El cielo
Ramón Serrano G.
En primerísimo lugar, y como siempre hago en las contadas ocasiones en las que hablo de algún tema que aluda o roce a alguna creencia o ideología, ya fuese mucho o poco, aunque sólo sea ligeramente, proclamo que mis palabras puede que no sean de loa, pero desde luego no lo son nunca, y para nada, de crítica. Simplemente, si hago referencia a esas convicciones, es para que la alusión sirva de base a la expresión de mis sentimientos. Por ello, y de antemano, pido perdón a quien dé en pensar que no trato en algún momento cualquier tema con el debido respeto. Pero repito de nuevo, y para que lo sepan bien quienes me lean, que no tengo intención jamás de juzgar, y mucho menos de molestar a nadie, con mis criterios y expresiones.
Pedidas de antemano las correspondientes disculpas, por si fuese necesario, vengo en decir que cuando habla tanto la religión católica, como alguna que otra más, de ese cielo en el que las almas, liberadas de sus cuerpos, encontrarán la más completa dicha, todos aquellos que opinan de una manera simplista sobre la existencia de ese lugar, entre otras muchas reticencias, siempre acuden a aquellas tan manidas de: ¿dónde está ubicado?, ¿qué extensión tiene?, ¿cuánto dura la estancia en él?, ¿con qué personas nos vamos a juntar allí?, y así, otras muchas naderías que no les dejan ver la verdadera esencia de esa estancia desconocida pero, al parecer, idílica y sobre todo trascendental.
Vino a sucederme hace poco, en la soledad de mí mismo y tratando de dar alguna satisfacción al espíritu, que empecé a recordar a los amigos, y a varias de las muchas ocasiones y episodios que con ellos he tenido la inmensa satisfacción de compartir. Fueron desfilando entonces por mi magín unas y otros, vecinos y ausentes, vivos o finados, por lo que fui depositando la remembranza de cada uno de ellos en apropiado azafate y luego, de cada uno de ellos, fui recordando vivencias. Y caí en la cuenta de que vivencia es palabra creada por el gran maestro Ortega y Gasset, que la definió como experiencia del sujeto que contribuye a formar su personalidad. Y alcanzó a ver mi caletre con cuánta intensidad se da en mi caso esa definición, ya que es mucho lo que ellos, los amigos, han participado e influido en lo que de bueno pueda tener yo, si es que acaso tengo algo.
Fue en ese momento de añoranzas amistosas, cuando pensé en ese paraíso del que hablaba anteriormente y me dije que si los textos cristianos están llenos de parábolas, ninguna podría haber mejor que esta alegoría real que yo estaba viviendo para demostrar fehacientemente la veracidad de la existencia del edén, ya que cumplía rigurosamente con todos los requisitos que se pregonan en el anunciamiento del mismo. Veámoslo, o al menos, tratemos de explicarlo.
Cuando a alguien se le ocurre esto de ponerse a recordar a quien uno quiere, se le otorga, en primer lugar, un estado de felicidad pura, sin peajes de ningún tipo, como pudieran ser los de indumentaria, desplazamiento, tiempo, cooperación, o cualquier otro que podamos imaginar. Es ese gozo completamente subjetivo e íntimo, por lo que puede dársele la extensión, grado y duración que a cada quien apetezca, sin que, por otra parte, tenga que haber nunca revelación no deseada de lo pensado a ajenos, la cual pudiera conceder importancia a unos y detrimento a otros.
No tiene tampoco, como es natural, limitaciones de perseverancia, interrupciones o continuidad, ya que es factible acceder a esas agradables actividades memoriosas cuando y cuantas veces se quiera, sin que ello suponga gasto o deterioro alguno para quien lo practica. Es, sin lugar a dudas, el fácil acceso a uno de los mayores estados de felicidad que el ser humano puede alcanzar a lo largo de su vida. En una palabra, es como estar acomodado en el cielo.
Por lo que me dije: -Entonces, eso debe ser el empíreo, sólo que visto desde una perspectiva terrenal. Y ha de ser así, ya que esas ensoñaciones reúnen todas las condiciones que aquél gratificante e ignorado espacio posee según tengo oído. En primer lugar, la ubicación se desarrolla en la mente, o sea en el alma, por lo que no está en ningún lugar físico determinado. Su extensión es la que cada uno quiera darle, y su duración igual, añadiendo que esta puede mantenerse un segundo, una noche de desvelo, o una vida, y que ambas dependen de la voluntad del agente. Lo cual ocurre también con el número de personas que convocamos o hacemos asistir al evento. Sean una, siete, cien o un millón, todas caben allí y lo que aún es mejor, nadie estorba a nadie, ninguno excluye o molesta a ningún otro, aunque hayan sido evocadas por mor de amistad, amor, ideología o afición.
-Sí, eso es, me dije. Así debe ser el paraíso anunciado. Estoy seguro. Además, es lo que ya les tengo dicho tantas y tantas veces: que tener buenos amigos, amores o apegos, es estar en el cielo. Tanto en el de aquí, como en el del más allá. Y creo, sinceramente, que el no verlo de ese modo es ser un pobre bausano.
Setiembre 2008
Publicado en ·El Periódico” de Tomelloso el 19 de setiembre de 2008
jueves, 18 de septiembre de 2008
jueves, 4 de septiembre de 2008
El camino
El camino
Ramón Serrano G.
“Muchas personas pierden las pequeñas alegrías, pensando sólo en obtener una gran felicidad”
Pearl S. Buck
Aunque podríamos definirla de mil formas, convengamos amigos en decir que la felicidad no es sino una determinada situación de nuestro ser. Un estado de ánimo circunstancial, y en suma un bien, aunque este sea de entidad y consistencia muy distintas para unos que para otros. Es, por otra parte, un tesoro que algunos alcanzan y que muy pocos saben disfrutar, que pareciese que algunas personas en vez de tener un espíritu hedónico, ansiaran el penar y el sufrimiento. Tiene la naturaleza de la particularidad o el individualismo, que lo que viene a satisfacer a unos no siempre es grato a otros, y viceversa.
Y dentro de esas especiales y personalísimas condiciones de la dicha, hay una que está muy extendida erróneamente entre los humanos, ya que una increíble cantidad de estos creen que la felicidad estriba en alcanzar o conseguir algo, sin llegar a darse cuenta que ella no está sólo en el fin, sino que está también en el camino que nos conduce a ese término deseado. Ocurre entonces con demasiada frecuencia, que no damos en valorar convenientemente el acontecer de cada jornada y los numerosos momentos que podemos encontrar a lo largo de ese itinerario emprendido diariamente para alcanzar dicha felicidad. Que estando ilusionados con lo que nos traerá el futuro, no disfrutamos de los placeres del presente.
Ejemplos varios hay que nos pudieran servir de aclaración a lo dicho. Yo recuerdo cuando era niño, cuando no había autopistas y por desgracia la mayoría de las carreteras eran blancas, que al hacer un viaje, pese a las incomodidades suministradas por el estado de calzadas y vehículos, se iba gozando con la vista de los campos y de los pueblos, ya que todas las vías, tanto las comarcales, e incluso las nacionales, atravesaban pueblos y ciudades, y en el desplazamiento, se llegaba a conocer la ruta detenida y detalladamente. El viajero se quedaba admirado al contemplar el Paso de Despeñaperros, el puerto de Piedrafita do Cebreiro o las costas de Garraf. Y se deleitaba comiendo mantecadas en Astorga, cabrito asado en Andújar y fresas en Aranjuez. Algo así es lo que nos quiere decir García Lorca cuando canta que Antoñito “el Camborio” va a Sevilla, a ver los toros, pero aprovecha el viaje y: “..a la mitad del camino/ cortó limones redondos/ y los fue tirando al agua/ hasta que la puso de oro…”.
Ahora no. En aras de la seguridad y de la prisa se han construido unas modernas autovías, que son infinitamente mejores para la tranquilidad del viajero y sobre todo para su integridad. Nadie lo duda y su implantación es de agradecer, pero debido a los terraplenes que hay forzosa y constantemente a sus lados y durante todo su recorrido, da igual circular por la Llanura Manchega o por los Picos de Europa, que el paisaje siempre es el mismo. Y en cuanto a un posible refrigerio, ya es imposible encontrar algún sitio con chispa o encanto, y ha de hacerse necesariamente en unas impersonales áreas de servicio, donde todo tiene un monótono, sempiterno y poco agradable sabor. Cabe pensar que de esta manera alcanzaremos antes y de forma más placentera aquello que motivó el viaje, la llegada a nuestro punto de destino. Sí, pero no deberíamos olvidar que de ese modo, desperdiciamos muchas ocasiones de ser dichosos a lo largo de la ruta que estamos atravesando. Que hemos conseguido un bezoar para contrarrestar los males de la ruta, pero ha sido a costa de perder grandes disfrutes.
Valdría igualmente como ejemplo, aunque mucho más satisfactorio, la felicidad del labrador que alcanza no sólo en la recolección, sino además cuando ve ir pugueando su siembra o aparecer los borrones en sus cepas, ambas cosas auguradoras de una cosecha rica y compensatoria a sus muchos esfuerzos. O al embeleso de los padres que ven crecer al hijo día a día, y que cada jornada atisban cómo va haciendo algún progreso, sin tener que esperar a que el vástago alcance su desarrollo completo para estar deleitados con él.
No, la felicidad no debe ser nunca tan sólo la recompensa final a una actitud o a una forma de proceder, sino la consecuencia constante de un modo de comportamiento acorde con lo que deseamos y siempre que ello esté entre las normas de la ortodoxia. El saber obtener algo positivo y deleitoso en el acontecer diario que, si nos fijásemos bien, veríamos que está lleno de posibilidades de dicha, las cuales, no por pequeñas, son menos acarreadoras de un grato placer. La hormiga va contenta introduciendo en su silo pequeñas porciones que son las que acaban por llenar su granero satisfactoriamente.
Vamos, pues, a mentalizarnos que se puede ser feliz todos y cada uno de los días que vivamos, y que eso lo habremos de conseguir si sabemos detenernos en cada lugar de nuestra senda que sea mecedor de ello. Si somos capaces de reconocer lo muy valiosos que pueden llegar a ser algunos momentos que a primera vista parecen insustanciales. Y considerar que si tenemos la consciencia de que hay que luchar por las cosas y que supone una gran satisfacción el conseguirlas, por qué razón vamos a desechar la alacridad que se tiene en el espacio que media desde que empezamos a desear algo hasta que lo obtenemos. Debe animarnos a ello, el recordar que lo que se ingiere en pequeñas porciones se digiere con mayor facilidad y provecho.
Por todo ello, y por muchos que sean los obstáculos que podamos encontrar en el camino que ha de llevarnos a la consecución de nuestro ideal, no debemos obcecarnos por eso e ignorar la belleza del trayecto. ¿Acaso no recuerda el estudiante su paso por las aulas con auténtico placer? ¿O los enamorados no suelen estar tan ilusionados o más, y por supuesto tan felices, antes que después de la boda?
No. Hay que aprenderse muy bien que la felicidad es un trayecto y no un destino, y que sería casi teratológico no admitirlo así. Por tanto no desaprovechemos las oportunidades que jornada a jornada se nos presentan para el deleite, que de no hacerlo, estaremos renunciando a muchas satisfacciones inmediatas en aras de un gozo futuro e incierto. Algo parecido a aquello que se dice del valor del pájaro en mano… Setiembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de setiembre de 2008
Ramón Serrano G.
“Muchas personas pierden las pequeñas alegrías, pensando sólo en obtener una gran felicidad”
Pearl S. Buck
Aunque podríamos definirla de mil formas, convengamos amigos en decir que la felicidad no es sino una determinada situación de nuestro ser. Un estado de ánimo circunstancial, y en suma un bien, aunque este sea de entidad y consistencia muy distintas para unos que para otros. Es, por otra parte, un tesoro que algunos alcanzan y que muy pocos saben disfrutar, que pareciese que algunas personas en vez de tener un espíritu hedónico, ansiaran el penar y el sufrimiento. Tiene la naturaleza de la particularidad o el individualismo, que lo que viene a satisfacer a unos no siempre es grato a otros, y viceversa.
Y dentro de esas especiales y personalísimas condiciones de la dicha, hay una que está muy extendida erróneamente entre los humanos, ya que una increíble cantidad de estos creen que la felicidad estriba en alcanzar o conseguir algo, sin llegar a darse cuenta que ella no está sólo en el fin, sino que está también en el camino que nos conduce a ese término deseado. Ocurre entonces con demasiada frecuencia, que no damos en valorar convenientemente el acontecer de cada jornada y los numerosos momentos que podemos encontrar a lo largo de ese itinerario emprendido diariamente para alcanzar dicha felicidad. Que estando ilusionados con lo que nos traerá el futuro, no disfrutamos de los placeres del presente.
Ejemplos varios hay que nos pudieran servir de aclaración a lo dicho. Yo recuerdo cuando era niño, cuando no había autopistas y por desgracia la mayoría de las carreteras eran blancas, que al hacer un viaje, pese a las incomodidades suministradas por el estado de calzadas y vehículos, se iba gozando con la vista de los campos y de los pueblos, ya que todas las vías, tanto las comarcales, e incluso las nacionales, atravesaban pueblos y ciudades, y en el desplazamiento, se llegaba a conocer la ruta detenida y detalladamente. El viajero se quedaba admirado al contemplar el Paso de Despeñaperros, el puerto de Piedrafita do Cebreiro o las costas de Garraf. Y se deleitaba comiendo mantecadas en Astorga, cabrito asado en Andújar y fresas en Aranjuez. Algo así es lo que nos quiere decir García Lorca cuando canta que Antoñito “el Camborio” va a Sevilla, a ver los toros, pero aprovecha el viaje y: “..a la mitad del camino/ cortó limones redondos/ y los fue tirando al agua/ hasta que la puso de oro…”.
Ahora no. En aras de la seguridad y de la prisa se han construido unas modernas autovías, que son infinitamente mejores para la tranquilidad del viajero y sobre todo para su integridad. Nadie lo duda y su implantación es de agradecer, pero debido a los terraplenes que hay forzosa y constantemente a sus lados y durante todo su recorrido, da igual circular por la Llanura Manchega o por los Picos de Europa, que el paisaje siempre es el mismo. Y en cuanto a un posible refrigerio, ya es imposible encontrar algún sitio con chispa o encanto, y ha de hacerse necesariamente en unas impersonales áreas de servicio, donde todo tiene un monótono, sempiterno y poco agradable sabor. Cabe pensar que de esta manera alcanzaremos antes y de forma más placentera aquello que motivó el viaje, la llegada a nuestro punto de destino. Sí, pero no deberíamos olvidar que de ese modo, desperdiciamos muchas ocasiones de ser dichosos a lo largo de la ruta que estamos atravesando. Que hemos conseguido un bezoar para contrarrestar los males de la ruta, pero ha sido a costa de perder grandes disfrutes.
Valdría igualmente como ejemplo, aunque mucho más satisfactorio, la felicidad del labrador que alcanza no sólo en la recolección, sino además cuando ve ir pugueando su siembra o aparecer los borrones en sus cepas, ambas cosas auguradoras de una cosecha rica y compensatoria a sus muchos esfuerzos. O al embeleso de los padres que ven crecer al hijo día a día, y que cada jornada atisban cómo va haciendo algún progreso, sin tener que esperar a que el vástago alcance su desarrollo completo para estar deleitados con él.
No, la felicidad no debe ser nunca tan sólo la recompensa final a una actitud o a una forma de proceder, sino la consecuencia constante de un modo de comportamiento acorde con lo que deseamos y siempre que ello esté entre las normas de la ortodoxia. El saber obtener algo positivo y deleitoso en el acontecer diario que, si nos fijásemos bien, veríamos que está lleno de posibilidades de dicha, las cuales, no por pequeñas, son menos acarreadoras de un grato placer. La hormiga va contenta introduciendo en su silo pequeñas porciones que son las que acaban por llenar su granero satisfactoriamente.
Vamos, pues, a mentalizarnos que se puede ser feliz todos y cada uno de los días que vivamos, y que eso lo habremos de conseguir si sabemos detenernos en cada lugar de nuestra senda que sea mecedor de ello. Si somos capaces de reconocer lo muy valiosos que pueden llegar a ser algunos momentos que a primera vista parecen insustanciales. Y considerar que si tenemos la consciencia de que hay que luchar por las cosas y que supone una gran satisfacción el conseguirlas, por qué razón vamos a desechar la alacridad que se tiene en el espacio que media desde que empezamos a desear algo hasta que lo obtenemos. Debe animarnos a ello, el recordar que lo que se ingiere en pequeñas porciones se digiere con mayor facilidad y provecho.
Por todo ello, y por muchos que sean los obstáculos que podamos encontrar en el camino que ha de llevarnos a la consecución de nuestro ideal, no debemos obcecarnos por eso e ignorar la belleza del trayecto. ¿Acaso no recuerda el estudiante su paso por las aulas con auténtico placer? ¿O los enamorados no suelen estar tan ilusionados o más, y por supuesto tan felices, antes que después de la boda?
No. Hay que aprenderse muy bien que la felicidad es un trayecto y no un destino, y que sería casi teratológico no admitirlo así. Por tanto no desaprovechemos las oportunidades que jornada a jornada se nos presentan para el deleite, que de no hacerlo, estaremos renunciando a muchas satisfacciones inmediatas en aras de un gozo futuro e incierto. Algo parecido a aquello que se dice del valor del pájaro en mano… Setiembre 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 5 de setiembre de 2008
jueves, 14 de agosto de 2008
La soleá
La “soleá”
Ramón Serrano G.
Para Avelino Perpiñán, un hombre que gusta del arte, la filosofía y las orquídeas.
“….piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso”.- Gª. Lorca
- Buenos días. ¿Se puede?
- Pasa Luis, pasa, contestó Olegario. Como verás el “foro” está hoy concurrido; pero para ti siempre hay un sitio, que tú, como estos, disfrutas con el diálogo y no con el chinchorreo.
Pasamos, nos acomodamos, y tras los obligados saludos de rigor, los contertulios siguieron con el tema que traían entre bocas. El taller, ubicado en la calle de los Carros, era amplio, capaz de acoger la guarnicionería con la que lo abrió el padre de Olegario. La muerte de este vino a coincidir con la invasión de los tractores y la correspondiente desaparición de las mulas, lo que trajo aparejado (y nunca mejor dicho) el desuso de los arreos y su arredramiento. Cambió entonces el hijo de oficio, pero como buen conocedor del cuero, se dedicó a la fabricación de petacas. ¡Qué bien las hacía! Suaves como la seda, brillantes como el charol. Pero el tabaco empezó a venir liado y hubo de cambiar a su actual ocupación, la de zapatero remendón. Humilde, sencilla, pero con la que ganaba lo suficiente para vivir con cierto desahogo, gracias a una buena clientela y a que sus necesidades y las de la Obdulia, su mujer, no eran muchas.
La conversación entablada estaba negra como el cielo de la mañana, que amenazaba con una lluvia tan deseada como remisa a caer. La charla tenía enjundia y los tertulianos mostraban en ella un profundo pesimismo hacia los muchos problemas que aquejaban a la sociedad y al mundo, y a los que no se les veía trazas de desaparecer sino, antes bien, de agrandarse y arruinarlo todo.
- Os decía que llueve cada vez menos porque se están arrasando los bosques en Brasil y en tantos otros sitios, dijo Santiago. Aparte del calentamiento ese de la atmósfera, del que tanto se habla hoy en día, pero que nadie trata de remediar.
- No, si no te tienes que ir tan largo, medió Crescencio. Nosotros en nuestras tierras sacamos de cuajo carrascas y sabinas, para poner unas viñas, muchas de ellas poco productivas y que taparon nuestras hambres sólo a medias. Y es verdad que ya no llueve como antes. ¿O no os acordáis de cuando había temporales, y los gañanes se quedaban en el pueblo y, mientras duraba el aguacero, se dedicaban a enjalbegar las cocinillas o se entretenían arreglando los empotres de las gavilleras?
- Y en lo del calor, intervino Andresete, también lleva razón este, que tengo oído que se están derritiendo los hielos de los mares y eso no debe ser bueno, creo yo. Desde luego, estaréis conmigo en que ya no nieva, y ni tan siquiera hiela como helaba. Y si no, ¿cuántos de vuestros nietos han visto chupones de hielo en los aleros de los tejaos? Ninguno.
Luis observó cómo en aquella especie de rebotica, todos querían dar su opinión y que el ambiente estaba cargado de pesimismo. Pero él, prudentemente, siguió a la escucha.
-Pues temas hay unos cuantos. Porque podríamos hablar también de la degradación del medio ambiente con las basuras urbanas, con los desperdicios o con los malditos incendios provocados, intervino de nuevo Santiago. O, si no, del ansia de cuartos que hoy tiene la gente. Dionisio “el Terco” siempre ha sido un buen albañil, y Toribio “Lampa”, era un carpintero como pocos. Tenían más trabajo del que podían desarrollar. Y hacían el que podían y lo hacían bien. Ganaban su dinero y quizás hasta iban ahorrando un capitalejo. Pero ahora todos, o la mayoría, se dediquen a lo que se dediquen, sólo se afanan por querer amasar fortunas de forma rápida y turbiosa.
-Bueno, terció Delfín, que había sido Maestro Nacional. Y no digamos nada del comportamiento de la raza humana. Se ha cambiado tanto de cuando nosotros éramos muchachos a nuestros días, que parece que no seamos de la misma especie. ¿Qué ha sido del respeto, del saludo o de la cortesía en el trato? ¿Y del ansia de saber y el gusto por la cultura? ¿Quién vela hoy por el buen comportamiento? Y la culpa de todas estas desgracias, porque esto no son más que desgracias, la tiene…
- ¡Eh, alto ahí!, cortó Olegario. Luis y los demás quedaron un tanto perplejos ante esta inusual intromisión del titular del local, quien, habitualmente, no daba opinión alguna sobre lo que se hablase, limitándose las más de las veces a hacer algún mohín, ya fuese aprobatorio o discrepante. Pero siguió diciendo:
-Creo que todos conocéis el célebre diálogo entre Babieca y Rocinante. Aquel que empieza: “¿Cómo estáis Rocinante tan delgado?... Pues, acordándome de él, os digo que observo que hoy os estáis poniendo metafísicos. Pero, sin embargo, vosotros sí que coméis, y algunos bastante bien. Es cierto que estos tiempos las cosas van mal; que abundando en lo que decía este, apenas hay ya unión y ensamblaje en la familia; que a casi nadie preocupa la apariencia exterior y no existe ningún rechazo a lo vulgar; y estoy con Santiago en lo de la economía. Y aún más, afirmo que ha mermado preocupantemente el ahorro y el gasto ha subido de un modo desenfrenado.
-Pero poco haremos, si como muchos, nos dedicamos únicamente a buscar chivos expiatorios y a denunciar culpables. Ese es el auténtico mal. Cuando algo no funciona, cuando todo o casi todo se tuerce, no es lo bueno quejarse, sino estudiar las causas que han producido el estropicio y ponerle de inmediato el arreglo más conveniente. Con buenas obras y pocas críticas es con lo que se alcanzan logros.
-Por otra parte, os veo agobiados por el pesimismo en vez de estar ilusionados de esperanza. Deberíamos pensar que, a la postre, los males son nimiedades, y, si me apuráis, pasajeras, mientras que las cosas buenas de esta vida son muchas e importantes. Lo nocivo nos puede afectar a todos, y de hecho así ocurre. Y con mayor o menor intensidad o duración. Pero pronto pasa. Todo lo que no es importante, pronto pasa. Pero pensemos en los hijos, en el amor, en la naturaleza, en la cultura, o en tantas y tantas cosas que tienen auténtica valía, y que estuvieron antaño, están hoy y estarán mañana entre nosotros.
-Es por eso, y por muchas cosas más, que no nos debe acoquinar la tiniebla, ni abandonarnos creyendo que todo lo que acontece es inevitable. Hay por ahí una teoría que habla de que precisamente el colapso final del universo se podrá eludir gracias a la oscuridad del cosmos. Pero de esto yo no sé mucho, así que no me pidáis que os cuente más de ello. Pero lo que sí puedo deciros es que es bueno, muy bueno madrugar. Aunque sólo sea para poder presenciar la maravilla de cómo la noche se va tornando en aurora. De contemplar el rocío antes de que se lo beba el sol. De ver los barcos venir, al amanecer del día. Por esas, y por otras muchas cosas, es bueno alzarse temprano.
-Pienso que esa, y no otra, debe ser nuestra misión y nuestra postura ante las adversidades. Criticar a quien las produjo o las favoreció, nunca. Bastante tiene el reo con su culpa y su remordimiento. Por otra parte debemos recordar aquello de que no se debe juzgar si no se quiere ser juzgado, y que con la misma medida que midamos habrán de medirnos. ¿Qué hacer entonces? Sencillamente eso. Sentir vivamente el extravío, pero ponerle soluciones de inmediato y abrir una ventana a la esperanza.
-Y que sepáis que esto no lo digo yo. Nuestro proceder bien nos lo está marcando García Lorca en su “Soleá”. Y nos lo dice muy clarito: “Vestida con mantos negros, piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso…”
Agosto de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de agosto de 2008
Ramón Serrano G.
Para Avelino Perpiñán, un hombre que gusta del arte, la filosofía y las orquídeas.
“….piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso”.- Gª. Lorca
- Buenos días. ¿Se puede?
- Pasa Luis, pasa, contestó Olegario. Como verás el “foro” está hoy concurrido; pero para ti siempre hay un sitio, que tú, como estos, disfrutas con el diálogo y no con el chinchorreo.
Pasamos, nos acomodamos, y tras los obligados saludos de rigor, los contertulios siguieron con el tema que traían entre bocas. El taller, ubicado en la calle de los Carros, era amplio, capaz de acoger la guarnicionería con la que lo abrió el padre de Olegario. La muerte de este vino a coincidir con la invasión de los tractores y la correspondiente desaparición de las mulas, lo que trajo aparejado (y nunca mejor dicho) el desuso de los arreos y su arredramiento. Cambió entonces el hijo de oficio, pero como buen conocedor del cuero, se dedicó a la fabricación de petacas. ¡Qué bien las hacía! Suaves como la seda, brillantes como el charol. Pero el tabaco empezó a venir liado y hubo de cambiar a su actual ocupación, la de zapatero remendón. Humilde, sencilla, pero con la que ganaba lo suficiente para vivir con cierto desahogo, gracias a una buena clientela y a que sus necesidades y las de la Obdulia, su mujer, no eran muchas.
La conversación entablada estaba negra como el cielo de la mañana, que amenazaba con una lluvia tan deseada como remisa a caer. La charla tenía enjundia y los tertulianos mostraban en ella un profundo pesimismo hacia los muchos problemas que aquejaban a la sociedad y al mundo, y a los que no se les veía trazas de desaparecer sino, antes bien, de agrandarse y arruinarlo todo.
- Os decía que llueve cada vez menos porque se están arrasando los bosques en Brasil y en tantos otros sitios, dijo Santiago. Aparte del calentamiento ese de la atmósfera, del que tanto se habla hoy en día, pero que nadie trata de remediar.
- No, si no te tienes que ir tan largo, medió Crescencio. Nosotros en nuestras tierras sacamos de cuajo carrascas y sabinas, para poner unas viñas, muchas de ellas poco productivas y que taparon nuestras hambres sólo a medias. Y es verdad que ya no llueve como antes. ¿O no os acordáis de cuando había temporales, y los gañanes se quedaban en el pueblo y, mientras duraba el aguacero, se dedicaban a enjalbegar las cocinillas o se entretenían arreglando los empotres de las gavilleras?
- Y en lo del calor, intervino Andresete, también lleva razón este, que tengo oído que se están derritiendo los hielos de los mares y eso no debe ser bueno, creo yo. Desde luego, estaréis conmigo en que ya no nieva, y ni tan siquiera hiela como helaba. Y si no, ¿cuántos de vuestros nietos han visto chupones de hielo en los aleros de los tejaos? Ninguno.
Luis observó cómo en aquella especie de rebotica, todos querían dar su opinión y que el ambiente estaba cargado de pesimismo. Pero él, prudentemente, siguió a la escucha.
-Pues temas hay unos cuantos. Porque podríamos hablar también de la degradación del medio ambiente con las basuras urbanas, con los desperdicios o con los malditos incendios provocados, intervino de nuevo Santiago. O, si no, del ansia de cuartos que hoy tiene la gente. Dionisio “el Terco” siempre ha sido un buen albañil, y Toribio “Lampa”, era un carpintero como pocos. Tenían más trabajo del que podían desarrollar. Y hacían el que podían y lo hacían bien. Ganaban su dinero y quizás hasta iban ahorrando un capitalejo. Pero ahora todos, o la mayoría, se dediquen a lo que se dediquen, sólo se afanan por querer amasar fortunas de forma rápida y turbiosa.
-Bueno, terció Delfín, que había sido Maestro Nacional. Y no digamos nada del comportamiento de la raza humana. Se ha cambiado tanto de cuando nosotros éramos muchachos a nuestros días, que parece que no seamos de la misma especie. ¿Qué ha sido del respeto, del saludo o de la cortesía en el trato? ¿Y del ansia de saber y el gusto por la cultura? ¿Quién vela hoy por el buen comportamiento? Y la culpa de todas estas desgracias, porque esto no son más que desgracias, la tiene…
- ¡Eh, alto ahí!, cortó Olegario. Luis y los demás quedaron un tanto perplejos ante esta inusual intromisión del titular del local, quien, habitualmente, no daba opinión alguna sobre lo que se hablase, limitándose las más de las veces a hacer algún mohín, ya fuese aprobatorio o discrepante. Pero siguió diciendo:
-Creo que todos conocéis el célebre diálogo entre Babieca y Rocinante. Aquel que empieza: “¿Cómo estáis Rocinante tan delgado?... Pues, acordándome de él, os digo que observo que hoy os estáis poniendo metafísicos. Pero, sin embargo, vosotros sí que coméis, y algunos bastante bien. Es cierto que estos tiempos las cosas van mal; que abundando en lo que decía este, apenas hay ya unión y ensamblaje en la familia; que a casi nadie preocupa la apariencia exterior y no existe ningún rechazo a lo vulgar; y estoy con Santiago en lo de la economía. Y aún más, afirmo que ha mermado preocupantemente el ahorro y el gasto ha subido de un modo desenfrenado.
-Pero poco haremos, si como muchos, nos dedicamos únicamente a buscar chivos expiatorios y a denunciar culpables. Ese es el auténtico mal. Cuando algo no funciona, cuando todo o casi todo se tuerce, no es lo bueno quejarse, sino estudiar las causas que han producido el estropicio y ponerle de inmediato el arreglo más conveniente. Con buenas obras y pocas críticas es con lo que se alcanzan logros.
-Por otra parte, os veo agobiados por el pesimismo en vez de estar ilusionados de esperanza. Deberíamos pensar que, a la postre, los males son nimiedades, y, si me apuráis, pasajeras, mientras que las cosas buenas de esta vida son muchas e importantes. Lo nocivo nos puede afectar a todos, y de hecho así ocurre. Y con mayor o menor intensidad o duración. Pero pronto pasa. Todo lo que no es importante, pronto pasa. Pero pensemos en los hijos, en el amor, en la naturaleza, en la cultura, o en tantas y tantas cosas que tienen auténtica valía, y que estuvieron antaño, están hoy y estarán mañana entre nosotros.
-Es por eso, y por muchas cosas más, que no nos debe acoquinar la tiniebla, ni abandonarnos creyendo que todo lo que acontece es inevitable. Hay por ahí una teoría que habla de que precisamente el colapso final del universo se podrá eludir gracias a la oscuridad del cosmos. Pero de esto yo no sé mucho, así que no me pidáis que os cuente más de ello. Pero lo que sí puedo deciros es que es bueno, muy bueno madrugar. Aunque sólo sea para poder presenciar la maravilla de cómo la noche se va tornando en aurora. De contemplar el rocío antes de que se lo beba el sol. De ver los barcos venir, al amanecer del día. Por esas, y por otras muchas cosas, es bueno alzarse temprano.
-Pienso que esa, y no otra, debe ser nuestra misión y nuestra postura ante las adversidades. Criticar a quien las produjo o las favoreció, nunca. Bastante tiene el reo con su culpa y su remordimiento. Por otra parte debemos recordar aquello de que no se debe juzgar si no se quiere ser juzgado, y que con la misma medida que midamos habrán de medirnos. ¿Qué hacer entonces? Sencillamente eso. Sentir vivamente el extravío, pero ponerle soluciones de inmediato y abrir una ventana a la esperanza.
-Y que sepáis que esto no lo digo yo. Nuestro proceder bien nos lo está marcando García Lorca en su “Soleá”. Y nos lo dice muy clarito: “Vestida con mantos negros, piensa que el mundo es chiquito y el corazón es inmenso…”
Agosto de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de agosto de 2008
viernes, 1 de agosto de 2008
La remuneración
La remuneración
Ramón Serrano G.
Para Ana Mary y Pepe, un matrimonio entrañable.
Hace algún tiempo, en una charla de café, alguien me preguntó, con mayor o menor discreción y con más o menos oportunismo, pero con desconocida intención, si mis colaboraciones en este periódico en el que acostumbro a escribir estaban remuneradas.
- Por supuesto, le contesté de inmediato. Además muy bien. Puedo decir sinceramente, que desde luego lo son, y muy por encima de mis merecimientos.
Sólo esa fue mi corta contestación a tan innecesaria consulta e ignoro si el inquiridor quedaría convencido y satisfecho con ella. Poco importa eso. Como es natural, ni entonces hice, ni ahora voy a hacer, por supuesto, alusión ni aclaración alguna sobre la cuestión dineraria. Pero sí que me interesa, para demostrar que aquél día no mentí al curioso contertulio, es decir a todos, los motivos de mi conformidad en cuanto a lo recibido por escribir mis artículos. Y a eso es a lo que vengo hoy a aquí.
Dejaré a un lado el tan importante, leído, discrepado y discutido tema del salario justo por la tarea realizada, que no es ese nuestro caso, aunque sí quiero resaltar que la vida nos trae ocasiones en las que no se trabaja por dinero, sino por otra serie de motivos, conocidos por todos, padecidos o disfrutados por muchos y que nos llevan a realizar el curro de forma distinta a la habitual. Voy a detenerme, entonces, en qué, o en cuánto, es lo que alguien puede recibir como contraprestación a su obra, cuando esta se ha llevado a cabo fuera de una estricta relación laboral, ya que esto no viene marcado por la legislación.
Es, desde luego, una cuestión completamente subjetiva y cada uno de los protagonistas exigirán, o quedarán satisfechos, con una cosa u otra como recompensa. Un ejemplo. Juan y Pedro son dos profesionales, que por diversas razones no cobran sus trabajos a Luis y a Blas. Aquél hace el día 24 de junio de todos los años un valioso regalo a Juan, que le envía con un recadero, mientras que este, de condición humilde, no puede obsequiar con nada tangible a Pedro, pero le profesa un gran cariño y respeto, y cada 29 de junio lo visita puntualmente para felicitarle. Vengan ahora a considerar cuál de los dos individuos está, o se considera, mejor compensado, o cuál paga lo recibido con moneda más valiosa, y verán como hay opiniones de la más diversa naturaleza.
Algo parecido es lo que viene a sucederme con lo que recibo a cambio de plasmar en el papel mis peregrinas ideas, y que, repito, es mucho, muy agradable y muy compensatorio. El primer, y cuantioso, abono que se me hace es para el alma, por la gran satisfacción que produce el escribir y todo lo que ello conlleva. Para hincarlo, hay que buscar ideas, oír cosas, hacer viajes, recordar sucedidos. Para darle forma, hay que leer, rebuscar en diccionarios o enciclopedias, repasar, añadir, quitar, corregir hasta dar con lo que me parece más adecuado. Todo ello hace que el tiempo se pase en un soplo, y al terminar el texto el alma quede relajada, plácida, como después de un baño tibio.
La segunda y gran retribución que se me hace es para mi orgullo. Ya he comentado anteriormente que todas las quincenas suele haber personas enormemente generosas (Ana Mary es una de ellas) que tienen la atención de darme su muy valioso parecer sobre mi artículo de turno. Y entre esas opiniones las hay buenas y no tan buenas, De felicitación alguna y de crítica otras. Pero todas dichas con la mejor manera e intención, o al menos eso creo, y todas merecedoras de mi mayor y sincero agradecimiento. De esto puedes estar seguro. Como cabe suponer, esto, el que alguien se dirija a ti en una acción trés chic pour sa part, para decirte que está perfectamente enterada/o de lo que tú has querido exponer en unas líneas, hace que, aunque calladamente, y haciendo un gran esfuerzo para que no se note demasiado, mi espíritu se colme de ufanía.
Finalmente he de decir bien alto que el tercero es el estipendio más cuantioso que recibo y que va destinado a mi corazón. Comprenderás querido amigo que si uno piensa que hay personas que han gastado algo de su tiempo en leerme y eso les ha producido algún recuerdo, alguna emoción, algún pálpito satisfactorio, yo sé que, con ello, he cobrado una paga extraordinaria. Si con esa lectura han logrado pasar un rato agradable, aunque sea pequeño; si lo leído, aunque lo olviden pronto, les supone evadirse durante unos minutos de tantas malas nuevas que suceden de contino en todas partes, eso, para mis adentros, significa que mis esfuerzos literarios están pagados abundantemente.
Por todo lo antedicho, por otros motivos que callo, y por no cansarte más, creo que comprenderás amigo lector, que cuando aquel día, en aquella charla de café, contesté a mi “curioso pertinente” que cobraba, y muy bien, por mis escritos, y que además lo hacía por encima de mis merecimientos, le estaba diciendo una solemne y gran verdad. Afirmación esta que sigo manteniendo hoy.
Agosto 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 1 de agosto de 2008
Ramón Serrano G.
Para Ana Mary y Pepe, un matrimonio entrañable.
Hace algún tiempo, en una charla de café, alguien me preguntó, con mayor o menor discreción y con más o menos oportunismo, pero con desconocida intención, si mis colaboraciones en este periódico en el que acostumbro a escribir estaban remuneradas.
- Por supuesto, le contesté de inmediato. Además muy bien. Puedo decir sinceramente, que desde luego lo son, y muy por encima de mis merecimientos.
Sólo esa fue mi corta contestación a tan innecesaria consulta e ignoro si el inquiridor quedaría convencido y satisfecho con ella. Poco importa eso. Como es natural, ni entonces hice, ni ahora voy a hacer, por supuesto, alusión ni aclaración alguna sobre la cuestión dineraria. Pero sí que me interesa, para demostrar que aquél día no mentí al curioso contertulio, es decir a todos, los motivos de mi conformidad en cuanto a lo recibido por escribir mis artículos. Y a eso es a lo que vengo hoy a aquí.
Dejaré a un lado el tan importante, leído, discrepado y discutido tema del salario justo por la tarea realizada, que no es ese nuestro caso, aunque sí quiero resaltar que la vida nos trae ocasiones en las que no se trabaja por dinero, sino por otra serie de motivos, conocidos por todos, padecidos o disfrutados por muchos y que nos llevan a realizar el curro de forma distinta a la habitual. Voy a detenerme, entonces, en qué, o en cuánto, es lo que alguien puede recibir como contraprestación a su obra, cuando esta se ha llevado a cabo fuera de una estricta relación laboral, ya que esto no viene marcado por la legislación.
Es, desde luego, una cuestión completamente subjetiva y cada uno de los protagonistas exigirán, o quedarán satisfechos, con una cosa u otra como recompensa. Un ejemplo. Juan y Pedro son dos profesionales, que por diversas razones no cobran sus trabajos a Luis y a Blas. Aquél hace el día 24 de junio de todos los años un valioso regalo a Juan, que le envía con un recadero, mientras que este, de condición humilde, no puede obsequiar con nada tangible a Pedro, pero le profesa un gran cariño y respeto, y cada 29 de junio lo visita puntualmente para felicitarle. Vengan ahora a considerar cuál de los dos individuos está, o se considera, mejor compensado, o cuál paga lo recibido con moneda más valiosa, y verán como hay opiniones de la más diversa naturaleza.
Algo parecido es lo que viene a sucederme con lo que recibo a cambio de plasmar en el papel mis peregrinas ideas, y que, repito, es mucho, muy agradable y muy compensatorio. El primer, y cuantioso, abono que se me hace es para el alma, por la gran satisfacción que produce el escribir y todo lo que ello conlleva. Para hincarlo, hay que buscar ideas, oír cosas, hacer viajes, recordar sucedidos. Para darle forma, hay que leer, rebuscar en diccionarios o enciclopedias, repasar, añadir, quitar, corregir hasta dar con lo que me parece más adecuado. Todo ello hace que el tiempo se pase en un soplo, y al terminar el texto el alma quede relajada, plácida, como después de un baño tibio.
La segunda y gran retribución que se me hace es para mi orgullo. Ya he comentado anteriormente que todas las quincenas suele haber personas enormemente generosas (Ana Mary es una de ellas) que tienen la atención de darme su muy valioso parecer sobre mi artículo de turno. Y entre esas opiniones las hay buenas y no tan buenas, De felicitación alguna y de crítica otras. Pero todas dichas con la mejor manera e intención, o al menos eso creo, y todas merecedoras de mi mayor y sincero agradecimiento. De esto puedes estar seguro. Como cabe suponer, esto, el que alguien se dirija a ti en una acción trés chic pour sa part, para decirte que está perfectamente enterada/o de lo que tú has querido exponer en unas líneas, hace que, aunque calladamente, y haciendo un gran esfuerzo para que no se note demasiado, mi espíritu se colme de ufanía.
Finalmente he de decir bien alto que el tercero es el estipendio más cuantioso que recibo y que va destinado a mi corazón. Comprenderás querido amigo que si uno piensa que hay personas que han gastado algo de su tiempo en leerme y eso les ha producido algún recuerdo, alguna emoción, algún pálpito satisfactorio, yo sé que, con ello, he cobrado una paga extraordinaria. Si con esa lectura han logrado pasar un rato agradable, aunque sea pequeño; si lo leído, aunque lo olviden pronto, les supone evadirse durante unos minutos de tantas malas nuevas que suceden de contino en todas partes, eso, para mis adentros, significa que mis esfuerzos literarios están pagados abundantemente.
Por todo lo antedicho, por otros motivos que callo, y por no cansarte más, creo que comprenderás amigo lector, que cuando aquel día, en aquella charla de café, contesté a mi “curioso pertinente” que cobraba, y muy bien, por mis escritos, y que además lo hacía por encima de mis merecimientos, le estaba diciendo una solemne y gran verdad. Afirmación esta que sigo manteniendo hoy.
Agosto 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 1 de agosto de 2008
viernes, 18 de julio de 2008
La inconsciencia
La inconsciencia
Ramón Serrano G.
De entre todos los cientos de adjetivos que se le pueden aplicar al hombre por su comportamiento, su forma de ser y proceder, gustos y manías, condiciones y características, etc., etc., el que mejor le cuadra según mi pobre entender, o quizás debiera decir el que acoge y define a un mayor número de ellos, es el de ser y obrar como un perfecto inconsciente.
Y le llamo así, o mejor dicho, nos llamo de este modo, porque da la impresión de que la mayoría de las personas no nos damos perfecta cuenta de lo efímero que es nuestro vivir (aunque vivamos cien años) y de que apenas si tenemos el tiempo suficiente para llevar a cabo alguna obra importante durante nuestra existencia, aunque ese hacer sea pequeño, pero que esté lleno de sentido y trascendencia. De nada nos ha servido, y de nada nos está sirviendo, la larga experiencia del larguísimo deambular sobre la faz de la tierra.
Si yo, o cualquiera de ustedes, se viese sorprendido por un incendio, indudablemente trataría de escaparse de las llamas, ocupándose, en primer lugar, de salvar la vida y si acaso, y además, los objetos o enseres más importantes, pero para nada se entretendría en recoger bagatelas o inutilidades. Igual le ocurriría a aquel que tuviese que hacer con urgencia la maleta para un viaje inesperado, que introduciría en ella las prendas que considerase más necesarias, las imprescindibles, pero sin perder el tiempo, ni el espacio, fijándose en modas y/o colores.
Bueno, pues hete aquí, que, como antes decía, todos sabemos que nuestra existencia apenas dura un soplo, que el espacio de tiempo en el que trascurre nuestra vida es tan sólo de un pequeño rato, durante el cual casi no tenemos tiempo de hacer nada, o casi nada, o al menos muy poco que sea verdaderamente trascendente y útil. Y sin embargo dedicamos muchas horas a actividades completamente fútiles. Desperdiciamos la mayor parte de nuestros escasos días en unas ocupaciones absurdas. Se nos van nuestros mejores momentos con entretenimientos necios o nos perdemos en actividades inconsecuentes.
Pero podemos observar que de jóvenes, sí hay algunos que son conscientes y saben aprovechar hasta los contados minutos, forjándose una base magnífica, tanto en el terreno laboral, como en el de las aficiones o el asueto. Son sabedores, a ciencia cierta, de que cada minuto que pasa han de aprovecharlo al máximo porque no han de volver a encontrarlo y les es muy útil para conseguir todo lo bueno que persiguen. Y así, afanándose, consiguen echar sólidos cimientos al edificio de su formación. Después, cuando adultos, no pasa día en el que no pongan algún ladrillo que refuerce sus conocimientos y sabiduría, ya sea rememorándola, ya dándole un fuerte apoyo con nuevas adquisiciones cognoscitivas, lo que les hace mantenerse en buen estado y plena forma. Al final, y pese a la senectud, siguen incansables en sus adquisiciones y confirmaciones de sabiduría, que bien aprendieron a formarse, y lo que bien se aprende tarde se olvida, con lo cual van cubriendo las grietas de su envejecimiento, conservando tanto la fachada como el interior de su ser en un inmejorable estado y en unas envidiables condiciones.
Pero igualmente podemos observar, como decía al principio, que, a lo largo de toda su vida, hay muchas personas, millares, desgraciadamente demasiados, que pierden (o perdemos) de forma lastimosa su hermoso tiempo y sus muchas posibilidades. De adolescentes suelen reblar con demasiada frecuencia y se preocupan solamente de buscar con demasiado acelero la manera más fácil y accesible de asentarse en la vida, o la fortuna, o el placer, ignorantes de que todo bien que tenga un mínimo valor ha de sustentarse sobre una base firme y bien estructurada, puesto que aquello que es sencillo de alcanzar suele ser harto desechable y malquisto.
A la mitad de su vida suelen ser conformistas en exceso con lo que para entonces tienen alcanzado, sea mucho o sea poco, preocupándose sólo de vegetar en la circunstancia y situación en que se hallen, sin dar un paso, hacer un mínimo esfuerzo, un pequeño intento tan siquiera, para mejorar y hacer más llevadera su estadía, y si algo intentan, se suelen apañar enfocándolo hacia el aspecto económico.
Por último, cuando viejos, estiman que lo hecho, hecho está, y que es inamovible. Que ya no merece la pena intento alguno por mejorar situación, adquirir nuevo aprendizaje o consolidar lo tenido. Que vengan los días que hayan de venir, y esperémoslos sentados al sol y paliqueando sin tasa ni tino, enterándose de los entierros que haya en esa fecha y deseando que el propio se alargue en lo posible. Medicinas, días, ollas, chácharas, quejas, lamentos y ociosidad, en la peor acepción de la palabra. O dicho de otra forma: pereza. Algo realmente terrible, pero que al decir de Raymond Tadiguet, esa pereza no existe nunca si se posee una mente activa.
Y así digo, que hay algunos de aquellos y muchos de estos, pero que pobre inconsciente es aquel que no piensa que cualquier momento y ocasión, se tenga la edad que se tenga, son buenos para dedicarlos a hacer alguna conveniente acción o para tratar de aprender algo.
Julio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de julio de 2008
Ramón Serrano G.
De entre todos los cientos de adjetivos que se le pueden aplicar al hombre por su comportamiento, su forma de ser y proceder, gustos y manías, condiciones y características, etc., etc., el que mejor le cuadra según mi pobre entender, o quizás debiera decir el que acoge y define a un mayor número de ellos, es el de ser y obrar como un perfecto inconsciente.
Y le llamo así, o mejor dicho, nos llamo de este modo, porque da la impresión de que la mayoría de las personas no nos damos perfecta cuenta de lo efímero que es nuestro vivir (aunque vivamos cien años) y de que apenas si tenemos el tiempo suficiente para llevar a cabo alguna obra importante durante nuestra existencia, aunque ese hacer sea pequeño, pero que esté lleno de sentido y trascendencia. De nada nos ha servido, y de nada nos está sirviendo, la larga experiencia del larguísimo deambular sobre la faz de la tierra.
Si yo, o cualquiera de ustedes, se viese sorprendido por un incendio, indudablemente trataría de escaparse de las llamas, ocupándose, en primer lugar, de salvar la vida y si acaso, y además, los objetos o enseres más importantes, pero para nada se entretendría en recoger bagatelas o inutilidades. Igual le ocurriría a aquel que tuviese que hacer con urgencia la maleta para un viaje inesperado, que introduciría en ella las prendas que considerase más necesarias, las imprescindibles, pero sin perder el tiempo, ni el espacio, fijándose en modas y/o colores.
Bueno, pues hete aquí, que, como antes decía, todos sabemos que nuestra existencia apenas dura un soplo, que el espacio de tiempo en el que trascurre nuestra vida es tan sólo de un pequeño rato, durante el cual casi no tenemos tiempo de hacer nada, o casi nada, o al menos muy poco que sea verdaderamente trascendente y útil. Y sin embargo dedicamos muchas horas a actividades completamente fútiles. Desperdiciamos la mayor parte de nuestros escasos días en unas ocupaciones absurdas. Se nos van nuestros mejores momentos con entretenimientos necios o nos perdemos en actividades inconsecuentes.
Pero podemos observar que de jóvenes, sí hay algunos que son conscientes y saben aprovechar hasta los contados minutos, forjándose una base magnífica, tanto en el terreno laboral, como en el de las aficiones o el asueto. Son sabedores, a ciencia cierta, de que cada minuto que pasa han de aprovecharlo al máximo porque no han de volver a encontrarlo y les es muy útil para conseguir todo lo bueno que persiguen. Y así, afanándose, consiguen echar sólidos cimientos al edificio de su formación. Después, cuando adultos, no pasa día en el que no pongan algún ladrillo que refuerce sus conocimientos y sabiduría, ya sea rememorándola, ya dándole un fuerte apoyo con nuevas adquisiciones cognoscitivas, lo que les hace mantenerse en buen estado y plena forma. Al final, y pese a la senectud, siguen incansables en sus adquisiciones y confirmaciones de sabiduría, que bien aprendieron a formarse, y lo que bien se aprende tarde se olvida, con lo cual van cubriendo las grietas de su envejecimiento, conservando tanto la fachada como el interior de su ser en un inmejorable estado y en unas envidiables condiciones.
Pero igualmente podemos observar, como decía al principio, que, a lo largo de toda su vida, hay muchas personas, millares, desgraciadamente demasiados, que pierden (o perdemos) de forma lastimosa su hermoso tiempo y sus muchas posibilidades. De adolescentes suelen reblar con demasiada frecuencia y se preocupan solamente de buscar con demasiado acelero la manera más fácil y accesible de asentarse en la vida, o la fortuna, o el placer, ignorantes de que todo bien que tenga un mínimo valor ha de sustentarse sobre una base firme y bien estructurada, puesto que aquello que es sencillo de alcanzar suele ser harto desechable y malquisto.
A la mitad de su vida suelen ser conformistas en exceso con lo que para entonces tienen alcanzado, sea mucho o sea poco, preocupándose sólo de vegetar en la circunstancia y situación en que se hallen, sin dar un paso, hacer un mínimo esfuerzo, un pequeño intento tan siquiera, para mejorar y hacer más llevadera su estadía, y si algo intentan, se suelen apañar enfocándolo hacia el aspecto económico.
Por último, cuando viejos, estiman que lo hecho, hecho está, y que es inamovible. Que ya no merece la pena intento alguno por mejorar situación, adquirir nuevo aprendizaje o consolidar lo tenido. Que vengan los días que hayan de venir, y esperémoslos sentados al sol y paliqueando sin tasa ni tino, enterándose de los entierros que haya en esa fecha y deseando que el propio se alargue en lo posible. Medicinas, días, ollas, chácharas, quejas, lamentos y ociosidad, en la peor acepción de la palabra. O dicho de otra forma: pereza. Algo realmente terrible, pero que al decir de Raymond Tadiguet, esa pereza no existe nunca si se posee una mente activa.
Y así digo, que hay algunos de aquellos y muchos de estos, pero que pobre inconsciente es aquel que no piensa que cualquier momento y ocasión, se tenga la edad que se tenga, son buenos para dedicarlos a hacer alguna conveniente acción o para tratar de aprender algo.
Julio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 18 de julio de 2008
viernes, 4 de julio de 2008
El mañana
El mañana
Ramón Serrano G.
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” Neruda.
Una de las innumerables cosas que nos ha traído esta época que nos ha tocado vivir, completamente dominada como está por la ciencia y la tecnología, es la posibilidad de adivinar el futuro en muchas facetas y aunque a primera vista parezca una incongruencia, poder saber muy aproximadamente cómo va a ser el mañana de los hombres. No, no crean que entiendo de hieroscopia, o de capnomancia, o que soy oniromante. Les aseguro que nada sé sobre ello y que no me estoy metiendo a adivino o futurólogo.
Es por tanto, la opinión atrevida de un pobre espectador, y está basada únicamente en la observación detenida de nuestros modernos usos y costumbres. Una vez más aludo a mi admirado amigo José M. Ruiz, al que tendríamos que acudir para opinar sobre el protocolo de Kyoto o sobre si lleva razón Isaac Asimov cuando dice que en el futuro la economía será dirigida por las máquinas.
El pneuma enthousiastihón que emana de las grietas del templo al que acudo de tarde en tarde, me inducen a apoyarme, ya digo, en el comportamiento de los seres humanos en la actualidad y por él, intento deducir a dónde pueden llevarnos estas conductas. Y pueden creerme si les digo que lo que alcanzo a ver no me satisface, ya que todo lo que aparece en mi bola de cristal difiere en mucho de mi idea de lo que es gratificante, e incluso de lo que es admisible.
Así, veo que los niños de vuestro mañana no pasarán frío pero no sentirán como es el calor entrañable de un buen fuego de leña. Estarán más, pero, incompresiblemente, peor alimentados. Dispondrán de muchos medios, pero de menos libertad. Y sobre todo, tendrán dos carencias muy importantes que les privarán de una auténtica felicidad. Una, es que no contactarán con la naturaleza. No montarán nunca en un borriquillo, ni sabrán cómo se castra a una gorrina, ni saldrán a las siembras a coger grillos o espigas, y quizás no vean jamás nadar a un pez en las aguas de un río. Y no, y no, y no… llegarán a conocer en vivo tantas y tantas cosas, que aunque parezcan intrascendentes, son importantes al ser naturales. Puede que yo esté equivocado, pero si es útil saber un idioma, también lo es ver procrear a un gorrión, o distinguir las brevas de los higos.
Su otra gran privación será la del disfrute y beneficio de la vida en familia. La intensa actividad laboral de sus padres (y ojalá que estos tengan esa actividad y no el paro) les impedirá ocuparse de ellos, no en lo material, que ahí sí que estarán bien abastecidos, pero sí en la convivencia. Se verán, si se ven, poco o a deshora, no comerán juntos, no dialogarán, y su aprendizaje global les vendrá dado por profesionales ajenos por los que estarán casi siempre tutelados por estos, que serán, además, los que se ocupen de vestirlos, entretenerlos, llevarlos al colegio e incluso al centro sanitario en caso de una urgencia.
Los hombres y mujeres adultos tendrán, casi todos, un trabajo seguro, digno, hasta rentable, pero probablemente estresante hasta el delirio, que los mantendrán apartados durante todo el día de su hogar, del que saldrán cuando aun sea de noche y al que volverán cuando se haya ocultado el sol. Ganarán ambos, eso sí, un jornal digamos que decente, pero que no les proporcionará una vida cómoda y apacible, ya que tendrán que destinarlo a adquirir un montón de utensilios dobles o triples. “Disfrutarán” de dos o tres coches, varios televisores, diez relojes, armarios de ropa, etc., etc., etc. Y con lo que les sobre, habrán de sufragar un rosario de obligaciones digamos “imprescindibles”. Si lo hace el vecino, cómo no van ellos a practicar yoga, jugar al padle, aprender la lengua maorí o comprarse una segunda vivienda, un pisito de 52 metros cuadrados a 700 kilómetros de su casa y a tan sólo 30 minutos andando desde la urbanización donde está ubicado hasta la playa.
Pero a donde no llega mi poder mántico es a imaginar tan siquiera cuál será la función que dentro de un par de decenios desarrollarán los viejos. Hasta hoy, cuando la nieve del tiempo blanqueaba su cabeza y su memoria, la misión de los ancianos fue la de aglutinar a la familia, conservar costumbres, o dar consejos. Eran como los antiguos maestros persas, que con leyendas a veces y a veces con historias, se erigían en los transmisores del escaso pero amplio saber, del correcto comportamiento humano, del estricto concepto de honradez y de justicia, y su desdentada charla era el emoliente que mitigaba la dureza diaria de un trabajo duro y mal pagado. Son, ¿somos? los últimos representantes del candil, la lumbre de cepas, las cataplasmas o el contrato firme por la palabra dada.
Mas esa tarea, a mi parecer trascendente, acabará difuminándose en nostalgia arredrada por los modernos medios. Y aunque todo puede llegar a imaginarse como al principio dije, clima, cultura, trabajo, no se me alcanza el vislumbrar cómo será mañana la vida de los viejos. Digamos que, como en una visión muy nebulosa, los contemplo atendidos, aseados, medicados y recogidos en centros construidos y diseñados específicamente para ellos. Pero me digo ¿tendrán con quien hablar?, ¿podrán salir un rato al sol cuando les plazca? Y lo que es más importante aún: ¿serán felices?
Julio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de julio de 2008
Ramón Serrano G.
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” Neruda.
Una de las innumerables cosas que nos ha traído esta época que nos ha tocado vivir, completamente dominada como está por la ciencia y la tecnología, es la posibilidad de adivinar el futuro en muchas facetas y aunque a primera vista parezca una incongruencia, poder saber muy aproximadamente cómo va a ser el mañana de los hombres. No, no crean que entiendo de hieroscopia, o de capnomancia, o que soy oniromante. Les aseguro que nada sé sobre ello y que no me estoy metiendo a adivino o futurólogo.
Es por tanto, la opinión atrevida de un pobre espectador, y está basada únicamente en la observación detenida de nuestros modernos usos y costumbres. Una vez más aludo a mi admirado amigo José M. Ruiz, al que tendríamos que acudir para opinar sobre el protocolo de Kyoto o sobre si lleva razón Isaac Asimov cuando dice que en el futuro la economía será dirigida por las máquinas.
El pneuma enthousiastihón que emana de las grietas del templo al que acudo de tarde en tarde, me inducen a apoyarme, ya digo, en el comportamiento de los seres humanos en la actualidad y por él, intento deducir a dónde pueden llevarnos estas conductas. Y pueden creerme si les digo que lo que alcanzo a ver no me satisface, ya que todo lo que aparece en mi bola de cristal difiere en mucho de mi idea de lo que es gratificante, e incluso de lo que es admisible.
Así, veo que los niños de vuestro mañana no pasarán frío pero no sentirán como es el calor entrañable de un buen fuego de leña. Estarán más, pero, incompresiblemente, peor alimentados. Dispondrán de muchos medios, pero de menos libertad. Y sobre todo, tendrán dos carencias muy importantes que les privarán de una auténtica felicidad. Una, es que no contactarán con la naturaleza. No montarán nunca en un borriquillo, ni sabrán cómo se castra a una gorrina, ni saldrán a las siembras a coger grillos o espigas, y quizás no vean jamás nadar a un pez en las aguas de un río. Y no, y no, y no… llegarán a conocer en vivo tantas y tantas cosas, que aunque parezcan intrascendentes, son importantes al ser naturales. Puede que yo esté equivocado, pero si es útil saber un idioma, también lo es ver procrear a un gorrión, o distinguir las brevas de los higos.
Su otra gran privación será la del disfrute y beneficio de la vida en familia. La intensa actividad laboral de sus padres (y ojalá que estos tengan esa actividad y no el paro) les impedirá ocuparse de ellos, no en lo material, que ahí sí que estarán bien abastecidos, pero sí en la convivencia. Se verán, si se ven, poco o a deshora, no comerán juntos, no dialogarán, y su aprendizaje global les vendrá dado por profesionales ajenos por los que estarán casi siempre tutelados por estos, que serán, además, los que se ocupen de vestirlos, entretenerlos, llevarlos al colegio e incluso al centro sanitario en caso de una urgencia.
Los hombres y mujeres adultos tendrán, casi todos, un trabajo seguro, digno, hasta rentable, pero probablemente estresante hasta el delirio, que los mantendrán apartados durante todo el día de su hogar, del que saldrán cuando aun sea de noche y al que volverán cuando se haya ocultado el sol. Ganarán ambos, eso sí, un jornal digamos que decente, pero que no les proporcionará una vida cómoda y apacible, ya que tendrán que destinarlo a adquirir un montón de utensilios dobles o triples. “Disfrutarán” de dos o tres coches, varios televisores, diez relojes, armarios de ropa, etc., etc., etc. Y con lo que les sobre, habrán de sufragar un rosario de obligaciones digamos “imprescindibles”. Si lo hace el vecino, cómo no van ellos a practicar yoga, jugar al padle, aprender la lengua maorí o comprarse una segunda vivienda, un pisito de 52 metros cuadrados a 700 kilómetros de su casa y a tan sólo 30 minutos andando desde la urbanización donde está ubicado hasta la playa.
Pero a donde no llega mi poder mántico es a imaginar tan siquiera cuál será la función que dentro de un par de decenios desarrollarán los viejos. Hasta hoy, cuando la nieve del tiempo blanqueaba su cabeza y su memoria, la misión de los ancianos fue la de aglutinar a la familia, conservar costumbres, o dar consejos. Eran como los antiguos maestros persas, que con leyendas a veces y a veces con historias, se erigían en los transmisores del escaso pero amplio saber, del correcto comportamiento humano, del estricto concepto de honradez y de justicia, y su desdentada charla era el emoliente que mitigaba la dureza diaria de un trabajo duro y mal pagado. Son, ¿somos? los últimos representantes del candil, la lumbre de cepas, las cataplasmas o el contrato firme por la palabra dada.
Mas esa tarea, a mi parecer trascendente, acabará difuminándose en nostalgia arredrada por los modernos medios. Y aunque todo puede llegar a imaginarse como al principio dije, clima, cultura, trabajo, no se me alcanza el vislumbrar cómo será mañana la vida de los viejos. Digamos que, como en una visión muy nebulosa, los contemplo atendidos, aseados, medicados y recogidos en centros construidos y diseñados específicamente para ellos. Pero me digo ¿tendrán con quien hablar?, ¿podrán salir un rato al sol cuando les plazca? Y lo que es más importante aún: ¿serán felices?
Julio 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 4 de julio de 2008
viernes, 20 de junio de 2008
El qué dirán
El qué dirán
Ramón Serrano G.
Es curioso observar cómo a veces se allegan ocasionalmente hasta nosotros personas, costumbres o expresiones, que por inusuales teníamos ya arrumbadas en el arcón del olvido. Alguien o algo con quien o con lo que tuvimos cotidiano trato, pero que las circunstancia de la vida o los usos y costumbres los alejaron de nuestro entorno, hasta el punto de parecer que nunca hubiesen existido.
Así, un buen día me cruzo en la calle con una persona a quien hacía tiempo que no veía, tanto, que ya la tenía olvidada por completo. ¡Hombre!, te dices, pero si este es Zutano, aquél que…. Otras veces, cumpliendo con obligaciones familiares o sociales, tengo que ir, casi a regañadientes desde luego, al cementerio, y como en Tomillares son muy amigos a poner en nicho o tumba una fotografía del difunto, viéndola, me entero de que aquella persona, con la que tuve algún trato o simple conocencia anterior, ha dejado de estar entre nosotros.
Hay ocasiones, ¡quién lo diría!, en las que alguien le abre y le sujeta una puerta a otro cediéndole el paso; o que en un transporte público una persona se levanta y ofrece su asiento a alguna señora o a persona de edad avanzada. O en plena calle, mozo, moza, u hombre caballeroso, deja el interior de la acera a una mujer. Y esto, aunque les parezca imposible, es algo que sucede. Aunque crean que es asombroso, ocurre. Doy fe de ello. Y cuando uno lo ve, se acuerda de inmediato de otros tiempos en que estas actuaciones eran habituales.
Viene a suceder igualmente que en algunas conversaciones se sacan a colación frases o expresiones que desde tiempo ha, se han convertido inexplicablemente en obsoletas. Ya nadie dice por ejemplo: Por las ánimas benditas. O, que usted lo pase bien. U otras tantas que podríamos traer a colación. Pero ayer oí una, que no escuchaba desde hacía muchos años y que me trajo a la mente diversas evocaciones y pensamientos. Era concretamente el que dirán. Sí, sí, eso he dicho: el qué dirán. Algo de lo que se acuerdan muchos de ustedes, pero de lo que no tienen la más remota idea aquellos que no han cumplido aún los treinta años.
Era ese qué dirán no un miedo claro, pero sí un respeto a la opinión ajena, que frenaba o, al menos, condicionaba un tanto el comportamiento de la gente. No es que esta fuese gazmoña o mojigata, sino que procuraba que nadie tildara su conducta como pecaminosa o en desacuerdo con el proceder ortodoxo de la época. Por ello, ninguna muchacha que estuviera en su sano juicio, se atrevía a salir a la calle mostrando en exceso su epidermis. No había mujer que consintiera que su hijo o marido saliesen de su casa con una prenda rota o simplemente deshilachada. Ni novia que permitiera una pública caricia de su amado, aunque fuese mínima, a no ser que se viese amparada por la oscuridad de la noche o la soledad de algún parque. O persona que teniendo a su cargo o administración bienes de otros, ya públicos, ya privados, dispusiera ladinamente de ellos en su propio beneficio.
Hoy, ya es otra cosa. No diré si mejor o peor, que a juicio del sensato lector lo dejo, pero es otra cosa. Ahora una joven sale de su casa mostrando generosamente por arriba, por el centro y por abajo sus atributos, que dicho sea de paso, la mayoría de las veces suelen ser atractivos, y lo hace con la misma naturalidad con la que un chaval se come un caramelo. Hoy nos solemos cruzar con personas cuyos pantalones no es que vayan raídos, no, es que llevan rotos por los que cabe la mano de un hombre. En estos tiempos no es extraño ver cómo a cualquier hora del día o de la noche, y en el sitio más iluminado o concurrido, una pareja, unos simples conocidos que no tienen que estar unidos por ningún compromiso o promesa, se morrean y magrean mutuamente, y que les vean u opinen de su conducta les importa lo mismo que a mí me da que esté lloviendo ahora en Mogadiscio. En la actualidad, y bien lo sabemos todos, muchos hacen fortunas, pequeñas, grandes o inmensas, subrepticia y ladinamente, desviando a su bolsillo bienes o ganancias pertenecientes a empresas o entidades en las que desarrollan sus actividades y lo hacen con el mismo descaro con el que una mosca se posa en un pastel. Pero esto merece un estudio más extenso, así que dejémoslo.
Diré por último, porque así lo creo y porque algún lector ya estará echándolo en falta, que nuestra adecuada forma de obrar debe estar impelida por nuestros correctos sentimientos y no sólo por la opinión que el prójimo pueda sacar de nosotros por nuestras actuaciones, que esto, y no otra cosa, es el qué dirán aludido. Pero pese a ello, si el qué dirán actúa en nosotros como un mantra, como una sunna, o como un precepto que nos lleva a que nuestras acciones estén dentro de la honradez y el comedimiento, y lejos por tanto de la extravagancia, del descaro o de la incorrección, es natural que yo, y otros muchos, lo echemos de menos.
Junio de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de junio de 2008
Ramón Serrano G.
Es curioso observar cómo a veces se allegan ocasionalmente hasta nosotros personas, costumbres o expresiones, que por inusuales teníamos ya arrumbadas en el arcón del olvido. Alguien o algo con quien o con lo que tuvimos cotidiano trato, pero que las circunstancia de la vida o los usos y costumbres los alejaron de nuestro entorno, hasta el punto de parecer que nunca hubiesen existido.
Así, un buen día me cruzo en la calle con una persona a quien hacía tiempo que no veía, tanto, que ya la tenía olvidada por completo. ¡Hombre!, te dices, pero si este es Zutano, aquél que…. Otras veces, cumpliendo con obligaciones familiares o sociales, tengo que ir, casi a regañadientes desde luego, al cementerio, y como en Tomillares son muy amigos a poner en nicho o tumba una fotografía del difunto, viéndola, me entero de que aquella persona, con la que tuve algún trato o simple conocencia anterior, ha dejado de estar entre nosotros.
Hay ocasiones, ¡quién lo diría!, en las que alguien le abre y le sujeta una puerta a otro cediéndole el paso; o que en un transporte público una persona se levanta y ofrece su asiento a alguna señora o a persona de edad avanzada. O en plena calle, mozo, moza, u hombre caballeroso, deja el interior de la acera a una mujer. Y esto, aunque les parezca imposible, es algo que sucede. Aunque crean que es asombroso, ocurre. Doy fe de ello. Y cuando uno lo ve, se acuerda de inmediato de otros tiempos en que estas actuaciones eran habituales.
Viene a suceder igualmente que en algunas conversaciones se sacan a colación frases o expresiones que desde tiempo ha, se han convertido inexplicablemente en obsoletas. Ya nadie dice por ejemplo: Por las ánimas benditas. O, que usted lo pase bien. U otras tantas que podríamos traer a colación. Pero ayer oí una, que no escuchaba desde hacía muchos años y que me trajo a la mente diversas evocaciones y pensamientos. Era concretamente el que dirán. Sí, sí, eso he dicho: el qué dirán. Algo de lo que se acuerdan muchos de ustedes, pero de lo que no tienen la más remota idea aquellos que no han cumplido aún los treinta años.
Era ese qué dirán no un miedo claro, pero sí un respeto a la opinión ajena, que frenaba o, al menos, condicionaba un tanto el comportamiento de la gente. No es que esta fuese gazmoña o mojigata, sino que procuraba que nadie tildara su conducta como pecaminosa o en desacuerdo con el proceder ortodoxo de la época. Por ello, ninguna muchacha que estuviera en su sano juicio, se atrevía a salir a la calle mostrando en exceso su epidermis. No había mujer que consintiera que su hijo o marido saliesen de su casa con una prenda rota o simplemente deshilachada. Ni novia que permitiera una pública caricia de su amado, aunque fuese mínima, a no ser que se viese amparada por la oscuridad de la noche o la soledad de algún parque. O persona que teniendo a su cargo o administración bienes de otros, ya públicos, ya privados, dispusiera ladinamente de ellos en su propio beneficio.
Hoy, ya es otra cosa. No diré si mejor o peor, que a juicio del sensato lector lo dejo, pero es otra cosa. Ahora una joven sale de su casa mostrando generosamente por arriba, por el centro y por abajo sus atributos, que dicho sea de paso, la mayoría de las veces suelen ser atractivos, y lo hace con la misma naturalidad con la que un chaval se come un caramelo. Hoy nos solemos cruzar con personas cuyos pantalones no es que vayan raídos, no, es que llevan rotos por los que cabe la mano de un hombre. En estos tiempos no es extraño ver cómo a cualquier hora del día o de la noche, y en el sitio más iluminado o concurrido, una pareja, unos simples conocidos que no tienen que estar unidos por ningún compromiso o promesa, se morrean y magrean mutuamente, y que les vean u opinen de su conducta les importa lo mismo que a mí me da que esté lloviendo ahora en Mogadiscio. En la actualidad, y bien lo sabemos todos, muchos hacen fortunas, pequeñas, grandes o inmensas, subrepticia y ladinamente, desviando a su bolsillo bienes o ganancias pertenecientes a empresas o entidades en las que desarrollan sus actividades y lo hacen con el mismo descaro con el que una mosca se posa en un pastel. Pero esto merece un estudio más extenso, así que dejémoslo.
Diré por último, porque así lo creo y porque algún lector ya estará echándolo en falta, que nuestra adecuada forma de obrar debe estar impelida por nuestros correctos sentimientos y no sólo por la opinión que el prójimo pueda sacar de nosotros por nuestras actuaciones, que esto, y no otra cosa, es el qué dirán aludido. Pero pese a ello, si el qué dirán actúa en nosotros como un mantra, como una sunna, o como un precepto que nos lleva a que nuestras acciones estén dentro de la honradez y el comedimiento, y lejos por tanto de la extravagancia, del descaro o de la incorrección, es natural que yo, y otros muchos, lo echemos de menos.
Junio de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 20 de junio de 2008
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