viernes, 17 de julio de 2015
Roguemos
-Tú, Rodolfo, es posible que no te acuerdes, pero hace muchos años
-bueno, no tantos, que tampoco somos tan viejos-, me diste una opinión que condicionó bastante mi modo de pensar ante algunos comportamientos. Fue una tarde, a la salida de un concierto organizado por el colegio mayor donde residíamos, en la que me hablaste de mis, según tú, grandes condiciones para la melodía.
-Claro que me acuerdo, y no sólo te lo aseguré en aquella ocasión, sino que te he manifestado varias veces más que tienes, o tenías, que ahora ya eres un carcamal, unas grandes facultades para la música, y que si te hubieses dedicado a ella habrías tenido un gran éxito.
-Aquellas palabras tuyas se clavaron muy dentro de mí, hasta el punto de que estuve a punto de dejar los estudios de medicina y dedicarme a combinar sonidos con armonías, ritmos y cadencias, e intentar componer
sinfonías, sonatas o conciertos.
-¿Y por qué no lo hiciste, Juan?
-Porque pronto vi que aquello podría ser una locura. Que como afición estaría bien, pero que yo no tenía el entusiasmo, o la ilusión necesaria, y creo que ni las condiciones, que sí me parecía poseer para los estudios que había elegido. Ya sabes: el nosce te ipsum del Oráculo de Delfos, que citaba Sócrates. Los proyectos importantes hay que valorarlos muy bien y obrar con rigorismo, para ejecutar el más apropiado o conveniente, sin dejarse llevar por devaneos o apariencias engañosas.
-Pero, ¿por qué sacas a colación ahora aquella anécdota si me permites llamarla de ese modo?
-Pues porque con el paso de los años me ha sucedido algo con un individuo, al que con tu permiso no voy a identificar, aunque le llamaremos Jorge para referirnos a él, que está relacionado de cierta manera con esa anécdota a la que he aludido anteriormente, o sea creer que la esencia de una persona es como nosotros creemos. Yo siempre pensé que esa persona era proclive a un determinado comportamiento, que tampoco voy a desvelar, y en cada acto suyo yo creía ver indicios, claros y elocuentes, de esa filia suya. He de reconocer que mi visión sobre su manera de obrar estaba condicionada, y bastante, por mi criterio, nada ecuánime como te acabo de manifestar.
-Y este prejuicio se vio incrementado considerablemente cuando, hace un par de años, quizá más, un amigo común me vino con el chismoteo de que habían cogido a Jorge in fraganti haciendo aquello que yo tenía la certeza que era su auténtica pasión. Piensa lo que quieras: bebiendo, flirteando, o jugando en el casino.
-¿Por qué no me dices qué era?, le interrumpió Rodolfo.
-Porque la esencia del pecado no afecta para nada en lo que nos ocupa. Lo que sí hizo fue incidir profundamente en mi creencia, que tomó ya verdadero cuerpo. Y en ella me he mantenido hasta hace unas semanas, que por una extraña circunstancia he podido comprobar de manera fidedigna que nuestro Jorge no era, ni es, bebedor, mujeriego o jugador, y que la imagen que teníamos de él estaba distorsionada ya que la habíamos tomado a través de un cristal, poco limpio.
-Y esto, continuó, aún siendo de distinta entidad, me recordó lo tuyo, y ambas cosas me han llevado a pensar en que muchas gentes tenemos
-y bienaventurado quien no sea de ese modo- la mala no, la pésima costumbre de juzgar a los demás muy a la ligera. Tanto, que al hacerlo, no
nos detenemos en aquilatar minuciosa y detalladamente la actuación de cada uno, o de aquel a quien juzgamos, y tomamos decisiones, y emitimos juicios, basándonos en apariencias que a nosotros nos parecen irrefutables, pero que valen lo que una gota en el océano.
-Entonces, apoyándonos en tan inconsistente base, juzgamos demasiado a la ligera a quien sea y nos atenemos al veredicto, las más de las veces erróneo o excesivamente riguroso, para decidir cuál es su forma de ser, dándole así el trato que merece según nuestro pensar, su condición y su supuesta naturaleza. Y aunque parezca increíble, vivimos tan tranquilos en la creencia que somos personas justas y mesuradas. De ello nos jactamos, sí, pero no lo somos.
-Caray, Juan, estás poniendo la romana por lo mayor. Debemos ser un poco tolerantes.
-Debiéramos serlo, en efecto, pero no lo somos. Recuerdo lo dicho por Sor Juana Inés de la Cruz: Hombres necios que acusáis…sin razón…
No es que estemos dispuestos a perdonar, que, siendo lo deseable es una opción que en escasísimas ocasiones elegimos, aunque ese es distinto tema, sino que, por el contrario, acusamos, juzgamos a nuestro albedrío, y luego ejecutamos la sentencia que forja nuestro magín con el mismo rigor que lo haríamos si fuésemos comisarios de la Inquisición. Y ¿sabes lo que más me duele de esta manera de obrar que tenemos? Que tras nuestras ligerezas, tenemos la conciencia tranquila, vamos a casa y dormimos como benditos, mientras que al pobre que hemos vapuleado de modo inmisericorde, anda arrastrando la mala fama y las penas que nuestro liviano criterio le han endilgado. Y en esas suele rodar el mundo en que vivimos.
-Roguemos pues y entonces, amigo Rodolfo, para que no nos alcance a nosotros ese mal.
Ramón Serrano G.
Julio 2015
viernes, 3 de julio de 2015
La excelsa dualidad
En la poquedad de mis escritos, uno de los grandes “divertimentos” que he tenido últimamente ha sido ir estudiando el comportamiento, las reacciones y, sobre todo, las actitudes humanas ante diversos momentos puntuales de la vida, especialmente, en muchos de los trascendentes y en otros que, no alcanzando esa categoría, pueden llegar a hacerlo dependiendo esto de la capacidad o interés del individuo. Al hacerlo, he ido viendo (decir descubrir, además de incierto, sería una fantasía) que ante estas ocasiones el ser humano, tanto hombre como mujer, se comporta de manera muy diferente y, en muchas ocasiones, no siempre igual ante lo mismo, sea esto objeto o situación. Ocurre a veces en un tono preeminente o abúlico, e igual o distinto, debido a la subjetividad del o de los sujetos, y del instante puntual en que se hallen.
Para tratar de explicarlo debo repetir al lector aquella tan socorrida cita de Campoamor que nos habla de que ..todo es según el color del cristal.., ya que, a pesar de que la situación ante la que se encuentre uno sea igual, o parecida, no siempre reaccionamos de la misma manera y modo, debido a mil circunstancias puntuales cuya pormenorización escaparía a nuestras posibilidades. Pese a ello, expondré varios casos para que cada quien pueda tener completa noticia de lo que quiero decir.
Veremos así cómo en el arte (aunque dentro de su extensa gama sólo hablaremos del pictórico) nada es absoluto, y lo que para unos es de una perfección total, o casi, para otros apenas si tiene mérito. Y no es que la ignorancia sea la causante de esa dicotomía, que podría ser, aunque no en el caso que nos ocupa, sino que, por fortuna, el gusto de A es diferente al de B, y cada quien tiene la facultad de apreciar y sentir lo bello o lo feo.
Y al citar la belleza no resisto la tentación de recordar en este punto el concepto que Aristocles, más conocido por Platón, tenía de ella, muy diferente al que impera en nuestros días. Ahora pensamos que posee beldad una persona, una idea, un cuadro o un objeto, cuando agrada a nuestra vista, a nuestro parecer. Mas no quiero dejar de apuntar que esta idea no es nuestra, sino que ya la mantenían los sofistas. Sin embargo, para Platón, el gran filósofo griego, no era bello sólo lo que contentaba a los sentidos sino cualquier ser, cosa o idea que se aprobara o se admirase, fuera cual fuera la manera en que se hubiese manifestado. Para Platón, todo lo útil era bello, mientras que, para Sócrates, lo más bonito era la sabiduría.
Recordado esto, hablaremos de que pudiéndo tener un propio criterio acerca de algo que nos parezca más o menos bello, no se debe entonces ser subjetivo y mantenerlo a ultranza en la apreciación de lo hermoso, sino admitir que pueda ser tan válida como la nuestra una opinión encontrada. El gran filósofo alemán del pasado siglo, Theodor Adorno decía: “Nada en lo referente al arte es evidente. Como tampoco lo es en el hombre, ni en su relación con la totalidad”. Y deteniéndonos a pensarlo, observaremos cómo usted, o su vecino, puede decir de carrerilla el nombre de un montón de cosas de gran belleza, pero nunca nadie, con dos dedos de frente, osará decir si La Gioconda es más bonita que La Venus del espejo, si El pensador es más venusto que El David, o si El Taj Mahal aventaja en esplendor y grandiosidad a Versalles. Sí que expresará su preferencia, pero no llegará más adelante en valoración alguna.
Para abundar en la exposición, veamos otros dos casos (aunque podría poner muchísimos), en los que está clara la manifestación de esta ambivalencia a la que quiero referirme. El primero en la cocina. Está muy demostrado cómo el plato más exquisito no es valorado así por todos los paladares, muchos de ellos no acostumbrados a esas gollerías, cosa que ocurre por igual con los antiguos y pueblerinos guisos, de los que también hay adeptos y detractores. E incluso modificando las calificaciones en aras de la bondad, mayor o menor, de los alimentos, de la dificultad para conseguirlos, y mil condicionantes más que podría traer a colación.
Y no digamos del trabajo, la más grande bendición para el hombre en esta vida, junto al amor, pero que no en todos los casos es apreciado por igual por quien consigue la fortuna de tenerlo. La misma labor es considerada como pesada, lucrativa, agotadora, divertida, extenuante, peligrosa, monótona, estimulante, compensadora, y así mil calificativos más, lo que da fe de que también la calificación de este, como la de los anteriores ejemplos, depende no ya de su eseidad intrínseca sino de la valoración subjetiva de quien la ejerce. Lo que X no haría ni por todo el oro del mundo, Z lo lleva a cabo con la mayor naturalidad y agrado.
Entonces, confirmada la existencia de que el ser humano puede ejercer libremente y a su antojo el juicio y valoración sobre lo que tiene ante sí, no nos cabe sino la tarea de felicitarnos por esa posibilidad de elección, por esa libertad que tenemos, una vez más, de concedernos a nosotros mismos la complacencia de poder escoger y expresar, no lo olvidemos, nuestros gustos, porque eso es, no lo olvidemos jamás muy, muy valioso.
Pienso entonces que, habiendo quedada demostrada la existencia de una dualidad en la posibilidad de comportamiento que tiene el ser humano, esta la elevaremos a excelsa, teniendo además muy presente que si eso se da en todos los casos expuestos, y en otros muchos más que hemos silenciado, esa dualidad se sublima ante el amor.
Ramón Serrano G.
Julio de 2015
viernes, 19 de junio de 2015
Menchu
-Pero bueno Menchu, explícame, ¿qué ha ocurrido? Vengo al pueblo a pasar mis vacaciones y lo primero que llega a mis oídos es que Esteban está a punto de casarse con otra mujer sin que tú hagas, o hayas hecho, nada por impedirlo, aceptando pacientemente que te lo roben.
-Eso, Teresa, son dos informaciones y no una, y es cierta la de su inmediato enlace, pero no lo es, en absoluto, la de que me lo han robado, ni la de mi pasividad.
-Pues ya me contarás, que para eso soy tu mejor amiga.
-Lo haré, pero déjame primero que me extasíe recordando sus muchos atributos (que son todos, pues pienso que no tiene imperfecciones), y así, lo mismo que me ocurrirá a mí al referirlos, te pasará a ti como oyente. Porque las cosas buenas no sólo nos proporcionan un gran placer en el momento de admirarlas, sino que también lo hacen, y muchos, quizás la mayoría, creemos que en mayor modo cuando las evocamos.
-¿Que por qué?, prosiguió. Pues porque en la rememoración confluyen normalmente dos circunstancias: una, que este recuerdo de las cosas de gran belleza o valía, solemos realizarlo a solas y, sin compañía de extraños, analizamos pormenorizadamente, y por tanto mejor, todas y cada una de las circunstancias deleitosas que poseen aquellas preseas. Dos: que en esta gratificante tarea siempre se nos para el reloj. Dicho de otro modo, que no nos acucia el tiempo sino que, despaciosamente, la vamos rumiando tratando de conseguir lo inalcanzable: quedarnos saciados de ella.
-Sí, Menchu, pero tú sabes que la belleza está en los ojos de quien la mira, aunque últimamente se afirma que nos es la vista quien la aprecia sino el cerebro, o mejor dicho, una parte de él llamada corteza orbitofrontal medial, así que déjate de disquisiciones que de eso sé algo más que tú.
-Será así para la ciencia, pero para mí es como te expliqué antes. Para mí, que hablar de belleza, o mejor dicho, de lo perfecto, es hacerlo de Esteban. Él, lo sabes tú, lo sabe todo el mundo y no digamos yo que llevo cinco años trabajando a su lado, codo con codo con él, es el hombre más encantador del universo. Qué decir de sus ojos, verdes como lo era el mar en los primeros años; de su cabello rubio casi miel, que le aporta un estilo cálido y voluptuoso; de su boca carnosa, ofrecedora de los más sabrosos besos; de su figura, que el mejor de los atletas la desearía. Y para qué continuar enumerando sus cualidades.
-Pues más a mi favor para que sea incomprensible lo que está pasando.
-Eso es lo que parece que ha ocurrido a primera vista, pero tú sabes que, en esta vida, aun cuando hay sucesos que parecen incomprensibles, eso suele ser al principio, ya que luego, si se investiga un tanto, aparecen las causas, unas intrincadas, otras muy evidentes, que nos dan la explicación del porqué de lo acaecido.
-Me imagino que conoces esas causas y que querrás explicármelas.
-No lo haría ni ante un juez, porque eso conlleva el hablar mal, o mejor dicho, el no hacerlo para bien de una persona a la que me une tanto, pero a ti no puedo negarte nada, que son muchos años los que nos conocemos y es incontable lo que te debo. Así pues, atiende que sólo te lo diré esta vez.
-En la vida hay detalles nimios que pueden ser sin embargo muy trascendentes en determinadas personas. Recordarás a Jorge, el íntimo amigo de Esteban, que se casó con la hija de Jesús Ariola, el magnate de los transportes, que no sabe el dinero que tiene. Pues un fin de semana, hace algo más de un año, vino Jorge un fin de semana y, como es natural, comieron juntos y juntos pasaron varias horas. Ignoro de qué hablarían, pero lo cierto es que, a partir de esa fecha, Esteban empezó a no estar contento con nada de lo que tenía y disconforme con todo lo que habíamos planeado. Y esa desconcordia fue en aumento hasta que un día me espetó que había llegado a la conclusión de que conmigo no podría ser nunca feliz y que desde ese instante nuestra relación quedaba rota.
-Puedes suponer que hice lo que no está en los escritos para tratar de convencerlo de lo equivocado que estaba. Preguntas, razonamientos, ruegos, promesas que de nada sirvieron. Nuestro trato desde entonces se ha restringido a lo estrictamente laboral y hace un par de meses me enteré que había formalizado relaciones con Nuria Pérez, la ricachona de la alfalfa, a la que nunca ha podido ver, pero quien parece ser que le ha prometido el oro y el moro y una vida llena de lujos y suntuosidades que yo no le hubiese podido entregar nunca y a la que no ha querido renunciar de ningún modo, aun cuando para ello no le haya importado tirar por la borda el trato sencillo y amoroso que tuvimos durante mucho tiempo.
-Entonces, ¿ha sido la avaricia y el boato los que la han llevado a cometer eso que tiene toda la pinta de ser una insensatez?
-Parece ser que sí, pero no puedo a asegurarlo. Y me apena no por el daño que me ha hecho a mí, sino porque sé que, con el modo de vida que ha elegido, tendrá muchas cosas pero carecerá de las más importantes. Está dominado por la avaricia y esta, ya lo dice el Eclesiástico (14.9) seca el alma.
-Pero nunca dio muestras de ser así.
-A mí me lo vas a decir. Pero las personas, algunas personas, viven con unos comportamientos determinados durante algún tiempo y, de pronto, bien porque determinadas circunstancias las llevan a ello, o bien porque en el fondo esa es su auténtica eseidad, cambian de manera radical, unas veces para bien y otras, como en este caso, para mal.
-Sabes que siento de verdad, querida Menchu, no que lo hayas perdido, sino que lo estés pasando mal.
Ramón Serrano G.
Junio 2015
jueves, 11 de junio de 2015
La ofensa
Tenían que caer rayos y truenos para que cada uno de ellos no acudiese puntualmente, después de comer, a la tertulia que se mantenía diariamente y, desde hacía muchos años, en el Café Manrique. La formaban habitualmente ocho, diez, doce contertulios, y aunque siempre acudían varios más, los fijos, fijos, eran Joaquín Parra, un comerciante de tejidos; Braulio Pérez, un constructor; Manuel Suárez, director de una sucursal bancaria; José Simarro, jefe de la oficina de Correos; Doroteo Cáceres, veterinario, y Aquilino Vargas, agente de seguros. Se podía decir de ellos que todos eran muy amigos entre sí, pero íntimos, lo que se dice unidos de verdad y desde niños, lo eran Braulio, José y Doroteo, cuya convivencia había ido desde siempre, e iba en la actualidad, mucho más allá de la citada reunión cafetera.
Aquella tarde, como casi todas las tardes, menos chismorrear, cosa que nunca hacían, se había hablado de todo y de nada, y sin un tema concreto que abordar, se recurrió a la meteorología:
-No sé cuándo se va a ir este maldito invierno, dijo Braulio. Estamos a finales de marzo y hace un frío que pela.
-Dímelo a mí, apostilló Manuel, que duermo todavía con dos mantas y no apago la salamandra por la noche.
-Bueno, es que tú eres más friolero que un pingüino, bromeó el veterinario.
-Oye Doroteo: que sea la última vez que se te ocurre llamarme lo que me acabas de llamar, ni ninguna otra cosa, le cortó secamente Manuel. Tenme el respeto que me debes, porque muchas, demasiadas veces, te pasas de la raya y hay que cortarte.
-Perdona Manolo, yo te he hablado en guasa, pero con ninguna intención de ofenderte.
-Pues lo has hecho. Y te lo tolero por esta vez, pero que sea la última.
Dicho esto, y con cara descompuesta, llamó a Pascual, el camarero, abonó su consumición y se marchó.
En la tertulia se hizo un absoluto silencio durante un rato, hasta que
tomó la palabra Aquilino para decir:
-No acabo de explicarme lo que le acaba de ocurrir a este hombre.
-Perdona que te interrumpa, dijo Joaquín, pero mejor es que en este momento no hablemos más del tema. Es hora de irse. Que cada cual saque sus propias conclusiones con calma, y démosle tiempo al tiempo.
Y así lo hicieron. Marchó cada a uno a sus asuntos y, al día siguiente, la mayoría volvió al café como era de costumbre. Quien no lo hizo fue Manuel, por lo que nadie sacó a relucir lo sucedido. Cuando llegó su hora habitual iban a marcharse todos, pero en ese instante dijo José:
-Braulio, Doroteo, ¿me permitís un momento que tengo que preguntaros una cosa?
Los citados volvieron a tomar asiento, y aquél habló esto:
-Lo que os quiero preguntar es vuestra opinión sobre lo sucedido ayer. Para mí, desde luego, fue algo insólito, increíble, tanto por la educación y la forma de ser de Manuel, como por el clima tan agradable y educado que siempre ha existido en nuestra tertulia. Si no estoy presente, y me lo cuentan, no lo creo.
-Pues algo muy similar me ocurre a mí, que no llego a explicarme el porqué de la salida de tono tan desapropiada de nuestro común amigo. Yo no podía esperar nunca que Manuel te ofendiese de tal modo, Doroteo. Llevo conviviendo con ambos muchos años, y siempre su trato y el comportamiento, no sólo de vosotros y entre vosotros, sino con los demás, y mucho más aún con los que formamos el círculo de amigos al que me honro en pertenecer. No sé qué reacción tendrás Doroteo ante esa injuria, pero comprendería como justa, fuese cual fuese la postura que tomaras.
Y en ese momento calló, tanto para tomar un nimio descanso en el desarrollo de su opinión, como para dejar que el tercero expusiese la suya.
Entonces Doroteo, que hasta ese instante había permanecido lívido, como ido, con la mirada fija en el sueño, levantó la cabeza y, como en un susurro, dijo a sus dos compañeros:
- Si las palabras y la forma de decirlas de Manuel hubiesen estado dirigidas a cualquier otro, yo las hubiese juzgado como graves, como desafortunadas y, desde luego, inusitadas en él. Pero iban dirigidas a mí, y no voy a perder ni un momento en tratar de averiguar la razón de su comportamiento para conmigo y en presencia de tanta gente, porque estoy seguro que no llegaría jamás a conseguir saber la causa que le conminó a proceder de ese modo.
-Pero sí quiero deciros, prosiguió, que no logró su propósito. O sea, que no me ofendió porque, sencilla y llanamente, tanto él, como vosotros no lo podéis hacer, ya que aunque vuestra boca, o la suya, esté diciendo algo contra mí, si lo hace del modo y manera que él lo hizo, su corazón, o el vuestro, estaría sintiendo lo contrario.
- Y por otra parte, y con esto quiero finalizar, sé que si yo me molestase por una cosa insignificante como la que hizo, sería completamente injusto, pues me debería acordar de las miles de ocasiones en las que me favoreció, me ayudó, me tendió su mano y consintió en ser mi amigo. Y todo esto no se puede olvidar fácilmente. Yo no puedo, ni quiero, seguir aquel dicho de: “hazme cien, fállame en uno, y no me has hecho ninguno”. Por eso hoy, o mañana, o cuando me encuentre de nuevo con él, le diré simplemente que me perdone por lo que hubiese podido agraviarle, y le rogaré que me siga distinguiendo con su amistad.
Ramón Serrano G.
Junio de 2015
viernes, 8 de mayo de 2015
Chaturanga
Una noche, cuando hacía rato que estaba intentando refugiarme en el velo de la reina Mab -ese precioso relato de Rubén Darío-, apareció ante mí un trebejo, bien asentado en un escaque de taracea, y, a su alrededor, varios compañeros suyos. Unos se me mostraban iguales y otros de distintas materias; cada cual asentado en su compartimento o casilla, unas idénticas y otras de diferente composición; y cada quien con su apariencia, unas disímiles y similares otras. Al verlos, creyendo haberme convertido en una liebre de marzo, le pregunté:
-Oye, ¿quiénes sois?
Y la figura con una gran seriedad, pero con el mayor respeto y amabilidad posibles, me contestó:
-Somos cuerpos actores iguales a ti. O quizás, y mejor dicho, a vosotros los humanos. Parecería que fuéramos desemejantes, ya que tú y tus semejables obráis en el mundo, mientras que nosotros lo hacemos solamente en este campo llamado tablero. Vosotros desarrolláis vuestra vida humana y nosotros jugamos a un juego, que en su inicio se llamó chaturanga en la India y ahora se denomina ajedrez. Pero ambos, vuestro existir y nuestro ejercicio, tuvieron, tienen, y tendrán, una gran similitud. ¿Que no lo conoces? Pues te lo explico con el mayor agrado.
-Como verás, continuó diciendo la pieza, estamos asentados cada uno en nuestra parcela, escaque, casilla o habitáculo, que muchas designaciones tienen. Cada cual tenemos nuestro nombre, del que nos sentimos orgullosos y estamos contentos con él. Somos diferentes, muchos iguales, y nuestro cuerpo es de madera, de barro, de metal o de vidrio. Y todos con nuestra categoría, oficio y desempeño, y, aunque la impronta que queda al vernos es de que la valía de unos es más importante que la de otros, pero siéndolo en efecto, todos somos necesarios en un momento dado, y unos más oportunos que otros, según las circunstancias.
-Todos tenemos un único fin que es ayudar a nuestro ejército y a nuestro rey a vencer al enemigo, pero para eso debemos luchar, avanzando o retrocediendo, pero siempre con la idea de lograr la victoria. Es la ley del ajedrez, la ley de la selva, la ley del mundo: luchar para ganar, pero siempre cuidando de salvar celadas, destruir gambitos, derribar enroques, o eludir esperas. Procurar no ser absorbido, o aniquilado, sin haber conseguido antes realizar nuestra misión. Hemos de meditar mucho cada paso, cada lance, cada episodio, para que estos, una vez superados, sean un éxito, pero sabiendo que por muy grandes, o decisivos, que nos pareciesen, ellos solos no nos garantizarán nunca el triunfo final, ya que este, por el contrario, puede llegarle al adversario al menor descuido que se tenga, bien por una distracción, bien por un exceso de credibilidad. Hemos de tener constancia de que el triunfo no se alcanzará jamás sin haber construido con la suficiente solidez la estructura y la estrategia de nuestro ataque, de nuestra aventura, de toda nuestra existencia.
-Somos sabedores de que los peones, los seres más humildes, pueden lograr la categoría de castellanos, caballeros, mitrados, e incluso la femenina majestad, siempre que sepan ascender hasta la octava fila, tras lo que, como queda dicho, les aparecerá la incertidumbre de en qué quieren convertirse, que no siempre el mayor cargo o rango es el más rentable o beneficioso, debiéndose tener en cuenta al hacer la elección, no únicamente las sinecuras y prebendas que el oficio otorga, sino también, y eso es mucho más importante, las obligaciones y responsabilidades que impone.
-Quédame solo hablarte del desarrollo de la lucha. En ella, y para ella, no se han de escatimar esfuerzos ni sacrificios. Y se ha de tener la seguridad de que es muy valioso un jaque estratégico, pero también una oportuna retirada. Que se gana tanto ayudando, como dejándose ayudar y que ello, y bien demostrado está, no supone menoscabo de la propia valía. Que se ha de hacer un sabio planteamiento de qué, o cuánto, se debe entregar a cambio de lo que se quiere obtener, para no sacrificar o renunciar con ello más que a lo imprescindible. Que se ha de ser siempre un patricio, sabiendo que ello consiste en que, en el campo de batalla, un desgraciado muera por su causa antes de que tú mueras por la tuya.
-Y esto implica, y muy mucho, que, cuando se accede a la lucha, se ha de tener conciencia de que la muerte está siempre al acecho y extremadamente cerca, por lo cual es muy fácil que cualquiera caiga para siempre. Mas, si esto sucediera, que ello sea en ayuda de algún compañero, o en beneficio de la causa. Esto tiene un nombre: heroicidad. Mejor dicho, lo tenía, porque los héroes, como los árboles, o como las buenas gentes, van desapareciendo, día a día, del universo mundo.
-Eres joven, pero ya tienes edad para apreciar, y con esto acabo, el gran parecido que existe entre nuestro vivir y el vuestro; entre la manera y modo que tenéis, y que tenemos, de pelear por el triunfo y conseguirlo. De que no siempre el de mayor condición es el más beneficioso para lograr el éxito. Espero que así lo entiendas.
A la mañana siguiente, al despertarme, creí que todas aquellas disquisiciones y retahílas que había escuchado durante esa noche habían sido una vana ilusión. O una complicada ensambladura que había montado mi mente. O que por mi cabeza había pasado algo similar a una figuración. Muchos años después, supe que no era así.
Ramón Serrano G.
Mayo de 2015
jueves, 23 de abril de 2015
La Fontaine
Es Jean de La Fontaine el autor de la frase: “En cada hombre hay, en realidad, tres: quien él cree que es, quien los demás creen que es, y quien es en realidad”. O sea, que la eseidad de un individuo está siempre valuada desde diferentes prismas, que cambiará en los dos primeros casos según quien esté ejerciendo de observador (un poco lo de aquella expresión “campoamoriana”:..todo es según del color del cristal con que se mira) y se mantendrá estable y auténtica en el tercero. Y en esto que es claro y palpable, parece ser que nos fijamos muy poco, o quizás nada.
Y acudo a la cita del magnífico fabulista francés del siglo XVII, porque, si quisiéramos hablar con sensatez, reconoceríamos que una de las cosas mejores que podemos hacer las personas es refugiarnos en los escritos que, a lo largo de todos los tiempos, han tenido la gentileza de regalarnos autores de la más diversa patria, estilo y condición, ya que ellos nos han enseñado la mayor parte de cuanto sabemos y han venido a decirnos en muchas ocasiones cosas tan evidentes, tan manifiestas, que cualquiera las podría haber advertido y tomado conciencia de ellas, pero que, sin embargo, no han sido percibidas por los individuos hasta que el pensador de turno, el autor de cada momento, nos las ha puesto ante nuestros ojos a través de sus convincentes obras.
Pongamos algunos ejemplos -pocos- que certifiquen lo que acabo de exponer. Así, Platón decía: No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad. Y Cicerón: Los hombres son como los vinos: la edad pone agrios a los malos y mejora a los buenos. O Rabindranath Tagore: Convertid el árbol en leña y arderá para vosotros, pero ya no dará más flores ni frutos. Y citaré por último la frase de un autor anónimo, o cuyo nombre desconozco, que asegura que: los árboles no nos dejan ver el bosque. Como podrás observar, querido lector, cualquiera de estos hermosos, y más que evidentes, pensamientos, se nos podrían haber ocurrido a cualquier ciudadano de a pie, pero, sin embargo, no nos percatamos de esas tamañas verdades hasta que las hemos visto escritas.
Pero yendo al tema que nos ocupa hoy, y dada la escasez de espacio disponible, ha de bastarnos en principio con recordar que cada quien somos creyentes de que nuestro yo está en posesión de un conjunto de virtudes y defectos (muchas de aquellas y pocos de estos) que conforman nuestro modo de ser. Somos de esa manera, ¿quién lo va a saber mejor que uno mismo?, lo que ocurre es que los demás no pueden apreciar las interioridades de cada cual. Eso es lo que piensa la mayoría de sí mismo, y aunque hay gente “pa tó”, según Rafael el Gallo, esa mayoría suele -solemos- magnificar nuestros dones y minimizar nuestras tachas. Aunque esto, sin ser bueno, no es lo peor que habitualmente le sucede a una gran cantidad de individuos, los cuales hacen muy pocos esfuerzos, o no se motivan en absoluto en mejorar lo que tienen de positivo y en limar, si no en su totalidad, sí al menos en gran parte sus deméritos.
Y esas anomalías demostradoras de egotismo que suelen acaecer en la propia valoración, se producen también, y habitualmente, en el enjuiciamiento ajeno hacia otra persona. A veces, algunas veces, el veedor tiene razón, pero otras, piensa que sabe cuál es la personalidad del prójimo tan sólo por algunos detalles aislados, y eso hace que esté profundamente errado. Esa es una de las muchas causas que provocan esos yerros, que forjamos una idea de la manera de ser de alguien, sin detenernos lo suficiente en analizar sus obras y las causas por las que las ha llevado a cabo, quedando decir por último que otra razón, y quizás esta sea la peor, es que en nuestra evaluación nos dejamos llevar de modo exagerado por el grado de simpatía o rechazo que sintamos por él. Si hay empatía, todo serán loas, mientras que si le tenemos animosidad, todo serán diatribas.
Nos queda sólo, entonces, la tercera posibilidad. Aquella en la que se muestra la verdadera eseidad de un individuo, vista esta objetiva y no subjetivamente. En ella se puede observar su auténtica forma de ser, que suele ser, a veces, muy distinta a la que parece indicar su manera de obrar en puntuales momentos. Recordemos a nuestro ínclito existencialista Ortega y Gasset, que dice: Yo soy yo y mi circunstancia. El tiempo, el lugar, el mundo que rodea a una persona y que le lleva a actuaciones muy diferentes a las que hubiese desarrollado un contexto distinto al que se encontraba en el momento de llevar a cabo sus obras. Aunque no se debe olvidar que esta perspectiva coyuntural, es utilizada a veces por algunas personas para justificar su comportamiento.
Efectivamente, cada hombre es como es y no como dicen de él o como él dice ser. Y en esto, como en muchas otras ocasiones, y tanto si uno habla de sí mismo, como si es otro el que lo hace de él, se deberán seguir siempre las indicaciones de mi admirado Antonio Machado, cuando afirma: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Ramón Serrano G.
Abril 2015
jueves, 9 de abril de 2015
Las potencias
“Es la voluntad de vivir lo que nos hace temer a la muerte”.- Schopenhauer.
Aunque son sobradamente conocidas las tres potencias del alma, repitámoslas, aunque sea en un epítome, por aquello de que siempre puede que haya por ahí un desmemoriado, alguien abúlico, o algún inepto. La mayoría es plenamente sabedora de que aquellas son la memoria, el entendimiento y la voluntad, y que, gracias a ellas, el ser humano es capaz de hacer funcionar su intelecto con mayor o menor acierto, dependiendo esto, en muy alto grado, del modo cómo las utilice. Son, no lo olvidemos, y como distinguía el dominico Doctor Angélico, las facultades incorpóreas que todos poseemos.
La primera de ellas, la memoria, es la que, aparentemente, nos resulta de más grande utilidad en el ejercicio de nuestras tareas cotidianas, ya que, por una auto anamnesis, solemos rememorar de fácil manera aquello que hicimos con anterioridad, y, sobre todo, si no lo hicimos bien y por ello sufrimos algún quebranto físico, o de cualquier otra clase. Pensemos en aquello de la letra con sangre entra. Y, pidiendo disculpas a quien pudiera darse por aludido, reafirmo lo antedicho de que sabemos aprender de lo hecho ayer, con aquel refrán que sentencia que: al burro y al cochino, una vez el camino. Con todo, la memoria, a la que alguien con algo de mala uva definió como el talento de los tontos, no es la primera que suele fallarnos, pero sí que es a la que antes echamos en falta y a la que, con mayor frecuencia culpamos de nuestro estar in albis, cuando de nuestro calendario se han arrancado muchas hojas.
Parece, entonces, un artilugio al que no han pasado todas las revisiones precisas, y falla, y falla y falla, lo mismo que otras cosas duran, y duran, y duran. Pero los fallos, ya se sabe, tienen como peor condición su inoportunidad, ya que, como también se sabe, se producen siempre cuando más necesitamos de su ayuda, para llegar luego con retraso, como cualquier tren español de mediados del pasado siglo.
El entendimiento es esa facultad con la que parece ser que se comprende y se razona, y de la que he oído decir, que algunos la tienen un poco desarrollada, muy pocos lo bastante, aunque me consta que la mayoría de los mortales la mantenemos en un grado de atrofia increíble. Tan es cierto lo dicho, que así nos ha ido y nos va como nos va. De modo lamentable. Para cerciorarse de ello, sólo hay que ver el comportamiento humano, desde in illo témpore hasta el día de hoy. Arraso tus tierras porque para eso soy más poderoso que tú; me otorgo el derecho de pernada, porque para eso soy conde; te asesino porque no crees en mi dios, o me hacen ministro porque he logrado un puñado de votos, aunque sea un imbécil del peor sitio de donde se puede ser tonto. ¿Que cuál es ese sitio? Pues, tras pedir disculpas al tener que rozar, por primera vez, eso sí, el terreno escatológico, he de decir que el lugar corporal donde se desarrolla su memez es el culo. Porque de la cabeza no, ya que, aunque sea poco, algunos la suelen utilizar de vez en cuando. De los cataplines tampoco, porque el folgar no se hace muy a menudo. Pero excretar sí que es un acto de práctica diaria, salvo que uno se vea muy afectado de estiptiquez.
Nos queda la voluntad, que es, a mi pobre juicio, de las tres, la que más influye en nuestro comportamiento. Y para hablar de ella ¿qué mejor
que aconsejar la lectura de La voluntad? Pues aun cuando se toma a veces como algo muy positivo (pensemos en la sobrevaloración de voluntarioso sobre abúlico) hay también muchos anárquicos, y, por último, Azorín nos muestra, en esta su primera novela de 1902, cómo existe una gran tendencia en las personas a buscar las soluciones fáciles, a la aceptación del propio ethos e incluso una pérdida de interés por el encanto de vivir y, llevadas por su gran timidez, el deseo pasar desapercibidas en muchas ocasiones.
Buscando un algo que corrobore esa desgana, ese nonchalance, que acabo de decir, te sugiero querido amigo, que leas también, una vez más, la inconmensurable poesía “Adelfos” que Manuel Machado dedicó a Unamuno y que es para mí, sin duda alguna, la mejor de toda la obra del poeta sevillano. En ella, tras decirnos su procedencia, su actual estado:
“…¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir!.., pasa a exponer luego sus limitadas aspiraciones, para acabar de esta forma tan maravillosa:
“..Mi voluntad se ha muerto una noche de luna,
en que era muy hermoso no pensar ni querer…
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!
Ramón Serrano G.
Abril de 2015
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