jueves, 3 de septiembre de 2009

Dos...y otro más

Dos… y otro más.
Ramón Serrano G.

A los pecados les ocurre lo que a las enfermedades, que unos hostigan más que otros y también que, unos más y otros menos, se soportan mejor o se toleran impacientemente. Desde luego, todos son malos, pero algunos son peores, de esto no hay duda. Para mi parecer, los pésimos, los detestables, son sin duda la envidia y la avaricia. Las razones que me llevan a esta diferenciación, aparte de las exclusivamente subjetivas, estriban en que a la ira, la pereza, la gula o la lujuria se las ve claramente en el mismo instante en que se apoderan de una persona y le hacen actuar de determinado modo, mientras que la envidia y la avaricia operan ladina, taimadamente en el interior de quien las padece. Aquellas se establecen en el cuerpo y estas en el alma. Otra diferencia claramente perceptible es la duración de sus zalagardas. Los yerros promovidos por las cuatro primeras se mantienen normalmente un momento, acaso un rato. Con seguridad se reincidirá en su delinquimiento, pero eso ya será un episodio distinto, un caso aparte. Sin embargo, cuando el livor o la insaciable ansia anidan en alguien, ese suplicio suele perdurar, por desgracia, de por vida.
Pero hablemos un poco de la envidia y digamos de ella, como el poeta latino, que es aquello que nos hace ver más abundantes las mieses de los campos ajenos y más rico en leche el rebaño vecino. O como escribiese Góngora.“Y aunque del cercado ajeno, es la fruta más sabrosa que del propio ¡extraña cosa!...”. O sea un padecimiento casi inaguantable que alguien tiene por no poseer un bien del que disfruta otra persona y ya sea este físico o espiritual. Y esto, a más de otros muchos calificativos poco agradables, se merece el de ser un absurdo. Bien sea por que aquél tiene algo que se lo ha sabido ganar y también porque nadie es realmente digno de ser envidiado. O dicho de otro modo: hay veces que da la impresión de que alguien lo tiene todo, de que es muy feliz, pero luego tiene sus cruces y sus pesares como cualquier nacido. Y por edulcorar un algo el tema, diré que, aunque muchos opinan que no existe, puede que haya una llamada “envidia sana”, que no es sino un acicate para quien, viendo en otro algún mérito, virtud o tenencia, trata sana y llanamente de conseguirlo.
Ningún adjetivo cuadra mejor a la avaricia que el de insaciable, porque es sabido que la bebida apaga la sed y la comida calma el hambre, pero el oro, por mucho que se tenga, no satisface jamás la codicia. Además, se da en quien la padece una dicotomía horrible, ya que sufre todos los padecimientos del pobre y todas las preocupaciones del rico. Y para explicar un poco lo que es, les remito a que conozcan o recuerden las vidas y andanzas de tres personajes literarios de excepción: el vinatero Tio Grandet, Shylock el judío mercader veneciano, y cómo no, Harpagón y su baúl con diez mil escudos. Cada uno de ellos mas avariento que los otros, sin poder determinar cual padece la enfermedad en mayor grado. Pero apliquemos también a este mal un bálsamo afirmando que existe una “avaricia” buena. Es la inconformidad con lo hecho si, aun siendo buena la obra, creemos no haber realizado todo aquello de lo que somos posibles y tratamos de mejorarla.
Si cuentan verán que he citado únicamente seis pecados capitales. Me falta uno, lo sé. Pero es que ese, para mí, ni es pecado ni es nada. La soberbia es tan sólo la expresión externa de una imbecilidad inmensa. Por ello, siendo la altanería y el engreimiento sinónimos de la estulticia, estimo que no merecen más comentarios. Pese a todo, quiero referirles dos anécdotas, creo que verídicas, claras exponentes de adónde pueden llevarnos la presunción y la pedantería. El protagonista de ambas fue Apeles, el gran pintor griego, amigo entrañable de Alejandro Magno.
Nos cuenta Plinio el Viejo que el gran Apeles mantenía una gran rivalidad con un colega suyo llamado Zeuxis, el cual siempre estaba menospreciándolo, manifestando una supuesta e importante superioridad artística sobre él. Un día, cansado de tanto ninguneo, Apeles invitó a su casa a Zeuxis y a un grupo de amigos, para que vieran su última obra. Era esta un paisaje medio cubierto por un velo y Zeuxis para poder observarlo mejor se acercó e intentó apartar la cortina, dándose cuenta entonces de que no existía tal gasa, sino que esta se hallaba pintada, formando en realidad parte del cuadro. Humillado ante los presentes, desde aquél día reconoció su gran valor y ponderó sin tasa al artista antes minusvalorado.
También se cuenta de Apeles, que un día presentó en el ágora una pintura suya. Acertó a pasar por allí un zapatero quien observó una falta en la sandalia de uno de los personajes del lienzo. Se lo hizo ver al autor, y este, que era muy receptivo y abierto a la crítica constructiva, lo acepta, lo corrige y, al poco, vuelve a exponer el cuadro. Volvió por allí el zapatero, que envalentonado al ver que el artista había hecho caso a su observación, empezó a opinar sobre las piernas y el cuerpo de otro personaje. Entonces Apeles le dijo de inmediato: “Ne supra crepidam sutor judicaret” o sea: “El zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias”.
Posiblemente, de aquella frase naciera la que luego vino al español como: “Zapatero, a tus zapatos”.

Setiembre 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de setiembre de 2009

jueves, 13 de agosto de 2009

las fuentes

Las fuentes
Ramón Serrano G.

“Junto a la fuente que vierte, por seis caños de oro fino, cristal y perlas sonoras, …”
Del romancero de Don Rodrigo.

- Galano nombre tiene el pueblo: Villahermosa. Y a fe que cumple con los dos epítetos. Tan sólo llevamos aquí tres días, pero he visto ya dos cosas dignas del mayor elogio: su iglesia y el carácter alegre y abierto de sus gentes. Tendrá más, estoy seguro, pero estas son las que más han llamado mi atención. Sin embargo, fíjate, qué cosa tan rara, he notado que no hay ninguna fuente en sus calles o plazas. Será porque con un carro cargado con dos cubas es como se repartía el agua a domicilio. Sin embargo, Montiel, donde estuvimos la semana pasada, tiene una, me dijeron que tuvo dos, y aun tres, y eso que es un pueblo más pequeño que este.
- Dices bien, Luca. Hacia la mitad del siglo pasado, Villahermosa alcanzaba las siete mil almas y Montiel superó las cuatro mil. Hoy, sin embargo, uno apenas si salta de los dos mil, y el otro estará en los mil setecientos. En cuanto a eso de las fuentes también es cierto, en parte. Y pese a ser más pequeño, sabrás que es más antiguo, ya que Villahermosa, que a la sazón se llamaba Pozo Hondo, fue desligada de Montiel el 22 de setiembre de 1444, día en el que recibió la “Carta Puebla”.
- Parece ser que conoces bien la historia de ambos pueblos.
- Claro que sí, ya que en ellos tengo pasadas largas temporadas de mi vida. Pero si te parece hablemos de lo de las fontanas, ya que eran uno de los puntos más importantes de cada lugar. Verás, en España no se instala el agua potable hasta las primeras décadas del siglo XX, y esto en las ciudades, ya que en la mayoría de las villas y aldeas no llega ese servicio hasta bien mediado el siglo. Así, en estas pequeñas poblaciones remediaban esta ineludible necesidad mediante aljibes y pozos particulares, aunque estos solían ser peligrosos por el riesgo de filtraciones.
-Pero había vecinos que no disponían de esas instalaciones, por lo que al carecer de algo tan imprescindible como el agua, para obtenerla, tenían que usar de los servicios que los Ayuntamientos les proporcionaban, y que solían ser de dos clases, y aún de tres: para el uso de boca, cocina e higiene, para el lavado de la ropa y, en algunos sitios, como abrevadero. Así Montiel tenía tres. De las de beber, una en la plaza principal, y otra, que muchas veces se secaba, en la carretera, frente a la casa de Dª Blanca. A ellas iban diariamente las mozas con sus cántaros. Y había una tercera para que bebiesen los animales. Esta la mandó poner por los años 30 el alcalde Ramón García en la plazoleta que hay frente a la casa de Pretel y de la que arranca la calle que antes se llamaba de la Condesa y hoy es de la Concordia. Para lavar la ropa, las mujeres se iban como a un kilómetro, por la carretera de Villanueva, hasta un lugar que le decían “La Lagunilla”, en el río Jabalón. Y sabrás que algunos cogían su burro, sus aguarones y sus cántaros y se iban hasta un manantial cercano que daba, a su decir, un agua más fina y gustosa que la de la fuente del pueblo.
- Y así tú que has visto muchos lugares, ¿conocerás muchas fuentes?
- Sí que he visto bastantes, sí. Y algunas muy curiosas. Por ejemplo la de Mojácar que tiene una placa en la que dice que ante ella se entregó el pueblo a los Reyes Católicos. La del Rey, en Priego de Córdoba, con sus tres estanques y sus 139 caños, muchos de ellos con mascarones de piedra. Junto a Segorbe, en la margen derecha del río Palancia, hay otra con cincuenta caños, y sobre cada uno de ellos el escudo heráldico de cada provincia española. En Orense, en el centro de la ciudad, está la de As Burgas, y en ella sale el agua a más de 65 grados centígrados, y debes tener cuidado al tocarla porque te puedes quemar. La fuente del Toro, sustituidora de la de las Ninfas, de cuyos pezones manaba el agua que bebían los granadinos voluptuosamente. O la que hay en el Retiro madrileño, que es la única en el mundo que está dedicada al demonio.
- Es curioso. Parece como si las fuentes, en los pueblos, tuviesen su propia personalidad, su propia vida.
-Es que la tenían. Lo mismo que la iglesia, o que el ayuntamiento. Eran sitios que marcaban la vida local, y así está recogido por el sentir popular en infinidad de coplas y poemas. “Por dónde vas a misa, que no te veo, que no te veo…” cantan en Cantabria. Has de saber que la asistencia a los oficios religiosos, la misa, el rosario de la aurora, o las novenas, eran ocasiones esperadas y buscadas por mozas y mozos para encontrarse.
- Y a las fuentes les ocurría otro tanto. Eran lugares “sociales” a los que había que acudir necesariamente, y esto trascendía en poemas ( San Juan de la Cruz, Rosalía o Machado, las citan en sus obras) o en canciones populares. Acuérdate del célebre polo:“Carmona tiene una fuente/ que con catorce o quince caños/ con un letrero que dice…” O de aquella copla: “Caminito de la fuente, va llorando una morena, porque no tiene vestido, para ponerse en la fiesta”. O de la que pregunta: “¿Dime dónde vas morena, dime dónde vas salada,,,,,? Voy a la fuente del Caño/ a beberme un vaso de agua, que me han dicho que es muy buena, beberla por la mañana…”.
-Piensa, por otra parte, que las fuentes solían estar en sitios agradables, en los cuales, arrullados por el cantar del agua, se hacían frecuentemente tertulias. Tienen fama los coloquios que junto a la del Avellano, en Granada, mantenían Ángel Ganivet, Falla, Rusiñol y un joven García Lorca. Y aprovecho para decirte que esta fuente, la del Avellano, que está al final del paseo de los Tristes, en la parte baja del Generalife, en realidad no es una sino tres, ya que junto a ella están la de la Orilla y la de la Salud, cuyas aguas tienen fama de ser muy curativas.
- Claro, siendo así, y con lo que a ti te gusta el palique, te lo habrás pasado estupendamente.
- Doy fe de ello. Sentado entre los viejos, junto a cualquier fuente de cualquier pueblo perdido de Asturias, de Castilla, de Navarra, o de cualquier otra región de nuestra España, y oyéndoles hablar, se me iban las horas y se me encandilaba el alma. Los había muy tunos, no creas. De vez en cuando, dejaban la cháchara y miraban a las mozas: “Hay que alegrar un poco el ojo viendo correr la caza”, decían. Todos ellos con sus caras vestidas de arrugas y sus cabezas cubiertas por la boina o la gorra. Y todos con una vida entera por delante. Una vida de tan sólo unos días, o quizás de algunos años, los menos. Pero para ellos, toda una vida por delante. Y pronto volvían a sus temas. A repetirse, una y mil veces, en sus historias tantas veces contadas. A renegar del presente y a sublimar el pasado. A resignarse con todo. A contentarse con nada. A demostrar continuamente sus saberes a unos compañeros-alumnos que se tenían por tan doctos, o más que ellos A quejarse de la brevedad de la vida, cuando muchos de ellos no sabían qué hacer con sus jornadas, que se les antojaban demasiado largas.
Pero acudían alrededor de la fuente de forma habitual, sobre todo para que el aire y el sol entrasen en sus entrañas, repodridas de tanto aguantar en la soledad de sus casas, este la pérdida de la mujer, aquél la ausencia del hijo que marchó a buscarse el pan a otros tajos, y todos, soñando como Machado que..” una fontana fluía dentro de su corazón,” y diciendo como el poeta: “Di,¿por qué acequia escondida/ agua, vienes hasta a mí,/ manantial de nueva vida….”

Agosto 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de agosto de 2009

jueves, 30 de julio de 2009

Formas de hablar

Formas de hablar
Ramón Serrano G.

Jugando al bonito juego de imaginar situaciones y comportamientos anómalos o irrealizables, el otro día pensé en qué le ocurriría a un ciudadano del siglo XV, o incluso del XVIII si lo prefieren, si su sueño no fuese eterno, sino tan sólo largamente transitorio, y despertara en la actualidad. Creo que el pobre se asombraría tanto que no sabría ni salir de su casa. Son tantas y tantas las variaciones que encontraría, que, sin duda, le parecería hallarse en otro planeta, aunque al despertar estuviera en la misma ciudad en la que se durmió. Ha evolucionado absolutamente todo. Todo, y no exclusivamente aquello que se ha visto obligado a hacerlo por el descubrimiento de nuevos métodos o técnicas como el transporte, la comunicación, la sanidad, etc. Han cambiado también, y sustancialmente, usos, costumbres sociales, alimentación, vestido y cómo no, el lenguaje. Y a esta, a la mutación del idioma, es a la que quiero referirme.
Las palabras, bien que lo sabemos, son auténticos seres vivos. Siempre lo fueron y siempre lo serán. No pertenecen al reino animal, vegetal o mineral, pero tienen una vida propia e intensa, y gracias a ello se van desarrollando paulatinamente con el paso del tiempo. O sea que la mayoría de los vocablos, acaban siendo en su mayoría de edad de una forma muy distinta a la que mostraban en su nacimiento. O sea, que les ocurre lo mismo que a los seres vivos.
Sería prolijo, y bastante atrevido por mi parte, tratar de describir, aun cuando fuese someramente, las razones que motivan esas variaciones. Digamos tan sólo que el cambio viene produciéndose en un cierto plazo de tiempo, y que viene a darse como el resultado de mutaciones, alguna recombinación, la natural selección e incluso una derivación genética. De cualquier modo, acuda quien desee profundizar en el tema a las doctas doctrinas que sobre el tema existen. Bástenos con afirmar aquí, que como queda dicho son de diversos tipos, y que la mayoría de los cuales, una vez estudiados detenidamente, nos llevan a comprender la causa. Sin embargo, permítaseme un ejemplo aclaratorio. La palabra cielo proviene del griego koilon, que significa hueco, y de ahí pasa al latín como caelum, hueco de gigantesca magnitud, apareciendo por primera vez como cielo en “El Cantar del Mío Cid” hacia el año 1140.
Este cambio, como otros muchos, se produce de un modo digamos natural. Pero hay otros que están determinados por unas fuerzas, unas alteraciones, de evolución no ortodoxa. Algo así como unos escirros, ateromas o tuberosidades, benignos o malignos, o dicho de distinta manera de formación no natural o atípica. Y como sería completamente imposible hacer una relación, ni siquiera pequeña de algún caso de cambio notorio en la forma de hablar, citaré algún ejemplo.
Veamos. A finales del siglo XIX los presos argentinos, para que los carceleros no les entendiesen crean el lunfardo, una germanía, una especie de jerga que pasa pronto a los prostíbulos, y que, con el paso del tiempo, es utilizado en numerosas letras de tangos, e incluso se extiende a Chile o a Paraguay. En lunfardo las antenas son las orejas, mango es el dinero, y a los gallegos se le decía yoyega, y luego, por metonimia, se traslada este nombre a todo aquello que sea español.
En esta Mancha nuestra, y a mediados del pasado siglo, se extiende entre los dueños y dependientes de comercio la costumbre de expresarse invirtiendo las sílabas de las palabras para hablar entre ellos sin que los clientes se enterasen de lo que decían. Así nobue era bueno, cochi era chico, lecocha chaleco y tozapa zapato, y de esta trastocada, pero ingeniosa, forma mantenían conversaciones enteras. Cabe añadir que, curiosamente, esta vez somos nosotros los que exportamos, y hacia 1980 la juventud francesa se apropia de este hábito y crean el verlán, argot en clave que utilizan bastante en aquél país. Así, y en esa jerga, hablan de meuf por femme/mujer, de chebou por bouche/la boca, o de ouf por fou/chalado.
Sin embargo, y también por Tomillares y sus aledaños, se utilizaban frases que incluían vocablos con un significado totalmente distinto al real. Los que tengan mi edad, y aún algunos más jóvenes, han oído mil veces aquello de: Se agarró a hablar, en lugar de comenzó a hablar. Algo todavía más raro: Has estado comiendo y te has llenado la camisa, debiendo haber dicho te has manchado la camisa. Le metió un tortazo, en vez de le propinó. O eso de: No te siento, así que habla más fuerte, empleando sentir en vez de oír. Esto último es correcto hasta cierto punto, estando la “anomalía” en que sólo se emplea el verbo sentir para el oído, pero nunca para el tacto o el olfato, por ejemplo Debo decir con relación a los tres anteriores, que por más que he indagado, nunca supe de dónde nacieron estas rarezas en el cambio de algunos modismos.
Y finalmente apuntaré el que me parece un auténtico cáncer terminal del lenguaje. Hace años, y debido al analfabetismo existente, era común escuchar tamién por también, toavía en lugar de todavía, y una ingestión perenne de la d en los participios. Ya saben: acostao, comío, etc. Hoy, afortunadamente, esto ya se da menos, o apenas si se da, pero un gran mal, con aviesas intenciones, acecha peligrosamente a la pureza y corrección de los idiomas. Me estoy refiriendo en concreto al destrozo que se está llevando a cabo con la desastrosa redacción de los mensajes que se envían a través de los teléfonos móviles. Una debacle.
Pero esto es una amenaza tan maligna y de tal magnitud, que merece la pena un escrito aparte y en exclusiva. Ya hablaremos de ello otro día.
Julio 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 31 de julio de 2009

jueves, 16 de julio de 2009

La soledad no existe

La soledad no existe
Ramón Serrano G.
“A mis soledades voy, de mis soledades vengo,…” .- Lope de Vega

A lo largo de la historia, el hombre ha ido descubriendo cantidad de sustancias, artilugios, ideas o situaciones que le han cambiado su vida, para bien las más de las veces y para su mal otras. Ha ido encontrando, ya digo, cosas cuya existencia desconocían sus antepasados y que han condicionado de manera importante su vida y la de sus sucesores. Sería prolijo, y desde luego absurdo, hacer aquí una lista de esos hallazgos, aunque fuese exigua.
Sin embargo, no es tan común encontrar cosas (sustancias, artilugios, ideas o situaciones) que no existan. Por dos motivos. Uno, porque no se puede ver ni definir lo que no está ni se conoce. Otro, porque puede ser que hoy se ignore su entidad, pero es muy posible que mañana ese algo haya aparecido y sea muy común. Pero sí que hay cosas sobre las que se puede asegurar que no se hallan ni en este mundo en que vivimos, ni en el que vivirán quienes nos sucedan. Y no es que yo en mi limitada asofia las desconozca. No. Es que tengo la completa seguridad de que no existen. Al menos, una: la soledad. Y a tratar de explicarlo es a lo que voy a referirme.
Aunque sabido, empezaré por decir que la soledad es, en lo físico, una carencia de compañía ya sea esta voluntaria o involuntaria. Pero dejaremos a un lado esta perspectiva corporal, para tratar de verla únicamente como un sentimiento de nuestro espíritu. Como una sensación que alguien percibe en su alma, merecida o inmerecidamente. Así, en un determinado momento, uno se siente feliz, enamorado, triste, contrito, exultante, o solo.
Hasta aquí todo sería normal. Pero hay que fijarse en que para que se dé un determinado talante, o cierto estado de ánimo, se han de producir unas determinadas condiciones. Unos ejemplos sencillos y aclaratorios. Si tu hijo aprobó sus exámenes, eres feliz. Si te miraron aquellos ojos y de aquella forma, te enamoraste. Si falleció tu hermano, la tristeza está contigo. Si erraste en algo, te hallarás abatido. Si conseguiste ese puesto de trabajo que tanto ansiabas, mostrarás tu exultación. Pero nunca, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, te hallarás solo, aunque creas que lo estás.
Y para demostrar la irrealidad del aislamiento hablemos de su antónima la compañía. Queda dicho que el estar solo es una ausencia de compaña, pero no se ha especificado ni de cómo, ni de qué tipo de compañía, ni tampoco de si la ausencia es total o parcial. Es obvio que el hombre se ve siempre rodeado de seres. Queridos unos, como la familia, los amigos, los vecinos, las montañas, los árboles, los ríos o el mar. Admisibles algunos, como la mayoría del resto de los vivientes, las casas, los puentes, las señales de tráfico, los museos o los cardos. E intolerables otros, como los profesionales del terror, los especuladores leoninos, los racistas, o las lenguas viperinas. Pero siempre hay alguien junto a nosotros.
Alguno se opondrá a esta teoría y me dirá que no es así. Que hay ocasiones en las que el hombre sí que está solo, y me hablará del pastor en el campo, del preso en su celda o del farero en su faro. E incluso alguien vendrá a recordar a quien, sin estarlo, se siente sin tener a nadie a su lado, no porque no la haya, sino porque es su espíritu el que se encuentra aislado de todo y de todos. Y me citará esa paradoja de la extraña soledad en la que se encuentran algunos en muchas ciudades, en medio de la multitud, pero desvinculados de ella y aherrojados por una lacerante incomunicación. Ernesto Sábato describe esto a la perfección diciendo que son aquellos que deambulan sin que nadie los llame por su nombre, sin saber de qué historia son parte o hacia dónde se dirigen.
Mas podemos estar tranquilos porque sabemos que hay una panacea que hace que no estemos nunca sin algún acompañamiento. Cuando veamos, o creamos ver, que todo o todos ya no están a nuestra vera, eso no debe suponer para nosotros tristeza, miedo o desamparo. Por el contrario será la ocasión para ir a reunirnos con nuestra alma y ello será el bálsamo, el específico, que cure nuestro padecimiento puesto que ha de satisfacer nuestras inquietudes y nuestros anhelos. Acudiremos al encuentro con nosotros mismos, y, entonces, nuestro corazón y nuestra mente nos cobijarán y nos darán consuelo con los recuerdos, con la melancolía, y ¿por qué no?, incluso con la compunción y con la pesadumbre. “..porque para andar conmigo, me bastan mis pensamientos” dice Lope.
No, el hombre no está solo nunca, ni aún después de la muerte. Porque incluso en la quietud de los camposantos, en esas nublosas tardes otoñales, los cuerpos tendrán junto a ellos a sus vecinos sepulcrales, y con muchos de ellos mantendrán sosegadas e inacabables charlas. Por su parte, las almas harán nuevas y etéreas amistades, y vagarán con ellas por el espacio, como si fuesen una bandada de pájaros invisibles, sobrevolando lugares vividos o soñados.
Tengo muy, muy, claro que la soledad no existe, y que sólo está solo quien quiere estar solo. Y así, como el aislamiento total no puede darse, la descripción que podríamos ofrecer de la soledad no sería sino la de un sucedáneo de la misma. Muchos han querido definirla, pero jamás lo consiguieron. Sí que escribieron acerca de ella cantidad de frases, bonitas unas, sugeridoras otras, consoladoras las más. Yo, como ustedes, he leído bastantes, pero la que más me ha gustado es aquella que dice: la soledad es la mejor compañera cuando no está la persona a quien se ama.

Julio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 17 de julio de 2009

sábado, 4 de julio de 2009

Siempre
Ramón Serrano G.

“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano”.- M.Luther King

Los que ya vamos siendo viejos nos solemos quejar frecuentemente de la vida actual. De sus prisas y arrebatos, de sus penas y penurias. Como también es usual que rememoremos con agrado costumbres y modos antañones. Bien pudiera ser que hagamos esto último, no porque antes nos fuese mejor que ahora, sino porque en aquellas épocas éramos jóvenes, no teníamos achaques ni alifafes y nos sobraban fuerzas y ánimos para intentarlo todo y luchar contra todo. Y así, gustamos de derramar con despacio y en el viento nuestros sinsabores, sabiendo que él, viajero impenitente, los llevará a aquél lugar donde nadie los atiende.
De cualquier manera, hemos de reconocer que son bastantes las situaciones de diversos tipos que hoy en día nos proporcionan comodidades y satisfacciones, haciéndonos pasar ratos, si no enteramente agradables, sí exentos de desacomodos y carencias, agradeciendo que estos quedaran anclados en el pasado. Efectivamente, las condiciones en las que se desarrolla la vida humana en estos principios del siglo XXI han cambiado ostensiblemente para bien, aunque a fuer de ser sinceros pudiéramos decir que también lo han hecho para mal. Y a ello vamos.
Es palmario ese bienestar aludido, producido por una serie enorme de posibilidades de llevar a cabo en la actualidad actos que ni se concebían en otro tiempo o que, a lo sumo, se sabía que podrían realizar otras gentes, digamos más afortunadas. Para quienes aún no han cumplido los sesenta es inimaginable que los que sí lo hemos hecho, y que somos más del veinte por ciento de la población, hayamos vivido situaciones como las que describo a continuación. ¿Se pueden creer que el 90 % de los niños de los años cuarenta del pasado siglo no sabía lo que era merendar, o que en las mayoría de las casas había temporadas en la que sólo se comían gachas (llegaron a darse casos de latirismo) y se carecía de luz eléctrica o agua potable, o su presencia era escasa y su suministro irregular en extremo?
Hoy en día han mejorado sin duda las condiciones y circunstancias laborales, sociales, sanitarias, etc., tanto para los que vivimos, más o menos, en el ámbito rural, como para los que lo hacen en la ciudad. Y pese a que existen rimeros de problemas de mucha enjundia o de poca envergadura, vemos que ha habido un alargamiento de la vida y que la mayoría tiene comida y trabajo normalmente. Y se viaja más, y se tiene más cultura, y se pasa menos frío, y ya no son mortales muchas enfermedades. Es obvio que hemos progresado, pero también es palmario que seguimos padeciendo muchos males. Unos porque no hemos sabido hallarles solución y otros porque los acabamos de crear nosotros mismos.
Así pues, para qué les voy a hablar de guerras, fanatismo, violencias, cayucos, pederastia, estrés, cohechos, lucros, prevaricaciones y otro sinfín de plagas y calamidades que nos amenazan peligrosamente con hacer de nuestras vidas un vía crucis, al parecer, insoportable. Todos lo sabemos porque todos lo estamos viviendo. Y todos estamos atemorizados, sabedores de que tanto desatino no nos puede llevar a buen fin. Lo que no sé, es si todos nos estamos percatando de que estas conductas aberrantes pueden atormentarnos, traernos desasosiego, pero que nunca deben abellacarnos. No, nunca. Debemos estar muy por encima de ello.
Y no digo esto pensando en aquello de que si un problema no tiene solución no debe preocuparte, y si tiene solución, no debe preocuparte. No. Lo hago porque es posible que la importancia de la dificultad que nos ocupa depende en gran parte de cómo afecta a nuestros gustos e intereses. A veces, y para algunos, porque los días se asemejan demasiados unos a otros. A veces, y para otros, porque se nos avienen reveses o erizamientos, que no queremos aceptar. El estoico Epicteto, más moralista que filósofo, nos dejó dicho que no son los diarios acontecimientos los que nos hacen sentir mal, sino la formar de pensar y actuar que tenemos ante ellos Pero debemos pensar que las cosas no son, y no tienen por qué acaecer siempre como a nosotros nos agradaría. Y que tienen que ocurrir unas veces para nuestro bien y otras para nuestro mal. Y que lo que agrada o beneficia a uno, puede hacer lo opuesto con el otro. ¿Recuerdan aquella vieja historia de que la lluvia contentaba a un hombre e irritaba a la vez a su hermano? Era natural que así fuese, ya que este era tejero y aquél hortelano.
Pero es más. Aunque las adversidades que vemos allegarse sean descomunales, incluso trascendentes, siempre habrá panaceas, triacas y cauterios que puedan curarnos o, al menos, aliviarnos de ellas y devolvernos la tranquilidad. Miren qué sencillo es. Ayer mismo, me llegó un mensaje que decía que los días son siempre buenos días. ¡Qué gran verdad, y qué poco aprovechada! Pese a que las circunstancias sean tenebrosas, a que la realidad se nos muestre cruel, hemos de tener siempre presente que la felicidad no es inasible como, a veces, pensamos. Si acaso un tanto dificultosa de alcanzar. Incluso aunque supiésemos que está próximo nuestro final, tanto que cada amanecer pueda tener un gusto a despedida y cada ocaso nos deje el sabor del adiós. ¿Qué puede importarnos la muerte, si tras ella está la nada o, tal vez la clemencia?
Debemos concienciarnos hasta la saciedad de que cada nueva jornada que vivimos, le lever de l’aurore, es una promesa de felicidad que se realiza y no una intimidación que nos aflige, pues aunque haya algún mal que nos acore y este fuese de gran enjundia y mala catadura, demostrado está con creces que hay bálsamos, cayancos y jaropes que ocluyen la pena y el desánimo, dando paso, dejando discurrir y poniendo a nuestro alcance la dicha y el sosiego. Para eso están siempre, precisamente para eso y no para otro fin, el ciprés de Silos, ver apuntar las claras del día, el saludo de un vecino, la poesía de Tagore, el balbucear de un niño, o una sutil mirada tras la reja….
Julio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de julio de 2009

jueves, 18 de junio de 2009

La charla

La charla
Ramón Serrano G.

“Mi vida es un erial; flor que toco, se deshoja; por mi camino fatal….” G.A.Becquer.

Inconscientemente, como queriendo descargar en alguien las causas de problemas exclusivamente míos, hubo un día en el que me puse a hablarle a mi corazón, y le dije: -¿Por qué te aceleras tanto? ¿Por qué corres siempre de ese modo? ¿Por qué te afanas constantemente en querer adelantar al tiempo?
Y mi corazón se rió de mí, o mejor dicho, se limitó a mostrarme cómo su actuación no era capitosa, sino que se hallaba impelida a ella por los mandatos de alguien que le forzaba a un zangoloteo vertiginoso.
-Mira, me contestó. Yo apenas si puedo mantener este ritmo que me impones y que incluso me es lesivo, pero sabes muy bien que es el cerebro quien dirige el comportamiento de los hombres, y el tuyo se halla ahora mismo, y demasiadas veces, como un volcán en erupción.
- No sé si creerte, le apunté.
- Pues harías bien en hacerlo, porque es de ese modo. (Era mi mente la que en ese momento había intervenido en nuestra charla). Así estoy, continuó, como te acaba de decir el corazón, y aunque a ti no te lo parezca. Con tu forma de ser y tu comportamiento, en muchas ocasiones al igual que ahora, haces que ninguno de los dos, ni él ni yo, podamos obrar como debiéramos. Esa impaciencia tuya, esa ansiedad, nos obliga al corazón y a mí a tener un funcionamiento anómalo, que además de perjudicarte de muchas maneras, impide a la felicidad instalarse en tus adentros. Razona, limítate a pensar y deja a un lado los sentimientos que puedan afligirte.
-Atiende, prosiguió hablándome el caletre. Acude a tu memoria que te funciona bien y ella te recordará a León Felipe, cuyas sabias palabras dicen que no es lo que importa el llegar sólo y pronto, sino hacerlo con todos y a su tiempo. O te llevará a tu admirado Antonio Machado quien, magistral como siempre, aconsejaba: Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas.
-Observo que todo el día andas con prisas y premuras, continuó. ¿Qué esperas encontrar al final de tu jornada? Sé que no buscas el éxito, ni el oro, ni tan siquiera el reconocimiento ajeno, pues tu fama y tu hacienda son cortas, aunque más buenas que malas desde luego, pero ya las tienes ganadas. También sabes, o deberías saber, que las cosas han de suceder en su momento y nunca antes, por mucho que nuestro deseo sea infinito y nuestra presura intensa. Por lo demás, no busques aquello que no merece la pena ser hallado. En estos momentos, lo más importante sería encontrarte a ti mismo, y eso ha de hacerse al igual que la fruta, dejando que madure lentamente para poder saborear bien su dulzura.
-Debes reconocer entonces que, en realidad, no tienes prisa para nada, o al menos, para nada que sea verdaderamente importante Además, si te obsesionas con estar pronto, perderás todos los encantos que te ofrece el camino y que a veces son tan beneficiosos y agradables, o más, que el final. Te diré lo que el alazán a la ardilla: Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, quiero amiga que me diga ¿son de alguna utilidad? Por otra parte, y como te conozco muy bien, pues formo parte de ti, sé que la necedad no figura entre la lista de tus defectos y es notorio que el hombre sabio sabe distinguir muy bien a sus adversarios. Y tú deberías saber ya que no eres necio, que esa premura, que la constante urgencia que tienes, son enemigas tuyas, y no nimias.
En ese momento vi que mi corazón asentía a todo cuanto mi magín estaba exponiendo, y pese a ello dije a mi cerebro con cierta brusquedad:
- Calla. Sé demasiado bien que es absolutamente cierto todo cuanto me estás diciendo, como sé que lo haces para que no soporte el sufrimiento que me acompaña de contino. Tú conoces mejor que nadie mis sentimientos y convendrás conmigo en que algunos son muy difíciles de sobrellevar. Es por eso por lo que, buscando alguna panacea para mis tribulaciones, le pido a mi amigo el tiempo no ya que corra, sino que vuele, y que en su vertiginosa huida arrastre la pena que me está hiriendo. No lo consigo, bien es verdad, y eso hace que mi existir sea un erial cuyo tránsito, podéis creerme, no es nada satisfactorio.
Noté entonces que mis propias palabras me iban apaciguando y comencé a rebinar que las que me había dicho mi cacumen, y que estaban siendo corroboradas en silencio por mi corazón, eran doctas y dignas de ser seguidas. Que mi forma de vida no era la adecuada y debería cambiarla. Por ello, quedamente, le dije a mis dos interlocutores:
- - Gracias, amigos, por vuestras advertencias y admoniciones. Sé que lleváis razón y por ello trataré de acatar y poner en práctica lo que me acabáis de comentar, aunque para ello tenga que llevar a cabo el mayor de los esfuerzos. Pero ahora, si os lo parece, abandonemos esta charla. Trataré de descansar un rato con los ojos cerrados, a ver si el silencio o el sueño me indican cuál es el camino a seguir para poder sosegar un tanto o un mucho, mi impaciencia. Luego, ¡ojalá sea pronto!, os volveré a convocar para seguir hablando de estas u otras cosas.

Junio 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de junio de 2009

viernes, 5 de junio de 2009

La culpa

La culpa
Ramón Serrano G.

A quienes nos gusta escribir, nos agrada también, sobremanera, trabajar con las palabras. Mirarlas, estudiarlas, leerlas, releerlas, sobarlas, resobarlas, encontrando en ello una satisfacción y un entretenimiento poco habituales. Está claro que no todas dan de sí lo mismo, puesto que las hay, digamos que con poca significación, mientras que otras son una mina de donde se pueden obtener enormes beneficios en cuanto al desarrollo de ideas o expresiones. Cabe añadir que, en cualquier caso, todas son de gran utilidad e importancia.
Y a una de esas voces que son generosas en alto grado es a la que me voy a referir hoy. Concretamente a culpa. Siguiendo mi costumbre, indicaré que de ella dice el D.R.A.E. que es lo que con respecto al autor de un delito o falta, la circunstancia de haberlo cometido le estigmatiza moralmente y le hace responsable de ello ante la justicia, ante los demás o ante su conciencia. También puede ser, con referencia a un suceso o acción, la causa de ello. Veamos ahora algunos casos en los que la culpa aparece en el sentimiento humano.
Digamos, primera y someramente, que la filosofía actual trata de explicar lo conveniente que es conseguir que los niños, tras llevar a cabo una acción incorrecta, tengan como suficiente reconvención el sentimiento de culpabilidad. Desaparecido el castigo físico, se intenta inculcar en el autor de la falta el desagradable concepto emocional que conlleva la palabra que hoy nos ocupa.
Pero quiero referirme mejor a la actitud del hombre ante la culpa y, cómo no, ante el culpable. Decir, en primer lugar, que sobre esto, como sobre casi todo, la opinión popular ha cambiado enormemente. Muy antiguo es aquello de odia el delito y compadece al delincuente. Hoy ya no se observan como faltas las que antes sí que lo eran, y si se hace, se hace con excesiva tolerancia el latrocinio, el nepotismo, la promiscuidad, el cohecho y tantas otras tropelías en las que usted y yo estamos pensando. A lo sumo se habla de ello un par de días y luego, como si tal cosa no hubiese ocurrido, el transgresor se pasea tranquilamente por la calle. Y tampoco es que a la gente se le haya olvidado, no. Sencillamente, pasamos de ello.
Por otra parte, la historia nos dice que buscar al culpable o buscar a “un” culpable ha sido tarea de algunos y desacierto de muchos. Porque la misión de estos no era, ni es, indagar como hace la justicia para descubrir al autor de la fechoría, sino encontrar un o unos nocentes que sirvan de chivo expiatorio atribuyéndole/s los desmanes propios. Así Roma no fue incendiada por Nerón, sino por los cristianos. En 1492 se pone como parapeto a La Inquisición para expulsar de España a los judíos y así no pagarles lo que se les debía y, además, quedarse con sus posesiones. Del Holocausto nazi, hablaré después. Pero es que se llega a la osadía de culpar a alguien hasta de lo inevitable, hasta el punto de que en Italia se dice: piove, porco goberno.
Está también el pensamiento que cada uno tiene de lo que es punible. Raskolnikov, el personaje central de Crimen y castigo, no se siente en absoluto culpable de la muerte de una vieja prestamista al considerarse un ser superior autorizado a hacer cualquier cosa, incluso el asesinato, con tal de favorecer el bienestar general de los individuos. Recordemos cómo Heydrich, Goebbels, Himmler, y tantos miembros del III Reich, no sentían el menor remordimiento en asesinar, y si hubiesen podido habrían exterminado a gitanos, polacos étnicos, discapacitados, judíos, homosexuales y otros, sencillamente porque no los consideraban seres humanos. Eliminarlos era limpiar el mundo de “animales” nocivos. Por otra parte, muchos, a los que no puedo ni debo nombrar, pero que usted y yo sabemos quienes son hoy o lo fueron ayer, el robar descaradamente hasta obtener un enriquecimiento desorbitado, o si prefieren un eufemismo, el desviar hacia su propia buchaca dineros y bienes que no les corresponden, por el desarrollo indebido de las funciones que les han sido encomendadas, no es para nada ilegal, sino simplemente mamandurrias, prebendas, sinecuras y chanfainas que lleva inherentes el desarrollo de su cargo.
Cabe llamar la atención, por último, sobre dos acciones de los seres humanos ante este tema. Una es la de afirmar siempre que fueron otros los causantes del mal. O sea que no nos autoculpamos nunca, y si lo hacemos, es paradójicamente para alabarnos. Cuántas veces tenemos oído aquello de: “No, si la culpa de esto la tengo yo por ser bueno”. La otra es destinar todos los esfuerzos en buscar al culpable para su condena, sin tratar de indagar qué razones le llevaron a cometer su falta, y no comprender tampoco que sería mucho más beneficioso investigar qué causas motivaron el desatino, para de ese modo poder evitar otros similares en el futuro.
Y quisiera dejar bien claro, que si las más de las veces se obra de ese modo, desde luego no es por mi culpa.
Junio de 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de junio de 2009