viernes, 8 de abril de 2016
El justiprecio
Podemos decir que un alto porcentaje de los seres humanos suelen cobijar bajo la rutina cuando, alcanzada la mayoridad, tienen que tomar parte activa en el desarrollo de sus vidas. Pero antes de seguir quiero aclarar que, aunque me he puesto a hablar en tercera persona, podría haberlo hecho perfectamente igual en primera o en segunda. O dicho de otra forma, que lo que voy a decir de ellas nos sucede a todos, o casi.
Y, a mi pobre entender, lo que ocurre es que, usualmente, se tiende a que la vida de cada uno se desarrolle igual, de la misma forma y manera, que la de los demás. No se quiere, dentro de las propias posibilidades, ser menos que nadie, y eso está bien, mas la gran mayoría suele hacer pocos esfuerzos y sacrificios por destacar, por lograr hitos o metas poco comunes y sobre todo si estos son, al parecer, de escaso relieve, aunque en realidad, mirándolos en el fondo, no lo sean. Y si no los buscan, mucho menos reflexionan sobre ellos. Llegados a la edad en la que se obtiene la cualidad de mayor, se lucha enormemente por conseguir un trabajo; obtenido este se buscan casa y mujer, que luego vendrán los hijos… y a vivir. Días, ollas, y bueno ha estado lo bueno.
Si observamos atentamente veremos que se deja que todo vaya transcurriendo a su aire, sin prisas, procurando tan sólo no quedarse atrás ante los otros, pero cayendo en el conformismo del “Por lo menos…” . Y así está el porlomenos de me trae un sueldo fijo todos los meses; el porlomenos de tengo siempre la cena preparada y una camisa limpia; el porlomenos de podría ganar más, pero es un trabajo fijo; el porlomenos de así tenemos con quien salir los sábados a dar una vuelta. Otros muchos ejemplos de porlomenos podría traer si quisiera, pero puede que ya sean suficientes con los referidos al matrimonio, el trabajo o las amistades.
Mirándolo despaciosamente, creo que, en verdad, es esta una extraña costumbre entre los humanos. Somos pronos a quejarnos, y muchas veces, a hacerlo amplia y minuciosamente, y sin embargo muy recatados a la hora de valorar y, sobre todo, de pregonar las cosas buenas que tienen o les acaecen. Y es más, si las cosas vienen mal dadas, las desventuras se estudian en tamaño e importancia, para luego airearlas a los cuatro vientos y, casi siempre, magnificándolas.
Sin embargo, y repito, el comportamiento de las personas no es proclive a elogiar las cosas buenas de las que hayan gozado en el pretérito o las estén disfrutando en el presente y esta omisión se da tanto ante los demás como ante el mismo sujeto beneficiario. Reconocerán conmigo que muy escasas veces nos sentimos íntimamente complacidos por lo alcanzado. Piensen cuánto tiempo hace que no nos hemos dicho, y más importante aún, que escasamente hemos reflexionado íntimamente, a solas, en la quietud de la noche o en la soledad del campo con frases convincentes para nosotros mismos, con introspecciones, como estas:
- La verdad es que fui muy afortunado cuando conseguí casarme con la mujer con la que he compartido mi vida. Cuantas veces me he sentido deprimido, sin fuerzas, o sin ganas, es ella la que me ha animado para seguir luchando y así poder sacar adelante a la familia. Ella es la que ha sabido siempre hacer proyectos y sacarlos arriba; hacer economía de manera inverosímil; tener la casa y a todos nosotros como un jaspe. ¡Nosotros! ¡Qué hubiese sido de nosotros sin ella!
O: - Hay que ver lo bien que nuestro amigo Deogracias se porta con nosotros. En cuanto coge los primeros melones nos trae dos espuertas; cuando me operaron fue varias veces a verme al hospital; hace un par de años me prestó tres mil euros, me dijo que se los devolviese cuando pudiera y no quiso que le firmara ni un papel. El hombre que tiene amigos tiene una fortuna, y nosotros, afortunadamente los tenemos y buenos-
O esto otro: - No lo quiero comentar con nadie, pero nunca pensé que podría llevarme una alegría tan grande como la que acabo de recibir cuando mi hijo mayor ha terminado su carrera. Es el primero de mi familia que lo hace, y lo ha conseguido con un esfuerzo que no sé de dónde lo habrá sacado. Yo me he limitado a costearle los gastos, y raspando, aunque me imagino que su madre le habrá untado un algo, pero él, sabiendo el enorme rendimiento que le podría sacar a su esfuerzo, no lo ha escatimado y ha logrado un triunfo que nos tiene en la gloria.
Y a qué seguir con más alusiones. Sólo de pasada, y dándole un enfoque distinto haré alusión muy brevemente al tema económico. Cuando una nube se lleva parte de la cosecha, sea esa parte grande o chica, tienen conocimiento de ello tirios y troyanos; pero si al remolque se le vienen cayendo los racimos de lo cargado que está, decimos: - Chitón todo el mundo que esto a nadie se le importa. Sin embargo, como a este tema podríamos darle un enfoque distinto, prefiero dejarlo.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, diré que si las cosas vienen mal dadas, de inmediato nos enfundamos el uniforme de plañidera y saturamos de lamentaciones y ayes a todo el que quiera oírnos. Sin embargo, ante los logros nos comportamos como si no nos hubiésemos enterado, y lo silenciamos ante los demás, lo cual puede llegar a ser malo o bueno según se quiera ver. Pero en casi todas, o en demasiadas ocasiones no hacemos ante nosotros mismos, a solas, y sin fatuidad ni jactancia, un sincero justiprecio. Y eso es hermoso, juro que es hermoso sentirse agradecido primero, satisfechos después, para luego saberlo, quererlo reconocer y que nos lleve a la gloria.
Ramón Serrano G.
Abril 2016
domingo, 20 de marzo de 2016
...y la juventud (y II)
La juventud tiene implícitas unas características claramente definidas que le hacen obrar de un determinado modo. Veamos ahora, aunque sólo sea someramente, y lamentando omitir algunos, cuáles son y el porqué de estos condicionamientos.
-Primeramente pudiera ser el inconformismo, que suele venir expresado en las ya celebérrimas canciones protesta, y no sólo en canciones, sino también en el cine, la literatura, etc., y que no es sino la manifestación al exterior de un estado de ánimo en desacuerdo con lo que de podrido, o si se prefiere de no bueno, pueda tener cualquier forma de la actual sociedad, constituyendo con ello, y yo diría únicamente, la expresión plástica de un desencanto, porque la mayoría de los jóvenes, quizás no están convencidos de lo que quieren, pero sí saben perfectamente lo que no quieren.
-Tras aquél está la naturalidad, condición que se nos aparece con la simple prospección de los jóvenes, que se nos muestran siempre carentes de afecciones de todo tipo y pretendiendo ser vistos sin adornos ni afeites que puedan dar una idea distorsionada de ellos.
-También la irresponsabilidad que es, a mi juicio, más aparente que real, y nos viene a menudo denunciada por personas que sin conocer bien a la juventud, creen que esta tan sólo se ocupa demasiado de cosas poco o nada importantes. Craso error el suyo, si no resulta que en vez de error sea mala fe, y bien se podría pensar que es a ellas a quienes no interesa que se ocupen de temas más transcendentes, temerosos de los resultados de que estas ocupaciones juveniles sean más interesantes y provechosas que las desarrolladas por ellas. Tienen además estas personas a las que aludo, una infinidad de criterios, casi todos con carácter peyorativo, basados en sacar y airear, después de rebuscados afanosamente, vicios y defectos en los jóvenes, tales como drogas, delincuencia, yippies (variante fanática de los hippies), etc, etc,. Pero ante esa ceguera y cerrazón me inhibo de hacer ningún comentario, dado lo absurdo de la postura.
-Ante la escasez de tiempo disponible, quiero ahora hablar de la siempre deseada revolución juvenil, que por otra parte viene desarrollándose desde hace mucho tiempo y en todas partes. Todos hemos visto lógico ese inconformismo, expresado de mil formas y maneras en países subdesarrollados, a través de manifestaciones más o menos turbulentas contra el statu quo de la sociedad en la que se desenvolvían. Pero igualmente a todos nos ha confundido que una actitud similar se haya originado en lugares como Francia o Alemania, Norteamérica, o como Checoslovaquia o Polonia dentro de la antigua Europa del Este. El joven, que se ve poseedor de toda la fuerza y todo el tiempo del mundo, quiere más, aspira a más y sueña, lucha, otea, empuja, grita y …ama. Sí, ama, porque ha descubierto que el amor es el arma que le ayudará a vencer todos los obstáculos, que le hará lanzarse y vencer en las más difíciles contingencias, y el más dulce premio con que se verán galardonados sus actos.
-Pero, sin embargo, la mayoría no suele ver los dos grandes enemigos a los que ha de derribar si quiere que su triunfo sea importante. El primero es sobrevalorar sus, de por sí, preciosas cualidades y no adquirir cuantos conocimientos sean necesarios, y aún más, para saber bien su trabajo y ejercerlo con la mayor aplicación y capacidad. Deben tener muy presente que su fuerza, vigor etc. son los elementos con los que han de construir un sólido cimiento y el paso previo al desarrollo total de la persona. Cabe recordar a Aristóteles, cuando decía: “Que los jóvenes adquieran determinadas costumbres no tiene poca importancia; tiene una importancia absoluta”. Con ese medro, llegarán con serenidad y consistencia a los años cimeros de su vida, una época en la que le sucederán los acaecimientos más importantes.
-El segundo adversario a derrotar es el conformismo, la aceptación como suficiente de lo que se haya obtenido, pensando que con eso tendremos de sobra para dar un aceptable desarrollo a sus días. Beneplácito que puede producirse en lo económico, en lo laboral, en lo social, o en cualquier otra faceta, y que de momento puede dejar satisfecho a quien lo acepta, pero que será su constante pesadilla en el futuro.
-Son dos sacrificios que parecen insalvables, o muy difíciles de superar, cuando se está ante ellos, pero no tanto si se afrontan con detenimiento y la estrategia y el empeño necesarios. Y la pena, la gran pena, es que muchos de los jóvenes no llegan a vencerlos, no ya porque carezcan de las cualidades necesarias, sino por desconocimiento absoluto de los perjuicios que nos pueden acarrear. No debe olvidarse que para lograr una madurez digna hay que pagar un alto precio. Alto al parecer, si no se piensa en el bienestar que les ha de proporcionar, pero altamente compensatorio en todos los sentidos.
-Acabáis de oírme citar la palabra madurez que no es sino una edad a la que vosotros os faltan aún muchos años para llegar, siendo la de las personas que han alcanzado la plenitud vital sin haber llegado todavía a la vejez. Víctor Hugo, el gran poeta, dramaturgo y escritor francés del siglo XIX, dijo: “Los cuarenta son la edad madura de la juventud; los cincuenta la juventud de la edad madura”.
-No olvidéis entonces, mis queridos amigas y amigos, estas sentidas opiniones que tengo, y os acabo de exponer humildemente sobre la esencia de vuestra actual edad.
-Muchas gracias.
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En esas me desperté, acendré lo soñado, y fuíme al tajo.
Ramón Serrano G.
Marzo 2016
El sueño...(I)
En los días de los hombres hay hechos que se suelen olvidar por completo, como si se hubiesen soñado vagamente o no hubieran existido. En las noches de los hombres hay sueños que se recuerdan siempre con nitidez, como si se hubieran vivido intensamente. Yo tuve anoche una ensoñación de esas.
-“Tiene la palabra el nuevo profesor de Literatura”, anunció alguien. Me alcé, y durante el camino de mi silla al estrado pasó por mi mente gran parte de lo que me había acaecido en los últimos días. Entre otras cosas, que estaba recién llegado a este pueblo para desempeñar mi cargo, que me habían elegido para pronunciar el discurso de apertura del curso escolar y que este suceso se estaba celebrando.
- Queridos muchachas y muchachos, empecé. Sería imperdonable que mis primeras palabras no estuvieran dedicadas a agradecer la oportunidad que se me brinda para dirigirme a vosotros, los jóvenes, lo cual para alguien como yo, que ya no lo soy, es realmente maravilloso por lo poco frecuente que es, puesto que la vida actual, la tan ajetreada y no siempre franca vida social, nos lleva constantemente a tratar con gente que ya no es joven, o que siéndolo, tiene que olvidarse de tener un comportamiento como tal, o sea, con la espontaneidad, lozanía y sinceridad que caracteriza a esa condición. Yo, y ya que se me permite hacerlo hoy, me felicito por ello.
-Y dicho esto, paso sin más al tema de mi charla, que no será otro que el hablaros de vosotros mismos, enfocándoos desde mi prisma, que bien podría ser el de un hombre cualquiera de la calle, que sintiéndose aún casi mozo, puede ver vuestras virtudes y defectos, no mejor o peor que los ven vuestros propios ojos, pero sí desde otra perspectiva, con la que, por otra parte, no pretendo mejorar o empeorar la vuestra, corregirla en suma, sino simplemente complementarla.
-Empezaré tratando de ver qué es la juventud, y sobre todo cómo es la juventud de nuestros días. Profundo el tema y pobres las ideas y palabras que yo puedo deciros y que quizás no serán sino la repetición de las que tantas veces se hayan recitado en liceos, aulas y foros; en ensayos, estudios y tesis. Pero puesto a dar mi paupérrima opinión, diré que para mí la juventud es ante y sobre todo un regalo divino y, según tengo aprendido, una determinada situación del alma. Así, en el reparto de dones que Dios hizo entre los hombres, puede que este sea el único que nos alcanza universalmente. No seremos responsables de otros bienes, quizás sencillamente porque no los hayamos tenido: riqueza, poder, mando, inteligencia, sensibilidad, etc., etc., que no son, ni han sido nunca, de todos ni para todos.
-Sin embargo el Hacedor sí ha puesto en todas las manos el tesoro de la juventud y su disfrute, por lo que habremos de dar cuenta del uso que de él hagamos. Porque la vida se forma principalmente en la juventud, en ella toma cuerpo, y en ella se siembran las más prometedoras esperanzas, por lo que viene a ser un tiempo crucial de nuestra existencia. Dice un verso de Horacio: “La tinaja difícilmente perderá el aroma del vino primero que la ocupó”. Y así la vida queda marcada con un sello indeleble según sea el jovial comportamiento, dependiendo de aquel vino primero que el alma saborea en los años mozos. Es por tanto fundamental el enfoque que demos a nuestra juventud, los actos que llevemos a cabo en ella, la orientación que marquemos a la misma, o el sentido en el que proyectemos nuestros episodios de esa etapa de la vida, trayecto que, por otra parte, durará mucho o poco dependiendo de nuestra forma de ser y de actuar, y no del número de años cumplidos.
-Pero tengamos en cuenta que como en esa época de la existencia se goza de mayor fuerza y salud, se debe compartir la idea de los humanistas, según la cual, la juventud es, en suma, un breve tiempo a transcurrir, un porvenir realizable, una semilla capaz de cualquier fruto, pero también una materia dúctil y maleable, que puede moldearse mal o bien y sin demasiados esfuerzos según sea el escultor que le dé forma, pudiendo considerarla por último como una posibilidad ilimitada de trabajo y entusiasmo, hasta el punto de que convendría recordar a don Bosco cuando decía: “El que a los quince años no es apóstol, dadlo ya por perdido en ese campo”.
-Pero si esto es, o puede ser, la juventud en sí, cabe profundizar en lo que es, o pretender ser, la juventud del siglo XXI. En este mundo todo cambia, y ella no podía ser de una diferente manera, pese a que en puntuales conceptos la conducta humana siga siendo inamovible. Leamos detenidamente, y para demostrarlo, este dictamen: “Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos, contradicen a sus padres, devoran su comida y le faltan al respeto a sus maestros”. Pues estas afirmaciones, tan categóricas, no son el resultado de una encuesta hecha hace unos días en una determinada universidad europea o americana, sino que las hizo Sócrates, filósofo griego del siglo V a.C.
-Cuando se habla de los jóvenes, el hombre de la calle está presto a conformar inmediatamente una figura ya preconcebida, quizás estereotipada, y que, con las variantes subjetivas que puedan producirse en cada caso en particular, vienen casi siempre a coincidir en este modelo: el joven actual es sinónimo principalmente de inconformismo, naturalidad, irresponsabilidad y revolución, sin detenernos en otras cualidades o calidades de menor cuantía, como pudiera ser modos de vestir un tanto extravagante, o aficiones más o menos psicodélicas. Pero como queda visto, todo ello es cierto y demostrable, salvo en una cosa: no el joven actual sino los jóvenes de todos los tiempos.
-Porque la juventud tiene implícitas unas condiciones…
Ramón Serrano G.
Marzo 2016
Y en el invierno...
Creo haber dicho con anterioridad, y me complace en extremo repetirlo, que pocas actividades hay tan placenteras para el hombre como recordar tiempos, costumbres y trabajos, de su niñez y de su juventud, por mucho que aquella estuviese llena de estrecheces y penurias de las que hoy, por fortuna, muchos estamos exentos.
Y aunque no acostumbro a consentir a mis pensamientos que se detengan demasiado tiempo en el pasado, sí que suelo tener evocaciones con cierta frecuencia y, en una de ellas, vino a mi memoria un refrán que corría en mi niñez por estas manchegas tierras, en las que tuve y tengo la fortuna de vivir, y al que ya aludí en uno de mis escritos allá por enero del año 2000. Decía así: “Quién fuese cura en verano/ y en el invierno pastor;/ y en el tiempo de vendimia,/ quién fuera vendimiador”. Las gentes de hoy, acostumbradas a otros usos, quizás no lleguen a alcanzar el sentido del dicho, por lo que me permito pasar a explicarlo.
En primer lugar, los curas y el verano. ¡Ay los curas! Pocos seres han recibido, en todos los tiempos, tantos ataques de tantos, pese a ser, como en realidad son la mayoría de ellos, santos varones que dedican su vida a ayudar a los demás. ¿Qué a bastantes les ha gustado en tiempos pretéritos una vida, llamémosla, un tanto regalada y comodona? Pues sí, ¿y a quién no? Y de ahí el verso. Entonces diremos que, en el estío, el plebano del lugar madrugaba un tanto para decir su misa con el fresquito. Tras ella se refugiaba en su confortable casa para pasar la mañana con sus breviarios y otras lecturas. Luego de una comida pocas veces frugal, su café y su rosario.- “Rosario, tráigame el café”. Tras ello, una buena cabezadita, alguna visita a algún enfermo por la tarde, para acudir a última hora de ella a decir y predicar las novenas del Carmen o de la Asunción, y dar posteriormente un buen paseo por el atrio de la iglesia, casi siempre arbolado y hermoso. La verdad es que vivían bien. Pero aquellos eran otros tiempos. Ahora ya no es de ese modo y apenas tienen un minuto para rascarse. Trabajan de lo lindo, y si alguien lo duda, que lo compruebe, y observará que la ignavia no se halla entre sus posibles pecados.
En el invierno, pastor. Se ha escrito mucho de la vida bucólica y casi siempre para ponderarla, aunque, a decir verdad se suele manifestar una visión poetizada de la misma, ponderando su lado positivo y tratando de encubrir sus miserias. Pero vayamos a lo nuestro. Los hielos invernizos tenían los campos carentes de pastos, por lo que los pastores mantenían al ganado en el aprisco alimentándolo de pienso y ellos, en la tranquilidad y el calor de la majada, echaban mano de entremisos, pleitas y tapas, y con la leche de las ovejas hacían un queso de los mejores del mundo y un requesón digno de los paladares más exquisitos. Tras ello, echaban mano de un rabel, una dulzaina o una flauta de tres agujeros, hecha con el hueso de la pata de un cordero y así conseguían librarse de los rigores hiemales.
Y por último, en el tiempo de vendimia…¡quién fuese vendimiador! Ya van remitiendo los tórridos calores agosteños y está finalizando el envero en las uvas. El agricultor sabe la cercanía de unos ingresos que le van a llegar con la recogida de la cosecha y ha contratado una cuadrilla de mujeres y hombres, mozas y mozos algunos de ellos, que quieren aprovechar la coyuntura para sacar algunos cuartos con los que afrontar el invierno. La inmediatez de dicha mejoría económica, y el trato más continuo e íntimo entre esas personas, les hace estar predispuestos a cualquier satisfacción imaginable. Está todo a su favor: clima, comida, salario, convivencia, fiesta, bailes y cantares. Aquél de: Venimos de vendimiar/ de la viña de mi agüelo/ y no nos quiere pagar/ porque hemos roto el puchero, o ese otro: Mocita vendimiaora/ sal de la viña al camino/y tráeme la cantimplora/ que beba una gota e vino/ si es que llego a güena hora.…¡Qué más se puede pedir! Después habrá que retornar a la incómoda, casi siempre, rutina diaria, pero hoy la perspectiva no puede ser más lisonjera.
Pero esos, ¡ay dolor!, eran deseos de las gentes de otros tiempos que estaban casi siempre deseosos de tiempos mejores que los que, por desgracia, habitualmente soportaban. Hoy todo eso ya no existe y parece que estemos viviendo en otra galaxia.
Hoy en día el número de curas, debido a la falta de vocaciones, o a cualquier otro motivo que ni puedo, ni quiero, ni debo tratar de analizar, ha descendido ostensiblemente, y lo cierto y verdad es que cada uno de ellos se ve obligado a realizar la misma tarea que antes llevaban a cabo dos o tres, así que nadie piense que su vida es tan regalada, como lo era, al menos en parte, la de los sacerdotes de antaño.
Al hablar de los pastores es posible que algún joven lector quiera saber qué significa esa palabra porque, sencilla y llanamente, hoy ya no hay zagales o, si existen, es en un porcentaje ínfimo en relación con los que había hace no demasiado tiempo. En la actualidad, es escasísimo el ganado que pasta por el campo, ya que la inmensa mayoría está perennemente estabulado, se alimenta exclusivamente de pienso compuesto y se le ordeña mecánicamente. A pruebas me remito.
Y esa invasión de la maquinaria ha llegado también, ¡ y de qué forma y manera!, a la agricultura. Ahora las cuadrillas de vendimiadores están compuestas por dos personas. Créanlo, que es cierto. Una que con un vehículo va recogiendo los racimos y los deposita en un tractor que será conducido por otro individuo hasta el pueblo para hacer la correspondiente descarga en la correspondiente bodega o cooperativa.
Ya no se tienen los deseos que expresaba la vieja copla porque las ciencias adelantan que es una barbaridad.
Ramón Serrano G.
Febrero de 2016
miércoles, 24 de febrero de 2016
El alma satisfecha
Para M. J. y E.
No suele ser lo más habitual para mí que, al finalizar algunas jornadas, llegue un momento en el que mi alma, si no exultante, que eso rayaría en lo imposible, sí que haya alcanzado un grado de satisfacción que me colme de felicidad, puesto que lo común es que, últimamente, me encuentre a diario en un estado anímico saturnino o maganto. Pero de vez en cuando -y he de decir que muy de vez en cuando para mi pesar - consigue producirse lo antedicho al principio.
Los hombres, dependiendo de su idiosincrasia, de su puntual situación laboral, económica o familiar, o de lo que les haya podido suceder a lo largo de cada jornada, se encuentran de un humor muy, muy diferente al acabar la misma. Los problemas, los aciertos, la salud, la rutina y una interminable lista de condicionamientos hace que un día u otro su estado de ánimo sea distinto, incluso de manera ostensible.
Sin embargo, a mí la mayoría de los días a estas alturas de mi vida y pese a que creo tener un carácter alegre y extrovertido, me suele “doler la cabeza” la mayoría de las fechas, y lo acostumbra a hacer, no ya tanto en el sentido literal de padecer una jaqueca de mayor o menor grado, y sí en el de estar en las condiciones que he apuntado anteriormente. Por eso hace un tiempo, cuando esporádicamente me acaecía lo contrario, me volvía tarumba pensando cuales podían haber sido las causas que me habían llevado a esa feliz disposición.
De inmediato, comprobaba que no había hecho ejercicio físico, ni comido picante o chocolate, no estaba enamorado, ni había tenido un orgasmo (situaciones estas, o actuaciones, con las que habitualmente se suelen liberar endorfinas, esos opiáceos naturales con los que nuestro cuerpo se hace diseñador y artífice de métodos para aliviar el estrés y aumentar el placer) .Y pese a ello, la calma, el bienestar, el buen humor o la emoción placentera habíanse asentado en mi ánima.
Entonces, ¿qué había ocurrido o qué me está sucediendo ahora, aunque repito que muy de vez en cuando, para que yo esté contento o al menos complacido esporádicamente? Y dispuesto a hallar la solución de tan dificultoso entresijo, me he puesto a pensar (tarea esta poco usual entre los hombres en la actualidad), y tras minuciosas comprobaciones de mi comportamiento, incluso de actitudes que podrían parecer más insustanciales o anodinas, he conseguido hallar los orígenes de esas gratificantes circunstancias. De principio he querido saber, así sin más, el porqué de aquello, pero enseguida me he dado cuenta de que estaba equivocado y que debía meditarlo despacicamente para llegar a alcanzar la verdad. Pensé que en esos días de fortuna había tenido éxito por haber dado brochazo a todo cuanto me hubiese sucedido con anterioridad y en especial a lo inameno o fastidioso. Pero vi de inmediato que no había sido así ya que, recordando que Kierkegaard, el filósofo danés, decía que la vida sólo se puede comprender mirando hacia atrás, y que sólo se puede vivir mirando hacia adelante, lo que había hecho era traer a mi magín seres y tiempos muy queridos a veces y odiados otras, pero siempre entrañables y enseñadores por los más diversos motivos.
También deduje que había tenido la misma gratificante cosecha vespertina en todas aquellas jornadas en las que había abierto a los amigos las ventanas de mi alma y por ellas había dejado llegar hasta mis adentros el aire fresco y renovador de sus opiniones y sus consejos, y mis entendederas se habían preñado con sus decires, sabios y doctos unos por su saber, y sustanciosos y con enjundia otros, por sus muchos años de arraigamiento.
Que me hallaba muy a gusto, si a lo largo de sus horas matinales o vespertinas, “había mojado una sopa” en alguno de mis libros, ya fuera por aprendizaje, comprobación o divertimento, puesto que ellos, los textos, siempre me han dado todo lo bueno que saben guardar en sus entrañas, y lamento, ¡tonto de mí!, que no acudo más reiteradamente a su venero, a su fuente de enseñamiento y disfrute, gratuita, gratificante e inacabable.
Que siento una satisfacción inmensa si algún rato he venido a dialogar conmigo mismo, y sin poder auto engañarme, que de tontos sería el intentarlo siquiera, repasando si ejecuté, o no, bien mis deberes, si tuve valentía para afrontar, e incluso superar, algún difícil reto, o si, por el contrario, me amilané ante la dificultad o los problemas. Trato de convencerme a mí mismo de que no soy juez y parte en la valoración de mis propios actos, para después, hacer propósito de enmienda si fuere menester e imponerme nuevas obligaciones y tareas de mayor o menor magnitud o enjundia.
Y pese a tener comprobado casi hasta la saciedad, que haciendo durante los a veces largos días alguna de estas labores mi alma se encuentra completamente satisfecha, acostumbran a ser estos los menos, que los más los vengo a tener ocupados en ayes y lamentaciones, absurdas, baldías y, lo que es peor aún, dañosas para mi ya cansado espíritu. Pero es sabido que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y lo que es mucho peor aún: es el único animal que lo hace sabiendo que es la misma piedra.
Ramón Serrano G.
Febrero 2016
El gran error ( y II )
El sabio griego Solón dijo:
Los dioses han creado dos cosas perfectas, la mujer y las flores.
Continúo mi escrito para expresar que la mujer, que ha tenido, tiene, y tendrá unos valores, si no superiores, sí tan cualificados y valiosos como los del hombre, ha luchado por recuperar el concepto que de ella ha tenido el género masculino, aunque mejor dicho estaría, no por recuperar, ya que esto significa volver a adquirir lo que antes se tenía, sino por conseguir algo que, después de usurpárselo, se le había negado ancestralmente hasta términos insospechados. Recordemos tan sólo aquello de: “la mujer, la pata quebrada y en casa”, frase de expresión machista donde las haya.
Si alguien pudiera pensar que esto que vengo hoy a publicar es una galantería o gentileza, debe saber que está en craso error, que lo digo porque lo siento, aunque todos sabemos que estas actitudes suelen estar, por desgracia ya, en un arraigado desuso. Lo que estoy haciendo, o intentando hacer es, simplemente, la más llana de las justicias.
Pero bastándome ya lo hablado de términos en los que la fémina puede equiparase al varón, o incluso superarlo, quiero hacerlo de facetas en las que es, simple y llanamente, única en toda la faz de la Tierra, queriendo dejar constancia de que, para valorarla en justicia, no se debe buscar una determinada virtud sino el conjunto, porque puede que una determinada persona tenga más desarrollada que otra aquella o esta cualidad. Entonces resaltaré algunas de sus excelencias, aunque muy pocas, porque si no este escrito sería inacabable.
Y así quiero decir, apoyándome en algo que tengo oído en no sé dónde, o leído en no sé qué sitio, que el atractivo de unos labios, más que en su rojez o sinuosidad, puede hallarse en las palabras pronunciadas, y si acaso una de esas palabras es el nombre de un hombre, este considera que está en el paraíso. Que unos ojos pueden ser preciosos si están acostumbrados a ver el lado bueno de las personas y las cosas, y que esos ojos no son sino las ventanas de su corazón, un lugar donde reside el amor en todas sus acepciones. Que una lágrima caída de esos ojos es la más poderosa fuerza hidráulica que en el mundo existe. O que cada mujer tiene dos manos, una para sus propios servicios y la otra para ayudar al prójimo.
Así podría seguir detallando, o describiendo, todos y cada uno de sus innumerables atributos, pero me contentaré con expresar que, sin lugar a dudas, la más importante de todas sus cualidades es que su belleza, esa indescriptible e infinita hermosura que le es propia y exclusiva, crece y crece más y más, con el paso de los años. Todos, usted y yo, las hemos podido ver de esa manera y las estamos viendo continuamente y en todo lugar, aunque otra cosa sea que queramos, o no, sepamos, o no, reconocerlo y declararlo.
Y para reafirmación de esa lista de perfecciones, que aunque tuviese miles y miles de calificativos siempre sería exigua, podemos hacernos una idea, si rememoramos tan sólo a Judit, Salomé, Teresa de Calcuta. Isabel la Católica, Marie Curie, Juana de Arco, Gabriela Mistral o Frida Khalo. Cito a estas como figuras conocidas por todo el mundo, pero podría hacerlo con el mismo valor y con los mismos merecimientos que las citadas, con todas aquellas otras mujeres que, ignoradas siempre y siempre poco valoradas, en los fogones y en los campos, en los talleres y en las oficinas, en el día a día, con fríos o chicharreras, han sabido ganarse su pan a conciencia y, al mismo tiempo, formar y mantener una familia, cuidar y educar a los hijos, etc., etc., etc.
Visto todo esto vemos y sabemos, pues está suficientemente demostrado, que a la mujer se la puede amar, consolar, ayudar, admirar, envidiar, y siendo acérrimos u obtusos, vituperarla o no concederle su verdadera valía. Tan sólo, al decir de Oscar Wilde, hay una acción completamente imposible ante las mujeres, ya que no fueron hechas para ello: comprenderlas.
Hoy en día la humanidad puede congratularse de haber vencido, dominado, paliado (y añádanse aquí cuantos participios nos vengan en gana), totalmente en ocasiones, y muy ampliamente en otras, un gran número de desastres, enfermedades y situaciones catastróficas de la más diversa entidad. Sin embargo, y pese a ello, sabemos que la vida en nuestro planeta está seriamente amenazada por bastantes problemas, algunos de ellos de muchísima entidad y de difícil solución. Il n’y a pas de problème.
Los hombres trabajarán arduamente para su solución, triunfarán y el mundo será un lugar habitable y acogedor. Y todo esto se logrará, seguro estoy de ello, porque la mujer se hallará detrás, para dar ideas y consejos, curar heridas, levantar ánimos y conceder un beso a los triunfadores.
MUJER, plenamente convencido de tu gran valía, satisfecho de vivir a tu lado y agradecido a tu manera de obrar, me descubro ante ti.
Ramón Serrano G.
Enero 2016
El gran error (I)
Para Cristina, Sara y María, tres mujeres maravillosas.
“A veces se puede vivir con una mujer, pero nunca se puede vivir sin una mujer”
Proverbio egipcio.
De todas las grandes estupideces que he cometido en mi vida y, que, si sigo viviendo algún tiempo, he de seguir cometiendo ¡y esto es lo peor!, no sería la menor que viniese aquí a hacer un panegírico a favor de la mujer, cosa que ella merece sin duda y que me apetece enormemente, pero que sería inadecuado, dado que no poseo, en modo alguno, la capacidad necesaria para pregonar todos los dones y atributos de los que pueden hacer gala las féminas. Ni siquiera de la milésima parte de ellos.
¿Qué pretendo entonces con este escrito? Pues solamente decir, pregonar estaría mejor dicho aunque en pocos sitios se me escuche, que se incurre en un gran error al afirmar que la mujer ha luchado desesperada e increíblemente por equipararse al hombre, y que este, cediendo de sus derechos contraídos a los largo de los siglos, ha consentido en la igualdad. Todo ello parece ser muy cierto, ya que sabemos que de ese modo ha sucedido, pero también es totalmente falto de razón, ya que la mujer desde su aparición en la Tierra, ha tenido, tiene y tendrá, las mismas facultades y derechos que el hombre. Como mínimo. Y no es que se los concediesen, no, es que ella los recuperó puesto que se los habían arrebatado, aunque desde siempre tuviese el mayor derecho a su reconocimiento y disfrute.
Y ahora todos, salvo algún pobre misógino que ande por ahí desjuiciado, somos plenamente sabedores (aunque en demasiadas ocasiones nos neguemos a reconocerlo públicamente) que uno de los más valiosos tesoros que se puede encontrar en este planeta es la mujer. Sí, han leído bien aunque yo lo haya escrito mal, pues he debido poner: la MUJER. Así, en mayúsculas, que es el modo correcto de escribir algo cuando esto tiene una grandeza superior a la de su especie. Y ella la tiene, por lo que quiero expresar rotundamente que estoy empleando el término grandeza no en el sentido de amplitud o vastedad, sino en el de su mesmedad y su comportamiento.
Comprendo, como dije con anterioridad, que sería ilógico que viniese yo, aquí y ahora, a querer hacer un panegírico del sexo femenino, cosa esta que se ha venido haciendo, y muy bien por cierto, por gran cantidad de artistas y sabios de cualquier tema, condición y época. Escultores, pintores, escritores, filósofos, músicos, historiadores, etc., han ido dejando, afortunadamente, constancia inequívoca e indeleble del altísimo valor de la fémina. Con una extensa gama de virtudes y valores, reflejada y refrendada por todos desde el inicio de los tiempos hasta estos nuestros días, aunque a veces haya tenido, como nuestro Guadiana, desapariciones. De su abnegación, heroicidad, sabiduría, tenacidad, dulzura, y un sinfín más de adjetivos laudatorios que podríamos aplicar a su condición, se ha dado muestra sin tasa. Y sin embargo, desde la más remota antigüedad, se le ha llamado sexo débil, aunque el hacerlo, según palabras del gran político y pensador indio Mahatma Gandhi, eso es una calumnia, es la injusticia del hombre hacia la mujer. Si por fuerza se entiende la fuerza bruta, entonces, en verdad, la mujer es menos brutal que el hombre. Si por fuerza se entiende el poder moral, entonces la mujer es inmensamente superior a él. Y el silenciarlo, el no querer dar notorio testimonio de ello, ha sido, posiblemente, el mayor error cometido por la especie humana a lo largo de estos últimos siglos, y mira que los ha tenido y gordos. Hagamos, para corroborar esto, y por algún motivo más, un ligero recorrido por el pasado de la humanidad.
Para afianzar este razonamiento podría acudir a la Historia y hablar del matriarcado, de la matrilinealidad o la matrilocalidad, pero ni tengo el espacio suficiente, ni quiero meterme en si están, o no, suficientemente claros los desarrollos históricos de estas ideas. Pero lo que sí es diáfano es que, a lo largo del tiempo, las gentes han cometido grandes equívocos, a veces obligadas por la necesidad, a veces por no haber sabido encontrar una solución mejor a sus problemas, y a veces, simplemente, por desidia o abandono. Sobre todos estos yerros se ha escrito mucho y bien, aunque a veces no tan bien, ya que muchas descripciones de lo sucedido no eran en sí una exposición imparcial de los hechos, sino un torpe intento de justificar lo errado. Pese a ello, y consciente de que mi opinión es una futesa, quisiera destacar cuál es a mi juicio uno de los grandes desaciertos, si no el de mayores dimensiones, que ha cometido la humanidad: no dar a las féminas la capacidad de obrar que merecían y postergarlas, privándolas de derechos y atribuciones. Pero dado que no es ese el tema que nos ocupa, hablemos, aunque sea someramente, de esa lucha de la mujer por conseguir los derechos del varón.
De entre todos, sin duda, es el siglo XIX un período muy importante (quizás el que más) en el acontecer histórico de la sociedad occidental, ya que en él se producen importantes mutaciones en el trabajo extra doméstico, en las leyes, en la educación y en los hábitos de las gentes. En él se empezaron a crear y adoptar normas, y se iniciaron usanzas legales, que en realidad no eran tan sólo una homologación con el hombre, sino la eliminación de un rebajamiento enorme e increíble que ellas habían sufrido desde el inicio de los tiempos frente a él.
Ramón Serrano G.
Enero 2016
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