jueves, 5 de marzo de 2009

Posiblemente

Posiblemente
Ramón Serrano G.

Estamos asistiendo, puesto que si no se ha hecho ya se hará de inmediato, a la implantación en algunos autobuses madrileños, y en otras capitales europeas, de unos letreros que dicen: “No te compliques la vida. Posiblemente, Dios no existe”. Esto, como no podría ser de otro modo, se debe a la genial ocurrencia de unas preclaras mentes que, no teniendo mejor ocupación, quieren despreocupar a la ciudadanía aconsejándole que no se metan en vericuetos sobre la existencia o no de un Ser Supremo, cosa esta que a ellos, por otra parte, les resulta difícilmente demostrable y, desde luego, muy poco conveniente. Por lo tanto, piden a quienes lean tan notable aseveración, que aíslen a sus conciencias del mundanal ruido, que no se metan en galimatías y que vivan a la pata la llana. Como debe ser.
Parece ser que a estos impagables genios les atañe, parece ser que profundamente, la incertidumbre de si habrá o no un demiurgo, pero les da lo mismo que por las más céntricas calles de la Villa y Corte se practique la prostitución a plena luz del día y sin tapujos; que se realicen los mayores negocios mediante la estafa y el fraude; que se mercadee libremente con drogas, o que se mande a la Policía Nacional para que recoja y ponga a buen recaudo a cuantos inmigrantes encuentren deambulando por Madrid sin tener la debida documentación, y que esto se haga del mismo modo y manera que los perreros atrapan a los chuchos sin dueño, los meten a la fuerza en un camión y los llevan a dependencias ignoradas.
Sé que esto no es ningún secreto y que de ello están todos ustedes informados por medios o personas mucho más capacitados que yo. Pero no sé si saben además que hace unos días, en un prestigioso diario, aparecía el consejo que un magnífico colaborador les daba a estos cuestionadores de la existencia divina. Y lo hacía el dibujante animándoles a que escribieran su ya famoso eslogan en esas pateras que traen hasta las costas canarias y andaluzas a miles de africanos. Es seguro, decía, que sería bueno poner eso de: “Posiblemente, Dios no existe” en los laterales de los frágiles barquichuelos que llegan, si es que llegan, ya que muchos se hunden antes de arribar, y que lo hacen sobrecargados de hombres, mujeres y niños. Pobres personas, pero personas al fin y a la postre, que están hartas de padecer hambruna y otros males, y lo arriesgan todo para conseguir algo a lo que poder llamar, aunque sea mínimamente, una vida un poquito digna.
Sin embargo no creo que el gran dibujante consiga animar a nuestros admirados benefactores para que lo hagan. Canarias o Andalucía están muy lejos de la Puerta del Sol. Quizás, sí que mis admirados prohombres armarían una buena si alguien se ahogase en el estanque del Retiro. Pero que cientos de personas mueran día tras día en las aguas del Atlántico o del Mediterráneo les es por completo indiferente. ¡Qué más les da!
Y claro, si no hacen caso a un influyente medio de comunicación, mucho menos me lo harán a mí, pobre tonto, si les hiciera, que se la hago, esta sugerencia. Les encarezco con todas mis fuerzas, que cuanto antes, mañana mismo, cojan brocha y pintura, se vayan a Gaza o a Irak, y en los derruidos muros que allí han quedado después de tanto bombardeo y tanto atentado terrorista, en los escasos restos de unas paredes que no son sino las ruinas de edificios que hasta ayer eran escuelas, mercados o viviendas, pinten con letras grandes y bien visibles: “Posiblemente, Dios no existe”.
Pero no. Yo sé muy bien que no van a seguir mis indicaciones, y por varios motivos. Primero porque quien se lo está pidiendo, u otros como yo, no valemos nada para ellos. Segundo porque en realidad a estos individuos les da lo mismo lo que a otros seres humanos les esté sucediendo, si estos viven lejos de su entorno. Y por último, pero muy principalmente, porque para escribir eso en los sitios donde impera de una manera atroz el fundamentalismo, algo que ponga en la más mínima duda la existencia de Allah, hay que tener unos “bemoles” que estos iluminados, no ya posiblemente, no, es que estoy absolutamente seguro que no tienen.
Y aunque sin “bemoles”, o dicho de otro modo, aunque no tengan “dídimos”, estos tranquilizadores de conciencias viven tan ricamente en su tibieza anímica y siguen a Buñuel en aquello de: “Yo soy ateo, gracias a Dios”. Y de sí mismos lo único que piensan es que son osados, atrevidos y, sobre todo, vanguardistas y progres. Y lo son, lo mismo que son otros adjetivos que me guardo. Esto lo creo con absoluta certeza, y no posiblemente.
Marzo 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de marzo de 2009

jueves, 19 de febrero de 2009

el apoyo

El apoyo
Ramón Serrano G.

Ha de antiguo la costumbre el hombre de apoyar sus afirmaciones en algo, o con algo, pues parece ser que simplemente dichas, ellas solas no tendrían el suficiente poder de convencimiento entre aquellos a quienes van dirigidas. Está muy demostrado que una aseveración carece de transmisión si no lleva compañía, por lo cual, quien ejerce el oficio de escritor, suele cimentar así su péñola. Recuerdo, a este respecto, a un maravilloso profesor que tuvimos en el colegio Sto. Tomás de Aquino, Don Francisco Pérez Fernández se llamaba, y que nos decía: “si ustedes cuentan algo sin más (siempre nos trataba de usted pese a nuestra corta edad) el oyente quedará insatisfecho, y para confirmar y creer lo oído, echará mano de inmediato de estos tres adverbios: dónde, cuándo, cómo”.
Digo que siempre ha ocurrido esto. Cuando la información se hacía forzosamente por vía oral, solían ser los viejos quienes contaban los casos o los sucesos más insólitos vividos u oídos por ellos y, sobre todo, si habían sucedido algún tiempo atrás, certificándolos con los mayores datos y testimonios posibles y abultándolos en mayor o menor medida según fuera su grandilocuencia, consiguiendo de esa manera que la audiencia diese una mayor credibilidad a lo escuchado.
Era algo que tenían muy aprendido desde siempre, tanto en las escuelas, como en las iglesias, sinagogas y mezquitas. Es innecesario hablar de cómo las parábolas son utilizadas habitualmente en las tres grandes religiones monoteístas, y me imagino que sucedería algo parecido en las del lejano oriente o en las de la América precolombina. El Nuevo Testamento cristiano está plagado de ellas. Era lo lógico, ya que Jesucristo las usa porque se está dirigiendo a un pueblo, el judío, acostumbrado a escucharlas en el Talmud, y dentro de este, en su parte del Hagadá. Lo mismo pasa en el islamismo, donde se recurre al Amzâl, el plural de mázal, que significa ejemplo, y que son utilizadas en el Corán como instrumentos contundentes de persuasión, ya que se les da una mejor consideración que a las simples explicaciones teóricas, por su mayor capacidad para sugerir.
Y si esto, durante toda la vida, se había practicado fructuosamente en el capítulo de lo religioso, no iba a ser de otro modo en el terreno de lo laico, y mucho más con los innovadores métodos mediáticos que fueron apareciendo constantemente. Antiguamente, y como va dicho, las noticias se recibían de viva voz, pero después llegaban a nosotros a través de los distintos medios de información y, las más de las veces, procedentes de alguien a quien no conocíamos. Era, entonces, de gran importancia el medio que hacía la difusión de la noticia y, según fuera este, aquella pasaba a tener mayor o menor credibilidad. No era lo mismo que algo fuese sabido por un periódico o una emisora nacional, y de un prestigio suficientemente acreditado, que lo recibido de algún extraño vocero o de quién sabe dónde.
Hagamos aquí un inciso para decir que la economía, esa ciencia que siempre ha sabido estar a las últimas para domeñar al mundo, se da cuenta de las posibilidades antedichas y empieza a utilizarlas con gran éxito. Por ello irrumpe con fuerza la publicidad. Si antes el buen paño se vendía en el arca, hoy lo que no se ve no se compra. Es por eso que todo se saca a la luz pregonando sus virtudes y al mismo tiempo creándonos necesidades ficticias. –Tengo que comprar esto, y además debe ser bueno, decimos, porque lo he oído anunciar en la radio o lo he visto en la televisión-. Pero este es otro enfoque del tema, que hoy dejaremos a un lado.
Por el que va la cosa es que nadie expone sus ideas y piensa que alguien va a creer sus palabras, si estas no están sustentadas en algún caso conocido. Parece ser que las gentes cansadas ya de oír tanta mentira, de que les hayan hablado tantas veces de las virtudes del caballo siendo que en realidad es un penco, vienen a confiarse un tanto si se les añade un basamento a lo pregonado. Cuántas veces hemos sido avisados de que hay que hacer las cosas sólidas, con fundamento, y para convencernos nos han puesto el ejemplo de la casa, a la que hay que cimentar a conciencia y poner gruesas paredes para que no venga el vendaval y la derribe. O que Samaniego viniese a amenazar nuestro futuro, ponderando a la hormiga y denostando a la cigarra por sus comportamientos.
Pero bueno sería que dejásemos de utilizar tornapuntas o rodrigones que sirvan para sostener nuestra palabra. Pensemos sin más, en que lo que digamos sea bueno así, sin otro sostén. En que hay que hacer las cosas bien. Construir con ladrillo y cemento buenos muros, y no tabiques de panderete, obleas de rasilla y yeso. Pero no por si luego viene el huracán, sino porque hacerlo de esa última manera es, sencilla y llanamente, robar. Convenzámonos de que hay que vivir laboriosa y morigeradamente, pero porque estemos convencidos de que la sobriedad es virtud, y la holgazanería y la excesiva farra son vicios, y no chicos. Por eso hay que hacer algunas cosas y rechazar otras, aceptar un modo de vida y renunciar a otro, y hacerlo hoy y ahora, simple y llanamente porque es así como se debe hacer, y no porque tengamos que pensar en un futuro, al que ni siquiera sabemos si vamos a llegar o en una fama que tal vez no nos merezcamos.

Febrero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de febrero de 2009

jueves, 5 de febrero de 2009

La manta

La manta
Ramón Serrano G.

Se ha opinado hasta la saciedad acerca de si el escritor, cuando ejerce como tal, lo que hace siempre es transcribir al papel sus propias vivencias y, como es de suponer, hay las más diversas opiniones al respecto. Mi parecer es que algo de ello es cierto, pero que sobra el adverbio. O sea, no siempre que alguien escribe algo está transmitiendo lo que a él le tiene sucedido, ya que la mayoría de las veces lo que hace es expresar lo escuchado o visto, pero no lo acaecido a sí mismo sino, casi siempre, a terceras personas. Hago este preludio a fin de que nadie piense, ni remotamente, que lo que cuento hoy me ha ocurrido a mí.
Sí me parece, por otra parte, que lo que influye sobremanera en lo narrado, además de sus experiencias, es la opinión que el autor tiene sobre el tema tratado, así como sus propias circunstancias de edad, condición, momento específico, etc. O sea, aquello ya sabido de un cuadro en el que se veía a un león que había sido muerto por un cazador, y en el que este posaba con un pie sobre la fiera abatida. Acertó a pasar frente al lienzo otro león que exclamó al verlo: -Bien se nota que el pintor ha sido un hombre-. Y pudiese acontecer que alguien al leer este escrito pensara, como en el cuento, que el escritor tiene hijos.
Quiero aclarar, pese a ello, que si alguno pudiera pensar que digo lo que digo incitado por esa mi condición de padre, o expresado de otro modo, que veo el problema desde la perspectiva de mis años, ese alguien se equivoca, ya que habría de decir lo mismo si no tuviese descendencia y esos años míos fueran menos de los que son.
Y todo viene a cuento por una historia que escuché hace mucho tiempo. Tanto, que no recuerdo bien si el segundo protagonista era el marido o la mujer, ya que, como pronto se verá, el actor importante es el hijo. Pero tanto da que fuese uno u otra, así que vayamos al cuento. Pues bien, érase una vez que se era, un matrimonio a quienes la fortuna, en todos los sentidos, les era esquiva. Tenían un hijo de unos diez años y convivía además con ellos el padre de uno de los cónyuges. El trabajo era poco, la administración mala, y así, el dinero escaso y la vivienda mísera. Con estos sustentos el equilibrio de la convivencia se hallaba roto de continuo y los gritos, destemplanzas y exabruptos estaban a la orden del día. Su vivir era un sinvivir constante y apenas aguantable.
Llegó luego un mal día en el que los esposos, hartos de despotricar entre sí, empezaron inexplicablemente a descargar su ira contra el viejo, culpándole de todas y cada una de sus desgracias, reveses y varapalos, hasta el punto de que el yerno/nuera convenció al cónyuge para que echase de la casa al abuelo, ya que con eso se aliviarían gran parte de sus males. El/la pobre hijo/a, al principio pensó que aquello era lo que en realidad era, una atrocidad, pero acabó sucumbiendo a las sibilinas artes maritales, y así, tras varias semanas de acusaciones aparentemente severas, aunque sin fundamento alguno, una mañana de un frío invierno, con más de un palmo de nieve en la calle, el/la verdugo se encaró con su progenitor y le dijo:
- Mire padre. Lo siento mucho, pero hoy mismo se tiene usted que ir de casa y arrégleselas como pueda. Comida no le podemos dar porque no hay, así que coja usted esa manta vieja y, al menos, se arropa un poco.-
Calló el anciano, volvió la espalda para que no viesen llorar a un hombre, agarró sus muy escasas pertenencias y se marchó sin más. Pero hete aquí, que cuando no llevaba andados ni cincuenta pasos oyó que su nieto le llamaba:- Abuelo, espera.- Y volviéndose, vio acercarse al chiquillo con unas tijeras en la mano. Se estuvieron juntos un corto rato el viejo y el mozuelo y luego, tras besar al muchacho, aquél continuó su camino mientras el niño volvía a su casa con la mitad de la manta que le habían dado al pobre hombre. Sus padres, extrañados, le preguntaron:-¿Por qué le has quitado media manta al abuelo? A lo que él contestó el chaval: -Porque así, cuando dentro de unos años alguno de vosotros os tengáis que marchar también, al menos tendréis algo con que cubriros-.
Creo yo que, en la actualidad, muchos de los humanos deberían aplicarse este cuento de la media manta y comprobar que el comportamiento que suelen tener hacia los progenitores dista bastante de ser el adecuado y desde luego no dan en pensar que este no es, ni por asomo, el que les gustaría que en el futuro sus hijos tuviesen para ellos. Así pues a estos, a los que hoy aun conviven con sus padres y no les dan el trato merecido, es a los que van dirigidas mis pobres y tristes, pero reales, palabras de hoy.
Por tanto, observará por ello el avispado lector, que no es necesario ser padre, ni tener muchos años, ni tampoco el haber sufrido algún maltrato para darse cuenta de que esto ocurre en demasía. Tanto, que sólo hace falta para comprobar lo expuesto, echar un vistazo en nuestro derredor y ver cuánto desapego hay hacia muchos viejos.

Febrero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 6 de febrero de 2009

jueves, 22 de enero de 2009

El deseo y el ansia

El deseo y el ansia
Ramón Serrano G.

Si hay algo que bien nos pudiese caracterizar y unificar a muchos de los hombres de todos los tiempos, de todos los mundos, de todas las escalas sociales, es un inmenso inconformismo ante los muchísimos avatares que en la vida nos acaecen, y que queda expresado en manifestaciones como estas: ¡si yo tuviera!, ¡si yo pudiera! Y esto nos ha sucedido ayer, nos pasa hoy, y, es seguro, que nos ocurrirá mañana y siempre, pues este deseo inalcanzado es intrínseco a nuestra forma de ser y de pensar.
Vengo a querer decir, que lo mismo que somos poseedores de una mente para poder discurrir y una sangre que necesitamos para poder vivir, parece que nos es igualmente imprescindible una insatisfacción de lo poseído o alcanzado a lo largo y ancho de nuestra existencia, ya sea esta corta o larga. Y aunque mucho haya sido aquello que en ella hemos logrado. Podemos observar además que esa sed de tenencia, ese inconformismo, se da tanto en la juventud, como en los adultos e incluso en los ancianos. Viene a ser lo que nos decía, aquella antigua canción que ustedes recuerdan perfectamente: “El que tiene uno, quiere tener dos; el que tiene cinco, quiere tener diez….”
Y no es que los disconformes o insatisfechos tengan, o tengamos, excesivamente desarrollado el defecto de la avaricia. ¿O sí es eso? Porque yo creo que todas las personas estamos abocados a cometer faltas y, en mayor o menor grado, nos vemos dominados por lo que las religiones dan en llamar pecados, en los que solemos tropezar y caer con relativa frecuencia. Pero dentro de estos fallos en nuestro comportamiento, hay unos que cometemos con mucha más asiduidad que otros, los cuales sólo trasgredimos en ocasiones muy puntuales. Por otra parte, es obvio, que aun cuando alguien sea un ladrón o un criminal por naturaleza, no se está robando o asesinando continuamente.
Así, sin querer establecer una relación exhaustiva de cuáles son los, llamémosles, vicios que podríamos denominar usuales y cuáles aquellos que podríamos tildar de esporádicos, y sin desear tampoco una graduación, o una escala de la gravedad que comporta la comisión de cada uno de ellos, sí me avengo, y me imagino que estarás de acuerdo conmigo querido lector, en que nuestra estadía o permanencia en el mal hábito de la pereza, o en la soberbia, o en la envidia, y no digamos en la avaricia, suele ser muy continuada para muchos.
Mas, desocupándonos hoy de las demás culpas, centremos nuestra atención en esta última y veremos cómo la ambición desmedida suele ser maldad harto recia y demoledora de nuestros actos y en muchos sentidos además. Claro que, antes de seguir, nos convendría hacer una clara distinción entre la avidez maliciosa y, sobre todo, desmedida, y el lógico deseo de mejora y consecución que esencialmente posee el ser humano, y a esto, claro está, no se le debe tildar de esa forma. Porque viene a ser lógico, y sin duda provechoso, que haya una disconformidad en nosotros que nos lleve a intentar mejorar nuestra posición, y estoy refiriéndome a cualquier clase de esta.
Aclarémonos. En primer lugar hemos de dejar bien definido que la intención de beneficio y de mejoramiento es consustancial a las personas y por ello plausible y permitido, e incluso alabado. ¡Pobre de aquel que con casi nada, o poco, se conforma y no mantiene jamás aspiración de mejora o de ganancia, ya sea esta material o espiritual! Entonces, si vamos a desacreditar las normales apetencias humanas de mejora y de posesión, ¿no estaremos cayendo en una contradicción pura y dura?
No cabe el caso, ya que antes pasaremos a distinguirlo muy claramente. Deseo, es tender con el pensamiento al logro, o a la posesión, de algo que nos daría alegría. Unas ganas nobles de encontrar mejoría para nuestro estado, pero dentro de un orden. Ansia, por el contrario, no es sino ese mismo deseo, pero en grado extraordinariamente intenso, desordenado, e incluso pecaminoso. Es la avaricia incontenible de poseer más y más, y encontrar esa posesión de cualquier forma, apta o no apta, legal o ilícitamente. El uno, como va dicho, es aceptable, plausible, beneficioso. La otra es digna de reprobación y censura. Y podría parecer que hay dificultad en reconocer cuál es la línea que separa una actitud de la otra, pero no es así, que cada uno sabemos, bien a las claras, qué es lo bueno y qué lo perverso.
No me parece necesaria la aclaración, digo, pero como ejemplo cabría recordar que todos conocemos a personas que, partiendo desde abajo, han ido mejorando su posición y su economía hasta alcanzar cotas muy satisfactorias y viviendo en ellas, felices, durante el resto de su vida. Pero igualmente sabemos de otros, que habiendo alcanzado lo suficiente, y aún más, no se han sentido ahítos y han buscado empresas demasiado altas, o un atesoramiento excesivo, que a veces no han sido capaces de lograr, o que si lo han hecho les ha conducido a la infelicidad e incluso les han metido en la pobreza. Sí en la pobreza, ya que sólo tienen dinero y una gran carencia de todo lo demás. Pasa con esto lo que con la comida, que lo poco es natural, y aun necesario y conveniente, mientras que el exceso es pecaminoso, e inclusive perjudicial para nuestra salud. Y viene a ocurrir lo mismo con la temperatura corporal, que es saludable si está en menos de 37º, mas si los supera es enfermiza e incluso letal.
Para un mayor abundamiento les contaré una vieja historia que corre por ahí y que cuenta cómo dos hombres, de regreso a su lugar, se toparon, por casualidad, con un inmenso montón de monedas de oro semienterradas en una cueva. Cada uno quiso aprovisionarse lo más que pudo, pero mientras que uno fue consecuente con sus facultades, sólo cargó aquello que podía transportar y con eso marchó a su pueblo, en donde vivió rico el resto de sus días. El otro por su parte, codicioso en extremo, atiborró dos grandes sacos, que echó como pudo sobre sus espaldas, con lo que se marchó hacia su casa tambaleante. Y dicen que el sobrepeso le extenuó tanto, que al poco de su camino se trastabilló y cayó por un terraplén, falleciendo aplastado por el peso de los talegos.
Decía sabiamente Epicuro, que quien quiera ser rico no debe afanarse en aumentar sus bienes, sino en disminuir su codicia.

Enero 2009
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de enero de 2009

jueves, 8 de enero de 2009

La homilia

La homilía
Ramón Serrano G.

Quisiera, ante todo, dar otra vez mi más sincero agradecimiento a aquellas personas que de vez en cuando tienen la amabilidad de exponerme sus críticas sobre alguno de mis escritos, aunque he de decir también (que uno tiene su corazoncito) que igualmente me suele llegar alguna loa. Pero no vengo aquí al autobombo, y por tanto es a aquellas, a las reprobaciones, a las que quiero referirme. Vayamos a ello.
Partiendo de la base de que el primer lector de mis artículos y, desde luego, el más exigente para con ellos soy yo mismo, he de decir que admito gustosamente esas consideraciones que se me hacen acerca de lo que debiera haber puesto en vez de lo que dije. Sé, positivamente, que se me hacen con la mejor intención y la mayoría de las veces con justicia. Faltaría más que yo no lo entendiera así y cometiera la arrufadía de pensar que son los lectores siempre los equivocados. No, no podrían serlo. Pero es que además, manifiesto agradecido que sus análisis me son muy útiles por varios motivos: en primer lugar porque menguan mi ego, me enseñan, y además me sirven de estímulo para tratar de no volver a cometer errores.
Como pueden suponer hay opiniones de todas clases, es natural, pero el otro día me transmitieron una que llamó poderosamente mi atención. Alguien me dijo que muchos de mis textos son como una homilía, y que además no se corresponden las afirmaciones o los consejos expresados en algunos de ellos con mis hechos cotidianos. O sea que a veces no predico con el ejemplo. Aquello de haz lo que yo te diga pero no lo que yo haga. Lo acepté como siempre y lo agradecí. Lo hice, porque creo sinceramente que es el comportamiento obligado que se debe tener ante quien se toma la molestia de leerme y luego añade a eso la desagradable tarea de decirte que lo que has hecho no es totalmente adecuado. Más tarde, ya a solas, en la intimidad de mi cuarto de trabajo, empecé a analizar la verosimilitud del juicio apuntado, cosa que suelo hacer siempre. Y tras detenido estudio, llegué a la conclusión de que esta vez mi “oponente” no estaba acertado en su veredicto, tanto en llamar a mis consejos conciones, como el de recriminarme que no fuese yo el primero en seguirlos. Paso ahora a explicar, con la mayor humildad, el porqué de estas creencias.
Empezaré por la segunda diciendo que sé perfectamente que no siempre cumplo con la norma, pero tampoco soy un demonio. Además, aquel que da una recomendación no tiene por qué seguirla constantemente. Por muchos motivos. Simplemente porque sepa el modo mas no el cómo, o porque, quizás y sencillamente, no tenga la fuerza de voluntad para hacerlo. Así, el comentarista de una corrida de toros o de un partido de fútbol dice, con fundamento, cómo se da una verónica o se tira un penalty, pero eso no indica que él sepa efectuarlo. Todos conocemos a algún médico que aconseja no fumar, pero él se echa un pitillito. Además ocurre que los actos de una persona son observados por muy pocos, y siempre en el momento de ejecutarlos, por lo que su difusión debe ser mínima, mientras que los escritos suelen llegar a muchos rincones y leerse en muchos momentos, por lo que su influencia es mayor, comprensiblemente. Permítaseme la osadía de este ejemplo: la vida de Cervantes es sabida por sus estudiosos y poco más, mientras que son millones los que han conocido y bien a D. Quijote.
En cuanto a la primera observación, debo manifestar que, al escribirlos, no es mi intención que se tomen como tal, o sea, como sermones moralizantes, que no pertenezco a la Orden de Predicadores, ni tengo preparación para ello. Tampoco soy, aunque bien lo quisiera, un Fernández de Andrada para escribir otra Epístola moral a Fabio. A lo sumo es posible que me lance a escribir esas cosas debido a la experiencia que me dan mi poco conocimiento y mis muchos años, pero, repito, que no trato en ningún momento de adoctrinar a nadie, sino en decir a quien quiera leerme lo que estimo que puede ser beneficioso. Y lo hago sabiendo que mi pobre obra es como la de aquel que manda un mensaje en una botella; como la emisión a las ondas del radioaficionado; como la creación de una página de Internet. Que no se sabe nunca ni quién lo va recibir, ni qué uso hará de ello. Pero uno es así de iluso y piensa que para tratar de lograr la imposible misión de aminorar las actuales costumbres que imperan hoy en día de crispación, violencia, latrocinio o desfachatez, y renuncio a enumerar otras muchas de la misma índole, pudiera ser que ayudara un algo las humildes palabras que me atrevo a publicar.
Es este, y ningún otro, el motivo que me hace escribir así a veces. No sé, de todos modos, si efectivamente llevo razón yo, o por el contrario, está más acertado mi crítico amigo. Pero eso importa poco. No se trata de saber si hay vencedor o vencido. De todas formas, y como creo que con mi actitud no ofendo a nadie, seguiré defendiendo lo importante que es aconsejar bien, ya que las palabras aleccionadoras son como el aire, que vuelan, llegan a todos los rincones y son beneficiosas para vivir.

Enero 2009

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de enero de 2009

jueves, 18 de diciembre de 2008

La riqueza

La riqueza
Ramón Serrano G.

Y digo yo: ¿quién es más pobre: aquél que nada tiene, o aquél otro, que habiendo algo, ya sea esto poco o mucho en cuanto a la cantidad o la calidad, siempre se haya atormentado al parecerle que ese algo es insignificante o escasamente valioso, no porque en sí lo sea, sino por no saber dar aprecio a su posesión? Por otra parte, y apoyándonos en ello: ¿es que hay persona alguna que nada tenga? Pero vayamos a esto y veamos luego lo primero.
Es archisabido lo de la eterna y desigual distribución de la riqueza, sea esta del tipo que fuere, y también lo es, aquello otro de la aceptación o la disconformidad con lo poseído, que lleva al ánimo del hombre a un estado apacible o desasosegado. Que hay quien vive corrompido por la avaricia, o al menos por el ansia, y quien lo hace con un acomodamiento sobre su hacienda (ya sea esta material física o psíquica) más o menos sincero y, por lo tanto, más o menos plausible. Y quien lo hace con una enorme y absurda ignorancia sobre sus caudales.
Es a estas personas a las que quiero referirme. A quienes viven su vida casi rutinariamente, con un conformismo absurdo, creyendo carecer de mucho, o de poseer muy poco, y que si algo hay en su tenencia, esto es de escasa o nula monta. Fijémonos y veremos que es cierto que así ocurre y que así ha ocurrido siempre, porque muchos han sido y son poseedores de algo, aunque sea parvo, y no supieron, y no saben, valorar bien su alodio. Veamos algunas anécdotas para corroborar lo dicho.
Hacia la mitad del siglo XX era muy común ver aparecer por los pueblos a grupos de gitanos que los recorrían calle por calle, casa por casa, comprando muebles viejos y otros apechusques. Les interesaba todo aquello que pareciese inservible, y que, por desusado, fuese ya sólo un nido de suciedad. Las gentes, hartas de tener tanto trasto y tanto estorbo, les daban por “tres y ná” enseres que fueron de su familia y llevaban años arredrados en las cámaras. Y las más de las veces se deshacían así de antiguallas rancias, pero en ocasiones, estaban malvendiendo ranzales, percheros o jofainas, que eran joyas.
Curiosa era, por otra parte, la actividad que desarrollaban algunas “bondadosas almas”, también por esos años y por el este de Ciudad Real y el sur de Cuenca. Al menos por esos sitios los vi actuar en varias ocasiones, aunque imagino que sería mucho más extenso su campo de operaciones. Solían ir en parejas, aseados, no mal vestidos, y callejeando puerta por puerta, se presentaban como amigos de las “Misiones” a veces y, a veces incluso, como legados episcopales. No pedían dinero. No. Lo que solicitaban eran sellos. Tan sólo sellos. –Mire buena mujer, decían con voz meliflua. Usted, a lo mejor, conserva las cartas que su novio (o su marido, o su hermano), le enviaba cuando estuvo haciendo la mili en Cartagena, o en Ifni, o aún en Cuba, que algunos casos hubo. Si quisiera darnos los sellos de esas cartas, con su venta se quitaría el hambre a muchos niños de África- Y las pobres aldeanas, creyendo que ayudaban con ello a resolver un poco la indigencia de otros mundos, rebuscaban en cómodas y arcones hasta dar con un fajo de papeles desvaídos. Casi con fervor se lo entregaban a los “apóstoles” de la caridad, los cuales, con mimo, iban separando las estampillas de los sobres. –Gracias buena mujer. Los negritos podrán comer y Dios se lo premiará.- Luego ni misiones ni gaitas. Se iban a las filatelias de Madrid o Barcelona, vendían los sellos y se quedaban con sus buenos cuartos. Puedo asegurarle, querido lector, porque me consta, que muchas, muchísimas veces los timadores obtenían para sí pingües beneficios con aquellos saqueos filatélicos.
Aunque este sea de otro estilo, un último ejemplo de la ignorancia del valor de lo poseído. Hoy, casi todos conocemos, los maravillosos monumentos, paisajes y lugares de los que podemos disfrutar en nuestra incomparable España. Por citar algunos, y sin que ello indique menosprecio para los demás, nombraré la Giralda, la pulchra leonina, la playa de la Concha, la Alambra, los picos de Europa, Doñana, Altamira, o el Teide. Pero hay otra cantidad inmensa de sitios de una belleza, si no tan espectacular, sí realmente extraordinaria, y que sin embargo, no son conocidos por el gran público. Al igual que antes citaré, por ejemplo, La Alberca, la garganta divina del Cares, Ochagavía, Moreruela, Añisclo, Albarracín, o Cudillero, como podría hacerlo igualmente con los restantes 47.812 villas y parajes que, con esa exactitud, hay en nuestra patria, y que sin tener aparentemente la grandiosidad de los primeros, son de una belleza y un encanto singulares. Y sin embargo muchos, la mayoría, nos morimos sin verlos y, ni tan siquiera, sin haberlos oído nombrar.
Pues igual viene a ocurrir con los haberes humanos. Hay personas que están dotadas cuantiosamente de muchos valores, mientras que otros tan sólo tenemos algunos destellos de virtud o gracia. Conocemos la enorme valía de Cervantes, Rembrandt, Fleming o Teresa de Calcuta. Pero nos morimos sin darnos cuenta, y por tanto sin valorar, el altruismo de Gaudencio, nuestro vecino del 2º-B. O la exquisita educación de Balderico, nuestro compañero de trabajo. O el fino humor de Serapio, el vendedor de la ONCE. O el inmenso sentido de la amistad de Abudemio, nuestro compañero del “cole”. O la gran laboriosidad del tendero de la esquina, o la impecable limpieza de este, el perenne bien hablar acerca todo el mundo de aquél, el “pellizco” que tiene ese de allí para entonar una soleá, o la ponderación y mesura de esotro. A todas esas “menudencias” no le damos apenas la debida importancia. Nos parecen la purria que ha sobrado tras haber elegido lo mejor. Algo que sí, que está bien, pero que da casi lo mismo tenerlo que carecer de ello.
Y no es así. Esos “pequeños” y desapercibidos valores son algo maravilloso. Tanto, que gracias a ellos la sociedad puede mantenerse con un poco de dignidad. Son las defensas que nos libran de que nuestra vida no se desarrolle en un auténtico estercolero y que cada mañana podamos recibir alguna bocanada de aire puro y gratificante que oxigene nuestra mente. El tónico que precisa nuestro corazón. El analéptico que necesitamos para mantener con fuerzas nuestra alma.
Si somos conscientes de que esto es completamente cierto, y creo con sinceridad que lo es, veremos como, contestando a la segunda pregunta que hacía al inicio, no existe nadie que nada haya en su haber. Todos, unos más, otros menos, poseen algo de valor en sí mismos. Un haber que tal vez sea pequeño, tal vez ínfimo, o si se quiere común y corriente, pero puede que no sea de ese modo y esté poco, nada, o mal valorado. Deberíamos entonces, y mucho ganaríamos con ello, el ir acostumbrándonos a descubrir y justipreciar esos tesauros, auténticos y formidables, que muchos seres poseen, y que los tenemos ahí mismo, a nuestra vera, y para nuestro beneficio. ¡Qué pena que haya tanta riqueza subestimada!

Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de diciembre de 2008

viernes, 5 de diciembre de 2008

El grano de arena

El grano de arena

Parece mentira, pero hay que ver cómo, a la mayoría de los humanos, nos incordia y afecta para mal a nuestro ánimo, que cualquier cosa, por nimia o intranscendente que sea, altere en poco o en mucho nuestros deseos, gustos o intenciones. Es como la incomodidad que sentimos cuando un grano de arena se nos mete en un ojo.
Sucede por ejemplo, y todos lo sabemos porque todos lo hemos o lo estamos pasando, cuando suena el despertador anunciando que es la hora de levantarse para ir al tajo y tenerse que enfrentar con el frío o el calor, soportar la mala uva del jefe o aguantar un extenso o incómodo horario laboral. Menudo geniecillo se le/nos pone a más de uno. En realidad ocurre que con cualquier cosa que interfiera aunque sea en lo más mínimo nuestra personalísima forma de pensar, empezamos a jurar en arameo. ¡Qué más da lo que sea! El caso es que no estamos a gusto con nada que se diferencie en algo de nuestra apetencia. Algo que no permita que las cosas se desarrollen según nosotros las teníamos planeadas.
Es como una especie de pathos que ataca y consigue alterar de un modo intenso a nuestro estado de ánimo y, lo que es peor, a nuestro comportamiento. Y, reconociendo que hay seres de diversas clases: comprensivos e intransigentes, sosegados y nerviosos, tranquilos e impacientes, vemos a diario, cómo un gran número de personas reaccionan con desasosiego ante situaciones, si no normales, sí muy corrientes, y que podríamos considerar muy acertadamente como livianas. A este respecto, vendría muy bien recordar lo que Stephen Covey, catedrático universitario norteamericano, habla del “Principio 10/90”, en el cual viene a decir, más o menos, lo siguiente:
-Deberíamos pensar en que sólo un 10% de la vida está relacionado con lo que nos pasa, mientras que el 90% restante lo está con la forma que nosotros reaccionamos ante ello. O sea, que no tenemos control, únicamente, ante un 10 % de lo que nos sucede. Así, no podemos evitar que el coche se averíe, que haya un atasco o que el avión llegue con una hora de retraso. Pero sí que podemos reaccionar convenientemente ante ello.
Y cuenta luego, que una mañana, cuando desayunaban unos padres con su hijita, ésta tira involuntariamente una taza de café, manchando la camisa del hombre. Éste, de inmediato, maldice, grita, regaña a la niña, que rompe a llorar asustada, critica a su esposa por no saber colocar la vajilla y tras un rato de vituperios, imprecaciones y palabros, va a cambiarse la camisa para acudir al trabajo en condiciones. Cuando regresa, ve a su hija llorando aún porque, con el berrinche, ha perdido el autobús, lo cual le obliga a él a llevarla en el coche hasta el colegio. Como ya va con retraso, conduce demasiado deprisa, lo que hace que le denuncien por exceso de velocidad. Al llegar la chiquilla se baja del coche y, enfadada, se marcha sin ni siquiera decirle adiós. Con todo este lío llega tarde al trabajo y observa además que ha olvidado el portafolios. Todo le sale fatal. Luego, por la noche, se da cuenta de que tuvo un mal día. Pero quién lo causó: ¿la niña que derramó el café?, ¿el policía que le multó? No. Él fue el único culpable de lo sucedido al perder el control sobre sí mismo y tener un comportamiento inapropiado, ya que de haber reaccionado de una manera afable, todo hubiese quedado en una simple anécdota sin importancia. Continúa el profesor con otros ejemplos, también muy interesantes, sobre el poco raciocinio que solemos tener en el desarrollo diario de nuestras conductas. Pero bástenos a nosotros con el caso expuesto.
Reconozcamos que es incontable, como al principio apuntaba, el número de veces que respondemos de un modo estúpido ante una situación completamente normal, nada considerable y mucho menos trascendente, siendo la única razón de nuestros inapropiados cabreos y desafueros, que algo ha torcido un tanto nuestros proyectos. Y lo hacemos, porque no tenemos en cuenta algunos principios básicos para el buen comportamiento de una persona.
En primer lugar, y ante todo, que se debe cuidar siempre, y muy mucho, dichos y comportamientos ya que quien pierde los modales pierde la razón. Esto es importantísimo. Y luego, que hay algo llamado equilibrio, que debe imperar en el correcto desarrollo de la vida. Aquello de que no se deben matar moscas a cañonazos. Porque vamos a ver: ¿merece la pena que porque una “listillo” quiera salir antes en un semáforo, porque una pebetera paloma haya deslustrado con sus heces nuestro atuendo, porque se haya escachifollado la “tele” justo cuando iban a dar nuestro programa favorito, porque el domingo, al ir a preparar ese sorbete de limón que nos sale tan rico, nos demos cuenta que se nos ha terminado la albahaca, merece la pena, digo, que por cualquiera de esas cosas u otras parecidas, todas ellas de nula enjundia en el fondo, agarremos un enfado descomunal que nos llene de bilis todo el día?.
Vamos entones a enfocar los problemas en su justa medida. Démosle importancia a lo que realmente la tiene, o al menos en lo que nosotros podamos influir para su correcto funcionamiento. Nos irá mucho mejor si para lo otro, para lo fútil o poco sustancial, somos consecuentes y no hacemos una montaña de un simple grano de arena.

Diciembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de diciembre de 2008