viernes, 1 de diciembre de 2017

Trabajar y bien

En la vida de los seres humanos hay varios apartados, episodios y estadíos, realmente trascendentes para el buen desarrollo de la misma. Como tales podríamos hablar de la educación, la familia o la amistad. Aunque además hay otros que debemos tenerlos muy presentes, que siendo, también muy significativos, no llegan a tener la importancia de los citados en primer lugar. Estos últimos podrían ser, por nombrar algunos, los cumplimientos sociales, las aficiones o la satisfacción de tener un determinado lugar de residencia. Como se puede suponer, en ambos apartados me he limitado a enumerar algunos de ellos, porque tratar de hacer completa la lista, aparte de imposible, me llevaría a salirme de los límites de extensión lógicos y habituales. Sin embargo, estoy completamente seguro de que alguien ya habrá echado en falta, en el primer grupo, algo tan significativo como el trabajo. Y habrá hecho bien porque la faena diaria es de las cosas más sustanciales y relevantes que cada persona ejerce a lo largo y ancho de su vida. Es la ocupación con la que ellas ganan su sustento y, en bastantes ocasiones, el de los suyos, y yo lo he postergado porque sobre él va a versar este escrito. Y antes de continuar, quiero recalcar que éste, junto a la familia, la educación o el adiestramiento y la amistad, constituyen los pilares fundamentales y prioritarios para disfrutar de una vida digna. Me voy a permitir hacer cuatro citas de cuatro muy famosos personajes que, analizándolas aunque sea someramente nos pueden llevar a una mayor comprensión de lo que es la tarea y la labor diaria. “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día de tu vida”, manifestó Confucio. Aristóteles afirmaba: “Lo que con mucho trabajo se adquiere, mucho se ama”. Gorki decía: “Cuando el trabajo es un placer la vida es bella, pero cuando nos es impuesto la vida es una esclavitud”. Y finalmente traeré a colación aquello de “dichoso aquel que mantiene un trabajo que coincide con su afición”, según mantenía Bernard Shaw. Veremos ahora que en la faena, como en todo, cabe la “obje” y la subjetividad, lo que hace que pueda ser, o parecer, de la más distinta clase y condición. Así el riesgo de accidente, las condiciones en las que se ejercita, la duración, y así podríanse enumerar muchos otros condicionantes, hace que este trabajo sea más duro que aquel, conlleve más riesgo, o sea más liviano, sin olvidar que se da en muchísimos casos que lo que para uno es difícil o arriesgado, para otro puede convertirse hasta en rutinario, llegando a mutar las condiciones naturales del mismo. Quiero referirme ahora a una actividad en concreto, pero antes deseo fervientemente volver a rendir homenaje de loa y agradecimiento a tres trabajos por los que siento la mayor admiración. Lo he hecho y lo seguiré haciendo tantas veces pueda. Me estoy refiriendo a la enseñanza, a la medicina y al sacerdocio. No sé si habrá alguien que lo recuerde (para mí sería un honor que lo hubiera), pero en enero del año 2000 publiqué en este mismo periódico un artículo titulado, Los tres dones, en el que traté de rendir honores a aquellas únicas personas que en los pueblos solían tener don: el Maestro, el Médico y el Cura. Y la actividad aludida en el párrafo anterior, no es otra que la del periodismo, o sea, el tratamiento escrito de la información por la publicación constante y regular de noticias, pensamientos o reportajes sucedidos en el mundo, en una nación o en una determinada zona. Mirado con detenimiento es un trabajo realmente complicado y al que pienso que se le debe rendir la mayor loa y encomio, y yo proclamo que así lo hago, siempre que sepa cumplir con unas determinadas condiciones que son, a saber: honestidad y sinceridad. Lo considero tremendamente dificultoso y esa complejidad no se ve agrandada o empequeñecida porque el periódico sea de un ámbito local, provincial o nacional, o porque su publicación sea diaria, semanal, quincenal, etc., sino porque la dirección del rotativo sepa hacer llegar a sus lectores lo que estos esperan de ella, que pueda apagar con su información sus ganas de saber. A este respecto, me cabe decir con la mayor satisfacción, que nuestro querido Tomillares ha tenido muy bien cubierto ese menester a lo largo de muchos años del pasado siglo y todo lo que llevamos de este, afortunada cobertura de la que no han disfrutado un gran número de ciudades. Así Francisco Martínez Ramírez, el tío Paco, fundó el periódico El Obrero en 1903 y fue su director durante seis años; El porvenir apareció en 1905; en 1919 salieron El ciudadano, La verdad, Regeneración e Hidalguía; La opinión en 1931; en 1932 Júpiter y El defensor; Cruz roja y La voz del pueblo en 1934; Albores de espíritu desde 1946 a 1949; Justicia y caridad en 1951; desde 1958 hasta 1963 Luz de Tomelloso; Voz de Tomelloso en 1964 hasta 1967 y en 1992 este nuestro El Periódico del Común de La Mancha que espero perviva muchos, muchos años. Para ello trabajan, y muy bien, los componentes de su plantilla. Ramón Serrano G. Noviembre2017

Ver y escuchar

¿Se han detenido ustedes alguna vez a pensar en la cantidad de egotismo que somos capaces de albergar la mayoría de los seres humanos? Para darse cuenta de ello no hace falta estudiar mucho ni realizar profundas investigaciones ya que la historia cotidiana está llena de sucesos de ese tipo y todos conocemos multitud de casos que así lo demuestran. ¡Cómo no vamos a conocerlos!, si en muchos de estos hemos sido nosotros mismos los protagonistas. Y no sólo en actos de egolatría, sino que, además, solemos actuar en bastantes ocasiones con una insinceridad enorme en aras de disimular nuestro engreimiento. De cualquier forma, ruego que admitan que a escribir estas líneas me lleva más la ecuanimidad que el pesimismo, aunque este también esté presente. Digo esto, porque a poco que echemos un vistazo a tiempos antiguos, a otros no tan lejanos e incluso al presente, comprobaremos que siempre y en todo lugar hubieron, y hay, reyes, dictadores, políticos y gentes no tan conocidas y encumbradas que se preocuparon en exceso de tener una vida “placentera”. Esto podría parecer que está dicho en pasado, pero diría con igual justicia que el mayor empeño de algunos de los citados, en la actualidad, es conseguir que a su lado Creso fuese un indigente. Pero no es a eso a lo que quiero referirme hoy, pues si tuviese que hablar sobre el desmedido afán de muchos en hacerse de oro en cuanto acceden a un cargo, necesitaría más de un año y alrededor de medio millón de artículos. Estas gentes a las que antes aludía obran… como todos sabemos que lo hacen, y a qué ponernos malos cuerpos citando nombres y detallando casos archiconocidísimos. Ellos, y quienes les aceptan su proceder, quieren justificarse, y lo hacen, mala y desvergonzadamente, amparándose en la cantidad exagerada de sujetos que han obrado de un modo similar. ¡Qué absurdo el querer justificar una mala acción diciendo que hay muchos que también la cometen! No daré nombres, ya digo, pero sí citaré lo que me ocurrió con una persona a la que comenté el bochornoso proceder de un familiar de cierto vicepresidente del gobierno. -¿Pues qué ha hecho de malo?, me preguntó, a lo que le repuse: -¿Que qué ha hecho? Robar descaradamente, y él lo quiso justificar de inmediato manifestando: -Son tantos los que roban, que por uno más…¡Habrase visto disparate! Sí, saben que han obrado mal, pero su narcisismo y su impudicia les llevan a tratar de justificarse, no reconociendo su error, que eso nunca, sino tergiversando circunstancias, inventando causas o motivos, mintiendo en suma para no tener que avergonzarse de sus deshonestos actos. Por otra parte sabemos que hay cargos y profesiones que, además de la dedicación extrema y probidad en su ejercicio, comunes a todo trabajador en el desarrollo de su tarea, llevan inherente un comportamiento decoroso y exento de cualquier tipo de falta, no sólo en el tajo, como es lógico, sino también cuando se está fuera de él. Imanes, sacerdotes o rabinos, médicos, maestros, profesores, jueces o militares, saben bien que su proceder ha de ser intachable, y no sólo en el ejercicio de su profesión, sino que, además, ha de serlo fuera de su actividad. Si un comerciante, un obrero, un agricultor o un administrativo cometen una falta, están atentando, no sólo contra su prestigio personal, sino además contra su negocio o su puesto de trabajo, pero siempre sobre algo personal, exclusivo del actor. Los otros obran siempre, SIEMPRE, en función de la magnificencia de su cargo, o de la ciencia, o del credo que defienden, y del que y para el que viven. Un poco aquello de que no es suficiente con que la mujer del Cesar ha de se honesta, sino que también tiene que parecerlo. Sin embargo, es evidente, que ese elitismo -haciendo constar que utilizo el término en su mejor versión-, tanto en el rigor enjuiciamiento popular como en la actuación de la otra parte, se está reduciendo grandemente en los tiempos que corremos. Siendo muy escasos mis conocimientos de sociología, pienso que esta aminoración que puede ser comprobada fácilmente con sólo ver y escuchar el comportamiento de los ciudadanos, quizás sea debida a que está habiendo una importante relajación de costumbres por parte de todos, y que afecta enormemente a todo el mundo. Y que es debida al intento de equipararse los unos con los otros, pero eso sí, por lo bajo, por lo cómodo, no hacer un esfuerzo para subir sino que bajen ellos. Pienso que la tan traída y llevada globalización nos ha llevado a ello. Se ha masificado no la auténtica cultura, que también pero escasamente, sino unos relativos conocimientos adquiridos con la enorme importación de palabras, la forma de decirlas y el excesivo, y no siempre adecuado, uso de los aparatos electrónicos. Vamos a tutear, a cambiar los modos de vestir, a meternos en la vida de los famosos haciéndolos habituales de la prensa del corazón y otros medios de comunicación. Y además, pero este ya es otro tema, a muchos de ellos no les importa, lo están deseando, porque es uno de sus “medios de vida”, y no el menos importante. Ramón Serrano G. Diciembre 2017

jueves, 2 de noviembre de 2017

Por caridad

Una de las malas situaciones en las que puede hallarse un ser humano a lo largo de su vida tal vez sea la de la indigencia y, pese a ello, es una de las lacras que más ha azotado y sigue castigando a la humanidad, habiendo sucedido en todo tiempo y lugar, aunque vemos que ha estado más o menos desarrollada según en qué países y épocas. Es un fenómeno sociológico que oficialmente no se puede prohibir, aunque muchas veces se haya intentado hacerlo, y siempre contra la mendicidad pero casi nunca contra el hambre. Es cierto que en ocasiones puede incluso ser peligroso cuando es ejercida por personas errantes o desconocidas que, incluso, llegan a traspasar los límites del delito, pues al no lograr la piedad con sus peticiones alcanzan a veces la intimidación y la amenaza. Son los menos, afortunadamente, pero casos se han dado. La descripción del mal es sencilla y conocida por todos. Sin querer aludir a los que intentan, y muchos consiguen, vivir de la pedigüeñería simplemente por no querer trabajar, diremos que ello se produce cuando una persona privada de cualquier clase de bien, y sin posibilidad alguna de alcanzar el más mínimo ingreso, carente de medios para vestirse o alimentarse, se ve en la penosa tesitura de tener que mendigar, o sea, solicitar en la calle favores o bienes de diversos tipos para subsistir. Y esto ha de hacerlo habitualmente, y por desgracia y en la mayoría de las ocasiones, con importunidad, hasta con humillación y siempre con un futuro cinéreo. Pero eso es el abc, el catón del penoso ejercicio, ya que luego hay verdaderos manuales y tratados extensísimos sobre las mil y una maneras de practicarla para obtener un mejor rendimiento. El arquetipo que todos conocemos , digamos que el más común, es el del individuo, mujer u hombre, que acude a un sitio habitualmente transitado y ruega una almosna para su sostenimiento. Ver su candajón ejercicio es algo desagradable y las malas lenguas llegan a decir que existe una especie de código establecido entre ellos y para ellos, por el que cada uno tiene reconocido, y normalmente respetado, un horario y un lugar en el que llevan a cabo su penosa tarea. Esta actuación, como tantas y tantas otras en la vida, la llevan a cabo dos partes a los que no voy a llamar sujetos activo y pasivo porque ambos tienen que realizar alguna acción y no ejecutar otras. Están aquél que mendiga y quien entrega su óbolo. Quien por esta o aquella razón hay quien acude a la generosidad ajena para cubrir sus necesidades y quien, por esta razón o aquella, alivia con su dádiva un algo los menesteres ajenos. De los primeros no voy a ocuparme por distintos motivos que prefiero callar, pero sí lo haré, aunque sea someramente de los segundos. Sobre aquellos que sintiéndose generosos entre una dádiva y sobre las condiciones en las que estos practican, o deberían hacerlo, sus actos caritativos. Y aquí, como en tantos y tantos actos de la vida, pienso que se debería escuchar y seguir una vez más el consejo de Antonio Machado: “… que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas” Pero dado que sobre el acto de dar una caridad a un menesteroso se ha escrito tanto, y algunas veces tan bien, que mi tarea ha de ser más recopilatoria que creativa, o sea, hacer un no muy extenso compendio de algunas aseveraciones al respecto. Así, se ha dicho que dispensar limosna no arruina ni arruinó nunca a nadie. Que estas hay darlas sin “tambor”, lo cual es una popular manera de expresar aquel aserto de Mateo (6.3) que afirma que si das limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Que son los hombres de mal corazón los que se sienten conciliados dando una ayuda. O aquello que Nietzsche dijo: “si sólo fuese la piedad lo que mueve a los hombres a ser caritativos todos los mendigos hubieran muerto ya de hambre”. Ahora, y tratando de hablar con un sentido un tanto más profundo, exponer que un mendigo da pena, pero da mucha más pena ver un rico glotón o avaricioso. Que quien da de corazón no hace preguntas pero, sin embargo es muy común que se diga a menudo: -¿A ver qué vas a hacer con esto que te estoy dando? Que la experiencia demuestra que el niño que pide limosna tiene muchas posibilidades de acabar siendo un delincuente. Que mucho mejor que dar limosna es procurar, y no digamos ya conseguir, que el necesitado viva sin tener que pedirla. O, y por último, que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Hay también, y no quiero olvidarme de ellos, otros muchos pobres de solemnidad, o al menos algunos, que suelen recurrir a las organizaciones humanitarias para que les ayuden, pero estas, aun siendo unas entidades que cumplen perfectamente la misión para la que han sido creadas, están tan saturadas de demandas que aunque entregan lo inimaginable, no alcanzan a cubrir, ni con mucho, las demandas que reciben. Desde aquí, y para ellas, mi sincero aplauso y reconocimiento. Ramón Serrano G. Noviembre 2017

viernes, 20 de octubre de 2017

Las flores (bis)

Hace unos meses, en el curso de un escrito en el que me refería a ellas, dije que no quiero flores cuando muera, y aclaraba que este repudio no se debía a que no fueran de mi agrado, (siempre he manifestado que les tengo una gran admiración), ni a que estuviera en contra del sentimiento de cariño o respeto que se ponía de manifiesto con ese exquisito testimonio, sino porque creía que el importe de ellas tendría un mejor destino si se gastase en obra benéfica alguna. También porque pienso que los detalles hay que tenerlos en vida, y lo otro es a veces aparentar ante los demás un dolor en unas ocasiones cierto y en otras de fingimiento. En aquellos entonces alguien tuvo la gentileza de contestarme a esto diciendo que, en realidad, el motivo de esta ofrenda floral a los difuntos era debido a la creencia de que las flores se marchitan, pero sus simientes vuelven a generar vida. Me pareció bonito y agradecí el detalle, aunque para mis adentros discrepé en parte del razonamiento y me quise convencer a mí mismo pensando que todo lo que sea una atención hacia otro estaba bien y más si se realizaba mediante un presente de tanta hermosura. Porque sabiendo que todo lo que sea delicado es digno de admiración y cariño, si además de eso es bello (y las flores son bellísimas) casi no debería hablar más de ellas, porque me faltarían palabras para ensalzarlas debidamente. Son, desde luego, uno de los productos más variados y bonitos de la madre Naturaleza, habiéndolas de todo tipo y condición. Por estos lares sólo conocemos algunas mientras que no se dan por estas latitudes, aunque sin necesidad de irnos lejos, sabemos todos que dentro de nuestro propio país son diferentes en el norte que en el centro o en el sur. Las hay que son generadoras de frutos y las que no sirven para el deleite de la vista y de la mente. Pero la cultura floral en esta España mía, esta España nuestra, es muy diferente de la del resto del mundo. Aquí las flores se suelen cultivar en los hogares en macetas y en pocas ocasiones se ofrecen en ramos. Aquí, y para nuestro exclusivo disfrute, se adquiere un 0,0001 % de la producción, mientras que en Holanda, Francia o Inglaterra, se encuentran además de en las tiendas destinadas a ello, en tenderetes y puestos de todos los mercados, y la gente, en su presupuesto para la compra diaria, siempre tiene un apartado para su adquisición para tenerlas luego expuestas en el salón, la mesa, o cualquier otro rincón de la casa. De cualquier manera, en todos los lugares se reconoce que son uno de los componentes más venustos de este mundo, y que en aras de su belleza natural y de su esencia, como primera aparición de lo que luego, en muchas ocasiones, será un fruto, la realidad es que siempre las flores han atraído de manera especial a los humanos de todos los tiempos, e incluso les han servido como medio de comunicación ya que, siendo todas muy lindas, cada una de ellas tiene su propio lenguaje con el que nos llegan a transmitir un distinto mensaje. Deténganse en repasar los antiguos escritos que hay sobre el jacinto, el laurel, la amapola o el narciso, y me refiero a estas por hablar de algunas, aunque podría hacerlo de muchas más. Si miramos la historia, esta nos dirá que ya tuvieron su importancia en el antiguo Egipto, la Edad Media o en el Renacimiento, aunque fuese mucho después, sobre todo en la época victoriana (fue Carlos II de Inglaterra quien, recopilando fuentes desde Asia a Europa, nos acercó a este arte), que se empezó a utilizar el obsequio de flores como mensaje codificado, como método cifrado, si no esotérico, sí revelador de unos sentimientos íntimos que se querían hacer patentes y que no estando al alcance del conocimiento de todos sino tan sólo de quienes sabían su significación, se hacían llegar a su destino de esa gentil manera, ya que de otra hubiese sido imposible sin caer en habladurías de todo tipo. Es sabido que hay en ellas una excelente manera de expresar lo que hay en el interior del regalante y lo que este quiere transmitir al receptor. Puede hacerse por una combinación de colores, pero la más sabida se basa en la entidad de cada una. Y con las limitaciones sabidas, y hablando sólo de algunas relacionadas con el mismo tema, diré que el girasol significa adoración, la cala belleza, el azahar castidad, el crisantemo fidelidad, la peonia deseo y la rosa roja amor. Existe un lenguaje de las flores que ya expliqué entonces, extenso y variado pero conocido por muy pocos. Y es una pena, porque un mensaje con ellas es siempre mucho más emotivo y agradable que los que se reciben por WhatsApp. Pero los tiempos y los usos mandan. Ramón Serrano G. Octubre 2017

jueves, 5 de octubre de 2017

El futuro

Es indudable que cuando uno tiene que enfrentarse a los más arduos problemas debe prepararse muy a fondo y cuanto más lo haga, y más se pertreche, mejor. Por ello, una de las preocupaciones más antiguas del hombre, y por ende una de sus muchas ocupaciones, ha sido la de rasgar los velos del futuro y tratar de adivinar qué le ha de traer el porvenir. El porvenir, o sea, aquello que el poeta Ángel González describiera como el por venir, porque no viene nunca. Esta práctica, por otra parte completamente inútil, era muy lógica ya que se pensaba que conociendo el camino venidero y los posibles problemas que este habría de mostrar, era mucho más fácil solventarlos. Mil y una maneras había de practicar la futurología, y a todas ellas, hasta a las más impensables, se ha acudido, y utilizo el pretérito, porque es muy cierto y evidente que hoy la praxis de estas artes mágicas o supersticiosas ha descendido de manera extraordinaria. Pero no lo era así en los pasados tiempos, en los que era una dificilísima profesión, practicada por muchas gentes, y creída y confiada en su veracidad, muchísimas más. Con el deseo de no extenderme demasiado en su enumeración, sí quiero hacer mención de algunos nombres de ciencias u objetos, (y digo algunos porque de los dos campos se podrían citar una gran cantidad de ellos), que adquirieron y tienen una enorme relación con el arte de saber predecir lo que ocurrirá a partir de hoy. Antes me permitiré la licencia de citar al santuario de Delfos, al pie del Monte Parnaso, adonde mucha gente acudía para solicitar a las sibilas o pitonisas un oráculo. Con ello, un recuerdo para el maravilloso fresco denominado La sibila délfica, que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina. Ahora sí cabe recordar, sólo algunos, que haber hay muchísimos, métodos o sistemas para saber qué deparará el futuro. Unos son conocidos por el gran público, como la Quiromancia, o sea saber leer las rayas de las manos, o la Astrología, saber el futuro y el carácter de las personas por la posición de los astros. No tan conocidas, pero sí todas con el mismo fin, son la Austromancia, estudio de los vientos; la Halomancia, el lanzamiento de sal al fuego; la Felidomancia, la observación de la conducta y acciones de los gatos; la Aruspicina, el estudio de las entrañas de animales; la Cleromancia, muy, muy, antigua, el uso de dados; o la Enomancia, a la que ya acudían griegos y persas, que se basa en el vino y se actúa de dos formas: viendo los reflejos al servirlo en una copa o por las sensaciones que provoca en la persona al beberlo. Hablemos ahora de algunos objetos, pocos, pese al gran número que hay de ellos. En primer lugar me referiré al que posiblemente sea el más utilizado, la baraja, y, dentro de ella, el Tarot en sus distintas modalidades: el amor, el lunar, el celta, la encrucijada, el oráculo o la verdad oculta. Y también a la observación de los lunares de la piel del individuo en observación, la taza de té, la célebre bola de cristal o los espejos, o deshojar una margarita. A todo esto, y a muchos procedimientos más, se entregaba la gente por esoterismo o superstición, a sabiendas de que todo era una falsedad, ¡cómo no habría de serlo! Pero querían creer que había quien tenía poder de adivinar y a partir de recibir su dictamen, actuar, escoger, elegir entre todas las posibilidades. Y se sentían satisfechos ya que la elección es, al fin y a la postre, una forma de libertad. Pero la vida cambia. Aparecen nuevas costumbres que hacen que sea diferente nuestra manera de enjuiciarla y nuestro modo de proceder, aunque por supuesto, las personas de a pie siguen teniendo ambiciones y procuran prevenir cualquier eventualidad que les pueda sobrevenir. Por ello, en el día de hoy, continúa su interés por lo que les deparará el futuro y tienen la fortuna de que existen personas que se lo dan a conocer. Esto sigue, sí, pero no como antes sino muy cambiado. Ahora no es preciso acudir personalmente a los futurólogos ni exponerles los problemas o circunstancias que puedan afectar a los individuos. Son ellos, los proviceros y videntes, los que, motu proprio, hacen llegar al pueblo, con una firmeza y una seguridad extraordinarias, todo lo que ocurrirá de aquí en adelante. Y ¡oh milagro!, todo ello va a ser magnífico, agradable, deleitoso, con una única condición: que nos fiemos de ellos y obedezcamos, en todo, sus indicaciones y consejos, por raros que estos pudieran parecernos. Sólo me resta decir que a estos nuevos profesionales de la adivinanza del futuro ya no se les conoce como adivinos, brujos, vates, o augures, sino por el nombre que ellos mismos han elegido y del que hacen gala. Se hacen llamar, como todos sabemos, políticos. Ramón Serrano G. Octubre 2017

jueves, 21 de septiembre de 2017

El equipaje

Para Julián López Torres, una gran persona Entre las muchas actividades que el ser humano suele realizar habitualmente a lo largo y ancho de su vida está la de viajar, es decir, trasladarse de un lugar a otro, a cierta distancia y por cualquier modo de locomoción. Esto puede deberse a distintas clases de motivaciones (un trabajo, una aventura, un divertimiento, etc.) y es sabido que en él se pueden encontrar una serie de dificultades, situaciones e impedimentos, muchos de ellos diferentes a los de su vida cotidiana. Los ha habido y los hay banales, trascendentes, divertidos o peligrosos, y en ellos, como en muchas otras ocasiones de la vida, cada quien actúa según su personalidad y manera de ser. Debido, repito, a la gran importancia de ellos, muchos autores y el pueblo llano han dado su opinión sobre sus peculiaridades, y, por ejemplo, Mark Twain afirmó que viajar es un ejercicio que acaba con los prejuicios, la intolerancia y la estrechez mental; Sam Jhonson dijo que sirve para ajustar la imaginación a la realidad pues nos hace ver las cosas como son y no como creíamos que eran; y hay un proverbio árabe que habla de que aquel que no viaja no llega a conocer el valor de los hombres. He de hablar ahora de algo que está estrechamente unido, yo diría que complementario en un muy alto porcentaje. Me estoy refiriendo al equipaje, o sea, en ese conjunto de cosas que cada uno lleva en sus desplazamientos o en su caminar, y que le sirven, o le deberían valer, para satisfacer las distintas necesidades que cree que puedan ser necesarias o útiles en un determinado periplo a iniciar. El conjunto de cosas o enseres que piensa que le pueden ser útiles y solucionadoras de los problemas que a partir de ese momento se les puedan ir presentando. Por tanto, el bagaje de un viajero puede contener los más raros utensilios y cosas: ropa, alimentos, libros, documentos, … y así un largo etcétera, con los que el portador carga, a veces gustoso y otras no tanto, pero que piensa, repito que le van a ser valiosos y reportar beneficios. Y tras este prolegómeno, anuncio que quiero hablar de un viaje concreto y especial, y del equipaje que se suele llevar para hacerlo. Es, yo pienso, el periplo más importante que hace un hombre y es el que le lleva desde su nacimiento hasta el óbito. Ese camino, esa difícil y complicada travesía que es la vida misma, citando, sólo de pasada, algunos eventos de ella para cargar las tintas en las adquisiciones que suelen hacerse para llevar una existencia más o menos agradable, sin olvidar que cada hombre es un mundo y que lo que es trascendental para uno es baladí para su vecino; que hubo quien sólo deseaba que no le tapasen la luz del sol (exactamente Diógenes, el filósofo griego), mientras que otros dan la vida por poseer un puñado más de monedas. Por tener más y más. Hay gran cantidad que únicamente se preocupan de llenar su valija con todo cuanto puedan, atesorar sin tino ni tasa, lo que les lleva a estar siempre preocupados por unas pertenencias, y verse totalmente impedidos para poder manejar convenientemente esos caudales, que, al final de su jornada tendrán que dejar es este mundo. No piensan, o no quieren pensar, que lo correcto es cargar sólo con lo que sea estrictamente necesario, y si de algo hubiese de hacer sobrepeso que fuera de lo perteneciente al alma: la cultura, el saber, la educación, el buen porte. No se debe vivir sacrificado por tener, puesto que sin nada venimos y sin nada nos marchamos. Una de las buenas costumbres que las personas deberíamos adquirir a lo largo de nuestra existencia es la de leer, estudiar, aprender y luego llevar a la práctica las frases, opiniones y consejos provenientes de los grandes hombres. Porque sabios, estudiosos, científicos, etc., nos han ido dejando muestras de su erudición y su saber en adagios y aforismos que, al conocerlos, por su profundidad y contenido, nos han servido y nos sirven de una gran utilidad. Pero hay veces, la mayoría de ellas, que, porque no sabemos entender o interpretar el sentido de lo testimoniado por un autor, actuamos de una manera disconforme a lo que dicen algunas de estas máximas y apotegmas. Quiero, a ese respecto, traer aquí a colación lo que en su Retrato nos dejó dicho el gran maestro Antonio Machado, quien manifestaba pararse a distinguir las voces de los ecos, acudir a su trabajo, pagar con su dinero el traje que lo cubría y la mansión que habitaba, el pan que constituía su alimento y el lecho donde yacía, y que al final de su vida se le encontraría ligero de equipaje, casi desnudo, como los hombres de la mar. Ramón Serrano G. Setiembre 2017

jueves, 7 de septiembre de 2017

El tornillo

Es muy probable que la anécdota con la que doy comienzo a este escrito sea conocida por muchos de ustedes, pero me parece tan significativa y, al mismo tiempo, tan probadora de nuestra manera de obrar y de comportarnos, que quiero sacarla aquí a la luz. Parece ser que en cierta ocasión un hombre, al ver que su coche no funcionaba correctamente, se fue con él al garaje y explicó al mecánico la anomalía que pensaba que tenía el motor. Este, tras escucharlo durante un breve rato, levantó el capó, y cogiendo un destornillador apretó un tornillo. -Ya está, dijo el operario. Ahora vuelve a marchar como nuevo. –Qué bien, contestó el cliente, ¿qué le debo?.- Son 100 pesos, le respondió el operario. -¡Cómo! ¿100 pesos por apretar un tornillo?. -No, por apretar un tornillo no estimado cliente, sino por saber qué tornillo era el que había que apretar. Y es que en la vida, y más en esta tan ajetreada y estrambótica vida que llevamos, la mayoría de las personas y casi siempre, nos preocupamos de que un determinado aparato, (y hagamos extensivo este afán al puesto de trabajo, a la situación familiar, etc.), cumpla la función para lo que lo hemos adquirido, la para lo que lo hemos traído hasta nosotros, sin que nos tomemos luego el más mínimo interés por saber el porqué de su funcionamiento, su capacidad y posibilidades, o el modo de componerlo en caso de un menoscabo o deterioro. Creo que estarán conmigo en que se suele apreciar más el hacer que el conocer el porqué de lo que se hace, o el intentar saber si existe un motivo principal por el que es conveniente ejecutarlo de esta o aquella manera. Importa más el realizar aquello que nos place, o nos parece suficiente, aunque no sepamos cuántas son sus posibilidades de uso. Y pienso que no es necesario aclarar que no me estoy refiriendo a grandes y específicos problemas, cuya solución debe quedar reservada a los profesionales, sino a las pequeñas cuestiones diarias. Con el fin de hacer más comprensiva mi intención, hablaré de esto poniendo un ejemplo que me haga más fácil su explicación, y para ello nada mejor que referirme a estos aparatos modernos que se han metido de lleno en nuestras vidas: el móvil, el ordenador, la tablet…,artilugios o dispositivos electrónicos facedores de muchas funciones con gran ligereza o autonomía y sin dependencia de otros accesorios que los complementen, y me atrevería a decir, que casi con completa omnipotencia. Pero en muchos casos lo que se busca no es ya hacer muchas más cosas, sino el no tener que hacer prácticamente nada y que la ciencia nos lo dé todo hecho. Con ello estamos cayendo de hoz y coz en la discordia del campo de Agramante, que dijera Don Quijote, para acabar tratando de hacer por nosotros mismos lo menos posible. Y si eso era antes, no digamos hoy que vivimos por un lado en la época del usar y tirar, y por otro del automatismo, o sea, aquello que consiste en el funcionamiento de un determinado mecanismo por si solo o la ejecución mecánica de unos actos sin ser conscientes de ello. Algo parecido a aquello tan anhelado del dolce far niente que alguien en Italia definió como jugar a no hacer nada. Pero ¡ay! el automatismo y ¡ay! de lo que se tiende a conseguir con ello. Porque este estaría muy bien si con él, y con el tiempo libre que nos proporciona, dedicásemos este a la ampliación de nuestra cultura o al ejercicio de otras actividades que nos compensaran, en mayor o menor grado, económica, social o culturalmente. Pero no. Esa liberación de nuestro tiempo, la mayoría, y sálvese quien pueda, la solemos ocupar con meternos en las redes sociales, jugar a los pokemons (y declaro que con esto no quiero ofender ni atacar a ninguna marca comercial), o estar sentados ante la “caja tonta” , durante horas y horas, oyendo que fulanita de tal se ha acostado varias veces con el primo de menganita, o que zutano insinuó algo en contra de mengano. Ahora, y tras estos breves comentarios en loa y detrimento del automatismo, quiero volver al tema con el que di comienzo a este escrito, o sea, a lo provechoso que nos sería tratar de sacar una mayor utilidad a la técnica conociendo el trasfondo de las cosas, qué se halla en el interior de ellas, de las empresas o de las relaciones, y que puede tener mayor importancia que lo que se percibe a primera vista o desde el exterior. Porque el conocimiento siempre es provechoso tanto parta el obrar como para dejar de hacerlo. Varios ejemplos: el cambio de velocidad en los automóviles; la regulación predeterminada de luz o de sonido en el televisor, sin tener en cuenta el grado de disecea o fotofobia del espectador; la despreocupación que se tiene hoy en día al hacer las fotografías con el móvil, ante la profesionalidad de quien para hacerlas acude a la cámara réflex, y se preocupa del gran angular, el tiempo de exposición, la velocidad de obturación o la distancia focal. Y no digamos ya en la sapiencia. Llegar a saber los motivos de un suceso histórico, las obras de un autor, o la situación de un accidente geográfico. Que se puede vivir (yo diría vegetar) sin ello, es verdad, pero que es muy útil y satisfactorio su conocimiento. Tener ganas de aprender y llevarlas a cabo. Pero no, en demasiadas ocasiones preferimos que nos lo den hecho, procurando la inactividad o el menor esfuerzo posible, aun a sabiendas de que no es buena nuestra inacción. Y elegimos el hacer lo menos posible. Vamos, lo que se dice no dar un palo al agua. Y así nos va. Ramón Serrano G. Setiembre 2017