martes, 13 de marzo de 2018
La soledad
Para A. Núñez, en recuerdo a los comentarios sobre este tema.
En la vida de los hombres hay profusión de situaciones, unas que son consideradas por todos, y siempre, del mismo modo, mientras que otras
pueden serlo de la más diversa forma debido a las circunstancias externas o a la manera de ser de cada uno. Entre ellas se encuentra la carencia de compañía, ya fuere deseada o involuntaria, ya que la ausencia, la muerte o la pérdida de alguien o de algo suelen producir siempre pesar y melancolía. Es obvio que me estoy refiriendo a la soledad, aunque después veremos de ampliar estos sentimientos.
Quiero reiterar, aunque nada hay absoluto en este mundo en el que nos ha tocado vivir, que hay circunstancias y coyunturas que suelen ser admitidas por la inmensa mayoría de igual manera: un premio o la consecución de algo de verdadera importancia siempre se recibe con euforia y exaltación, mientras que la privación de algo querido causa dolor y pesadumbre. Pero hay tesituras en las que cada quien se comporta de una determinada manera. Algo así como los gustos, que cada uno tenemos el nuestro. Y entre esos estados que provocan tan diferentes comportamientos se halla la soledad, que en principio parece denostada y no querida por muchos, siendo, sin embargo, anhelada por otros.
Para luego comentarla, quiero traer a colación lo que de ella dijeran tanto el pueblo llano como algún prohombre, y que nos han de ayudar a comprenderla mejor; son frases para ir observando los muchos encuadres que hay de ver la soledad. Se dice que muchos huyen de ella porque no saben encontrar compañía consigo mismos; un moralista francés manifestó que la soledad es al espíritu lo que la dieta al cuerpo; hay un dicho que afirma que es conveniente estar sólo cuando se busca una mano y se encuentra un puño; hay quien piensa que, generalmente, se rehúye la soledad porque son muy pocos los que encuentran compañía consigo mismos; que el hombre está hecho para la soledad, que solo viene al mundo y solo se va de él; que la soledad es la nodriza de la sabiduría; una copla gitana que dice: soy amigo del silencio, me gusta la soledad…, o aquél muy sentido manifiesto de Bécquer que afirma que la soledad es muy hermosa cuando se tiene a alguien a quien decírselo.
Todos estos son enjuiciamientos ajenos que están muy bien, mas no siempre se identifican con los propios. Quiero, entonces, expresar mi pobre opinión sobre ella, admitiendo, sería una idiotez no hacerlo, las opiniones ajenas y lo que la soledad puede significar para cada uno. Porque esta situación, repito, es acogedora de muchos criterios y suponer algo muy significativo para unos y todo lo contrario para otros. Antes de comentarlo quiero decir que he tenido mis dudas sobre el orden en el que expresar mis opiniones, ya que muchas veces lo que decimos es bueno o malo según el orden en el que lo hacemos, aun utilizando las mismas palabras. Un ejemplo: - Anoche cenamos en Casa X, muy bien, pero muy caro. O decimos:- Anoche cenamos en Casa X, muy caro, pero muy bien. Como se ve, con idénticas palabras, expresiones con significados opuestos.
Dejando aparte esta observación hecha con el deseo de indicar que se debe tener mucho cuidado al dar nuestra opinión sobre algo y tomando el tema que nos ocupa, diré en primer lugar que ella, la soledad, es muy útil para aquellos quienes desean la tranquilidad y el recogimiento; auxiliadora, pues ayuda a cicatrizar las heridas del corazón y del alma; que dispone de un gran espacio para la creatividad; que, a su vez, es muy relajante; que nos permite pensar y descubrirnos a nosotros mismos. Por todo ello, vemos que puede ser buena para muchas cosas, hasta útil, ya que nos llevará, si la sabemos asimilar, a desarrollar ciertas aptitudes que, a veces, parecen dormidas, quizás porque todo conseguimiento lleva siempre su contraprestación.
Hablando ahora del lado negativo del aislamiento, diremos, en primer lugar, que puesto que una de las principales características del ser humano es la sociabilidad, siempre se agrava muchísimo cuando es forzada pues, al no existir ni el apoyo ni la ayuda ajena, se suelen eliminar la ilusión y la esperanza, la fe y las ganas de vivir, viéndose favorecidos el rencor y el resentimiento. Pero la peor de todas, y con mucho, es mala, malísima, cuando la soledad se siente estando entre las gentes.
¿Qué decir entonces de la soledad? Pues como tantas otras situaciones es buena o mala según nosotros sepamos sobrellevarla para sufrir o disfrutar de ella. No es agradable carecer de alguien a quien pedir una necesaria ayuda, pero es muy útil tener la posibilidad de reencontrarse con nosotros mismos y alcanzar la solución de problemas sin la intervención ajena. Es hermosísimo saber que a tu alrededor hay personas en las que puedes confiar ciegamente y que estarán siempre cerca de ti para ayudarte, como también lo es saber que eres capaz de salir de las más intrincadas tesituras por ti mismo. Que rodeado de los demás se puede aprender lo indecible, pero que la soledad enseña tanto como la mejor compañía. Que te encontrarás solo si únicamente te ves acompañado por el sufrir, pero no lo estrás si tienes en tu mente pensamientos nobles.
Vaya por último aquello que dijera mi admiradísimo Antonio Machado, aun cuando, pienso yo, que él se refería a la soledad en el amor: Poned atención, un corazón solitario no es un corazón.
Ramón Serrano G.
Marzo 2018
viernes, 23 de febrero de 2018
Subjetiva - objetiva. (y 2)
Habiendo hablado en el número anterior de la subjetividad, trataré de hacerlo hoy de su antónima, la objetividad, concepto este que para mí y para muchos otros tiene un muy superior valor sobre aquel, y, pese a ello, es utilizado muchísimo menos, tanto por el hombre de la calle como por los medios sociales, en todas y cada una de sus categorías. Repetiré que, según el Diccionario de la Lengua Española, objetividad es el concepto desapasionado, desinteresado, que se tiene de algo o de alguien, perteneciente o relativo al objeto o al suceso en sí mismo, y con absoluta independencia de la propia manera de pensar o de sentir del sujeto que la ejerce.
Y abundando en su descripción, ya que siendo un concepto importantísimo no suele utilizarse como se debiera, diré que es el sentir sobre algo con una falta de sesgo o prejuicio, y de tal modo, que hace que sea posiblemente el trabajo más difícil para un juez. Es aquello que nos hace ver las cosas tal como son en realidad y no como nos agradaría que fuesen, por lo que, aplicándola, podremos ver la verdadera luz de un problema y con ello encontrar las soluciones correctas.
Para su mejor comprensión citaremos sus sinónimos que son ecuanimidad, imparcialidad, neutralidad, equilibrio, realidad, con lo que los antónimos quedan así prácticamente expuestos.
Diremos además, aunque muy de pasada, que se le puede dar un sentido ontológico, epistémico o ético. El primero la caracteriza como aquello que es propio de un objeto, o sea, lo que lo constituye, lo que se considera real antes que nada, algo invariante. El segundo es el índice de confianza o de calidad que se tiene, o tenemos, del objeto o concepto en cuestión. Y por último, al hablar de lo ético, nos estaremos refiriendo al distanciamiento del sujeto de él mismo en aras de acercarse al objeto, optando por la concepción de la idea de que la objetividad y la subjetividad se excluyen mutuamente.
Sobre ella han escrito mucho y bien autores de gran valía. Veamos algunas de ellas:
-“El valor cognoscitivo de una teoría nada tiene que ver con su influencia psicológica sobre las mentes humanas. Creencias, convicciones, comprensiones... son estados de la mente humana. Pero el valor científico y objetivo de una teoría es independiente de la mente humana que la crea o la comprende”, afirmaba Imre Lakatos, filósofo húngaro judío.
-“Las palabras se doblan en nuestro pensamiento a los caminos infinitos del auto engaño, y el hecho de que pasamos la mayor parte de nuestras vidas mentales en mansiones cerebrales construidas de palabras significa que nos falta la objetividad necesaria para ver la terrible distorsión de la realidad que aporta el lenguaje” dijo Dan Simons, un gran psicólogo estadounidense, aunque es más conocido por sus trabajos sobre la ceguera del cambio y la ceguera desatencional, dos sorprendentes ejemplos de cómo la gente puede desconocer la información justo delante de sus ojos.
- “La realidad existe como un absoluto objetivo: los hechos son los hechos, independientemente de los sentimientos, deseos, esperanzas o miedos de los hombres”, afirmaba Ayn Rand, la gran escritora y filósofa estadounidense.
Por otra parte, San Juan de la Cruz bendecía a quienes dejando aparte sus gustos e inclinaciones miraban las cosas en razón y en justicia para hacerlas correcta y debidamente. - “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros” dijo Immanuel Kant, el gran filósofo prusiano. Y todo esto puede, y viene a quedar resumido, en un proverbio alemán que dice que los ojos se fían de ellos mismos, mientras que los oídos se fían de los demás.
He querido así, con esta sucinta exposición, recordar cómo la forma más común de actuar entre los seres humanos está, habitualmente, muy lejos de ser objetiva. Las opiniones se basan más en los sentimientos que en el análisis desde todos los puntos de vista, y a ello suele llevar el engreimiento de pensar que somos omnisapientes o la desilusión por no haber acertado plenamente en la elección de la pareja, el trabajo o el lugar de residencia. Es sabido que hay una tendencia natural a querer llevar siempre la razón, sin querer ver la posibilidad de nuestro error.
Deberíamos ser siempre objetivos, y para esto no permitir que las circunstancias nublen la visión del hecho que hay que resolver; pedir consejo a los demás, sabiendo y queriendo escucharlo; evitar cualquier tipo de apasionamiento; centrase en los hechos y no en las personas, que se pierde la objetividad cuando se dice: “Siempre haces lo mismo, eres igual que tu padre”; basarse en lo ocurrido sin calificar al sujeto; no precipitarse para emitir juicios.
Y hasta aquí estas opiniones sobre el tema, manifestando que al desarrollarlas y exponerlas he intentado, a toda costa, fuesen lo más objetivas posibles.
Ramón Serrano G.
Febrero 2018
Subjetiva - objetiva .. (1)
Tratando de complementar uno de mis escritos anteriores en el que intentaba analizar los juicios emitidos por las personas, acudo hoy con este otro en el que procuro hablar de la esencia de las cosas y nuestra percepción de ellas. Así, me pregunto cómo puede haber tanto iluso que piense que ellas son simple y sencillamente del modo que las vemos, o en el que él las ve. Y como sé que hay alguien así, le animo a que deseche esa idea y observe que todo, absolutamente todo lo que existe en este mundo, no tiene un valor simplista sino que está formado, tanto intrínseca como aleatoriamente, por unas condiciones cuya apreciación es observada de una formar dispar por unos o por otros.
Por tanto, vengo a hablar ahora de la subjetividad, o sea, aquello perteneciente o relativo al modo de pensar o de sentir del sujeto, y no sobre el objeto en sí mismo; su postura, sin tener en cuenta lo exterior; un modo y manera de razonar y concebir, propia del mismo, para referirme después, y también, a la objetividad, es decir, lo perteneciente o relativo al objeto en sí mismo con independencia de la manera en que es observado desde fuera, aunque esto lo dejaremos para después Y vengo a referirme a ambas reconociendo la importancia de aquella y esta, y sin querer tomar postura, ni decantarme por una u otra alternativa -¿quién soy yo para hacerlo- y además a pocos les importaría.
Principalmente se puede decir que la subjetividad se basa en la experiencia que el individuo tiene de un hecho en cuestión, de acuerdo a su percepción particular y que está determinada por lo ya vivido. Vista desde un punto técnico diremos que utiliza constantemente un léxico eminentemente valorativo, un uso principal de modalidades oracionales, muchos recursos expresivos y también, y por supuesto, una gran utilización de los signos de puntuación, para terminar hablando de que se basa fundamentalmente en la experiencia del sujeto que emite el juicio, hasta tal punto, que un mismo suceso vivido por personas diferentes adquiere valores únicos en cada caso.
De su esencia y existencia, y como una y primera clara muestra de lo que son, nos valdrían estas dos expresiones que vemos a diario en los medios sociales. Subjetiva: “La banda “Perenganito” ofrecerá una de sus magníficas y extraordinarias actuaciones el próximo día 9”, y objetiva: “La banda ‘Perenganito’ actuará en ‘Villaturria’ el próximo día 9”. O estas que son también muy utilizadas: el imparable equipo archiquero humilló a su oponente con un juego de gran nivel, por un lado, mientras que por el otro se diría: Archiqueria 5 – Coblata 0.
También, y para una somera clarificación, diremos como ejemplo que el perfume, o sea, esa sustancia que utiliza X para oler bien, a Y le resulta cansina en extremo; que mientras a W le place quedarse en la cama, la tv o la lectura, Z prefiere madrugar y dar una larga caminata. Y así podríamos extendernos a la gravedad de las enfermedades, a la residencia en la ciudad o en el pueblo, a las excelencias de la carne o el pescado, etc., etc. Pero a todos y cada uno de los razonamientos acompañará, salvo a la del diccionario, el toque individual que por experiencia o referencias oídas o leídas, tiene y exterioriza el sujeto que las analiza. Algo parecido a aquello de hablar de la feria según le va en ella, independientemente de la calidad del evento o de la cosa.
La subjetividad, que como dije se basa en la opinión que el individuo tiene de algo, está además fundamentada en sus propios intereses. Es decir, la crea la experiencia que exterioriza la particular percepción de lo vivido, o los resultados que espera alcanzar en un futuro más o menos próximo.
Quiero además hacer hincapié diciendo que se observa que uno de los principales fundamentos de ella se encuentra en el lenguaje, que siendo la mayoría de las veces exclamativo, luego puede ser desiderativo, ponderativo dubitativo. De ese modo se acude a recursos como la redundancia: “lo vi con mis propios ojos”, o a hipérboles comparativas: “ve menos que un gato de yeso”, de las que en nuestras tierras las hay a cientos. Como también se utilizan palabras malsonantes, eufemismos, ironía, énfasis o sobriedad en el hablar.
Hay rasgos en un mensaje que dan pie para identificarlo como subjetivo, como expresiones de afectividad u odio o vocablos afectivos: “este hermoso paisaje”, “aquél malhadado día”, o esos otros que son imperativos o consejeros: “no debe olvidarse, “conviene que”. Y apuntar, por último, la obviedad de que una de las actividades en las que la subjetividad se da mucho es en el periodismo, sin dar nombres, que serían de sobra y por todos conocidos, ni meterme para nada en las distintas y evidentes razones que les llevan a ello a los profesionales de la información.
Por otra parte, y como al principio apunté, está la objetividad, a la que definiremos como… ,pero esto habrá que dejarlo para posterior ocasión ya que hoy no tenemos espacio para ello.
Ramón Serrano G.
Febrero 2018
jueves, 25 de enero de 2018
A su tiempo
Siendo cierto que los refranes provienen de la sabiduría popular y que son unos dichos sentenciosos y agudos que se utilizan comúnmente, sin embargo, no suelen estar bien vistos por las altas esferas literarias, y no ya su abuso, sino hasta su uso. El mismo Cervantes, en su maravillosa obra, segunda parte, capítulo LXVII, pone en labios de don Quijote lo siguiente: “No más refranes Sancho, que cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento…”
Pese a esto, para componer este escrito quiero apoyarme en uno de ellos (aunque luego citaré algunos más) y aun teniendo este varias versiones, como la de cada cosa a su tiempo y uvas en habiendo, o la de cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento, he elegido aquella otra que afirma que debe hacerse cada cosa a su tiempo y se debe tener un tiempo para cada cosa. Ya en uno de los libros sapienciales, el Eclesiastés 3,1-8, se puede leer que todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
Pero siendo fácil su comprensión no es, sin embargo y extrañamente, corriente su aplicación. Una primera interpretación viene a decirnos la conveniencia de que se debe tener una organización de las actividades cotidianas, aconsejando la necesidad de orden y planificación en el obrar, de modo que cada tarea esté hecha a tiempo, habiéndole sido dedicado el necesario para un buen resultado y sabiendo que esto puede ser llevado a un plano más general: el de la propia vida.
Así hablaremos de que es tan inconveniente hacer las cosas con excesiva rapidez y anticiparse a que sea su momento como llevarlo a cabo después de haber pasado este, ya que la premura es tan mala como la tardanza, sin atrevernos a establecer categorías. Debe tenerse siempre muy en cuenta que hay que emplear en cada actividad el tiempo que necesita, con sosiego y sin impacientarse, pues, como el arroz, puede estar duro si se retira demasiado pronto, o 'pasarse' si cuece de más.
Habiendo visto en otras ocasiones que existen muchos dichos contra ellas, haremos alusión a algunos de ellos, empezando por los que se refieren a la gente que arrolla, es impetuosa y atrevida, que puede con todo y a todo se atreve. Pero hay vivencias para las que puede no estar preparada y el adelantarlas puede tener – y está demostrado que, de hecho, las tiene- , repercusiones en su ejecución y en el desarrollo posterior.
Empezaremos con aquello de despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas, que dijo el eximio Antonio Machado; o aquella que mantiene que la paciencia es virtud vencedora y la impaciencia vicio del diablo, proveniente del gran Francisco de Quevedo.
Y acogiéndonos a las paremias de origen popular, aunque igualmente sabias, podemos recordar que no por mucho madrugar amanece más temprano; que la esperanza deja de proporcionar felicidad cuando se llena de impaciencia; que las prisas no son nunca buenas consejeras, que pan para hoy puede ser hambre para mañana; que anda con calma que estamos apurados o aquella de vísteme despacio que tengo prisa.
Parecida cantidad de expresiones podríamos traer que aludieran a llegar tarde para la ejecución de algo y aunque hay cosas que para hacerlas nunca es tarde si la dicha es buena, mientras que hay otras muchas que producen gran pesadumbre querer hacerlas cuando ya es imposible o ello no produce los mismos efectos que si se hubiese realizado en su momento. Eso que, en términos coloquiales, se suele catalogar como que se ha pasado el arroz, o sea, que se ha llegado tarde, a destiempo, para una correcta y beneficiosa actuación.
La primera de ellas, y dado el merecimiento de su autor, Miguel de Cervantes, sería que en la tardanza suele estar el peligro, para seguir con aquella de a buenas horas mangas verdes, que tiene su origen en el siglo XV, cuando los cuadrilleros de la Santa Hermandad, cuerpo parecido al de la actual policía que vestían un chaleco de piel el cual dejaba a la vista las mangas verdes de sus camisas y siendo los encargados de detener y encarcelar a los malhechores, habitualmente llegaban tarde al lugar de los hechos, cuando los ladrones ya se habían ido. Y los dos últimos: el que se apura llega tarde y Dios nos guarde de la casa en que amanece tarde.
Ahora, espacio y tiempo me impiden seguir con este escrito pese a ser sabedor de que no he podido hablar de lo también enunciado al comienzo, aquello de lo conveniente que es tener dedicado un tiempo para cada cosa, así que habré de dejarlo para una posterior ocasión.
Ramón Serrano G.
Enero 2018
jueves, 11 de enero de 2018
Denigrar, hablar
Pienso, y siento creer que no lo hago equivocadamente, que uno de los actos que más le cuesta llevar a cabo al ser humano es el de ponderar a los demás, tanto por sus dichos como por sus obras, mientras que para vejar, difamar y sacar a “relucir” pifias, descuidos o faltas de auténtica envergadura y, en bastantes ocasiones para inventar o falsearlas, se está dispuesto las más de las veces, y haciéndolo además con plétora. Por supuesto, antes de comenzar, quiero aclarar que voy a aludir a esta actitud, cuando se ejecuta a modo particular y fuera de cualquier acto, lugar, o entorno oficial.
Veamos pues la situación a la que quiero referirme y que no es otra que una de las muchas conversaciones, en las que se saca a colación algún sucedido, añoso o reciente, y del que, a uno o a varios de los tertulianos, importa más el modo de proceder de los agentes que intervinieron en el lance en cuestión, que la causa o manera en la que este se desarrolló. Paradójicamente ello apenas interesa, por lo que entonces uno o varios de estos se lanzan a poner a aquellos como hoja de perejil.
Si se analiza este proceder, se da de inmediato con varias de sus causas, aunque casi todas ellas parezcan incomprensibles. La mayoría se asienta en experiencias personales y suelen estar condicionadas, por lo que un hecho ha afectado a quienes los emiten, razón por la que su corazón se enciende y su cabeza actúa con el ritmo que aquél le marca. O dicho de otra forma, son juicios en los que se antepone la subjetividad, y no porque el agente no sea buen observador de la realidad, aunque excepciones haylas y tanto en forma como en fondo, sino por motivos bien distintos. Que son:
-Autosuficiencia, puesto que se piensa que la verdad es la que él ha observado, sin conceder visos de probabilidad a que no sea así.
-Infravaloración del daño que se puede llegar a causar su proceder, sin recordar que es muchísimo más fácil derribar que reconstruir, o que una mancha se hace en un instante, mientras que limpiarla cuesta un gran trabajo y casi nunca vuelven a quedar las cosas como estaban.
-Limitación en el juicio, pues se reduce a valorar si uno o varios hechos son negativos, mientras que para reconocer un mérito tiene que hallar muchas razones. Y aún así.
Entonces ¿qué razones hay para que haya quien, una y otra vez, se comporte de ese modo? Vendría aquí bien aplicar aquella conocida locución latina, muy esclarecedora, para dar con el porqué del proceder de algunos humanos: -¿Cui prodest?, es decir, a quién beneficia, con lo que las causas más comunes por las que se obra así aunque, a mi entender, no está entre ellas un afán educativo para que alguien conozca más de alguien, lo cual estaría bien si
en los asertos hubiese tanto críticas como alabanzas. Mas al no ser así, las razones que conllevan a esta conducta son:
- Ante todo un prioritario deseo de denigrar a alguien más que de narrar un determinado sucedido, y hacerlo con manifiesta parcialidad, e incluso con tozudez, ya que nunca se procura hallar lo que pudiese haber de bueno en la acción comentada, y algo correcto habría.
- Ansia exorbitada de triunfo propio, enfatizando intentar demostrar la veracidad de sus afirmaciones, pero con razones tan fútiles, tan peregrinas, como afirmar que han vivido vecinos varios años, o que eso no es una mentira, que estaría bueno que lo fuese. Y pormenorizando los hechos para dar una mayor credibilidad a lo que exponen, lo que, en el fondo, resta envergadura a sus asertos, pues sabido es que “excusatio non petita, accusatio manifesta”.
- Querer ser poseedor casi en exclusiva y, desde luego de manera más vasta, del conocimiento sobre algo que se considera interesante, aunque en verdad tan sólo sea un episodio deleznable, lo que a la larga viene a ser demostrador de la tenencia de una manera de ser poco encomiable.
- No pensar, ni por asomo, que, en cualquier, caso se podría contar lo sucedido, incluso con muchos detalles y bastante prosopopeya, pero no desvelar el nombre del protagonista, puesto que con ello la historia no gana nada, sin tener en cuenta, como ya dijera Epícteto, que para sentenciar se debe olvidar a los litigantes y acordarse sólo de la causa.
- No valorar ni haber en cuenta que condenar entristece y enaltecer alegra, que a un humano que sea eso, humano, buena persona, y no rijoso o con exagerado puntillo, un panegírico le deja mejor sabor de boca que una reprobación prolija y ante todo innecesaria.
Y para terminar, y tras un ligero inciso apuntando que sería una buena postura a adoptar por parte de los escuchantes, el vestirse de piedra ante esas palabras y hacer caso omiso a quien así obra, que aunque estos no parece, o no quieren que parezca, darse cuenta de ello, a la larga todo el mundo se da cuenta y se cansa de injuriar a una piedra y de predicar en el desierto.
Como final, la conveniencia de recordar que, sobre la posibilidad de hablar mal de alguien por motivos estrictamente personales, hay una ley no escrita que debería ser de obligado cumplimiento, y que si todos la observásemos mejor nos iría.
Ramón Serrano G.
Enero 2018
sábado, 16 de diciembre de 2017
Antes o después
No he sabido nunca qué se debe hacer ante el disfrute, el consumo o el uso de algo, siempre, claro está, que esto no sea de una importancia trascendente, tanto para bien como para mal, o la acción o la pasividad puedan ser seguros acarreadores de problemas. Por lo que también afirmo ignorar si se debe elegir para la actuación primero lo que nos parece que es mejor, o más rico, o más bello, dejando para posterior ocasión lo que tiene menos cualidades o, por el contrario, es preferible reservar para el final aquello, dando fin de esto al comienzo. En un principio parece ser lo lógico que el hombre, sin caer en el hedonismo, trate de encontrar un cierto placer en cualquiera de sus actividades, sean estas del tipo que sean, pero también lo es que quiera hacer lo mejor para sus intereses, ya físicos o anímicos.
Entonces, lo que se me plantea es la duda de cuál debe ser el comportamiento adecuado y, no sólo, que este sea correcto y aconsejable a más de deleitoso. Valgan como ejemplos algunos casos que pueden conllevar estas situaciones: si en la visita turística a un lugar es preferible contemplar a primera hora lo que creemos o. sabemos, que es de mayor atractivo, o posponer su disfrute para después; si en la lectura o audiencia de las noticas que recibimos hay que enterarse antes de las malas o de las buenas; la elección de qué parte del coto es por la que se debe comenzar a cazar, o si en el consumo de algún alimento debe tenerse como primordial lo de más “calidad” o apariencia, en vez de aquello que podría llamarse menos apetitoso o de inferior categoría. Un ejemplo más concreto que nos lleva a una situación cuando menos curiosa: un individuo se está dando “el gozo” de tomarse unas gambas y cuando ya sólo le quedan en el plato dos, una mediana y otra grande y hermosa, ¿cuál de ellas ha de comerse primero?
¿A quién no le ha ocurrido esto o algo parecido? Sé la anécdota de un buen señor, del que tengo muy agradable recuerdo y padre, además, de un gran amigo, quien en cierta ocasión, al ver en un bar a un conocido tomándose una cigala en la barra, y que este, habiendo ya chupado la cabeza, estaba dando cuenta de las patas, con lo cual había preferido dejar para el final la ingesta de la cola del crustáceo y la tenía reservada en un plato, por lo que le dijo:- Creo que haces mal, porque si ahora por cualquier motivo, como que te sientas indispuesto, que accidentalmente se caiga, o que llegue un “gracioso” la coja y se la coma, te habrás perdido lo mejor.
Sin tratar de magnificar este dilema diré que parece ser más prosaico, aunque más práctico, aquello de elegir en primer lugar lo mejor y al hacer lo contrario se lo podría calificar como idealista; que lo uno es ir a lo seguro, mientras que esto otro es incierto pero más ilusionante, como algo embriagador de sueños y anhelos.
Tratando de aclarar esta duda he buscado bastante por ver si encontraba opiniones o razonamientos que me sacaran de ella, pero sólo he dado con unos dichos populares sobre estas dos actitudes que nos ocupan. Uno de ellos hace referencia al problema al aconsejarnos que los malos tragos es mejor pasarlos cuanto antes, o pronto, lo que lleva implícito, no tanto que hay que tener decisión y firmeza ante las situaciones difíciles sino también el aviso, por la duda, de que no habremos luego la fuerza que ahora se tiene, aunque me da la impresión de que no es este el caso a lo que ello hace referencia.
Pienso que, y aunque esto sea enfocarlo desde un prisma más trivial, al tomar esta postura se lleva a la práctica que lo comido es lo seguro, que lo ya conseguido no se puede perder, ya que después quién sabe lo que pueda ocurrir. Aquello de llevar a hacer realidad lo de que me quiten lo “bailao”, yo voy a pasarlo bien y a disfrutar de la vida, que luego ya veremos. Y cabe incluir aquí, aunque ello puede que sea lo menos habitual, al egoísta que ve que él tiene ahora ante sí lo más sustancioso mientras que al de enfrente sólo le queda lo de mayor dificultad o lo de menos valía.
Por otro lado, con la otra postura se demuestra haber una gran esperanza de que se ha de llegar, así como el deseo de que quede en nosotros un buen recuerdo del trance, lo cual tampoco es del todo exacto, porque en muchas ocasiones se mantiene en la memoria tanto lo bueno como lo malo, aunque también, y al decir de muchos, lo último que se hace es lo primero que se olvida. Pero lo que sí parece enormemente cierto es que al final se hallará la dicha, y que tiene una gran similitud con la vida: hay que trabajar duramente, pasar los tragos peores en primer lugar, ya que después vendrá la recompensa y se disfrutará de las mieles. Y así en todas las facetas de la existencia: cultura, trabajo, amor, familia, etc.
Ante las dos posturas, la del que prefiere la certeza del hoy a la inseguridad del luego, y la de quien opta por lo peor y mantiene la esperanza de un después enormemente agradable, no soy capaz de emitir un juicio valorativo -o prefiero no hacerlo-, y pienso que todo va en gustos. Y siendo así, ¿alguien podría decirme razonadamente qué es mejor hacer primero en ciertas ocasiones?
Ramón Serrano G.
Noviembre 2017
La capacidad
Sabiendo que muchas palabras tienen distintas acepciones, a veces, hay que tener mucho cuidado al utilizarlas, o mejor dicho, dejar muy claro a cuál de ellas nos queremos referir cuando las empleamos. Nuestro idioma acoge una gran cantidad de términos, cada uno de los cuales posee muchos o varios sinónimos, lo cual lo enriquece y mucho, pero ello conlleva la tremenda dificultad de saber elegir el más adecuado en el adecuado momento.
Dicho esto, vayamos al vocablo sobre el que quiero escribir ahora y que no es otro que capacidad. Éste, según el D.R.A.E., significa en primer lugar cualidad de capaz, y éste, a su vez, posee varios significados entre los que se encuentran: que tiene ámbito o espacio suficiente para contener otra cosa; que es grande o espacioso; con talento o cualidades para algo; que puede realizar expresamente una determinada acción y otras varias que no voy a relacionar puesto que es a la última, a la que alguien puede llevar algo a cabo, a la que quiero referirme.
A esta circunstancia quiero añadir otra que desde hace mucho tiempo se ha impuesto en el comportamiento, en la manera de proceder, de la sociedad actual. Hoy en día, al ser humano no le basta, no está conforme con realizar una determinada obra, sino que además, esta debe ser la de mayor tamaño, la que se ha ejecutado con la mayor rapidez, etc., etc. Hoy, que una producción consiga incluirse en el libro Guinness, suele ser lo que más importa tanto al autor como a la sociedad. Así pues, adelanto que vengo a proclamar las inmensas cualidades de una cosa en concreto y su aventajamiento con todas otras con las que podríamos compararla.
Creo sinceramente que he cortado mucha besana en este trabajo, pero como igualmente pienso que contiene la mayor verdad que he dicho desde que llevo escribiendo estos mis pobres artículos, voy a atreverme con él, a sabiendas, repito, de ser conocedor de sus muchas y grandes dificultades, y haciendo constar que los logros y consecuciones a los que voy a referirme son siempre en el ámbito espiritual y nunca en el material.
Para empezar diré, como ya lo he hecho en varias ocasiones, que el hombre es hedonista por naturaleza y esta actitud vital es plausible siempre y cuando tenga como fin que el conseguir sus deseos no conlleve perjuicio o deterioro para otras personas, sean estos del tipo que sean. Para mí el epicureísmo es bueno, muy bueno, en tanto en cuanto se aspire con él al bienestar de la mente que no tanto al del cuerpo.
Voy así a dar una escogida relación de situaciones con las que, al ejercitarlas, se suele alcanzar la felicidad, eso sí, en un mayor o menor grado dependiendo de las características de cada persona, porque todas aquellas coyunturas cuentan entre sus propiedades la de proporcionar al ser humano una dicha inmensa y auténtica. Pienso que estaremos de acuerdo en que la lectura de un buen libro, la contemplación de un cuadro, la asistencia a un espectáculo teatral o musical, y podría enumerar otras varias, tienen la capacidad de hacernos dichosos en un gran modo.
La consecución de una titulación o de un negocio con el que podamos ganarnos la vida honrada y noblemente conlleva la ventaja de concedernos una gran dicha tras la satisfacción de haber sabido cumplir con el deber propuesto, la comprobación de que se tiene validez para llegar a una meta que no todo el mundo consigue alcanzar.
También tiene la eficacia necesaria para hacernos felices el llenarnos de las siguientes virtudes, y hacer constantemente profesión de fe de todas ellas: integridad, con lo que los demás confiarán en nosotros; honestidad, que se alcanza con el cumplimiento de las obligaciones, según dijera Cicerón; humildad, como la de Moisés, quien no dejó que el poder se le subiera a la cabeza; generosidad, ayudar a los demás, pues quien lo hace, según Tolstoi, se está ayudando a sí mismo; aprovechar el tiempo, llevar a cabo el carpe diem del que nos hablase Horacio.
Y para finalizar, traeré a colación dos actitudes que son, a mi juicio, las más importantes y que nos otorgarán los mayores beneficios y satisfacciones. La primera es aprender, seguir aprendiendo sin dejarlo día tras día, pues, aunque mucho sepamos, es muchísimo más lo que desconocemos. Mahatma Gandhi afirmaba que hay que seguir aprendiendo como si fuéramos a vivir para siempre. La segunda es que debemos conseguir tener amigos, pero amigos de verdad no simples conocidos, y rodearnos de ellos y con ellos convivir a todas horas, y de ellos aprender y beneficiarnos de su generosa naturaleza. Aristóteles dijo de la amistad que es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas.
Y hasta aquí una relación de actitudes y comportamientos que son aptos para realizar la acción de otorgarnos la felicidad con total seguridad. Pero ninguno de ellos tiene ni el 50 % de la capacidad que sí posee lo que sigue para conceder, a quien es capaz de lograrlo, la mayor alacridad que imaginarse pueda. Porque sí que hay algo que le proporciona a un hombre la mayor ventura, una dicha indescriptible, una satisfacción totalmente insuperable que todo lo anterior, y ello es lograr que una determinada mujer lo mire de una determinada manera en un determinado momento. ¿Qué capacidad tendrán los ojos de algunas mujeres?
Ramón Serrano G.
Diciembre 2017
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