sábado, 27 de mayo de 2017

Y entonces

Para TLS, por su constancia en la lectura de mis escritos. Con mi agradecimiento. . Pienso que no me equivoco si digo que a todos nos gusta soñar despiertos. ¡Oh, soñar, qué cosa tan agradable! Y hago constar que me estoy refiriendo a imaginar, a elucubrar en estado de vigilia y no mientras se duerme, sucesos o escenas que percibimos como reales aunque por supuesto sólo han acaecido, o han de suceder, en nuestro magín. Y al hacerlo, cuando estamos casi convencidos de que lo soñado es real, una vez que nuestra mente se ha instalado en el albergue de la sexta felicidad, en el instante en que se ha extasiado nuestro espíritu en esa creencia, entonces viene el jefe y te echa la bronca; o el vecino te fastidia la siesta con el volumen del televisor; o te manchas la corbata desayunando en la cafetería; o el cliente anula el pedido; o el político se pone a hablar (eso si no actúa, que si actúa es peor); o lo que sea. Pero el caso es que el día, y lo que es peor aún, nuestro sueño, se tuerce de muy mala manera. Porque la mayoría de los humanos, haciéndonos eco de nuestra esencia hedonista, buscamos siempre la felicidad, bien la verdadera, o bien la que a nosotros nos parece que lo es, o lo sería, si las cosas sucedieran a nuestro antojo. Y esto lo hacemos a ultranza, tanto, que a veces nos esforzamos en mentirnos a nosotros mismos sin querer ver nuestras carencias y limitaciones, reales o soñadas, sean del tipo que sean. A veces, repito, creemos oír o ver aquello que tememos y a veces lo que deseamos. Y esas ilusiones oníricas de las personas, esas que les proporcionan tanta dicha (a veces tanto miedo), pese a ser pequeñas, llegan a producir visiones, casi visuras, grandiosas, trascendentes, y llenas de importancia, aun cuando esto sea distinto en cada individuo. Supongo que esto pueda deberse a que el sol, al ponerse, deja de brillar sobre nuestra alma, y la noche del infortunio, o lo que es peor aún, la de la rutina, le quita la luz a nuestra vida. Por ello, en la soledad del dormitorio, así como en la de la celda del prisionero, en la que este gusta de compartir su escaso condumio con el ratoncillo que le visita asiduamente, digo que en las más de las ocasiones a los seres humanos nos agrada dejar volar sin tasas a nuestra imaginación y, fantasiosos, trasladarnos a paraísos de las más distintas condiciones. Antes de continuar, diré que sé que alguien estará de acuerdo conmigo en esto, como sé que otro alguien afirmará que eso es afición de niños o de adolescentes que no se han enfrentado aún a los avatares de la vida, ni han sufrido en sus propias carnes los reveses que esta impone, pero que una vez metido en la cruda realidad, cuando te retiras a descansar, o son las preocupaciones las que motivan el desvelo, o el agotamiento te hacer dormir de inmediato. Como también he de decir que sí, pero no. Que hay un gran número de personas que padecen de esas “miserias”, pero que también haylos que gozan lo indecible sacando, pródiga y minuciosamente, a pasear a su mente,, inquieta o ávida de gozo. Y la tarea de estos últimos es la referencia de este escrito. La sucesión de peripecias ensoñadoras en estado de vigilia suele empezar de dos maneras: casual o forzada, aunque suele haber más de estas que de aquellas. Es natural. Como nos cuesta lo mismo, y nadie nos obliga a nada, llevamos nuestros pensamientos por donde nos viene en gana, que bastante hay que penar cuando no queda otro remedio. Entonces, mientras el sueño llega (y a veces debe venir desde muy lejos, no sé de donde, pero lo cierto es que tarda muchísimo en hacerlo), damos comienzo a un repaso para nuestra satisfacción y empezamos a sacarle al magín un rendimiento óptimo a todas y cada una de nuestras actividades. Dos son también las ocupaciones a la que nos entregamos. A veces repasamos el pasado, o mejor dicho, parte de él, y concretamente, aquella que nos interesa ya que nos resulta placentera y deleitosa. Condenamos al más absoluto olvido lo que nos resultó fastidioso, hasta llegamos a creer que no fuese sucedido, y rememoramos de contino, cuanto sea menester, pormenorizadamente y magnificándolo, lo que nos acaeció en otra época y que permitió nuestro beneficio o leticia. En otras ocasiones dedicamos los ensueños a darle un buen fin a cualesquiera de nuestras empresas o dedicaciones: estudios, trabajo, relaciones, negocios, planes y proyectos, todo, absolutamente todo lo que nos planteemos, nos parece factible y hasta fácil de conseguir, y para ello aportamos cuanto esfuerzo sea necesario. Con la imaginación saltamos vallas, sorteamos obstáculos, resolvemos problemas, hacemos cuanto sea preciso para felizmente conseguir al fin nuestro anhelo. Y en bastantes ocasiones, no contentos con lo alcanzado imaginariamente en un primer envite, deseosos de más satisfacción, de un más amplio godeo, añadimos cuanto cabe a nuestra imaginación para tratar de llegar al infinito gozo. Y así, cuando la mente comienza a obnubilarse, en el momento en que los sentidos van perdiendo energía, Morfeo nos va cogiendo entre sus brazos y el tío de la arena va esparciendo su mercancía por la alcoba por lo que los ojos no pueden, casi, permanecer abiertos, en ese justo instante, cuando estamos habiendo felicidad en grado sumo… nos acordamos que hemos dejado encendida la luz de la cocina. Ramón Serrano G. Mayo 2017

jueves, 27 de abril de 2017

Juicio y orden

Para Cristina y Miguel Uno de los actos más comunes que suelen ejecutar los seres humanos es juzgar las obras u omisiones ajenas, o sea, el comportamiento de los demás, pese a ser, sin embargo, uno de los más difíciles y complicados aunque pueda parecer lo contrario, y, sobre todo, si se quiere llevar a cabo con comedimiento y acierto. Porque reconocerán conmigo que si alguien actúa de una determinada manera, ya sea bien o mal, y tanto da que lo haga reiterada como puntualmente, todo el mundo está presto a emitir un veredicto y, las más de las veces, sin detenerse a estudiar los motivos o razones que al actor le han podido inducir e incluso obligar a ello. Habitualmente, también suele haber al emitir el correspondiente dictamen mucha más subjetividad que equilibrio y ello pueden conducir a los más variados resultados. Pocas veces hay detenimiento en comprobar con rigor si la información que ha llegado es correcta y nos escudamos en es que me lo ha dicho fulano o ha llegado hasta mí a través de uno de tantos medios sociales. Tampoco hay hábito en valorar la importancia o trascendencia del dicho o del hecho, y, por supuesto, no hay interés en saber los motivos que han llevado a realizar la acción. Y todas esas circunstancias influyen grandemente en la magnitud de lo enjuiciado. Los profesionales del Derecho utilizan constantemente aspectos y perspectivas de ellas en lo considerado y que sirven como agravantes, atenuantes o eximentes para determinar la grandeza o futilidad, trascendencia o irrelevancia, del caso al que se refieren. Y de esas variantes y posibilidades voy a hablar a través de una historia que me ha de servir como base para explicar alguna de las muchas posturas que se pueden adoptar ante un suceso. En cierta ocasión, hubo un hombre que era padre de dos hijos, ambos muy aficionados al fútbol, pero partidarios de dos equipos diferentes, uno del verde y otro del marrón. Un día en el que esos dos conjuntos tenían que disputar entre ellos un partido de mucha importancia, les dijo: -Yo, como padre, ¿qué equipo debo preferir que gane esta tarde? Ellos tardaron poco en contestar, y Elian dijo:- Pienso que debes desear que venza mi equipo, el verde, mientras que el Brodelio contestó: - Creo que tú debes querer que empaten, que no gane ni pierda ninguno. Y ambas, que son aparentemente unas contestaciones triviales y hasta cierto punto lógicas, sobre un algo de escasa importancia, le hizo pensar que, sin embargo, merecían un análisis un tanto profundo ya que, en el fondo, las dos podían revelar la manera de ser de cada uno de ellos y albergar un importante significado. En primer lugar, y en un rápido examen, da la impresión que Brodelio, en su expresión, dio muestra de ser más contemporizador y menos radical, que se amolda mejor a los gustos de cada uno de los demás y que incluso renuncia a la victoria de los suyos en aras de no hacer sufrir a los demás, mientras que el otro, Elian, adoptaba una actitud completamente endogámica al desear la victoria de su bando sin importarle para nada el pensar ni el sentir ajeno, ni las consecuencias que aquella traería, y por supuesto, optar por ella sin conceder posibilidad alguna a otras soluciones. Vencer, sólo vencer, de manera implacable, arrasando. Algo parecido a la petición al Santiago matamoros de la batalla de Clavijo o al Santiago y cierra España de las Navas de Tolosa. Y parece ser que fue conforme con este somero análisis, aunque podría haberlo intercambiado, puesto que muchas de las razones que aplicó al proceder de uno podría haberlas realizado igualmente en el del otro y aumentado con otras muchas más interpretaciones, unas buenas y otras no tanto, y hasta tal punto, que quedó convencido de que había aplicado uno y omitido ciento. Hasta aquí la corta historia sobre aquel hombre y sus hijos, y en ella se dice algo que sucede constantemente, que no parece justo pero que es lo habitual, y estriba como he intentado decir en el pensar del sujeto que forma una opinión sobre alguien o sobre algo. O sea, esto es así, así lo ve, y por ello, expresa su opinión y por las razones que aduce deja marcada en un tercero lo sucedido, tanto en su forma como en sus cualidades. Sin embargo, lo que parece completamente increíble, es que el orden en el que se dicen, cambien de una manera radical la naturaleza de lo expresado. Aun empleando las mismas palabras, lo dicho será bueno o malo, siempre que lo digamos en primer o en segundo lugar, e interpongamos entre ambos un pero. Y me estoy refiriendo a la conjunción adversativa, no en la acepción que la define como un defecto u objeción, sino en la que contrapone a un concepto, otro completamente distinto, usando las mismas palabras y tanto para lo bueno como para lo malo. Dos ejemplos: - Gael es buena persona, pero antipático. Gael es antipático, pero buena persona. O esto otro: -Hace buen día, pero un poco fresco. Hace un poco fresco, pero buen día. Y se ve cómo las cosas, que continúan siendo como son, cambian según el orden en que se expresan y acaban siendo aquello que se dice en último lugar. Llama entonces la atención cómo, por estas y otras muchas razones y en aras de muchas causas, cambia el juicio que cada cual emite sobre las cosas según el orden en que lo expresa. Ramón Serrano G. Abril 2017

jueves, 6 de abril de 2017

Los pilares

Para todas aquellas y aquellos que, como yo, tuvimos la inmensa fortuna de recibir sus enseñanzas. Es archisabido que cuando alguien construye un edificio puede alcanzar, o no, los fines para los que este ha sido imaginado, y que cumpla, o no, aquellos deseos para los que fue destinado. Si su rentabilidad ha sido la correcta, su capacidad la necesaria, si está dentro de las normas ciudadanas, o si su belleza es nula, aceptable o exquisita. Y cuando el hombre de la calle pasa ante él, nunca tiene conciencia exacta de en qué nivel se halla dentro de las premisas expuestas, o de otras muchas que igualmente podríamos traer a colación, y si se me permite apuntarlo, tampoco podrían dar firme e inmediato testimonio de ello, tanto los profesionales que lo han diseñado, como los empresarios que se han hecho cargo de su construcción y la han llevado a su fin. Pero si hay una cosa de la que todo el mundo está completamente seguro, siempre que haya transcurrido un considerable espacio de tiempo desde que se hizo, y ello no es sino que está asentado en unos firmes y seguros pilares que hacen posible que la obra dure mucho, muchísimo tiempo, que no se tambalee, que se muestre firme y eficiente. Y pensando en ello, vengo a referirme hoy a una magnífica obra que se llevó a cabo en nuestro entrañable Tomillares en los primeros años cuarenta del pasado siglo. Sintiendo la necesidad de que en esta ciudad se impartieran estudios superiores a los primarios, y al no existir ningún centro oficial dedicado a ello, varios próceres locales consiguieron, con la impagable ayuda de una bodega jerezana, que la orden carmelitana con sede en Antequera, se hiciera cargo de impartir los estudios de bachillerato. Así, se abre el colegio Santo Tomás de Aquino, en el que la primaria se mantiene con las enseñanzas de frailes de la citada orden, mientras que para la secundaria, a más de algún cualificado carmelita, se necesitó traer a profesores foráneos. Estos, siendo buenos, y con la suficiente capacidad para sacar adelante su misión, no eran los mejores como es fácilmente comprensible. Pero la Orden se exige más a sí misma, tanto por su manera de pensar, como por la categoría del lugar donde se va a desarrollar su ejercicio, por lo que día tras día y año tras año, se trabaja hasta dar con alguien, no sólo que sea muy bueno, sino lo mejor, y lo mejor tanto de antes como de ahora, para con ellos, y en ellos, afianzar los pilares del “edificio”. Y ese esfuerzo da como resultado la consecución de la ayuda de algunos preceptores más, pero sobre todo, la de cuatro profesores inmejorables y de los que voy a hablar someramente, aludiendo a ellos por orden alfabético ya que su categoría y eficiencia, a más de óptima, es equiparable. Este, de la localidad, pertenece a una familia que tiene una carpintería en la calle del Infierno. Aquel, militar de carrera, viene desde la toledana Villa de don Fadrique. El otro no continúa con el negocio que los suyos tienen en la calle Caballeros de Ciudad Real, una imprenta y papelería, mientras que esotro, andaluz y cordobés, de Pozoblanco por más señas, ha llegado a Tomillares en la Guerra Civil como oficial del ejército. Vemos entonces que los cuatro son pioneros en el ejercicio de la enseñanza, sin que ello sea obstáculo para que la desarrollen de un modo excelente. Por ello, la literatura y los idiomas por un lado, las matemáticas por otro, la geografía y la historia por este, y por aquél el latín, el griego y la filosofía, se van introduciendo profunda y sabiamente en el saber del alumnado, y de tal modo que este va llegando a ellos de una manera eficiente, duradera y agradable. Y tan es así, que hoy en día, cuando nos juntamos compañeros y amigos de aquellos muy felices años, indefectiblemente aparece el recuerdo de alguno, o de todos, de aquellos cuatro docentes, de aquellos “pilares” en los que estuvo, afianzado nuestro aprendizaje, y de alguno de sus enseños, y, por supuesto, todas y cada una de las membranzas van acompañadas del mayor agrado y satisfacción. Por eso hoy que se acaba de producir el fallecimiento de un ser muy allegado a este entorno y muy querido por todos, vengo aquí, queridos DON FRANCISCO, DON ANTONIO, DON FRANCISCO, y DON CARLOS, en nombre de todos y cada uno de mis compañeros y en el mío propio, y pese a la insignificancia de mi capacidad para hacerlo, con el deseo de dar profunda señal de nuestro agradecimiento, respeto y cariño hacia ustedes. Ramón Serrano G. Abril de 2017

jueves, 23 de marzo de 2017

Gaudeamus

Para F. C. Q. T. Cuando alcanzamos cierta edad, solemos las personas darnos la satisfacción de recordar unos tiempos en los que las costumbres eran completamente distintas a las de hoy, sin que a ello nos mueva la importancia de las mismas, sabiendo plenamente que las magnificamos pero lo hacemos tan sólo, ya digo, para rememorar con despacio los escasos ratos placenteros de aquellos entonces. Esas membranzas suelen ser de todo tipo y condición. Nos acordamos de las historias que nos contaba el abuelo, del aguinaldo que nos daba la abuela, de la onza de chocolate con la que nos obsequiaba la vecina algunas tardes, y así podría enumerar muchas, muchas, más. De entre todas, quiero tener así recuerdo para la comida, la cual, y dada su escasez, era una rutina en mis años de niño, pero dentro de este tema voy a referirme a algo que en ciertas casas era una gollería. Cuando había una excepción por algo que festejar, se traía a la mesa un pollo del corral, o cordero (comer carne se decía). Cosa aparte eran las sardinas “salás”, o de cuba, llamadas de esta manera porque venían - y siguen viniendo- en unas cajas circulares de madera en las que en cada una cabían unos 80 a 100 ejemplares. Eran uno de los alimentos más populares entre las gentes sencillas del interior, las cuales, con estas y con otras salazones como el bacalao, se permitían su única ingesta de pescado. Pero en ciertas casas, no se consumían normalmente solas, sino que se acompañaban de un huevo -lo de dos era casi un milagro- y constituían un verdadero festín. Sobre este popular y viejo alimento quiero contar tres anécdotas. Para la primera vamos a situarnos en el tiempo: la España de los últimos años 40 del siglo XX. En el lugar: el mercado público. La materia: las mencionadas sardinas “salás”. Como personajes: primero y por una parte, “Perroño”, vendedor en el mercado de abastos y “Picarra”, un vecino del pueblo harto de pasar necesidades y que cierto día se ve favorecido por la fortuna. Llega este al puesto y le dice: -Oye, Perroño,¿cuántas sardinas me das por un duro?, y aquél le contesta: -Por cinco pesetas te doy todas las que te puedas comer. Voy a abrirte una cuba. Empieza Picarra a comer y cuando llevaba ya ingeridas unas diez más o menos, le dice Perroño: -¿Es que te las comes con cabeza y todo?, a lo que le contesta Pirraña: - En la primera cuba sí. El segundo sucedido trata de un muchacho que acompaña a su madre a la compra en la tienda de ultramarinos, y ve con agrado cómo ella, a más de otros productos, aunque no demasiados, adquiere seis sardinas “salás” (una para cada miembro de la familia) que el comerciante le envuelve en un papel de estraza. Dos días después, ella anuncia pomposamente que, queriendo dar un festín a la familia, la comida de mediodía consistirá en huevos fritos con las citadas sardinas. En la festiva jornada del anunciado “banquete”, y a la hora del menú, el chaval se levanta de la mesa y va a la cocina pues, no contentándose con el placer gastronómico, quiere contemplar la parafernalia con la que se lleva a cabo su elaboración. Allí ve cómo la mujer va cogiendo el papel de estraza en el que están envueltas las sardinas y con cuidado, una a una, y cubiertas por dicho papel, las mete entre la hoja y el marco de la puerta por la parte de las bisagras, y las prensa cerrando aquella con relativa fuerza. Ese suave estrujado produce varios efectos, todos ellos satisfactorios. Al desenvolver, la piel y las escamas están casi todas pegadas al papel y, las que no, sueltas. También ha quedado desprendida la espina, por lo que es fácil quitarla junto con la cabeza. Y por último, la grasa se ha extendido por igual y gran parte de ella se ha quedado en el envoltorio. Ahora sólo resta poner una sartén con aceite, y cuando este esté muy caliente, freír las sardinas, apartarlas cuando estén en su punto, y, en el mismo aceite, freír un huevo per cápita, que para dos no da la economía familiar. Luego a la mesa. Bocatto di cardinale. Para finalizar con el tercer caso exponiendo que sé de quien, habiendo tenido que emigrar por causas laborales desde el pueblo a la ciudad, viviendo en ella, de cuando en cuando se daba este “gozo” de la sardina o las sardinas y los huevos fritos, usando siempre en esos entonces, ahora sí, el plural. Antes de preparar el condumio, y para que nadie interrumpiera tanto su realización como la ingesta, apagaba la tele, la radio, y desconectaba el teléfono, pues no quería que nada ni nadie le interfiriese en la celebración de tan suculento gaudeamus. Era una comida relativamente sencilla y barata, pero era también, y eso venía a ser lo de mayor importancia, la evocación de aquellos días en los que el menú familiar abandonaba la cuchara (legumbres en todas sus variantes), para dar paso a las sardinas y a los huevos fritos, reiterando que es muy posible que al pluralizar los “manjares” me haya excedido, pero no, y tal vez me haya quedado corto. Y es que cuando las personas consiguen algo de la que tuvieron carencia, ya fuera total o parcial, trivial o importante, duradera o por escaso tiempo, gustan de recordar aquellas privaciones y lo suelen hacer con un enorme agrado. Ramón serrano G. Marzo 2017

viernes, 10 de marzo de 2017

Las flores

“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. P. Neruda No sé, y ni me importa ni quiero saberlo, a quién se le ocurrió la idea de reducir a siete las incontables maravillas que existen en el mundo. ¡Qué insensatez! Sabiendo que las hay a montones, ¿por qué se hace esa reducción tan absurda? Por otra parte, quiero decir que cuando voy a hablar de algo me agrada siempre, antes de nada, informarme en el Diccionario de la Real Academia de su significado, y sobre la palabra maravilla, el gran libro nos informa de que es suceso o cosa extraordinarios que causan admiración. Si esto es así, y está más que suficientemente demostrado que así es, no hay entonces por qué referirse tan sólo a algunas de las preciosidades realizadas por el hombre, sino que se debe hablar también de las muchas, muchísimas, que nos ofrece la madre naturaleza, y que, humildemente, he de decir que aventajan a las realizadas por los seres humanos. ¡Ah! y que siendo maravillosos son comunes. Siendo aquellas una ingente cantidad, he de decir que, entre ellas, una de las más destacables, al menos para mí, son sin duda alguna las flores. Esos brotes de las plantas compuestos por hojas de muy diversos colores que alcanzan una belleza indescriptible. Podríamos decir también que son la belleza anunciadora de unos frutos que nos permitirán seguir viviendo. O que…, pero siendo muchas, muchísimas las reseñas que podríamos traer aquí, nos conformaremos tratando de expresar algunos de los sentimientos que su contemplación nos produce. Porque las flores, dado su aspecto y compostura, son siempre poseedoras y transmitentes de íntimos sentidos y entrañables mensajes, los cuales, entre otras virtudes, nos hacen soñar y sentir la fuerza que tiene lo delicado, concediendo al alma un muy alto grado de firmeza, estabilidad emocional, alegría, paz o esperanza, (amén de otras que omito), disposiciones estas muy difíciles de ser concedidas por otros sistemas, y con unos beneficios de los que podemos disfrutar con tranquilidad puesto que no tienen contraindicaciones conocidas. Así es sabido que el contemplarlas no tiene efectos secundarios, es de muy fácil accesibilidad y compatible con otros tratamientos. Por todo ello, el hombre, animal que obra con cordura a veces, algunas veces, pocas veces, ha sabido crear con ellas un medio de comunicación consistente en regalarlas a otras personas, habiéndoles dado a éstas y conociéndolo de antemano, un significado realmente interesante por lo que recomiendo al lector su conocimiento. Dada la extensión de este código, me conformaré con citar brevemente algunas significaciones, unas del color y otras de la especie, todas ellas interesantes. Por ejemplo, en las rosas, sus tonalidades quieren decir: el blanco, inocencia, pureza; el amarillo, amistad, aunque en los países germánicos se tiene como celos o infidelidad; el rosa fuerte, gratitud; el rojo, amor, pasión; el borgoña, belleza; el coral, deseo. Y así podríamos seguir Y en cuanto a su especie o naturaleza, la margarita quiere decir inocencia; la lila humildad; la acacia elegancia; la dalia roja amor eterno; el laurel ambición; el crisantemo blanco sinceridad; la vincapervinca amistad; el pensamiento recuerdo. Y así cantidad más de ellas. Quiero hacer mención también a algunas frases con las que algunos famosos han hecho referencia a nuestras amigas las protagonistas de este escrito. Tan sólo cuatro citas. La primera es anónima y dice que: árboles y amores, mientras tengan raíces tendrán frutos y flores. La segunda fue dicha por el pintor francés Henri Matisse: siempre hay flores para quien desea verlas. Rabindranath Tagore, el poeta bengalí, afirmaba que: se puede cortar un árbol y hacerle arder para nosotros, pero ya no dará flores ni frutos. Y finalmente haré alusión a esta preciosidad con la que nos obsequió el pensador chino Confucio: -Me preguntas por qué compro arroz y flores. El arroz es para vivir y las flores por tener algo por lo que vivir. Ahora sólo me queda lamentar no tener una mayor sabiduría e ingenio para poder seguir con esta apología hacia las flores, para ser misionero y conseguir la captación de adeptos a su hermosura, que no voy a decir que es la mayor que existe en este mundo en el que habitamos, pero ahí, ahí, le anda. Ramón Serrano G. Marzo 2017

jueves, 23 de febrero de 2017

Erradizos o sedentarios

Para Isidro Sanchez, asiduo lector de mis artículos, con mi agradecimiento. El modo de vivir de todos los hombres que en el mundo han sido, son y serán, hace que se les pueda dividir entre muchas formas o maneras y, entre ellas, en estas dos: erradizos o sedentarios. La descripción de ambos términos resulta innecesaria, puesto que todos conocemos, o hemos oído hablar de ellos, a alguien que se puede encuadrar en una u otra categoría. Tampoco es imprescindible su enjuiciamiento, puesto que ambas especies admiten calificativos de todo tipo y condición. Pero permítaseme que hable más de aquellos, ya que estos han tenido, tienen y tendrán una vida digamos más sosegada y, si alguien así lo prefiere, monótona. Si quisiésemos achacar una u otra conducta a las circunstancias externas, veríamos que efectivamente algunas veces pueden ser estas determinantes para pertenecer a uno u otro bando. Aunque no siempre. A quien es sentado, sólo le preocupan las coyunturas cuando estas son anormales, mientras que para los aventureros las circunstancias son siempre tan anómalas que ya no les preocupan. Aquellos claman ante las incertidumbres que alteran su paz, ese sosiego que les proporciona la seguridad de tener todos los días un lecho aseado y caliente, entre otras cosas. Pero estos, los errátiles, se encuentran la mar de holgados siempre que no se hallen bajo la imposición de ninguna ley o individuo que la dicte y así poder vivir a su libre albedrío con mayor o menor acierto o acomodo. Se sienten felices ante la dicha de poder elegir una nueva estrella bajo la que acostarse cada noche, o hallarse cada día ante un socio y un enemigo diferente y que son, o suelen ser, ¡oh paradoja!, la misma persona cada día. Hay que reconocer que esas personas de carácter digamos vagante, tienen una percepción diferente de la vida. A los que no somos así, como no tengamos amarrados todos los cabos y bien sujetas las velas, temblamos por la creencia de que se nos va a hundir el barco. Ellos, que son por completo distintos, si les falta un mínimo de seguridad, o un mucho, no les afecta porque, o saben superar todos y cada uno de los inconvenientes y molestias que ello les pueda suponer, o creen que serán capaces de logarlo. Además, a estos individuos de condición aventurera no les arredran las penalidades o las eventualidades a las que hayan de enfrentarse en el desarrollo de su actividad, y, curiosamente, nunca se supo de nadie que no fuera feliz con ello, quizás porque, si alguno no consiguió serlo, no regresó nunca para contarlo. Quiero ahora hacer una subdivisión en el segundo grupo, el de los erradizos, y colocarlos en dos apartados. Primero diré que todos ellos, una vez que, por los motivos que sean, han tenido que abandonar su “patria”, grande o chica, dada su idiosincrasia, tardan poco en amoldarse a los usos y costumbres del lugar en el que se han ubicado, y muchos, con el paso de los años, llegan a tener tan arraigados esos hábitos que parecen que hubiesen nacido en él. Y aquí viene la división. Haylos que, por la celebración de determinadas fiestas, o por cualquier otro motivo, en cuanto tienen una ocasión, se dan una garbeo por su lugar de origen, y allí ven a la familia y a los amigos, charlan con sus paisanos, vuelven a tomar las comidas típicas, etc., etc., etc. También existen otros que habiendo alcanzado la jubilación, retornan a su lugar de origen, del que ya no vuelven a salir. Pero los hay asimismo, no sé cuántos, si muchos o pocos, pero con que hubiera uno ya sería suficiente, que no retornan nunca al lugar en el que nacieron y donde transcurrió una parte de su vida, más o menos extensa, pero siempre importante. Parece como si renegaran de sus ancestros, como si quisieran olvidar esa parte de su vida y hacer suyo aquello de ojos que no ven…No son ni mejores ni peores que los que sí lo hacen; son simplemente distintos o su forma de ser o sus creencias y gustos les mantienen haciendo bueno el dicho de: No se es de donde se nace, sino de donde se pace. Me imagino que unos lo harán gustosos, mientras que otros se sentirán apenados por no poder tornar, retención que puede estar causada por los sentimientos o por otras mil circunstancias. Pero lo que no me imagino sino que afirmo con rotundidad, es que ellos no caen en la cuenta de que los “sedentarios” que siguen estando allí, en aquel lugar de donde ellos partieron cierto día, se sentirían muy dichosos de volver a ver a los “erradizos”, dialogar con ellos y, sobre todo, rememorar, emocionados y puede que hasta con lágrimas, muchas vivencias de antaño. Ramón Serrano G. Febrero 2017

jueves, 9 de febrero de 2017

La luz de la mañana

Coincidirán conmigo en que, desde el origen de los tiempos, la inmensa mayoría de los hombres, si no es que todos, han creído y han tenido la esperanza de que sus bienes y sus males podrían llegarles, o se librarían de ellos, según les conviniera una cosa u otra, de un modo sobrenatural o, cuando menos, extraordinario. Una ilusión infundada a todas luces, pero arraigada en ellos como la mala hierba lo hace en los cultivos, o sea, tanto en extensión como en intensidad, y con poder bastante para ser permutadora del modo de obrar y de vivir de muchos de ellos. La condición humana (sobre ella han hablado mucho y bien escritores como Heidegger, Malraux, Sartre u Ortega, por citar algunos) suele tener mucho de regalona, y aunque también, y afortunadamente, están entre sus virtudes el sacrificio y el esfuerzo, ha habido humanos en todos los tiempos para los que ha sido muy fácil pensar que se podrían obtener prebendas y sinecuras, sin hacer nada importante, y tan sólo con buscar afanosamente recursos ignotos y tener un poco de fortuna. Repito que ha sido siempre este un sueño generalizado de la humanidad, como quedará expuesto con tan sólo recordar algunas de esas fantasías, que de otras ya hablaremos en futura ocasión. Así que, entre otros momios, citaremos en primer lugar y someramente a la piedra filosofal, sustancia alquímica de leyenda que convertía el plomo en oro, la perpetuación de la vida, o que las lámparas estuvieran constantemente ardientes. Se intentó lograr en muy distintos países y desde muy antiguo. El trabajo para su logro era conocido como el Opus magnum (la Gran Obra). La panacea, cuyo nombre proviene de la diosa griega, consistía en un mítico medicamento, ya fuese una cataplasma o una poción, sobre la que se indagó mucho en la antigüedad pues se pensaba que era el remedio para la curación de todas las enfermedades. Aun queriendo ser escueto, he de hablar del elixir de la inmortalidad, también llamado por algunos el elixir de la vida, o el de la eterna juventud, que opiniones sobre ello hay para dar y tomar, y cuya esencia divergía más en la nominación que en su finalidad. Sobre ello se trabajó enormemente en China, India, Arabia, Egipto o Europa, y el logro no era sino un brebaje (parece ser que de origen tibetano) a base de limón, miel y aceite de oliva, bebida muy saludable, pero muy lejos de ser conseguidora del fin con el que fue concebida y bautizada. En tiempos pasados fue esta una de las metas perseguidas por muchos profesionales que la tenían como uno de los deseos más irrefrenables. Su principal arma era la alquimia, e intentando valerse de ella, Paracelso adquirió gran fama ya que se llegó a creer que había conseguido la transmutación del plomo en oro. No era cierto, pero sí que hizo varias y buenas aportaciones a la medicina; Roger Bacon, conocido como el Doctor Mirábilis, afirmaba que el oro disuelto en agua era el elixir de la vida, y Basile Valentine quien, junto a otros, desarrolló trabajos esotéricos experimentales, la mayoría de ellos inacabados o inservibles. Pero hay que valorar que también descubrieron muchas cosas interesantes como el antimonio, la fabricación de amalgamas o el alcohol etílico. Todo ello, que fue realizado en tiempos pretéritos más o menos lejanos, no llegó a tener ningún éxito como era fácil de prever. Pero como es muy apetecible obtener pingües ganancias con poco esfuerzo, o sea, aquello que consiste en que por arte de birlibirloque se pueda conseguir lo que no está en los escritos, mucha gente lleva muchos tiempo dedicándose a la búsqueda y consecución de canonjías, bicocas, chollos, mamandurrias y demás excepcionales privilegios. Pero hoy en este país nuestro se ha descubierto uno de rentabilidad increíble. El método con el que han dado es relativamente sencillo de seguir. Sin necesidad de tener oficio, y con un ansia infinita de lograr grandes beneficios, muchos individuos se apuntan a cualquier partido político que tengan a mano, sin que les importe en absoluto la ideología del mismo. Una vez insertos en una de esas entidades no paran de medrar, haciendo lo imposible y lo impensable, tragándose carros y carretas, y cuantos sacrificios sean menester, hasta conseguir ser presentado a alguna elección. Celebrada esta, si obtienen algún puesto, oficializan su trabajo, para después pegarse la gran vida y asegurarse, por arte de birlibirloque y per in saecula saeculorum, unas retribuciones verdaderamente inimaginables, debido a su magnitud. Al pronto, esto es difícil de ser creído, pero como hay cuantiosas pruebas y casos que lo acreditan hay que aceptarlo. Por este, y por muchos otros motivos, está más que demostrado que el hombre, por su imaginación y su capacidad para alcanzar aquello que persiga, sea lo que fuere, tiene capacidad para las empresas más inverosímiles. Por ello, yo cada noche, me voy a la cama expectante esperando a ver qué nuevo prodigio se consigue con la nueva luz de la mañana. Ramón Serrano G. Febrero 2017