viernes, 2 de agosto de 2013
Preferible
Sabrás, Luis, que la mayoría de los hombre ignora que los perros, y otros muchos animales, tenemos unos sentimientos similares a los de los humanos y que nuestro comportamiento, al igual que el suyo, está muy influenciado por esa sensibilidad. Y pese a que tú no te encuentras entre esos ígnaros, quiero contarte algo que me sucedió cuando yo apenas había dejado de ser un cachorro. Algo sobre lo que he meditado en muchas ocasiones. Algo que he visto, además, compartido por otros seres.
-En la primera casa en la que estuve vivía una familia compuesta por los padres, una hija teenager que era la que más tiempo dedicaba a mi alimentación y cuidado, y un precioso chiquillo de unos ocho años con el que me pasaba jugando horas y horas. Eran de una clase media tirando a baja, pero a mí nunca me faltaron ni alimentación ni cuidados, por lo que, a falta de otras experiencias, yo vivía feliz con ellos, aunque he de confesar que después aprendí que la ignorancia de determinadas cosas conlleva la falta de preocupación por su carencia. Verás.
-El padre no tardó en mandar a su hija a trabajar en una pastelería para que fuese aprendiendo algún oficio, por lo que un buen día mi buena amiga me obsequió con algo que yo no había probado nunca y que estaba sencillamente delicioso. Le habían regalado en la tienda una tableta de chocolate y me reservó un trocito que me obsequió antes de irse a la cama. Yo, incapaz de figurarme que existían exquisiteces como aquella, mostré una alegría enorme, y ella, gran observadora de todos mis actos, continuó trayéndome, demasiado espaciadamente para mis deseos, pero muy regularmente, más cachitos de aquella golosina que tanto me entusiasmara. Pero luego, como antes te apunté, no dejé de pensar en que hay una gran cantidad de cosas maravillosas, que no echamos de menos ya que desconocemos su existencia, pero que, una vez descubiertas, nos parecen, y casi nos son, imprescindibles.
-Mas la suerte, que es grela, me abandonó pronto. La familia marchó del lugar en busca de mejores horizontes económicos, y yo hube de quedarme en casa de unos familiares que me acogieron y cuidaron tan bien como los anteriores, pero en la que nadie me proporcionó nunca más aquella delicatesen a la que ya me había habituado. Durante mucho tiempo, la única sensación que me dominaba era la de una inmensa gratitud por aquel regalo recibido acompañada de una infinita complacencia. Pero más tarde, su carencia me fue tan dolorosa e insoportable, que llegué a pensar que hubiese sido preferible seguir en la ignorancia de la existencia de aquello tan maravilloso antes que perderlo. Y no sé si pensaba bien. Sé muchas cosas porque soy muy observador, pero no he bebido en el caldero de Ceridwen. Por eso te pregunto:¿tú crees que obré atinadamente?
-¡Ay Luca, Luca! En primer lugar, déjame decirte que eso que te ocurrió a ti les ha acaecido a muchos seres en su vida y por motivos de la más diversa índole. Ha habido otros que durante bastante tiempo fueron desconocedores de tantas y tantas cosas -la música, la literatura, los viajes, la amistad, el arte, el amor (en todos sus modos y variantes), etc., etc.- que, de pronto, han sabido de sus delicias, o las han reiniciado, para, al poco, verse privados de ese placer sublime, con lo que se han planteado la disyuntiva que apuntas. A mí mismo me ha ocurrido. Pero sigo.
-Ahora me pides un juicio y voy a dártelo, con la advertencia de que está completamente determinado por la subjetividad, ya que, para mi desgracia, no sé si la habrá, pero no conozco la opinión de ningún sabio al respecto. Y mi criterio, pobre, pero mío, es que vale siempre mucho más el conocimiento que la ignorancia. Que aquél nos puede conducir por muchos caminos, más o menos luminosos según nosotros mismos queramos alumbrarlos, pero la otra nos mantiene siempre en la oscuridad. Y, según el Dalai Lama, la ignorancia es una oscuridad interior, raíz del sufrimiento. Eso en cuanto al saber, pero es que en lo tocante al sentir, y esto es igualmente un plácito particular, es preferible -cien, mil, un millón de veces- alcanzar un segundo de gozo aun cuando ello sea a costa de un día entero de aflicción, pues no se debe olvidar que el penar está a la vuelta de cada esquina, y en cualquier momento y ocasión podremos toparnos con él, mientras que la dicha, la auténtica, la importante, no cualquiera que se nos pueda dar por tres al cuarto, la hallaremos, si es que la hallamos, en contadísimas ocasiones. Disfrutémosla, que es muy valiosa.
-Yo pensé igual que tú, Luis, y así hice, pero quería corroborar mi obrar conociendo el parecer de algún buen hombre.
Ramón Serrano G.
Agosto de 2013
viernes, 19 de julio de 2013
Las lágrimas
Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”
Khalil Gibran.-
Si a usted, querido lector, que es una persona normal, que tiene en perfecto uso sus brazos, sus piernas, y su cerebro; que no oye mal y que, a lo sumo utiliza lentes; pese a ello, si a usted le preguntasen si se consideraba un minusválido, con toda seguridad respondería que no. Y haría muy bien -aunque luego lo veremos con mayor detenimiento-, porque el DRAE define al minusválido como aquella persona que tiene alguna incapacidad física o mental. Y como usted no está en ese caso, evidentemente no lo es. Y esa es la idea que todos, o la mayoría, tenemos formada de quien es “inválido” o “impedido”.
Pero, poniéndonos académicos, y mirando despacio esa descripción de incapacidad, veremos que la posee quien está imposibilitado para hacer algo. Mas esto, como casi todo en esta vida, es muy relativo. Porque usted no puede correr 100 metros en diez segundos, o 40 kilómetros en dos horas, o hacer un salto de 9 metros, o escalar el Everest; y tampoco tiene ni la más pajolera idea de lo que son la física cuántica o el cálculo centesimal, ni sabe, ni con mucho, recitar el Quijote de memoria. Que hay quien lo hace, pues claro. Pero esos son los menos, porque los más, los muchísimos más, no nos acercamos a esas marcas ni de lejos. La persona tenida por normal es -observado desde ese prisma- incapaz de hacerlo. Pero ¿en qué porcentaje? Ahí es donde radica el quid de la cuestión. Si se está por encima de lo, llamémosle así, normal, es un superdotado. Si se está muy por debajo, se es discapacitado. Y refiriéndonos a esta estadía, quien la padece, afortunadamente está visto por el resto de la sociedad con lástima, pero casi nunca con vergüenza.
Otra cosa muy diferente es la opinión que se toma (aunque en realidad debería decir se tomaba) de aquella persona que es de lágrima fácil. De aquellos a quienes, por un “aparente” pequeño motivo, se les saltan de inmediato las lágrimas. Esos, y digo esos porque era a los hombres a quienes se les criticaba de inmediato, están bajamente valorados por los demás. Son, o eran, unos blandengues. Sólo lloran las mujeres. Los hombres, los verdaderos hombres, los machotes, esos no lloran nunca. La ataraxia era tan importante, por no decir más, que la honradez o la dignidad. Qué vergüenza se pasaba de niño si, viendo una película, alguien lloraba sin poder remediarlo. A la salida, era el hazmerreír de toda la pandilla. Y no sólo de niños, que a los mayores les ocurría algo parecido. Para corroborar lo que digo, acudamos a la extendida leyenda en la que se cuenta que Aixa dijo a su hijo Boabdil aquello de: -Llora como mujer…-
Esto, como tantas otras cosas, ha cambiado en la actualidad, y hasta existen ocasiones en las que una persona llora y no es que no se le critica por ello, sino que incluso está bien visto. Cuántas veces hemos contemplado que alguien efunde un llanto, generalmente contenido y poco copioso, eso sí, como consecuencia de la consecución de un premio importante, o en la audición del himno nacional tras un éxito deportivo, pongamos como ejemplo. Y eso es, no ya reprochado, hablándose de la endeblez del espíritu de ese sujeto, sino que, antes bien, es ponderado, y bastante por los demás, agentes mediáticos incluidos.
Así, cuántas veces comprobamos cómo otro alguien, que arrastra una pena, mayor o menor, que el tamaño de la misma no la puede calibrar ni él mismo, ni nadie, pues a cada quien la propia le parece de una enorme magnitud. Y tan es de ese modo, que esa lacrimosa exteriorización, causada por una carencia de energías, o de facultades, o de lo que sea, no la puede mantener siempre en su interior y acaba exteriorizándola con el derramamiento de unas lágrimas sinceras (las que son fingidas cantan enormemente). Eso, solamente eso, y nunca la intención de darle cuatro cuartos al pregonero, es lo que le lleva a dicho comportamiento, y de tal modo y manera, que verle obrar de esa manera nos recuerda a Lope de Vega cuando decía: No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas.
Lamentablemente, usted, yo, o aquél otro, quizás tendremos, en algún momento de nuestra vida, que soportar una pena y, quizás en algún momento y por su causa, se nos arrasen los ojos en ocasiones, o circunstancias, que no nos parezcan las más apropiadas u oportunas. Valorémoslo como un accidente, o como un episodio más de nuestra conducta, del que no debemos ufanarnos, claro está, pero tampoco avergonzarnos de que haya acaecido.
Alguien llegó a decir que las lágrimas son la sangre del alma, y es natural que afloren si esta está herida.
Ramón Serrano G.
Julio de 2013
Las lágrimas
Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”
Khalil Gibran.-
Si a usted, querido lector, que es una persona normal, que tiene en perfecto uso sus brazos, sus piernas, y su cerebro; que no oye mal y que, a lo sumo utiliza lentes; pese a ello, si a usted le preguntasen si se consideraba un minusválido, con toda seguridad respondería que no. Y haría muy bien -aunque luego lo veremos con mayor detenimiento-, porque el DRAE define al minusválido como aquella persona que tiene alguna incapacidad física o mental. Y como usted no está en ese caso, evidentemente no lo es. Y esa es la idea que todos, o la mayoría, tenemos formada de quien es “inválido” o “impedido”.
Pero, poniéndonos académicos, y mirando despacio esa descripción de incapacidad, veremos que la posee quien está imposibilitado para hacer algo. Mas esto, como casi todo en esta vida, es muy relativo. Porque usted no puede correr 100 metros en diez segundos, o 40 kilómetros en dos horas, o hacer un salto de 9 metros, o escalar el Everest; y tampoco tiene ni la más pajolera idea de lo que son la física cuántica o el cálculo centesimal, ni sabe, ni con mucho, recitar el Quijote de memoria. Que hay quien lo hace, pues claro. Pero esos son los menos, porque los más, los muchísimos más, no nos acercamos a esas marcas ni de lejos. La persona tenida por normal es -observado desde ese prisma- incapaz de hacerlo. Pero ¿en qué porcentaje? Ahí es donde radica el quid de la cuestión. Si se está por encima de lo, llamémosle así, normal, es un superdotado. Si se está muy por debajo, se es discapacitado. Y refiriéndonos a esta estadía, quien la padece, afortunadamente está visto por el resto de la sociedad con lástima, pero casi nunca con vergüenza.
Otra cosa muy diferente es la opinión que se toma (aunque en realidad debería decir se tomaba) de aquella persona que es de lágrima fácil. De aquellos a quienes, por un “aparente” pequeño motivo, se les saltan de inmediato las lágrimas. Esos, y digo esos porque era a los hombres a quienes se les criticaba de inmediato, están bajamente valorados por los demás. Son, o eran, unos blandengues. Sólo lloran las mujeres. Los hombres, los verdaderos hombres, los machotes, esos no lloran nunca. La ataraxia era tan importante, por no decir más, que la honradez o la dignidad. Qué vergüenza se pasaba de niño si, viendo una película, alguien lloraba sin poder remediarlo. A la salida, era el hazmerreír de toda la pandilla. Y no sólo de niños, que a los mayores les ocurría algo parecido. Para corroborar lo que digo, acudamos a la extendida leyenda en la que se cuenta que Aixa dijo a su hijo Boabdil aquello de: -Llora como mujer…-
Esto, como tantas otras cosas, ha cambiado en la actualidad, y hasta existen ocasiones en las que una persona llora y no es que no se le critica por ello, sino que incluso está bien visto. Cuántas veces hemos contemplado que alguien efunde un llanto, generalmente contenido y poco copioso, eso sí, como consecuencia de la consecución de un premio importante, o en la audición del himno nacional tras un éxito deportivo, pongamos como ejemplo. Y eso es, no ya reprochado, hablándose de la endeblez del espíritu de ese sujeto, sino que, antes bien, es ponderado, y bastante por los demás, agentes mediáticos incluidos.
Así, cuántas veces comprobamos cómo otro alguien, que arrastra una pena, mayor o menor, que el tamaño de la misma no la puede calibrar ni él mismo, ni nadie, pues a cada quien la propia le parece de una enorme magnitud. Y tan es de ese modo, que esa lacrimosa exteriorización, causada por una carencia de energías, o de facultades, o de lo que sea, no la puede mantener siempre en su interior y acaba exteriorizándola con el derramamiento de unas lágrimas sinceras (las que son fingidas cantan enormemente). Eso, solamente eso, y nunca la intención de darle cuatro cuartos al pregonero, es lo que le lleva a dicho comportamiento, y de tal modo y manera, que verle obrar de esa manera nos recuerda a Lope de Vega cuando decía: No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas.
Lamentablemente, usted, yo, o aquél otro, quizás tendremos, en algún momento de nuestra vida, que soportar una pena y, quizás en algún momento y por su causa, se nos arrasen los ojos en ocasiones, o circunstancias, que no nos parezcan las más apropiadas u oportunas. Valorémoslo como un accidente, o como un episodio más de nuestra conducta, del que no debemos ufanarnos, claro está, pero tampoco avergonzarnos de que haya acaecido.
Alguien llegó a decir que las lágrimas son la sangre del alma, y es natural que afloren si esta está herida.
Ramón Serrano G.
Julio de 2013
jueves, 4 de julio de 2013
Personas
Usted, y yo, y todos, sabemos que existimos personas de muy distintas clases. Y que de esa diversidad las ha habido antes, las sigue habiendo hoy, y las habrá siempre, aunque esta pluralidad es buena por muy diversos motivos, pero de esto quizás hablemos en otro momento. Así pues, nos mantendremos en que cada cual es como su madre le trajo al mundo, pero también como él se ha ido formando luego, y esto último, además de verídico, es muy importante. Puede que más que lo otro si cabe, pues sabido es que de morir hay mil formas y de nacer solo una.
En un sentido amplio diré que hay almas buenas y no tan buenas, jacareras y soturnas, hacendosas y zánganas, egoístas y generosas, y así podríamos seguir clasificándolas casi hasta el infinito. Obviamente, no hay necesidad de detallar sus características, puesto que son sobradamente conocidas, y tampoco vamos a emitir un juicio de valor sobre la mayoría de ellas, por la subjetividad que el mismo podría acarrear. Pero sí quiero dejar clara mi opinión, errónea o acertada, no lo sé, de que no comparto la idea que otros proclaman afirmando que hay quien es bueno con unos y perverso con otros. No. Para mí, el que es bueno, o quien no lo es, no hace distingos reales con los destinatarios de sus acciones. Otra cosa es que quiera actuar de una manera y aparentar que lo hace de otra. Y también pienso que pocos hay, quizás nadie, que sean completamente un cacho de pan o un mal bicho, sino que todos tenemos una personalidad con un porcentaje mayoritario de una determinada cualidad, pero que está mezclada con cierta dosis de la contraria. Los ingleses lo dicen muy bien: nobody’s perfect.
Y quiero dejar constancia de que, sean como sean los seres de nuestro entorno, la mayoría de nosotros convivimos con ellos por muy diversas razones. A veces, por necesidad, ya que de ellos depende nuestra subsistencia, y aun cuando su proceder no sea de nuestro total agrado, hacemos de tripas corazón con tal de no perder el jornal. En algunas circunstancias por complacencia, al ser sabedores de que son individuos extraordinarios, que pueden beneficiarnos en muchos aspectos. En ocasiones, por un gran desconocimiento, y estamos, si no engañados, sí ignorantes de cómo son realmente, ya que se ocupan muy mucho de no mostrar cual es su verdadera personalidad. Y a fe que lo consiguen.
Deseo además hacer hincapié en que, sabiendo que deberíamos ser conocedores a ciencia cierta del mundo en el que nos movemos y de la clase de personas con las que convivimos en todos los campos, lo más importante debe ser nuestra propia calidad de vida y nuestro comportamiento. Mucho más el modo en que obramos nosotros, y no tanto el cómo actúan ellos. En todos los sentidos. Para lo bueno y para lo malo; para el protagonismo, como para el anonimato. No debe preocuparnos, en lo que cabe, qué hace aquél, o cómo, y qué cualidades tiene este, o ese otro, sino en desarrollar las positivas que nosotros tengamos. Cada uno será juzgado por sus obras, e igualmente, aquí sí se ha de tener presente lo subjetivo: o sea, que hemos de valorar antes nuestro propio veredicto que el qué dirán. Debemos tener obligada conciencia de que las cosas hay que hacerlas con rectitud. Pensar que si las personas deben acezar algo fervientemente, debe ser eso, el bien obrar per se y no por quedar bien ante los demás.
No espero que nadie venga hoy a inquirir de mí, pobre mortal, cuál habría de ser su proceder para hacer lo expuesto anteriormente con arreglo a los cánones a seguir para el bien obrar, puesto que ellos están establecidos desde antiguo, aunque modernamente olvidados. Pero si alguien se aventurase a ello le aconsejaría, sin duda, que buscase esa guía, esa norma en la gramática. Y dentro de ella se fijase en las personas. Sí, en esas formas o accidentes que hacen variar al verbo y al pronombre cuando se refieren a ellas, y que son conocidas como primera, segunda y tercera.
Lo que entonces hay que hacer es bien sencillo. Posterguemos la primera a un relegado y lueñe plano, y potenciemos la aparición y el desarrollo de la segunda y la tercera. Pero no nos contentemos con eso y realicemos la misma tarea con sus parientes los pronombres, tanto con los personales como con los posesivos. Concienciémonos, de una vez por todas, que hemos de arredrar lo más posible el yo y el mí, y dediquemos denodadamente nuestras intenciones a atender las necesidades y los menesteres del tú y el tu, y del él y el su.
Por si acaso no me he explicado bien (cosa, por otra parte, muy común en mí) trataré de decirlo en castellano ladino, ..que es como suele el pueblo fablar a su vecino…Y así, al igual que cuando estamos irritados debemos contar hasta 100 antes de obrar, deberíamos dejar de tener en nuestra boca de modo omnipresente frases como: YO pienso, YO digo, YO hago, para escuchar y aprender de lo que TÚ y ÉL consideráis; de aquello que TÚ y ÉL manifestáis; de cómo TÚ y ÉL obráis habitualmente.
Y en vez de, como si fuésemos papagayos, repetir incesantemente engreídas locuciones sobre MI saber, MI comportamiento, MI idea, o MI posición económica, preocuparnos de si TU y SU vida son mínimamente aceptables para considerarlas como dignas, y fueran como fuesen, poner cuanto esté de nuestra parte en aras de su mejoramiento.
Aquello que dice Pablo a los Gálatas en su Carta 5.14.
Ramón Serrano G.
Julio de 2013
Las lágrimas
Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”
Khalil Gibran.-
Si a usted, querido lector, que es una persona normal, que tiene en perfecto uso sus brazos, sus piernas, y su cerebro; que no oye mal y que, a lo sumo utiliza lentes; pese a ello, si a usted le preguntasen si se consideraba un minusválido, con toda seguridad respondería que no. Y haría muy bien -aunque luego lo veremos con mayor detenimiento-, porque el DRAE define al minusválido como aquella persona que tiene alguna incapacidad física o mental. Y como usted no está en ese caso, evidentemente no lo es. Y esa es la idea que todos, o la mayoría, tenemos formada de quien es “inválido” o “impedido”.
Pero, poniéndonos académicos, y mirando despacio esa descripción de incapacidad, veremos que la posee quien está imposibilitado para hacer algo. Mas esto, como casi todo en esta vida, es muy relativo. Porque usted no puede correr 100 metros en diez segundos, o 40 kilómetros en dos horas, o hacer un salto de 9 metros, o escalar el Everest; y tampoco tiene ni la más pajolera idea de lo que son la física cuántica o el cálculo centesimal, ni sabe, ni con mucho, recitar el Quijote de memoria. Que hay quien lo hace, pues claro. Pero esos son los menos, porque los más, los muchísimos más, no nos acercamos a esas marcas ni de lejos. La persona tenida por normal es -observado desde ese prisma- incapaz de hacerlo. Pero ¿en qué porcentaje? Ahí es donde radica el quid de la cuestión. Si se está por encima de lo, llamémosle así, normal, es un superdotado. Si se está muy por debajo, se es discapacitado. Y refiriéndonos a esta estadía, quien la padece, afortunadamente está visto por el resto de la sociedad con lástima, pero casi nunca con vergüenza.
Otra cosa muy diferente es la opinión que se toma (aunque en realidad debería decir se tomaba) de aquella persona que es de lágrima fácil. De aquellos a quienes, por un “aparente” pequeño motivo, se les saltan de inmediato las lágrimas. Esos, y digo esos porque era a los hombres a quienes se les criticaba de inmediato, están bajamente valorados por los demás. Son, o eran, unos blandengues. Sólo lloran las mujeres. Los hombres, los verdaderos hombres, los machotes, esos no lloran nunca. La ataraxia era tan importante, por no decir más, que la honradez o la dignidad. Qué vergüenza se pasaba de niño si, viendo una película, alguien lloraba sin poder remediarlo. A la salida, era el hazmerreir de toda la pandilla. Y no sólo de niños, que a los mayores les ocurría algo parecido. Para corroborar lo que digo, acudamos a la extendida leyenda en la que se cuenta que Aixa dijo a su hijo Boabdil aquello de: -Llora como mujer…-
Esto, como tantas otras cosas, ha cambiado en la actualidad, y hasta existen ocasiones en las que una persona llora y no es que no se le critica por ello, sino que incluso está bien visto. Cuántas veces hemos contemplado que alguien efunde un llanto, generalmente contenido y poco copioso, eso sí, como consecuencia de la consecución de un premio importante, o en la audición del himno nacional tras un éxito deportivo, pongamos como ejemplo. Y eso es, no ya reprochado, hablándose de la endeblez del espíritu de ese sujeto, sino que, antes bien, es ponderado, y bastante por los demás, agentes mediáticos incluidos.
Así, cuántas veces comprobamos cómo otro alguien, que arrastra una pena, mayor o menor, que el tamaño de la misma no la puede calibrar ni él mismo, ni nadie, pues a cada quien la propia le parece de una enorme magnitud. Y tan es de ese modo, que esa lacrimosa exteriorización, causada por una carencia de energías, o de facultades, o de lo que sea, no la puede mantener siempre en su interior y acaba exteriorizándola con el derramamiento de unas lágrimas sinceras (las que son fingidas cantan enormemente). Eso, solamente eso, y nunca la intención de darle cuatro cuartos al pregonero, es lo que le lleva a dicho comportamiento, y de tal modo y manera, que verle obrar de esa manera nos recuerda a Lope de Vega cuando decía: No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas.
Lamentablemente, usted, yo, o aquél otro, quizás tendremos, en algún momento de nuestra vida, que soportar una pena y, quizás en algún momento y por su causa, se nos arrasen los ojos en ocasiones, o circunstancias, que no nos parezcan las más apropiadas u oportunas. Valorémoslo como un accidente, o como un episodio más de nuestra conducta, del que no debemos ufanarnos, claro está, pero tampoco avergonzarnos de que haya acaecido.
Alguien llegó a decir que las lágrimas son la sangre del alma, y es natural que afloren si esta está herida.
Ramón Serrano G.
Julio2013
jueves, 20 de junio de 2013
Pour toujours
-Madeleine, somos nosotros -le grité al entrar-. Ya hemos regresado.
Fui derecha a ver a los niños, y al encontrarlos durmiendo, pasé al cuarto de estar, y allí estaba ella, con un libro en las manos, como siempre.
-Hija, no me explico cómo te puedes pasar las horas dejándote la vista y el cerebro en esos mamotretos. ¿Por qué no te distraes viendo la televisión como hace todo el mundo? Mira, nos hemos tenido que venir de la cena porque a Marcel se le ha presentado una jaqueca horrorosa. Se tomará un calmante y se meterá en la cama. No son más que las once y algo, así que, en vez de irte a casa, podrías pasarte ahora por La Bastille y compartir una copa con algún amigo que, de seguro, habrá por allí. Pero soy una idiota diciéndote nada, puesto que jamás me haces caso en estas cosas. Bueno, ni en estas, ni en muchas otras. Pareciera que por ser tu hermana menor no pudiese darte buenos consejos.
Madeleine continuó leyendo sin hacerme caso visiblemente.
-Por lo menos podías hacer como que me estás escuchando, aunque no lo hagas, ni te importe un bledo lo que te estoy diciendo. Sí, ya sé que te repito lo mismo una y mil veces, pero es que creo que así cumplo debidamente con mi obligación fraternal. No se puede, aunque tú lo hagas constantemente, dedicar y hacer que todos y cada uno de los días de tu vida discurran de casa al trabajo y de este a casa, y luego no salir apenas de ella.
-Recuerdo que antes de sucederte lo de Antoine, y de esto hace ya dos largos años, eras una mujer normal y corriente. Incluso antes de conocerle, eras una mujer alegre, radiante, con ganas de vivir. Y sí, ya sé, puesto que es un tema que tenemos demasiado trillado, que te hizo muchísimo daño su abandono, no ya por el alejamiento en sí, sino por el modo tan burdo en que lo llevó a cabo. En realidad, y perdóname que repase otra vez lo sucedido, es por todos reconocido que su actitud fue totalmente incomprensible y, desde luego, perniciosa para ti. Su proceder no fue correcto, ni elegante, ni consecuente, aunque mirándolo bien, lógico tal vez si lo fuera, pues puede que actuase en congruencia con su modo de ver las distintas formas de unión que puede haber entre dos personas o, si prefieres, el modo de enfocar y sentir el amor.
-Porque, vamos a ver. A pesar de todo, y aunque nos duela el reconocerlo, quizás él esté libre de culpa, si no en la forma, sí en el fondo. Porque hay que dar por válidas dos opciones, a saber: que él tuviese una manera distinta a la tuya, o a la de mucha gente, de lo que constituye una relación y su desarrollo, funcionamiento, duración. Sabemos que no hay para el amor razones y sí que las puede haber para el cariño. Y eso fue lo que te tuvo. Tal vez luego, con el paso del tiempo, descubriese en ti defectos o minoración de las virtudes que le llevaron a sentirse complacido con vuestra unión. Pero fuera cual fuese el motivo que le llevó a separarse de de ti, no te obliga, en absoluto, a mantener esa compunción en la que te sumiste. Antes bien, y aunque pueda parecerte en un principio que lo que te voy a decir es algo ilógico o incoherente, si lo analizas tout doucement, comprenderás de inmediato que tu actitud debería ser completamente distinta. Deberías estar exultante, feliz y, sobre todo, satisfecha. Sí, de veras. Y me explico:
-Cuando los seres humanos rompen una relación, de la clase que sea, se dedican mayormente a resaltar los motivos, aparentes o reales, por los que la otra parte dejó de cumplir lo prometido, cuando, en realidad, lo que deberían analizar, y con detenimiento, es el savoir-faire propio. Ver racionalmente si se ha sabido cumplir con las expectativas ofrecidas, dejando a un lado si el otro las ha ejecutado y mantenido las suyas, o no.
Y en ese aspecto yo sé, todos lo sabemos, que tú fuiste estrictamente fiel a tus promesas. Que diste de ti cuanto tenías dentro, y que fue mucho más de lo que te pedía, y aun de lo que esperaba. Y si todo eso, con ser mucho, no fue lo suficiente, o lo bastante, para evitar el alejamiento, es cosa que no debe apenarte en la manera en que lo está haciendo.
-Para que veas que llevo razón en lo que digo te voy a proponer que plantees la cuestión de otra manera. ¿Cómo estaría tu alma si hubieses sido tú la que, por cualquier motivo, hubieses dejado de depositar en Antoine el amor que le diste en un principio? Si hubieses observado que no tenía todas las virtudes que creíste poseía; que hubieras descubierto en él algún defecto o vicio; o que simplemente, tras conocerle, encontraste a otro hombre que te dejó mejores sensaciones. Si algo de esto, o cualquier otra cosa similar, hubiera acaecido, ¿estarías hoy tranquila, feliz, satisfecha? No. Tú, yo y cualquiera que te conozca sabemos de sobra que no sería ese tu estado. Que entonces te hallarías mucho peor de cómo lo estás ahora, con la diferencia notable de que tendrías motivos para encontrarte así.
-Por eso, no olvides nunca que el amor, y tú estás bien enterada de ello, consiste en entregar y no en recibir. Ni en ofrecerlo con estas o aquellas condiciones. Y tampoco en darlo durante un rato, o unos meses, o unos años. Sino para siempre y sin exigir nada a cambio. Pour toujours et sans rien demander en retour.
- Y déjame que te cite, finalmente, a un magnífico autor español, el gran Lope de Vega, que dijo: “…dar la vida y el alma a un desengaño. ¡Esto es amor! quien lo probó, lo sabe”.
Ramón Serrano G.
Junio 2013
viernes, 7 de junio de 2013
Las ventanas
La vida, esta vida que parece tratarnos tan duramente a veces; esta vida de la que, en ocasiones, estamos tan hartos; esta vida que parece ofrecernos un futuro completamente infausto; esta, aparentemente, vita cane, es, sin embargo, realmente bella si se me permite decirlo. Y lo hago completamente convencido de ello, hasta tal punto, que calificaría esta afirmación como un axioma, en la esperanza de que si alguien, muy exigente, rechazase este postulado, me permitiría, aun siendo una incongruencia eso de intentar evidenciar un axioma, tratar de demostrárselo, cosa que conseguiría muy fácilmente por muy escamón que fuese el pirrónico de turno. Le pediría, tan sólo, que cada mañana, al levantarse, abriera los ojos y mirase cuanto le rodea, con la seguridad de que estuviera donde estuviera, u observase lo que observase, se daría cuenta de la belleza tan inmensa que tenemos en nuestro derredor.
Sí. Así es, amigos. La vida es realmente hermosa por muchas nubes que amenacen con ennegrecer nuestro cielo, y pese a la ingente cantidad de piedras que vayamos encontrando en nuestro camino, y aunque muchas de ellas nos parezcan que hacen a este infranqueable. Pero es que como lo bellido que podemos percibir es tanto, aquí no cabe, bajo ningún concepto, tener un espíritu negativo y perdonar el bollo por el coscorrón.
¿Qué pasa -pensará alguno de ustedes-, que este se ha levantado hoy eufórico y lo ve todo de color rosáceo, o es que se ha quedado ciego y no percibe el sinfín de problemas de todo tipo que nos están ahogando? Pues no. No es eso. Lo que ocurre es que hoy, siendo tan realista como siempre, soy más proclive a pregonarlo. O que estando en una repleción de visuras satisfactorias, las alabanzas de ellas se me escapan por todos los poros de la mente. Por cierto, ¿la mente tiene poros? Puede que no, y sea esta otra memez mía. Pero vayamos a lo nuestro.
Pudiendo, como podemos, dirigir nuestro pensamiento al pasado, al presente o al futuro, hagámoslo a la época a la que lo hagamos, siempre encontraremos motivos de contento. Si recordamos con, o sin, exactitud, una realidad pasada y, con seguridad, deformada por las mil y una veces que la hemos traído a nuestra memoria, y a que en cada repaso le hemos ido añadiendo, o quitando, algo, transformando la verdad que fue en la que nosotros mantenemos, pero que es en la que nos regocijamos. Si miramos la hoja de hoy en el almanaque, comprobaremos que son muchos los adelantos y conseguimientos habidos. Y si es al mañana adonde dirigimos nuestras expectativas, lo veremos completamente cubierto de verde, y bien pertrechado del ancla de la esperanza, la más grande que llevan los barcos y que se utiliza en situaciones desesperadas o extremas.
Así pues, miremos donde miremos, o pensemos como pensemos, nos vendrá la convicción de que lo bueno existe; lo bonito existe; la felicidad existe. Lo que es necesario es que aprendamos, y que luego sepamos ejecutar debidamente, la mirada y el pensamiento. Y si es de este modo, quedaremos admirados, no ya del vendaval, sino de la tempestad (aunque bendita procela sea esta) que puede levantar el mirar entornado de unos ojos glaucos. Y notaremos cómo un día habrán aparecido borrones en los pulgares de las cepas. Y en otra mañana, vendrá el asombro ante la no llegada de cierta camisa, cuya no comparecencia es el aviso de que algo maravilloso va a suceder dentro de treinta y seis semanas. Y que Don, o Doña…., siguen con su incansable tarea de que una gurrumina, o un chico, aprendan a unir la m con la a, o la t con la i, y al cabo de un tiempo puedan saber que:“…es tan blando por fuera, que se diría todo de algodón.” . Y dentro de unos pocos meses, volveremos a oír aquello de: sol, la, sol, mi, como recordatorio de un extenso y renovado deseo de que haya Paz en la Tierra para los hombres de buena voluntad.
Todas estas cosas nos producirán una inmensa alegría. Mas aunque así no fuese, y la lipemanía se apoderase de nosotros, y tendiese a tenernos y mostrarnos amarridos o saturninos, debemos recordar que, al decir de Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste. Sí, habéis leído bien: la FELICIDAD, aun de estar triste.
Pero para ello, debemos tener muy limpias las ventanas que hay en nuestra alma. Por dos razones: una, para que nos entre bien la luz. Una luz limpia y no distorsionada. Y otra, para poder ver nítidamente lo mucho de bueno que hay en nuestro exterior. Alguien dijo que después de Auschwitz ya no podría haber poesía. No. No es cierto. Eso no es sino un derrotismo, casi justificado, pero estéril. Hay poesía. La hay, y la seguirá habiendo, mientras que un sordo pueda componer una sinfonía Heroica, y que una persona con las piernas amputadas no pueda andar como los demás, pero sí trasladarse aunque sea en una silla de ruedas. Y tendrá movilidad. De peor calidad, vale. Pero no estará inmoto. Y al moverse será feliz sabiendo que, aun con mayor dificultad que otros, tendrá capacidad para llegar a cualquier sitio. Incluso a lo más alto.
Ramón Serrano G.
Junio 2013
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