jueves, 8 de mayo de 2014
Era suficiente
Para Bernabé Blanco, una gran persona.
Hoy suele ser ya mi escape forzoso, la forma de evadirme de algunos pensamientos actuales o de temores futuros, por lo que, por ello, suelo andar siempre evocando pretéritos, saciándome con el recuerdo, ya que, repito, no puedo, o no sé, alimentarme con el presente y del mañana. A qué hablar. Antes mi magín, como el de otras muchas gentes, saciábase por otros medios cuando se hallaba fuera del machaconeo del trabajo. Pero hoy, ya digo, todo es de distinta manera. A la fuerza ahorcan.
Antiguamente volaba nuestra mente hacia lugares, inanes quizás, y se ocupaba de ¿minuciosidades? No sé si calificarlas así, pero sabíamos, a ciencia y a conciencia, el color de la portada de la casa de Dª. Clara; o que el perro de Eulogio, el mayoral de los Gándaras, era cojo porque, en un descuido, lo había pisado la mula Chusca; o el garzo de los ojos y el pelo rútilo de Andrea, la criada húngara del veterinario, la cual, junto a su madre Katalin, una mujer seca, pero buena y eficiente, habían llegado a estas tierras en busca de su padre que era miembro de de las Brigadas Extranjeras - ¿o se llamaban Internacionales?-, pero al que no llegaron a volver a ver, ya que una bala perdida había terminado con él en algún frente, por lo que ambas hubieron de estarse para siempre en busca del sustento, en un país que les era ajeno, aunque les diera buena acogida.
Los muchachos abandonaban pronto la escuela, la mayoría de las veces sin agrado, y siempre para hincharse a trabajar, sin miseria, sin reloj y casi sin paga, o, al menos, siendo esta bien escasa. Por tanto, su cultura tenía, casi siempre, unos orígenes más populares que académicos. Aprendían del decir de los mayores y conocían lugares o palabras de oídas, o sacadas de los refranes que eran el mayor exponente del saber de muchos, los cuales, como buenos Sanchos, solían soltarlos muchas veces cogidos por los pelos, aunque todos resultaban verdaderos, pues eran sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas. Y, con frecuencia, se sacaba a colación aquello de: “Cuando amanece, para todos amanece”; “A Dios rogando y con el mazo dando”; “Más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena”; “Un gato bien puede mirar a su rey”, y muchos otros más que pudiera traer a colación.
Con los números ocurría algo similar. Hoy sabemos que para los chinos (han venido hasta aquí tantos) el 4 es nefasto mientras que el 8 es maravilloso. Pero entonces, aunque se desconocían los motivos, a cada cual se le tenía asignada una relación inseparable y, a veces, personal. El 1 para Luis Miguel, el torero donjuán que así se había autocalificado; el 2 por cualquiera de aquellas parejas famosas; el 3 por tantos y tantos motivos; el 5 por los dedos; el 7, cifra exasperante donde las hubiera, que indefectiblemente me llevaba a pensar en unos enanitos cuyos nombres nunca conseguí aprenderme; el 15 por la belleza de la muchacha; el 56, una cifra desmesurada y que coincidía, ¿sería posible tanta supervivencia por aquellos entonces?, con los años de mi abuela Apolonia. Y por hablar de números inusitados y extravagantes, citaré el áureo, el irracional o el cósico, aunque de estos, como de algunos otros, tan solo puedo decir que creo que hay alguien que sabe lo que son. Por supuesto que yo no tengo, ni nadie tenía por aquellos entonces, la más pajolera idea.
La economía también aparecía como escasa, pero poco intrincada. Se deslomaban para que la cosecha de cebada diera a veinte; poder sacar una arroba de vino con veintiún kilos; sin importarles si aquella era cornicabra, picual o arbequina, recordaban siempre que quien coge la aceituna antes de Navidad, se deja mucho aceite en el olivar. Y por otro lado, se hacían equilibrios increíbles para poder echarle algo de tocino al puchero, al menos una vez a la semana, o cada quince días.
De geografía, solo un apunte, suficientemente esclarecedor. Estando trabajando en las viñas, un hijo le pregunta al padre:
-Dígame usted, padre: ¿qué está más largo Sevilla o la Luna?
-Eso es muy fácil saberlo, ¿tú ves Sevilla?
Pero eso era antes. Hoy, para lo bueno, y para lo malo, todos tenemos que saber, o al menos parecer que lo sabemos, el índice de precios de consumo; el número de parados; la prima de riesgo; o si la ex novia de un futbolista de tres al cuarto está liada ahora con el guitarrista de los “Chabukeros rock”. Hoy, para lo bueno y para lo malo, todos sabemos más de todo, aunque la mayoría sepamos muy poco de algo.
Por eso, y sin querer meterme en disquisiciones de gran hondura, y por un motivo quizás letárgico, recuerdo con frecuencia y alegremente que el saber de aquellas gentes de antaño, era poco, pero era lo suficiente.
Ramón Serrano G.
Mayo de 2014
Opiaceo
Para Juan F. Aguado Olmedo, con la satisfacción de haber sido, y seguir siendo, buen amigo suyo.
Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera.- Proverbio hindú
Indudablemente, si existe en esta vida un mundo que de verdad sea atrayente, sugestivo, cautivador y que no tenga comparación posible con cualquier otro, ese es el mundo de la lectura. Al menos, a mí así me lo parece. Claro, que igual puede decirlo del suyo aquél que sea aficionado a la música, a la tauromaquia o a la cría y al cuidado del ganado caballar. Pero yo declaro abiertamente que es mi pasión favorita, manifestando y pidiendo que al hacer esta profesión de fe, no se vea en ella pedantería o presunción alguna, sino una simple declaración de aficiones. Quizás, eso sí, con una pequeña intención mistagógica, innecesaria por otra parte, ya que quien tiene aguante para perder un rato ante estas pobres líneas mías ya demuestra tener gran afición a la lectura y no necesita que le animen a ella.
De cualquier forma, repito, vengo a hacer encomio de mis gustos, y repito, sin cotejar estos con otros (por aquello de las comparaciones, el odio, etc.) declarando abiertamente que mi testimonio no es para nada objetivo y anteponiendo de nuevo, y siempre, aquello de que cada cual puede y debe tener sus aficiones, y, además, estimando que todas son dignas y plausibles porque todas sirven, o al menos deberían hacerlo, para regalarnos grandes relajamientos y satisfacciones para el alma,
Entonces quiero proclamar solemnemente que lo más instructivo, ameno, grato, relajante, beneficioso, y así hasta completar una lista enorme de adjetivos definitorios, que el hombre puede usar con el fin de alcanzar un inmenso grado de felicidad, y hacerlo además a su completo antojo y voluntad, es un libro. Nada hay que le cueste menos y le pueda satisfacer más. Que a menos le obligue y del que más reciba. Que menos se queje y que esté más dispuesto a complacer a quien lo toma. Que más enseñe, o que más provecho dé, y que todo esto sea posible sin que importe cuál sea la edad o la sapiencia del lector.
Salgan ahora a oponerse los eternos discordantes. Aquellos que, al oír cualquier opinión, se ponen de inmediato en su contra, ya sea en el todo, en parte, o en la forma. Y nos dirán, -parece que los estoy oyendo-, que esta sensación nos la puede producir igualmente viajar, ver una exposición pictórica, oír música o saborear un exquisito yantar. Y, en parte, puede que lleven algo de razón. Pero tan sólo en parte, porque cada uno de los mentados está produciendo satisfacción a un órgano (vista, oído, gusto),
pero en un campo limitado, mientras que la lectura nos irá generando tanto
placer como nuestra mente sea capaz de desarrollar lo que estamos leyendo. Y puesto que esto es así, y bien demostrado está que lo es, pienso
que debemos acudir frecuentemente a los libros como las abejas van a las flores, a extraer su esencia y conseguir una vida mejor.
Las cosas (yo creo que la inmensa mayoría de las cosas) se valoran por su relación calidad precio, o sea, tanto cuesta conseguirlas y tanto placer proporcionan su tenencia o disfrute. Y en este justiprecio el libro, o sea la lectura, saca pingüe ventaja a todo lo demás. Dejemos a un lado el inapreciable rendimiento en su utilización para el aprendizaje, y refirámonos únicamente a su uso como entretenimiento y deleite del espíritu.
Y si lo analizamos con detenimiento, observaremos que todas las utilidades que nos puede proporcionar la lectura son extremadamente beneficiosas, y el sedimento que va dejando en nuestro intelecto es incalculable. Pensemos en los que estudian varias carreras, no ya con una utilidad práctica, sino tan sólo para saber más. En los que, sin tener medios para viajar, consiguen conocer el mundo. En los que encuentran en ella un muy plácido entretenimiento.
Digamos, al fin, y esto está demostrado, que la lectura provoca adicción, como un opiáceo, y esta es otra de sus grandes ventajas. He dicho como un opiáceo, pero con ventajas Sí, dicho y bien dicho está, porque todas ellas son provechosas en alto grado. Hasta tal punto que la práctica de la lectura, al igual que el ejercicio físico, el enamoramiento o el orgasmo, nos hace liberar endorfinas, esas pequeñas proteínas conocidas como las moléculas de la felicidad, que son neurotransmisores producidos por el sistema nervioso central, y que nos llevan a la felicidad por la sensación de bienestar que nos producen.
A este respecto puedo decir que leí, tiempo ha, en una novela preciosa: La rosa de Jericó, cómo uno de los personajes le muestra al protagonista una librería en la que tiene veintitrés mil seiscientos cuarenta y siete libros. Mas no lo hace con junciana, sino con el mayor cariño. Y le dice que los cuida, los mira, y ahora, más que nunca, los mima, los acaricia. Y explica, “no por lo que vayan a darme ya, sino por lo mucho que me dieron a lo largo de mi vida”.
Efectivamente, a todos no gusta conservar lo querido, ya sean personas o cosas, y las miramos, y las acariciamos con delectación, con terneza y hasta con lagotería, para seguir queriéndolas aún más si cabe, y no por lo que saquemos hoy, sino por el agradecimiento de lo recibido.
Quiero acabar recordando que, un muy leído escritor, afirma, en una de sus novelas, que los seres humanos aprenden ideas y conceptos a través de las narraciones, o de la lectura de historias, y no de lecciones magistrales o de discursos más o menos teóricos. Y esto, para mí, es apodíctico.
Ramón Serrano G.
Abril de 2014
El grupo
Para Vlad. Carpa
En una de esas hermosísimas mañanas marceñas de nuestra querida Mancha, cuando la primavera llama con estruendo, pero primorosamente, a las puertas del campo anunciando su inminente llegada, una urraca vino a posarse en las ramas de una vieja encina, cosa que hacía habitualmente, no ya tanto para tomarse un ligero descanso, como pudiera parecer, sino para garlar ancho y tendido sobre todo lo que pudiese haber sucedido, e incluso de lo que fuera a suceder, en aquellos montes de sus contornos. Aquel día fue la mata parda quien, tras los correspondientes saludos, preguntó:
-Oye picaza, llevo algún tiempo observando a un grupo de animalillos que pasan por aquí como quincenalmente, y da la impresión de llevarse muy bien entre ellos, pese a que no todos pertenecen a la misma especie, aunque sí se les ve de una edad aproximada. ¿Tú sabes algo de ellos, o quiénes son?
-Pero mi querida amiga, ¿cómo piensas que siendo yo quien, y como soy, no esté enterada de sus vidas y milagros? Pues claro que lo sé, y en el ancho rato que me estés dando cobijo de este sol que ya empieza a apretar, pues hace poco que pasó san José, te voy a contar pormenorizadamente lo que hacen y por qué razón los ves deambular por estos alrededores.
-Como bien has dicho, prosiguió el ave, son de una edad similar, se conocen desde que vinieron a este mundo, e incluso, algunas son familia. Casi siempre van siete individuos, de las cuales seis son hembras y uno macho. Las seis son hermosas perdices, y cinco de ellas, por diversos avatares (podríamos hablar de cazadores, cepos, u otros motivos), se han visto desparejadas, aunque saben llevar su “soledad” con gran entereza y estilo, que siempre fueron de un comportamiento adecuado y elegante.
-La otra, pese a que desde pollita fue bien puesta y salerosa, y pese también a haber habido muchos “pájaros” que le arrastraron el ala, ella hizo siempre caso omiso a esos requerimientos y nunca se emparejó, y dicho sea de paso, ni repajolera falta que le ha hecho para vivir siempre, y seguir viviendo hoy, cumplida, sabia, satisfactoria y alegremente. Y para acabar la descripción de los animalejos, y refiriéndome al único macho de la cuadrilla, contaré que es el más viejo de todos y que es un conejo que anda desapareado, ya que perdió a su hembra por ignorados motivos.
-Todos viven independientes y separados, continuó diciendo la marica, y algunos no en los aledaños, como pudiera pensarse, sino en montes un tanto alejados, pero por la antigua amistad y el afecto que ello les acarrea, se suelen juntar cada dos semanas, más o menos, y marchan a algún paraje que les sea acogedor, y en él se pasan sus buenos ratos comiendo de lo que hallen y tertuliando ampliamente, en ocasiones hasta una tarde entera, sobre sus historias, y de los sucesos más o menos trascendentes que les hayan podido ocurrir. Tras ello, cada quien regresa a su hábitat, a vivir su propia vida, y a esperar una próxima cita grupal.
-¿Y no hay nada más entre ellos?, inquirió de nuevo la carrasca.
-¿Te parece poco, dijo extrañada la pega, que unos pobres animalillos sepan conservar, por encima de vicisitudes e incidencias, que de todo tuvieron y tienen, una amistad más que sexagenaria y, en aras de ella, se reúnan cada poco para pasar unas horas tranquila y agradablemente? Pocos verás con esos hábitos y que se gocen tanto con ellos, que en estos tiempos que corremos, la fauna que habita sobre la faz de la tierra se entrega mucho, y casi únicamente, a lo que les deja algún beneficio, sea este pingüe o nimio, y poco, muy poco, escasamente algo, a satisfacer las necesidades de sus ánimas. Y eso, créeme amigo chaparro, no es bueno ni aconsejable.
-Yo, intervino este, como todos los demás árboles, poco o nada puedo decir sobre ello, ya que nuestra vida se desarrolla aferrados siempre a la misma tierra que nos ve nacer y, por eso, no podemos amigar con nadie, sino con algunos, y estos no son muchos. Tan sólo con quienes como tú, amigo gayo, quieren pararse, aunque sea un algo, cerca, o sobre nosotros. Y hablarnos. ¡Hermosa palabra que, para nuestro pesar, ponemos en uso muy poco! Vemos pasar, eso sí, a unos cuantos seres humanos, a muchos animales de variadas especies, y al viento, nuestro gran amigo el viento, que siempre gusta de enredarse un tanto entre nuestras ramas y contarnos cosas de los diversos lugares de donde procede. ¡Cuánto agradecemos su, a veces árida, pero siempre entrañable compañía!
-Pues piensa, viejo amigo, y con esto me viene a ocurrir a mí como a muchos humanos, que siempre alardean de que su mal es más intenso, o más grave, que el del vecino. Y hablo así, porque esa carencia de interlocutores de la que te quejas, la padecemos también en grado sumo nosotras, las cotorras blanquinegras, debido, por mucho que nos pese, a nuestro carácter avariento y a nuestro genio hostil, y no sólo hacia los demás seres, sino hasta para con nosotras mismas, pues únicamente nos juntamos para ver si entre muchas, dónde y cómo, podemos arramplar con cualquier cosa que nos de algún provecho, sin importarnos nunca lo que con ello podamos dañar al prójimo.
-¡Mira, muñoncito, mira! exclamó la encina en ese instante. Hablando del rey de Roma…Por allí va el grupo, como tantas otras veces; como de costumbre; como siempre. Todos alegres, confiados, charlando abiertamente, sin dobleces ni malicia, y dispuestos a pasar una tarde maravillosa en abierta y noble amistad.
-¡Qué envidia me dan!, pensó la urraca en voz alta.
Ramón Serrano G
Abril de 2014
jueves, 20 de marzo de 2014
Recordatorio
Debiéramos tener siempre muy presente que sólo muere aquello que se olvida, mientras que lo que permanece en la memoria sigue estando vivo. Non omnis morias, que decían los latinos. Cuando aquello, o aquél, que tanto hubiese habido mucho esplendor, fama o relevancia, como si hubiese pasado sigilosa y calladamente por la vida, una vez que habiéndose ido, ya nadie suele hablar de él, ni vuelve a traerlo a su memoria, ya sea para bien o para mal, ese sí que ha fenecido. Entonces sí que puede decirse que está finiquitado. Esto, en cuanto nos estamos refiriendo al predicado.
Pero haciéndolo del sujeto, hay que decir que las personas podrían catalogarse como poco, algo, o muy recordadoras, y este calificativo no lo alcanzarán sólo con el paso de los años (aunque está claro que no se pueden traer a la mente más que los sucesos habidos o vividos), sino que esto se verá acentuado o disminuido con la manera de ser de cada individuo. Así, a unos les gusta olvidar más que a otros, y a otros recordar más que a unos, pero de lo beneficioso, o lo perjudicial, de esa manera de ser de ambos, hablaremos otro día. Que tiempo hay para todo. O esperemos que lo haya.
Pese a ello, yo declaro abiertamente que me satisface sobremanera evocar hechos o personas que me precedieron, entre otras cosas, porque lo ya pasado nos enseña claramente cuál debe ser nuestro comportamiento actual, tanto si lo evocado fue malo, o bueno, aunque quiero aclarar que si lo fue de aquel modo, nos vendrá bien como lección, y si resultó ser de este, además de enseñanza nos proporcionará ratos muy dichosos. Traigo aquí a colación lo que dijera McMillan, un político inglés: “El pasado debe utilizarse como trampolín, y no como sofá”. O lo de Spinoza, filósofo holandés del siglo XVII:”Si no quieres repetir el pasado, estúdialo”.
Y hago esta profesión de inclinaciones, sabiendo de antemano que todo en la vida ha sido, es y será relativo, hasta el punto de que su misma eseidad variará sustancialmente según sea el prisma desde el que la observamos. Ya lo dijo, y muy bien, mi ilustre tocayo: ...y es que en el mundo traidor/ nada es verdad ni mentira;/ todo es según el color/ del cristal con que se mira/ Por ello, cada quien debe expresar sus gustos y preferencias, pero respetando al que tenga otras distintas a las nuestras. Por muchas razones: por su edad, hábitos, educación, situación social, etc. Pero esa misma tolerancia que demando para otros, la ruego, por igual, para mí.
Así que déjenme que evoque con gran satisfacción algunos sitios, modos y costumbres de la segunda mitad del pasado siglo, ya que en esa época todo eran contentamientos y venturas, y si había malandanzas (que yo sé que las había), aseguro que, por más que lo intento, no logro recordarlas. Aunque he de decir, muy sinceramente, que añoro, por encima de todo lo demás, el trato que había entre las gentes, y que era, no me atrevo a decir que más humano, que sí me parece que lo era, pero sí enormemente satisfactorio. Y tengo igualmente saudade de los lugares donde se desarrollaban esos encuentros, al menos en las poblaciones pequeñas, o en las no demasiado grandes. Y aclaro que traigo este extenso preámbulo porque quiero proclamar un sentido recuerdo a ciertos establecimientos que servían de nexo a muchos habitantes de esos lugares aludidos.
Para un mejor entendimiento del porqué se daban estos encuentros, pongámonos en situación. No había aún TV, o la tenían únicamente los cuatro ricotes; la radio era paupérrima en emisiones, y en muy pocas casas había receptores; la prensa solía llegar con un día de retraso. Así pues, el mejor medio de comunicación existente era el boca a boca, y este, dada la extrema climatología, se tenía que hacer en sitios cerrados y en los que no costaba nada la estancia. Y en casi todos los pueblos solían ser los mismos. Las barberías (en noviembre de 2000 escribí un artículo haciendo referencia a una de ellas), las guarnicionerías, o los talleres de zapatero remendón. Todos ellos eran lugares donde se disponía de tiempo, ganas de charlar y de asientos libres, sillas o banquetas, que no ocupaban sólo los clientes, sino los contertulios que acudían cada uno de los días a convivir en esos lugares con sus paisanos, a confirmar que Genaro, que estaba apuntado ese día en la tablilla, era de la familia de los Gañofas, y a comentar los avatares y sucesos acaecidos en el pueblo, en la comarca o, excepcionalmente, en el país y en el mundo.
Cabe destacar que algunos de estos establecimientos acogedores de tertulias, podían tener una infame versión, y es que en ellos, además de cotorrear, se murmuraba y se le sacaba la piel a tiras al más pintado. Eran, afortunadamente, los menos, pero aún así, tenían tan baja estofa, que con nombrarlos han tenido demasiada dedicación por nuestra parte.
Pero en Tomillares se ha mantenido afortunadamente (en Tomillares se mantienen muchas cosas buenas), hasta hace exactamente doce meses, y después de tener abiertas sus puertas setenta y nueve años, un local en el que, en derredor de su dueño (hombre campechano, noble, buena persona), se reunían,-acudíamos-, muchos amigos que, a lo largo del día, íbamos allí para saludarle, charlar un rato, comprobar algún dato y enterarnos de las últimas noticias. Y doy fe de que dicho establecimiento, pequeño, ubicado en una esquinita en la principal calle del pueblo, era el ágora en donde ejercíamos nuestras funciones tanto los facundos como los oidores, y en donde no oí jamás un chismorreo o una calumnia. Ni el dueño lo hubiese tolerado, ni los componentes eran gente de esa calaña.
Por el contrario, he de decir con enorme satisfacción que se mantenían diálogos muy sabrosos, se gastaban bromas de muy buen gusto y se hablaba. Se hablaba, abriendo el corazón a quien atendía, y se escuchaba respetuosamente a quien estaba en el uso de la palabra. Como hacen, como siempre hicieron los hombres de bien. Sean estas líneas de añoranza, y de gratitud, para quien les daba cobijo y para quienes se pasaban a diario, aunque sólo fuera un ratito, por La Tinetería.
Ramón Serrano G.
Marzo de 2014
jueves, 6 de marzo de 2014
Tian (y II)
Presto se fue hacia ella, quien, haciéndole caso omiso, se alejó volando, en toda la extensión de la palabra. Siguióla el recién enamorado, pero Tian , ese era su nombre, fue a esconderse tras un montecillo cercano. Por las cercanías de ese alcor permaneció Corito las siguientes jornadas en el deseo de volverla a encontrar, como todos aquellos que, habiendo dejado pasar los días sin realizar lo necesario, quieren salvar ese retraso haciendo las cosas apresuradamente. Al fin, consiguió verla, y en varias ocasiones, en todas las cuales intentó entablar relación con ella para declararle sus sentimientos. Además, hacía de todo para encandilarla: trinaba, gorjeaba, revoloteaba en su derredor, … mientras que ella se limitaba a contonearse, y a abrir y cerrar los ojos con inusitada rapidez. Tras eso, ocurrió lo que tenía que ocurrir: terminaron enamorándose, de la misma manera que casi todas las parejas del mundo: él, por la vista, y ella, por el oído. Y para qué vamos a detallar que un día fue, no; al siguiente, ni no, ni sí; al otro, tal vez, para acabar como unos tórtolos, sin serlo.
Ambos encontraron en ese amor todas las alegrías y satisfacciones que, quien haya gozado de las mieles de un querer correspondido, conoce bien. Los dos habían soñado a veces con la felicidad que supondría vivir enamorado, pero nunca supusieron que se podía alcanzar el cielo aquí en la tierra. Que era cierto lo que alguien les había hablado un día, de que siempre, a partir de ese instante, se soñaba con el olor y la fragancia de las hojas del limonero. Que se puede oír música celestial a través del zurear de las palomas. Que esa relación nacida entre los dos, era, desde el principio de los tiempos, ineluctable, pues estaban hechos la una para el otro.
Así empezó a discurrir para ellos una temporada con una convivencia deliciosa. Desde la aurora se entretenían entre los espliegos, las ajedreas, la grama, los ceñiglos y llantenes, contándose historias, vivencias y deseos; haciéndose arrumacos y lagoterías; cantando y abriendo sus vidas a la ilusión y a la esperanza; queriéndose sinceramente con toda la nobleza de sus almas y toda la fuerza de sus pequeños corazones. Y cabe resaltar, que no había llegado aún la época del celo, pero vivían felices con su amor, porque sabían que el verdadero amor no conlleva el aparearse, ni consiste sólo en ello, cosa esta que muchos otros animales ignoran.
Pero la vida suele tener episodios imprevistos y lacerantes. Así, una mañana, cerca del mediodía, estando picoteando en busca de su almuerzo, vieron aparecer por el recodo del camino a unos muchachos, que venían alegres y contentos. Nuestra dichosa pareja enseguida alzó el vuelo hasta un árbol que estaba próximo, y mientras que Corito se subió a las ramas más altas, Tian, extrañamente, se posó en una de las primeras. Y el petirrojo vio entonces lo que no hubiese querido contemplar jamás. Uno de los chiquillos sacó de su bolsillo un artilugio consistente en una horquilla metálica en forma de y griega, unas gomas atadas a ella por un lado y por el otro a una “zapateta”. Se agachó, cogió una piedrecita, la colocó en ella y, estirando las gomas la lanzó contra la pobre pajarita. Al instante, esta se desplomó, y el matarife y sus acompañantes corrieron a recoger del suelo su cuerpecillo sin vida. Unos felicitaron al “héroe”, y todos rieron su hazaña, y, de inmediato, se deshicieron del cadáver tirándolo con menosprecio al monte, y siguieron su paseo. Tras ello, fuese por azar, o por el buen desarrollo de su oficio, en ese mismo momento llegó hasta allí, en un vuelo rápido y rasante, un cernícalo vulgar, que cogió con sus garras lo que quedaba de la infeliz Tian, y desapareció con ella.
Todo este tristísimo suceso lo presenció Corito sin perderse la más mínima escena. Con el corazón desgarrado, y viendo que ya se habían ausentado del lugar los asesinos y la rapaz, salió de su escondrijo y, tras un rápido vuelo por el lugar del crimen, fue a ocultarse tan lejos como pudo.
En su latebra permaneció muchos días sin ver a nadie y sin que nadie supiese de él. Pero al poco tuvo que salir para conseguir su subsistencia, aunque saludaba brevemente, mas no hablaba con nadie ni mantenía conversación alguna. Era su única salida durante el día, y por las noches, incapaz de conciliar el sueño, siempre veía que su pequeño corazón estaba lleno de unos recuerdos, que no eran sino murciélagos de trapo negro, y que colgaban del árbol fatídico de la muerte.
Cierto día recibió la visita del viejo Horacio, que le dijo:
-He venido porque un día te aconsejé con la mejor intención, y, por obedecerme, hoy estas sufriendo mucho e inmerecidamente. Mi deber es venir ahora a consolarte. Aquí estoy a tratar de mitigar tu pena, aún a sabiendas de que mi propósito será prácticamente inútil. Pero, por si te alivia, te haré saber que ese tu primer y único amor, ese cariño tan joven que cuando iba a florecer lo han roto, quienes han sido los autores nada saben de los sentimientos y los destrozan. Gentes que fulminan sentires y anhelos maravillosos, sensaciones que jamás se deben destruir, y ellos, sin embargo, lo hacen sin obtener nada a cambio, simplemente por una banal distracción. También sé que es un simple consuelo lo que, además, voy a decirte: piensa que tú has llegado a conocer el amor, aun cuando haya sido brevemente y con un trágico final. Has sabido de sus mieles, aunque fuera escasamente. Compadece por ello a quienes nunca estuvieron enamorados. ¡Pobrecillos! Espero, por último, que sepas confortarte con esta experiencia que has padecido, y que ella te sirva para algo.
Levantó la cabeza Corito y le contestó piando, casi en un susurro:
-Me ha valido, mi viejo amigo, para dos cosas muy importantes. He conocido el amor y he aprendido a llorar.
Ramón Serrano G.
Marzo de 2014
jueves, 20 de febrero de 2014
Corito y..(I)
Para Ramón Dueñas G., impenitente lector de mis escritos, con mi agradecimiento.
-Mira Luca, yo, que afortunadamente he viajado por toda España, te aseguro que puedes encontrar en ella los más maravillosos lugares y rincones que alcances a imaginar. En la Lora, en las marismas gaditanas, en el Rincón de Ademuz, en la Ulloa o en otros muchos sitios de nuestra patria, existen lugares que recordar sí quiero, hay parajes y entornos dignos del mayor elogio, y en ellos se puede encontrar una fauna y una flora capaces de satisfacer los gustos más exigentes. Además en ellos, y esto quizás sea lo más importante, se puede vivir una vida maravillosa. Una vida apacible, tranquila, carente de artificios. Y parece ser que, en uno de estos deliciosos sitios, ocurrió en cierta ocasión una historia, que supe por casualidad, que paso a contarte, y que espero te guste. Verás:
Por unas brañas y larras vivían, pacífica y felizmente, una gran cantidad de animales, de toda clase y condición, en esa armonía cuasi perfecta que les había impuesto la madre naturaleza. Por ellas, deleitándose en la sencilla, pero esplendorosa, belleza de romeros, cardos (corredores, borriqueros o marianos), jaras, lavandas, azotacristos o tomillos, convivían a sus anchas, a más de otros muchos animales e insectos, muchas aves de las que hablaremos más adelante. Y, de entre todas, sobresalía la vida de un petirrojo, al que llamaremos Corito, el cual por su intensa actividad, se parecía bastante a su pariente americano comúnmente conocido como robín. Era, como la mayoría de los de su raza, atrevido y curioso, capaz incluso de salir a los caminos para ver quien se aproximaba a su territorio y alertar a los demás con un chip-chip seco y metálico, distinto a su muy melodioso gorjeo habitual. Pero ante todo era sociable en grado sumo aunque a cada quien trataba de manera diferente.
Así, se dirigía con gran respeto a mirlos, cuervos, y alcaudones o verdugos; con admiración a la abubilla, por su majestuosidad; en franca convivencia con escribanos, trepadores, estorninos (ruidosos e imitadores)
e, incluso, con los rabilargos, amén de con los humildes y gregarios gorriones; a las grajillas las veía demasiado tristes y a las abejarucas, de una enorme belleza aunque demasiado grandes; pero lo que más le apasionaba, y se derretía de satisfacción con ello, era coquetear con “carboneras”, “jilgueras” y “ruiseñoras”, y hasta hacía artilugios con su canto por ver de imitar, y aún de mejorar si ello fuera posible, el de los machos de estas especies.
Su vida era feliz de esa manera, compartiendo ilusiones, esperanzas y conocimientos con unos y con otros, y al final conviviendo con todos. Pero una tarde, en la que nuestro pájaro se había retrasado en recogerse, y un autillo había salido a hacer su ronda un poco antes de la anochecida, se encontraron, y la rapaz le chió al petirrojo:
- Han llegado hasta mí los comentarios (has de saber que los rumores se propagan con más facilidad cuando es de noche) de que tu vida es asaz sociable y campechana con muchos de los nuestros, pero que nunca se te
ve tratando de enamorar a una de tu raza, de formar tu propia familia y tener tu descendencia.
-Eso es verdad, le contestó nuestro amigo Corito. Pero es que pienso que tengo mucho tiempo aún para padrear y estar más recogido.
-Pues no andas en razón obrando de ese modo, que las cosas hay que hacerlas a su tiempo, y a ti el de aparearte, te llegó tiempo ha.
No hizo caso nuestro amigo, y al poco, cuando en cierta ocasión volvieron a encontrarse, el autillo volvió a darle la misma amistosa admonición, que tampoco fue puesta en práctica. Pero unas semanas más tarde, Horacio, el petirrojo más viejo de la zona, buscó al protagonista de esta historia y le chirleó de este modo:
-Sé, pues todos me lo dicen, y yo lo he comprobado, pues mi senectud casi me obliga a ello, que tu modo de vida, siendo bueno, no se ajusta a los cánones establecidos. Eres amigo de todas las aves, tanto del bosque, como del prado y la garria, y con ellos pías y gorjeas de mil y un asuntos. Eso estaría muy bien (y de hecho lo está), pero siempre que cumplieras también con la general obligación que todos tenemos de que nuestra especie no se extinga. Busca pareja y ten petirrojillos. Serás más feliz que ahora eres, y me lo acabarás agradeciendo.
Hizo nuestro buen pájaro una señal de asentimiento y obediencia hacia lo que acababa de escuchar, y desde el día siguiente se dedicó seriamente a seguir las recomendaciones que le habían dado. Desde el amanecer salía a buscar a alguna calaña, pero pronto comprendió que no era lo mismo dedicarse a practicar el chichisbeo o el quillotro, que a tratar de conquistar a la madre de sus polluelos. Y, de pronto, le asaltaron todas las dudas del mundo, por lo que esta, por fas, y aquella por nefás, ninguna le parecía lo debidamente apropiada. Y tras los titubeos y las indecisiones, llegaron los temores ante la terrible posibilidad de no encontrar a la que fuese adecuada. De haber derrochado irremediablemente su tiempo.
Pasó algunas semanas en ese desagradable estado, pero una mañana -para él la mañana más bonita del mundo-, se encontró con la petirroja más linda que imaginarse pueda. Una avecica tan deliciosamente bella, que parecía salida del paraíso. En ese instante no dio crédito a lo que estaba viendo, y un momento después ya había elucubrado un sinfín de posibilidades:¿ tendría ya pareja?¿ lo aceptaría?¿ viviría en otras latitudes? .. Pero todo eso no tenía importancia alguna ya que tuvo, de inmediato, la certeza de que estaba hecha para él. De que era la pajarita de su vida.
Y presto se fue hacia ella..
Ramón Serrano G.
Febrero de 2014
jueves, 6 de febrero de 2014
Esa noche
No, aquello no era una pesadilla. ¡Ojalá lo fuera!, pero sabía muy bien que no soñaba lo que le estaba sucediendo. Qué más hubiese querido que todo fuese un mal sueño, una alucinación, una mampesada. Pero su problema era muy real, ya que tenía una muy difícil solución, al menos para él. Además, estaba la urgencia de tener que resolverlo antes de las diez de la mañana, y no veía viso alguno de alcanzar la mejor salida sabiendo que cualquier decisión que adoptase supondría ganar mucho, pero perder bastante, lo cual era un detrimento importante. Hubiese dado cualquier cosa por arreglar el problema, sin tener que sufrir un menoscabo en su vida.
Durante ella, no había tenido nunca dificultades de ese tipo, ya que había discurrido con absoluta normalidad. Era el segundo hijo de una familia, estaba soltero, gozaba de un buen puesto de trabajo, de la amistad de un gran grupo de chicas y chicos, y del afecto de mucha gente. Laborioso y ameno, en sus casi treinta años de vida había tenido bastantes experiencias de todo tipo (pues, menos subir en globo y lo otro, había hecho de todo), y por eso, en una amplia perspectiva, se podría tildar aquella más de agradable, que de lo contrario. Pero hacía unos meses que había iniciado una nueva etapa de su existir, un tramo lógico y natural por una parte, pero siempre propicio a crear algún quebradero de cabeza a los protagonistas. Sencilla y llanamente se estaba empezando a enamorar. De hecho, y a estas alturas, ya estaba totalmente enamorado.
Todo había empezado, como suelen comenzar estos avatares “cardíacos”. Había aparecido en el lugar una joven (debía tener recién terminada la carrera y ser ese su primer trabajo) con aspecto y modos de ser una profesional de costumbres firmes y muy liberales. Y un fin de semana cualquiera se conocieron y, de inmediato, se produjo entre ambos una atracción mutua. Nada que, de momento, pareciese algo importante, pero que terminó en una relación en la que predominaba el atractivo, y disfrute, físico sobre el sentimental. Dichos contactos se mantuvieron durante bastante tiempo, sin que en su trascurso se impusiese obligatoriamente ningún acto. Sus salidas, que no eran fijas, ya que ella solía “guadianear” un tanto, podían comenzar yendo a tomar unas tapas, o unas copas, o para oír música, y acabar, o no, conociéndose (léase gozándose) en toda la extensión de la palabra. No era extraño ese tropiezo. La noche…la ocasión…, pero pese a que los dos jóvenes pertenecían a una generación en la que, tiempo ha, se había desmitificado completamente el sexo, repito que no era siempre algo de obligatorio ejercicio y sin el que no se separaran.
Hablamos entonces de, para no ocuparnos minuciosamente más de ello, que tenían un vínculo afectivo muy, muy, normal, dados los tiempos que corrían. Pero ya se sabe que aquel que juega con fuego suele acabar quemándose. Y aunque, para ella, este devaneo sólo consistía en una distracción, digamos, placentera en algún modo, a nuestro hombre esos ardores le llevaron al poco tiempo a caer rendidamente enamorado y pedirle, muy formalmente, que se convirtiera en su esposa, para aquello de formar una familia, tener hijos, etc., etc..
Al oír esa declaración, por otra parte completamente lógica, ella trató de convencerle de lo innecesario de meterse en esos berenjenales. A qué cambiar, si vivían bien separados, disfrutando de todos los beneficios matrimoniales, pero sin las obligaciones, trabas y compromisos que acarreaba la vida conyugal. A ella no le apetecía, para nada, buscar casa, amueblarla, preparar papeles, organizar actos y todos esos líos. Pero él, acostumbrado ya a …beber veneno, por licor suave/ a olvidar el provecho, a amar el daño…creía saber que lo suyo era amor, aunque no lo hubiese probado. Y una y mil veces le declaró su inmenso cariño rebatiéndole a su amada, mil y una veces, las excusas que esta le mostraba. Y tanta fue su insistencia, que una noche ella le dijo:
-Mira, estoy convencidísima de que estás enamorado de mí, y te digo que también yo lo estoy de ti, aunque cada uno tengamos muy distintas maneras de entender y vivir el amor. Esto me lleva a decirte que si me casase contigo, antes te acarrearía la infelicidad que la dicha. Yo no me veo en el cumplimiento de todas las obligaciones que conlleva el himeneo, y si acato unas, quiero verme liberada de otras. Por eso, te aclaro que me agradará vivir junto a ti, ya sea célibe o desposada, y que te seré completamente fiel en uno u otro caso, pero sólo en parte, pues en cualquiera de los dos, has de saber que si tienes mi cuerpo no tendrás mi alma, y viceversa. Si yo soy tu mujer, la señora de tu casa, tú no serás el único visitante de mi alcoba, pero si quieres que sigamos yaciendo cuando nos venga en gana, no me casaré contigo. Esto, que dicho por una mujer parece algo raro, no lo sería si lo dijese un hombre. Yo, así, aparezco como meretriz, y a la inversa tú te mostrarías como un donjuán. Eso es el machismo, que alaba en el hombre lo que no tolera en la mujer. Pero ese es otro tema. Lo nuestro ha de ser de ese modo, porque yo soy así, y, de esa manera, has de tomarme o dejarme. Decide de qué manera seguimos, o si rompemos definitivamente. Piénsalo bien, y te ruego me des una respuesta mañana, pasado como mucho, cuando nos veamos para tomar café
En esas más de cuarenta horas, había repetido una y otra vez, aquellas sus palabras que recordaba fehacientemente una por una. Había tratado de hallar la manera de buscarle un encaje, para poder sobrellevar una vida corriente junto a esa mujer que le había pedido algo que no era nada normal. Pero ni supo encontrarlo, ni creía que lo hubiese. Sus frases habían sido muy claras y muy sinceras, pero a él, sin tiempo ya para rebinar más sobre su mal, se le caía el alma a los pies.
Como a diario, tomó su ducha, se afeitó, vistió traje y corbata, y dando en la torre las nueve de la mañana, salió de su casa. Pero ese día, en vez de coger la calle hacia la derecha, como siempre, la tomó hacia la izquierda en dirección a la Alameda y el río…
Ramón Serrano G.
Febrero 2014
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