jueves, 9 de abril de 2015
Las potencias
“Es la voluntad de vivir lo que nos hace temer a la muerte”.- Schopenhauer.
Aunque son sobradamente conocidas las tres potencias del alma, repitámoslas, aunque sea en un epítome, por aquello de que siempre puede que haya por ahí un desmemoriado, alguien abúlico, o algún inepto. La mayoría es plenamente sabedora de que aquellas son la memoria, el entendimiento y la voluntad, y que, gracias a ellas, el ser humano es capaz de hacer funcionar su intelecto con mayor o menor acierto, dependiendo esto, en muy alto grado, del modo cómo las utilice. Son, no lo olvidemos, y como distinguía el dominico Doctor Angélico, las facultades incorpóreas que todos poseemos.
La primera de ellas, la memoria, es la que, aparentemente, nos resulta de más grande utilidad en el ejercicio de nuestras tareas cotidianas, ya que, por una auto anamnesis, solemos rememorar de fácil manera aquello que hicimos con anterioridad, y, sobre todo, si no lo hicimos bien y por ello sufrimos algún quebranto físico, o de cualquier otra clase. Pensemos en aquello de la letra con sangre entra. Y, pidiendo disculpas a quien pudiera darse por aludido, reafirmo lo antedicho de que sabemos aprender de lo hecho ayer, con aquel refrán que sentencia que: al burro y al cochino, una vez el camino. Con todo, la memoria, a la que alguien con algo de mala uva definió como el talento de los tontos, no es la primera que suele fallarnos, pero sí que es a la que antes echamos en falta y a la que, con mayor frecuencia culpamos de nuestro estar in albis, cuando de nuestro calendario se han arrancado muchas hojas.
Parece, entonces, un artilugio al que no han pasado todas las revisiones precisas, y falla, y falla y falla, lo mismo que otras cosas duran, y duran, y duran. Pero los fallos, ya se sabe, tienen como peor condición su inoportunidad, ya que, como también se sabe, se producen siempre cuando más necesitamos de su ayuda, para llegar luego con retraso, como cualquier tren español de mediados del pasado siglo.
El entendimiento es esa facultad con la que parece ser que se comprende y se razona, y de la que he oído decir, que algunos la tienen un poco desarrollada, muy pocos lo bastante, aunque me consta que la mayoría de los mortales la mantenemos en un grado de atrofia increíble. Tan es cierto lo dicho, que así nos ha ido y nos va como nos va. De modo lamentable. Para cerciorarse de ello, sólo hay que ver el comportamiento humano, desde in illo témpore hasta el día de hoy. Arraso tus tierras porque para eso soy más poderoso que tú; me otorgo el derecho de pernada, porque para eso soy conde; te asesino porque no crees en mi dios, o me hacen ministro porque he logrado un puñado de votos, aunque sea un imbécil del peor sitio de donde se puede ser tonto. ¿Que cuál es ese sitio? Pues, tras pedir disculpas al tener que rozar, por primera vez, eso sí, el terreno escatológico, he de decir que el lugar corporal donde se desarrolla su memez es el culo. Porque de la cabeza no, ya que, aunque sea poco, algunos la suelen utilizar de vez en cuando. De los cataplines tampoco, porque el folgar no se hace muy a menudo. Pero excretar sí que es un acto de práctica diaria, salvo que uno se vea muy afectado de estiptiquez.
Nos queda la voluntad, que es, a mi pobre juicio, de las tres, la que más influye en nuestro comportamiento. Y para hablar de ella ¿qué mejor
que aconsejar la lectura de La voluntad? Pues aun cuando se toma a veces como algo muy positivo (pensemos en la sobrevaloración de voluntarioso sobre abúlico) hay también muchos anárquicos, y, por último, Azorín nos muestra, en esta su primera novela de 1902, cómo existe una gran tendencia en las personas a buscar las soluciones fáciles, a la aceptación del propio ethos e incluso una pérdida de interés por el encanto de vivir y, llevadas por su gran timidez, el deseo pasar desapercibidas en muchas ocasiones.
Buscando un algo que corrobore esa desgana, ese nonchalance, que acabo de decir, te sugiero querido amigo, que leas también, una vez más, la inconmensurable poesía “Adelfos” que Manuel Machado dedicó a Unamuno y que es para mí, sin duda alguna, la mejor de toda la obra del poeta sevillano. En ella, tras decirnos su procedencia, su actual estado:
“…¡Que la vida se tome la pena de matarme, ya que yo no me tomo la pena de vivir!.., pasa a exponer luego sus limitadas aspiraciones, para acabar de esta forma tan maravillosa:
“..Mi voluntad se ha muerto una noche de luna,
en que era muy hermoso no pensar ni querer…
De cuando en cuando un beso, sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!
Ramón Serrano G.
Abril de 2015
viernes, 27 de marzo de 2015
El tranvía
Nunca consigo recordar como llegó hasta mí esta curiosa historia que narra cómo, en el primer tercio del siglo XX, y dentro del recinto de un antiquísimo convento de clausura asentado en los páramos de la vieja Castilla, estaba un tanto alterada la rutinaria vida de los casi cuarenta monjes que lo habitaban. Habitual, y monótonamente, esta convivencia transcurría pacíficamente del rezo al tajo y del tajo al rezo, con una no muy extensa visita nocturna a la celda y tres cortísimas al refectorio.
Y no es que en esos días hubieran cambiado esas actividades, pero el pensamiento de los frailes no se apartaba un momento del dormitorio de fray Teodoro, el más viejo de todos ellos, y al que todos apreciaban grandemente, por su trato afable, la bondad de su ser y porque llevaba en el monasterio desde su infancia (había sido abandonado en el torno cuando contaba sólo unos días). Pero ahora el pobre, víctima de una fuerte pulmonía, estaba consumiendo sus últimas jornadas en este valle de lágrimas. Se le veía, los que le podía ver, muy desmazalado, y sólo le aliviaba un algo el bálsamo de estoraque, puesto que el de linaza limón y miel ya no le remediaba en nada su penosa situación.
El prior tenía severamente prohibidas las visitas, tanto por un fuerte miedo al contagio, como porque ningún asunto terrenal podía alterar los modos y conductas monacales previamente establecidos, amén de las severas restricciones comunicativas impuestas por el código de la orden. Los monjes eran informados del estado de su compañero dos veces al día a través del hermano portero, antes de la misa matinal y después del rezo de Vísperas.
Sin embargo, esa mañana la estricta regla del silencio había sido transgredida por casi todos para, con bisbiseos entrecortados, comentar que, en la tarde de ayer, el viejo cenobita había aprovechado la visita que diariamente le hacía el prior para decirle:
-Padre, todos sabemos que la muerte está llamando a mi puerta, y no me importa porque son ya muchos los años que tengo y creo hallarme a bien con los preceptos de Nuestro Señor. Pero quisiera antes de irme con ella, y si es posible, conocer dos cosas que me han tenido intrigado toda la vida y que por prudencia, y por no faltar a las reglas monasteriales, no he querido tratar de saber nunca. Oí hablar de ellas cuando era casi un niño, y sólo supe que el uso o la cercanía de ambas, o de una y otro por separado, suponía siempre un grave riesgo para el hombre.
- Y ¿cuáles son esas dos cosas que tan intrigado le tienen hermano? preguntó el abad.
- Sólo se su nombre ya que desconozco por completo su naturaleza. Son, no se asombre, la mujer y el tranvía, pero le digo, padre, que dado que tengo plena certeza, por lo oído, del enorme peligro que entraña su cercanía y su trato, prefiero irme al otro mundo sin calmar mi curiosidad antes que poner en peligro mi alma.
-Hermano, no le prometo nada en firme, pero sí que trataremos de atender su ruego hasta el punto que sea posible. Que pase una feliz noche.
Y esa misma tarde, antes de Completas, reunió el prior a………. y tras exponerle la petición recibido les rogó consejo con la intención de satisfacerla en lo posible. Y al poco de dialogar, el hermano Jeremías, el bibliotecario, dijo:
-Creo que ya tengo una solución, aunque sea a medias, pero todos sabemos que es imposible complacerle en sus dos peticiones. Podríamos hablar mañana con esa mujeruca que tiene un huertecillo junto al convento y ver si tuviese la amabilidad de visitarle un momento.
-Pero si es una mujer con casi setenta años, algo coja y con menos dientes que un pollo, dijo fray Lorenzo, el encargado del refectorio, quien la conocía ya que la pobre regalaba con frecuencia patatas al monasterio.
-Pues ya me dirá, hermano, qué otra cosa podemos hacer.
Pronto todos dieron su aquiescencia dado que, a todas luces, era la solución más factible y sencilla. Al día siguiente el hermano Jeremías, acompañado de un lego, visitó a la buena mujer, y tras exponerle, a medias, la cuestión, logro la ansiada colaboración ya que ella se prestó de inmediato y de buena gana a la ejecución del favor. Y esa misma tarde se presentó en el convento ataviada con un pañuelo a la cabeza, una pelerina a los hombros, saya de percal y medias de lana. Tras ser recibida por el hermano portero, se unió a un grupo formado por el abad, el hermano Jeremías y el hermano , los cuales, a través de los pasillo claustrales llegaron hasta la celda del anciano enfermo.
Adelantándose el prior, abrió la puerta del cuarto y con su mejor sonrisa dijo:
-Hermano Teodoro, aunque como usted sabe, su petición era harto difícil de complacer, hemos conseguido, al menos, la mitad de lo demandado, así que antes de morir podrá darse la satisfacción de conocer, una de las dos cosas que anhelaba. Aquí la tiene.
Y haciéndose a un lado, dio paso a los dos frailes los cuales, nada más entrar se pusieron a un lado junto a la pared y dejaron sola en el arco de la puerta a la pobre hortelana, que indecisa, pero siguiendo las indicaciones de los frailes, avanzó un poco hasta el interior de la celda. Dio un: -Buenas tardes, inaudible y quedose parada.
Entonces el enfermó observándola fijamente, se incorporó un algo, se restregó varias veces los párpados, miró alternativa y repetidamente a los monjes y a la mujer, para después, tras juntar las manos, cruzar los dedos y levantar los ojos al techo, se dejó caer en el camastro y exclamó con todo el sentimiento de su alma:
-Gracias Dios mío. Ya no me muero sin haber visto un tranvía.
Ramón Serrano G.
jueves, 12 de marzo de 2015
Ir y volver
- Por lo que te tengo oído en el mucho tiempo que llevamos juntos, creo adivinar Luis, que conoces toda España. Entonces, si alguien te pidiera que le recomendases la visita a algún lugar, ¿cuál o cuáles, elegirías?
- Difícil me lo pones, Luca, ya que hay tantos y tantos, que no sabría escoger algunos sin que esto supusiera detrimento para otros. Tan es así, que acabaría por no tomar partido. Tenemos la inmensa fortuna de vivir en un país colmado de bellezas geográficas de todo tipo. Y ¿qué escoges? si aquí hay de todo: sol, playas, montañas, nieve, ríos, valles. Al igual poseemos una riqueza arquitectónica verdaderamente fantástica, tanto antigua como moderna, y, a la par, tanto religiosa como civil. Y por qué no hablar de nuestra gastronomía, de una variedad y exquisitez casi únicas.
-Por otra parte, tendría que saber asimismo las preferencias o el interés concreto de quien me preguntara. Porque no todos los gustos son iguales, ni debemos valorarlos subjetivamente, aunque ese es un acto tan absurdo como generalizado. Hay a quien le agrada la playa y a otros las alturas; a unos lo rural, lo bucólico, y a otros, más urbícolas, la albórbola y el tráfago. Pero lo malo no es eso. Lo malo es que la mayoría no dice: a mí me gusta esto más que aquello, sino que suele laudar lo que a él le place y, si no denostar, sí menospreciar lo que no es de su preferencia. Pensemos igualmente en otras circunstancias intrínsecas del viajero, como son la distancia, el tiempo, e incluso, el costo económico del destino. Así Z iría de buena gana a AAA, pero está demasiado lejos. X lo haría a BBB, pero aquello es demasiado frío para su salud. W se estaría unos días en CCC, pero esa es una zona muy cara. Y hay que valorar también el interés estrictamente personal por algún motivo justificado. Un ejemplo: DDD es lugar precioso, pero lo es más para V, ya que allí se casaron sus padres, o nacieron sus abuelos.
- Pero sí quiero añadir un matiz a esto de la belleza de los lugares. Y es algo en lo que no piensan los más, pero que es trascendente para la visita a un determinado sitio, independientemente del atractivo de sus paisajes, la benignidad de su climatología, o la grandiosidad de sus monumentos. Me estoy refiriendo al trato que los lugareños dan a aquellos que los visitan. Porque has de saber, Luca, que los lugares, como las personas y como las cosas, no son lo que son por ellos solos, o sea, por su eseidad, sino por un cúmulo de circunstancias que hay en su derredor. Unas banales, pero otras tan sustanciales, que condicionan, e incluso, alteran su mesmedad. Ya sabes, aquella frase del gran Ortega y Gasset que hemos comentado varias veces: Yo soy yo y mis circunstancias.
- Porque a los lugares les ocurre, que aquello que les da una gran y auténtica magnitud, no es tan sólo que se quiera ir a ellos. Lo que los hace destacar, verdaderamente, es que se quiera volver. Les pasa como a otras muchas cosas, que primero acudes a ellas por simple curiosidad, y una vez probadas, si repites, es porque han sido de tu agrado. La gente hoy en día, con el turismo, las mejoras sociales, etc., ha postergado el sedentarismo y se lanza a calmar su necesidad de conocimientos geográficos, hasta el punto de que vayas donde vayas, aunque sea al último rincón, siempre encontrarás allí a alguien que, al igual que tú, ha sentido la necesidad de conocer algo que no había visto antes, o de repetir lo ya apreciado.
- Pero se debe tener siempre presente lo que acabo de decirte. Lo potísimo en esto de acudir a los pueblos y rincones, es el volver , que no ya el ir. Porque la ida puede hacerse por varias razones: deseo de ver y saber; simple fisgoneo; un cierto modo de pasar unos días, o incluso la boba presunción de haber viajado mucho. Mas el regreso y, sobre todo, si es reiterado, es porque en aquel punto te han tratado bien, te has sentido a gusto. Quiero que sepas que una ciudad, La Coruña, a la que yo quiero muchísimo, adoptó como eslogan publicitario: La ciudad en la que nadie es forastero, haciendo ver a los posibles viajeros que se quisieran acercar a ella, que allí estarían como en su propia casa. Y era, y es, gran verdad.
- Y te diré por último, que al igual que con esto de las excursiones, sucede con todo en la vida. Tornamos, y retornamos al café en donde nos atienden bien y con los amigos con los que congeniamos. Así, las gentes van aquí y allá, pero vuelven únicamente adonde antes fueron bien acogidas y esmeradamente tratadas. Que si en su primera visita a un punto les hubiesen descargado un masculillo, o les hubieran tratado con exabruptos y dicterio, o dicho de otra forma, de haber sido verberadas de palabra u obra, maldecirían la hora en que decidieron poner pie en él. No lo olvides, Luca, bueno es querer ir, pero es mucho mejor querer volver.
Ramón Serrano G.
Marzo de 2015
martes, 10 de marzo de 2015
Afrodita no,...Isis (y II)
… la muchacha respondía siempre a esos impenitentes embistes de forma invariable, del mismo modo que lo hiciera el primer día: negándose rotundamente a todas sus lascivas pretensiones, por nimias que estas fueran, y tratando de razonar sus contumaces rechazos, tanto por su lujuriosa eseidad, como por su enfrentamiento radical con la forma de ser y de procedimiento que ella tenía. A él, con tanta oposición, se lo llevaban los demonios, y como habitualmente se reunía con su amigo Esteban, no cesaba de contarle sus andanzas y pedirle consejo. Pero las recomendaciones de este siempre eran las mismas:
-Mira Adolfo, pienso que te estás embarrancando demasiado en ese barrizal, y la cosa, la verdad, no merece tanto empeño. Al fin y a la postre no aspiras más que a realizar un acto que, tal vez, y después de tanto esfuerzo, no te produzca una gran satisfacción. Además, estás viendo que la chica no es una furcia y que mantiene constantemente su honor. Déjala y dedícate a tu trabajo y a otras diversiones más pacíficas y placenteras.
-Pues no. No voy a dejar que se salga con la suya. A esa la tengo que conseguir sea como sea.
Y a eso se dedicó en cuerpo y alma en los siguientes meses, lo que le produjo un cambio en su estado físico y síquico y en su conducta que hasta su propia madre lo veía raro. Un día lo llama aparte y le dijo:
-Hijo ¿qué te ocurre? Vas nervioso de un lado para otro, pareces como perdido, y estás en la casa muchas horas, como buscando, como preparando algo, y te diré más: me da la impresión de que al venir a casa lo haces en unos momentos en los que tu padre y yo, o no estamos, o nos hemos retirado ya a nuestras habitaciones.
-No me pasa nada madre, no te preocupes. Son cosas del trabajo.
Y esperando a que se marchase a sus entretenimientos hogareños, se fue en busca de Ludivinia, a la que encontró en la sala de planchar, y a la que volvió a requerir con insistencia. Esta le volvió a negar todas sus peticiones rotundamente, por lo que él la amenazó con despedirla del trabajo y utilizar todas sus influencias para obstaculizar que pudiese encontrar otro en el pueblo. A lo que la muchacha le contestó:
-No me agradaría perder este trabajo porque aprecio mucho a sus padres, que además de lo bien que se portan conmigo, me pagan generosamente. Pero ya sé lo que es pasar hambre, y lo mismo que tuve que dejar mi país, dejaré este pueblo y buscaré en otro. Pero nunca me conseguirá usted.
Nuestro hombre tuvo que irse desquiciado y esa tarde, en el café volvió a sacarle el tema a Esteban, el cual, tras un momento le dijo:
-Creo que tengo una solución a tu problema. Vas a estar quince días sin pensar en ello, ni hacer ninguna otra intentona. Pasado ese tiempo, volveremos a hablar de este asunto y le daremos solución. O eso espero.
Aceptó Adolfo, aunque de mala gana, y durante esas dos semanas no hizo nada como había prometido, pero tampoco se le fue la idea de la cabeza. Pasado este tiempo volvieron a reunirse.
-El tuyo es un sencillo problema de enfoque. Te dije un día que a esa mujer la habías visto siempre como Afrodita, y estabas obsesionado por sus faldas y la manera de levantárselas. Pero ¿por qué no te paras a pensar en que, en el fondo, tú lo que estás deseando es verla como a Isis? Me explico. Isis, en la cosmogonía heliopolitana era la más prominente esposa y la madre arquetípica. Por eso la llamaron de distintas maneras: “Gran diosa madre”, “La fuerza fecundadora de la Naturaleza”, entre otros muchos epítetos, pues fue muy venerada. Aparece por primera vez en la V dinastía de Egipto y el último templo se le construyó en la isla de File a unos diez kilómetros de Asuán. Isis es el auténtico símbolo femenino, la diosa madre, el poder mágico supremo de la feminidad.
-Y quiero decirte con esto, prosiguió, que tú llevas ya mucho tiempo mirándola así; no ya como un simple capricho, o como un oscuro objeto del deseo, que diría Buñuel, sino como a Isis, como el símbolo de la mujer admirable y la madre de tus hijos. En pocas palabras: te has enamorado de ella. No, no pongas esa cara de extrañeza. Te has enamorado de ella, repito. En ella has encontrado el Amor. Pero no al estilo de Jardiel Poncela que nos decía que amor se escribe sin h, porque era algo trivial e intrascendente, sino sabiendo que el verdadero amor, ese que estás empezando a sentir sin saberlo, tiene la grandeza de hijos, hermanos, historia, honra o heroicidad. Tiene todo el derecho a escribirse con h. Y ahora, piensa detenidamente en lo que te acabo de decir, porque en estas cosas debes seguir aquél consejo, también de Jardiel, que decía que cuando tiene que decidir el corazón, es mejor que decida la cabeza.
Marchose Esteban y quedose Adolfo, dando mil y una vueltas en su caletre al meollo de lo que acababa de escuchar, y viendo que, cuanto más pensaba en ello, en ello encontraba más visos de verosimilitud. Que esto era potísimo, toral. Sin duda alguna, la decisión más importante que había tenido que adoptar nunca. Y así, tomándoselo con calma, se dio un mes de plazo para rebinar tranquilamente, antes de elegir un camino u otro.
Pasado, más o menos, este tiempo, una mañana se presentó en casa de sus padres a la hora en que sabía que ambos estarían en el salón, una con sus labores y el otro leyendo. Buscó a Ludivina y le pidió que lo acompañase, y una vez allí, se dirigió a los tres con estas palabras:
-Es posible que esto que voy a hacer no lo haya hecho antes nadie, pero tampoco pasa nada por ello. Y es que voy a aprovechar las palabras para comunicaros a vosotros dos una cosa y, al mismo tiempo, pedírtela a ti. Escuchadme bien: quiero casarme contigo Lu. Tras haberlo meditado durante algún tiempo, he llegado a la conclusión de que no hay nada en este mundo que me importe y que me agrade más. Perdóname por no habértelo pedido a solas como es lo habitual y vosotros por no habéroslo anticipado.
Has de saber Lu, que el obrar de esta manera no condiciona, para nada,
tu contestación, que te pido decidas con la mayor libertad. He acudido demasiadas veces a ti con unas pretensiones burdas y rastreras. Sé que no podrás olvidarlo, pero inténtalo al menos. Hoy vengo a suplicarte que seas mi esposa, y hasta que lo seas, te respetaré tratándote como mereces y siempre has merecido.
-Podría haber escogido a otra con más dinero, o con estudios, o con mejor posición social, pero ninguna tan honrada como tú, ni que quisiera a mis padres como tú los quieres, y como ellos te quieren a ti. Y eso para mí es muy importante. He pensado también que, si acedes, podríamos vivir todos en esta casa, y no sería por ahorrarnos una fámula, que buscaremos a otra, por supuesto, sino por vivir los cuatro juntos, haciéndonos mutua compañía. Bueno los cuatro, de momento. Luego los que puedan venir…
Ramón Serrano G.
Febrero de 2015
Afrodita no, ...Isis (I)
Cuando ya había sentado a sus padres en el coche, Adolfo volvió a la casa y remoloneó dentro de ella con unos papeles hasta que, haciéndose el encontradizo, vio a Ludivina en el pasillo y le dijo en voz muy queda:
-Esta noche volveré para hablar contigo, y para algo más si quieres.
En el viaje de regreso casi se jugó la vida en la carretera, y dando las once entró en la casa, encontrándola en completo silencio y a oscuras. Llamó varias veces a Ludivina, y no obteniendo respuesta alguna, se fue hasta su habitación y dio unos toques en la puerta. Al no tener contestación, la abrió, comprobando que no había nadie, lo que le produjo un enfado tremendo. Sacó el móvil, y la llamó.
-¿Se puede saber dónde estás?...-Pero tú sabes muy bien que deberías estar aquí, en esta casa, cumpliendo con tu trabajo…-Bueno, pues mañana, a las diez en punto, te quiero aquí, para hablar de algo muy importante. No faltes bajo ningún pretexto.
Con puntualidad inglesa, y en compañía de una amiga, llegó la joven a la casa al día siguiente. Al ver que no venía sola, Adolfo, que estaba esperándola sentado en un sillón del hall, le habló en un tono iracundo:
-¿A qué viene eso de traerte a una amiga? Quiero hablar contigo de algo muy serio (bueno, hablar y algo más como te dije), de algo que nos atañe a los dos y de lo que no tiene por qué enterarse nadie. Pasa al salón que charlemos, y tu amiga que espere aquí.
Eso hicieron, y, una vez dentro, el hombre cambió el gesto y el habla como por encanto. Se acercó mucho a ella y, casi susurrando, le dijo:
-Lu, ¿me permites que te llame así? Divina ya lo eres para todos, pero Lu lo serás sólo para mí. Bueno, tú sabes que yo te aprecio mucho y por eso me gustaría que no fueses tan arisca conmigo, sino un poco, o un mucho, más cariñosa y condescendiente. Si fuese así, yo te gratificaría cuantiosamente, y los dos seríamos muy felices.
-¿Para decirme eso es por lo que me ha llamado?
-Eso, y que tienes una boca muy bonita. Bueno, y unos ojos, y una figura, y unas piernas preciosas. Y me imagino que también lo serán otras cosas que aún no he visto, pero que estoy deseando ver...y acariciar.
Diciendo esto intentó acercarse demasiado a ella, pero esta, dando un respingo, se apartó con rapidez y le dijo:
-Oiga bien, don Adolfo, lo que voy a decirle. Usted me merece todo el respeto del mundo por ser el hijo de sus señores padres que son eso, unos auténticos señores en toda la extensión de la palabra. Pero no me pida nada como persona, porque no estoy dispuesta a concederle ni un tanto así. Usted diríjase a las señoritas de su posición y déjeme en paz a mí, que soy tan sólo una sirvienta, pero estimo que debe para conmigo una consideración que, a la vista está, no me dispensa. Piense también que lo que usted pretende no es más que un escaso rato de placer, que por eso me hace carantoñas y cirigañas, y halaga mis oídos con frases lagoteras, pero que todo ello no es nada más que un puro trámite para calmar la pasión y el deseo y quiere conseguirlo a expensas de que yo pierda mi honradez, y con ella mi propia estima. Por favor le ruego, es más le suplico, que deje de acosarme y me deje seguir con mi trabajo en paz.
Y dicho esto, dio media vuelta y salió de la sala y luego de la casa. Él, ante la negativa, ante el fracaso de un lance en que esperaba triunfar muy fácilmente, quedó de un humor de perros. Acudió pronto al bar de costumbre, y en cuanto vio a su amigo íntimo le contó lo ocurrido.
-Mira Esteban, me jode, no el que me haya dicho que no, pues era raro que accediese a las primeras de cambio, pero me fastidia más el pensar que tal vez lo haya hecho para encelarme y que yo siga insistiendo cada vez con más gana y con ello sacarme el oro y el moro. ¿tú que piensas?
-Pienso que tú, mi querido amigo, quieres ser con las mujeres como tu héroe Don Juan, que tardaba un día para enamorarlas, otro para conseguirlas, …, dos para sustituirlas, y una hora para olvidarlas. Yo, que te conozco bastante bien, y tú lo sabes, puedo decir de ti que, siendo como eres un muy fiel seguidor de Baco, pero con mesura y sensatez, sin embargo pierdes el juicio de un modo exagerado por las sayas de Afrodita. Y esta Eros, que así es como deberíamos llamarla y no Afrodita, no debemos olvidar que es la soez obsesión de los casanovas y donjuanes, que sólo piensan en la mujer como algo con lo que refocilarse un rato, el tiempo justo que dura la eyección de su lujuria.
-Me pides mi opinión, prosiguió Esteban, sobre la conducta ante tu acoso de esa mujer de nombre extraño y latino, y, si he de serte sincero, yo no creo que esté negándose a tu deseo para incitarte y conseguir algo importante de ti. Siempre que la he visto en casa de tus padres me ha parecido una mujer seria y buena, pero ha sido tan poco el trato que he tenido con ella que no quiero emitir juicio alguno sobre su rectitud o su impudicia. Obra como creas oportuno, pero, si puedes, pon freno a tu libido y mira de no equivocarte.
-Pues ya tengo pensado lo que haré. Aunque me haya mostrado su carita de niña buena, esa no se me va a escapar, como no se me han escapado otras muchas. Además, es sabido que las empresas difíciles son más deseables y apetitosas. Por ello la seguiré abordando hasta que la consiga, y la conseguiré, me cueste lo que me cueste. Al final venceré en mi propósito. Ya lo verás. Y para celebrar, de antemano, ese triunfo, hoy pago yo los vinos.
Y durante varios meses, Adolfo intentó por todos los medios convencer a Ludivina para que accediera a sus propuestas. La acechaba en los pasillos, en la cocina, donde fuese, siempre aprovechando que sus padres estuviesen en su alcoba, o fuera de la casa. Le hizo promesas de todo tipo (todas ellas poco creíbles), le ofreció regalos, la aduló cuanto pudo y se mostró ante ella de mil formas y maneras, dominado siempre por su desaforada obsesión carnal.
Pero…
Ramón Serrano G.
Febrero de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
DE su escasez, un poco
A los socios agricultores de la bodega almazara Virgen de las Viñas, de Tomelloso.
Quisiera aclarar, en el inicio, que estas palabras mías de hoy tienen como único fin el ponderar la actitud de un determinado grupo de personas, y que mi deseo exclusivo es que estas líneas sirvan para enaltecer el comportamiento de esos viñeros, empresarios y trabajadores de este pueblo, que como socios de la Bodega y Almazara Virgen de las Viñas, han decidido promocionar y premiar anualmente, y a nivel nacional, a escritores y pintores, lo que habla muy bien y da buen nombre a la entidad y al lugar.
Y hago esta declaración de principios porque para nada tengo que adular o dar coba al presidente de esa entidad, Rafael Torres Ugena, de quien partió la idea de instituir dichos premios, ya que el conocimiento que tengo de él desde hace muchos años me hace estar por encima de cualquier lisonja. Y hablo así porque así lo siento, como además digo que poco o nada entiendo de explotaciones agrícolas y mucho menos de cooperativismo, pero sé perfectamente que ese dinero, que por otra parte ignoro si es excesivo o escaso, está bien gastado en arte y no sería más beneficioso, económicamente hablando, si se dedicara a distintos menesteres o inversiones.
Lo que yo quiero decir a las claras y con mi mayor expresión de admiración y reconocimiento, es que observo como un gran grupo de viticultores ve con buenos ojos, y da su aprobación, a que una parte de sus ganancias, y algunos años de sus pérdidas, se destinen a la cultura. Que en los tiempos que corremos suele haber pocos mecenas y menos entre aquellos a los que no les caen los euros de bóbilis, sino que para ganarlos han de moverse y deprisa. Porque, como ya digo, poco sé de agricultura, pero llevo más de setenta años viviendo entre ella y no se me escapa, que por lo menos la de por estas tierras en que habitamos, no suele ser demasiado pródiga en rendimientos para quienes la cultivan. Que hay sitios en los que por la bondad del clima, la abundancia de agua, o la excelencia de los terrenos, los cultivos dan pingües rendimientos a quienes los laboran. Pero en esta Mancha de nuestros pecados en la que nos ha tocado vivir, sacarle un céntimo a la tierra cuesta lo que muchos no creeríamos si nos tocara pasarlo, pero que el agricultor lo sabe bien porque lo tiene muy sufrido. Labradores que se ven anualmente amenazados por espadas como el hielo, el pedrisco, el mildiu, la cenicilla (el oidio), el mal cernido, la polilla, el sapo (la piral), la araña roja, el acedo (la yesca), la podredura, e incluso los casi siempre bajos precios, que si no hacen desaparecer sus cosechas, al menos las disminuyen mucho, y con más frecuencia de lo que fuese deseable, de tal modo que a muchos de ellos les hacen vivir más veces de préstamos que de rentas.
Y sin embargo, y pese a todos estos riesgos, saben y quieren ayudar y promocionar al arte, y eso tiene un mérito excepcional. Porque es normal, como antes dije y hasta cierto punto, ver como quien obtiene el dinero en abundancia y sin demasiado esfuerzo, da un algo de lo suyo, muchas veces para figurar y otras por auténtica filantropía. Pero no es corriente, y de aquí mi sincero aplauso y reconocimiento, observar que a quienes les cuesta tanto ganarlo, no les importa conceder un poco de lo que tienen escaso, no con un fin crematístico, industrial, de investigación o de mejora de medios, sino para ver de conseguir en el presente y en el futuro buenos frutos y rendimientos culturales.
Y que esto lo haga uno, vale; pero que lo haga una agrupación entera, podríamos decir que todo un pueblo, puesto que esa cooperativa acoge al ochenta por ciento de los viticultores de la localidad, da idea de las altas miras y el buen criterio de sus asociados, que saben entregar al arte lo mejor de sí mismos. En realidad no debiera extrañarme esta actitud, ya que Tomillares es cuna de escritores y pintores insignes, de artistas de gran valía. Y eso no se da por casualidad, sino porque en la esencia del lugar y en el alma de sus habitantes, hay un gran componente de espiritualidad y una gran propensión hacia todo aquello que suponga satisfacción para el alma. Aquí hay quien pinta, quien escribe, quien compone o quien interpreta música o teatro. Y quien no puede hacer algo de eso colabora a medida de sus posibilidades, bien sea con su trabajo, con su asistencia, o con su economía. Y en este último apartado, el dinerario, y como queda dicho, aunque este no sea abundante para muchos, de lo que tienen escaso, dan un poco.
Y eso, amigos, debe ser reconocido y alabado. Y en ello estoy.
Ramón Serrano G
viernes, 16 de enero de 2015
Tatuados
Parece ser que sí, que, al final, acabamos estando tatuados. Que la vida, a lo largo de los días, va grabando con signos indelebles, bajo la epidermis de las palmas de nuestras manos, un minucioso y fidedigno resumen de todos nuestros actos, digamos, importantes. Va escribiendo pormenorizadamente, haya sido malo o bueno, lo que hemos realizado desde la niñez hasta que viene a por nosotros Tánatos, o Ker, uno u otra, según sea la forma en que vayamos a despedirnos del planeta.
El hombre, como cualquier otro ser, se va desgastando, se va deteriorando con el paso del tiempo. Y si esto le ocurre en su parte material, cosa archisabida, podemos hablar lo mismo de lo que le acontece a su espíritu, pues, parece ser, que cada pensamiento genera una emoción que impacta de lleno en el circuito hormonal. Desde que nace, sus facultades van in crescendo para luego, tras un largo período de estancia en la cima, irse degradando más o menos. Y lo normal es que, cuando llegamos a la edad provecta, seamos casi un remedo de lo que fuimos, y que apenas podamos llevar a cabo un pequeño porcentaje de las actividades que tuvimos y, desde luego, sin la efectividad antañona. Permítaseme hacer referencia a Montaigne que decía que las arrugas del espíritu nos aviejan más que las de la cara.
Nuestro movimiento, visión, oído, capacidad de esfuerzo, rapidez de comprensión, memoria, etc., etc., etc., con el transcurso de los años se llevan un palo de mil demonios que los deja altamente capitidisminuidos. Y diré ahora, en todo jocoso, que hay casos en los que no es necesario llegar a la vejez para perder totalmente alguna capacidad, y me estoy refiriendo concretamente a los tramposos que carecen de memoria desde su más tierna infancia. Pero volvamos al tema que nos ocupa.
Siendo todos importantes, o dicho de otro modo, no habiendo ninguno superfluo, cado uno de los componentes del ser humano tiene una función específica, algunos más esenciales que otros. Citaremos entonces a los pies, que utilizamos para trasladarnos, la cabeza para discurrir, el corazón para amar (sobre todo y ante todo para amar), y las manos que son los elementos con los que solemos realizar la gran mayoría de nuestras acciones; los órganos principales para la manipulación física del medio. Y también para ser el soporte del mensaje y la compilación de los datos a los que hacía referencia al comienzo del presente escrito.
Vayamos pues al estudio de las manos. Estas, como tantas y tantas cosas, tienen dos partes completamente diferenciadas, tanto por su utilización como por su aspecto. La cara superior es mayormente un escaparate que muchas veces presentamos, o que nos presentan, convenientemente “decorado” con el fin de dar una sensación mejorada de la realidad. Para ello se saturan de cremas y afeites, se hermosean las uñas, se pintan, se cortan los padrastros, se eliminan las cutículas, se.., se.., se…Naderías y efugios al uso, aunque siempre fueron muy utilizados, y que persiguen dar una impresión muy mejorada de la verdadera eseidad de su poseedor, cosa esta que no siempre consiguen.
Llegamos así a sus palmas, el auténtico reino de la quiromancia, con sus líneas de la vida, el corazón, el Sol, Mercurio, Venus o la suerte, en las que los augures pueden “ver” el destino de una persona y adivinar sucesos futuros o pasados. Ha habido proviceros maravillosos -recuerdo entre ellos a don Lope de Rosmarino-, y también hay pintores, de la talla de Caravaggio o de Simonet, que tienen cuadros maravillosos sobre las predicciones y los vaticinios.
Esos, el futuro o el pasado, si es que están allí, cosa que no pongo en duda, pero que tampoco sé a ciencia cierta que así sea, pueden leerlos algunos como queda dicho. Pero hay algo que está grabado, tatuado en esas palmas de esas manos, y está hecho para que la memoria de cada individuo, que se va fragilizando con los años, pueda acercarse cuando lo desee a su pasado. Pero esa grabación, ese tatuaje, al contrario de las mencionadas líneas, sólo puede leerlo cada persona en sus propias manos. Nadie más.
Y así, cada hombre, cuando presienta cercano el final de su existencia, hallándose a solas, mirará conmovido las palmas de sus manos y leerá lo que allí tiene anotado. Algo, que es un compendio de los hechos más notables ejecutados por él mismo y que está perennemente a su disposición para que confronte allí la adecuación entre lo que hizo ayer y lo que piensa realizar mañana, si es que existe ese mañana. Para eso, y para que haga un repaso de las ocupaciones y quehaceres que ocuparon sus días y vea, a toro pasado, si estuvieron acompañados del acierto. Para observar el saldo final que arroja la contabilidad de sus obras. Y para que, tras ello, la satisfacción o el remordimiento acudan a su mente.
Por eso te digo, querido lector, que si alguna vez encuentras a cualquier persona de avanzada edad mirando con fijeza, y tal vez como abstraído, las palmas de sus manos, no creas que quiere ver una posible lesión, o cierta deformidad recientemente aparecida, o una callosidad advertida últimamente. No. Está, sencilla y llanamente, repasando lo que le fue ocurrido hace ya muchos años, y comprobando los resultados de las cuentas de su vida. Lo que ignoro, es si esos resultados los conservará para sí mismo, los enseñara a sus deudos, o los mostrará a Tánatos o a Ker, cuando venga uno de los dos a recogerlo.
Ramón Serrano G.
Enero de 2015
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