jueves, 6 de noviembre de 2014
Cartas
Es archisabido que, a los que tenemos una edad avanzada, nos agrada sobremanera recordar tiempos pretéritos. Por supuesto que esto no es cosa que venga ocurriendo en estos días a comienzos del siglo XXI, pues todos recordamos que, ya en el XV, Jorge Manrique afirmaba aquello de ...como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.
Y de entre las muchas cosas del antaño que añoro especialmente son las cartas que se escribían entre amigos, familiares o deudos. Carentes por completo de los medios actuales, las gentes, teniendo la necesidad de comunicarse, acudían al papel y la pluma para hacerlo. Abandonados ya los cálamos, se utilizaban los portaplumas, las plumillas de pico pato o de corona y los tinteros Pelikan o Waterman. Y en un papel, de mayor o menor gramaje, pero con el mejor alisado posible, se escribían unas cartas preciosas de amor, de viajes, de relaciones amistosas, de …
Afortunadamente, muchas y muchos mujeres y hombres atesoran antiquísimas misivas que les son muy queridas por diferentes motivos, como también se conservan memorables cartas de insignes personajes. Citaré, por citar alguna, la de Isabel II de Borbón a un desconocido turco-albanés; la de Beethoven a su inmortal amada; la de Stefan Zweig a una desconocida; y la de Campoamor: Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros, cuenta os dará de la memoria mía…
Hoy, bien lo sabéis, y por desgracia, ya no escribimos cartas. De ningún estilo. Y no digo ya a pluma, que esta fue sustituida, tiempo ha, por utensilios electrónicos, más rápidos y eficaces, con los que nos enviamos diariamente profusión de correos, ya prefabricados, y que no son nuestro sentir, sino el de otros. Porque lo que nosotros nos queremos comunicar en nuestro día a día, lo hacemos a través del whatsapp, palabra horrible donde las haya, o por e-mail, que son, como la mayoría de ustedes ya saben, unas aplicaciones de mensajería móvil por lo que, al ser casi gratis, muchas personas, pero sobre todo nuestros jóvenes, las están usando continuamente. Y quiero resaltar una gran diferencia que existe entre la mensajería y el whatsapp (qué mal se me da escribirlo y pronunciarlo), aparte del estipendio y la gratuidad. A aquellos no responde casi nadie, mientras que en este no has acabado de enviar tus palabras, cuando ya estás recibiendo la contestación.
Y yo, a partir de ahora, quiero escribir, con alguna frecuencia, cartas a través de este medio periodístico que generosamente se me permite utilizar, y lo voy a hacer a determinados amigos que sé, con absoluta seguridad, que me responderán, y que lo harán, más bien, pronto que tarde. Por supuesto que, al hacerlo, adoptaré las mismas precauciones que tomo cuando escribo por e-mail: lo hago con CCO (con copia oculta) para que así nadie pueda acceder a la dirección de cualquier destinatario. Por eso, en estas cartas que anuncio, nunca daré el nombre de a quien, o a quienes, van dirigidas, aunque ellos sabrán perfectamente que son los receptores. Todos ellos tienen, al menos, dos condiciones en común: la primera, es que ya subieron a la barca de Caronte, y la otra, es que fueron personas de felice recordatione, entrañables, cultas y entregadas a los demás.
Por eso, porque como muy bien dice el prefacio de difuntos: ...vita mutatur, non tollitur..., muchas veces viene su recuerdo a mi memoria; muy a menudo me sirven sus actos como camino a seguir; porque frecuentemente suceden hechos de cierta trascendencia de los que sé que les gustaría estar enterados; por todo esto, y porque así sigo teniendo con ellos una muy agradable relación pese a la insalvable distancia, es por lo que voy a mantener esa correspondencia que les he anunciado.
Desde luego, quiero pedir de antemano disculpas a quien pueda dar a este futuro carteo un sentido macabro o de mal gusto, porque les aseguro que no hay nada más lejos de mi intención, que no es otra, como digo, que la de mantener y, si es posible hacer más vivo, el recuerdo por un lado, y, por otro, seguir recibiendo lecciones de unas buenas personas, unas muy buenas personas, que un día convivieron con nosotros y que hoy, para nuestro infortunio, ya no están aquí.
Finalmente he de decir, que esta intención está basada en una idea que tengo aceptada desde hace muchísimo tiempo y que no es otra que, aquellos que fallecen, sólo dejan de vivir si su recuerdo desaparece entre los que aquí quedamos. Pero mientras sigamos hablando de ellos, y con ellos, o escribiéndoles, seguirán estando vivos. Y si piensan un poco, esto que yo me propongo hacer ahora, ya lo han venido haciendo cantidad de personas de todos los ámbitos y condiciones. Cuántos, acabada una vendimia fructífera, han hablado para sus adentros, diciéndole al finado:
-Padre, este año no se nos ha dado mal, ¿verdad?
Cuántos, ante una adversidad en su negocio, han optado por una solución pensando en que ese mismo arreglo lo había visto dar otros de la casa en similar situación. Y cuántos, viendo que el hijo había terminado la misma carrera que el abuelo, le hablaban a este para decirle que estaban convencidos de que se sentía orgulloso del camino que había emprendido su joven heredero.
Sí, está claro que en esta tarea no voy a ser pionero. Pero eso no me importa. Lo haré, porque sé que mi alma va a sentir con ello una gran satisfacción. Así que ya me dirijo a ellos diciéndoles:
-Amigos, dentro de poco recibiréis noticias a través de mis cartas.
Ramón Serrano G
Octubre de 2014
Un mayor dolor
-Buenas tardes, dijo Agustina al recibirnos. Pasad, pasad al cuarto de estar, que ahí está el hombre tan hundido como siempre. A ver si conseguís levantarle un poco el ánimo, que falta le hace.
Ya habíamos ido a su casa varias veces, puesto que Alberto era buen amigo de Luis, pero hacía unos meses que no le visitábamos por su expreso deseo. Un duro revés socio-económico que había sufrido últimamente sin que él hubiese hecho nada para provocarlo, ni para merecerlo, le había hecho caer en una depresión por la que no quería ver a nadie, ni que nadie le viese. En varias ocasiones nos habíamos llegado hasta su domicilio, preguntado por él, y su mujer se limitaba a darnos noticias de su estado. Y ahora, presumiendo una ligera mejoría, y una actitud más abierta y tolerante, nos aprestamos a ir a verle.
No era así exactamente. Lo encontramos más caído que sentado en su butaca, en penumbra, y con una cara que hizo un esbozo de alegría al vernos, pero que de inmediato se tornó amarrida. Luis, obligado por su natural panfilismo y su amistad, quiso darle ánimos, pero el otro le cortó con un sequete y una hosquedad impropias de él.
-No Luis, no. Nada, o tal vez muy poco hay que pueda levantarme el ánimo, pues cuando a un hombre le dan una puñalada como la que a mí me han dado, puede decirse que está muerto, aunque siga respirando. Ya sé que estás enterado de lo que me ha sucedido, pero déjame que te lo explique de nuevo, ya que con ello, aunque me duele al narrarlo, parece como si encontrase un alivio. Quien tiene una herida, y yo la tengo, y grande, sabe que con la quejumbre no se va a curar su mal, pero haciéndolo, siente un alivio anímico muy importante. Es un treno unipersonal y monocorde, que utilizo siempre como punto de partida para efectuar una reflexión moral sobre mi destino.
Cuando acabo de contarnos su ya sabida desventura, tomó la palabra mi amigo.
-Mira, entiendo y valoro tu pesar, que está lleno de enormidad y de injusticia. Pero también sé, porque te conozco hace tiempo, de tu entereza y de la capacidad que tienes para poder salir pronto, y yo diría que hasta airoso, de esta tesitura y este trance que te tienen fuera de ti y del que has sido el agente a través del cual se ha exteriorizado, pero en ningún caso el
culpable de su suceso. Y sabes que no hay mejor panacea para el alma que tener la conciencia tranquila.
-Pues has de saber, respondió Alberto, que estás equivocado, pese a los buenos ojos con los que me miras. El daño que me han causado es enorme. De tal intensidad, que tengo la seguridad de que han abatido para siempre mi entusiasmo y mis ganas de vivir. Si esto me hubiera sucedido tiempo ha, el duro golpe me hubiese afectado, ¡cómo no!, mas no me habrían faltado esfuerzo ni ganas de vencerlo y superar el daño que me hubiese ocasionado. Pero ahora…
-De verdad, dijo Luis, que lamento verte en esta pésima situación, pero piensa en que podría haber sido mucho peor, y no porque ella en sí no tenga una magnitud más que considerable. Pero, por un momento, y aunque es casi imposible que sucediera lo que voy a decirte, hazte la idea de que fueses culpable de lo que se te acusa. De que, en vez de ser la víctima inocente de este mal, hubieses sido tú el autor del daño. Porque tú, y yo, y muchos más, pensamos y sabemos que es muy triste lo que ha ocurrido. Nosotros por nuestra forma de pensar. Tú, desgraciadamente, por experiencia. Pero dime ¿cómo te hallarías si en vez de tratarse de una pajarota, fueses nocente de lo que te acusan? Todos te señalarían con el dedo, y muchos, incluso alguno de tus amigos y conocidos, hubiesen dejado de hablarte, mientras que otros volverían la cabeza para no decirte ni buenos días, que a los araneros es mejor no dirigirle la palabra.
-Sabes que de haber sido así, continuó, sufrirías mucho más. Y sabes también que tienes en tu ser un destrozo enorme, pero que puedes superarlo ya que posees dos armas muy efectivas: la primera, tu inocencia. Y la segunda, tus amigos, que te seguimos estimando y que estamos prestos para acudir en tu ayuda. Utilízalas, y comprobarás lo rápidamente que triunfas sobre este indeseable y torticero episodio que atraviesas. No desfallezcas, No claudiques tan pronto. Lucha, y cuando venzas, y estoy convencido que lo harás, enseguida sentirás la enorme satisfacción que siempre invade a quien es justo vencedor.
Pareció entonces que aquellas palabras causaron buen efecto en Alberto, quien durante un buen rato estuvo platicando con mejor ánimo. Nos fuimos luego satisfechos en grado sumo y con la esperanza de volver pronto. Y, a la salida, le dije:
-Luis, ¡qué orgulloso me siento de vivir contigo! Tu amigo saldrá pronto de la disposición en que se encuentra gracias, entre otras cosas, al
buen tino de tus apreciamientos y tu modo de enfocar ese gran problema. ¡Pobre de aquél que no lo vea así! Te felicito por todo ello y felicito a Alberto y a mí mismo, ya que tener a nuestra disposición a alguien como tú, un buen amigo, reconforta y anima como muchos no se imaginan.
Ramón Serrano G.
Noviembre 2014
jueves, 9 de octubre de 2014
¡Hola, viento!
-¡Hola, viento! Ya veo que, por estas fechas, estás de nuevo aquí como es tu costumbre. Perdona, sin embargo, que no te llame amigo, pero tengo que decirte que cada vez que regresas es para mi disgusto. He de reconocer que eres puntual, como un enamorado, aunque sabes perfectamente que tu presencia no es agradable, ni benefactora incluso, para muchos. Eres impetuoso, irreflexivo, violento a veces, amén de que también ya sueles venir frío, molesto y desapacible. Compréndelo. En marzo, al menos, y aunque fuerte, muy fuerte en ocasiones, eres beneficioso al ser portador de muchas vidas. Y sin embargo ahora, en el otoño, a más de a las hojas secas, eso que parece tan poético, te llevas las palabras, a muchas personas y a otras muchas, como a mí, y como a bastantes otros, nos haces sentirnos incómodos y molestos en grado sumo.
Pero tú eres ... como siempre fuiste, ya seas Boreas, Euro, Austros o Céfiro. Te conocían los griegos como servidor de Eolo, pero no el Eolo hijo de Helén, ni el de Poseidón, sino el hijo de Hípotes, único señor vuestro, con poder absoluto sobre vosotros, que os tenía encerrados y os gobernaba con un absoluto poder, apresándoos o liberándoos a su antojo, pero con gran cuidado, ya que los vientos, tú y tus hermanos, en estado libre, y a vuestro albedrío, podíais, y podéis, causar grandes trastornos en el cielo, muchos daños y mutaciones en las tierras, y bastantes perturbaciones en las aguas. Tenéis esa capacidad desde siempre. Pues mira qué bien.
Lo que no sé, siquiera, es cómo te saludo, ya que para mí eres causa inevitable de un malestar físico, y sobre todo anímico, que tolero difícilmente. Y no soy el único. Cuando tienes más intensidad que el céfiro, y te presentas silbando y arrastrando, como antes ya te decía, hojas secas,
-afortunadamente por estas nuestras latitudes no alcanzas nunca la categoría de huracán- produces en muchos de nosotros un malestar característico. Invades, arrastras, arrollas cuanto coges. Si puedes, no respetas hueco ni rendija que halles a tu paso, para luego, alejarte con tu silbante sonar, ese que a pocos gusta y a muchos amilana.
Y, al menos a mí, este aludido, o incómodo, desasosiego sólo me lo ocasionas tú, ya que tu, a veces, compañera la lluvia, cuando viene sin ti, es un fenómeno agradable, sensual, cautivador:”…monotonía de la lluvia tras los cristales” que dijera el insigne Machado. Me, nos, ilusiona a muchos enormemente gozar de ese agua de lluvia, a veces fina y nunca sucia, que limpia calles y tejados, y que pone morriñosa el alma de quien se halla lejos de su tierra o de sus seres queridos. Hay sitios y ocasiones, todos los sabemos, en los que las gentes están cansadas de ver la lluvia caer. Pero yo puedo decirte, de todo corazón, que nunca me ahité de eso, como tampoco lo hice de ver las olas llegar, o de pasar los días.
Pero volvamos a ocuparnos de ti, y esta vez no para seguir hablando mal, ya que incluso llegaré a elogiarte. Porque también tienes tus virtudes,
¡cómo no ibas a tenerlas! Luego te las diré, aunque pienso que tú, como todos, estás más pagado de ellas que de tus carencias.
Hablaré, en primer lugar, de tu sinceridad. Eres claro, simple, bruto incluso, pero franco, sin dobleces ni engaños. Anuncias tu llegada y se te ve venir desde lejos, y más en nuestras llanas tierras en las que no puedes embocarte, ni encajonarte, y te presentas ante nuestras propias barbas haciendo gala de tu poderío, que tratas, nunca de disimular, sino, por el contrario, de enaltecer. Te presentas bruscamente y topas con todo aquello que se te ponga por delante. Y debió ser que, al conocerte, alguien dijo aquello de si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él.
Por eso, y también por tu desinteresado esfuerzo, muchos te utilizaron desde tiempos inmemoriales para sus desplazamientos marinos, montando sobre sus cascarones, hasta entonces movidos a remos, unas velas -cuadradas unas, latinas, otras- sobre las que soplabas, aunque, a veces, sólo cuando te venía en gana. Y más tarde, otro alguien, aunque esta vez localizado en tierras holandesas, comprendió que el hombre no podía vencer ni eliminar al viento, pero sí que podía construir molinos para aprovechar su inmensa energía. Y, valiéndose de ella, que tú tienes muchos defectos, pero entre ellos no está el de ser ruin, o cerracatín, para extenderte y regalar tus fuerzas, construyeron infinidad de estos aparatos para la molienda. De varias formas y en muchos lugares. Por su aspecto, y bien lo sabemos los que en estas pardas tierras de La Mancha vivimos, pudiesen parecer gigantes dispuestos a mover más brazos que los de Briareo, aunque, en realidad, lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas al viento, hacen andar la piedra del molino.
Es por eso, Viento, que aunque personalmente no te tolere, no me duelan prendas al proclamar tus virtudes, que serían mucho más provechosas si, la mayoría de las veces fueses menos brusco y un poco más comedido en tus actuaciones. Unos atributos que no son sólo los enumerados anteriormente. Además, sacudes a todos los árboles sin distinción de especies; eres favorable, aunque únicamente para quien sabe a dónde va; y tienes consciencia de que el pesimista se queja de ti, el optimista espera a que cambies y el realista ajusta las velas.
Y para que veas que, en el fondo, no te quiero tan mal, he dejado para el final lo mejor que se puede decir de ti y que es aquello que se dice de beber los vientos por otra persona. Porque yo te aseguro que lo mejor que le puede suceder a aquél, o a aquélla, es que alguien esté bebiendo los vientos por ella, o por él.
Ramón Serrano G
Octubre 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
Las nubes
A las 19,30, Tomás, mi hermano mayor y yo, recogimos puntualmente a mi colega David para ir a casa de nuestro gran amigo (de mi hermano y mío, ya que David aún no le conocía personalmente) Eduardo Marco Hierro, “muchimillonario” desde varias generaciones, quien, con la excusa de ver un partido de fútbol, había organizado en su casa una merendola, la cual, conociéndole de antemano, sabíamos que resultaría variada, extensa y exquisita. Cuando llegamos nos abrió la puerta el mayordomo, y vimos que ya se hallaban allí los otros cinco invitados.
Acabado el encuentro, y tras el deleitoso lunch, el anfitrión autorizó al servicio para que se retirase, y él mismo nos preparó unas copas. La conversación versó al principio -era lo lógico- sobre el match europeo que acabábamos de ver (la justicia del resultado, la actuación arbitral, etc., en una palabra, los tópicos de siempre), para luego derivar hacia los temas más diversos. Y al rato, en un determinado momento en que casualmente estábamos en un aparte nosotros tres con Eduardo, dijo mi hermano:
-David, has de saber una cosa de nuestro convidante y esta es que, a más de ser sencillo, campechano como pocos, y generoso como casi nadie, tanto él como sus antecesores han sabido conservar, y aún acrecentar, una gran fortuna, cuando la mayoría de los humanos, en tan largo espacio de tiempo, la hubiesen, si no dilapidado, sí aminorado bastante. Y lo que es más importante, jamás hicieron, ni hacen, una mínima gala de ella.
-Pues estoy casi más orgulloso de tener ese carácter del que primero hablabas que de nuestra habilidad para conservar los haberes heredados, le respondió Eduardo. Pero permitidme que yo le diga también algo a David. ¿Sabes algo de la vida de los abuelos y los padres de estos dos?
-Más bien poco, respondió este. Sé que provienen de un pequeño pueblo y que el uno como economista y Javier como profesor, son los primeros universitarios de su familia.
-Pues yo te voy a contar muchas otras cosas de esa familia de estos dos hermanos, muy merecedoras de ser conocidas. Verás: al poco de acabar nuestra ignominiosa guerra civil, su abuelo, que aunque era muy trabajador y honrado, sólo tenía una mano al lado de la otra y la calle para correr. Se casó con la hija de un viñero de escasas posesiones -un pichulero, como les llamaban allí- y montó una tienda de coloniales y ultramarinos, negocio ciertamente arriesgado, pero útil, dada la gran escasez de alimentos que imperaba por aquellos entonces. Le fue bien -o al menos él supo hacer que no le fuese mal-y educó a todos sus hijos -tuvo cinco- de modo que fuesen prosperando en la vida. Empezó obligándoles a que simultanearan la escuela, pero sin que perdieran un solo día de ella, con el aprendizaje de algún oficio o profesión. Así el mayor se hizo albañil. El segundo, el padre de estos, con una buena visión de futuro, puso un taller de bicicletas. La tercera se fue a un convento. El cuarto aprendió electricidad y la última abrió un taller de costura. Y todos, salvo Eulalia, la tercera, como es natural, bromeó, eran autónomos; y todos llegaron a tener una buena posición social.
-Su padre ya fue amigo del mío, continuó Eduardo. Se conocieron allí en el pueblo donde mi abuelo tenía unas fincas. Más tarde yo, que iba muchos veranos a pasar temporadas a ese lugar, me hice amigo, primero de este, de Marcial, pero luego también de este otro, con el que llegué a intimar más. Cazábamos juntos, ahora jugamos a menudo al golf, e incluso llegamos a hacer algún negocio en común. Y hoy que ya nos conocemos muy bien, puedo decir que ellos han salido a sus antepasados, y que aquellos merecen admiración y aplauso porque dedicaron sus vidas a ir subiendo en todos los buenos estratos de la vida.
-Como muchos otros, intervine.
-No, Marcial, no. Debes decir como pocos otros, que los más, se dedicaron siempre a mejorar su status, sí. Y, si me apuras, diré que algunos con buenas artes. Pero estuvieron preocupados más de afanar una buena posición económica, que de conseguir unas mejoras culturales y sociales para los suyos. Vuestros antepasados no fueron, y de ello podéis y debéis estar muy, muy, muy satisfechos, no fueron, digo, como esas nubes que sólo saben perseguirse unas a otras, sin llegar a soltar nunca ni una sola gota de agua.
-Vuestro abuelo y vuestro padre, continuó, sí que derramaron, no unas pocas gotas, sino chorros de sudor en su esfuerzo para conseguir que sus familias fueses elevándose en todos y en cada uno de los mejores sentidos. Y pienso que también efundieron muchas lágrimas de satisfacción al ver que unos y otros no los defraudasteis, y llegasteis a lugares a los que ni ellos mismos habían soñado.
-Me queréis decir que cara pondría hoy vuestro abuelo, ¿se llamaba Tomas como tú, verdad?, si te viese a ti como economista; o a ti como profesor de Universidad; o a vuestra hermana Pilar como médico puericultor. Seguro que se hallaría más contento de ello, que si hubiese multiplicado sus haberes.
Calló entonces, le dimos un abrazo y brindamos. Y aquella copa sí que nos supo muy requetebién.
Ramón Serrano G.
Setiembre de 2014
jueves, 11 de septiembre de 2014
Las potencias
“…no te rindas,…aunque el frío queme, aunque el miedo muerda…”.- Mario Benedetti.
Total ¿por qué? ¿Por las caricias falsas e interesadas de una veinteañera? ¿Por unos revolcones en el prado? ¿Por no saber controlar tanta lujuria? Actos, todos ellos, en los que estuviste totalmente dominado por la libídine, un vicio al fin y al cabo, y que, a la larga, termina no satisfaciendo por completo a nadie.
Yo pienso que fue sólo por eso. Desgraciadamente tuvo que ser por esa tenuidad, aunque, conociéndote, también debió influir en tu infausta actitud el hecho de que, sublimada tu egolatría con tan parvo e irrisorio triunfo, creíste ser un donjuán y te sentiste muy macho y satisfecho, no sólo con lo conseguido, sino porque los hombres del pueblo comentaron en bares y tertulias tu faldero triunfo, y además, pobre miope, llegaste a creer que las demás hembras, deslumbradas, volverían la cabeza a tu paso. ¡Menudo éxito!
O, ahora que lo pienso, ¿no perpetrarías la badomía aquella porque estabas cansado de ser feliz? Que los humanos solemos (y digo solemos porque yo formo parte de ti) cometer esos dislates, y así, ingente cantidad de personas, poseedoras y disfrutadoras de bienes materiales o espirituales muy reconfortantes y satisfactorios, de pronto, se ven atacados por un extraño virus que les lleva, no a una humildad y a una sencillez de vida diríamos casi monacales, sino a un cambio de aficiones y apetencias absurdamente llenas de peligros, y dispensadoras de deleites, de una gran prosopopeya, pero de valor baladí.
Por uno de estos motivos, o por todos a la vez, tuviste que dejar a tu familia, a tu mujer, o ¿fue ella la que te dejó a ti? Mas eso da lo mismo. Por otra parte, tu empresa, con muy buen criterio, te trasladó a muchos kilómetros de distancia y debes dar gracias que no te obsequiase con una carta de despido. El caso es que, cuando cuentas con poco más de cuarenta años, cuando tu vida, que, razonablemente y salvo una desgracia, aún no ha llegado a su mitad, tú, hoy, hueles a invierno. A cosecha agostada. A flor marchita. A fracaso.
Pero dejemos este tema recurrente. Soy, bien lo sabes, la mitad de tu alma. La que no está conforme, y sí molesta, con tu proceder inadecuado. Pero si observas, en ninguna de nosotras dos, ni en mí ni en el otro fifty, se aprecia el color verde indicador de que existe en nosotras una esperanza de futuro. Dudamos de que seas capaz de remontar el vuelo -lo siento, pero se te ve con las alas muy caídas- y dar a tu existir el impulso necesario para construir una nueva vida.
Y aunque esa es nuestra percepción, no es, sin embargo nuestro deseo para el futuro. Nosotras, tu alma entera, quisiéramos que si esa “hombría” de la que gustabas presumir es en ti radicular, te comportes en el inicio de esta nueva etapa de tu existir como un verdadero hombre. Piensa que quien sabe errar también ha de saber acertar, y si tuviste capacidad para unas cosas, debes aprovechar esa aptitud para alcanzar otras. Reinvéntate, será bonito. Nosotras, y por lo tanto tú, tenemos tres potencias. Úsalas. ¿Recuerdas cuáles son?
En primer lugar repasa bien lo sucedido, que lo tendrás retenido en tu cabeza. Recapacita todo lo que hiciste y alcanza a comprender qué fue lo que provocó tu fracaso. Hazlo con profusión de detalles, porque el más nimio, tanto si lo era en sí como si a ti te lo parecía, pudo ser el desencadenante de lo que te sobrevino. Ahora, no te abandones, “no te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo…”. Infiere que debes forjar una nueva vida, y para ello, busca ideas, compara situaciones, júzgalas, y luego introduce los cambios que estimes necesarios, porque no creo que quieras persistir en el error.
A continuación, lánzate con todas tus fuerzas a modelar la segunda parte de tu existencia. Piensa que eso te va a costar, y mucho. Más de lo que crees. Pero piensa también que, cuando logres tu propósito, serás bastante más feliz de lo que te puedas imaginar, viéndote en el estado en que te hallas. Y si tienes trabajo y una casa, aunque no sea la que tú hubieras deseado, únicamente te debes plantear si el futuro quieres vivirlo solo o en compañía de alguien.
Conociéndote y sabiendo que la mujer tiene para ti un valor inmenso, creo que deberías optar por lo segundo. Busca a alguna que te dé apoyo, consejo, ganas de triunfo, mas recuerda, muy mucho, que reducir su función únicamente al sexo es banalizarla de la manera más absurda. Ellas que fueron tu perdición podrían ser la mejor ayuda para tu revalorización. Entonces, si me lo permites, te aconsejaría que trataras de conseguir el perdón de esa a la que tanto daño hiciste, e intentar que volviese junto a ti. Nosotras, que la conocimos bien, sabemos que no hallarás otra mejor, y hasta presumimos de que llegaría a disculparte e, incluso, sería feliz y conseguiría que tú también lo fueras si os unieseis de nuevo.
Por último he de pedirte que ahora no te hundas ni abandones. “ No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje…”. Pon manos a la obra sin miedo, con cierto entendimiento y bastante voluntad, pensando que es mucho, y es muy bueno, lo que todavía puedes conseguir a estas alturas.
Ramón Serrano G.
Setiembre 2014
jueves, 14 de agosto de 2014
El tiempo
“El tiempo de vivir es, para todo, breve e irreparable”.- Virgilio
En mayo del año 2000 -¡qué barbaridad, cómo pasa el tiempo- publicaba yo en estas mismas páginas un artículo sobre lo beneficioso que es saber ganar el tiempo, y me refería a las diversas maneras de aludir a él: hogaño, prognosis, ínterin, otrora, anteriori, posteriori. ¡Cuántos y qué bellos significados! ¡Cuántas y qué bellas etimologías! Y de adjetivos que le sean aplicables, no digamos. Reconocíamos que el tiempo es, entre otras muchas cosas: eterno, inexorable, incomprable, provechoso, inalcanzable, inaprehensible, fugaz, despreciativo, huidizo, y caro, muy caro.
Y hoy, más de catorce años después, estudiando el tiempo (pero quede claro que no el estado de la atmósfera en relación con la temperatura, el viento o la humedad, etc.), diré que siendo una de esas cosas que pueden expresarse de un modo cuantitativo, puede que sea de los pocos -yo diría que él único-, que admite calificativos verdaderamente antagónicos según sea enjuiciado por una u otra persona. La luz, la velocidad, la longitud o el peso, incluso el espacio, pueden ser considerados por seres distintos de una manera diferente: tenue o cegadora, lenta o rápida, pequeña o extensa, liviano o pesado. La claridad de un destello, andar cinco kilómetros en una hora, los metros de una casa, o transportar una maleta de diez kilos, siendo igual para todos, se verán considerados de una muy diferente manera por unos u otros individuos, independientemente, repito, de la eseidad de cada uno de ellos.
Pero es el tiempo, o sea, la magnitud en la que se desarrollan los distintos estados de una misma cosa, u ocurren la existencia de cosas diferentes en un mismo lugar, es el tiempo, digo, el que puede parecer, siendo el mismo, inmensamente diferente, siendo, por ejemplo, breve para uno, e interminable para otro. Y lo que es casi increíble: ser efímero unas veces e interminable en otras para la misma persona. Todo irá en función de cómo nos hallemos. Ya se sabe aquello de que un minuto dura más o menos según a qué lado estemos de la puerta del cuarto de baño.
Y dada su característica manera de ser, sobre el tema concepto que hoy nos ocupa, y debido a mil y un motivos, han escrito una gran cantidad de autores célebres, muchos aforismos realmente juiciosos y muy merecedores de reflexión. Citaré algunos en la seguridad de que su lectura les hará pensar. Decía Goethe que el día es excesivamente largo para quien no lo sabe valorar y utilizar. Berlioz, que el tiempo es el mejor maestro; lástima que mate a todos sus alumnos. Mahoma, que no debemos pasar el tiempo soñando con el pasado o con el porvenir, sino que hay que estar listos para vivir el momento. Un proverbio oriental afirma que por mucho que disparemos contra el gallo no por eso dejará de amanecer. Y expondré, finalmente, dos de Shakespeare, a cual más profundo. El primero, una sentencia: tan a destiempo llega el que va excesivamente deprisa, como el que se retrasa en demasía. El segundo, un minucioso detalle de su esencia: es lento para el que espera; rápido para los que temen; largo para los que sufren; muy corto para los que gozan; y una eternidad para quienes aman.
Aunque, si nos fijamos, el tiempo es una extraña sustancia que siempre es igual. Constantemente. Desde el inicio de los tiempos. De día o de noche, en verano o en invierno. Una hora siempre ha durado, dura, y durará, tres mil seiscientos segundos. Pero, pese a esa exactitud en su desarrollo, todos podemos dar fe, porque todos lo hemos comprobado, que a veces pasa muy lento, y a veces vuela. Recordemos la impaciencia del quinceañero por llegar a la juventud, y la desesperación del anciano viendo cómo se le escapan los días. Para aquellos el tiempo camina sobre una tortuga. Estos tienen la certeza de que no hay caballo, ni viento, que corra como el tiempo.
Permítaseme aquí una, muy libre, comparación de esta distinta valoración del tiempo con el dinero. A quien le sobra, no le importa dilapidarlo en la errónea creencia de que siempre tendrá lo suficiente. A quien apenas si lo conoce, cree que todo le será inalcanzable, fuera, muy fuera de sus escasas posibilidades.
Pero aprehendamos el tiempo, para reconocer que somos nosotros los que lo tomamos de distinta manera, llevados a ello por nuestras circunstancias y en la certidumbre de que no podemos sustraernos a él. Y que hemos de aceptarlo así. Que siempre será así. Que, afortunadamente, ha de ser así. Será cuestión, entonces, de que sepamos acomodarnos a la fase de la vida en la que nos hallemos y dediquemos todo nuestro saber a aprovecharlo convenientemente en nuestro beneficio y en el de los demás.
Y pensemos que una muy buena definición del tiempo, o estaría mejor dicho, que podríamos hacer un buen parangón de él con el viento. Porque no lo podemos atrapar. Porque sea cual sea la intensidad con la que sople, esta le parecerá a unos brisa y a otros vendaval. Porque siempre se moverá a su albedrío y no a nuestro acomodamiento. Porque tendremos que obrar con el actual, ya que nunca podremos ahorrarlo para otra ocasión, ni pedir un anticipo del que haya de venir en el futuro.
Por último recordar que es un craso error no saber que el tiempo se parece también al viento en otras dos cosas: arrastra lo liviano y mantiene lo que pesa.
Ramón Serrano G.
Agosto de 2014
jueves, 31 de julio de 2014
La perfección
Para P.R.M., una gran señora
No existe. Aunque pueda parecer lo contrario, la perfección no existe. En ningún alcance, consecución, obra, parámetro, o cualquier otra impronta que podamos observar, o a la que referirnos. ¡Y mira que hay cosas bonitas en el universo mundo! Pero a todas, absolutamente a todas, les falta, o les sobra, algún detalle, según sea la persona que las esté analizando, porque aquí manda siempre, y con poder absoluto, la subjetividad.
Cuando vemos algo que realmente nos agrada nunca deberíamos decir que es perfecto, o sea, que tiene, en su línea, el mayor grado posible de bondad o de excelencia. A lo sumo, que es bonito, que nos gusta, que le satisface a mucha gente, pero nunca tendríamos que otorgarle un cum laude, y es lo que hacemos en determinadas ocasiones, aunque no sé bien si por modestia o por racanería. Aquél piensa que el Taj Mahal debería ser un poquito más alto; ese cree que la Joven de la perla estaría mejor vestida de azul; este que Machado, en su canción A un olmo seco, debiera haber tratado de infundirnos con su relato de la aparición de las nuevas hojas primaverales una mayor esperanza y no tan sólo una brizna; ellos que un determinado amanecer hubiera sido más lindo de no haber estado allí aquella nubecilla; vosotros que Mozart supera un algo a Beethoven; nosotros que el amor se expresa mejor con la mirada que con la poesía. El caso es que éste, ése, aquél, nosotros, vosotros y ellos, todos, “apreciamos” siempre una “inapreciable” tara o impureza, que hace que la joya que admiramos no sea totalmente preciosa, o, mejor dicho, que impide que lo sea por completo. Al menos, para nuestra forma de ver y de pensar.
Puede que la exposición de estos comportamientos, de la creencia de que no existe la sublimidad, lleve al lector a pensar que mi postura es opuesta a ello. Pero nada más lejos de la realidad, ya que estimo que esa resistencia a conceder los máximos galardones a una obra es el mejor exponente del alto grado de exigencia, siempre que esta sea absolutamente noble y leal, que el individuo puede tener acerca de algo. Me veo más lejos del radicalismo de Pearl S. Buck, quien afirmaba que el afán de perfección hace a algunas personas insoportables, que de aquel profesor que, haciendo parecer que su asignatura era un hueso, conseguía que esta fuera muy valorada por los alumnos.
Lo que intento decir en suma es que es muy de admirar la forma de actuar que tiene aquella persona -artista, profesional, obrero, quien sea-, que actuando con ambición, sí, pero con ecuanimidad y temperancia, aspira a conseguir lo máximo de lo que es capaz, y pone en ello su mayor esfuerzo, aunque es consciente de que no podrá alcanzar nunca lo perfecto.
Es lógico, e incluso aconsejable, que aspire a ello. Y cabe traer aquí un recuerdo a la competitividad con dos citas: que el orgullo y la competencia mal entendidos pueden convertirse en nuestros enemigos, y que lo bueno de la competencia no es saber quién es mejor, sino la mejora personal de cada individuo en cada enfrentamiento. Debe aspirarse a todo, pero con la modestia imprescindible para saber que nunca logrará conseguir algo que no sea perfectible. Posiblemente lo haga, y a conciencia, y con lentitud, siguiendo el código machadiano:“Despacico y buena letra/que el hacer las cosas bien/importa más que el hacerlas”. Y nunca compulsivamente, que ello es obsesivo y la obsesión no es sino una perturbación anímica, que perjudicaría, sin duda, el resultado de la obra.
Lo mismo puede decirse de quien escucha, contempla, o lee algo que hizo la mano y la cabeza de otro humano. Este, por igual, debe admirar sin remilgos lo que está viendo y valorarlo enormemente, porque sabe que ha sido mucho el sacrificio y la habilidad del autor, y sería tremendamente injusto no ponderarlo, o ser tacaño en ello. Pero tampoco cabe en él el conformismo, sino que debe pensar que siempre existe la posibilidad de un mejoramiento y que se ha de luchar por encontrarlo, aunque en alguna ocasión sea tan deliciosamente hermoso lo que tenemos delante que pensemos que el posible hallazgo de algo que lo mejore raye en lo imposible.
Mas todas estas opiniones y convicciones que estoy tratando de exponer deben quedar reducidas a lo siguiente: cualquier obra nuca debe ser considerada como inmejorable ni por el autor ni por el observador.
De cualquier forma, he de decir que estas recomendaciones sé que serán completamente inútiles, porque aunque alguien, leyendo este escrito, se propusiera seguir lo que en él se recomienda, tanto siendo autor como espectador, eso de poner en práctica los buenos consejos sería comportarse como lo haría un hombre perfecto. Y está más que demostrado que la perfección no existe.
Ramón Serrano G.
Agosto 2014
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