miércoles, 4 de diciembre de 2013

La limosna

Para Ramón Compte Antequera, buen amigo y sempiterno lector de mis escritos. Con mi agradecimiento por ambas cosas. -Buenos días, señor. Por favor, déme una limosna que mire cómo está mi hija, y, como no tengo trabajo, no tengo dinero para cuidarla un poco. Quien así le hablaba a Luis, era una muchacha veinteañera, agraciada, como lo son todas las muchachas del mundo a esa edad, ucraniana, que hablaba pésimamente el español, de nombre Larysa, y que llevaba en un cochecito a su única hija de cinco años de edad, Inha, la cual padecía una importante lesión cerebral congénita. Nos apiadamos al verla y mi amigo, de los pocos que tenía, le dio algún euro, para luego, por compasión, que no por curiosidad, preguntarle por los detalles de su vida. La muchacha -la mujer estaría quizás mejor dicho- le dijo que se había venido a nuestro país por ver de salir de la indigencia que padecía en el suyo, pero que al poco de llegar, alguien - y no detalló en absoluto edad, raza o condición del sujeto- había abusado de ella y como consecuencia había nacido aquella criatura de condiciones físicas, y síquicas, tan limitadas. Nos dijo, además, que no poseía “papeles”, y que la perdonase, pero tenía que irse a Cáritas para que le diesen comida. Apenados por el triste encuentro seguimos nuestro camino, y fuimos hablando de cómo la mendicidad era un mal que existía en todas partes desde el inicio de los tiempos, y se mantendría hasta la consumación de los siglos, porque los motivos de su existencia estaban plenamente arraigados en la naturaleza del alma humana. Y que siempre había habido, y habría, gentes que trataban de prestar una mayor o menor ayuda en su socorro, ya que no para su desaparición, y quienes preferían ignorar su existencia y, por ende, su alivio. Fue dos días después cuando, en nuestro matinal paseo, nos encontramos en la plaza con el hermano Juan Pedro “Burelas”, un buen hombre, a quien ya conocíamos, y que estaba sentado al sol viendo el discurrir de la mañana. Nos saludó, nos invitó a quedarnos con él, y así lo hicimos. Y los dos se pusieron de inmediato a charlar sobre lo numinoso y lo terrenal, y en tan ardua tarea se hallaban, cuando se acercó hasta nosotros Larysa, quien, con una sonrisa, ignoro si real o falsa, pero seráfica, y casi sin atreverse, les rogó una almosna. Luís sacó una moneda y se la dio, pero el hermano “Burelas” la despidió casi con cajas destempladas. Se extrañó mi amigo de ese hacer, a lo que el paisano le explicó: -Mira, a esa muchacha es la tercera o la cuarta vez que la veo, siempre ha venido a pedirme una caridad y siempre se la he dado. Ayer ocurrió lo mismo; llevaba a su hija en el cochecito, se acercó, le di unas monedas y, aun cuando no pases a creértelo, a los diez minutos la vi cruzar por delante de mí con una bolsa de gusanitos en la mano, que acababa de comprar, y que iba repartiendo con la niña. Y eso no me pareció nada bien, porque yo pienso que tiene que estar uno pasándolo muy mal para verse obligado a pedir limosna, pero, si lo hace, que sea para comprar lo necesario y no unas chucherías, de las que se puede prescindir por completo. Así pues, durante algún tiempo, no pienso volver a darle un chavo, a ver si aprende. -Perdone usted amigo que discrepe en parte de lo que me acaba de decir, le contestó Luís. Todos sabemos que la pobreza, y en especial cuando ella conduce a la mendicidad, es uno de los dramas más lacerantes y de peor solución que padece la humanidad. Pero creo que lo agravamos mucho si lo enfocamos, a él o a sus paliativos, igual da, desde un prisma estrictamente personal. Y me explico. Cada vez que hacemos algo hemos de pensar en lo que esto atañe y afecta al prójimo, pero también en el modo que lo hace a nosotros mismos. Y aún diría más, Debe bastarnos con eso en la mayoría de las ocasiones. Es nuestra conciencia, y no la ajena, la que debe llevarnos a hacer o a ociar en esos temas. -Le recuerdo, prosiguió, aquella anécdota de una viejecita, que al darle unos escasos céntimos a un mendigo, le advertía: -Y no se lo gaste en whisky o en mujeres. Pero, sin frivolizar el tema, creo que a cada uno debe bastarle con dejar razonadamente tranquila a la propia conciencia; juzgar debidamente si nuestro óbolo ha sido un poco más que eso, un simple óbolo, y no inmiscuirnos en el uso que le ha dado el recibiente. -Entonces, a mí que soy el que ha “soltao” la pringue, ¿no me “tié” que importar lo que hagan con mis cuartos?, renegó el hermano. -Pues, si me apura, he de decirle que no, y por dos razones. La primera es que nuestra generosidad, ya fuere grande o pequeña, no nos da licencia para juzgar el modo de obrar de los demás. ¡Allá cada quien con su conciencia! Porque si nos entrometiésemos en ello, estaríamos anulando la voluntad del prójimo, queriendo que la suya se identificase con la nuestra. Y esto no puede ser así. Lo que a Juan le puede parecer bien, no lo será, quizás para Pedro. Y lo que le guste a Anselmo, no le gradará, posiblemente, a Federico. Y la segunda: ¿es que además esa niña, y su madre, no tienen todo el derecho del mundo a gozar, aunque sea tan sólo un instante, de una fruslería? Si nos convirtiéramos en inquisidores de los gastos de estas pobres gentes, acabaríamos exigiendo que con las dádivas recibidas, se adquiriesen, exclusivamente los productos que a nosotros nos parecieran oportunos, que estos productos fueran imprescindibles, y que fuesen de los más baratos, para que así cubriesen mayores necesidades. No, querido amigo, no. Bástenos con que nuestra generosidad no disminuya y dejemos que cada uno obre de acuerdo a su conciencia. En ese instante, volvieron a pasar por allí la madre y la hija en dirección a su casa, y la niña, pese a sus gestos desencajados, y a su mirada perdida, tenía la cara de un ángel. Ramón Serrano G. Diciembre de 2013

jueves, 21 de noviembre de 2013

Don Luigi

Para Michele, un mío vecchio amico e della bella Italia. -Quiero, Luca, que escuches esta historia que voy a referirte para que veas a través de ella cómo somos los humanos a veces. Verás, hace ya muchos años tuve que ir a Italia, y un día, viajando en uno de esos vetustos trenes de una lentitud exasperante, parecidos a aquellos de las películas del Oeste americano, tuve de acompañante a un señor de unos sesenta años, amable como todos los italianos, y conversador, muy conversador, como todos los italianos. Y hablando entrambos de mil y una cosas, explicándonos mutuamente nuestra “muy razonable” opinión sobre ellas, y ofertando nuestra lógica, plausible y, sin embargo, nunca aplicada solución, vinimos a departir sobre el egoísmo humano. Mejor dicho, sobre el egoísmo de los demás, porque la mayoría de nosotros, de egotistas, solemos culparnos muy, muy poco. Vamos, lo que se dice nada. -Y me refería el buen hombre que llevaba una temporada, -una larga y fastidiosa temporada, me dijo- en la que le parecía que todos le trataban mal, o, al menos, no tan bien como él creía merecer. Y apunto yo, que su quejumbre debía estar en razón, pues tenía un correcto hablar, parecía ser de buenas intenciones y mostraba un impecable proceder. Pese a esto, me decía, que los amigos, salvo los dos o tres más íntimos, le habían perdido aprecio y le tenían bastante abandonado. Pero lo que le dolía tanto como eso, y con mucha razón, es que su escasa familia también tenía con él un raro contacto, ya que ella, a su parecer, tampoco se excedía, ni en buscar su compañía, ni en darle arrumacos. Me contó que constituía su parentela más cercana, una hija y un hijo, (su esposa había fallecido hacía más de veinte años), casados ambos y ambos con descendencia. De aquella tenía un nieto de casi veinte años y una nieta de doce, mientras que, de su hijo, tenía otra mocita de esa misma edad. La verdad es que cuando llegaban las contadas ocasiones en las que se reunían, todos le trataban con deferencia y buenos modos. Pero eso era lo que le solían dar, y poco más que eso. Y a él eso, escuetamente eso, le parecía poco. Muy poco. Prácticamente nada. Me dijo además, que tal vez no fuera tan exiguo el afecto que le mostraban, pero que a él le hubiese agradado enormemente que este fuese mayor, y que más que estima, fuese cariño, afecto este que echaba mucho en falta. -Comprendía, por completo, que aquél desapego - distacco, él lo llamó así- era comprensible. En primer lugar ya se estaba haciendo viejo, y, por otra, su carácter tal vez fuese casquite. Por otra parte, los mayores tenían su trabajo y con él muchas preocupaciones; la educación y el cuidado de sus hijos, sus amigos, etc., etc. En un palabra, su propia vida. Los menores, que ya no lo iban siendo tanto, pues se estaban incorporando al mundo de la adolescencia unas y otro ya la había superado, tenían en esta evolución su principal anhelo, y “lo demás” apenas les interesaba. Y eso era, casi, lo que más le dolía. Sus membranzas le mostraban situaciones parecidas en las que él mismo había sido protagonista de hechos similares. Sabía que cada generación deja sus experiencias a la siguiente y esta las sigue pasando a la que la releva. Y por eso sabía que el pasado afecta al presente, porque los recuerdos de unos y otros van entrometiéndose en los actos de otros y unos. Y tenía una clara consciencia de que la propia forma de actuar va obrando eugenésicamente. -Pero lo cierto y verdad, me dijo además, es que, para mí, no hay ya ni pájaros que canten, ni sol hay que alumbre. Que mis mañanas no llegan preñadas de ilusiones, y mis anochecidas están cargadas de fracasos y hueras de esperanzas. Que mi mayor ley es la rutina, y mi mejor vestido es la tristeza, por lo que mi vida es un tósigo penoso de soportar. -Pues su porte, le comenté, según he podido observar en el escaso tiempo que llevamos juntos, es de ser una persona abierta y muy agradable, ¿qué va a hacer para tratar de arreglar esa situación? -Actuaré en contra del sabido dicho que afirma que asino vecchio non prende lezioni. Aprenderé a cambiar. Y haré lo mismo que Godiva, me respondió, cuya historia seguro que conoces. A ella no le importó mostrarse desnuda ante sus conciudadanos con tal de que su marido rebajase los impuestos a su pueblo, con lo que quiso demostrar que el bien de los más debe prevalecer sobre el de uno. Yo haré pública declaración de mi errónea forma de actuar, reconoceré mis faltas, y espero que, viéndolo, mi familia y mis amigos de siempre, obrarán como Leofric, serán indulgentes conmigo, y volverán a tratarme como antes, y la mía vita andrá a gonfie vele . - Por último, te digo Luca, que no le volví a ver, pero estoy seguro de que obró de ese modo. Y lo que sí te aseguro, es que no es fácil encontrar a personas a quienes no les importe declararse nocentes, séanlo o no, con tal de conseguir un trato afable de los de su entorno. Ramón Serrano G. Noviembre de 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Y nadie supo nada

Para ti. Me enamoré de tus ojos, y nadie supo nada. Tenías, tienes, los ojos plácidos, como Atenea, serenos y alabados por su dulce mirar, que diría Gutierre de Cetina, de un tono que siempre quise adivinar, pero que ese día lo supe. Fue por San Juan, en una mañanita en la que me encontré contigo, como me encontraba tantos otros días, pero que me miraste de distinta manera. O, al menos, eso me pareció. O, al menos, eso quise que me pareciera. Quizás es que la noche anterior, aunque me había acostado temprano, como casi siempre, mi subconsciente se fue a coger el “trébole” y a saltar el fuego de un amor que estaba anhelando encenderse con tu llama. O tal vez, porque estaba recordando la novela que acababa de leer: Kristina Lavransdatter, la maravillosa trilogía de Sigrid Unset. Pero qué importa el motivo, si lo que a mí me dio la vida fue lo acaecido. Lo valioso, lo realmente valioso, no fue la causa, sino el efecto. Y digo que me dio la vida, no en el sentido de respirar o alimentarme, sino en el de empezar a verla de un color rosáceo intenso, como el que toma el sol en sus últimos suspiros cuando acaba perdiéndose en el horizonte, allá lejos al fondo de la mar. Mas ante esa inmensa fortuna que acababa de lograr, quise callar, y guardar mi alma en mi armario. Me enamoré de tu risa, y nadie supo nada. Un buen día nos cruzamos en la calle y tú, que ni siquiera me viste, le reías las ocurrencias a una señora, ya mayor y de buen porte, que te debía estar contando cosas muy agradables. Observé que eras obsecuente con ella y que tu risa era franca, con temperamento, y parecía ser habitual en ti. Era una risa honesta, sin tapujos. A la vez usual y constituyente de tu manera de ser. Aquello me encantó, porque tengo bien aprendido que es muy bello el saber callar, pero que la risa es más bella todavía. Y tú hacías perfectamente ambas cosas. Y no hablé nunca de ello, sino que guardé para mis adentros la certeza de que la vida junto a una persona capaz de reír así tenía que ser forzosamente maravillosa. Que estaría llena de gran cantidad de momentos buenos, y que sería hacedora de que lo ratos no tan buenos fuesen agradablemente soportables. Sapiente de que en nuestro paso por este mundo todos hemos de soportar momentos difíciles, ratos verdaderamente amargos, y que hay que saber aguantarlos con fuerzas para que luego no nos fallen estas y seamos capaces de ser felices. Pero callé y a nadie fui con mi sentir. Me enamoré de tu forma de hablar, y nadie supo nada. Cuando coincidíamos (escasísimas veces para mi deseo), me encantaba escuchar tu modo de decir las cosas. Lentamente, vocalizando con melodía las palabras. Con claridad, exponiendo sencillamente las ideas, Con sabiduría, consciente de la veracidad de lo que decías. Con magisterio, utilizando vocablos hermosos y biensonantes. Con musicalidad, con ese tono de voz, tan agradable y armonioso, con el que te había dotado la madre naturaleza. Con parquedad, en el conocimiento de que quien mucho habla mucho hierra, y que es mejor hablar poco y hacerlo bien, y que lo mucho cansa. Y observé que también sabías escuchar, cosa que pocos hacen, empeñados en exponer su verbo sin apenas atender a lo que los otros hablan. Entonces, viendo lo inusual de esas condiciones en tanta y tanta gente, y recordando lo mucho que se tiene dicho a lo largo de los tiempos, y por muchos grandes hombres, en alabanza del buen y del bien decir, grabé tus frases en mi memoria, y muchas noches me dormía al eco de sus acordes. También he de decir que fui egoísta, y a nadie hablé de ello. Me enamoré de tus manos, y nadie supo nada. Eran delgadas, largas, bien cuidadas. Dignas de ser pintadas por Durero. Movidas por ti con tanta elegancia, que no las emplearían con más arte Nureyev o Paulova. Expresadoras de todas tus ideas, igual que tus palabras, que hay quien, como tú, sabéis manifestar con las manos lo que vuestro cerebro piensa, al igual que el artista ve ante sí su obra terminada, más o menos parecida a como él la había forjado en su imaginación, y que según sea el acierto conseguido al plasmarla, se sentirá más cercano a ella. Y pensé que las manos de las personas son para ellas, entre los bienes corporales de los que disfrutan, de los más valiosos y utilizados. Las manos sirven para hacer una caricia, para trabajar, para dar una limosna o para sostener un libro. Para dominar un corcel, para mantener el timón de un barco, para llevar un niño hasta la escuela, o para tocar una guitarra. Para saludar, para despedirse, o para bendecir el pan que se ha ganado honradamente. Y supe, de inmediato, que tú, con esas manos, tendrías la capacidad necesaria, y la habilidad suficiente, para hacer las mejores y más hermosas obras que una persona pueda llevar a cabo en su existencia. Lo mismo que para desbrozar todos los males que pudieran abrirse en mi camino, si es que algún día llegábamos a unir nuestras dos vidas. Eso soñé al verte maniobrar, y atesoré muy bien esa quimera, puesto que las ilusiones, al igual que los perfumes, hay que guardarlas, exquisita y eficientemente, para que no se evaporen. Pero guardé este secreto para mí y a nadie hice partícipe de él. Me enamoré de ti, y nadie sabe nada. Tan sólo lo sé yo, y muy bien que lo sé. Con eso, … ya es bastante. Ramón Serrano G. Octubre de 2013

jueves, 10 de octubre de 2013

El secretario

Para C. R. N., con mi mayor agradecimiento. -Lucía, qué calladito te lo tenías. Esta mañana he visto al nuevo secretario, y, chica, he de decirte que está como un tren. -Pero Inés, si apenas le he visto una vez. Tomó ayer posesión, salió de su despacho para saludarnos a todos uno a uno, y no le he visto más. La verdad es que no está mal y, además, parece simpático, aunque yo diría que un tanto despistado. -Pues a ver si consigues que salga a desayunar con nosotros y me lo presentas. ¡Qué suerte tienes, trabajar pared por medio con él! E, impensadamente, esto vino a suceder a los pocos días. Estando pidiendo el desayuno en el Bar Tolo junto a Luis y Tomás -los habituales-, llegó el nuevo secretario y se incorporó al grupo diciendo: -No os importará que me una a vosotros, me imagino. Es que como estoy recién llegado no conozco a nadie, y luego ya sabéis que estoy solo el resto del día. Desde entonces pasó a ser uno más. Pronto vimos que, pese a que intentaba disimularlo, era tímido; doctrino, como solíamos decir por aquí. También casi treintañero, soltero, sencillo, educado y poco hablador, aunque muy afable. Eso en el terreno general, que en el laboral incrementaba en mucho esas virtudes. Así, de una manera u otra, pronto establecimos con él una buena amistad, tratándole en la calle con un entrañable: “Paco”, mientras que en la oficina todos le hablábamos anteponiendo un respetuoso: “don Francisco”. Y pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y un año pasado había -o casi-, cuando nuestro hombre empezó a desarrollar una actitud un tanto diferente de la habida hasta entonces. Y este comportamiento no fue otro que un claro anhelo por incrementar, dentro de un orden, su relación con las dos mujeres. Se le veía más solícito con ellas que antaño; se afanó en coincidir con ellas en horas vespertinas; las invitó al cine o al teatro. En una palabra: fue montando todas las estrategias que son necesarias y aconsejables para llevar a cabo un asedio en toda regla. Y si todos se dieron perfecta cuenta de ello, no digamos las dos interfectas. Porque las mujeres, ya se sabe, tienen un sexto sentido para ver las cosas, pero si esas cosas están relacionadas con el amor, tienen además un séptimo, un octavo, un noveno, etc., etc. Lo ven todo y lo adivinan todo, pues mucho tienen de meigas. Y por eso, una tarde, comentó Inés: -Nuestro Paco, mi querida Lucía, parece ser que ha sido tocado por Eros, Cupido, Rumí o Qi Si, que ignoro cuál será su credo, pero lleva una temporada intentando acercarse a nosotras de una manera notoria, aunque si he de serte sincera, he de decir que a quien quiere conquistar es a ti. - Pues no sé en qué te basas para afirmar esto último. Porque está muy claro que algo pretende, pero tú tienes todas las posibilidades de ser la elegida. Eres más agraciada físicamente, un poco más joven, tienes también un título universitario, y más elocuencia. Todo está a tu favor. Démosle tiempo al tiempo y verás cómo no me equivoco. -No lo veo yo con esa claridad, repuso Inés. Y además, he de decirte que sí, que lo he pensado, que me he puesto en el papel de ser yo la elegida, y no lo veo como al príncipe de mis sueños. Me parece una persona excelente en todos los sentidos: clase, cultura, físico y posición social. Lo tiene todo. Me vale, y mucho, como amigo, pero, ... no es mi hombre, y si he de casarme, ha de ser con alguien que, además, me haga ese tilín del que tanto se habla. En fin, ya veremos qué sucede, porque quizás estemos adelantando acontecimientos. Pero no era así, o no lo parecía. Al señor secretario se le notaba por encima del pelo que estaba buscando pareja para el resto de sus días. Siempre que podía se reunía con nuestras “amigas” y alternaba hablándoles de una y mil cosas, aunque, en realidad, jamás lo hizo exponiendo con claridad sus proyectos para una vida futura. Conversaba con ambas, y con ambas se mostraba solícito y afectuoso por igual, pero era en su trato con Inés cuando se le veía más tranquilo. Digamos, más suelto, menos reprimido. Parecía, o quizás debiéramos decir era palmario, que a ella le dedicaba sus mejores sonrisas. Daba la impresión que era a ella a quien quería agradar. Que era a ella a quien quería conseguir. Por todo ello, Inés sufría en su interior, temiendo que, el día menos pensado, nuestro hombre se le declarase y ella tuviera que darle un no por respuesta. Estaba segura que con ello le causaría un sufrimiento que para nada le deseaba, pero estaba plenamente decidida a no sacrificar el resto de sus días, uniéndose en matrimonio a una persona a la que no amaba. Sin embargo, aquella tarde ocurrió lo que tanto hubiese querido evitar. Al salir de una tienda se encontró cara a cara con Paco, y mientras que ella se puso lívida, a él le surgió una sonrisa inmensa. -¡Qué alegría, querida Inés!, le dijo. Llevo mucho tiempo queriendo pedirte algo que es muy importante para mí, y no me decido nunca a hacerlo, así que hoy, que parece que el destino nos ha hecho encontrarnos sin habérnoslo propuesto, no lo voy a posponer más. Pero sentémonos en aquél banco, donde podemos hablar sin que nadie nos oiga. Y así fue. -Mira, continuó diciendo. Yo no esperaba que en este lugar iba a encontrar tanto acomodo y tantas cosas buenas que han conseguido hacerme feliz. Pero esa felicidad no es completa, y lo que me falta es conseguir el amor de la mujer a la que he elegido como mi futura esposa. Sé que ella tiene más valores que yo. Y entre mis defectos hay uno, el ser extremadamente tímido, que se acrecienta al estar enamorado. Yo la quiero, y la quiero muchísimo, pero no me veo con fuerzas para decírselo. Por eso, mi entrañable amiga, quiero pedirte muy encarecidamente que le transmitas mis sentimientos a tu amiga Lucía, le hables lo mejor que puedas de mí y abogues por mi causa. En una palabra, que me allanes el camino. Ramón Serrano G. Octubre de 2013

sábado, 28 de septiembre de 2013

La belleza

He de decir, primeramente, que sería absurdo por mi parte creer, pese a que me guían las mejores intenciones, que yo podría hablarles, aunque fuese someramente, de un tema tan exquisito e importante como es la belleza. No debería hacerlo, pero lo haré siendo muy consciente de las limitaciones que tengo para ello, incluso para hacerlo de una manera somera, y, luego, porque este concepto, o cualidad, ha sido tratado maravillosamente por gran número de autores de todos los tiempos. Y esta incapacidad mía, antes aludida, no está en que no pueda, o no sepa, utilizar mi mácula lútea, y por tanto no consiga leer, ver o distinguir los rasgos y detalles de aquello que se halla ante mí. Eso sí que puedo hacerlo, y, afortunadamente, todavía bien a pesar de mis, ya, muchos años. Lo que me está vedado es hacerlo con coherencia y sabieza. Por tanto he de limitarme, aunque gustoso, a pregonar, a repetir, a recordar a algunos lo que otros opinaran de la belleza. Lo que, dicho sea de paso, es para mí una muy grata labor. Pero vayamos al tajo. Para hablar de esa cualidad que se aplica a las cosas que, al ser captadas por la vista o el oído, producen un deleite espiritual y que afecta al intelecto con la percepción de un paisaje o una cara, la audición de una poesía o de una obra musical, o la apreciación de acto noble o generoso, traeremos aquí lo que de ella pensaron en la antigüedad, y más concretamente, en la Grecia clásica. Y poco más. Anticipando que sólo he de hablar muy de pasada, únicamente ligeros apuntes, diré que refiriéndonos a lo estético, de inmediato surge la figura de Platón, bien sea exponiendo el pensamiento de su maestro Sócrates, bien el suyo propio. Así, en el diálogo entre este e Hipias, ambos buscan conocer el concepto de la belleza universal en el mundo de las ideas, diciendo que hay dos clases de ella, la tangible y la de la inteligencia. Luego, acudiendo al fundador de la Academia, encontraremos inmensa cantidad de reflexiones, a cual más interesante y reveladora. Quiero invitarles a que lean el mito de la caverna y se percaten de cuanto en él se explica acerca del desarrollo de la teoría del conocimiento, según la cual, el universal es el verdadero, mientras que el particular es el que nos muestran los sentidos. Resumiendo: la belleza para Platón es algo independiente de lo físico, de tal manera que no tiene por qué corresponderse con una imagen visual. Háganme caso, y acudan a la lectura de la obra platónica y se verán gratamente recompensados. De su discípulo Aristóteles hablaremos también muy brevemente para exponer que, para este, la estética no tiene relación con lo que es agradable a los sentidos, ya que es objeto de contemplación y no de deseo. Y que lo bello agrada porque es bueno. Nada más, aunque se podría continuar, y mucho, y por muy buenos senderos. Por último, citaré a Tomás de Aquino que definiese la belleza como quae visa placet, y a Goethe, para quien ella actúa con mucha mayor fuerza sobre los sentidos interiores que sobre los externos. Pero descendiendo de esas alturas filosóficas, bajando a la mía, que es escasa, y tratando, puede que sin conseguirlo, de exponer lo que tengo leído sobre el tema que nos ocupa, he decir que ese concepto es para mí completamente subjetivo. Que lo bello no está basado en conceptos. Que no se puede generalizar, pues estamos hartos de contemplar cómo lo que a unos les parece precioso, a otros apenas si les gusta, e incluso les desagrada totalmente. Ahí va algún ejemplo clarificador. El grito, de Eduard Munch, este lo ve horrendo, mientras que aquél procura verlo reiteradamente y se queda extasiado ante él. El tercer hombre, a fulano le parece un tostón, pese a haber obtenido el gran premio de Cannes en el 49, el BAFTA en el 50, y el Oscar a la mejor fotografía en 1951. Y a usted, ciudadano de raza aria, creo que no le parecerá bonita una mujer mursi, con su plato de arcilla incrustado en el labio inferior, o en la oreja, mientras que un individuo de aquella etnia no encontraría atractivo en Kim Novak Por supuesto, tampoco se puede medir la belleza. No hay grados, no existen categorías. Y si no, que alguien me diga qué es más bello, el David de Miguel Ángel o las Meninas de Velázquez; la Gioconda de Da Vinci, o la Venus de Milo. Y admitiendo que la visión del ilustrado, o del experto, tiene un valor reconocible, siempre ha de tenerse en cuenta también la del profano. Vemos, entonces, cómo siempre actúa aquí la subjetividad. Demasiadas veces, dos personas no se ponen de acuerdo en la apreciación de lo bello. Y esto ocurre, quizás porque alguno está incapacitado para saber verlo, o quizás porque tienen gustos diferentes. Diré que si esto ocurre con todo, mucho más sucede en el amor -¿habrá algo con más belleza que el amor?- . Y refiriéndose a este, alguien dijo, y no es un juego de palabras, sino una verdad tan grande como un templo, que no se quiere a quien se quiere querer, sino a quien, sin querer, se quiere. Decía Simone de Beauvoir que la belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad. Y es muy cierto. Por eso, sólo me atrevo a decir que la belleza está en los ojos del espectador, y todavía diré más: dependerá del momento psicológico en el que este se encuentre. Ramón Serrano G. Setiembre de 2013

jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Qué hacer?

A pesar de que habitualmente Priscila era puntual, ese día llegó al restaurante casi quince minutos tarde. Al verla acercarse, me levanté, nos saludamos, se disculpó y luego pidió un vermut, mientras leía la carta. Pedí otro para mí, y nuestras comandas también fueron las mismas: unas ostras marinadas, cocochas de merluza, y, de postre, terrina de castañas y chocolate amargo. Como bebida, la que siempre tomábamos: champán (nos encantaba a ambos), y daba igual que fuese en el almuerzo, como hoy, de aperitivo o para la cena. Un pensamiento me vino en ese momento a la mente. Un pensamiento que ya había acudido a mí en repetidas ocasiones: era increíble la cantidad de gustos y aficiones que compartíamos por completo esta mujer y yo. Y esto nos ocurría no ahora, a nuestros casi sesenta años, sino desde que nos conocimos en el colegio. La vida nos había conducido por similares derroteros y nuestra amistad fue siempre íntima. Juntos hicimos la carrera universitaria; ella se casó un par de años antes que yo; todos los meses nos veíamos con otros matrimonios; en los últimos veinte años veraneábamos en el mismo lugar; se había divorciado hacía varios años, mientras que yo estaba viudo desde hacía dieciséis meses. Pero estas mutuas y obligadas soledades no habían interrumpido nuestras relaciones estrictamente amistosas, ya que, periódicamente, nos juntábamos, bien con alguien más, o bien solos, para ir al cine, pasear o tomar algo. O para comer o cenar, que ambos éramos amigos de la buena mesa. Y he de proclamar que nos iba de maravilla. Pero ese día, después de haber estado hablando de las más diversas e intrascendentes cosas, mientras nos traían el postre me dijo: -¡Uy! Ya casi se me olvida decirte el motivo por lo que te he llamado para que comiéramos hoy juntos. Verás. Hace un tiempo me hice amiga de una señora, más o menos de mi edad. Vive aquí, tú no la conoces, pero ya te la presentaré si llega la ocasión. Bueno, pues a esta buena mujer se le murió el marido hará poco más de un año y, aunque nos vemos con frecuencia, el otro día me llamó para quedar, pues quería preguntarme algo, ya que era yo la persona amiga a la que consideraba más razonable y formada. Y ese algo, asómbrate, era pedirme opinión sobre la conducta que debía seguir en un aspecto muy determinado. A continuación me expuso que en ningún caso volvería a unirse sentimentalmente a otro hombre, pero que sí le gustaría encontrar a alguno con el que compartir momentos esporádicos, y, ¿por qué no?, incluso íntimos, pero insistiendo mucho en lo de no habitual. Y aquí manifestando su deseo de que le diese mi opinión, me dijo: ¿tú crees que estaría bien, que si encontrase a ese hombre tuviese ese tipo de relación con él? Me quedé pensativo un instante, y no porque no fuese clara mi idea de la que sería mi contestación, sino porque supuse (y aún no sé el porqué) que en su consulta había un trasfondo que no alcancé a ver en ese momento, pero, sabedor de que lo había, decidí tomarme un plazo para responderle debidamente. Ella prosiguió: -Mira, hoy en día el concepto que tiene la sociedad sobre lo que está bien o mal en las relaciones de las personas ha cambiado enormemente sobre el de antiguamente, cuando vivían nuestros padres y nosotras éramos unas mocitas. En esta época, salvo que se provoque escándalo, o un perjuicio de otro tipo, nadie se escandaliza de que ocurran estas cosas. Pero, de cualquier modo, le rogué que me dejase un poco tiempo para que pudiese valorar bien mi respuesta. Y he de confesar que no lo he encontrado, pese a que he estado buscando el motivo por el que me haya hecho esta pregunta. Y como no sé qué decirle, ahora te digo a ti: tú ¿qué me aconsejas que le conteste? -Pues que me pilla tan de sorpresa tu ruego como dices que te ha cogido a ti, le respondí, y voy a utilizar tu misma argucia, o sea, pedirte un par de días para decirte cómo lo veo y lo que opino al respecto. Tras estas palabras nos marchamos, y me puse de inmediato a rebinar sobre el asunto. Sin saber por qué, empecé a pensar firmemente en que la primera idea es la mejor -pese a saber que es cosa que no siempre ocurre-, y mi primera impresión fue que todo aquello era un montaje. Por varios motivos. Primero, porque hoy ya nadie, o casi, le da la más mínima importancia a la moralidad interna de sus relaciones, siempre que con ello no se esté siendo la comidilla, ni dando cuatro cuartos al pregonero. Y se ha de reconocer que la conciencia y la moralidad de los individuos, en la actualidad, han tomado unas dimensiones descomunales. Segundo, que qué razón la había llevado a involucrarlo a él en este asunto, si para ella no era trascendente, en absoluto, y la respuesta que diera, fuese la que fuese, debería ser aceptada por la otra parte. Y por último: ¿quién era esa amiga? ¿Existía realmente? No, no había visos de su existencia, pues nunca me había hablado del trato entre ambas, de las vicisitudes ocurridas en su convivencia, ni nada de nada. Había una posibilidad entre un millón de que fuese una mujer real. Entonces, esa ficticia persona era una pantalla tras la que la propia Priscila se ocultaba para sacar a la luz sus apetencias y convencerse a sí misma que aquello que estaba deseando hacer no era algo pecaminoso. Estaba muy claro -o al menos a mí me lo parecía-, y así se lo hice saber, tras meditarlo con despacio durante dos días. Entonces la llamé, y le dije: -Hola Priscila. Te llamo para decirte que ya tengo formado mi criterio sobre el problema que me presentaste antes de ayer. En primer lugar ya sabes, y tú me conoces bien, que soy un hombre positivista y que busca la felicidad en el más puro sentido de la palabra (recordarás las veces que hemos hablado del eudemonismo y del hedonismo, y de Aristóteles y de Epicuro). Por eso creo que es muy bueno intimar, entrañarse con alguien, y gozar y padecer con ese alguien un montón de experiencias y sucesos. Y para describirlo, y demostrarlo, basta con repasar lo que tú y yo hemos vivido, lo que estamos viviendo desde hace varios años, y de lo cual, al menos yo, y creo que tú también, estamos satisfechos y orgullosos. -Otra cosa, bien distinta, es la relación sexual. En alguna ocasión te he dado mi parecer diciéndote que ese acto “supremo” sólo debe llevarse a cabo con aquella persona a quien se le tenga un cariño inmenso, un amor desmedido, si prefieres llamarlo así, y que nunca ha de llevarnos a él el mero capricho, o el simple disfrute carnal. Pero si lo que nos mueve a su ejecución, si el hacerlo, supone la culminación de un sentimiento amoroso, no debemos dejar de practicarlo bajo ningún concepto. Eso sí, siempre con mesura, que, como con todo bien, al deleitarnos, debemos quedarnos con apetencia de él, antes que empachados. -Y ahora Priscila, que ya sabes mi opinión al respecto, y con el deseo de que tus nuevas intenciones se vean realizadas antes pronto que tarde, tú me dirás donde nos vemos para la primera vez, si en tu casa o en la mía. Ramón Serrano G. Setiembre de 2013

jueves, 15 de agosto de 2013

I cannot

Para María S.V., a la que quiero tanto. Nadie se explicaba lo que sucedía, ni daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Ni los más ancianos recordaban algo parecido. Aunque pareciese imposible, faltaban unas pocas horas para que llegase abril, y la Primavera no había aparecido aún. Todos habían hecho ya sus pinitos esperándola: los tejados se veían limpios de témpanos y de escarchas; los arroyos querían cobrar pujanza; las siembras ya casi pugueaban con ese verde bebé tan bello, e incluso ya molestaba alguna mosca que otra. Todo el campo era un erial, un páramo infinito. Y a nadie se le había alterado la sangre. Las viñas eran las únicas que no lloraban, y por ello los ignaros las tildaban de tontas e ignorantes, pero es que los memos no saben que las viñas, al igual que las madres, sufren y por eso lloran de alegría, cuando están engendrando a sus hijos. Los hombres se asustaron, porque los hombres se asustan de inmediato cuando no les salen las cosas como las tienen programadas. Y se reunieron en la plaza del pueblo los prebostes, capitostes y gerifaltes, por ver qué ocurría y el modo de solucionarlo. La gente quiere saber siempre la causa y el porqué de los acontecimientos. Pero todos estaban in albis, cuando se presentó Don Felipe, el de la fábrica de alcoholes, y dijo: -Esta mañana, bien temprano, la cigüeña que se instala en la chimenea vieja, al verme, ha bajado y me ha contado lo que vio hace unos días. Este año, por no sé qué motivo, no ha podido llegar por San Blas, como tiene por costumbre, por lo que hizo el viaje acompañando a la Primavera y a Aries, quien, con su fuerza y su ímpetu, las traía a su destino, como siempre, el 21 de marzo. Pero cuando llegaron al coto de Doñana, sucedió algo increíble. La estación vio a un lince y se enamoró de él. A su vez, este quedó prendado de la hermosura de ella y ambos se fueron al paraíso ascendiendo por un rayo de sol. Enseguida supimos que aquel idilio era muy hermoso, pero podía acabar en una horrible tragedia, y hasta un flamenco que se percató de lo sucedido, se puso sobre una sola pata y metió la cabeza en el agua para no ser testigo del acontecimiento. Al oír esto, todos quedaron aterrados y, de inmediato, empezaron a dar opiniones y dictámenes sobre cuál sería el mejor camino a tomar. Los hombres suelen ser muy dados a emitir plácitos y pareceres, aunque no sean muy doctos en el tema. Pasado un buen rato, don Eliseo, el párroco, con su sensatez y buen juicio de siempre, tomó la palabra y les dijo: -Mirad, lo primero que hemos de hacer es mandar un emisario para que hable con ella y le transmita nuestra situación. Y pienso, que ningún mensajero sería mejor que una golondrina. Como sabéis, yo tengo muy buena relación con ellas porque todos los años anidan en los aleros de la iglesia, me conocen bien y puedo hablarles de este espinoso tema. - Sí, esa es una muy buena idea. Que una golondrina sea nuestro nuncio, contestaron los presentes. Luego, las voces se mezclaron haciendo peticiones y expresando temores: -Que si no viene, nuestros trigos no espigarán, dijo este. -Que nuestras cepas no darán uvas, gritó otro. -Que tendremos que mantener encendidas las calefacciones, vociferó el de más allá. -Y hasta hubo quien avisó de que los penitentes y las torrijas estaban angustiados ante el temor de no poder hacer su anual aparición. Fuese el cura y cumplió su encargo, y, al rato, se pudo ver cómo una golondrina salía volando rauda hacia el sur. De ese modo, la tarde y todo el siguiente día las gentes estuvieron presas de engurrio, temiendo unos y anhelando otros, el fin de la embajada. Pero durante muchas horas, nada se supo. Y fue al alborear del segundo día, cuando se pudo ver y oír por las calles del lugar a un muchacho corriendo y desgañitándose: -La primavera ha venido, la primavera ha venido, .. Nadie sabía cómo había sido, pero ni uno solo dejó de salir para comprobar la autenticidad del pregón. Y allí fue la alegría sin tasa y el general alborozo. La alacridad y el regolaje por doquier. Mas enseguida todos empezaron a preguntar. Los hombres siempre preguntan, y preguntan. Deseaban saber de qué manera y qué había hecho la buena golondrina para conseguir tal éxito. Sin embargo la golondrina no había regresado, por lo que parecía que tendrían que conformarse con esa ignorancia. Pero entonces apareció el viento, el cual, como en un soplo, pero armónicamente, les dijo: -Escuchad, escuchadme si queréis saber lo ocurrido. Callaron todos, y entonces el céfiro les contó: -Cuando llegó la golondrina hasta el coto me preguntó dónde podría encontrar a la pareja de enamorados, sabedora de que yo me muevo por todas partes y de que la ayudaría. Cuando dimos con ellos, la dejé acercarse sola a la pareja y yo me mantuve a una cierta distancia, desde la que podía ver perfectamente sus movimientos, aunque no oía sus palabras. No fueron muy bien las cosas durante un largo rato. Una suplicaba y la otra denegaba continuamente. Tentado por la curiosidad, me aproximé lo bastante como para escuchar las razones y argumentos de ambas. Y en ese instante, la golondrina, como cambiando de actitud le decía: -Mira que, si no vas, no florecerán las rosas, y los jóvenes no sabrán qué es el amor. Y describió este sentimiento con la palabras más bellas que yo haya escuchado jamás. -No, le respondió entonces la Primavera. Yo no puedo ser tan egoísta como para privar a nadie de estas cosas por obtener a cambio mi propia satisfacción. Ahora mismo prosigo mi camino, que quizás no debí nunca interrumpir. Pero tú también has de sacrificarte. Te quedarás aquí, junto al lince, mi enamorado, para tratar de consolarlo en sus ratos tristes. Las gentes entonces, habiendo escuchado esto, comprendieron el motivo de que la golondrina no regresara, pero quisieron saber más. Las gentes siempre quieren saber más. Y pidieron al viento: -¿Por favor, dinos cómo definió el avecica al amor? -De verdad que lamento no poderos complacer en esto. Perdonadme, pero es que me quedé extasiado oyendo su exposición. Luego quise grabar aquellas expresiones en mi mente, pero mi cabeza ya está a pájaros y no logro recordarlas por más que lo intento. I cannot find the word. No encuentro las palabras. Ramón Serrano G. Agosto de 2013