viernes, 21 de julio de 2017

Otro sentido

Para una buena amiga a la que gusta mucho el idioma francés. Cierto curioso día, un curioso francés decidió venirse a dar una vuelta tranquila y sosegada por España con el triple fin de ver sus lugares, conocer a sus gentes y perfeccionar su idioma. Llevaba ya un buen tiempo transitando por nuestras latitudes (debía ser un gabacho con posibles), y el hombre se encontraba maravillado con los paisajes y monumentos vistos, encantado con la manera de vivir de los habitantes y desesperado por la dificultad en comprender bien el idioma. Y mira por donde, transitando por esta tierra seca y llana, una buena tarde en la que había salido para contemplar una de esas impresionantes puestas de sol que se dan en la llanura manchega, esas en las que el amigo Lorenzo va cambiando su color de gualdo a bermejo y va cayendo allá por el confín, por detrás, muy por detrás, de las mieses y las vides, vino a encontrarse por el campo con un hombre y un perro, que aunque ya conocían de antiguo tan hermoso panorama, andaban, como él, a los mismos menesteres. Al verse, se saludaron cortés y cordialmente, se expresaron su mutua admiración por el espléndido y relajante espectáculo, y luego, tras amistar un algo, convinieron en juntarse los días siguientes, el foráneo tal vez con el interés de que el paisano le contase y enseñara cosas de por aquí, y Luis y Luca (que no eran otros los personajes aludidos) porque, a más de su proverbial amabilidad y de sus ganas de sapiencia, como ya es sabido, estaban más a gusto conversando con alguien que un cochino en un pecinal, fuera quien fuese el contertulio y no digamos nada si se trataba de un guiri. El primer día, nuestros amigos, con su habitual cortesía, fueron explicando pormenorizadamente al galo cuanto quiso saber de los hábitos, costumbres y expresiones de nuestra tierra, que no fue poco, dada la cantidad de cosas por las que estuvo interesado y de las que solicitó información. De esa manera transcurrió esa jornada, pero a la siguiente cambiáronse las tornas, siendo el franchute quien pasó a detallar a Luis y Luca cuanto quisieron saber, que fue bastante, y cuanto él quiso añadir motu proprio sobre los ritos y usanzas de su país. Con preguntas y exposiciones comprobaron ampliamente cómo, aún viviendo limítrofes, aquellos eran bastante distintos y que tenían muy diferentes formas de celebrar fiestas y eventos, ya por no coincidir en fechas, o porque unas lo eran para unos y no para otros. Y dado que las de estos lares son suficientemente conocidas y practicadas, permítaseme que me limite a dar una relación, pequeña pero definidora, de algunas de las que se ofician más allá de los Pirineos. Habló Pierre, que así se llamaba el franco, para, ante el asombro de los otros, ir exponiendo y detallando los siguientes festejos, por supuesto muy populares entre ellos. Dijo en primer lugar que se hacía el muy divertido poissón d’avril, con unas bromas similares a las que aquí se llevan a cabo el 28 de diciembre, cuando los Inocentes. Que en el día de la boda, habitualmente se tomaba oignon soupe, sopa de cebolla o sopa de matrimonio. Afirmó luego que aunque no sabía bien si era por la llegada de la primavera o como símbolo de prosperidad y amor, lo cierto es que era muy extendida la práctica de regalar lirios el día 1 de mayo. Y que, en las presentaciones informales, el saludo consistía en darse tres besos y empezar por el lado izquierdo procurando no equivocarse. Admirados y satisfechos con esas narraciones, pasaron luego ambos a ocuparse de las expresiones coloquiales, tanto de las locales como de las foráneas, y aquí casi se vuelven locos, el uno y el otro, al querer conseguir su origen o significado. Sin saber hacerlo, Luis pasó a exponer varios ejemplos, como que volverse loco no era haber perdido la razón; y el significado de frases como aún queda mucho sol en las bardas; no estar por la labor; tener babas; estar repicando y en la procesión, o las incongruencias de utilizar curioso por limpio, o de sentir por oír. Y no fue pequeña la sorpresa de los paisanos cuando Pierre empezó a comentar casos que se daban en su lengua, en la que, utilizando una palabra con un significado bien definido, se construían frases increíbles con un sentido totalmente distinto. Y se refirió a como con pomme (manzana) se llega a decir: tomber dans les pommes, que significa desmayarse. Con grosse, que se traduce como gorda, se puede decir: mer grosse, o sea mar gruesa, pero si nuestras palabras son: prèt á la grosse aventure, nos estamos refiriendo a un préstamo de dudosa recuperación. Que grasse se traduce como grasa, mas al expresar: faire la grasse matinée estamos diciendo pegársele a uno las sábanas. Por último, que si utilizamos savón (jabón) para construir la expresión: passer un savon à quelqu’un, lo que estamos afirmando es echar una bronca a alguien. Ambos quedaron extrañados y contentos por cuanto habían escuchado y aprendido, y sentido cierta admiración, puesto que la manera de hablar de los dos había tenido ponderación, sinceridad, extrañeza, sin que hubiese hecho asomo el chauvinismo y sí el deseo de adquirir conocimientos sobre cosas y temas, no trascendentes, pero sí amenos y entrañables. Se vieron después en más de una ocasión, pero de esas posteriores entrevistas ya hablaremos otro día. Ramón Serrano G. Julio 2017

Consejos

Las gentes, y sobre todo los amigos, son y somos muy proclives a darnos y darse consejos, y todos lo hacen y lo hacemos, casi siempre, con la mejor intención aún a sabiendas de tres cosas: que no se van a seguir en un alto porcentaje de veces; que no siempre esas recomendaciones son las más adecuadas para el problema en cuestión y que, por tanto, en demasiadas ocasiones son merecedores de ser escuchados, por la más elemental educación, pero no de ser obedecidos. De cualquier forma, vaya este escrito como testimonio de agradecimiento hacia los amables consejeros, dado su aparente interés y buena voluntad. De este tema, como de tantos y tantos otros, se han dicho infinidad de cosas, unas amenas, otras interesantes, tanto por parte del pueblo llano como de los más renombrados personajes. Citaré tan sólo estas que siguen. Sócrates llegó a decir: -Mi consejo es que te cases; si encuentras una buena esposa serás feliz; si no, serás filósofo. El romano Tácito reconocía que cuando gozamos de salud damos fácilmente consejos a los enfermos. Por su parte, el gran Lope de Vega afirmaba: -No hay cosa más fácil en este mundo que dar consejos, ni más difícil que saberlos tomar. Y por último, tan sólo una alusión al gran número de ellos, y estos sí que eran todos sabios, que D. Quijote regalase a Sancho. Aquel de: - Come poco y cena más poco, que...; o ese otro: - No andes, Sancho, desceñido y flojo… Hablemos ahora de ellos que en sí, como todo el mundo sabe, son opiniones que se dan para orientar a alguien en un momento concreto a fin de que actúe de un modo determinado en un específico asunto. Suelen estar basadas esas sugerencias en la experiencia, mucha o poca, que sobre ese tema en particular tiene el aconsejador de turno, pero en ellas pueden influir, y de hecho lo hacen y con bastante trascendencia, varios condicionantes, que son a saber: La primera referencia va destinada a las personas que los dan (releamos la afirmación de Tácito), que suelen ser muchas y, de ellas la mayoría, hacen sus recomendaciones con la mejor buena fe. Pero también debemos tener presente que esas recomendaciones están, ante todo y la mayoría, preñadas de subjetivismo (cada una habla de la feria según le va en ella) y que ellos, como cada quien, tienen sus gustos particulares, una peculiar manera de tratar el problema, ya sea porque lo ven con un enfoque diferente, o porque cada persona aspira a dar el modo en el trato o un final a sus problemas, que no siempre es el mismo, tanto por importancia, urgencia, conformismo, etcétera. Y además, y esto no debe olvidarse, que el que conseja no paga. El siguiente problema que suele darse en la donación de las soluciones más convenientes, es el hecho de que el decidor esté lejos de ser una autoridad en la materia (en la mayoría de las ocasiones así es), por lo cual no está propagando un dogma y, sin saberlo, puede hallarse confundido y por tanto inducir al error al escuchante tanto en acción, como en omisión o pensamiento. Sin generalizar, que no sería lo correcto, está demostrado que el creíque y el penseque, son síntomas de tonteque. Por último acudiremos a otras descoveniencias que pueden favorecer o perjudicar en mucho el resultado final del consejo a dar. Son variadas y frecuentes. Así están aquellas sugerencias que se hacen, no para eludirlos en su totalidad, sino, únicamente, para evitar males mayores. Las que, con eficiente caridad, quieren sacar de su inopia al actor. Las que se tienen que realizar con premura pues cumple el plazo establecido para su realización, y es mejor hacer algo, aunque no sea todo lo bueno o eficiente que se quisiera, que quedarse mano sobre mano. Podría ir relacionando gran cantidad de acciones de esa condición, mas no es el caso, pero sí quiero insistir en que, aun cuando lo normal es que esas labores se hallen repletas de las mejores intenciones, ello no es suficiente para atestiguar que su obedecimiento sea el mejor camino a seguir por parte del aconsejado, puesto que hasta se han dado consejos, y demostrado está, en los que el consejero buscaba antes que nada, no el bien del otro, sino sus propios intereses. Recordemos al efecto la fábula de Samaniego que comienza de este modo: “Bebiendo un perro en el Nilo, al mismo tiempo corría. -Bebe quieto-, le decía, un taimado cocodrilo. Díjole el perro prudente: -Dañoso es beber y andar, ¿pero es sano el aguardar a que me claves el diente? ¡Oh, que docto perro viejo! Yo venero tu sentir en esto de no seguir del enemigo el consejo.” La solución es clara o, al menos, así me lo parece. Cuando hayamos de llevar a cabo alguna obra y no seamos duchos en el modo de hacerla, hay que tener muy en cuenta que es apropiado (y mucho, se podría decir) pedir consejo a persona que sea docta en la materia y de gran fiabilidad, hacerlo con el mayor tiempo posible, y exponer con absoluta claridad, y sin reserva alguna, los datos, condiciones y finalidad que nos guía. Tras ello, estoy seguro de que la persona a la que hemos pedido asesoramiento, pondrá a nuestra disposición, casi con seguridad, su mayor sapiencia. Pero también estoy seguro de que, estando convencidos de la bondad de sus consejos, luego nosotros actuaremos como nos venga en gana. Ramón Serrano G. Junio 2017

La felicidad

Para Conchi López Moreno, con mi agradecimiento por los trabajos tan bonitos que hace sobre mis poemas. La fiesta de la vida había cesado mucho antes del atardecer de sus días.- Rabindranath Tagore. Ya he comentado en alguna ocasión que los seres humanos somos hedonistas por naturaleza, y que la mayoría de ellos dedican, o mejor dicho dedicamos, una gran parte de la subsistencia a la conquista de la felicidad, y no quiero dejar pasar este momento para recomendar la lectura del maravilloso libro que, con ese título, escribiera Bertrand Russell. Pero volviendo a lo que hablábamos, diré que constantemente creemos tener derecho a que nuestra vida, en su totalidad, sea una fiesta, y que no deberíamos tener nunca desdichas de ningún tipo. Sin embargo es bien sabido que, por el contrario, la existencia, por corta o larga que fuere, está llena de incidencias de toda clase y condición, muchas de ellas naturales y bastantes otras muchas producidas por un uso indebido de nuestras actuaciones y conductas, siendo cierto que algunas de esas conductas las llevamos a cabo sin detenernos a estudiarlas y sin pensar que pueden tener un final poco agradable, las ejecutamos sabiendo que nos van a proporcionar, ineludiblemente, una gran compunción, una inmensa amargura. Y pese a ello las hacemos. Ahora, y tan sólo muy de pasada, nombraremos a las que sin ser malas esencialmente, a nosotros nos lo parecen porque interrumpen o lesionan nuestras apetencias. Por eso, repito, que es completamente absurdo que anhelando como lo hacemos el ser felices, llevemos a cabo tantos disparates, tanta badomía, y que lo hagamos deliberadamente y con el conocimiento de que con ello conseguiremos, si acaso una pequeña y pasajera dicha, pero, con seguridad, un seguro fiasco que nos ha de llevar, por ende, a una gran pesadumbre. Sin embargo, repito, lo hacemos una vez y otra. Pero vayamos al tema de fondo que me lleva a este escrito: la felicidad. El DRAE la describe como un estado de satisfacción espiritual y física, o la ausencia de inconvenientes o tropiezos. Sobre ella se ha dicho tanto, y por tan grandes autores, que venir a decir algo nuevo sería una necedad por mi parte, por lo que me limitaré a tratar de ir recordando ideas y recopilando opiniones. Básicamente se ha de pensar que el conseguir ser feliz se basa mucho en el concepto que cada quien tenga de ello, en la valoración y el conformismo, pues lo que para unos no tiene importancia, para otros es el súmmum de la alegría, y viceversa. Tampoco hay que ser demasiado exigentes para conseguir su alcance pues se corre el riesgo de no lograrlo. Recuerdo que Joaquín Bartrina decía: “Si quieres ser feliz, como me dices, no analices, muchacho, no analices”. O aquella frase que corría por estas tierras nuestras, y que afirmaba que un pobre se daba por contento con que le salieran las alpargatas buenas. Por igual se ha de tener presente que, por diversas razones, no todo el mundo es capaz de alcanzar la plenitud de las cosas que desearía, por lo que se ha de procurar tener únicamente aquello que se pueda conseguir con las condiciones que cada cual posea, ni un ápice menos ni una brizna más, pero con ellas, se ha de tratar siempre de alcanzar un estadio en el que las horas parezcan leguas, y que se esté deseando que no transcurran sabiendo que nunca se podrá volver a vivirlas. Eso sería en cuanto a la cantidad, pero en cuanto al modo, se debe procurar primeramente ser feliz en nuestro interior sin necesidad de tener que acudir para logarlo, y por obligación, a cosas y elementos externos que nos proporcionen ese estado. Digamos también que se debe, a toda costa, procurar hacer agradable la vida a los demás y poner el mismo empeño tanto en serlo nosotros, como en que lo sean ellos. Con un sentido anecdótico, traigo a colación dos opiniones sobre las maneras de alcanzar la felicidad. La primera de Freud, quien dice:” Sólo hay dos maneras de ser dichoso: hacerse el idiota, o serlo”. Otra es un proverbio chino que afirma: “Si quieres ser feliz un día, emborráchate; si quieres serlo tres días, cásate; si quieres serlo toda la vida, hazte jardinero”. Finalmente, quiero afirmar que no existe felicidad completa, como tampoco hay una desventura completa, hasta el punto que todo rato que nos sea placentero conlleva, ineludiblemente, algún sacrificio, que es posible que lo padezcamos gustosamente, pero que hay que hacerlo. Así, somos felices cuando invitamos a nuestro derredor a familiares, amigos, deudos y allegados, aunque luego, acabado el sarao y una vez idos todos ellos, seamos nosotros los que tenemos que fregar los platos, volver a colocar el mobiliario, pagar las facturas… Termino ya porque es este un tema inacabable, y lo hago primero refiriéndome a que, en el decir de muchos, la felicidad completa no existe en este mundo, por lo que debemos desear más que otra cosa, es que la desgracia no nos visite con regularidad. Y después, con la transcripción de una frase de Benjamín Franklin, a mi juicio maravillosa, en la que asegura que hay que ser comedido en nuestras aspiraciones, porque la felicidad ha de llegarnos, no con grandes golpes de suerte, sino con la consecución de pequeños deseos, tanto por su cantidad como por calidad. Ramón Serrano G Junio 2017

sábado, 27 de mayo de 2017

Alter ego

Entre las muchas expresiones interesantes que tiene nuestro gran idioma castellano, quiero hoy hablar un tanto de ésta, alter ego, el otro yo, que se puede correctamente emplear en muy diferentes ocasiones y de distintas maneras. Proveniente del latín, yo diría que por fortuna dada la belleza de aquella lengua, se utiliza, aunque no demasiado, en varias acepciones o con diferentes significados. Completamente distinto del ego, por ser éste, al decir de Freud, la instancia psíquica a través de la que el individuo puede reconocerse como yo, o bien un exceso de autoestima. El otro, el alter ego, se podría definir como un otro yo, como una segunda personalidad, al parecer diferente de la forma de ser original y principal de una persona. Aunque Séneca dijo que: “el amigo es otro yo”, fue en 1730, cuando Antón Mesmer utilizó la hipnosis para separarlo, y en el siglo XIX se habló por vez primera de este término, al describir los psicólogos esta alteración disociativa de la forma de ser de alguien. Teniendo varias estructuras, pasaremos a hablar de las dos más usuales, y ruego que se me permita llamar a la una externa e interna a la otra, al ser una expresada en persona distinta del individuo en cuestión y la otra en el interior del sujeto al que se está haciendo referencia. En la primera se dice que una determinada persona es el alter ego de otra cuando se tiene conciencia de que puede llegar a hacer sus veces sin limitaciones y actuar de una manera prácticamente igual que el otro, en un sinfín de ocasiones o momentos. Como se tiene más que sabido que la continuada manera de obrar de uno es similar en grado sumo a la del otro, aquí se utiliza el término en el sentido de semejanza o paralelismo. Se puede abundar en el tema diciendo que un persona es también el otro yo de la otra si en su obrar se ve un trasunto de ella, tanto en la esencia de sus actos, como en el modus operandi. Por otra parte, se expresa igualmente que X es el alter ego de Z, cuando en aquél se tiene absoluta confianza por parte de éste, que sabe de antemano cuál será su comportamiento en todas y cada una de las ocasiones que pudieran presentársele. Queda por decir que, por lógica, ha de ser muy elevada la categoría de alguien para que otro desee actuar a su imagen y semejanza. Hablemos ahora de la perspectiva a la que llamaremos interna, que es para mí, mucho más importante que la otra. Consiste, a grandes rasgos, en que cada ser humano tiene una doble personalidad, podríamos decir que una segunda identidad, si no ficticia, sí poco usual, que hace que, en un momento dado, se comporte de una manera diferente a la que en él es habitual. Alguien dijo que todos tenemos dos caras en una sola moneda. Un poco para él mismo, y un mucho para los demás, se descubre espontáneamente un cierto día una idiosincrasia añadida a la que tenía, mejor o peor que la ya conocida, pero desde luego diferente y sincera. Para nada se deberá confundir con verse obligado a llenar las expectativas de los demás, sino de ser uno mismo, aunque a partir de ahora padezcamos o disfrutemos de una doble naturaleza. A poco que echemos la vista atrás veremos que hemos sido testigos bastantes veces de estos casos. Algunos ejemplos: quien aparentemente sólo se preocupaba de sus intereses y sin embargo, y sin dar cuatro cuartos al pregonero, participaba en diversas acciones humanitarias; quien ha parecido tener un comportamiento y un gusto eróticos normales, siendo en realidad homosexual; quien, siendo tímido y callado, ha saltado contra una injusticia o una arbitrariedad; quien sabe disculparse, con lo que no siempre quiere decir que está equivocado, sino que le da más valor a sus relaciones que a su ego; quien en el trabajo, en el bar o con los amigos, ha sido la mar de divertido, mientras que en su casa mostraba siempre un carácter serio y agrio. De ellos se decía por estas tierras que eran alegres de calle y tristes de cocina. Y así se podrían traer a colación muchos ejemplos más. Cabe decir igualmente que a esto se han referido en los más diversos territorios. Dos casos: en algunos se pensaba que ese otro modo de ser nos venía impuesto desde un país desconocido llamado Tule, que bien podría ser Escandinavia, u otro lugar en el lejano norte. Y en Alemania existe el doppelganger, que nos habla de la doble personalidad, con la existencia de un doble fantasmagórico enclavado en una persona viva. Igualmente hemos de hacer mención de que el tema ha sido tratado por algunos autores; unos para exponer cómo era el otro yo, y otros que han mostrado en sus obras cuál era, de facto, su propio alter ego y lo han hecho a través de los protagonistas de sus escritos. Por citar a algunos, nos referiremos en primer lugar a Ágatha Cristie, que lo hace en dos de sus obras, Parker Pyne y Cartas sobre la mesa, con la actuación de Ariadne Óliver. El conocidísimo Extraño caso del doctor Jekill y el señor Hyde, en el que su autor, Robert L. Stevenson, nos muestra que los dos personajes son la perfecta constatación de que el bien y el mal se pueden hallar dentro de una misma persona. Nick Adams, de Hemingway, Un libro de Bech, de John Updike, y así bastantes más. Y hasta aquí llega mi osadía de escribir sobre un tema tan complejo como el tratado, ignorando si he llegado a decir algo de interés o si he sabido hacerlo. Me vale para tener la propia conciencia de que tenemos una doble personalidad. Ésta puede ser buena en lo externo y mala en lo interno; mala de cara a los demás, pero buena en nuestro fondo. Lo nocible es cuando es mala en ambos casos. Ramón Serrano G. Mayo 2017

Y entonces

Para TLS, por su constancia en la lectura de mis escritos. Con mi agradecimiento. . Pienso que no me equivoco si digo que a todos nos gusta soñar despiertos. ¡Oh, soñar, qué cosa tan agradable! Y hago constar que me estoy refiriendo a imaginar, a elucubrar en estado de vigilia y no mientras se duerme, sucesos o escenas que percibimos como reales aunque por supuesto sólo han acaecido, o han de suceder, en nuestro magín. Y al hacerlo, cuando estamos casi convencidos de que lo soñado es real, una vez que nuestra mente se ha instalado en el albergue de la sexta felicidad, en el instante en que se ha extasiado nuestro espíritu en esa creencia, entonces viene el jefe y te echa la bronca; o el vecino te fastidia la siesta con el volumen del televisor; o te manchas la corbata desayunando en la cafetería; o el cliente anula el pedido; o el político se pone a hablar (eso si no actúa, que si actúa es peor); o lo que sea. Pero el caso es que el día, y lo que es peor aún, nuestro sueño, se tuerce de muy mala manera. Porque la mayoría de los humanos, haciéndonos eco de nuestra esencia hedonista, buscamos siempre la felicidad, bien la verdadera, o bien la que a nosotros nos parece que lo es, o lo sería, si las cosas sucedieran a nuestro antojo. Y esto lo hacemos a ultranza, tanto, que a veces nos esforzamos en mentirnos a nosotros mismos sin querer ver nuestras carencias y limitaciones, reales o soñadas, sean del tipo que sean. A veces, repito, creemos oír o ver aquello que tememos y a veces lo que deseamos. Y esas ilusiones oníricas de las personas, esas que les proporcionan tanta dicha (a veces tanto miedo), pese a ser pequeñas, llegan a producir visiones, casi visuras, grandiosas, trascendentes, y llenas de importancia, aun cuando esto sea distinto en cada individuo. Supongo que esto pueda deberse a que el sol, al ponerse, deja de brillar sobre nuestra alma, y la noche del infortunio, o lo que es peor aún, la de la rutina, le quita la luz a nuestra vida. Por ello, en la soledad del dormitorio, así como en la de la celda del prisionero, en la que este gusta de compartir su escaso condumio con el ratoncillo que le visita asiduamente, digo que en las más de las ocasiones a los seres humanos nos agrada dejar volar sin tasas a nuestra imaginación y, fantasiosos, trasladarnos a paraísos de las más distintas condiciones. Antes de continuar, diré que sé que alguien estará de acuerdo conmigo en esto, como sé que otro alguien afirmará que eso es afición de niños o de adolescentes que no se han enfrentado aún a los avatares de la vida, ni han sufrido en sus propias carnes los reveses que esta impone, pero que una vez metido en la cruda realidad, cuando te retiras a descansar, o son las preocupaciones las que motivan el desvelo, o el agotamiento te hacer dormir de inmediato. Como también he de decir que sí, pero no. Que hay un gran número de personas que padecen de esas “miserias”, pero que también haylos que gozan lo indecible sacando, pródiga y minuciosamente, a pasear a su mente,, inquieta o ávida de gozo. Y la tarea de estos últimos es la referencia de este escrito. La sucesión de peripecias ensoñadoras en estado de vigilia suele empezar de dos maneras: casual o forzada, aunque suele haber más de estas que de aquellas. Es natural. Como nos cuesta lo mismo, y nadie nos obliga a nada, llevamos nuestros pensamientos por donde nos viene en gana, que bastante hay que penar cuando no queda otro remedio. Entonces, mientras el sueño llega (y a veces debe venir desde muy lejos, no sé de donde, pero lo cierto es que tarda muchísimo en hacerlo), damos comienzo a un repaso para nuestra satisfacción y empezamos a sacarle al magín un rendimiento óptimo a todas y cada una de nuestras actividades. Dos son también las ocupaciones a la que nos entregamos. A veces repasamos el pasado, o mejor dicho, parte de él, y concretamente, aquella que nos interesa ya que nos resulta placentera y deleitosa. Condenamos al más absoluto olvido lo que nos resultó fastidioso, hasta llegamos a creer que no fuese sucedido, y rememoramos de contino, cuanto sea menester, pormenorizadamente y magnificándolo, lo que nos acaeció en otra época y que permitió nuestro beneficio o leticia. En otras ocasiones dedicamos los ensueños a darle un buen fin a cualesquiera de nuestras empresas o dedicaciones: estudios, trabajo, relaciones, negocios, planes y proyectos, todo, absolutamente todo lo que nos planteemos, nos parece factible y hasta fácil de conseguir, y para ello aportamos cuanto esfuerzo sea necesario. Con la imaginación saltamos vallas, sorteamos obstáculos, resolvemos problemas, hacemos cuanto sea preciso para felizmente conseguir al fin nuestro anhelo. Y en bastantes ocasiones, no contentos con lo alcanzado imaginariamente en un primer envite, deseosos de más satisfacción, de un más amplio godeo, añadimos cuanto cabe a nuestra imaginación para tratar de llegar al infinito gozo. Y así, cuando la mente comienza a obnubilarse, en el momento en que los sentidos van perdiendo energía, Morfeo nos va cogiendo entre sus brazos y el tío de la arena va esparciendo su mercancía por la alcoba por lo que los ojos no pueden, casi, permanecer abiertos, en ese justo instante, cuando estamos habiendo felicidad en grado sumo… nos acordamos que hemos dejado encendida la luz de la cocina. Ramón Serrano G. Mayo 2017

jueves, 27 de abril de 2017

Juicio y orden

Para Cristina y Miguel Uno de los actos más comunes que suelen ejecutar los seres humanos es juzgar las obras u omisiones ajenas, o sea, el comportamiento de los demás, pese a ser, sin embargo, uno de los más difíciles y complicados aunque pueda parecer lo contrario, y, sobre todo, si se quiere llevar a cabo con comedimiento y acierto. Porque reconocerán conmigo que si alguien actúa de una determinada manera, ya sea bien o mal, y tanto da que lo haga reiterada como puntualmente, todo el mundo está presto a emitir un veredicto y, las más de las veces, sin detenerse a estudiar los motivos o razones que al actor le han podido inducir e incluso obligar a ello. Habitualmente, también suele haber al emitir el correspondiente dictamen mucha más subjetividad que equilibrio y ello pueden conducir a los más variados resultados. Pocas veces hay detenimiento en comprobar con rigor si la información que ha llegado es correcta y nos escudamos en es que me lo ha dicho fulano o ha llegado hasta mí a través de uno de tantos medios sociales. Tampoco hay hábito en valorar la importancia o trascendencia del dicho o del hecho, y, por supuesto, no hay interés en saber los motivos que han llevado a realizar la acción. Y todas esas circunstancias influyen grandemente en la magnitud de lo enjuiciado. Los profesionales del Derecho utilizan constantemente aspectos y perspectivas de ellas en lo considerado y que sirven como agravantes, atenuantes o eximentes para determinar la grandeza o futilidad, trascendencia o irrelevancia, del caso al que se refieren. Y de esas variantes y posibilidades voy a hablar a través de una historia que me ha de servir como base para explicar alguna de las muchas posturas que se pueden adoptar ante un suceso. En cierta ocasión, hubo un hombre que era padre de dos hijos, ambos muy aficionados al fútbol, pero partidarios de dos equipos diferentes, uno del verde y otro del marrón. Un día en el que esos dos conjuntos tenían que disputar entre ellos un partido de mucha importancia, les dijo: -Yo, como padre, ¿qué equipo debo preferir que gane esta tarde? Ellos tardaron poco en contestar, y Elian dijo:- Pienso que debes desear que venza mi equipo, el verde, mientras que el Brodelio contestó: - Creo que tú debes querer que empaten, que no gane ni pierda ninguno. Y ambas, que son aparentemente unas contestaciones triviales y hasta cierto punto lógicas, sobre un algo de escasa importancia, le hizo pensar que, sin embargo, merecían un análisis un tanto profundo ya que, en el fondo, las dos podían revelar la manera de ser de cada uno de ellos y albergar un importante significado. En primer lugar, y en un rápido examen, da la impresión que Brodelio, en su expresión, dio muestra de ser más contemporizador y menos radical, que se amolda mejor a los gustos de cada uno de los demás y que incluso renuncia a la victoria de los suyos en aras de no hacer sufrir a los demás, mientras que el otro, Elian, adoptaba una actitud completamente endogámica al desear la victoria de su bando sin importarle para nada el pensar ni el sentir ajeno, ni las consecuencias que aquella traería, y por supuesto, optar por ella sin conceder posibilidad alguna a otras soluciones. Vencer, sólo vencer, de manera implacable, arrasando. Algo parecido a la petición al Santiago matamoros de la batalla de Clavijo o al Santiago y cierra España de las Navas de Tolosa. Y parece ser que fue conforme con este somero análisis, aunque podría haberlo intercambiado, puesto que muchas de las razones que aplicó al proceder de uno podría haberlas realizado igualmente en el del otro y aumentado con otras muchas más interpretaciones, unas buenas y otras no tanto, y hasta tal punto, que quedó convencido de que había aplicado uno y omitido ciento. Hasta aquí la corta historia sobre aquel hombre y sus hijos, y en ella se dice algo que sucede constantemente, que no parece justo pero que es lo habitual, y estriba como he intentado decir en el pensar del sujeto que forma una opinión sobre alguien o sobre algo. O sea, esto es así, así lo ve, y por ello, expresa su opinión y por las razones que aduce deja marcada en un tercero lo sucedido, tanto en su forma como en sus cualidades. Sin embargo, lo que parece completamente increíble, es que el orden en el que se dicen, cambien de una manera radical la naturaleza de lo expresado. Aun empleando las mismas palabras, lo dicho será bueno o malo, siempre que lo digamos en primer o en segundo lugar, e interpongamos entre ambos un pero. Y me estoy refiriendo a la conjunción adversativa, no en la acepción que la define como un defecto u objeción, sino en la que contrapone a un concepto, otro completamente distinto, usando las mismas palabras y tanto para lo bueno como para lo malo. Dos ejemplos: - Gael es buena persona, pero antipático. Gael es antipático, pero buena persona. O esto otro: -Hace buen día, pero un poco fresco. Hace un poco fresco, pero buen día. Y se ve cómo las cosas, que continúan siendo como son, cambian según el orden en que se expresan y acaban siendo aquello que se dice en último lugar. Llama entonces la atención cómo, por estas y otras muchas razones y en aras de muchas causas, cambia el juicio que cada cual emite sobre las cosas según el orden en que lo expresa. Ramón Serrano G. Abril 2017

jueves, 6 de abril de 2017

Los pilares

Para todas aquellas y aquellos que, como yo, tuvimos la inmensa fortuna de recibir sus enseñanzas. Es archisabido que cuando alguien construye un edificio puede alcanzar, o no, los fines para los que este ha sido imaginado, y que cumpla, o no, aquellos deseos para los que fue destinado. Si su rentabilidad ha sido la correcta, su capacidad la necesaria, si está dentro de las normas ciudadanas, o si su belleza es nula, aceptable o exquisita. Y cuando el hombre de la calle pasa ante él, nunca tiene conciencia exacta de en qué nivel se halla dentro de las premisas expuestas, o de otras muchas que igualmente podríamos traer a colación, y si se me permite apuntarlo, tampoco podrían dar firme e inmediato testimonio de ello, tanto los profesionales que lo han diseñado, como los empresarios que se han hecho cargo de su construcción y la han llevado a su fin. Pero si hay una cosa de la que todo el mundo está completamente seguro, siempre que haya transcurrido un considerable espacio de tiempo desde que se hizo, y ello no es sino que está asentado en unos firmes y seguros pilares que hacen posible que la obra dure mucho, muchísimo tiempo, que no se tambalee, que se muestre firme y eficiente. Y pensando en ello, vengo a referirme hoy a una magnífica obra que se llevó a cabo en nuestro entrañable Tomillares en los primeros años cuarenta del pasado siglo. Sintiendo la necesidad de que en esta ciudad se impartieran estudios superiores a los primarios, y al no existir ningún centro oficial dedicado a ello, varios próceres locales consiguieron, con la impagable ayuda de una bodega jerezana, que la orden carmelitana con sede en Antequera, se hiciera cargo de impartir los estudios de bachillerato. Así, se abre el colegio Santo Tomás de Aquino, en el que la primaria se mantiene con las enseñanzas de frailes de la citada orden, mientras que para la secundaria, a más de algún cualificado carmelita, se necesitó traer a profesores foráneos. Estos, siendo buenos, y con la suficiente capacidad para sacar adelante su misión, no eran los mejores como es fácilmente comprensible. Pero la Orden se exige más a sí misma, tanto por su manera de pensar, como por la categoría del lugar donde se va a desarrollar su ejercicio, por lo que día tras día y año tras año, se trabaja hasta dar con alguien, no sólo que sea muy bueno, sino lo mejor, y lo mejor tanto de antes como de ahora, para con ellos, y en ellos, afianzar los pilares del “edificio”. Y ese esfuerzo da como resultado la consecución de la ayuda de algunos preceptores más, pero sobre todo, la de cuatro profesores inmejorables y de los que voy a hablar someramente, aludiendo a ellos por orden alfabético ya que su categoría y eficiencia, a más de óptima, es equiparable. Este, de la localidad, pertenece a una familia que tiene una carpintería en la calle del Infierno. Aquel, militar de carrera, viene desde la toledana Villa de don Fadrique. El otro no continúa con el negocio que los suyos tienen en la calle Caballeros de Ciudad Real, una imprenta y papelería, mientras que esotro, andaluz y cordobés, de Pozoblanco por más señas, ha llegado a Tomillares en la Guerra Civil como oficial del ejército. Vemos entonces que los cuatro son pioneros en el ejercicio de la enseñanza, sin que ello sea obstáculo para que la desarrollen de un modo excelente. Por ello, la literatura y los idiomas por un lado, las matemáticas por otro, la geografía y la historia por este, y por aquél el latín, el griego y la filosofía, se van introduciendo profunda y sabiamente en el saber del alumnado, y de tal modo que este va llegando a ellos de una manera eficiente, duradera y agradable. Y tan es así, que hoy en día, cuando nos juntamos compañeros y amigos de aquellos muy felices años, indefectiblemente aparece el recuerdo de alguno, o de todos, de aquellos cuatro docentes, de aquellos “pilares” en los que estuvo, afianzado nuestro aprendizaje, y de alguno de sus enseños, y, por supuesto, todas y cada una de las membranzas van acompañadas del mayor agrado y satisfacción. Por eso hoy que se acaba de producir el fallecimiento de un ser muy allegado a este entorno y muy querido por todos, vengo aquí, queridos DON FRANCISCO, DON ANTONIO, DON FRANCISCO, y DON CARLOS, en nombre de todos y cada uno de mis compañeros y en el mío propio, y pese a la insignificancia de mi capacidad para hacerlo, con el deseo de dar profunda señal de nuestro agradecimiento, respeto y cariño hacia ustedes. Ramón Serrano G. Abril de 2017