jueves, 17 de noviembre de 2016
Saber elegir
Está dicho hasta la saciedad, y comprobada su certeza hasta dos saciedades, que leer (y sobre todo a los clásicos) le concede al hombre una serie de conocimientos enormes y le abre unas posibilidades y temas de pensamiento increíbles. Entonces vengo a exponer hoy aquí lo que hace poco me sugería la lectura de un poema de Francisco de Quevedo, quien, a través de dos renombrados poetas, Gregorio Silvestre y Barahona de Soto, nos hace saber lo que aquél preguntó a este, consulta que transcribo: -Si alguno fuese en un barquillo con dos mujeres, que a la una quisiese él y ella le aborreciese, y a la otra aborreciese, amándole ella; siendo forzoso echar una a la mar, ¿a cuál elegiría.
Después, el insigne escritor discurre el argumento en un magnífico soneto y pone su determinación juiciosa, argumentando con una maestría admirable, como no podría ser de otra manera, la actitud del sujeto en cada una de las actuaciones posibles, y, anteriormente apunta: -Elige el morir amando, por no dar muerte a la Amante, o a la Amada, hallándose en peligro de haber de morir alguno.
Es sabido que tener que escoger entre una cosa u otra, entre este o aquel, entre obrar o estarse quieto, es a veces normal e incluso sencillo, pero en otras supone un trance muy difícil de superar dignamente. Y esto es así porque en todos los planteamientos siempre hay una serie de condiciones, circunstancias o detalles que dificultan o cuando menos, no hacen que sea cómodo elegir. La decisión dependerá también de muchas coyunturas: que sea o no, irrevocable, trascendente, decisiva, etc. etc., y así podríamos seguir poniendo adjetivos mucho rato. Significar además, tan sólo, que muchas veces no se toma una determinada postura satisfaciendo los propios gustos o intereses, sino que, en ocasiones, uno decide hacer lo que le gusta a los demás, y, curiosamente, en un gran número de casos, al hacer esto se acaba siendo feliz. Pero volvamos al caso con el que iniciamos este escrito, pues, en verdad, el planteamiento es sugerente y admite razonamientos muy dignos de ser estudiados detenidamente
De este modo, puestos ante una situación en la que el individuo se halla en la tesitura y necesidad de tener que optar por aquello que a él no le satisface pero agrada los demás, o bien todo lo contrario, lo que para otros es detestable, pero a él le place. En suma y simplificando, ser altruista o egoísta, tenerse que decidir por el bien ajeno o por el propio. Fácilmente comprobamos que hay diversas alternativas y, por ello, trataremos de enumerar alguna de las posibles actitudes a tomar.
En primer lugar, y brevemente, hemos de reconocer que el egoísmo nos otorga un placer inmediato, puesto que nos entrega ipso facto aquello
que nos place. Es la alegría de la victoria, la satisfacción de haber conseguido lo que se pretendía. Pero, sin embargo y pese a ello, siempre nos deja una desazón, un reconcomio, por no haber renunciado a nuestro gozo en beneficio del ajeno, que viene a enturbiar la dicha del triunfo conseguido, por lo que no es completa nuestra felicidad.
Pero detengámonos ahora un algo en hablar del altruismo, que es, simplemente, conseguir el bien ajeno aun a costa del propio. Y esto, al decir de mucha gente, es magnífico, tanto que, hace muy poco, una fundación del Reino Unido habla de que es beneficioso para la salud mental. Lo que sí está más que demostrado es que nos lleva a no obsesionarnos con nuestros problemas, aumenta la autoestima de modo considerable, es una gran ayuda contra la soledad y el aislamiento, amén de conducirnos a una agradable integración social.
Repito que hay una gran cantidad de opiniones descriptivas o determinadoras de la esencia y las consecuencias de esta manera de obrar. Tres breves citas. Leibniz lo describía así: “desear más la felicidad de otro que la tuya”. Goethe aseguraba que: “una persona buena es feliz con los triunfos de los demás y se alegra del bien ajeno como si fuera propio”. Y la francesa George Sand decía algo parecido aunque lo circunscribía al amor: “Te amo para amarte y no para que me ames, ya que nada me complace tanto como verte feliz”.
Por otra parte, opiniones anónimas, sentires y pareceres del hombre de la calle, los hay también en abundancia: se es más feliz haciendo que lo sean los demás; es mejor obsequiar que recibir obsequios; amar es olvidarse del yo; ser generoso es una característica de los espíritus nobles;
la generosidad es la sublimación del egoísmo; tan bueno es dar sin recordar si se ha hecho, como recibir sin olvidar el beneficio que nos han concedido con la dádiva. Y así podríamos sacar a colación infinidad de ellos, pero no parece necesario ya que, en el fondo, todos sabemos lo que eso supone.
Por todo lo expuesto, se puede decir con toda rotundidad que el alma de quien haya sabido renunciar a la dicha, logrando con ello que esta haya acudido a la de otra persona, parecerá que está compungida, pero sólo en apariencia, ya que en el fondo estará absolutamente feliz. Y sin embargo, aquél que llegue a conseguir algo, si esto es dictaminando que otros no lo alcancen o lo pierdan, se mostrará radiante ante las gentes, pero nunca lo olvidará, y su espíritu estará siempre afligido al recordar que llevó a cabo una acto astroso.
Ramón Serrano G.
Noviembre 2016
jueves, 3 de noviembre de 2016
El tiempo
El tiempo, y aclaro que me estoy refiriendo al de las horas y no al climatológico, el tiempo digo, es la duración de las cosas sujetas a mudanza según lo define el Diccionario de la Real Academia Española, y cabe anticipar que tiene una gran dificultad comentarlo o explicarlo convenientemente. Ya, el mismo Agustín de Hipona, decía que sabía pensarlo para él, pero no hacerlo a los demás. En verdad, pocas cosas poseen tantas propiedades, tantas actividades, ni tantas alusiones y tan diversas.
Porque siendo de una regularidad insuperable, no mantiene, en absoluto, un desarrollo ni un obrar constante para los hombres, y su influencia en estos es completamente distinta sobre unos u otros, y no por su naturaleza, sino por la eseidad de cada individuo y las circunstancias que en él concurran en cada momento determinado.
Refiriéndome en primer lugar a su ritmo, a su paso, que es invariable como pocas cosas en este mundo, diré que nos parece que cambia constantemente, y no ya para una, sino para muchas personas, según sea las circunstancias en que estas se hallen. Se eterniza la llegada del tren, o el final de un trago amargo, o la consecución de algo agradable. Por el contrario, se le pasan volando las horas a quien está leyendo un buen libro, charlando con unos buenos amigos y sobre todo a quien está en la compañía de la persona amada. Nos parece que no va a llegar nunca la consecución de un puesto de trabajo y hablamos de los últimos sesenta años como si hubiesen transcurrido en un instante, y esa, en realidad, ha sido su duración.
Sobre ello, ya se sabe, se ha escrito muchísimo: “Es lento para los que esperan; rápido para los que temen; largo para los que se lamentan y corto para los que están de fiesta. Pero para los que aman, el tiempo es eterno”, afirmaba W. Shakespeare. O ese otro dicho que recuerda que siendo un gran maestro, acaba siempre matando a sus discípulos. O aquel pensamiento de Horacio que dice: “ El tiempo saca a la luz todo lo que está oculto y acaba por encubrir y esconder lo que ahora brilla con el más grande esplendor”.
Todos sabemos que hay veces que tarda una eternidad en discurrir, mientras que otras vuela, aunque él, en su naturaleza, es fijo, exacto, constante, incluso monótono, y que nos lleva de modo impenitente hasta el futuro. El futuro, que no es sino aquello que todos alcanzamos a un ritmo de sesenta minutos por hora, haga cada uno lo que haga y sea quien sea. Porque, repito, no es el tiempo quien cambia de velocidad, sino que somos nosotros quienes, más o menos arbitrariamente por nuestro estado de ánimo, nuestra forma de ser u otras circunstancias concretas, lo advertimos y soportamos de diferentes maneras su lento pero fijo caminar, sin que podamos, de manera alguna, retrasarlo, acelerarlo o detenerlo. Ya se sabe aquello de que aunque se dispare contra el gallo, no por eso dejará de amanecer. Y, por supuesto, somos más sabedores de su esencia los que ya llevamos muchos años conociéndolo.
Eso nos hace conocer sus muchas cualidades y beneficios, y así podemos decir de él que cura una gran cantidad de problemas, rencillas o enemistades, ya que con su devenir todo se olvida a veces y se soluciona otras. Dice un proverbio chino: “Siéntate pacientemente junto al río y verás pasar flotando el cadáver de tu enemigo”, que es muy similar a aquél otro español que aconseja: “Paciencia y barajar”. Con su transcurrir se piensa mejor y con tranquilidad se suelen encontrar soluciones que parecían inexistentes, pues sabido es que las prisas son malas consejeras.
Luego, y en un alarde de condescendencia, el tiempo nos permite que lo dejemos pasar o que lo perdamos. Lo primero, el pasar, no suele tener la trascendencia de lo otro y, desde mi punto de vista, tampoco se suele hacer con fines poco agradables. Lo dejamos transcurrir en espera de sucesos más importantes, o tomándolo como solaz o entretenimiento. Y permítaseme aquí decir una conocida frase: mejor es perder el tiempo con los amigos, que perder los amigos con el tiempo.
Lo que es realmente terrible es perder el tiempo. Por mil razones que, de sobre conocidas por todos, no hace falta explicar. Y sin embargo es tarea que haces, hace, hacemos, una gran cantidad de seres humanos: la procrastinación, o sea, dejar de hacer lo importante y beneficioso, o postergarlo. Ociar, y le estoy dando un tono peyorativo a este término, sin tino ni tasa. Hacer lo contrario de lo que sería conveniente. No darle un palo al agua. Sólo como ejemplo, recordaremos al estudiante que no da golpe, al obrero que poda menos cepas de las que podría, o al que se escaquea para eludir una tarea y endilgársela al compañero.
Hay muchas conductas humanas que perjudican al hombre en todos los sentidos y no podría decir si esta de perder el tiempo será la más perjudicial de todas, pero desde luego creo que está entra las tres primeras.
Vaya mi aplauso para aquellos que saben aprovechar el tiempo, y que si pierden una hora por la mañana están buscándola el resto del día.
Ramón Serrano G.
Noviembre 2016
viernes, 21 de octubre de 2016
Estaban allí
Para los “inquilinos” de las residencias geriátricas.
Cuando llegué aquella tarde esas personas estaban allí, al igual que habían estado allí ayer, y antes de ayer, y todas las tardes del mundo, cumpliendo primorosamente con su deber, que no era otro que aguardar, silenciosa y parsimoniosamente, que alguien acudiese a cumplir con la fascinante obligación que todos y cada uno de nosotros deberíamos imponernos primero, y luego cumplir, de convivir junto a ellas con cierta frecuencia durante un rato.
He puesto convivir y creo que he escrito bien, ya que fui a tres cosas: a conversar, a acompañar, a vivir con. Bueno a eso y a otra más todavía, y puede que la más importante: a aprender cómo se sabe mantener la dignidad y el señorío de una existencia, aun cuando el tiempo haya reducido enorme y lastimosamente muchas de las condiciones psíquicas o físicas, o ambas, de algunas personas al haber entrado en años.
Porque es curioso lo que ocurre en nuestras vidas. Mientras estamos activos, digamos oficialmente, nos movemos por el mundo y el mundo parece que gira a nuestro alrededor. Pero cuando cesamos y nos hacemos provectos, nos encontremos achacosos o no, el mundo huye de nosotros y se nos suele allegar la soledad, o, por el contrario, somos nosotros los que nos refugiamos en ella, quizás, pienso a veces, por la intervención del ostiario, aquél clérigo que había recibido sólo la primera de las órdenes menores, pero que tenía la autoridad suficiente para llamar y abrir la puerta a los dignos, dándoles paso y denegándoselo a quienes no lo eran.
Pero sea de una manera u otra, me reitero en decir que lo cierto es que aquellos seres estaban allí, con una dignidad exorbitante, dando un ejemplo noble y fehaciente de que no debemos nunca renunciar a vivir. Aunque parezca que las condiciones, o las circunstancias, así lo aconsejen. A pesar de que muchos de los que están a su derredor casi se opongan y casi, casi, les impelan a no hacerlo. Incluso si las circunstancias que nos rodean aparentasen indicar lo contrario.
Allí, prosigo, se mantenían diariamente con un comportamiento ejemplar y convincente, y con una manera de ser que transmitía unas sensaciones conmovedoras. Puede que fuera algo similar a lo que en el flamenco se da en llamar los sonidos negros. Me explico. Hay una verdad muy grande que alguien dijo escuchando a Falla en su Nocturno del Generalife: -Todo lo que tiene sonidos negros, tiene duende. Los sonidos negros son ese misterioso poder que algunos sienten, pero que ningún filósofo sabe explicar. Algo parecido a un desgarro profundo y un dolor que pugna por salir a la cara, y que no obedece a causas físicas, sino que es, primordialmente una membranza de tiempos pasados, que indudablemente fueron mejores que los actuales, y un no esperar apenas nada del porvenir. Algo, al parecer triste, pero que a su vez es bastante gratificante y muy digno de ser admirado.
Recuerdo perfectamente que, al principio, en mis primeras visitas, me llené de mesticia en esos días en los que fui a visitarlas, unos días en los que me parecía que los recuerdos eran más fuertes que la esperanza, según reza el proverbio hindú. Pensé en la posibilidad de su aflicción, motivada por la evocación de tiempos pretéritos cargados de sucesos, gratificantes algunos, y no tan deleitosos otros, pero que sus condiciones humanas estaban al completo.
Mas al poco tiempo de mis visitaciones cambió mi opinión radicalmente al comprobar con despacio su proceder. Así, la realidad de lo observado me colmó de complacencia al ver que su mente estaba relajada, su presentación era impoluta, y que la gran mayoría derrochaba un gran optimismo y una determinada predisposición a ser útiles a los demás. Que su presente y su forzosamente corto futuro, el resto de sus días, no lo tomaban como un castigo, sino como la recompensa a una vida repleta de un trabajo bien llevado a cabo y el cumplimiento de muchas obligaciones.
Y algo mucho más asombroso aún: mostrando una gran inquietud por lo porvenir y, para nada, una indiferencia o abulia, como podría parecer que sería su lógico comportamiento.
Y me quedé asombrado de su conducta, y tanto, que hoy vengo aquí
a hacerme lenguas de esas personas que saben llevar con arrogancia, estilo y señorío, una situación difícil, unos momentos que están saturados de pesares y limitaciones y que sin embargo saben dejarlos a un lado, mostrando su faceta más amable y educada.
Siempre, siempre, hay que aplaudir a quienes actúan con corrección y más si lo hacen de un modo primoroso. Incluso aunque tengan a su favor todos los vientos y mareas y por ello su tarea no les resulte dificultosa, deben ser elogiados sin reservas. No digamos, entonces, si para poder manejarse de una ortodoxa manera, tienen que superar escollos realmente difíciles o hacerlo con la mayor dignidad en condiciones nada benignas.
Y por eso mi aplauso, porque eso precisamente era lo que estaban haciendo esas personas cuando llegué aquella tarde y estaban allí, al igual que habían estado allí ayer, y antes de ayer, y todas las tardes del mundo.
Ramón Serrano G.
Octubre 2016
jueves, 6 de octubre de 2016
Usos
Quien me haya leído, recordará, ya que lo he dicho mil y una veces, y he de repetirlo en mil y una más, lo hermoso de muchas costumbres antañonas como, por ejemplo, aquella de oír in illo témpore cantar a los hombres, a su aire y a su albedrío, cosa esta que casi siempre ocurría en tres ocasiones: cuando iban o volvían del campo sentados a lomos de la mula o del burro, a la ida o al regreso de rondar a la novia, o mientras trabajaban manualmente en el taller y de ahí el origen del cante de fragua, o de la herrería, al compás del fuelle y el martillo. Y solían hacerlo bien. Porque ponían empeño en ello, porque se fijaban en maestros como Chacón, Mairena, Vallejo o Pinto y porque no pasaba nada si repetían sus coplas o no lograban sacar en ellas la profundidad o el arte de los grandes genios flamencos. Ni a ellos les apocaba, ni nadie se lo echaba en cara.
Sin embargo, con los escritos no ocurre esto, ni ha ocurrido jamás. Quienes gustamos de hacer “garrapatos”, solemos, al igual que lo hacían aquellos, poner el mejor afán en ello y en emular a los maestros. Pero al no tener el calibre o los quilates de los grandes, se nos suele, aparte de la calidad, acusar de plagio y afear nuestra acción si reincidimos en un tema, o si no alcanzamos, ni con mucho, la belleza de los textos de los clásicos o famosos. Será, pienso yo, porque el cante se perdía en el aire, mientras que lo escrito ahí queda. Verba volant et scripta manent, que dirían los latinos. Pero, ¿qué se le va a hacer? A quien no le guste así, que lo deje, que se dedique a otra cosa, o que se busque otro entretenimiento.
Y hago este inicio porque ayer, leyendo una de las mejores composiciones amorosas, si no la mejor, que en el tiempo han sido, aquella que comienza: “Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra..”, que compusiera el siempre insuficientemente alabado Francisco de Quevedo, vino a mi magín cómo van mudándose los hábitos de las gentes y por qué estas mutaciones son debidas a las imposiciones de la vida. Esta, que ha tomado en la actualidad unas prisas y unos desasosiegos desaforados, nos lleva a todos, entre otras cosas, a querer atender a muchos palos y tener más ocupaciones de las aconsejables, aun cuando ellas no sean imprescindibles para una mayor calidad de nuestra existencia, y aunque muchas veces, demasiadas veces, esa mejoría no sea del todo cierta.
Aparentemente sí que lo parece. Nos auto convencemos de que no debemos desaprovechar el tiempo, pero este lo empleamos con demasiada frecuencia en actividades nimias, en ocupaciones fútiles, que puede que sean buenas en sí, y de hecho lo son, pero en las que hemos de emplear tanto tiempo que nos impiden realizar otras obras de tanta o mayor enjundia, y, desde luego, más sosegadas. Desde siempre ha venido sucediendo que los hombres estuvieran impacientes por conseguir sus afanes. Pero nosotros, tratando de hacer lo que está de moda, procurando emular al vecino o al amigo, queremos abarcar tanto y tan rápido, que ni procesionamos, ni repicamos debidamente. Muchos autores pensaban así. Chestertón llevaba mucha razón cuando dijo que “la prisa nos lleva demasiado tiempo”, y hace unos diez años, Carl Honoré, publicó su Elogio de la lentitud, libro verdaderamente recomendable.
Antes las cosas se hacían de otra manera. ¡Muchas cosas se hacían antes de otra manera! Y, sobre todo, con un mayor sosiego y raciocinio, lo que era infinitamente mejor que los arrebatos actuales, con los que, en nuestra forma de vivir y de actuar, parece como si estuviésemos encalabrinados, dominados a menudo por un aceleramiento excesivo y nada proficuo. Porque tenemos prisa no nos vestimos despacio y así salimos luego a la calle: hechos unos adefesios. Nos preocupamos más de hacer muchas cosas antes que de hacerlas bien, porque hoy, y así parece constatado lamentablemente, importa más la cantidad que la calidad.
Va entonces mi recomendación -aunque ¿a quién puede interesar la sugerencia de un pobre viejo- de que las cosas se deben hacer bien, sin prisas y meticulosamente. Ya, el ínclito Antonio Machado, nos recomendaba: “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”.
Por último, recordar que nunca nadie debe confundir en su actividad calma con ocio, y recordar también a Agustín de Hipona, que dijera que la ociosidad camina con lentitud y por ello todos los vicios la alcanzan.
Pero ese ya es otro tema.
Ramón Serrano G.
Octubre 2016
jueves, 22 de septiembre de 2016
Palabras
Reconociendo que es una osadía la que voy a cometer con este escrito (aunque he ejecutado tantas en muchos de los anteriores que una más apenas ya si importa) pido perdón, de antemano, por disentir, aunque sea mínimamente, del gran Charles Dickens, quien, en su novela Tiempos difíciles, afirma: - Hechos, sólo hechos. Algo similar a lo que dice una coplilla que muchos atribuyen al navarro Francisco Javier: ..que al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y, el que no, no sabe nada.
Sin embargo, y sin que me duelan prendas, debo reconocer primeramente que el autor inglés lleva muchísima razón, sobre todo si recordamos aquello de “obras son amores…”, pues no bastan casi nunca las palabras para conseguir los fines anhelados, sino que se ha de recurrir al obrar, y al hacerlo bien, para lograr lo que se pretende. Casos demostrativos podría traer a montón para corroborar el aserto, pero me voy a limitar con lo que el padre le responde al hijo cuando este le cuenta que está estudiando mucho: -Las notas nos dirán si es cierto esa afirmación que haces de que te estás rompiendo los codos.
Por otra parte, alguien podrá decirme, y yo estaría conforme con ello, que hay también una enorme cantidad de casos en los que se ha visto, clara y fehacientemente, que una persona ha hecho ímprobos esfuerzos y sacrificios para alcanzar algún fin, y que pese a ello no ha llegado a conseguirlo por mil y un motivos. Los imponderables, los necesarios conocimientos, las más diversas vicisitudes, falta de previsión o cálculo, etc., etc., se lo han impedido.
O sea que, visto así, debería estar conforme con la pragmática opinión del escritor británico y decirme: ¿Se ha conseguido el objetivo? No, pues todo lo demás son cuentos. Pero las cosas, todas las cosas y todos los casos, se pueden, y se deben, observar desde distintos ángulos y, según la perspectiva desde la que las estudiemos, podremos sacar consecuencias muy diversas. Y para corroborarlo quiero empezar diciendo que unas de las cualidades más hermosas que tiene el hombre son la capacidad de raciocinio y el vocabulario y su uso. Incluso los animales (y por favor, nadie vea aquí el más mínimo atisbo de comparación) disponen de sus sonidos que les son muy beneficiosos para sus peculiares fines.
Me estoy refiriendo a las palabras, esas maravillosas unidades lingüísticas con las que transmitimos o explicamos sensaciones e ideas, y que tienen, naturalmente, sus partidarios y detractores. Sólo un recuerdo para aquello de: “es un hombre de palabra”, o lo otro de: “las palabras se las lleva el viento”. Mejor aún reproduciré la opinión de tres ilustres personajes. Decía Maquiavelo: “De vez en cuando, las palabras han de servir para ocultar los hechos”. Por su parte, Lao-tsé afirmaba: “Las palabras elegantes no suelen ser sinceras; las sinceras no suelen ser elegantes”. Y nuestro ínclito Quevedo que: “Son las palabras como las monedas, que una vale por muchas y muchas no valen por una”.
Estando claro que pudiéndose enfocar desde varios prismas este tema, yo, que soy palabrero en exceso, vengo a aquí hoy a enaltecer y ponderar su uso. Porque es sabido que en muchas circunstancias de la vida en las que lo sucedido no tiene ya remedio, unas palabras, o unas consideraciones, facilitadas por otra persona pueden llevarnos a unas decisiones, a una modificación del estado de ánimo, o a un cambio de conducta diferentes a las primeramente adoptadas. Por otra parte, los razonamientos extraños nos suelen aportar, o pueden llegar a hacerlo, puntos de vista que no captamos por nosotros mismos, concediéndonos unas posibilidades con las que no habíamos contado y abriéndonos caminos en un principio ignotos.
Y no ya tras un suceso más o menos traumático, sino también en circunstancias normales. Todos sabemos casos puntuales en que con la voz se ha conseguido mucho. Tenemos constancia de que tan solo un piropo, una declaración amorosa o afectiva, o una poesía han hecho cambiar radicalmente la vida de muchas personas. Que a gran cantidad de otras muchas le reconfortan sus jornadas las conversaciones que mantienen asiduamente con amigos o vecinos, con las que logran buenos ratos de evasión o entretenimiento, o además, y esto es más importante, solaz y descanso para sus mentes y paz para sus almas. Que hablándole al ciego se consigue que imagine perfectamente lo que no puede ver. Que un libro aventaja a una película porque en el cine sólo se ve lo que aparece en la pantalla, mientras lo que puede imaginar el lector es inacabable. Que ante la pérdida de un deudo una sentida palabra de consuelo es capaz de producir mucha paz y mucho bien. Que ante la ruptura de unas relaciones, una conversación puede restaurarla, e incluso fortalecerla.
Vaya entonces mi aplauso y alabanza hacia las palabras, a la importancia y trascendencia que suelen tener, aunque queriendo dejar constancia que entre ellas no admito a la palabrería, esa abundancia de voces ociosas y vanas, sino que me estoy refiriendo a aquellas expresiones repletas de seso, enjundia, sabiduría o experiencia.
Se ha dicho hasta la saciedad que el silencio vale más que mil palabras, pero no debe olvidarse que una sola palabra es capaz de cambiarlo todo. Yo así lo creo y envidio grandemente a quien tiene la fortuna de poseer el don de la palabra.
Ramón Serrano G.
Setiembre 2016
jueves, 8 de septiembre de 2016
La plastilina
Para Maruja C. M., asidua lectora de mis artículos,
con mi agradecimiento.
Viendo el comportamiento que ha tenido el ser humano desde las fechas en las que Eva y Adán abandonaron el Paraíso y la serpiente para ir a darse una vueltecita por el ancho mundo hasta el día de hoy, a los humanos se nos puede llamar, o describir, de mil y una formas y modos, pero el calificativo que mejor nos detalla y define es el de dúctiles, maleables, dóciles, de fácil manejo, flexibles, sumisos, o cualquier otro sinónimo que se quiera elegir.
Pues aunque desde el inicio citado el hombre ha luchado contra todo y contra todos, y con la fiereza y denuedo que hayan sido necesarios para verse libre o, al menos, no sufrir un excesivo y verecundo sometimiento, una vez finiquitadas las batallas y sus fragores, siempre se abandonó en manos de unos chiquilicuatres de tres al cuarto que han sido capaces de domeñar a todos, a unos y a otros, a vencedores y vencidos, hasta hacerles pasar, aborregadamente y agachada la cerviz, bajo las horcas caudinas.
Llegó un tiempo en el que lo que no habíase conseguido nunca con las armas, se lograba, sin un excesivo rempujo, con teorías filosóficas, religiosas, políticas, laborales, relajantes, gimnásticas, o de cualquier clase o condición. El caso es que de forma perenne se ha hecho de nosotros, homínidos al fin y a la postre, lo que los gobernantes o prebostes de turno han decidido (decisión siempre tomada con el único fin de lucrarse ellos), y obteniendo así, o tratando de hacerlo, el mayor beneficio y gloria propias. Desde entonces, esto ha sido siempre de esa manera y modo, en toda tiempo y en todo lugar. Y quien, no creyéndome, quiera convencerse de ello, que eche mano de los libros de historia. Pero es más; por los visos que están tomando las cosas hoy en día, parece que todo ello no va a cambiar, sino que todo va a ser igual,… o peor.
En la actual época, cuando los seres humanos, o la mayoría de ellos, se va liberando de sus más penosas y, demasiadas veces, lacerantes ocupaciones, deseosos y merecedores de un descanso, aparcan un tanto algunas decisiones y se dejan llevar y dominar de manera casi escandalosa. Y ante esa tranquila presa, son muchas las alimañas que acuden deseosas del espléndido botín, no siendo la más comedida de entre ellas la publicidad, o sea, la divulgación de ideas, información u opiniones, que pueden tener un carácter político, comercial, religioso, etc., con el deseo de que las gentes obren de una determinada manera, piense según unas ideas precisas o adquiera este o aquél producto. Hoy está trabajada increíblemente, y sus seguidores, dirigidos siempre por su number one, David Ogilvy, para poder medio domeñarla han de saber bien disciplinas como sociología, psicología, antropología, estadística o neuroeconomía, y saber muchísimo acerca de Above the line (medios convencionales) o Below the line (medios alternativos). Pese a todo, no deja de ser un ente que, a más de tener algunas virtudes y ventajas, es también insaciable, mendaz, petate y embudista en muchas ocasiones o, al menos, no decidor de toda la verdad. Meticón hasta extremos increíbles, acaba haciéndose con la voluntad de aquellos a los que alcanza.
Porque antiguamente, muy antiguamente, el buen paño se vendía en el arca, pero luego las cosas fueron cambiando y, también desde hace mucho, lo que no se ve, ya no se compra. La oferta se fue ampliando (traigamos a colación a los gremios del medievo o a las medinas marroquíes y orientales) y comenzó a desarrollarse la publicidad, fuerza, hoy en día, omnipotente que arrasa por donde pisa, estando (como deidad que es) en todas partes y moviendo ingentes cantidades de dinero. Un anuncio de 30 segundos en la TV norteamericana, en la final de la Super Bowl 50 de este año 2016, ha costado: CINCO MILLONES DE EUROS.
Total para transmitirnos noticias, datos e “indudables beneficios” de toda clase, darnos a conocer una cosa o sus muchísimas cualidades (no van a decir que es mala),o hacernos ver que siguiendo las pautas que nos indican nuestra vida será un bello y agradable camino de rosas. Y además, y esto es casi lo más admirable, nos lo dicen como haciéndonos un favor, como si les importase más nuestra felicidad y contento que sus ganancias. Como tratando de convencernos, a nosotros, sin observar (al parecer) que estamos deseosos, muy deseosos, de dejarnos convencer. Muchos ya, por la experiencia habida, piensan que no será tanta la bicoca que nos es ofrecida, pero a fuerza de repetir que es buena, la gente acabará creyendo que sí lo es. -Mira (oyes decir en el supermercado), esas galletas son muy buenas. Lo he oído decir en la tele. Y las compran.
Y es que nos hemos vuelto dúctiles y maleables, como el cobre. O mejor dicho aún, flexibles y dóciles como la plastilina.
Ramón Serrano G.
Setiembre 2016
martes, 23 de agosto de 2016
Las tres eses
A la memoria de E.G.S.
Sin querer meterme para nada a dilucidar si las costumbres de antaño fueron mejores que las de ahora, que buenas y malas las hubo, las hay y las habrá siempre, sí quiero pararme a repasar un aforismo que me enseñó, cuando niño, una familiar con la que todos los años pasaba largas temporadas. En realidad me enseñó esa y muchísimas más cosas buenas. Otra, bien distinta, es que yo las aprendiese.
Pero sí que recuerdo aún esta, a la que quiero prestar mi atención, puesto que entonces no la entendía muy bien, quizás porque su realización era para mí un verdadero suplicio, y que después he llegado a comprender. Me estoy refiriendo al acto de cortarse las uñas, tarea reservada a los mayores ( los niños ni sabíamos, ni podíamos), y que nosotros aceptábamos siempre a regañadientes. ¡Qué tortura, madre, qué suplicio!
Con el fin de que mi oposición al mencionado recorte no fuese muy grande, aquella bendita persona trataba de convencerme diciéndome las muchas ventajas que ello tenía, y que, como es natural, no voy a repetir aquí. Pero sí que siempre añadía una teoría que recuerdo con mucho agrado. Me decía: -Las uñas hay que cortárselas siempre con tres eses. A Solas, los Sábados y con Sol. Yo con aquello me quedaba completamente en ayunas sobre cuál era su significado, por lo que ella intentaba aclarármelo convenientemente.
-Mira, me decía, con toda su bendita paciencia. Hay que hacerlo a solas, como otros muchos actos íntimos más, porque no es agradable para los demás contemplarlo, amén de los posibles residuos que puedan quedar tras su realización. Lo de los sábados no se refiere exhaustivamente a que haya de ser en concreto ese día de la semana, que puede ser cualquier otro, ni cada siete días, sino a la periodicidad en la ejecución del acto, que no debe ser nunca excesiva. Y finalmente, con sol, en referencia a que no lo debemos dejar para última hora, que, cuanto antes lo hagamos, mejor.
Luego, cuando la vida y los años me fueron enseñando otras muchas cosas, llegué a comprender la gran vastedad de aquel mensaje de las tres eses no se refería exclusivamente al recorte ungular, sino que es aplicable a una gran cantidad de actos que los humanos llevamos a cabo constantemente. Trataré de explicarlo.
Como es natural, poco, o mejor dicho nada, hay que explicar sobre la conveniencia de la soledad en la ejecución de los actos íntimos. Pero también debemos emplear ese “secretismo” en la realización de nuestras obras buenas: “Que tu mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha”, (Mateo 6, 3-4), ya que deben ser los demás los que se hagan eco de ellas. Sin embargo hay hasta quien, cuando está dando una limosna a un menesteroso a la puerta de la iglesia, se hace un selfie que después transmite a sus allegados.
Para la segunda ese, y siguiendo con la ejecución de las buenas obras, debemos imponernos una periodicidad, simplemente, porque el hombre tiende a la dejadez, a la no continuación de sus actos más nobles, simplemente por abulia, molicie o poltronería. Esta misma regularidad, y con la misma intención, viene aconsejada por la Iglesia Católica cuando le dice a sus fieles que asistan a misa al menos una vez a la semana, o que se comulgará una vez al año por Pascua florida, que de esa forma venía recomendada ya en los antiguos catecismos Astete o Ripalda.
Por ello, sabedores de que las personas somos proclives por naturaleza a la inactividad, y con ella, a la no ejecución, o al retardo en ella,
de muchas de nuestras obligaciones, sean estas por oficio o por afición, marquémonos pautas para estimularnos a su ejecución y no a su abandono, en el que caeríamos, con toda seguridad, de no hacerlo.
Y para referirme a la tercera y última ese, puesto que soy refranero como Sancho, permítaseme que acuda a ellos para justificarla. Esta postrera ese, hace referencia a la conveniencia de hacer las cosas tempranito, con sol, o sea, a primera hora de la mañana. Nos anima a ello la paremia que dice que “a quien madruga, Dios le ayuda”, pero aún sin recibir ese divino apoyo, cabe comprender con facilidad que aquel que no espera hasta el último momento para hacer las cosas tiene más tiempo para ello, a más de que, al clarear el día, se está más fuerte, más despejado y sin cansancio alguno.
Eso en cuanto a lo físico, que en cuanto a lo psíquico, debemos valorar, y mucho, la tranquilidad de ánimo que queda después de haber realizado bien, convenientemente y a conciencia, la labor que nos habíamos propuesto o que se nos había encomendado. Se debe recordar siempre la inquietud que nos agobia cuando tenemos algo pendiente de realizar y la tranquilidad con la que se llena nuestro espíritu con aquello de: “Hacienda hecha, quita cuidado”, puesto que ello nos ha dejado libres para la ejecución de cualquier otro menester, laboral o de ocio, que nos sea preciso o nos venga en gana.
La verdad es que, antiguamente, el pueblo llano, el hombre de la calle, sabía de aforismos, y anejires, de los que gustaba guiarse puesto que le conducían bien en su obrar y le facilitaban, y mucho, sus hábitos y costumbres. Y una de esas paremias era la que decía que tanto cortarse las uñas, como realizar otras muchas faenas, se deben hacer siempre con tres eses: a solas, en sábado y con sol.
Ramón Serrano G.
Agosto 2016
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