La restauración
Ramón Serrano G
La vida no es esperar a que la tormenta pase, es aprender a bailar bajo la lluvia..-
Cuando oigo alguna noticia de que tal estatua, este cuadro o aquel edificio se están restaurando, o se ha acabado de hacerlo, siento una extraña sensación, mezcla de satisfacción y desasosiego. Comprendo que está bien que las obras se conserven adecuadamente, y sobre todo si corren el grave riesgo de desaparecer. Pero discrepo de que a lo antiguo, al tratar de rehabilitarlo, se le quite esa pátina tan hermosa que da el paso del tiempo. Y es que ha ocurrido, acaece y seguirá sucediendo que por ignorancia, o por un exceso de “sabiduría”, el rehabilitador destroza la obra primitiva. A mí, y a algunas personas más que aún viven y pueden dar fe de ello, se nos ofreció para su compra un cuadro de nuestro querido Antonio López Torres al que su propietario/a, para que luciese más, le había dado una completa y amplia mano de barniz. Sin comentarios.
Lo mismo ocurre en las personas. Lo lógico y aconsejable es que todos nos cuidemos adecuadamente y utilicemos los remedios apropiados, pero para que nuestra vida sea a ser posible placentera y desde luego sana, pero recurriendo siempre a lo estrictamente natural. Esto es norma de obligado cumplimiento y por mucha edad que se tenga se debe luchar con constancia por el bienestar físico y psíquico. “Ut dessint vires, tamen est laudanda voluntas”, que decían los latinos. Aunque falten las fuerzas, sin embargo se ha de engrandecer la voluntad. Hay que cuidarse, aunque cueste, no sea que lleguemos a arguellarnos.
Por otra parte, quiero aclarar que no estoy en contra, para nada, de la cirugía estética, mas siempre y cuando esta se practique para remediar defectos notoriamente antiestéticos, incómodos, o nocivos para el buen desarrollo de nuestra salud. Sin embargo, me parece una inmensa vaciedad que alguien gaste su tiempo y su dinero en alisar su piel, en reducir su talle, en cambiar la tonalidad de su cabello o aumentar su cantidad, queriendo con ello tan sólo aparentar una belleza o lozanía, falsa a todas luces, y que se perdió hace más o menos tiempo.
Las cosas, y por supuesto las personas, hay que conservarlas, mantenerlas, pero verlas y dejarlas como son y como están, siempre que estén en buenas o aceptables condiciones de vida, repito. Fijémonos en esos castillos o edificios antañones que han sido remozados y que nos muestran dos caras completamente distintas. Una, la nueva, de apariencia lisa y pulida, pero de aspecto blanquecino y enfermizo. Otra, la antigua en la que sus piedras están coloreadas por el musgo, roídas por el viento, embellecidas por el tiempo. Porque a mí no me parece más bonita la figura marmórea que se conserva perfecta y muy cuidada en una sala del museo, que aquellas deformes y redondeadas, con narices y manos un tanto o un mucho amorfas, que contemplamos en los pórticos de muchas iglesias.
Todo hay que tomarlo como es, sin variar su estado natural. Las personas y las cosas, ganarán o perderán, pero se transforman con el paso de los años, y esa mutación no es, en absoluto, ni mutilación ni deformidad. Sé bien que hay posturas apologéticas unas, y denostadoras otras, tanto de lo nuevo como de lo adiano, y si se me permite, aún diría que de lo viejo. La mía la manifestaré al decir que me parecen encantadores los chiquillos (es cierto, yo soy muy niñero), pero admiro, como no se pueden imaginar, a aquellos que tienen una vejez bien llevada. Será porque ya tengo encima bastantes años, pero puntualizando un poco, manifiesto que todas las mujeres son preciosas a los veinte años, pero muchas de ellas con la madurez de los cuarenta, adquieren cualidades excelsas. ¡Y no digamos nada de las que saben llegar a los sesenta, y aun a más, con una belleza y una feminidad serena y dulce!
Pero es que además estas afirmaciones, se pueden extender en infinitud de aspectos. Sabido es que se acostumbra a ponderar la edad de tal o cual cosa para darle así mayor importancia o valor. Y así nos dicen: Mire, es un violín del siglo XVI. ¡Posiblemente un Amatius! O nos ponderan si el libro en oferta es una primera edición, No digamos si es un incunable. Y por una porcelana de Sargadelos de la época de su fundación, hace doscientos años, nos piden mil veces más que por una actual.
Es decir que cuando se trata de algo importante, se aprecia mucho la edad y el estado de conservación. Y ahí es a donde quiero ir a parar. Que la tormenta puede que esté sobre nosotros, así que deberemos aprender a bailar bajo la lluvia, pensando en que pocas cosas hay más esenciales para nosotros que nosotros mismos. Por ello, está muy bien que nos preocupemos de nuestra restauración, de la debida conservación de nuestro cuerpo, aunque no se debe olvidar nunca que es mucho más trascendental no desatender el buen funcionamiento de nuestra mente. El gran economista británico John M. Keynes nos da una gran lección, cuando al hablarnos del valor marginal nos dice que se puede obtener mucho más beneficio si vendemos una botella de agua en el desierto que si lo hacemos junto a un manantial.
Por ello, para poder conseguir ese pingüe beneficio, y aunque cuando llegamos a cierta edad todos tenemos achaques, ajes y dolamas, si no es que sufrimos padecimientos peores, deberíamos esforzarnos en ejercitar nuestra sesera y tratar de mantenerla en buen estado. Porque se puede vivir sin piernas, o sin brazos, o ciego. Mal, pero se puede subsistir. Pero si no funciona la cabeza, se puede vivir, sí. Pero a eso no se le puede llamar vida.
Abril 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
Todo, no
Todo, no
Ramón Serrano G.
Paseábamos por el pueblo, cuando oímos a alguien saludarnos: - Se ve que lleváis mucha prisa esta mañana, porque no os habláis con nadie-. Reconocimos ambos la voz de inmediato y Luis se volvió contento:
-¡Argimiro, qué alegría! ¡Con el tiempo que hace que no nos vemos! No te daba yo por aquí a estas horas y con ese atuendo. ¿Qué haces?
La extrañeza se debía a que ese hombre que nos hablaba, estaba limpiando las calles y llevaba una ropa que le distinguía como empleado municipal. Algún tiempo atrás le había visto muchas veces conversar con Luis, para después contarme este, que Argimiro, vecino del lugar, había sido siempre un buen hombre, campechano y muy adinerado. Casado y con un hijo, su vida discurría tranquila entre la administración de sus cuantiosos bienes, su desarrollada afición a la lectura y una entrañable convivencia con sus vecinos. Y su gran afición a la caza, que ya se me olvidaba. Era raro, pues, verle ahora con esa ocupación y ese atuendo. -¿Qué había pasado? le preguntó mi amigo-.
-Pues que la vida da muchas vueltas, contestó. Abreviando, te diré que todo parecía ir bien en mi casa hasta que el 25 de noviembre de hace tres años la justicia llamó a mi puerta reclamando a mi hijo. Fíjate Luis, el mismo día en que Proserpina se encargaba de que se cumplieran las maldiciones de los muertos sobre los hombres. Lo reclamaban por muchos delitos que había cometido en el mundo de las drogas y por esa misma causa, pronto me enteré que tenía ingentes deudas contraídas con acreedores poco recomendables. ¡Y yo inmerso en esa “ceguera” que a veces padecemos los padres cuando no queremos ver que la vida de nuestros hijos no es la más adecuada! Pero el problema estaba allí, y era de gran envergadura. Viendo el cariz que tomó el asunto, y en evitación de males mayores, saldé con rapidez sus peligrosos débitos e, intentando salvarle, de inmediato me hice con los servicios de los más prestigiosos abogados. Hallé magníficos y honrados profesionales que se esforzaron cuanto pudieron, pero enseguida supe que no podíamos aspirar a una absolución sino, a lo sumo, a conseguir que la condena no fuese excesiva.
-En esas nos estuvimos mucho tiempo, prosiguió. Hoy un disgusto, mañana una mala noticia, al siguiente día otra mucho peor. Con ello yo estaba por los suelos y mi mujer, ni te cuento. Por otra parte, había gastado absolutamente todo cuanto tenía. Mucho, en conseguir buenos defensores, en costas, recursos, apelaciones y todo ese océano de legalidades. Y mucho más, en pagar unas deudas que yo sabía que no eran ni exactas ni correctas pero que los acreedores se encargarían de cobrar por medios poco ortodoxos. Estaba hundido física y anímicamente por lo de mi hijo. Por él lo había dado todo y todo lo había perdido. Entonces se me presentó el gran problema: ¿cuál habría de ser mi actitud en adelante? ¿Qué debería hacer? Ese era mi nudo gordiano.
-Durante mucho tiempo, continuó, debí beber néctar con nepente para calmar mi dolor y tratar de que se instalase en mí la amnesia; para obrar con ataraxia; para que el raciocinio que creo que siempre había tenido siguiera marcándome el itinerario a seguir.
-Vino a mi mente entonces un dicho inglés: throw out the bay with the bath water. Es decir, que no se debe tirar lo bueno con lo malo, o expresado de otro modo, no tirar al bebé con el agua sucia después de bañarlo. Como Lorca, “sentí borbotar los manantiales, como de niño yo los escuchara” y me pregunté: ¿lo había perdido todo? No, todo no, me dije. Me quedaban mi mujer y mi orgullo. Por ella haría todo lo que estuviese en mis manos con el fin de aliviarle la pena que la estaba destrozando. Por pundonor, me lanzaría de nuevo a la lucha como si tuviese veinte años, como si estuviera empezando de nuevo mi vida. Y eso, en realidad, es lo que estaba ocurriendo, que una vida nueva se presentaba ante mí. Con mayores dificultades, con muchos más aprietos, con innumerables impedimentos. Pero también con los arrestos necesarios para superar el difícil trance ante el que me encontraba. Y para demostrarle, no a la gente, que eso era lo que menos me importaba, sino a tu buen amigo Argimiro, o sea a mí mismo, que sería capaz de lograrlo.
-Me acordé de mi época de estudiante y me planteé el problema con detenimiento y concienzudamente. Pensé en marcharme a vivir a otro lugar, pero enseguida deseché la idea porque me gusta mi pueblo y porque no tenía de qué avergonzarme. Así que me puse a buscar un trabajo, el que fuese, con tal de que fuese honrado y digno. Y tú sabes bien que el trabajo es digno si con dignidad se hace. Pronto me llegó la solución. En el Ayuntamiento necesitaban barrenderos, y allí que me fui. Me contrataron, me pagan un sueldo justo y decente, y a esto me dedico hoy, con el mismo orgullo y satisfacción que antes administraba mi hacienda.
-Verás que sigo siendo el de antes, que de nada tengo que arrepentirme, y te digo que con el mismo agrado saludo a las gentes, aunque ahora algunos miren para otro lado para no verme. Ellos sabrán por qué lo hacen. Yo soy feliz porque poco a poco mi mujer va reponiéndose y porque mis amigos, tú entre ellos, siguen siéndolo. Sé que mucho peor podrían estar las cosas y tengo fe en que todo se irá solucionando.
-A la satisfacción de volver a verte, le dijo Luis, se suma la de observar que sigues siendo el de siempre. Cierto es que muchos, en un caso como el tuyo, lo hubiesen mandado todo al garete, mientras que tú supiste ver que era mucho lo que se había ido a pique, pero que no estaba todo perdido. Todo, no.
Y tan contentos, volvimos mi amigo y yo a nuestro paseo, mientras que Argimiro seguía con sus barreduras.
Marzo 2010
Publicado en "El Periódico" de Tomelloso el 26 de marzo de 2010
Ramón Serrano G.
Paseábamos por el pueblo, cuando oímos a alguien saludarnos: - Se ve que lleváis mucha prisa esta mañana, porque no os habláis con nadie-. Reconocimos ambos la voz de inmediato y Luis se volvió contento:
-¡Argimiro, qué alegría! ¡Con el tiempo que hace que no nos vemos! No te daba yo por aquí a estas horas y con ese atuendo. ¿Qué haces?
La extrañeza se debía a que ese hombre que nos hablaba, estaba limpiando las calles y llevaba una ropa que le distinguía como empleado municipal. Algún tiempo atrás le había visto muchas veces conversar con Luis, para después contarme este, que Argimiro, vecino del lugar, había sido siempre un buen hombre, campechano y muy adinerado. Casado y con un hijo, su vida discurría tranquila entre la administración de sus cuantiosos bienes, su desarrollada afición a la lectura y una entrañable convivencia con sus vecinos. Y su gran afición a la caza, que ya se me olvidaba. Era raro, pues, verle ahora con esa ocupación y ese atuendo. -¿Qué había pasado? le preguntó mi amigo-.
-Pues que la vida da muchas vueltas, contestó. Abreviando, te diré que todo parecía ir bien en mi casa hasta que el 25 de noviembre de hace tres años la justicia llamó a mi puerta reclamando a mi hijo. Fíjate Luis, el mismo día en que Proserpina se encargaba de que se cumplieran las maldiciones de los muertos sobre los hombres. Lo reclamaban por muchos delitos que había cometido en el mundo de las drogas y por esa misma causa, pronto me enteré que tenía ingentes deudas contraídas con acreedores poco recomendables. ¡Y yo inmerso en esa “ceguera” que a veces padecemos los padres cuando no queremos ver que la vida de nuestros hijos no es la más adecuada! Pero el problema estaba allí, y era de gran envergadura. Viendo el cariz que tomó el asunto, y en evitación de males mayores, saldé con rapidez sus peligrosos débitos e, intentando salvarle, de inmediato me hice con los servicios de los más prestigiosos abogados. Hallé magníficos y honrados profesionales que se esforzaron cuanto pudieron, pero enseguida supe que no podíamos aspirar a una absolución sino, a lo sumo, a conseguir que la condena no fuese excesiva.
-En esas nos estuvimos mucho tiempo, prosiguió. Hoy un disgusto, mañana una mala noticia, al siguiente día otra mucho peor. Con ello yo estaba por los suelos y mi mujer, ni te cuento. Por otra parte, había gastado absolutamente todo cuanto tenía. Mucho, en conseguir buenos defensores, en costas, recursos, apelaciones y todo ese océano de legalidades. Y mucho más, en pagar unas deudas que yo sabía que no eran ni exactas ni correctas pero que los acreedores se encargarían de cobrar por medios poco ortodoxos. Estaba hundido física y anímicamente por lo de mi hijo. Por él lo había dado todo y todo lo había perdido. Entonces se me presentó el gran problema: ¿cuál habría de ser mi actitud en adelante? ¿Qué debería hacer? Ese era mi nudo gordiano.
-Durante mucho tiempo, continuó, debí beber néctar con nepente para calmar mi dolor y tratar de que se instalase en mí la amnesia; para obrar con ataraxia; para que el raciocinio que creo que siempre había tenido siguiera marcándome el itinerario a seguir.
-Vino a mi mente entonces un dicho inglés: throw out the bay with the bath water. Es decir, que no se debe tirar lo bueno con lo malo, o expresado de otro modo, no tirar al bebé con el agua sucia después de bañarlo. Como Lorca, “sentí borbotar los manantiales, como de niño yo los escuchara” y me pregunté: ¿lo había perdido todo? No, todo no, me dije. Me quedaban mi mujer y mi orgullo. Por ella haría todo lo que estuviese en mis manos con el fin de aliviarle la pena que la estaba destrozando. Por pundonor, me lanzaría de nuevo a la lucha como si tuviese veinte años, como si estuviera empezando de nuevo mi vida. Y eso, en realidad, es lo que estaba ocurriendo, que una vida nueva se presentaba ante mí. Con mayores dificultades, con muchos más aprietos, con innumerables impedimentos. Pero también con los arrestos necesarios para superar el difícil trance ante el que me encontraba. Y para demostrarle, no a la gente, que eso era lo que menos me importaba, sino a tu buen amigo Argimiro, o sea a mí mismo, que sería capaz de lograrlo.
-Me acordé de mi época de estudiante y me planteé el problema con detenimiento y concienzudamente. Pensé en marcharme a vivir a otro lugar, pero enseguida deseché la idea porque me gusta mi pueblo y porque no tenía de qué avergonzarme. Así que me puse a buscar un trabajo, el que fuese, con tal de que fuese honrado y digno. Y tú sabes bien que el trabajo es digno si con dignidad se hace. Pronto me llegó la solución. En el Ayuntamiento necesitaban barrenderos, y allí que me fui. Me contrataron, me pagan un sueldo justo y decente, y a esto me dedico hoy, con el mismo orgullo y satisfacción que antes administraba mi hacienda.
-Verás que sigo siendo el de antes, que de nada tengo que arrepentirme, y te digo que con el mismo agrado saludo a las gentes, aunque ahora algunos miren para otro lado para no verme. Ellos sabrán por qué lo hacen. Yo soy feliz porque poco a poco mi mujer va reponiéndose y porque mis amigos, tú entre ellos, siguen siéndolo. Sé que mucho peor podrían estar las cosas y tengo fe en que todo se irá solucionando.
-A la satisfacción de volver a verte, le dijo Luis, se suma la de observar que sigues siendo el de siempre. Cierto es que muchos, en un caso como el tuyo, lo hubiesen mandado todo al garete, mientras que tú supiste ver que era mucho lo que se había ido a pique, pero que no estaba todo perdido. Todo, no.
Y tan contentos, volvimos mi amigo y yo a nuestro paseo, mientras que Argimiro seguía con sus barreduras.
Marzo 2010
Publicado en "El Periódico" de Tomelloso el 26 de marzo de 2010
sábado, 6 de marzo de 2010
La opulencia
La opulencia
Ramón Serrano G.
Para ti, que acabas de llegar.
El deseo inacabable de tener es, sin duda alguna, una de las características que le son más propias al ser humano. Y es un mal de consecuencias nefastas, si ese afán de tenencia deriva hacia la avaricia. Es decir, al ansia de conseguir cosas, bienes, lo que sea, tan sólo por el placer de poseerlas. Pero no es esta la faceta de la detentación a la que me quiero referir hoy. Pasemos, pues, a enfocarla desde su lado más positivo, que lo tiene, y mucho.
Sabemos todos que hay personas, desgraciadamente no muchas, que tienen un anhelo insaciable de conseguir, de agenciarse siempre un logro más de los ya habidos. Pero no son los mismos a los que aludía en el párrafo anterior. Unos ejemplos bastarán para saber a quiénes me estoy refiriendo. Así, está el investigador que pese a haber descubierto una fórmula eficiente para el alivio de un mal, o un funcionamiento distinto de alguna maquinaria con el que se ahorra energía, sigue indagando con el único fin de hallar nuevas soluciones o mejorar las ya habidas.
El misionero que sigue lanzando sus doctrinas con el fin de atraer más gentes a su fe y ejerciendo sus buenas obras para hacer el bien indiscriminadamente. El estudioso que, conocedor de mil y una teorías filosóficas, novelas, comedias y tragedias, ensayos y demás sapiencias, no cesa en afanarse textos, códices, palimpsestos, tomos góticos o elzevirianos, todo lo que pueda conseguir para seguir incrementando su cultura, sin que con ello obtenga otro lucro que su propia satisfacción.
El abuelo al que, aun siendo ya posesor de varios nietos, le dan la buena nueva de que un nuevo nepos acaba de llegar, incrementándose con ello su linaje. Que existe otro “personajillo” al que ha de querer por igual, ni más ni menos, que a los que le precedieron, y que, como los otros, serán el mayor y más sólido fundamento de sus esperanzas. Aún está tomando los calostros el neonato, y el viejo ya lo está viendo en su niñez, en su pubertad, en su juventud o en su hombría, y lamentando que quizás no esté vivo ya para cuando pudiese darle sus mejores consejos o prestarle sus pobres ayudas. Sí, ya sabe que no le faltarán unos y otras, porque sus padres sabrán hacerlo, y lo harán, incluso mejor que él. Pero a él ¡le gustaría tanto ser un elemento activo en la futura educación del recién llegado!
Y desde que fue conocedor de la grata noticia empieza a pensar en su futuro. En realidad ya lo ha venido haciendo desde que supo que había sido engendrado. Pero en este momento ya ve, casi lo palpa, cómo será su primer juguete; adivina si gustará de las ciencias o las letras, de las artes o del comercio, de la industria o de la agricultura. Y está observando cómo, hecho ya un buen mozo, está empezando a novietear con esa morenilla que vive en la calle de al lado.
Pero, por igual, se está inundando de temores a cual más probable o infundado. Quizás un día se rompa una pierna jugando al futbol. Mira que si sale vago y no quiere estudios ni trabajo. ¿Y si un día se marcha a otras tierras para siempre? ¡Hay tantos peligros acechándolo!
Sin embargo, su alegría es tanta, que no deja lugar a los desasosiegos. Porque sabe muy bien que cuando una persona nace, el mundo entero se llena de energía y el futuro se inunda de las mayores posibilidades, pues ha llegado alguien que, en su día, ya sea arando la tierra, curando enfermos o vendiendo mercancías o ideas, ayudará a sus semejantes a que la vida siga, y que siga para bien. Que no podrá impedir que haya pobreza, o que el odio se instale en muchos corazones, o que el terror y la muerte sean para algunos descerebrados su única y lúgubre ilusión. O que la difamación y la mentira se sigan propalando.
Sabe bien, está seguro, que afortunadamente su nieto no será uno de esos. Que poco o mucho, él hará cuanto esté a su alcance por ayudar a su entorno y favorecer a quien pueda. Que aportará gustoso, en la medida de sus posibilidades, su ayuda a la paz, y al saber, y a la tolerancia, y al desarrollo, y al amor. Muchos creen que los recién nacidos no oyen ni comprenden. Pobres necios. Los pequeños no pueden oír ni entender lo que dicen los demás, pero a los abuelos, ¡claro que sí! Por eso él ya le está hablando, le está dando consejos, encaminándolo para que sea, por encima de todo y en el mejor sentido de la palabra, un hombre bueno
Pero tanto tiempo de charla con la criatura y pensando en cuantos episodios y pueda circunstancias verse inmersa, hace que su cabeza empiece a obnubilarse un poco y un mucho a sentirse tremendamente feliz. ¿Por qué? Pues porque, como queda dicho, todos deseamos tener más y, desde hace un rato, él, o mejor dicho su vieja alma, con la llegada de su nuevo nieto, no es que sea más rica, no. Es que nada en la abundancia.
Marzo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de marzo de 2010
Ramón Serrano G.
Para ti, que acabas de llegar.
El deseo inacabable de tener es, sin duda alguna, una de las características que le son más propias al ser humano. Y es un mal de consecuencias nefastas, si ese afán de tenencia deriva hacia la avaricia. Es decir, al ansia de conseguir cosas, bienes, lo que sea, tan sólo por el placer de poseerlas. Pero no es esta la faceta de la detentación a la que me quiero referir hoy. Pasemos, pues, a enfocarla desde su lado más positivo, que lo tiene, y mucho.
Sabemos todos que hay personas, desgraciadamente no muchas, que tienen un anhelo insaciable de conseguir, de agenciarse siempre un logro más de los ya habidos. Pero no son los mismos a los que aludía en el párrafo anterior. Unos ejemplos bastarán para saber a quiénes me estoy refiriendo. Así, está el investigador que pese a haber descubierto una fórmula eficiente para el alivio de un mal, o un funcionamiento distinto de alguna maquinaria con el que se ahorra energía, sigue indagando con el único fin de hallar nuevas soluciones o mejorar las ya habidas.
El misionero que sigue lanzando sus doctrinas con el fin de atraer más gentes a su fe y ejerciendo sus buenas obras para hacer el bien indiscriminadamente. El estudioso que, conocedor de mil y una teorías filosóficas, novelas, comedias y tragedias, ensayos y demás sapiencias, no cesa en afanarse textos, códices, palimpsestos, tomos góticos o elzevirianos, todo lo que pueda conseguir para seguir incrementando su cultura, sin que con ello obtenga otro lucro que su propia satisfacción.
El abuelo al que, aun siendo ya posesor de varios nietos, le dan la buena nueva de que un nuevo nepos acaba de llegar, incrementándose con ello su linaje. Que existe otro “personajillo” al que ha de querer por igual, ni más ni menos, que a los que le precedieron, y que, como los otros, serán el mayor y más sólido fundamento de sus esperanzas. Aún está tomando los calostros el neonato, y el viejo ya lo está viendo en su niñez, en su pubertad, en su juventud o en su hombría, y lamentando que quizás no esté vivo ya para cuando pudiese darle sus mejores consejos o prestarle sus pobres ayudas. Sí, ya sabe que no le faltarán unos y otras, porque sus padres sabrán hacerlo, y lo harán, incluso mejor que él. Pero a él ¡le gustaría tanto ser un elemento activo en la futura educación del recién llegado!
Y desde que fue conocedor de la grata noticia empieza a pensar en su futuro. En realidad ya lo ha venido haciendo desde que supo que había sido engendrado. Pero en este momento ya ve, casi lo palpa, cómo será su primer juguete; adivina si gustará de las ciencias o las letras, de las artes o del comercio, de la industria o de la agricultura. Y está observando cómo, hecho ya un buen mozo, está empezando a novietear con esa morenilla que vive en la calle de al lado.
Pero, por igual, se está inundando de temores a cual más probable o infundado. Quizás un día se rompa una pierna jugando al futbol. Mira que si sale vago y no quiere estudios ni trabajo. ¿Y si un día se marcha a otras tierras para siempre? ¡Hay tantos peligros acechándolo!
Sin embargo, su alegría es tanta, que no deja lugar a los desasosiegos. Porque sabe muy bien que cuando una persona nace, el mundo entero se llena de energía y el futuro se inunda de las mayores posibilidades, pues ha llegado alguien que, en su día, ya sea arando la tierra, curando enfermos o vendiendo mercancías o ideas, ayudará a sus semejantes a que la vida siga, y que siga para bien. Que no podrá impedir que haya pobreza, o que el odio se instale en muchos corazones, o que el terror y la muerte sean para algunos descerebrados su única y lúgubre ilusión. O que la difamación y la mentira se sigan propalando.
Sabe bien, está seguro, que afortunadamente su nieto no será uno de esos. Que poco o mucho, él hará cuanto esté a su alcance por ayudar a su entorno y favorecer a quien pueda. Que aportará gustoso, en la medida de sus posibilidades, su ayuda a la paz, y al saber, y a la tolerancia, y al desarrollo, y al amor. Muchos creen que los recién nacidos no oyen ni comprenden. Pobres necios. Los pequeños no pueden oír ni entender lo que dicen los demás, pero a los abuelos, ¡claro que sí! Por eso él ya le está hablando, le está dando consejos, encaminándolo para que sea, por encima de todo y en el mejor sentido de la palabra, un hombre bueno
Pero tanto tiempo de charla con la criatura y pensando en cuantos episodios y pueda circunstancias verse inmersa, hace que su cabeza empiece a obnubilarse un poco y un mucho a sentirse tremendamente feliz. ¿Por qué? Pues porque, como queda dicho, todos deseamos tener más y, desde hace un rato, él, o mejor dicho su vieja alma, con la llegada de su nuevo nieto, no es que sea más rica, no. Es que nada en la abundancia.
Marzo 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de marzo de 2010
jueves, 25 de febrero de 2010
El tranvía
El tranvía
Ramón Serrano G.
En suma, la vida no es otra cosa que un corto itinerario que hacemos y en el que siempre nos vemos acechados por peligros. Pueden ser estos para el cuerpo o para el alma, como también es posible que sean reales o creados por nuestra imaginación. De cualquier forma, la causa peligro produce siempre el efecto miedo, aunque las más de las veces este temor se deba a la ignorancia, ya sea de la magnitud del riesgo, como de la forma adecuada de atajarlo. Puede amedrentar a alguien la profundidad de un lago, tener que atravesar un oscuro pasaje, o resolver un problema. Pero no tendría ese reparo si nada bien, el lugar no le es desconocido o sabe como hacerlo. La ignorancia en esto, como en casi todo, hace que aumenten de tamaño, o se vean insolubles, dificultades que en realidad no lo son.
Reafirmándonos en esa teoría de que la incultura creaba y agrandaba los peligros, y aun lo sigue haciendo, echemos la vista atrás unos años y recordemos, por ejemplo, la temeridad de adentrarse en lo que se dio en llamar la mar tenebrosa (el océano Atlántico) ante el riesgo de perecer en ella. La visión de un gato negro - por cierto, no dejen de leerse el cuento con ese título de Allan Poe -, o la de los pájaros que se cruzaban en nuestro camino y según lo hicieran de derecha a izquierda o de izquierda a derecha nos traería buena o mala suerte. Ya sabe el lector, que a la salida de Vivar, el Cid tuvo la corneja diestra, mientras que llegando a Burgos, tuviéronla siniestra. Y no digamos nada sobre si se oía ulular al búho o graznar al cuervo: ese sonido significaba que la muerte estaba cerca.
Estaba claro entonces, que debido principalmente a una población, comunicaciones y casuística distintas, donde más amenazas se cernían hace años sobre sus moradores era en las capitales, con todo su bullicio y ajetreo frente a la tranquilidad y calma pueblerinas. En su contra, he de repetir, que estos, debido a su menor cultura, estaban más expuestos a padecer el mal. Y si se me permite la expresión lo aclararé diciendo que en unas había más vivales y en los otros más pardillos.
Pero centrémonos en un lugar, el convento, en el que pese a estar alejado del mundanal ruido era donde con mayor fuerza se atacaba a los enemigos del alma, que eran tenidos por los más perversos enemigos de sus moradores. Estos combluezos eran tres, demonio, mundo y carne, como por todos es sabido. Los priores, y algún que otro mandatario, se afanaban, casi exclusivamente, en conseguir que los “hermanos” aprendieran a vencerlos. Tenían una mejor formación cultural, ya que solían ser provenientes de casas ricas (normalmente eran los hijos segundones) mientras que la mayoría de los cenobitas se habían acogido a la vida monástica más por evitar el hambre que por llamamiento o inclinación a lo religioso. Así que, aquellos a enseñar y estos a escuchar y a tratar de asimilar.
Entonces, con el fin conseguir crear un clima propicio para el acogimiento celestial, los abades apercibían a los monjes de donde estaban los medios con los que lograrían vencer a los citados adversarios para que estos no les dificultaran en dar con el camino para encontrar a Dios. El más cruel y nocivo de los tres contrarios era el primero, Lucifer. Pero, curiosamente, a este se le vencía siempre con armas sencillas: oración, constancia y humildad. ¡Ah!, pero, ¿y los otros dos? Para el mundo, tan sólo la más somera explicación de su enjundia resultaba harto complicada para que se hicieran una idea de lo que era, aquellas pobres almas que desde muy jóvenes habían vivido siempre tras las tapias monásticas.
En cuanto al cuerpo, su continencia tampoco era trabajo arduo, salvo en un punto que resultaba casi inaccesible. Todos los pecados se podían explicar. Todos menos la lujuria. Harto dificultoso resultaba tratar sobre la mujer, y mucho menos con las modernidades de las que estas empezaban a hacer gala en cuanto a comportamiento y vestimenta. En ese tema los prepósitos estaban un tanto desfasados Y además ¿cómo se podía describir a una hembra si el oidor no había visto nunca ninguna o lo había hecho en su más tierna infancia? En su favor jugaba que sus condiciones de vida eran poco propicias para la libídine: frailes entrados en años, comidas muy ligeras y parcas en calorías, y celdas, capillas y claustros en los que solía imperar un frío siberiano. Así pues, de lujuria nada.
Mas, pese a que hacían cuanto podían, no siempre conseguían sus docentes propósitos. Y viene al pelo, un suceso que hace un tiempo ocurrió en un añoso abadiado. Fray Avertano, ya muy entrado en años, yacía en su márfega desde hacía bastantes meses victima de un mal incurable. Un día en el que fue a visitarle el prior, aquél se atrevió a decirle:
-Padre, ahora que veo cercana mi muerte quisiera pedirle un favor. Nos han hablado muchas veces de los peligros que el hombre debe afrontar para su salvación. Algunos los he vivido, y muchos los he supuesto. Pero hay dos sobre los que mucho nos advirtieron, pero que no he podido siquiera imaginar y no quisiera irme al otro mundo sin haberlos visto al menos una vez. Son un tranvía y una mujer. Por caridad, ¡concédamelo!
-Haré lo que pueda, hermano, le contestó el superior.
Salió de la celda, llamó a los monjes más allegados y les planteó el problema, encareciéndoles una solución ya que el anciano fraile se lo merecía todo. Su padre, quedó viudo muy joven y por ello llevó al niño de cuatro años al convento para que los religiosos se hicieran cargo de él. Siempre trabajó en las faenas más duras y nunca había solicitado nada. Lo hacía ahora por primera vez. Tras un rato de consideraciones uno dijo:
-Está claro que conseguir una de las dos peticiones es inviable. Pero la otra creo que no me costará trabajo. Vive en el pueblo de al lado una mujeruca, ya muy viejita, pero que viene con frecuencia a nuestra capilla, sobre todo en mayo a traer flores a la virgen. Hablaré con ella.
Se fue al pueblo, buscó a la Tía Candelaria, y le explicó su ruego. La mujer accedió gustosa y marchó con ellos. Al llegar, la hicieron pasar al cuarto del fraile que medio dormitaba y medio se moría. Habló el prior:
- - Hermano, una de sus peticiones no la hemos podido conseguir. Pero al menos, aquí está la otra como puede ver.
Abrió mucho los ojos Fray Avertano, y vio ante sí un ser bastante encorvado de más de sesenta años, que cubría su cabeza con un pañuelo negro y sus hombros con una toca parduzca y deslucida. Sus ojos estaban ocultos por unas gafas con cristales de culo de vaso, su cara tenía más arrugas que un cordel en el bolsillo de un muchacho y sus cuatro únicos dientes no coincidían en verticalidad. El resto de su figura era impredecible, tapado por una larga saya y un generoso mandil. Al ver “aquello”, el pobre frailre miró a lo alto y, con voz emocionada, dijo:
- Gracias Dios mío. Ya no me muero sin haber visto un tranvía.
- Febrero de 2010
- Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 26 de febrero de 2010
Ramón Serrano G.
En suma, la vida no es otra cosa que un corto itinerario que hacemos y en el que siempre nos vemos acechados por peligros. Pueden ser estos para el cuerpo o para el alma, como también es posible que sean reales o creados por nuestra imaginación. De cualquier forma, la causa peligro produce siempre el efecto miedo, aunque las más de las veces este temor se deba a la ignorancia, ya sea de la magnitud del riesgo, como de la forma adecuada de atajarlo. Puede amedrentar a alguien la profundidad de un lago, tener que atravesar un oscuro pasaje, o resolver un problema. Pero no tendría ese reparo si nada bien, el lugar no le es desconocido o sabe como hacerlo. La ignorancia en esto, como en casi todo, hace que aumenten de tamaño, o se vean insolubles, dificultades que en realidad no lo son.
Reafirmándonos en esa teoría de que la incultura creaba y agrandaba los peligros, y aun lo sigue haciendo, echemos la vista atrás unos años y recordemos, por ejemplo, la temeridad de adentrarse en lo que se dio en llamar la mar tenebrosa (el océano Atlántico) ante el riesgo de perecer en ella. La visión de un gato negro - por cierto, no dejen de leerse el cuento con ese título de Allan Poe -, o la de los pájaros que se cruzaban en nuestro camino y según lo hicieran de derecha a izquierda o de izquierda a derecha nos traería buena o mala suerte. Ya sabe el lector, que a la salida de Vivar, el Cid tuvo la corneja diestra, mientras que llegando a Burgos, tuviéronla siniestra. Y no digamos nada sobre si se oía ulular al búho o graznar al cuervo: ese sonido significaba que la muerte estaba cerca.
Estaba claro entonces, que debido principalmente a una población, comunicaciones y casuística distintas, donde más amenazas se cernían hace años sobre sus moradores era en las capitales, con todo su bullicio y ajetreo frente a la tranquilidad y calma pueblerinas. En su contra, he de repetir, que estos, debido a su menor cultura, estaban más expuestos a padecer el mal. Y si se me permite la expresión lo aclararé diciendo que en unas había más vivales y en los otros más pardillos.
Pero centrémonos en un lugar, el convento, en el que pese a estar alejado del mundanal ruido era donde con mayor fuerza se atacaba a los enemigos del alma, que eran tenidos por los más perversos enemigos de sus moradores. Estos combluezos eran tres, demonio, mundo y carne, como por todos es sabido. Los priores, y algún que otro mandatario, se afanaban, casi exclusivamente, en conseguir que los “hermanos” aprendieran a vencerlos. Tenían una mejor formación cultural, ya que solían ser provenientes de casas ricas (normalmente eran los hijos segundones) mientras que la mayoría de los cenobitas se habían acogido a la vida monástica más por evitar el hambre que por llamamiento o inclinación a lo religioso. Así que, aquellos a enseñar y estos a escuchar y a tratar de asimilar.
Entonces, con el fin conseguir crear un clima propicio para el acogimiento celestial, los abades apercibían a los monjes de donde estaban los medios con los que lograrían vencer a los citados adversarios para que estos no les dificultaran en dar con el camino para encontrar a Dios. El más cruel y nocivo de los tres contrarios era el primero, Lucifer. Pero, curiosamente, a este se le vencía siempre con armas sencillas: oración, constancia y humildad. ¡Ah!, pero, ¿y los otros dos? Para el mundo, tan sólo la más somera explicación de su enjundia resultaba harto complicada para que se hicieran una idea de lo que era, aquellas pobres almas que desde muy jóvenes habían vivido siempre tras las tapias monásticas.
En cuanto al cuerpo, su continencia tampoco era trabajo arduo, salvo en un punto que resultaba casi inaccesible. Todos los pecados se podían explicar. Todos menos la lujuria. Harto dificultoso resultaba tratar sobre la mujer, y mucho menos con las modernidades de las que estas empezaban a hacer gala en cuanto a comportamiento y vestimenta. En ese tema los prepósitos estaban un tanto desfasados Y además ¿cómo se podía describir a una hembra si el oidor no había visto nunca ninguna o lo había hecho en su más tierna infancia? En su favor jugaba que sus condiciones de vida eran poco propicias para la libídine: frailes entrados en años, comidas muy ligeras y parcas en calorías, y celdas, capillas y claustros en los que solía imperar un frío siberiano. Así pues, de lujuria nada.
Mas, pese a que hacían cuanto podían, no siempre conseguían sus docentes propósitos. Y viene al pelo, un suceso que hace un tiempo ocurrió en un añoso abadiado. Fray Avertano, ya muy entrado en años, yacía en su márfega desde hacía bastantes meses victima de un mal incurable. Un día en el que fue a visitarle el prior, aquél se atrevió a decirle:
-Padre, ahora que veo cercana mi muerte quisiera pedirle un favor. Nos han hablado muchas veces de los peligros que el hombre debe afrontar para su salvación. Algunos los he vivido, y muchos los he supuesto. Pero hay dos sobre los que mucho nos advirtieron, pero que no he podido siquiera imaginar y no quisiera irme al otro mundo sin haberlos visto al menos una vez. Son un tranvía y una mujer. Por caridad, ¡concédamelo!
-Haré lo que pueda, hermano, le contestó el superior.
Salió de la celda, llamó a los monjes más allegados y les planteó el problema, encareciéndoles una solución ya que el anciano fraile se lo merecía todo. Su padre, quedó viudo muy joven y por ello llevó al niño de cuatro años al convento para que los religiosos se hicieran cargo de él. Siempre trabajó en las faenas más duras y nunca había solicitado nada. Lo hacía ahora por primera vez. Tras un rato de consideraciones uno dijo:
-Está claro que conseguir una de las dos peticiones es inviable. Pero la otra creo que no me costará trabajo. Vive en el pueblo de al lado una mujeruca, ya muy viejita, pero que viene con frecuencia a nuestra capilla, sobre todo en mayo a traer flores a la virgen. Hablaré con ella.
Se fue al pueblo, buscó a la Tía Candelaria, y le explicó su ruego. La mujer accedió gustosa y marchó con ellos. Al llegar, la hicieron pasar al cuarto del fraile que medio dormitaba y medio se moría. Habló el prior:
- - Hermano, una de sus peticiones no la hemos podido conseguir. Pero al menos, aquí está la otra como puede ver.
Abrió mucho los ojos Fray Avertano, y vio ante sí un ser bastante encorvado de más de sesenta años, que cubría su cabeza con un pañuelo negro y sus hombros con una toca parduzca y deslucida. Sus ojos estaban ocultos por unas gafas con cristales de culo de vaso, su cara tenía más arrugas que un cordel en el bolsillo de un muchacho y sus cuatro únicos dientes no coincidían en verticalidad. El resto de su figura era impredecible, tapado por una larga saya y un generoso mandil. Al ver “aquello”, el pobre frailre miró a lo alto y, con voz emocionada, dijo:
- Gracias Dios mío. Ya no me muero sin haber visto un tranvía.
- Febrero de 2010
- Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 26 de febrero de 2010
jueves, 11 de febrero de 2010
Bonito, bello o hermoso
Bonito, bello o hermoso
Ramón Serrano G.
Cabe resaltar que, aun pareciendo lo mismo, existe una gran diferencia entre lo bonito, lo bello, y lo hermoso. Esto no es una simple opinión que yo tenga, sino que, como siempre, acudo al diccionario para hacer una gran desemejanza de estos términos. Casi transcribo al decir que bonito es el adjetivo que se utiliza para los objetos simples y llanos, mientras que para los de una mayor importancia, y utilizando un lenguaje más solemne o literario, se suele usar el vocablo bello. Con hermoso nos referimos lo que tiene una guapura impresionante, ya sea por su magnitud o su perfección.
Pero no es a la esencia de estos adjetivos a lo que quiero referirme, sino más bien al uso diario que a estos y a otros muchos términos les solemos dar en España, y que es a todas luces, muy diferente a la manera que tienen de aplicarlos en Hispanoamérica, en donde además utilizan con frecuencia otros calificativos que nosotros, incomprensiblemente, casi nunca empleamos. Lindo, por ejemplo Y no hablemos ya de chévere, ruca, chiviado o yacaré. Es verdad, dicho sea de paso, que en aquel continente se conservan, y gracias sean dadas por ello, palabras desusadas por aquí y otras muchas a las que se atribuyen un distinto significado. Vea, si no, el curioso lector la diferencia de lo que se quiere decir con vocablos como coger, boliche, guapo o cuadra, cuando esto se hace a este o a aquél lado del Atlántico.
Ahondando un poco más en nuestro tema, y reduciendo el territorio donde se ha de desarrollar el lenguaje, quisiera hacer ver cómo también utilizamos el idioma de forma tan distinta en unas regiones que en otras. Por ejemplo en Galicia emplean siempre el pretérito imperfecto mientras que nosotros escogemos el perfecto. -¿Cenaste? dicen por allá, mientras que por aquí: -¿Has cenado? Hablan por aquellas terras meigas de que se quita lo que se mete y se saca lo que se pone, y por ello dicen: saca la mesa o quita las entradas. Si nos bajamos hacia la Andalucía, escucharemos aquello de: -Ya mismo, en lugar de ahora mismo. Y si fuésemos por la vinatera Rioja escucharíamos que las mascaderas son las mandíbulas y que chinico es algo muy pequeño o menudito. Y en esta Mancha de nuestros pecados, donde he tenido la suerte de nacer y vivir viene a ocurrir lo mismo. Para intentar demostrarlo, he acudido a los tres adjetivos que encabezan este escrito.
Reconociendo que tiene bastante importancia eso de la elección y el uso de los voquibles, y como está claro que cada cual tenemos nuestros gustos y preferencias, vengo en decir que a mí, como a la inmensa mayoría de mis paisanos, siempre nos ha parecido mejor lo hermoso que lo bonito, y aun que lo bello, sobre todo si es para catalogar o adjetivar simplemente algún tipo de cosas o personas. No quiero con esto declarar culpable a nadie, ni hacer gala de virtud alguna, o de que exista cualidad o razón exacta que lo motive. Es simplemente cuestión subjetiva, gusto personal, preferencias locales que influyen muy mucho en el uso de estos términos. Aunque, dicho sea de paso, quizás ese uso no sea tan estrictamente local, sino que le vendría mejor si lo adjetiváramos como regional. Porque, al fin y a la postre, la manera de expresarse es similar en cada comarca o región, y distinta, en mucho o en poco, de las de otras regiones y comarcas, aun cuando estas fueran limítrofes, admitiendo que también existen determinados, aunque escasos, localismos.
Pero volviendo a los adjetivos que nos ocupan, creo que los que por aquí vivan, o aquellos que nos visiten con frecuencia, admitirán que pocas veces los manchegos utilizamos en nuestras cotidianas expresiones el término bonito, y nunca, o casi, el de bello, mientras que diariamente empleamos el de hermoso. Bonito, si cabe, alguna vez y para referirnos a alguna niña. Bello, solemos emplearlo cargándolo con un cierto tilde de homosexualidad. Pero decimos hermoso alargándolo, pronunciándolo con énfasis, con acento en la “mo”.
Quisiera explicar entonces cuáles son, a mi forma de ver, los motivos que llevan a ello, y exponer dos razones que logran que el lenguaje se vea modificado en algunas regiones y que se lleguen a implantar unas elocuciones, eligiéndolas en detrimento de otras. Hablemos primeramente de la popular cultura escolar, más arraigada en el norte que en nuestra tierra, hay que reconocerlo, y de una mayor asistencia escolar, lo que conlleva una mejor riqueza de vocabulario, que además se mantiene, o se incrementa, al estar los pueblos más cercanos y haber más contacto entre ellos.
Igualmente influye de manera determinante la configuración del paisaje. Así un valle es casi siempre de una gran belleza. El rey Abenabet hizo plantar en Córdoba infinidad de almendros para que su esposa Rubaiquia al verlos florecer por febrero pudiera contemplar un bello paisaje nevado. O cuando a finales de marzo alguien se acerca a admirar el valle del Jerte por la inmensa beldad de sus cerezos en flor. Y extasiarse ante un amanecer o una puesta de sol en el mar, algo realmente bonito. O es igualmente bonito si de noche “la luna en el mar, riela..”. Sin embargo, al otear el océano de nuestras viñas allá por junio, podremos decir que es algo realmente hermoso. La enormidad de nuestra llanura nos hace utilizar un leguaje quizás más prosaico, pero no menos excelente. Pensemos que en una orquesta sinfónica es tan necesario el sonido grave del trombón, como el virtuoso del violín. Y que, para comprender ampliamente un idioma, hay que escuchar a todos los hablistanes y no sólo a los de exquisito verbo. Dijo Tagore que el bosque sería muy triste si sólo cantasen los pájaros que mejor lo hacen. Y llevaba razón. Como siempre.
Así pues reconozcamos orgullosos que, influenciadas por legados y costumbre, por clima y por paisaje, nuestra forma de vivir, como nuestro hablar, no es ni bonita, ni bella, sino que es ancha y llana; como ancha y llana es la luz de nuestro cielo; al igual que llana y ancha es la manera de trabajar de nuestras gentes, y del mismo modo que ancha y llana es el alma de los que aquí vivimos. Y que por ello, y por encima de todo, nuestra querida Mancha es ancha, llana y muy, pero que muy hermosa.
Febrero 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de febrero de 2010
Ramón Serrano G.
Cabe resaltar que, aun pareciendo lo mismo, existe una gran diferencia entre lo bonito, lo bello, y lo hermoso. Esto no es una simple opinión que yo tenga, sino que, como siempre, acudo al diccionario para hacer una gran desemejanza de estos términos. Casi transcribo al decir que bonito es el adjetivo que se utiliza para los objetos simples y llanos, mientras que para los de una mayor importancia, y utilizando un lenguaje más solemne o literario, se suele usar el vocablo bello. Con hermoso nos referimos lo que tiene una guapura impresionante, ya sea por su magnitud o su perfección.
Pero no es a la esencia de estos adjetivos a lo que quiero referirme, sino más bien al uso diario que a estos y a otros muchos términos les solemos dar en España, y que es a todas luces, muy diferente a la manera que tienen de aplicarlos en Hispanoamérica, en donde además utilizan con frecuencia otros calificativos que nosotros, incomprensiblemente, casi nunca empleamos. Lindo, por ejemplo Y no hablemos ya de chévere, ruca, chiviado o yacaré. Es verdad, dicho sea de paso, que en aquel continente se conservan, y gracias sean dadas por ello, palabras desusadas por aquí y otras muchas a las que se atribuyen un distinto significado. Vea, si no, el curioso lector la diferencia de lo que se quiere decir con vocablos como coger, boliche, guapo o cuadra, cuando esto se hace a este o a aquél lado del Atlántico.
Ahondando un poco más en nuestro tema, y reduciendo el territorio donde se ha de desarrollar el lenguaje, quisiera hacer ver cómo también utilizamos el idioma de forma tan distinta en unas regiones que en otras. Por ejemplo en Galicia emplean siempre el pretérito imperfecto mientras que nosotros escogemos el perfecto. -¿Cenaste? dicen por allá, mientras que por aquí: -¿Has cenado? Hablan por aquellas terras meigas de que se quita lo que se mete y se saca lo que se pone, y por ello dicen: saca la mesa o quita las entradas. Si nos bajamos hacia la Andalucía, escucharemos aquello de: -Ya mismo, en lugar de ahora mismo. Y si fuésemos por la vinatera Rioja escucharíamos que las mascaderas son las mandíbulas y que chinico es algo muy pequeño o menudito. Y en esta Mancha de nuestros pecados, donde he tenido la suerte de nacer y vivir viene a ocurrir lo mismo. Para intentar demostrarlo, he acudido a los tres adjetivos que encabezan este escrito.
Reconociendo que tiene bastante importancia eso de la elección y el uso de los voquibles, y como está claro que cada cual tenemos nuestros gustos y preferencias, vengo en decir que a mí, como a la inmensa mayoría de mis paisanos, siempre nos ha parecido mejor lo hermoso que lo bonito, y aun que lo bello, sobre todo si es para catalogar o adjetivar simplemente algún tipo de cosas o personas. No quiero con esto declarar culpable a nadie, ni hacer gala de virtud alguna, o de que exista cualidad o razón exacta que lo motive. Es simplemente cuestión subjetiva, gusto personal, preferencias locales que influyen muy mucho en el uso de estos términos. Aunque, dicho sea de paso, quizás ese uso no sea tan estrictamente local, sino que le vendría mejor si lo adjetiváramos como regional. Porque, al fin y a la postre, la manera de expresarse es similar en cada comarca o región, y distinta, en mucho o en poco, de las de otras regiones y comarcas, aun cuando estas fueran limítrofes, admitiendo que también existen determinados, aunque escasos, localismos.
Pero volviendo a los adjetivos que nos ocupan, creo que los que por aquí vivan, o aquellos que nos visiten con frecuencia, admitirán que pocas veces los manchegos utilizamos en nuestras cotidianas expresiones el término bonito, y nunca, o casi, el de bello, mientras que diariamente empleamos el de hermoso. Bonito, si cabe, alguna vez y para referirnos a alguna niña. Bello, solemos emplearlo cargándolo con un cierto tilde de homosexualidad. Pero decimos hermoso alargándolo, pronunciándolo con énfasis, con acento en la “mo”.
Quisiera explicar entonces cuáles son, a mi forma de ver, los motivos que llevan a ello, y exponer dos razones que logran que el lenguaje se vea modificado en algunas regiones y que se lleguen a implantar unas elocuciones, eligiéndolas en detrimento de otras. Hablemos primeramente de la popular cultura escolar, más arraigada en el norte que en nuestra tierra, hay que reconocerlo, y de una mayor asistencia escolar, lo que conlleva una mejor riqueza de vocabulario, que además se mantiene, o se incrementa, al estar los pueblos más cercanos y haber más contacto entre ellos.
Igualmente influye de manera determinante la configuración del paisaje. Así un valle es casi siempre de una gran belleza. El rey Abenabet hizo plantar en Córdoba infinidad de almendros para que su esposa Rubaiquia al verlos florecer por febrero pudiera contemplar un bello paisaje nevado. O cuando a finales de marzo alguien se acerca a admirar el valle del Jerte por la inmensa beldad de sus cerezos en flor. Y extasiarse ante un amanecer o una puesta de sol en el mar, algo realmente bonito. O es igualmente bonito si de noche “la luna en el mar, riela..”. Sin embargo, al otear el océano de nuestras viñas allá por junio, podremos decir que es algo realmente hermoso. La enormidad de nuestra llanura nos hace utilizar un leguaje quizás más prosaico, pero no menos excelente. Pensemos que en una orquesta sinfónica es tan necesario el sonido grave del trombón, como el virtuoso del violín. Y que, para comprender ampliamente un idioma, hay que escuchar a todos los hablistanes y no sólo a los de exquisito verbo. Dijo Tagore que el bosque sería muy triste si sólo cantasen los pájaros que mejor lo hacen. Y llevaba razón. Como siempre.
Así pues reconozcamos orgullosos que, influenciadas por legados y costumbre, por clima y por paisaje, nuestra forma de vivir, como nuestro hablar, no es ni bonita, ni bella, sino que es ancha y llana; como ancha y llana es la luz de nuestro cielo; al igual que llana y ancha es la manera de trabajar de nuestras gentes, y del mismo modo que ancha y llana es el alma de los que aquí vivimos. Y que por ello, y por encima de todo, nuestra querida Mancha es ancha, llana y muy, pero que muy hermosa.
Febrero 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 12 de febrero de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
La rotura
La rotura
Ramón Serrano G.
Un hombre iba un día por la calle (quizás muchos de ustedes lo sabrán) cuando se cruzó con una de esas mujeres que llaman la atención por su belleza. Alta, guapa, buen tipo. Tal vez, diez kilos de más. Eso que antes se decía una tía buena. Haciéndole los ojos chiribitas, le dijo:- Te doy cien por acostarme contigo. Ella se puso furiosa y, a voz en grito, lo puso verde: Que era un sinvergüenza, que qué se había creído, que por quién la había tomado,…Él insistió: -Te doy trescientos. Ella lo mismo: -Grosero, ineducado…Y él terco:-Bueno quinientos. Y así, impertérrito, fue subiendo la oferta al mismo tiempo que ella dulcificaba sus execraciones. Resumiendo. Cuando llegó en su proposición a los dos mil, ella le contestó:
-Está bien. Pero si es sólo una vez y no se entera nadie. Entonces el hombre, se dio la media vuelta y se alejó diciéndose a sí mismo: -Lo que se pierde uno por no tener dinero.
Hasta aquí lo que cuenta el cuento, o sea la actitud de él. Pero lo que nunca se dice es lo que ella quedó pensando sobre su propia integridad moral, y no me estoy refiriendo en si estuvo bien el regateo, o la elevación de la tarifa, sino a su autoestima. ¿Se tendría por lumia, o al no haber llegado a yacer con el extraño estimaría que seguiría intacta su honra? Está claro que la magnitud de una falta la agrava, pero quizás sea demasiado frecuente el que nos liberemos de culpa, si nuestro pecado ha sido sólo de deseo o nimio. Ya saben que el tío Evelio le dijo a su chica:- Me he “enterao” de que estás “preñá”. ¿Es cierto eso?- Y la pobre Robustianeja le contestó con cara de lástima: - Sí papa. Pero “mu” poco.
Lo cierto es que, bromas aparte, lo referido en estas dos anécdotas relacionadas con la sexualidad podría hacerse extensible a mil casos más. Pensemos en el jornalero que trabajando a destajo poda cien cepas en su jornada teniendo capacidad para hacerlo con ciento treinta. O en el patrono que paga diez siendo consciente de que debería remunerar, con justicia, al menos con quince. O en el estudiante que se conforma con sacar un 6 de nota final, sabiendo que con su saber y un pequeño esfuerzo añadido hubiera obtenido un 9. Y también, ¿por qué no decirlo? en el comportamiento de todos esos en los que ustedes y yo estamos pensando, y de los que ya vamos teniendo llena la cachimba.
Al principio se suele decir: “Total, por una vez”, para, al poco tiempo, acabar en: “Tampoco tiene tanta importancia”. Y es ahí donde radica el mal. En que tenemos establecida una difusa línea que marca los límites de la moralidad Y lo hace tanto, y de manera tan subjetiva, que podríamos preguntarnos: ¿se halla esa línea a la misma altura si quienes la tienen que sobrepasar somos nosotros mismos o son los otros ? Y lo malo es que no medimos siempre con el mismo rasero.
Como también podríamos pensar algo de ellos cuando actúan de ese modo tan correcto en apariencia, pero tan intrínsecamente incorrecto. Y ese algo es: ¿duermen tranquilos? ¿Piensan que sus manos están limpias? Porque este mundo que nos ha tocado padecer está saturado de actos y cosas difíciles, pero también las hay fáciles, muy fáciles. Y la que nos parece más sencilla de todas es ser severos para con los demás y a la vez implorar, o no, implorar no, estaría mejor dicho exigir, la mayor tolerancia hacia nuestras culpas. Para ello, lo mejor es autoconvencernos, como queda dicho, de que estas no tienen la categoría de tales, sino que son, como mucho, simples y pequeños desvaríos carentes de la menor importancia. Y lo que es peor: que no pasa nada porque todo siga así.
Craso error. Es sabido que la perfección prácticamente no existe, por muy meticulosos que seamos. Y que hay muchos casos en que las cosas funcionan, y funcionan bien, aunque no lo hagan perfectamente o con la mejor utilidad. Pero hay otros casos en los que no cabe la ambigüedad. El coche pierde fuerza, no alcanza su adecuado rendimiento, pero aún así podemos hacer muchos kilómetros. Puede que un altavoz distorsione, pero que la distorsión esté concentrada en el segundo y tercer armónico, y que no se acerque a un 10%, con lo que es muy probable que pase desapercibida para la mayoría. Pero en un cristal no ocurre esto. Está roto o no lo está, y se ve bien claro aunque se mantenga unido. Hay cosas, muchas cosas, infinidad de cosas, que no funcionan si tienen el más mínimo roce en sus engranajes o la rotura más pequeña en su estructura. Y hay cosas, muchas cosas, infinidad de cosas, que no deben llevarse a cabo, si al hacerlo, y aunque nadie lo perciba, nosotros sabemos con certeza que su funcionamiento o ejecución no son los idóneos. Que no se debe nunca tocar la guitarra si la prima y/o el bordón no están correctamente afinados.
Debemos estar siempre muy dispuestos a no llevar determinadas empresas a cabo, si para hacerlo no nos ajustamos a lo que sabemos que es lo ortodoxo. Debemos saber siempre muy bien cuándo y cuánto se necesita para que se produzca la rotura de la norma, y no sólo de la escrita o de la por todos sabida, sino de la que cada uno de nosotros, en nuestro fuero interno, sabemos que es la correcta.
Enero 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 29 de enero de 2010
Ramón Serrano G.
Un hombre iba un día por la calle (quizás muchos de ustedes lo sabrán) cuando se cruzó con una de esas mujeres que llaman la atención por su belleza. Alta, guapa, buen tipo. Tal vez, diez kilos de más. Eso que antes se decía una tía buena. Haciéndole los ojos chiribitas, le dijo:- Te doy cien por acostarme contigo. Ella se puso furiosa y, a voz en grito, lo puso verde: Que era un sinvergüenza, que qué se había creído, que por quién la había tomado,…Él insistió: -Te doy trescientos. Ella lo mismo: -Grosero, ineducado…Y él terco:-Bueno quinientos. Y así, impertérrito, fue subiendo la oferta al mismo tiempo que ella dulcificaba sus execraciones. Resumiendo. Cuando llegó en su proposición a los dos mil, ella le contestó:
-Está bien. Pero si es sólo una vez y no se entera nadie. Entonces el hombre, se dio la media vuelta y se alejó diciéndose a sí mismo: -Lo que se pierde uno por no tener dinero.
Hasta aquí lo que cuenta el cuento, o sea la actitud de él. Pero lo que nunca se dice es lo que ella quedó pensando sobre su propia integridad moral, y no me estoy refiriendo en si estuvo bien el regateo, o la elevación de la tarifa, sino a su autoestima. ¿Se tendría por lumia, o al no haber llegado a yacer con el extraño estimaría que seguiría intacta su honra? Está claro que la magnitud de una falta la agrava, pero quizás sea demasiado frecuente el que nos liberemos de culpa, si nuestro pecado ha sido sólo de deseo o nimio. Ya saben que el tío Evelio le dijo a su chica:- Me he “enterao” de que estás “preñá”. ¿Es cierto eso?- Y la pobre Robustianeja le contestó con cara de lástima: - Sí papa. Pero “mu” poco.
Lo cierto es que, bromas aparte, lo referido en estas dos anécdotas relacionadas con la sexualidad podría hacerse extensible a mil casos más. Pensemos en el jornalero que trabajando a destajo poda cien cepas en su jornada teniendo capacidad para hacerlo con ciento treinta. O en el patrono que paga diez siendo consciente de que debería remunerar, con justicia, al menos con quince. O en el estudiante que se conforma con sacar un 6 de nota final, sabiendo que con su saber y un pequeño esfuerzo añadido hubiera obtenido un 9. Y también, ¿por qué no decirlo? en el comportamiento de todos esos en los que ustedes y yo estamos pensando, y de los que ya vamos teniendo llena la cachimba.
Al principio se suele decir: “Total, por una vez”, para, al poco tiempo, acabar en: “Tampoco tiene tanta importancia”. Y es ahí donde radica el mal. En que tenemos establecida una difusa línea que marca los límites de la moralidad Y lo hace tanto, y de manera tan subjetiva, que podríamos preguntarnos: ¿se halla esa línea a la misma altura si quienes la tienen que sobrepasar somos nosotros mismos o son los otros ? Y lo malo es que no medimos siempre con el mismo rasero.
Como también podríamos pensar algo de ellos cuando actúan de ese modo tan correcto en apariencia, pero tan intrínsecamente incorrecto. Y ese algo es: ¿duermen tranquilos? ¿Piensan que sus manos están limpias? Porque este mundo que nos ha tocado padecer está saturado de actos y cosas difíciles, pero también las hay fáciles, muy fáciles. Y la que nos parece más sencilla de todas es ser severos para con los demás y a la vez implorar, o no, implorar no, estaría mejor dicho exigir, la mayor tolerancia hacia nuestras culpas. Para ello, lo mejor es autoconvencernos, como queda dicho, de que estas no tienen la categoría de tales, sino que son, como mucho, simples y pequeños desvaríos carentes de la menor importancia. Y lo que es peor: que no pasa nada porque todo siga así.
Craso error. Es sabido que la perfección prácticamente no existe, por muy meticulosos que seamos. Y que hay muchos casos en que las cosas funcionan, y funcionan bien, aunque no lo hagan perfectamente o con la mejor utilidad. Pero hay otros casos en los que no cabe la ambigüedad. El coche pierde fuerza, no alcanza su adecuado rendimiento, pero aún así podemos hacer muchos kilómetros. Puede que un altavoz distorsione, pero que la distorsión esté concentrada en el segundo y tercer armónico, y que no se acerque a un 10%, con lo que es muy probable que pase desapercibida para la mayoría. Pero en un cristal no ocurre esto. Está roto o no lo está, y se ve bien claro aunque se mantenga unido. Hay cosas, muchas cosas, infinidad de cosas, que no funcionan si tienen el más mínimo roce en sus engranajes o la rotura más pequeña en su estructura. Y hay cosas, muchas cosas, infinidad de cosas, que no deben llevarse a cabo, si al hacerlo, y aunque nadie lo perciba, nosotros sabemos con certeza que su funcionamiento o ejecución no son los idóneos. Que no se debe nunca tocar la guitarra si la prima y/o el bordón no están correctamente afinados.
Debemos estar siempre muy dispuestos a no llevar determinadas empresas a cabo, si para hacerlo no nos ajustamos a lo que sabemos que es lo ortodoxo. Debemos saber siempre muy bien cuándo y cuánto se necesita para que se produzca la rotura de la norma, y no sólo de la escrita o de la por todos sabida, sino de la que cada uno de nosotros, en nuestro fuero interno, sabemos que es la correcta.
Enero 2010
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 29 de enero de 2010
jueves, 14 de enero de 2010
La luz
La luz
Ramón Serrano G.
Hay frases que son verdaderamente desafortunadas, o al menos, así me lo parecen. Unas, por inoportunas; otras, por incorrectas; y algunas como esas que no vienen a decir lo que parece que quieren decir, y conste que no deseo hacer de esto un trabalenguas. Hay alguna, hay muchas, pero está sobre todo esta a la que me voy a referir, y que pienso que está totalmente equivocada. Ahí va: “Fulanito de Tal vio la luz el día…” Y con eso de: vio la luz, se quiere decir que nació, que fue alumbrado. Pero para un servidor, ¡qué mal expresado está, mi alma!.
¿Que por qué está mal? Pues puede que sea por una absurda interpretación mía, pero yo lo veo de otra manera y voy a tratar de explicarlo. Así, podría comenzar diciendo que la mayoría de las palabras tienen varias acepciones, y parecería lógico que se tome siempre la que resalta a primera vista. En el caso que nos ocupa, cuando nace un ser humano, lo que ocurre es que abandona la ¿oscuridad? del vientre materno en la que se ha mantenido durante nueve meses y sale al “resplandor” de este mundo en que habitamos. Zutanita ha dado a luz, decimos. Luego, transcurrido un tiempo más o menos largo, ese ser cierra los ojos, con lo que deja de percibir esa luz que le ha iluminado a lo largo de su existencia.
Hasta aquí parece todo normal, pero tratemos de enfocarlo desde otro prisma. Con un punto de vista diferente, y que seguramente será una barbaridad al ser mío, pero como tal, lo defiendo. Veamos. Estaremos de acuerdo en que la luz es una fuente de energía que, producida por el Sol, o por cualquier otro sistema, se propaga en forma de radiación, y, reflejada por los objetos, actúa sobre el ojo, siendo la causa de que este pueda verlos. Pero esto se producirá siempre que tenga una determinada intensidad, ya que si esa magnitud no se halla dentro de unos límites, nuestra visión se hallará muy afectada, e incluso puede llegar a ser nula.
Pero vayamos por partes. Al producirse el alumbramiento, al amanecer de sus días, el neonato, con sus ojitos cerrados, quizás perciba la suave luz del alboreo. No lo sé, ya que mi ignorancia de medicina, como de tantas otras cosas, es supina. Pero lo que sí sé es que la luz es calor, y por ello sentirá en lo más íntimo, estoy seguro, unos desagradables cambios de temperatura, habituado como estaba al útero isotermo que hasta ese momento fuese su morada. En ese lugar en donde se le ha estado preparando convenientemente para poder enfrentarse a las duras pruebas que tendrá que superar.
Porque ese primer malestar no será nada en comparación con todos los que tendrá que sufrir a partir de ese instante. Al principio apenas lo notará, pero la luz, la terrible luz, irá in crescendo de forma horrible hasta llegar a hacerle daño. Un daño casi irreparable que le afectará perniciosamente mientras esté vivo. Sobre él, que todavía no lo sabe, se proyectarán a lo largo de su existencia muchas luces lacerantes. Flashes emitidos por seres avarientos; luminarias abrasadoras provenientes del odio; rayos devastadores emitidos por las injusticias, y otros muchos truenos y relámpagos que afectarán a su comportamiento y forma de ser.
Eso por el día, o sea, en la mitad de su vivir. Por la noche, en la otra mitad, las tinieblas le impedirán, o le harán muy dificultoso su avance y su desarrollo. Habrá de sufrir las penumbras del cáncer; lo tenebroso del paro; la oscuridad de la emigración; la calígine de las drogas; la ceguedad que conduce a la guerra. Todas ellas y muchas más, son situaciones que le habrán de sumergir en apocalíptica ceguera.
Después, en la última etapa de su vida, cuando la noche esté cercana, cuando sus ojos ya casi no distingan la luz y por tanto apenas vean, seguirán esos destellos, pero puede que su próxima y presentida muerte le lleve a la impasibilidad, muy sabedor de que la luz también es la solución de los problemas. Y él, ¡qué paradoja!, estará viendo ya la luz al final del túnel. De ese túnel deslumbrador a veces y a veces tenebroso que ha sido su existencia y que ha tenido que soportar de modo inmisericorde.
Entonces pensará en cómo ha sido esa vida y cuándo vio de verdad la luz. Recordará que esa visión no ocurrió a su llegada a este mundo. Que la luz estaba ya en el cariño de su madre, desde el mismo momento en que esta supo que iba a serlo. Y que luego, al final, cuando sus ojos se hayan cerrado para siempre, por una extraña taumaturgia, la luz, la auténtica luz, se mantendrá en él. Y él se servirá de ella de dos formas: la primera, entregándosela a los que le sucedan, que se verán iluminados con y por su recuerdo. La segunda, y según lo que muchos manifiestan, porque en algún lugar y en alguna hora, brillará para él la luz eterna.
Enero 2010
Publicado en ·El Periódico” de Tomelloso el 15 de nero de 2010
Ramón Serrano G.
Hay frases que son verdaderamente desafortunadas, o al menos, así me lo parecen. Unas, por inoportunas; otras, por incorrectas; y algunas como esas que no vienen a decir lo que parece que quieren decir, y conste que no deseo hacer de esto un trabalenguas. Hay alguna, hay muchas, pero está sobre todo esta a la que me voy a referir, y que pienso que está totalmente equivocada. Ahí va: “Fulanito de Tal vio la luz el día…” Y con eso de: vio la luz, se quiere decir que nació, que fue alumbrado. Pero para un servidor, ¡qué mal expresado está, mi alma!.
¿Que por qué está mal? Pues puede que sea por una absurda interpretación mía, pero yo lo veo de otra manera y voy a tratar de explicarlo. Así, podría comenzar diciendo que la mayoría de las palabras tienen varias acepciones, y parecería lógico que se tome siempre la que resalta a primera vista. En el caso que nos ocupa, cuando nace un ser humano, lo que ocurre es que abandona la ¿oscuridad? del vientre materno en la que se ha mantenido durante nueve meses y sale al “resplandor” de este mundo en que habitamos. Zutanita ha dado a luz, decimos. Luego, transcurrido un tiempo más o menos largo, ese ser cierra los ojos, con lo que deja de percibir esa luz que le ha iluminado a lo largo de su existencia.
Hasta aquí parece todo normal, pero tratemos de enfocarlo desde otro prisma. Con un punto de vista diferente, y que seguramente será una barbaridad al ser mío, pero como tal, lo defiendo. Veamos. Estaremos de acuerdo en que la luz es una fuente de energía que, producida por el Sol, o por cualquier otro sistema, se propaga en forma de radiación, y, reflejada por los objetos, actúa sobre el ojo, siendo la causa de que este pueda verlos. Pero esto se producirá siempre que tenga una determinada intensidad, ya que si esa magnitud no se halla dentro de unos límites, nuestra visión se hallará muy afectada, e incluso puede llegar a ser nula.
Pero vayamos por partes. Al producirse el alumbramiento, al amanecer de sus días, el neonato, con sus ojitos cerrados, quizás perciba la suave luz del alboreo. No lo sé, ya que mi ignorancia de medicina, como de tantas otras cosas, es supina. Pero lo que sí sé es que la luz es calor, y por ello sentirá en lo más íntimo, estoy seguro, unos desagradables cambios de temperatura, habituado como estaba al útero isotermo que hasta ese momento fuese su morada. En ese lugar en donde se le ha estado preparando convenientemente para poder enfrentarse a las duras pruebas que tendrá que superar.
Porque ese primer malestar no será nada en comparación con todos los que tendrá que sufrir a partir de ese instante. Al principio apenas lo notará, pero la luz, la terrible luz, irá in crescendo de forma horrible hasta llegar a hacerle daño. Un daño casi irreparable que le afectará perniciosamente mientras esté vivo. Sobre él, que todavía no lo sabe, se proyectarán a lo largo de su existencia muchas luces lacerantes. Flashes emitidos por seres avarientos; luminarias abrasadoras provenientes del odio; rayos devastadores emitidos por las injusticias, y otros muchos truenos y relámpagos que afectarán a su comportamiento y forma de ser.
Eso por el día, o sea, en la mitad de su vivir. Por la noche, en la otra mitad, las tinieblas le impedirán, o le harán muy dificultoso su avance y su desarrollo. Habrá de sufrir las penumbras del cáncer; lo tenebroso del paro; la oscuridad de la emigración; la calígine de las drogas; la ceguedad que conduce a la guerra. Todas ellas y muchas más, son situaciones que le habrán de sumergir en apocalíptica ceguera.
Después, en la última etapa de su vida, cuando la noche esté cercana, cuando sus ojos ya casi no distingan la luz y por tanto apenas vean, seguirán esos destellos, pero puede que su próxima y presentida muerte le lleve a la impasibilidad, muy sabedor de que la luz también es la solución de los problemas. Y él, ¡qué paradoja!, estará viendo ya la luz al final del túnel. De ese túnel deslumbrador a veces y a veces tenebroso que ha sido su existencia y que ha tenido que soportar de modo inmisericorde.
Entonces pensará en cómo ha sido esa vida y cuándo vio de verdad la luz. Recordará que esa visión no ocurrió a su llegada a este mundo. Que la luz estaba ya en el cariño de su madre, desde el mismo momento en que esta supo que iba a serlo. Y que luego, al final, cuando sus ojos se hayan cerrado para siempre, por una extraña taumaturgia, la luz, la auténtica luz, se mantendrá en él. Y él se servirá de ella de dos formas: la primera, entregándosela a los que le sucedan, que se verán iluminados con y por su recuerdo. La segunda, y según lo que muchos manifiestan, porque en algún lugar y en alguna hora, brillará para él la luz eterna.
Enero 2010
Publicado en ·El Periódico” de Tomelloso el 15 de nero de 2010
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