El invento
Ramón Serrano G.
Debemos ser usted, yo, todos nosotros, conscientes de que hemos creado una nueva civilización, que usted, yo y todos nosotros podremos disfrutar, pero que igual, y muy dolorosamente, usted, yo y todos nosotros hemos de padecer. El hombre ha querido ir desterrando de su entorno el mayor número de incomodidades y peligros posibles, trayendo a su derredor cuantas comodidades y venturas ha creído convenientes. Su logro ha sido cuantioso, y en algunos casos, podríamos decir que casi perfecto. Ha inventado el mágico artefacto que disimula la infelicidad. Pero en su desmedido afán de conquista no ha sabido ver, a su vez, que con su invención estaba construyendo demasiadas barreras y dificultades que pueden llegar a serle infranqueables para conquistar la auténtica dicha. Curiosa y digna de ser leída es la teoría de Rousseau acerca de la influencia negativa de la civilización en el hombre.
Porque los humanos, posiblemente porque estuviesen ya más que hartos de tantos padecimientos, se han lanzado desenfrenadamente a la conquista de un mundo feliz, y no quisiera que nadie viese en esta frase un pobre remedo al magnífico libro de Aldous Huxley, o a la no menos famosa “Tempestad” de Shakespeare. Quiero decir, simple y llanamente, que con y por una tendencia desorbitada al hedonismo, se han ocupado en ir eliminando carencias y en saciar apetitos, pero sin comprobar en unas y en otros si eran de auténtica valía y, lo que es peor aún, sin anclar debidamente los pilares que diesen continua sujeción a esas consecuciones. Pensaron sin duda: cesen ya los sufrimientos añejos y gocemos hoy mismo de nuestros logros, que el mañana está por llegar.
Y en eso se equivocaron, como lo hicieron todos los pueblos que, al igual que estos de hoy, trataron de avanzar sin rebuscar en la historia. Se olvidaron de que, aquella que en otro tiempo fue la todopoderosa Roma, relajando costumbres y apoltronándose en los bienes ganados, se vio invadida y dominada desde el este por unas hordas bárbaras y ávidas de poder. Tampoco se acordaron de que Esparta, aquél pequeño pueblo descendiente de los dorios, supo desarrollar el espíritu de sacrificio y la austeridad, dejando a sus hijos, desde los siete años, vivir solos en los montes o en las vegas del Eurotas. De esa, y otras muchas formas educativas, crearon una gran ciudad-estado que incluso llegó a vencer a Atenas en el Peloponeso.
Pero volvamos a nuestra civilización, en la que, según mi parecer, aún no sabemos vivir, ya que no acabamos de enterarnos de que no todo lo posible es conveniente, ni todo lo agradable es beneficioso. Al contrario, recuerden aquello de lo que nos gusta o engorda, o es pecado. No se suele enseñar hoy en día que todo logro tiene su contrapartida. Que todo tiene un precio que hay que satisfacer. Y que poco, o mejor dicho nada, se alcanza fácilmente, o de bóbilis bóbilis.
Hemos inventado así una maquinaria descomunal, que produce seres creyentes desde su infancia en un mundo lleno de posibilidades, y que les hace ver que estas existen y que son muy apetecibles, pero no se les comunica, y si se hace es de forma muy liviana, que todo juego tiene sus reglas y que estas están para cumplirse. O sea que no consiste en alcanzar algo, sino en hacerlo por las vías adecuadas, por aquello, ya dicho tantas veces, que no es bueno el tener sino el ser. Se les condena a vivir como seres monoteístas, enfermizos adoradores del dios “Posesión”.
Para ello, del credo, y por supuesto, de la praxis de esas ideologías, se han suprimido, por estimarlas demodés, teorías tan acreditadas como aquellas que afirman que todo lo que es importante es difícil de conseguir. Que para ganar es imprescindible sufrir. Que el tesón, la perseverancia, el sacrificio son elementos irreemplazables para la construcción del hábitat en el que poder vivir con dignidad.
Pocos son en la actualidad, y si hay alguno, sus aulas están tan poco concurridas que las telarañas anidan en sus pupitres, pocos son, digo, los centros que enseñan las muy demostradas ideas de que para poder gozar hay que saber padecer, ya que aquello que no ha costado esfuerzo, lo que se nos allega casi como regalado, no tiene nunca consideración y aprecio por nuestra parte. Por el contrario, aunque poco sea lo que alcancemos, esto lo tendremos siempre como importante si al volver la cabeza observamos que el camino que tuvimos que recorrer para llegar a conseguirlo estuvo lleno de dificultades.
Pero me reitero en que desgraciadamente no es de ese modo, y por ello pienso que este nuevo modo de vivir, esa maquinaria descomunal está produciendo entes sin apenas calidad de vida. Obesos, al estar alimentados reiteradamente por el fast food. Pálidos, de no darles nunca el sol. Aborregados obedecedores de políticos y dirigentes que sólo persiguen su propio beneficio. Así, desgraciadamente así, son los hijos de ese “gran invento”, que acabará dándonos serios dolores de cabeza. Y si no nos los acarrea a nosotros, a nuestros sucesores se los proporcionará, seguro. ¡Pues menudo invento!
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de abril de 2008
miércoles, 30 de abril de 2008
sábado, 12 de abril de 2008
Souvenirs
Souvenirs
Ramón Serrano G.
Aun cuando ya me he referido en alguna ocasión a las acordanzas, (léanse mis artículos en este mismo periódico del 14-01-05 o del 2-12 del mismo año), vuelvo a tocar hoy este tema, aunque enfocándolo desde un prisma muy distinto, y por tanto refiriéndome a otro tipo de recuerdos.
Empezaré, para ello, por decir que una de las muchas cosas en que ha cambiado la vida actual, comparándola con la de hace, digamos, cien años, es la posibilidad que hoy en día tienen la mayoría de las gentes para viajar y la realización frecuente de ese hecho. Antiguamente una gran cantidad de humanos entregaban su alma en el mismo sitio donde habían visto la luz por primera vez, sin que el espacio de tiempo que había mediado entre ambos eventos se hubiesen movido de su lugar natal o a lo sumo habían llegado a algún pueblo o aldea limítrofes. Sabido es que muchos hombres la única salida de su patria chica que hacían a lo largo de su vida era por la obligatoriedad del cumplimiento del servicio militar.
Hoy, afortunadamente, esto ya no es así y cualquier persona de diferente edad, clase o condición, se mueve con relativa frecuencia por muchos de los vericuetos y rincones del ancho mundo. Refiriéndome estoy, creo que es evidente, no a quienes tienen que viajar por causas laborales, que esos suelen llevar el tiempo justo para desarrollar su trabajo, sino a los que lo hacen por asueto. Facilitan estos ociosos desplazamientos actuales los medios de transporte que hay para hacerlo, ya sean públicos o privados, las disponibilidades económicas de los individuos y también la labor social que para ello, desde hace algunos años, están llevando a cabo los distintos gobiernos tanto nacionales como regionales. Y quiero aprovechar esta alusión para rendir testimonio de aplauso y agradecimiento a ese quehacer de las Administraciones, por lo mucho que tiene de beneficioso.
Bueno, pues hete aquí, que hemos salido de excursión, larga o corta, y que ya hemos llegado a nuestro lugar de destino. No nos importa en este caso ni los medios mecánicos o económicos que hemos utilizado, y tampoco si ya conocemos con anterioridad, sea poco o mucho, nuestro lugar de esparcimiento. Lo que sí nos interesa es referirnos a las ocupaciones a las que se suelen dedicar los excursionistas, y que podemos dividir en tres apartados.
El primero, y desde luego el más plausible, es el que engloba a aquellos que, llegados a destino, se dedican más o menos afanosamente en contemplar, disfrutando con ello, paisajes, monumentos, edificios, museos, iglesias, parques, o cualquier otro lugar que la naturaleza o el hombre hayan creado y que les sirva de recreo y esparcimiento del alma, así como de aprendizaje de algo nuevo o corroboración de lo ya conocido. A más, gustan de descubrir usos, costumbres, idiomas, comidas, fiestas o celebraciones características y peculiares del paraje elegido. Su ansia de saber es grande y llenan satisfactoriamente su espíritu con conocimientos nuevos y foráneos.
El segundo lo forman aquellos que cuando cogen vacación, son fervorosos practicantes del dolce far niente. Bueno, en realidad, estos lo suelen ser cuando tienen descanso y cuando no, así que, si pueden, les encanta estar en decúbito (tanto les da que sea prono como supino) y ahí se las den todas. Pero a estos, una vez citados, abandonémoslos, pues no merecen atención.
El tercero es sin duda el más numeroso. Muchos, la mayoría, van a donde sea, al sitio más extraño y pintoresco, pero lo suelen hacer influenciados por una serie de razones hueras aunque, quizás, la más importante sea porque hoy está de moda hacerlo. En primer lugar para presumir después de que se ha estado en este y en aquél lugar, y después para hacer las compras correspondientes que más tarde servirán como prueba irrefutable del viaje. Les interesa poco ver y conocer lo hermoso y admirable de una región extraña. Lo que sí les importa, y mucho, es que su entorno sepa que les gusta viajar y que lo hacen ya que tienen posibilidades para ello.
Por estas razones, al llegar a destino, dedican de inmediato su tiempo a adquirir souvenirs, muchos souvenirs, para familia, amigos, o para ellos mismos. Y en esas adquisiciones malgastan lastimosamente su tiempo y su dinero. Pero eso les da igual, ya que les es imprescindible venir cargados como acémilas con algunos objetos absurdos, eso sí, muy monos, pero que tarde o temprano acabarán arredrados en algún cajón. A este respecto, recuerdo perfectamente que en la primavera de 1974 hubo una excursión a las Islas Canarias, cosa que por aquellos entonces era poco común y muy atractiva. Y sé de quienes se volvieron a la península después de siete días sin haber visto el Roque Nublo, o los Jameos del agua, o el famoso drago de Icod de los Vinos. En realidad les hubiese gustado, pero consideraron más interesante dedicar sus jornadas, desde que salía el sol hasta el ocaso, a visitar las tiendas de los hindúes para comprar, por algunas monedas menos que en la península, unas gafas de sol, un reloj o un transistor.
Pues si así son los viajes en la actualidad, y dado que el vivir del hombre no es otra cosa que un accidentado deambular por la tierra desde su primer día hasta que viene a llevárselo “la descarnada”, podemos observar cómo hay seres que dedican su existencia a aprender cuanto pueden y luego utilizar su saber en beneficio de sus congéneres. Que igualmente los hay que procuran no dar nunca un palo al agua. Estos son incontables. Y que también existen, y también son muchos, los que se afanan con ahínco en adquirir y acaparar lo que pueden, sin darse cuenta de que algún día habrán de perderlo todo de una forma u otra. Creen los pobres, que esto que atesoran en este corto itinerario que es su corta vida, son souvenirs que se podrán llevar en su viaje a aquel lugar del que nunca volvió nadie.
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de abril de 2008
Ramón Serrano G.
Aun cuando ya me he referido en alguna ocasión a las acordanzas, (léanse mis artículos en este mismo periódico del 14-01-05 o del 2-12 del mismo año), vuelvo a tocar hoy este tema, aunque enfocándolo desde un prisma muy distinto, y por tanto refiriéndome a otro tipo de recuerdos.
Empezaré, para ello, por decir que una de las muchas cosas en que ha cambiado la vida actual, comparándola con la de hace, digamos, cien años, es la posibilidad que hoy en día tienen la mayoría de las gentes para viajar y la realización frecuente de ese hecho. Antiguamente una gran cantidad de humanos entregaban su alma en el mismo sitio donde habían visto la luz por primera vez, sin que el espacio de tiempo que había mediado entre ambos eventos se hubiesen movido de su lugar natal o a lo sumo habían llegado a algún pueblo o aldea limítrofes. Sabido es que muchos hombres la única salida de su patria chica que hacían a lo largo de su vida era por la obligatoriedad del cumplimiento del servicio militar.
Hoy, afortunadamente, esto ya no es así y cualquier persona de diferente edad, clase o condición, se mueve con relativa frecuencia por muchos de los vericuetos y rincones del ancho mundo. Refiriéndome estoy, creo que es evidente, no a quienes tienen que viajar por causas laborales, que esos suelen llevar el tiempo justo para desarrollar su trabajo, sino a los que lo hacen por asueto. Facilitan estos ociosos desplazamientos actuales los medios de transporte que hay para hacerlo, ya sean públicos o privados, las disponibilidades económicas de los individuos y también la labor social que para ello, desde hace algunos años, están llevando a cabo los distintos gobiernos tanto nacionales como regionales. Y quiero aprovechar esta alusión para rendir testimonio de aplauso y agradecimiento a ese quehacer de las Administraciones, por lo mucho que tiene de beneficioso.
Bueno, pues hete aquí, que hemos salido de excursión, larga o corta, y que ya hemos llegado a nuestro lugar de destino. No nos importa en este caso ni los medios mecánicos o económicos que hemos utilizado, y tampoco si ya conocemos con anterioridad, sea poco o mucho, nuestro lugar de esparcimiento. Lo que sí nos interesa es referirnos a las ocupaciones a las que se suelen dedicar los excursionistas, y que podemos dividir en tres apartados.
El primero, y desde luego el más plausible, es el que engloba a aquellos que, llegados a destino, se dedican más o menos afanosamente en contemplar, disfrutando con ello, paisajes, monumentos, edificios, museos, iglesias, parques, o cualquier otro lugar que la naturaleza o el hombre hayan creado y que les sirva de recreo y esparcimiento del alma, así como de aprendizaje de algo nuevo o corroboración de lo ya conocido. A más, gustan de descubrir usos, costumbres, idiomas, comidas, fiestas o celebraciones características y peculiares del paraje elegido. Su ansia de saber es grande y llenan satisfactoriamente su espíritu con conocimientos nuevos y foráneos.
El segundo lo forman aquellos que cuando cogen vacación, son fervorosos practicantes del dolce far niente. Bueno, en realidad, estos lo suelen ser cuando tienen descanso y cuando no, así que, si pueden, les encanta estar en decúbito (tanto les da que sea prono como supino) y ahí se las den todas. Pero a estos, una vez citados, abandonémoslos, pues no merecen atención.
El tercero es sin duda el más numeroso. Muchos, la mayoría, van a donde sea, al sitio más extraño y pintoresco, pero lo suelen hacer influenciados por una serie de razones hueras aunque, quizás, la más importante sea porque hoy está de moda hacerlo. En primer lugar para presumir después de que se ha estado en este y en aquél lugar, y después para hacer las compras correspondientes que más tarde servirán como prueba irrefutable del viaje. Les interesa poco ver y conocer lo hermoso y admirable de una región extraña. Lo que sí les importa, y mucho, es que su entorno sepa que les gusta viajar y que lo hacen ya que tienen posibilidades para ello.
Por estas razones, al llegar a destino, dedican de inmediato su tiempo a adquirir souvenirs, muchos souvenirs, para familia, amigos, o para ellos mismos. Y en esas adquisiciones malgastan lastimosamente su tiempo y su dinero. Pero eso les da igual, ya que les es imprescindible venir cargados como acémilas con algunos objetos absurdos, eso sí, muy monos, pero que tarde o temprano acabarán arredrados en algún cajón. A este respecto, recuerdo perfectamente que en la primavera de 1974 hubo una excursión a las Islas Canarias, cosa que por aquellos entonces era poco común y muy atractiva. Y sé de quienes se volvieron a la península después de siete días sin haber visto el Roque Nublo, o los Jameos del agua, o el famoso drago de Icod de los Vinos. En realidad les hubiese gustado, pero consideraron más interesante dedicar sus jornadas, desde que salía el sol hasta el ocaso, a visitar las tiendas de los hindúes para comprar, por algunas monedas menos que en la península, unas gafas de sol, un reloj o un transistor.
Pues si así son los viajes en la actualidad, y dado que el vivir del hombre no es otra cosa que un accidentado deambular por la tierra desde su primer día hasta que viene a llevárselo “la descarnada”, podemos observar cómo hay seres que dedican su existencia a aprender cuanto pueden y luego utilizar su saber en beneficio de sus congéneres. Que igualmente los hay que procuran no dar nunca un palo al agua. Estos son incontables. Y que también existen, y también son muchos, los que se afanan con ahínco en adquirir y acaparar lo que pueden, sin darse cuenta de que algún día habrán de perderlo todo de una forma u otra. Creen los pobres, que esto que atesoran en este corto itinerario que es su corta vida, son souvenirs que se podrán llevar en su viaje a aquel lugar del que nunca volvió nadie.
Abril 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de abril de 2008
domingo, 30 de marzo de 2008
La firma
La firma
Ramón Serrano G.
Quienes han tenido la paciencia y la amabilidad de leer alguno de mis escritos, saben que muchos de ellos los empiezo utilizando la definición que el D.R.A.E da de ese tema al que voy a referirme, porque en ella me puedo asentar cumplidamente para desarrollar el mismo. Así, refiriéndose al de hoy, dice el docto libro que es el nombre o título de una persona, generalmente acompañado de una rúbrica, escrito por ella tal y como tiene costumbre de hacerlo, puesto al pie de una carta o documento, y por la cual estos quedan autorizados, y/o autentificados.
Pero vayamos al tema. Hablando un día con uno de esos encantadores vejetes que toman el sol de media mañana sentados en los bancos públicos, le pregunté que qué era la firma para él, y fíjense el enorme parecido que tiene su contestación, llana y pueblerina, con la académica antes descrita. Me dijo el buen hombre que era el nombre, o demasiadas veces algunas letras indescifrables, que alguien pone al final de algo, que casi siempre lleva atrás un garrapato, y con lo que viene a decirse quién es el autor de lo dicho, o de que da su consentimiento, o de que se hace responsable de algo.
También quisiera contarles dos hechos casi históricos (hoy ya no se dan, para mal y para bien) pero tan recientes que yo los he vivido en varias ocasiones debido al ejercicio de mi profesión. Uno era la formalización de un trato. Dos hombres hablaban sobre una transacción, pongamos por ejemplo, ajustaban los términos de la misma y llegados a un acuerdo se daban un apretón de manos. Con él, admitían su compromiso de cumplir lo pactado y ya no eran necesarios papeles ni rúbricas. La palabra de un hombre valía tanto, o más, que lo escrito. Créanselo los jóvenes. Eso pasaba. Como igualmente ocurría que muchas personas, desgraciadamente analfabetas, acudían a un despacho para tratar de resolver un asunto, y lo hacían con cierta desenvoltura. Su azoramiento llegaba cuando se veían obligados a firmar. Entonces algunos, con cierta parsimonia, sacaban de su ajada cartera un viejo papel, lo ponían delante y luego, despacíco y dificultosamente, copiaban lo que allí tenían como muestra, y que no era otra cosa que su firma.
Digamos, aunque sólo sea de pasada, cómo signaban los documentos que otros tenían que escribirles, aquellas/os que por sí mismos no sabían hacerlo. Si era algo oficial se solía dejar la huella del dedo pulgar debidamente impregnada en tinta. Si eran textos más íntimos o personales se solicitaba la imprescindible ayuda: ..”Escribidme una carta, señor cura…”, que nos encandilaba Campoamor. Terminada la labor del amanuense, tomaban ellas el protagonismo, borrajeaban algo y después añadían alguna señal que guardaba una significación convenida de antemano. Entre novios, casi siempre eran cruces y círculos. Aquellas representaban abrazos. Estos, besos.
De hoy, podemos decir que la firma es imprescindible y que hasta se puede hacer de forma electrónica. Y que hay quien firma por un barbecho y quien no lo hace hasta haberse leído concienzudamente la letra pequeña. Pero dejemos ese tipo de firmas que es a otro al que quiero referirme, aunque dejando claro que siempre la firma fue, y es, un acto trascendente y resolutivo. Nada está acordado definitivamente hasta que es firmado.
Sobre ello dicen, y puede que lleven razón, los peritos grafólogos que a través de la firma se puede adivinar la forma de ser de la persona que la estampa. Yo me lo creo, al igual que hago con otras tantas cosas de las que no entiendo (y son muchas) y me fío de la opinión de los expertos.
Pero a la firma a la que quiero hoy referirme, la que deseo principalmente resaltar es aquella que los seres humanos van poniendo día a día, o lo que es igual, su forma de ser, sus sentimientos, sus cualidades, su capacidad de obrar, en todo cuanto van realizando a los largo de su existencia. Y aun cuando lo hacen de manera más significativa los grandes hombres (se sabe bien si una pintura es de Van Gogh o una música de Bach, aunque podríamos poner otros muchos ejemplos) todos, al ejecutar nuestros actos, grandes o sencillos, importantes o triviales, vamos firmando, vamos haciéndonos un nombre, vamos responsabilizándonos de nuestros actos, vamos diciendo lo que somos. Cuántas veces hemos oído aquello de: …y qué podías esperar de él. O eso otro de: …como siempre, se comportó estupendamente.
Seamos entonces conscientes de que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y aun en el tiempo que permanecemos en el lecho, venimos dando testimonio de nuestro modo de ser. Que estamos continuamente firmando, y, con ello, autentificando, dando importancia y haciéndonos responsables de nuestras acciones. Que cada cual vea entonces si antes de echar la rúbrica le conviene estudiar minuciosamente lo que hace, si debe leer hasta la letra pequeña, o lo que le puede acarrear el firmar por un barbecho, aun cuando esto le traiga sin cuidado.
Marzo 2008
Ramón Serrano G.
Quienes han tenido la paciencia y la amabilidad de leer alguno de mis escritos, saben que muchos de ellos los empiezo utilizando la definición que el D.R.A.E da de ese tema al que voy a referirme, porque en ella me puedo asentar cumplidamente para desarrollar el mismo. Así, refiriéndose al de hoy, dice el docto libro que es el nombre o título de una persona, generalmente acompañado de una rúbrica, escrito por ella tal y como tiene costumbre de hacerlo, puesto al pie de una carta o documento, y por la cual estos quedan autorizados, y/o autentificados.
Pero vayamos al tema. Hablando un día con uno de esos encantadores vejetes que toman el sol de media mañana sentados en los bancos públicos, le pregunté que qué era la firma para él, y fíjense el enorme parecido que tiene su contestación, llana y pueblerina, con la académica antes descrita. Me dijo el buen hombre que era el nombre, o demasiadas veces algunas letras indescifrables, que alguien pone al final de algo, que casi siempre lleva atrás un garrapato, y con lo que viene a decirse quién es el autor de lo dicho, o de que da su consentimiento, o de que se hace responsable de algo.
También quisiera contarles dos hechos casi históricos (hoy ya no se dan, para mal y para bien) pero tan recientes que yo los he vivido en varias ocasiones debido al ejercicio de mi profesión. Uno era la formalización de un trato. Dos hombres hablaban sobre una transacción, pongamos por ejemplo, ajustaban los términos de la misma y llegados a un acuerdo se daban un apretón de manos. Con él, admitían su compromiso de cumplir lo pactado y ya no eran necesarios papeles ni rúbricas. La palabra de un hombre valía tanto, o más, que lo escrito. Créanselo los jóvenes. Eso pasaba. Como igualmente ocurría que muchas personas, desgraciadamente analfabetas, acudían a un despacho para tratar de resolver un asunto, y lo hacían con cierta desenvoltura. Su azoramiento llegaba cuando se veían obligados a firmar. Entonces algunos, con cierta parsimonia, sacaban de su ajada cartera un viejo papel, lo ponían delante y luego, despacíco y dificultosamente, copiaban lo que allí tenían como muestra, y que no era otra cosa que su firma.
Digamos, aunque sólo sea de pasada, cómo signaban los documentos que otros tenían que escribirles, aquellas/os que por sí mismos no sabían hacerlo. Si era algo oficial se solía dejar la huella del dedo pulgar debidamente impregnada en tinta. Si eran textos más íntimos o personales se solicitaba la imprescindible ayuda: ..”Escribidme una carta, señor cura…”, que nos encandilaba Campoamor. Terminada la labor del amanuense, tomaban ellas el protagonismo, borrajeaban algo y después añadían alguna señal que guardaba una significación convenida de antemano. Entre novios, casi siempre eran cruces y círculos. Aquellas representaban abrazos. Estos, besos.
De hoy, podemos decir que la firma es imprescindible y que hasta se puede hacer de forma electrónica. Y que hay quien firma por un barbecho y quien no lo hace hasta haberse leído concienzudamente la letra pequeña. Pero dejemos ese tipo de firmas que es a otro al que quiero referirme, aunque dejando claro que siempre la firma fue, y es, un acto trascendente y resolutivo. Nada está acordado definitivamente hasta que es firmado.
Sobre ello dicen, y puede que lleven razón, los peritos grafólogos que a través de la firma se puede adivinar la forma de ser de la persona que la estampa. Yo me lo creo, al igual que hago con otras tantas cosas de las que no entiendo (y son muchas) y me fío de la opinión de los expertos.
Pero a la firma a la que quiero hoy referirme, la que deseo principalmente resaltar es aquella que los seres humanos van poniendo día a día, o lo que es igual, su forma de ser, sus sentimientos, sus cualidades, su capacidad de obrar, en todo cuanto van realizando a los largo de su existencia. Y aun cuando lo hacen de manera más significativa los grandes hombres (se sabe bien si una pintura es de Van Gogh o una música de Bach, aunque podríamos poner otros muchos ejemplos) todos, al ejecutar nuestros actos, grandes o sencillos, importantes o triviales, vamos firmando, vamos haciéndonos un nombre, vamos responsabilizándonos de nuestros actos, vamos diciendo lo que somos. Cuántas veces hemos oído aquello de: …y qué podías esperar de él. O eso otro de: …como siempre, se comportó estupendamente.
Seamos entonces conscientes de que desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y aun en el tiempo que permanecemos en el lecho, venimos dando testimonio de nuestro modo de ser. Que estamos continuamente firmando, y, con ello, autentificando, dando importancia y haciéndonos responsables de nuestras acciones. Que cada cual vea entonces si antes de echar la rúbrica le conviene estudiar minuciosamente lo que hace, si debe leer hasta la letra pequeña, o lo que le puede acarrear el firmar por un barbecho, aun cuando esto le traiga sin cuidado.
Marzo 2008
jueves, 13 de marzo de 2008
Asdrubal
Asdrúbal
Ramón Serrano G.
“No existe viento favorable para el marinero que no sabe a dónde ir”.- Séneca
- Oye Luca, ¿no te he hablado nunca de Asdrúbal, verdad? No, creo que no. Pero para entretener el camino te voy a contar alguna historia de él, que seguro te gustará. Era este Asdrúbal una hombre bastante mayor, que vivía en una aldea (los hombres como él no solían vivir en las ciudades) y su existencia se reducía al recuerdo de lo pasado, a la contemplación de lo presente y a aconsejar, a quien se lo pidiera, para el futuro. Era feliz. Amigo de todo el mundo, por las mañanas, desde muy temprano, gustaba en salirse a las afueras del lugar y allí, sentado en la base del humilladero, saludaba y hablaba con los que por allí pasaban, interesándose sinceramente por sus familias y negocios. Aunque, con el tiempo, llegué a descubrir que la razón principal por la que se iba a aquel lugar, era porque estaba frente a una escuela y así, a la salida, hablaba con los chiquillos, les contaba sus historias y estos se embobaban escuchándole.
Y cierto día fui yo quien acertó a cruzar por allí. Espontáneamente nos saludamos, y enseguida liamos la cháchara, aunque a decir verdad, era él quien, al igual que hacía con los chavales, me contaba cosas, todas tan curiosas y extrañas, que pronto deduje que ese hombre, a más de haberse pateado medio mundo, había aprendido tanto que era un verdadero sabio. ¡Qué gusto daba oírle! Hablaba despacio, saboreando sus expresiones, casi, casi, interpretaba más que decía sus palabras, y lo hacía con una sencillez y una humildad propia de los que son grandes de verdad.
Al iniciar nuestra charla, y por saberme forastero, me preguntó qué hacía yo en lugar tan poco transitado, y cuando le dije que mi quehacer era guitonear sin rumbo fijo, con el único afán de conocer gentes y tierras, se apresuró a confesarme que parecido a ese había sido su principal oficio (luego supe que había sido marino) y que, gracias a él, había vivido una vida extraña y deleitosa, puesto que había sido conocedor de muchos de los misterios que nuestro planeta guarda para los más. Me afirmó que nunca se ocupó en exceso de su cuerpo, que si no era enteco, tampoco tenía un gramo de grasa en demasía. Y sí lo había hecho de su espíritu. Por ello, a más de otras virtudes, nunca fue codicioso, sino, antes bien, despreciador de pingües beneficios, preocupándose sólo de alcanzar lo preciso para subsistir, dedicando sus mayores esfuerzos al conocimiento de las cosas realmente valiosas, y de ejercitar sus sentidos corporales y las potencias de su alma para engrandecerla en cuanto le fuese posible.
Y comenzó a contarme cómo se desarrolló su existencia, desde su juventud hasta que las fuerzas le abandonaron y tuvo que regresar al sitio donde estaba enterrado su cordón umbilical. Claro que aquello le llevó toda la mañana, la tarde entera y aún gran parte del siguiente día. Y yo, sabiendo que pocas veces volvería a encontrarme con personaje tan destacado y valioso como aquél, allí me tuve en su compaña, escuchándole con arrobo y aprendiéndome de memoria sus narraciones, que aún conservo intactas como si acabara de oírlas.
-¿Y de qué te habló? le pregunté.
-De todo cuanto imaginarte puedas. De tanto, que sería casi interminable la exposición. Pero, si te parece, te voy a referir alguna de sus aventuras que solía contar a los chavales, para que te hagas una pequeña idea de hasta dónde llegaban sus conocimientos y experiencias. Me dijo por ejemplo, o mejor dicho les contaba a los niños, que viajando por tierras hindúes, había aprendido a defenderse de los temibles odiyanes, los cuales, con el mayor secreto, mataban a sus víctimas y luego se adueñaban de sus almas sin que nadie lo supiera. Durante los tres días siguientes a su fatal actuación la víctima hacía una vida normal, comiendo, bebiendo, respirando, pero al cuarto fallecía indefectiblemente, al parecer por una causa intrascendente: una simple caída en la calle o un vulgar catarro. Y que llegó a saber que la única forma de conocer si una persona había sido atacada por un odiyan era mirándola fijamente a los ojos que estarían cubiertos por una veladura apagada, sin que tuviesen el menor brillo.
También les explicó la leyenda de Tamba-tayá, según la cual, el indio Tuppi, desolado por la muerte de su amada, la llevó al interior de la selva amazónica, y allí en la soledad, lejos de todos, se enterró junto al cadáver, quemándose en vida. Y parecer ser, que sobre la tumba de ambos brotó luego el árbol del Tamba-tayá, cuyas hojas son en realidad dos hojillas unidas entre sí, pegada una grande a otra pequeña, que representan a la desgraciada pareja en un abrazo de vida eterna, símbolo inequívoco y sublime de su amor.
Le oímos hablar otra vez de cómo, viajando por los países escandinavos, vio una flor que los habitantes de aquellas tierras llamaban miosotta y a la que consideraban como símbolo del amor y la fidelidad. Era muy bonita, pequeña, azul, con un poco de color rojo. Y hallándole tan entusiasmado, un campesino le contó la historia de aquella florecilla, según la cual, cuando el dios Odín creó el mundo, puso forma, color y nombre a todas las cosas. La flor de que hablamos le suplicaba: ¡no me olvides! ¡No me olvides!, pero como su voz era tan fina, el dios no alcanzaba a oírla. Tan sólo pudo percatarse de esa pequeña voz Freiya, la reina de todas las Valquirias, la cual, una vez que el hacedor finalizó toda su obra, se dirigió a él, intercediendo por ella. Y el dios dijo a la flor: - Todos los nombres están ya dados, así que no tengo nombre para ti, Por tanto, te llamarás “no me olvides”. Por colores tendrás el azul del cielo y el rojo de la sangre, y servirás para acompañar a los muertos y consolar a los vivos.
Luego, en otro momento, vino a utilizar la hipálage para contar, algo muy extraordinario, pero que, a su vez, a mí me pareció muy bello. Y fue cómo a lo largo de su curiosa vida, sentado por las noches en cubierta frente a una mar tranquila, había llegado a desarrollar de forma extraordinaria sus sentidos, y así, había logrado saber qué tacto tienen las náyades; a qué huelen las nubes; cual es el sabor del cariño de una madre; cómo suena la llegada de la aurora y descifrado el frío mensaje de la mirada del cárabo. Pero de esto, y de otras muchas maravillosas historias que le tengo oídas, te seguiré hablando en ocasión futura, que, como ves estamos ya llegando a aquel caserío, donde pediremos albergue para pasar la noche, que si no, tendremos que enserenar en cualquier sitio.
- Oye Luìs, y digo yo, ¿por qué en el mundo hay tan pocos hombres como ese Asdrúbal, del que me hablas, dispuestos a enseñar y aconsejar a los de su entorno?
- Pues no lo sé, Luca, no lo sé. Pero lo malo, no es que haya pocos, sino que los muchachos de hoy, en vez de escucharles, prefieren jugar con las nintendos.
Marzo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de marzo de 2008
Ramón Serrano G.
“No existe viento favorable para el marinero que no sabe a dónde ir”.- Séneca
- Oye Luca, ¿no te he hablado nunca de Asdrúbal, verdad? No, creo que no. Pero para entretener el camino te voy a contar alguna historia de él, que seguro te gustará. Era este Asdrúbal una hombre bastante mayor, que vivía en una aldea (los hombres como él no solían vivir en las ciudades) y su existencia se reducía al recuerdo de lo pasado, a la contemplación de lo presente y a aconsejar, a quien se lo pidiera, para el futuro. Era feliz. Amigo de todo el mundo, por las mañanas, desde muy temprano, gustaba en salirse a las afueras del lugar y allí, sentado en la base del humilladero, saludaba y hablaba con los que por allí pasaban, interesándose sinceramente por sus familias y negocios. Aunque, con el tiempo, llegué a descubrir que la razón principal por la que se iba a aquel lugar, era porque estaba frente a una escuela y así, a la salida, hablaba con los chiquillos, les contaba sus historias y estos se embobaban escuchándole.
Y cierto día fui yo quien acertó a cruzar por allí. Espontáneamente nos saludamos, y enseguida liamos la cháchara, aunque a decir verdad, era él quien, al igual que hacía con los chavales, me contaba cosas, todas tan curiosas y extrañas, que pronto deduje que ese hombre, a más de haberse pateado medio mundo, había aprendido tanto que era un verdadero sabio. ¡Qué gusto daba oírle! Hablaba despacio, saboreando sus expresiones, casi, casi, interpretaba más que decía sus palabras, y lo hacía con una sencillez y una humildad propia de los que son grandes de verdad.
Al iniciar nuestra charla, y por saberme forastero, me preguntó qué hacía yo en lugar tan poco transitado, y cuando le dije que mi quehacer era guitonear sin rumbo fijo, con el único afán de conocer gentes y tierras, se apresuró a confesarme que parecido a ese había sido su principal oficio (luego supe que había sido marino) y que, gracias a él, había vivido una vida extraña y deleitosa, puesto que había sido conocedor de muchos de los misterios que nuestro planeta guarda para los más. Me afirmó que nunca se ocupó en exceso de su cuerpo, que si no era enteco, tampoco tenía un gramo de grasa en demasía. Y sí lo había hecho de su espíritu. Por ello, a más de otras virtudes, nunca fue codicioso, sino, antes bien, despreciador de pingües beneficios, preocupándose sólo de alcanzar lo preciso para subsistir, dedicando sus mayores esfuerzos al conocimiento de las cosas realmente valiosas, y de ejercitar sus sentidos corporales y las potencias de su alma para engrandecerla en cuanto le fuese posible.
Y comenzó a contarme cómo se desarrolló su existencia, desde su juventud hasta que las fuerzas le abandonaron y tuvo que regresar al sitio donde estaba enterrado su cordón umbilical. Claro que aquello le llevó toda la mañana, la tarde entera y aún gran parte del siguiente día. Y yo, sabiendo que pocas veces volvería a encontrarme con personaje tan destacado y valioso como aquél, allí me tuve en su compaña, escuchándole con arrobo y aprendiéndome de memoria sus narraciones, que aún conservo intactas como si acabara de oírlas.
-¿Y de qué te habló? le pregunté.
-De todo cuanto imaginarte puedas. De tanto, que sería casi interminable la exposición. Pero, si te parece, te voy a referir alguna de sus aventuras que solía contar a los chavales, para que te hagas una pequeña idea de hasta dónde llegaban sus conocimientos y experiencias. Me dijo por ejemplo, o mejor dicho les contaba a los niños, que viajando por tierras hindúes, había aprendido a defenderse de los temibles odiyanes, los cuales, con el mayor secreto, mataban a sus víctimas y luego se adueñaban de sus almas sin que nadie lo supiera. Durante los tres días siguientes a su fatal actuación la víctima hacía una vida normal, comiendo, bebiendo, respirando, pero al cuarto fallecía indefectiblemente, al parecer por una causa intrascendente: una simple caída en la calle o un vulgar catarro. Y que llegó a saber que la única forma de conocer si una persona había sido atacada por un odiyan era mirándola fijamente a los ojos que estarían cubiertos por una veladura apagada, sin que tuviesen el menor brillo.
También les explicó la leyenda de Tamba-tayá, según la cual, el indio Tuppi, desolado por la muerte de su amada, la llevó al interior de la selva amazónica, y allí en la soledad, lejos de todos, se enterró junto al cadáver, quemándose en vida. Y parecer ser, que sobre la tumba de ambos brotó luego el árbol del Tamba-tayá, cuyas hojas son en realidad dos hojillas unidas entre sí, pegada una grande a otra pequeña, que representan a la desgraciada pareja en un abrazo de vida eterna, símbolo inequívoco y sublime de su amor.
Le oímos hablar otra vez de cómo, viajando por los países escandinavos, vio una flor que los habitantes de aquellas tierras llamaban miosotta y a la que consideraban como símbolo del amor y la fidelidad. Era muy bonita, pequeña, azul, con un poco de color rojo. Y hallándole tan entusiasmado, un campesino le contó la historia de aquella florecilla, según la cual, cuando el dios Odín creó el mundo, puso forma, color y nombre a todas las cosas. La flor de que hablamos le suplicaba: ¡no me olvides! ¡No me olvides!, pero como su voz era tan fina, el dios no alcanzaba a oírla. Tan sólo pudo percatarse de esa pequeña voz Freiya, la reina de todas las Valquirias, la cual, una vez que el hacedor finalizó toda su obra, se dirigió a él, intercediendo por ella. Y el dios dijo a la flor: - Todos los nombres están ya dados, así que no tengo nombre para ti, Por tanto, te llamarás “no me olvides”. Por colores tendrás el azul del cielo y el rojo de la sangre, y servirás para acompañar a los muertos y consolar a los vivos.
Luego, en otro momento, vino a utilizar la hipálage para contar, algo muy extraordinario, pero que, a su vez, a mí me pareció muy bello. Y fue cómo a lo largo de su curiosa vida, sentado por las noches en cubierta frente a una mar tranquila, había llegado a desarrollar de forma extraordinaria sus sentidos, y así, había logrado saber qué tacto tienen las náyades; a qué huelen las nubes; cual es el sabor del cariño de una madre; cómo suena la llegada de la aurora y descifrado el frío mensaje de la mirada del cárabo. Pero de esto, y de otras muchas maravillosas historias que le tengo oídas, te seguiré hablando en ocasión futura, que, como ves estamos ya llegando a aquel caserío, donde pediremos albergue para pasar la noche, que si no, tendremos que enserenar en cualquier sitio.
- Oye Luìs, y digo yo, ¿por qué en el mundo hay tan pocos hombres como ese Asdrúbal, del que me hablas, dispuestos a enseñar y aconsejar a los de su entorno?
- Pues no lo sé, Luca, no lo sé. Pero lo malo, no es que haya pocos, sino que los muchachos de hoy, en vez de escucharles, prefieren jugar con las nintendos.
Marzo 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 14 de marzo de 2008
viernes, 7 de marzo de 2008
El camarero
El camarero
Ramón Serrano G.
Escuché cómo se alzaba, pero seguí con los ojos cerrados haciéndome el dormido.
-Venga Luca, me dijo, que hace rato que el sol se puso en marcha.
-Pero Luis, le contesté casi entre sueños. ¡Que las mañanas de abril son muy dulces de dormir! Espera un rato
Madrugador por hábito, no me hizo caso, por lo que tuve yo que hacérselo a él, y tras las obligadas abluciones, se vistió, desayunamos y salimos a la calle. Dimos un buen paseo hasta que, a eso de media mañana, acabamos, como casi siempre, en el atrio de la iglesia donde nos sentamos en un banco a descansar, agradecidos al sol primaveral. Al poco se nos acercó nuestro amigo Anselmo, “el Crudo”. Nos saludamos con el afecto correspondiente y se sentó a charlar con mi amigo, mientras que yo, echado a sus pies, escuchaba atento.
Pronto derivó el palique hacia el comportamiento humano, y Luís, para mejor conocer la forma de pensar de su tertuliano, empezó a hacer de abogado del diablo. “Hoy, por todas partes, la mayoría de la gente es mala, sin formas, sin educación, y hasta sin entrañas”, poniendo un exagerado énfasis en sus fingidos ataques. Anselmo, como buen discutidor que era, entró al trapo y se esforzaba en defender la actitud de las personas, culpando a las circunstancias de lo incorrecto que pudiesen hacer aquellas. “No estoy de acuerdo, le replicaba. Sí, puede ser que haya mayor porcentaje que antiguamente de personas sin muchos escrúpulos o que se desentiendan del bien común. Pero sigue habiendo almas nobles. Y muchas. Lo que pasa es que la mayoría se dedican a cosas, al parecer intrascendentes, pero que son de una gran importancia para el bienestar de los demás. Es el hacer el bien todos los días lo que acabará consiguiendo la felicidad de las gentes. Esa puede que sea la gota de agua que acabe perforando la protervidad humana “.”¿Sabes qué te digo “Crudo”?: que defiendes a la raza humana tan bien como Hipérides defendió a Friné”
Y en eso, y en algo más estaban, cuando cruzó un hombre que les saludó sonriente. De estatura media, sin duda había sobrepasado los cincuenta, por lo que le empezaba a escasear el pelo y usaba lentes. Con diligente paso se dirigió al casino de San Fernando y penetró en él. Entonces Anselmo, tras devolverle la salutación de manera afectuosa, se volvió hacia mi amigo y retomó la palabra para decir:
-Mira, hablando de si hay, o no, personas buenas. Ahí acaba de pasar uno de esos que a lo largo de toda su vida se ha comportado siempre, pero lo que se dice siempre, de un modo fenomenal.
-No será su proceder tan correcto, cuando a estas horas ya se viene al casino. Aun cuando le sobre el dinero, algún trabajo tendrá que realizar, y debería estarse en él, en lugar de allegarse tan temprano a esta sociedad.
-Bien se nota que no lo conoces. Seguro que lleva levantado desde muy temprano, y en su casa ha estado con la lectura o el estudio hasta ahora mismo. Además de otras cosas, a sus años ha aprendido inglés por el periódico. Lo que viene es a trabajar. Es uno de los camareros de la cafetería del casino. ¿Ves a la hora que llega? Nada más abrir. Pues ya no se marcha hasta que cierren, a la una o las dos de la noche. Cuando se ve muy cansado, se sienta a charlar con algún cliente, o a leer, mejor dicho a releer a Ortega, que ni los mejores estudiosos del filósofo le habrán dedicado tantas horas y sabrán tanto de él, como nuestro hombre. Pero con quien más le gusta conversar es con su gran amigo García Pavón. Amistó primero con su hermano, Isaac, que es de su misma edad, y dos años más joven que Francisco, pero cuando aquél se fue a América, intimó más con este. Se conocen desde chiquillos y cuando nuestro escritor viene por Tomillares, se acerca por aquí a menudo, los dos se van a una de las mesas del fondo y allí se lían de entrañable cháchara mientras pueden.
-Pero ¿es que es suya la cafetería?
-No, qué va. Es un empleado, pero trabajador a ultranza, echa aquí horas y horas, y cuida del negocio mejor que los dueños. Ya te digo, está pendiente siempre de si alguien necesita algo, y atiende a la clientela con una corrección y una amabilidad inusuales. Te pregunta si está bien el servicio que te ha puesto o se interesa por tu negocio o tu familia. Ya te digo, algo poco común. Y no es que lo afirme yo. Si quieres preguntamos a los socios, o a cualquiera que pase por la calle y le conozca, aunque creo que le conoce todo el pueblo, y ni uno solo te dirá de él tanto así de malo o de incorrecto.
-¿Y tú cómo sabes tanto de esa persona?
-Porque le conozco desde la escuela. Cuando yo llegué, ya estaban en ella él y los hermanos García Pavón, que son mayores que yo. Te podría contar un montón de cosas suyas. No era mal estudiante, pero la guerra civil le obligó a abandonar los estudios, y cuando acabó aquella, se tuvo que poner a trabajar. Primero en casa de un tío suyo, y desde allí se vino aquí en el año 54. Y aquí estará hasta que se jubile, estoy seguro. Siempre nos hemos llevado muy bien. Bueno, él se lleva bien con todo el mundo, sea de la condición que sea. Igual, con la misma fineza trata a Don Isidoro, el abogado, el dueño de los cines, como al que tiene una fábrica de alcoholes, al tendero o al de las viñas. Un ejemplo. Tú habrás oído hablar de D, Francisco Martínez Ramírez, el Obrero. Fue quien trajo el tren, fundó un periódico, fue gobernador civil de Huesca y estuvo nominado para ministro. Pues eran muy amigos. Tanto, que en sus últimos años, ese señor quedó en la indigencia, y este lo invitaba a café todas las noches.
En esto salió nuestro hombre a la puerta, ya que debido a la hora aún no había clientes. Lucía una impoluta chaquetilla blanca, el obligado pantalón negro y zapatos relucientes. Entonces Anselmo lo llamó, y él, presto y sonriente, se acercó hasta nosotros. Y dijo “el Crudo”: “Como sois buena gente, os quiero presentar. Mira, estos son mis amigos Luis, y su perra Luca. Y este, un gran hombre como te vengo contando. Se llama Manuel Perona Ortiz”.
Marzo de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de marzo de 2008
Ramón Serrano G.
Escuché cómo se alzaba, pero seguí con los ojos cerrados haciéndome el dormido.
-Venga Luca, me dijo, que hace rato que el sol se puso en marcha.
-Pero Luis, le contesté casi entre sueños. ¡Que las mañanas de abril son muy dulces de dormir! Espera un rato
Madrugador por hábito, no me hizo caso, por lo que tuve yo que hacérselo a él, y tras las obligadas abluciones, se vistió, desayunamos y salimos a la calle. Dimos un buen paseo hasta que, a eso de media mañana, acabamos, como casi siempre, en el atrio de la iglesia donde nos sentamos en un banco a descansar, agradecidos al sol primaveral. Al poco se nos acercó nuestro amigo Anselmo, “el Crudo”. Nos saludamos con el afecto correspondiente y se sentó a charlar con mi amigo, mientras que yo, echado a sus pies, escuchaba atento.
Pronto derivó el palique hacia el comportamiento humano, y Luís, para mejor conocer la forma de pensar de su tertuliano, empezó a hacer de abogado del diablo. “Hoy, por todas partes, la mayoría de la gente es mala, sin formas, sin educación, y hasta sin entrañas”, poniendo un exagerado énfasis en sus fingidos ataques. Anselmo, como buen discutidor que era, entró al trapo y se esforzaba en defender la actitud de las personas, culpando a las circunstancias de lo incorrecto que pudiesen hacer aquellas. “No estoy de acuerdo, le replicaba. Sí, puede ser que haya mayor porcentaje que antiguamente de personas sin muchos escrúpulos o que se desentiendan del bien común. Pero sigue habiendo almas nobles. Y muchas. Lo que pasa es que la mayoría se dedican a cosas, al parecer intrascendentes, pero que son de una gran importancia para el bienestar de los demás. Es el hacer el bien todos los días lo que acabará consiguiendo la felicidad de las gentes. Esa puede que sea la gota de agua que acabe perforando la protervidad humana “.”¿Sabes qué te digo “Crudo”?: que defiendes a la raza humana tan bien como Hipérides defendió a Friné”
Y en eso, y en algo más estaban, cuando cruzó un hombre que les saludó sonriente. De estatura media, sin duda había sobrepasado los cincuenta, por lo que le empezaba a escasear el pelo y usaba lentes. Con diligente paso se dirigió al casino de San Fernando y penetró en él. Entonces Anselmo, tras devolverle la salutación de manera afectuosa, se volvió hacia mi amigo y retomó la palabra para decir:
-Mira, hablando de si hay, o no, personas buenas. Ahí acaba de pasar uno de esos que a lo largo de toda su vida se ha comportado siempre, pero lo que se dice siempre, de un modo fenomenal.
-No será su proceder tan correcto, cuando a estas horas ya se viene al casino. Aun cuando le sobre el dinero, algún trabajo tendrá que realizar, y debería estarse en él, en lugar de allegarse tan temprano a esta sociedad.
-Bien se nota que no lo conoces. Seguro que lleva levantado desde muy temprano, y en su casa ha estado con la lectura o el estudio hasta ahora mismo. Además de otras cosas, a sus años ha aprendido inglés por el periódico. Lo que viene es a trabajar. Es uno de los camareros de la cafetería del casino. ¿Ves a la hora que llega? Nada más abrir. Pues ya no se marcha hasta que cierren, a la una o las dos de la noche. Cuando se ve muy cansado, se sienta a charlar con algún cliente, o a leer, mejor dicho a releer a Ortega, que ni los mejores estudiosos del filósofo le habrán dedicado tantas horas y sabrán tanto de él, como nuestro hombre. Pero con quien más le gusta conversar es con su gran amigo García Pavón. Amistó primero con su hermano, Isaac, que es de su misma edad, y dos años más joven que Francisco, pero cuando aquél se fue a América, intimó más con este. Se conocen desde chiquillos y cuando nuestro escritor viene por Tomillares, se acerca por aquí a menudo, los dos se van a una de las mesas del fondo y allí se lían de entrañable cháchara mientras pueden.
-Pero ¿es que es suya la cafetería?
-No, qué va. Es un empleado, pero trabajador a ultranza, echa aquí horas y horas, y cuida del negocio mejor que los dueños. Ya te digo, está pendiente siempre de si alguien necesita algo, y atiende a la clientela con una corrección y una amabilidad inusuales. Te pregunta si está bien el servicio que te ha puesto o se interesa por tu negocio o tu familia. Ya te digo, algo poco común. Y no es que lo afirme yo. Si quieres preguntamos a los socios, o a cualquiera que pase por la calle y le conozca, aunque creo que le conoce todo el pueblo, y ni uno solo te dirá de él tanto así de malo o de incorrecto.
-¿Y tú cómo sabes tanto de esa persona?
-Porque le conozco desde la escuela. Cuando yo llegué, ya estaban en ella él y los hermanos García Pavón, que son mayores que yo. Te podría contar un montón de cosas suyas. No era mal estudiante, pero la guerra civil le obligó a abandonar los estudios, y cuando acabó aquella, se tuvo que poner a trabajar. Primero en casa de un tío suyo, y desde allí se vino aquí en el año 54. Y aquí estará hasta que se jubile, estoy seguro. Siempre nos hemos llevado muy bien. Bueno, él se lleva bien con todo el mundo, sea de la condición que sea. Igual, con la misma fineza trata a Don Isidoro, el abogado, el dueño de los cines, como al que tiene una fábrica de alcoholes, al tendero o al de las viñas. Un ejemplo. Tú habrás oído hablar de D, Francisco Martínez Ramírez, el Obrero. Fue quien trajo el tren, fundó un periódico, fue gobernador civil de Huesca y estuvo nominado para ministro. Pues eran muy amigos. Tanto, que en sus últimos años, ese señor quedó en la indigencia, y este lo invitaba a café todas las noches.
En esto salió nuestro hombre a la puerta, ya que debido a la hora aún no había clientes. Lucía una impoluta chaquetilla blanca, el obligado pantalón negro y zapatos relucientes. Entonces Anselmo lo llamó, y él, presto y sonriente, se acercó hasta nosotros. Y dijo “el Crudo”: “Como sois buena gente, os quiero presentar. Mira, estos son mis amigos Luis, y su perra Luca. Y este, un gran hombre como te vengo contando. Se llama Manuel Perona Ortiz”.
Marzo de 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de marzo de 2008
viernes, 22 de febrero de 2008
Clamar en el desierto
Clamar en el desierto
Ramón Serrano G.
Cuando en los siglos XXIII o XXIV los investigadores se pongan a estudiar algunas de las costumbres y modos de vida de los humanos en los finales del XX y principios del XXI lo van a tener realmente difícil. Para los de hoy es mucho más fácil indagar en la antigüedad, ya que los usos de entonces perduraban por más tiempo, eran mas rutinarios, mientras que los actuales cambian a velocidad de vértigo. A uno de esos hábitos es a los que voy a dedicar mis palabras de hoy, ya que lo considero de inmensa importancia. Me voy a referir, en concreto, al comportamiento de los adolescentes en el seno de la sociedad y en el de la familia.
Desde que el hombre empezó a vivir de este modo, o sea, agrupándose entre padres e hijos, todos guardaban dentro de ella un proceder disciplinado, favorecedor de la consecución de logros muy importantes, como la educación, el diálogo, el respeto y el orden, entre otros. Y al decir todos, quiero decir exactamente eso, todos: abuelos, padres, hijos, nietos o cualquier otro componente. Cada uno tenía asignada tácita y tradicionalmente una misión y unas obligaciones que solían cumplir con exquisitez y presura, pero sin una queja, sin un desaire, sin un mal modo, con lo cual se conseguía un acoplamiento y una convivencia naturales y muy benefactoras.
Y, aunque ya apuntaré posteriormente algo sobre este tema en mi artículo “El mañana”, voy a aludir hoy a los jóvenes para decir de ellos cosas que quisiera callarme, pero que me veo en la obligación de denunciar, aun cuando sé con toda certeza que al hacerlo clamo en el desierto. Y una de estas cosas a las que me refiero es que están haciendo un pésimo uso de las miles de posibilidades que tienen a su alcance, y que de usarlas adecuadamente en vez del despilfarro que cometen, llegarían a obtener éxitos y beneficios incalculables. Ellos, los jóvenes de hoy en día, tienen acceso a todo y en abundancia. Si carecen de algo, es sólo de hambre. Pero, para su desgracia, no saben aprovechar los excelentes mimbres de los que disponen y con los que podrían conseguir excepcionales canastas que les harían mucho bien a ellos y al mundo que les va a tocar vivir. Sin embargo, apoltronados y ahítos, se están metiendo por caminos que son placenteros en apariencia y deleitosos al principio, pero que poco a poco se van volviendo enrevesados, para acabar en un dédalo de penurias de todo tipo. Ya sabemos que algo parecido se comentaba en los tiempos lejanos de Plinio el Viejo, pero es que lo de ahora es pasarse cien pueblos.
Pero no debemos, de ningún modo, pensar que la culpa del cometimiento obsesivo por parte de la adolescencia de actos carentes por completo de un futuro deseable, que la absoluta renuncia a todo aquello que suponga esfuerzo y sacrificio, que la deformada visión de lo conveniente, se les debe atribuir principal y exclusivamente a ellos. Entonces, ¿a quién?, me dirá alguno. Si ellos son los que incumplen, o, al menos, los que arredran las normas establecidas, ellos son los pecadores. Mas nos engañaríamos de pleno si así pensásemos. Cometen falta, de eso no hay duda, pero se ven abocados a hacerlo, impulsados por el entorno que les rodea, por el adulterado líquido amniótico que les está envolviendo en su formación. Es la sociedad misma la que les empuja enérgicamente al equívoco. Así de sencillo, así de fuerte y así de claro. Veámoslo.
El entorno social los arrastra con sus cantos de sirena. No es sino una gran senda, engañosamente rutilante, prometedora de reconducirles a fáciles éxitos, que hoy les colma de placeres, aunque mañana, cuando se den cuenta de que no se han protegido suficientemente por el auténtico saber, les hará pagar a precio de oro el dudoso bienestar que hoy les concede aparentemente.
Son también culpables, aunque desde luego involuntariamente, sus maestros y educadores, que no pueden transmitirles, como quisieran, el aprendizaje que les sería necesario en el futuro. Lo son, sí, pero exentos de cualquier crítica, al reconocer que tienen el eximente de que hay un erróneo criterio proteccionista impuesto por la ley, que les tiene muy limitadas sus posibilidades docentes y educativas.
Nos queda entonces el reo principal: el hogar. Ese lugar que antaño servía de crisol en el que se iban fundiendo y purificando todas las tendencias de los púberes. El tamiz que cernía lo extraño y tal vez pernicioso que los muchachos traían de la calle. El horno donde se iban cociendo los mejores sentimientos. El habitáculo donde unos se interesaban por los otros. Donde se dialogaba. Donde se comía en unión y compaña. Donde se convivía. Donde se vivía. ¿Reconoce alguno de ustedes estas condiciones en los hogares de este siglo XXI? No. Seguro que no.
Así pues, mi decir no es la queja de saber que muchos adolescentes de hoy distinguen perfectamente el “rap” del “heavy” o del “chill out”, sino de que no haya ninguno, o a lo sumo uno o dos, que hayan oído alguna vez el canto de la oropéndola, el trino del verderón, o el armónico sonar del ruiseñor macho en época de celo. Como también sé, y también lo lamento, que expresar esta queja es clamar en el desierto.
Febrero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de febrero de 2008
Ramón Serrano G.
Cuando en los siglos XXIII o XXIV los investigadores se pongan a estudiar algunas de las costumbres y modos de vida de los humanos en los finales del XX y principios del XXI lo van a tener realmente difícil. Para los de hoy es mucho más fácil indagar en la antigüedad, ya que los usos de entonces perduraban por más tiempo, eran mas rutinarios, mientras que los actuales cambian a velocidad de vértigo. A uno de esos hábitos es a los que voy a dedicar mis palabras de hoy, ya que lo considero de inmensa importancia. Me voy a referir, en concreto, al comportamiento de los adolescentes en el seno de la sociedad y en el de la familia.
Desde que el hombre empezó a vivir de este modo, o sea, agrupándose entre padres e hijos, todos guardaban dentro de ella un proceder disciplinado, favorecedor de la consecución de logros muy importantes, como la educación, el diálogo, el respeto y el orden, entre otros. Y al decir todos, quiero decir exactamente eso, todos: abuelos, padres, hijos, nietos o cualquier otro componente. Cada uno tenía asignada tácita y tradicionalmente una misión y unas obligaciones que solían cumplir con exquisitez y presura, pero sin una queja, sin un desaire, sin un mal modo, con lo cual se conseguía un acoplamiento y una convivencia naturales y muy benefactoras.
Y, aunque ya apuntaré posteriormente algo sobre este tema en mi artículo “El mañana”, voy a aludir hoy a los jóvenes para decir de ellos cosas que quisiera callarme, pero que me veo en la obligación de denunciar, aun cuando sé con toda certeza que al hacerlo clamo en el desierto. Y una de estas cosas a las que me refiero es que están haciendo un pésimo uso de las miles de posibilidades que tienen a su alcance, y que de usarlas adecuadamente en vez del despilfarro que cometen, llegarían a obtener éxitos y beneficios incalculables. Ellos, los jóvenes de hoy en día, tienen acceso a todo y en abundancia. Si carecen de algo, es sólo de hambre. Pero, para su desgracia, no saben aprovechar los excelentes mimbres de los que disponen y con los que podrían conseguir excepcionales canastas que les harían mucho bien a ellos y al mundo que les va a tocar vivir. Sin embargo, apoltronados y ahítos, se están metiendo por caminos que son placenteros en apariencia y deleitosos al principio, pero que poco a poco se van volviendo enrevesados, para acabar en un dédalo de penurias de todo tipo. Ya sabemos que algo parecido se comentaba en los tiempos lejanos de Plinio el Viejo, pero es que lo de ahora es pasarse cien pueblos.
Pero no debemos, de ningún modo, pensar que la culpa del cometimiento obsesivo por parte de la adolescencia de actos carentes por completo de un futuro deseable, que la absoluta renuncia a todo aquello que suponga esfuerzo y sacrificio, que la deformada visión de lo conveniente, se les debe atribuir principal y exclusivamente a ellos. Entonces, ¿a quién?, me dirá alguno. Si ellos son los que incumplen, o, al menos, los que arredran las normas establecidas, ellos son los pecadores. Mas nos engañaríamos de pleno si así pensásemos. Cometen falta, de eso no hay duda, pero se ven abocados a hacerlo, impulsados por el entorno que les rodea, por el adulterado líquido amniótico que les está envolviendo en su formación. Es la sociedad misma la que les empuja enérgicamente al equívoco. Así de sencillo, así de fuerte y así de claro. Veámoslo.
El entorno social los arrastra con sus cantos de sirena. No es sino una gran senda, engañosamente rutilante, prometedora de reconducirles a fáciles éxitos, que hoy les colma de placeres, aunque mañana, cuando se den cuenta de que no se han protegido suficientemente por el auténtico saber, les hará pagar a precio de oro el dudoso bienestar que hoy les concede aparentemente.
Son también culpables, aunque desde luego involuntariamente, sus maestros y educadores, que no pueden transmitirles, como quisieran, el aprendizaje que les sería necesario en el futuro. Lo son, sí, pero exentos de cualquier crítica, al reconocer que tienen el eximente de que hay un erróneo criterio proteccionista impuesto por la ley, que les tiene muy limitadas sus posibilidades docentes y educativas.
Nos queda entonces el reo principal: el hogar. Ese lugar que antaño servía de crisol en el que se iban fundiendo y purificando todas las tendencias de los púberes. El tamiz que cernía lo extraño y tal vez pernicioso que los muchachos traían de la calle. El horno donde se iban cociendo los mejores sentimientos. El habitáculo donde unos se interesaban por los otros. Donde se dialogaba. Donde se comía en unión y compaña. Donde se convivía. Donde se vivía. ¿Reconoce alguno de ustedes estas condiciones en los hogares de este siglo XXI? No. Seguro que no.
Así pues, mi decir no es la queja de saber que muchos adolescentes de hoy distinguen perfectamente el “rap” del “heavy” o del “chill out”, sino de que no haya ninguno, o a lo sumo uno o dos, que hayan oído alguna vez el canto de la oropéndola, el trino del verderón, o el armónico sonar del ruiseñor macho en época de celo. Como también sé, y también lo lamento, que expresar esta queja es clamar en el desierto.
Febrero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de febrero de 2008
viernes, 8 de febrero de 2008
Cicateros
Cicateros
Ramón Serrano G.
Lo lamento, pero hoy lo veo todo negro. Será que mi prisma de observación se encuentra turbio, o que mi intelecto funciona peor que de costumbre, pero lo cierto es que, a mi pobre parecer, el ser humano es ya un enfermo casi terminal, aquejado como está de tantos achaques y males que le hacen llevar una vida harto dura y dificultosa. La violencia, la degradación del hábitat y las costumbres, el estrés, la ambición, entre otros muchos padecimientos, le han arrastrado a ello. Y, por si fuese poco, le ha caído últimamente otra mala enfermedad, que pudiera parecer benigna en comparación con las otras citadas, pero que es soterrada y dañina como un cáncer. Está seriamente afectado por la tacañería. Sí, fijándose bien, ahora nos hemos vuelto cerracatinos y sólo damos de lo que tenemos mucho, y aunque nos sobre, lo hacemos por obligación, claro está. Entregamos aquello que es rigurosamente lo justo, sin permitirnos adehala o añadidura alguna a la que no estemos completamente constreñidos.
La causa de este cambio no la sé. Presumo que se pudiera deber a la cantidad de obligaciones y necesidades que nos hemos impuesto las personas y al enorme esfuerzo que hemos de realizar para poder conseguirlas. Bien es verdad que mucho cuesta tener un erario de todo tipo con el que saldar la adquisición de nuestros menesteres. Que es realmente difícil llegar a disponer de un posible que sea suficiente para alcanzar lo que se considera perentorio. Quizás sea por ello, que todo nos parece insume y se nos antoja que cualquier dispendio hiciera que pudiese llegar el día en que nos viésemos carentes incluso de lo imprescindible.
Por enfocarlo desde un punto de vista material, ¿recuerdan las propinas? Eran, no una limosna, no, sino el intento o la forma de compensar el agrado con el que alguien nos había atendido en su trabajo. Hoy, salvo en los países en los que son obligatorias, prácticamente han desaparecido, y si no lo han hecho en su totalidad, sí que se han visto muy recortadas. Puede que haya sido porque el servicio realizado haya adquirido un justiprecio, o porque el trabajador gane ya un salario justo y decente, pero lo cierto es que hoy en día la mayor parte del personal abona lo marcado y ¡hasta más ver tío Lucas!
Ocurre igual en lo inmaterial. En el contacto diario entre las gentes de bien pensar y buen hacer, está disminuyendo de una manera alarmante (de hecho, casi ha desaparecido ya) aquella humana y entrañable relación que había en el trato de las personas entre sí. La mayoría no se limitaba al simple acto social o comercial, sino que además se ofrecía un diálogo, informal, intranscendente, inútil si se quiere, pero que mantenía entre las personas una sociabilidad encomiable. Hoy lo normal es: “Buenas ¿qué quiere?” “Me da esto y adiós”. Y a veces no están ni el adiós, ni el buenas.
Pero en la vida, si queremos que sea una vida agradable no se puede, ni se debe andar así. Hay que hacer algo más. Dar algo más. No basta el salario por el trabajo y viceversa. No se cumple con el saludo por educación, sino por el ensamblaje humano. Al chamán y al médico no ha de bastarles con curar al paciente, sino que han de infundirle ánimo y, sobre todo, esperanza. El profesor no debiera conformarse con enseñar sino que, además, tendría que educar.
Un día, en un balneario, presencié un caso que me dio cuenta de ello, llenándome de tristeza. Había acudido allí un enfermo que padecía un enfisema grave que le obligaba a llevar constantemente un pesado tubo metálico del que se abastecía del oxígeno para poder sobrevivir. Era un hombre enteco, algo giboso, de bastante edad y aspecto palurdo. Se había hecho acompañar (quizás no tuviera a nadie más) por un criado de escasos modales que siempre iba tras él, bien cargando con la citada bombona o bien ocupándose de que su jefe no diese algún traspiés. Comían y paseaban siempre solos y en los varios días que estuvieron en el sitio no observé que se dirigieran otras palabras que las imprescindibles. Parecía que no se conociesen. Entre ellos no había vida, no existía relación humana. Tan sólo el servicio de uno por un lado y, por el otro, el pago del estipendio acordado por la ayuda y la compaña.
Lo peor de todo es que aquél no era un caso anómalo, El problema existe y es duro. Y para hablar de su origen y de su solución acudiré a la religión, afirmando, como siempre, que respeto y admito todas las creencias, aunque no las comparta. Lo hago diciendo que en esto de la aparición del mal, puede que tenga algo que ver Eros. Pero no el dios de la sexualidad o el erotismo vulgar, sino ese magnificente Eros al que los griegos hacían responsable del mantenimiento del orden en todas las cosas del cosmos. De otro lado, el remedio pudiera hallarse en las palabras de Pablo de Tarso, cuando escribe su segunda carta a los corintios (9,6) y les dice una gran verdad: “Quien siembra escasamente, con escasez cosecha y quien siembra con largueza, con largueza cosechará”.
Si esto es así, no lo sé, pero así lo creo, así lo escribo y así me agradaría que sucediera. Me apena notar que hay entre los hombres de ahora poca largueza y mucha cicatería. Aunque, a lo mejor esto no es de ese modo, y, quizás, es que hoy yo lo veo todo negro.
Febrero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de febrero de 2008
Ramón Serrano G.
Lo lamento, pero hoy lo veo todo negro. Será que mi prisma de observación se encuentra turbio, o que mi intelecto funciona peor que de costumbre, pero lo cierto es que, a mi pobre parecer, el ser humano es ya un enfermo casi terminal, aquejado como está de tantos achaques y males que le hacen llevar una vida harto dura y dificultosa. La violencia, la degradación del hábitat y las costumbres, el estrés, la ambición, entre otros muchos padecimientos, le han arrastrado a ello. Y, por si fuese poco, le ha caído últimamente otra mala enfermedad, que pudiera parecer benigna en comparación con las otras citadas, pero que es soterrada y dañina como un cáncer. Está seriamente afectado por la tacañería. Sí, fijándose bien, ahora nos hemos vuelto cerracatinos y sólo damos de lo que tenemos mucho, y aunque nos sobre, lo hacemos por obligación, claro está. Entregamos aquello que es rigurosamente lo justo, sin permitirnos adehala o añadidura alguna a la que no estemos completamente constreñidos.
La causa de este cambio no la sé. Presumo que se pudiera deber a la cantidad de obligaciones y necesidades que nos hemos impuesto las personas y al enorme esfuerzo que hemos de realizar para poder conseguirlas. Bien es verdad que mucho cuesta tener un erario de todo tipo con el que saldar la adquisición de nuestros menesteres. Que es realmente difícil llegar a disponer de un posible que sea suficiente para alcanzar lo que se considera perentorio. Quizás sea por ello, que todo nos parece insume y se nos antoja que cualquier dispendio hiciera que pudiese llegar el día en que nos viésemos carentes incluso de lo imprescindible.
Por enfocarlo desde un punto de vista material, ¿recuerdan las propinas? Eran, no una limosna, no, sino el intento o la forma de compensar el agrado con el que alguien nos había atendido en su trabajo. Hoy, salvo en los países en los que son obligatorias, prácticamente han desaparecido, y si no lo han hecho en su totalidad, sí que se han visto muy recortadas. Puede que haya sido porque el servicio realizado haya adquirido un justiprecio, o porque el trabajador gane ya un salario justo y decente, pero lo cierto es que hoy en día la mayor parte del personal abona lo marcado y ¡hasta más ver tío Lucas!
Ocurre igual en lo inmaterial. En el contacto diario entre las gentes de bien pensar y buen hacer, está disminuyendo de una manera alarmante (de hecho, casi ha desaparecido ya) aquella humana y entrañable relación que había en el trato de las personas entre sí. La mayoría no se limitaba al simple acto social o comercial, sino que además se ofrecía un diálogo, informal, intranscendente, inútil si se quiere, pero que mantenía entre las personas una sociabilidad encomiable. Hoy lo normal es: “Buenas ¿qué quiere?” “Me da esto y adiós”. Y a veces no están ni el adiós, ni el buenas.
Pero en la vida, si queremos que sea una vida agradable no se puede, ni se debe andar así. Hay que hacer algo más. Dar algo más. No basta el salario por el trabajo y viceversa. No se cumple con el saludo por educación, sino por el ensamblaje humano. Al chamán y al médico no ha de bastarles con curar al paciente, sino que han de infundirle ánimo y, sobre todo, esperanza. El profesor no debiera conformarse con enseñar sino que, además, tendría que educar.
Un día, en un balneario, presencié un caso que me dio cuenta de ello, llenándome de tristeza. Había acudido allí un enfermo que padecía un enfisema grave que le obligaba a llevar constantemente un pesado tubo metálico del que se abastecía del oxígeno para poder sobrevivir. Era un hombre enteco, algo giboso, de bastante edad y aspecto palurdo. Se había hecho acompañar (quizás no tuviera a nadie más) por un criado de escasos modales que siempre iba tras él, bien cargando con la citada bombona o bien ocupándose de que su jefe no diese algún traspiés. Comían y paseaban siempre solos y en los varios días que estuvieron en el sitio no observé que se dirigieran otras palabras que las imprescindibles. Parecía que no se conociesen. Entre ellos no había vida, no existía relación humana. Tan sólo el servicio de uno por un lado y, por el otro, el pago del estipendio acordado por la ayuda y la compaña.
Lo peor de todo es que aquél no era un caso anómalo, El problema existe y es duro. Y para hablar de su origen y de su solución acudiré a la religión, afirmando, como siempre, que respeto y admito todas las creencias, aunque no las comparta. Lo hago diciendo que en esto de la aparición del mal, puede que tenga algo que ver Eros. Pero no el dios de la sexualidad o el erotismo vulgar, sino ese magnificente Eros al que los griegos hacían responsable del mantenimiento del orden en todas las cosas del cosmos. De otro lado, el remedio pudiera hallarse en las palabras de Pablo de Tarso, cuando escribe su segunda carta a los corintios (9,6) y les dice una gran verdad: “Quien siembra escasamente, con escasez cosecha y quien siembra con largueza, con largueza cosechará”.
Si esto es así, no lo sé, pero así lo creo, así lo escribo y así me agradaría que sucediera. Me apena notar que hay entre los hombres de ahora poca largueza y mucha cicatería. Aunque, a lo mejor esto no es de ese modo, y, quizás, es que hoy yo lo veo todo negro.
Febrero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de febrero de 2008
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