lunes, 16 de junio de 2014

Ayer...(I)

El sentir no es consentir, ni el sentir mal es pecar.- -Buenos días, Teresa. -¡Rafael! dijo ella volviéndose. Perdona, no te había visto. ¿Cómo estás? Sabía que habías regresado al pueblo, pero no habíamos coincidido. -Bueno, ahora que te he encontrado, un poco mejor. Llevo varios días intentando verte, pero no creas que me ha sido fácil. Ya se sabe que lo valioso siempre cuesta. Quiero que hablemos, -Tengo un poco de prisa, pero puedes decirme lo que quieras. -No. Lo que quiero hablarte es para hacerlo despacio y no en medio de la calle, sino en otro sitio más tranquilo y recogido. Toma mi teléfono, y cuando te parezca, me avisas y quedamos para tomar un café y charlar. Se despidieron afablemente y cada uno marchó por su sitio. No había transcurrido una semana, cuando lo llamó y concertaron una cita para las once de la mañana del día siguiente, en el café Rincón. Ella apareció lindísima. Elegante y bella, como siempre lo fuese. Él, con ropa informal, ya que ese día no había clase, que a esta acudía siempre con chaqueta y corbata. Tras los correspondientes saludos y naderías al uso, se sentaron en una mesa apartada, pidieron dos cafés y él comenzó así: -Ignoro lo que sabes de los últimos años de mi vida -los primeros, si no los olvidaste, los conocías bien- y los cambios que ella ha tenido últimamente en el campo familiar y también en el laboral. -Algo he oído, pero la gente habla tanto. -Pues he de decirte que, desde hace algún tiempo, comenzó un distanciamiento entre Carmela y yo, que por una u otras razones ha ido in crescendo, y que ha terminado por acabar con nuestro matrimonio. -¿Os habéis separado? -No, nos hemos divorciado de mutuo acuerdo y sin ningún tipo de compensación. Y, dicho esto, no quiero hablar más de este tema, pero sí contestaré a cualquier pregunta que tú quieras hacerme, cosa que no haría con nadie más. Sigo para explicarte que ello me llevó a tomar la decisión de solicitar un traslado, y tuve la gran suerte de que en el Instituto de aquí estaba vacante mi plaza de matemáticas. La solicité de inmediato y me la concedieron, así que aquí estoy dispuesto a que esta sea mi última residencia, a no ser que suceda cualquier hecatombe. Son varias las razones que me llevaron a tomar esa decisión. Siempre me gustó más la vida pueblerina que la de ciudad (yo bien podría ser el Juan Labrador de Lope de Vega) Aquí tenía casa, pues la de mis padres, me la dejó mi hermana el año pasado al morir sin descendencia. Y la tercera razón, que aunque te parezca extraño es la más importante de todas, y la que más tiempo me llevo para decidirme, eres tú Teresa. -¿Yo? - preguntó ella gratamente sorprendida. - Sí, tú. La mujer con la que tuve relaciones durante cierto tiempo. Recordarás que fuiste mi primera novia, con la que pensaba casarme, y a la que abandoné por motivos que aún hoy no alcanzo a comprender, y que me han tenido por ello muchas veces, y más en estos momentos, arrepiso y pesante. Ahora, cuando la vida nos ha puesto en una situación con muchos factores favorables para llevar a cabo esa unión que un día pensábamos, y tras recapacitar bastante, quisiera retomar ese camino y hacerlo para siempre. Pero si te parece, en este momento podemos hablar de las dos primeras razones que te he expuesto, o de cualquier otro tema que te parezca. El tercero, me gustaría que lo meditases bien, como tú sueles hacer las cosas, y que volviéramos a hablarlo cuando creas oportuno. -Te mentiría, le contestó Teresa, si te dijese que no esperaba oírte decir algo así. Sobre esos dos primeros temas he escuchado varias versiones, parecidas todas, y diferentes cada una de ellas. Claro que me agradará hablar sobre ellos, como lo será el contarte qué ha sido de mí durante estos veinticinco años que han pasado desde que me dejaste, y que he estado viviendo con mi madre. Charlaremos de eso, y de todo lo que quieras, porque tú, bien lo sabes, eres algo especial para mí. Cuando dos seres han querido formar una pareja estable, aun cuando esto no se haya realizado, siempre, o casi siempre, queda entre ese hombre y esa mujer un nexo, o un feeling, que dirían los ingleses. Un no sé qué, que hacen que sean algo especial el uno para la otra y la otra para el uno. -En cuanto al tercer punto, prosiguió, ocurre lo mismo. Tenía la certeza, repito de que me hablarías de eso y, de verdad te digo, que no sé si lo deseaba, o lo temía. Pero lo esperaba. Y te diré dos cosas más en las que pensé cuando supe lo de tu separación. Que vendrías, seguro, pero quizás tan sólo por acostarte conmigo, o para casarte. Mas aquello eran elucubraciones, y esto de hoy es una realidad. Por ello, te haré caso y estudiaré despacio la propuesta que me has hecho. Cuando uno es joven puede, y a veces lo hace, eso de obrar a la ligera, porque si se equivoca, tiene mucha vida por delante para enmendar su error. Nosotros, sin embargo, no podemos desatinar. Tú, que ya has sobrepasado, aunque sea en poco, los cincuenta, y yo que ya estoy relativamente cerca de ellos, hemos de estar muy seguros de lo que hemos de hacer con nuestras vidas. -Bien, veo que tus palabras son, al menos, esperanzadoras, dijo Rafael. Si te parece, durante unos días nos vemos y hablamos de lo que tú quieras, lo cual será muy agradable para mí. Y después, cuando hayas recapacitado convenientemente sobra la decisión que vas a tomar para el futuro, me la dices, y obramos en consecuencia. -Pues en eso quedamos, repuso ella. Pero te aviso de que lo que te acabo de decir puede que no acabe siendo tan prometedor como tú has supuesto. Te llamo en unos días y tomamos una solución definitiva para nuestras vidas. Ramón Serrano G. Junio de 2014

jueves, 22 de mayo de 2014

Sin ilusión

Posiblemente, una de las cosas más bonitas que pueden hacer los seres humanos a lo largo de su vida sea compartir, y no sólo lo crematístico, sino sobre todo, y quizás esto sea de mayor importancia, lo inmaterial. O sea, coincidir en aficiones, gustos, ideas, penas incluso, y luego no tratar de experimentarlas de manera individual, sino disfrutarlas, vivirlas, sufrirlas, entre otros varios que sean poseedores de unas sensaciones comunes. Y yo me siento inmensamente satisfecho, entre otras muchas cosas, por haber tenido la fortuna de compartir con dos determinadas personas, y durante muchos años, primero, un enorme y mutuo cariño, y segundo, un aprecio muy grande por una poesía: Los adelfos, de Manuel Machado. Amén de otras muchas cosas. Para una de esas personas, esta era (y seguirá siendo, imagino) la composición poética con mayor belleza de cuantas ha leído, y me consta que han sido bastantes. La otra, la recitaba -¡se lo oí hacer tantas veces!- con un sentimiento, con una hondura, con una tristura, que hacía que, al escucharla, todos los presentes nos emocionásemos, y a más de uno se le saltase alguna lágrima. Y la declamaba sin esforzarse, con una pasmosa sencillez, pero con un rigor cuasi profesional, y al mismo tiempo con una sensibilidad que conseguía que los versos se fuesen adentrando en nuestras almas y estas captasen todo lo maravilloso que aquellos poseían. Pero no debería extrañarme de que recitase este poema con tanta exquisitez, ya que el lema de la casa, el mote del escudo suyo fue siempre, y es aún, hacer las cosas bien. Honrada y sencillamente bien. ¡Qué gloria el haber estado y el seguir estando ambos tan unidos! Pero ahora, amigo lector, vayamos por dos razones, y durante un momento, al texto que hoy nos ocupa, y si no te lo sabes de memoria, que es probable que así sea, te ruego que pongas ante tus ojos Los adelfos. Primero, para rememorar esta belleza machadiana y resaltar que, el autor modernista, quien como tal pone una gran musicalidad con los acentos en su poesía, empieza con una estrofa para describirse a sí mismo como persona y, en ella, nos habla de él y de su estirpe, y quiero entender que hace extensiva esta alusión a la cultura y a la historia de nuestro país. Tras ello, y de inmediato, la descripción de un estado -¿abúlico?-, en el que va detallando sus sentires, con un lirismo y una sutileza exquisitas, que nos llevan a una gran compenetración con lo que el vate manifiesta. Así, va definiendo cada una de sus menesteres: un alma amorfa, una voluntad transida o un exclusivo frenesí que no tiene rasgos, ni tonalidad, ni olores. Y así sigue detallando otros pormenores de su circunstancia, si no infeliz, desde luego nada halagüeña, con carencias importantes, muy importantes, tanto de aspiraciones, como de cariño o de inquietud artística. Pasa el autor después, y momentáneamente, a referirse a su prolongada e incuestionable aristocracia, recalcando que ella no es adquirida sino heredada, para, de inmediato, aludir de nuevo a su alma, pormenorizando facultades y acciones tales como su postura ante el arte, la voluntad, el amor o los ideales. Por último, da cuenta de una auto marginación, un tedio vital, y hace la proclama ante la sociedad, o el mundo, de una vacuidad casi alarmante. De un hundimiento anímico de gran intensidad. Y habiendo expresado todo esto, yo creo que puede que no sea esta la mejor poesía de nuestra lengua (aunque repito que era la que más complacía a una determinada persona), pero sí he de manifestar que transmite como pocas su entrañable mensaje, y que llega al corazón de quien la lee, o la escucha, de una forma muy emotiva. Y que es preciosa. En segundo lugar, y a más de todo ello, quiero decir que hoy traigo ante ustedes esta composición poética porque explica ampliamente, en un altísimo tanto por ciento, la situación anímica que yo mismo atravieso desde hace bastante tiempo. Puede que quizás, a través de mis escritos, o de mi comportamiento, alguien se habrá percatado de que me encuentro en un declive, que está perfectamente descrito por Los adelfos, y que ratifico con estas líneas. Pero obsérvese que utilizo el condicional indicativo, y que antes hablo de porcentaje, con lo que quiero decir que el poema describe maravillosamente mi desmoronamiento y mi falta de apetencia por casi todo, pero no de manera exhaustiva. Así, no me contempla en su totalidad, porque yo, pobre de mí, no tengo el alma de nardo, ni se me debe gloria alguna, ni espero caricias o éxitos que se me alleguen en un aura. No anhelo, ni siquiera de cuando en cuando, ni un beso, ni un nombre de mujer. No me atosiga pensar en si será largo o breve el tiempo que he de permanecer en la superficie, pero si me satisfaría que las olas me trajeran y me llevasen. ¡Siempre he manifestado lo mucho que me hubiera agradado vivir junto al mar! De otro lado, sí que reconozco que amaros sí que os amo, que a nadie odio, pero que nada os pido. O mejor dicho, algo sí, ya que os ruego, es más, os suplico, que no me abandonéis. Diré, finalmente, que sé, ignorando si hago bien o mal, que no me tomo con demasiado entusiasmo la pena de vivir, aunque siempre dejaré que sea la vida la que se tome la pena de matarme. He de añadir que sé que vivo solo, sin ambiciones y sin las ocupaciones que en otros tiempos dieron algún lustre y cierta motivación a mis días. Que aguanto casi impertérrito, tanto la belleza de la lluvia tras los cristales, como la terrible monotonía del lento paso de las horas. Por eso, y por otras muchas cosas que callarme quiero, pienso, y manifiesto, que mi existencia es casi un vegetar, y que esa realidad sí que está perfectamente descrita en una frase que, aunque no es la única, se repite en el poema aludido:.. sin ilusión ninguna... Esa es la otra causa, repito, por la que hoy lo he traído aquí y he tratado de desarrollarlo. Diré, para terminar, que así no se vive bien. Es más, querido lector, te puedo asegurar que sin ilusión no se vive. Ramon Serrano G. Mayo de 2014

jueves, 8 de mayo de 2014

Era suficiente

Para Bernabé Blanco, una gran persona. Hoy suele ser ya mi escape forzoso, la forma de evadirme de algunos pensamientos actuales o de temores futuros, por lo que, por ello, suelo andar siempre evocando pretéritos, saciándome con el recuerdo, ya que, repito, no puedo, o no sé, alimentarme con el presente y del mañana. A qué hablar. Antes mi magín, como el de otras muchas gentes, saciábase por otros medios cuando se hallaba fuera del machaconeo del trabajo. Pero hoy, ya digo, todo es de distinta manera. A la fuerza ahorcan. Antiguamente volaba nuestra mente hacia lugares, inanes quizás, y se ocupaba de ¿minuciosidades? No sé si calificarlas así, pero sabíamos, a ciencia y a conciencia, el color de la portada de la casa de Dª. Clara; o que el perro de Eulogio, el mayoral de los Gándaras, era cojo porque, en un descuido, lo había pisado la mula Chusca; o el garzo de los ojos y el pelo rútilo de Andrea, la criada húngara del veterinario, la cual, junto a su madre Katalin, una mujer seca, pero buena y eficiente, habían llegado a estas tierras en busca de su padre que era miembro de de las Brigadas Extranjeras - ¿o se llamaban Internacionales?-, pero al que no llegaron a volver a ver, ya que una bala perdida había terminado con él en algún frente, por lo que ambas hubieron de estarse para siempre en busca del sustento, en un país que les era ajeno, aunque les diera buena acogida. Los muchachos abandonaban pronto la escuela, la mayoría de las veces sin agrado, y siempre para hincharse a trabajar, sin miseria, sin reloj y casi sin paga, o, al menos, siendo esta bien escasa. Por tanto, su cultura tenía, casi siempre, unos orígenes más populares que académicos. Aprendían del decir de los mayores y conocían lugares o palabras de oídas, o sacadas de los refranes que eran el mayor exponente del saber de muchos, los cuales, como buenos Sanchos, solían soltarlos muchas veces cogidos por los pelos, aunque todos resultaban verdaderos, pues eran sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas. Y, con frecuencia, se sacaba a colación aquello de: “Cuando amanece, para todos amanece”; “A Dios rogando y con el mazo dando”; “Más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena”; “Un gato bien puede mirar a su rey”, y muchos otros más que pudiera traer a colación. Con los números ocurría algo similar. Hoy sabemos que para los chinos (han venido hasta aquí tantos) el 4 es nefasto mientras que el 8 es maravilloso. Pero entonces, aunque se desconocían los motivos, a cada cual se le tenía asignada una relación inseparable y, a veces, personal. El 1 para Luis Miguel, el torero donjuán que así se había autocalificado; el 2 por cualquiera de aquellas parejas famosas; el 3 por tantos y tantos motivos; el 5 por los dedos; el 7, cifra exasperante donde las hubiera, que indefectiblemente me llevaba a pensar en unos enanitos cuyos nombres nunca conseguí aprenderme; el 15 por la belleza de la muchacha; el 56, una cifra desmesurada y que coincidía, ¿sería posible tanta supervivencia por aquellos entonces?, con los años de mi abuela Apolonia. Y por hablar de números inusitados y extravagantes, citaré el áureo, el irracional o el cósico, aunque de estos, como de algunos otros, tan solo puedo decir que creo que hay alguien que sabe lo que son. Por supuesto que yo no tengo, ni nadie tenía por aquellos entonces, la más pajolera idea. La economía también aparecía como escasa, pero poco intrincada. Se deslomaban para que la cosecha de cebada diera a veinte; poder sacar una arroba de vino con veintiún kilos; sin importarles si aquella era cornicabra, picual o arbequina, recordaban siempre que quien coge la aceituna antes de Navidad, se deja mucho aceite en el olivar. Y por otro lado, se hacían equilibrios increíbles para poder echarle algo de tocino al puchero, al menos una vez a la semana, o cada quince días. De geografía, solo un apunte, suficientemente esclarecedor. Estando trabajando en las viñas, un hijo le pregunta al padre: -Dígame usted, padre: ¿qué está más largo Sevilla o la Luna? -Eso es muy fácil saberlo, ¿tú ves Sevilla? Pero eso era antes. Hoy, para lo bueno, y para lo malo, todos tenemos que saber, o al menos parecer que lo sabemos, el índice de precios de consumo; el número de parados; la prima de riesgo; o si la ex novia de un futbolista de tres al cuarto está liada ahora con el guitarrista de los “Chabukeros rock”. Hoy, para lo bueno y para lo malo, todos sabemos más de todo, aunque la mayoría sepamos muy poco de algo. Por eso, y sin querer meterme en disquisiciones de gran hondura, y por un motivo quizás letárgico, recuerdo con frecuencia y alegremente que el saber de aquellas gentes de antaño, era poco, pero era lo suficiente. Ramón Serrano G. Mayo de 2014

Opiaceo

Para Juan F. Aguado Olmedo, con la satisfacción de haber sido, y seguir siendo, buen amigo suyo. Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera.- Proverbio hindú Indudablemente, si existe en esta vida un mundo que de verdad sea atrayente, sugestivo, cautivador y que no tenga comparación posible con cualquier otro, ese es el mundo de la lectura. Al menos, a mí así me lo parece. Claro, que igual puede decirlo del suyo aquél que sea aficionado a la música, a la tauromaquia o a la cría y al cuidado del ganado caballar. Pero yo declaro abiertamente que es mi pasión favorita, manifestando y pidiendo que al hacer esta profesión de fe, no se vea en ella pedantería o presunción alguna, sino una simple declaración de aficiones. Quizás, eso sí, con una pequeña intención mistagógica, innecesaria por otra parte, ya que quien tiene aguante para perder un rato ante estas pobres líneas mías ya demuestra tener gran afición a la lectura y no necesita que le animen a ella. De cualquier forma, repito, vengo a hacer encomio de mis gustos, y repito, sin cotejar estos con otros (por aquello de las comparaciones, el odio, etc.) declarando abiertamente que mi testimonio no es para nada objetivo y anteponiendo de nuevo, y siempre, aquello de que cada cual puede y debe tener sus aficiones, y, además, estimando que todas son dignas y plausibles porque todas sirven, o al menos deberían hacerlo, para regalarnos grandes relajamientos y satisfacciones para el alma, Entonces quiero proclamar solemnemente que lo más instructivo, ameno, grato, relajante, beneficioso, y así hasta completar una lista enorme de adjetivos definitorios, que el hombre puede usar con el fin de alcanzar un inmenso grado de felicidad, y hacerlo además a su completo antojo y voluntad, es un libro. Nada hay que le cueste menos y le pueda satisfacer más. Que a menos le obligue y del que más reciba. Que menos se queje y que esté más dispuesto a complacer a quien lo toma. Que más enseñe, o que más provecho dé, y que todo esto sea posible sin que importe cuál sea la edad o la sapiencia del lector. Salgan ahora a oponerse los eternos discordantes. Aquellos que, al oír cualquier opinión, se ponen de inmediato en su contra, ya sea en el todo, en parte, o en la forma. Y nos dirán, -parece que los estoy oyendo-, que esta sensación nos la puede producir igualmente viajar, ver una exposición pictórica, oír música o saborear un exquisito yantar. Y, en parte, puede que lleven algo de razón. Pero tan sólo en parte, porque cada uno de los mentados está produciendo satisfacción a un órgano (vista, oído, gusto), pero en un campo limitado, mientras que la lectura nos irá generando tanto placer como nuestra mente sea capaz de desarrollar lo que estamos leyendo. Y puesto que esto es así, y bien demostrado está que lo es, pienso que debemos acudir frecuentemente a los libros como las abejas van a las flores, a extraer su esencia y conseguir una vida mejor. Las cosas (yo creo que la inmensa mayoría de las cosas) se valoran por su relación calidad precio, o sea, tanto cuesta conseguirlas y tanto placer proporcionan su tenencia o disfrute. Y en este justiprecio el libro, o sea la lectura, saca pingüe ventaja a todo lo demás. Dejemos a un lado el inapreciable rendimiento en su utilización para el aprendizaje, y refirámonos únicamente a su uso como entretenimiento y deleite del espíritu. Y si lo analizamos con detenimiento, observaremos que todas las utilidades que nos puede proporcionar la lectura son extremadamente beneficiosas, y el sedimento que va dejando en nuestro intelecto es incalculable. Pensemos en los que estudian varias carreras, no ya con una utilidad práctica, sino tan sólo para saber más. En los que, sin tener medios para viajar, consiguen conocer el mundo. En los que encuentran en ella un muy plácido entretenimiento. Digamos, al fin, y esto está demostrado, que la lectura provoca adicción, como un opiáceo, y esta es otra de sus grandes ventajas. He dicho como un opiáceo, pero con ventajas Sí, dicho y bien dicho está, porque todas ellas son provechosas en alto grado. Hasta tal punto que la práctica de la lectura, al igual que el ejercicio físico, el enamoramiento o el orgasmo, nos hace liberar endorfinas, esas pequeñas proteínas conocidas como las moléculas de la felicidad, que son neurotransmisores producidos por el sistema nervioso central, y que nos llevan a la felicidad por la sensación de bienestar que nos producen. A este respecto puedo decir que leí, tiempo ha, en una novela preciosa: La rosa de Jericó, cómo uno de los personajes le muestra al protagonista una librería en la que tiene veintitrés mil seiscientos cuarenta y siete libros. Mas no lo hace con junciana, sino con el mayor cariño. Y le dice que los cuida, los mira, y ahora, más que nunca, los mima, los acaricia. Y explica, “no por lo que vayan a darme ya, sino por lo mucho que me dieron a lo largo de mi vida”. Efectivamente, a todos no gusta conservar lo querido, ya sean personas o cosas, y las miramos, y las acariciamos con delectación, con terneza y hasta con lagotería, para seguir queriéndolas aún más si cabe, y no por lo que saquemos hoy, sino por el agradecimiento de lo recibido. Quiero acabar recordando que, un muy leído escritor, afirma, en una de sus novelas, que los seres humanos aprenden ideas y conceptos a través de las narraciones, o de la lectura de historias, y no de lecciones magistrales o de discursos más o menos teóricos. Y esto, para mí, es apodíctico. Ramón Serrano G. Abril de 2014

El grupo

Para Vlad. Carpa En una de esas hermosísimas mañanas marceñas de nuestra querida Mancha, cuando la primavera llama con estruendo, pero primorosamente, a las puertas del campo anunciando su inminente llegada, una urraca vino a posarse en las ramas de una vieja encina, cosa que hacía habitualmente, no ya tanto para tomarse un ligero descanso, como pudiera parecer, sino para garlar ancho y tendido sobre todo lo que pudiese haber sucedido, e incluso de lo que fuera a suceder, en aquellos montes de sus contornos. Aquel día fue la mata parda quien, tras los correspondientes saludos, preguntó: -Oye picaza, llevo algún tiempo observando a un grupo de animalillos que pasan por aquí como quincenalmente, y da la impresión de llevarse muy bien entre ellos, pese a que no todos pertenecen a la misma especie, aunque sí se les ve de una edad aproximada. ¿Tú sabes algo de ellos, o quiénes son? -Pero mi querida amiga, ¿cómo piensas que siendo yo quien, y como soy, no esté enterada de sus vidas y milagros? Pues claro que lo sé, y en el ancho rato que me estés dando cobijo de este sol que ya empieza a apretar, pues hace poco que pasó san José, te voy a contar pormenorizadamente lo que hacen y por qué razón los ves deambular por estos alrededores. -Como bien has dicho, prosiguió el ave, son de una edad similar, se conocen desde que vinieron a este mundo, e incluso, algunas son familia. Casi siempre van siete individuos, de las cuales seis son hembras y uno macho. Las seis son hermosas perdices, y cinco de ellas, por diversos avatares (podríamos hablar de cazadores, cepos, u otros motivos), se han visto desparejadas, aunque saben llevar su “soledad” con gran entereza y estilo, que siempre fueron de un comportamiento adecuado y elegante. -La otra, pese a que desde pollita fue bien puesta y salerosa, y pese también a haber habido muchos “pájaros” que le arrastraron el ala, ella hizo siempre caso omiso a esos requerimientos y nunca se emparejó, y dicho sea de paso, ni repajolera falta que le ha hecho para vivir siempre, y seguir viviendo hoy, cumplida, sabia, satisfactoria y alegremente. Y para acabar la descripción de los animalejos, y refiriéndome al único macho de la cuadrilla, contaré que es el más viejo de todos y que es un conejo que anda desapareado, ya que perdió a su hembra por ignorados motivos. -Todos viven independientes y separados, continuó diciendo la marica, y algunos no en los aledaños, como pudiera pensarse, sino en montes un tanto alejados, pero por la antigua amistad y el afecto que ello les acarrea, se suelen juntar cada dos semanas, más o menos, y marchan a algún paraje que les sea acogedor, y en él se pasan sus buenos ratos comiendo de lo que hallen y tertuliando ampliamente, en ocasiones hasta una tarde entera, sobre sus historias, y de los sucesos más o menos trascendentes que les hayan podido ocurrir. Tras ello, cada quien regresa a su hábitat, a vivir su propia vida, y a esperar una próxima cita grupal. -¿Y no hay nada más entre ellos?, inquirió de nuevo la carrasca. -¿Te parece poco, dijo extrañada la pega, que unos pobres animalillos sepan conservar, por encima de vicisitudes e incidencias, que de todo tuvieron y tienen, una amistad más que sexagenaria y, en aras de ella, se reúnan cada poco para pasar unas horas tranquila y agradablemente? Pocos verás con esos hábitos y que se gocen tanto con ellos, que en estos tiempos que corremos, la fauna que habita sobre la faz de la tierra se entrega mucho, y casi únicamente, a lo que les deja algún beneficio, sea este pingüe o nimio, y poco, muy poco, escasamente algo, a satisfacer las necesidades de sus ánimas. Y eso, créeme amigo chaparro, no es bueno ni aconsejable. -Yo, intervino este, como todos los demás árboles, poco o nada puedo decir sobre ello, ya que nuestra vida se desarrolla aferrados siempre a la misma tierra que nos ve nacer y, por eso, no podemos amigar con nadie, sino con algunos, y estos no son muchos. Tan sólo con quienes como tú, amigo gayo, quieren pararse, aunque sea un algo, cerca, o sobre nosotros. Y hablarnos. ¡Hermosa palabra que, para nuestro pesar, ponemos en uso muy poco! Vemos pasar, eso sí, a unos cuantos seres humanos, a muchos animales de variadas especies, y al viento, nuestro gran amigo el viento, que siempre gusta de enredarse un tanto entre nuestras ramas y contarnos cosas de los diversos lugares de donde procede. ¡Cuánto agradecemos su, a veces árida, pero siempre entrañable compañía! -Pues piensa, viejo amigo, y con esto me viene a ocurrir a mí como a muchos humanos, que siempre alardean de que su mal es más intenso, o más grave, que el del vecino. Y hablo así, porque esa carencia de interlocutores de la que te quejas, la padecemos también en grado sumo nosotras, las cotorras blanquinegras, debido, por mucho que nos pese, a nuestro carácter avariento y a nuestro genio hostil, y no sólo hacia los demás seres, sino hasta para con nosotras mismas, pues únicamente nos juntamos para ver si entre muchas, dónde y cómo, podemos arramplar con cualquier cosa que nos de algún provecho, sin importarnos nunca lo que con ello podamos dañar al prójimo. -¡Mira, muñoncito, mira! exclamó la encina en ese instante. Hablando del rey de Roma…Por allí va el grupo, como tantas otras veces; como de costumbre; como siempre. Todos alegres, confiados, charlando abiertamente, sin dobleces ni malicia, y dispuestos a pasar una tarde maravillosa en abierta y noble amistad. -¡Qué envidia me dan!, pensó la urraca en voz alta. Ramón Serrano G Abril de 2014

jueves, 20 de marzo de 2014

Recordatorio

Debiéramos tener siempre muy presente que sólo muere aquello que se olvida, mientras que lo que permanece en la memoria sigue estando vivo. Non omnis morias, que decían los latinos. Cuando aquello, o aquél, que tanto hubiese habido mucho esplendor, fama o relevancia, como si hubiese pasado sigilosa y calladamente por la vida, una vez que habiéndose ido, ya nadie suele hablar de él, ni vuelve a traerlo a su memoria, ya sea para bien o para mal, ese sí que ha fenecido. Entonces sí que puede decirse que está finiquitado. Esto, en cuanto nos estamos refiriendo al predicado. Pero haciéndolo del sujeto, hay que decir que las personas podrían catalogarse como poco, algo, o muy recordadoras, y este calificativo no lo alcanzarán sólo con el paso de los años (aunque está claro que no se pueden traer a la mente más que los sucesos habidos o vividos), sino que esto se verá acentuado o disminuido con la manera de ser de cada individuo. Así, a unos les gusta olvidar más que a otros, y a otros recordar más que a unos, pero de lo beneficioso, o lo perjudicial, de esa manera de ser de ambos, hablaremos otro día. Que tiempo hay para todo. O esperemos que lo haya. Pese a ello, yo declaro abiertamente que me satisface sobremanera evocar hechos o personas que me precedieron, entre otras cosas, porque lo ya pasado nos enseña claramente cuál debe ser nuestro comportamiento actual, tanto si lo evocado fue malo, o bueno, aunque quiero aclarar que si lo fue de aquel modo, nos vendrá bien como lección, y si resultó ser de este, además de enseñanza nos proporcionará ratos muy dichosos. Traigo aquí a colación lo que dijera McMillan, un político inglés: “El pasado debe utilizarse como trampolín, y no como sofá”. O lo de Spinoza, filósofo holandés del siglo XVII:”Si no quieres repetir el pasado, estúdialo”. Y hago esta profesión de inclinaciones, sabiendo de antemano que todo en la vida ha sido, es y será relativo, hasta el punto de que su misma eseidad variará sustancialmente según sea el prisma desde el que la observamos. Ya lo dijo, y muy bien, mi ilustre tocayo: ...y es que en el mundo traidor/ nada es verdad ni mentira;/ todo es según el color/ del cristal con que se mira/ Por ello, cada quien debe expresar sus gustos y preferencias, pero respetando al que tenga otras distintas a las nuestras. Por muchas razones: por su edad, hábitos, educación, situación social, etc. Pero esa misma tolerancia que demando para otros, la ruego, por igual, para mí. Así que déjenme que evoque con gran satisfacción algunos sitios, modos y costumbres de la segunda mitad del pasado siglo, ya que en esa época todo eran contentamientos y venturas, y si había malandanzas (que yo sé que las había), aseguro que, por más que lo intento, no logro recordarlas. Aunque he de decir, muy sinceramente, que añoro, por encima de todo lo demás, el trato que había entre las gentes, y que era, no me atrevo a decir que más humano, que sí me parece que lo era, pero sí enormemente satisfactorio. Y tengo igualmente saudade de los lugares donde se desarrollaban esos encuentros, al menos en las poblaciones pequeñas, o en las no demasiado grandes. Y aclaro que traigo este extenso preámbulo porque quiero proclamar un sentido recuerdo a ciertos establecimientos que servían de nexo a muchos habitantes de esos lugares aludidos. Para un mejor entendimiento del porqué se daban estos encuentros, pongámonos en situación. No había aún TV, o la tenían únicamente los cuatro ricotes; la radio era paupérrima en emisiones, y en muy pocas casas había receptores; la prensa solía llegar con un día de retraso. Así pues, el mejor medio de comunicación existente era el boca a boca, y este, dada la extrema climatología, se tenía que hacer en sitios cerrados y en los que no costaba nada la estancia. Y en casi todos los pueblos solían ser los mismos. Las barberías (en noviembre de 2000 escribí un artículo haciendo referencia a una de ellas), las guarnicionerías, o los talleres de zapatero remendón. Todos ellos eran lugares donde se disponía de tiempo, ganas de charlar y de asientos libres, sillas o banquetas, que no ocupaban sólo los clientes, sino los contertulios que acudían cada uno de los días a convivir en esos lugares con sus paisanos, a confirmar que Genaro, que estaba apuntado ese día en la tablilla, era de la familia de los Gañofas, y a comentar los avatares y sucesos acaecidos en el pueblo, en la comarca o, excepcionalmente, en el país y en el mundo. Cabe destacar que algunos de estos establecimientos acogedores de tertulias, podían tener una infame versión, y es que en ellos, además de cotorrear, se murmuraba y se le sacaba la piel a tiras al más pintado. Eran, afortunadamente, los menos, pero aún así, tenían tan baja estofa, que con nombrarlos han tenido demasiada dedicación por nuestra parte. Pero en Tomillares se ha mantenido afortunadamente (en Tomillares se mantienen muchas cosas buenas), hasta hace exactamente doce meses, y después de tener abiertas sus puertas setenta y nueve años, un local en el que, en derredor de su dueño (hombre campechano, noble, buena persona), se reunían,-acudíamos-, muchos amigos que, a lo largo del día, íbamos allí para saludarle, charlar un rato, comprobar algún dato y enterarnos de las últimas noticias. Y doy fe de que dicho establecimiento, pequeño, ubicado en una esquinita en la principal calle del pueblo, era el ágora en donde ejercíamos nuestras funciones tanto los facundos como los oidores, y en donde no oí jamás un chismorreo o una calumnia. Ni el dueño lo hubiese tolerado, ni los componentes eran gente de esa calaña. Por el contrario, he de decir con enorme satisfacción que se mantenían diálogos muy sabrosos, se gastaban bromas de muy buen gusto y se hablaba. Se hablaba, abriendo el corazón a quien atendía, y se escuchaba respetuosamente a quien estaba en el uso de la palabra. Como hacen, como siempre hicieron los hombres de bien. Sean estas líneas de añoranza, y de gratitud, para quien les daba cobijo y para quienes se pasaban a diario, aunque sólo fuera un ratito, por La Tinetería. Ramón Serrano G. Marzo de 2014

jueves, 6 de marzo de 2014

Tian (y II)

Presto se fue hacia ella, quien, haciéndole caso omiso, se alejó volando, en toda la extensión de la palabra. Siguióla el recién enamorado, pero Tian , ese era su nombre, fue a esconderse tras un montecillo cercano. Por las cercanías de ese alcor permaneció Corito las siguientes jornadas en el deseo de volverla a encontrar, como todos aquellos que, habiendo dejado pasar los días sin realizar lo necesario, quieren salvar ese retraso haciendo las cosas apresuradamente. Al fin, consiguió verla, y en varias ocasiones, en todas las cuales intentó entablar relación con ella para declararle sus sentimientos. Además, hacía de todo para encandilarla: trinaba, gorjeaba, revoloteaba en su derredor, … mientras que ella se limitaba a contonearse, y a abrir y cerrar los ojos con inusitada rapidez. Tras eso, ocurrió lo que tenía que ocurrir: terminaron enamorándose, de la misma manera que casi todas las parejas del mundo: él, por la vista, y ella, por el oído. Y para qué vamos a detallar que un día fue, no; al siguiente, ni no, ni sí; al otro, tal vez, para acabar como unos tórtolos, sin serlo. Ambos encontraron en ese amor todas las alegrías y satisfacciones que, quien haya gozado de las mieles de un querer correspondido, conoce bien. Los dos habían soñado a veces con la felicidad que supondría vivir enamorado, pero nunca supusieron que se podía alcanzar el cielo aquí en la tierra. Que era cierto lo que alguien les había hablado un día, de que siempre, a partir de ese instante, se soñaba con el olor y la fragancia de las hojas del limonero. Que se puede oír música celestial a través del zurear de las palomas. Que esa relación nacida entre los dos, era, desde el principio de los tiempos, ineluctable, pues estaban hechos la una para el otro. Así empezó a discurrir para ellos una temporada con una convivencia deliciosa. Desde la aurora se entretenían entre los espliegos, las ajedreas, la grama, los ceñiglos y llantenes, contándose historias, vivencias y deseos; haciéndose arrumacos y lagoterías; cantando y abriendo sus vidas a la ilusión y a la esperanza; queriéndose sinceramente con toda la nobleza de sus almas y toda la fuerza de sus pequeños corazones. Y cabe resaltar, que no había llegado aún la época del celo, pero vivían felices con su amor, porque sabían que el verdadero amor no conlleva el aparearse, ni consiste sólo en ello, cosa esta que muchos otros animales ignoran. Pero la vida suele tener episodios imprevistos y lacerantes. Así, una mañana, cerca del mediodía, estando picoteando en busca de su almuerzo, vieron aparecer por el recodo del camino a unos muchachos, que venían alegres y contentos. Nuestra dichosa pareja enseguida alzó el vuelo hasta un árbol que estaba próximo, y mientras que Corito se subió a las ramas más altas, Tian, extrañamente, se posó en una de las primeras. Y el petirrojo vio entonces lo que no hubiese querido contemplar jamás. Uno de los chiquillos sacó de su bolsillo un artilugio consistente en una horquilla metálica en forma de y griega, unas gomas atadas a ella por un lado y por el otro a una “zapateta”. Se agachó, cogió una piedrecita, la colocó en ella y, estirando las gomas la lanzó contra la pobre pajarita. Al instante, esta se desplomó, y el matarife y sus acompañantes corrieron a recoger del suelo su cuerpecillo sin vida. Unos felicitaron al “héroe”, y todos rieron su hazaña, y, de inmediato, se deshicieron del cadáver tirándolo con menosprecio al monte, y siguieron su paseo. Tras ello, fuese por azar, o por el buen desarrollo de su oficio, en ese mismo momento llegó hasta allí, en un vuelo rápido y rasante, un cernícalo vulgar, que cogió con sus garras lo que quedaba de la infeliz Tian, y desapareció con ella. Todo este tristísimo suceso lo presenció Corito sin perderse la más mínima escena. Con el corazón desgarrado, y viendo que ya se habían ausentado del lugar los asesinos y la rapaz, salió de su escondrijo y, tras un rápido vuelo por el lugar del crimen, fue a ocultarse tan lejos como pudo. En su latebra permaneció muchos días sin ver a nadie y sin que nadie supiese de él. Pero al poco tuvo que salir para conseguir su subsistencia, aunque saludaba brevemente, mas no hablaba con nadie ni mantenía conversación alguna. Era su única salida durante el día, y por las noches, incapaz de conciliar el sueño, siempre veía que su pequeño corazón estaba lleno de unos recuerdos, que no eran sino murciélagos de trapo negro, y que colgaban del árbol fatídico de la muerte. Cierto día recibió la visita del viejo Horacio, que le dijo: -He venido porque un día te aconsejé con la mejor intención, y, por obedecerme, hoy estas sufriendo mucho e inmerecidamente. Mi deber es venir ahora a consolarte. Aquí estoy a tratar de mitigar tu pena, aún a sabiendas de que mi propósito será prácticamente inútil. Pero, por si te alivia, te haré saber que ese tu primer y único amor, ese cariño tan joven que cuando iba a florecer lo han roto, quienes han sido los autores nada saben de los sentimientos y los destrozan. Gentes que fulminan sentires y anhelos maravillosos, sensaciones que jamás se deben destruir, y ellos, sin embargo, lo hacen sin obtener nada a cambio, simplemente por una banal distracción. También sé que es un simple consuelo lo que, además, voy a decirte: piensa que tú has llegado a conocer el amor, aun cuando haya sido brevemente y con un trágico final. Has sabido de sus mieles, aunque fuera escasamente. Compadece por ello a quienes nunca estuvieron enamorados. ¡Pobrecillos! Espero, por último, que sepas confortarte con esta experiencia que has padecido, y que ella te sirva para algo. Levantó la cabeza Corito y le contestó piando, casi en un susurro: -Me ha valido, mi viejo amigo, para dos cosas muy importantes. He conocido el amor y he aprendido a llorar. Ramón Serrano G. Marzo de 2014