Aviso a navegantes
Ramón Serrano G.
Bien sabido es que el hombre no vive sólo de lo que hace, sino igualmente de lo que piensa, e igualmente es conocido por todos que no basta para nada con tener satisfecho el cuerpo si no se halla complacida el alma por parejo. Y hasta tal punto se produce esto así, que es muy común encontrar a quien tiene cubiertas todas sus necesidades físicas, al menos aparentemente, y sin embargo no es feliz en absoluto, ya que su mente está obcecada en deambular por otros derroteros distintos a los normales. Perdida en dédalos de dificultosa salida. Dispuesta a discurrir por boscosos laberintos que poca o ninguna paz le proporcionan.
También es sabido por todos cómo el hombre, cuando joven, dedica la mayor parte de sus tareas anímicas a la esperanza, al trabajo de forjarse ilusiones, empujado por el anhelo, más o menos exagerado, de conseguirlas. A ponerse metas, mucho o poco intrincadas, que de lograrlas le satisfagan ampliamente. A marcar para su vida una finalidad que le dé sentido y significado, siendo esa señal más alta cuanto mayor sea la personalidad del individuo. Por el contrario, cuando ya alcanzó la persona la mitad de su edad, o de la que sería su normal existencia, tanto si ha aquistado sus objetivos, como si no lo ha hecho, tiende a conformarse con lo logrado, o como mucho a retocarlo ligeramente, y pocos son los que, frisando los cincuenta, intentan faenas de mayor enjundia. A esos pocos, desde aquí, mi testimonio de admiración. Los más empiezan ya a evocar el pretérito, sabiendo que su futuro no debe ser ya muy largo, o al menos inferior a su pasado. Es ese momento crucial en la vida de las personas en las que los propósitos y las esperanzas se van difuminando, dando paso a las rememoraciones y añoranzas.
Y muchas veces he pensado, e incluso escrito, que nuestros recuerdos suelen acudir casi siempre a los hechos o acontecimientos que nos son deleitosos, pero quisiera decir además, y esto es lo importante, que resbalan sobre muchas de las cosas ocurridas, apropincuándose a ellas apenas sin tocarlas. Como en una caricia. Como el enamorado pasa el dorso de su mano por la cara de la mujer que adora. Como el padre apenas roza la mejilla de su hijo recién nacido. Pensando, tal vez, que una mayor presión de nuestro tacto podría dañar esas delicadas naturalezas, pero incapaces de renunciar a esa sutil palpación, para con ella convencernos de que lo que tanto amamos está allí tangible, a nuestro alcance.
De tal forma es esto, como vengo en decir, que las más de las ocasiones circuimos lo rememorado con cariño. Nuestra mente desarrolla, ante la evocación de los hechos que la ocupan en cada momento, la doble función de ir expulsando de ella lo que pudiera ser angustioso, o al menos poco grato, para coger y mantener dentro de sí, exclusivamente, lo que de bueno y agradable hubiera existido en las circunstancias rememoradas.
Esto es lo que corrientemente suele ocurrir, y sin embargo no es lo más lógico, ya que se debería recordar lo bueno y lo malo con la misma frecuencia y con el mismo detenimiento. Lo uno, como recompensa y satisfacción. Lo otro, como castigo y compunción. Ambos, como ejemplo de lo qué sí y de lo qué no debe hacerse. Pero suele practicarse la distinción antedicha porque es sabido que se tiende a la autocomplacencia, y nos es mucho más deleitosa la satisfacción del espíritu, que el remordimiento de la conciencia.
Pero dado que esto es así, y que los seres humanos buscan la felicidad (aunque se debe apostillar aquí que cada persona y cada época tuvo una concepción diferente de lo que otorgaba la felicidad a sus coetáneos) y que como viene explicado con anterioridad, tendemos por naturaleza a recordar lo bueno, deberíamos imponernos la obligación de hacer las cosas bien, o al menos lo mejor que sepamos o podamos, para poder tener cuando mayores buenas evocaciones y no pesadillas de nuestros actos. Afanarnos en que esas correctas acciones sean las teselas con las construyamos el mosaico de nuestra vida.
Debe hacerse de esa forma, lo mismo que se debe ir ahorrando a lo largo de la vida para, al llegar a esa edad en la que las actividades de la persona ya apenas son físicas, tener una vejez económicamente confortable. Con ello estaremos muy satisfechos de poder guardar en nuestra alma y en nuestro armario una buena cartilla de recuerdos ahorrados, que nos proporcionará pingües intereses, los cuales contribuirán bastante a que podamos vivir, grata y dignamente, nuestros últimos días. Creo que este es, y por eso lo escribo, un oportuno aviso a navegantes.
Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 23 de mayo de 2008
viernes, 23 de mayo de 2008
viernes, 9 de mayo de 2008
Perspectivas
Las perspectivas
Ramón Serrano G.
“Dile a la del pelo lacio/ si se quiere columpiar/que la quiero enamorar/ meciéndola muy despacio”.- Bambera
Todas las cosas, absolutamente todas las cosas de este mundo tienen, al menos, tres perspectivas desde las cuales pueden ser contempladas. La primera es la que aparentan, es decir, la imagen que dan ante los demás y cómo estos están acostumbrados a verlas, y lo que es peor aún, cómo piensan que en realidad es su sustancia y funcionamiento. La segunda es cómo deberían ser, o mejor dicho, cuál sería su estado perfecto o idealizable si respondieran en toda su esencia a las condiciones con que la naturaleza o el hombre las ha creado. La última es cómo son en realidad, o sea cuál es su verdadera constitución, su auténtica idiosincrasia, su normal y cotidiano comportamiento.
Ejemplos de ello, podríamos traer aquí a montón, a miles. En todos los terrenos, tanto en el artístico, como en el político, en el social, en el de la naturaleza humana en suma. En la cultura o en la técnica, en la moda o en la alimentación, en el cultivo o en la artesanía, todo lo que ha recibido la creación o la manufactura del ser humano se nos muestra bajo esos tres aspectos fundamentales: cómo aparenta ser, cómo debiera ser y cómo es en realidad. Hay casos, algunos casos, muy pocos casos, en que la segunda faceta prima sobre las otras dos, o dicho de otra forma, que una cosa es de una ejecución y una materia magnífica, y como tal se nos ofrece. Pero lamentablemente hay casos, muchos casos, demasiados casos, en que la primera condición aniquila a las otras dos, o aclarándolo, lo artificioso prima sobre lo verdadero. Vamos que nos están queriendo dar gato por liebre y de hecho demasiadas veces lo consiguen.
Ya digo que podríamos poner un montón de ejemplos demostrativos de la veracidad de estos asertos, pero vamos a fijarnos, someramente, en dos aspectos con los que explicar más gráficamente estos mis decires. Me voy a parar, un tanto, en dos actitudes muy significativas de la vida de los seres humanos, las ideologías y el trabajo, puesto que con el comportamiento de cada uno ante ambas se demuestra muy a las claras la manera de ser del individuo.
En las creencias, citaremos en primer lugar la postura farisaica de quien obra o habla completamente dominado por el que me vean o por el qué dirán, sin que en su fuero interno estén arraigadas, en ningún sentido, los credos o los dichos que pregona, pero que en la práctica no lleva nunca a cabo, ya que está dominado por su verdadera forma de ser o de pensar, que siempre es antagónica a su manera de decir.
Hablaremos, ahora, de los auténticos ideales de esas ideologías, que son verdaderos ejemplos del camino a seguir y cuya consecución está mucho más a nuestro alcance de lo que nos imaginamos. Digamos por último que el modo de comportarse de la mayoría suele ser pacato y poco evangelizador, digamos sobre todo que es de escaso apostolado, ya que se suelen dedicar más esfuerzos e inquietudes a lo terrenal y a lo tangible.
Y cosas muy parecidas podríamos decir si nos adentrásemos en el terreno de lo laboral. El trabajo, en cuanto es la actividad en la que uno está ocupado habitualmente y de la que obtiene los medios económicos para su subsistencia, está dotado de unas características que le son intrínsecas e inseparables, si no se quiere apartar a aquél de su verdadera y auténtica identidad.
Por ello, cabe denunciar que muchos hay que ejercen un trabajo que no es serio, ni formal, y con el que tan sólo buscan unas monedas sin ofrecer a cambio algo que tenga realmente valía. Por dinero baila el perro, dicen, y es verdad, aunque el trabajo del perro no es trabajo, que una cosa es trabajar por un salario justo y digno, y otra muy distinta es bailar, hacer carantoñas, dingolondangos y meguezes, para dar, a cambio de un corto dinero, nada de valor a la parroquia. Tan sólo atraer a clientes con falsas promesas, ¡ y cuántos y cuántos viven hoy de eso, y bien vividos!
Cabe, en segundo lugar, alabar la tarea y el esfuerzo de muchos inconformistas y autoexigentes que cumplen con sus obligaciones laborales hasta la extenuación y son dignos del mayor elogio y reconocimiento por parte de todos nosotros, aun cuando muchas veces seamos demasiado reacios a reconocer públicamente todos sus méritos, que son muchos. Son los que le dan al término TRABAJO toda su grandiosidad y magnificencia. No sé si poner en este caso ejemplo aclaratorio alguno, ya que enseguida vendrá alguien a decirme que igualmente debería haber citado a X o a Z, pero no me resisto a traer a colación a dos grupos que desarrollan una constante labor excepcional: son los equipos médicos de urgencias, que siempre han de ocuparse de casos peliagudos en situaciones extremas, y, junto a ellos, el sacrificadísimo cuerpo de bomberos.
Y estamos, por último, los que cumplimos, o intentamos cumplir con nuestra ocupación, cabalmente como sabemos, pero sin esforzarnos en mejorar posición o conocimientos, y, por supuesto, sin llevar a cabo nada digno de tirar cohetes. Lo que no significa poco y, por otra parte, es completamente correcto. Es aquello que hace el currito de turno, que se conforma con llevar el jornal a la María y a la prole, y ver si de cuando en cuando se saca algún dinerillo extra para cualquier gasto de poca monta. Vamos, lo que se dice cumplir lo justito con el contrato y se acabó. Y de estos, ya digo, estamos la tira.
Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de mayo de 2008
Ramón Serrano G.
“Dile a la del pelo lacio/ si se quiere columpiar/que la quiero enamorar/ meciéndola muy despacio”.- Bambera
Todas las cosas, absolutamente todas las cosas de este mundo tienen, al menos, tres perspectivas desde las cuales pueden ser contempladas. La primera es la que aparentan, es decir, la imagen que dan ante los demás y cómo estos están acostumbrados a verlas, y lo que es peor aún, cómo piensan que en realidad es su sustancia y funcionamiento. La segunda es cómo deberían ser, o mejor dicho, cuál sería su estado perfecto o idealizable si respondieran en toda su esencia a las condiciones con que la naturaleza o el hombre las ha creado. La última es cómo son en realidad, o sea cuál es su verdadera constitución, su auténtica idiosincrasia, su normal y cotidiano comportamiento.
Ejemplos de ello, podríamos traer aquí a montón, a miles. En todos los terrenos, tanto en el artístico, como en el político, en el social, en el de la naturaleza humana en suma. En la cultura o en la técnica, en la moda o en la alimentación, en el cultivo o en la artesanía, todo lo que ha recibido la creación o la manufactura del ser humano se nos muestra bajo esos tres aspectos fundamentales: cómo aparenta ser, cómo debiera ser y cómo es en realidad. Hay casos, algunos casos, muy pocos casos, en que la segunda faceta prima sobre las otras dos, o dicho de otra forma, que una cosa es de una ejecución y una materia magnífica, y como tal se nos ofrece. Pero lamentablemente hay casos, muchos casos, demasiados casos, en que la primera condición aniquila a las otras dos, o aclarándolo, lo artificioso prima sobre lo verdadero. Vamos que nos están queriendo dar gato por liebre y de hecho demasiadas veces lo consiguen.
Ya digo que podríamos poner un montón de ejemplos demostrativos de la veracidad de estos asertos, pero vamos a fijarnos, someramente, en dos aspectos con los que explicar más gráficamente estos mis decires. Me voy a parar, un tanto, en dos actitudes muy significativas de la vida de los seres humanos, las ideologías y el trabajo, puesto que con el comportamiento de cada uno ante ambas se demuestra muy a las claras la manera de ser del individuo.
En las creencias, citaremos en primer lugar la postura farisaica de quien obra o habla completamente dominado por el que me vean o por el qué dirán, sin que en su fuero interno estén arraigadas, en ningún sentido, los credos o los dichos que pregona, pero que en la práctica no lleva nunca a cabo, ya que está dominado por su verdadera forma de ser o de pensar, que siempre es antagónica a su manera de decir.
Hablaremos, ahora, de los auténticos ideales de esas ideologías, que son verdaderos ejemplos del camino a seguir y cuya consecución está mucho más a nuestro alcance de lo que nos imaginamos. Digamos por último que el modo de comportarse de la mayoría suele ser pacato y poco evangelizador, digamos sobre todo que es de escaso apostolado, ya que se suelen dedicar más esfuerzos e inquietudes a lo terrenal y a lo tangible.
Y cosas muy parecidas podríamos decir si nos adentrásemos en el terreno de lo laboral. El trabajo, en cuanto es la actividad en la que uno está ocupado habitualmente y de la que obtiene los medios económicos para su subsistencia, está dotado de unas características que le son intrínsecas e inseparables, si no se quiere apartar a aquél de su verdadera y auténtica identidad.
Por ello, cabe denunciar que muchos hay que ejercen un trabajo que no es serio, ni formal, y con el que tan sólo buscan unas monedas sin ofrecer a cambio algo que tenga realmente valía. Por dinero baila el perro, dicen, y es verdad, aunque el trabajo del perro no es trabajo, que una cosa es trabajar por un salario justo y digno, y otra muy distinta es bailar, hacer carantoñas, dingolondangos y meguezes, para dar, a cambio de un corto dinero, nada de valor a la parroquia. Tan sólo atraer a clientes con falsas promesas, ¡ y cuántos y cuántos viven hoy de eso, y bien vividos!
Cabe, en segundo lugar, alabar la tarea y el esfuerzo de muchos inconformistas y autoexigentes que cumplen con sus obligaciones laborales hasta la extenuación y son dignos del mayor elogio y reconocimiento por parte de todos nosotros, aun cuando muchas veces seamos demasiado reacios a reconocer públicamente todos sus méritos, que son muchos. Son los que le dan al término TRABAJO toda su grandiosidad y magnificencia. No sé si poner en este caso ejemplo aclaratorio alguno, ya que enseguida vendrá alguien a decirme que igualmente debería haber citado a X o a Z, pero no me resisto a traer a colación a dos grupos que desarrollan una constante labor excepcional: son los equipos médicos de urgencias, que siempre han de ocuparse de casos peliagudos en situaciones extremas, y, junto a ellos, el sacrificadísimo cuerpo de bomberos.
Y estamos, por último, los que cumplimos, o intentamos cumplir con nuestra ocupación, cabalmente como sabemos, pero sin esforzarnos en mejorar posición o conocimientos, y, por supuesto, sin llevar a cabo nada digno de tirar cohetes. Lo que no significa poco y, por otra parte, es completamente correcto. Es aquello que hace el currito de turno, que se conforma con llevar el jornal a la María y a la prole, y ver si de cuando en cuando se saca algún dinerillo extra para cualquier gasto de poca monta. Vamos, lo que se dice cumplir lo justito con el contrato y se acabó. Y de estos, ya digo, estamos la tira.
Mayo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 9 de mayo de 2008
miércoles, 30 de abril de 2008
El invento
El invento
Ramón Serrano G.
Debemos ser usted, yo, todos nosotros, conscientes de que hemos creado una nueva civilización, que usted, yo y todos nosotros podremos disfrutar, pero que igual, y muy dolorosamente, usted, yo y todos nosotros hemos de padecer. El hombre ha querido ir desterrando de su entorno el mayor número de incomodidades y peligros posibles, trayendo a su derredor cuantas comodidades y venturas ha creído convenientes. Su logro ha sido cuantioso, y en algunos casos, podríamos decir que casi perfecto. Ha inventado el mágico artefacto que disimula la infelicidad. Pero en su desmedido afán de conquista no ha sabido ver, a su vez, que con su invención estaba construyendo demasiadas barreras y dificultades que pueden llegar a serle infranqueables para conquistar la auténtica dicha. Curiosa y digna de ser leída es la teoría de Rousseau acerca de la influencia negativa de la civilización en el hombre.
Porque los humanos, posiblemente porque estuviesen ya más que hartos de tantos padecimientos, se han lanzado desenfrenadamente a la conquista de un mundo feliz, y no quisiera que nadie viese en esta frase un pobre remedo al magnífico libro de Aldous Huxley, o a la no menos famosa “Tempestad” de Shakespeare. Quiero decir, simple y llanamente, que con y por una tendencia desorbitada al hedonismo, se han ocupado en ir eliminando carencias y en saciar apetitos, pero sin comprobar en unas y en otros si eran de auténtica valía y, lo que es peor aún, sin anclar debidamente los pilares que diesen continua sujeción a esas consecuciones. Pensaron sin duda: cesen ya los sufrimientos añejos y gocemos hoy mismo de nuestros logros, que el mañana está por llegar.
Y en eso se equivocaron, como lo hicieron todos los pueblos que, al igual que estos de hoy, trataron de avanzar sin rebuscar en la historia. Se olvidaron de que, aquella que en otro tiempo fue la todopoderosa Roma, relajando costumbres y apoltronándose en los bienes ganados, se vio invadida y dominada desde el este por unas hordas bárbaras y ávidas de poder. Tampoco se acordaron de que Esparta, aquél pequeño pueblo descendiente de los dorios, supo desarrollar el espíritu de sacrificio y la austeridad, dejando a sus hijos, desde los siete años, vivir solos en los montes o en las vegas del Eurotas. De esa, y otras muchas formas educativas, crearon una gran ciudad-estado que incluso llegó a vencer a Atenas en el Peloponeso.
Pero volvamos a nuestra civilización, en la que, según mi parecer, aún no sabemos vivir, ya que no acabamos de enterarnos de que no todo lo posible es conveniente, ni todo lo agradable es beneficioso. Al contrario, recuerden aquello de lo que nos gusta o engorda, o es pecado. No se suele enseñar hoy en día que todo logro tiene su contrapartida. Que todo tiene un precio que hay que satisfacer. Y que poco, o mejor dicho nada, se alcanza fácilmente, o de bóbilis bóbilis.
Hemos inventado así una maquinaria descomunal, que produce seres creyentes desde su infancia en un mundo lleno de posibilidades, y que les hace ver que estas existen y que son muy apetecibles, pero no se les comunica, y si se hace es de forma muy liviana, que todo juego tiene sus reglas y que estas están para cumplirse. O sea que no consiste en alcanzar algo, sino en hacerlo por las vías adecuadas, por aquello, ya dicho tantas veces, que no es bueno el tener sino el ser. Se les condena a vivir como seres monoteístas, enfermizos adoradores del dios “Posesión”.
Para ello, del credo, y por supuesto, de la praxis de esas ideologías, se han suprimido, por estimarlas demodés, teorías tan acreditadas como aquellas que afirman que todo lo que es importante es difícil de conseguir. Que para ganar es imprescindible sufrir. Que el tesón, la perseverancia, el sacrificio son elementos irreemplazables para la construcción del hábitat en el que poder vivir con dignidad.
Pocos son en la actualidad, y si hay alguno, sus aulas están tan poco concurridas que las telarañas anidan en sus pupitres, pocos son, digo, los centros que enseñan las muy demostradas ideas de que para poder gozar hay que saber padecer, ya que aquello que no ha costado esfuerzo, lo que se nos allega casi como regalado, no tiene nunca consideración y aprecio por nuestra parte. Por el contrario, aunque poco sea lo que alcancemos, esto lo tendremos siempre como importante si al volver la cabeza observamos que el camino que tuvimos que recorrer para llegar a conseguirlo estuvo lleno de dificultades.
Pero me reitero en que desgraciadamente no es de ese modo, y por ello pienso que este nuevo modo de vivir, esa maquinaria descomunal está produciendo entes sin apenas calidad de vida. Obesos, al estar alimentados reiteradamente por el fast food. Pálidos, de no darles nunca el sol. Aborregados obedecedores de políticos y dirigentes que sólo persiguen su propio beneficio. Así, desgraciadamente así, son los hijos de ese “gran invento”, que acabará dándonos serios dolores de cabeza. Y si no nos los acarrea a nosotros, a nuestros sucesores se los proporcionará, seguro. ¡Pues menudo invento!
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de abril de 2008
Ramón Serrano G.
Debemos ser usted, yo, todos nosotros, conscientes de que hemos creado una nueva civilización, que usted, yo y todos nosotros podremos disfrutar, pero que igual, y muy dolorosamente, usted, yo y todos nosotros hemos de padecer. El hombre ha querido ir desterrando de su entorno el mayor número de incomodidades y peligros posibles, trayendo a su derredor cuantas comodidades y venturas ha creído convenientes. Su logro ha sido cuantioso, y en algunos casos, podríamos decir que casi perfecto. Ha inventado el mágico artefacto que disimula la infelicidad. Pero en su desmedido afán de conquista no ha sabido ver, a su vez, que con su invención estaba construyendo demasiadas barreras y dificultades que pueden llegar a serle infranqueables para conquistar la auténtica dicha. Curiosa y digna de ser leída es la teoría de Rousseau acerca de la influencia negativa de la civilización en el hombre.
Porque los humanos, posiblemente porque estuviesen ya más que hartos de tantos padecimientos, se han lanzado desenfrenadamente a la conquista de un mundo feliz, y no quisiera que nadie viese en esta frase un pobre remedo al magnífico libro de Aldous Huxley, o a la no menos famosa “Tempestad” de Shakespeare. Quiero decir, simple y llanamente, que con y por una tendencia desorbitada al hedonismo, se han ocupado en ir eliminando carencias y en saciar apetitos, pero sin comprobar en unas y en otros si eran de auténtica valía y, lo que es peor aún, sin anclar debidamente los pilares que diesen continua sujeción a esas consecuciones. Pensaron sin duda: cesen ya los sufrimientos añejos y gocemos hoy mismo de nuestros logros, que el mañana está por llegar.
Y en eso se equivocaron, como lo hicieron todos los pueblos que, al igual que estos de hoy, trataron de avanzar sin rebuscar en la historia. Se olvidaron de que, aquella que en otro tiempo fue la todopoderosa Roma, relajando costumbres y apoltronándose en los bienes ganados, se vio invadida y dominada desde el este por unas hordas bárbaras y ávidas de poder. Tampoco se acordaron de que Esparta, aquél pequeño pueblo descendiente de los dorios, supo desarrollar el espíritu de sacrificio y la austeridad, dejando a sus hijos, desde los siete años, vivir solos en los montes o en las vegas del Eurotas. De esa, y otras muchas formas educativas, crearon una gran ciudad-estado que incluso llegó a vencer a Atenas en el Peloponeso.
Pero volvamos a nuestra civilización, en la que, según mi parecer, aún no sabemos vivir, ya que no acabamos de enterarnos de que no todo lo posible es conveniente, ni todo lo agradable es beneficioso. Al contrario, recuerden aquello de lo que nos gusta o engorda, o es pecado. No se suele enseñar hoy en día que todo logro tiene su contrapartida. Que todo tiene un precio que hay que satisfacer. Y que poco, o mejor dicho nada, se alcanza fácilmente, o de bóbilis bóbilis.
Hemos inventado así una maquinaria descomunal, que produce seres creyentes desde su infancia en un mundo lleno de posibilidades, y que les hace ver que estas existen y que son muy apetecibles, pero no se les comunica, y si se hace es de forma muy liviana, que todo juego tiene sus reglas y que estas están para cumplirse. O sea que no consiste en alcanzar algo, sino en hacerlo por las vías adecuadas, por aquello, ya dicho tantas veces, que no es bueno el tener sino el ser. Se les condena a vivir como seres monoteístas, enfermizos adoradores del dios “Posesión”.
Para ello, del credo, y por supuesto, de la praxis de esas ideologías, se han suprimido, por estimarlas demodés, teorías tan acreditadas como aquellas que afirman que todo lo que es importante es difícil de conseguir. Que para ganar es imprescindible sufrir. Que el tesón, la perseverancia, el sacrificio son elementos irreemplazables para la construcción del hábitat en el que poder vivir con dignidad.
Pocos son en la actualidad, y si hay alguno, sus aulas están tan poco concurridas que las telarañas anidan en sus pupitres, pocos son, digo, los centros que enseñan las muy demostradas ideas de que para poder gozar hay que saber padecer, ya que aquello que no ha costado esfuerzo, lo que se nos allega casi como regalado, no tiene nunca consideración y aprecio por nuestra parte. Por el contrario, aunque poco sea lo que alcancemos, esto lo tendremos siempre como importante si al volver la cabeza observamos que el camino que tuvimos que recorrer para llegar a conseguirlo estuvo lleno de dificultades.
Pero me reitero en que desgraciadamente no es de ese modo, y por ello pienso que este nuevo modo de vivir, esa maquinaria descomunal está produciendo entes sin apenas calidad de vida. Obesos, al estar alimentados reiteradamente por el fast food. Pálidos, de no darles nunca el sol. Aborregados obedecedores de políticos y dirigentes que sólo persiguen su propio beneficio. Así, desgraciadamente así, son los hijos de ese “gran invento”, que acabará dándonos serios dolores de cabeza. Y si no nos los acarrea a nosotros, a nuestros sucesores se los proporcionará, seguro. ¡Pues menudo invento!
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de abril de 2008
sábado, 12 de abril de 2008
Souvenirs
Souvenirs
Ramón Serrano G.
Aun cuando ya me he referido en alguna ocasión a las acordanzas, (léanse mis artículos en este mismo periódico del 14-01-05 o del 2-12 del mismo año), vuelvo a tocar hoy este tema, aunque enfocándolo desde un prisma muy distinto, y por tanto refiriéndome a otro tipo de recuerdos.
Empezaré, para ello, por decir que una de las muchas cosas en que ha cambiado la vida actual, comparándola con la de hace, digamos, cien años, es la posibilidad que hoy en día tienen la mayoría de las gentes para viajar y la realización frecuente de ese hecho. Antiguamente una gran cantidad de humanos entregaban su alma en el mismo sitio donde habían visto la luz por primera vez, sin que el espacio de tiempo que había mediado entre ambos eventos se hubiesen movido de su lugar natal o a lo sumo habían llegado a algún pueblo o aldea limítrofes. Sabido es que muchos hombres la única salida de su patria chica que hacían a lo largo de su vida era por la obligatoriedad del cumplimiento del servicio militar.
Hoy, afortunadamente, esto ya no es así y cualquier persona de diferente edad, clase o condición, se mueve con relativa frecuencia por muchos de los vericuetos y rincones del ancho mundo. Refiriéndome estoy, creo que es evidente, no a quienes tienen que viajar por causas laborales, que esos suelen llevar el tiempo justo para desarrollar su trabajo, sino a los que lo hacen por asueto. Facilitan estos ociosos desplazamientos actuales los medios de transporte que hay para hacerlo, ya sean públicos o privados, las disponibilidades económicas de los individuos y también la labor social que para ello, desde hace algunos años, están llevando a cabo los distintos gobiernos tanto nacionales como regionales. Y quiero aprovechar esta alusión para rendir testimonio de aplauso y agradecimiento a ese quehacer de las Administraciones, por lo mucho que tiene de beneficioso.
Bueno, pues hete aquí, que hemos salido de excursión, larga o corta, y que ya hemos llegado a nuestro lugar de destino. No nos importa en este caso ni los medios mecánicos o económicos que hemos utilizado, y tampoco si ya conocemos con anterioridad, sea poco o mucho, nuestro lugar de esparcimiento. Lo que sí nos interesa es referirnos a las ocupaciones a las que se suelen dedicar los excursionistas, y que podemos dividir en tres apartados.
El primero, y desde luego el más plausible, es el que engloba a aquellos que, llegados a destino, se dedican más o menos afanosamente en contemplar, disfrutando con ello, paisajes, monumentos, edificios, museos, iglesias, parques, o cualquier otro lugar que la naturaleza o el hombre hayan creado y que les sirva de recreo y esparcimiento del alma, así como de aprendizaje de algo nuevo o corroboración de lo ya conocido. A más, gustan de descubrir usos, costumbres, idiomas, comidas, fiestas o celebraciones características y peculiares del paraje elegido. Su ansia de saber es grande y llenan satisfactoriamente su espíritu con conocimientos nuevos y foráneos.
El segundo lo forman aquellos que cuando cogen vacación, son fervorosos practicantes del dolce far niente. Bueno, en realidad, estos lo suelen ser cuando tienen descanso y cuando no, así que, si pueden, les encanta estar en decúbito (tanto les da que sea prono como supino) y ahí se las den todas. Pero a estos, una vez citados, abandonémoslos, pues no merecen atención.
El tercero es sin duda el más numeroso. Muchos, la mayoría, van a donde sea, al sitio más extraño y pintoresco, pero lo suelen hacer influenciados por una serie de razones hueras aunque, quizás, la más importante sea porque hoy está de moda hacerlo. En primer lugar para presumir después de que se ha estado en este y en aquél lugar, y después para hacer las compras correspondientes que más tarde servirán como prueba irrefutable del viaje. Les interesa poco ver y conocer lo hermoso y admirable de una región extraña. Lo que sí les importa, y mucho, es que su entorno sepa que les gusta viajar y que lo hacen ya que tienen posibilidades para ello.
Por estas razones, al llegar a destino, dedican de inmediato su tiempo a adquirir souvenirs, muchos souvenirs, para familia, amigos, o para ellos mismos. Y en esas adquisiciones malgastan lastimosamente su tiempo y su dinero. Pero eso les da igual, ya que les es imprescindible venir cargados como acémilas con algunos objetos absurdos, eso sí, muy monos, pero que tarde o temprano acabarán arredrados en algún cajón. A este respecto, recuerdo perfectamente que en la primavera de 1974 hubo una excursión a las Islas Canarias, cosa que por aquellos entonces era poco común y muy atractiva. Y sé de quienes se volvieron a la península después de siete días sin haber visto el Roque Nublo, o los Jameos del agua, o el famoso drago de Icod de los Vinos. En realidad les hubiese gustado, pero consideraron más interesante dedicar sus jornadas, desde que salía el sol hasta el ocaso, a visitar las tiendas de los hindúes para comprar, por algunas monedas menos que en la península, unas gafas de sol, un reloj o un transistor.
Pues si así son los viajes en la actualidad, y dado que el vivir del hombre no es otra cosa que un accidentado deambular por la tierra desde su primer día hasta que viene a llevárselo “la descarnada”, podemos observar cómo hay seres que dedican su existencia a aprender cuanto pueden y luego utilizar su saber en beneficio de sus congéneres. Que igualmente los hay que procuran no dar nunca un palo al agua. Estos son incontables. Y que también existen, y también son muchos, los que se afanan con ahínco en adquirir y acaparar lo que pueden, sin darse cuenta de que algún día habrán de perderlo todo de una forma u otra. Creen los pobres, que esto que atesoran en este corto itinerario que es su corta vida, son souvenirs que se podrán llevar en su viaje a aquel lugar del que nunca volvió nadie.
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de abril de 2008
Ramón Serrano G.
Aun cuando ya me he referido en alguna ocasión a las acordanzas, (léanse mis artículos en este mismo periódico del 14-01-05 o del 2-12 del mismo año), vuelvo a tocar hoy este tema, aunque enfocándolo desde un prisma muy distinto, y por tanto refiriéndome a otro tipo de recuerdos.
Empezaré, para ello, por decir que una de las muchas cosas en que ha cambiado la vida actual, comparándola con la de hace, digamos, cien años, es la posibilidad que hoy en día tienen la mayoría de las gentes para viajar y la realización frecuente de ese hecho. Antiguamente una gran cantidad de humanos entregaban su alma en el mismo sitio donde habían visto la luz por primera vez, sin que el espacio de tiempo que había mediado entre ambos eventos se hubiesen movido de su lugar natal o a lo sumo habían llegado a algún pueblo o aldea limítrofes. Sabido es que muchos hombres la única salida de su patria chica que hacían a lo largo de su vida era por la obligatoriedad del cumplimiento del servicio militar.
Hoy, afortunadamente, esto ya no es así y cualquier persona de diferente edad, clase o condición, se mueve con relativa frecuencia por muchos de los vericuetos y rincones del ancho mundo. Refiriéndome estoy, creo que es evidente, no a quienes tienen que viajar por causas laborales, que esos suelen llevar el tiempo justo para desarrollar su trabajo, sino a los que lo hacen por asueto. Facilitan estos ociosos desplazamientos actuales los medios de transporte que hay para hacerlo, ya sean públicos o privados, las disponibilidades económicas de los individuos y también la labor social que para ello, desde hace algunos años, están llevando a cabo los distintos gobiernos tanto nacionales como regionales. Y quiero aprovechar esta alusión para rendir testimonio de aplauso y agradecimiento a ese quehacer de las Administraciones, por lo mucho que tiene de beneficioso.
Bueno, pues hete aquí, que hemos salido de excursión, larga o corta, y que ya hemos llegado a nuestro lugar de destino. No nos importa en este caso ni los medios mecánicos o económicos que hemos utilizado, y tampoco si ya conocemos con anterioridad, sea poco o mucho, nuestro lugar de esparcimiento. Lo que sí nos interesa es referirnos a las ocupaciones a las que se suelen dedicar los excursionistas, y que podemos dividir en tres apartados.
El primero, y desde luego el más plausible, es el que engloba a aquellos que, llegados a destino, se dedican más o menos afanosamente en contemplar, disfrutando con ello, paisajes, monumentos, edificios, museos, iglesias, parques, o cualquier otro lugar que la naturaleza o el hombre hayan creado y que les sirva de recreo y esparcimiento del alma, así como de aprendizaje de algo nuevo o corroboración de lo ya conocido. A más, gustan de descubrir usos, costumbres, idiomas, comidas, fiestas o celebraciones características y peculiares del paraje elegido. Su ansia de saber es grande y llenan satisfactoriamente su espíritu con conocimientos nuevos y foráneos.
El segundo lo forman aquellos que cuando cogen vacación, son fervorosos practicantes del dolce far niente. Bueno, en realidad, estos lo suelen ser cuando tienen descanso y cuando no, así que, si pueden, les encanta estar en decúbito (tanto les da que sea prono como supino) y ahí se las den todas. Pero a estos, una vez citados, abandonémoslos, pues no merecen atención.
El tercero es sin duda el más numeroso. Muchos, la mayoría, van a donde sea, al sitio más extraño y pintoresco, pero lo suelen hacer influenciados por una serie de razones hueras aunque, quizás, la más importante sea porque hoy está de moda hacerlo. En primer lugar para presumir después de que se ha estado en este y en aquél lugar, y después para hacer las compras correspondientes que más tarde servirán como prueba irrefutable del viaje. Les interesa poco ver y conocer lo hermoso y admirable de una región extraña. Lo que sí les importa, y mucho, es que su entorno sepa que les gusta viajar y que lo hacen ya que tienen posibilidades para ello.
Por estas razones, al llegar a destino, dedican de inmediato su tiempo a adquirir souvenirs, muchos souvenirs, para familia, amigos, o para ellos mismos. Y en esas adquisiciones malgastan lastimosamente su tiempo y su dinero. Pero eso les da igual, ya que les es imprescindible venir cargados como acémilas con algunos objetos absurdos, eso sí, muy monos, pero que tarde o temprano acabarán arredrados en algún cajón. A este respecto, recuerdo perfectamente que en la primavera de 1974 hubo una excursión a las Islas Canarias, cosa que por aquellos entonces era poco común y muy atractiva. Y sé de quienes se volvieron a la península después de siete días sin haber visto el Roque Nublo, o los Jameos del agua, o el famoso drago de Icod de los Vinos. En realidad les hubiese gustado, pero consideraron más interesante dedicar sus jornadas, desde que salía el sol hasta el ocaso, a visitar las tiendas de los hindúes para comprar, por algunas monedas menos que en la península, unas gafas de sol, un reloj o un transistor.
Pues si así son los viajes en la actualidad, y dado que el vivir del hombre no es otra cosa que un accidentado deambular por la tierra desde su primer día hasta que viene a llevárselo “la descarnada”, podemos observar cómo hay seres que dedican su existencia a aprender cuanto pueden y luego utilizar su saber en beneficio de sus congéneres. Que igualmente los hay que procuran no dar nunca un palo al agua. Estos son incontables. Y que también existen, y también son muchos, los que se afanan con ahínco en adquirir y acaparar lo que pueden, sin darse cuenta de que algún día habrán de perderlo todo de una forma u otra. Creen los pobres, que esto que atesoran en este corto itinerario que es su corta vida, son souvenirs que se podrán llevar en su viaje a aquel lugar del que nunca volvió nadie.
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de abril de 2008
domingo, 30 de marzo de 2008
La firma
La firma
Ramón Serrano G.
Quienes han tenido la paciencia y la amabilidad de leer alguno de mis escritos, saben que muchos de ellos los empiezo utilizando la definición que el D.R.A.E da de ese tema al que voy a referirme, porque en ella me puedo asentar cumplidamente para desarrollar el mismo. Así, refiriéndose al de hoy, dice el docto libro que es el nombre o título de una persona, generalmente acompañado de una rúbrica, escrito por ella tal y como tiene costumbre de hacerlo, puesto al pie de una carta o documento, y por la cual estos quedan autorizados, y/o autentificados.
Pero vayamos al tema. Hablando un día con uno de esos encantadores vejetes que toman el sol de media mañana sentados en los bancos públicos, le pregunté que qué era la firma para él, y fíjense el enorme parecido que tiene su contestación, llana y pueblerina, con la académica antes descrita. Me dijo el buen hombre que era el nombre, o demasiadas veces algunas letras indescifrables, que alguien pone al final de algo, que casi siempre lleva atrás un garrapato, y con lo que viene a decirse quién es el autor de lo dicho, o de que da su consentimiento, o de que se hace responsable de algo.
También quisiera contarles dos hechos casi históricos (hoy ya no se dan, para mal y para bien) pero tan recientes que yo los he vivido en varias ocasiones debido al ejercicio de mi profesión. Uno era la formalización de un trato. Dos hombres hablaban sobre una transacción, pongamos por ejemplo, ajustaban los términos de la misma y llegados a un acuerdo se daban un apretón de manos. Con él, admitían su compromiso de cumplir lo pactado y ya no eran necesarios papeles ni rúbricas. La palabra de un hombre valía tanto, o más, que lo escrito. Créanselo los jóvenes. Eso pasaba. Como igualmente ocurría que muchas personas, desgraciadamente analfabetas, acudían a un despacho para tratar de resolver un asunto, y lo hacían con cierta desenvoltura. Su azoramiento llegaba cuando se veían obligados a firmar. Entonces algunos, con cierta parsimonia, sacaban de su ajada cartera un viejo papel, lo ponían delante y luego, despacíco y dificultosamente, copiaban lo que allí tenían como muestra, y que no era otra cosa que su firma.
Digamos, aunque sólo sea de pasada, cómo signaban los documentos que otros tenían que escribirles, aquellas/os que por sí mismos no sabían hacerlo. Si era algo oficial se solía dejar la huella del dedo pulgar debidamente impregnada en tinta. Si eran textos más íntimos o personales se solicitaba la imprescindible ayuda: ..”Escribidme una carta, señor cura…”, que nos encandilaba Campoamor. Terminada la labor del amanuense, tomaban ellas el protagonismo, borrajeaban algo y después añadían alguna señal que guardaba una significación convenida de antemano. Entre novios, casi siempre eran cruces y círculos. Aquellas representaban abrazos. Estos, besos.
De hoy, podemos decir que la firma es imprescindible y que hasta se puede hacer de forma electrónica. Y que hay quien firma por un barbecho y quien no lo hace hasta haberse leído concienzudamente la letra pequeña. Pero dejemos ese tipo de firmas que es a otro al que quiero referirme, aunque dejando claro que siempre la firma fue, y es, un acto trascendente y resolutivo. Nada está acordado definitivamente hasta que es firmado.
Sobre ello dicen, y puede que lleven razón, los peritos grafólogos que a través de la firma se puede adivinar la forma de ser de la persona que la estampa. Yo me lo creo, al igual que hago con otras tantas cosas de las que no entiendo (y son muchas) y me fío de la opinión de los expertos.
Pero a la firma a la que quiero hoy referirme, la que deseo principalmente resaltar es aquella que los seres humanos van poniendo día a día, o lo que es igual, su forma de ser, sus sentimientos, sus cualidades, su capacidad de obrar, en todo cuanto van realizando a los largo de su existencia. Y aun cuando lo hacen de manera más significativa los grandes hombres (se sabe bien si una pintura es de Van Gogh o una música de Bach, aunque podríamos poner otros muchos ejemplos) todos, al ejecutar nuestros actos, grandes o sencillos, importantes o triviales, vamos firmando, vamos haciéndonos un nombre, vamos responsabilizándonos de nuestros actos, vamos diciendo lo que somos. Cuántas veces hemos oído aquello de: …y qué podías esperar de él. O eso otro de: …como siempre, se comportó estupendamente.
Seamos entonces conscientes de que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y aun en el tiempo que permanecemos en el lecho, venimos dando testimonio de nuestro modo de ser. Que estamos continuamente firmando, y, con ello, autentificando, dando importancia y haciéndonos responsables de nuestras acciones. Que cada cual vea entonces si antes de echar la rúbrica le conviene estudiar minuciosamente lo que hace, si debe leer hasta la letra pequeña, o lo que le puede acarrear el firmar por un barbecho, aun cuando esto le traiga sin cuidado.
Marzo 2008
Ramón Serrano G.
Quienes han tenido la paciencia y la amabilidad de leer alguno de mis escritos, saben que muchos de ellos los empiezo utilizando la definición que el D.R.A.E da de ese tema al que voy a referirme, porque en ella me puedo asentar cumplidamente para desarrollar el mismo. Así, refiriéndose al de hoy, dice el docto libro que es el nombre o título de una persona, generalmente acompañado de una rúbrica, escrito por ella tal y como tiene costumbre de hacerlo, puesto al pie de una carta o documento, y por la cual estos quedan autorizados, y/o autentificados.
Pero vayamos al tema. Hablando un día con uno de esos encantadores vejetes que toman el sol de media mañana sentados en los bancos públicos, le pregunté que qué era la firma para él, y fíjense el enorme parecido que tiene su contestación, llana y pueblerina, con la académica antes descrita. Me dijo el buen hombre que era el nombre, o demasiadas veces algunas letras indescifrables, que alguien pone al final de algo, que casi siempre lleva atrás un garrapato, y con lo que viene a decirse quién es el autor de lo dicho, o de que da su consentimiento, o de que se hace responsable de algo.
También quisiera contarles dos hechos casi históricos (hoy ya no se dan, para mal y para bien) pero tan recientes que yo los he vivido en varias ocasiones debido al ejercicio de mi profesión. Uno era la formalización de un trato. Dos hombres hablaban sobre una transacción, pongamos por ejemplo, ajustaban los términos de la misma y llegados a un acuerdo se daban un apretón de manos. Con él, admitían su compromiso de cumplir lo pactado y ya no eran necesarios papeles ni rúbricas. La palabra de un hombre valía tanto, o más, que lo escrito. Créanselo los jóvenes. Eso pasaba. Como igualmente ocurría que muchas personas, desgraciadamente analfabetas, acudían a un despacho para tratar de resolver un asunto, y lo hacían con cierta desenvoltura. Su azoramiento llegaba cuando se veían obligados a firmar. Entonces algunos, con cierta parsimonia, sacaban de su ajada cartera un viejo papel, lo ponían delante y luego, despacíco y dificultosamente, copiaban lo que allí tenían como muestra, y que no era otra cosa que su firma.
Digamos, aunque sólo sea de pasada, cómo signaban los documentos que otros tenían que escribirles, aquellas/os que por sí mismos no sabían hacerlo. Si era algo oficial se solía dejar la huella del dedo pulgar debidamente impregnada en tinta. Si eran textos más íntimos o personales se solicitaba la imprescindible ayuda: ..”Escribidme una carta, señor cura…”, que nos encandilaba Campoamor. Terminada la labor del amanuense, tomaban ellas el protagonismo, borrajeaban algo y después añadían alguna señal que guardaba una significación convenida de antemano. Entre novios, casi siempre eran cruces y círculos. Aquellas representaban abrazos. Estos, besos.
De hoy, podemos decir que la firma es imprescindible y que hasta se puede hacer de forma electrónica. Y que hay quien firma por un barbecho y quien no lo hace hasta haberse leído concienzudamente la letra pequeña. Pero dejemos ese tipo de firmas que es a otro al que quiero referirme, aunque dejando claro que siempre la firma fue, y es, un acto trascendente y resolutivo. Nada está acordado definitivamente hasta que es firmado.
Sobre ello dicen, y puede que lleven razón, los peritos grafólogos que a través de la firma se puede adivinar la forma de ser de la persona que la estampa. Yo me lo creo, al igual que hago con otras tantas cosas de las que no entiendo (y son muchas) y me fío de la opinión de los expertos.
Pero a la firma a la que quiero hoy referirme, la que deseo principalmente resaltar es aquella que los seres humanos van poniendo día a día, o lo que es igual, su forma de ser, sus sentimientos, sus cualidades, su capacidad de obrar, en todo cuanto van realizando a los largo de su existencia. Y aun cuando lo hacen de manera más significativa los grandes hombres (se sabe bien si una pintura es de Van Gogh o una música de Bach, aunque podríamos poner otros muchos ejemplos) todos, al ejecutar nuestros actos, grandes o sencillos, importantes o triviales, vamos firmando, vamos haciéndonos un nombre, vamos responsabilizándonos de nuestros actos, vamos diciendo lo que somos. Cuántas veces hemos oído aquello de: …y qué podías esperar de él. O eso otro de: …como siempre, se comportó estupendamente.
Seamos entonces conscientes de que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y aun en el tiempo que permanecemos en el lecho, venimos dando testimonio de nuestro modo de ser. Que estamos continuamente firmando, y, con ello, autentificando, dando importancia y haciéndonos responsables de nuestras acciones. Que cada cual vea entonces si antes de echar la rúbrica le conviene estudiar minuciosamente lo que hace, si debe leer hasta la letra pequeña, o lo que le puede acarrear el firmar por un barbecho, aun cuando esto le traiga sin cuidado.
Marzo 2008
jueves, 13 de marzo de 2008
Asdrubal
Asdrúbal
Ramón Serrano G.
“No existe viento favorable para el marinero que no sabe a dónde ir”.- Séneca
- Oye Luca, ¿no te he hablado nunca de Asdrúbal, verdad? No, creo que no. Pero para entretener el camino te voy a contar alguna historia de él, que seguro te gustará. Era este Asdrúbal una hombre bastante mayor, que vivía en una aldea (los hombres como él no solían vivir en las ciudades) y su existencia se reducía al recuerdo de lo pasado, a la contemplación de lo presente y a aconsejar, a quien se lo pidiera, para el futuro. Era feliz. Amigo de todo el mundo, por las mañanas, desde muy temprano, gustaba en salirse a las afueras del lugar y allí, sentado en la base del humilladero, saludaba y hablaba con los que por allí pasaban, interesándose sinceramente por sus familias y negocios. Aunque, con el tiempo, llegué a descubrir que la razón principal por la que se iba a aquel lugar, era porque estaba frente a una escuela y así, a la salida, hablaba con los chiquillos, les contaba sus historias y estos se embobaban escuchándole.
Y cierto día fui yo quien acertó a cruzar por allí. Espontáneamente nos saludamos, y enseguida liamos la cháchara, aunque a decir verdad, era él quien, al igual que hacía con los chavales, me contaba cosas, todas tan curiosas y extrañas, que pronto deduje que ese hombre, a más de haberse pateado medio mundo, había aprendido tanto que era un verdadero sabio. ¡Qué gusto daba oírle! Hablaba despacio, saboreando sus expresiones, casi, casi, interpretaba más que decía sus palabras, y lo hacía con una sencillez y una humildad propia de los que son grandes de verdad.
Al iniciar nuestra charla, y por saberme forastero, me preguntó qué hacía yo en lugar tan poco transitado, y cuando le dije que mi quehacer era guitonear sin rumbo fijo, con el único afán de conocer gentes y tierras, se apresuró a confesarme que parecido a ese había sido su principal oficio (luego supe que había sido marino) y que, gracias a él, había vivido una vida extraña y deleitosa, puesto que había sido conocedor de muchos de los misterios que nuestro planeta guarda para los más. Me afirmó que nunca se ocupó en exceso de su cuerpo, que si no era enteco, tampoco tenía un gramo de grasa en demasía. Y sí lo había hecho de su espíritu. Por ello, a más de otras virtudes, nunca fue codicioso, sino, antes bien, despreciador de pingües beneficios, preocupándose sólo de alcanzar lo preciso para subsistir, dedicando sus mayores esfuerzos al conocimiento de las cosas realmente valiosas, y de ejercitar sus sentidos corporales y las potencias de su alma para engrandecerla en cuanto le fuese posible.
Y comenzó a contarme cómo se desarrolló su existencia, desde su juventud hasta que las fuerzas le abandonaron y tuvo que regresar al sitio donde estaba enterrado su cordón umbilical. Claro que aquello le llevó toda la mañana, la tarde entera y aún gran parte del siguiente día. Y yo, sabiendo que pocas veces volvería a encontrarme con personaje tan destacado y valioso como aquél, allí me tuve en su compaña, escuchándole con arrobo y aprendiéndome de memoria sus narraciones, que aún conservo intactas como si acabara de oírlas.
-¿Y de qué te habló? le pregunté.
-De todo cuanto imaginarte puedas. De tanto, que sería casi interminable la exposición. Pero, si te parece, te voy a referir alguna de sus aventuras que solía contar a los chavales, para que te hagas una pequeña idea de hasta dónde llegaban sus conocimientos y experiencias. Me dijo por ejemplo, o mejor dicho les contaba a los niños, que viajando por tierras hindúes, había aprendido a defenderse de los temibles odiyanes, los cuales, con el mayor secreto, mataban a sus víctimas y luego se adueñaban de sus almas sin que nadie lo supiera. Durante los tres días siguientes a su fatal actuación la víctima hacía una vida normal, comiendo, bebiendo, respirando, pero al cuarto fallecía indefectiblemente, al parecer por una causa intrascendente: una simple caída en la calle o un vulgar catarro. Y que llegó a saber que la única forma de conocer si una persona había sido atacada por un odiyan era mirándola fijamente a los ojos que estarían cubiertos por una veladura apagada, sin que tuviesen el menor brillo.
También les explicó la leyenda de Tamba-tayá, según la cual, el indio Tuppi, desolado por la muerte de su amada, la llevó al interior de la selva amazónica, y allí en la soledad, lejos de todos, se enterró junto al cadáver, quemándose en vida. Y parecer ser, que sobre la tumba de ambos brotó luego el árbol del Tamba-tayá, cuyas hojas son en realidad dos hojillas unidas entre sí, pegada una grande a otra pequeña, que representan a la desgraciada pareja en un abrazo de vida eterna, símbolo inequívoco y sublime de su amor.
Le oímos hablar otra vez de cómo, viajando por los países escandinavos, vio una flor que los habitantes de aquellas tierras llamaban miosotta y a la que consideraban como símbolo del amor y la fidelidad. Era muy bonita, pequeña, azul, con un poco de color rojo. Y hallándole tan entusiasmado, un campesino le contó la historia de aquella florecilla, según la cual, cuando el dios Odín creó el mundo, puso forma, color y nombre a todas las cosas. La flor de que hablamos le suplicaba: ¡no me olvides! ¡No me olvides!, pero como su voz era tan fina, el dios no alcanzaba a oírla. Tan sólo pudo percatarse de esa pequeña voz Freiya, la reina de todas las Valquirias, la cual, una vez que el hacedor finalizó toda su obra, se dirigió a él, intercediendo por ella. Y el dios dijo a la flor: - Todos los nombres están ya dados, así que no tengo nombre para ti, Por tanto, te llamarás “no me olvides”. Por colores tendrás el azul del cielo y el rojo de la sangre, y servirás para acompañar a los muertos y consolar a los vivos.
Luego, en otro momento, vino a utilizar la hipálage para contar, algo muy extraordinario, pero que, a su vez, a mí me pareció muy bello. Y fue cómo a lo largo de su curiosa vida, sentado por las noches en cubierta frente a una mar tranquila, había llegado a desarrollar de forma extraordinaria sus sentidos, y así, había logrado saber qué tacto tienen las náyades; a qué huelen las nubes; cual es el sabor del cariño de una madre; cómo suena la llegada de la aurora y descifrado el frío mensaje de la mirada del cárabo. Pero de esto, y de otras muchas maravillosas historias que le tengo oídas, te seguiré hablando en ocasión futura, que, como ves estamos ya llegando a aquel caserío, donde pediremos albergue para pasar la noche, que si no, tendremos que enserenar en cualquier sitio.
- Oye Luìs, y digo yo, ¿por qué en el mundo hay tan pocos hombres como ese Asdrúbal, del que me hablas, dispuestos a enseñar y aconsejar a los de su entorno?
- Pues no lo sé, Luca, no lo sé. Pero lo malo, no es que haya pocos, sino que los muchachos de hoy, en vez de escucharles, prefieren jugar con las nintendos.
Marzo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de marzo de 2008
Ramón Serrano G.
“No existe viento favorable para el marinero que no sabe a dónde ir”.- Séneca
- Oye Luca, ¿no te he hablado nunca de Asdrúbal, verdad? No, creo que no. Pero para entretener el camino te voy a contar alguna historia de él, que seguro te gustará. Era este Asdrúbal una hombre bastante mayor, que vivía en una aldea (los hombres como él no solían vivir en las ciudades) y su existencia se reducía al recuerdo de lo pasado, a la contemplación de lo presente y a aconsejar, a quien se lo pidiera, para el futuro. Era feliz. Amigo de todo el mundo, por las mañanas, desde muy temprano, gustaba en salirse a las afueras del lugar y allí, sentado en la base del humilladero, saludaba y hablaba con los que por allí pasaban, interesándose sinceramente por sus familias y negocios. Aunque, con el tiempo, llegué a descubrir que la razón principal por la que se iba a aquel lugar, era porque estaba frente a una escuela y así, a la salida, hablaba con los chiquillos, les contaba sus historias y estos se embobaban escuchándole.
Y cierto día fui yo quien acertó a cruzar por allí. Espontáneamente nos saludamos, y enseguida liamos la cháchara, aunque a decir verdad, era él quien, al igual que hacía con los chavales, me contaba cosas, todas tan curiosas y extrañas, que pronto deduje que ese hombre, a más de haberse pateado medio mundo, había aprendido tanto que era un verdadero sabio. ¡Qué gusto daba oírle! Hablaba despacio, saboreando sus expresiones, casi, casi, interpretaba más que decía sus palabras, y lo hacía con una sencillez y una humildad propia de los que son grandes de verdad.
Al iniciar nuestra charla, y por saberme forastero, me preguntó qué hacía yo en lugar tan poco transitado, y cuando le dije que mi quehacer era guitonear sin rumbo fijo, con el único afán de conocer gentes y tierras, se apresuró a confesarme que parecido a ese había sido su principal oficio (luego supe que había sido marino) y que, gracias a él, había vivido una vida extraña y deleitosa, puesto que había sido conocedor de muchos de los misterios que nuestro planeta guarda para los más. Me afirmó que nunca se ocupó en exceso de su cuerpo, que si no era enteco, tampoco tenía un gramo de grasa en demasía. Y sí lo había hecho de su espíritu. Por ello, a más de otras virtudes, nunca fue codicioso, sino, antes bien, despreciador de pingües beneficios, preocupándose sólo de alcanzar lo preciso para subsistir, dedicando sus mayores esfuerzos al conocimiento de las cosas realmente valiosas, y de ejercitar sus sentidos corporales y las potencias de su alma para engrandecerla en cuanto le fuese posible.
Y comenzó a contarme cómo se desarrolló su existencia, desde su juventud hasta que las fuerzas le abandonaron y tuvo que regresar al sitio donde estaba enterrado su cordón umbilical. Claro que aquello le llevó toda la mañana, la tarde entera y aún gran parte del siguiente día. Y yo, sabiendo que pocas veces volvería a encontrarme con personaje tan destacado y valioso como aquél, allí me tuve en su compaña, escuchándole con arrobo y aprendiéndome de memoria sus narraciones, que aún conservo intactas como si acabara de oírlas.
-¿Y de qué te habló? le pregunté.
-De todo cuanto imaginarte puedas. De tanto, que sería casi interminable la exposición. Pero, si te parece, te voy a referir alguna de sus aventuras que solía contar a los chavales, para que te hagas una pequeña idea de hasta dónde llegaban sus conocimientos y experiencias. Me dijo por ejemplo, o mejor dicho les contaba a los niños, que viajando por tierras hindúes, había aprendido a defenderse de los temibles odiyanes, los cuales, con el mayor secreto, mataban a sus víctimas y luego se adueñaban de sus almas sin que nadie lo supiera. Durante los tres días siguientes a su fatal actuación la víctima hacía una vida normal, comiendo, bebiendo, respirando, pero al cuarto fallecía indefectiblemente, al parecer por una causa intrascendente: una simple caída en la calle o un vulgar catarro. Y que llegó a saber que la única forma de conocer si una persona había sido atacada por un odiyan era mirándola fijamente a los ojos que estarían cubiertos por una veladura apagada, sin que tuviesen el menor brillo.
También les explicó la leyenda de Tamba-tayá, según la cual, el indio Tuppi, desolado por la muerte de su amada, la llevó al interior de la selva amazónica, y allí en la soledad, lejos de todos, se enterró junto al cadáver, quemándose en vida. Y parecer ser, que sobre la tumba de ambos brotó luego el árbol del Tamba-tayá, cuyas hojas son en realidad dos hojillas unidas entre sí, pegada una grande a otra pequeña, que representan a la desgraciada pareja en un abrazo de vida eterna, símbolo inequívoco y sublime de su amor.
Le oímos hablar otra vez de cómo, viajando por los países escandinavos, vio una flor que los habitantes de aquellas tierras llamaban miosotta y a la que consideraban como símbolo del amor y la fidelidad. Era muy bonita, pequeña, azul, con un poco de color rojo. Y hallándole tan entusiasmado, un campesino le contó la historia de aquella florecilla, según la cual, cuando el dios Odín creó el mundo, puso forma, color y nombre a todas las cosas. La flor de que hablamos le suplicaba: ¡no me olvides! ¡No me olvides!, pero como su voz era tan fina, el dios no alcanzaba a oírla. Tan sólo pudo percatarse de esa pequeña voz Freiya, la reina de todas las Valquirias, la cual, una vez que el hacedor finalizó toda su obra, se dirigió a él, intercediendo por ella. Y el dios dijo a la flor: - Todos los nombres están ya dados, así que no tengo nombre para ti, Por tanto, te llamarás “no me olvides”. Por colores tendrás el azul del cielo y el rojo de la sangre, y servirás para acompañar a los muertos y consolar a los vivos.
Luego, en otro momento, vino a utilizar la hipálage para contar, algo muy extraordinario, pero que, a su vez, a mí me pareció muy bello. Y fue cómo a lo largo de su curiosa vida, sentado por las noches en cubierta frente a una mar tranquila, había llegado a desarrollar de forma extraordinaria sus sentidos, y así, había logrado saber qué tacto tienen las náyades; a qué huelen las nubes; cual es el sabor del cariño de una madre; cómo suena la llegada de la aurora y descifrado el frío mensaje de la mirada del cárabo. Pero de esto, y de otras muchas maravillosas historias que le tengo oídas, te seguiré hablando en ocasión futura, que, como ves estamos ya llegando a aquel caserío, donde pediremos albergue para pasar la noche, que si no, tendremos que enserenar en cualquier sitio.
- Oye Luìs, y digo yo, ¿por qué en el mundo hay tan pocos hombres como ese Asdrúbal, del que me hablas, dispuestos a enseñar y aconsejar a los de su entorno?
- Pues no lo sé, Luca, no lo sé. Pero lo malo, no es que haya pocos, sino que los muchachos de hoy, en vez de escucharles, prefieren jugar con las nintendos.
Marzo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de marzo de 2008
viernes, 7 de marzo de 2008
El camarero
El camarero
Ramón Serrano G.
Escuché cómo se alzaba, pero seguí con los ojos cerrados haciéndome el dormido.
-Venga Luca, me dijo, que hace rato que el sol se puso en marcha.
-Pero Luis, le contesté casi entre sueños. ¡Que las mañanas de abril son muy dulces de dormir! Espera un rato
Madrugador por hábito, no me hizo caso, por lo que tuve yo que hacérselo a él, y tras las obligadas abluciones, se vistió, desayunamos y salimos a la calle. Dimos un buen paseo hasta que, a eso de media mañana, acabamos, como casi siempre, en el atrio de la iglesia donde nos sentamos en un banco a descansar, agradecidos al sol primaveral. Al poco se nos acercó nuestro amigo Anselmo, “el Crudo”. Nos saludamos con el afecto correspondiente y se sentó a charlar con mi amigo, mientras que yo, echado a sus pies, escuchaba atento.
Pronto derivó el palique hacia el comportamiento humano, y Luís, para mejor conocer la forma de pensar de su tertuliano, empezó a hacer de abogado del diablo. “Hoy, por todas partes, la mayoría de la gente es mala, sin formas, sin educación, y hasta sin entrañas”, poniendo un exagerado énfasis en sus fingidos ataques. Anselmo, como buen discutidor que era, entró al trapo y se esforzaba en defender la actitud de las personas, culpando a las circunstancias de lo incorrecto que pudiesen hacer aquellas. “No estoy de acuerdo, le replicaba. Sí, puede ser que haya mayor porcentaje que antiguamente de personas sin muchos escrúpulos o que se desentiendan del bien común. Pero sigue habiendo almas nobles. Y muchas. Lo que pasa es que la mayoría se dedican a cosas, al parecer intrascendentes, pero que son de una gran importancia para el bienestar de los demás. Es el hacer el bien todos los días lo que acabará consiguiendo la felicidad de las gentes. Esa puede que sea la gota de agua que acabe perforando la protervidad humana “.”¿Sabes qué te digo “Crudo”?: que defiendes a la raza humana tan bien como Hipérides defendió a Friné”
Y en eso, y en algo más estaban, cuando cruzó un hombre que les saludó sonriente. De estatura media, sin duda había sobrepasado los cincuenta, por lo que le empezaba a escasear el pelo y usaba lentes. Con diligente paso se dirigió al casino de San Fernando y penetró en él. Entonces Anselmo, tras devolverle la salutación de manera afectuosa, se volvió hacia mi amigo y retomó la palabra para decir:
-Mira, hablando de si hay, o no, personas buenas. Ahí acaba de pasar uno de esos que a lo largo de toda su vida se ha comportado siempre, pero lo que se dice siempre, de un modo fenomenal.
-No será su proceder tan correcto, cuando a estas horas ya se viene al casino. Aun cuando le sobre el dinero, algún trabajo tendrá que realizar, y debería estarse en él, en lugar de allegarse tan temprano a esta sociedad.
-Bien se nota que no lo conoces. Seguro que lleva levantado desde muy temprano, y en su casa ha estado con la lectura o el estudio hasta ahora mismo. Además de otras cosas, a sus años ha aprendido inglés por el periódico. Lo que viene es a trabajar. Es uno de los camareros de la cafetería del casino. ¿Ves a la hora que llega? Nada más abrir. Pues ya no se marcha hasta que cierren, a la una o las dos de la noche. Cuando se ve muy cansado, se sienta a charlar con algún cliente, o a leer, mejor dicho a releer a Ortega, que ni los mejores estudiosos del filósofo le habrán dedicado tantas horas y sabrán tanto de él, como nuestro hombre. Pero con quien más le gusta conversar es con su gran amigo García Pavón. Amistó primero con su hermano, Isaac, que es de su misma edad, y dos años más joven que Francisco, pero cuando aquél se fue a América, intimó más con este. Se conocen desde chiquillos y cuando nuestro escritor viene por Tomillares, se acerca por aquí a menudo, los dos se van a una de las mesas del fondo y allí se lían de entrañable cháchara mientras pueden.
-Pero ¿es que es suya la cafetería?
-No, qué va. Es un empleado, pero trabajador a ultranza, echa aquí horas y horas, y cuida del negocio mejor que los dueños. Ya te digo, está pendiente siempre de si alguien necesita algo, y atiende a la clientela con una corrección y una amabilidad inusuales. Te pregunta si está bien el servicio que te ha puesto o se interesa por tu negocio o tu familia. Ya te digo, algo poco común. Y no es que lo afirme yo. Si quieres preguntamos a los socios, o a cualquiera que pase por la calle y le conozca, aunque creo que le conoce todo el pueblo, y ni uno solo te dirá de él tanto así de malo o de incorrecto.
-¿Y tú cómo sabes tanto de esa persona?
-Porque le conozco desde la escuela. Cuando yo llegué, ya estaban en ella él y los hermanos García Pavón, que son mayores que yo. Te podría contar un montón de cosas suyas. No era mal estudiante, pero la guerra civil le obligó a abandonar los estudios, y cuando acabó aquella, se tuvo que poner a trabajar. Primero en casa de un tío suyo, y desde allí se vino aquí en el año 54. Y aquí estará hasta que se jubile, estoy seguro. Siempre nos hemos llevado muy bien. Bueno, él se lleva bien con todo el mundo, sea de la condición que sea. Igual, con la misma fineza trata a Don Isidoro, el abogado, el dueño de los cines, como al que tiene una fábrica de alcoholes, al tendero o al de las viñas. Un ejemplo. Tú habrás oído hablar de D, Francisco Martínez Ramírez, el Obrero. Fue quien trajo el tren, fundó un periódico, fue gobernador civil de Huesca y estuvo nominado para ministro. Pues eran muy amigos. Tanto, que en sus últimos años, ese señor quedó en la indigencia, y este lo invitaba a café todas las noches.
En esto salió nuestro hombre a la puerta, ya que debido a la hora aún no había clientes. Lucía una impoluta chaquetilla blanca, el obligado pantalón negro y zapatos relucientes. Entonces Anselmo lo llamó, y él, presto y sonriente, se acercó hasta nosotros. Y dijo “el Crudo”: “Como sois buena gente, os quiero presentar. Mira, estos son mis amigos Luis, y su perra Luca. Y este, un gran hombre como te vengo contando. Se llama Manuel Perona Ortiz”.
Marzo de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de marzo de 2008
Ramón Serrano G.
Escuché cómo se alzaba, pero seguí con los ojos cerrados haciéndome el dormido.
-Venga Luca, me dijo, que hace rato que el sol se puso en marcha.
-Pero Luis, le contesté casi entre sueños. ¡Que las mañanas de abril son muy dulces de dormir! Espera un rato
Madrugador por hábito, no me hizo caso, por lo que tuve yo que hacérselo a él, y tras las obligadas abluciones, se vistió, desayunamos y salimos a la calle. Dimos un buen paseo hasta que, a eso de media mañana, acabamos, como casi siempre, en el atrio de la iglesia donde nos sentamos en un banco a descansar, agradecidos al sol primaveral. Al poco se nos acercó nuestro amigo Anselmo, “el Crudo”. Nos saludamos con el afecto correspondiente y se sentó a charlar con mi amigo, mientras que yo, echado a sus pies, escuchaba atento.
Pronto derivó el palique hacia el comportamiento humano, y Luís, para mejor conocer la forma de pensar de su tertuliano, empezó a hacer de abogado del diablo. “Hoy, por todas partes, la mayoría de la gente es mala, sin formas, sin educación, y hasta sin entrañas”, poniendo un exagerado énfasis en sus fingidos ataques. Anselmo, como buen discutidor que era, entró al trapo y se esforzaba en defender la actitud de las personas, culpando a las circunstancias de lo incorrecto que pudiesen hacer aquellas. “No estoy de acuerdo, le replicaba. Sí, puede ser que haya mayor porcentaje que antiguamente de personas sin muchos escrúpulos o que se desentiendan del bien común. Pero sigue habiendo almas nobles. Y muchas. Lo que pasa es que la mayoría se dedican a cosas, al parecer intrascendentes, pero que son de una gran importancia para el bienestar de los demás. Es el hacer el bien todos los días lo que acabará consiguiendo la felicidad de las gentes. Esa puede que sea la gota de agua que acabe perforando la protervidad humana “.”¿Sabes qué te digo “Crudo”?: que defiendes a la raza humana tan bien como Hipérides defendió a Friné”
Y en eso, y en algo más estaban, cuando cruzó un hombre que les saludó sonriente. De estatura media, sin duda había sobrepasado los cincuenta, por lo que le empezaba a escasear el pelo y usaba lentes. Con diligente paso se dirigió al casino de San Fernando y penetró en él. Entonces Anselmo, tras devolverle la salutación de manera afectuosa, se volvió hacia mi amigo y retomó la palabra para decir:
-Mira, hablando de si hay, o no, personas buenas. Ahí acaba de pasar uno de esos que a lo largo de toda su vida se ha comportado siempre, pero lo que se dice siempre, de un modo fenomenal.
-No será su proceder tan correcto, cuando a estas horas ya se viene al casino. Aun cuando le sobre el dinero, algún trabajo tendrá que realizar, y debería estarse en él, en lugar de allegarse tan temprano a esta sociedad.
-Bien se nota que no lo conoces. Seguro que lleva levantado desde muy temprano, y en su casa ha estado con la lectura o el estudio hasta ahora mismo. Además de otras cosas, a sus años ha aprendido inglés por el periódico. Lo que viene es a trabajar. Es uno de los camareros de la cafetería del casino. ¿Ves a la hora que llega? Nada más abrir. Pues ya no se marcha hasta que cierren, a la una o las dos de la noche. Cuando se ve muy cansado, se sienta a charlar con algún cliente, o a leer, mejor dicho a releer a Ortega, que ni los mejores estudiosos del filósofo le habrán dedicado tantas horas y sabrán tanto de él, como nuestro hombre. Pero con quien más le gusta conversar es con su gran amigo García Pavón. Amistó primero con su hermano, Isaac, que es de su misma edad, y dos años más joven que Francisco, pero cuando aquél se fue a América, intimó más con este. Se conocen desde chiquillos y cuando nuestro escritor viene por Tomillares, se acerca por aquí a menudo, los dos se van a una de las mesas del fondo y allí se lían de entrañable cháchara mientras pueden.
-Pero ¿es que es suya la cafetería?
-No, qué va. Es un empleado, pero trabajador a ultranza, echa aquí horas y horas, y cuida del negocio mejor que los dueños. Ya te digo, está pendiente siempre de si alguien necesita algo, y atiende a la clientela con una corrección y una amabilidad inusuales. Te pregunta si está bien el servicio que te ha puesto o se interesa por tu negocio o tu familia. Ya te digo, algo poco común. Y no es que lo afirme yo. Si quieres preguntamos a los socios, o a cualquiera que pase por la calle y le conozca, aunque creo que le conoce todo el pueblo, y ni uno solo te dirá de él tanto así de malo o de incorrecto.
-¿Y tú cómo sabes tanto de esa persona?
-Porque le conozco desde la escuela. Cuando yo llegué, ya estaban en ella él y los hermanos García Pavón, que son mayores que yo. Te podría contar un montón de cosas suyas. No era mal estudiante, pero la guerra civil le obligó a abandonar los estudios, y cuando acabó aquella, se tuvo que poner a trabajar. Primero en casa de un tío suyo, y desde allí se vino aquí en el año 54. Y aquí estará hasta que se jubile, estoy seguro. Siempre nos hemos llevado muy bien. Bueno, él se lleva bien con todo el mundo, sea de la condición que sea. Igual, con la misma fineza trata a Don Isidoro, el abogado, el dueño de los cines, como al que tiene una fábrica de alcoholes, al tendero o al de las viñas. Un ejemplo. Tú habrás oído hablar de D, Francisco Martínez Ramírez, el Obrero. Fue quien trajo el tren, fundó un periódico, fue gobernador civil de Huesca y estuvo nominado para ministro. Pues eran muy amigos. Tanto, que en sus últimos años, ese señor quedó en la indigencia, y este lo invitaba a café todas las noches.
En esto salió nuestro hombre a la puerta, ya que debido a la hora aún no había clientes. Lucía una impoluta chaquetilla blanca, el obligado pantalón negro y zapatos relucientes. Entonces Anselmo lo llamó, y él, presto y sonriente, se acercó hasta nosotros. Y dijo “el Crudo”: “Como sois buena gente, os quiero presentar. Mira, estos son mis amigos Luis, y su perra Luca. Y este, un gran hombre como te vengo contando. Se llama Manuel Perona Ortiz”.
Marzo de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de marzo de 2008
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