sábado, 2 de febrero de 2008

La buena estrella

La buena estrella
Ramón Serrano G.
Para mi amigo M.M.P. que supo ganarse su buena estrella.

Nada nuevo, o quizás muy poco, podría decir yo acerca de eso que hemos dado en llamar tener buena estrella, tema este sobre el que se ha escrito ampliamente por plumas mucho más cualificadas que la mía, a la cual ya me agradaría que la tratasen siquiera de lapicero. Pese a ello, quisiera apostillar algo sobre el tema.
Dejando a un lado los reconocimientos ajenos y propio, empezaré por afirmar que todos sabemos que aquello de la buena estrella viene a significar que un determinado individuo tiene suerte, ya sea esta en determinados asuntos. Puede que sea mucha o poca, real o aparente, de momio o bien ganada. Pero de esto me ocuparé más adelante. Lo que sí quisiera recordar es que esta creencia de la buena estrella procede de hace cuatro mil años, cuando los asirios, descubridores de la astrología, sostenían que si alguien nacía cuando se producía cierta conjunción astral, la fortuna le acompañaría a lo largo de toda su vida.
Esa convicción se ha venido manteniendo en el tiempo y es más, se ha visto incrementada por multitud de actos, artilugios y objetos, a los que el hombre les ha ido concediendo la cualidad de taumatúrgicos, queriendo obtener con ellos beneficios extraños que le ayudaran a triunfar en sus proyectos e intenciones, o le protegieran de males y hechizos. Acuérdense de la pata de conejo, del trébol de cuatro hojas o de la herradura con agujeros impares. Y, recurriendo a la historia, citaremos el ojo de Horus, la espada Excalibur, o el martillo de Thor. A estos, podríamos añadir una muy variada lista de amuletos, ritos y conjuros, existentes en todas las épocas, en todos los países y en todas las culturas.
Hoy en día, bien metidos en el siglo XXI y pese a los avances de la ciencia, se sigue creyendo firmemente en eso de la buena suerte. Y en realidad está bien que se haga, ya que es que lo mismo que ocurre con las meigas, que se puede creer en ellas o no, pero haberla, haylas. Casos sencillos, por citar algunos, son el que gana un premio en la lotería o el de quien salva la vida en un accidente de tráfico mientras que su compañero de asiento fallece en él. Pero estos son ejemplos de buena suerte puntuales, y yo en este escrito me estoy refiriendo a esa buena estrella que parece acompañar a algunos de forma constante desde hace más o menos tiempo.
Y lo intento hacer mirando la cuestión de un modo extrínseco. Es decir, no viéndola desde sus propias cualidades y posibilidades de existencia, sino enfocándola desde tres ángulos, en los que la mayoría solemos basarnos para determinar de una manera rotunda, y plenamente convencidos de ellos, que un individuo tiene la extraordinaria suerte que le asignamos los de su entorno.
La primera versión sería preguntarnos qué es para cada uno lo de la buena suerte, ya que suele suceder, que tenerla es acabar poseyendo lo que para nosotros es importante, con independencia del valor real que tenga aquello que otros alcanzan y nosotros envidiamos. Esto llega a ser falso en demasiadas ocasiones. Por no alargarme, diré que algunos comentan que Zutano tiene mucha suerte porque ha ganado, simplemente, dinero.
La segunda posibilidad es que Fulano haya tenido suerte y hoy esté en posesión de bienes de contrastada importancia, sean estos materiales o no, económicos o no. Pero tampoco me es útil esta posibilidad, ya que las personas son seres muy complejos y pudiera acontecer que sí, que hayan tenido mucha suerte en A, en B o en C, pero ignoramos si son desafortunados en X, en Y o en Z. Sabemos que tienen fincas, riqueza, estudios, pero desconocemos si su salud, su entorno social o familiar, su cultura son una hecatombe. Puede que sean suertudos en una parte, y por ello les envidiamos, pero quizás sean desafortunados en otras muchas, y eso no lo queremos ver o no alcanzamos a verlo.
He dejado para el final la apreciación más corriente que solemos emplear al juzgar a esas personas que, según nuestra creencia, tienen buen sino o están protegidos por algún hado. Estamos ante alguien que ha triunfado justa y notablemente en su vida. Lo primero que se nos ocurre decir de esa persona es que tiene una chorra increíble, y no nos ocupamos de indagar, cuántas horas dedicó al trabajo o al estudio; cuánto esfuerzo tuvo que derrochar; qué capacidad de sacrificio demostró; cuántas horas de sueño despreció en aras de ganar tiempo para alcanzar su meta; cuánto espíritu de superación expresado; cuánto aguante; cuánto tragar sapos desagradables pensando, y sabiendo, que el éxito compensaría el esfuerzo.
Y nosotros, trashogueros y bigardos sin tino, que abandonamos el camino al encontrar la primera piedra; que somos incapaces del menor esfuerzo; que buscamos sólo la vida muelle; que dedicamos al ocio el noventa por ciento de nuestro tiempo; que escurrimos el bulto de las dificultades; que incluso nos rebajamos a mendigar prebendas, canonjías y mamandurrias, nosotros digo, somos proclives a pregonar que aquél que demostró sobradamente tener unas agallas, o unos dídimos, de los que nosotros carecemos, y que lo que hoy posee lo ganó esforzada y merecidamente, lo ninguneamos diciendo que es alguien con mucha suerte.
Si nosotros tuviésemos, al menos, la mitad de su capacidad de esfuerzo y de trabajo, ¡qué la mitad! la décima parte tan sólo, estoy seguro que muchos también tendríamos una buena estrella.

Enero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 25 de enero de 2008

Que tenemos que hablar

Que tenemos que hablar
Ramón Serrano G.

“Ve a menudo a casa de tu amigo, porque la maleza borra pronto la senda que no se usa”
Proverbio nórdico.-

- Espera hombre. Siéntate aquí junto a mí, y reposa un rato. No tengas ese desasosiego que te está ahogando, que te está haciendo perder tantas horas por empeñarte en ir a ningún sitio. Para y observa lo bello de cuanto nos rodea, que hoy aún se puede. Porque dime, amigo ¿adónde vas con esa prisa? ¿qué conseguirás con tu acelero? ¿qué crees que va a cambiar con esa tu presura?
Nada. Absolutamente nada. Ni el mundo, por supuesto, ni siquiera tu propia vida. Ven y observa, si no, como allí abajo, el río sigue discurriendo con sus aguas cada vez más escasas y sucias, sí, eso sí, pero regando, dando frescor y permitiendo la subsistencia de muchas plantaciones. Aún quedan en él algunos peces que sirven de solaz y desahogo a cualquier pescador desocupado. Allá arriba, cerca de su nacimiento, aún se acerca algún pastor para que sus cabras beban en los manantiales. Y por allí lejos, en el ensanche de su desembocadura, algún barquero se atreverá a allegarse plácidamente hasta el mar bogando en su chinchorro o su gabarra.
Acércate, si lo deseas, a la montaña y observa cómo está en muchos lugares abrasada por el desatino de algún enajenado propenso a fogarizar desastrosamente. “Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora, campos de soledad, mustio collado…”. Pese a ello, el sol y las lluvias la seguirán repoblando de distintas y maravillosas especies de árboles. Descubrirás, entonces, robles, pinos, hayas, castaños, alerces o mostajos y un sinfín más de congéneres suyos, a los que pronto empezarás a conocer, querer y cuidar, que tú eres de buena ralea. Y entre esos árboles alcanzarás a ver, para tu dicha, a animales como el ciervo, el urogallo, el zorro, el lagarto o la culebra, y descubrirás, que aunque a veces enemigos, saben mantener un equilibrio zoológico admirable. Y si levantas la cabeza, te embelesarás con el volar de tórtolas, cernícalos, oropéndolas o milanos.
O si lo prefieres, llégate hasta el mar. Míralo, tan sólo míralo, respira profundamente y encontrarás la paz y la felicidad. Que el mar es, sin duda, una de las mayores bellezas de este mundo.
Pues todo esto se produce y desarrolla sin tu intervención, y lo que es más, pese a la de otros. Esos otros, a los que aludo, son los que se lanzan diariamente a una lucha desenfrenada por conseguir, por tener, por aparentar, y para ello empujan, destrozan, zancadillean, agarran, trepan, entorpecen, y luego simulan. Hacen lo que sea, arrollan lo que haga falta, desprecian opiniones, pero el caso es llegar, llegar cuanto antes, llegar a costa de lo que haga falta, sea legal o ilícito, pero quieren llegar. Obsesivamente. Y en caso de que, pese a todo no pudieran conseguirlo, aparentar que sí lo han hecho, que sí lo han logrado, aunque sólo sea por aquello del qué dirán.
No te metas tú en esa barahúnda de la que únicamente obtendrás una burda pátina de oropel, que habrás de pagar a precio de oro, y con la que apenas conseguirás ocultar tus vergüenzas y tus limitaciones. Déjalos que sean ellos los que cometan las equivocaciones de querer apoderarse de todo, de desear estar en todo, de intentar dominarlo todo. Tú serás testigo de que escuchan a diario los constantes avisos que les advierten de lo erróneo de su proceder. Pero no evitarás, aunque lo intentes, que estén constantemente en luchas y guerras que les tienen ya muertos, aunque sigan respirando. Nadie tiene poder ya, para maniatar a ese trasgo. Es un demonio que los tiene enloquecidos. Han hecho alianza con Cachano.
Mejor será, entonces, que, cumplidas tus obligaciones, busques el hermanamiento con los que te rodean, que entrañes con ellos, que vivas con ellos. Párate con el guardia municipal que hace su ronda caminando. Cuando acudas a comprar la prensa, comenta el devenir cotidiano con el quiosquero. Dialoga con el notario mientras tomas tu café de media mañana. Saluda al albañil que, en el andamio, hace malabares con los ladrillos. Sé sociable y afectivo con todos, con unos y con otros, y piensa que muchos de aquellos a los que ves que parecen vivir holgados, se hallan tan pobres, que no pueden gozar ni de un simple saludo, mientras haylos que aparentan penuria y son ricos en afectos.
Por eso, sobre todo y ante todo, cultiva la amistad. Mantén las que ya tienes y procura adquirir algunas nuevas, que de todas ellas, viejas y recientes, obtendrás el mejor de los provechos y al tiempo, les estarás regalando algo que a ellos les satisface en extremo: tu compaña. Y obrando en consecuencia, y porque sabes, que desde hace mucho, mucho tiempo, me considero amigo tuyo, es por lo que te digo: Ven, siéntate junto a mí, ..“que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma….”

Enero 2008
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 11 de enero de 2008

La compra

La compra
Ramón Serrano G

Muchas veces, a través de la ventana, descargan sobre mi sillón de lectura unas inmensas nubes preñadas de recuerdos, y son ellas las que inspiran algunos de estos pobres relatos que les transcribo. Dejan en mi derredor un clima propicio para que la mente evoque tiempos en los que yo era niño o joven, a lo sumo mozo. Años en los que todo aquello que sucedía era bueno, o al menos, poco o casi nada ocurría de lo que ahora se nos aparece como malo. Años en los que las ilusiones se cumplían, o parecía que iban a realizarse. El último de estos recuerdos me lo vino a proporcionar la hindú Carolyn Slaughter, cuando en su magnífica novela “Un inglés de piel oscura”, dice algo así como que todas las mujeres del mundo lo que saben hacer mejor que nadie es comprar.
En ese momento, el alma, deseosa siempre, como antes queda dicho, a retrotraerse a lejanas épocas, vino a rememorar la de mi niñez, allá en la desapacible y fastidiosa posguerra española. Un tiempo en el que sobraban malos recuerdos y penurias, y en el que la escasez de todo tipo se había enseñoreado de nuestro país. Faltaban mercancías y faltaba, más aún, numerario, por lo que salir de tiendas era todo un acontecimiento. Así que me acuerdo de que entonces iba siempre con mi madre a comprar, primero porque ella no tenía con quien dejarme, y luego, porque me distrajera con la tournée. Entraba yo en los establecimientos expectante, como todos los chiquillos, asombrándome ante lo que se podía ver en sus estanterías, entonces poco llenas o, mejor dicho, casi desiertas.
He de decir, que de continuo me extrañó ver cómo en los comercios casi nunca había clientes y sí clientas, mientras que en el mercado municipal de abastos ocurría todo lo contrario, ya que allí predominaban los compradores masculinos. Supe luego que era esta última una costumbre poco extendida en otros lugares, pero que se daba con frecuencia en Tomillares. Sería, digo yo, por el mayor costo de la compra y por lo pesado de su carga, puesto que se solía hacer para la semana, bien para el consumo doméstico o para la ida al campo a desarrollar las faenas agrícolas.
Pero, como apuntaba, a las tiendas de ultramarinos (ultramarino; ¡qué palabra tan bonita y tan sugerente!) y a otras lonjas eran las parroquianas quienes acudían casi en exclusividad. En ellas, las mujeres hablaban mucho y gastaban poco. Y el parloteo no era sólo regateando, que eso se daba por seguro, sino imitando a lo que los hombres solían hacer en barberías y guarnicionerías, y que era, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, hablar de dos cosas: de lo divino y de lo humano. Hay que decir, en descargo de los pobres, que eso era lo natural. Pocos tenían radio, televisión nadie, y la prensa llegaba a escasos hogares.
Y como a la mayoría de las féminas poco les importaba lo que pudiera suceder unas leguas más allá de las eras de su pueblo, su cháchara venía a ser, a más de una salutación o algún ligero cotilleo, muy inquisidora de la calidad y precio de los productos a través, no ya sólo del dependiente, sino de la vecina, amiga o familiar con la que habían coincidido en el bazar de turno. Preguntaban, volvían a preguntar, preguntaban de nuevo, y en este caso, tantas vueltas y revueltas, tantas idas y venidas, sí puedo decirle amigo, que les eran de enorme utilidad. -“¿Y dices que esto es bueno?- ¿Y no será mejor aquello?-Si esto parece que está como raído”.- Una y cien cantinelas queriendo quitarle calidad al producto en vías de adquisición, para ver si diciendo que era malo costaba menos
Sí, gastaban poco, lo mínimo posible. Pero casi siempre por una razón fundamental: porque era poco, muy poco, lo que tenían. En la casa sólo entraba el dinero del sueldo del marido, y que casi siempre era exiguo. Ellas no tenían por aquellos entonces faenas remuneradas. Únicamente las domésticas, grandes y agotadoras por otra parte, y los hijos, que casi siempre había varios, o iban a la escuela, o estaban de aprendices en algún taller. Y en estos los educandos, mientras tuviesen esa categoría laboral, recibían siempre la misma paga: toda el agua que se pudiesen beber y aguantar todos los capones que les pudieran dar.
Es así que no había otro remedio que estirar cuanto fuese posible la escueta ganancia marital, para poder atender a las muchas necesidades familiares. No conocían las pobres, ni de oídas. a Adam Smith o a J. Maynard Keynes, pero sabían de economía tanto o más que ellos. Una economía sencilla, sí, pero tremendamente útil, y sobre todo eficaz. Veamos dos campos fundamentales. Del suministro alimenticio se encargaba el marido, como ya va dicho. Pero de la administración y el consumo lo hacían ellas, y en verdad que lo hacían a conciencia. La base de su pirámide nutricional, o sea la manduca de diario, consistía rutinariamente en gachas, migas, legumbres y caldillos de patatas. Carne poca, pescado escaso o ninguno, pero eso sí, fruta variada: los higos que les regalaba su cuñada, y melones y uvas en su tiempo.
Mas de lo que se podría escribir una enciclopedia, era de su increíble regencia y gestión del hogar, sobre todo en tejidos y ropas. Tan sólo unos apuntes. El mantel, de hule, que aguantaba mucho y se limpiaba pronto. Las sábanas, no de Holanda precisamente, sino de estopilla morena, o sea, de aquella parte más fina de la estopa de lino o de cáñamo, tejido este que los lonjistas ofrecían como “el pan del pobre”, y a las que por su duración podríamos calificar como de las diez mil y una noches, y que, con tanto uso y tanto lavado, a su final estaban blancas y trasparentes como una gasa. En cuanto a la poca ropa de vestir disponible, haré referencia a los jerséis, siempre tricotados a mano y siempre de colores pardos y sufridos. A los trajes vueltos, para arrancarles una segunda vida. A los calcetines y medias zurcidos una y cien veces. Y a los pantalones remendados (véase al respecto el magnífico cuadro de Antonio López Torres “Niños jugando a las bolas”)
Podría seguir con una enumeración prolija de otros muchos malabarismos dinerarios que aquellas mujeres tenían que hacer hasta que arrancaban del almanaque la última hoja del mes. Pero resumiendo diré que en aquellas casas se mantenía un modo de vida completamente dominado por dos verbos y dos adverbios: se aprovechaba todo y no se tiraba nada.
Sin embargo, creo que aún no he resaltado la mayor virtud, o quizás estuviese mejor dicho el verdadero milagro económico, que aquellas mujeres llevaban a cabo diariamente. Cuando cogían los pocos dineros que llegaban a su poder, los estiraban y estiraban como si fuesen de goma, hasta conseguir que en la casa no faltase cosa alguna y que si de algo no había, se tuviese la alegre resignación de que no importase esa carencia. Pero es que a más de tener al personal limpio y casi bien alimentado, o al menos carente de hambre, tenían las agallas y el saber suficientes para ahorrar.
Sí, sí. Han leído bien. He escrito ahorrar. ¡Ah! ¿que muchos de ustedes no saben lo que es ahorrar, porque es algo que está en completo desuso desde hace bastantes años? Bueno, pues se lo explico gustoso. Era ir guardando algún dinerillo de donde no había. Lo conseguían al privarse a sí mismas de una tajada de tocino. Ayudando a la vecina a enjalbegar para que luego ella les regalara una escoba de cerrillo. Encendiendo la lumbre una hora después de lo habitual para gastar un par de cepas menos. Con ello, y con algún que otro sacrificio más, guardaban en el mayor de los secretos hoy un poco, mañana nada, pasado tal vez algo, y así conseguían, céntimo a céntimo, real a real, tener un fondo con el que poder permitirse el lujo de que la familia comiera pollo en la pascua, que el chico estrenase una camisa nueva el domingo de Ramos, o que al abuelo no le faltase su cajetilla de picadura. Y aunque cueste creerlo, aún las había tan conseguidoras que lograban alcanzar un capitalillo para, al cabo de los años, poder comprar un piquejo de viña, o que la dote de la chica fuese igualita a la que llevó su prima Remigia.
Pregunten, pregunten a los que hoy superan los sesenta y verán cómo les corroboran cuanto aquí les he dejado dicho. Habrá, sin duda, némine discrepante en que aquellas mujeres fueron unos seres extraordinarios, poseedoras de muchas virtudes, realizadoras de muchos prodigios y alcanzadoras de muchos, aunque callados, triunfos. Por eso vengo a afirmar aquí y ahora, que en contra de la autora india citada al principio, creo que la mujer sí sabe comprar estupendamente, pero también sabe hacer de forma extraordinaria otra gran cantidad de cosas muy importantes. Y esto debe decirse.
Diciembre 2007
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 21 de diciembre de 2007

Gratitud

Gratitud
Ramón Serrano G.

En algunas ocasiones (imperdonablemente, en demasiado pocas) he hecho públicas algunas palabras para pregonar mi admiración y, sobre todo mi infinito agradecimiento, a quienes fueron, y son, mis maestros y mis amigos. Los viejos, ya se sabe, somos repetitivos, pero creo que esta reiteración se debe admitir en este caso por sincera y, sobre todo, por justa. Igualmente he dicho siempre, y me reafirmo en ello, que por esa causa, por haber tenido y, en algunos casos, seguir teniendo esos maestros y esos amigos, me considero un hombre muy afortunado.
Sin embargo nunca he emitido este pregón para dar las gracias de la misma forma que lo hice con aquellos, a otro grupo al que tengo la misma estima y reconocimiento. No sé cual ha sido el motivo. Bueno, sí que lo sé. Porque mi cabeza está a pájaros, o como diría un castizo, porque tengo la azotea muy desamueblada. Incomprensiblemente, nunca he llegado a cumplir con el deber que por igual tengo especialmente contraído con aquellos que, durante algún tiempo, largo o corto, que eso no importa ahora, trabajaron junto y para nosotros.
Y es que se da el caso, que por el despacho que mi padre abriera hacia 1950, por el mío luego, y hoy por el de mi hijo, han desfilado y lo siguen haciendo, personas realmente extraordinarias que han colaborado con nosotros, con uno, con dos, e incluso con los tres, aportando sus conocimientos y su esfuerzo laboral de manera tan eficiente y digna, que sin su cooperación, creo que nunca hubiésemos ejercido nuestra profesión de un modo tan eficaz y, al mismo tiempo, tan sencillo y agradable.
Unas de esas personas siguen prestando sus servicios en la casa y algunas ya no, porque la vida les ha conducido por otros derroteros. Tampoco otras, ya que, desgraciadamente, nos dejaron para siempre. De todos, puedo decir muy alto que entre ellos los ha habido, y los hay, unos estupendos, otros aún mejores, y algunos verdaderamente excepcionales. Pero que nunca hubo ninguno malo. Si cabe, menos bueno, pero malo no. Si acaso, con un concepto diferente que le llevaría a obrar de forma distinta a nuestra preferencia. En verdad, que no hubo nunca alguno que fuese malo. O si lo hubo, no me acuerdo, o quizás sea posible que no quiera acordarme, ya que la remembranza de los que no fueron buenos debe arredrarse como los muebles inútiles, y no es momento ni ocasión de andar rebuscando en esa mi desamueblada azotea a la que antes me refería. Además que ¿quién soy yo para juzgar certeramente la posible maldad de nadie? Pero lo que sí tengo muy claro, lo llevo grabado en mi conciencia, es que todos, los unos y los otros, fueron y son merecedores de estima.
En esta relación a la que aludo, cabría por mi parte establecer una escala de valores y citar especialmente por sus méritos a: …. pero ¿qué iba a decir? Voy a ser tan tonto de establecer distinciones o en indicar favoritismos, que por mucho que me esforzara en evitarlo, estarían basados sin duda alguna en la subjetividad de mi criterio y no en la auténtica valía o en el merecimiento de los sujetos. No. Ni debo, ni puedo, ni quiero hacerlo. Los ha habido, claro está que los ha habido, de mayor enjundia y significación (ellos y yo bien lo sabemos), mas no sería oportuno dar nombres, que vendrían a significar a alguno, pero que producirían menoscabo en otro. Calle la boca y siga el corazón con su ventura.
Así pues repito que vengo hoy aquí para decir, tan alto cuan alto pueda, y a todo hombre o mujer que quiera oírme, que estoy orgulloso de ese, de aquél, de él de más allá, en suma, de todos los que en alguna ocasión tuvieron su faena en nuestra casa, trabajando junto a nosotros, codo con codo, empeño con empeño, ilusión con ilusión, porque unos más, otros no tanto, pero todos al fin y a la postre, pusieron parte de sus vidas en beneficio de las nuestras. Siempre procuramos tratarlos con el mayor respeto y dignidad, al igual que ellos lo supieron hacer con nosotros, y esto último es para mí muy importante.
Reitero entonces lo tantas veces proclamado: que me siento muy orgulloso y muy agradecido de mis maestros, de mis amigos y además hago extensivos esos sentimientos a mis empleados. Pero no, no quiero utilizar esa palabra. Diré, mejor, a mis, a nuestros, colaboradores en el trabajo, debiendo añadir además, porque es de justicia, que muchos de estos últimos lograron enseñarme también bastantes cosas y que la mayoría de ellos me honraron generosamente con su amistad.
A los tres grupos, por igual, mi mayor gratitud.

Diciembre 2007

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 30 de noviembre de 2007

Aprés

Après
Ramón Serrano G.

Ignoro si muchos de ustedes estarán de acuerdo conmigo, puede que haya pocos, pero alguno habrá que piense como yo, creyendo que en esta vida hay un gran número de actos, situaciones o episodios, que se disfrutan mucho más en eso que los franceses llaman après, es decir, después de, y no en el momento en que se produce un determinado evento.
No me estoy refiriendo, claro está, a aquellas ocasiones en las que estamos padeciendo un mal de cualquier tipo, y cuyo cese nos supone un bálsamo o paliativo. Un par de ejemplos sencillos y comunes. Si estuvimos todo el día caminando y además calzados con unos zapatos poco cómodos, el quitárnoslos supone un gran alivio. Si nos aqueja un dolor, aunque sea leve, un calmante que lo elimine nos trae la satisfacción. En estos casos es natural que estemos más a gusto después, cuando ya ha pasado, que en el tiempo en el que se desarrolló el suceso que nos ocupa.
Quiero aludir, por el contrario, a aquellos instantes que siendo altamente satisfactorios cuando se producen, lo son más aún, una vez terminados. Pudiese parecer contradictorio que se pueda gozar mayormente de un hecho intrínsecamente agradable una vez transcurrido, que en el tiempo en el cual se está desarrollando. Pero no es que puede ocurrir así, sino que de facto sucede. Pongamos también tres ejemplos para tratar de demostrarlo a quienes duden de su veracidad.
En primer lugar, un viaje. El sitio, pintoresco, bello o espectacular, como ustedes quieran. Las sensaciones muchas y variadas. La siempre intrigante aventura de lo distinto al cada día. El descubrimiento de lo nunca visto o la comprobación de lo leído con anterioridad. La observación de vestidos, usos, comidas o costumbres diferentes. Todo fenomenal, maravilloso, pero al mismo tiempo cansado, costoso, puede que imprevisto, y un tanto arriesgado si se quiere. Sin embargo, al regreso, recordar esa excursión, sentado en tu sillón preferido, rememorando una y cien veces instantes precisos o rincones concretos, otorga un placer enorme. Mejor esta quietud que aquella movilidad. Mejor este hoy que aquél ayer.
Otro caso. Una comida con persona o personas entrañables. El local, elegante y acogedor. La luz tenue. La música suave. El menú, una ambrosía, no excesivo pero sí exquisito, con delicias cocinadas y aderezadas con esmero. El vino, puro néctar. El café, puro aroma. El licor, una sugerencia embriagadora. Pero mucho más gratificante que todo esto es el tiempo posterior a la ingesta, aquí sí extenso cuanto se pueda, en charla sosegada y sustanciosa con aquél, con aquella, o con aquellos con quienes se compartió mesa y mantel. Hablando de lo divino y de lo humano. De hechos sustanciosos o de naderías trascendentes De lo que siempre importa a los que son íntimos. Con unas confidencias y expresiones que sí se instalarán en nuestra memoria, y no cuáles fueron el entremés o el postre. Pienso en verdad, que la experiencia me lo tiene dicho, que siempre es preferible, por lo gustosa y enriquecedora, sobremesa a mesa.
Por último, y queriendo apoyar con más fuerza mi teoría, apunto otra ocasión con mucha más enjundia que las anteriores: la cópula. Y me estoy refiriendo, como no podría ser de otra manera, a la que surge como consecuencia final del amor, y no al simple acto carnal proveniente más del deseo que del cariño. Es aquella uno de los mayores deleites del ser humano, que bien sabido se tiene, ya que pocas cosas hay más voluptuosas que la cohabitación. Es esta la completa historia de un mutuo asedio, de un ataque incruento, de una conquista desarrollada en la redoma del lecho y calentada por el fuego de un apetito carnal, con la que se enardece el ánimo, el cuerpo se acelera, la mente se obnubila, los besos se derrochan, y el placer lleva a los protagonistas a alcanzar moradas excelsas.
Pero digo, que cuando es el verdadero amor el que induce a la pareja a acotejarse, acabado el acto, la felicidad inunda por completo a los agentes que lo practicaron. Serenos, muy juntos, acoplados aún, sus dos cuerpos, son una caricia. Completamente satisfechos, pero para nada hastiados, se mantienen en esa gratificante quietud bastante rato. Oliéndose, hablándose muy quedo, sabiéndose queridos mutuamente. Olvidados los enojos y a la espera de nuevas complacencias, disfrutan más sus almas con esta posterior relajación que con el facimiento. Tienen en ese instante mayor satisfacción, sobre todo interiormente, que en el momento que está considerado como el de la máxima liberación de endorfinas.
¿Y por qué digo que se disfruta mayormente en el tiempo posterior a la realización de estos actos, o de otros muchos que podría traer a colación, que en el momento de su práctica? Pues porque al hacer algo, estamos dando disfrute en mayor medida a nuestros sentidos, a nuestra parte corporal. Recordémoslo: vemos, saboreamos, tocamos, etc. Sin embargo, cuando ha acabado el actuar, acudimos a la memoria para evocarlo e idealizarlo. De esa forma nos metemos de lleno en otro campo, en el del alma, y es archisabido por todo el mundo que el disfrute psíquico es siempre superior al físico.
Por eso, querido amigo, me agradaría muy mucho que hayas disfrutado al leer este escrito. Pero, siguiendo la teoría que en él expongo, sería más complaciente para mí que algún día lo recordases plácidamente y, a ser posible, con un poco de agrado.

Noviembre 2007

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso, el 16 de noviembre de 2007

Jesús

Jesús
Ramón Serrano G.

“Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo…”. M. Hernández

Suele haber momentos en la vida de los seres humanos en los que estos darían cualquier cosa por no tener que hacer aquello a lo que se ven obligados por las más diversas circunstancias. Son instantes sumamente desagradables, pero que hay que afrontar con entereza y llevarlos a cabo cueste lo que cueste, y es mucho lo que cuesta, y haciendo eso que se ha dado en decir hacer de tripas corazón.
Eso me ocurre hoy. Yo, que disfruto enormemente escribiendo, daría cualquier cosa por no tener que hacerlo ahora, pues me hallo ante una circunstancia de esas a las que antes me refería. En un trance en el que la mente se opone rotundamente a aceptar que es irremediable lo ya sucedido. En el que se sufre hasta romperse las entrañas. En el que el alma del sentimiento rechaza la obediencia debida a lo que el alma de la obligación le impone. Pero sé que he de llevarlo a cabo, aunque el dolor me entumezca las manos, me anieble la vista y me aturda las ideas.
Escribo, Jesús, para decirme a mí mismo y a quien quiera leerme, que te fuiste de entre nosotros. ¡Ojala no lo tuviese que haber hecho nunca! Hace ya tanto tiempo que pasó, que no puedo olvidarlo. Es tan reciente, que no se me va de la cabeza. Sigo maldiciendo ese 7 de octubre, ya no sé, te digo, si hace mucho tiempo o fue ayer mismo, pero que se me quedará grabado lo mismo que tenía siempre presente cada 21 de mayo. Era domingo, y me llamó a mediodía nuestro amigo Julio para decirme que habías fallecido. Que se te había ido la vida de un modo fulminante en una de esas calles de tu querida Sevilla. Que nos habían desvalijado impunemente al llevarse a quien queríamos tanto.
No es mi intención hacerte un panegírico que, aunque muy justo y merecido, sé muy bien que tú no lo querrías, y que sería, por otra parte, innecesario, puesto que todo aquél que te conoció, o simplemente tuvo noticias de ti, era buen sabedor de tu valía. De tu forma de ser, modosa y sencilla, de tu extrema laboriosidad y, por encima de todo, de tus extraordinarios conocimientos profesionales. Sabemos muy bien que siempre observaste el juramento que en su día hicieras a Hipócrates, lo que te permitió prosperar en tu vida y en tu brillante carrera de médico. No, no hablaré de ello, ya que sería abundar en lo sabido y porque me consta que a ti, más amigo de la llaneza que del homenaje, creo que no te agradaría.
Pero, porque te conocí bien, que éramos de la misma edad y estuvimos muy unidos desde los cinco años hasta tu marcha, si me lo permites Jesús, sí que quisiera hablar de tus amores. En primer lugar del que tenías a tus pueblos que eran dos, Tomillares y Sevilla. Nunca supe a cual querías más, o si te encontrabas más a gusto cuando estabas en uno o en el otro. Ibas y venías de allí a aquí, o de aquí a allá, y en ambos sitios te encontrabas satisfecho, a gusto, relajado. A los dos adorabas y los dos te correspondían y acogían de buen grado.
Después, y con mayor admiración, me referiré al cariño que tuviste a tu familia. Fuiste en este sentido, como en todos, pero sobre todo en este, un hombre ejemplar y digno de admiración. Las tres mujeres de tu casa paterna te veneraban y tú las querías de igual modo. Luego, al formar tu propio hogar, Dios, el destino, la vida (ni lo sé, ni me importa), te concedió generosamente cuatro dádivas maravillosas. Dos de ellas te proporcionaron alegrías y satisfacciones inmensas. Las otros dos (aunque hay que decir que involuntariamente por su parte), enormes desvelos y sacrificios. Te fue lo mismo. De las cuatro estabas encantado, a las cuatro diste tu cariño por igual y extensamente, y a las cuatro dedicaste tus esfuerzos de la misma manera. Claro que aquí he de decir, es de justicia que lo haga, que en esta ardua tarea familiar tuviste una inmejorable colaboradora, sin la cual no hubieses conseguido los mismos logros.
Entonces hoy vengo obligado a hacer esta elegía, sabiendo que por proceder de mí ha de ser pequeña, pero asegurándote que Miguel Hernández no pasó mayor dolor, ni puso más cariño, cuando hizo aquella bellísima que le dedicó a Sijé. Y lo que quiero con mis palabras es, simplemente eso, pero también, inmensamente eso: lamentar tu absurda e inesperada muerte, consciente, además, de que por muy grande que sea mi pena, el mundo no se detendrá por mí dolor. Tú, por tus amplios conocimientos médicos y humanos sabías muy bien lo que aflige tener que recordar a aquellos a los que quisiste, y mucho, y se marcharon demasiado pronto a ese lugar adonde algún día iremos todos. Yo también lo sé perfectamente, que lo he hecho ya, lacerado y lloroso, en varias ocasiones.
Quiero por ello, Jesús, pedirte dos favores. Sé que me los harás, porque siempre te comportaste así de bien conmigo, o mejor dicho, con todo aquél que se acercó a ti para pedirte algo. Como estoy seguro que ya tendrás, allí donde te encuentres, a alguien que te quiera, ruégale que no me vea nunca más en la necesidad de tener que escribir de algún amigo muerto. Es tanto lo que duele, que prefiero irme yo antes que ellos. Luego, y esto es mucho más importante, y por eso te lo encarezco enormemente, resérvame un lugar junto a ti, para ocuparlo cuando me lleve la infalible. Hazme un sitio a tu lado, que en la otra vida, como en esta, quiero seguir siendo tu amigo.
Noviembre 2007

Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 2 de noviembre de 2007

Las fechas

Las fechas
Ramón Serrano G.

No recuerdo si ya he dicho en alguna otra ocasión que nunca me han gustado las fechas predeterminadas para rendir culto o expresar sentimiento por algo. Puede que sí lo haya hecho, pero no lo sé con exactitud, que mi cabeza no es lo que era, aunque nunca haya sido gran cosa. De cualquier forma, repito mi aversión a ello, pese a que esas viejas costumbres se han venido utilizando, y de hecho muchas siguen vigentes, en todos sitios, y a lo largo y ancho de tierras, reinos, culturas y religiones.
Y mi antagónica posición pretende justificarse porque observo que para realizar estas actuaciones, las cuales van acompañadas normalmente de amplia parafernalia, no guían verdaderos sentires a quienes las realizan, sino intenciones más o menos disimuladas, como pueden ser la adulación, el propio interés, o el medio propicio para que las gentes no abandonen y acaben olvidando los ritos que las llevan a mantener sus creencias.
Ejemplos de ello, a montones. Hay, todos lo sabemos bien, “días” para todo. El de la victoria, el del libro, el de la madre, el de la patria o el del cumplimiento obligatorio con los preceptos de nuestra religión (ya saben: el viernes para los musulmanes, el shabat para los judíos, también el sabbat para los budistas, el domingo para los católicos, e ignoro cuál será, si es que lo tiene, el shintoismo). O sea, que hay que mentalizarse para no olvidar que tal “día” hay que rememorar por oficio tal acontecimiento, a mayor gloria de quienes lo realizaron. Que en esta fecha hemos de pregonar obligatoriamente las bondades de tal o cual acción u organización. Que en la jornada tal, y con una periodicidad a ser posible frecuente, haremos los ritos y ejercicios correspondientes para no apoltronarnos y desatender nuestros credos atávicos.
Y vengo en decir, como apuntaba al principio, que me parece un absurdo que se tengan que fijar unas jornadas para demostrar un cariño, un recuerdo, un cumplimiento para alguien o para algo, a quien o a lo que, deberíamos tener presente siempre por la bondad de sus actuaciones, o por el bien que en nosotros ejerció en su momento o sigue haciéndolo en la actualidad. Yo, para recordar, hablar, ensalzar o convivir con mi amigo, con mi hermano o con mi deudo, no necesito esperar a determinadas témporas o calendas. Lo veo, lo visito, me entraño con él siempre que me apetece, lo que suele sucederme a menudo, y sin que nada ni nadie haya de venir a imponérmelo. Y si durante un tiempo, que no será nunca mucho si de verdad le aprecio, por el motivo que sea no me apetece visitarlo, pues no lo hago y no ocurre ninguna cosa. Al poco volveré adonde esté y seguiremos conciliados, sin que para ello tengamos que cumplir ceremonia o ritual alguno.
Y esta desavenencia mía con los recordatorios se acrecienta aun más, si cabe, cuando estos se hacen hacia los difuntos. Es sabido que los pueblos de todos los tiempos han acotado un terreno en el que enterrar a sus muertos. Esta es una sanitaria costumbre, como lo son (y algún día hablaremos de ello) muchas de las prácticas religiosas universales, que se basan principalmente en preceptos asépticos, higiénicos o simplemente saludables. Y digo que desde siempre se utilizan los cementerios-del griego Koimeterion, dormitorio-, siguiendo la costumbre cristiana de que a ese lugar se iba a dormir hasta el día de la resurrección. O por la idea coránica de que el alma no puede abandonar del todo al cuerpo que no ha sido enterrado y para alcanzar el más Allá, sea cual fuese su destino, ha de deshacerse por completo de la impureza corporal.
Pero con el tiempo se instauró el hábito de ir a mostrar públicamente el recuerdo hacia los seres queridos, o tan sólo apreciados, ya fallecidos, haciéndolo siempre en unas fechas predeterminadas. Así, los católicos lo llevan a cabo el dos de noviembre; los aztecas lo hacían al final de la recogida de la calabaza y el chayote con fiestas en honor de la diosa Mictecacihuatl; los musulmanes el día quince de su mes del Shaaban y los chinos el día cinco de abril con la fiesta Quingming. Esas, y otras muchas en distintas culturas y países, son las jornadas que las gentes dedican oficialmente a recordar a sus difuntos.
Y lo que duele es que eso haya que hacerlo por imposición del calendario, que nos marca exactamente el momento y la forma en que hemos de visitar, limpiar y adornar nichos, panteones y sepulturas. Y duele igualmente que lo hagamos, la mayoría de las veces, no porque lo sintamos de veras, sino para demostrar a los de nuestro entorno que seguimos recordando a los que nos precedieron en el último viaje, aunque durante el resto del año no tengamos para ellos, que tanto bien nos hicieron, ni la más mínima evocación o remembranza.
Bien quisiera que no sucediese eso conmigo. Es por tanto mi deseo, que si alguien se acuerda de mí cuando me haya ido, que lo haga en donde y cuando le apetezca, a ser posible a menudo y, si cabe, para bien, pero que no se imponga la obligación de ir a visitarme a determinado camposanto o esperar a determinada fecha para hacerlo. Libero de tal compromiso a deudos, conocidos, amigos y allegados. Y para facilitarles esa labor no quiero la inhumación y, por tanto, ningún tipo de tumba y, una vez más, proclamo solemnemente el ruego de que a mi muerte me incineren y luego avienten mis cenizas en el mar -mi tan querido y añorado mar- . Y si eso no fuera posible, que lo hagan entre esas hermosas carrascas o sabinas que pueblan nuestros montes.
Octubre de 2007
Publicado en “El Periódico” de Tomelloso el 19 de octubre de 2007