viernes, 7 de marzo de 2008

El camarero

El camarero
Ramón Serrano G.

Escuché cómo se alzaba, pero seguí con los ojos cerrados haciéndome el dormido.
-Venga Luca, me dijo, que hace rato que el sol se puso en marcha.
-Pero Luis, le contesté casi entre sueños. ¡Que las mañanas de abril son muy dulces de dormir! Espera un rato
Madrugador por hábito, no me hizo caso, por lo que tuve yo que hacérselo a él, y tras las obligadas abluciones, se vistió, desayunamos y salimos a la calle. Dimos un buen paseo hasta que, a eso de media mañana, acabamos, como casi siempre, en el atrio de la iglesia donde nos sentamos en un banco a descansar, agradecidos al sol primaveral. Al poco se nos acercó nuestro amigo Anselmo, “el Crudo”. Nos saludamos con el afecto correspondiente y se sentó a charlar con mi amigo, mientras que yo, echado a sus pies, escuchaba atento.
Pronto derivó el palique hacia el comportamiento humano, y Luís, para mejor conocer la forma de pensar de su tertuliano, empezó a hacer de abogado del diablo. “Hoy, por todas partes, la mayoría de la gente es mala, sin formas, sin educación, y hasta sin entrañas”, poniendo un exagerado énfasis en sus fingidos ataques. Anselmo, como buen discutidor que era, entró al trapo y se esforzaba en defender la actitud de las personas, culpando a las circunstancias de lo incorrecto que pudiesen hacer aquellas. “No estoy de acuerdo, le replicaba. Sí, puede ser que haya mayor porcentaje que antiguamente de personas sin muchos escrúpulos o que se desentiendan del bien común. Pero sigue habiendo almas nobles. Y muchas. Lo que pasa es que la mayoría se dedican a cosas, al parecer intrascendentes, pero que son de una gran importancia para el bienestar de los demás. Es el hacer el bien todos los días lo que acabará consiguiendo la felicidad de las gentes. Esa puede que sea la gota de agua que acabe perforando la protervidad humana “.”¿Sabes qué te digo “Crudo”?: que defiendes a la raza humana tan bien como Hipérides defendió a Friné”
Y en eso, y en algo más estaban, cuando cruzó un hombre que les saludó sonriente. De estatura media, sin duda había sobrepasado los cincuenta, por lo que le empezaba a escasear el pelo y usaba lentes. Con diligente paso se dirigió al casino de San Fernando y penetró en él. Entonces Anselmo, tras devolverle la salutación de manera afectuosa, se volvió hacia mi amigo y retomó la palabra para decir:
-Mira, hablando de si hay, o no, personas buenas. Ahí acaba de pasar uno de esos que a lo largo de toda su vida se ha comportado siempre, pero lo que se dice siempre, de un modo fenomenal.
-No será su proceder tan correcto, cuando a estas horas ya se viene al casino. Aun cuando le sobre el dinero, algún trabajo tendrá que realizar, y debería estarse en él, en lugar de allegarse tan temprano a esta sociedad.
-Bien se nota que no lo conoces. Seguro que lleva levantado desde muy temprano, y en su casa ha estado con la lectura o el estudio hasta ahora mismo. Además de otras cosas, a sus años ha aprendido inglés por el periódico. Lo que viene es a trabajar. Es uno de los camareros de la cafetería del casino. ¿Ves a la hora que llega? Nada más abrir. Pues ya no se marcha hasta que cierren, a la una o las dos de la noche. Cuando se ve muy cansado, se sienta a charlar con algún cliente, o a leer, mejor dicho a releer a Ortega, que ni los mejores estudiosos del filósofo le habrán dedicado tantas horas y sabrán tanto de él, como nuestro hombre. Pero con quien más le gusta conversar es con su gran amigo García Pavón. Amistó primero con su hermano, Isaac, que es de su misma edad, y dos años más joven que Francisco, pero cuando aquél se fue a América, intimó más con este. Se conocen desde chiquillos y cuando nuestro escritor viene por Tomillares, se acerca por aquí a menudo, los dos se van a una de las mesas del fondo y allí se lían de entrañable cháchara mientras pueden.
-Pero ¿es que es suya la cafetería?
-No, qué va. Es un empleado, pero trabajador a ultranza, echa aquí horas y horas, y cuida del negocio mejor que los dueños. Ya te digo, está pendiente siempre de si alguien necesita algo, y atiende a la clientela con una corrección y una amabilidad inusuales. Te pregunta si está bien el servicio que te ha puesto o se interesa por tu negocio o tu familia. Ya te digo, algo poco común. Y no es que lo afirme yo. Si quieres preguntamos a los socios, o a cualquiera que pase por la calle y le conozca, aunque creo que le conoce todo el pueblo, y ni uno solo te dirá de él tanto así de malo o de incorrecto.
-¿Y tú cómo sabes tanto de esa persona?
-Porque le conozco desde la escuela. Cuando yo llegué, ya estaban en ella él y los hermanos García Pavón, que son mayores que yo. Te podría contar un montón de cosas suyas. No era mal estudiante, pero la guerra civil le obligó a abandonar los estudios, y cuando acabó aquella, se tuvo que poner a trabajar. Primero en casa de un tío suyo, y desde allí se vino aquí en el año 54. Y aquí estará hasta que se jubile, estoy seguro. Siempre nos hemos llevado muy bien. Bueno, él se lleva bien con todo el mundo, sea de la condición que sea. Igual, con la misma fineza trata a Don Isidoro, el abogado, el dueño de los cines, como al que tiene una fábrica de alcoholes, al tendero o al de las viñas. Un ejemplo. Tú habrás oído hablar de D, Francisco Martínez Ramírez, el Obrero. Fue quien trajo el tren, fundó un periódico, fue gobernador civil de Huesca y estuvo nominado para ministro. Pues eran muy amigos. Tanto, que en sus últimos años, ese señor quedó en la indigencia, y este lo invitaba a café todas las noches.
En esto salió nuestro hombre a la puerta, ya que debido a la hora aún no había clientes. Lucía una impoluta chaquetilla blanca, el obligado pantalón negro y zapatos relucientes. Entonces Anselmo lo llamó, y él, presto y sonriente, se acercó hasta nosotros. Y dijo “el Crudo”: “Como sois buena gente, os quiero presentar. Mira, estos son mis amigos Luis, y su perra Luca. Y este, un gran hombre como te vengo contando. Se llama Manuel Perona Ortiz”.

Marzo de 2008

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 7 de marzo de 2008

viernes, 22 de febrero de 2008

Clamar en el desierto

Clamar en el desierto
Ramón Serrano G.

Cuando en los siglos XXIII o XXIV los investigadores se pongan a estudiar algunas de las costumbres y modos de vida de los humanos en los finales del XX y principios del XXI lo van a tener realmente difícil. Para los de hoy es mucho más fácil indagar en la antigüedad, ya que los usos de entonces perduraban por más tiempo, eran mas rutinarios, mientras que los actuales cambian a velocidad de vértigo. A uno de esos hábitos es a los que voy a dedicar mis palabras de hoy, ya que lo considero de inmensa importancia. Me voy a referir, en concreto, al comportamiento de los adolescentes en el seno de la sociedad y en el de la familia.
Desde que el hombre empezó a vivir de este modo, o sea, agrupándose entre padres e hijos, todos guardaban dentro de ella un proceder disciplinado, favorecedor de la consecución de logros muy importantes, como la educación, el diálogo, el respeto y el orden, entre otros. Y al decir todos, quiero decir exactamente eso, todos: abuelos, padres, hijos, nietos o cualquier otro componente. Cada uno tenía asignada tácita y tradicionalmente una misión y unas obligaciones que solían cumplir con exquisitez y presura, pero sin una queja, sin un desaire, sin un mal modo, con lo cual se conseguía un acoplamiento y una convivencia naturales y muy benefactoras.
Y, aunque ya apuntaré posteriormente algo sobre este tema en mi artículo “El mañana”, voy a aludir hoy a los jóvenes para decir de ellos cosas que quisiera callarme, pero que me veo en la obligación de denunciar, aun cuando sé con toda certeza que al hacerlo clamo en el desierto. Y una de estas cosas a las que me refiero es que están haciendo un pésimo uso de las miles de posibilidades que tienen a su alcance, y que de usarlas adecuadamente en vez del despilfarro que cometen, llegarían a obtener éxitos y beneficios incalculables. Ellos, los jóvenes de hoy en día, tienen acceso a todo y en abundancia. Si carecen de algo, es sólo de hambre. Pero, para su desgracia, no saben aprovechar los excelentes mimbres de los que disponen y con los que podrían conseguir excepcionales canastas que les harían mucho bien a ellos y al mundo que les va a tocar vivir. Sin embargo, apoltronados y ahítos, se están metiendo por caminos que son placenteros en apariencia y deleitosos al principio, pero que poco a poco se van volviendo enrevesados, para acabar en un dédalo de penurias de todo tipo. Ya sabemos que algo parecido se comentaba en los tiempos lejanos de Plinio el Viejo, pero es que lo de ahora es pasarse cien pueblos.
Pero no debemos, de ningún modo, pensar que la culpa del cometimiento obsesivo por parte de la adolescencia de actos carentes por completo de un futuro deseable, que la absoluta renuncia a todo aquello que suponga esfuerzo y sacrificio, que la deformada visión de lo conveniente, se les debe atribuir principal y exclusivamente a ellos. Entonces, ¿a quién?, me dirá alguno. Si ellos son los que incumplen, o, al menos, los que arredran las normas establecidas, ellos son los pecadores. Mas nos engañaríamos de pleno si así pensásemos. Cometen falta, de eso no hay duda, pero se ven abocados a hacerlo, impulsados por el entorno que les rodea, por el adulterado líquido amniótico que les está envolviendo en su formación. Es la sociedad misma la que les empuja enérgicamente al equívoco. Así de sencillo, así de fuerte y así de claro. Veámoslo.
El entorno social los arrastra con sus cantos de sirena. No es sino una gran senda, engañosamente rutilante, prometedora de reconducirles a fáciles éxitos, que hoy les colma de placeres, aunque mañana, cuando se den cuenta de que no se han protegido suficientemente por el auténtico saber, les hará pagar a precio de oro el dudoso bienestar que hoy les concede aparentemente.
Son también culpables, aunque desde luego involuntariamente, sus maestros y educadores, que no pueden transmitirles, como quisieran, el aprendizaje que les sería necesario en el futuro. Lo son, sí, pero exentos de cualquier crítica, al reconocer que tienen el eximente de que hay un erróneo criterio proteccionista impuesto por la ley, que les tiene muy limitadas sus posibilidades docentes y educativas.
Nos queda entonces el reo principal: el hogar. Ese lugar que antaño servía de crisol en el que se iban fundiendo y purificando todas las tendencias de los púberes. El tamiz que cernía lo extraño y tal vez pernicioso que los muchachos traían de la calle. El horno donde se iban cociendo los mejores sentimientos. El habitáculo donde unos se interesaban por los otros. Donde se dialogaba. Donde se comía en unión y compaña. Donde se convivía. Donde se vivía. ¿Reconoce alguno de ustedes estas condiciones en los hogares de este siglo XXI? No. Seguro que no.
Así pues, mi decir no es la queja de saber que muchos adolescentes de hoy distinguen perfectamente el “rap” del “heavy” o del “chill out”, sino de que no haya ninguno, o a lo sumo uno o dos, que hayan oído alguna vez el canto de la oropéndola, el trino del verderón, o el armónico sonar del ruiseñor macho en época de celo. Como también sé, y también lo lamento, que expresar esta queja es clamar en el desierto.

Febrero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 22 de febrero de 2008

viernes, 8 de febrero de 2008

Cicateros

Cicateros
Ramón Serrano G.

Lo lamento, pero hoy lo veo todo negro. Será que mi prisma de observación se encuentra turbio, o que mi intelecto funciona peor que de costumbre, pero lo cierto es que, a mi pobre parecer, el ser humano es ya un enfermo casi terminal, aquejado como está de tantos achaques y males que le hacen llevar una vida harto dura y dificultosa. La violencia, la degradación del hábitat y las costumbres, el estrés, la ambición, entre otros muchos padecimientos, le han arrastrado a ello. Y, por si fuese poco, le ha caído últimamente otra mala enfermedad, que pudiera parecer benigna en comparación con las otras citadas, pero que es soterrada y dañina como un cáncer. Está seriamente afectado por la tacañería. Sí, fijándose bien, ahora nos hemos vuelto cerracatinos y sólo damos de lo que tenemos mucho, y aunque nos sobre, lo hacemos por obligación, claro está. Entregamos aquello que es rigurosamente lo justo, sin permitirnos adehala o añadidura alguna a la que no estemos completamente constreñidos.
La causa de este cambio no la sé. Presumo que se pudiera deber a la cantidad de obligaciones y necesidades que nos hemos impuesto las personas y al enorme esfuerzo que hemos de realizar para poder conseguirlas. Bien es verdad que mucho cuesta tener un erario de todo tipo con el que saldar la adquisición de nuestros menesteres. Que es realmente difícil llegar a disponer de un posible que sea suficiente para alcanzar lo que se considera perentorio. Quizás sea por ello, que todo nos parece insume y se nos antoja que cualquier dispendio hiciera que pudiese llegar el día en que nos viésemos carentes incluso de lo imprescindible.
Por enfocarlo desde un punto de vista material, ¿recuerdan las propinas? Eran, no una limosna, no, sino el intento o la forma de compensar el agrado con el que alguien nos había atendido en su trabajo. Hoy, salvo en los países en los que son obligatorias, prácticamente han desaparecido, y si no lo han hecho en su totalidad, sí que se han visto muy recortadas. Puede que haya sido porque el servicio realizado haya adquirido un justiprecio, o porque el trabajador gane ya un salario justo y decente, pero lo cierto es que hoy en día la mayor parte del personal abona lo marcado y ¡hasta más ver tío Lucas!
Ocurre igual en lo inmaterial. En el contacto diario entre las gentes de bien pensar y buen hacer, está disminuyendo de una manera alarmante (de hecho, casi ha desaparecido ya) aquella humana y entrañable relación que había en el trato de las personas entre sí. La mayoría no se limitaba al simple acto social o comercial, sino que además se ofrecía un diálogo, informal, intranscendente, inútil si se quiere, pero que mantenía entre las personas una sociabilidad encomiable. Hoy lo normal es: “Buenas ¿qué quiere?” “Me da esto y adiós”. Y a veces no están ni el adiós, ni el buenas.
Pero en la vida, si queremos que sea una vida agradable no se puede, ni se debe andar así. Hay que hacer algo más. Dar algo más. No basta el salario por el trabajo y viceversa. No se cumple con el saludo por educación, sino por el ensamblaje humano. Al chamán y al médico no ha de bastarles con curar al paciente, sino que han de infundirle ánimo y, sobre todo, esperanza. El profesor no debiera conformarse con enseñar sino que, además, tendría que educar.
Un día, en un balneario, presencié un caso que me dio cuenta de ello, llenándome de tristeza. Había acudido allí un enfermo que padecía un enfisema grave que le obligaba a llevar constantemente un pesado tubo metálico del que se abastecía del oxígeno para poder sobrevivir. Era un hombre enteco, algo giboso, de bastante edad y aspecto palurdo. Se había hecho acompañar (quizás no tuviera a nadie más) por un criado de escasos modales que siempre iba tras él, bien cargando con la citada bombona o bien ocupándose de que su jefe no diese algún traspiés. Comían y paseaban siempre solos y en los varios días que estuvieron en el sitio no observé que se dirigieran otras palabras que las imprescindibles. Parecía que no se conociesen. Entre ellos no había vida, no existía relación humana. Tan sólo el servicio de uno por un lado y, por el otro, el pago del estipendio acordado por la ayuda y la compaña.
Lo peor de todo es que aquél no era un caso anómalo, El problema existe y es duro. Y para hablar de su origen y de su solución acudiré a la religión, afirmando, como siempre, que respeto y admito todas las creencias, aunque no las comparta. Lo hago diciendo que en esto de la aparición del mal, puede que tenga algo que ver Eros. Pero no el dios de la sexualidad o el erotismo vulgar, sino ese magnificente Eros al que los griegos hacían responsable del mantenimiento del orden en todas las cosas del cosmos. De otro lado, el remedio pudiera hallarse en las palabras de Pablo de Tarso, cuando escribe su segunda carta a los corintios (9,6) y les dice una gran verdad: “Quien siembra escasamente, con escasez cosecha y quien siembra con largueza, con largueza cosechará”.
Si esto es así, no lo sé, pero así lo creo, así lo escribo y así me agradaría que sucediera. Me apena notar que hay entre los hombres de ahora poca largueza y mucha cicatería. Aunque, a lo mejor esto no es de ese modo, y, quizás, es que hoy yo lo veo todo negro.

Febrero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 8 de febrero de 2008

sábado, 2 de febrero de 2008

La buena estrella

La buena estrella
Ramón Serrano G.
Para mi amigo M.M.P. que supo ganarse su buena estrella.

Nada nuevo, o quizás muy poco, podría decir yo acerca de eso que hemos dado en llamar tener buena estrella, tema este sobre el que se ha escrito ampliamente por plumas mucho más cualificadas que la mía, a la cual ya me agradaría que la tratasen siquiera de lapicero. Pese a ello, quisiera apostillar algo sobre el tema.
Dejando a un lado los reconocimientos ajenos y propio, empezaré por afirmar que todos sabemos que aquello de la buena estrella viene a significar que un determinado individuo tiene suerte, ya sea esta en determinados asuntos. Puede que sea mucha o poca, real o aparente, de momio o bien ganada. Pero de esto me ocuparé más adelante. Lo que sí quisiera recordar es que esta creencia de la buena estrella procede de hace cuatro mil años, cuando los asirios, descubridores de la astrología, sostenían que si alguien nacía cuando se producía cierta conjunción astral, la fortuna le acompañaría a lo largo de toda su vida.
Esa convicción se ha venido manteniendo en el tiempo y es más, se ha visto incrementada por multitud de actos, artilugios y objetos, a los que el hombre les ha ido concediendo la cualidad de taumatúrgicos, queriendo obtener con ellos beneficios extraños que le ayudaran a triunfar en sus proyectos e intenciones, o le protegieran de males y hechizos. Acuérdense de la pata de conejo, del trébol de cuatro hojas o de la herradura con agujeros impares. Y, recurriendo a la historia, citaremos el ojo de Horus, la espada Excalibur, o el martillo de Thor. A estos, podríamos añadir una muy variada lista de amuletos, ritos y conjuros, existentes en todas las épocas, en todos los países y en todas las culturas.
Hoy en día, bien metidos en el siglo XXI y pese a los avances de la ciencia, se sigue creyendo firmemente en eso de la buena suerte. Y en realidad está bien que se haga, ya que es que lo mismo que ocurre con las meigas, que se puede creer en ellas o no, pero haberla, haylas. Casos sencillos, por citar algunos, son el que gana un premio en la lotería o el de quien salva la vida en un accidente de tráfico mientras que su compañero de asiento fallece en él. Pero estos son ejemplos de buena suerte puntuales, y yo en este escrito me estoy refiriendo a esa buena estrella que parece acompañar a algunos de forma constante desde hace más o menos tiempo.
Y lo intento hacer mirando la cuestión de un modo extrínseco. Es decir, no viéndola desde sus propias cualidades y posibilidades de existencia, sino enfocándola desde tres ángulos, en los que la mayoría solemos basarnos para determinar de una manera rotunda, y plenamente convencidos de ellos, que un individuo tiene la extraordinaria suerte que le asignamos los de su entorno.
La primera versión sería preguntarnos qué es para cada uno lo de la buena suerte, ya que suele suceder, que tenerla es acabar poseyendo lo que para nosotros es importante, con independencia del valor real que tenga aquello que otros alcanzan y nosotros envidiamos. Esto llega a ser falso en demasiadas ocasiones. Por no alargarme, diré que algunos comentan que Zutano tiene mucha suerte porque ha ganado, simplemente, dinero.
La segunda posibilidad es que Fulano haya tenido suerte y hoy esté en posesión de bienes de contrastada importancia, sean estos materiales o no, económicos o no. Pero tampoco me es útil esta posibilidad, ya que las personas son seres muy complejos y pudiera acontecer que sí, que hayan tenido mucha suerte en A, en B o en C, pero ignoramos si son desafortunados en X, en Y o en Z. Sabemos que tienen fincas, riqueza, estudios, pero desconocemos si su salud, su entorno social o familiar, su cultura son una hecatombe. Puede que sean suertudos en una parte, y por ello les envidiamos, pero quizás sean desafortunados en otras muchas, y eso no lo queremos ver o no alcanzamos a verlo.
He dejado para el final la apreciación más corriente que solemos emplear al juzgar a esas personas que, según nuestra creencia, tienen buen sino o están protegidos por algún hado. Estamos ante alguien que ha triunfado justa y notablemente en su vida. Lo primero que se nos ocurre decir de esa persona es que tiene una chorra increíble, y no nos ocupamos de indagar, cuántas horas dedicó al trabajo o al estudio; cuánto esfuerzo tuvo que derrochar; qué capacidad de sacrificio demostró; cuántas horas de sueño despreció en aras de ganar tiempo para alcanzar su meta; cuánto espíritu de superación expresado; cuánto aguante; cuánto tragar sapos desagradables pensando, y sabiendo, que el éxito compensaría el esfuerzo.
Y nosotros, trashogueros y bigardos sin tino, que abandonamos el camino al encontrar la primera piedra; que somos incapaces del menor esfuerzo; que buscamos sólo la vida muelle; que dedicamos al ocio el noventa por ciento de nuestro tiempo; que escurrimos el bulto de las dificultades; que incluso nos rebajamos a mendigar prebendas, canonjías y mamandurrias, nosotros digo, somos proclives a pregonar que aquél que demostró sobradamente tener unas agallas, o unos dídimos, de los que nosotros carecemos, y que lo que hoy posee lo ganó esforzada y merecidamente, lo ninguneamos diciendo que es alguien con mucha suerte.
Si nosotros tuviésemos, al menos, la mitad de su capacidad de esfuerzo y de trabajo, ¡qué la mitad! la décima parte tan sólo, estoy seguro que muchos también tendríamos una buena estrella.

Enero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de enero de 2008

Que tenemos que hablar

Que tenemos que hablar
Ramón Serrano G.

“Ve a menudo a casa de tu amigo, porque la maleza borra pronto la senda que no se usa”
Proverbio nórdico.-

- Espera hombre. Siéntate aquí junto a mí, y reposa un rato. No tengas ese desasosiego que te está ahogando, que te está haciendo perder tantas horas por empeñarte en ir a ningún sitio. Para y observa lo bello de cuanto nos rodea, que hoy aún se puede. Porque dime, amigo ¿adónde vas con esa prisa? ¿qué conseguirás con tu acelero? ¿qué crees que va a cambiar con esa tu presura?
Nada. Absolutamente nada. Ni el mundo, por supuesto, ni siquiera tu propia vida. Ven y observa, si no, como allí abajo, el río sigue discurriendo con sus aguas cada vez más escasas y sucias, sí, eso sí, pero regando, dando frescor y permitiendo la subsistencia de muchas plantaciones. Aún quedan en él algunos peces que sirven de solaz y desahogo a cualquier pescador desocupado. Allá arriba, cerca de su nacimiento, aún se acerca algún pastor para que sus cabras beban en los manantiales. Y por allí lejos, en el ensanche de su desembocadura, algún barquero se atreverá a allegarse plácidamente hasta el mar bogando en su chinchorro o su gabarra.
Acércate, si lo deseas, a la montaña y observa cómo está en muchos lugares abrasada por el desatino de algún enajenado propenso a fogarizar desastrosamente. “Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora, campos de soledad, mustio collado…”. Pese a ello, el sol y las lluvias la seguirán repoblando de distintas y maravillosas especies de árboles. Descubrirás, entonces, robles, pinos, hayas, castaños, alerces o mostajos y un sinfín más de congéneres suyos, a los que pronto empezarás a conocer, querer y cuidar, que tú eres de buena ralea. Y entre esos árboles alcanzarás a ver, para tu dicha, a animales como el ciervo, el urogallo, el zorro, el lagarto o la culebra, y descubrirás, que aunque a veces enemigos, saben mantener un equilibrio zoológico admirable. Y si levantas la cabeza, te embelesarás con el volar de tórtolas, cernícalos, oropéndolas o milanos.
O si lo prefieres, llégate hasta el mar. Míralo, tan sólo míralo, respira profundamente y encontrarás la paz y la felicidad. Que el mar es, sin duda, una de las mayores bellezas de este mundo.
Pues todo esto se produce y desarrolla sin tu intervención, y lo que es más, pese a la de otros. Esos otros, a los que aludo, son los que se lanzan diariamente a una lucha desenfrenada por conseguir, por tener, por aparentar, y para ello empujan, destrozan, zancadillean, agarran, trepan, entorpecen, y luego simulan. Hacen lo que sea, arrollan lo que haga falta, desprecian opiniones, pero el caso es llegar, llegar cuanto antes, llegar a costa de lo que haga falta, sea legal o ilícito, pero quieren llegar. Obsesivamente. Y en caso de que, pese a todo no pudieran conseguirlo, aparentar que sí lo han hecho, que sí lo han logrado, aunque sólo sea por aquello del qué dirán.
No te metas tú en esa barahúnda de la que únicamente obtendrás una burda pátina de oropel, que habrás de pagar a precio de oro, y con la que apenas conseguirás ocultar tus vergüenzas y tus limitaciones. Déjalos que sean ellos los que cometan las equivocaciones de querer apoderarse de todo, de desear estar en todo, de intentar dominarlo todo. Tú serás testigo de que escuchan a diario los constantes avisos que les advierten de lo erróneo de su proceder. Pero no evitarás, aunque lo intentes, que estén constantemente en luchas y guerras que les tienen ya muertos, aunque sigan respirando. Nadie tiene poder ya, para maniatar a ese trasgo. Es un demonio que los tiene enloquecidos. Han hecho alianza con Cachano.
Mejor será, entonces, que, cumplidas tus obligaciones, busques el hermanamiento con los que te rodean, que entrañes con ellos, que vivas con ellos. Párate con el guardia municipal que hace su ronda caminando. Cuando acudas a comprar la prensa, comenta el devenir cotidiano con el quiosquero. Dialoga con el notario mientras tomas tu café de media mañana. Saluda al albañil que, en el andamio, hace malabares con los ladrillos. Sé sociable y afectivo con todos, con unos y con otros, y piensa que muchos de aquellos a los que ves que parecen vivir holgados, se hallan tan pobres, que no pueden gozar ni de un simple saludo, mientras haylos que aparentan penuria y son ricos en afectos.
Por eso, sobre todo y ante todo, cultiva la amistad. Mantén las que ya tienes y procura adquirir algunas nuevas, que de todas ellas, viejas y recientes, obtendrás el mejor de los provechos y al tiempo, les estarás regalando algo que a ellos les satisface en extremo: tu compaña. Y obrando en consecuencia, y porque sabes, que desde hace mucho, mucho tiempo, me considero amigo tuyo, es por lo que te digo: Ven, siéntate junto a mí, ..“que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma….”

Enero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de enero de 2008

La compra

La compra
Ramón Serrano G

Muchas veces, a través de la ventana, descargan sobre mi sillón de lectura unas inmensas nubes preñadas de recuerdos, y son ellas las que inspiran algunos de estos pobres relatos que les transcribo. Dejan en mi derredor un clima propicio para que la mente evoque tiempos en los que yo era niño o joven, a lo sumo mozo. Años en los que todo aquello que sucedía era bueno, o al menos, poco o casi nada ocurría de lo que ahora se nos aparece como malo. Años en los que las ilusiones se cumplían, o parecía que iban a realizarse. El último de estos recuerdos me lo vino a proporcionar la hindú Carolyn Slaughter, cuando en su magnífica novela “Un inglés de piel oscura”, dice algo así como que todas las mujeres del mundo lo que saben hacer mejor que nadie es comprar.
En ese momento, el alma, deseosa siempre, como antes queda dicho, a retrotraerse a lejanas épocas, vino a rememorar la de mi niñez, allá en la desapacible y fastidiosa posguerra española. Un tiempo en el que sobraban malos recuerdos y penurias, y en el que la escasez de todo tipo se había enseñoreado de nuestro país. Faltaban mercancías y faltaba, más aún, numerario, por lo que salir de tiendas era todo un acontecimiento. Así que me acuerdo de que entonces iba siempre con mi madre a comprar, primero porque ella no tenía con quien dejarme, y luego, porque me distrajera con la tournée. Entraba yo en los establecimientos expectante, como todos los chiquillos, asombrándome ante lo que se podía ver en sus estanterías, entonces poco llenas o, mejor dicho, casi desiertas.
He de decir, que de continuo me extrañó ver cómo en los comercios casi nunca había clientes y sí clientas, mientras que en el mercado municipal de abastos ocurría todo lo contrario, ya que allí predominaban los compradores masculinos. Supe luego que era esta última una costumbre poco extendida en otros lugares, pero que se daba con frecuencia en Tomillares. Sería, digo yo, por el mayor costo de la compra y por lo pesado de su carga, puesto que se solía hacer para la semana, bien para el consumo doméstico o para la ida al campo a desarrollar las faenas agrícolas.
Pero, como apuntaba, a las tiendas de ultramarinos (ultramarino; ¡qué palabra tan bonita y tan sugerente!) y a otras lonjas eran las parroquianas quienes acudían casi en exclusividad. En ellas, las mujeres hablaban mucho y gastaban poco. Y el parloteo no era sólo regateando, que eso se daba por seguro, sino imitando a lo que los hombres solían hacer en barberías y guarnicionerías, y que era, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, hablar de dos cosas: de lo divino y de lo humano. Hay que decir, en descargo de los pobres, que eso era lo natural. Pocos tenían radio, televisión nadie, y la prensa llegaba a escasos hogares.
Y como a la mayoría de las féminas poco les importaba lo que pudiera suceder unas leguas más allá de las eras de su pueblo, su cháchara venía a ser, a más de una salutación o algún ligero cotilleo, muy inquisidora de la calidad y precio de los productos a través, no ya sólo del dependiente, sino de la vecina, amiga o familiar con la que habían coincidido en el bazar de turno. Preguntaban, volvían a preguntar, preguntaban de nuevo, y en este caso, tantas vueltas y revueltas, tantas idas y venidas, sí puedo decirle amigo, que les eran de enorme utilidad. -“¿Y dices que esto es bueno?- ¿Y no será mejor aquello?-Si esto parece que está como raído”.- Una y cien cantinelas queriendo quitarle calidad al producto en vías de adquisición, para ver si diciendo que era malo costaba menos
Sí, gastaban poco, lo mínimo posible. Pero casi siempre por una razón fundamental: porque era poco, muy poco, lo que tenían. En la casa sólo entraba el dinero del sueldo del marido, y que casi siempre era exiguo. Ellas no tenían por aquellos entonces faenas remuneradas. Únicamente las domésticas, grandes y agotadoras por otra parte, y los hijos, que casi siempre había varios, o iban a la escuela, o estaban de aprendices en algún taller. Y en estos los educandos, mientras tuviesen esa categoría laboral, recibían siempre la misma paga: toda el agua que se pudiesen beber y aguantar todos los capones que les pudieran dar.
Es así que no había otro remedio que estirar cuanto fuese posible la escueta ganancia marital, para poder atender a las muchas necesidades familiares. No conocían las pobres, ni de oídas. a Adam Smith o a J. Maynard Keynes, pero sabían de economía tanto o más que ellos. Una economía sencilla, sí, pero tremendamente útil, y sobre todo eficaz. Veamos dos campos fundamentales. Del suministro alimenticio se encargaba el marido, como ya va dicho. Pero de la administración y el consumo lo hacían ellas, y en verdad que lo hacían a conciencia. La base de su pirámide nutricional, o sea la manduca de diario, consistía rutinariamente en gachas, migas, legumbres y caldillos de patatas. Carne poca, pescado escaso o ninguno, pero eso sí, fruta variada: los higos que les regalaba su cuñada, y melones y uvas en su tiempo.
Mas de lo que se podría escribir una enciclopedia, era de su increíble regencia y gestión del hogar, sobre todo en tejidos y ropas. Tan sólo unos apuntes. El mantel, de hule, que aguantaba mucho y se limpiaba pronto. Las sábanas, no de Holanda precisamente, sino de estopilla morena, o sea, de aquella parte más fina de la estopa de lino o de cáñamo, tejido este que los lonjistas ofrecían como “el pan del pobre”, y a las que por su duración podríamos calificar como de las diez mil y una noches, y que, con tanto uso y tanto lavado, a su final estaban blancas y trasparentes como una gasa. En cuanto a la poca ropa de vestir disponible, haré referencia a los jerséis, siempre tricotados a mano y siempre de colores pardos y sufridos. A los trajes vueltos, para arrancarles una segunda vida. A los calcetines y medias zurcidos una y cien veces. Y a los pantalones remendados (véase al respecto el magnífico cuadro de Antonio López Torres “Niños jugando a las bolas”)
Podría seguir con una enumeración prolija de otros muchos malabarismos dinerarios que aquellas mujeres tenían que hacer hasta que arrancaban del almanaque la última hoja del mes. Pero resumiendo diré que en aquellas casas se mantenía un modo de vida completamente dominado por dos verbos y dos adverbios: se aprovechaba todo y no se tiraba nada.
Sin embargo, creo que aún no he resaltado la mayor virtud, o quizás estuviese mejor dicho el verdadero milagro económico, que aquellas mujeres llevaban a cabo diariamente. Cuando cogían los pocos dineros que llegaban a su poder, los estiraban y estiraban como si fuesen de goma, hasta conseguir que en la casa no faltase cosa alguna y que si de algo no había, se tuviese la alegre resignación de que no importase esa carencia. Pero es que a más de tener al personal limpio y casi bien alimentado, o al menos carente de hambre, tenían las agallas y el saber suficientes para ahorrar.
Sí, sí. Han leído bien. He escrito ahorrar. ¡Ah! ¿que muchos de ustedes no saben lo que es ahorrar, porque es algo que está en completo desuso desde hace bastantes años? Bueno, pues se lo explico gustoso. Era ir guardando algún dinerillo de donde no había. Lo conseguían al privarse a sí mismas de una tajada de tocino. Ayudando a la vecina a enjalbegar para que luego ella les regalara una escoba de cerrillo. Encendiendo la lumbre una hora después de lo habitual para gastar un par de cepas menos. Con ello, y con algún que otro sacrificio más, guardaban en el mayor de los secretos hoy un poco, mañana nada, pasado tal vez algo, y así conseguían, céntimo a céntimo, real a real, tener un fondo con el que poder permitirse el lujo de que la familia comiera pollo en la pascua, que el chico estrenase una camisa nueva el domingo de Ramos, o que al abuelo no le faltase su cajetilla de picadura. Y aunque cueste creerlo, aún las había tan conseguidoras que lograban alcanzar un capitalillo para, al cabo de los años, poder comprar un piquejo de viña, o que la dote de la chica fuese igualita a la que llevó su prima Remigia.
Pregunten, pregunten a los que hoy superan los sesenta y verán cómo les corroboran cuanto aquí les he dejado dicho. Habrá, sin duda, némine discrepante en que aquellas mujeres fueron unos seres extraordinarios, poseedoras de muchas virtudes, realizadoras de muchos prodigios y alcanzadoras de muchos, aunque callados, triunfos. Por eso vengo a afirmar aquí y ahora, que en contra de la autora india citada al principio, creo que la mujer sí sabe comprar estupendamente, pero también sabe hacer de forma extraordinaria otra gran cantidad de cosas muy importantes. Y esto debe decirse.
Diciembre 2007
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de diciembre de 2007

Gratitud

Gratitud
Ramón Serrano G.

En algunas ocasiones (imperdonablemente, en demasiado pocas) he hecho públicas algunas palabras para pregonar mi admiración y, sobre todo mi infinito agradecimiento, a quienes fueron, y son, mis maestros y mis amigos. Los viejos, ya se sabe, somos repetitivos, pero creo que esta reiteración se debe admitir en este caso por sincera y, sobre todo, por justa. Igualmente he dicho siempre, y me reafirmo en ello, que por esa causa, por haber tenido y, en algunos casos, seguir teniendo esos maestros y esos amigos, me considero un hombre muy afortunado.
Sin embargo nunca he emitido este pregón para dar las gracias de la misma forma que lo hice con aquellos, a otro grupo al que tengo la misma estima y reconocimiento. No sé cual ha sido el motivo. Bueno, sí que lo sé. Porque mi cabeza está a pájaros, o como diría un castizo, porque tengo la azotea muy desamueblada. Incomprensiblemente, nunca he llegado a cumplir con el deber que por igual tengo especialmente contraído con aquellos que, durante algún tiempo, largo o corto, que eso no importa ahora, trabajaron junto y para nosotros.
Y es que se da el caso, que por el despacho que mi padre abriera hacia 1950, por el mío luego, y hoy por el de mi hijo, han desfilado y lo siguen haciendo, personas realmente extraordinarias que han colaborado con nosotros, con uno, con dos, e incluso con los tres, aportando sus conocimientos y su esfuerzo laboral de manera tan eficiente y digna, que sin su cooperación, creo que nunca hubiésemos ejercido nuestra profesión de un modo tan eficaz y, al mismo tiempo, tan sencillo y agradable.
Unas de esas personas siguen prestando sus servicios en la casa y algunas ya no, porque la vida les ha conducido por otros derroteros. Tampoco otras, ya que, desgraciadamente, nos dejaron para siempre. De todos, puedo decir muy alto que entre ellos los ha habido, y los hay, unos estupendos, otros aún mejores, y algunos verdaderamente excepcionales. Pero que nunca hubo ninguno malo. Si cabe, menos bueno, pero malo no. Si acaso, con un concepto diferente que le llevaría a obrar de forma distinta a nuestra preferencia. En verdad, que no hubo nunca alguno que fuese malo. O si lo hubo, no me acuerdo, o quizás sea posible que no quiera acordarme, ya que la remembranza de los que no fueron buenos debe arredrarse como los muebles inútiles, y no es momento ni ocasión de andar rebuscando en esa mi desamueblada azotea a la que antes me refería. Además que ¿quién soy yo para juzgar certeramente la posible maldad de nadie? Pero lo que sí tengo muy claro, lo llevo grabado en mi conciencia, es que todos, los unos y los otros, fueron y son merecedores de estima.
En esta relación a la que aludo, cabría por mi parte establecer una escala de valores y citar especialmente por sus méritos a: …. pero ¿qué iba a decir? Voy a ser tan tonto de establecer distinciones o en indicar favoritismos, que por mucho que me esforzara en evitarlo, estarían basados sin duda alguna en la subjetividad de mi criterio y no en la auténtica valía o en el merecimiento de los sujetos. No. Ni debo, ni puedo, ni quiero hacerlo. Los ha habido, claro está que los ha habido, de mayor enjundia y significación (ellos y yo bien lo sabemos), mas no sería oportuno dar nombres, que vendrían a significar a alguno, pero que producirían menoscabo en otro. Calle la boca y siga el corazón con su ventura.
Así pues repito que vengo hoy aquí para decir, tan alto cuan alto pueda, y a todo hombre o mujer que quiera oírme, que estoy orgulloso de ese, de aquél, de él de más allá, en suma, de todos los que en alguna ocasión tuvieron su faena en nuestra casa, trabajando junto a nosotros, codo con codo, empeño con empeño, ilusión con ilusión, porque unos más, otros no tanto, pero todos al fin y a la postre, pusieron parte de sus vidas en beneficio de las nuestras. Siempre procuramos tratarlos con el mayor respeto y dignidad, al igual que ellos lo supieron hacer con nosotros, y esto último es para mí muy importante.
Reitero entonces lo tantas veces proclamado: que me siento muy orgulloso y muy agradecido de mis maestros, de mis amigos y además hago extensivos esos sentimientos a mis empleados. Pero no, no quiero utilizar esa palabra. Diré, mejor, a mis, a nuestros, colaboradores en el trabajo, debiendo añadir además, porque es de justicia, que muchos de estos últimos lograron enseñarme también bastantes cosas y que la mayoría de ellos me honraron generosamente con su amistad.
A los tres grupos, por igual, mi mayor gratitud.

Diciembre 2007

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 30 de noviembre de 2007