jueves, 9 de octubre de 2014

¡Hola, viento!

-¡Hola, viento! Ya veo que, por estas fechas, estás de nuevo aquí como es tu costumbre. Perdona, sin embargo, que no te llame amigo, pero tengo que decirte que cada vez que regresas es para mi disgusto. He de reconocer que eres puntual, como un enamorado, aunque sabes perfectamente que tu presencia no es agradable, ni benefactora incluso, para muchos. Eres impetuoso, irreflexivo, violento a veces, amén de que también ya sueles venir frío, molesto y desapacible. Compréndelo. En marzo, al menos, y aunque fuerte, muy fuerte en ocasiones, eres beneficioso al ser portador de muchas vidas. Y sin embargo ahora, en el otoño, a más de a las hojas secas, eso que parece tan poético, te llevas las palabras, a muchas personas y a otras muchas, como a mí, y como a bastantes otros, nos haces sentirnos incómodos y molestos en grado sumo. Pero tú eres ... como siempre fuiste, ya seas Boreas, Euro, Austros o Céfiro. Te conocían los griegos como servidor de Eolo, pero no el Eolo hijo de Helén, ni el de Poseidón, sino el hijo de Hípotes, único señor vuestro, con poder absoluto sobre vosotros, que os tenía encerrados y os gobernaba con un absoluto poder, apresándoos o liberándoos a su antojo, pero con gran cuidado, ya que los vientos, tú y tus hermanos, en estado libre, y a vuestro albedrío, podíais, y podéis, causar grandes trastornos en el cielo, muchos daños y mutaciones en las tierras, y bastantes perturbaciones en las aguas. Tenéis esa capacidad desde siempre. Pues mira qué bien. Lo que no sé, siquiera, es cómo te saludo, ya que para mí eres causa inevitable de un malestar físico, y sobre todo anímico, que tolero difícilmente. Y no soy el único. Cuando tienes más intensidad que el céfiro, y te presentas silbando y arrastrando, como antes ya te decía, hojas secas, -afortunadamente por estas nuestras latitudes no alcanzas nunca la categoría de huracán- produces en muchos de nosotros un malestar característico. Invades, arrastras, arrollas cuanto coges. Si puedes, no respetas hueco ni rendija que halles a tu paso, para luego, alejarte con tu silbante sonar, ese que a pocos gusta y a muchos amilana. Y, al menos a mí, este aludido, o incómodo, desasosiego sólo me lo ocasionas tú, ya que tu, a veces, compañera la lluvia, cuando viene sin ti, es un fenómeno agradable, sensual, cautivador:”…monotonía de la lluvia tras los cristales” que dijera el insigne Machado. Me, nos, ilusiona a muchos enormemente gozar de ese agua de lluvia, a veces fina y nunca sucia, que limpia calles y tejados, y que pone morriñosa el alma de quien se halla lejos de su tierra o de sus seres queridos. Hay sitios y ocasiones, todos los sabemos, en los que las gentes están cansadas de ver la lluvia caer. Pero yo puedo decirte, de todo corazón, que nunca me ahité de eso, como tampoco lo hice de ver las olas llegar, o de pasar los días. Pero volvamos a ocuparnos de ti, y esta vez no para seguir hablando mal, ya que incluso llegaré a elogiarte. Porque también tienes tus virtudes, ¡cómo no ibas a tenerlas! Luego te las diré, aunque pienso que tú, como todos, estás más pagado de ellas que de tus carencias. Hablaré, en primer lugar, de tu sinceridad. Eres claro, simple, bruto incluso, pero franco, sin dobleces ni engaños. Anuncias tu llegada y se te ve venir desde lejos, y más en nuestras llanas tierras en las que no puedes embocarte, ni encajonarte, y te presentas ante nuestras propias barbas haciendo gala de tu poderío, que tratas, nunca de disimular, sino, por el contrario, de enaltecer. Te presentas bruscamente y topas con todo aquello que se te ponga por delante. Y debió ser que, al conocerte, alguien dijo aquello de si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él. Por eso, y también por tu desinteresado esfuerzo, muchos te utilizaron desde tiempos inmemoriales para sus desplazamientos marinos, montando sobre sus cascarones, hasta entonces movidos a remos, unas velas -cuadradas unas, latinas, otras- sobre las que soplabas, aunque, a veces, sólo cuando te venía en gana. Y más tarde, otro alguien, aunque esta vez localizado en tierras holandesas, comprendió que el hombre no podía vencer ni eliminar al viento, pero sí que podía construir molinos para aprovechar su inmensa energía. Y, valiéndose de ella, que tú tienes muchos defectos, pero entre ellos no está el de ser ruin, o cerracatín, para extenderte y regalar tus fuerzas, construyeron infinidad de estos aparatos para la molienda. De varias formas y en muchos lugares. Por su aspecto, y bien lo sabemos los que en estas pardas tierras de La Mancha vivimos, pudiesen parecer gigantes dispuestos a mover más brazos que los de Briareo, aunque, en realidad, lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas al viento, hacen andar la piedra del molino. Es por eso, Viento, que aunque personalmente no te tolere, no me duelan prendas al proclamar tus virtudes, que serían mucho más provechosas si, la mayoría de las veces fueses menos brusco y un poco más comedido en tus actuaciones. Unos atributos que no son sólo los enumerados anteriormente. Además, sacudes a todos los árboles sin distinción de especies; eres favorable, aunque únicamente para quien sabe a dónde va; y tienes consciencia de que el pesimista se queja de ti, el optimista espera a que cambies y el realista ajusta las velas. Y para que veas que, en el fondo, no te quiero tan mal, he dejado para el final lo mejor que se puede decir de ti y que es aquello que se dice de beber los vientos por otra persona. Porque yo te aseguro que lo mejor que le puede suceder a aquél, o a aquélla, es que alguien esté bebiendo los vientos por ella, o por él. Ramón Serrano G Octubre 2014

jueves, 25 de septiembre de 2014

Las nubes

A las 19,30, Tomás, mi hermano mayor y yo, recogimos puntualmente a mi colega David para ir a casa de nuestro gran amigo (de mi hermano y mío, ya que David aún no le conocía personalmente) Eduardo Marco Hierro, “muchimillonario” desde varias generaciones, quien, con la excusa de ver un partido de fútbol, había organizado en su casa una merendola, la cual, conociéndole de antemano, sabíamos que resultaría variada, extensa y exquisita. Cuando llegamos nos abrió la puerta el mayordomo, y vimos que ya se hallaban allí los otros cinco invitados. Acabado el encuentro, y tras el deleitoso lunch, el anfitrión autorizó al servicio para que se retirase, y él mismo nos preparó unas copas. La conversación versó al principio -era lo lógico- sobre el match europeo que acabábamos de ver (la justicia del resultado, la actuación arbitral, etc., en una palabra, los tópicos de siempre), para luego derivar hacia los temas más diversos. Y al rato, en un determinado momento en que casualmente estábamos en un aparte nosotros tres con Eduardo, dijo mi hermano: -David, has de saber una cosa de nuestro convidante y esta es que, a más de ser sencillo, campechano como pocos, y generoso como casi nadie, tanto él como sus antecesores han sabido conservar, y aún acrecentar, una gran fortuna, cuando la mayoría de los humanos, en tan largo espacio de tiempo, la hubiesen, si no dilapidado, sí aminorado bastante. Y lo que es más importante, jamás hicieron, ni hacen, una mínima gala de ella. -Pues estoy casi más orgulloso de tener ese carácter del que primero hablabas que de nuestra habilidad para conservar los haberes heredados, le respondió Eduardo. Pero permitidme que yo le diga también algo a David. ¿Sabes algo de la vida de los abuelos y los padres de estos dos? -Más bien poco, respondió este. Sé que provienen de un pequeño pueblo y que el uno como economista y Javier como profesor, son los primeros universitarios de su familia. -Pues yo te voy a contar muchas otras cosas de esa familia de estos dos hermanos, muy merecedoras de ser conocidas. Verás: al poco de acabar nuestra ignominiosa guerra civil, su abuelo, que aunque era muy trabajador y honrado, sólo tenía una mano al lado de la otra y la calle para correr. Se casó con la hija de un viñero de escasas posesiones -un pichulero, como les llamaban allí- y montó una tienda de coloniales y ultramarinos, negocio ciertamente arriesgado, pero útil, dada la gran escasez de alimentos que imperaba por aquellos entonces. Le fue bien -o al menos él supo hacer que no le fuese mal-y educó a todos sus hijos -tuvo cinco- de modo que fuesen prosperando en la vida. Empezó obligándoles a que simultanearan la escuela, pero sin que perdieran un solo día de ella, con el aprendizaje de algún oficio o profesión. Así el mayor se hizo albañil. El segundo, el padre de estos, con una buena visión de futuro, puso un taller de bicicletas. La tercera se fue a un convento. El cuarto aprendió electricidad y la última abrió un taller de costura. Y todos, salvo Eulalia, la tercera, como es natural, bromeó, eran autónomos; y todos llegaron a tener una buena posición social. -Su padre ya fue amigo del mío, continuó Eduardo. Se conocieron allí en el pueblo donde mi abuelo tenía unas fincas. Más tarde yo, que iba muchos veranos a pasar temporadas a ese lugar, me hice amigo, primero de este, de Marcial, pero luego también de este otro, con el que llegué a intimar más. Cazábamos juntos, ahora jugamos a menudo al golf, e incluso llegamos a hacer algún negocio en común. Y hoy que ya nos conocemos muy bien, puedo decir que ellos han salido a sus antepasados, y que aquellos merecen admiración y aplauso porque dedicaron sus vidas a ir subiendo en todos los buenos estratos de la vida. -Como muchos otros, intervine. -No, Marcial, no. Debes decir como pocos otros, que los más, se dedicaron siempre a mejorar su status, sí. Y, si me apuras, diré que algunos con buenas artes. Pero estuvieron preocupados más de afanar una buena posición económica, que de conseguir unas mejoras culturales y sociales para los suyos. Vuestros antepasados no fueron, y de ello podéis y debéis estar muy, muy, muy satisfechos, no fueron, digo, como esas nubes que sólo saben perseguirse unas a otras, sin llegar a soltar nunca ni una sola gota de agua. -Vuestro abuelo y vuestro padre, continuó, sí que derramaron, no unas pocas gotas, sino chorros de sudor en su esfuerzo para conseguir que sus familias fueses elevándose en todos y en cada uno de los mejores sentidos. Y pienso que también efundieron muchas lágrimas de satisfacción al ver que unos y otros no los defraudasteis, y llegasteis a lugares a los que ni ellos mismos habían soñado. -Me queréis decir que cara pondría hoy vuestro abuelo, ¿se llamaba Tomas como tú, verdad?, si te viese a ti como economista; o a ti como profesor de Universidad; o a vuestra hermana Pilar como médico puericultor. Seguro que se hallaría más contento de ello, que si hubiese multiplicado sus haberes. Calló entonces, le dimos un abrazo y brindamos. Y aquella copa sí que nos supo muy requetebién. Ramón Serrano G. Setiembre de 2014

jueves, 11 de septiembre de 2014

Las potencias

“…no te rindas,…aunque el frío queme, aunque el miedo muerda…”.- Mario Benedetti. Total ¿por qué? ¿Por las caricias falsas e interesadas de una veinteañera? ¿Por unos revolcones en el prado? ¿Por no saber controlar tanta lujuria? Actos, todos ellos, en los que estuviste totalmente dominado por la libídine, un vicio al fin y al cabo, y que, a la larga, termina no satisfaciendo por completo a nadie. Yo pienso que fue sólo por eso. Desgraciadamente tuvo que ser por esa tenuidad, aunque, conociéndote, también debió influir en tu infausta actitud el hecho de que, sublimada tu egolatría con tan parvo e irrisorio triunfo, creíste ser un donjuán y te sentiste muy macho y satisfecho, no sólo con lo conseguido, sino porque los hombres del pueblo comentaron en bares y tertulias tu faldero triunfo, y además, pobre miope, llegaste a creer que las demás hembras, deslumbradas, volverían la cabeza a tu paso. ¡Menudo éxito! O, ahora que lo pienso, ¿no perpetrarías la badomía aquella porque estabas cansado de ser feliz? Que los humanos solemos (y digo solemos porque yo formo parte de ti) cometer esos dislates, y así, ingente cantidad de personas, poseedoras y disfrutadoras de bienes materiales o espirituales muy reconfortantes y satisfactorios, de pronto, se ven atacados por un extraño virus que les lleva, no a una humildad y a una sencillez de vida diríamos casi monacales, sino a un cambio de aficiones y apetencias absurdamente llenas de peligros, y dispensadoras de deleites, de una gran prosopopeya, pero de valor baladí. Por uno de estos motivos, o por todos a la vez, tuviste que dejar a tu familia, a tu mujer, o ¿fue ella la que te dejó a ti? Mas eso da lo mismo. Por otra parte, tu empresa, con muy buen criterio, te trasladó a muchos kilómetros de distancia y debes dar gracias que no te obsequiase con una carta de despido. El caso es que, cuando cuentas con poco más de cuarenta años, cuando tu vida, que, razonablemente y salvo una desgracia, aún no ha llegado a su mitad, tú, hoy, hueles a invierno. A cosecha agostada. A flor marchita. A fracaso. Pero dejemos este tema recurrente. Soy, bien lo sabes, la mitad de tu alma. La que no está conforme, y sí molesta, con tu proceder inadecuado. Pero si observas, en ninguna de nosotras dos, ni en mí ni en el otro fifty, se aprecia el color verde indicador de que existe en nosotras una esperanza de futuro. Dudamos de que seas capaz de remontar el vuelo -lo siento, pero se te ve con las alas muy caídas- y dar a tu existir el impulso necesario para construir una nueva vida. Y aunque esa es nuestra percepción, no es, sin embargo nuestro deseo para el futuro. Nosotras, tu alma entera, quisiéramos que si esa “hombría” de la que gustabas presumir es en ti radicular, te comportes en el inicio de esta nueva etapa de tu existir como un verdadero hombre. Piensa que quien sabe errar también ha de saber acertar, y si tuviste capacidad para unas cosas, debes aprovechar esa aptitud para alcanzar otras. Reinvéntate, será bonito. Nosotras, y por lo tanto tú, tenemos tres potencias. Úsalas. ¿Recuerdas cuáles son? En primer lugar repasa bien lo sucedido, que lo tendrás retenido en tu cabeza. Recapacita todo lo que hiciste y alcanza a comprender qué fue lo que provocó tu fracaso. Hazlo con profusión de detalles, porque el más nimio, tanto si lo era en sí como si a ti te lo parecía, pudo ser el desencadenante de lo que te sobrevino. Ahora, no te abandones, “no te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo…”. Infiere que debes forjar una nueva vida, y para ello, busca ideas, compara situaciones, júzgalas, y luego introduce los cambios que estimes necesarios, porque no creo que quieras persistir en el error. A continuación, lánzate con todas tus fuerzas a modelar la segunda parte de tu existencia. Piensa que eso te va a costar, y mucho. Más de lo que crees. Pero piensa también que, cuando logres tu propósito, serás bastante más feliz de lo que te puedas imaginar, viéndote en el estado en que te hallas. Y si tienes trabajo y una casa, aunque no sea la que tú hubieras deseado, únicamente te debes plantear si el futuro quieres vivirlo solo o en compañía de alguien. Conociéndote y sabiendo que la mujer tiene para ti un valor inmenso, creo que deberías optar por lo segundo. Busca a alguna que te dé apoyo, consejo, ganas de triunfo, mas recuerda, muy mucho, que reducir su función únicamente al sexo es banalizarla de la manera más absurda. Ellas que fueron tu perdición podrían ser la mejor ayuda para tu revalorización. Entonces, si me lo permites, te aconsejaría que trataras de conseguir el perdón de esa a la que tanto daño hiciste, e intentar que volviese junto a ti. Nosotras, que la conocimos bien, sabemos que no hallarás otra mejor, y hasta presumimos de que llegaría a disculparte e, incluso, sería feliz y conseguiría que tú también lo fueras si os unieseis de nuevo. Por último he de pedirte que ahora no te hundas ni abandones. “ No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje…”. Pon manos a la obra sin miedo, con cierto entendimiento y bastante voluntad, pensando que es mucho, y es muy bueno, lo que todavía puedes conseguir a estas alturas. Ramón Serrano G. Setiembre 2014

jueves, 14 de agosto de 2014

El tiempo

“El tiempo de vivir es, para todo, breve e irreparable”.- Virgilio En mayo del año 2000 -¡qué barbaridad, cómo pasa el tiempo- publicaba yo en estas mismas páginas un artículo sobre lo beneficioso que es saber ganar el tiempo, y me refería a las diversas maneras de aludir a él: hogaño, prognosis, ínterin, otrora, anteriori, posteriori. ¡Cuántos y qué bellos significados! ¡Cuántas y qué bellas etimologías! Y de adjetivos que le sean aplicables, no digamos. Reconocíamos que el tiempo es, entre otras muchas cosas: eterno, inexorable, incomprable, provechoso, inalcanzable, inaprehensible, fugaz, despreciativo, huidizo, y caro, muy caro. Y hoy, más de catorce años después, estudiando el tiempo (pero quede claro que no el estado de la atmósfera en relación con la temperatura, el viento o la humedad, etc.), diré que siendo una de esas cosas que pueden expresarse de un modo cuantitativo, puede que sea de los pocos -yo diría que él único-, que admite calificativos verdaderamente antagónicos según sea enjuiciado por una u otra persona. La luz, la velocidad, la longitud o el peso, incluso el espacio, pueden ser considerados por seres distintos de una manera diferente: tenue o cegadora, lenta o rápida, pequeña o extensa, liviano o pesado. La claridad de un destello, andar cinco kilómetros en una hora, los metros de una casa, o transportar una maleta de diez kilos, siendo igual para todos, se verán considerados de una muy diferente manera por unos u otros individuos, independientemente, repito, de la eseidad de cada uno de ellos. Pero es el tiempo, o sea, la magnitud en la que se desarrollan los distintos estados de una misma cosa, u ocurren la existencia de cosas diferentes en un mismo lugar, es el tiempo, digo, el que puede parecer, siendo el mismo, inmensamente diferente, siendo, por ejemplo, breve para uno, e interminable para otro. Y lo que es casi increíble: ser efímero unas veces e interminable en otras para la misma persona. Todo irá en función de cómo nos hallemos. Ya se sabe aquello de que un minuto dura más o menos según a qué lado estemos de la puerta del cuarto de baño. Y dada su característica manera de ser, sobre el tema concepto que hoy nos ocupa, y debido a mil y un motivos, han escrito una gran cantidad de autores célebres, muchos aforismos realmente juiciosos y muy merecedores de reflexión. Citaré algunos en la seguridad de que su lectura les hará pensar. Decía Goethe que el día es excesivamente largo para quien no lo sabe valorar y utilizar. Berlioz, que el tiempo es el mejor maestro; lástima que mate a todos sus alumnos. Mahoma, que no debemos pasar el tiempo soñando con el pasado o con el porvenir, sino que hay que estar listos para vivir el momento. Un proverbio oriental afirma que por mucho que disparemos contra el gallo no por eso dejará de amanecer. Y expondré, finalmente, dos de Shakespeare, a cual más profundo. El primero, una sentencia: tan a destiempo llega el que va excesivamente deprisa, como el que se retrasa en demasía. El segundo, un minucioso detalle de su esencia: es lento para el que espera; rápido para los que temen; largo para los que sufren; muy corto para los que gozan; y una eternidad para quienes aman. Aunque, si nos fijamos, el tiempo es una extraña sustancia que siempre es igual. Constantemente. Desde el inicio de los tiempos. De día o de noche, en verano o en invierno. Una hora siempre ha durado, dura, y durará, tres mil seiscientos segundos. Pero, pese a esa exactitud en su desarrollo, todos podemos dar fe, porque todos lo hemos comprobado, que a veces pasa muy lento, y a veces vuela. Recordemos la impaciencia del quinceañero por llegar a la juventud, y la desesperación del anciano viendo cómo se le escapan los días. Para aquellos el tiempo camina sobre una tortuga. Estos tienen la certeza de que no hay caballo, ni viento, que corra como el tiempo. Permítaseme aquí una, muy libre, comparación de esta distinta valoración del tiempo con el dinero. A quien le sobra, no le importa dilapidarlo en la errónea creencia de que siempre tendrá lo suficiente. A quien apenas si lo conoce, cree que todo le será inalcanzable, fuera, muy fuera de sus escasas posibilidades. Pero aprehendamos el tiempo, para reconocer que somos nosotros los que lo tomamos de distinta manera, llevados a ello por nuestras circunstancias y en la certidumbre de que no podemos sustraernos a él. Y que hemos de aceptarlo así. Que siempre será así. Que, afortunadamente, ha de ser así. Será cuestión, entonces, de que sepamos acomodarnos a la fase de la vida en la que nos hallemos y dediquemos todo nuestro saber a aprovecharlo convenientemente en nuestro beneficio y en el de los demás. Y pensemos que una muy buena definición del tiempo, o estaría mejor dicho, que podríamos hacer un buen parangón de él con el viento. Porque no lo podemos atrapar. Porque sea cual sea la intensidad con la que sople, esta le parecerá a unos brisa y a otros vendaval. Porque siempre se moverá a su albedrío y no a nuestro acomodamiento. Porque tendremos que obrar con el actual, ya que nunca podremos ahorrarlo para otra ocasión, ni pedir un anticipo del que haya de venir en el futuro. Por último recordar que es un craso error no saber que el tiempo se parece también al viento en otras dos cosas: arrastra lo liviano y mantiene lo que pesa. Ramón Serrano G. Agosto de 2014

jueves, 31 de julio de 2014

La perfección

Para P.R.M., una gran señora No existe. Aunque pueda parecer lo contrario, la perfección no existe. En ningún alcance, consecución, obra, parámetro, o cualquier otra impronta que podamos observar, o a la que referirnos. ¡Y mira que hay cosas bonitas en el universo mundo! Pero a todas, absolutamente a todas, les falta, o les sobra, algún detalle, según sea la persona que las esté analizando, porque aquí manda siempre, y con poder absoluto, la subjetividad. Cuando vemos algo que realmente nos agrada nunca deberíamos decir que es perfecto, o sea, que tiene, en su línea, el mayor grado posible de bondad o de excelencia. A lo sumo, que es bonito, que nos gusta, que le satisface a mucha gente, pero nunca tendríamos que otorgarle un cum laude, y es lo que hacemos en determinadas ocasiones, aunque no sé bien si por modestia o por racanería. Aquél piensa que el Taj Mahal debería ser un poquito más alto; ese cree que la Joven de la perla estaría mejor vestida de azul; este que Machado, en su canción A un olmo seco, debiera haber tratado de infundirnos con su relato de la aparición de las nuevas hojas primaverales una mayor esperanza y no tan sólo una brizna; ellos que un determinado amanecer hubiera sido más lindo de no haber estado allí aquella nubecilla; vosotros que Mozart supera un algo a Beethoven; nosotros que el amor se expresa mejor con la mirada que con la poesía. El caso es que éste, ése, aquél, nosotros, vosotros y ellos, todos, “apreciamos” siempre una “inapreciable” tara o impureza, que hace que la joya que admiramos no sea totalmente preciosa, o, mejor dicho, que impide que lo sea por completo. Al menos, para nuestra forma de ver y de pensar. Puede que la exposición de estos comportamientos, de la creencia de que no existe la sublimidad, lleve al lector a pensar que mi postura es opuesta a ello. Pero nada más lejos de la realidad, ya que estimo que esa resistencia a conceder los máximos galardones a una obra es el mejor exponente del alto grado de exigencia, siempre que esta sea absolutamente noble y leal, que el individuo puede tener acerca de algo. Me veo más lejos del radicalismo de Pearl S. Buck, quien afirmaba que el afán de perfección hace a algunas personas insoportables, que de aquel profesor que, haciendo parecer que su asignatura era un hueso, conseguía que esta fuera muy valorada por los alumnos. Lo que intento decir en suma es que es muy de admirar la forma de actuar que tiene aquella persona -artista, profesional, obrero, quien sea-, que actuando con ambición, sí, pero con ecuanimidad y temperancia, aspira a conseguir lo máximo de lo que es capaz, y pone en ello su mayor esfuerzo, aunque es consciente de que no podrá alcanzar nunca lo perfecto. Es lógico, e incluso aconsejable, que aspire a ello. Y cabe traer aquí un recuerdo a la competitividad con dos citas: que el orgullo y la competencia mal entendidos pueden convertirse en nuestros enemigos, y que lo bueno de la competencia no es saber quién es mejor, sino la mejora personal de cada individuo en cada enfrentamiento. Debe aspirarse a todo, pero con la modestia imprescindible para saber que nunca logrará conseguir algo que no sea perfectible. Posiblemente lo haga, y a conciencia, y con lentitud, siguiendo el código machadiano:“Despacico y buena letra/que el hacer las cosas bien/importa más que el hacerlas”. Y nunca compulsivamente, que ello es obsesivo y la obsesión no es sino una perturbación anímica, que perjudicaría, sin duda, el resultado de la obra. Lo mismo puede decirse de quien escucha, contempla, o lee algo que hizo la mano y la cabeza de otro humano. Este, por igual, debe admirar sin remilgos lo que está viendo y valorarlo enormemente, porque sabe que ha sido mucho el sacrificio y la habilidad del autor, y sería tremendamente injusto no ponderarlo, o ser tacaño en ello. Pero tampoco cabe en él el conformismo, sino que debe pensar que siempre existe la posibilidad de un mejoramiento y que se ha de luchar por encontrarlo, aunque en alguna ocasión sea tan deliciosamente hermoso lo que tenemos delante que pensemos que el posible hallazgo de algo que lo mejore raye en lo imposible. Mas todas estas opiniones y convicciones que estoy tratando de exponer deben quedar reducidas a lo siguiente: cualquier obra nuca debe ser considerada como inmejorable ni por el autor ni por el observador. De cualquier forma, he de decir que estas recomendaciones sé que serán completamente inútiles, porque aunque alguien, leyendo este escrito, se propusiera seguir lo que en él se recomienda, tanto siendo autor como espectador, eso de poner en práctica los buenos consejos sería comportarse como lo haría un hombre perfecto. Y está más que demostrado que la perfección no existe. Ramón Serrano G. Agosto 2014

jueves, 17 de julio de 2014

...y mañana(yIII)

Rafael, le contestó Teresa, como te conozco desde hace mucho, no me puede extrañar en ti esta generosidad que estás demostrando. Te he pedido tres cosas: que vivamos en mi casa con mi madre, que me ayudes en la administración de mis tierras y anticipar la consumación matrimonial antes del paso por la vicaría. Me has concedido de inmediato la primera y la segunda, y en cuanto a la tercera, sé con seguridad, que no me la has denegado por capricho, sino que haciéndolo, piensas que, en el fondo, me satisfaces más de esta manera que si consintieras en ello. -Sabes, continuó, y lo sabes plenamente, que voy a ser muy feliz contigo al igual que yo lo sé y lamento que nuestra unión no se realizara en su día. Pero dejemos eso, porque agua pasada no mueve molino. Y ya que una de las cosas que he de hacer como mujer para conseguir esa felicidad es obedecer al esposo, o como Pablo dice a Tito en su carta, saber que existen unas prioridades por las que la mujer debe aprender a amar a su marido, y a ser prudentes, castas y cuidadoras de su casa, o cuando el mismo Pablo escribe a los efesios para recordarles que la mujer, entre otras obligaciones, debe someterse al marido. Por todo ello, yo lo haré así, y con agrado, y estaré encantada de acatar tu voluntad. -Veo que estás muy impuesta en saber cuáles son tus deberes, intervino él. Pues te digo, que yo también creo saber algo de los míos ya que en esa segunda epístola a la que has hecho alusión, se dice que el esposo debe amar a la esposa como a su propio cuerpo. Y por otra parte, también quiero que sepas que, como sigas tratándome así, no es que te voy a querer, es que te voy a idolatrar, aunque te juro que ya llevo tiempo haciéndolo. Ahora hablaremos de fechas y pretensiones, pero déjame decirte antes que cuando te expliqué lo de mi intención de proponerte el matrimonio no te comenté que me costó mucho tomar una decisión. Pensé en muchas, quizás en demasiadas cosas. Que si nunca segundas partes fueron buenas; que si el amor tiene su tiempo, y retomarlo fuera de él pensando que las cosas van a ser como pudieron ser en otra época porque hay solución de continuidad suele ser un error; que lo que sucedió tiene su tiempo y está enmarcado en él; que tomar un lienzo y llevarlo a otro marco hace un producto diferente. Y que suele suceder muy a menudo que una cosa es lo que se sueña, y otra muy distinta la nueva realidad. -Pero por otra parte me dije: ¡qué narices!, ¿por qué no tiene uno derecho a continuar un libro que dejó a medio escribir? Ocurre frecuentemente que cuando se retoma la escritura, la persona tiene más experiencia y puede narrar mejor y decir cosas más bellas que cuando lo inició. Y en esa lucha de ideas estuve un tiempo hasta que tomé la decisión que ya conoces y de la que tan contento me hallo. -Y ahora parece ser que nos está ocurriendo lo mismo que a aquel masoquista que le dijo a un sádico: -Pégame. Y este, con cara de mala uva, le contestó: -No quiero. Bien, pues en esta rara situación en la que nos hallamos, voy a decirte, y con ello termino, que puesto que parece ser que estamos de acuerdo en todo, pienso que no deberíamos posponer demasiado la boda. Es más, creo que deberíamos celebrarla a más tardar en un par de semanas, pero su fecha exacta, lugar, organización, y demás eventos, los dejo por completo en tus manos, recordándote que en ello debes obedecerme como muy bien dictan los libros que antes citabas. -Así lo haré mi señor, bromeó Teresa, y puedo decir que nada me complacerá más. Como suponía que me encargarías de ello, ya había pensado que podríamos celebrar la boda en cuanto haga sitio en la casa para tus cosas y las traslades. El lugar será la ermita a la que tenemos tanto cariño. Los asistentes, tu cuñado y algún amigo, y por mi parte, mi madre, la mujer que la atiende, mis primas y los vecinos de al lado. Poca gente, como bien sabes, que nos podemos acomodar en cualquier restaurante que elijamos. Y el viaje pienso que debemos dejarlo para este verano cuando cojas las vacaciones. ¿Qué te parece? -Pues me parece perfecto, como todo lo que tú haces. Pero ahora me toca a mí el turno, y me ha venido a la cabeza algo que quiero exponerte. Como mañana es viernes, pasado no tengo que madrugar, aunque esto lo hago tenga que ir a clase o no. Bien, sabrás que quiero regalarte tres cosas. -Muy generoso de nuevo. -Menos de lo que te mereces. El primer obsequio es que creo que un acto tan importante y trascendente como este acuerdo mutuo y definitivo que acabamos de tener, posiblemente el que más hasta la celebración de la boda, hemos de celebrarlo, y quiero hacerlo, no con boato, pero sí con el mayor realce que me sea posible. Iremos a cenar al pueblo de al lado a un sitio que conozco, tranquilo, apacible, y será una cena íntima, entrañable, con muchos proyectos, alguna caricia semi-robada, y todas las ilusiones del mundo debidamente regadas con champán. Piensa también que será la primera vez que cenaremos juntos. ¡Qué ilusionante! -Lo estás presentando muy bien. -Pues aún queda lo mejor y, por supuesto, lo de más importancia. Al regreso pasaremos por mi casa y te entregaré el regalo de boda. Te lo podría llevar al restaurante y dártelo allí, pero prefiero hacerlo a solas para poder demostrarte en el momento de la entrega lo que significas para mí. -Hasta ahora perfecto, pero ya me tienes en ascuas, y es más, me da casi miedo pensar en qué consistirá el tercer regalo. -No Teresa, no temas nada, que temor se debe tener sólo a lo desconocido. Por otra parte, el miedo no es sino el recelo que alguien tiene a que le suceda lo contrario a lo que desea. Y ocurre que algo me ha tirado de mi caballo (también le sucedió algo así a ese Pablo antes aludido), afortunadamente he visto la luz de lo correcto y pienso tener la deliciosa satisfacción de concederte lo que me solicitas en el ruego que me has hecho y que, equivocadamente, te he negado antes. Y el hacerlo no va ser precisamente un fastidio para ti. Ni para mí. Estoy viendo ya el placer en tus ojos, como es posible que tú aprecies el gozo anticipado en los míos. Te prometo que cuando hayamos terminado el acto, los dos pensaremos que hemos estado tocando el cielo con los dedos. Ramón Serrano G. Julio 2014

...hoy (II)

Teresa no acababa de decantarse sobre la decisión a tomar. Llevaba varias semanas saliendo de manera intermitente con Rafael, hablando con él de mil y un temas, pero en su fuero interno, sabía que no debería retrasar más el darle una contestación a su propuesta. Sin embargo, no era nada fácil saber qué resolución adoptar ante y para con ese hombre que, cuando joven, fue su primer y único amor; que después la había abandonado inmotivadamente, y que ahora, inesperadamente, y más de veinte años después, repetía su asedio amoroso. Desde luego, antes de adquirir un compromiso absolutamente formal y serio (a su edad ya no valían probaturas como le anticipó en su día), él y ella tendrían que puntualizar meticulosamente cuáles eran sus intenciones, ya que Rafael sólo le había hecho una propuesta, directa sí, pero nada concisa. Estaba clarísimo que antes de tomar una solución definitiva tendría que saber sus ideas y proyectos, e incluso, si lo hubiese, algún condicionamiento. Pero todo eso vendría luego. Antes, y eso era lo que no acababa de aceptar, era entrar en “negociaciones”. Y era lo más importante. Decidióse al fin, y lo llamó para concertar una cita, aclarándole que lo tratado en esa sería resolutorio. La fijaron para el siguiente día; él la recogió con su coche y luego se fueron hasta una cafetería, La Veredilla, en las afueras del pueblo. No había más que un par de clientes. Ocuparon la última mesa de la terraza, y habló él: -Sólo con que hayas querido venir a hablar de esto, ya es para mí una satisfacción, y lo seguiría siendo aunque tu postura fuese negativa. -Aunque fuese únicamente por educación tenía que venir, tú lo sabes. Por educación y por respeto a ti. Pero también, y principalmente, he venido por mí. Me he planteado esta situación que tú, mi querido Rafael, has venido a ofertarme. Te aseguro que lo he hecho desde muchos prismas, y, al final, todos ellos me ofrecían perspectivas muy halagüeñas. Yo, una casi solterona, o quizás, no tan casi, pero virgen, eso sí, se ve pretendida de nuevo por el mismo hombre que la enamoró cuando joven, para compartir con él la segunda parte de sus vidas, sin duda alguna la parte de ella más difícil y requeridora de mayores esfuerzos. Con el hombre a quien quise y que aún sigo queriendo. A la vez, en ese compartir la vida, podré fruir con muchos gozos de los que yo, hasta el día de hoy, he sido ayuna. Y sentirme arropada, y protegida, y ayudada, en cuantos menesteres necesitare. -Tengo por seguro, prosiguió Teresa, que ello me acarreará, por otra parte, trabajos, desvelos, sacrificios, al tener que convivir con otra persona y supeditar en muchas ocasiones mis gustos y deseos a los suyos. Y que todo eso, cuando se ha vivido como he hecho yo en la más completa libertad, puede atemorizar un tanto. Pero sé, con seguridad, que esos esfuerzos me proporcionarán alegría y no desasosiego, ya que estarán realizados con el fin de conseguir el bienestar de la persona amada. -Ni en mis mejores sueños esperaba oírte decir esas palabras, dijo él. -Por favor, déjame terminar, le cortó ella. Aún no te he hablado de tres cosas que quiero pedirte antes de que tomemos la decisión de unirnos. La primera, y esta es imprescindible, es que hemos de vivir en mi casa y no en la tuya. Comprenderás que, a sus años, no debo, ni quiero, dejar sola a mi madre. Está bien, pero debe vivir acompañada. No hay ningún otro motivo. La segunda, y esta es una súplica, es que espero tu valiosa ayuda en la administración de mis fincas. Y la tercera, y esta no sé cómo catalogarla, es que me gustaría hacer el amor antes de la boda. -No, no pongas esa cara, prosiguió. Por un lado, mi educación en ese aspecto es muy distinta a la actual (ya sabes, aquello de la mitificación del sexo con la que nos traumatizaron, etc., etc.) y por otro, estoy cansada de escuchar y saber cosas sobre el acto en sí, y no quiero buscarle más trascendencias. Cosas buenas, malas y regulares, para qué te voy a cansar, si tú también las has oído demasiadas veces. Para algunas mujeres es maravilloso; para otras, ¡pse!, una forma de “distraerse”; pero para otras, según tengo oído, es un auténtico suplicio. Un trance muy desagradable. Y yo, que puedo ser así, no quiero padecer, ni privarte a ti de un placer al que tienes derecho por el matrimonio. Ahora tú me dirás. -Tus palabras, sorprendentes en parte, han tenido una claridad y una explicitud muy de agradecer, y que quisiera que también las tuviesen las mías. Me explico: nada, absolutamente nada, que objetar a las dos primeras premisas. Será muy agradable vivir con la suegra, al igual que prestarte la colaboración que pueda en la gestión de tus negocios, aunque ya supones que de agricultura sé muy poco, si es que sé de algo. En estos dos temas, por mucho que haga, siempre me parecerá poco. Además, y para evitar que tengas problemas, haremos separación de bienes, y te entregaré una concesión de divorcio para que, si no te agrada algo del matrimonio, puedas volver al celibato, al día siguiente si gustas, sin ningún problema. -En cuanto al que resta, he de decirte (ocultarlo sería una necedad) que yo me he sentido de nuevo enamorado de ti. Enamorado de verdad. Enamorado a la antigua manera, con lo cual se me abría la posibilidad de vivir mis últimos años en un estado de venturanza, que no es necesario que pormenorice, y que ya no esperaba obtener. Pero debes creerme al expresarte que me planteé nuestra unión en un estado de, digamos, desequilibrio, por el que yo me dedicaría más a conseguir tu felicidad que la mía. Mil razones me aduje para convencerme de ello, pero sobre todo que yo había estado casado y, por tanto, vivido en pareja, con toda la cantidad de vivencias de todo tipo que eso conlleva. Te repito que estoy completamente seguro de lo que quiero hacer si consigo, para mi bien, casarme contigo: buscar en todo momento, y por encima de todo, tu dicha. -Tan sólo, Teresa, quiero hacer una excepción a esa regla y, ahora, permíteme que acuda a la memoria. Recordarás que cuando fuimos novios, lo más que nos permitíamos -lo más que me permitías- era una caricia fugaz, y ya, como el súmmum, un beso casi, casi robado. A ninguno de los dos se nos pasó por el magín el acostarnos, cosa que ambos estábamos dispuestos a posponer hasta el paso por la vicaría. Permíteme pues, cariño, que hoy, con más años, conserve el mismo respeto que entonces nos teníamos. Acabamos de recordar nuestro ayer, y hemos puntualizado nuestro hoy. Concédeme que dejemos la realización de la cópula para un mañana, que parece ser que tenemos, afortunadamente, muy cerca, y, por lo que se barrunta, puede que sea muy feliz. Ramón Serrano G. Julio de 2014