jueves, 10 de octubre de 2013
El secretario
Para C. R. N., con mi mayor agradecimiento.
-Lucía, qué calladito te lo tenías. Esta mañana he visto al nuevo secretario, y, chica, he de decirte que está como un tren.
-Pero Inés, si apenas le he visto una vez. Tomó ayer posesión, salió de su despacho para saludarnos a todos uno a uno, y no le he visto más. La verdad es que no está mal y, además, parece simpático, aunque yo diría que un tanto despistado.
-Pues a ver si consigues que salga a desayunar con nosotros y me lo presentas. ¡Qué suerte tienes, trabajar pared por medio con él!
E, impensadamente, esto vino a suceder a los pocos días. Estando pidiendo el desayuno en el Bar Tolo junto a Luis y Tomás -los habituales-, llegó el nuevo secretario y se incorporó al grupo diciendo:
-No os importará que me una a vosotros, me imagino. Es que como estoy recién llegado no conozco a nadie, y luego ya sabéis que estoy solo el resto del día.
Desde entonces pasó a ser uno más. Pronto vimos que, pese a que intentaba disimularlo, era tímido; doctrino, como solíamos decir por aquí. También casi treintañero, soltero, sencillo, educado y poco hablador, aunque muy afable. Eso en el terreno general, que en el laboral incrementaba en mucho esas virtudes. Así, de una manera u otra, pronto establecimos con él una buena amistad, tratándole en la calle con un entrañable: “Paco”, mientras que en la oficina todos le hablábamos anteponiendo un respetuoso: “don Francisco”.
Y pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y un año pasado había -o casi-, cuando nuestro hombre empezó a desarrollar una actitud un tanto diferente de la habida hasta entonces. Y este comportamiento no fue otro que un claro anhelo por incrementar, dentro de un orden, su relación con las dos mujeres. Se le veía más solícito con ellas que antaño; se afanó en coincidir con ellas en horas vespertinas; las invitó al cine o al teatro.
En una palabra: fue montando todas las estrategias que son necesarias y aconsejables para llevar a cabo un asedio en toda regla.
Y si todos se dieron perfecta cuenta de ello, no digamos las dos interfectas. Porque las mujeres, ya se sabe, tienen un sexto sentido para ver las cosas, pero si esas cosas están relacionadas con el amor, tienen además un séptimo, un octavo, un noveno, etc., etc. Lo ven todo y lo adivinan todo, pues mucho tienen de meigas. Y por eso, una tarde, comentó Inés:
-Nuestro Paco, mi querida Lucía, parece ser que ha sido tocado por Eros, Cupido, Rumí o Qi Si, que ignoro cuál será su credo, pero lleva una temporada intentando acercarse a nosotras de una manera notoria, aunque si he de serte sincera, he de decir que a quien quiere conquistar es a ti.
- Pues no sé en qué te basas para afirmar esto último. Porque está muy claro que algo pretende, pero tú tienes todas las posibilidades de ser la elegida. Eres más agraciada físicamente, un poco más joven, tienes también un título universitario, y más elocuencia. Todo está a tu favor. Démosle tiempo al tiempo y verás cómo no me equivoco.
-No lo veo yo con esa claridad, repuso Inés. Y además, he de decirte que sí, que lo he pensado, que me he puesto en el papel de ser yo la elegida, y no lo veo como al príncipe de mis sueños. Me parece una persona excelente en todos los sentidos: clase, cultura, físico y posición social. Lo tiene todo. Me vale, y mucho, como amigo, pero, ... no es mi hombre, y si he de casarme, ha de ser con alguien que, además, me haga ese tilín del que tanto se habla. En fin, ya veremos qué sucede, porque quizás estemos adelantando acontecimientos.
Pero no era así, o no lo parecía. Al señor secretario se le notaba por encima del pelo que estaba buscando pareja para el resto de sus días. Siempre que podía se reunía con nuestras “amigas” y alternaba hablándoles de una y mil cosas, aunque, en realidad, jamás lo hizo exponiendo con claridad sus proyectos para una vida futura. Conversaba con ambas, y con ambas se mostraba solícito y afectuoso por igual, pero era en su trato con Inés cuando se le veía más tranquilo. Digamos, más suelto, menos reprimido. Parecía, o quizás debiéramos decir era palmario, que a ella le dedicaba sus mejores sonrisas. Daba la impresión que era a ella a quien quería agradar. Que era a ella a quien quería conseguir.
Por todo ello, Inés sufría en su interior, temiendo que, el día menos pensado, nuestro hombre se le declarase y ella tuviera que darle un no por respuesta. Estaba segura que con ello le causaría un sufrimiento que para nada le deseaba, pero estaba plenamente decidida a no sacrificar el resto de sus días, uniéndose en matrimonio a una persona a la que no amaba.
Sin embargo, aquella tarde ocurrió lo que tanto hubiese querido evitar. Al salir de una tienda se encontró cara a cara con Paco, y mientras que ella se puso lívida, a él le surgió una sonrisa inmensa.
-¡Qué alegría, querida Inés!, le dijo. Llevo mucho tiempo queriendo pedirte algo que es muy importante para mí, y no me decido nunca a hacerlo, así que hoy, que parece que el destino nos ha hecho encontrarnos sin habérnoslo propuesto, no lo voy a posponer más. Pero sentémonos en aquél banco, donde podemos hablar sin que nadie nos oiga. Y así fue.
-Mira, continuó diciendo. Yo no esperaba que en este lugar iba a encontrar tanto acomodo y tantas cosas buenas que han conseguido hacerme feliz. Pero esa felicidad no es completa, y lo que me falta es conseguir el amor de la mujer a la que he elegido como mi futura esposa.
Sé que ella tiene más valores que yo. Y entre mis defectos hay uno, el ser extremadamente tímido, que se acrecienta al estar enamorado. Yo la quiero, y la quiero muchísimo, pero no me veo con fuerzas para decírselo. Por eso, mi entrañable amiga, quiero pedirte muy encarecidamente que le transmitas mis sentimientos a tu amiga Lucía, le hables lo mejor que puedas de mí y abogues por mi causa. En una palabra, que me allanes el camino.
Ramón Serrano G.
Octubre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
La belleza
He de decir, primeramente, que sería absurdo por mi parte creer, pese a que me guían las mejores intenciones, que yo podría hablarles, aunque fuese someramente, de un tema tan exquisito e importante como es la belleza. No debería hacerlo, pero lo haré siendo muy consciente de las limitaciones que tengo para ello, incluso para hacerlo de una manera somera, y, luego, porque este concepto, o cualidad, ha sido tratado maravillosamente por gran número de autores de todos los tiempos.
Y esta incapacidad mía, antes aludida, no está en que no pueda, o no sepa, utilizar mi mácula lútea, y por tanto no consiga leer, ver o distinguir los rasgos y detalles de aquello que se halla ante mí. Eso sí que puedo hacerlo, y, afortunadamente, todavía bien a pesar de mis, ya, muchos años. Lo que me está vedado es hacerlo con coherencia y sabieza. Por tanto he de limitarme, aunque gustoso, a pregonar, a repetir, a recordar a algunos lo que otros opinaran de la belleza. Lo que, dicho sea de paso, es para mí una muy grata labor. Pero vayamos al tajo.
Para hablar de esa cualidad que se aplica a las cosas que, al ser captadas por la vista o el oído, producen un deleite espiritual y que afecta al intelecto con la percepción de un paisaje o una cara, la audición de una poesía o de una obra musical, o la apreciación de acto noble o generoso, traeremos aquí lo que de ella pensaron en la antigüedad, y más concretamente, en la Grecia clásica. Y poco más.
Anticipando que sólo he de hablar muy de pasada, únicamente ligeros apuntes, diré que refiriéndonos a lo estético, de inmediato surge la figura de Platón, bien sea exponiendo el pensamiento de su maestro Sócrates, bien el suyo propio. Así, en el diálogo entre este e Hipias, ambos buscan conocer el concepto de la belleza universal en el mundo de las ideas, diciendo que hay dos clases de ella, la tangible y la de la inteligencia. Luego, acudiendo al fundador de la Academia, encontraremos inmensa cantidad de reflexiones, a cual más interesante y reveladora. Quiero invitarles a que lean el mito de la caverna y se percaten de cuanto en él se explica acerca del desarrollo de la teoría del conocimiento, según la cual, el universal es el verdadero, mientras que el particular es el que nos muestran los sentidos. Resumiendo: la belleza para Platón es algo independiente de lo físico, de tal manera que no tiene por qué corresponderse con una imagen visual. Háganme caso, y acudan a la lectura de la obra platónica y se verán gratamente recompensados.
De su discípulo Aristóteles hablaremos también muy brevemente para exponer que, para este, la estética no tiene relación con lo que es agradable a los sentidos, ya que es objeto de contemplación y no de deseo. Y que lo bello agrada porque es bueno. Nada más, aunque se podría continuar, y mucho, y por muy buenos senderos.
Por último, citaré a Tomás de Aquino que definiese la belleza como quae visa placet, y a Goethe, para quien ella actúa con mucha mayor fuerza sobre los sentidos interiores que sobre los externos.
Pero descendiendo de esas alturas filosóficas, bajando a la mía, que es escasa, y tratando, puede que sin conseguirlo, de exponer lo que tengo leído sobre el tema que nos ocupa, he decir que ese concepto es para mí completamente subjetivo. Que lo bello no está basado en conceptos. Que no se puede generalizar, pues estamos hartos de contemplar cómo lo que a unos les parece precioso, a otros apenas si les gusta, e incluso les desagrada totalmente. Ahí va algún ejemplo clarificador. El grito, de Eduard Munch, este lo ve horrendo, mientras que aquél procura verlo reiteradamente y se queda extasiado ante él. El tercer hombre, a fulano le parece un tostón, pese a haber obtenido el gran premio de Cannes en el 49, el BAFTA en el 50, y el Oscar a la mejor fotografía en 1951. Y a usted, ciudadano de raza aria, creo que no le parecerá bonita una mujer mursi, con su plato de arcilla incrustado en el labio inferior, o en la oreja, mientras que un individuo de aquella etnia no encontraría atractivo en Kim Novak
Por supuesto, tampoco se puede medir la belleza. No hay grados, no existen categorías. Y si no, que alguien me diga qué es más bello, el David de Miguel Ángel o las Meninas de Velázquez; la Gioconda de Da Vinci, o la Venus de Milo. Y admitiendo que la visión del ilustrado, o del experto, tiene un valor reconocible, siempre ha de tenerse en cuenta también la del profano. Vemos, entonces, cómo siempre actúa aquí la subjetividad. Demasiadas veces, dos personas no se ponen de acuerdo en la apreciación de lo bello. Y esto ocurre, quizás porque alguno está incapacitado para saber verlo, o quizás porque tienen gustos diferentes.
Diré que si esto ocurre con todo, mucho más sucede en el amor
-¿habrá algo con más belleza que el amor?- . Y refiriéndose a este, alguien dijo, y no es un juego de palabras, sino una verdad tan grande como un templo, que no se quiere a quien se quiere querer, sino a quien, sin querer, se quiere.
Decía Simone de Beauvoir que la belleza es aún más difícil de explicar que la felicidad. Y es muy cierto. Por eso, sólo me atrevo a decir que la belleza está en los ojos del espectador, y todavía diré más: dependerá del momento psicológico en el que este se encuentre.
Ramón Serrano G.
Setiembre de 2013
jueves, 12 de septiembre de 2013
¿Qué hacer?
A pesar de que habitualmente Priscila era puntual, ese día llegó al restaurante casi quince minutos tarde. Al verla acercarse, me levanté, nos saludamos, se disculpó y luego pidió un vermut, mientras leía la carta. Pedí otro para mí, y nuestras comandas también fueron las mismas: unas ostras marinadas, cocochas de merluza, y, de postre, terrina de castañas y chocolate amargo. Como bebida, la que siempre tomábamos: champán (nos encantaba a ambos), y daba igual que fuese en el almuerzo, como hoy, de aperitivo o para la cena. Un pensamiento me vino en ese momento a la mente. Un pensamiento que ya había acudido a mí en repetidas ocasiones: era increíble la cantidad de gustos y aficiones que compartíamos por completo esta mujer y yo.
Y esto nos ocurría no ahora, a nuestros casi sesenta años, sino desde que nos conocimos en el colegio. La vida nos había conducido por similares derroteros y nuestra amistad fue siempre íntima. Juntos hicimos la carrera universitaria; ella se casó un par de años antes que yo; todos los meses nos veíamos con otros matrimonios; en los últimos veinte años veraneábamos en el mismo lugar; se había divorciado hacía varios años, mientras que yo estaba viudo desde hacía dieciséis meses. Pero estas mutuas y obligadas soledades no habían interrumpido nuestras relaciones estrictamente amistosas, ya que, periódicamente, nos juntábamos, bien con alguien más, o bien solos, para ir al cine, pasear o tomar algo. O para comer o cenar, que ambos éramos amigos de la buena mesa. Y he de proclamar que nos iba de maravilla.
Pero ese día, después de haber estado hablando de las más diversas e intrascendentes cosas, mientras nos traían el postre me dijo:
-¡Uy! Ya casi se me olvida decirte el motivo por lo que te he llamado para que comiéramos hoy juntos. Verás. Hace un tiempo me hice amiga de una señora, más o menos de mi edad. Vive aquí, tú no la conoces, pero ya te la presentaré si llega la ocasión. Bueno, pues a esta buena mujer se le murió el marido hará poco más de un año y, aunque nos vemos con frecuencia, el otro día me llamó para quedar, pues quería preguntarme algo, ya que era yo la persona amiga a la que consideraba más razonable y formada. Y ese algo, asómbrate, era pedirme opinión sobre la conducta que debía seguir en un aspecto muy determinado. A continuación me expuso que en ningún caso volvería a unirse sentimentalmente a otro hombre, pero que sí le gustaría encontrar a alguno con el que compartir momentos esporádicos, y, ¿por qué no?, incluso íntimos, pero insistiendo mucho en lo de no habitual. Y aquí manifestando su deseo de que le diese mi opinión, me dijo: ¿tú crees que estaría bien, que si encontrase a ese hombre tuviese ese tipo de relación con él?
Me quedé pensativo un instante, y no porque no fuese clara mi idea de la que sería mi contestación, sino porque supuse (y aún no sé el porqué) que en su consulta había un trasfondo que no alcancé a ver en ese momento, pero, sabedor de que lo había, decidí tomarme un plazo para responderle debidamente. Ella prosiguió:
-Mira, hoy en día el concepto que tiene la sociedad sobre lo que está bien o mal en las relaciones de las personas ha cambiado enormemente sobre el de antiguamente, cuando vivían nuestros padres y nosotras éramos unas mocitas. En esta época, salvo que se provoque escándalo, o un perjuicio de otro tipo, nadie se escandaliza de que ocurran estas cosas. Pero, de cualquier modo, le rogué que me dejase un poco tiempo para que pudiese valorar bien mi respuesta. Y he de confesar que no lo he encontrado, pese a que he estado buscando el motivo por el que me haya hecho esta pregunta. Y como no sé qué decirle, ahora te digo a ti: tú ¿qué me aconsejas que le conteste?
-Pues que me pilla tan de sorpresa tu ruego como dices que te ha cogido a ti, le respondí, y voy a utilizar tu misma argucia, o sea, pedirte un par de días para decirte cómo lo veo y lo que opino al respecto.
Tras estas palabras nos marchamos, y me puse de inmediato a rebinar sobre el asunto. Sin saber por qué, empecé a pensar firmemente en que la primera idea es la mejor -pese a saber que es cosa que no siempre ocurre-, y mi primera impresión fue que todo aquello era un montaje. Por varios motivos. Primero, porque hoy ya nadie, o casi, le da la más mínima importancia a la moralidad interna de sus relaciones, siempre que con ello no se esté siendo la comidilla, ni dando cuatro cuartos al pregonero. Y se ha de reconocer que la conciencia y la moralidad de los individuos, en la actualidad, han tomado unas dimensiones descomunales.
Segundo, que qué razón la había llevado a involucrarlo a él en este asunto, si para ella no era trascendente, en absoluto, y la respuesta que diera, fuese la que fuese, debería ser aceptada por la otra parte.
Y por último: ¿quién era esa amiga? ¿Existía realmente? No, no había visos de su existencia, pues nunca me había hablado del trato entre ambas, de las vicisitudes ocurridas en su convivencia, ni nada de nada. Había una posibilidad entre un millón de que fuese una mujer real. Entonces, esa ficticia persona era una pantalla tras la que la propia Priscila se ocultaba para sacar a la luz sus apetencias y convencerse a sí misma que aquello que estaba deseando hacer no era algo pecaminoso. Estaba muy claro -o al menos a mí me lo parecía-, y así se lo hice saber, tras meditarlo con despacio durante dos días. Entonces la llamé, y le dije:
-Hola Priscila. Te llamo para decirte que ya tengo formado mi criterio sobre el problema que me presentaste antes de ayer. En primer lugar ya sabes, y tú me conoces bien, que soy un hombre positivista y que busca la felicidad en el más puro sentido de la palabra (recordarás las veces que hemos hablado del eudemonismo y del hedonismo, y de Aristóteles y de Epicuro). Por eso creo que es muy bueno intimar, entrañarse con alguien, y gozar y padecer con ese alguien un montón de experiencias y sucesos. Y para describirlo, y demostrarlo, basta con repasar lo que tú y yo hemos vivido, lo que estamos viviendo desde hace varios años, y de lo cual, al menos yo, y creo que tú también, estamos satisfechos y orgullosos.
-Otra cosa, bien distinta, es la relación sexual. En alguna ocasión te he dado mi parecer diciéndote que ese acto “supremo” sólo debe llevarse a cabo con aquella persona a quien se le tenga un cariño inmenso, un amor desmedido, si prefieres llamarlo así, y que nunca ha de llevarnos a él el mero capricho, o el simple disfrute carnal. Pero si lo que nos mueve a su ejecución, si el hacerlo, supone la culminación de un sentimiento amoroso, no debemos dejar de practicarlo bajo ningún concepto. Eso sí, siempre con mesura, que, como con todo bien, al deleitarnos, debemos quedarnos con apetencia de él, antes que empachados.
-Y ahora Priscila, que ya sabes mi opinión al respecto, y con el deseo de que tus nuevas intenciones se vean realizadas antes pronto que tarde, tú me dirás donde nos vemos para la primera vez, si en tu casa o en la mía.
Ramón Serrano G.
Setiembre de 2013
jueves, 15 de agosto de 2013
I cannot
Para María S.V., a la que quiero tanto.
Nadie se explicaba lo que sucedía, ni daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Ni los más ancianos recordaban algo parecido. Aunque pareciese imposible, faltaban unas pocas horas para que llegase abril, y la Primavera no había aparecido aún. Todos habían hecho ya sus pinitos esperándola: los tejados se veían limpios de témpanos y de escarchas; los arroyos querían cobrar pujanza; las siembras ya casi pugueaban con ese verde bebé tan bello, e incluso ya molestaba alguna mosca que otra. Todo el campo era un erial, un páramo infinito. Y a nadie se le había alterado la sangre. Las viñas eran las únicas que no lloraban, y por ello los ignaros las tildaban de tontas e ignorantes, pero es que los memos no saben que las viñas, al igual que las madres, sufren y por eso lloran de alegría, cuando están engendrando a sus hijos.
Los hombres se asustaron, porque los hombres se asustan de inmediato cuando no les salen las cosas como las tienen programadas. Y se reunieron en la plaza del pueblo los prebostes, capitostes y gerifaltes, por ver qué ocurría y el modo de solucionarlo. La gente quiere saber siempre la causa y el porqué de los acontecimientos. Pero todos estaban in albis, cuando se presentó Don Felipe, el de la fábrica de alcoholes, y dijo:
-Esta mañana, bien temprano, la cigüeña que se instala en la chimenea vieja, al verme, ha bajado y me ha contado lo que vio hace unos días. Este año, por no sé qué motivo, no ha podido llegar por San Blas, como tiene por costumbre, por lo que hizo el viaje acompañando a la Primavera y a Aries, quien, con su fuerza y su ímpetu, las traía a su destino, como siempre, el 21 de marzo. Pero cuando llegaron al coto de Doñana, sucedió algo increíble. La estación vio a un lince y se enamoró de él. A su vez, este quedó prendado de la hermosura de ella y ambos se fueron al paraíso ascendiendo por un rayo de sol. Enseguida supimos que aquel idilio era muy hermoso, pero podía acabar en una horrible tragedia, y hasta un flamenco que se percató de lo sucedido, se puso sobre una sola pata y metió la cabeza en el agua para no ser testigo del acontecimiento.
Al oír esto, todos quedaron aterrados y, de inmediato, empezaron a dar opiniones y dictámenes sobre cuál sería el mejor camino a tomar. Los hombres suelen ser muy dados a emitir plácitos y pareceres, aunque no sean muy doctos en el tema. Pasado un buen rato, don Eliseo, el párroco, con su sensatez y buen juicio de siempre, tomó la palabra y les dijo:
-Mirad, lo primero que hemos de hacer es mandar un emisario para que hable con ella y le transmita nuestra situación. Y pienso, que ningún mensajero sería mejor que una golondrina. Como sabéis, yo tengo muy buena relación con ellas porque todos los años anidan en los aleros de la iglesia, me conocen bien y puedo hablarles de este espinoso tema.
- Sí, esa es una muy buena idea. Que una golondrina sea nuestro nuncio, contestaron los presentes. Luego, las voces se mezclaron haciendo peticiones y expresando temores: -Que si no viene, nuestros trigos no espigarán, dijo este. -Que nuestras cepas no darán uvas, gritó otro. -Que tendremos que mantener encendidas las calefacciones, vociferó el de más allá. -Y hasta hubo quien avisó de que los penitentes y las torrijas estaban angustiados ante el temor de no poder hacer su anual aparición.
Fuese el cura y cumplió su encargo, y, al rato, se pudo ver cómo una golondrina salía volando rauda hacia el sur. De ese modo, la tarde y todo el siguiente día las gentes estuvieron presas de engurrio, temiendo unos y anhelando otros, el fin de la embajada. Pero durante muchas horas, nada se supo. Y fue al alborear del segundo día, cuando se pudo ver y oír por las calles del lugar a un muchacho corriendo y desgañitándose:
-La primavera ha venido, la primavera ha venido, ..
Nadie sabía cómo había sido, pero ni uno solo dejó de salir para comprobar la autenticidad del pregón. Y allí fue la alegría sin tasa y el general alborozo. La alacridad y el regolaje por doquier. Mas enseguida todos empezaron a preguntar. Los hombres siempre preguntan, y preguntan. Deseaban saber de qué manera y qué había hecho la buena golondrina para conseguir tal éxito. Sin embargo la golondrina no había regresado, por lo que parecía que tendrían que conformarse con esa ignorancia. Pero entonces apareció el viento, el cual, como en un soplo, pero armónicamente, les dijo:
-Escuchad, escuchadme si queréis saber lo ocurrido.
Callaron todos, y entonces el céfiro les contó:
-Cuando llegó la golondrina hasta el coto me preguntó dónde podría encontrar a la pareja de enamorados, sabedora de que yo me muevo por todas partes y de que la ayudaría. Cuando dimos con ellos, la dejé acercarse sola a la pareja y yo me mantuve a una cierta distancia, desde la que podía ver perfectamente sus movimientos, aunque no oía sus palabras. No fueron muy bien las cosas durante un largo rato. Una suplicaba y la otra denegaba continuamente. Tentado por la curiosidad, me aproximé lo bastante como para escuchar las razones y argumentos de ambas. Y en ese instante, la golondrina, como cambiando de actitud le decía: -Mira que, si no vas, no florecerán las rosas, y los jóvenes no sabrán qué es el amor. Y describió este sentimiento con la palabras más bellas que yo haya escuchado jamás.
-No, le respondió entonces la Primavera. Yo no puedo ser tan egoísta como para privar a nadie de estas cosas por obtener a cambio mi propia satisfacción. Ahora mismo prosigo mi camino, que quizás no debí nunca interrumpir. Pero tú también has de sacrificarte. Te quedarás aquí, junto al lince, mi enamorado, para tratar de consolarlo en sus ratos tristes.
Las gentes entonces, habiendo escuchado esto, comprendieron el motivo de que la golondrina no regresara, pero quisieron saber más. Las gentes siempre quieren saber más. Y pidieron al viento:
-¿Por favor, dinos cómo definió el avecica al amor?
-De verdad que lamento no poderos complacer en esto. Perdonadme, pero es que me quedé extasiado oyendo su exposición. Luego quise grabar aquellas expresiones en mi mente, pero mi cabeza ya está a pájaros y no logro recordarlas por más que lo intento. I cannot find the word. No encuentro las palabras.
Ramón Serrano G.
Agosto de 2013
viernes, 2 de agosto de 2013
Preferible
Sabrás, Luis, que la mayoría de los hombre ignora que los perros, y otros muchos animales, tenemos unos sentimientos similares a los de los humanos y que nuestro comportamiento, al igual que el suyo, está muy influenciado por esa sensibilidad. Y pese a que tú no te encuentras entre esos ígnaros, quiero contarte algo que me sucedió cuando yo apenas había dejado de ser un cachorro. Algo sobre lo que he meditado en muchas ocasiones. Algo que he visto, además, compartido por otros seres.
-En la primera casa en la que estuve vivía una familia compuesta por los padres, una hija teenager que era la que más tiempo dedicaba a mi alimentación y cuidado, y un precioso chiquillo de unos ocho años con el que me pasaba jugando horas y horas. Eran de una clase media tirando a baja, pero a mí nunca me faltaron ni alimentación ni cuidados, por lo que, a falta de otras experiencias, yo vivía feliz con ellos, aunque he de confesar que después aprendí que la ignorancia de determinadas cosas conlleva la falta de preocupación por su carencia. Verás.
-El padre no tardó en mandar a su hija a trabajar en una pastelería para que fuese aprendiendo algún oficio, por lo que un buen día mi buena amiga me obsequió con algo que yo no había probado nunca y que estaba sencillamente delicioso. Le habían regalado en la tienda una tableta de chocolate y me reservó un trocito que me obsequió antes de irse a la cama. Yo, incapaz de figurarme que existían exquisiteces como aquella, mostré una alegría enorme, y ella, gran observadora de todos mis actos, continuó trayéndome, demasiado espaciadamente para mis deseos, pero muy regularmente, más cachitos de aquella golosina que tanto me entusiasmara. Pero luego, como antes te apunté, no dejé de pensar en que hay una gran cantidad de cosas maravillosas, que no echamos de menos ya que desconocemos su existencia, pero que, una vez descubiertas, nos parecen, y casi nos son, imprescindibles.
-Mas la suerte, que es grela, me abandonó pronto. La familia marchó del lugar en busca de mejores horizontes económicos, y yo hube de quedarme en casa de unos familiares que me acogieron y cuidaron tan bien como los anteriores, pero en la que nadie me proporcionó nunca más aquella delicatesen a la que ya me había habituado. Durante mucho tiempo, la única sensación que me dominaba era la de una inmensa gratitud por aquel regalo recibido acompañada de una infinita complacencia. Pero más tarde, su carencia me fue tan dolorosa e insoportable, que llegué a pensar que hubiese sido preferible seguir en la ignorancia de la existencia de aquello tan maravilloso antes que perderlo. Y no sé si pensaba bien. Sé muchas cosas porque soy muy observador, pero no he bebido en el caldero de Ceridwen. Por eso te pregunto:¿tú crees que obré atinadamente?
-¡Ay Luca, Luca! En primer lugar, déjame decirte que eso que te ocurrió a ti les ha acaecido a muchos seres en su vida y por motivos de la más diversa índole. Ha habido otros que durante bastante tiempo fueron desconocedores de tantas y tantas cosas -la música, la literatura, los viajes, la amistad, el arte, el amor (en todos sus modos y variantes), etc., etc.- que, de pronto, han sabido de sus delicias, o las han reiniciado, para, al poco, verse privados de ese placer sublime, con lo que se han planteado la disyuntiva que apuntas. A mí mismo me ha ocurrido. Pero sigo.
-Ahora me pides un juicio y voy a dártelo, con la advertencia de que está completamente determinado por la subjetividad, ya que, para mi desgracia, no sé si la habrá, pero no conozco la opinión de ningún sabio al respecto. Y mi criterio, pobre, pero mío, es que vale siempre mucho más el conocimiento que la ignorancia. Que aquél nos puede conducir por muchos caminos, más o menos luminosos según nosotros mismos queramos alumbrarlos, pero la otra nos mantiene siempre en la oscuridad. Y, según el Dalai Lama, la ignorancia es una oscuridad interior, raíz del sufrimiento. Eso en cuanto al saber, pero es que en lo tocante al sentir, y esto es igualmente un plácito particular, es preferible -cien, mil, un millón de veces- alcanzar un segundo de gozo aun cuando ello sea a costa de un día entero de aflicción, pues no se debe olvidar que el penar está a la vuelta de cada esquina, y en cualquier momento y ocasión podremos toparnos con él, mientras que la dicha, la auténtica, la importante, no cualquiera que se nos pueda dar por tres al cuarto, la hallaremos, si es que la hallamos, en contadísimas ocasiones. Disfrutémosla, que es muy valiosa.
-Yo pensé igual que tú, Luis, y así hice, pero quería corroborar mi obrar conociendo el parecer de algún buen hombre.
Ramón Serrano G.
Agosto de 2013
viernes, 19 de julio de 2013
Las lágrimas
Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”
Khalil Gibran.-
Si a usted, querido lector, que es una persona normal, que tiene en perfecto uso sus brazos, sus piernas, y su cerebro; que no oye mal y que, a lo sumo utiliza lentes; pese a ello, si a usted le preguntasen si se consideraba un minusválido, con toda seguridad respondería que no. Y haría muy bien -aunque luego lo veremos con mayor detenimiento-, porque el DRAE define al minusválido como aquella persona que tiene alguna incapacidad física o mental. Y como usted no está en ese caso, evidentemente no lo es. Y esa es la idea que todos, o la mayoría, tenemos formada de quien es “inválido” o “impedido”.
Pero, poniéndonos académicos, y mirando despacio esa descripción de incapacidad, veremos que la posee quien está imposibilitado para hacer algo. Mas esto, como casi todo en esta vida, es muy relativo. Porque usted no puede correr 100 metros en diez segundos, o 40 kilómetros en dos horas, o hacer un salto de 9 metros, o escalar el Everest; y tampoco tiene ni la más pajolera idea de lo que son la física cuántica o el cálculo centesimal, ni sabe, ni con mucho, recitar el Quijote de memoria. Que hay quien lo hace, pues claro. Pero esos son los menos, porque los más, los muchísimos más, no nos acercamos a esas marcas ni de lejos. La persona tenida por normal es -observado desde ese prisma- incapaz de hacerlo. Pero ¿en qué porcentaje? Ahí es donde radica el quid de la cuestión. Si se está por encima de lo, llamémosle así, normal, es un superdotado. Si se está muy por debajo, se es discapacitado. Y refiriéndonos a esta estadía, quien la padece, afortunadamente está visto por el resto de la sociedad con lástima, pero casi nunca con vergüenza.
Otra cosa muy diferente es la opinión que se toma (aunque en realidad debería decir se tomaba) de aquella persona que es de lágrima fácil. De aquellos a quienes, por un “aparente” pequeño motivo, se les saltan de inmediato las lágrimas. Esos, y digo esos porque era a los hombres a quienes se les criticaba de inmediato, están bajamente valorados por los demás. Son, o eran, unos blandengues. Sólo lloran las mujeres. Los hombres, los verdaderos hombres, los machotes, esos no lloran nunca. La ataraxia era tan importante, por no decir más, que la honradez o la dignidad. Qué vergüenza se pasaba de niño si, viendo una película, alguien lloraba sin poder remediarlo. A la salida, era el hazmerreír de toda la pandilla. Y no sólo de niños, que a los mayores les ocurría algo parecido. Para corroborar lo que digo, acudamos a la extendida leyenda en la que se cuenta que Aixa dijo a su hijo Boabdil aquello de: -Llora como mujer…-
Esto, como tantas otras cosas, ha cambiado en la actualidad, y hasta existen ocasiones en las que una persona llora y no es que no se le critica por ello, sino que incluso está bien visto. Cuántas veces hemos contemplado que alguien efunde un llanto, generalmente contenido y poco copioso, eso sí, como consecuencia de la consecución de un premio importante, o en la audición del himno nacional tras un éxito deportivo, pongamos como ejemplo. Y eso es, no ya reprochado, hablándose de la endeblez del espíritu de ese sujeto, sino que, antes bien, es ponderado, y bastante por los demás, agentes mediáticos incluidos.
Así, cuántas veces comprobamos cómo otro alguien, que arrastra una pena, mayor o menor, que el tamaño de la misma no la puede calibrar ni él mismo, ni nadie, pues a cada quien la propia le parece de una enorme magnitud. Y tan es de ese modo, que esa lacrimosa exteriorización, causada por una carencia de energías, o de facultades, o de lo que sea, no la puede mantener siempre en su interior y acaba exteriorizándola con el derramamiento de unas lágrimas sinceras (las que son fingidas cantan enormemente). Eso, solamente eso, y nunca la intención de darle cuatro cuartos al pregonero, es lo que le lleva a dicho comportamiento, y de tal modo y manera, que verle obrar de esa manera nos recuerda a Lope de Vega cuando decía: No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas.
Lamentablemente, usted, yo, o aquél otro, quizás tendremos, en algún momento de nuestra vida, que soportar una pena y, quizás en algún momento y por su causa, se nos arrasen los ojos en ocasiones, o circunstancias, que no nos parezcan las más apropiadas u oportunas. Valorémoslo como un accidente, o como un episodio más de nuestra conducta, del que no debemos ufanarnos, claro está, pero tampoco avergonzarnos de que haya acaecido.
Alguien llegó a decir que las lágrimas son la sangre del alma, y es natural que afloren si esta está herida.
Ramón Serrano G.
Julio de 2013
Las lágrimas
Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”
Khalil Gibran.-
Si a usted, querido lector, que es una persona normal, que tiene en perfecto uso sus brazos, sus piernas, y su cerebro; que no oye mal y que, a lo sumo utiliza lentes; pese a ello, si a usted le preguntasen si se consideraba un minusválido, con toda seguridad respondería que no. Y haría muy bien -aunque luego lo veremos con mayor detenimiento-, porque el DRAE define al minusválido como aquella persona que tiene alguna incapacidad física o mental. Y como usted no está en ese caso, evidentemente no lo es. Y esa es la idea que todos, o la mayoría, tenemos formada de quien es “inválido” o “impedido”.
Pero, poniéndonos académicos, y mirando despacio esa descripción de incapacidad, veremos que la posee quien está imposibilitado para hacer algo. Mas esto, como casi todo en esta vida, es muy relativo. Porque usted no puede correr 100 metros en diez segundos, o 40 kilómetros en dos horas, o hacer un salto de 9 metros, o escalar el Everest; y tampoco tiene ni la más pajolera idea de lo que son la física cuántica o el cálculo centesimal, ni sabe, ni con mucho, recitar el Quijote de memoria. Que hay quien lo hace, pues claro. Pero esos son los menos, porque los más, los muchísimos más, no nos acercamos a esas marcas ni de lejos. La persona tenida por normal es -observado desde ese prisma- incapaz de hacerlo. Pero ¿en qué porcentaje? Ahí es donde radica el quid de la cuestión. Si se está por encima de lo, llamémosle así, normal, es un superdotado. Si se está muy por debajo, se es discapacitado. Y refiriéndonos a esta estadía, quien la padece, afortunadamente está visto por el resto de la sociedad con lástima, pero casi nunca con vergüenza.
Otra cosa muy diferente es la opinión que se toma (aunque en realidad debería decir se tomaba) de aquella persona que es de lágrima fácil. De aquellos a quienes, por un “aparente” pequeño motivo, se les saltan de inmediato las lágrimas. Esos, y digo esos porque era a los hombres a quienes se les criticaba de inmediato, están bajamente valorados por los demás. Son, o eran, unos blandengues. Sólo lloran las mujeres. Los hombres, los verdaderos hombres, los machotes, esos no lloran nunca. La ataraxia era tan importante, por no decir más, que la honradez o la dignidad. Qué vergüenza se pasaba de niño si, viendo una película, alguien lloraba sin poder remediarlo. A la salida, era el hazmerreír de toda la pandilla. Y no sólo de niños, que a los mayores les ocurría algo parecido. Para corroborar lo que digo, acudamos a la extendida leyenda en la que se cuenta que Aixa dijo a su hijo Boabdil aquello de: -Llora como mujer…-
Esto, como tantas otras cosas, ha cambiado en la actualidad, y hasta existen ocasiones en las que una persona llora y no es que no se le critica por ello, sino que incluso está bien visto. Cuántas veces hemos contemplado que alguien efunde un llanto, generalmente contenido y poco copioso, eso sí, como consecuencia de la consecución de un premio importante, o en la audición del himno nacional tras un éxito deportivo, pongamos como ejemplo. Y eso es, no ya reprochado, hablándose de la endeblez del espíritu de ese sujeto, sino que, antes bien, es ponderado, y bastante por los demás, agentes mediáticos incluidos.
Así, cuántas veces comprobamos cómo otro alguien, que arrastra una pena, mayor o menor, que el tamaño de la misma no la puede calibrar ni él mismo, ni nadie, pues a cada quien la propia le parece de una enorme magnitud. Y tan es de ese modo, que esa lacrimosa exteriorización, causada por una carencia de energías, o de facultades, o de lo que sea, no la puede mantener siempre en su interior y acaba exteriorizándola con el derramamiento de unas lágrimas sinceras (las que son fingidas cantan enormemente). Eso, solamente eso, y nunca la intención de darle cuatro cuartos al pregonero, es lo que le lleva a dicho comportamiento, y de tal modo y manera, que verle obrar de esa manera nos recuerda a Lope de Vega cuando decía: No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas.
Lamentablemente, usted, yo, o aquél otro, quizás tendremos, en algún momento de nuestra vida, que soportar una pena y, quizás en algún momento y por su causa, se nos arrasen los ojos en ocasiones, o circunstancias, que no nos parezcan las más apropiadas u oportunas. Valorémoslo como un accidente, o como un episodio más de nuestra conducta, del que no debemos ufanarnos, claro está, pero tampoco avergonzarnos de que haya acaecido.
Alguien llegó a decir que las lágrimas son la sangre del alma, y es natural que afloren si esta está herida.
Ramón Serrano G.
Julio de 2013
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