jueves, 2 de abril de 2009

Trochas y sendas

Trochas y sendas Ramón Serrano G.

- Luca, vamos a sentarnos en esas piedras un rato y descansamos.
Y así lo hicimos. La mañana era hermosa. Todas las mañanas son hermosas, como lo son las tardes y lo son las noches si se les sabe ver bien su meollo, aunque en estas últimas suele haber ratos de muy diversas naturalezas y eseidades: unos muy dichosos, pero también algunos muy, muy tristes. Pero dejemos eso y admiremos cómo La Mancha, vista así, a solas y despacicamente, es un sitio hermoso como pocos. Embobados nos estuvimos un rato viendo viñas, rastrojos, pedrizas, liegos con muchos malos vecinos y escasamente alguna carrasca. Sólo el aire difuminaba un algo la claridad de la inmensa llanura, pero le daba un sugerente halo de belleza con esa luz tan propia y tan bonita, a la que una gran pintora de Argamasilla adjetivó como única. Al rato rompí el silencio:
-Qué envidia me dais los hombres, le dije a Luis. Vosotros podéis elegir vuestro destino, aventuraros, cambiar de aires, pero nosotros los perros siempre hemos de llevar la misma vida.
-No, me contestó. No es exactamente así. Fíjate en ti mismo Luca, que en vez de apandorgarte a las faldas de algún otro, te “aterminaste” a venir conmigo a ver mundos, conocer gentes y escuchar nuevas y viejas ideas. Muchas personas suelen hacer eso otro, apoltronarse en algún momento de su vida y renunciar al placer de encontrar logros de diversos tipos, algunos difíciles de alcanzar y algunos no tanto, pero todos ellos satisfactorios y apaciguadores para el alma.
-Y en eso se equivocan, prosiguió. Las personas, desde jóvenes, deben fijarse en cuáles son las cosas importantes. Esas por las que merece la pena luchar. Pero ojo, que aquí ha de hacerse aquello que nos explicaba nuestro profesor de matemáticas, el añorado Don Antonio Huertas, para resolver bien un problema. Primero, nos decía, hay que leer el enunciado. Luego plantear el problema. Después leer el enunciado. Tras ello, hacer las operaciones. De nuevo, leer el enunciado. Repasar lo hecho. Leer el enunciado…Es decir, que hay que estudiar detallada, detenida y repetidamente qué es lo que puede ser realmente importante para el mejor desarrollo de nuestro vivir, ya que a veces, desgraciadamente demasiadas veces, el brillo del envoltorio no nos deja ver con exactitud la calidad de lo que hay dentro y habiendo encontrado cada uno lo que cree que puede ser bueno para él, lo elige y se lanza a su consecución sin comprobar, cien veces que fuese necesario, la corrección de lo seleccionado.
-¿Y qué hay que hacer entonces? le pregunté.
-Pues una vez que alguien se ha cerciorado por mil medios de qué es lo que quiere, y si ello tiene auténtica calidad e importancia, emprender el camino de su consecución. En marchant par divers sentiers. Emprender caminos, recorrer sendas, utilizar incluso trochas, congostras o veredas, y acostumbrarse a despreciar atajos, que pudieran parecernos beneficiosos en un principio por el ahorro de esfuerzos y la ganancia de tiempo, pero que a la larga quizás resultarían perniciosos.
- Calla, le corté. Creo que pronto vas a ver… Sí, mírala.
Y cerca de nosotros cruzó el camino una liebre. La orejona, como el escaso viento no le era propicio, no nos había olfateado y venía lentamente mordisqueando hierbajos y cortezas. Se sentó un par de veces sobre sus patas traseras dando la impresión de que oteaba, cosa improbable puesto que es la vista su peor sentido. Al poco, se fue yendo como había llegado.
-¿Te has fijado? Ella también va siguiendo su senda. Y eso es lo que debe hacer el hombre: no adocenarse, tener el inconformismo de no aceptar cualquier cosa, un “lo que sea”, con tal de que ello le cubra sus mínimas necesidades físicas, laborales, culturales o sociales. Hay que intentar saber más, ser más, llegar a más, e incluso, tener más, siempre que ello no venga producido por el ansia y la codicia. Y hay que desechar las sendas triadas en exceso e ir abriendo nuevos caminos.
-¿Algo parecido a lo que dijo Machado de, “…caminante, no hay camino…?, le dije.
-Efectivamente. Hay que marcar nuevas sendas, procurando, si cabe, que se oiga nuestra canción, que se vean nuestras huellas. Y observando además las estelas en el mar, y escuchar al jilguero antes de que este deje de emitir su canto. Todos deberíamos saber que es un grave error el conformismo si se renuncia con él a la consecución de algo loable. Y más siendo, como lo es, tan interesante y necesaria la aventura para la realización personal de cada hombre, porque en suma, sólo podremos conseguir nuestro propósito andando por y para nosotros mismos y señalándonos nuestra propia ruta.
Calló para observar a dos urracas que con sus saltos característicos se habían acercado bastante hasta nosotros, sabedoras de que no podríamos hacerles ningún mal. Y tras mirarnos las maricas como con cierto desprecio, se fueron de un corto vuelo hasta un barbecho cercano.
-Esto ha ocurrido siempre, continuó Luis. Tú has oído hablar del Camino de Santiago, e incluso has hecho conmigo parte de él. Pues bien, tanto los primeros peregrinos, allá por la mitad del siglo XII, como los de la actualidad, fueron y van a él sin obligación alguna. Lo hacen, aparte del sentimiento religioso que pueda tener cada uno, por un afán de conocer, sitios, gentes, culturas, costumbres. Y sabiendo que ello les acarrea gastos y sacrificios. Pero no les importa. A ellos lo que siempre les ha interesado es vivir unas experiencias distintas e irrepetibles. Así luego, tanto los que regresaban, y aún los que hoy regresan de él, llegan contando y describiendo sucesos prodigiosos, relatos extraordinarios, vividos unos, soñados otros, pero siempre creídos y aceptados a pie juntillas. La experiencia padecidas o gozadas en los senderos: el cansancio, el frío o el sudor, el poco comer, el corto dormir, y la escucha de lo que ellos, y la cáfila de gentes que les acompañaban, iban oyendo cantar a ciegos, guitones y mendigantes. Saberes y leyendas populares. O coplas, las más de ellas compuestas por un tal Juan Ruiz, Arcipreste que fuera de Hita, y conocedor profundo de instrumentos y juglerías. Todos y cada uno de los peregrinos a más de darse los croques y abrazar al Apóstol, traen y llevan historias y conocimientos de unas regiones a otras, de unos a otros países. Todos y cada uno de ellos vienen, a su regreso, satisfechos del esfuerzo realizado y satisfechos de lo vivido
-Luis, volví a interrogarle, y todas estas cosas que me cuentas, ¿las piensas tú; salen de tu caletre?
-No. Yo siempre bebo en la misma fuente que son los libros y lo que sí hago es que luego rebino mucho sobre lo que tengo leído. Mira, acerca de lo que estamos comentando hay un texto en “El Quijote”, en su parte segunda, ya casi al final, en el que el ínclito Sancho le dice a Alonso:”¡Ay! No se muera vuestra merced…que la mayor locura que puede hacer un hombre es dejarse morir…Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama y vámonos al campo…como tenemos concertado…”.
-Y observa Luca, cómo es de admirar que el buen cazurro que ha estado siempre rogando a su señor que abandonase las andanzas y volviera a su terruño, es el que ahora, seducido por la aventura y el conocimiento de lo nuevo, que ha tenido en los últimos tiempos, ruega a su señor que tenga ánimo y reemprenda las correrías por esos mundos de Dios. Que no se muera porque sabe que también es morirse vivir en la ignorancia o en el nulo o escaso desarrollo. Mientras que Quijano, no más cuerdo, que jamás estuvo loco, sino más realizado con tanta experiencia vivida deambulando por tanta extraña senda, es consciente de que cuando se ha logrado patear esos caminos, aunque quizás cansado del esfuerzo, es entonces cuando el ser humano se halla en paz tanto con el mundo como consigo mismo Y la paz es una de las situaciones más satisfactorias y beneficiosas que puedan alcanzarse en este mundo. Algo maravilloso. De ella decia Carlos de Orleans: Paix est un trèsor qu’on ne peut trop luer. La paz es un tesoro tan grande, que por mucho que la alabemos nunca será demasiado.
-¡Qué gran verdad!, se reconoció a sí mismo mi amigo. Y dijo luego: Venga, vámonos ya que tenemos que seguir andando, o lo que es igual, haciendo camino al andar.
Abril 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 3 de abril de 2009

jueves, 19 de marzo de 2009

La colección

La colección
Ramón Serrano G.

Había llegado hacía mucho, muchísimo tiempo al pueblo y desde el primer día que lo vi me di cuenta de que era una de esas personas diferentes a las demás. No sé si mejor o peor, pero sí distinta, y poseedora de un indescriptible don que le daba distinción y porte. Pronto supe que su profesión era la enseñanza. Al poco comenzamos a saludarnos y, al poco, fuimos adquiriendo una amistad un tanto extraña, a la vez íntima y distante.
Su comportamiento era estrictamente riguroso. Siempre hacía las mismas cosas y a las mismas horas. A las ocho desayunaba puntualmente en “su” bar. Iba a su trabajo y pasadas las dos, tomaba el aperitivo tambíén allí, y allí se estaba hasta casi las tres, que se iba a comer. Tenía un dicho gracioso que acrecentaba con su gracejo andaluz: -“Uztedez coméih cuando los arbañileh, pero los que de casa grande descendemoh o comemoh a las tres, o no comemoh”. Por la tarde, ya fuese con las lluvias de abril o el sol de mayo, daba un largo paseo por las afueras del lugar, tomaba un carajillo y marchaba a su casa para ocupar el resto del día en la lectura o el estudio.
Hablaba con todo el mundo, pero “hablaba” con muy pocos. Quiérese decir con esto que siendo campechano en el saludo y en el trato con las gentes, con todas las gentes, era reservado en extremo para escoger a los contertulios en las conversaciones que a él le parecían de mayor enjundia o significado, debiendo dejar constancia que en la elección de sus departidores no influía para nada su condición social o la posición económica de los dialogadores, sino la empatía que tuviese con ellos.
Pero dejemos para una futura ocasión la descripción del personaje, digno como pocos de que su vida y quehaceres sean narrados, y vayamos al hecho que hoy nos ocupa. Una tarde, una feliz tarde, tras coincidir con él tomando un café, me invitó de nuevo a su casa, pero esta vez no para que hablásemos, discutiendo o discrepando, de historia, literatura o filosofía, tres temas para él trascendentales, sino para mostrarme lo que ya me tenía prometido en varias ocasiones, y que siempre había pospuesto.
- Va a ver usted algo, me dijo, creo que inaudito y completamente increíble. Espero que no me tome por loco.
Al llegar a su casa, en vez de dirigirnos como siempre al aposento completamente abarrotado de libros que le servía de despacho y estancia, se dirigió hacia una puerta que yo siempre había visto cerrada. Sacó de su llavero la llave, solemne y parsimoniosamente la abrió, y pasamos a una espaciosa habitación limpia y minuciosamente cuidada.
- Este lugar es mi mihrab, mi sancta sanctórum, mi capilla privada. Por eso la han visitado muy pocos, porque creo que muy pocos entenderían lo que significa para mí. Pero usted sí. Por eso le pido que pase, mire y si acaso no entiende algo, pregúnteme. Como verá es una extraña colección. La gente acostumbra a hacer excerptas de muchas cosas. Las más usuales son sellos, vitolas, monedas o soldados de plomo. Pero como observará, mi colección es diferente por completo.
Con asombro, vi que el amplio salón estaba lleno de vitrinas y que en cada una se podía apreciar un delicado letrero de porcelana indicando su contenido. No sabía por dónde empezar, y al acercarme a ellas, observé que guardaban cosas inimaginables. Acudí a la que estaba más cerca. En su etiqueta ponía: “Dudas” y dentro se hesitaba, entre otras, si alguna vez, durante toda su vida, Alejandro, el Macedonio, sintió lo que era el miedo. O en qué pensaba Platón en sus ratos de ocio. O qué motivo llevó a Larra a suicidarse tan joven. O la más conocida de ser o no ser.
En la contigua, marcada como: “Naturaleza”, observé la silueta escabrosa de unas hirientes ortigas que podrían haber sido las causantes de un oloroso desamor de juventud, que habían llegado a trastocarle pasajeramente el carácter, intentando acercarlo a la misantropía. No lo lograron, pero cerca estuvo. Y en el estante de más abajo, y verde que te quiero verde, aparecía un pequeño camino, un caminito que entonces estaba bordado de trébol y juncos en flor, en el que había algunas hojas muertas caídas probablemente desde una canción y que conducía serpenteante hasta la leyenda de un beso. Un beso posiblemente robado, o entregado a hurtadillas.
Había en la de más allá, titulada “Momentos”, ni más ni menos, que una tarde entera escuchando embelesado a Tagore. El conocimiento de qué mujer inspiró a Rostand para que pudiese crear a Roxana. La belleza de ver los barcos venir cuando las claras del día. La melodía con la que el ruiseñor explica por qué los pájaros saben cuándo es llegado el 21 de marzo. Nadie sabe cómo ha sido. Nadie, salvo ellos. O el regocijo de la futura madre al confirmar, felizmente, la certeza de su embarazo.
A su lado, un armario mayor que los anteriores. “Conversaciones” ponía en su rótulo. Y entre las muchas que había, llegué a escuchar qué se le pasaba por el magín al Hermano “Gachupa”, aquel vecino del pueblo de su abuela, cuando interrumpía la charla con la que gustaba entretener a los chiquillos, con historias vividas o soñadas pero muy sustanciosas para ellos, y se quedaba por unos instantes mudo, transcendido, pensando tal vez en cosas impensables para los zagales. También llegué a entender las explicaciones con las que cierta cepa, una mañana marceña, se sinceró con Ambrosio “Roscales” y su yunta, aclarándoles que su llanto abrileño no era de pena, sino de la esperanza de un futuro fruto. Y pude oír, emocionado, las chirinolas que dicen que tenían en las trincheras los soldados rojos y los azules, los malos y los buenos, los buenos y los malos, tanto monta, cuando por la noche, libres del odio que les habían inculcado, se decían las cosas que los hombres buenos, que todos eran buenos y todos eran hombres, se suelen decir en tales ocasiones.
Viendo mi cara de asombro, se acercó a mí y dijo: - Noto que se ha quedado más tiempo ante este armario. Habrá observado que es el mayor y el que tiene un mayor contenido. Es, simplemente, porque de entre todo, lo que más me gusta es coleccionar conversaciones. Debe ser además porque, en el fondo, soy muy hablador y me hubiese gustado charlar íntimamente con muchas gentes. No sé si sabe que una buena botella de vino junto a un buen amigo, tiene más saber y más filosofía que todos los libros del mundo juntos. Pero siga, siga mirando.-
- No, le contesté. Ya se ha hecho muy tarde y he disfrutado en demasía. Pero sí le pido, encarecidamente, que me permita volver otro día a seguir admirando su extraordinaria colección.

Marzo 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de marzo de 2009

jueves, 5 de marzo de 2009

Posiblemente

Posiblemente
Ramón Serrano G.

Estamos asistiendo, puesto que si no se ha hecho ya se hará de inmediato, a la implantación en algunos autobuses madrileños, y en otras capitales europeas, de unos letreros que dicen: “No te compliques la vida. Posiblemente, Dios no existe”. Esto, como no podría ser de otro modo, se debe a la genial ocurrencia de unas preclaras mentes que, no teniendo mejor ocupación, quieren despreocupar a la ciudadanía aconsejándole que no se metan en vericuetos sobre la existencia o no de un Ser Supremo, cosa esta que a ellos, por otra parte, les resulta difícilmente demostrable y, desde luego, muy poco conveniente. Por lo tanto, piden a quienes lean tan notable aseveración, que aíslen a sus conciencias del mundanal ruido, que no se metan en galimatías y que vivan a la pata la llana. Como debe ser.
Parece ser que a estos impagables genios les atañe, parece ser que profundamente, la incertidumbre de si habrá o no un demiurgo, pero les da lo mismo que por las más céntricas calles de la Villa y Corte se practique la prostitución a plena luz del día y sin tapujos; que se realicen los mayores negocios mediante la estafa y el fraude; que se mercadee libremente con drogas, o que se mande a la Policía Nacional para que recoja y ponga a buen recaudo a cuantos inmigrantes encuentren deambulando por Madrid sin tener la debida documentación, y que esto se haga del mismo modo y manera que los perreros atrapan a los chuchos sin dueño, los meten a la fuerza en un camión y los llevan a dependencias ignoradas.
Sé que esto no es ningún secreto y que de ello están todos ustedes informados por medios o personas mucho más capacitados que yo. Pero no sé si saben además que hace unos días, en un prestigioso diario, aparecía el consejo que un magnífico colaborador les daba a estos cuestionadores de la existencia divina. Y lo hacía el dibujante animándoles a que escribieran su ya famoso eslogan en esas pateras que traen hasta las costas canarias y andaluzas a miles de africanos. Es seguro, decía, que sería bueno poner eso de: “Posiblemente, Dios no existe” en los laterales de los frágiles barquichuelos que llegan, si es que llegan, ya que muchos se hunden antes de arribar, y que lo hacen sobrecargados de hombres, mujeres y niños. Pobres personas, pero personas al fin y a la postre, que están hartas de padecer hambruna y otros males, y lo arriesgan todo para conseguir algo a lo que poder llamar, aunque sea mínimamente, una vida un poquito digna.
Sin embargo no creo que el gran dibujante consiga animar a nuestros admirados benefactores para que lo hagan. Canarias o Andalucía están muy lejos de la Puerta del Sol. Quizás, sí que mis admirados prohombres armarían una buena si alguien se ahogase en el estanque del Retiro. Pero que cientos de personas mueran día tras día en las aguas del Atlántico o del Mediterráneo les es por completo indiferente. ¡Qué más les da!
Y claro, si no hacen caso a un influyente medio de comunicación, mucho menos me lo harán a mí, pobre tonto, si les hiciera, que se la hago, esta sugerencia. Les encarezco con todas mis fuerzas, que cuanto antes, mañana mismo, cojan brocha y pintura, se vayan a Gaza o a Irak, y en los derruidos muros que allí han quedado después de tanto bombardeo y tanto atentado terrorista, en los escasos restos de unas paredes que no son sino las ruinas de edificios que hasta ayer eran escuelas, mercados o viviendas, pinten con letras grandes y bien visibles: “Posiblemente, Dios no existe”.
Pero no. Yo sé muy bien que no van a seguir mis indicaciones, y por varios motivos. Primero porque quien se lo está pidiendo, u otros como yo, no valemos nada para ellos. Segundo porque en realidad a estos individuos les da lo mismo lo que a otros seres humanos les esté sucediendo, si estos viven lejos de su entorno. Y por último, pero muy principalmente, porque para escribir eso en los sitios donde impera de una manera atroz el fundamentalismo, algo que ponga en la más mínima duda la existencia de Allah, hay que tener unos “bemoles” que estos iluminados, no ya posiblemente, no, es que estoy absolutamente seguro que no tienen.
Y aunque sin “bemoles”, o dicho de otro modo, aunque no tengan “dídimos”, estos tranquilizadores de conciencias viven tan ricamente en su tibieza anímica y siguen a Buñuel en aquello de: “Yo soy ateo, gracias a Dios”. Y de sí mismos lo único que piensan es que son osados, atrevidos y, sobre todo, vanguardistas y progres. Y lo son, lo mismo que son otros adjetivos que me guardo. Esto lo creo con absoluta certeza, y no posiblemente.
Marzo 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de marzo de 2009

jueves, 19 de febrero de 2009

el apoyo

El apoyo
Ramón Serrano G.

Ha de antiguo la costumbre el hombre de apoyar sus afirmaciones en algo, o con algo, pues parece ser que simplemente dichas, ellas solas no tendrían el suficiente poder de convencimiento entre aquellos a quienes van dirigidas. Está muy demostrado que una aseveración carece de transmisión si no lleva compañía, por lo cual, quien ejerce el oficio de escritor, suele cimentar así su péñola. Recuerdo, a este respecto, a un maravilloso profesor que tuvimos en el colegio Sto. Tomás de Aquino, Don Francisco Pérez Fernández se llamaba, y que nos decía: “si ustedes cuentan algo sin más (siempre nos trataba de usted pese a nuestra corta edad) el oyente quedará insatisfecho, y para confirmar y creer lo oído, echará mano de inmediato de estos tres adverbios: dónde, cuándo, cómo”.
Digo que siempre ha ocurrido esto. Cuando la información se hacía forzosamente por vía oral, solían ser los viejos quienes contaban los casos o los sucesos más insólitos vividos u oídos por ellos y, sobre todo, si habían sucedido algún tiempo atrás, certificándolos con los mayores datos y testimonios posibles y abultándolos en mayor o menor medida según fuera su grandilocuencia, consiguiendo de esa manera que la audiencia diese una mayor credibilidad a lo escuchado.
Era algo que tenían muy aprendido desde siempre, tanto en las escuelas, como en las iglesias, sinagogas y mezquitas. Es innecesario hablar de cómo las parábolas son utilizadas habitualmente en las tres grandes religiones monoteístas, y me imagino que sucedería algo parecido en las del lejano oriente o en las de la América precolombina. El Nuevo Testamento cristiano está plagado de ellas. Era lo lógico, ya que Jesucristo las usa porque se está dirigiendo a un pueblo, el judío, acostumbrado a escucharlas en el Talmud, y dentro de este, en su parte del Hagadá. Lo mismo pasa en el islamismo, donde se recurre al Amzâl, el plural de mázal, que significa ejemplo, y que son utilizadas en el Corán como instrumentos contundentes de persuasión, ya que se les da una mejor consideración que a las simples explicaciones teóricas, por su mayor capacidad para sugerir.
Y si esto, durante toda la vida, se había practicado fructuosamente en el capítulo de lo religioso, no iba a ser de otro modo en el terreno de lo laico, y mucho más con los innovadores métodos mediáticos que fueron apareciendo constantemente. Antiguamente, y como va dicho, las noticias se recibían de viva voz, pero después llegaban a nosotros a través de los distintos medios de información y, las más de las veces, procedentes de alguien a quien no conocíamos. Era, entonces, de gran importancia el medio que hacía la difusión de la noticia y, según fuera este, aquella pasaba a tener mayor o menor credibilidad. No era lo mismo que algo fuese sabido por un periódico o una emisora nacional, y de un prestigio suficientemente acreditado, que lo recibido de algún extraño vocero o de quién sabe dónde.
Hagamos aquí un inciso para decir que la economía, esa ciencia que siempre ha sabido estar a las últimas para domeñar al mundo, se da cuenta de las posibilidades antedichas y empieza a utilizarlas con gran éxito. Por ello irrumpe con fuerza la publicidad. Si antes el buen paño se vendía en el arca, hoy lo que no se ve no se compra. Es por eso que todo se saca a la luz pregonando sus virtudes y al mismo tiempo creándonos necesidades ficticias. –Tengo que comprar esto, y además debe ser bueno, decimos, porque lo he oído anunciar en la radio o lo he visto en la televisión-. Pero este es otro enfoque del tema, que hoy dejaremos a un lado.
Por el que va la cosa es que nadie expone sus ideas y piensa que alguien va a creer sus palabras, si estas no están sustentadas en algún caso conocido. Parece ser que las gentes cansadas ya de oír tanta mentira, de que les hayan hablado tantas veces de las virtudes del caballo siendo que en realidad es un penco, vienen a confiarse un tanto si se les añade un basamento a lo pregonado. Cuántas veces hemos sido avisados de que hay que hacer las cosas sólidas, con fundamento, y para convencernos nos han puesto el ejemplo de la casa, a la que hay que cimentar a conciencia y poner gruesas paredes para que no venga el vendaval y la derribe. O que Samaniego viniese a amenazar nuestro futuro, ponderando a la hormiga y denostando a la cigarra por sus comportamientos.
Pero bueno sería que dejásemos de utilizar tornapuntas o rodrigones que sirvan para sostener nuestra palabra. Pensemos sin más, en que lo que digamos sea bueno así, sin otro sostén. En que hay que hacer las cosas bien. Construir con ladrillo y cemento buenos muros, y no tabiques de panderete, obleas de rasilla y yeso. Pero no por si luego viene el huracán, sino porque hacerlo de esa última manera es, sencilla y llanamente, robar. Convenzámonos de que hay que vivir laboriosa y morigeradamente, pero porque estemos convencidos de que la sobriedad es virtud, y la holgazanería y la excesiva farra son vicios, y no chicos. Por eso hay que hacer algunas cosas y rechazar otras, aceptar un modo de vida y renunciar a otro, y hacerlo hoy y ahora, simple y llanamente porque es así como se debe hacer, y no porque tengamos que pensar en un futuro, al que ni siquiera sabemos si vamos a llegar o en una fama que tal vez no nos merezcamos.

Febrero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de febrero de 2009

jueves, 5 de febrero de 2009

La manta

La manta
Ramón Serrano G.

Se ha opinado hasta la saciedad acerca de si el escritor, cuando ejerce como tal, lo que hace siempre es transcribir al papel sus propias vivencias y, como es de suponer, hay las más diversas opiniones al respecto. Mi parecer es que algo de ello es cierto, pero que sobra el adverbio. O sea, no siempre que alguien escribe algo está transmitiendo lo que a él le tiene sucedido, ya que la mayoría de las veces lo que hace es expresar lo escuchado o visto, pero no lo acaecido a sí mismo sino, casi siempre, a terceras personas. Hago este preludio a fin de que nadie piense, ni remotamente, que lo que cuento hoy me ha ocurrido a mí.
Sí me parece, por otra parte, que lo que influye sobremanera en lo narrado, además de sus experiencias, es la opinión que el autor tiene sobre el tema tratado, así como sus propias circunstancias de edad, condición, momento específico, etc. O sea, aquello ya sabido de un cuadro en el que se veía a un león que había sido muerto por un cazador, y en el que este posaba con un pie sobre la fiera abatida. Acertó a pasar frente al lienzo otro león que exclamó al verlo: -Bien se nota que el pintor ha sido un hombre-. Y pudiese acontecer que alguien al leer este escrito pensara, como en el cuento, que el escritor tiene hijos.
Quiero aclarar, pese a ello, que si alguno pudiera pensar que digo lo que digo incitado por esa mi condición de padre, o expresado de otro modo, que veo el problema desde la perspectiva de mis años, ese alguien se equivoca, ya que habría de decir lo mismo si no tuviese descendencia y esos años míos fueran menos de los que son.
Y todo viene a cuento por una historia que escuché hace mucho tiempo. Tanto, que no recuerdo bien si el segundo protagonista era el marido o la mujer, ya que, como pronto se verá, el actor importante es el hijo. Pero tanto da que fuese uno u otra, así que vayamos al cuento. Pues bien, érase una vez que se era, un matrimonio a quienes la fortuna, en todos los sentidos, les era esquiva. Tenían un hijo de unos diez años y convivía además con ellos el padre de uno de los cónyuges. El trabajo era poco, la administración mala, y así, el dinero escaso y la vivienda mísera. Con estos sustentos el equilibrio de la convivencia se hallaba roto de continuo y los gritos, destemplanzas y exabruptos estaban a la orden del día. Su vivir era un sinvivir constante y apenas aguantable.
Llegó luego un mal día en el que los esposos, hartos de despotricar entre sí, empezaron inexplicablemente a descargar su ira contra el viejo, culpándole de todas y cada una de sus desgracias, reveses y varapalos, hasta el punto de que el yerno/nuera convenció al cónyuge para que echase de la casa al abuelo, ya que con eso se aliviarían gran parte de sus males. El/la pobre hijo/a, al principio pensó que aquello era lo que en realidad era, una atrocidad, pero acabó sucumbiendo a las sibilinas artes maritales, y así, tras varias semanas de acusaciones aparentemente severas, aunque sin fundamento alguno, una mañana de un frío invierno, con más de un palmo de nieve en la calle, el/la verdugo se encaró con su progenitor y le dijo:
- Mire padre. Lo siento mucho, pero hoy mismo se tiene usted que ir de casa y arrégleselas como pueda. Comida no le podemos dar porque no hay, así que coja usted esa manta vieja y, al menos, se arropa un poco.-
Calló el anciano, volvió la espalda para que no viesen llorar a un hombre, agarró sus muy escasas pertenencias y se marchó sin más. Pero hete aquí, que cuando no llevaba andados ni cincuenta pasos oyó que su nieto le llamaba:- Abuelo, espera.- Y volviéndose, vio acercarse al chiquillo con unas tijeras en la mano. Se estuvieron juntos un corto rato el viejo y el mozuelo y luego, tras besar al muchacho, aquél continuó su camino mientras el niño volvía a su casa con la mitad de la manta que le habían dado al pobre hombre. Sus padres, extrañados, le preguntaron:-¿Por qué le has quitado media manta al abuelo? A lo que él contestó el chaval: -Porque así, cuando dentro de unos años alguno de vosotros os tengáis que marchar también, al menos tendréis algo con que cubriros-.
Creo yo que, en la actualidad, muchos de los humanos deberían aplicarse este cuento de la media manta y comprobar que el comportamiento que suelen tener hacia los progenitores dista bastante de ser el adecuado y desde luego no dan en pensar que este no es, ni por asomo, el que les gustaría que en el futuro sus hijos tuviesen para ellos. Así pues a estos, a los que hoy aun conviven con sus padres y no les dan el trato merecido, es a los que van dirigidas mis pobres y tristes, pero reales, palabras de hoy.
Por tanto, observará por ello el avispado lector, que no es necesario ser padre, ni tener muchos años, ni tampoco el haber sufrido algún maltrato para darse cuenta de que esto ocurre en demasía. Tanto, que sólo hace falta para comprobar lo expuesto, echar un vistazo en nuestro derredor y ver cuánto desapego hay hacia muchos viejos.

Febrero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de febrero de 2009

jueves, 22 de enero de 2009

El deseo y el ansia

El deseo y el ansia
Ramón Serrano G.

Si hay algo que bien nos pudiese caracterizar y unificar a muchos de los hombres de todos los tiempos, de todos los mundos, de todas las escalas sociales, es un inmenso inconformismo ante los muchísimos avatares que en la vida nos acaecen, y que queda expresado en manifestaciones como estas: ¡si yo tuviera!, ¡si yo pudiera! Y esto nos ha sucedido ayer, nos pasa hoy, y, es seguro, que nos ocurrirá mañana y siempre, pues este deseo inalcanzado es intrínseco a nuestra forma de ser y de pensar.
Vengo a querer decir, que lo mismo que somos poseedores de una mente para poder discurrir y una sangre que necesitamos para poder vivir, parece que nos es igualmente imprescindible una insatisfacción de lo poseído o alcanzado a lo largo y ancho de nuestra existencia, ya sea esta corta o larga. Y aunque mucho haya sido aquello que en ella hemos logrado. Podemos observar además que esa sed de tenencia, ese inconformismo, se da tanto en la juventud, como en los adultos e incluso en los ancianos. Viene a ser lo que nos decía, aquella antigua canción que ustedes recuerdan perfectamente: “El que tiene uno, quiere tener dos; el que tiene cinco, quiere tener diez….”
Y no es que los disconformes o insatisfechos tengan, o tengamos, excesivamente desarrollado el defecto de la avaricia. ¿O sí es eso? Porque yo creo que todas las personas estamos abocados a cometer faltas y, en mayor o menor grado, nos vemos dominados por lo que las religiones dan en llamar pecados, en los que solemos tropezar y caer con relativa frecuencia. Pero dentro de estos fallos en nuestro comportamiento, hay unos que cometemos con mucha más asiduidad que otros, los cuales sólo trasgredimos en ocasiones muy puntuales. Por otra parte, es obvio, que aun cuando alguien sea un ladrón o un criminal por naturaleza, no se está robando o asesinando continuamente.
Así, sin querer establecer una relación exhaustiva de cuáles son los, llamémosles, vicios que podríamos denominar usuales y cuáles aquellos que podríamos tildar de esporádicos, y sin desear tampoco una graduación, o una escala de la gravedad que comporta la comisión de cada uno de ellos, sí me avengo, y me imagino que estarás de acuerdo conmigo querido lector, en que nuestra estadía o permanencia en el mal hábito de la pereza, o en la soberbia, o en la envidia, y no digamos en la avaricia, suele ser muy continuada para muchos.
Mas, desocupándonos hoy de las demás culpas, centremos nuestra atención en esta última y veremos cómo la ambición desmedida suele ser maldad harto recia y demoledora de nuestros actos y en muchos sentidos además. Claro que, antes de seguir, nos convendría hacer una clara distinción entre la avidez maliciosa y, sobre todo, desmedida, y el lógico deseo de mejora y consecución que esencialmente posee el ser humano, y a esto, claro está, no se le debe tildar de esa forma. Porque viene a ser lógico, y sin duda provechoso, que haya una disconformidad en nosotros que nos lleve a intentar mejorar nuestra posición, y estoy refiriéndome a cualquier clase de esta.
Aclarémonos. En primer lugar hemos de dejar bien definido que la intención de beneficio y de mejoramiento es consustancial a las personas y por ello plausible y permitido, e incluso alabado. ¡Pobre de aquel que con casi nada, o poco, se conforma y no mantiene jamás aspiración de mejora o de ganancia, ya sea esta material o espiritual! Entonces, si vamos a desacreditar las normales apetencias humanas de mejora y de posesión, ¿no estaremos cayendo en una contradicción pura y dura?
No cabe el caso, ya que antes pasaremos a distinguirlo muy claramente. Deseo, es tender con el pensamiento al logro, o a la posesión, de algo que nos daría alegría. Unas ganas nobles de encontrar mejoría para nuestro estado, pero dentro de un orden. Ansia, por el contrario, no es sino ese mismo deseo, pero en grado extraordinariamente intenso, desordenado, e incluso pecaminoso. Es la avaricia incontenible de poseer más y más, y encontrar esa posesión de cualquier forma, apta o no apta, legal o ilícitamente. El uno, como va dicho, es aceptable, plausible, beneficioso. La otra es digna de reprobación y censura. Y podría parecer que hay dificultad en reconocer cuál es la línea que separa una actitud de la otra, pero no es así, que cada uno sabemos, bien a las claras, qué es lo bueno y qué lo perverso.
No me parece necesaria la aclaración, digo, pero como ejemplo cabría recordar que todos conocemos a personas que, partiendo desde abajo, han ido mejorando su posición y su economía hasta alcanzar cotas muy satisfactorias y viviendo en ellas, felices, durante el resto de su vida. Pero igualmente sabemos de otros, que habiendo alcanzado lo suficiente, y aún más, no se han sentido ahítos y han buscado empresas demasiado altas, o un atesoramiento excesivo, que a veces no han sido capaces de lograr, o que si lo han hecho les ha conducido a la infelicidad e incluso les han metido en la pobreza. Sí en la pobreza, ya que sólo tienen dinero y una gran carencia de todo lo demás. Pasa con esto lo que con la comida, que lo poco es natural, y aun necesario y conveniente, mientras que el exceso es pecaminoso, e inclusive perjudicial para nuestra salud. Y viene a ocurrir lo mismo con la temperatura corporal, que es saludable si está en menos de 37º, mas si los supera es enfermiza e incluso letal.
Para un mayor abundamiento les contaré una vieja historia que corre por ahí y que cuenta cómo dos hombres, de regreso a su lugar, se toparon, por casualidad, con un inmenso montón de monedas de oro semienterradas en una cueva. Cada uno quiso aprovisionarse lo más que pudo, pero mientras que uno fue consecuente con sus facultades, sólo cargó aquello que podía transportar y con eso marchó a su pueblo, en donde vivió rico el resto de sus días. El otro por su parte, codicioso en extremo, atiborró dos grandes sacos, que echó como pudo sobre sus espaldas, con lo que se marchó hacia su casa tambaleante. Y dicen que el sobrepeso le extenuó tanto, que al poco de su camino se trastabilló y cayó por un terraplén, falleciendo aplastado por el peso de los talegos.
Decía sabiamente Epicuro, que quien quiera ser rico no debe afanarse en aumentar sus bienes, sino en disminuir su codicia.

Enero 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de enero de 2009

jueves, 8 de enero de 2009

La homilia

La homilía
Ramón Serrano G.

Quisiera, ante todo, dar otra vez mi más sincero agradecimiento a aquellas personas que de vez en cuando tienen la amabilidad de exponerme sus críticas sobre alguno de mis escritos, aunque he de decir también (que uno tiene su corazoncito) que igualmente me suele llegar alguna loa. Pero no vengo aquí al autobombo, y por tanto es a aquellas, a las reprobaciones, a las que quiero referirme. Vayamos a ello.
Partiendo de la base de que el primer lector de mis artículos y, desde luego, el más exigente para con ellos soy yo mismo, he de decir que admito gustosamente esas consideraciones que se me hacen acerca de lo que debiera haber puesto en vez de lo que dije. Sé, positivamente, que se me hacen con la mejor intención y la mayoría de las veces con justicia. Faltaría más que yo no lo entendiera así y cometiera la arrufadía de pensar que son los lectores siempre los equivocados. No, no podrían serlo. Pero es que además, manifiesto agradecido que sus análisis me son muy útiles por varios motivos: en primer lugar porque menguan mi ego, me enseñan, y además me sirven de estímulo para tratar de no volver a cometer errores.
Como pueden suponer hay opiniones de todas clases, es natural, pero el otro día me transmitieron una que llamó poderosamente mi atención. Alguien me dijo que muchos de mis textos son como una homilía, y que además no se corresponden las afirmaciones o los consejos expresados en algunos de ellos con mis hechos cotidianos. O sea que a veces no predico con el ejemplo. Aquello de haz lo que yo te diga pero no lo que yo haga. Lo acepté como siempre y lo agradecí. Lo hice, porque creo sinceramente que es el comportamiento obligado que se debe tener ante quien se toma la molestia de leerme y luego añade a eso la desagradable tarea de decirte que lo que has hecho no es totalmente adecuado. Más tarde, ya a solas, en la intimidad de mi cuarto de trabajo, empecé a analizar la verosimilitud del juicio apuntado, cosa que suelo hacer siempre. Y tras detenido estudio, llegué a la conclusión de que esta vez mi “oponente” no estaba acertado en su veredicto, tanto en llamar a mis consejos conciones, como el de recriminarme que no fuese yo el primero en seguirlos. Paso ahora a explicar, con la mayor humildad, el porqué de estas creencias.
Empezaré por la segunda diciendo que sé perfectamente que no siempre cumplo con la norma, pero tampoco soy un demonio. Además, aquel que da una recomendación no tiene por qué seguirla constantemente. Por muchos motivos. Simplemente porque sepa el modo mas no el cómo, o porque, quizás y sencillamente, no tenga la fuerza de voluntad para hacerlo. Así, el comentarista de una corrida de toros o de un partido de fútbol dice, con fundamento, cómo se da una verónica o se tira un penalty, pero eso no indica que él sepa efectuarlo. Todos conocemos a algún médico que aconseja no fumar, pero él se echa un pitillito. Además ocurre que los actos de una persona son observados por muy pocos, y siempre en el momento de ejecutarlos, por lo que su difusión debe ser mínima, mientras que los escritos suelen llegar a muchos rincones y leerse en muchos momentos, por lo que su influencia es mayor, comprensiblemente. Permítaseme la osadía de este ejemplo: la vida de Cervantes es sabida por sus estudiosos y poco más, mientras que son millones los que han conocido y bien a D. Quijote.
En cuanto a la primera observación, debo manifestar que, al escribirlos, no es mi intención que se tomen como tal, o sea, como sermones moralizantes, que no pertenezco a la Orden de Predicadores, ni tengo preparación para ello. Tampoco soy, aunque bien lo quisiera, un Fernández de Andrada para escribir otra Epístola moral a Fabio. A lo sumo es posible que me lance a escribir esas cosas debido a la experiencia que me dan mi poco conocimiento y mis muchos años, pero, repito, que no trato en ningún momento de adoctrinar a nadie, sino en decir a quien quiera leerme lo que estimo que puede ser beneficioso. Y lo hago sabiendo que mi pobre obra es como la de aquel que manda un mensaje en una botella; como la emisión a las ondas del radioaficionado; como la creación de una página de Internet. Que no se sabe nunca ni quién lo va recibir, ni qué uso hará de ello. Pero uno es así de iluso y piensa que para tratar de lograr la imposible misión de aminorar las actuales costumbres que imperan hoy en día de crispación, violencia, latrocinio o desfachatez, y renuncio a enumerar otras muchas de la misma índole, pudiera ser que ayudara un algo las humildes palabras que me atrevo a publicar.
Es este, y ningún otro, el motivo que me hace escribir así a veces. No sé, de todos modos, si efectivamente llevo razón yo, o por el contrario, está más acertado mi crítico amigo. Pero eso importa poco. No se trata de saber si hay vencedor o vencido. De todas formas, y como creo que con mi actitud no ofendo a nadie, seguiré defendiendo lo importante que es aconsejar bien, ya que las palabras aleccionadoras son como el aire, que vuelan, llegan a todos los rincones y son beneficiosas para vivir.

Enero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de enero de 2009