jueves, 8 de octubre de 2015

El error

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

Lo viejo

No sé bien si fue Alfonso X el Sabio o Francis Bacon, pero el Bacon lord canciller, que no el pintor del siglo XX, quien dijo aquello de: Viejos vinos que beber, viejos leños que quemar, viejos libros que leer y viejos amigos con quien conversar. Desgraciadamente, esa ponderación hacia lo añoso, que es una de las mayores verdades que se hayan dicho jamás, no la podíamos hacer en la época de mi niñez, primero, porque no lo sabíamos y aunque lo hubiésemos sabido, no nos hubiera parecido aconsejable, sobre todo a nuestros padres, entre otras cosas porque la gran mayoría de las gentes aquellas estaban hasta la coronilla de cosas viejas. Se solía decir: -La mejor marca es la de nuevo. Pero alguien respondía de inmediato: - ¿Y quién tiene cuartos para comprarla? Claro que aquello que se tildaba de cosas viejas eran artículos sin importancia, si se le puede quitar esa cualidad a las ropas, los muebles, los utensilios, etc. Pero the necessity forced, y todo lo de entonces tenía que poseer las mismas cualidades que algunas pequeñas baterías actuales, o sea, tenía que durar, durar, durar… Recuerdo también que los muchachos gastábamos los pantalones (los únicos que teníamos, o casi), de tres maneras: largos, bien y cortos. Luego, los tiempos (y muchas cosas más) han cambiado y ahora tenemos muchos, muchísimos, objetos nuevos. Demasiados, diría yo. Pero hemos venido aquí hoy a hablar del tiempo y sus efectos, que son antagónicos en muchos casos. Porque es archisabido que el citado tiempo, ese constante, monótono, rápido y a la vez lento paso de las horas, actúa de diferente manera. Sabemos que todos los elementos, y muchas situaciones y circunstancias personales, se degradan con el uso y con el paso del tiempo. Es lógico que lo hagan con aquél, por lo que no nos detendremos a comentarlo, pero sí con el transcurrir de este ya que, al hacerlo, no deja la misma huella en unas cosas que en otras. Muchas de ellas, y generalizando diremos que las que carecen de la mínima calidad o condiciones, se ven deterioradas, mientras que otras, las buenas, las bien hechas, las de auténtica valía, ganan con el transcurrir de los días. En resumen, el tiempo degrada, aja, destruye y da valor a muchas cosas, dependiendo de muchas circunstancias y vicisitudes. Cabría hacer una apostilla más para decir que, por regla general, lo antiguo suele tener una valoración dignamente ganada debido a que antes las cosas se hacían despaciosamente y en su confección primaba más la calidad que la apariencia. Citemos a los anticuarios y las tiendas de antigüedades, y recordemos cómo, hasta hace muy poco, venían gentes por los pueblos comprando cosas viejas, sabedores de su valía. Pero no es ese camino el que quiero seguir hoy. Pero sí lo es el comentar las cualidades positivas que el paso del tiempo le proporciona a los vinos, los leños, los libros y los amigos. Vamos a ello, aunque sea en brevedad. Cuando el vino, un buen vino, ha fermentado, se mete en barrica en la cual se van a producir muchos cambios en él y todos favorecedores. Por no alargarnos, diremos que uno de ellos es la micro-oxigenación, con la que se oxidará de una manera controlada e irá adquiriendo sensaciones aromáticas, sápidas e incluso táctiles. Siendo un vino potente se irá suavizando, redondeándose y ganando en olores y matices. Y todo eso se consigue criándolo, reservándolo, con el paso del tiempo. Hay un dicho que afirma que la leña, cuanto más seca, más arde, y con la que está recién cortada, verde aún, no podremos conseguir jamás un buen fuego, ya que el que se intenta hacer con ella produce más humo que calor. Habrá que apilarla y que con el paso de los días se vaya secando. ¡Cómo recuerdo las viejas gavilleras! En muchas ocasiones se pondera la obra de algún autor, pero matizando que aún no está consagrado. Y se hace bien porque muchos de ellos sólo presentan con sus libros ideas y maneras novedosas, que los días, al no poseer más cualidad que esa, la innovación, no le han conferido aún una insigne categoría, siendo los lectores y los años los que, en verdad, los acrisolan y se la otorgan. Por otra parte, alguien puede escribir un buen texto, pero la calificación de gran autor sólo la conseguirá cuando haya creado varias obras y todas ella sean de alto nivel. Léase lo que Montaigne, el insigne filósofo, escritor y humanista francés del siglo XVI, habla de esto en sus Ensayos, libro este, encomiable donde los haya. Y todo lo dicho sobre estos tres temas se ve corroborado e incluso incrementado en la amistad. Hoy, en mayor modo que ayer, nuestra forma de vivir nos lleva a conocer a muchas personas -tal vez a demasiadas- y en cuanto hemos tenido contacto con ellas en más de un par de ocasiones tendemos a calificarlas, en un tratamiento afectuoso, como amigos. Grave error. Un amigo no lo es hasta que ha convivido junto a nosotros hechos y situaciones desagradables; quien acude a nuestro lado siempre, en cualquier momento, y, principalmente, en los difíciles; quien nos pregunta cómo estamos y espera a escuchar la contestación; quien aparece cuando caen rayos y truenos y no sólo en los momentos felices. Y todo eso a lo largo de los años, y en una y en mil ocasiones. En la vida hay muchas cosas que, a pesar de ser viejas, son admirables. Ramón Serrano G. Octubre de 2015

jueves, 10 de septiembre de 2015

Incendios forestales

Aunque hoy los medios audiovisuales nos muestran todas las cosas con una nitidez y una perfección increíbles, hay algunas de ellas de la que no tenemos plena conciencia hasta que no las vivimos, hasta que no las vemos con nuestros propios ojos. Mi amigo Fermín Núñez decía siempre que, por mucho que trataran de explicárnoslo, uno no se percataba de lo que es el mar hasta que estaba en la playa o en el acantilado frente a él. Ocurre lo mismo con los incendios forestales a los que por desgracia estamos tan acostumbrados, aunque debería decir que ya no nos impresionan tanto como antaño, que acostumbrados no lo estaremos nunca, y, sin embargo, quien no ha visto uno de cerca no sabe lo tremendo y horrible que es. Yo, por suerte o por desgracia, los conozco en primera persona porque tuve que intervenir en uno. Fue en el cerro Matabueyes, cerca de La Granja de San Ildefonso, el 30 de agosto de 1960, cuando estaba cumpliendo mi servicio militar. No se me ha olvidado aún y pienso que no lo hará mientras viva. ¡Sobrecogedor! Recuerdo igualmente cuando de niño viajaba en los veranos a Alcira con mi tío y, en ocasiones, veía extrañado cómo los hombres llegaban corriendo desesperados a esconderse en los bares o en las casas particulares huyendo de la Guardia Civil porque, si esta los agarraba, les obligaba a subir a los camiones que de inmediato salían para la Murta, la Casella o el Serrallo, a cualquiera de ellos en donde se había declarado un incendio, para que obligatoriamente colaborasen en las tareas de extinción, ayudando a los que, por propia voluntad lo hacían. Hoy, y pese a los medios avanzados de que se dispone, sigue siendo terrible, pero en aquellos tiempos, tratar de extinguir llamas de quince metros de altura, o más (la misma de un edificio de cinco o seis plantas), era realmente pavoroso y no todos tenían los arrestos necesarios, de tal modo que muchos no acudían si no eran forzados a ello. Sin embargo, y sabiendo que son pocos, poquísimos, los fuegos fortuitos, y sin querer recordar por otra parte que una gran cantidad de otros incendios son intencionados, puesto que de hacerlo tendría que expresar palabras que no sonarían nada bien (piensen, piensen en las mayores barbaridades y aún se quedarán cortos), sí quiero aludir a que otra enorme cantidad de incendios son debidos al poco cuidado, a la nula precaución de las personas que, teniendo que utilizar alguna llama para algún determinado trabajo, no tiene la minuciosidad necesaria en la toma de precauciones para que aquellas no se escapen a su dominio, de que al término de la faena las brasas estén completamente apagadas, o de otras muchas cautelas, y con ello producen unos daños, irreparables en algunas ocasiones, y siempre causantes de grandes estragos. Y es que, aunque parezca mentira, el ser humano parece no tomar conciencia de que en muchas ocasiones su obrar cotidiano conlleva un gran peligro para él o para sus semejantes, y se dedica alocadamente a realizar su trabajo o a desarrollar su convivencia, sin tener presente en absoluto las consecuencias que le pueden acaecer por obrar a la ligera. Citaré como ejemplo, aunque yo desconozco las cifras actuales puesto que llevo más de trece años jubilado, pero en mis años de estudiante las cifras de mortandad en los obreros de la construcción eran escalofriantes: en España moría un albañil al día por accidente laboral. Y he traído a colación los incendios forestales y la afirmación comprobada de que muchos se deben a los descuidos de las personas para, por comparanza, decir también que es muy triste observar que esa falta de cautela que se tiene para evitar males físicos la sufren igualmente los seres humanos, y en gran escala, cuando se trata de no producir daños morales durante su trato y convivencia con sus semejantes. Por citar algunos casos haré referencia a la cantidad de veces que, sin detenerse a calcular la gran magnitud de algunas obras y sin prever el daño que ello puede ocasionar, se menosprecia al amigo, no valorándose el afecto que ofrece o tratando de abusar de él, dejando así en un hilo la estabilidad de esa relación, por otra parte hermosa y envidiable. En la vida familiar, ya sea la de padres, hijos y hermanos, o en la matrimonial, donde algunos se permiten ciertas libertades, digamos licenciosas, que muchas veces ponen en serio peligro el modus vivendi y otras acaban con él. En el ambiente social donde en demasiadas ocasiones se murmura sin recato, jugando imprudentemente con la fama y el prestigio de las personas y en esas poco pensadas acciones se llegan a producir males de gran envergadura. Igualmente suceden estas escasamente meditadas obras en el trabajo, en actos sociales, en eventos de ocio, deporte o diversión. Y siendo una verdadera lástima que haya alguien que produzca daños intencionadamente, lo es por igual que otros sean causantes de estropicios y laceraciones que se hubiesen evitado fácilmente tan sólo con que se hubiera hablado y obrado con un cuidado mayor y prestando una mejor y más cuidadosa atención a lo que se está haciendo. Ramón Serrano G. Setiembre 2015

jueves, 13 de agosto de 2015

Flores, poesías...mujer

Hay veces, las menos, que cuando alguien escribe un relato y narra en él una aventura, esta ha sido protagonizada por el escritor, aunque, repito esto suele ser inusual. Sin embargo, cuando la composición literaria es, como en el caso que hoy nos ocupa, un artículo de opinión nadie puede pedirle al autor una mayor sinceridad en su pensamiento sobre el tema tratado, ya que no sólo lo manifiesta, sino que al ponerlo por escrito, y mucho más si este se publica, está dejando con ello una indeleble prueba de su forma de pensar sobre esa idea. Y es eso a lo que yo vengo hoy aquí, a pregonar mi parecer acerca de los tres entes a que hago alusión en el título. Sé que lo que voy a decir no importará mucho a casi nadie (¿a quién le van a interesar mis predilecciones?), pero sí es probable que, al leerlas, alguien haga una comparación con las suyas. De cualquier modo, lo que viene en adelante es mi profesión de fe (menudo atrevimiento) sobre las tres cosas más maravillosamente maravillosas que en el mundo han sido, son y serán: las flores, la poesía y la mujer. Pero vayamos por partes. Las flores, aparte de ser ese brote reproductor del que luego se formará el fruto, son la más tierna exquisitez que la madre naturaleza tuvo a bien regalarnos. El nombre lo utilizamos además como sinónimo de requiebro o piropo, o para referirnos a la parte mejor y más escogida de algo. Mas refiriéndome a ellas en sí, he de decir que las hay de todas formas, tamaños, olor y colores que podamos imaginar, pero todas ellas, desde las más sencillas a las más sofisticadas, desde las más tiernas a las más extrañas, son poseedoras de una belleza incomparable. Citaré sólo tres en aras de su rareza y su lindura, pero admitiría de buen grado los infinitos ejemplos que de otras se me podrían ofrecer, queriendo aclarar que unas de mis preferidas aunque no sea en ese orden, ni las principales, son: cualquier orquídea, la rosa azul y el edelweiss, haciendo saber al lector que esta, como el amor, está esperando en un lugar recóndito a que alguien la recoja para llevarla a casa. Otorgándole los mismos atributos que a las flores hablaré ahora de la poesía, manifestando que lo único que las diferencia es que a unas las crea la Naturaleza y a otras las compone el hombre. Pero ambas son tiernas, seductoras, armoniosas, cautivadoras, promisoras, y un sinnúmero más de calificativos, pese a los cuales, nunca llegaríamos a hacer justicia sobre su valía. Con la poesía el hombre consigue manifestar a través de la palabra la belleza, el sentimiento estético, su idealidad, su dolor, el asomo de un estado anímico intenso o sutil, o la apertura de su alma hacia los demás. Y si utópico era dar alguna relación de aquellas igual ocurre con estas, que haylas tantas y tan bonitas que es casi delirante dar alguna relación de ellas por pequeña que sea. Pero lo haré y será esta: La sentencia de Quevedo: ..Polvo serán, mas polvo enamorado. El recital de Bécquer: Porque son, niña, tus ojos/ verdes como el mar, te quejas…. El canto de Zorrilla:..y perlas para el cabello/ y baños para el calor/ y collares para el cuello/ para los labios…¡amor! La descripción de Lorca: …el almidón de su enagua/ me sonaba en el oído,/ como una pieza de seda…Y con el susurro aún en mis oídos destas melodías, paso al siguiente apartado. Hablar de él sí que me resulta arduo y complicado. ¿Por qué dejaremos siempre lo más difícil para el final? Pero habré de intentarlo, y lo primero que he de decir es que la mujer, pues a ella va destinado esta última parte, acumula en sí todas las virtudes y propiedades de las dos anteriores, e incluso las sobrepasa en mucho, que es, sin lugar a dudas, el ente más hadado y mistagógico que exista no ya en la faz de la tierra sino en todo el universo mundo. La inmensa mayoría de ellas (tampoco sería correcto hablar de la totalidad) sin tener defecto alguno que alcance la categoría de catalogable, sí están rebosantes de cualidades y atributos dignos de una diosa. Querer hacer ahora una relación de estos, más o menos prolija, sería, a más de enormemente vasta, completamente innecesaria, ya que la mente de cualquiera es sabedora de esas valías. Qué les voy a decir de su capacidad de esfuerzo, de trabajo o de sacrificio, de su ternura, de su sensibilidad, de su virtud, de su potencial amoroso y amatorio, de…,de…, de…o de su belleza, las cuales, tanto la interior como la externa, van aumentando con el paso de los años. Sí, ya veo que está asintiendo el lector pues comparte conmigo lo que acabo de exponer. Y al igual que he hecho con los dos primeros protagonistas, me queda únicamente citar, y aquí sí enfatizo lo de la subjetividad, tres portentosas propiedades que la mujer posee y que además sabe utilizar a la perfección, cuando y como quiere. Así está su mirada, con la que es capaz de pronunciar los más sentidos párrafos, e incluso discursos enteros. Su sonrisa con la que puede derrumbar castillos, conquistar continentes, rendir voluntades o atraer legiones. Su talle, cuyo cimbreo voluptuoso, sensual, causa una tremenda envidia al junco que está en la ribera de la laguna y logra despertar las imaginaciones más adormitadas. Ahora, querido lector, detente si quieres unos momentos a pensar cómo sería el mundo sin flores, sin poesía o sin mujeres. Pero te aconsejo que no lo hagas durante mucho tiempo ya que corres el riesgo de volverte rematadamente loco. Ramón Serrano G. Agosto de 2015

jueves, 30 de julio de 2015

Ocasiones

-Majestad, nos estamos alejando en exceso de la casa. Dada la hora que es, pienso que deberíamos volver. -No, Federico, no lo haremos. Allí tengo que guardar una serie de formalismos con los anfitriones y con los cazadores, que, sinceramente, no me apetecen. Ya habrá tiempo esta tarde y mañana. Hoy prefiero pasear tranquilamente contigo, charlando como dos buenos amigos. Y así lo hicieron hasta que sin darse cuenta les dieron las tres cuando se hallaban muy lejos de la finca. Avistaron una casa a los pies de una loma y hasta ella se dirigieron con el fin de ver si les podían dar de comer y enviar con alguien recado de su situación. Al llegar encontraron en ella a una sencilla mujer, algo entrada en años, la cual, ante sus peticiones, les atendió cortésmente. -¿Sabe usted quién soy?, preguntó el monarca. -Claro, Majestad, cómo no voy a conocer a mi rey. Pasen y siéntense que les daré de comer. Lo que no puedo es mandar recado a la finca ya que mi Eulogio se ha ido esta mañana y se ha llevado el burro. Y eso hizo. Les hizo sentarse a una mesa que había decorado rápidamente con limpieza y gusto, para servirles a continuación una comida rústica, sencilla, pero gustosa y de gran sabor. El monarca, al terminar, se dirigió cortésmente a la obligada anfitriona de esta forma: -Señora, he de agradecerle que nos haya dado una comida tan exquisita, pero he de decirle también que nos la ha ofrecido en una vajilla verdaderamente extraordinaria, cosa rara aquí en medio del campo. -Pues quiero que sepan que tengo otra que es mejor aún, y más bonita, pero la guardo para ocasiones. - - - - - - - - - - - Ocasión: esa oportunidad que se nos ofrece para hacer o conseguir algo, y que demasiadas veces dejamos escapar por los más diversos motivos. Pero antes de seguir, permítaseme referir dos casos en los que fui testigo directo de su desarrollo y que me han de servir para afianzar mi posición en el mantenimiento de mi tesis. Una de ellas fue en la celebración de la jubilación de un individuo, o de la recepción de un premio, o de cualquier otra causa que se les pueda ocurrir, y que yo, aun teniendo plena constancia del motivo por el que se celebró el evento, no quiero aclararlo para no dar pistas de él. Lo cierto y verdad es que allí acudimos cantidad de familiares, deudos y amigos del agasajado, pero hubo tres ausencias verdaderamente increíbles. Sin embargo, no asistió uno de sus hijos, ni su hermana, ni su mejor amigo que era a la vez compañero de carrera. No comment. Y algo similar acaeció en la presentación del libro de un conocido escritor local, quien tuvo a su vera a muchos allegados, pero sufrió con las ausencias de su hermana, que no dio señales de vida, y de su hermano que envió una simple tarjeta tratando de justificar su inasistencia. Y digo yo, ¿qué nos ocurre a los seres humanos que, en tantas y tantas oportunidades no sabemos (o no queremos, y esto es lo más grave) estar a la altura de las circunstancias?¿ Por qué anteponemos nuestros intereses personales, aunque sean estos extremadamente nimios e intrascendentes, a imponernos un leve “sacrificio” para concederle una satisfacción a una persona? Pero lo peor es que estas cosas no suceden únicamente en actos, digamos importantes. Es que es el acontecer diario, el pan nuestro de cada día. Al cruzarnos en la calle con el empleado de correos, no lo felicitamos por el nacimiento de su segundo nieto. Si coincidimos en la pescadería con la vecina del piso 2º, no se nos ocurre decirle lo bonitos que tiene los balcones, adornados con unas plantas hermosísimas. Si esperamos la apertura del semáforo en el paso de peatones junto a la nuera del hermano “Talego”, si acaso, y casi haciendo un esfuerzo, le decimos buenos días, pero ni le preguntamos por su estado de salud de su suegro, ni le pedimos que le dé recuerdos de nuestra parte. Que esto no es lo más correcto lo sabemos todos, pero casi ninguno nos tomamos ni la más mínima molestia si el único fin es hacer algo más agradable la vida a nuestros conciudadanos o amigos. -¡Anda ya!, pensamos. ¿Qué saco yo con regalarle una frase agradable a Petra o a Juan? ¿Viene alguien a darme a mí algún contento? Pues ya está. Otra cosa bien diferente es cuando sabemos, o pensamos, que de nuestro comportamiento vamos a obtener beneficio, ya sea este parvo o pingüe. Entonces, las muecas y los gestos risueños afloran en nuestra cara como el agua en un manantial, y con falsía, nos queremos auto-convencer, diciendo que Menganita o Fulanito se lo merecen todo, y que siempre será poco lo que hiciésemos por ellos, que debemos acompañarlos por encima de todo, para acabar imponiéndonos la consigna de que debemos aprovechar la ocasión. Esa es la ocasión, no la diosa romana a la que mostraban como una mujer muy hermosa, enteramente desnuda y con dos características muy aclaratorias: tenía alas para indicar que las sazones buenas pasan rápidamente, y en su cabeza lucía una frondosa cabellera en la parte anterior, pero calva por completo en la de atrás, para hacer saber que una vez que ella había pasado, era imposible cogerla ni aún por los pelos. Creo que deberíamos tener decisión y diligencia para no dejar pasar las ocasiones de obrar bien que se nos presenten, saquemos de ellas beneficio o no, y recordando que no suelen aparecer dos veces. Ramón Serrano G. Julio 2015

viernes, 17 de julio de 2015

Roguemos

-Tú, Rodolfo, es posible que no te acuerdes, pero hace muchos años -bueno, no tantos, que tampoco somos tan viejos-, me diste una opinión que condicionó bastante mi modo de pensar ante algunos comportamientos. Fue una tarde, a la salida de un concierto organizado por el colegio mayor donde residíamos, en la que me hablaste de mis, según tú, grandes condiciones para la melodía. -Claro que me acuerdo, y no sólo te lo aseguré en aquella ocasión, sino que te he manifestado varias veces más que tienes, o tenías, que ahora ya eres un carcamal, unas grandes facultades para la música, y que si te hubieses dedicado a ella habrías tenido un gran éxito. -Aquellas palabras tuyas se clavaron muy dentro de mí, hasta el punto de que estuve a punto de dejar los estudios de medicina y dedicarme a combinar sonidos con armonías, ritmos y cadencias, e intentar componer sinfonías, sonatas o conciertos. -¿Y por qué no lo hiciste, Juan? -Porque pronto vi que aquello podría ser una locura. Que como afición estaría bien, pero que yo no tenía el entusiasmo, o la ilusión necesaria, y creo que ni las condiciones, que sí me parecía poseer para los estudios que había elegido. Ya sabes: el nosce te ipsum del Oráculo de Delfos, que citaba Sócrates. Los proyectos importantes hay que valorarlos muy bien y obrar con rigorismo, para ejecutar el más apropiado o conveniente, sin dejarse llevar por devaneos o apariencias engañosas. -Pero, ¿por qué sacas a colación ahora aquella anécdota si me permites llamarla de ese modo? -Pues porque con el paso de los años me ha sucedido algo con un individuo, al que con tu permiso no voy a identificar, aunque le llamaremos Jorge para referirnos a él, que está relacionado de cierta manera con esa anécdota a la que he aludido anteriormente, o sea creer que la esencia de una persona es como nosotros creemos. Yo siempre pensé que esa persona era proclive a un determinado comportamiento, que tampoco voy a desvelar, y en cada acto suyo yo creía ver indicios, claros y elocuentes, de esa filia suya. He de reconocer que mi visión sobre su manera de obrar estaba condicionada, y bastante, por mi criterio, nada ecuánime como te acabo de manifestar. -Y este prejuicio se vio incrementado considerablemente cuando, hace un par de años, quizá más, un amigo común me vino con el chismoteo de que habían cogido a Jorge in fraganti haciendo aquello que yo tenía la certeza que era su auténtica pasión. Piensa lo que quieras: bebiendo, flirteando, o jugando en el casino. -¿Por qué no me dices qué era?, le interrumpió Rodolfo. -Porque la esencia del pecado no afecta para nada en lo que nos ocupa. Lo que sí hizo fue incidir profundamente en mi creencia, que tomó ya verdadero cuerpo. Y en ella me he mantenido hasta hace unas semanas, que por una extraña circunstancia he podido comprobar de manera fidedigna que nuestro Jorge no era, ni es, bebedor, mujeriego o jugador, y que la imagen que teníamos de él estaba distorsionada ya que la habíamos tomado a través de un cristal, poco limpio. -Y esto, continuó, aún siendo de distinta entidad, me recordó lo tuyo, y ambas cosas me han llevado a pensar en que muchas gentes tenemos -y bienaventurado quien no sea de ese modo- la mala no, la pésima costumbre de juzgar a los demás muy a la ligera. Tanto, que al hacerlo, no nos detenemos en aquilatar minuciosa y detalladamente la actuación de cada uno, o de aquel a quien juzgamos, y tomamos decisiones, y emitimos juicios, basándonos en apariencias que a nosotros nos parecen irrefutables, pero que valen lo que una gota en el océano. -Entonces, apoyándonos en tan inconsistente base, juzgamos demasiado a la ligera a quien sea y nos atenemos al veredicto, las más de las veces erróneo o excesivamente riguroso, para decidir cuál es su forma de ser, dándole así el trato que merece según nuestro pensar, su condición y su supuesta naturaleza. Y aunque parezca increíble, vivimos tan tranquilos en la creencia que somos personas justas y mesuradas. De ello nos jactamos, sí, pero no lo somos. -Caray, Juan, estás poniendo la romana por lo mayor. Debemos ser un poco tolerantes. -Debiéramos serlo, en efecto, pero no lo somos. Recuerdo lo dicho por Sor Juana Inés de la Cruz: Hombres necios que acusáis…sin razón… No es que estemos dispuestos a perdonar, que, siendo lo deseable es una opción que en escasísimas ocasiones elegimos, aunque ese es distinto tema, sino que, por el contrario, acusamos, juzgamos a nuestro albedrío, y luego ejecutamos la sentencia que forja nuestro magín con el mismo rigor que lo haríamos si fuésemos comisarios de la Inquisición. Y ¿sabes lo que más me duele de esta manera de obrar que tenemos? Que tras nuestras ligerezas, tenemos la conciencia tranquila, vamos a casa y dormimos como benditos, mientras que al pobre que hemos vapuleado de modo inmisericorde, anda arrastrando la mala fama y las penas que nuestro liviano criterio le han endilgado. Y en esas suele rodar el mundo en que vivimos. -Roguemos pues y entonces, amigo Rodolfo, para que no nos alcance a nosotros ese mal. Ramón Serrano G. Julio 2015

viernes, 3 de julio de 2015

La excelsa dualidad

En la poquedad de mis escritos, uno de los grandes “divertimentos” que he tenido últimamente ha sido ir estudiando el comportamiento, las reacciones y, sobre todo, las actitudes humanas ante diversos momentos puntuales de la vida, especialmente, en muchos de los trascendentes y en otros que, no alcanzando esa categoría, pueden llegar a hacerlo dependiendo esto de la capacidad o interés del individuo. Al hacerlo, he ido viendo (decir descubrir, además de incierto, sería una fantasía) que ante estas ocasiones el ser humano, tanto hombre como mujer, se comporta de manera muy diferente y, en muchas ocasiones, no siempre igual ante lo mismo, sea esto objeto o situación. Ocurre a veces en un tono preeminente o abúlico, e igual o distinto, debido a la subjetividad del o de los sujetos, y del instante puntual en que se hallen. Para tratar de explicarlo debo repetir al lector aquella tan socorrida cita de Campoamor que nos habla de que ..todo es según el color del cristal.., ya que, a pesar de que la situación ante la que se encuentre uno sea igual, o parecida, no siempre reaccionamos de la misma manera y modo, debido a mil circunstancias puntuales cuya pormenorización escaparía a nuestras posibilidades. Pese a ello, expondré varios casos para que cada quien pueda tener completa noticia de lo que quiero decir. Veremos así cómo en el arte (aunque dentro de su extensa gama sólo hablaremos del pictórico) nada es absoluto, y lo que para unos es de una perfección total, o casi, para otros apenas si tiene mérito. Y no es que la ignorancia sea la causante de esa dicotomía, que podría ser, aunque no en el caso que nos ocupa, sino que, por fortuna, el gusto de A es diferente al de B, y cada quien tiene la facultad de apreciar y sentir lo bello o lo feo. Y al citar la belleza no resisto la tentación de recordar en este punto el concepto que Aristocles, más conocido por Platón, tenía de ella, muy diferente al que impera en nuestros días. Ahora pensamos que posee beldad una persona, una idea, un cuadro o un objeto, cuando agrada a nuestra vista, a nuestro parecer. Mas no quiero dejar de apuntar que esta idea no es nuestra, sino que ya la mantenían los sofistas. Sin embargo, para Platón, el gran filósofo griego, no era bello sólo lo que contentaba a los sentidos sino cualquier ser, cosa o idea que se aprobara o se admirase, fuera cual fuera la manera en que se hubiese manifestado. Para Platón, todo lo útil era bello, mientras que, para Sócrates, lo más bonito era la sabiduría. Recordado esto, hablaremos de que pudiéndo tener un propio criterio acerca de algo que nos parezca más o menos bello, no se debe entonces ser subjetivo y mantenerlo a ultranza en la apreciación de lo hermoso, sino admitir que pueda ser tan válida como la nuestra una opinión encontrada. El gran filósofo alemán del pasado siglo, Theodor Adorno decía: “Nada en lo referente al arte es evidente. Como tampoco lo es en el hombre, ni en su relación con la totalidad”. Y deteniéndonos a pensarlo, observaremos cómo usted, o su vecino, puede decir de carrerilla el nombre de un montón de cosas de gran belleza, pero nunca nadie, con dos dedos de frente, osará decir si La Gioconda es más bonita que La Venus del espejo, si El pensador es más venusto que El David, o si El Taj Mahal aventaja en esplendor y grandiosidad a Versalles. Sí que expresará su preferencia, pero no llegará más adelante en valoración alguna. Para abundar en la exposición, veamos otros dos casos (aunque podría poner muchísimos), en los que está clara la manifestación de esta ambivalencia a la que quiero referirme. El primero en la cocina. Está muy demostrado cómo el plato más exquisito no es valorado así por todos los paladares, muchos de ellos no acostumbrados a esas gollerías, cosa que ocurre por igual con los antiguos y pueblerinos guisos, de los que también hay adeptos y detractores. E incluso modificando las calificaciones en aras de la bondad, mayor o menor, de los alimentos, de la dificultad para conseguirlos, y mil condicionantes más que podría traer a colación. Y no digamos del trabajo, la más grande bendición para el hombre en esta vida, junto al amor, pero que no en todos los casos es apreciado por igual por quien consigue la fortuna de tenerlo. La misma labor es considerada como pesada, lucrativa, agotadora, divertida, extenuante, peligrosa, monótona, estimulante, compensadora, y así mil calificativos más, lo que da fe de que también la calificación de este, como la de los anteriores ejemplos, depende no ya de su eseidad intrínseca sino de la valoración subjetiva de quien la ejerce. Lo que X no haría ni por todo el oro del mundo, Z lo lleva a cabo con la mayor naturalidad y agrado. Entonces, confirmada la existencia de que el ser humano puede ejercer libremente y a su antojo el juicio y valoración sobre lo que tiene ante sí, no nos cabe sino la tarea de felicitarnos por esa posibilidad de elección, por esa libertad que tenemos, una vez más, de concedernos a nosotros mismos la complacencia de poder escoger y expresar, no lo olvidemos, nuestros gustos, porque eso es, no lo olvidemos jamás muy, muy valioso. Pienso entonces que, habiendo quedada demostrada la existencia de una dualidad en la posibilidad de comportamiento que tiene el ser humano, esta la elevaremos a excelsa, teniendo además muy presente que si eso se da en todos los casos expuestos, y en otros muchos más que hemos silenciado, esa dualidad se sublima ante el amor. Ramón Serrano G. Julio de 2015