jueves, 25 de enero de 2018

A su tiempo

Siendo cierto que los refranes provienen de la sabiduría popular y que son unos dichos sentenciosos y agudos que se utilizan comúnmente, sin embargo, no suelen estar bien vistos por las altas esferas literarias, y no ya su abuso, sino hasta su uso. El mismo Cervantes, en su maravillosa obra, segunda parte, capítulo LXVII, pone en labios de don Quijote lo siguiente: “No más refranes Sancho, que cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento…” Pese a esto, para componer este escrito quiero apoyarme en uno de ellos (aunque luego citaré algunos más) y aun teniendo este varias versiones, como la de cada cosa a su tiempo y uvas en habiendo, o la de cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento, he elegido aquella otra que afirma que debe hacerse cada cosa a su tiempo y se debe tener un tiempo para cada cosa. Ya en uno de los libros sapienciales, el Eclesiastés 3,1-8, se puede leer que todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Pero siendo fácil su comprensión no es, sin embargo y extrañamente, corriente su aplicación. Una primera interpretación viene a decirnos la conveniencia de que se debe tener una organización de las actividades cotidianas, aconsejando la necesidad de orden y planificación en el obrar, de modo que cada tarea esté hecha a tiempo, habiéndole sido dedicado el necesario para un buen resultado y sabiendo que esto puede ser llevado a un plano más general: el de la propia vida. Así hablaremos de que es tan inconveniente hacer las cosas con excesiva rapidez y anticiparse a que sea su momento como llevarlo a cabo después de haber pasado este, ya que la premura es tan mala como la tardanza, sin atrevernos a establecer categorías. Debe tenerse siempre muy en cuenta que hay que emplear en cada actividad el tiempo que necesita, con sosiego y sin impacientarse, pues, como el arroz, puede estar duro si se retira demasiado pronto, o 'pasarse' si cuece de más. Habiendo visto en otras ocasiones que existen muchos dichos contra ellas, haremos alusión a algunos de ellos, empezando por los que se refieren a la gente que arrolla, es impetuosa y atrevida, que puede con todo y a todo se atreve. Pero hay vivencias para las que puede no estar preparada y el adelantarlas puede tener – y está demostrado que, de hecho, las tiene- , repercusiones en su ejecución y en el desarrollo posterior. Empezaremos con aquello de despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas, que dijo el eximio Antonio Machado; o aquella que mantiene que la paciencia es virtud vencedora y la impaciencia vicio del diablo, proveniente del gran Francisco de Quevedo. Y acogiéndonos a las paremias de origen popular, aunque igualmente sabias, podemos recordar que no por mucho madrugar amanece más temprano; que la esperanza deja de proporcionar felicidad cuando se llena de impaciencia; que las prisas no son nunca buenas consejeras, que pan para hoy puede ser hambre para mañana; que anda con calma que estamos apurados o aquella de vísteme despacio que tengo prisa. Parecida cantidad de expresiones podríamos traer que aludieran a llegar tarde para la ejecución de algo y aunque hay cosas que para hacerlas nunca es tarde si la dicha es buena, mientras que hay otras muchas que producen gran pesadumbre querer hacerlas cuando ya es imposible o ello no produce los mismos efectos que si se hubiese realizado en su momento. Eso que, en términos coloquiales, se suele catalogar como que se ha pasado el arroz, o sea, que se ha llegado tarde, a destiempo, para una correcta y beneficiosa actuación. La primera de ellas, y dado el merecimiento de su autor, Miguel de Cervantes, sería que en la tardanza suele estar el peligro, para seguir con aquella de a buenas horas mangas verdes, que tiene su origen en el siglo XV, cuando los cuadrilleros de la Santa Hermandad, cuerpo parecido al de la actual policía que vestían un chaleco de piel el cual dejaba a la vista las mangas verdes de sus camisas y siendo los encargados de detener y encarcelar a los malhechores, habitualmente llegaban tarde al lugar de los hechos, cuando los ladrones ya se habían ido. Y los dos últimos: el que se apura llega tarde y Dios nos guarde de la casa en que amanece tarde. Ahora, espacio y tiempo me impiden seguir con este escrito pese a ser sabedor de que no he podido hablar de lo también enunciado al comienzo, aquello de lo conveniente que es tener dedicado un tiempo para cada cosa, así que habré de dejarlo para una posterior ocasión. Ramón Serrano G. Enero 2018

jueves, 11 de enero de 2018

Denigrar, hablar

Pienso, y siento creer que no lo hago equivocadamente, que uno de los actos que más le cuesta llevar a cabo al ser humano es el de ponderar a los demás, tanto por sus dichos como por sus obras, mientras que para vejar, difamar y sacar a “relucir” pifias, descuidos o faltas de auténtica envergadura y, en bastantes ocasiones para inventar o falsearlas, se está dispuesto las más de las veces, y haciéndolo además con plétora. Por supuesto, antes de comenzar, quiero aclarar que voy a aludir a esta actitud, cuando se ejecuta a modo particular y fuera de cualquier acto, lugar, o entorno oficial. Veamos pues la situación a la que quiero referirme y que no es otra que una de las muchas conversaciones, en las que se saca a colación algún sucedido, añoso o reciente, y del que, a uno o a varios de los tertulianos, importa más el modo de proceder de los agentes que intervinieron en el lance en cuestión, que la causa o manera en la que este se desarrolló. Paradójicamente ello apenas interesa, por lo que entonces uno o varios de estos se lanzan a poner a aquellos como hoja de perejil. Si se analiza este proceder, se da de inmediato con varias de sus causas, aunque casi todas ellas parezcan incomprensibles. La mayoría se asienta en experiencias personales y suelen estar condicionadas, por lo que un hecho ha afectado a quienes los emiten, razón por la que su corazón se enciende y su cabeza actúa con el ritmo que aquél le marca. O dicho de otra forma, son juicios en los que se antepone la subjetividad, y no porque el agente no sea buen observador de la realidad, aunque excepciones haylas y tanto en forma como en fondo, sino por motivos bien distintos. Que son: -Autosuficiencia, puesto que se piensa que la verdad es la que él ha observado, sin conceder visos de probabilidad a que no sea así. -Infravaloración del daño que se puede llegar a causar su proceder, sin recordar que es muchísimo más fácil derribar que reconstruir, o que una mancha se hace en un instante, mientras que limpiarla cuesta un gran trabajo y casi nunca vuelven a quedar las cosas como estaban. -Limitación en el juicio, pues se reduce a valorar si uno o varios hechos son negativos, mientras que para reconocer un mérito tiene que hallar muchas razones. Y aún así. Entonces ¿qué razones hay para que haya quien, una y otra vez, se comporte de ese modo? Vendría aquí bien aplicar aquella conocida locución latina, muy esclarecedora, para dar con el porqué del proceder de algunos humanos: -¿Cui prodest?, es decir, a quién beneficia, con lo que las causas más comunes por las que se obra así aunque, a mi entender, no está entre ellas un afán educativo para que alguien conozca más de alguien, lo cual estaría bien si en los asertos hubiese tanto críticas como alabanzas. Mas al no ser así, las razones que conllevan a esta conducta son: - Ante todo un prioritario deseo de denigrar a alguien más que de narrar un determinado sucedido, y hacerlo con manifiesta parcialidad, e incluso con tozudez, ya que nunca se procura hallar lo que pudiese haber de bueno en la acción comentada, y algo correcto habría. - Ansia exorbitada de triunfo propio, enfatizando intentar demostrar la veracidad de sus afirmaciones, pero con razones tan fútiles, tan peregrinas, como afirmar que han vivido vecinos varios años, o que eso no es una mentira, que estaría bueno que lo fuese. Y pormenorizando los hechos para dar una mayor credibilidad a lo que exponen, lo que, en el fondo, resta envergadura a sus asertos, pues sabido es que “excusatio non petita, accusatio manifesta”. - Querer ser poseedor casi en exclusiva y, desde luego de manera más vasta, del conocimiento sobre algo que se considera interesante, aunque en verdad tan sólo sea un episodio deleznable, lo que a la larga viene a ser demostrador de la tenencia de una manera de ser poco encomiable. - No pensar, ni por asomo, que, en cualquier, caso se podría contar lo sucedido, incluso con muchos detalles y bastante prosopopeya, pero no desvelar el nombre del protagonista, puesto que con ello la historia no gana nada, sin tener en cuenta, como ya dijera Epícteto, que para sentenciar se debe olvidar a los litigantes y acordarse sólo de la causa. - No valorar ni haber en cuenta que condenar entristece y enaltecer alegra, que a un humano que sea eso, humano, buena persona, y no rijoso o con exagerado puntillo, un panegírico le deja mejor sabor de boca que una reprobación prolija y ante todo innecesaria. Y para terminar, y tras un ligero inciso apuntando que sería una buena postura a adoptar por parte de los escuchantes, el vestirse de piedra ante esas palabras y hacer caso omiso a quien así obra, que aunque estos no parece, o no quieren que parezca, darse cuenta de ello, a la larga todo el mundo se da cuenta y se cansa de injuriar a una piedra y de predicar en el desierto. Como final, la conveniencia de recordar que, sobre la posibilidad de hablar mal de alguien por motivos estrictamente personales, hay una ley no escrita que debería ser de obligado cumplimiento, y que si todos la observásemos mejor nos iría. Ramón Serrano G. Enero 2018

sábado, 16 de diciembre de 2017

Antes o después

No he sabido nunca qué se debe hacer ante el disfrute, el consumo o el uso de algo, siempre, claro está, que esto no sea de una importancia trascendente, tanto para bien como para mal, o la acción o la pasividad puedan ser seguros acarreadores de problemas. Por lo que también afirmo ignorar si se debe elegir para la actuación primero lo que nos parece que es mejor, o más rico, o más bello, dejando para posterior ocasión lo que tiene menos cualidades o, por el contrario, es preferible reservar para el final aquello, dando fin de esto al comienzo. En un principio parece ser lo lógico que el hombre, sin caer en el hedonismo, trate de encontrar un cierto placer en cualquiera de sus actividades, sean estas del tipo que sean, pero también lo es que quiera hacer lo mejor para sus intereses, ya físicos o anímicos. Entonces, lo que se me plantea es la duda de cuál debe ser el comportamiento adecuado y, no sólo, que este sea correcto y aconsejable a más de deleitoso. Valgan como ejemplos algunos casos que pueden conllevar estas situaciones: si en la visita turística a un lugar es preferible contemplar a primera hora lo que creemos o. sabemos, que es de mayor atractivo, o posponer su disfrute para después; si en la lectura o audiencia de las noticas que recibimos hay que enterarse antes de las malas o de las buenas; la elección de qué parte del coto es por la que se debe comenzar a cazar, o si en el consumo de algún alimento debe tenerse como primordial lo de más “calidad” o apariencia, en vez de aquello que podría llamarse menos apetitoso o de inferior categoría. Un ejemplo más concreto que nos lleva a una situación cuando menos curiosa: un individuo se está dando “el gozo” de tomarse unas gambas y cuando ya sólo le quedan en el plato dos, una mediana y otra grande y hermosa, ¿cuál de ellas ha de comerse primero? ¿A quién no le ha ocurrido esto o algo parecido? Sé la anécdota de un buen señor, del que tengo muy agradable recuerdo y padre, además, de un gran amigo, quien en cierta ocasión, al ver en un bar a un conocido tomándose una cigala en la barra, y que este, habiendo ya chupado la cabeza, estaba dando cuenta de las patas, con lo cual había preferido dejar para el final la ingesta de la cola del crustáceo y la tenía reservada en un plato, por lo que le dijo:- Creo que haces mal, porque si ahora por cualquier motivo, como que te sientas indispuesto, que accidentalmente se caiga, o que llegue un “gracioso” la coja y se la coma, te habrás perdido lo mejor. Sin tratar de magnificar este dilema diré que parece ser más prosaico, aunque más práctico, aquello de elegir en primer lugar lo mejor y al hacer lo contrario se lo podría calificar como idealista; que lo uno es ir a lo seguro, mientras que esto otro es incierto pero más ilusionante, como algo embriagador de sueños y anhelos. Tratando de aclarar esta duda he buscado bastante por ver si encontraba opiniones o razonamientos que me sacaran de ella, pero sólo he dado con unos dichos populares sobre estas dos actitudes que nos ocupan. Uno de ellos hace referencia al problema al aconsejarnos que los malos tragos es mejor pasarlos cuanto antes, o pronto, lo que lleva implícito, no tanto que hay que tener decisión y firmeza ante las situaciones difíciles sino también el aviso, por la duda, de que no habremos luego la fuerza que ahora se tiene, aunque me da la impresión de que no es este el caso a lo que ello hace referencia. Pienso que, y aunque esto sea enfocarlo desde un prisma más trivial, al tomar esta postura se lleva a la práctica que lo comido es lo seguro, que lo ya conseguido no se puede perder, ya que después quién sabe lo que pueda ocurrir. Aquello de llevar a hacer realidad lo de que me quiten lo “bailao”, yo voy a pasarlo bien y a disfrutar de la vida, que luego ya veremos. Y cabe incluir aquí, aunque ello puede que sea lo menos habitual, al egoísta que ve que él tiene ahora ante sí lo más sustancioso mientras que al de enfrente sólo le queda lo de mayor dificultad o lo de menos valía. Por otro lado, con la otra postura se demuestra haber una gran esperanza de que se ha de llegar, así como el deseo de que quede en nosotros un buen recuerdo del trance, lo cual tampoco es del todo exacto, porque en muchas ocasiones se mantiene en la memoria tanto lo bueno como lo malo, aunque también, y al decir de muchos, lo último que se hace es lo primero que se olvida. Pero lo que sí parece enormemente cierto es que al final se hallará la dicha, y que tiene una gran similitud con la vida: hay que trabajar duramente, pasar los tragos peores en primer lugar, ya que después vendrá la recompensa y se disfrutará de las mieles. Y así en todas las facetas de la existencia: cultura, trabajo, amor, familia, etc. Ante las dos posturas, la del que prefiere la certeza del hoy a la inseguridad del luego, y la de quien opta por lo peor y mantiene la esperanza de un después enormemente agradable, no soy capaz de emitir un juicio valorativo -o prefiero no hacerlo-, y pienso que todo va en gustos. Y siendo así, ¿alguien podría decirme razonadamente qué es mejor hacer primero en ciertas ocasiones? Ramón Serrano G. Noviembre 2017

La capacidad

Sabiendo que muchas palabras tienen distintas acepciones, a veces, hay que tener mucho cuidado al utilizarlas, o mejor dicho, dejar muy claro a cuál de ellas nos queremos referir cuando las empleamos. Nuestro idioma acoge una gran cantidad de términos, cada uno de los cuales posee muchos o varios sinónimos, lo cual lo enriquece y mucho, pero ello conlleva la tremenda dificultad de saber elegir el más adecuado en el adecuado momento. Dicho esto, vayamos al vocablo sobre el que quiero escribir ahora y que no es otro que capacidad. Éste, según el D.R.A.E., significa en primer lugar cualidad de capaz, y éste, a su vez, posee varios significados entre los que se encuentran: que tiene ámbito o espacio suficiente para contener otra cosa; que es grande o espacioso; con talento o cualidades para algo; que puede realizar expresamente una determinada acción y otras varias que no voy a relacionar puesto que es a la última, a la que alguien puede llevar algo a cabo, a la que quiero referirme. A esta circunstancia quiero añadir otra que desde hace mucho tiempo se ha impuesto en el comportamiento, en la manera de proceder, de la sociedad actual. Hoy en día, al ser humano no le basta, no está conforme con realizar una determinada obra, sino que además, esta debe ser la de mayor tamaño, la que se ha ejecutado con la mayor rapidez, etc., etc. Hoy, que una producción consiga incluirse en el libro Guinness, suele ser lo que más importa tanto al autor como a la sociedad. Así pues, adelanto que vengo a proclamar las inmensas cualidades de una cosa en concreto y su aventajamiento con todas otras con las que podríamos compararla. Creo sinceramente que he cortado mucha besana en este trabajo, pero como igualmente pienso que contiene la mayor verdad que he dicho desde que llevo escribiendo estos mis pobres artículos, voy a atreverme con él, a sabiendas, repito, de ser conocedor de sus muchas y grandes dificultades, y haciendo constar que los logros y consecuciones a los que voy a referirme son siempre en el ámbito espiritual y nunca en el material. Para empezar diré, como ya lo he hecho en varias ocasiones, que el hombre es hedonista por naturaleza y esta actitud vital es plausible siempre y cuando tenga como fin que el conseguir sus deseos no conlleve perjuicio o deterioro para otras personas, sean estos del tipo que sean. Para mí el epicureísmo es bueno, muy bueno, en tanto en cuanto se aspire con él al bienestar de la mente que no tanto al del cuerpo. Voy así a dar una escogida relación de situaciones con las que, al ejercitarlas, se suele alcanzar la felicidad, eso sí, en un mayor o menor grado dependiendo de las características de cada persona, porque todas aquellas coyunturas cuentan entre sus propiedades la de proporcionar al ser humano una dicha inmensa y auténtica. Pienso que estaremos de acuerdo en que la lectura de un buen libro, la contemplación de un cuadro, la asistencia a un espectáculo teatral o musical, y podría enumerar otras varias, tienen la capacidad de hacernos dichosos en un gran modo. La consecución de una titulación o de un negocio con el que podamos ganarnos la vida honrada y noblemente conlleva la ventaja de concedernos una gran dicha tras la satisfacción de haber sabido cumplir con el deber propuesto, la comprobación de que se tiene validez para llegar a una meta que no todo el mundo consigue alcanzar. También tiene la eficacia necesaria para hacernos felices el llenarnos de las siguientes virtudes, y hacer constantemente profesión de fe de todas ellas: integridad, con lo que los demás confiarán en nosotros; honestidad, que se alcanza con el cumplimiento de las obligaciones, según dijera Cicerón; humildad, como la de Moisés, quien no dejó que el poder se le subiera a la cabeza; generosidad, ayudar a los demás, pues quien lo hace, según Tolstoi, se está ayudando a sí mismo; aprovechar el tiempo, llevar a cabo el carpe diem del que nos hablase Horacio. Y para finalizar, traeré a colación dos actitudes que son, a mi juicio, las más importantes y que nos otorgarán los mayores beneficios y satisfacciones. La primera es aprender, seguir aprendiendo sin dejarlo día tras día, pues, aunque mucho sepamos, es muchísimo más lo que desconocemos. Mahatma Gandhi afirmaba que hay que seguir aprendiendo como si fuéramos a vivir para siempre. La segunda es que debemos conseguir tener amigos, pero amigos de verdad no simples conocidos, y rodearnos de ellos y con ellos convivir a todas horas, y de ellos aprender y beneficiarnos de su generosa naturaleza. Aristóteles dijo de la amistad que es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas. Y hasta aquí una relación de actitudes y comportamientos que son aptos para realizar la acción de otorgarnos la felicidad con total seguridad. Pero ninguno de ellos tiene ni el 50 % de la capacidad que sí posee lo que sigue para conceder, a quien es capaz de lograrlo, la mayor alacridad que imaginarse pueda. Porque sí que hay algo que le proporciona a un hombre la mayor ventura, una dicha indescriptible, una satisfacción totalmente insuperable que todo lo anterior, y ello es lograr que una determinada mujer lo mire de una determinada manera en un determinado momento. ¿Qué capacidad tendrán los ojos de algunas mujeres? Ramón Serrano G. Diciembre 2017

viernes, 1 de diciembre de 2017

Trabajar y bien

En la vida de los seres humanos hay varios apartados, episodios y estadíos, realmente trascendentes para el buen desarrollo de la misma. Como tales podríamos hablar de la educación, la familia o la amistad. Aunque además hay otros que debemos tenerlos muy presentes, que siendo, también muy significativos, no llegan a tener la importancia de los citados en primer lugar. Estos últimos podrían ser, por nombrar algunos, los cumplimientos sociales, las aficiones o la satisfacción de tener un determinado lugar de residencia. Como se puede suponer, en ambos apartados me he limitado a enumerar algunos de ellos, porque tratar de hacer completa la lista, aparte de imposible, me llevaría a salirme de los límites de extensión lógicos y habituales. Sin embargo, estoy completamente seguro de que alguien ya habrá echado en falta, en el primer grupo, algo tan significativo como el trabajo. Y habrá hecho bien porque la faena diaria es de las cosas más sustanciales y relevantes que cada persona ejerce a lo largo y ancho de su vida. Es la ocupación con la que ellas ganan su sustento y, en bastantes ocasiones, el de los suyos, y yo lo he postergado porque sobre él va a versar este escrito. Y antes de continuar, quiero recalcar que éste, junto a la familia, la educación o el adiestramiento y la amistad, constituyen los pilares fundamentales y prioritarios para disfrutar de una vida digna. Me voy a permitir hacer cuatro citas de cuatro muy famosos personajes que, analizándolas aunque sea someramente nos pueden llevar a una mayor comprensión de lo que es la tarea y la labor diaria. “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”, manifestó Confucio. Aristóteles afirmaba: “Lo que con mucho trabajo se adquiere, mucho se ama”. Gorki decía: “Cuando el trabajo es un placer la vida es bella, pero cuando nos es impuesto la vida es una esclavitud”. Y finalmente traeré a colación aquello de “dichoso aquel que mantiene un trabajo que coincide con su afición”, según mantenía Bernard Shaw. Veremos ahora que en la faena, como en todo, cabe la “obje” y la subjetividad, lo que hace que pueda ser, o parecer, de la más distinta clase y condición. Así el riesgo de accidente, las condiciones en las que se ejercita, la duración, y así podríanse enumerar muchos otros condicionantes, hace que este trabajo sea más duro que aquel, conlleve más riesgo, o sea más liviano, sin olvidar que se da en muchísimos casos que lo que para uno es difícil o arriesgado, para otro puede convertirse hasta en rutinario, llegando a mutar las condiciones naturales del mismo. Quiero referirme ahora a una actividad en concreto, pero antes deseo fervientemente volver a rendir homenaje de loa y agradecimiento a tres trabajos por los que siento la mayor admiración. Lo he hecho y lo seguiré haciendo tantas veces pueda. Me estoy refiriendo a la enseñanza, a la medicina y al sacerdocio. No sé si habrá alguien que lo recuerde (para mí sería un honor que lo hubiera), pero en enero del año 2000 publiqué en este mismo periódico un artículo titulado, Los tres dones, en el que traté de rendir honores a aquellas únicas personas que en los pueblos solían tener don: el Maestro, el Médico y el Cura. Y la actividad aludida en el párrafo anterior, no es otra que la del periodismo, o sea, el tratamiento escrito de la información por la publicación constante y regular de noticias, pensamientos o reportajes sucedidos en el mundo, en una nación o en una determinada zona. Mirado con detenimiento es un trabajo realmente complicado y al que pienso que se le debe rendir la mayor loa y encomio, y yo proclamo que así lo hago, siempre que sepa cumplir con unas determinadas condiciones que son, a saber: honestidad y sinceridad. Lo considero tremendamente dificultoso y esa complejidad no se ve agrandada o empequeñecida porque el periódico sea de un ámbito local, provincial o nacional, o porque su publicación sea diaria, semanal, quincenal, etc., sino porque la dirección del rotativo sepa hacer llegar a sus lectores lo que estos esperan de ella, que pueda apagar con su información sus ganas de saber. A este respecto, me cabe decir con la mayor satisfacción, que nuestro querido Tomillares ha tenido muy bien cubierto ese menester a lo largo de muchos años del pasado siglo y todo lo que llevamos de este, afortunada cobertura de la que no han disfrutado un gran número de ciudades. Así Francisco Martínez Ramírez, el tío Paco, fundó el periódico El Obrero en 1903 y fue su director durante seis años; El porvenir apareció en 1905; en 1919 salieron El ciudadano, La verdad, Regeneración e Hidalguía; La opinión en 1931; en 1932 Júpiter y El defensor; Cruz roja y La voz del pueblo en 1934; Albores de espíritu desde 1946 a 1949; Justicia y caridad en 1951; desde 1958 hasta 1963 Luz de Tomelloso; Voz de Tomelloso en 1964 hasta 1967 y en 1992 este nuestro El Periódico del Común de La Mancha que espero perviva muchos, muchos años. Para ello trabajan, y muy bien, los componentes de su plantilla. Ramón Serrano G. Noviembre2017

Ver y escuchar

¿Se han detenido ustedes alguna vez a pensar en la cantidad de egotismo que somos capaces de albergar la mayoría de los seres humanos? Para darse cuenta de ello no hace falta estudiar mucho ni realizar profundas investigaciones ya que la historia cotidiana está llena de sucesos de ese tipo y todos conocemos multitud de casos que así lo demuestran. ¡Cómo no vamos a conocerlos!, si en muchos de estos hemos sido nosotros mismos los protagonistas. Y no sólo en actos de egolatría, sino que, además, solemos actuar en bastantes ocasiones con una insinceridad enorme en aras de disimular nuestro engreimiento. De cualquier forma, ruego que admitan que a escribir estas líneas me lleva más la ecuanimidad que el pesimismo, aunque este también esté presente. Digo esto, porque a poco que echemos un vistazo a tiempos antiguos, a otros no tan lejanos e incluso al presente, comprobaremos que siempre y en todo lugar hubieron, y hay, reyes, dictadores, políticos y gentes no tan conocidas y encumbradas que se preocuparon en exceso de tener una vida “placentera”. Esto podría parecer que está dicho en pasado, pero diría con igual justicia que el mayor empeño de algunos de los citados, en la actualidad, es conseguir que a su lado Creso fuese un indigente. Pero no es a eso a lo que quiero referirme hoy, pues si tuviese que hablar sobre el desmedido afán de muchos en hacerse de oro en cuanto acceden a un cargo, necesitaría más de un año y alrededor de medio millón de artículos. Estas gentes a las que antes aludía obran… como todos sabemos que lo hacen, y a qué ponernos malos cuerpos citando nombres y detallando casos archiconocidísimos. Ellos, y quienes les aceptan su proceder, quieren justificarse, y lo hacen, mala y desvergonzadamente, amparándose en la cantidad exagerada de sujetos que han obrado de un modo similar. ¡Qué absurdo el querer justificar una mala acción diciendo que hay muchos que también la cometen! No daré nombres, ya digo, pero sí citaré lo que me ocurrió con una persona a la que comenté el bochornoso proceder de un familiar de cierto vicepresidente del gobierno. -¿Pues qué ha hecho de malo?, me preguntó, a lo que le repuse: -¿Que qué ha hecho? Robar descaradamente, y él lo quiso justificar de inmediato manifestando: -Son tantos los que roban, que por uno más…¡Habrase visto disparate! Sí, saben que han obrado mal, pero su narcisismo y su impudicia les llevan a tratar de justificarse, no reconociendo su error, que eso nunca, sino tergiversando circunstancias, inventando causas o motivos, mintiendo en suma para no tener que avergonzarse de sus deshonestos actos. Por otra parte sabemos que hay cargos y profesiones que, además de la dedicación extrema y probidad en su ejercicio, comunes a todo trabajador en el desarrollo de su tarea, llevan inherente un comportamiento decoroso y exento de cualquier tipo de falta, no sólo en el tajo, como es lógico, sino también cuando se está fuera de él. Imanes, sacerdotes o rabinos, médicos, maestros, profesores, jueces o militares, saben bien que su proceder ha de ser intachable, y no sólo en el ejercicio de su profesión, sino que, además, ha de serlo fuera de su actividad. Si un comerciante, un obrero, un agricultor o un administrativo cometen una falta, están atentando, no sólo contra su prestigio personal, sino además contra su negocio o su puesto de trabajo, pero siempre sobre algo personal, exclusivo del actor. Los otros obran siempre, SIEMPRE, en función de la magnificencia de su cargo, o de la ciencia, o del credo que defienden, y del que y para el que viven. Un poco aquello de que no es suficiente con que la mujer del Cesar ha de se honesta, sino que también tiene que parecerlo. Sin embargo, es evidente, que ese elitismo -haciendo constar que utilizo el término en su mejor versión-, tanto en el rigor enjuiciamiento popular como en la actuación de la otra parte, se está reduciendo grandemente en los tiempos que corremos. Siendo muy escasos mis conocimientos de sociología, pienso que esta aminoración que puede ser comprobada fácilmente con sólo ver y escuchar el comportamiento de los ciudadanos, quizás sea debida a que está habiendo una importante relajación de costumbres por parte de todos, y que afecta enormemente a todo el mundo. Y que es debida al intento de equipararse los unos con los otros, pero eso sí, por lo bajo, por lo cómodo, no hacer un esfuerzo para subir sino que bajen ellos. Pienso que la tan traída y llevada globalización nos ha llevado a ello. Se ha masificado no la auténtica cultura, que también pero escasamente, sino unos relativos conocimientos adquiridos con la enorme importación de palabras, la forma de decirlas y el excesivo, y no siempre adecuado, uso de los aparatos electrónicos. Vamos a tutear, a cambiar los modos de vestir, a meternos en la vida de los famosos haciéndolos habituales de la prensa del corazón y otros medios de comunicación. Y además, pero este ya es otro tema, a muchos de ellos no les importa, lo están deseando, porque es uno de sus “medios de vida”, y no el menos importante. Ramón Serrano G. Diciembre 2017

jueves, 2 de noviembre de 2017

Por caridad

Una de las malas situaciones en las que puede hallarse un ser humano a lo largo de su vida tal vez sea la de la indigencia y, pese a ello, es una de las lacras que más ha azotado y sigue castigando a la humanidad, habiendo sucedido en todo tiempo y lugar, aunque vemos que ha estado más o menos desarrollada según en qué países y épocas. Es un fenómeno sociológico que oficialmente no se puede prohibir, aunque muchas veces se haya intentado hacerlo, y siempre contra la mendicidad pero casi nunca contra el hambre. Es cierto que en ocasiones puede incluso ser peligroso cuando es ejercida por personas errantes o desconocidas que, incluso, llegan a traspasar los límites del delito, pues al no lograr la piedad con sus peticiones alcanzan a veces la intimidación y la amenaza. Son los menos, afortunadamente, pero casos se han dado. La descripción del mal es sencilla y conocida por todos. Sin querer aludir a los que intentan, y muchos consiguen, vivir de la pedigüeñería simplemente por no querer trabajar, diremos que ello se produce cuando una persona privada de cualquier clase de bien, y sin posibilidad alguna de alcanzar el más mínimo ingreso, carente de medios para vestirse o alimentarse, se ve en la penosa tesitura de tener que mendigar, o sea, solicitar en la calle favores o bienes de diversos tipos para subsistir. Y esto ha de hacerlo habitualmente, y por desgracia y en la mayoría de las ocasiones, con importunidad, hasta con humillación y siempre con un futuro cinéreo. Pero eso es el abc, el catón del penoso ejercicio, ya que luego hay verdaderos manuales y tratados extensísimos sobre las mil y una maneras de practicarla para obtener un mejor rendimiento. El arquetipo que todos conocemos , digamos que el más común, es el del individuo, mujer u hombre, que acude a un sitio habitualmente transitado y ruega una almosna para su sostenimiento. Ver su candajón ejercicio es algo desagradable y las malas lenguas llegan a decir que existe una especie de código establecido entre ellos y para ellos, por el que cada uno tiene reconocido, y normalmente respetado, un horario y un lugar en el que llevan a cabo su penosa tarea. Esta actuación, como tantas y tantas otras en la vida, la llevan a cabo dos partes a los que no voy a llamar sujetos activo y pasivo porque ambos tienen que realizar alguna acción y no ejecutar otras. Están aquél que mendiga y quien entrega su óbolo. Quien por esta o aquella razón hay quien acude a la generosidad ajena para cubrir sus necesidades y quien, por esta razón o aquella, alivia con su dádiva un algo los menesteres ajenos. De los primeros no voy a ocuparme por distintos motivos que prefiero callar, pero sí lo haré, aunque sea someramente de los segundos. Sobre aquellos que sintiéndose generosos entre una dádiva y sobre las condiciones en las que estos practican, o deberían hacerlo, sus actos caritativos. Y aquí, como en tantos y tantos actos de la vida, pienso que se debería escuchar y seguir una vez más el consejo de Antonio Machado: “… que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas” Pero dado que sobre el acto de dar una caridad a un menesteroso se ha escrito tanto, y algunas veces tan bien, que mi tarea ha de ser más recopilatoria que creativa, o sea, hacer un no muy extenso compendio de algunas aseveraciones al respecto. Así, se ha dicho que dispensar limosna no arruina ni arruinó nunca a nadie. Que estas hay darlas sin “tambor”, lo cual es una popular manera de expresar aquel aserto de Mateo (6.3) que afirma que si das limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Que son los hombres de mal corazón los que se sienten conciliados dando una ayuda. O aquello que Nietzsche dijo: “si sólo fuese la piedad lo que mueve a los hombres a ser caritativos todos los mendigos hubieran muerto ya de hambre”. Ahora, y tratando de hablar con un sentido un tanto más profundo, exponer que un mendigo da pena, pero da mucha más pena ver un rico glotón o avaricioso. Que quien da de corazón no hace preguntas pero, sin embargo es muy común que se diga a menudo: -¿A ver qué vas a hacer con esto que te estoy dando? Que la experiencia demuestra que el niño que pide limosna tiene muchas posibilidades de acabar siendo un delincuente. Que mucho mejor que dar limosna es procurar, y no digamos ya conseguir, que el necesitado viva sin tener que pedirla. O, y por último, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Hay también, y no quiero olvidarme de ellos, otros muchos pobres de solemnidad, o al menos algunos, que suelen recurrir a las organizaciones humanitarias para que les ayuden, pero estas, aun siendo unas entidades que cumplen perfectamente la misión para la que han sido creadas, están tan saturadas de demandas que aunque entregan lo inimaginable, no alcanzan a cubrir, ni con mucho, las demandas que reciben. Desde aquí, y para ellas, mi sincero aplauso y reconocimiento. Ramón Serrano G. Noviembre 2017