jueves, 22 de octubre de 2015

Lo viejo

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

Dichas y desgracias

Si alguien quisiese jugar al extraño y divertido juego de observar los hábitos y modos del comportamiento humano, vería cómo un enorme porcentaje de estos rayan en la badomía. Así es hoy, y así ha venido siendo desde tiempo inmemorial, pues los individuos, o bien se han dedicado preferentemente a hacer aquello que les era más hacedero, o bien, sin causa alguna que nos sea conocida, ante cualquier evento, han llevado a cabo, exclusivamente, la mitad de sus posibilidades de actuación. Como ejemplo demostrativo de ello, traigo a colación las palabras de un actual y muy conocido escritor, quien afirma que es muy común hoy en día escuchar cómo se aconseja a las gentes que no dejen de hacer frecuentemente ejercicio físico para mantener en forma su cuerpo, pero que en contadísimas ocasiones ha oído a alguien incitar a los atletas a que lean libros de contino. Sí, ya saben, aquello de mens sana in corpore sano, o sea, el cuerpo y el espíritu equilibrados, que proponía Juvenal. Y yo, harto de entretener mis horas en nonadas, he venido en atalayar cómo la mayoría de los sabios que en el mundo han sido han dedicado su tiempo, y su saber, a tratar de conducirnos por los más enrevesados y dificultosos caminos y vericuetos, para que pudiéramos llegar a la consecución de la felicidad, ya fuese este logro en mayor o menor grado, de esta o de aquella entidad, o de pingüe o de nimia trascendencia. Y para dar testimonio de lo dicho, y tan sólo por avivar el recuerdo del lector, que no por junciana, traeré a colación a Aristóteles en su Ética a Nicómaco; a Sartre, que afirmaba que la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno hace; a Bertrand Russell en su Conquista de la felicidad y, cómo no, a Epicuro de Samos y su famosa doctrina hedonista. Pienso que ellos, como tantos y tantos otros, han obrado bien, porque la felicidad existe en este mundo, aunque lo intrincado sea conseguirla, por lo cual es bueno dar normas y asesoramiento para su logro. Es lo que han hecho constantemente, como antes dije, los libros y las escuelas filosóficas: mostrarnos los más diversos caminos para hallarla. Sin embargo, ¡qué curioso! todos ellos, y todos nosotros, olvidaron y olvidamos, dar el mismo tratamiento a las desgracias, que, por igual, nos atañen y han existido, de la misma manera, desde siempre y en todos los lugares. Epidemias, hambrunas, terremotos o politicastros, de otros tiempos o actuales, son algunas de las muchas desgracias que los humanos hemos soportado y tendremos que soportar per in sécula seculorum. Pero sin embargo, ya digo, para la prevención de estas, apenas si ha habido alguien que se moleste en aconsejarnos. Si acaso, un tal Rabindranath Tagore, que decía, amén de otras muchas cosas maravillosas, que a quien llora por haber perdido el sol, las lágrimas no le dejan ver las estrellas. O aquel otro, llamado Mahatma Gandhi, el cual, según creo, aseguraba, entre infinidad de otras verdades transcendentales, que la fuerza no viene de la capacidad física sino de una voluntad indomable. Para proclamar después, que la auténtica alegría está en el esfuerzo, en la lucha y en el sufrimiento que todos estos conllevan, pero no en la victoria. ¡Y cuán cierto es todo esto! Estamos tan ansiosos por buscar panaceas para alcanzar lo que estimamos bueno, que no nos preocupamos por hallar elixires que nos libren de lo que tememos por considerarlo como malo, olvidando que ambas, la felicidad y la desgracia, existen. Soñamos una y otra vez con aquella y nos extrañamos ante el advenimiento de esta. Aunque es casi necesario recordar continuamente aquél dicho popular que afirma:-Si quieres ser feliz como me dices, no analices muchacho, no analices. Pero es que es más: tenemos grabadas en nuestro interior la imagen de ambas como un estereotipo: oronda, la de quien es afortunado y hética, la del que está atacado por la adversidad. Aunque, bien mirado, son estas unas actitudes de todo punto lógicas. ¿Por qué? Pues porque una de las más arraigadas y protervas cualidades que tiene el ser humano es la del egotismo. Por ello, por nuestra inmensa manía de ser protagonistas, contamos a todo el mundo lo que nos ocurre, sin percatarnos de que eso es un gran error. Veámoslo. Si lo logrado es bueno, al divulgarlo nos estaremos metiendo de lleno en uno de estos dos charcos: uno, en que estamos haciendo alarde de una gran carencia de humildad, y otro, en que estamos despertando la envidia de muchos, ya que pocos serán los que quieran reconocer nuestra virtud. Y si lo que nos ha acaecido es nocible, los más fingirán prestar atención a nuestros ayes mientras nos escuchan, pero en cuanto se volteen se olvidarán de nosotros y de nuestro mal. Por todo lo expuesto, quiero exhortarte, querido lector, a que de lo que te acaezca, no des tres cuartos al pregonero y pienses que la felicidad es efímera y la desgracia banal. Siempre. Así pues, si sabido es que holgarse en la comodidad y la placentería debilita el espíritu, mientras que luchar enseña y fortalece, y aquí, en esto, no cabe ser ecléctico. Calla pues y obra en consecuencia. Comportarse de otro modo es de tontos, y sin embargo es lo que solemos hacer. Al menos, yo. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

jueves, 8 de octubre de 2015

El error

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

Lo viejo

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

jueves, 10 de septiembre de 2015

Incendios forestales

Aunque hoy los medios audiovisuales nos muestran todas las cosas con una nitidez y una perfección increíbles, hay algunas de ellas de la que no tenemos plena conciencia hasta que no las vivimos, hasta que no las vemos con nuestros propios ojos. Mi amigo Fermín Núñez decía siempre que, por mucho que trataran de explicárnoslo, uno no se percataba de lo que es el mar hasta que estaba en la playa o en el acantilado frente a él. Ocurre lo mismo con los incendios forestales a los que por desgracia estamos tan acostumbrados, aunque debería decir que ya no nos impresionan tanto como antaño, que acostumbrados no lo estaremos nunca, y, sin embargo, quien no ha visto uno de cerca no sabe lo tremendo y horrible que es. Yo, por suerte o por desgracia, los conozco en primera persona porque tuve que intervenir en uno. Fue en el cerro Matabueyes, cerca de La Granja de San Ildefonso, el 30 de agosto de 1960, cuando estaba cumpliendo mi servicio militar. No se me ha olvidado aún y pienso que no lo hará mientras viva. ¡Sobrecogedor! Recuerdo igualmente cuando de niño viajaba en los veranos a Alcira con mi tío y, en ocasiones, veía extrañado cómo los hombres llegaban corriendo desesperados a esconderse en los bares o en las casas particulares huyendo de la Guardia Civil porque, si esta los agarraba, les obligaba a subir a los camiones que de inmediato salían para la Murta, la Casella o el Serrallo, a cualquiera de ellos en donde se había declarado un incendio, para que obligatoriamente colaborasen en las tareas de extinción, ayudando a los que, por propia voluntad lo hacían. Hoy, y pese a los medios avanzados de que se dispone, sigue siendo terrible, pero en aquellos tiempos, tratar de extinguir llamas de quince metros de altura, o más (la misma de un edificio de cinco o seis plantas), era realmente pavoroso y no todos tenían los arrestos necesarios, de tal modo que muchos no acudían si no eran forzados a ello. Sin embargo, y sabiendo que son pocos, poquísimos, los fuegos fortuitos, y sin querer recordar por otra parte que una gran cantidad de otros incendios son intencionados, puesto que de hacerlo tendría que expresar palabras que no sonarían nada bien (piensen, piensen en las mayores barbaridades y aún se quedarán cortos), sí quiero aludir a que otra enorme cantidad de incendios son debidos al poco cuidado, a la nula precaución de las personas que, teniendo que utilizar alguna llama para algún determinado trabajo, no tiene la minuciosidad necesaria en la toma de precauciones para que aquellas no se escapen a su dominio, de que al término de la faena las brasas estén completamente apagadas, o de otras muchas cautelas, y con ello producen unos daños, irreparables en algunas ocasiones, y siempre causantes de grandes estragos. Y es que, aunque parezca mentira, el ser humano parece no tomar conciencia de que en muchas ocasiones su obrar cotidiano conlleva un gran peligro para él o para sus semejantes, y se dedica alocadamente a realizar su trabajo o a desarrollar su convivencia, sin tener presente en absoluto las consecuencias que le pueden acaecer por obrar a la ligera. Citaré como ejemplo, aunque yo desconozco las cifras actuales puesto que llevo más de trece años jubilado, pero en mis años de estudiante las cifras de mortandad en los obreros de la construcción eran escalofriantes: en España moría un albañil al día por accidente laboral. Y he traído a colación los incendios forestales y la afirmación comprobada de que muchos se deben a los descuidos de las personas para, por comparanza, decir también que es muy triste observar que esa falta de cautela que se tiene para evitar males físicos la sufren igualmente los seres humanos, y en gran escala, cuando se trata de no producir daños morales durante su trato y convivencia con sus semejantes. Por citar algunos casos haré referencia a la cantidad de veces que, sin detenerse a calcular la gran magnitud de algunas obras y sin prever el daño que ello puede ocasionar, se menosprecia al amigo, no valorándose el afecto que ofrece o tratando de abusar de él, dejando así en un hilo la estabilidad de esa relación, por otra parte hermosa y envidiable. En la vida familiar, ya sea la de padres, hijos y hermanos, o en la matrimonial, donde algunos se permiten ciertas libertades, digamos licenciosas, que muchas veces ponen en serio peligro el modus vivendi y otras acaban con él. En el ambiente social donde en demasiadas ocasiones se murmura sin recato, jugando imprudentemente con la fama y el prestigio de las personas y en esas poco pensadas acciones se llegan a producir males de gran envergadura. Igualmente suceden estas escasamente meditadas obras en el trabajo, en actos sociales, en eventos de ocio, deporte o diversión. Y siendo una verdadera lástima que haya alguien que produzca daños intencionadamente, lo es por igual que otros sean causantes de estropicios y laceraciones que se hubiesen evitado fácilmente tan sólo con que se hubiera hablado y obrado con un cuidado mayor y prestando una mejor y más cuidadosa atención a lo que se está haciendo. Ramón Serrano G. Setiembre 2015

jueves, 13 de agosto de 2015

Flores, poesías...mujer

Hay veces, las menos, que cuando alguien escribe un relato y narra en él una aventura, esta ha sido protagonizada por el escritor, aunque, repito esto suele ser inusual. Sin embargo, cuando la composición literaria es, como en el caso que hoy nos ocupa, un artículo de opinión nadie puede pedirle al autor una mayor sinceridad en su pensamiento sobre el tema tratado, ya que no sólo lo manifiesta, sino que al ponerlo por escrito, y mucho más si este se publica, está dejando con ello una indeleble prueba de su forma de pensar sobre esa idea. Y es eso a lo que yo vengo hoy aquí, a pregonar mi parecer acerca de los tres entes a que hago alusión en el título. Sé que lo que voy a decir no importará mucho a casi nadie (¿a quién le van a interesar mis predilecciones?), pero sí es probable que, al leerlas, alguien haga una comparación con las suyas. De cualquier modo, lo que viene en adelante es mi profesión de fe (menudo atrevimiento) sobre las tres cosas más maravillosamente maravillosas que en el mundo han sido, son y serán: las flores, la poesía y la mujer. Pero vayamos por partes. Las flores, aparte de ser ese brote reproductor del que luego se formará el fruto, son la más tierna exquisitez que la madre naturaleza tuvo a bien regalarnos. El nombre lo utilizamos además como sinónimo de requiebro o piropo, o para referirnos a la parte mejor y más escogida de algo. Mas refiriéndome a ellas en sí, he de decir que las hay de todas formas, tamaños, olor y colores que podamos imaginar, pero todas ellas, desde las más sencillas a las más sofisticadas, desde las más tiernas a las más extrañas, son poseedoras de una belleza incomparable. Citaré sólo tres en aras de su rareza y su lindura, pero admitiría de buen grado los infinitos ejemplos que de otras se me podrían ofrecer, queriendo aclarar que unas de mis preferidas aunque no sea en ese orden, ni las principales, son: cualquier orquídea, la rosa azul y el edelweiss, haciendo saber al lector que esta, como el amor, está esperando en un lugar recóndito a que alguien la recoja para llevarla a casa. Otorgándole los mismos atributos que a las flores hablaré ahora de la poesía, manifestando que lo único que las diferencia es que a unas las crea la Naturaleza y a otras las compone el hombre. Pero ambas son tiernas, seductoras, armoniosas, cautivadoras, promisoras, y un sinnúmero más de calificativos, pese a los cuales, nunca llegaríamos a hacer justicia sobre su valía. Con la poesía el hombre consigue manifestar a través de la palabra la belleza, el sentimiento estético, su idealidad, su dolor, el asomo de un estado anímico intenso o sutil, o la apertura de su alma hacia los demás. Y si utópico era dar alguna relación de aquellas igual ocurre con estas, que haylas tantas y tan bonitas que es casi delirante dar alguna relación de ellas por pequeña que sea. Pero lo haré y será esta: La sentencia de Quevedo: ..Polvo serán, mas polvo enamorado. El recital de Bécquer: Porque son, niña, tus ojos/ verdes como el mar, te quejas…. El canto de Zorrilla:..y perlas para el cabello/ y baños para el calor/ y collares para el cuello/ para los labios…¡amor! La descripción de Lorca: …el almidón de su enagua/ me sonaba en el oído,/ como una pieza de seda…Y con el susurro aún en mis oídos destas melodías, paso al siguiente apartado. Hablar de él sí que me resulta arduo y complicado. ¿Por qué dejaremos siempre lo más difícil para el final? Pero habré de intentarlo, y lo primero que he de decir es que la mujer, pues a ella va destinado esta última parte, acumula en sí todas las virtudes y propiedades de las dos anteriores, e incluso las sobrepasa en mucho, que es, sin lugar a dudas, el ente más hadado y mistagógico que exista no ya en la faz de la tierra sino en todo el universo mundo. La inmensa mayoría de ellas (tampoco sería correcto hablar de la totalidad) sin tener defecto alguno que alcance la categoría de catalogable, sí están rebosantes de cualidades y atributos dignos de una diosa. Querer hacer ahora una relación de estos, más o menos prolija, sería, a más de enormemente vasta, completamente innecesaria, ya que la mente de cualquiera es sabedora de esas valías. Qué les voy a decir de su capacidad de esfuerzo, de trabajo o de sacrificio, de su ternura, de su sensibilidad, de su virtud, de su potencial amoroso y amatorio, de…,de…, de…o de su belleza, las cuales, tanto la interior como la externa, van aumentando con el paso de los años. Sí, ya veo que está asintiendo el lector pues comparte conmigo lo que acabo de exponer. Y al igual que he hecho con los dos primeros protagonistas, me queda únicamente citar, y aquí sí enfatizo lo de la subjetividad, tres portentosas propiedades que la mujer posee y que además sabe utilizar a la perfección, cuando y como quiere. Así está su mirada, con la que es capaz de pronunciar los más sentidos párrafos, e incluso discursos enteros. Su sonrisa con la que puede derrumbar castillos, conquistar continentes, rendir voluntades o atraer legiones. Su talle, cuyo cimbreo voluptuoso, sensual, causa una tremenda envidia al junco que está en la ribera de la laguna y logra despertar las imaginaciones más adormitadas. Ahora, querido lector, detente si quieres unos momentos a pensar cómo sería el mundo sin flores, sin poesía o sin mujeres. Pero te aconsejo que no lo hagas durante mucho tiempo ya que corres el riesgo de volverte rematadamente loco. Ramón Serrano G. Agosto de 2015

jueves, 30 de julio de 2015

Ocasiones

-Majestad, nos estamos alejando en exceso de la casa. Dada la hora que es, pienso que deberíamos volver. -No, Federico, no lo haremos. Allí tengo que guardar una serie de formalismos con los anfitriones y con los cazadores, que, sinceramente, no me apetecen. Ya habrá tiempo esta tarde y mañana. Hoy prefiero pasear tranquilamente contigo, charlando como dos buenos amigos. Y así lo hicieron hasta que sin darse cuenta les dieron las tres cuando se hallaban muy lejos de la finca. Avistaron una casa a los pies de una loma y hasta ella se dirigieron con el fin de ver si les podían dar de comer y enviar con alguien recado de su situación. Al llegar encontraron en ella a una sencilla mujer, algo entrada en años, la cual, ante sus peticiones, les atendió cortésmente. -¿Sabe usted quién soy?, preguntó el monarca. -Claro, Majestad, cómo no voy a conocer a mi rey. Pasen y siéntense que les daré de comer. Lo que no puedo es mandar recado a la finca ya que mi Eulogio se ha ido esta mañana y se ha llevado el burro. Y eso hizo. Les hizo sentarse a una mesa que había decorado rápidamente con limpieza y gusto, para servirles a continuación una comida rústica, sencilla, pero gustosa y de gran sabor. El monarca, al terminar, se dirigió cortésmente a la obligada anfitriona de esta forma: -Señora, he de agradecerle que nos haya dado una comida tan exquisita, pero he de decirle también que nos la ha ofrecido en una vajilla verdaderamente extraordinaria, cosa rara aquí en medio del campo. -Pues quiero que sepan que tengo otra que es mejor aún, y más bonita, pero la guardo para ocasiones. - - - - - - - - - - - Ocasión: esa oportunidad que se nos ofrece para hacer o conseguir algo, y que demasiadas veces dejamos escapar por los más diversos motivos. Pero antes de seguir, permítaseme referir dos casos en los que fui testigo directo de su desarrollo y que me han de servir para afianzar mi posición en el mantenimiento de mi tesis. Una de ellas fue en la celebración de la jubilación de un individuo, o de la recepción de un premio, o de cualquier otra causa que se les pueda ocurrir, y que yo, aun teniendo plena constancia del motivo por el que se celebró el evento, no quiero aclararlo para no dar pistas de él. Lo cierto y verdad es que allí acudimos cantidad de familiares, deudos y amigos del agasajado, pero hubo tres ausencias verdaderamente increíbles. Sin embargo, no asistió uno de sus hijos, ni su hermana, ni su mejor amigo que era a la vez compañero de carrera. No comment. Y algo similar acaeció en la presentación del libro de un conocido escritor local, quien tuvo a su vera a muchos allegados, pero sufrió con las ausencias de su hermana, que no dio señales de vida, y de su hermano que envió una simple tarjeta tratando de justificar su inasistencia. Y digo yo, ¿qué nos ocurre a los seres humanos que, en tantas y tantas oportunidades no sabemos (o no queremos, y esto es lo más grave) estar a la altura de las circunstancias?¿ Por qué anteponemos nuestros intereses personales, aunque sean estos extremadamente nimios e intrascendentes, a imponernos un leve “sacrificio” para concederle una satisfacción a una persona? Pero lo peor es que estas cosas no suceden únicamente en actos, digamos importantes. Es que es el acontecer diario, el pan nuestro de cada día. Al cruzarnos en la calle con el empleado de correos, no lo felicitamos por el nacimiento de su segundo nieto. Si coincidimos en la pescadería con la vecina del piso 2º, no se nos ocurre decirle lo bonitos que tiene los balcones, adornados con unas plantas hermosísimas. Si esperamos la apertura del semáforo en el paso de peatones junto a la nuera del hermano “Talego”, si acaso, y casi haciendo un esfuerzo, le decimos buenos días, pero ni le preguntamos por su estado de salud de su suegro, ni le pedimos que le dé recuerdos de nuestra parte. Que esto no es lo más correcto lo sabemos todos, pero casi ninguno nos tomamos ni la más mínima molestia si el único fin es hacer algo más agradable la vida a nuestros conciudadanos o amigos. -¡Anda ya!, pensamos. ¿Qué saco yo con regalarle una frase agradable a Petra o a Juan? ¿Viene alguien a darme a mí algún contento? Pues ya está. Otra cosa bien diferente es cuando sabemos, o pensamos, que de nuestro comportamiento vamos a obtener beneficio, ya sea este parvo o pingüe. Entonces, las muecas y los gestos risueños afloran en nuestra cara como el agua en un manantial, y con falsía, nos queremos auto-convencer, diciendo que Menganita o Fulanito se lo merecen todo, y que siempre será poco lo que hiciésemos por ellos, que debemos acompañarlos por encima de todo, para acabar imponiéndonos la consigna de que debemos aprovechar la ocasión. Esa es la ocasión, no la diosa romana a la que mostraban como una mujer muy hermosa, enteramente desnuda y con dos características muy aclaratorias: tenía alas para indicar que las sazones buenas pasan rápidamente, y en su cabeza lucía una frondosa cabellera en la parte anterior, pero calva por completo en la de atrás, para hacer saber que una vez que ella había pasado, era imposible cogerla ni aún por los pelos. Creo que deberíamos tener decisión y diligencia para no dejar pasar las ocasiones de obrar bien que se nos presenten, saquemos de ellas beneficio o no, y recordando que no suelen aparecer dos veces. Ramón Serrano G. Julio 2015