domingo, 20 de marzo de 2016

Y en el invierno...

Creo haber dicho con anterioridad, y me complace en extremo repetirlo, que pocas actividades hay tan placenteras para el hombre como recordar tiempos, costumbres y trabajos, de su niñez y de su juventud, por mucho que aquella estuviese llena de estrecheces y penurias de las que hoy, por fortuna, muchos estamos exentos. Y aunque no acostumbro a consentir a mis pensamientos que se detengan demasiado tiempo en el pasado, sí que suelo tener evocaciones con cierta frecuencia y, en una de ellas, vino a mi memoria un refrán que corría en mi niñez por estas manchegas tierras, en las que tuve y tengo la fortuna de vivir, y al que ya aludí en uno de mis escritos allá por enero del año 2000. Decía así: “Quién fuese cura en verano/ y en el invierno pastor;/ y en el tiempo de vendimia,/ quién fuera vendimiador”. Las gentes de hoy, acostumbradas a otros usos, quizás no lleguen a alcanzar el sentido del dicho, por lo que me permito pasar a explicarlo. En primer lugar, los curas y el verano. ¡Ay los curas! Pocos seres han recibido, en todos los tiempos, tantos ataques de tantos, pese a ser, como en realidad son la mayoría de ellos, santos varones que dedican su vida a ayudar a los demás. ¿Qué a bastantes les ha gustado en tiempos pretéritos una vida, llamémosla, un tanto regalada y comodona? Pues sí, ¿y a quién no? Y de ahí el verso. Entonces diremos que, en el estío, el plebano del lugar madrugaba un tanto para decir su misa con el fresquito. Tras ella se refugiaba en su confortable casa para pasar la mañana con sus breviarios y otras lecturas. Luego de una comida pocas veces frugal, su café y su rosario.- “Rosario, tráigame el café”. Tras ello, una buena cabezadita, alguna visita a algún enfermo por la tarde, para acudir a última hora de ella a decir y predicar las novenas del Carmen o de la Asunción, y dar posteriormente un buen paseo por el atrio de la iglesia, casi siempre arbolado y hermoso. La verdad es que vivían bien. Pero aquellos eran otros tiempos. Ahora ya no es de ese modo y apenas tienen un minuto para rascarse. Trabajan de lo lindo, y si alguien lo duda, que lo compruebe, y observará que la ignavia no se halla entre sus posibles pecados. En el invierno, pastor. Se ha escrito mucho de la vida bucólica y casi siempre para ponderarla, aunque, a decir verdad se suele manifestar una visión poetizada de la misma, ponderando su lado positivo y tratando de encubrir sus miserias. Pero vayamos a lo nuestro. Los hielos invernizos tenían los campos carentes de pastos, por lo que los pastores mantenían al ganado en el aprisco alimentándolo de pienso y ellos, en la tranquilidad y el calor de la majada, echaban mano de entremisos, pleitas y tapas, y con la leche de las ovejas hacían un queso de los mejores del mundo y un requesón digno de los paladares más exquisitos. Tras ello, echaban mano de un rabel, una dulzaina o una flauta de tres agujeros, hecha con el hueso de la pata de un cordero y así conseguían librarse de los rigores hiemales. Y por último, en el tiempo de vendimia…¡quién fuese vendimiador! Ya van remitiendo los tórridos calores agosteños y está finalizando el envero en las uvas. El agricultor sabe la cercanía de unos ingresos que le van a llegar con la recogida de la cosecha y ha contratado una cuadrilla de mujeres y hombres, mozas y mozos algunos de ellos, que quieren aprovechar la coyuntura para sacar algunos cuartos con los que afrontar el invierno. La inmediatez de dicha mejoría económica, y el trato más continuo e íntimo entre esas personas, les hace estar predispuestos a cualquier satisfacción imaginable. Está todo a su favor: clima, comida, salario, convivencia, fiesta, bailes y cantares. Aquél de: Venimos de vendimiar/ de la viña de mi agüelo/ y no nos quiere pagar/ porque hemos roto el puchero, o ese otro: Mocita vendimiaora/ sal de la viña al camino/y tráeme la cantimplora/ que beba una gota e vino/ si es que llego a güena hora.…¡Qué más se puede pedir! Después habrá que retornar a la incómoda, casi siempre, rutina diaria, pero hoy la perspectiva no puede ser más lisonjera. Pero esos, ¡ay dolor!, eran deseos de las gentes de otros tiempos que estaban casi siempre deseosos de tiempos mejores que los que, por desgracia, habitualmente soportaban. Hoy todo eso ya no existe y parece que estemos viviendo en otra galaxia. Hoy en día el número de curas, debido a la falta de vocaciones, o a cualquier otro motivo que ni puedo, ni quiero, ni debo tratar de analizar, ha descendido ostensiblemente, y lo cierto y verdad es que cada uno de ellos se ve obligado a realizar la misma tarea que antes llevaban a cabo dos o tres, así que nadie piense que su vida es tan regalada, como lo era, al menos en parte, la de los sacerdotes de antaño. Al hablar de los pastores es posible que algún joven lector quiera saber qué significa esa palabra porque, sencilla y llanamente, hoy ya no hay zagales o, si existen, es en un porcentaje ínfimo en relación con los que había hace no demasiado tiempo. En la actualidad, es escasísimo el ganado que pasta por el campo, ya que la inmensa mayoría está perennemente estabulado, se alimenta exclusivamente de pienso compuesto y se le ordeña mecánicamente. A pruebas me remito. Y esa invasión de la maquinaria ha llegado también, ¡ y de qué forma y manera!, a la agricultura. Ahora las cuadrillas de vendimiadores están compuestas por dos personas. Créanlo, que es cierto. Una que con un vehículo va recogiendo los racimos y los deposita en un tractor que será conducido por otro individuo hasta el pueblo para hacer la correspondiente descarga en la correspondiente bodega o cooperativa. Ya no se tienen los deseos que expresaba la vieja copla porque las ciencias adelantan que es una barbaridad. Ramón Serrano G. Febrero de 2016

miércoles, 24 de febrero de 2016

El alma satisfecha

Para M. J. y E. No suele ser lo más habitual para mí que, al finalizar algunas jornadas, llegue un momento en el que mi alma, si no exultante, que eso rayaría en lo imposible, sí que haya alcanzado un grado de satisfacción que me colme de felicidad, puesto que lo común es que, últimamente, me encuentre a diario en un estado anímico saturnino o maganto. Pero de vez en cuando -y he de decir que muy de vez en cuando para mi pesar - consigue producirse lo antedicho al principio. Los hombres, dependiendo de su idiosincrasia, de su puntual situación laboral, económica o familiar, o de lo que les haya podido suceder a lo largo de cada jornada, se encuentran de un humor muy, muy diferente al acabar la misma. Los problemas, los aciertos, la salud, la rutina y una interminable lista de condicionamientos hace que un día u otro su estado de ánimo sea distinto, incluso de manera ostensible. Sin embargo, a mí la mayoría de los días a estas alturas de mi vida y pese a que creo tener un carácter alegre y extrovertido, me suele “doler la cabeza” la mayoría de las fechas, y lo acostumbra a hacer, no ya tanto en el sentido literal de padecer una jaqueca de mayor o menor grado, y sí en el de estar en las condiciones que he apuntado anteriormente. Por eso hace un tiempo, cuando esporádicamente me acaecía lo contrario, me volvía tarumba pensando cuales podían haber sido las causas que me habían llevado a esa feliz disposición. De inmediato, comprobaba que no había hecho ejercicio físico, ni comido picante o chocolate, no estaba enamorado, ni había tenido un orgasmo (situaciones estas, o actuaciones, con las que habitualmente se suelen liberar endorfinas, esos opiáceos naturales con los que nuestro cuerpo se hace diseñador y artífice de métodos para aliviar el estrés y aumentar el placer) .Y pese a ello, la calma, el bienestar, el buen humor o la emoción placentera habíanse asentado en mi ánima. Entonces, ¿qué había ocurrido o qué me está sucediendo ahora, aunque repito que muy de vez en cuando, para que yo esté contento o al menos complacido esporádicamente? Y dispuesto a hallar la solución de tan dificultoso entresijo, me he puesto a pensar (tarea esta poco usual entre los hombres en la actualidad), y tras minuciosas comprobaciones de mi comportamiento, incluso de actitudes que podrían parecer más insustanciales o anodinas, he conseguido hallar los orígenes de esas gratificantes circunstancias. De principio he querido saber, así sin más, el porqué de aquello, pero enseguida me he dado cuenta de que estaba equivocado y que debía meditarlo despacicamente para llegar a alcanzar la verdad. Pensé que en esos días de fortuna había tenido éxito por haber dado brochazo a todo cuanto me hubiese sucedido con anterioridad y en especial a lo inameno o fastidioso. Pero vi de inmediato que no había sido así ya que, recordando que Kierkegaard, el filósofo danés, decía que la vida sólo se puede comprender mirando hacia atrás, y que sólo se puede vivir mirando hacia adelante, lo que había hecho era traer a mi magín seres y tiempos muy queridos a veces y odiados otras, pero siempre entrañables y enseñadores por los más diversos motivos. También deduje que había tenido la misma gratificante cosecha vespertina en todas aquellas jornadas en las que había abierto a los amigos las ventanas de mi alma y por ellas había dejado llegar hasta mis adentros el aire fresco y renovador de sus opiniones y sus consejos, y mis entendederas se habían preñado con sus decires, sabios y doctos unos por su saber, y sustanciosos y con enjundia otros, por sus muchos años de arraigamiento. Que me hallaba muy a gusto, si a lo largo de sus horas matinales o vespertinas, “había mojado una sopa” en alguno de mis libros, ya fuera por aprendizaje, comprobación o divertimento, puesto que ellos, los textos, siempre me han dado todo lo bueno que saben guardar en sus entrañas, y lamento, ¡tonto de mí!, que no acudo más reiteradamente a su venero, a su fuente de enseñamiento y disfrute, gratuita, gratificante e inacabable. Que siento una satisfacción inmensa si algún rato he venido a dialogar conmigo mismo, y sin poder auto engañarme, que de tontos sería el intentarlo siquiera, repasando si ejecuté, o no, bien mis deberes, si tuve valentía para afrontar, e incluso superar, algún difícil reto, o si, por el contrario, me amilané ante la dificultad o los problemas. Trato de convencerme a mí mismo de que no soy juez y parte en la valoración de mis propios actos, para después, hacer propósito de enmienda si fuere menester e imponerme nuevas obligaciones y tareas de mayor o menor magnitud o enjundia. Y pese a tener comprobado casi hasta la saciedad, que haciendo durante los a veces largos días alguna de estas labores mi alma se encuentra completamente satisfecha, acostumbran a ser estos los menos, que los más los vengo a tener ocupados en ayes y lamentaciones, absurdas, baldías y, lo que es peor aún, dañosas para mi ya cansado espíritu. Pero es sabido que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y lo que es mucho peor aún: es el único animal que lo hace sabiendo que es la misma piedra. Ramón Serrano G. Febrero 2016

El gran error ( y II )

El sabio griego Solón dijo: Los dioses han creado dos cosas perfectas, la mujer y las flores. Continúo mi escrito para expresar que la mujer, que ha tenido, tiene, y tendrá unos valores, si no superiores, sí tan cualificados y valiosos como los del hombre, ha luchado por recuperar el concepto que de ella ha tenido el género masculino, aunque mejor dicho estaría, no por recuperar, ya que esto significa volver a adquirir lo que antes se tenía, sino por conseguir algo que, después de usurpárselo, se le había negado ancestralmente hasta términos insospechados. Recordemos tan sólo aquello de: “la mujer, la pata quebrada y en casa”, frase de expresión machista donde las haya. Si alguien pudiera pensar que esto que vengo hoy a publicar es una galantería o gentileza, debe saber que está en craso error, que lo digo porque lo siento, aunque todos sabemos que estas actitudes suelen estar, por desgracia ya, en un arraigado desuso. Lo que estoy haciendo, o intentando hacer es, simplemente, la más llana de las justicias. Pero bastándome ya lo hablado de términos en los que la fémina puede equiparase al varón, o incluso superarlo, quiero hacerlo de facetas en las que es, simple y llanamente, única en toda la faz de la Tierra, queriendo dejar constancia de que, para valorarla en justicia, no se debe buscar una determinada virtud sino el conjunto, porque puede que una determinada persona tenga más desarrollada que otra aquella o esta cualidad. Entonces resaltaré algunas de sus excelencias, aunque muy pocas, porque si no este escrito sería inacabable. Y así quiero decir, apoyándome en algo que tengo oído en no sé dónde, o leído en no sé qué sitio, que el atractivo de unos labios, más que en su rojez o sinuosidad, puede hallarse en las palabras pronunciadas, y si acaso una de esas palabras es el nombre de un hombre, este considera que está en el paraíso. Que unos ojos pueden ser preciosos si están acostumbrados a ver el lado bueno de las personas y las cosas, y que esos ojos no son sino las ventanas de su corazón, un lugar donde reside el amor en todas sus acepciones. Que una lágrima caída de esos ojos es la más poderosa fuerza hidráulica que en el mundo existe. O que cada mujer tiene dos manos, una para sus propios servicios y la otra para ayudar al prójimo. Así podría seguir detallando, o describiendo, todos y cada uno de sus innumerables atributos, pero me contentaré con expresar que, sin lugar a dudas, la más importante de todas sus cualidades es que su belleza, esa indescriptible e infinita hermosura que le es propia y exclusiva, crece y crece más y más, con el paso de los años. Todos, usted y yo, las hemos podido ver de esa manera y las estamos viendo continuamente y en todo lugar, aunque otra cosa sea que queramos, o no, sepamos, o no, reconocerlo y declararlo. Y para reafirmación de esa lista de perfecciones, que aunque tuviese miles y miles de calificativos siempre sería exigua, podemos hacernos una idea, si rememoramos tan sólo a Judit, Salomé, Teresa de Calcuta. Isabel la Católica, Marie Curie, Juana de Arco, Gabriela Mistral o Frida Khalo. Cito a estas como figuras conocidas por todo el mundo, pero podría hacerlo con el mismo valor y con los mismos merecimientos que las citadas, con todas aquellas otras mujeres que, ignoradas siempre y siempre poco valoradas, en los fogones y en los campos, en los talleres y en las oficinas, en el día a día, con fríos o chicharreras, han sabido ganarse su pan a conciencia y, al mismo tiempo, formar y mantener una familia, cuidar y educar a los hijos, etc., etc., etc. Visto todo esto vemos y sabemos, pues está suficientemente demostrado, que a la mujer se la puede amar, consolar, ayudar, admirar, envidiar, y siendo acérrimos u obtusos, vituperarla o no concederle su verdadera valía. Tan sólo, al decir de Oscar Wilde, hay una acción completamente imposible ante las mujeres, ya que no fueron hechas para ello: comprenderlas. Hoy en día la humanidad puede congratularse de haber vencido, dominado, paliado (y añádanse aquí cuantos participios nos vengan en gana), totalmente en ocasiones, y muy ampliamente en otras, un gran número de desastres, enfermedades y situaciones catastróficas de la más diversa entidad. Sin embargo, y pese a ello, sabemos que la vida en nuestro planeta está seriamente amenazada por bastantes problemas, algunos de ellos de muchísima entidad y de difícil solución. Il n’y a pas de problème. Los hombres trabajarán arduamente para su solución, triunfarán y el mundo será un lugar habitable y acogedor. Y todo esto se logrará, seguro estoy de ello, porque la mujer se hallará detrás, para dar ideas y consejos, curar heridas, levantar ánimos y conceder un beso a los triunfadores. MUJER, plenamente convencido de tu gran valía, satisfecho de vivir a tu lado y agradecido a tu manera de obrar, me descubro ante ti. Ramón Serrano G. Enero 2016

El gran error (I)

Para Cristina, Sara y María, tres mujeres maravillosas. “A veces se puede vivir con una mujer, pero nunca se puede vivir sin una mujer” Proverbio egipcio. De todas las grandes estupideces que he cometido en mi vida y, que, si sigo viviendo algún tiempo, he de seguir cometiendo ¡y esto es lo peor!, no sería la menor que viniese aquí a hacer un panegírico a favor de la mujer, cosa que ella merece sin duda y que me apetece enormemente, pero que sería inadecuado, dado que no poseo, en modo alguno, la capacidad necesaria para pregonar todos los dones y atributos de los que pueden hacer gala las féminas. Ni siquiera de la milésima parte de ellos. ¿Qué pretendo entonces con este escrito? Pues solamente decir, pregonar estaría mejor dicho aunque en pocos sitios se me escuche, que se incurre en un gran error al afirmar que la mujer ha luchado desesperada e increíblemente por equipararse al hombre, y que este, cediendo de sus derechos contraídos a los largo de los siglos, ha consentido en la igualdad. Todo ello parece ser muy cierto, ya que sabemos que de ese modo ha sucedido, pero también es totalmente falto de razón, ya que la mujer desde su aparición en la Tierra, ha tenido, tiene y tendrá, las mismas facultades y derechos que el hombre. Como mínimo. Y no es que se los concediesen, no, es que ella los recuperó puesto que se los habían arrebatado, aunque desde siempre tuviese el mayor derecho a su reconocimiento y disfrute. Y ahora todos, salvo algún pobre misógino que ande por ahí desjuiciado, somos plenamente sabedores (aunque en demasiadas ocasiones nos neguemos a reconocerlo públicamente) que uno de los más valiosos tesoros que se puede encontrar en este planeta es la mujer. Sí, han leído bien aunque yo lo haya escrito mal, pues he debido poner: la MUJER. Así, en mayúsculas, que es el modo correcto de escribir algo cuando esto tiene una grandeza superior a la de su especie. Y ella la tiene, por lo que quiero expresar rotundamente que estoy empleando el término grandeza no en el sentido de amplitud o vastedad, sino en el de su mesmedad y su comportamiento. Comprendo, como dije con anterioridad, que sería ilógico que viniese yo, aquí y ahora, a querer hacer un panegírico del sexo femenino, cosa esta que se ha venido haciendo, y muy bien por cierto, por gran cantidad de artistas y sabios de cualquier tema, condición y época. Escultores, pintores, escritores, filósofos, músicos, historiadores, etc., han ido dejando, afortunadamente, constancia inequívoca e indeleble del altísimo valor de la fémina. Con una extensa gama de virtudes y valores, reflejada y refrendada por todos desde el inicio de los tiempos hasta estos nuestros días, aunque a veces haya tenido, como nuestro Guadiana, desapariciones. De su abnegación, heroicidad, sabiduría, tenacidad, dulzura, y un sinfín más de adjetivos laudatorios que podríamos aplicar a su condición, se ha dado muestra sin tasa. Y sin embargo, desde la más remota antigüedad, se le ha llamado sexo débil, aunque el hacerlo, según palabras del gran político y pensador indio Mahatma Gandhi, eso es una calumnia, es la injusticia del hombre hacia la mujer. Si por fuerza se entiende la fuerza bruta, entonces, en verdad, la mujer es menos brutal que el hombre. Si por fuerza se entiende el poder moral, entonces la mujer es inmensamente superior a él. Y el silenciarlo, el no querer dar notorio testimonio de ello, ha sido, posiblemente, el mayor error cometido por la especie humana a lo largo de estos últimos siglos, y mira que los ha tenido y gordos. Hagamos, para corroborar esto, y por algún motivo más, un ligero recorrido por el pasado de la humanidad. Para afianzar este razonamiento podría acudir a la Historia y hablar del matriarcado, de la matrilinealidad o la matrilocalidad, pero ni tengo el espacio suficiente, ni quiero meterme en si están, o no, suficientemente claros los desarrollos históricos de estas ideas. Pero lo que sí es diáfano es que, a lo largo del tiempo, las gentes han cometido grandes equívocos, a veces obligadas por la necesidad, a veces por no haber sabido encontrar una solución mejor a sus problemas, y a veces, simplemente, por desidia o abandono. Sobre todos estos yerros se ha escrito mucho y bien, aunque a veces no tan bien, ya que muchas descripciones de lo sucedido no eran en sí una exposición imparcial de los hechos, sino un torpe intento de justificar lo errado. Pese a ello, y consciente de que mi opinión es una futesa, quisiera destacar cuál es a mi juicio uno de los grandes desaciertos, si no el de mayores dimensiones, que ha cometido la humanidad: no dar a las féminas la capacidad de obrar que merecían y postergarlas, privándolas de derechos y atribuciones. Pero dado que no es ese el tema que nos ocupa, hablemos, aunque sea someramente, de esa lucha de la mujer por conseguir los derechos del varón. De entre todos, sin duda, es el siglo XIX un período muy importante (quizás el que más) en el acontecer histórico de la sociedad occidental, ya que en él se producen importantes mutaciones en el trabajo extra doméstico, en las leyes, en la educación y en los hábitos de las gentes. En él se empezaron a crear y adoptar normas, y se iniciaron usanzas legales, que en realidad no eran tan sólo una homologación con el hombre, sino la eliminación de un rebajamiento enorme e increíble que ellas habían sufrido desde el inicio de los tiempos frente a él. Ramón Serrano G. Enero 2016

jueves, 17 de diciembre de 2015

El amor

-Mira Luis, a lo largo de estos años de convivencia he ido observando en los seres humanos comportamientos y actitudes que, a la postre, he llegado a comprender gracias a tus explicaciones, unos con más y otros con menos esfuerzo. Sin embargo, hay uno sobre el que no te he preguntado nunca y que me trae de cabeza, ya que no alcanzo, por mucho que lo he intentado, entender las razones del proceder de quienes lo ¿puedo decir? sufren. Me estoy refiriendo a eso que los seres humanos llamáis amor y que no acabo de comprender. ¿Querrás decirme en qué consiste? -¿Luca, me estás pidiendo que te explique lo que es el amor? ¡Mejor quisiera que me arañara un gato! Piensa que es sin duda la emoción humana sobre la que más se ha hablado y escrito desde el inicio de los tiempos por los más insignes autores y las más preclaras cabezas. Sobre él se han compuesto sinfonías, escrito obras de teatro, se han pintado cuadros, ha provocado guerras, perdido reinos y aún está por definir y detallar completamente, que tal es la infinitud de su eseidad. -Pues más a mi favor ¿y en qué consiste? -Bueno, aunque la opinión personal pueda ser distinta o no, para tratar de definir algo a mí me agrada siempre acudir al diccionario y este nos dice de él que es un sentimiento del ser humano que busca el encuentro con otro, que naturalmente se atraen recíprocamente y cuya unión les alegra y da energía para convivir y crear, pues tiene una profunda carga sexual. -Esa, esa es la única parte que he comprendido un algo ya que se asemeja ligeramente a nuestra época de celo. -Pero esa es sólo una entre un millón y, al parecer de mucha gente, la menos satisfactoria, siéndolo, como lo es, en grado sumo. Te repito que serían innumerables las formas que se podrían utilizar, y se han usado, para tratar de describir el amor, pero siempre queda otra ingente cantidad de modos de hacerlo, porque este es siempre algo muy personal. -¿Y es siempre igual? -¡Qué va!, al contrario. Siempre es diferente. En cada individuo, y en él, desde que se despierta hasta el final y, desgraciadamente en algunos casos, hasta que acaba. Y es distinto en forma, desarrollo, intensidad, etc., etc. Por ejemplo, esta última que nos habla de la vehemencia de los afectos del alma parecerá mayor al principio, pero la pasión tendrá alternativas dependiendo de un sinfín de circunstancias. -Entonces, ¿tendrá una medida como todas las cosas? -No, tampoco. El cariño no se puede valorar con una medición. Si cabe, se podría hablar del amor de todos los días (aunque nunca lo tildaría de rutinario) y el de los momentos excelsos. Y para que lo entiendas mejor lo voy a comparar con la comida o la lectura: hay exquisiteces y obras maestras que se comen o se escriben esporádicamente. Pero eso es una cosa y otra la alimentación y la cultura, aunque, y precisamente por tener estas, se dan casos de aquellas. Es también como el aire, imprescindible para la vida, aunque se aprecie más y parezca más puro frente al mar o la montaña. Porque es que tampoco tiene una descripción concreta y constante. Desmayarse, atreverse, estar furioso… y así, hasta treinta y una acepciones, nos da del amor el ínclito Lope de Vega en un soneto, mientras que Quevedo nos habla de la constancia del enamorado en aquel otro que comienza: Cerrar podrá mis ojos la postrera… -Entonces, y ya que observo que tienes una contemplación, digamos, negativa ¿por qué las personas lo buscan con tanto ahínco y quienes lo alcanzan parecen gozar de la mayor felicidad posible? -Me he debido explicar mal, porque en mis palabras has notado pesimismo y no quiero expresar eso, sino todo lo contrario. Lo que no puedo es darte una definición concreta del amor, y si me lo permites yo lo llamaría Amor, con mayúscula, sencillamente porque no la hay y no porque yo no la conozca. Pero sí puedo recordarte lo que dice el Libro (Mt. 7-16): Por sus obras los conoceréis, y por ello sabrás que los enamorados son los únicos que pueden llegar a saber de qué color son los cerezos, que a la luz de la luna las palabras son más melodiosas, que una mirada pueda hacer que se detenga el tiempo, o que para ser princesa no es imprescindible ser hija de un rey. Esos, y mil detalles más, podría darte para hacerte ver la magnificencia del cariño. Así, déjame decirte además, que tiene tanto poderío que hace que el tiempo vuele o se detenga, dependiendo de la ausencia o la presencia del amante; que el corazón, a más de sentir, consiga hablar; que se esté más predispuesto a dar que a recibir o, como se decía en una famosa película, amar es no tener que decir nunca lo siento. El amor, créeme Luca, es, sin duda alguna, la más maravillosa de las maravillas, y yo quiero creer que si ha habido alguna persona en la historia de la humanidad que haya sido feliz, en algún momento de su vida ha tenido que estar enamorado. -Pero, ¿alguna cualidad mala tendrá? -Porque tiene una inmensa valía puedo decirte que es hiriente cuando se pierde; lacerante hasta límites insospechados. Piensa siempre que quizás sea lo más valioso de este mundo, incluso por encima de la amistad y, por supuesto, de otras clases de amor. Siendo de ese modo has de comprender que no haberlo conocido o tener que carecer de él, por los motivos que fueren, es dolorosísimo. - Pues tal como me lo describes, aunque sólo fuese por eso, por haberlo padecido o disfrutado, hubiese querido ser hombre en vez de perro. Ramón Serrano G. Diciembre 2015

jueves, 3 de diciembre de 2015

El saber

Para Gabriel Soriano, un hombre que sí sabe estar. Porque así lo creo, que así me lo enseñaron y así lo he podido corroborar, vengo en decir que el mayor tesoro que puede haber una persona es el saber, y me estoy refiriendo a la segunda acepción que de este término da María Moliner, o sea: Circunstancia de saber cosas. Sabiduría. Y aún podemos desgranar más esta definición, aunque sea solamente en dos mitades. La primera sería la de tener un gran conocimiento de una o de varias materias. La segunda, conocer el modo de estar, adecuada y correctamente, en todo momento y a lo largo de toda una vida. Alguien, que no sé quién, tiene dicho que el saber y la virtud son los dos valores que pueden elevar a un hombre por encima de los demás. Completamente de acuerdo. Porque el conocimiento, en mayor o menor profundidad de alguna materia, es algo realmente extraordinario. Y con la virtud ocurre igual, entendiéndola como la capacidad que tiene algo para producir efectos beneficiosos. Entonces, permítaseme enfocarla desde el aspecto del comportamiento humano. Sobre eso que llamamos saber estar, que no es sino el seguimiento de aquella frase de Cicerón que dice: “ No basta con adquirir sabiduría; es preciso, además, saber utilizarla”. Así, podríamos referirnos al saber callar y saber hablar; saber mandar y saber obedecer; saber laborar y saber ociar. Pero quisiera detenerme en otras perspectivas de estos saberes: las de saber ganar y saber perder, que son, quizás más que las otras, muy relevantes de nuestro modo de ser. Debo resaltar que una de las más difíciles cualidades que puede tener una persona es la de saber perder. En el complicado juego de la vida, una de las actitudes más difíciles es la de, con elegancia y dignidad, felicitar al vencedor. Y pocas conductas son más desagradables que la de ver a un mal perdedor fuera de sí, sin saber ni poder contenerse, y achacando su derrota a cualquier motivo menos a su ignorancia o inexperiencia. No saber, o no querer, aceptar la superioridad del oponente y basar la victoria ajena en la suerte, en ayudas externas, e, incluso, en que el otro no ha jugado limpio. Ignorar por completo, o rechazar, el admitir los propios errores, y lanzarse a propalar excusas sin pararse a estudiar las causas. Pero si es intrincado esto, quizás lo sea mucho más el saber ganar. Y si es insoportable contemplar los gestos de un mal perdedor, tanto, o más, es ver a un ganador presuntuoso. Está clarísimo que quien sabe ganar lo hará siempre con una expresión de alegría, pero sin engallarse, y con el mayor respeto, asumiendo la victoria con humildad, ayudará a su oponente a tolerar su frustración. Quiero recordar que en una final del torneo de tenis de Australia, cuando el fantástico jugador Roger Féderer salió a recoger el segundo premio y pronunciar unas palabras, no pudo acabarlas porque el llanto se lo impidió. Y entonces, estando situado detrás de él nuestro Rafa Nadal, como grandísimo campeón que es dentro y fuera de la pista, y que acababa de ganar ese gran slam por primera vez, testimonió al suizo su respeto y su admiración de una manera exquisita. Pero, aunque muchos lo llevan dentro, a ganar y a perder se aprende desde niños. O sea, que son los padres y profesores los que han de inculcar esas buenas maneras en los chavales, pero hacérselo aprender por nuestro pensamiento, palabra y obra. Hay un caso que se suele dar con demasiada frecuencia. Un niño pierde un partido y al llegar a casa el padre le dice que aquello no tiene importancia, que lo verdaderamente importante no es ganar sino participar. Y ese mismo padre, dos horas más tarde, sentado ante el televisor, si su equipo va perdiendo, no cesa de lanzar improperios e insultos a troche y moche, “disparando contra todo lo que se menea”. Y el chiquillo no puede entender la discrepancia entre lo oído antes y lo visto después. Dicho de otro modo, que hay que imbuirles la ambición y el espíritu de lucha, y desaconsejarles el abandono y la abulia en la persecución de un fin noble, pero todo ello dentro de los límites y normas establecidos. Y luego, y tan importante o más que la contienda, al término de la lid, tener humildad en la victoria y reconocimiento al ganador que haya sabido ganar limpia y sabiamente. Y repito que todo eso, el saber ganar y perder, hablar y callar, mandar y obedecer, y tantas y tantas otras acciones que todos sabemos, es lo que constituye la maravillosa cualidad de saber estar, que pocos poseen pero que quien la tiene, hace gala de ella, espontáneamente y sin proponérselo, en su comportamiento, tanto en los actos rutinarios como en las ocasiones menos comunes. Vaya entonces y con estas pobres palabras mi mayor admiración para aquellos que eso saben. De ahí la dedicatoria de este escrito. Ramón Serrano G. Diciembre 2015

jueves, 19 de noviembre de 2015

Ocasionalmente

A veces, ocasionalmente, pienso en ti y he de reconocer que en el fondo me satisface. Ahora, te lo acabo de decir, sólo lo hago de vez en vez (después te explicaré cuándo y por qué) pero antes, hace ya muchos años y aunque nunca te lo he contado, lo hacía de contino porque, como bien sabes, estaba muy enamorado de ti. ¿O quizás no llegaste a saberlo nunca? No, no lo creo, que las mujeres tenéis un sexto sentido para esas cosas del amor y no se os escapa una, y aunque nunca llegué a declararme, pienso que, aunque mi forma de ser es bastante zamuja, mi especial comportamiento para contigo era, sin embargo, suficiente demostrador de mis gustos, deseos y voluntades. Bueno, lo supieras o no, lo cierto y verdad es que las circunstancias no nos fueron favorables (digamos que fue eso) y nunca se llegaron a unir nuestras vidas. Tú te casaste bien y pronto, y yo me quedé soltero, y soltero sigo, amoldándome a una vida que no era la que me habría gustado llevar, pero dándola por buena ya que parecía ser la que me había asignado el destino. ¡Ay el destino; qué conformista fui, o me lo hice! El mal desencadenamiento de los hechos viene impuesto siempre por las circunstancias y a los actos de los sujetos, pero nunca a intervenciones ignotas de los hados, y si les asignamos esa autoría se debe, más que nada, a nuestra comodidad. Algún amigo me incitaba a que me buscase a otra , pero yo, que siempre he tenido del amor y del matrimonio una idea muy idealizada, renuncié a la pareja y he vivido célibe, sin gustarme, pero creyendo, lo mismo que otros muchos, que era mejor eso que una unión sin el debido fundamento. Pienso con firmeza que para que dos personas se unan deben existir entre ellos unos lazos muy profundos de cariño, afecto, comprensión, necesidad, ayuda, satisfacción, etc., etc., y que no debe basarse nunca ese nexo en un acomodo o un liviano alivio de problemas de soledad, incapacidad, o cosas por el estilo. Si una mujer y un hombre vinculan sus vidas debe ser por motivos mucho más importantes. Pero yo era sabedor de que la felicidad no se logra siempre con realidades, que también los sueños nos permiten alcanzarla. Y en ocasiones aún mejor, puesto que nos permiten dimensionarla, llevarla y traerla a nuestro antojo, a nuestro más amplio y libre albedrío. Por eso puedo proclamar que he sido feliz, muy feliz, en muchas ocasiones. En todas aquellas, y han sido bastantes, en las que quería conseguirlo y, luchando contra mi soledad, me ponía a pensar en ti y compartía muchas horas contigo, como lo hubiese hecho si estuvieras junto a mí, hablándote igual que te hubiera hablado si hubieses sido mía, dedicándome a opinar contigo sobre cualquier cosa, a recordar chiquilladas, pero, sobre todo, a compartir entre ambos, entre tú y yo, viajes, libros, música y deseos. Recordarás entonces, igual que yo las tengo grabadas en mi memoria, nuestras imaginadas visitas a Ruidera, al Machu Picchu, al Taj Mahal o al archipiélago Svalbard, donde pudimos ver la aurora boreal. Cómo, in mente, disfrutamos infinidad de veces leyéndonos mutuamente el uno a la otra, o la otra al uno, a Juan Ramón, a Tagore, a Stefan Zweig o a Pearl S. Buck. La infinita cantidad de ocasiones en las que, quimerizando, oíamos (creo que ya nos las sabíamos de memoria) la 40ª de Mozart, el nº 5 de piano, El emperador, de Beethoven, o el concierto de violín de Mendelssohn interpretado por Menhugin. Pero lo más maravilloso de todo era cuando nos disponíamos, a solas, siempre a solas, a fabular despacicamente anhelos que nos hubiera gustado llevar a cabo, y que casi, casi, estuvimos a punto de conseguir. Pero no temas, que estos no he de sacarlos a la luz, ni relacionarlos. Bástenos saber a los dos, que ninguno, ni tú ni yo, tras haber invertido en su planteamiento muchas horas, tras haberlos vivido y disfrutado, los teníamos latentes en nuestras almas. Hoy ya no tengo esa felicidad, ¡malhadado de mí!, y a fuer de ser sincero, he de decirte que ninguna otra. La vida, con su rutinario machaqueo, - “Monotonía de la lluvia tras los cristales”, verdad Machado, viejo amigo- ha arramplado con todas mis ilusiones actuales y venideras, y de las antiguas apenas si recuerdo alguna que me pueda liberar del esplín que abate mi alma rato a rato, un día tras otro. No puedo, tan siquiera, proyectarme en el porvenir de unos hijos o familiares dado que no los tengo, ni reunirme a dialogar con los que tuve como amigos, que fueron varios y buenos, ya que unos y otros emprendieron, tiempo ha, diferentes viajes, bien a otros lugares o bien al más allá, pero siempre sin retorno. Todas mis jornadas son ahora demasiado repetitivas, y eso hastía, créeme. Así que, cuando a cuento viene y sopla el aire de no sé qué lugar, que son las menos de las veces, que en las más me suelo poner murrio y melancólico, me paso algún escaso rato volviendo a pensar en aquella muchacha que vivía dos puertas más arriba de mi casa. ¿Te acuerdas de ella? Era –eras- una mocita más rubia que morena, de fino talle, grácil figura, airoso andar y gracioso decir, por la que suspirábamos más de uno. Y con ella, solamente con ella y con ninguna otra, y durante escasos momentos, vuelvo a viajar, a leer, a escuchar y a soñar. No son estas mis alegrías de ahora como las de antaño y ni siquiera, diría yo, se le asemejan, pero he de consolarme pensando que alacridades son al fin y a la postre, y con ellas he de conformarme en ausencia de otras más confortadoras. Ramón Serrano G. Noviembre de 2015