sustancial que he de hacer antes de que llegue a visitarme mi amiga “la descarnada”.
Podría, por otra parte, ser conformista y resignarme pensando en esos otros que han sufrido o tienen desventuras peores y más graves que la mía. Aquello de:…que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó. Pero me parece esta postura, a más de sonrojante, poco digna y lo que es peor aún, nada sanadora de mi padecimiento. Así pues intención, y mucha, tengo de sobreponerme a este desasosiego que me aturde, aunque no sepa en este instante la forma y la manera de llevarlo a cabo. Sí que sé, que los días transcurren en mi contra, ya que las jornadas se van apilando sobre mí, una, y otra, y otra, hasta constituir una losa densa y plúmbea, la cuál se va haciendo cada vez más difícil de eliminar. Tanto, que más pronto que tarde, puede que me falten las fuerzas para conseguirlo.
Pero yo sé, a fuerza de tanto desearlo, que no voy a continuar de esta manera. Fuerzas he de sacar, aunque me cueste, para lograr recomponer mi alma, obnubilada y mustia. Y empezaré hoy mismo, lo prometo, a mover y a utilizar de nuevo la mollera; a ahuyentar las cenizas que la quieren adentrar en la calígine; a ir, gradualmente y sin rempujos, rompiendo el anquilosamiento en que se encuentra; a que las nubes que oscurecen su cielo se dispersen. Y cuando lo consiga, y ¡ojalá! sea mas pronto que tarde, me encontraré a mí mismo, el silencio volverá a ser mi amigo y contertulio, y junto a él, retomando mi esencia, tendré otra vez una vida, si no feliz, al menos provechosa.
Y entonces, volviendo a ser quien fui, y si no igual, al menos con cierto parecido, podré reconocerme y decir: “C’est moi…encore”.
Diciembre de 2010
Ramón Serrano G.
Llevo un tiempo, ¿mucho o poco?, no lo sé, ni me preocupa averiguarlo, pero sí es cierto que en él me está costando un mundo llevar a cabo cualquier tarea. ¿Qué ocurre en este lapso, que me he vuelto más haragán o más poltrón que lo que he sido en toda mi vida? Creo que no. Es más, estoy seguro que no es eso lo que me ocurre, que las ganas de estar ocupado en algo útil son de las pocas cosas buenas que no me han abandonado. Debe ser, entonces, que a mi cabeza no llegan las corrientes necesarias para un normal desarrollo pensante. O que no sabe discernir correctamente entre las que recibe, y elige cómodamente y con poltronería las menos sacrificadas.
Lo que sé muy bien es que, como dije al inicio, llevo algunos días, bastantes días, que tengo gana de…nada. Apenas ha salido el sol y ya estoy deseando que vuelva a ocultarse para, en la oscuridad, seguir pensando en… nada. Y si mis cavilaciones acuden hacia algo, sé que será a un algo que no tendrá provecho. Si acaso a ciertas ideas que, en vez de sosegarme, me endilgarán una continua sensación de desvalimiento y abandono. De tal modo, que sea cual fuere la tarea que emprenda, considerable o menuda, relevante o baladí, tenga sus más y sus menos o sea pan comido, me faltan las fuerzas y quizás también los arrestos necesarios para su ejecución, Así pues, la abandono y me sumerjo en un abatimiento a veces, y en ocasiones en una disforia, que hacen que mi vivir sea de todo menos grato.
Para una mejor comprensión diré que dicho estado de ánimo es como el de aquella madre que espera, jornada tras jornada, que le llegue la carta que prometió mandarle su hijo desde el frente. Cada mañana sale a su puerta y ve que el cartero, inmisericorde sin saberlo, cruza ante ella sin dejar misiva alguna que le calme la ansiedad de saber si sigue vivo. Y la que no vive es ella, con la comezón que le produce la incertidumbre de cuál será el final de una situación tan desdichada.
Y todo eso duele. No sólo el encontrarme así, sino el saber que estoy dejando que se lleve el río de mis pesares los días que le quedan a mi vida y que podría aprovechar en tantas y tantas tareas beneficiosas para mi magín. Y me apena tener la mente como un calvero, vacía, sin árboles, ni montañas, ni vides, al menos algunas hierbas o, tan siquiera, un lagarto. Está rala, huera, lisa, pero no como una autopista, que los caminos llevan a muchos sitios, sino desertizada como un páramo, puesto que algo, o alguien, ha conseguido ermar mis pensamientos.
Por eso, en esa estadía, nos pasamos mi silencio y yo, mano a mano, en callado diálogo, horas y horas en una lucha inclemente por ver quien vence a quien, tratando yo de salir del pozo en el que el adversario me tiene hundido, mientras que él se afana, y lo consigue a menudo, tenerme sumido en lo profundo. Él, pugnando por mantener agarrotado mi pensamiento, sin permitirle el movimiento más mínimo, y procurando que se mantenga en absoluta calígine. Yo, sabedor del menoscabo que ello me causa, esforzándome una y otra vez, hasta tener agujetas en el alma, por vencer esa quietud y ese negror. Triste lucha es esta, a fe mía.
Ganas me dan en ocasiones de ser acomodaticio, darme por vencido, y amoldarme a este estado dañador. Pero no soy, no puedo ni quiero ser ecléctico, porque lo que me estoy jugando es la calidad de mi vida, o de lo que queda de ella. Y tengo buena conciencia de que eso no es una fruslería, una futesa. No es algo que no se consiga gastando unas simples monedas en la compra de un boleto para la rifa de una tómbola de feria. O un simple resfriado que te mantiene incómodo unas fechas, pero que pasa pronto. No. Sé muy bien que es lo más sustancial que he de hacer antes de que llegue a visitarme mi amiga “la descarnada”.
Podría, por otra parte, ser conformista y resignarme pensando en esos otros que han sufrido o tienen desventuras peores y más graves que la mía. Aquello de:…que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó. Pero me parece esta postura, a más de sonrojante, poco digna y lo que es peor aún, nada sanadora de mi padecimiento. Así pues intención, y mucha, tengo de sobreponerme a este desasosiego que me aturde, aunque no sepa en este instante la forma y la manera de llevarlo a cabo. Sí que sé, que los días transcurren en mi contra, ya que las jornadas se van apilando sobre mí, una, y otra, y otra, hasta constituir una losa densa y plúmbea, la cuál se va haciendo cada vez más difícil de eliminar. Tanto, que más pronto que tarde, puede que me falten las fuerzas para conseguirlo.
Pero yo sé, a fuerza de tanto desearlo, que no voy a continuar de esta manera. Fuerzas he de sacar, aunque me cueste, para lograr recomponer mi alma, obnubilada y mustia. Y empezaré hoy mismo, lo prometo, a mover y a utilizar de nuevo la mollera; a ahuyentar las cenizas que la quieren adentrar en la calígine; a ir, gradualmente y sin rempujos, rompiendo el anquilosamiento en que se encuentra; a que las nubes que oscurecen su cielo se dispersen. Y cuando lo consiga, y ¡ojalá! sea mas pronto que tarde, me encontraré a mí mismo, el silencio volverá a ser mi amigo y contertulio, y junto a él, retomando mi esencia, tendré otra vez una vida, si no feliz, al menos provechosa.
Y entonces, volviendo a ser quien fui, y si no igual, al menos con cierto parecido, podré reconocerme y decir: “C’est moi…encore”.
Diciembre de 2010
viernes, 3 de diciembre de 2010
Será feliz
Será feliz
Ramón Serrano G.
Para Javier Camarasa, un magnífico profesional y una gran persona.
Si alguien tuviese que leer todo lo que se lleva escrito acerca de la felicidad puede que gastase en ello toda su existencia y, aunque esta fuese prolongada, no lo lograría. Pese a ello quiero, ¡qué osadía!, añadir unas líneas más, aún a sabiendas de que esto no será sino una versión diferente, y peor, de algo que ya esté expuesto con anterioridad.
Vayamos entonces a razonar sobre la felicidad, empezando para esto por analizar algunos de los muchos tópicos que sobre ella existen. Me viene a la memoria una canción, Salud, dinero y amor, ¿la recuerdan?, que nos indica las tres cosas que la mayoría de la gente piensa que otorgan la dicha o que son su base fundamental. ¿Pero es así? Tratemos de verlo.
El dinero. Indudablemente con él no se consigue, porque está demostradísimo que hay infinidad de condicionamientos o necesidades que no pueden ser compradas a ningún precio. Tener dinero puede ayudar bastante a ser feliz, pero no siempre y no a todo el mundo. Hay quien ha vivido más que aceptablemente cuando poseía un poco por encima de lo suficiente y luego, cuando por cualquier circunstancia ha conseguido poseerlo en abundancia, se ha visto en serios trances para conservarlo o seguir incrementando su tenencia. Sin él no se puede vivir, eso está muy claro. Pero si se tiene en demasía, se corren diversos e importantes riesgos: volverse avaro, saberlo mantener, perderlo ante el difícil manejo de cantidades ingentes (rentabilidad, inflación, inversiones seguras, etc.) o sufrir un atraco o incluso ser asesinado. Todo ello hace que el poseedor, pese a tener un capital abundante, se vea obligado a llevar una vida poco placentera. No. El dinero no da la felicidad. Eso es seguro.
La salud. Quizás sí, pero nunca si está sola y las más de las veces si no se goza de ella de una manera total. Pensemos en los hipocondríacos que, concomidos, condicionan toda su vida, o su bienestar, investigándose a sí mismos y a sus propios males, imaginados o reales, magnificándolos en la mayoría de los casos, y dependiendo de ellos, de su medicación y de su tratamiento, de una manera inconcebible. Por supuesto, que se sufren carencias de salud importantísimas, pero incluso ante estas, hay quien muestra un espíritu integérrimo, minimizando su mal, o al menos, comportándose ante el mundo como si no lo padeciese. Supongamos, y es mucho suponer, que pudiera llegar a ser dichoso aquél que tuviere salud. ¿Pero quién tiene una salud buena y prolongada? Casi nadie, y mucho menos cuando se va llegando a cierta edad. Al acceder a esos años en los que nos vamos llenando de alifafes y dolamas, unas veces nimios y otras trascendentes, y ante los que cada quien reacciona de diferente manera. Porque los padecimientos físicos nos afectarán en el modo y forma que sepamos reaccionar al sufrirlos. Procuraré demostrarlo con un ejemplo. Es posible que una de las peores carencias que puede tener una persona es la de ser invidente. Hasta el punto que en la Alcazaba de la Alhambra, no sé bien si en la Puerta del Vino, está escrito el más bello eslogan turístico que yo conozco. Dice: Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada. ¡Tanto se ha valorado siempre el don de la vista! Pero también se cuenta que alguien, compadeciéndose un día de un ciego de nacimiento, le decía la pena que sentía por él ante su incapacidad para contemplar los astros y el firmamento. Entonces oyó cómo este le contestaba que no era así, que él gozaba lo indecible “viendo” las estrellas y los soles que se movían dentro de su cabeza.
El amor. Puede que sí, que el amor llegue a conceder la alacridad, pero siempre con ciertos condicionamientos. Será bueno, si consiste en el sentimiento que una persona experimenta hacia otra, deseando su compañía, deleitándose con las mismas cosas o sufriendo a su compás. Lo será, igualmente, si ese afecto es hacia algo bueno o beneficioso, como la caridad, el prójimo, la cultura, etc. Cuando es de ese modo, cuando amar es olvidarse de uno mismo, es renunciar al sosiego por encontrar la dicha, entonces sí que produce verdadero placer, aun cuando se caiga en el pleonasmo de decir que alguien está loco de amor sabiendo que, como no puede ser de otra manera, el amor es una insania. Una maravillosa locura. Pero ojo, que hay una forma de amar que no nos proporcionará el verdadero, el buen placer. Tan sólo una alegría tosca, ruin, superficial y poco duradera. Me estoy refiriendo al que hace de la egolatría su bandera, procurando siempre barrer para adentro o acercar el ascua a su sardina.
¿Hay algo, entonces, que por sí solo pueda proporcionar la felicidad?
Pues claro que lo hay, aunque como todo lo realmente bueno, como todo lo que es intrínsecamente valioso, es escaso y de muy difícil consecución. Pero ha quedado manifiestamente demostrado que aquél que consigue ese bien es feliz, y no por un día, unas semanas o incluso algún año. No, quien lo encuentre, será venturoso durante toda su vida.
Y la panacea que nos concederá siempre el contento, el maná que calmará todas nuestras hambres de ser felices, no es otro que la AMISTAD. Nadie que tenga un verdadero AMIGO podrá estar nunca amargado, ni nunca conllevará a solas sus males ya que estará siempre en concomitancia con él. Porque con el AMIGO, en lo bueno y en lo malo, siempre tendrá compañía, consejo, apoyo, distracción, ayuda, defensa, comprensión, ánimo, enseñanza, escucha, entrega generosa sin pedir nada a cambio…
Estoy completamente seguro de que no hay nada que tenga un dar tan extenso, un pedir tan exiguo y una tan nula exigencia. Por ello afirmo con rotundidad, que aquel que tenga un verdadero AMIGO – del latín amicus, y este posiblemente de amare – será feliz.
Diciembre 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de diciembre de 2010
Ramón Serrano G.
Para Javier Camarasa, un magnífico profesional y una gran persona.
Si alguien tuviese que leer todo lo que se lleva escrito acerca de la felicidad puede que gastase en ello toda su existencia y, aunque esta fuese prolongada, no lo lograría. Pese a ello quiero, ¡qué osadía!, añadir unas líneas más, aún a sabiendas de que esto no será sino una versión diferente, y peor, de algo que ya esté expuesto con anterioridad.
Vayamos entonces a razonar sobre la felicidad, empezando para esto por analizar algunos de los muchos tópicos que sobre ella existen. Me viene a la memoria una canción, Salud, dinero y amor, ¿la recuerdan?, que nos indica las tres cosas que la mayoría de la gente piensa que otorgan la dicha o que son su base fundamental. ¿Pero es así? Tratemos de verlo.
El dinero. Indudablemente con él no se consigue, porque está demostradísimo que hay infinidad de condicionamientos o necesidades que no pueden ser compradas a ningún precio. Tener dinero puede ayudar bastante a ser feliz, pero no siempre y no a todo el mundo. Hay quien ha vivido más que aceptablemente cuando poseía un poco por encima de lo suficiente y luego, cuando por cualquier circunstancia ha conseguido poseerlo en abundancia, se ha visto en serios trances para conservarlo o seguir incrementando su tenencia. Sin él no se puede vivir, eso está muy claro. Pero si se tiene en demasía, se corren diversos e importantes riesgos: volverse avaro, saberlo mantener, perderlo ante el difícil manejo de cantidades ingentes (rentabilidad, inflación, inversiones seguras, etc.) o sufrir un atraco o incluso ser asesinado. Todo ello hace que el poseedor, pese a tener un capital abundante, se vea obligado a llevar una vida poco placentera. No. El dinero no da la felicidad. Eso es seguro.
La salud. Quizás sí, pero nunca si está sola y las más de las veces si no se goza de ella de una manera total. Pensemos en los hipocondríacos que, concomidos, condicionan toda su vida, o su bienestar, investigándose a sí mismos y a sus propios males, imaginados o reales, magnificándolos en la mayoría de los casos, y dependiendo de ellos, de su medicación y de su tratamiento, de una manera inconcebible. Por supuesto, que se sufren carencias de salud importantísimas, pero incluso ante estas, hay quien muestra un espíritu integérrimo, minimizando su mal, o al menos, comportándose ante el mundo como si no lo padeciese. Supongamos, y es mucho suponer, que pudiera llegar a ser dichoso aquél que tuviere salud. ¿Pero quién tiene una salud buena y prolongada? Casi nadie, y mucho menos cuando se va llegando a cierta edad. Al acceder a esos años en los que nos vamos llenando de alifafes y dolamas, unas veces nimios y otras trascendentes, y ante los que cada quien reacciona de diferente manera. Porque los padecimientos físicos nos afectarán en el modo y forma que sepamos reaccionar al sufrirlos. Procuraré demostrarlo con un ejemplo. Es posible que una de las peores carencias que puede tener una persona es la de ser invidente. Hasta el punto que en la Alcazaba de la Alhambra, no sé bien si en la Puerta del Vino, está escrito el más bello eslogan turístico que yo conozco. Dice: Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada. ¡Tanto se ha valorado siempre el don de la vista! Pero también se cuenta que alguien, compadeciéndose un día de un ciego de nacimiento, le decía la pena que sentía por él ante su incapacidad para contemplar los astros y el firmamento. Entonces oyó cómo este le contestaba que no era así, que él gozaba lo indecible “viendo” las estrellas y los soles que se movían dentro de su cabeza.
El amor. Puede que sí, que el amor llegue a conceder la alacridad, pero siempre con ciertos condicionamientos. Será bueno, si consiste en el sentimiento que una persona experimenta hacia otra, deseando su compañía, deleitándose con las mismas cosas o sufriendo a su compás. Lo será, igualmente, si ese afecto es hacia algo bueno o beneficioso, como la caridad, el prójimo, la cultura, etc. Cuando es de ese modo, cuando amar es olvidarse de uno mismo, es renunciar al sosiego por encontrar la dicha, entonces sí que produce verdadero placer, aun cuando se caiga en el pleonasmo de decir que alguien está loco de amor sabiendo que, como no puede ser de otra manera, el amor es una insania. Una maravillosa locura. Pero ojo, que hay una forma de amar que no nos proporcionará el verdadero, el buen placer. Tan sólo una alegría tosca, ruin, superficial y poco duradera. Me estoy refiriendo al que hace de la egolatría su bandera, procurando siempre barrer para adentro o acercar el ascua a su sardina.
¿Hay algo, entonces, que por sí solo pueda proporcionar la felicidad?
Pues claro que lo hay, aunque como todo lo realmente bueno, como todo lo que es intrínsecamente valioso, es escaso y de muy difícil consecución. Pero ha quedado manifiestamente demostrado que aquél que consigue ese bien es feliz, y no por un día, unas semanas o incluso algún año. No, quien lo encuentre, será venturoso durante toda su vida.
Y la panacea que nos concederá siempre el contento, el maná que calmará todas nuestras hambres de ser felices, no es otro que la AMISTAD. Nadie que tenga un verdadero AMIGO podrá estar nunca amargado, ni nunca conllevará a solas sus males ya que estará siempre en concomitancia con él. Porque con el AMIGO, en lo bueno y en lo malo, siempre tendrá compañía, consejo, apoyo, distracción, ayuda, defensa, comprensión, ánimo, enseñanza, escucha, entrega generosa sin pedir nada a cambio…
Estoy completamente seguro de que no hay nada que tenga un dar tan extenso, un pedir tan exiguo y una tan nula exigencia. Por ello afirmo con rotundidad, que aquel que tenga un verdadero AMIGO – del latín amicus, y este posiblemente de amare – será feliz.
Diciembre 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de diciembre de 2010
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Darse la vuelta
Darse la vuelta
Ramón Serrano G.
Quiero hoy, a sabiendas de que no es un tema demasiado agradable, hablarles de las cucarachas, esos, al menos para mí, bichos repelentes que muchas noches, demasiadas, suelen abandonar las grietas o rendijas que les sirven de habitáculo y salen a pasear a su antojo por nuestras viviendas, infestándolas en mayor medida de lo que suponemos y creándonos demasiados problemas higiénicos.
Pero no es de tipo sanitario el motivo de traer a colación a las curianas, sino razonar sobre una determinada imposibilidad de estos insectos. Unos bichejos que han sabido adaptarse admirablemente a su siempre mezquina calidad de vida y que han llegado a conseguir logros importantes para que esa vida les sea propicia a su modo.
Así, han conseguido aprender cómo absorber la humedad ambiental de tal forma que pueden resistir sin agua un mes, y en cuanto a su alimentación, al ser omnívoras, se abastecen de plantas, pegamento, cuero o madera. Suelen salir de noche aunque son prácticamente ciegas, pero se saben mover por los más diversos conductos gracias a sus antenas que, al contactar con cualquier superficie, les indican el camino a seguir. Igualmente, en sus excrementos, dejan rastros de los que se sirven para localizarse o poder encontrar fuentes de comida o de agua. Diré, por último, que prefieren las estancias cálidas, aunque se saben adaptar a una gran variedad de ambientes.
Todo eso, y muchas cosas más que sería prolijo detallar, han aprendido los blatodeos en sus más de 300 millones de años de existencia para poder sobrevivir y evitar cualquier peligro de exterminio de su especie. Sin embargo, hay una cosa que todavía no saben hacer, y eso que esto les acarrea la muerte. Así, cuando ellas, a causa de un resbalón, o por el espasmo causado por los insecticidas, caen boca arriba no aciertan con el modo de darse la vuelta y empiezan a agitar desordenadamente sus patas para tratar de voltearse, pero ese es un movimiento totalmente infructuoso. Lo intentan de nuevo, se cansan, paran, y una y otra vez, baten al aire sus extremidades hasta que al poco mueren sin remedio.
Dicho esto, quiero hablar ahora de que igualmente hay una especie de “cucarachas” de dos patas, coetánea con la aparición del hombre sobre la Tierra (y creo que esto fue en la época del Mioceno, o sea, hace unos 20 millones de años) y que esos especímenes tienen casi las mismas propiedades que sus homólogos los blatodeos.
Como ellos son omnívoros y fagocitan todo cuanto les pueda interesar de su derredor. El agua pueden sustituirla fácilmente por cualquier otra bebida, sobre todo si tiene graduación alcohólica. Se arrastran, serpean, vuelan, e incluso nadan entre dos aguas, en aras de conseguir sus propósitos. No les importa actuar de día o de noche y también tienen antenas, aunque bien distintas de las de sus congéneres, para obtener cuanta información les sea necesaria. Y por supuesto, acuden a los “basureros” para estar bien nutridos. Como diferencia principal, diré que no suelen vivir precisamente en covachas ni agujeros, pues gustan de tener pomposas residencias, siempre ganadas con malas artes.
Pero sí que les ocurre igual que a las curianas, ya que cuando patinan y caen, no saben dar la vuelta de manera alguna. No han aprendido, a lo largo y ancho de su ya vieja existencia, que se puede errar y, reconociendo el error, enmendarlo y seguir por la adecuada vía. Mas no, eso no. Si han obrado mal, que suele ser su habitual modo de hacerlo, tratan de justificarlo de cualquier forma. Inventan patrañas, buscan testaferros, u hombres de paja sobre quienes cargar sus faltas. Lo que sea menos darse la vuelta.
Todos ustedes, queridos lectores, ya han adivinado que me estoy refiriendo no a todos, pero sí a tantos y tantos “prohombres” que a lo largo de la Historia han desarrollado sus actividades públicas en beneficio propio, única y exclusivamente de esa forma, aunque propagando que lo hacían por favorecer al pueblo. También a esa cantidad ingente de fundamentalistas de todo tipo que han obrado radicalmente, hasta matar si preciso fuera, para imponer sus creencias y opiniones. Por igual a los designados por los “dioses” para, dictatorialmente, liberar y engrandecer a sus gentes y a sus tierras, aunque cada día que transcurre estas se vean extremecedoramente aherrojadas y sometidas, desvencijando sus mentes y sus cuerpos y aniquilando, sin concederles voz ni escuchar sus razones, a cuantos discrepaban, o discrepan, de sus órdenes, sus deseos y sus maneras de obrar. Y los hubo, los hay y los habrá, en todos los lugares y operando a todas las escalas y viviendo unas vidas en la oscuridad y entre basuras.
Sí, siempre ha sido así, y así sigue, y así seguirá siéndolo. No saben dar la vuelta, no pueden, no quieren reconocer sus errores. Recordemos como ya Guillén de Castro, en sus “Mocedades del Cid”, nos dice en la primera quincena del siglo XVII: “…Procure siempre acertalla/ el honrado y principal/pero si la acierta mal/sostenella, y no enmendalla…”
Noviembre de 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de noviembre de 2010
Ramón Serrano G.
Quiero hoy, a sabiendas de que no es un tema demasiado agradable, hablarles de las cucarachas, esos, al menos para mí, bichos repelentes que muchas noches, demasiadas, suelen abandonar las grietas o rendijas que les sirven de habitáculo y salen a pasear a su antojo por nuestras viviendas, infestándolas en mayor medida de lo que suponemos y creándonos demasiados problemas higiénicos.
Pero no es de tipo sanitario el motivo de traer a colación a las curianas, sino razonar sobre una determinada imposibilidad de estos insectos. Unos bichejos que han sabido adaptarse admirablemente a su siempre mezquina calidad de vida y que han llegado a conseguir logros importantes para que esa vida les sea propicia a su modo.
Así, han conseguido aprender cómo absorber la humedad ambiental de tal forma que pueden resistir sin agua un mes, y en cuanto a su alimentación, al ser omnívoras, se abastecen de plantas, pegamento, cuero o madera. Suelen salir de noche aunque son prácticamente ciegas, pero se saben mover por los más diversos conductos gracias a sus antenas que, al contactar con cualquier superficie, les indican el camino a seguir. Igualmente, en sus excrementos, dejan rastros de los que se sirven para localizarse o poder encontrar fuentes de comida o de agua. Diré, por último, que prefieren las estancias cálidas, aunque se saben adaptar a una gran variedad de ambientes.
Todo eso, y muchas cosas más que sería prolijo detallar, han aprendido los blatodeos en sus más de 300 millones de años de existencia para poder sobrevivir y evitar cualquier peligro de exterminio de su especie. Sin embargo, hay una cosa que todavía no saben hacer, y eso que esto les acarrea la muerte. Así, cuando ellas, a causa de un resbalón, o por el espasmo causado por los insecticidas, caen boca arriba no aciertan con el modo de darse la vuelta y empiezan a agitar desordenadamente sus patas para tratar de voltearse, pero ese es un movimiento totalmente infructuoso. Lo intentan de nuevo, se cansan, paran, y una y otra vez, baten al aire sus extremidades hasta que al poco mueren sin remedio.
Dicho esto, quiero hablar ahora de que igualmente hay una especie de “cucarachas” de dos patas, coetánea con la aparición del hombre sobre la Tierra (y creo que esto fue en la época del Mioceno, o sea, hace unos 20 millones de años) y que esos especímenes tienen casi las mismas propiedades que sus homólogos los blatodeos.
Como ellos son omnívoros y fagocitan todo cuanto les pueda interesar de su derredor. El agua pueden sustituirla fácilmente por cualquier otra bebida, sobre todo si tiene graduación alcohólica. Se arrastran, serpean, vuelan, e incluso nadan entre dos aguas, en aras de conseguir sus propósitos. No les importa actuar de día o de noche y también tienen antenas, aunque bien distintas de las de sus congéneres, para obtener cuanta información les sea necesaria. Y por supuesto, acuden a los “basureros” para estar bien nutridos. Como diferencia principal, diré que no suelen vivir precisamente en covachas ni agujeros, pues gustan de tener pomposas residencias, siempre ganadas con malas artes.
Pero sí que les ocurre igual que a las curianas, ya que cuando patinan y caen, no saben dar la vuelta de manera alguna. No han aprendido, a lo largo y ancho de su ya vieja existencia, que se puede errar y, reconociendo el error, enmendarlo y seguir por la adecuada vía. Mas no, eso no. Si han obrado mal, que suele ser su habitual modo de hacerlo, tratan de justificarlo de cualquier forma. Inventan patrañas, buscan testaferros, u hombres de paja sobre quienes cargar sus faltas. Lo que sea menos darse la vuelta.
Todos ustedes, queridos lectores, ya han adivinado que me estoy refiriendo no a todos, pero sí a tantos y tantos “prohombres” que a lo largo de la Historia han desarrollado sus actividades públicas en beneficio propio, única y exclusivamente de esa forma, aunque propagando que lo hacían por favorecer al pueblo. También a esa cantidad ingente de fundamentalistas de todo tipo que han obrado radicalmente, hasta matar si preciso fuera, para imponer sus creencias y opiniones. Por igual a los designados por los “dioses” para, dictatorialmente, liberar y engrandecer a sus gentes y a sus tierras, aunque cada día que transcurre estas se vean extremecedoramente aherrojadas y sometidas, desvencijando sus mentes y sus cuerpos y aniquilando, sin concederles voz ni escuchar sus razones, a cuantos discrepaban, o discrepan, de sus órdenes, sus deseos y sus maneras de obrar. Y los hubo, los hay y los habrá, en todos los lugares y operando a todas las escalas y viviendo unas vidas en la oscuridad y entre basuras.
Sí, siempre ha sido así, y así sigue, y así seguirá siéndolo. No saben dar la vuelta, no pueden, no quieren reconocer sus errores. Recordemos como ya Guillén de Castro, en sus “Mocedades del Cid”, nos dice en la primera quincena del siglo XVII: “…Procure siempre acertalla/ el honrado y principal/pero si la acierta mal/sostenella, y no enmendalla…”
Noviembre de 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de noviembre de 2010
jueves, 4 de noviembre de 2010
La llamada
La llamada
Ramón Serrano G.
Esta mañana te he vuelto a ver cuando ibas al trabajo. Llevabas, como siempre, ese aire cansino y distraído que te caracteriza y que a mí no me gusta nada. Es más, que te arrancaría de cuajo y te lo sustituiría por otro más vivaracho y animado. ¿Pero qué tonterías digo? Sabes muy bien que de ti no cambiará nada, absolutamente nada, pues me gusta tu forma de ser más que nada en este mundo. Bueno, me gusta tu forma de ser, y tu aspecto, y tu carácter, y tu manera de vestir, y de hablar, y…, y…, y…Pero ya he dicho una nueva melonada porque tú todo esto no lo sabes. Ni tú, ni nadie, ya que a nadie se lo he dicho, y procuro muy mucho que nadie me lo note.
Aunque te conozco, sólo te veo pasar por delante de mi casa, un día, y otro día, pero sé de ti tantas cosas como si ya hubiese cumplido mi sueño de casarme contigo. Tienes que ser, mejor dicho eres, estoy segura, bondadoso, sencillo, elegante (puede que extremada y obsesivamente elegante), solícito y hogareño, aunque debes saber hacer muy pocas tareas domésticas pues tu madre y tu hermana, es natural, te llevan en palmillas. Sí, también sé que vives con ellas y que Flor, tu hermana, es muy guapa.
Todo eso, y muchas cosas más, he averiguado de ti y, sin embargo, tú de mí no conoces nada. Vivimos cerca, sabemos quienes somos desde siempre, y sin embargo no te has preocupado jamás ni de si existo. Tanto no, porque en las raras ocasiones en que nos cruzamos me saludas atentamente, como es tu estilo. Sin embargo no percibes nunca mi interés por ti cuando me hago la encontradiza tomando un café, comprando el periódico, dando algún paseo por las tardes, o cuando, sin esperarlo, tengo la fortuna de coincidir contigo en algún sitio. Pero no, no te enteras.
Pese a ello, sabes que me has enamorado como a una idiota. ¡Qué boba soy. Ya he vuelto a decir sabes! Lo diré bien. No sabes, no puedes estar enterado, hasta qué punto me he prendado de ti. Tanto, que arrumbaría mi vida, mis proyectos y mis gustos, por vivir a tu lado el resto de mis días. ¡Mi vida y mis proyectos! Mi familia, sin ser pobre, es humilde. Por eso, y para que no sufriera la misma situación, mis padres me facilitaron estudios universitarios, lo que significaba para mí el súmmum de mis aspiraciones. Aproveché bien mi oportunidad y conseguí alcanzar una situación privilegiada, o al menos así la considero. Tenía, después de muchos esfuerzos, algo tan preciado que siempre pensé que no lo cambiaría por nada. Pero estaba equivocada. Sin saber cómo, te cruzaste en mi camino y, desde entonces sí que lo cambiaría por algo. Hoy sólo pienso en casarme contigo, vivir junto a ti, y daría al traste con todo por lograrlo.
Pero quiero y debo aclararte varias cosas. Primero, que no me asusta la idea de quedarme para vestir santos. De hecho, hace pocos años, con mi edad, ya casi te tildaban de solterona. Hasta hoy he vivido muy bien así y podría seguir haciéndolo. Segundo, he de informarte que no es el matrimonio lo que me ilusiona, que también, sino el formar una familia contigo. Las mujeres, ya se sabe, somos más soñadoras, más ¿románticas? Me gustaría decirte las ensoñaciones que pasan por la cabeza cuando me subo al zamizaquí, a estar allí a solas, oír música, leer o, simplemente, pensar en mis cosas. Los hombres soléis ser distintos en esto del amor. A veces, muchas veces, buscáis más satisfacer vuestras pasiones que vivir una vida realmente afectiva. Otras, os creéis superiores y casi hacéis un acto de condescendencia al uniros a nosotras. Pero dejemos eso y volvamos a esto otro que quiero decirte.
Lo que me ha hecho cambiar de opinión, lo que me entusiasma no es hacer lo mismo que muchos hacen. Se casan, trabajan ambos, tienen uno o, a lo sumo, dos hijos, a los que por cuestiones laborales o sociológicas apenas ven y casi ni los crían, que esa tarea la encomiendan a guarderías o sitios análogos. Podría exponerte cien casos más, pero ¿para qué?, si ya has comprendido a lo que me refiero. Ellos “conviven” en su hogar unas escasas horas nocturnas, que además dedican en su mayor parte al teléfono, la “tele”, o el ordenador, y muy poco a conversar, a VIVIR con los suyos.
Pero no es eso lo que yo deseo. Por eso no movería ni un dedo. Si he de dejarlo todo, ha de ser para construir una alcavera entre los dos y más adelante con nuestros hijos si nos llegan, que aunque ya no somos demasiado jóvenes, aún estamos en buena edad para tenerlos. Para estar unidos, ayudarnos y compartir risas y penas según vayan llegando. Por eso sí que lo haría; de ese modo tendría que ser y no toleraría que fuera de otra manera. Es más, segura estoy que tú tampoco.
Te hubiese escrito contándote todo esto, pero pensé que sería mejor decírtelo de viva voz. En varias ocasiones descolgué el teléfono para concertar una cita contigo, pero luego, sin acabar de decidirme y sin saber por qué, pospuse la llamada. Una llamada que sabía, deseaba y esperaba que cambiase mi vida. Y esta mañana, un rato después de verte, cuando he supuesto que ya estarías en tus tareas, he marcado tu número dos veces, pero comunicabas. Al tercer intento me ha contestado una voz femenina, muy meliflua, que te ha dicho después con un tono íntimo y comto que no me ha gustado nada, ya que me ha llevado a comprender algunas cosas:
-Es para ti G…
No sé que se me ha pasado entonces por la cabeza, pero he colgado sin decirte nada y creo que ya no volveré a llamarte.
Noviembre 2010
“Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de noviembre de 2010
Ramón Serrano G.
Esta mañana te he vuelto a ver cuando ibas al trabajo. Llevabas, como siempre, ese aire cansino y distraído que te caracteriza y que a mí no me gusta nada. Es más, que te arrancaría de cuajo y te lo sustituiría por otro más vivaracho y animado. ¿Pero qué tonterías digo? Sabes muy bien que de ti no cambiará nada, absolutamente nada, pues me gusta tu forma de ser más que nada en este mundo. Bueno, me gusta tu forma de ser, y tu aspecto, y tu carácter, y tu manera de vestir, y de hablar, y…, y…, y…Pero ya he dicho una nueva melonada porque tú todo esto no lo sabes. Ni tú, ni nadie, ya que a nadie se lo he dicho, y procuro muy mucho que nadie me lo note.
Aunque te conozco, sólo te veo pasar por delante de mi casa, un día, y otro día, pero sé de ti tantas cosas como si ya hubiese cumplido mi sueño de casarme contigo. Tienes que ser, mejor dicho eres, estoy segura, bondadoso, sencillo, elegante (puede que extremada y obsesivamente elegante), solícito y hogareño, aunque debes saber hacer muy pocas tareas domésticas pues tu madre y tu hermana, es natural, te llevan en palmillas. Sí, también sé que vives con ellas y que Flor, tu hermana, es muy guapa.
Todo eso, y muchas cosas más, he averiguado de ti y, sin embargo, tú de mí no conoces nada. Vivimos cerca, sabemos quienes somos desde siempre, y sin embargo no te has preocupado jamás ni de si existo. Tanto no, porque en las raras ocasiones en que nos cruzamos me saludas atentamente, como es tu estilo. Sin embargo no percibes nunca mi interés por ti cuando me hago la encontradiza tomando un café, comprando el periódico, dando algún paseo por las tardes, o cuando, sin esperarlo, tengo la fortuna de coincidir contigo en algún sitio. Pero no, no te enteras.
Pese a ello, sabes que me has enamorado como a una idiota. ¡Qué boba soy. Ya he vuelto a decir sabes! Lo diré bien. No sabes, no puedes estar enterado, hasta qué punto me he prendado de ti. Tanto, que arrumbaría mi vida, mis proyectos y mis gustos, por vivir a tu lado el resto de mis días. ¡Mi vida y mis proyectos! Mi familia, sin ser pobre, es humilde. Por eso, y para que no sufriera la misma situación, mis padres me facilitaron estudios universitarios, lo que significaba para mí el súmmum de mis aspiraciones. Aproveché bien mi oportunidad y conseguí alcanzar una situación privilegiada, o al menos así la considero. Tenía, después de muchos esfuerzos, algo tan preciado que siempre pensé que no lo cambiaría por nada. Pero estaba equivocada. Sin saber cómo, te cruzaste en mi camino y, desde entonces sí que lo cambiaría por algo. Hoy sólo pienso en casarme contigo, vivir junto a ti, y daría al traste con todo por lograrlo.
Pero quiero y debo aclararte varias cosas. Primero, que no me asusta la idea de quedarme para vestir santos. De hecho, hace pocos años, con mi edad, ya casi te tildaban de solterona. Hasta hoy he vivido muy bien así y podría seguir haciéndolo. Segundo, he de informarte que no es el matrimonio lo que me ilusiona, que también, sino el formar una familia contigo. Las mujeres, ya se sabe, somos más soñadoras, más ¿románticas? Me gustaría decirte las ensoñaciones que pasan por la cabeza cuando me subo al zamizaquí, a estar allí a solas, oír música, leer o, simplemente, pensar en mis cosas. Los hombres soléis ser distintos en esto del amor. A veces, muchas veces, buscáis más satisfacer vuestras pasiones que vivir una vida realmente afectiva. Otras, os creéis superiores y casi hacéis un acto de condescendencia al uniros a nosotras. Pero dejemos eso y volvamos a esto otro que quiero decirte.
Lo que me ha hecho cambiar de opinión, lo que me entusiasma no es hacer lo mismo que muchos hacen. Se casan, trabajan ambos, tienen uno o, a lo sumo, dos hijos, a los que por cuestiones laborales o sociológicas apenas ven y casi ni los crían, que esa tarea la encomiendan a guarderías o sitios análogos. Podría exponerte cien casos más, pero ¿para qué?, si ya has comprendido a lo que me refiero. Ellos “conviven” en su hogar unas escasas horas nocturnas, que además dedican en su mayor parte al teléfono, la “tele”, o el ordenador, y muy poco a conversar, a VIVIR con los suyos.
Pero no es eso lo que yo deseo. Por eso no movería ni un dedo. Si he de dejarlo todo, ha de ser para construir una alcavera entre los dos y más adelante con nuestros hijos si nos llegan, que aunque ya no somos demasiado jóvenes, aún estamos en buena edad para tenerlos. Para estar unidos, ayudarnos y compartir risas y penas según vayan llegando. Por eso sí que lo haría; de ese modo tendría que ser y no toleraría que fuera de otra manera. Es más, segura estoy que tú tampoco.
Te hubiese escrito contándote todo esto, pero pensé que sería mejor decírtelo de viva voz. En varias ocasiones descolgué el teléfono para concertar una cita contigo, pero luego, sin acabar de decidirme y sin saber por qué, pospuse la llamada. Una llamada que sabía, deseaba y esperaba que cambiase mi vida. Y esta mañana, un rato después de verte, cuando he supuesto que ya estarías en tus tareas, he marcado tu número dos veces, pero comunicabas. Al tercer intento me ha contestado una voz femenina, muy meliflua, que te ha dicho después con un tono íntimo y comto que no me ha gustado nada, ya que me ha llevado a comprender algunas cosas:
-Es para ti G…
No sé que se me ha pasado entonces por la cabeza, pero he colgado sin decirte nada y creo que ya no volveré a llamarte.
Noviembre 2010
“Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de noviembre de 2010
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