jueves, 17 de diciembre de 2015

El amor

-Mira Luis, a lo largo de estos años de convivencia he ido observando en los seres humanos comportamientos y actitudes que, a la postre, he llegado a comprender gracias a tus explicaciones, unos con más y otros con menos esfuerzo. Sin embargo, hay uno sobre el que no te he preguntado nunca y que me trae de cabeza, ya que no alcanzo, por mucho que lo he intentado, entender las razones del proceder de quienes lo ¿puedo decir? sufren. Me estoy refiriendo a eso que los seres humanos llamáis amor y que no acabo de comprender. ¿Querrás decirme en qué consiste? -¿Luca, me estás pidiendo que te explique lo que es el amor? ¡Mejor quisiera que me arañara un gato! Piensa que es sin duda la emoción humana sobre la que más se ha hablado y escrito desde el inicio de los tiempos por los más insignes autores y las más preclaras cabezas. Sobre él se han compuesto sinfonías, escrito obras de teatro, se han pintado cuadros, ha provocado guerras, perdido reinos y aún está por definir y detallar completamente, que tal es la infinitud de su eseidad. -Pues más a mi favor ¿y en qué consiste? -Bueno, aunque la opinión personal pueda ser distinta o no, para tratar de definir algo a mí me agrada siempre acudir al diccionario y este nos dice de él que es un sentimiento del ser humano que busca el encuentro con otro, que naturalmente se atraen recíprocamente y cuya unión les alegra y da energía para convivir y crear, pues tiene una profunda carga sexual. -Esa, esa es la única parte que he comprendido un algo ya que se asemeja ligeramente a nuestra época de celo. -Pero esa es sólo una entre un millón y, al parecer de mucha gente, la menos satisfactoria, siéndolo, como lo es, en grado sumo. Te repito que serían innumerables las formas que se podrían utilizar, y se han usado, para tratar de describir el amor, pero siempre queda otra ingente cantidad de modos de hacerlo, porque este es siempre algo muy personal. -¿Y es siempre igual? -¡Qué va!, al contrario. Siempre es diferente. En cada individuo, y en él, desde que se despierta hasta el final y, desgraciadamente en algunos casos, hasta que acaba. Y es distinto en forma, desarrollo, intensidad, etc., etc. Por ejemplo, esta última que nos habla de la vehemencia de los afectos del alma parecerá mayor al principio, pero la pasión tendrá alternativas dependiendo de un sinfín de circunstancias. -Entonces, ¿tendrá una medida como todas las cosas? -No, tampoco. El cariño no se puede valorar con una medición. Si cabe, se podría hablar del amor de todos los días (aunque nunca lo tildaría de rutinario) y el de los momentos excelsos. Y para que lo entiendas mejor lo voy a comparar con la comida o la lectura: hay exquisiteces y obras maestras que se comen o se escriben esporádicamente. Pero eso es una cosa y otra la alimentación y la cultura, aunque, y precisamente por tener estas, se dan casos de aquellas. Es también como el aire, imprescindible para la vida, aunque se aprecie más y parezca más puro frente al mar o la montaña. Porque es que tampoco tiene una descripción concreta y constante. Desmayarse, atreverse, estar furioso… y así, hasta treinta y una acepciones, nos da del amor el ínclito Lope de Vega en un soneto, mientras que Quevedo nos habla de la constancia del enamorado en aquel otro que comienza: Cerrar podrá mis ojos la postrera… -Entonces, y ya que observo que tienes una contemplación, digamos, negativa ¿por qué las personas lo buscan con tanto ahínco y quienes lo alcanzan parecen gozar de la mayor felicidad posible? -Me he debido explicar mal, porque en mis palabras has notado pesimismo y no quiero expresar eso, sino todo lo contrario. Lo que no puedo es darte una definición concreta del amor, y si me lo permites yo lo llamaría Amor, con mayúscula, sencillamente porque no la hay y no porque yo no la conozca. Pero sí puedo recordarte lo que dice el Libro (Mt. 7-16): Por sus obras los conoceréis, y por ello sabrás que los enamorados son los únicos que pueden llegar a saber de qué color son los cerezos, que a la luz de la luna las palabras son más melodiosas, que una mirada pueda hacer que se detenga el tiempo, o que para ser princesa no es imprescindible ser hija de un rey. Esos, y mil detalles más, podría darte para hacerte ver la magnificencia del cariño. Así, déjame decirte además, que tiene tanto poderío que hace que el tiempo vuele o se detenga, dependiendo de la ausencia o la presencia del amante; que el corazón, a más de sentir, consiga hablar; que se esté más predispuesto a dar que a recibir o, como se decía en una famosa película, amar es no tener que decir nunca lo siento. El amor, créeme Luca, es, sin duda alguna, la más maravillosa de las maravillas, y yo quiero creer que si ha habido alguna persona en la historia de la humanidad que haya sido feliz, en algún momento de su vida ha tenido que estar enamorado. -Pero, ¿alguna cualidad mala tendrá? -Porque tiene una inmensa valía puedo decirte que es hiriente cuando se pierde; lacerante hasta límites insospechados. Piensa siempre que quizás sea lo más valioso de este mundo, incluso por encima de la amistad y, por supuesto, de otras clases de amor. Siendo de ese modo has de comprender que no haberlo conocido o tener que carecer de él, por los motivos que fueren, es dolorosísimo. - Pues tal como me lo describes, aunque sólo fuese por eso, por haberlo padecido o disfrutado, hubiese querido ser hombre en vez de perro. Ramón Serrano G. Diciembre 2015

jueves, 3 de diciembre de 2015

El saber

Para Gabriel Soriano, un hombre que sí sabe estar. Porque así lo creo, que así me lo enseñaron y así lo he podido corroborar, vengo en decir que el mayor tesoro que puede haber una persona es el saber, y me estoy refiriendo a la segunda acepción que de este término da María Moliner, o sea: Circunstancia de saber cosas. Sabiduría. Y aún podemos desgranar más esta definición, aunque sea solamente en dos mitades. La primera sería la de tener un gran conocimiento de una o de varias materias. La segunda, conocer el modo de estar, adecuada y correctamente, en todo momento y a lo largo de toda una vida. Alguien, que no sé quién, tiene dicho que el saber y la virtud son los dos valores que pueden elevar a un hombre por encima de los demás. Completamente de acuerdo. Porque el conocimiento, en mayor o menor profundidad de alguna materia, es algo realmente extraordinario. Y con la virtud ocurre igual, entendiéndola como la capacidad que tiene algo para producir efectos beneficiosos. Entonces, permítaseme enfocarla desde el aspecto del comportamiento humano. Sobre eso que llamamos saber estar, que no es sino el seguimiento de aquella frase de Cicerón que dice: “ No basta con adquirir sabiduría; es preciso, además, saber utilizarla”. Así, podríamos referirnos al saber callar y saber hablar; saber mandar y saber obedecer; saber laborar y saber ociar. Pero quisiera detenerme en otras perspectivas de estos saberes: las de saber ganar y saber perder, que son, quizás más que las otras, muy relevantes de nuestro modo de ser. Debo resaltar que una de las más difíciles cualidades que puede tener una persona es la de saber perder. En el complicado juego de la vida, una de las actitudes más difíciles es la de, con elegancia y dignidad, felicitar al vencedor. Y pocas conductas son más desagradables que la de ver a un mal perdedor fuera de sí, sin saber ni poder contenerse, y achacando su derrota a cualquier motivo menos a su ignorancia o inexperiencia. No saber, o no querer, aceptar la superioridad del oponente y basar la victoria ajena en la suerte, en ayudas externas, e, incluso, en que el otro no ha jugado limpio. Ignorar por completo, o rechazar, el admitir los propios errores, y lanzarse a propalar excusas sin pararse a estudiar las causas. Pero si es intrincado esto, quizás lo sea mucho más el saber ganar. Y si es insoportable contemplar los gestos de un mal perdedor, tanto, o más, es ver a un ganador presuntuoso. Está clarísimo que quien sabe ganar lo hará siempre con una expresión de alegría, pero sin engallarse, y con el mayor respeto, asumiendo la victoria con humildad, ayudará a su oponente a tolerar su frustración. Quiero recordar que en una final del torneo de tenis de Australia, cuando el fantástico jugador Roger Féderer salió a recoger el segundo premio y pronunciar unas palabras, no pudo acabarlas porque el llanto se lo impidió. Y entonces, estando situado detrás de él nuestro Rafa Nadal, como grandísimo campeón que es dentro y fuera de la pista, y que acababa de ganar ese gran slam por primera vez, testimonió al suizo su respeto y su admiración de una manera exquisita. Pero, aunque muchos lo llevan dentro, a ganar y a perder se aprende desde niños. O sea, que son los padres y profesores los que han de inculcar esas buenas maneras en los chavales, pero hacérselo aprender por nuestro pensamiento, palabra y obra. Hay un caso que se suele dar con demasiada frecuencia. Un niño pierde un partido y al llegar a casa el padre le dice que aquello no tiene importancia, que lo verdaderamente importante no es ganar sino participar. Y ese mismo padre, dos horas más tarde, sentado ante el televisor, si su equipo va perdiendo, no cesa de lanzar improperios e insultos a troche y moche, “disparando contra todo lo que se menea”. Y el chiquillo no puede entender la discrepancia entre lo oído antes y lo visto después. Dicho de otro modo, que hay que imbuirles la ambición y el espíritu de lucha, y desaconsejarles el abandono y la abulia en la persecución de un fin noble, pero todo ello dentro de los límites y normas establecidos. Y luego, y tan importante o más que la contienda, al término de la lid, tener humildad en la victoria y reconocimiento al ganador que haya sabido ganar limpia y sabiamente. Y repito que todo eso, el saber ganar y perder, hablar y callar, mandar y obedecer, y tantas y tantas otras acciones que todos sabemos, es lo que constituye la maravillosa cualidad de saber estar, que pocos poseen pero que quien la tiene, hace gala de ella, espontáneamente y sin proponérselo, en su comportamiento, tanto en los actos rutinarios como en las ocasiones menos comunes. Vaya entonces y con estas pobres palabras mi mayor admiración para aquellos que eso saben. De ahí la dedicatoria de este escrito. Ramón Serrano G. Diciembre 2015

jueves, 19 de noviembre de 2015

Ocasionalmente

A veces, ocasionalmente, pienso en ti y he de reconocer que en el fondo me satisface. Ahora, te lo acabo de decir, sólo lo hago de vez en vez (después te explicaré cuándo y por qué) pero antes, hace ya muchos años y aunque nunca te lo he contado, lo hacía de contino porque, como bien sabes, estaba muy enamorado de ti. ¿O quizás no llegaste a saberlo nunca? No, no lo creo, que las mujeres tenéis un sexto sentido para esas cosas del amor y no se os escapa una, y aunque nunca llegué a declararme, pienso que, aunque mi forma de ser es bastante zamuja, mi especial comportamiento para contigo era, sin embargo, suficiente demostrador de mis gustos, deseos y voluntades. Bueno, lo supieras o no, lo cierto y verdad es que las circunstancias no nos fueron favorables (digamos que fue eso) y nunca se llegaron a unir nuestras vidas. Tú te casaste bien y pronto, y yo me quedé soltero, y soltero sigo, amoldándome a una vida que no era la que me habría gustado llevar, pero dándola por buena ya que parecía ser la que me había asignado el destino. ¡Ay el destino; qué conformista fui, o me lo hice! El mal desencadenamiento de los hechos viene impuesto siempre por las circunstancias y a los actos de los sujetos, pero nunca a intervenciones ignotas de los hados, y si les asignamos esa autoría se debe, más que nada, a nuestra comodidad. Algún amigo me incitaba a que me buscase a otra , pero yo, que siempre he tenido del amor y del matrimonio una idea muy idealizada, renuncié a la pareja y he vivido célibe, sin gustarme, pero creyendo, lo mismo que otros muchos, que era mejor eso que una unión sin el debido fundamento. Pienso con firmeza que para que dos personas se unan deben existir entre ellos unos lazos muy profundos de cariño, afecto, comprensión, necesidad, ayuda, satisfacción, etc., etc., y que no debe basarse nunca ese nexo en un acomodo o un liviano alivio de problemas de soledad, incapacidad, o cosas por el estilo. Si una mujer y un hombre vinculan sus vidas debe ser por motivos mucho más importantes. Pero yo era sabedor de que la felicidad no se logra siempre con realidades, que también los sueños nos permiten alcanzarla. Y en ocasiones aún mejor, puesto que nos permiten dimensionarla, llevarla y traerla a nuestro antojo, a nuestro más amplio y libre albedrío. Por eso puedo proclamar que he sido feliz, muy feliz, en muchas ocasiones. En todas aquellas, y han sido bastantes, en las que quería conseguirlo y, luchando contra mi soledad, me ponía a pensar en ti y compartía muchas horas contigo, como lo hubiese hecho si estuvieras junto a mí, hablándote igual que te hubiera hablado si hubieses sido mía, dedicándome a opinar contigo sobre cualquier cosa, a recordar chiquilladas, pero, sobre todo, a compartir entre ambos, entre tú y yo, viajes, libros, música y deseos. Recordarás entonces, igual que yo las tengo grabadas en mi memoria, nuestras imaginadas visitas a Ruidera, al Machu Picchu, al Taj Mahal o al archipiélago Svalbard, donde pudimos ver la aurora boreal. Cómo, in mente, disfrutamos infinidad de veces leyéndonos mutuamente el uno a la otra, o la otra al uno, a Juan Ramón, a Tagore, a Stefan Zweig o a Pearl S. Buck. La infinita cantidad de ocasiones en las que, quimerizando, oíamos (creo que ya nos las sabíamos de memoria) la 40ª de Mozart, el nº 5 de piano, El emperador, de Beethoven, o el concierto de violín de Mendelssohn interpretado por Menhugin. Pero lo más maravilloso de todo era cuando nos disponíamos, a solas, siempre a solas, a fabular despacicamente anhelos que nos hubiera gustado llevar a cabo, y que casi, casi, estuvimos a punto de conseguir. Pero no temas, que estos no he de sacarlos a la luz, ni relacionarlos. Bástenos saber a los dos, que ninguno, ni tú ni yo, tras haber invertido en su planteamiento muchas horas, tras haberlos vivido y disfrutado, los teníamos latentes en nuestras almas. Hoy ya no tengo esa felicidad, ¡malhadado de mí!, y a fuer de ser sincero, he de decirte que ninguna otra. La vida, con su rutinario machaqueo, - “Monotonía de la lluvia tras los cristales”, verdad Machado, viejo amigo- ha arramplado con todas mis ilusiones actuales y venideras, y de las antiguas apenas si recuerdo alguna que me pueda liberar del esplín que abate mi alma rato a rato, un día tras otro. No puedo, tan siquiera, proyectarme en el porvenir de unos hijos o familiares dado que no los tengo, ni reunirme a dialogar con los que tuve como amigos, que fueron varios y buenos, ya que unos y otros emprendieron, tiempo ha, diferentes viajes, bien a otros lugares o bien al más allá, pero siempre sin retorno. Todas mis jornadas son ahora demasiado repetitivas, y eso hastía, créeme. Así que, cuando a cuento viene y sopla el aire de no sé qué lugar, que son las menos de las veces, que en las más me suelo poner murrio y melancólico, me paso algún escaso rato volviendo a pensar en aquella muchacha que vivía dos puertas más arriba de mi casa. ¿Te acuerdas de ella? Era –eras- una mocita más rubia que morena, de fino talle, grácil figura, airoso andar y gracioso decir, por la que suspirábamos más de uno. Y con ella, solamente con ella y con ninguna otra, y durante escasos momentos, vuelvo a viajar, a leer, a escuchar y a soñar. No son estas mis alegrías de ahora como las de antaño y ni siquiera, diría yo, se le asemejan, pero he de consolarme pensando que alacridades son al fin y a la postre, y con ellas he de conformarme en ausencia de otras más confortadoras. Ramón Serrano G. Noviembre de 2015

jueves, 5 de noviembre de 2015

El áspid

Gustaba el hermano Rogelio, tras dar una cabezadica más o menos larga al terminar de comer, bajarse a la plazoleta que había frente a su casa en la calle que discurría entre el colegio y la plaza del pueblo, donde lo solían encontrar los chiquillos cuando salían de las escuela e iban hacia sus casas. A él le placía hablar con ellos y a estos escuchar las amenas historias que les narraba, algunas ciertas y la mayoría inventadas. Aquella tarde, ante el ruego de uno de los muchachos, el buen hombre les dijo: -Hoy os voy a contar la historia de un áspid. ¿Sabéis lo que es un áspid? Pues es uno de los animales más venenosos que hay por el campo. Existen otros muchos que se sirven de su veneno para defenderse de sus enemigos, como por ejemplo la víbora o el alacrán. Mirad, hay un refrán que dice: “Si la víbora viera o el alacrán oyera, no hubiese hombre que al campo saliera”, y esto es en referencia al peligro que conlleva tener un encuentro con ellos. Pues tan nocivo como estos es el áspid, una serpiente de unos 70 u 80 cms. de largo, de color amarillento o dorado, con manchas negras o verdosas en zigzag sobre el lomo, cabeza triangular y hocico un tanto respingón. Cleopatra, la gran reina de Egipto, murió a causa de la picadura de uno, aunque fuese voluntariamente, según creo. -Y ocurrió que una mañana de primeros de junio, sobre el mediodía, estando mi primo Eulogio en el campo y ya harto de trabajar, se sentó a la sombra de un chaparro para dormir la siesta del borrego, que es una siesta muy agradable -bueno, como todas las siestas- y en ella estaba cuando le pareció sentir como un hormigueo, como una raro frescor en una de sus pantorrillas, pero no le dio la menor importancia creyendo que sería la rama de algún hierbajo, o un matojo. Procuró seguir en con su apacible sueño, pero, de repente sintió una mordedura y un dolor intenso. Al abrir los ojos y mientras se echaba mano a su pierna, vio que un áspid se alejaba a lo largo de los surcos, y antes de perderlo de vista, observó que iba haciendo unos movimientos extraños, como entrecortados. Tan rápido como pudo cogió su bicicleta y llegó hasta la casa de socorro de aquí, donde, tras explicar lo sucedido, le aplicaron inmediatamente los remedios necesarios. Los chiquillos tenían ya los ojos como platos, por lo que prosiguió: -Durante una larga temporada Eulogio lo pasó muy mal, e incluso se llegó a temer por su vida, pero supo rehacerse, y poco a poco fue superando su situación y hoy, aunque lo pasa francamente mal al recordar lo sucedido, se le ve satisfecho por haber salido de aquello y, sobre todo, porque ahora se halla inmune ante ese veneno, sabiendo que ya no le volverá a picar otra serpiente, y si lo hiciese, su tósigo no le afectaría en absoluto. Pero no quiero acabar la descripción de este suceso sin contar que, como no se le había olvidado que, al ver huir a la víbora de una forma rara, consultó con algún facultativo, quienes le explicaron que, ocasionalmente, estos animales, al morder derraman parte de su ponzoña en su propia boca, y si la tragan, quedan muy afectados y altamente disminuidos para el resto de sus días, aunque no sé cómo terminaría la sierpe aquella. -Y sabiendo lo que le sucedió a mi familiar, no quiero que os vayáis sin escuchar la moraleja de esta historia que, como queda dicho, le ocurrió a persona a la que bien conozco. Y la afabulación de ella es que en la vida real, en bastantes ocasiones, acaba peor quien hace el mal que quien recibe el daño. Que hay sujetos, que después de realizar algo que es incorrecto, no se arrepienten de ello, y aunque tratan de que nadie se lo note, no ven la manera de conseguir que su alma encuentre la tranquilidad y la ataraxia, viviendo con un comezón en sus adentros que les reconcome hasta límites insospechados. -Como también he de deciros que hay personas a las que habiéndoseles inferido un daño, además de saber soportar con gran estilo durante un espacio de tiempo más o menos largo las consecuencias del mal recibido, superan cualquier secuela peyorativa que el perjuicio haya causado en ellos, e incluso consiguen que ese esfuerzo enorme que han de realizar para volver a ser lo que eran, los vigorice y haga de ellos, si cabe, mejores personas de lo que eran antes de que sucediese el lamentable episodio que padecieron. O sea, que saben, con un sacrificio grande, fortalecer su ánimo y conseguir aprender a superarse , por lo que hay algunos que hasta están hasta agradecidos al desagradable evento, ya que este les ha hecho más fuertes y más sabios. -Y esto ha sido todo por hoy, mis queridos amigos. Ya sabéis que me dais una gran alegría al deteneros un rato conmigo, que soy amigo vuestro, y que trato de enseñaros algunas cosillas que en la escuela no se aprenden. ¡Ale, hasta mañana! Y, tras despedirse del hombre, se marcharon los chiquillos siguiendo su ruta hasta sus casas con el deseo de merendar, pero un tanto extrañados con lo que acaban de escuchar, y, desde luego, sin haber entendido demasiado bien, sin acabar de asimilar la máxima que contenía la historia que les había contado el hermano Rogelio. -No sé bien lo que nos ha querido decir, dijo uno de ellos. -Eso son cosas que sólo entienden los viejos, contestó otro. Ramón Serrano G. Noviembre de 2015

jueves, 22 de octubre de 2015

Lo viejo

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

Dichas y desgracias

Si alguien quisiese jugar al extraño y divertido juego de observar los hábitos y modos del comportamiento humano, vería cómo un enorme porcentaje de estos rayan en la badomía. Así es hoy, y así ha venido siendo desde tiempo inmemorial, pues los individuos, o bien se han dedicado preferentemente a hacer aquello que les era más hacedero, o bien, sin causa alguna que nos sea conocida, ante cualquier evento, han llevado a cabo, exclusivamente, la mitad de sus posibilidades de actuación. Como ejemplo demostrativo de ello, traigo a colación las palabras de un actual y muy conocido escritor, quien afirma que es muy común hoy en día escuchar cómo se aconseja a las gentes que no dejen de hacer frecuentemente ejercicio físico para mantener en forma su cuerpo, pero que en contadísimas ocasiones ha oído a alguien incitar a los atletas a que lean libros de contino. Sí, ya saben, aquello de mens sana in corpore sano, o sea, el cuerpo y el espíritu equilibrados, que proponía Juvenal. Y yo, harto de entretener mis horas en nonadas, he venido en atalayar cómo la mayoría de los sabios que en el mundo han sido han dedicado su tiempo, y su saber, a tratar de conducirnos por los más enrevesados y dificultosos caminos y vericuetos, para que pudiéramos llegar a la consecución de la felicidad, ya fuese este logro en mayor o menor grado, de esta o de aquella entidad, o de pingüe o de nimia trascendencia. Y para dar testimonio de lo dicho, y tan sólo por avivar el recuerdo del lector, que no por junciana, traeré a colación a Aristóteles en su Ética a Nicómaco; a Sartre, que afirmaba que la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno hace; a Bertrand Russell en su Conquista de la felicidad y, cómo no, a Epicuro de Samos y su famosa doctrina hedonista. Pienso que ellos, como tantos y tantos otros, han obrado bien, porque la felicidad existe en este mundo, aunque lo intrincado sea conseguirla, por lo cual es bueno dar normas y asesoramiento para su logro. Es lo que han hecho constantemente, como antes dije, los libros y las escuelas filosóficas: mostrarnos los más diversos caminos para hallarla. Sin embargo, ¡qué curioso! todos ellos, y todos nosotros, olvidaron y olvidamos, dar el mismo tratamiento a las desgracias, que, por igual, nos atañen y han existido, de la misma manera, desde siempre y en todos los lugares. Epidemias, hambrunas, terremotos o politicastros, de otros tiempos o actuales, son algunas de las muchas desgracias que los humanos hemos soportado y tendremos que soportar per in sécula seculorum. Pero sin embargo, ya digo, para la prevención de estas, apenas si ha habido alguien que se moleste en aconsejarnos. Si acaso, un tal Rabindranath Tagore, que decía, amén de otras muchas cosas maravillosas, que a quien llora por haber perdido el sol, las lágrimas no le dejan ver las estrellas. O aquel otro, llamado Mahatma Gandhi, el cual, según creo, aseguraba, entre infinidad de otras verdades transcendentales, que la fuerza no viene de la capacidad física sino de una voluntad indomable. Para proclamar después, que la auténtica alegría está en el esfuerzo, en la lucha y en el sufrimiento que todos estos conllevan, pero no en la victoria. ¡Y cuán cierto es todo esto! Estamos tan ansiosos por buscar panaceas para alcanzar lo que estimamos bueno, que no nos preocupamos por hallar elixires que nos libren de lo que tememos por considerarlo como malo, olvidando que ambas, la felicidad y la desgracia, existen. Soñamos una y otra vez con aquella y nos extrañamos ante el advenimiento de esta. Aunque es casi necesario recordar continuamente aquél dicho popular que afirma:-Si quieres ser feliz como me dices, no analices muchacho, no analices. Pero es que es más: tenemos grabadas en nuestro interior la imagen de ambas como un estereotipo: oronda, la de quien es afortunado y hética, la del que está atacado por la adversidad. Aunque, bien mirado, son estas unas actitudes de todo punto lógicas. ¿Por qué? Pues porque una de las más arraigadas y protervas cualidades que tiene el ser humano es la del egotismo. Por ello, por nuestra inmensa manía de ser protagonistas, contamos a todo el mundo lo que nos ocurre, sin percatarnos de que eso es un gran error. Veámoslo. Si lo logrado es bueno, al divulgarlo nos estaremos metiendo de lleno en uno de estos dos charcos: uno, en que estamos haciendo alarde de una gran carencia de humildad, y otro, en que estamos despertando la envidia de muchos, ya que pocos serán los que quieran reconocer nuestra virtud. Y si lo que nos ha acaecido es nocible, los más fingirán prestar atención a nuestros ayes mientras nos escuchan, pero en cuanto se volteen se olvidarán de nosotros y de nuestro mal. Por todo lo expuesto, quiero exhortarte, querido lector, a que de lo que te acaezca, no des tres cuartos al pregonero y pienses que la felicidad es efímera y la desgracia banal. Siempre. Así pues, si sabido es que holgarse en la comodidad y la placentería debilita el espíritu, mientras que luchar enseña y fortalece, y aquí, en esto, no cabe ser ecléctico. Calla pues y obra en consecuencia. Comportarse de otro modo es de tontos, y sin embargo es lo que solemos hacer. Al menos, yo. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

jueves, 8 de octubre de 2015

El error

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015