miércoles, 22 de enero de 2014

El agua y las estrellas

Para E.V.- “Quid terras alio calentes sole mutamus? Patria quis exul se quoque fugit? “A qué buscar tierras que caliente un nuevo sol? Qué exilio permite huir de sí mismo?”.- Horacio Aquella noche, como muchas otras noches, el matrimonio se había sentado a dialogar, tranquila y despacicamente, sobre lo sucedido ese día, o en el de ayer, o hacía muchos años. Dialogar, una acción bellísima, muy poco, o nada, practicada por muchas personas. Y aquella noche, habiendo salido a colación sus propias vidas, como muy pensativo, dijo él: -Yo no me arrepiento de cuanto he hecho, pero tampoco estoy demasiado ufano de mi comportamiento. -Pues deberías estarlo, le respondió su esposa, que pocas personas hay en el mundo de tan limpio proceder y con costumbres tan sanas y nobles. Y esto ha sido así, desde antes de que yo te conociera (y lo sé porque me lo han contado personas que te trataron mucho), y luego, porque he vivido muy unida a ti, y puedo dar fe de que tus ilusiones, tu trabajo y tus aficiones han sido siempre, y son, dignos del mayor encomio. -¿Qué vas a decir tú, siendo mi mujer?, repuso el esposo. -Aquello que pienso sinceramente, contestó ella. Y te lo digo aquí a ti estando a solas, y lo pregonaría en el ágora a quien quisiera escucharme, porque es la verdad, y la verdad no es sino la adaptación de la realidad. Mira por dónde hemos dado con un bonito tema de conversación: hablaremos de tu vida, que siempre es grato recordar tiempos pasados y felices, y me dices qué piensas hoy de cada una de sus etapas. -Lo que pueda decirte no es importante y sí sabido, pero hagámoslo, ya que parece agradarte. Mis padres, unos pequeños ganaderos, tenían su granja junto a un lago, a pocos kilómetros de un bonito pueblo, y yo, hijo único, mantengo muy buenos recuerdos de aquella etapa. Y hubo algo en ella que me marcó. Verás, mi padre gustaba de ir a hacer cosas al pueblo en una barca de remos que teníamos y yo solía acompañarle. Muchas veces me dejaba remar a mí, y eso me aficionó para siempre a esta práctica deportiva hasta el día de hoy, pues, por una parte, me relaja muchísimo y, por otra, me hace mantenerme en un buen estado físico pese a mi edad. Es un gran placer el ir liberando endorfinas, mientras tu vista y tu alma se van deleitando en la cercanía del agua, mi gran amiga. -Del segundo tramo de mi existir no he de decir nada que no sepáis cuantos me conocéis. Desde nuestra unión, con la llegada de nuestras hijas, y con el desempeño de mi trabajo, he sido un hombre absolutamente feliz. Dicha esta que se ha visto intensamente incrementada con la llegada de nuestros nietos, esos dos rubios traviesos que no se apartan de nuestras mentes. Pocos hombres tan afortunados como yo en ese, y en este, periodo de mi vida, y tú bien lo sabes. -Y en cuanto al tercer estadio de ella, en el que ahora me encuentro, he de decir de él que ha tenido a bien premiarme, inmerecidamente supongo, con un vivir satisfactorio como no pude nunca imaginar. Hemos venido a esta nueva morada en la que estamos, en un pueblo pequeño pero hermoso, parecido al que tuvimos en nuestros principios. “A qué buscar tierras que caliente un nuevo sol…” , que dijo Horacio. Y además, esta paz y esta gran dicha que afortunadamente poseo (que poseemos), se ha visto agradablemente incrementada con otra afición que me ha llegado recién, y que me hace pasar ratos muy satisfactorios. En estos últimos años me he aficionado grandemente a la astronomía, gusto que tenía desde hace mucho tiempo, pero que ahora se ha desarrollado en mí con profundidad. Por el día estudio cuanto puedo sobre el tema, y por la noche, con mis rudimentarios medios, trato de ver las estrellas. Las estrellas, uno de los cuerpos más venustos que puedan contemplarse en el universo mundo. -¡Qué maravilloso espectáculo nos ofrecen siempre, y qué disfrute el poder ir “descubriéndolas”! Poco a poco, ya voy conociéndolas un tanto, y sé que pueden estar ligadas o aisladas; que pueden pertenecer a galaxias y ser estas espirales, lenticulares, irregulares o elípticas; que pueden pertenecer a cúmulos como el de Pandora, o las Pléyades; a nebulosas como el Saco de carbón; o a sistemas estelares múltiples, como Centauro, o binarios, como Sirio. Y digamos, por último, que pueden estar integradas en alguna constelación, como Mirfak en la de Perseo, Konephoros en la de Hércules, o Sirrah en la de Andrómeda. -Y así, cada jornada voy aprendiendo más y más de estos asombrosos objetos celestes, de los cuales ya nos hablaron, y muy bien, muchos grandes hombres. Citaré sólo al insigne Rabindranath Tagore, quien dijo en una ocasión: “He perdido mi gotita de rocío, se queja la flor al cielo del amanecer, que ha perdido todas sus estrellas”. Y en otra: “No llores por haber perdido el sol, porque las lágrimas no te permitirán ver las estrellas”. Otros muchos se dedicaron a su estudio, y te sonarán nombres como Tales de Mileto, Al-Battani, Copérnico, Kepler, o Galileo, y quizás no tanto, los de Messier, Halley, Tombaugh o Hubble. Todos ellos, y bastantes más, fueron astrónomos famosos que dedicaron su vida a la astronomía y nos aportaron sus valiosos descubrimientos. -Es por todo esto por lo que ahora trasnocho tanto. Pero no temas, porque aunque es bien sabido que si se quiere mirar a las estrellas no se ha de buscar compañía, conozco y practico el dicho alemán que afirma que se puede mirar a las estrellas, pero no se debe olvidar tener encendido el fuego del hogar. Sabes, y cuantos me conocéis lo sabéis bien, que a eso me atengo y que a ello me amoldaré mientras viva. Pero he decirte que de tanto mirar a los astros y aprender sobre ellos, he llegado a la conclusión de que, en muchos aspectos, son como los seres humanos: vivimos solos, pero pertenecemos a inmensas agrupaciones; somos iguales, pero cada uno distinto; nadie puede llegar a conocernos en toda nuestra profundidad; estamos hechos de una complejidad increíble; tenemos una gran hermosura intrínseca, y así podríamos afirmar muchas otras condiciones comunes. -Podría estar hablándote horas y horas, días y días de esta nueva afición a la que me he entregado, pero no quiero cansarte. Tan sólo te diré que es posible, aunque ignoro si probable, que del poco dormir y el mucho estudiar y observar, se me llegue a secar el cerebro como le vino a ocurrir al célebre Don Quijote. Mas si así fuere, lo daré yo por bien venido, y no me quejaré de ello, al igual que el manchego aceptó su locura con tal de integrarse en la caballería andante. Ramón Serrano G Enero de 2014

miércoles, 15 de enero de 2014

Afortunadamente

Para Cristina, Sara y María. Si las personas fuéramos un poco sensatas, aunque fuera tan sólo un poco, deberíamos estar dando gracias de contino a quien fuese menester, por una y un millón de cosas: por oír cantar a un ruiseñor, por los amaneceres, por Don Quijote, por los niños, por Sevilla,… y por tantos y tantos otros motivos que sería prolijo e innecesario enumerar. Pero, ante todo, y por encima de todo, por ser mujer u hombre. De ellas, de las féminas, todo lo que se pueda decir amigo lector, absolutamente todo, es positivo y admirable. Aunque estaría mejor dicho, todo, menos una cosa, precisamente la misma que supone el mayor galardón del que pueden presumir los pertenecientes al género masculino y es que, afortunadamente, nosotros no somos flores. Puede que te hayas extrañado de esta afirmación, pero tras la lectura de este escrito lo comprenderás y acabarás dándome la razón. O eso creo. O eso espero. Así, pienso que coincidirás conmigo en que uno de los motivos de ese agradecimiento al que aludí al principio, pero que intencionadamente no cité, es la existencia de las flores, en todas y cada una de su inmensa variedad de tamaño, forma, aroma y color. Las flores ,bien lo sabes, son ese torbellino de cromatismo y luminosidad que nos ofertan las plantas y cuya gran hermosura no incide solamente en nuestra alma a través de los ojos. También son un extenso texto poético, de sutiles palabras, que llegan a nuestra mente para darle una satisfacción totalmente inalcanzable de otro modo. Igualmente, tienen una infinitud de ternezas que acarician nuestra piel con la suavidad del niño y la pasión de un amante. Pero, sobre todo, son… algo de lo más bonito que podemos hallar en el mundo en que vivimos. Por todo eso, y como no podría ser de otra manera, tienen gran cantidad de admiradores, amigos incondicionales, adoradores perpetuos. Esos son a veces, ya digo, los dedos, en muchas ocasiones la nariz, y siempre los ojos, aunque pienso que estos no son plenamente sabedores de la inmensa fortuna que tienen al poder verlas. También se hallan entre sus adictos los pájaros, que acuden pertinazmente hasta ellas para completar con sus sinfonías maravillosos espectáculos. Las abejas, que lo hacen para nutrirse con su néctar, y fabricar con él, que no con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel. Y ¡cómo no!, también están entre ellos los pintores, quienes saben aprovecharse mejor que ningún otro de su infinito colorido, y tras traspasarlo a su paleta, ofrecernos maravillosos lienzos. Vaya aquí, un agradecido recuerdo para Van Gogh, Cézanne, o Monet. Y quiero terminar de hablar de los afines a nuestras protagonistas de hoy, las flores, citando entre ellos también, y primeramente, a los enamorados, aún a sabiendas de que no tengo palabras (mi pobre magín no da para ello) para detallar todas las razones o motivos por los que, aquellos que se sienten presos de ese “mal”, utilizan y acuden al mundo de las flores para dar público y sincero testimonio de su amor. Puede que alcance a comprenderlo, pero tratar de explicarlo, de describirlo, de hablar de ello, sin tener la grandeza del poeta, sería una grosería que no estoy dispuesto a cometer. Quédame sólo decir que, en la lista de amigos de las flores, puede que haya que incluir también a los muertos. Pero ese es otro tema. Y ahora viene lo más delicado y lo menos agradable de esta exposición en la que me he metido. Queda dicho que nuestras admiradísimas amigas tienen muchos amigos, pero ¡ojo!, que enemigos y antagonistas también haylos. Y al relacionarlos, empezaré por los más pequeños, dejando el mayor para el final. Así hablaré del sol, ya que su excesiva exposición a él acaba por marchitarlas; o la carencia, o escasez del agua, imprescindible esta, no ya para su lozanía y frescor, sino para su vida misma; o el frío, cuyos dardos acaban por marchitarlas completamente; o una tierra carente de los mínimos componentes de humus y fertilizantes, que dificultan o anulan su crecida y vigor. Digamos, por último, que tienen otros enemigos, pero que estos lo son únicamente por oficio y no los nombraremos. Ellas, las maravillosas flores, tienen además otros dos rivales poderosísimos, poseedores ambos de una gran venustidad, magnificencia y hermosura. Me estoy refiriendo, en primer lugar, y aunque parezca extraño, a la mujer, el ser mejor acabado, y casi perfecto, de todos los que habitan el planeta Tierra. Tratar de contar las virtudes femeninas sería como contar los granos de arena de una playa, pero todos tenemos clara conciencia de que tener atributos y dones los tuvo, y los tiene, como ha quedado suficientemente demostrado en muchas ocasiones. Y lo mismo nos ocurriría si quisiéramos hablar de las estrellas, las cuales, al igual que las mujeres, son también adversarios de las flores, y merecedoras igualmente de los mejores calificativos que podamos imaginar y con un ingente número de ellos. Y de la causa de esta hostilidad hacia los astros y las féminas, tienen clara conciencia las flores. Y por saberlo, se expresan de la manera que nos dice Rubén Darío: “Oí que decían las flores en voz muy queda, tan queda que sólo lo escuché yo en aquellos instantes: -Entre las estrellas y las mujeres, son estas nuestras más terribles rivales. ¡Aquellas están muy lejos!...-“ Es por ello, querido lector, que te decía al comienzo de este escrito que debemos dar constantemente gracias por haber nacido hombres y no flores. Imagina que hubiésemos sido clavel, narciso, gladiolo, lo que tú quieras. Tendríamos una gran belleza, seríamos apolos o adonis. Seríamos admirados por infinidad de personas y otros seres vivos. Todo eso sería maravilloso, pero conllevaría estar obligados a sufrir la insufrible tortura de tener por antagonista principal y muy importante a la mujer. Y aunque sólo fuese por esa razón, hemos de decir que, afortunadamente, hemos nacido hombres. Porque a la mujer la podemos tener como reina, como madre, como esposa, como hija, como amante o como compañera. Como lo que sea, pero siempre, SIEMPRE, poniéndola en el más alto grado, que en ella todo es positivo. Y nunca, nunca jamás, como rival. Para nosotros supondría un quebranto insufrible. Ramón Serrano G . Enero de 2014

jueves, 19 de diciembre de 2013

Un cuento

Para A. y J. Carretero González, con quienes siempre me llevo maravillosamente mal. Cuentan los viejos un viejo cuento que habla de un hombre que era dueño de una venta enclavada en un transitado cruce de caminos, la cual, además de mucho trabajo, le proporcionaba pingües beneficios. Había enviudado varios años atrás, y aunque no tenía hijos, el desempeño de su prolija tarea le agradaba, y no tanto porque abastecía sus arcas, sino porque llenaba sus horas muy agradablemente al tenerle sumido en su negocio, liberando con ello su mente de recuerdos de otros tiempos peores. Un día, y procedente de aliende las montañas, llegó hasta su local otro hombre, bastante más joven que él, que le pidió asilo al principio y trabajo después. Carlos, que así se llamaba el ventero, diole de inmediato lo primero, y, por sus trazas, al día siguiente lo segundo. Y al poco, ambos entrañaron, y tanto, que parecían, en su proceder y trato, que fuesen padre e hijo, más bien que amo y asalariado. Al cabo de unos años los dos eran ricos (algunos decían que muy ricos). Y las gentes, esas gentes que hay en todos sitios, que se preocupan más de lo que ocurre en la casa ajena de lo que acaece en la propia, murmuraban tanto de Carlos, como de Enrique. De aquél, porque pese a su buen porte para el negocio, no se había percatado cómo le sonsacaba los cuartos su mandamás y principal obrero. Y de éste, porque en vez de ser fiel y agradecido a quien tanto le había ayudado, habíase ocupado más en afanarle al amo sus buenos cuartos, sin tasa ni mesura, aunque a decir verdad, nadie sabía que hacía con el dinero porque su vida familiar (tenía mujer y dos niños) discurría con moderación y sin gastos superfluos. Y aquellos cuchicheos tomaron tal auge que hasta algún cliente, con un exceso de confianza y envalentonado por los vinos bebidos, se atrevió a mofarse de Carlos en sus mismas barbas. Y viendo que aquello se estaba pasando de castaño oscuro, y que no era bueno que llegase hasta donde lo estaba haciendo, el ventero, con la excusa de la celebración de su onomástica, convidó a comer un 4 de noviembre a las fuerzas vivas del lugar. Acudieron invitados (a las comidas de gañote las gentes suelen acudir de muy buena gana), el alcalde corregidor, el alguacil gobernador de la comarca, el plébano, el escribano, el maestro boticario, el viejo galeno de la zona, Samuel el mercader-banquero, los dos mayores terratenientes del pueblo, y alguien más que no recuerdo. Por supuesto, y con la excusa de querer tenerlo a mano por si le era necesario, también rogó a Enrique que les acompañase. El menú no fue el mismo que se ofrecía a diario a los clientes. Hubo, como entrantes, cecina, salón y queso. Luego una sopa de puerros, chirivías y nabos, con un toque de jengibre, muy de acuerdo con la fecha, para pasar luego a un sabrosísimo cordero asado al estilo castellano. Todos los platos se vieron acompañados de un vino moro (o sea, sin bautizar) y antes de que sirvieran los postres, que luego se vio que consistían en perrunillas, frisuelos y guirlache, el anfitrión se levantó, y tras rogar silencio a sus invitados, agradeció su asistencia, y les dijo luego: -Quiero que sepáis que, a más de concelebrar con vosotros, amigos míos, el día de mi santo, os he juntado aquí para ver de acabar con todos esos calandrajos y chismerías que, desde hace algún tiempo, circulan por estos lugares sobre el destino de las ganancias de esta venta. Sé que hay algo anormal en ellas, y nadie tiene que venir a decirme que, las que llegan últimamente a mis manos, no son las que deberían hacerlo. Lo noté de inmediato al comprobar hace un tiempo las ventas y los gastos, las mercancías despachadas, el número de clientes y algún que otro detalle más, como que se le había subido el jornal a todos mis trabajadores. Igualmente me cercioré de que la única persona que podría estar desviando el dinero, era Enrique. Pero también observé dos cosas: que este seguía viviendo holgada, pero modestamente, y que trabajaba tanto o más que los primeros días de su estancia en la venta, cuando era un simple meritorio. Y entonces me dije: si yo estoy obteniendo un beneficio que cubre muy de sobra mis necesidades y, además, puedo delegar una gran parte de mi trabajo en un hombre que faena para este negocio como si fuese suyo, ¿por qué voy a cambiar nada si me hallo muy bien así? Dejémoslo estar. Además, se ha de saber por todos, que Enrique en mi casa no es un empleado, sino el hijo que al cielo no le plugo concederme. Como tal, es para mí, y así quiero que siga siendo. Ante la admiración y extrañeza de los presentes, se levantó entonces el escribano y dijo: -Amigo Carlos, tus palabras son la confirmación de lo que muchos suponíamos. Testimonio de la generosidad de tu alma y de la alegría en la que vives. Pero, para aumentar esta dicha tuya, quiero decirte a ti, y a todos los presentes, una cosa que sólo sabemos el banquero Samuel (este agachó un poco su cabeza en señal de asentimiento), el propio Enrique (quien puso cara de asombro), y yo mismo. Y es ello, que un buen día se presentó ante mí este tu empleado, que aquí se halla, para decirme que en la venta se ganaban muchos dineros. Tantos, que podían ser una tentación para algunos, los cuales, estando este mesón algo apartado, podrían venir a robar al dueño. Y que no siendo bueno guardar todos los huevos en la misma canasta, él quería, si me parecía oportuno, y para evitar este riesgo, hacer periódicamente los ingresos que pudiera en un depósito secreto que se abriría al respecto. Pareciéndome raro, aunque bien en un principio, quise que lo consultásemos con nuestro amigo del banco, el cual, al oírlo, no puso objeción alguna, como era lo natural. -Pero aquí viene lo insólito del caso. Y es ello, que Enrique estipuló que la susodicha cuenta sólo tendría un titular, y que este sería el único que podría disponer de los dineros que allí se fuesen metiendo. Y que ese titular se llamaba Carlos Mendoza, o sea tú, nuestro querido anfitrión y paisano. Así que, habiendo dicho yo esto, y tú lo anterior, todos sabemos ahora que nadie está quitando a nadie ni un solo cuarto, sino que antes bien, se están ayudando mutuamente, por lo que deben cesar, de una vez y para siempre, los absurdos comentarios y habladurías que se venían haciendo. Y por eso alzo mi vaso. Por eso, y para brindar porque todo siga siempre así de bien en esta empresa, y por la felicidad de estos dos vecinos nuestros, que además nos están dando ejemplo de un gran comportamiento. Y colorín, colorado,… Ramón Serrano G. Diciembre 2013

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La limosna

Para Ramón Compte Antequera, buen amigo y sempiterno lector de mis escritos. Con mi agradecimiento por ambas cosas. -Buenos días, señor. Por favor, déme una limosna que mire cómo está mi hija, y, como no tengo trabajo, no tengo dinero para cuidarla un poco. Quien así le hablaba a Luis, era una muchacha veinteañera, agraciada, como lo son todas las muchachas del mundo a esa edad, ucraniana, que hablaba pésimamente el español, de nombre Larysa, y que llevaba en un cochecito a su única hija de cinco años de edad, Inha, la cual padecía una importante lesión cerebral congénita. Nos apiadamos al verla y mi amigo, de los pocos que tenía, le dio algún euro, para luego, por compasión, que no por curiosidad, preguntarle por los detalles de su vida. La muchacha -la mujer estaría quizás mejor dicho- le dijo que se había venido a nuestro país por ver de salir de la indigencia que padecía en el suyo, pero que al poco de llegar, alguien - y no detalló en absoluto edad, raza o condición del sujeto- había abusado de ella y como consecuencia había nacido aquella criatura de condiciones físicas, y síquicas, tan limitadas. Nos dijo, además, que no poseía “papeles”, y que la perdonase, pero tenía que irse a Cáritas para que le diesen comida. Apenados por el triste encuentro seguimos nuestro camino, y fuimos hablando de cómo la mendicidad era un mal que existía en todas partes desde el inicio de los tiempos, y se mantendría hasta la consumación de los siglos, porque los motivos de su existencia estaban plenamente arraigados en la naturaleza del alma humana. Y que siempre había habido, y habría, gentes que trataban de prestar una mayor o menor ayuda en su socorro, ya que no para su desaparición, y quienes preferían ignorar su existencia y, por ende, su alivio. Fue dos días después cuando, en nuestro matinal paseo, nos encontramos en la plaza con el hermano Juan Pedro “Burelas”, un buen hombre, a quien ya conocíamos, y que estaba sentado al sol viendo el discurrir de la mañana. Nos saludó, nos invitó a quedarnos con él, y así lo hicimos. Y los dos se pusieron de inmediato a charlar sobre lo numinoso y lo terrenal, y en tan ardua tarea se hallaban, cuando se acercó hasta nosotros Larysa, quien, con una sonrisa, ignoro si real o falsa, pero seráfica, y casi sin atreverse, les rogó una almosna. Luís sacó una moneda y se la dio, pero el hermano “Burelas” la despidió casi con cajas destempladas. Se extrañó mi amigo de ese hacer, a lo que el paisano le explicó: -Mira, a esa muchacha es la tercera o la cuarta vez que la veo, siempre ha venido a pedirme una caridad y siempre se la he dado. Ayer ocurrió lo mismo; llevaba a su hija en el cochecito, se acercó, le di unas monedas y, aun cuando no pases a creértelo, a los diez minutos la vi cruzar por delante de mí con una bolsa de gusanitos en la mano, que acababa de comprar, y que iba repartiendo con la niña. Y eso no me pareció nada bien, porque yo pienso que tiene que estar uno pasándolo muy mal para verse obligado a pedir limosna, pero, si lo hace, que sea para comprar lo necesario y no unas chucherías, de las que se puede prescindir por completo. Así pues, durante algún tiempo, no pienso volver a darle un chavo, a ver si aprende. -Perdone usted amigo que discrepe en parte de lo que me acaba de decir, le contestó Luís. Todos sabemos que la pobreza, y en especial cuando ella conduce a la mendicidad, es uno de los dramas más lacerantes y de peor solución que padece la humanidad. Pero creo que lo agravamos mucho si lo enfocamos, a él o a sus paliativos, igual da, desde un prisma estrictamente personal. Y me explico. Cada vez que hacemos algo hemos de pensar en lo que esto atañe y afecta al prójimo, pero también en el modo que lo hace a nosotros mismos. Y aún diría más, Debe bastarnos con eso en la mayoría de las ocasiones. Es nuestra conciencia, y no la ajena, la que debe llevarnos a hacer o a ociar en esos temas. -Le recuerdo, prosiguió, aquella anécdota de una viejecita, que al darle unos escasos céntimos a un mendigo, le advertía: -Y no se lo gaste en whisky o en mujeres. Pero, sin frivolizar el tema, creo que a cada uno debe bastarle con dejar razonadamente tranquila a la propia conciencia; juzgar debidamente si nuestro óbolo ha sido un poco más que eso, un simple óbolo, y no inmiscuirnos en el uso que le ha dado el recibiente. -Entonces, a mí que soy el que ha “soltao” la pringue, ¿no me “tié” que importar lo que hagan con mis cuartos?, renegó el hermano. -Pues, si me apura, he de decirle que no, y por dos razones. La primera es que nuestra generosidad, ya fuere grande o pequeña, no nos da licencia para juzgar el modo de obrar de los demás. ¡Allá cada quien con su conciencia! Porque si nos entrometiésemos en ello, estaríamos anulando la voluntad del prójimo, queriendo que la suya se identificase con la nuestra. Y esto no puede ser así. Lo que a Juan le puede parecer bien, no lo será, quizás para Pedro. Y lo que le guste a Anselmo, no le gradará, posiblemente, a Federico. Y la segunda: ¿es que además esa niña, y su madre, no tienen todo el derecho del mundo a gozar, aunque sea tan sólo un instante, de una fruslería? Si nos convirtiéramos en inquisidores de los gastos de estas pobres gentes, acabaríamos exigiendo que con las dádivas recibidas, se adquiriesen, exclusivamente los productos que a nosotros nos parecieran oportunos, que estos productos fueran imprescindibles, y que fuesen de los más baratos, para que así cubriesen mayores necesidades. No, querido amigo, no. Bástenos con que nuestra generosidad no disminuya y dejemos que cada uno obre de acuerdo a su conciencia. En ese instante, volvieron a pasar por allí la madre y la hija en dirección a su casa, y la niña, pese a sus gestos desencajados, y a su mirada perdida, tenía la cara de un ángel. Ramón Serrano G. Diciembre de 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

Don Luigi

Para Michele, un mío vecchio amico e della bella Italia. -Quiero, Luca, que escuches esta historia que voy a referirte para que veas a través de ella cómo somos los humanos a veces. Verás, hace ya muchos años tuve que ir a Italia, y un día, viajando en uno de esos vetustos trenes de una lentitud exasperante, parecidos a aquellos de las películas del Oeste americano, tuve de acompañante a un señor de unos sesenta años, amable como todos los italianos, y conversador, muy conversador, como todos los italianos. Y hablando entrambos de mil y una cosas, explicándonos mutuamente nuestra “muy razonable” opinión sobre ellas, y ofertando nuestra lógica, plausible y, sin embargo, nunca aplicada solución, vinimos a departir sobre el egoísmo humano. Mejor dicho, sobre el egoísmo de los demás, porque la mayoría de nosotros, de egotistas, solemos culparnos muy, muy poco. Vamos, lo que se dice nada. -Y me refería el buen hombre que llevaba una temporada, -una larga y fastidiosa temporada, me dijo- en la que le parecía que todos le trataban mal, o, al menos, no tan bien como él creía merecer. Y apunto yo, que su quejumbre debía estar en razón, pues tenía un correcto hablar, parecía ser de buenas intenciones y mostraba un impecable proceder. Pese a esto, me decía, que los amigos, salvo los dos o tres más íntimos, le habían perdido aprecio y le tenían bastante abandonado. Pero lo que le dolía tanto como eso, y con mucha razón, es que su escasa familia también tenía con él un raro contacto, ya que ella, a su parecer, tampoco se excedía, ni en buscar su compañía, ni en darle arrumacos. Me contó que constituía su parentela más cercana, una hija y un hijo, (su esposa había fallecido hacía más de veinte años), casados ambos y ambos con descendencia. De aquella tenía un nieto de casi veinte años y una nieta de doce, mientras que, de su hijo, tenía otra mocita de esa misma edad. La verdad es que cuando llegaban las contadas ocasiones en las que se reunían, todos le trataban con deferencia y buenos modos. Pero eso era lo que le solían dar, y poco más que eso. Y a él eso, escuetamente eso, le parecía poco. Muy poco. Prácticamente nada. Me dijo además, que tal vez no fuera tan exiguo el afecto que le mostraban, pero que a él le hubiese agradado enormemente que este fuese mayor, y que más que estima, fuese cariño, afecto este que echaba mucho en falta. -Comprendía, por completo, que aquél desapego - distacco, él lo llamó así- era comprensible. En primer lugar ya se estaba haciendo viejo, y, por otra, su carácter tal vez fuese casquite. Por otra parte, los mayores tenían su trabajo y con él muchas preocupaciones; la educación y el cuidado de sus hijos, sus amigos, etc., etc. En un palabra, su propia vida. Los menores, que ya no lo iban siendo tanto, pues se estaban incorporando al mundo de la adolescencia unas y otro ya la había superado, tenían en esta evolución su principal anhelo, y “lo demás” apenas les interesaba. Y eso era, casi, lo que más le dolía. Sus membranzas le mostraban situaciones parecidas en las que él mismo había sido protagonista de hechos similares. Sabía que cada generación deja sus experiencias a la siguiente y esta las sigue pasando a la que la releva. Y por eso sabía que el pasado afecta al presente, porque los recuerdos de unos y otros van entrometiéndose en los actos de otros y unos. Y tenía una clara consciencia de que la propia forma de actuar va obrando eugenésicamente. -Pero lo cierto y verdad, me dijo además, es que, para mí, no hay ya ni pájaros que canten, ni sol hay que alumbre. Que mis mañanas no llegan preñadas de ilusiones, y mis anochecidas están cargadas de fracasos y hueras de esperanzas. Que mi mayor ley es la rutina, y mi mejor vestido es la tristeza, por lo que mi vida es un tósigo penoso de soportar. -Pues su porte, le comenté, según he podido observar en el escaso tiempo que llevamos juntos, es de ser una persona abierta y muy agradable, ¿qué va a hacer para tratar de arreglar esa situación? -Actuaré en contra del sabido dicho que afirma que asino vecchio non prende lezioni. Aprenderé a cambiar. Y haré lo mismo que Godiva, me respondió, cuya historia seguro que conoces. A ella no le importó mostrarse desnuda ante sus conciudadanos con tal de que su marido rebajase los impuestos a su pueblo, con lo que quiso demostrar que el bien de los más debe prevalecer sobre el de uno. Yo haré pública declaración de mi errónea forma de actuar, reconoceré mis faltas, y espero que, viéndolo, mi familia y mis amigos de siempre, obrarán como Leofric, serán indulgentes conmigo, y volverán a tratarme como antes, y la mía vita andrá a gonfie vele . - Por último, te digo Luca, que no le volví a ver, pero estoy seguro de que obró de ese modo. Y lo que sí te aseguro, es que no es fácil encontrar a personas a quienes no les importe declararse nocentes, séanlo o no, con tal de conseguir un trato afable de los de su entorno. Ramón Serrano G. Noviembre de 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Y nadie supo nada

Para ti. Me enamoré de tus ojos, y nadie supo nada. Tenías, tienes, los ojos plácidos, como Atenea, serenos y alabados por su dulce mirar, que diría Gutierre de Cetina, de un tono que siempre quise adivinar, pero que ese día lo supe. Fue por San Juan, en una mañanita en la que me encontré contigo, como me encontraba tantos otros días, pero que me miraste de distinta manera. O, al menos, eso me pareció. O, al menos, eso quise que me pareciera. Quizás es que la noche anterior, aunque me había acostado temprano, como casi siempre, mi subconsciente se fue a coger el “trébole” y a saltar el fuego de un amor que estaba anhelando encenderse con tu llama. O tal vez, porque estaba recordando la novela que acababa de leer: Kristina Lavransdatter, la maravillosa trilogía de Sigrid Unset. Pero qué importa el motivo, si lo que a mí me dio la vida fue lo acaecido. Lo valioso, lo realmente valioso, no fue la causa, sino el efecto. Y digo que me dio la vida, no en el sentido de respirar o alimentarme, sino en el de empezar a verla de un color rosáceo intenso, como el que toma el sol en sus últimos suspiros cuando acaba perdiéndose en el horizonte, allá lejos al fondo de la mar. Mas ante esa inmensa fortuna que acababa de lograr, quise callar, y guardar mi alma en mi armario. Me enamoré de tu risa, y nadie supo nada. Un buen día nos cruzamos en la calle y tú, que ni siquiera me viste, le reías las ocurrencias a una señora, ya mayor y de buen porte, que te debía estar contando cosas muy agradables. Observé que eras obsecuente con ella y que tu risa era franca, con temperamento, y parecía ser habitual en ti. Era una risa honesta, sin tapujos. A la vez usual y constituyente de tu manera de ser. Aquello me encantó, porque tengo bien aprendido que es muy bello el saber callar, pero que la risa es más bella todavía. Y tú hacías perfectamente ambas cosas. Y no hablé nunca de ello, sino que guardé para mis adentros la certeza de que la vida junto a una persona capaz de reír así tenía que ser forzosamente maravillosa. Que estaría llena de gran cantidad de momentos buenos, y que sería hacedora de que lo ratos no tan buenos fuesen agradablemente soportables. Sapiente de que en nuestro paso por este mundo todos hemos de soportar momentos difíciles, ratos verdaderamente amargos, y que hay que saber aguantarlos con fuerzas para que luego no nos fallen estas y seamos capaces de ser felices. Pero callé y a nadie fui con mi sentir. Me enamoré de tu forma de hablar, y nadie supo nada. Cuando coincidíamos (escasísimas veces para mi deseo), me encantaba escuchar tu modo de decir las cosas. Lentamente, vocalizando con melodía las palabras. Con claridad, exponiendo sencillamente las ideas, Con sabiduría, consciente de la veracidad de lo que decías. Con magisterio, utilizando vocablos hermosos y biensonantes. Con musicalidad, con ese tono de voz, tan agradable y armonioso, con el que te había dotado la madre naturaleza. Con parquedad, en el conocimiento de que quien mucho habla mucho hierra, y que es mejor hablar poco y hacerlo bien, y que lo mucho cansa. Y observé que también sabías escuchar, cosa que pocos hacen, empeñados en exponer su verbo sin apenas atender a lo que los otros hablan. Entonces, viendo lo inusual de esas condiciones en tanta y tanta gente, y recordando lo mucho que se tiene dicho a lo largo de los tiempos, y por muchos grandes hombres, en alabanza del buen y del bien decir, grabé tus frases en mi memoria, y muchas noches me dormía al eco de sus acordes. También he de decir que fui egoísta, y a nadie hablé de ello. Me enamoré de tus manos, y nadie supo nada. Eran delgadas, largas, bien cuidadas. Dignas de ser pintadas por Durero. Movidas por ti con tanta elegancia, que no las emplearían con más arte Nureyev o Paulova. Expresadoras de todas tus ideas, igual que tus palabras, que hay quien, como tú, sabéis manifestar con las manos lo que vuestro cerebro piensa, al igual que el artista ve ante sí su obra terminada, más o menos parecida a como él la había forjado en su imaginación, y que según sea el acierto conseguido al plasmarla, se sentirá más cercano a ella. Y pensé que las manos de las personas son para ellas, entre los bienes corporales de los que disfrutan, de los más valiosos y utilizados. Las manos sirven para hacer una caricia, para trabajar, para dar una limosna o para sostener un libro. Para dominar un corcel, para mantener el timón de un barco, para llevar un niño hasta la escuela, o para tocar una guitarra. Para saludar, para despedirse, o para bendecir el pan que se ha ganado honradamente. Y supe, de inmediato, que tú, con esas manos, tendrías la capacidad necesaria, y la habilidad suficiente, para hacer las mejores y más hermosas obras que una persona pueda llevar a cabo en su existencia. Lo mismo que para desbrozar todos los males que pudieran abrirse en mi camino, si es que algún día llegábamos a unir nuestras dos vidas. Eso soñé al verte maniobrar, y atesoré muy bien esa quimera, puesto que las ilusiones, al igual que los perfumes, hay que guardarlas, exquisita y eficientemente, para que no se evaporen. Pero guardé este secreto para mí y a nadie hice partícipe de él. Me enamoré de ti, y nadie sabe nada. Tan sólo lo sé yo, y muy bien que lo sé. Con eso, … ya es bastante. Ramón Serrano G. Octubre de 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

El secretario

Para C. R. N., con mi mayor agradecimiento. -Lucía, qué calladito te lo tenías. Esta mañana he visto al nuevo secretario, y, chica, he de decirte que está como un tren. -Pero Inés, si apenas le he visto una vez. Tomó ayer posesión, salió de su despacho para saludarnos a todos uno a uno, y no le he visto más. La verdad es que no está mal y, además, parece simpático, aunque yo diría que un tanto despistado. -Pues a ver si consigues que salga a desayunar con nosotros y me lo presentas. ¡Qué suerte tienes, trabajar pared por medio con él! E, impensadamente, esto vino a suceder a los pocos días. Estando pidiendo el desayuno en el Bar Tolo junto a Luis y Tomás -los habituales-, llegó el nuevo secretario y se incorporó al grupo diciendo: -No os importará que me una a vosotros, me imagino. Es que como estoy recién llegado no conozco a nadie, y luego ya sabéis que estoy solo el resto del día. Desde entonces pasó a ser uno más. Pronto vimos que, pese a que intentaba disimularlo, era tímido; doctrino, como solíamos decir por aquí. También casi treintañero, soltero, sencillo, educado y poco hablador, aunque muy afable. Eso en el terreno general, que en el laboral incrementaba en mucho esas virtudes. Así, de una manera u otra, pronto establecimos con él una buena amistad, tratándole en la calle con un entrañable: “Paco”, mientras que en la oficina todos le hablábamos anteponiendo un respetuoso: “don Francisco”. Y pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y un año pasado había -o casi-, cuando nuestro hombre empezó a desarrollar una actitud un tanto diferente de la habida hasta entonces. Y este comportamiento no fue otro que un claro anhelo por incrementar, dentro de un orden, su relación con las dos mujeres. Se le veía más solícito con ellas que antaño; se afanó en coincidir con ellas en horas vespertinas; las invitó al cine o al teatro. En una palabra: fue montando todas las estrategias que son necesarias y aconsejables para llevar a cabo un asedio en toda regla. Y si todos se dieron perfecta cuenta de ello, no digamos las dos interfectas. Porque las mujeres, ya se sabe, tienen un sexto sentido para ver las cosas, pero si esas cosas están relacionadas con el amor, tienen además un séptimo, un octavo, un noveno, etc., etc. Lo ven todo y lo adivinan todo, pues mucho tienen de meigas. Y por eso, una tarde, comentó Inés: -Nuestro Paco, mi querida Lucía, parece ser que ha sido tocado por Eros, Cupido, Rumí o Qi Si, que ignoro cuál será su credo, pero lleva una temporada intentando acercarse a nosotras de una manera notoria, aunque si he de serte sincera, he de decir que a quien quiere conquistar es a ti. - Pues no sé en qué te basas para afirmar esto último. Porque está muy claro que algo pretende, pero tú tienes todas las posibilidades de ser la elegida. Eres más agraciada físicamente, un poco más joven, tienes también un título universitario, y más elocuencia. Todo está a tu favor. Démosle tiempo al tiempo y verás cómo no me equivoco. -No lo veo yo con esa claridad, repuso Inés. Y además, he de decirte que sí, que lo he pensado, que me he puesto en el papel de ser yo la elegida, y no lo veo como al príncipe de mis sueños. Me parece una persona excelente en todos los sentidos: clase, cultura, físico y posición social. Lo tiene todo. Me vale, y mucho, como amigo, pero, ... no es mi hombre, y si he de casarme, ha de ser con alguien que, además, me haga ese tilín del que tanto se habla. En fin, ya veremos qué sucede, porque quizás estemos adelantando acontecimientos. Pero no era así, o no lo parecía. Al señor secretario se le notaba por encima del pelo que estaba buscando pareja para el resto de sus días. Siempre que podía se reunía con nuestras “amigas” y alternaba hablándoles de una y mil cosas, aunque, en realidad, jamás lo hizo exponiendo con claridad sus proyectos para una vida futura. Conversaba con ambas, y con ambas se mostraba solícito y afectuoso por igual, pero era en su trato con Inés cuando se le veía más tranquilo. Digamos, más suelto, menos reprimido. Parecía, o quizás debiéramos decir era palmario, que a ella le dedicaba sus mejores sonrisas. Daba la impresión que era a ella a quien quería agradar. Que era a ella a quien quería conseguir. Por todo ello, Inés sufría en su interior, temiendo que, el día menos pensado, nuestro hombre se le declarase y ella tuviera que darle un no por respuesta. Estaba segura que con ello le causaría un sufrimiento que para nada le deseaba, pero estaba plenamente decidida a no sacrificar el resto de sus días, uniéndose en matrimonio a una persona a la que no amaba. Sin embargo, aquella tarde ocurrió lo que tanto hubiese querido evitar. Al salir de una tienda se encontró cara a cara con Paco, y mientras que ella se puso lívida, a él le surgió una sonrisa inmensa. -¡Qué alegría, querida Inés!, le dijo. Llevo mucho tiempo queriendo pedirte algo que es muy importante para mí, y no me decido nunca a hacerlo, así que hoy, que parece que el destino nos ha hecho encontrarnos sin habérnoslo propuesto, no lo voy a posponer más. Pero sentémonos en aquél banco, donde podemos hablar sin que nadie nos oiga. Y así fue. -Mira, continuó diciendo. Yo no esperaba que en este lugar iba a encontrar tanto acomodo y tantas cosas buenas que han conseguido hacerme feliz. Pero esa felicidad no es completa, y lo que me falta es conseguir el amor de la mujer a la que he elegido como mi futura esposa. Sé que ella tiene más valores que yo. Y entre mis defectos hay uno, el ser extremadamente tímido, que se acrecienta al estar enamorado. Yo la quiero, y la quiero muchísimo, pero no me veo con fuerzas para decírselo. Por eso, mi entrañable amiga, quiero pedirte muy encarecidamente que le transmitas mis sentimientos a tu amiga Lucía, le hables lo mejor que puedas de mí y abogues por mi causa. En una palabra, que me allanes el camino. Ramón Serrano G. Octubre de 2013