viernes, 8 de mayo de 2015

Chaturanga

Una noche, cuando hacía rato que estaba intentando refugiarme en el velo de la reina Mab -ese precioso relato de Rubén Darío-, apareció ante mí un trebejo, bien asentado en un escaque de taracea, y, a su alrededor, varios compañeros suyos. Unos se me mostraban iguales y otros de distintas materias; cada cual asentado en su compartimento o casilla, unas idénticas y otras de diferente composición; y cada quien con su apariencia, unas disímiles y similares otras. Al verlos, creyendo haberme convertido en una liebre de marzo, le pregunté: -Oye, ¿quiénes sois? Y la figura con una gran seriedad, pero con el mayor respeto y amabilidad posibles, me contestó: -Somos cuerpos actores iguales a ti. O quizás, y mejor dicho, a vosotros los humanos. Parecería que fuéramos desemejantes, ya que tú y tus semejables obráis en el mundo, mientras que nosotros lo hacemos solamente en este campo llamado tablero. Vosotros desarrolláis vuestra vida humana y nosotros jugamos a un juego, que en su inicio se llamó chaturanga en la India y ahora se denomina ajedrez. Pero ambos, vuestro existir y nuestro ejercicio, tuvieron, tienen, y tendrán, una gran similitud. ¿Que no lo conoces? Pues te lo explico con el mayor agrado. -Como verás, continuó diciendo la pieza, estamos asentados cada uno en nuestra parcela, escaque, casilla o habitáculo, que muchas designaciones tienen. Cada cual tenemos nuestro nombre, del que nos sentimos orgullosos y estamos contentos con él. Somos diferentes, muchos iguales, y nuestro cuerpo es de madera, de barro, de metal o de vidrio. Y todos con nuestra categoría, oficio y desempeño, y, aunque la impronta que queda al vernos es de que la valía de unos es más importante que la de otros, pero siéndolo en efecto, todos somos necesarios en un momento dado, y unos más oportunos que otros, según las circunstancias. -Todos tenemos un único fin que es ayudar a nuestro ejército y a nuestro rey a vencer al enemigo, pero para eso debemos luchar, avanzando o retrocediendo, pero siempre con la idea de lograr la victoria. Es la ley del ajedrez, la ley de la selva, la ley del mundo: luchar para ganar, pero siempre cuidando de salvar celadas, destruir gambitos, derribar enroques, o eludir esperas. Procurar no ser absorbido, o aniquilado, sin haber conseguido antes realizar nuestra misión. Hemos de meditar mucho cada paso, cada lance, cada episodio, para que estos, una vez superados, sean un éxito, pero sabiendo que por muy grandes, o decisivos, que nos pareciesen, ellos solos no nos garantizarán nunca el triunfo final, ya que este, por el contrario, puede llegarle al adversario al menor descuido que se tenga, bien por una distracción, bien por un exceso de credibilidad. Hemos de tener constancia de que el triunfo no se alcanzará jamás sin haber construido con la suficiente solidez la estructura y la estrategia de nuestro ataque, de nuestra aventura, de toda nuestra existencia. -Somos sabedores de que los peones, los seres más humildes, pueden lograr la categoría de castellanos, caballeros, mitrados, e incluso la femenina majestad, siempre que sepan ascender hasta la octava fila, tras lo que, como queda dicho, les aparecerá la incertidumbre de en qué quieren convertirse, que no siempre el mayor cargo o rango es el más rentable o beneficioso, debiéndose tener en cuenta al hacer la elección, no únicamente las sinecuras y prebendas que el oficio otorga, sino también, y eso es mucho más importante, las obligaciones y responsabilidades que impone. -Quédame solo hablarte del desarrollo de la lucha. En ella, y para ella, no se han de escatimar esfuerzos ni sacrificios. Y se ha de tener la seguridad de que es muy valioso un jaque estratégico, pero también una oportuna retirada. Que se gana tanto ayudando, como dejándose ayudar y que ello, y bien demostrado está, no supone menoscabo de la propia valía. Que se ha de hacer un sabio planteamiento de qué, o cuánto, se debe entregar a cambio de lo que se quiere obtener, para no sacrificar o renunciar con ello más que a lo imprescindible. Que se ha de ser siempre un patricio, sabiendo que ello consiste en que, en el campo de batalla, un desgraciado muera por su causa antes de que tú mueras por la tuya. -Y esto implica, y muy mucho, que, cuando se accede a la lucha, se ha de tener conciencia de que la muerte está siempre al acecho y extremadamente cerca, por lo cual es muy fácil que cualquiera caiga para siempre. Mas, si esto sucediera, que ello sea en ayuda de algún compañero, o en beneficio de la causa. Esto tiene un nombre: heroicidad. Mejor dicho, lo tenía, porque los héroes, como los árboles, o como las buenas gentes, van desapareciendo, día a día, del universo mundo. -Eres joven, pero ya tienes edad para apreciar, y con esto acabo, el gran parecido que existe entre nuestro vivir y el vuestro; entre la manera y modo que tenéis, y que tenemos, de pelear por el triunfo y conseguirlo. De que no siempre el de mayor condición es el más beneficioso para lograr el éxito. Espero que así lo entiendas. A la mañana siguiente, al despertarme, creí que todas aquellas disquisiciones y retahílas que había escuchado durante esa noche habían sido una vana ilusión. O una complicada ensambladura que había montado mi mente. O que por mi cabeza había pasado algo similar a una figuración. Muchos años después, supe que no era así. Ramón Serrano G. Mayo de 2015

jueves, 23 de abril de 2015

La Fontaine

Es Jean de La Fontaine el autor de la frase: “En cada hombre hay, en realidad, tres: quien él cree que es, quien los demás creen que es, y quien es en realidad”. O sea, que la eseidad de un individuo está siempre valuada desde diferentes prismas, que cambiará en los dos primeros casos según quien esté ejerciendo de observador (un poco lo de aquella expresión “campoamoriana”:..todo es según del color del cristal con que se mira) y se mantendrá estable y auténtica en el tercero. Y en esto que es claro y palpable, parece ser que nos fijamos muy poco, o quizás nada. Y acudo a la cita del magnífico fabulista francés del siglo XVII, porque, si quisiéramos hablar con sensatez, reconoceríamos que una de las cosas mejores que podemos hacer las personas es refugiarnos en los escritos que, a lo largo de todos los tiempos, han tenido la gentileza de regalarnos autores de la más diversa patria, estilo y condición, ya que ellos nos han enseñado la mayor parte de cuanto sabemos y han venido a decirnos en muchas ocasiones cosas tan evidentes, tan manifiestas, que cualquiera las podría haber advertido y tomado conciencia de ellas, pero que, sin embargo, no han sido percibidas por los individuos hasta que el pensador de turno, el autor de cada momento, nos las ha puesto ante nuestros ojos a través de sus convincentes obras. Pongamos algunos ejemplos -pocos- que certifiquen lo que acabo de exponer. Así, Platón decía: No dejes crecer la hierba en el camino de la amistad. Y Cicerón: Los hombres son como los vinos: la edad pone agrios a los malos y mejora a los buenos. O Rabindranath Tagore: Convertid el árbol en leña y arderá para vosotros, pero ya no dará más flores ni frutos. Y citaré por último la frase de un autor anónimo, o cuyo nombre desconozco, que asegura que: los árboles no nos dejan ver el bosque. Como podrás observar, querido lector, cualquiera de estos hermosos, y más que evidentes, pensamientos, se nos podrían haber ocurrido a cualquier ciudadano de a pie, pero, sin embargo, no nos percatamos de esas tamañas verdades hasta que las hemos visto escritas. Pero yendo al tema que nos ocupa hoy, y dada la escasez de espacio disponible, ha de bastarnos en principio con recordar que cada quien somos creyentes de que nuestro yo está en posesión de un conjunto de virtudes y defectos (muchas de aquellas y pocos de estos) que conforman nuestro modo de ser. Somos de esa manera, ¿quién lo va a saber mejor que uno mismo?, lo que ocurre es que los demás no pueden apreciar las interioridades de cada cual. Eso es lo que piensa la mayoría de sí mismo, y aunque hay gente “pa tó”, según Rafael el Gallo, esa mayoría suele -solemos- magnificar nuestros dones y minimizar nuestras tachas. Aunque esto, sin ser bueno, no es lo peor que habitualmente le sucede a una gran cantidad de individuos, los cuales hacen muy pocos esfuerzos, o no se motivan en absoluto en mejorar lo que tienen de positivo y en limar, si no en su totalidad, sí al menos en gran parte sus deméritos. Y esas anomalías demostradoras de egotismo que suelen acaecer en la propia valoración, se producen también, y habitualmente, en el enjuiciamiento ajeno hacia otra persona. A veces, algunas veces, el veedor tiene razón, pero otras, piensa que sabe cuál es la personalidad del prójimo tan sólo por algunos detalles aislados, y eso hace que esté profundamente errado. Esa es una de las muchas causas que provocan esos yerros, que forjamos una idea de la manera de ser de alguien, sin detenernos lo suficiente en analizar sus obras y las causas por las que las ha llevado a cabo, quedando decir por último que otra razón, y quizás esta sea la peor, es que en nuestra evaluación nos dejamos llevar de modo exagerado por el grado de simpatía o rechazo que sintamos por él. Si hay empatía, todo serán loas, mientras que si le tenemos animosidad, todo serán diatribas. Nos queda sólo, entonces, la tercera posibilidad. Aquella en la que se muestra la verdadera eseidad de un individuo, vista esta objetiva y no subjetivamente. En ella se puede observar su auténtica forma de ser, que suele ser, a veces, muy distinta a la que parece indicar su manera de obrar en puntuales momentos. Recordemos a nuestro ínclito existencialista Ortega y Gasset, que dice: Yo soy yo y mi circunstancia. El tiempo, el lugar, el mundo que rodea a una persona y que le lleva a actuaciones muy diferentes a las que hubiese desarrollado un contexto distinto al que se encontraba en el momento de llevar a cabo sus obras. Aunque no se debe olvidar que esta perspectiva coyuntural, es utilizada a veces por algunas personas para justificar su comportamiento. Efectivamente, cada hombre es como es y no como dicen de él o como él dice ser. Y en esto, como en muchas otras ocasiones, y tanto si uno habla de sí mismo, como si es otro el que lo hace de él, se deberán seguir siempre las indicaciones de mi admirado Antonio Machado, cuando afirma: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Ramón Serrano G. Abril 2015

jueves, 9 de abril de 2015

Las potencias

“Es la voluntad de vivir lo que nos hace temer a la muerte”.- Schopenhauer. Aunque son sobradamente conocidas las tres potencias del alma, repitámoslas, aunque sea en un epítome, por aquello de que siempre puede que haya por ahí un desmemoriado, alguien abúlico, o algún inepto. La mayoría es plenamente sabedora de que aquellas son la memoria, el entendimiento y la voluntad, y que, gracias a ellas, el ser humano es capaz de hacer funcionar su intelecto con mayor o menor acierto, dependiendo esto, en muy alto grado, del modo cómo las utilice. Son, no lo olvidemos, y como distinguía el dominico Doctor Angélico, las facultades incorpóreas que todos poseemos. La primera de ellas, la memoria, es la que, aparentemente, nos resulta de más grande utilidad en el ejercicio de nuestras tareas cotidianas, ya que, por una auto anamnesis, solemos rememorar de fácil manera aquello que hicimos con anterioridad, y, sobre todo, si no lo hicimos bien y por ello sufrimos algún quebranto físico, o de cualquier otra clase. Pensemos en aquello de la letra con sangre entra. Y, pidiendo disculpas a quien pudiera darse por aludido, reafirmo lo antedicho de que sabemos aprender de lo hecho ayer, con aquel refrán que sentencia que: al burro y al cochino, una vez el camino. Con todo, la memoria, a la que alguien con algo de mala uva definió como el talento de los tontos, no es la primera que suele fallarnos, pero sí que es a la que antes echamos en falta y a la que, con mayor frecuencia culpamos de nuestro estar in albis, cuando de nuestro calendario se han arrancado muchas hojas. Parece, entonces, un artilugio al que no han pasado todas las revisiones precisas, y falla, y falla y falla, lo mismo que otras cosas duran, y duran, y duran. Pero los fallos, ya se sabe, tienen como peor condición su inoportunidad, ya que, como también se sabe, se producen siempre cuando más necesitamos de su ayuda, para llegar luego con retraso, como cualquier tren español de mediados del pasado siglo. El entendimiento es esa facultad con la que parece ser que se comprende y se razona, y de la que he oído decir, que algunos la tienen un poco desarrollada, muy pocos lo bastante, aunque me consta que la mayoría de los mortales la mantenemos en un grado de atrofia increíble. Tan es cierto lo dicho, que así nos ha ido y nos va como nos va. De modo lamentable. Para cerciorarse de ello, sólo hay que ver el comportamiento humano, desde in illo témpore hasta el día de hoy. Arraso tus tierras porque para eso soy más poderoso que tú; me otorgo el derecho de pernada, porque para eso soy conde; te asesino porque no crees en mi dios, o me hacen ministro porque he logrado un puñado de votos, aunque sea un imbécil del peor sitio de donde se puede ser tonto. ¿Que cuál es ese sitio? Pues, tras pedir disculpas al tener que rozar, por primera vez, eso sí, el terreno escatológico, he de decir que el lugar corporal donde se desarrolla su memez es el culo. Porque de la cabeza no, ya que, aunque sea poco, algunos la suelen utilizar de vez en cuando. De los cataplines tampoco, porque el folgar no se hace muy a menudo. Pero excretar sí que es un acto de práctica diaria, salvo que uno se vea muy afectado de estiptiquez. Nos queda la voluntad, que es, a mi pobre juicio, de las tres, la que más influye en nuestro comportamiento. Y para hablar de ella ¿qué mejor que aconsejar la lectura de La voluntad? Pues aun cuando se toma a veces como algo muy positivo (pensemos en la sobrevaloración de voluntarioso sobre abúlico) hay también muchos anárquicos, y, por último, Azorín nos muestra, en esta su primera novela de 1902, cómo existe una gran tendencia en las personas a buscar las soluciones fáciles, a la aceptación del propio ethos e incluso una pérdida de interés por el encanto de vivir y, llevadas por su gran timidez, el deseo pasar desapercibidas en muchas ocasiones. Buscando un algo que corrobore esa desgana, ese nonchalance, que acabo de decir, te sugiero querido amigo, que leas también, una vez más, la inconmensurable poesía “Adelfos” que Manuel Machado dedicó a Unamuno y que es para mí, sin duda alguna, la mejor de toda la obra del poeta sevillano. En ella, tras decirnos su procedencia, su actual estado: “…¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir!.., pasa a exponer luego sus limitadas aspiraciones, para acabar de esta forma tan maravillosa: “..Mi voluntad se ha muerto una noche de luna, en que era muy hermoso no pensar ni querer… De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna. ¡El beso generoso que no he de devolver! Ramón Serrano G. Abril de 2015

viernes, 27 de marzo de 2015

El tranvía

Nunca consigo recordar como llegó hasta mí esta curiosa historia que narra cómo, en el primer tercio del siglo XX, y dentro del recinto de un antiquísimo convento de clausura asentado en los páramos de la vieja Castilla, estaba un tanto alterada la rutinaria vida de los casi cuarenta monjes que lo habitaban. Habitual, y monótonamente, esta convivencia transcurría pacíficamente del rezo al tajo y del tajo al rezo, con una no muy extensa visita nocturna a la celda y tres cortísimas al refectorio. Y no es que en esos días hubieran cambiado esas actividades, pero el pensamiento de los frailes no se apartaba un momento del dormitorio de fray Teodoro, el más viejo de todos ellos, y al que todos apreciaban grandemente, por su trato afable, la bondad de su ser y porque llevaba en el monasterio desde su infancia (había sido abandonado en el torno cuando contaba sólo unos días). Pero ahora el pobre, víctima de una fuerte pulmonía, estaba consumiendo sus últimas jornadas en este valle de lágrimas. Se le veía, los que le podía ver, muy desmazalado, y sólo le aliviaba un algo el bálsamo de estoraque, puesto que el de linaza limón y miel ya no le remediaba en nada su penosa situación. El prior tenía severamente prohibidas las visitas, tanto por un fuerte miedo al contagio, como porque ningún asunto terrenal podía alterar los modos y conductas monacales previamente establecidos, amén de las severas restricciones comunicativas impuestas por el código de la orden. Los monjes eran informados del estado de su compañero dos veces al día a través del hermano portero, antes de la misa matinal y después del rezo de Vísperas. Sin embargo, esa mañana la estricta regla del silencio había sido transgredida por casi todos para, con bisbiseos entrecortados, comentar que, en la tarde de ayer, el viejo cenobita había aprovechado la visita que diariamente le hacía el prior para decirle: -Padre, todos sabemos que la muerte está llamando a mi puerta, y no me importa porque son ya muchos los años que tengo y creo hallarme a bien con los preceptos de Nuestro Señor. Pero quisiera antes de irme con ella, y si es posible, conocer dos cosas que me han tenido intrigado toda la vida y que por prudencia, y por no faltar a las reglas monasteriales, no he querido tratar de saber nunca. Oí hablar de ellas cuando era casi un niño, y sólo supe que el uso o la cercanía de ambas, o de una y otro por separado, suponía siempre un grave riesgo para el hombre. - Y ¿cuáles son esas dos cosas que tan intrigado le tienen hermano? preguntó el abad. - Sólo se su nombre ya que desconozco por completo su naturaleza. Son, no se asombre, la mujer y el tranvía, pero le digo, padre, que dado que tengo plena certeza, por lo oído, del enorme peligro que entraña su cercanía y su trato, prefiero irme al otro mundo sin calmar mi curiosidad antes que poner en peligro mi alma. -Hermano, no le prometo nada en firme, pero sí que trataremos de atender su ruego hasta el punto que sea posible. Que pase una feliz noche. Y esa misma tarde, antes de Completas, reunió el prior a………. y tras exponerle la petición recibido les rogó consejo con la intención de satisfacerla en lo posible. Y al poco de dialogar, el hermano Jeremías, el bibliotecario, dijo: -Creo que ya tengo una solución, aunque sea a medias, pero todos sabemos que es imposible complacerle en sus dos peticiones. Podríamos hablar mañana con esa mujeruca que tiene un huertecillo junto al convento y ver si tuviese la amabilidad de visitarle un momento. -Pero si es una mujer con casi setenta años, algo coja y con menos dientes que un pollo, dijo fray Lorenzo, el encargado del refectorio, quien la conocía ya que la pobre regalaba con frecuencia patatas al monasterio. -Pues ya me dirá, hermano, qué otra cosa podemos hacer. Pronto todos dieron su aquiescencia dado que, a todas luces, era la solución más factible y sencilla. Al día siguiente el hermano Jeremías, acompañado de un lego, visitó a la buena mujer, y tras exponerle, a medias, la cuestión, logro la ansiada colaboración ya que ella se prestó de inmediato y de buena gana a la ejecución del favor. Y esa misma tarde se presentó en el convento ataviada con un pañuelo a la cabeza, una pelerina a los hombros, saya de percal y medias de lana. Tras ser recibida por el hermano portero, se unió a un grupo formado por el abad, el hermano Jeremías y el hermano , los cuales, a través de los pasillo claustrales llegaron hasta la celda del anciano enfermo. Adelantándose el prior, abrió la puerta del cuarto y con su mejor sonrisa dijo: -Hermano Teodoro, aunque como usted sabe, su petición era harto difícil de complacer, hemos conseguido, al menos, la mitad de lo demandado, así que antes de morir podrá darse la satisfacción de conocer, una de las dos cosas que anhelaba. Aquí la tiene. Y haciéndose a un lado, dio paso a los dos frailes los cuales, nada más entrar se pusieron a un lado junto a la pared y dejaron sola en el arco de la puerta a la pobre hortelana, que indecisa, pero siguiendo las indicaciones de los frailes, avanzó un poco hasta el interior de la celda. Dio un: -Buenas tardes, inaudible y quedose parada. Entonces el enfermó observándola fijamente, se incorporó un algo, se restregó varias veces los párpados, miró alternativa y repetidamente a los monjes y a la mujer, para después, tras juntar las manos, cruzar los dedos y levantar los ojos al techo, se dejó caer en el camastro y exclamó con todo el sentimiento de su alma: -Gracias Dios mío. Ya no me muero sin haber visto un tranvía. Ramón Serrano G.

jueves, 12 de marzo de 2015

Ir y volver

- Por lo que te tengo oído en el mucho tiempo que llevamos juntos, creo adivinar Luis, que conoces toda España. Entonces, si alguien te pidiera que le recomendases la visita a algún lugar, ¿cuál o cuáles, elegirías? - Difícil me lo pones, Luca, ya que hay tantos y tantos, que no sabría escoger algunos sin que esto supusiera detrimento para otros. Tan es así, que acabaría por no tomar partido. Tenemos la inmensa fortuna de vivir en un país colmado de bellezas geográficas de todo tipo. Y ¿qué escoges? si aquí hay de todo: sol, playas, montañas, nieve, ríos, valles. Al igual poseemos una riqueza arquitectónica verdaderamente fantástica, tanto antigua como moderna, y, a la par, tanto religiosa como civil. Y por qué no hablar de nuestra gastronomía, de una variedad y exquisitez casi únicas. -Por otra parte, tendría que saber asimismo las preferencias o el interés concreto de quien me preguntara. Porque no todos los gustos son iguales, ni debemos valorarlos subjetivamente, aunque ese es un acto tan absurdo como generalizado. Hay a quien le agrada la playa y a otros las alturas; a unos lo rural, lo bucólico, y a otros, más urbícolas, la albórbola y el tráfago. Pero lo malo no es eso. Lo malo es que la mayoría no dice: a mí me gusta esto más que aquello, sino que suele laudar lo que a él le place y, si no denostar, sí menospreciar lo que no es de su preferencia. Pensemos igualmente en otras circunstancias intrínsecas del viajero, como son la distancia, el tiempo, e incluso, el costo económico del destino. Así Z iría de buena gana a AAA, pero está demasiado lejos. X lo haría a BBB, pero aquello es demasiado frío para su salud. W se estaría unos días en CCC, pero esa es una zona muy cara. Y hay que valorar también el interés estrictamente personal por algún motivo justificado. Un ejemplo: DDD es lugar precioso, pero lo es más para V, ya que allí se casaron sus padres, o nacieron sus abuelos. - Pero sí quiero añadir un matiz a esto de la belleza de los lugares. Y es algo en lo que no piensan los más, pero que es trascendente para la visita a un determinado sitio, independientemente del atractivo de sus paisajes, la benignidad de su climatología, o la grandiosidad de sus monumentos. Me estoy refiriendo al trato que los lugareños dan a aquellos que los visitan. Porque has de saber, Luca, que los lugares, como las personas y como las cosas, no son lo que son por ellos solos, o sea, por su eseidad, sino por un cúmulo de circunstancias que hay en su derredor. Unas banales, pero otras tan sustanciales, que condicionan, e incluso, alteran su mesmedad. Ya sabes, aquella frase del gran Ortega y Gasset que hemos comentado varias veces: Yo soy yo y mis circunstancias. - Porque a los lugares les ocurre, que aquello que les da una gran y auténtica magnitud, no es tan sólo que se quiera ir a ellos. Lo que los hace destacar, verdaderamente, es que se quiera volver. Les pasa como a otras muchas cosas, que primero acudes a ellas por simple curiosidad, y una vez probadas, si repites, es porque han sido de tu agrado. La gente hoy en día, con el turismo, las mejoras sociales, etc., ha postergado el sedentarismo y se lanza a calmar su necesidad de conocimientos geográficos, hasta el punto de que vayas donde vayas, aunque sea al último rincón, siempre encontrarás allí a alguien que, al igual que tú, ha sentido la necesidad de conocer algo que no había visto antes, o de repetir lo ya apreciado. - Pero se debe tener siempre presente lo que acabo de decirte. Lo potísimo en esto de acudir a los pueblos y rincones, es el volver , que no ya el ir. Porque la ida puede hacerse por varias razones: deseo de ver y saber; simple fisgoneo; un cierto modo de pasar unos días, o incluso la boba presunción de haber viajado mucho. Mas el regreso y, sobre todo, si es reiterado, es porque en aquel punto te han tratado bien, te has sentido a gusto. Quiero que sepas que una ciudad, La Coruña, a la que yo quiero muchísimo, adoptó como eslogan publicitario: La ciudad en la que nadie es forastero, haciendo ver a los posibles viajeros que se quisieran acercar a ella, que allí estarían como en su propia casa. Y era, y es, gran verdad. - Y te diré por último, que al igual que con esto de las excursiones, sucede con todo en la vida. Tornamos, y retornamos al café en donde nos atienden bien y con los amigos con los que congeniamos. Así, las gentes van aquí y allá, pero vuelven únicamente adonde antes fueron bien acogidas y esmeradamente tratadas. Que si en su primera visita a un punto les hubiesen descargado un masculillo, o les hubieran tratado con exabruptos y dicterio, o dicho de otra forma, de haber sido verberadas de palabra u obra, maldecirían la hora en que decidieron poner pie en él. No lo olvides, Luca, bueno es querer ir, pero es mucho mejor querer volver. Ramón Serrano G. Marzo de 2015

martes, 10 de marzo de 2015

Afrodita no,...Isis (y II)

… la muchacha respondía siempre a esos impenitentes embistes de forma invariable, del mismo modo que lo hiciera el primer día: negándose rotundamente a todas sus lascivas pretensiones, por nimias que estas fueran, y tratando de razonar sus contumaces rechazos, tanto por su lujuriosa eseidad, como por su enfrentamiento radical con la forma de ser y de procedimiento que ella tenía. A él, con tanta oposición, se lo llevaban los demonios, y como habitualmente se reunía con su amigo Esteban, no cesaba de contarle sus andanzas y pedirle consejo. Pero las recomendaciones de este siempre eran las mismas: -Mira Adolfo, pienso que te estás embarrancando demasiado en ese barrizal, y la cosa, la verdad, no merece tanto empeño. Al fin y a la postre no aspiras más que a realizar un acto que, tal vez, y después de tanto esfuerzo, no te produzca una gran satisfacción. Además, estás viendo que la chica no es una furcia y que mantiene constantemente su honor. Déjala y dedícate a tu trabajo y a otras diversiones más pacíficas y placenteras. -Pues no. No voy a dejar que se salga con la suya. A esa la tengo que conseguir sea como sea. Y a eso se dedicó en cuerpo y alma en los siguientes meses, lo que le produjo un cambio en su estado físico y síquico y en su conducta que hasta su propia madre lo veía raro. Un día lo llama aparte y le dijo: -Hijo ¿qué te ocurre? Vas nervioso de un lado para otro, pareces como perdido, y estás en la casa muchas horas, como buscando, como preparando algo, y te diré más: me da la impresión de que al venir a casa lo haces en unos momentos en los que tu padre y yo, o no estamos, o nos hemos retirado ya a nuestras habitaciones. -No me pasa nada madre, no te preocupes. Son cosas del trabajo. Y esperando a que se marchase a sus entretenimientos hogareños, se fue en busca de Ludivinia, a la que encontró en la sala de planchar, y a la que volvió a requerir con insistencia. Esta le volvió a negar todas sus peticiones rotundamente, por lo que él la amenazó con despedirla del trabajo y utilizar todas sus influencias para obstaculizar que pudiese encontrar otro en el pueblo. A lo que la muchacha le contestó: -No me agradaría perder este trabajo porque aprecio mucho a sus padres, que además de lo bien que se portan conmigo, me pagan generosamente. Pero ya sé lo que es pasar hambre, y lo mismo que tuve que dejar mi país, dejaré este pueblo y buscaré en otro. Pero nunca me conseguirá usted. Nuestro hombre tuvo que irse desquiciado y esa tarde, en el café volvió a sacarle el tema a Esteban, el cual, tras un momento le dijo: -Creo que tengo una solución a tu problema. Vas a estar quince días sin pensar en ello, ni hacer ninguna otra intentona. Pasado ese tiempo, volveremos a hablar de este asunto y le daremos solución. O eso espero. Aceptó Adolfo, aunque de mala gana, y durante esas dos semanas no hizo nada como había prometido, pero tampoco se le fue la idea de la cabeza. Pasado este tiempo volvieron a reunirse. -El tuyo es un sencillo problema de enfoque. Te dije un día que a esa mujer la habías visto siempre como Afrodita, y estabas obsesionado por sus faldas y la manera de levantárselas. Pero ¿por qué no te paras a pensar en que, en el fondo, tú lo que estás deseando es verla como a Isis? Me explico. Isis, en la cosmogonía heliopolitana era la más prominente esposa y la madre arquetípica. Por eso la llamaron de distintas maneras: “Gran diosa madre”, “La fuerza fecundadora de la Naturaleza”, entre otros muchos epítetos, pues fue muy venerada. Aparece por primera vez en la V dinastía de Egipto y el último templo se le construyó en la isla de File a unos diez kilómetros de Asuán. Isis es el auténtico símbolo femenino, la diosa madre, el poder mágico supremo de la feminidad. -Y quiero decirte con esto, prosiguió, que tú llevas ya mucho tiempo mirándola así; no ya como un simple capricho, o como un oscuro objeto del deseo, que diría Buñuel, sino como a Isis, como el símbolo de la mujer admirable y la madre de tus hijos. En pocas palabras: te has enamorado de ella. No, no pongas esa cara de extrañeza. Te has enamorado de ella, repito. En ella has encontrado el Amor. Pero no al estilo de Jardiel Poncela que nos decía que amor se escribe sin h, porque era algo trivial e intrascendente, sino sabiendo que el verdadero amor, ese que estás empezando a sentir sin saberlo, tiene la grandeza de hijos, hermanos, historia, honra o heroicidad. Tiene todo el derecho a escribirse con h. Y ahora, piensa detenidamente en lo que te acabo de decir, porque en estas cosas debes seguir aquél consejo, también de Jardiel, que decía que cuando tiene que decidir el corazón, es mejor que decida la cabeza. Marchose Esteban y quedose Adolfo, dando mil y una vueltas en su caletre al meollo de lo que acababa de escuchar, y viendo que, cuanto más pensaba en ello, en ello encontraba más visos de verosimilitud. Que esto era potísimo, toral. Sin duda alguna, la decisión más importante que había tenido que adoptar nunca. Y así, tomándoselo con calma, se dio un mes de plazo para rebinar tranquilamente, antes de elegir un camino u otro. Pasado, más o menos, este tiempo, una mañana se presentó en casa de sus padres a la hora en que sabía que ambos estarían en el salón, una con sus labores y el otro leyendo. Buscó a Ludivina y le pidió que lo acompañase, y una vez allí, se dirigió a los tres con estas palabras: -Es posible que esto que voy a hacer no lo haya hecho antes nadie, pero tampoco pasa nada por ello. Y es que voy a aprovechar las palabras para comunicaros a vosotros dos una cosa y, al mismo tiempo, pedírtela a ti. Escuchadme bien: quiero casarme contigo Lu. Tras haberlo meditado durante algún tiempo, he llegado a la conclusión de que no hay nada en este mundo que me importe y que me agrade más. Perdóname por no habértelo pedido a solas como es lo habitual y vosotros por no habéroslo anticipado. Has de saber Lu, que el obrar de esta manera no condiciona, para nada, tu contestación, que te pido decidas con la mayor libertad. He acudido demasiadas veces a ti con unas pretensiones burdas y rastreras. Sé que no podrás olvidarlo, pero inténtalo al menos. Hoy vengo a suplicarte que seas mi esposa, y hasta que lo seas, te respetaré tratándote como mereces y siempre has merecido. -Podría haber escogido a otra con más dinero, o con estudios, o con mejor posición social, pero ninguna tan honrada como tú, ni que quisiera a mis padres como tú los quieres, y como ellos te quieren a ti. Y eso para mí es muy importante. He pensado también que, si acedes, podríamos vivir todos en esta casa, y no sería por ahorrarnos una fámula, que buscaremos a otra, por supuesto, sino por vivir los cuatro juntos, haciéndonos mutua compañía. Bueno los cuatro, de momento. Luego los que puedan venir… Ramón Serrano G. Febrero de 2015

Afrodita no, ...Isis (I)

Cuando ya había sentado a sus padres en el coche, Adolfo volvió a la casa y remoloneó dentro de ella con unos papeles hasta que, haciéndose el encontradizo, vio a Ludivina en el pasillo y le dijo en voz muy queda: -Esta noche volveré para hablar contigo, y para algo más si quieres. En el viaje de regreso casi se jugó la vida en la carretera, y dando las once entró en la casa, encontrándola en completo silencio y a oscuras. Llamó varias veces a Ludivina, y no obteniendo respuesta alguna, se fue hasta su habitación y dio unos toques en la puerta. Al no tener contestación, la abrió, comprobando que no había nadie, lo que le produjo un enfado tremendo. Sacó el móvil, y la llamó. -¿Se puede saber dónde estás?...-Pero tú sabes muy bien que deberías estar aquí, en esta casa, cumpliendo con tu trabajo…-Bueno, pues mañana, a las diez en punto, te quiero aquí, para hablar de algo muy importante. No faltes bajo ningún pretexto. Con puntualidad inglesa, y en compañía de una amiga, llegó la joven a la casa al día siguiente. Al ver que no venía sola, Adolfo, que estaba esperándola sentado en un sillón del hall, le habló en un tono iracundo: -¿A qué viene eso de traerte a una amiga? Quiero hablar contigo de algo muy serio (bueno, hablar y algo más como te dije), de algo que nos atañe a los dos y de lo que no tiene por qué enterarse nadie. Pasa al salón que charlemos, y tu amiga que espere aquí. Eso hicieron, y, una vez dentro, el hombre cambió el gesto y el habla como por encanto. Se acercó mucho a ella y, casi susurrando, le dijo: -Lu, ¿me permites que te llame así? Divina ya lo eres para todos, pero Lu lo serás sólo para mí. Bueno, tú sabes que yo te aprecio mucho y por eso me gustaría que no fueses tan arisca conmigo, sino un poco, o un mucho, más cariñosa y condescendiente. Si fuese así, yo te gratificaría cuantiosamente, y los dos seríamos muy felices. -¿Para decirme eso es por lo que me ha llamado? -Eso, y que tienes una boca muy bonita. Bueno, y unos ojos, y una figura, y unas piernas preciosas. Y me imagino que también lo serán otras cosas que aún no he visto, pero que estoy deseando ver...y acariciar. Diciendo esto intentó acercarse demasiado a ella, pero esta, dando un respingo, se apartó con rapidez y le dijo: -Oiga bien, don Adolfo, lo que voy a decirle. Usted me merece todo el respeto del mundo por ser el hijo de sus señores padres que son eso, unos auténticos señores en toda la extensión de la palabra. Pero no me pida nada como persona, porque no estoy dispuesta a concederle ni un tanto así. Usted diríjase a las señoritas de su posición y déjeme en paz a mí, que soy tan sólo una sirvienta, pero estimo que debe para conmigo una consideración que, a la vista está, no me dispensa. Piense también que lo que usted pretende no es más que un escaso rato de placer, que por eso me hace carantoñas y cirigañas, y halaga mis oídos con frases lagoteras, pero que todo ello no es nada más que un puro trámite para calmar la pasión y el deseo y quiere conseguirlo a expensas de que yo pierda mi honradez, y con ella mi propia estima. Por favor le ruego, es más le suplico, que deje de acosarme y me deje seguir con mi trabajo en paz. Y dicho esto, dio media vuelta y salió de la sala y luego de la casa. Él, ante la negativa, ante el fracaso de un lance en que esperaba triunfar muy fácilmente, quedó de un humor de perros. Acudió pronto al bar de costumbre, y en cuanto vio a su amigo íntimo le contó lo ocurrido. -Mira Esteban, me jode, no el que me haya dicho que no, pues era raro que accediese a las primeras de cambio, pero me fastidia más el pensar que tal vez lo haya hecho para encelarme y que yo siga insistiendo cada vez con más gana y con ello sacarme el oro y el moro. ¿tú que piensas? -Pienso que tú, mi querido amigo, quieres ser con las mujeres como tu héroe Don Juan, que tardaba un día para enamorarlas, otro para conseguirlas, …, dos para sustituirlas, y una hora para olvidarlas. Yo, que te conozco bastante bien, y tú lo sabes, puedo decir de ti que, siendo como eres un muy fiel seguidor de Baco, pero con mesura y sensatez, sin embargo pierdes el juicio de un modo exagerado por las sayas de Afrodita. Y esta Eros, que así es como deberíamos llamarla y no Afrodita, no debemos olvidar que es la soez obsesión de los casanovas y donjuanes, que sólo piensan en la mujer como algo con lo que refocilarse un rato, el tiempo justo que dura la eyección de su lujuria. -Me pides mi opinión, prosiguió Esteban, sobre la conducta ante tu acoso de esa mujer de nombre extraño y latino, y, si he de serte sincero, yo no creo que esté negándose a tu deseo para incitarte y conseguir algo importante de ti. Siempre que la he visto en casa de tus padres me ha parecido una mujer seria y buena, pero ha sido tan poco el trato que he tenido con ella que no quiero emitir juicio alguno sobre su rectitud o su impudicia. Obra como creas oportuno, pero, si puedes, pon freno a tu libido y mira de no equivocarte. -Pues ya tengo pensado lo que haré. Aunque me haya mostrado su carita de niña buena, esa no se me va a escapar, como no se me han escapado otras muchas. Además, es sabido que las empresas difíciles son más deseables y apetitosas. Por ello la seguiré abordando hasta que la consiga, y la conseguiré, me cueste lo que me cueste. Al final venceré en mi propósito. Ya lo verás. Y para celebrar, de antemano, ese triunfo, hoy pago yo los vinos. Y durante varios meses, Adolfo intentó por todos los medios convencer a Ludivina para que accediera a sus propuestas. La acechaba en los pasillos, en la cocina, donde fuese, siempre aprovechando que sus padres estuviesen en su alcoba, o fuera de la casa. Le hizo promesas de todo tipo (todas ellas poco creíbles), le ofreció regalos, la aduló cuanto pudo y se mostró ante ella de mil formas y maneras, dominado siempre por su desaforada obsesión carnal. Pero… Ramón Serrano G. Febrero de 2015