jueves, 26 de abril de 2018

La casa

Para Luis López Gonzalez., asiduo lector de estos artículos, con mi agradecimiento. La casa era solariega y grande, la mayor de todas cuantas habían conocido, y eso que habían sido muchas a lo largo de su dilatada existencia de ya algo más de veinte meses. El ratón Tromy, y el grupo gregario de hembras y crías que convivían con él, se habían sabido acomodar en ella, pues al estar prácticamente abandonada, les ofrecía un grato y, sobre todo, un acogedor espacio donde desarrollar su vida con tranquilidad y sin sobresaltos. Cabe indicar que era un grupo de ratones urbanos, que, como es sabido, son menos despiertos y sabios que los agrícolas y tienen un pelaje grisáceo mientas que el de los del campo es rojizo. Allí, aunque la vida de sus congéneres se ejercía habitualmente de noche, ellos podían salir de sus escondrijos y amagatorios a cualquier hora sin temor a ser descubiertos y atacados. Podían además merodear por sótanos, salas y salones a sus anchas como Pedro por su casa, o como Pedro por Huesca que se dijera con anterioridad, sin correr peligro alguno. El problema alimentario también lo tenían resuelto pues en el amplio jardín había cantidad de insectos, larvas y multitud de hojas que comían y mordisqueaban sin apuro. Con todas estas circunstancias, y otras que a describir renuncio, se adivina que la vida de Tromy y su amplio grupo de familiares era agradable y carente de agobios. Pero sí quiero hablar de lo que vino a ocurrir a Tromyto, el hijo mayor del jefe, el cual había sacado un carácter un tanto aventurero, que lo llevaba a estar siempre zascandileando por los lugares más inverosímiles en busca de algo que ni él mismo sabía lo que era. Por ello, dio en buscar por los lugares menos frecuentados de la casa que eran aquellos de la parte superior, puesto que los bajos y sótanos se hallaban ocupados profusamente por sus familiares. Y explorando un día por las salas del piso segundo, vio que en una de ellas había un gran mueble con estanterías, las cuales se hallaban completamente abarrotadas de volúmenes repletos de cuantiosas hojas de papel, bien encuadernados y rellenos de innumerables garabatos y dibujillos, que no había visto nunca, pero que debían tener un significado, quizás importante. De momento, no quiso ponerse a investigar si aquellos trazos y rasgos querían decir algo, y se limitó a ratonar y rustir los bordes de las hojas de aquellos tomos, comprobando que tenían un sabor realmente agradable y satisfactorio. Aquel descubrimiento le llevó a coger la costumbre ineludible de visitar diariamente la sala en cuestión, con lo que sus ausencias del grupo se hicieron prontamente notorias. Tanto que su padre, que había sido el primero en notarlo, decidido a averiguar cuál era la causa de esas desapariciones, le siguió una mañana, y al verle entrar en aquella sala, se quedó en la puerta espiando cuáles y de qué clase eran las actividades de su hijo allí. Observó cómo se subía a la estantería más baja, cogía un tomo, lo abría y empezaba a roer, despacica y deleitosamente, una de sus hojas. Al verlo, salió de su amagatorio, y dándose a ver, preguntó a su hijo la razón de sus quehaceres. Este le habló tanto del sabor agradable de las hojas como de esos infinitos, y al parecer significativos, garabatos y figuritas que tenían todas y cada una de ellas. Quedóse un buen rato pensativo el padre y habló de ir a consultar a un buen compañero que había crecido junto a él, que vivía cerca y que, a la sazón, servía de mascota a un hombre de edad. Arrancaron una hoja como muestra y con ella se fueron dos mañanas más tarde a rogar al amigo que les sacara de dudas. Al verse, tras las salvas y abrazos de rigor, el vecino dijo estar muy bien enterado del problema y se mostró predispuesto en grado sumo a disipar las dudas de los visitantes. -Mirad, les habló. Los humanos tienen unos muy raros hábitos y usanzas, y uno de ellos es este que ellos dan en llamar escritura que es un sistema de signos con los que ellos exponen los sonidos de sus gargantas y que les sirven para poder comunicarse, exponer sus ideas y conocimientos, y mantener siempre, a mano y a su disposición, sus saberes, noticias y expresiones. Es muy útil este sistema, más que el nuestro, porque nosotros, si nos topamos con una situación novedosa, hemos de recurrir, o a la generosidad de los más viejos para que nos informen, o a nuestra intuición, lo que nos lleva a cometer muchos errores, mientras que ellos se sirven de esos escritos, que así los llaman, que siempre tienen a mano y con los que adquieren infinidad de conocimientos. -¿Y podríamos nosotros a aprender a utilizar los libros?, preguntó Tromy al otro. -Claro, le contestó aquel de inmediato. Mi amo tiene por algún sitio unos cuadernillos en donde vienen explicados los rasgos y dibujos que corresponden a cada sonido, y con los que se forman las palabras y las ideas. Déjame un par de días, vuelve por aquí entonces y te los daré, y además, hojas en blanco y útiles de escritura que podréis ir utilizando para el aprendizaje primero y para vuestras necesidades sobre esta actividad después. Pero recordad siempre que lo de mayor importancia será que, cuando hayáis aprendido el método del que estamos hablando, dediquéis horas y horas, muchas, a la instrucción de vuestras mentes. Sabed que, con esta maravillosa costumbre de la lectura, no tendréis necesidad de llegar a la mucha edad para ser sabios, pues os bastará con estar dedicados a los libros. Y fijaros bien en lo que os digo: si leéis mucho, en poco tiempo vais a saber más que los ratones coloraos. Ramón Serrano G. Abril 2018

sábado, 14 de abril de 2018

Costumbres odiosas

Es sabido que nuestra querida lengua española (aunque imagino que otras también) está llena de asertos, o sea, afirmaciones rotundas de la certeza de algo, por lo que hoy quiero apoyarme en uno de estos para poder pasar al tema que me ha de ocupar después. Y de entre estas aserciones me voy a referir concretamente a aquella que alguien atribuye a Charles Dickens y que dice que “el hombre es un animal de costumbres”, lo cual es tan cierto como que hemos de morir. Porque eso de que es un animal está más que demostrado, por activa, por pasiva, por fas y por nefas. Y lo de las costumbres, a las que el diccionario define como manera habitual de actuar o comportarse, una rutina arraigada, un hábito adquirido por mera práctica que nos lleva a hacer las cosas sin razonarlas, un automatismo que podemos realizar mientras pensamos en otra cosa, de esas, para qué vamos a insistir o tratar de demostrarlo si cada uno de ustedes es sobradamente conocedor de ello. Ello es archiconocido por todos, y, aunque tratamos de evadirlas, puesto que nos da la sensación de no actuar libremente, la mayoría caemos en ellas, olvidando que la costumbre suele matar al hombre. Y lo hace, no quitándole la vida, pero sí llevándolo a que subsista mecánicamente, sin voluntad para hacer una u otra cosa y dejándose llevar por lo consabido. Los niños se adaptan a su hogar y sufren si no están entre los suyos. Los adultos, cuando viajan, experimentan desarreglos en el organismo y su cuerpo, al notar cambios en su cotidianidad, llega a no funcionar normalmente. Se podría deducir de esto que hacer cambios en el modo de actuar no siempre resulta aconsejable. Mas, ¿es bueno llevar la rutina a todas nuestras vivencias? Evidentemente no, porque de hacerlo, daríamos paso a la monotonía, perderíamos la creatividad y nos sentiríamos como apagados. Pasemos entonces a hablar de las costumbres, que las hubo, las hay y las habrá, (“-Ha de antiguo la costumbre…”, le decía el Marqués de Moncada a don Mendo) de las que cientos, miles, unas son buenas, regulares otras, malas muchas y pésimas bastantes. Repito que están inmensamente arraigadas entre los seres humanos y que, como todo en esta vida, tienen sus lados positivo y negativo. Y me voy a referir a las comparaciones, o sea, en el hecho de fijar la atención en varios objetos para estimar sus valores, diferencias o sus semejanzas que nos acaba de hacer el interlocutor, para valuar subjetiva y libremente objetos, hechos u obras. Comparar, en sí, es bueno casi siempre, ya que con ello estudiamos las características, las cualidades, amén de otras virtudes y defectos de lo que nos ocupa y por lo que estamos interesados. Es una capacidad única, supone una gran habilidad mental que nos concede pingües beneficios pero que también nos acarrea problemas. ¿Qué restaurante es mejor? ¿Qué coche me compro? ¿Dónde veraneamos? Como no tengo experiencia no sé qué elegir, ya que no puedo comparar un trabajo con otro. Así podría seguir poniendo ejemplos de cómo no llevamos bien a cabo las comparaciones, pero sólo diré cuánto tergiversamos las cosas cuando salimos perdiendo y cómo justificamos nuestros fallos comparando a la baja nuestras posibilidades con las de los otros. Pero a lo que estrictamente me quiero referir es a nuestro extraño comportamiento cuando nos piden nuestra opinión sobre la naturaleza, bondad o maldad de algo y, habitualmente, obviando la pregunta que nos acaban de formular extendemos nuestra acción a juicios comparativos absurdos y fuera de lugar. -Z es una ciudad bonita, pregunta aquél, y de inmediato le responde este: -Sí, pero es mucho más bonita X, e interviene otro afirmando que W es mucho más fea. -Oye, como sé que ya lo has leído ¿qué te ha parecido el último libro de Fulano?.- Es mucho mejor, el de Mengano. Pero señores, si lo que se nos está pidiendo es que opinemos sobre la bondad, la belleza, la duración, etc., etc., de algo y, curiosa e inexplicablemente nos vamos a otro campo, porque o no queremos, o porque tratamos de disimular nuestra ignorancia al respecto para describir la valía de algo, y espontáneamente lo comparamos con otro para minusvalorarlo o echarlo por tierra. Y aún hay algo peor, y es que esta manera de proceder está tan generalizada, que ya la tomamos como lógica y normal. De cualquier modo, es tema un tanto escabroso este de las comparaciones y vengo a despedirme de él con aquella conocida frase de que: “Toda comparación es siempre odiosa”, como puede leerse en “La Celestina”, IX 35, y que más tarde ratificara Don Quijote, II 23. Para terminar con la otra un poco más extensa que manifestase igualmente Don Quijote, parte segunda, capítulo 1º: “Y es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje, son siempre odiosas y mal recibidas”. Ramón Serrano G.

sábado, 24 de marzo de 2018

Decir

Todos los verbos, prácticamente todos, tienen una gran cantidad de acepciones, por lo que se pueden, y se suelen, utilizar habitualmente en muchas de ellas. Pero de entre tantos como estimo que hay en nuestro idioma, vengo hoy a referirme a uno que, a mi humilde parecer, posiblemente sea de los que más cargado esté de acepciones, o lo que es lo mismo, de distintos significados según sea el contexto en el que aparece en un diálogo o es utilizado en un escrito. Me estoy refiriendo a decir, aunque también lo haré un poco, y sólo para establecer las diferencias entre ellos, al hablar. Uno y otro son completamente diferentes aun cuando no lo parezca. Hablar y decir son distintos e independientes, y aquél es actuar, mientras que este otro es hacer. Parecen expresiones sinónimas y el uso cotidiano las intercambia e iguala, pero no es así, ni mucho menos, y así, si alguien dice: -El ministro habló ayer en televisión, el interlocutor le preguntará de inmediato: -¿Y qué dijo?, y esta pregunta carecería de sentido si hablar y decir significaran lo mismo. Hablar es hacer uso de una facultad, mientras que decir es utilizar esa facultad en una acto de expresión concreto. Esto está en relación a la distinción aristotélica entre praxis y poiesis, y quiero finalizar este apartado manifestando que nadie puede hablar sin formular expresiones concretas, al igual que ningún ser humano puede decir nada concreto si no posee la facultad de hablar. Quede claro entonces que hablar y decir son aspectos diferentes del acto concreto de hablar. Dicho esto me voy a referir a decir, que es definido por el D.R.A.E como manifestar el pensamiento con palabras, amén de otros once significados a cuál de ellos más explícito y revelador. A más de ello vienen también gran cantidad de expresiones, casi cincuenta, y todas ellas muy conocidas y utilizadas por el gran público, en las que el verbo que nos ocupa es principal protagonista. Para demostrarlo citaré algunas: - Como aquel que dice, como si dijéramos. -Como quien no dice nada, indicando que no es baladí aquello de que se trata. -Decir entre sí, razonar consigo mismo. -Decir por decir, hablar sin fundamento. -El qué dirán, la opinión pública reflejada en murmuraciones que cohíben los actos. -Es decir, dar a entender que se va a explicar mejor o de distinta manera lo ya dicho. -Ni que decir tiene, dando a entender que algo es evidente o sabido por todos. -No me digas, para denotar sorpresa o contrariedad. -Quién lo diría, indicando incredulidad, o –Que se dice pronto, para ponderar la magnitud o naturaleza de algo que sorprende por su carácter inusitado. Como se ve, el verbo al que estamos haciendo referencia aparece en todas las expresiones, pero en ninguna de ellas está desarrollando su función habitual de transmitir con palabras ideas a un tercero, sino que está ejerciendo funciones preconcebidas con frases forjadas de antemano. Por otra parte, el decir ha sido, es y será, de una importancia tal, que los más grandes hombres han emitido juicios sobre él. Así, “Sea como fuere lo que piensas, siempre es mejor decirlo con buenas palabras” afirmaba Shakespeare; manifestaba Séneca. “Lo que has de decir, antes de decírselo a otro, dítelo a ti mismo”. “Lo bien dicho se dice presto”, opinaba Baltasar Gracián. Un anónimo manifiesta que “Es mil veces más fácil no decir lo que pensamos en un momento de ira, que pedir disculpas luego”. Y por último quiero citar al ínclito Francisco de Quevedo, el cual, en una epístola satírica y censoria contra las costumbres de los castellanos, se expresaba de este modo: -“¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”. Dichas estas frases pertenecientes a grandes personajes, quiero apuntar también algunos proverbios o paremias, sentencias de la sabiduría popular tomadas de la experiencia de las gentes a través de los siglos. “Se debe aclarar la mente, antes de decir algo”.- “Aprender a bien callar, para saber bien hablar”.- “Cada quien diga algo sobre aquello que sabe y de lo demás que calle”.- “De la abundancia del corazón habla la boca”.- “El decir es plata, pero el silencio es oro”. Magníficas cualquiera de ellas. Ocurre también, y de rotunda manera, que lo dicho con las mismas palabras, exactamente las mismas, pero afectadas por el tono, el modo, o la intensidad de la expresión, tiene un significado completamente distinto. Un ejemplo. Un marido acude a una carnicería a comprar un encargo que le ha hecho su mujer. Al llegar a su casa, le da el paquete a la esposa y le dice: -Aquí tienes tu encargo, que por cierto es muy caro. La mujer lo abre y le contesta: -Ya te han vuelto a engañar. Te dije solomillo de cerdo ibérico y esto es cerdo blanco. ¡Qué tonto eres! Otro matrimonio, en el día que se cumple su segundo aniversario de boda, él le regala un colgante con una piedra preciosa impresionante y le dice a su esposa: -Toma este regalo y voy a pedirte un favor: que esta noche, antes de acostarnos lo luzcas y tan sólo lleves puesto eso. Quiero saber quién es más linda, la joya o tú. A lo que la esposa, entre pícara sonrisa le dice en un susurro: ¡Qué tonto eres! Como se ve son las mismas palabras, las mismas: ¡Qué tonto eres!, pero lo expresado y la significación son muy diferentes. Pero en fin, habiendo dicho todo esto, como lo que estoy haciendo es hablar por hablar, lo mejor es que no diga nada más. Ramón Serrano G Marzo de 2018

martes, 13 de marzo de 2018

La soledad

Para A. Núñez, en recuerdo a los comentarios sobre este tema. En la vida de los hombres hay profusión de situaciones, unas que son consideradas por todos, y siempre, del mismo modo, mientras que otras pueden serlo de la más diversa forma debido a las circunstancias externas o a la manera de ser de cada uno. Entre ellas se encuentra la carencia de compañía, ya fuere deseada o involuntaria, ya que la ausencia, la muerte o la pérdida de alguien o de algo suelen producir siempre pesar y melancolía. Es obvio que me estoy refiriendo a la soledad, aunque después veremos de ampliar estos sentimientos. Quiero reiterar, aunque nada hay absoluto en este mundo en el que nos ha tocado vivir, que hay circunstancias y coyunturas que suelen ser admitidas por la inmensa mayoría de igual manera: un premio o la consecución de algo de verdadera importancia siempre se recibe con euforia y exaltación, mientras que la privación de algo querido causa dolor y pesadumbre. Pero hay tesituras en las que cada quien se comporta de una determinada manera. Algo así como los gustos, que cada uno tenemos el nuestro. Y entre esos estados que provocan tan diferentes comportamientos se halla la soledad, que en principio parece denostada y no querida por muchos, siendo, sin embargo, anhelada por otros. Para luego comentarla, quiero traer a colación lo que de ella dijeran tanto el pueblo llano como algún prohombre, y que nos han de ayudar a comprenderla mejor; son frases para ir observando los muchos encuadres que hay de ver la soledad. Se dice que muchos huyen de ella porque no saben encontrar compañía consigo mismos; un moralista francés manifestó que la soledad es al espíritu lo que la dieta al cuerpo; hay un dicho que afirma que es conveniente estar sólo cuando se busca una mano y se encuentra un puño; hay quien piensa que, generalmente, se rehúye la soledad porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismos; que el hombre está hecho para la soledad, que solo viene al mundo y solo se va de él; que la soledad es la nodriza de la sabiduría; una copla gitana que dice: soy amigo del silencio, me gusta la soledad…, o aquél muy sentido manifiesto de Bécquer que afirma que la soledad es muy hermosa cuando se tiene a alguien a quien decírselo. Todos estos son enjuiciamientos ajenos que están muy bien, mas no siempre se identifican con los propios. Quiero, entonces, expresar mi pobre opinión sobre ella, admitiendo, sería una idiotez no hacerlo, las opiniones ajenas y lo que la soledad puede significar para cada uno. Porque esta situación, repito, es acogedora de muchos criterios y suponer algo muy significativo para unos y todo lo contrario para otros. Antes de comentarlo quiero decir que he tenido mis dudas sobre el orden en el que expresar mis opiniones, ya que muchas veces lo que decimos es bueno o malo según el orden en el que lo hacemos, aun utilizando las mismas palabras. Un ejemplo: - Anoche cenamos en Casa X, muy bien, pero muy caro. O decimos:- Anoche cenamos en Casa X, muy caro, pero muy bien. Como se ve, con idénticas palabras, expresiones con significados opuestos. Dejando aparte esta observación hecha con el deseo de indicar que se debe tener mucho cuidado al dar nuestra opinión sobre algo y tomando el tema que nos ocupa, diré en primer lugar que ella, la soledad, es muy útil para aquellos quienes desean la tranquilidad y el recogimiento; auxiliadora, pues ayuda a cicatrizar las heridas del corazón y del alma; que dispone de un gran espacio para la creatividad; que, a su vez, es muy relajante; que nos permite pensar y descubrirnos a nosotros mismos. Por todo ello, vemos que puede ser buena para muchas cosas, hasta útil, ya que nos llevará, si la sabemos asimilar, a desarrollar ciertas aptitudes que, a veces, parecen dormidas, quizás porque todo conseguimiento lleva siempre su contraprestación. Hablando ahora del lado negativo del aislamiento, diremos, en primer lugar, que puesto que una de las principales características del ser humano es la sociabilidad, siempre se agrava muchísimo cuando es forzada pues, al no existir ni el apoyo ni la ayuda ajena, se suelen eliminar la ilusión y la esperanza, la fe y las ganas de vivir, viéndose favorecidos el rencor y el resentimiento. Pero la peor de todas, y con mucho, es mala, malísima, cuando la soledad se siente estando entre las gentes. ¿Qué decir entonces de la soledad? Pues como tantas otras situaciones es buena o mala según nosotros sepamos sobrellevarla para sufrir o disfrutar de ella. No es agradable carecer de alguien a quien pedir una necesaria ayuda, pero es muy útil tener la posibilidad de reencontrarse con nosotros mismos y alcanzar la solución de problemas sin la intervención ajena. Es hermosísimo saber que a tu alrededor hay personas en las que puedes confiar ciegamente y que estarán siempre cerca de ti para ayudarte, como también lo es saber que eres capaz de salir de las más intrincadas tesituras por ti mismo. Que rodeado de los demás se puede aprender lo indecible, pero que la soledad enseña tanto como la mejor compañía. Que te encontrarás solo si únicamente te ves acompañado por el sufrir, pero no lo estrás si tienes en tu mente pensamientos nobles. Vaya por último aquello que dijera mi admiradísimo Antonio Machado, aun cuando, pienso yo, que él se refería a la soledad en el amor: Poned atención, un corazón solitario no es un corazón. Ramón Serrano G. Marzo 2018

viernes, 23 de febrero de 2018

Subjetiva - objetiva. (y 2)

Habiendo hablado en el número anterior de la subjetividad, trataré de hacerlo hoy de su antónima, la objetividad, concepto este que para mí y para muchos otros tiene un muy superior valor sobre aquel, y, pese a ello, es utilizado muchísimo menos, tanto por el hombre de la calle como por los medios sociales, en todas y cada una de sus categorías. Repetiré que, según el Diccionario de la Lengua Española, objetividad es el concepto desapasionado, desinteresado, que se tiene de algo o de alguien, perteneciente o relativo al objeto o al suceso en sí mismo, y con absoluta independencia de la propia manera de pensar o de sentir del sujeto que la ejerce. Y abundando en su descripción, ya que siendo un concepto importantísimo no suele utilizarse como se debiera, diré que es el sentir sobre algo con una falta de sesgo o prejuicio, y de tal modo, que hace que sea posiblemente el trabajo más difícil para un juez. Es aquello que nos hace ver las cosas tal como son en realidad y no como nos agradaría que fuesen, por lo que, aplicándola, podremos ver la verdadera luz de un problema y con ello encontrar las soluciones correctas. Para su mejor comprensión citaremos sus sinónimos que son ecuanimidad, imparcialidad, neutralidad, equilibrio, realidad, con lo que los antónimos quedan así prácticamente expuestos. Diremos además, aunque muy de pasada, que se le puede dar un sentido ontológico, epistémico o ético. El primero la caracteriza como aquello que es propio de un objeto, o sea, lo que lo constituye, lo que se considera real antes que nada, algo invariante. El segundo es el índice de confianza o de calidad que se tiene, o tenemos, del objeto o concepto en cuestión. Y por último, al hablar de lo ético, nos estaremos refiriendo al distanciamiento del sujeto de él mismo en aras de acercarse al objeto, optando por la concepción de la idea de que la objetividad y la subjetividad se excluyen mutuamente. Sobre ella han escrito mucho y bien autores de gran valía. Veamos algunas de ellas: -“El valor cognoscitivo de una teoría nada tiene que ver con su influencia psicológica sobre las mentes humanas. Creencias, convicciones, comprensiones... son estados de la mente humana. Pero el valor científico y objetivo de una teoría es independiente de la mente humana que la crea o la comprende”, afirmaba Imre Lakatos, filósofo húngaro judío. -“Las palabras se doblan en nuestro pensamiento a los caminos infinitos del auto engaño, y el hecho de que pasamos la mayor parte de nuestras vidas mentales en mansiones cerebrales construidas de palabras significa que nos falta la objetividad necesaria para ver la terrible distorsión de la realidad que aporta el lenguaje” dijo Dan Simons, un gran psicólogo estadounidense, aunque es más conocido por sus trabajos sobre la ceguera del cambio y la ceguera desatencional, dos sorprendentes ejemplos de cómo la gente puede desconocer la información justo delante de sus ojos. - “La realidad existe como un absoluto objetivo: los hechos son los hechos, independientemente de los sentimientos, deseos, esperanzas o miedos de los hombres”, afirmaba Ayn Rand, la gran escritora y filósofa estadounidense. Por otra parte, San Juan de la Cruz bendecía a quienes dejando aparte sus gustos e inclinaciones miraban las cosas en razón y en justicia para hacerlas correcta y debidamente. - “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros” dijo Immanuel Kant, el gran filósofo prusiano. Y todo esto puede, y viene a quedar resumido, en un proverbio alemán que dice que los ojos se fían de ellos mismos, mientras que los oídos se fían de los demás. He querido así, con esta sucinta exposición, recordar cómo la forma más común de actuar entre los seres humanos está, habitualmente, muy lejos de ser objetiva. Las opiniones se basan más en los sentimientos que en el análisis desde todos los puntos de vista, y a ello suele llevar el engreimiento de pensar que somos omnisapientes o la desilusión por no haber acertado plenamente en la elección de la pareja, el trabajo o el lugar de residencia. Es sabido que hay una tendencia natural a querer llevar siempre la razón, sin querer ver la posibilidad de nuestro error. Deberíamos ser siempre objetivos, y para esto no permitir que las circunstancias nublen la visión del hecho que hay que resolver; pedir consejo a los demás, sabiendo y queriendo escucharlo; evitar cualquier tipo de apasionamiento; centrase en los hechos y no en las personas, que se pierde la objetividad cuando se dice: “Siempre haces lo mismo, eres igual que tu padre”; basarse en lo ocurrido sin calificar al sujeto; no precipitarse para emitir juicios. Y hasta aquí estas opiniones sobre el tema, manifestando que al desarrollarlas y exponerlas he intentado, a toda costa, fuesen lo más objetivas posibles. Ramón Serrano G. Febrero 2018

Subjetiva - objetiva .. (1)

Tratando de complementar uno de mis escritos anteriores en el que intentaba analizar los juicios emitidos por las personas, acudo hoy con este otro en el que procuro hablar de la esencia de las cosas y nuestra percepción de ellas. Así, me pregunto cómo puede haber tanto iluso que piense que ellas son simple y sencillamente del modo que las vemos, o en el que él las ve. Y como sé que hay alguien así, le animo a que deseche esa idea y observe que todo, absolutamente todo lo que existe en este mundo, no tiene un valor simplista sino que está formado, tanto intrínseca como aleatoriamente, por unas condiciones cuya apreciación es observada de una formar dispar por unos o por otros. Por tanto, vengo a hablar ahora de la subjetividad, o sea, aquello perteneciente o relativo al modo de pensar o de sentir del sujeto, y no sobre el objeto en sí mismo; su postura, sin tener en cuenta lo exterior; un modo y manera de razonar y concebir, propia del mismo, para referirme después, y también, a la objetividad, es decir, lo perteneciente o relativo al objeto en sí mismo con independencia de la manera en que es observado desde fuera, aunque esto lo dejaremos para después Y vengo a referirme a ambas reconociendo la importancia de aquella y esta, y sin querer tomar postura, ni decantarme por una u otra alternativa -¿quién soy yo para hacerlo- y además a pocos les importaría. Principalmente se puede decir que la subjetividad se basa en la experiencia que el individuo tiene de un hecho en cuestión, de acuerdo a su percepción particular y que está determinada por lo ya vivido. Vista desde un punto técnico diremos que utiliza constantemente un léxico eminentemente valorativo, un uso principal de modalidades oracionales, muchos recursos expresivos y también, y por supuesto, una gran utilización de los signos de puntuación, para terminar hablando de que se basa fundamentalmente en la experiencia del sujeto que emite el juicio, hasta tal punto, que un mismo suceso vivido por personas diferentes adquiere valores únicos en cada caso. De su esencia y existencia, y como una y primera clara muestra de lo que son, nos valdrían estas dos expresiones que vemos a diario en los medios sociales. Subjetiva: “La banda “Perenganito” ofrecerá una de sus magníficas y extraordinarias actuaciones el próximo día 9”, y objetiva: “La banda ‘Perenganito’ actuará en ‘Villaturria’ el próximo día 9”. O estas que son también muy utilizadas: el imparable equipo archiquero humilló a su oponente con un juego de gran nivel, por un lado, mientras que por el otro se diría: Archiqueria 5 – Coblata 0. También, y para una somera clarificación, diremos como ejemplo que el perfume, o sea, esa sustancia que utiliza X para oler bien, a Y le resulta cansina en extremo; que mientras a W le place quedarse en la cama, la tv o la lectura, Z prefiere madrugar y dar una larga caminata. Y así podríamos extendernos a la gravedad de las enfermedades, a la residencia en la ciudad o en el pueblo, a las excelencias de la carne o el pescado, etc., etc. Pero a todos y cada uno de los razonamientos acompañará, salvo a la del diccionario, el toque individual que por experiencia o referencias oídas o leídas, tiene y exterioriza el sujeto que las analiza. Algo parecido a aquello de hablar de la feria según le va en ella, independientemente de la calidad del evento o de la cosa. La subjetividad, que como dije se basa en la opinión que el individuo tiene de algo, está además fundamentada en sus propios intereses. Es decir, la crea la experiencia que exterioriza la particular percepción de lo vivido, o los resultados que espera alcanzar en un futuro más o menos próximo. Quiero además hacer hincapié diciendo que se observa que uno de los principales fundamentos de ella se encuentra en el lenguaje, que siendo la mayoría de las veces exclamativo, luego puede ser desiderativo, ponderativo dubitativo. De ese modo se acude a recursos como la redundancia: “lo vi con mis propios ojos”, o a hipérboles comparativas: “ve menos que un gato de yeso”, de las que en nuestras tierras las hay a cientos. Como también se utilizan palabras malsonantes, eufemismos, ironía, énfasis o sobriedad en el hablar. Hay rasgos en un mensaje que dan pie para identificarlo como subjetivo, como expresiones de afectividad u odio o vocablos afectivos: “este hermoso paisaje”, “aquél malhadado día”, o esos otros que son imperativos o consejeros: “no debe olvidarse, “conviene que”. Y apuntar, por último, la obviedad de que una de las actividades en las que la subjetividad se da mucho es en el periodismo, sin dar nombres, que serían de sobra y por todos conocidos, ni meterme para nada en las distintas y evidentes razones que les llevan a ello a los profesionales de la información. Por otra parte, y como al principio apunté, está la objetividad, a la que definiremos como… ,pero esto habrá que dejarlo para posterior ocasión ya que hoy no tenemos espacio para ello. Ramón Serrano G. Febrero 2018

jueves, 25 de enero de 2018

A su tiempo

Siendo cierto que los refranes provienen de la sabiduría popular y que son unos dichos sentenciosos y agudos que se utilizan comúnmente, sin embargo, no suelen estar bien vistos por las altas esferas literarias, y no ya su abuso, sino hasta su uso. El mismo Cervantes, en su maravillosa obra, segunda parte, capítulo LXVII, pone en labios de don Quijote lo siguiente: “No más refranes Sancho, que cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento…” Pese a esto, para componer este escrito quiero apoyarme en uno de ellos (aunque luego citaré algunos más) y aun teniendo este varias versiones, como la de cada cosa a su tiempo y uvas en habiendo, o la de cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento, he elegido aquella otra que afirma que debe hacerse cada cosa a su tiempo y se debe tener un tiempo para cada cosa. Ya en uno de los libros sapienciales, el Eclesiastés 3,1-8, se puede leer que todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Pero siendo fácil su comprensión no es, sin embargo y extrañamente, corriente su aplicación. Una primera interpretación viene a decirnos la conveniencia de que se debe tener una organización de las actividades cotidianas, aconsejando la necesidad de orden y planificación en el obrar, de modo que cada tarea esté hecha a tiempo, habiéndole sido dedicado el necesario para un buen resultado y sabiendo que esto puede ser llevado a un plano más general: el de la propia vida. Así hablaremos de que es tan inconveniente hacer las cosas con excesiva rapidez y anticiparse a que sea su momento como llevarlo a cabo después de haber pasado este, ya que la premura es tan mala como la tardanza, sin atrevernos a establecer categorías. Debe tenerse siempre muy en cuenta que hay que emplear en cada actividad el tiempo que necesita, con sosiego y sin impacientarse, pues, como el arroz, puede estar duro si se retira demasiado pronto, o 'pasarse' si cuece de más. Habiendo visto en otras ocasiones que existen muchos dichos contra ellas, haremos alusión a algunos de ellos, empezando por los que se refieren a la gente que arrolla, es impetuosa y atrevida, que puede con todo y a todo se atreve. Pero hay vivencias para las que puede no estar preparada y el adelantarlas puede tener – y está demostrado que, de hecho, las tiene- , repercusiones en su ejecución y en el desarrollo posterior. Empezaremos con aquello de despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas, que dijo el eximio Antonio Machado; o aquella que mantiene que la paciencia es virtud vencedora y la impaciencia vicio del diablo, proveniente del gran Francisco de Quevedo. Y acogiéndonos a las paremias de origen popular, aunque igualmente sabias, podemos recordar que no por mucho madrugar amanece más temprano; que la esperanza deja de proporcionar felicidad cuando se llena de impaciencia; que las prisas no son nunca buenas consejeras, que pan para hoy puede ser hambre para mañana; que anda con calma que estamos apurados o aquella de vísteme despacio que tengo prisa. Parecida cantidad de expresiones podríamos traer que aludieran a llegar tarde para la ejecución de algo y aunque hay cosas que para hacerlas nunca es tarde si la dicha es buena, mientras que hay otras muchas que producen gran pesadumbre querer hacerlas cuando ya es imposible o ello no produce los mismos efectos que si se hubiese realizado en su momento. Eso que, en términos coloquiales, se suele catalogar como que se ha pasado el arroz, o sea, que se ha llegado tarde, a destiempo, para una correcta y beneficiosa actuación. La primera de ellas, y dado el merecimiento de su autor, Miguel de Cervantes, sería que en la tardanza suele estar el peligro, para seguir con aquella de a buenas horas mangas verdes, que tiene su origen en el siglo XV, cuando los cuadrilleros de la Santa Hermandad, cuerpo parecido al de la actual policía que vestían un chaleco de piel el cual dejaba a la vista las mangas verdes de sus camisas y siendo los encargados de detener y encarcelar a los malhechores, habitualmente llegaban tarde al lugar de los hechos, cuando los ladrones ya se habían ido. Y los dos últimos: el que se apura llega tarde y Dios nos guarde de la casa en que amanece tarde. Ahora, espacio y tiempo me impiden seguir con este escrito pese a ser sabedor de que no he podido hablar de lo también enunciado al comienzo, aquello de lo conveniente que es tener dedicado un tiempo para cada cosa, así que habré de dejarlo para una posterior ocasión. Ramón Serrano G. Enero 2018