jueves, 6 de octubre de 2016

Usos

Quien me haya leído, recordará, ya que lo he dicho mil y una veces, y he de repetirlo en mil y una más, lo hermoso de muchas costumbres antañonas como, por ejemplo, aquella de oír in illo témpore cantar a los hombres, a su aire y a su albedrío, cosa esta que casi siempre ocurría en tres ocasiones: cuando iban o volvían del campo sentados a lomos de la mula o del burro, a la ida o al regreso de rondar a la novia, o mientras trabajaban manualmente en el taller y de ahí el origen del cante de fragua, o de la herrería, al compás del fuelle y el martillo. Y solían hacerlo bien. Porque ponían empeño en ello, porque se fijaban en maestros como Chacón, Mairena, Vallejo o Pinto y porque no pasaba nada si repetían sus coplas o no lograban sacar en ellas la profundidad o el arte de los grandes genios flamencos. Ni a ellos les apocaba, ni nadie se lo echaba en cara. Sin embargo, con los escritos no ocurre esto, ni ha ocurrido jamás. Quienes gustamos de hacer “garrapatos”, solemos, al igual que lo hacían aquellos, poner el mejor afán en ello y en emular a los maestros. Pero al no tener el calibre o los quilates de los grandes, se nos suele, aparte de la calidad, acusar de plagio y afear nuestra acción si reincidimos en un tema, o si no alcanzamos, ni con mucho, la belleza de los textos de los clásicos o famosos. Será, pienso yo, porque el cante se perdía en el aire, mientras que lo escrito ahí queda. Verba volant et scripta manent, que dirían los latinos. Pero, ¿qué se le va a hacer? A quien no le guste así, que lo deje, que se dedique a otra cosa, o que se busque otro entretenimiento. Y hago este inicio porque ayer, leyendo una de las mejores composiciones amorosas, si no la mejor, que en el tiempo han sido, aquella que comienza: “Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra..”, que compusiera el siempre insuficientemente alabado Francisco de Quevedo, vino a mi magín cómo van mudándose los hábitos de las gentes y por qué estas mutaciones son debidas a las imposiciones de la vida. Esta, que ha tomado en la actualidad unas prisas y unos desasosiegos desaforados, nos lleva a todos, entre otras cosas, a querer atender a muchos palos y tener más ocupaciones de las aconsejables, aun cuando ellas no sean imprescindibles para una mayor calidad de nuestra existencia, y aunque muchas veces, demasiadas veces, esa mejoría no sea del todo cierta. Aparentemente sí que lo parece. Nos auto convencemos de que no debemos desaprovechar el tiempo, pero este lo empleamos con demasiada frecuencia en actividades nimias, en ocupaciones fútiles, que puede que sean buenas en sí, y de hecho lo son, pero en las que hemos de emplear tanto tiempo que nos impiden realizar otras obras de tanta o mayor enjundia, y, desde luego, más sosegadas. Desde siempre ha venido sucediendo que los hombres estuvieran impacientes por conseguir sus afanes. Pero nosotros, tratando de hacer lo que está de moda, procurando emular al vecino o al amigo, queremos abarcar tanto y tan rápido, que ni procesionamos, ni repicamos debidamente. Muchos autores pensaban así. Chestertón llevaba mucha razón cuando dijo que “la prisa nos lleva demasiado tiempo”, y hace unos diez años, Carl Honoré, publicó su Elogio de la lentitud, libro verdaderamente recomendable. Antes las cosas se hacían de otra manera. ¡Muchas cosas se hacían antes de otra manera! Y, sobre todo, con un mayor sosiego y raciocinio, lo que era infinitamente mejor que los arrebatos actuales, con los que, en nuestra forma de vivir y de actuar, parece como si estuviésemos encalabrinados, dominados a menudo por un aceleramiento excesivo y nada proficuo. Porque tenemos prisa no nos vestimos despacio y así salimos luego a la calle: hechos unos adefesios. Nos preocupamos más de hacer muchas cosas antes que de hacerlas bien, porque hoy, y así parece constatado lamentablemente, importa más la cantidad que la calidad. Va entonces mi recomendación -aunque ¿a quién puede interesar la sugerencia de un pobre viejo- de que las cosas se deben hacer bien, sin prisas y meticulosamente. Ya, el ínclito Antonio Machado, nos recomendaba: “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”. Por último, recordar que nunca nadie debe confundir en su actividad calma con ocio, y recordar también a Agustín de Hipona, que dijera que la ociosidad camina con lentitud y por ello todos los vicios la alcanzan. Pero ese ya es otro tema. Ramón Serrano G. Octubre 2016

jueves, 22 de septiembre de 2016

Palabras

Reconociendo que es una osadía la que voy a cometer con este escrito (aunque he ejecutado tantas en muchos de los anteriores que una más apenas ya si importa) pido perdón, de antemano, por disentir, aunque sea mínimamente, del gran Charles Dickens, quien, en su novela Tiempos difíciles, afirma: - Hechos, sólo hechos. Algo similar a lo que dice una coplilla que muchos atribuyen al navarro Francisco Javier: ..que al final de la jornada, aquel que se salva sabe, y, el que no, no sabe nada. Sin embargo, y sin que me duelan prendas, debo reconocer primeramente que el autor inglés lleva muchísima razón, sobre todo si recordamos aquello de “obras son amores…”, pues no bastan casi nunca las palabras para conseguir los fines anhelados, sino que se ha de recurrir al obrar, y al hacerlo bien, para lograr lo que se pretende. Casos demostrativos podría traer a montón para corroborar el aserto, pero me voy a limitar con lo que el padre le responde al hijo cuando este le cuenta que está estudiando mucho: -Las notas nos dirán si es cierto esa afirmación que haces de que te estás rompiendo los codos. Por otra parte, alguien podrá decirme, y yo estaría conforme con ello, que hay también una enorme cantidad de casos en los que se ha visto, clara y fehacientemente, que una persona ha hecho ímprobos esfuerzos y sacrificios para alcanzar algún fin, y que pese a ello no ha llegado a conseguirlo por mil y un motivos. Los imponderables, los necesarios conocimientos, las más diversas vicisitudes, falta de previsión o cálculo, etc., etc., se lo han impedido. O sea que, visto así, debería estar conforme con la pragmática opinión del escritor británico y decirme: ¿Se ha conseguido el objetivo? No, pues todo lo demás son cuentos. Pero las cosas, todas las cosas y todos los casos, se pueden, y se deben, observar desde distintos ángulos y, según la perspectiva desde la que las estudiemos, podremos sacar consecuencias muy diversas. Y para corroborarlo quiero empezar diciendo que unas de las cualidades más hermosas que tiene el hombre son la capacidad de raciocinio y el vocabulario y su uso. Incluso los animales (y por favor, nadie vea aquí el más mínimo atisbo de comparación) disponen de sus sonidos que les son muy beneficiosos para sus peculiares fines. Me estoy refiriendo a las palabras, esas maravillosas unidades lingüísticas con las que transmitimos o explicamos sensaciones e ideas, y que tienen, naturalmente, sus partidarios y detractores. Sólo un recuerdo para aquello de: “es un hombre de palabra”, o lo otro de: “las palabras se las lleva el viento”. Mejor aún reproduciré la opinión de tres ilustres personajes. Decía Maquiavelo: “De vez en cuando, las palabras han de servir para ocultar los hechos”. Por su parte, Lao-tsé afirmaba: “Las palabras elegantes no suelen ser sinceras; las sinceras no suelen ser elegantes”. Y nuestro ínclito Quevedo que: “Son las palabras como las monedas, que una vale por muchas y muchas no valen por una”. Estando claro que pudiéndose enfocar desde varios prismas este tema, yo, que soy palabrero en exceso, vengo a aquí hoy a enaltecer y ponderar su uso. Porque es sabido que en muchas circunstancias de la vida en las que lo sucedido no tiene ya remedio, unas palabras, o unas consideraciones, facilitadas por otra persona pueden llevarnos a unas decisiones, a una modificación del estado de ánimo, o a un cambio de conducta diferentes a las primeramente adoptadas. Por otra parte, los razonamientos extraños nos suelen aportar, o pueden llegar a hacerlo, puntos de vista que no captamos por nosotros mismos, concediéndonos unas posibilidades con las que no habíamos contado y abriéndonos caminos en un principio ignotos. Y no ya tras un suceso más o menos traumático, sino también en circunstancias normales. Todos sabemos casos puntuales en que con la voz se ha conseguido mucho. Tenemos constancia de que tan solo un piropo, una declaración amorosa o afectiva, o una poesía han hecho cambiar radicalmente la vida de muchas personas. Que a gran cantidad de otras muchas le reconfortan sus jornadas las conversaciones que mantienen asiduamente con amigos o vecinos, con las que logran buenos ratos de evasión o entretenimiento, o además, y esto es más importante, solaz y descanso para sus mentes y paz para sus almas. Que hablándole al ciego se consigue que imagine perfectamente lo que no puede ver. Que un libro aventaja a una película porque en el cine sólo se ve lo que aparece en la pantalla, mientras lo que puede imaginar el lector es inacabable. Que ante la pérdida de un deudo una sentida palabra de consuelo es capaz de producir mucha paz y mucho bien. Que ante la ruptura de unas relaciones, una conversación puede restaurarla, e incluso fortalecerla. Vaya entonces mi aplauso y alabanza hacia las palabras, a la importancia y trascendencia que suelen tener, aunque queriendo dejar constancia que entre ellas no admito a la palabrería, esa abundancia de voces ociosas y vanas, sino que me estoy refiriendo a aquellas expresiones repletas de seso, enjundia, sabiduría o experiencia. Se ha dicho hasta la saciedad que el silencio vale más que mil palabras, pero no debe olvidarse que una sola palabra es capaz de cambiarlo todo. Yo así lo creo y envidio grandemente a quien tiene la fortuna de poseer el don de la palabra. Ramón Serrano G. Setiembre 2016

jueves, 8 de septiembre de 2016

La plastilina

Para Maruja C. M., asidua lectora de mis artículos, con mi agradecimiento. Viendo el comportamiento que ha tenido el ser humano desde las fechas en las que Eva y Adán abandonaron el Paraíso y la serpiente para ir a darse una vueltecita por el ancho mundo hasta el día de hoy, a los humanos se nos puede llamar, o describir, de mil y una formas y modos, pero el calificativo que mejor nos detalla y define es el de dúctiles, maleables, dóciles, de fácil manejo, flexibles, sumisos, o cualquier otro sinónimo que se quiera elegir. Pues aunque desde el inicio citado el hombre ha luchado contra todo y contra todos, y con la fiereza y denuedo que hayan sido necesarios para verse libre o, al menos, no sufrir un excesivo y verecundo sometimiento, una vez finiquitadas las batallas y sus fragores, siempre se abandonó en manos de unos chiquilicuatres de tres al cuarto que han sido capaces de domeñar a todos, a unos y a otros, a vencedores y vencidos, hasta hacerles pasar, aborregadamente y agachada la cerviz, bajo las horcas caudinas. Llegó un tiempo en el que lo que no habíase conseguido nunca con las armas, se lograba, sin un excesivo rempujo, con teorías filosóficas, religiosas, políticas, laborales, relajantes, gimnásticas, o de cualquier clase o condición. El caso es que de forma perenne se ha hecho de nosotros, homínidos al fin y a la postre, lo que los gobernantes o prebostes de turno han decidido (decisión siempre tomada con el único fin de lucrarse ellos), y obteniendo así, o tratando de hacerlo, el mayor beneficio y gloria propias. Desde entonces, esto ha sido siempre de esa manera y modo, en toda tiempo y en todo lugar. Y quien, no creyéndome, quiera convencerse de ello, que eche mano de los libros de historia. Pero es más; por los visos que están tomando las cosas hoy en día, parece que todo ello no va a cambiar, sino que todo va a ser igual,… o peor. En la actual época, cuando los seres humanos, o la mayoría de ellos, se va liberando de sus más penosas y, demasiadas veces, lacerantes ocupaciones, deseosos y merecedores de un descanso, aparcan un tanto algunas decisiones y se dejan llevar y dominar de manera casi escandalosa. Y ante esa tranquila presa, son muchas las alimañas que acuden deseosas del espléndido botín, no siendo la más comedida de entre ellas la publicidad, o sea, la divulgación de ideas, información u opiniones, que pueden tener un carácter político, comercial, religioso, etc., con el deseo de que las gentes obren de una determinada manera, piense según unas ideas precisas o adquiera este o aquél producto. Hoy está trabajada increíblemente, y sus seguidores, dirigidos siempre por su number one, David Ogilvy, para poder medio domeñarla han de saber bien disciplinas como sociología, psicología, antropología, estadística o neuroeconomía, y saber muchísimo acerca de Above the line (medios convencionales) o Below the line (medios alternativos). Pese a todo, no deja de ser un ente que, a más de tener algunas virtudes y ventajas, es también insaciable, mendaz, petate y embudista en muchas ocasiones o, al menos, no decidor de toda la verdad. Meticón hasta extremos increíbles, acaba haciéndose con la voluntad de aquellos a los que alcanza. Porque antiguamente, muy antiguamente, el buen paño se vendía en el arca, pero luego las cosas fueron cambiando y, también desde hace mucho, lo que no se ve, ya no se compra. La oferta se fue ampliando (traigamos a colación a los gremios del medievo o a las medinas marroquíes y orientales) y comenzó a desarrollarse la publicidad, fuerza, hoy en día, omnipotente que arrasa por donde pisa, estando (como deidad que es) en todas partes y moviendo ingentes cantidades de dinero. Un anuncio de 30 segundos en la TV norteamericana, en la final de la Super Bowl 50 de este año 2016, ha costado: CINCO MILLONES DE EUROS. Total para transmitirnos noticias, datos e “indudables beneficios” de toda clase, darnos a conocer una cosa o sus muchísimas cualidades (no van a decir que es mala),o hacernos ver que siguiendo las pautas que nos indican nuestra vida será un bello y agradable camino de rosas. Y además, y esto es casi lo más admirable, nos lo dicen como haciéndonos un favor, como si les importase más nuestra felicidad y contento que sus ganancias. Como tratando de convencernos, a nosotros, sin observar (al parecer) que estamos deseosos, muy deseosos, de dejarnos convencer. Muchos ya, por la experiencia habida, piensan que no será tanta la bicoca que nos es ofrecida, pero a fuerza de repetir que es buena, la gente acabará creyendo que sí lo es. -Mira (oyes decir en el supermercado), esas galletas son muy buenas. Lo he oído decir en la tele. Y las compran. Y es que nos hemos vuelto dúctiles y maleables, como el cobre. O mejor dicho aún, flexibles y dóciles como la plastilina. Ramón Serrano G. Setiembre 2016

martes, 23 de agosto de 2016

Las tres eses

A la memoria de E.G.S. Sin querer meterme para nada a dilucidar si las costumbres de antaño fueron mejores que las de ahora, que buenas y malas las hubo, las hay y las habrá siempre, sí quiero pararme a repasar un aforismo que me enseñó, cuando niño, una familiar con la que todos los años pasaba largas temporadas. En realidad me enseñó esa y muchísimas más cosas buenas. Otra, bien distinta, es que yo las aprendiese. Pero sí que recuerdo aún esta, a la que quiero prestar mi atención, puesto que entonces no la entendía muy bien, quizás porque su realización era para mí un verdadero suplicio, y que después he llegado a comprender. Me estoy refiriendo al acto de cortarse las uñas, tarea reservada a los mayores ( los niños ni sabíamos, ni podíamos), y que nosotros aceptábamos siempre a regañadientes. ¡Qué tortura, madre, qué suplicio! Con el fin de que mi oposición al mencionado recorte no fuese muy grande, aquella bendita persona trataba de convencerme diciéndome las muchas ventajas que ello tenía, y que, como es natural, no voy a repetir aquí. Pero sí que siempre añadía una teoría que recuerdo con mucho agrado. Me decía: -Las uñas hay que cortárselas siempre con tres eses. A Solas, los Sábados y con Sol. Yo con aquello me quedaba completamente en ayunas sobre cuál era su significado, por lo que ella intentaba aclarármelo convenientemente. -Mira, me decía, con toda su bendita paciencia. Hay que hacerlo a solas, como otros muchos actos íntimos más, porque no es agradable para los demás contemplarlo, amén de los posibles residuos que puedan quedar tras su realización. Lo de los sábados no se refiere exhaustivamente a que haya de ser en concreto ese día de la semana, que puede ser cualquier otro, ni cada siete días, sino a la periodicidad en la ejecución del acto, que no debe ser nunca excesiva. Y finalmente, con sol, en referencia a que no lo debemos dejar para última hora, que, cuanto antes lo hagamos, mejor. Luego, cuando la vida y los años me fueron enseñando otras muchas cosas, llegué a comprender la gran vastedad de aquel mensaje de las tres eses no se refería exclusivamente al recorte ungular, sino que es aplicable a una gran cantidad de actos que los humanos llevamos a cabo constantemente. Trataré de explicarlo. Como es natural, poco, o mejor dicho nada, hay que explicar sobre la conveniencia de la soledad en la ejecución de los actos íntimos. Pero también debemos emplear ese “secretismo” en la realización de nuestras obras buenas: “Que tu mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha”, (Mateo 6, 3-4), ya que deben ser los demás los que se hagan eco de ellas. Sin embargo hay hasta quien, cuando está dando una limosna a un menesteroso a la puerta de la iglesia, se hace un selfie que después transmite a sus allegados. Para la segunda ese, y siguiendo con la ejecución de las buenas obras, debemos imponernos una periodicidad, simplemente, porque el hombre tiende a la dejadez, a la no continuación de sus actos más nobles, simplemente por abulia, molicie o poltronería. Esta misma regularidad, y con la misma intención, viene aconsejada por la Iglesia Católica cuando le dice a sus fieles que asistan a misa al menos una vez a la semana, o que se comulgará una vez al año por Pascua florida, que de esa forma venía recomendada ya en los antiguos catecismos Astete o Ripalda. Por ello, sabedores de que las personas somos proclives por naturaleza a la inactividad, y con ella, a la no ejecución, o al retardo en ella, de muchas de nuestras obligaciones, sean estas por oficio o por afición, marquémonos pautas para estimularnos a su ejecución y no a su abandono, en el que caeríamos, con toda seguridad, de no hacerlo. Y para referirme a la tercera y última ese, puesto que soy refranero como Sancho, permítaseme que acuda a ellos para justificarla. Esta postrera ese, hace referencia a la conveniencia de hacer las cosas tempranito, con sol, o sea, a primera hora de la mañana. Nos anima a ello la paremia que dice que “a quien madruga, Dios le ayuda”, pero aún sin recibir ese divino apoyo, cabe comprender con facilidad que aquel que no espera hasta el último momento para hacer las cosas tiene más tiempo para ello, a más de que, al clarear el día, se está más fuerte, más despejado y sin cansancio alguno. Eso en cuanto a lo físico, que en cuanto a lo psíquico, debemos valorar, y mucho, la tranquilidad de ánimo que queda después de haber realizado bien, convenientemente y a conciencia, la labor que nos habíamos propuesto o que se nos había encomendado. Se debe recordar siempre la inquietud que nos agobia cuando tenemos algo pendiente de realizar y la tranquilidad con la que se llena nuestro espíritu con aquello de: “Hacienda hecha, quita cuidado”, puesto que ello nos ha dejado libres para la ejecución de cualquier otro menester, laboral o de ocio, que nos sea preciso o nos venga en gana. La verdad es que, antiguamente, el pueblo llano, el hombre de la calle, sabía de aforismos, y anejires, de los que gustaba guiarse puesto que le conducían bien en su obrar y le facilitaban, y mucho, sus hábitos y costumbres. Y una de esas paremias era la que decía que tanto cortarse las uñas, como realizar otras muchas faenas, se deben hacer siempre con tres eses: a solas, en sábado y con sol. Ramón Serrano G. Agosto 2016

viernes, 29 de julio de 2016

Mujer fatal

Hay calificativos que mi cabeza (reconozco que ya está un tanto destartalada y demodé), no quiere admitir y que rechaza de un modo impenitente por más que la fuerce a aceptarlos. Y es que, al igual que emergen los fantasmas en la oscuridad de la noche con su silueta oscura y tenebrosa, así aparecen en mi mente unos cotejos, anterior e indebidamente concebidos por alguien indigno, que por fortuna y de inmediato, y siempre de esa manera, son repudiados tan pronto como aparecen en mi mente. Hay muchos, pero uno de esos inaceptables motejamientos, y al que voy a referirme hoy, es el de mujer fatal. La femme fatale francesa, que galo es el origen de esta acepción que luego se haría universal, aunque en español se le dio en llamar vampiresa, vino a ser, o así siempre fue descrita, aquella “villana” que utilizaba la sexualidad, que en ella parecía ser habitualmente insaciable, para enloquecer y atrapar a algún desventurado héroe. Hoy las referencias a la citada expresión se destinan a la fémina que anda a caballo entre la maldad y la bondad, sin escrúpulos de ningún género, y que de continuo está tratando de imponer su voluntad y obtener pingües beneficios. Ellas han aparecido muchísimo en todos los países y en todos los momentos, y de ellas se han ocupado prolijamente la música, la literatura o el cine. Como ejemplos, que los hay a montón, podríamos traer a colación a Ishtar, Lilith, Salomé, Circe, Medea, Cleopatra, Mesalina, Agripina, Morgana o Leonor de Aquitania, en remotos tiempos, y como más recientes, a las actrices Rita Hayworth, Sharon Stone, o a las maravillosas Marlene Dietrich y Lauren Bacall. Y, por otra parte, no quiero pasar por alto la muy agradable comedia humorística de nuestro Jardiel Poncela, titulada precisamente: “Usted tiene ojos de mujer fatal”. Cerciórese de todo esto y por su propio ojo el curioso lector y comprobará la verdad de lo que afirmo. Pero permítaseme que me detenga en analizar un poco la expresión que nos ocupa. De ella dice el D.R.A.E. que es mujer fatal aquella que ejerce sobre los hombres una atracción irresistible que puede llegar a acarrearles un final desgraciado. Esta definición está bastante bien, muy bien incluso, pero indudablemente es incompleta, pues se queda muy corta, ya que no da explicación alguna sobre los avatares de tan trascendente relación de pareja y, sobre todo, las motivaciones que pueden impeler a los protagonistas a obrar de una determinada manera. El caso empieza habitualmente porque un individuo del género masculino percibe la existencia de una persona del sexo femenino que, entre otras cosas, es subyugante, seductora, retrechera, adorable, arrebatadora y así mil epítetos más, por lo cual el pobre hombre se siente irremisiblemente atraído por esa señora. Analicemos ahora la actuación de la una y del otro. El uno, que se encuentra de improviso ante un tesoro colosal, inimaginable, y ve que hay posibilidades de hacerse con él y disfrutarlo, obnubilados sus sentidos, se siente arrastrado por una fuerza irresistible que a lo único que le capacita es a conseguirla (en todas las acepciones que pueda tener el verbo), y no piensa, ni se ocupa en otra cosa, que no sea la de alcanzar la inalcanzable maravilla que tiene a su alcance. La otra, que a más de su exquisita belleza corporal, está adornada con una generosidad sin límites, no le importa gastar el agua de su pozo, o la fruta de su árbol, y se dispone de inmediato a calmar las necesidades físicas (y quién sabe si las espirituales), del pobre necesitado que anda marrulleando junto a ella, haciéndolo con el fin primordial de otorgarle una felicidad de la que es carente y que, a todas luces, necesita. Así, sin más aditamentos. Si luego, a posteriori, ella se ve recompensada por alguna prebenda, renta o canonjía, habrá que reconocer que bien se lo tenía ganado con sus muchos desvelos y sacrificios. De cualquier modo, debo puntualizar que todas las historias contadas a este respecto, han sido siempre escritas o narradas por ajenos, pero nunca por el sujeto, por el actor protagonista, el cual, o no habló, o si lo hizo, no fue precisamente para emitir quejas, que en cualquier caso nunca serían plañidos sino quejumbres, ya que más bien, y por el contrario, siempre exclamó satisfacciones y complacencias. Visto lo cual, no me queda otro remedio que pensar que fue algún misógino perverso quien, con un mal hacer desorbitado, denominó con tan desafortunado calificativo a algunas mujeres, las cuales, y por el contrario, son merecedoras de un aplauso y un reconocimiento generalizado. Pensando entonces que las cosas se han producido siempre de este modo, cuando, en realidad deberían haber sido dictaminadas de diferente forma, me digo que puede que alguna mujer fuese fatal, pero las más serían deliciosamente dulces y encantadoras, pues doy en recordar el dicho aquél de: “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”. Ramón Serrano G. Julio 2016

jueves, 28 de julio de 2016

Decepción y comprensión

Aunque el DRAE define a la decepción como el pesar causado por un desengaño, y a este como el conocimiento de la verdad con que se sale del engaño en que se estaba, quisiera exponer que yo, normalmente, califico de decepción al estado en que uno se encuentra cuando, habiéndose elegido algo más o menos cuidadosamente, este algo no responde a las expectativas que se tenían puestas en él. Al conseguirlo, o al llegar a cierto estado, alguna cosa ha fallado en cuanto a la calidad o la cantidad de la esencia de lo apetecido, o por lo que se ha trabajado menos o más, pero cuidadosa y afanadamente. Pero para que esto se dé, en todas las ocasiones se ha debido ser agente activo en el desarrollo y en el resultado de la empresa en cuestión, ya que, y sin embargo, puede uno hallarse ante una situación que no ha sido buscada, o los hechos realizados no tenían que desembocar probable o necesariamente en ella, bien porque no eran de una entidad lógica, o bien, y ¿por qué no?, debido a una falta de cálculo del sujeto causante. El caso es que ello ha concluido en un estadio que no había sido previsto convenientemente, ni con mucho, pero que está ahí latente, con un condicionamiento y dimensiones que le conceden enorme importancia. Entonces, si estamos ante una gravosa situación, pero no la hemos buscado, ni somos el agente que ha actuado conscientemente para su logro, podremos estar con disgusto, contrariados o con desencanto ante ella, pero nunca decepcionados, ya que no hemos tratado ni intervenido en el alcance y el advenimiento de esa realidad. Pero al aparecer este término, realidad, sí que debemos comprobar nuestro comportamiento ante la tesitura en la que nos hallamos. Es esta una situación desagradable, altamente enojosa, que nos ha llegado incluso sin merecerlo, y, desde luego, sin buscarla, y ante la que tenemos que reaccionar de la mejor manera posible. Lo más normal, aunque estaría mejor dicho lo que hace, o hacemos, la mayoría, es que actuemos con ira, con rabia interior, pero quejándonos profunda y públicamente de nuestra mala suerte y pidiendo compasión a tirios y a troyanos. Es curioso, pero eso de emitir ayes lastimeros es una fácil actividad humana, que lleva innata, pese a que es un absurdo, puesto que nada se gana con ello, salvo una cierta satisfacción anímica. Es, digamos, una especie de pasatiempo al que acuden mucho los que no tienen capacidad de obrar, por impotencia o por abulia, y buscan la misericordia de los demás, tanto para esa desgracia como para otras que tengan. Sin embargo, lo más correcto, en ese concreto instante, sería una amplia comprensión de la situación sobrevenida y un estudio profundo de su causa con el fin de evitar una repetición posterior. Y hecho esto, deberíamos tener una apertura mental muy amplia para, admitiendo que los seres humanos estamos expuestos a infinidad de infortunios y desgracias, y de todo tipo y condición, y comprender que a nosotros nos puede tocar la china igual que a cualquier otro hijo de vecino. Acudamos a los textos para convencernos. Tanto en el Eclesiástico (3,26), como en el Quijote (cap. 20, 1ª parte) se dice que quien ama el peligro perece en él, pero viendo, entre otras muchas opiniones, el providencialismo, advertimos que los designios de Dios son inescrutables y la sabiduría del hombre limitada para comprenderlos (Romanos 11, 33). Estamos hartos de saber que en la vida, sin saber por qué y en muchas ocasiones sin haber hecho nada para merecerlo, nos afligen desgracias de la más diversa índole y condición. Por ello, tras haber sufrido un descalabro, no nos queda sino ponernos a la obra en una de las siguientes actuaciones, sin que haya pretexto o excusa alguna que las dificulten o las obstaculicen: tanto la aceptación de lo sucedido como un hecho común, según queda explicado, como, además, un completo ejercicio físico, pero sobre todo mental, para salir del estado abúlico, de mayor o menor intensidad, en que lógicamente nos hallaremos tras haber sufrido el percance causante de nuestro “infortunio”. Así pues, he de finalizar reiterando lo ya referido: si algo importante nos tiene sucedido que sea altamente desagradable, o peor aún, un algo que afecte seria y profundamente nuestro modo de vivir, acojámonos de inmediato al “ajo”, al “agua” y a la “resina”, elementos que tienen demostradísima su eficacia y buen resultado, pero no nos contentemos tan sólo con ellos, sino que pongamos a trabajar al cuerpo, también a nuestra mente, y ¿cómo no? practiquemos con afán el sursum corda con el que se nos exhorta en el prefacio de la misa latina. El pesar y el daño padecido no podrán desaparecer jamás, pero nuestra vida llegará a rayar de nuevo en lo normal y volverá a ser plácidamente llevadera. Claro que todas estas explicaciones son la más pura teoría. Llevarla luego a la práctica es cosa bien distinta. Ramón Serrano G. Junio 2016 Decepción: deseo y realidad. Comprensión: apertura mental y aceptación.

miércoles, 27 de julio de 2016

Racismo

“Vivir en cualquier parte del mundo y estar contra la igualdad por motivo de raza, es como vivir en Alaska y estar contra la nieve”.- William Faulkner. La verdad es que resulta tremendamente difícil encontrar un tema para un artículo que no esté ya trillado hasta la saciedad, y más si ocurre, como en el caso de hoy, que quiero hablar de una de las muchas taras, incorrecciones y malas costumbres que suelen tener los seres humanos. De entre el sinfín de ellas no hay ninguna que sea justificable, aunque esto pueda deberse en gran manera a quién sea el juez que dictamine su gravedad. Pero he de decir que yo sería severísimo en el caso de tener que dar mi opinión sobre aquellos que son racistas. Que, a mi entender, es esto, el racismo, una de las peores lacras que padecen los seres humanos. Porque me parece digno de execración que alguien se sienta superior y rechace a otras personas, a las que considera inferiores, no por sus actos o comportamientos sino por su raza o el color de su piel. Que defiendan la supuesta superioridad de la raza blanca, o cualquier otra, sobre las demás y sientan la necesidad de mantenerla aislada de las que sean como las que ellas prefieren. Esas gentes y sus adeptos padecen sin duda una exacerbación por la que discriminan, persiguen e incluso asesinan (multitud de casos se han dado de ello), a quienes no pertenecen a una determinada etnia o tienen su piel de color y, sobre todo, si esta es negra. Citaré, tan sólo eso, los diversos tipos de racismo que hay, o ha habido, a lo largo de la historia y en toda la geografía mundial. Así, puedo decir que se han dado por discapacidad, creencias, estatus u orientación sexual. De carácter biológico (las razas), cultural, sexual e incluso infantil. Pseudo-científicas, colonialistas o filosóficas, citando entre estos a Arthur de Gonineau y su célebre Ensayo, y sin querer pasar de apostillar que también se da el racismo en muchos lugares entre los negros, u otras razas, hacia los blancos. Podríamos poner ejemplos de mil clases de la desafortunada existencia de esta irracionalidad, ya que se ha venido cometiendo en multitud de lugares y en todos los tiempos. Sin embargo, y como más representativos y graves de entre ellos, citaré al Ku Klux Klan norteamericano y su odio hacia los negros, o al nazismo (palabra que proviene de la contracción de la voz alemana nationalsozialismus), aquél fanatismo hitleriano perseguidor, hasta unos límites insospechados, del exterminio de la naturaleza judía. Y nombrar, aun cuando sólo sea de pasada a los gitanos, cuyo racismo, siendo importante, no alcanza a los anteriores. Es que, de verdad, no lo comprendo. No lo puedo entender. Admito, y es mucho admitir, que la gente cometa mil barbaridades en contra de la sociedad e incluso de ella misma. Disparates de mayor o menor calibre, drogas, trabajos de sospechosa moralidad, incultura, … pero a qué seguir poniendo ejemplos archisabidos por todos. Mas lo que no he llegado nunca a imaginar es que alguien sea rechazado ignominiosamente porque los melanocitos se hallan arraigados de una manera más intensa en su epidermis, o porque profesen una fe y unas creencias diferentes a los de la sociedad ambiental. Que alguien le dé toda la importancia a la portada del libro y ninguna al argumento o la manera de expresarse el autor. No conozco ningún caso en el que un padre haya rechazado al novio de su hija porque este midiera menos de 1,60 cms, tuviese la nariz mucho más larga o corta de lo normal, o padeciese una renquera deformante. Sí a quienes lo hicieron, pero no de una manera radical y definitiva, porque no tuviese la novia (o el novio), una economía suficiente o una posición social o laboral determinada. Sin embargo, sabemos de muchos (quizás la mayoría de los que están leyendo estas líneas), que nunca admitirían la incorporación a su seno familiar de un negro. ¡Qué vergüenza tener un negro en mi casa! ¡Qué dirían los vecinos! Recuerdo que hace bastantes años, comentando este asunto con una persona haciéndole ver mi oposición al racismo y diciéndole que a mí no me hubiese importado en absoluto que alguno de mis hijos maridase con una persona de color, me dijo: - Quizás no pensarías igual si algún día tuvieses un nieto negro y vieras cómo lo rechazaban en el colegio todos o la mayoría de sus compañeros. Tuve que callarme. Debo reconocer, y lo hago muy complacido, que, afortunadamente, muy afortunadamente, por la llegada a nuestro país de gentes de muchas nacionalidades –africanos, chinos, sudamericanos, etc.- ya vemos en nuestras calles y en nuestras escuelas cómo los niños no blancos comparten, conviven, dialogan y juegan tranquila y llanamente con los de aquí. Muchísimo se ha avanzado en ese aspecto, aunque bien pudiera ser que más en la apariencia que en el fondo. Pero tengamos fe. Permítaseme por último recordar al lector aquella maravillosa película de Stanley Kramer, Adivina quién viene esta noche, protagonizada por Spencer Tracy, Sidney Poitier y Katherine Hepburn, en las que se dan unas magníficas reflexiones sobre los absurdos tabúes de la pigmentación de la piel, su condicionamiento en la conducta del individuo y su admisión en las familias y en la sociedad. Ramón Serrano G. Julio 2016