jueves, 4 de julio de 2013

Personas

Usted, y yo, y todos, sabemos que existimos personas de muy distintas clases. Y que de esa diversidad las ha habido antes, las sigue habiendo hoy, y las habrá siempre, aunque esta pluralidad es buena por muy diversos motivos, pero de esto quizás hablemos en otro momento. Así pues, nos mantendremos en que cada cual es como su madre le trajo al mundo, pero también como él se ha ido formando luego, y esto último, además de verídico, es muy importante. Puede que más que lo otro si cabe, pues sabido es que de morir hay mil formas y de nacer solo una. En un sentido amplio diré que hay almas buenas y no tan buenas, jacareras y soturnas, hacendosas y zánganas, egoístas y generosas, y así podríamos seguir clasificándolas casi hasta el infinito. Obviamente, no hay necesidad de detallar sus características, puesto que son sobradamente conocidas, y tampoco vamos a emitir un juicio de valor sobre la mayoría de ellas, por la subjetividad que el mismo podría acarrear. Pero sí quiero dejar clara mi opinión, errónea o acertada, no lo sé, de que no comparto la idea que otros proclaman afirmando que hay quien es bueno con unos y perverso con otros. No. Para mí, el que es bueno, o quien no lo es, no hace distingos reales con los destinatarios de sus acciones. Otra cosa es que quiera actuar de una manera y aparentar que lo hace de otra. Y también pienso que pocos hay, quizás nadie, que sean completamente un cacho de pan o un mal bicho, sino que todos tenemos una personalidad con un porcentaje mayoritario de una determinada cualidad, pero que está mezclada con cierta dosis de la contraria. Los ingleses lo dicen muy bien: nobody’s perfect. Y quiero dejar constancia de que, sean como sean los seres de nuestro entorno, la mayoría de nosotros convivimos con ellos por muy diversas razones. A veces, por necesidad, ya que de ellos depende nuestra subsistencia, y aun cuando su proceder no sea de nuestro total agrado, hacemos de tripas corazón con tal de no perder el jornal. En algunas circunstancias por complacencia, al ser sabedores de que son individuos extraordinarios, que pueden beneficiarnos en muchos aspectos. En ocasiones, por un gran desconocimiento, y estamos, si no engañados, sí ignorantes de cómo son realmente, ya que se ocupan muy mucho de no mostrar cual es su verdadera personalidad. Y a fe que lo consiguen. Deseo además hacer hincapié en que, sabiendo que deberíamos ser conocedores a ciencia cierta del mundo en el que nos movemos y de la clase de personas con las que convivimos en todos los campos, lo más importante debe ser nuestra propia calidad de vida y nuestro comportamiento. Mucho más el modo en que obramos nosotros, y no tanto el cómo actúan ellos. En todos los sentidos. Para lo bueno y para lo malo; para el protagonismo, como para el anonimato. No debe preocuparnos, en lo que cabe, qué hace aquél, o cómo, y qué cualidades tiene este, o ese otro, sino en desarrollar las positivas que nosotros tengamos. Cada uno será juzgado por sus obras, e igualmente, aquí sí se ha de tener presente lo subjetivo: o sea, que hemos de valorar antes nuestro propio veredicto que el qué dirán. Debemos tener obligada conciencia de que las cosas hay que hacerlas con rectitud. Pensar que si las personas deben acezar algo fervientemente, debe ser eso, el bien obrar per se y no por quedar bien ante los demás. No espero que nadie venga hoy a inquirir de mí, pobre mortal, cuál habría de ser su proceder para hacer lo expuesto anteriormente con arreglo a los cánones a seguir para el bien obrar, puesto que ellos están establecidos desde antiguo, aunque modernamente olvidados. Pero si alguien se aventurase a ello le aconsejaría, sin duda, que buscase esa guía, esa norma en la gramática. Y dentro de ella se fijase en las personas. Sí, en esas formas o accidentes que hacen variar al verbo y al pronombre cuando se refieren a ellas, y que son conocidas como primera, segunda y tercera. Lo que entonces hay que hacer es bien sencillo. Posterguemos la primera a un relegado y lueñe plano, y potenciemos la aparición y el desarrollo de la segunda y la tercera. Pero no nos contentemos con eso y realicemos la misma tarea con sus parientes los pronombres, tanto con los personales como con los posesivos. Concienciémonos, de una vez por todas, que hemos de arredrar lo más posible el yo y el mí, y dediquemos denodadamente nuestras intenciones a atender las necesidades y los menesteres del tú y el tu, y del él y el su. Por si acaso no me he explicado bien (cosa, por otra parte, muy común en mí) trataré de decirlo en castellano ladino, ..que es como suele el pueblo fablar a su vecino…Y así, al igual que cuando estamos irritados debemos contar hasta 100 antes de obrar, deberíamos dejar de tener en nuestra boca de modo omnipresente frases como: YO pienso, YO digo, YO hago, para escuchar y aprender de lo que TÚ y ÉL consideráis; de aquello que TÚ y ÉL manifestáis; de cómo TÚ y ÉL obráis habitualmente. Y en vez de, como si fuésemos papagayos, repetir incesantemente engreídas locuciones sobre MI saber, MI comportamiento, MI idea, o MI posición económica, preocuparnos de si TU y SU vida son mínimamente aceptables para considerarlas como dignas, y fueran como fuesen, poner cuanto esté de nuestra parte en aras de su mejoramiento. Aquello que dice Pablo a los Gálatas en su Carta 5.14. Ramón Serrano G. Julio de 2013

Las lágrimas

Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar” Khalil Gibran.- Si a usted, querido lector, que es una persona normal, que tiene en perfecto uso sus brazos, sus piernas, y su cerebro; que no oye mal y que, a lo sumo utiliza lentes; pese a ello, si a usted le preguntasen si se consideraba un minusválido, con toda seguridad respondería que no. Y haría muy bien -aunque luego lo veremos con mayor detenimiento-, porque el DRAE define al minusválido como aquella persona que tiene alguna incapacidad física o mental. Y como usted no está en ese caso, evidentemente no lo es. Y esa es la idea que todos, o la mayoría, tenemos formada de quien es “inválido” o “impedido”. Pero, poniéndonos académicos, y mirando despacio esa descripción de incapacidad, veremos que la posee quien está imposibilitado para hacer algo. Mas esto, como casi todo en esta vida, es muy relativo. Porque usted no puede correr 100 metros en diez segundos, o 40 kilómetros en dos horas, o hacer un salto de 9 metros, o escalar el Everest; y tampoco tiene ni la más pajolera idea de lo que son la física cuántica o el cálculo centesimal, ni sabe, ni con mucho, recitar el Quijote de memoria. Que hay quien lo hace, pues claro. Pero esos son los menos, porque los más, los muchísimos más, no nos acercamos a esas marcas ni de lejos. La persona tenida por normal es -observado desde ese prisma- incapaz de hacerlo. Pero ¿en qué porcentaje? Ahí es donde radica el quid de la cuestión. Si se está por encima de lo, llamémosle así, normal, es un superdotado. Si se está muy por debajo, se es discapacitado. Y refiriéndonos a esta estadía, quien la padece, afortunadamente está visto por el resto de la sociedad con lástima, pero casi nunca con vergüenza. Otra cosa muy diferente es la opinión que se toma (aunque en realidad debería decir se tomaba) de aquella persona que es de lágrima fácil. De aquellos a quienes, por un “aparente” pequeño motivo, se les saltan de inmediato las lágrimas. Esos, y digo esos porque era a los hombres a quienes se les criticaba de inmediato, están bajamente valorados por los demás. Son, o eran, unos blandengues. Sólo lloran las mujeres. Los hombres, los verdaderos hombres, los machotes, esos no lloran nunca. La ataraxia era tan importante, por no decir más, que la honradez o la dignidad. Qué vergüenza se pasaba de niño si, viendo una película, alguien lloraba sin poder remediarlo. A la salida, era el hazmerreir de toda la pandilla. Y no sólo de niños, que a los mayores les ocurría algo parecido. Para corroborar lo que digo, acudamos a la extendida leyenda en la que se cuenta que Aixa dijo a su hijo Boabdil aquello de: -Llora como mujer…- Esto, como tantas otras cosas, ha cambiado en la actualidad, y hasta existen ocasiones en las que una persona llora y no es que no se le critica por ello, sino que incluso está bien visto. Cuántas veces hemos contemplado que alguien efunde un llanto, generalmente contenido y poco copioso, eso sí, como consecuencia de la consecución de un premio importante, o en la audición del himno nacional tras un éxito deportivo, pongamos como ejemplo. Y eso es, no ya reprochado, hablándose de la endeblez del espíritu de ese sujeto, sino que, antes bien, es ponderado, y bastante por los demás, agentes mediáticos incluidos. Así, cuántas veces comprobamos cómo otro alguien, que arrastra una pena, mayor o menor, que el tamaño de la misma no la puede calibrar ni él mismo, ni nadie, pues a cada quien la propia le parece de una enorme magnitud. Y tan es de ese modo, que esa lacrimosa exteriorización, causada por una carencia de energías, o de facultades, o de lo que sea, no la puede mantener siempre en su interior y acaba exteriorizándola con el derramamiento de unas lágrimas sinceras (las que son fingidas cantan enormemente). Eso, solamente eso, y nunca la intención de darle cuatro cuartos al pregonero, es lo que le lleva a dicho comportamiento, y de tal modo y manera, que verle obrar de esa manera nos recuerda a Lope de Vega cuando decía: No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas. Lamentablemente, usted, yo, o aquél otro, quizás tendremos, en algún momento de nuestra vida, que soportar una pena y, quizás en algún momento y por su causa, se nos arrasen los ojos en ocasiones, o circunstancias, que no nos parezcan las más apropiadas u oportunas. Valorémoslo como un accidente, o como un episodio más de nuestra conducta, del que no debemos ufanarnos, claro está, pero tampoco avergonzarnos de que haya acaecido. Alguien llegó a decir que las lágrimas son la sangre del alma, y es natural que afloren si esta está herida. Ramón Serrano G. Julio2013

jueves, 20 de junio de 2013

Pour toujours

-Madeleine, somos nosotros -le grité al entrar-. Ya hemos regresado. Fui derecha a ver a los niños, y al encontrarlos durmiendo, pasé al cuarto de estar, y allí estaba ella, con un libro en las manos, como siempre. -Hija, no me explico cómo te puedes pasar las horas dejándote la vista y el cerebro en esos mamotretos. ¿Por qué no te distraes viendo la televisión como hace todo el mundo? Mira, nos hemos tenido que venir de la cena porque a Marcel se le ha presentado una jaqueca horrorosa. Se tomará un calmante y se meterá en la cama. No son más que las once y algo, así que, en vez de irte a casa, podrías pasarte ahora por La Bastille y compartir una copa con algún amigo que, de seguro, habrá por allí. Pero soy una idiota diciéndote nada, puesto que jamás me haces caso en estas cosas. Bueno, ni en estas, ni en muchas otras. Pareciera que por ser tu hermana menor no pudiese darte buenos consejos. Madeleine continuó leyendo sin hacerme caso visiblemente. -Por lo menos podías hacer como que me estás escuchando, aunque no lo hagas, ni te importe un bledo lo que te estoy diciendo. Sí, ya sé que te repito lo mismo una y mil veces, pero es que creo que así cumplo debidamente con mi obligación fraternal. No se puede, aunque tú lo hagas constantemente, dedicar y hacer que todos y cada uno de los días de tu vida discurran de casa al trabajo y de este a casa, y luego no salir apenas de ella. -Recuerdo que antes de sucederte lo de Antoine, y de esto hace ya dos largos años, eras una mujer normal y corriente. Incluso antes de conocerle, eras una mujer alegre, radiante, con ganas de vivir. Y sí, ya sé, puesto que es un tema que tenemos demasiado trillado, que te hizo muchísimo daño su abandono, no ya por el alejamiento en sí, sino por el modo tan burdo en que lo llevó a cabo. En realidad, y perdóname que repase otra vez lo sucedido, es por todos reconocido que su actitud fue totalmente incomprensible y, desde luego, perniciosa para ti. Su proceder no fue correcto, ni elegante, ni consecuente, aunque mirándolo bien, lógico tal vez si lo fuera, pues puede que actuase en congruencia con su modo de ver las distintas formas de unión que puede haber entre dos personas o, si prefieres, el modo de enfocar y sentir el amor. -Porque, vamos a ver. A pesar de todo, y aunque nos duela el reconocerlo, quizás él esté libre de culpa, si no en la forma, sí en el fondo. Porque hay que dar por válidas dos opciones, a saber: que él tuviese una manera distinta a la tuya, o a la de mucha gente, de lo que constituye una relación y su desarrollo, funcionamiento, duración. Sabemos que no hay para el amor razones y sí que las puede haber para el cariño. Y eso fue lo que te tuvo. Tal vez luego, con el paso del tiempo, descubriese en ti defectos o minoración de las virtudes que le llevaron a sentirse complacido con vuestra unión. Pero fuera cual fuese el motivo que le llevó a separarse de de ti, no te obliga, en absoluto, a mantener esa compunción en la que te sumiste. Antes bien, y aunque pueda parecerte en un principio que lo que te voy a decir es algo ilógico o incoherente, si lo analizas tout doucement, comprenderás de inmediato que tu actitud debería ser completamente distinta. Deberías estar exultante, feliz y, sobre todo, satisfecha. Sí, de veras. Y me explico: -Cuando los seres humanos rompen una relación, de la clase que sea, se dedican mayormente a resaltar los motivos, aparentes o reales, por los que la otra parte dejó de cumplir lo prometido, cuando, en realidad, lo que deberían analizar, y con detenimiento, es el savoir-faire propio. Ver racionalmente si se ha sabido cumplir con las expectativas ofrecidas, dejando a un lado si el otro las ha ejecutado y mantenido las suyas, o no. Y en ese aspecto yo sé, todos lo sabemos, que tú fuiste estrictamente fiel a tus promesas. Que diste de ti cuanto tenías dentro, y que fue mucho más de lo que te pedía, y aun de lo que esperaba. Y si todo eso, con ser mucho, no fue lo suficiente, o lo bastante, para evitar el alejamiento, es cosa que no debe apenarte en la manera en que lo está haciendo. -Para que veas que llevo razón en lo que digo te voy a proponer que plantees la cuestión de otra manera. ¿Cómo estaría tu alma si hubieses sido tú la que, por cualquier motivo, hubieses dejado de depositar en Antoine el amor que le diste en un principio? Si hubieses observado que no tenía todas las virtudes que creíste poseía; que hubieras descubierto en él algún defecto o vicio; o que simplemente, tras conocerle, encontraste a otro hombre que te dejó mejores sensaciones. Si algo de esto, o cualquier otra cosa similar, hubiera acaecido, ¿estarías hoy tranquila, feliz, satisfecha? No. Tú, yo y cualquiera que te conozca sabemos de sobra que no sería ese tu estado. Que entonces te hallarías mucho peor de cómo lo estás ahora, con la diferencia notable de que tendrías motivos para encontrarte así. -Por eso, no olvides nunca que el amor, y tú estás bien enterada de ello, consiste en entregar y no en recibir. Ni en ofrecerlo con estas o aquellas condiciones. Y tampoco en darlo durante un rato, o unos meses, o unos años. Sino para siempre y sin exigir nada a cambio. Pour toujours et sans rien demander en retour. - Y déjame que te cite, finalmente, a un magnífico autor español, el gran Lope de Vega, que dijo: “…dar la vida y el alma a un desengaño. ¡Esto es amor! quien lo probó, lo sabe”. Ramón Serrano G. Junio 2013

viernes, 7 de junio de 2013

Las ventanas

La vida, esta vida que parece tratarnos tan duramente a veces; esta vida de la que, en ocasiones, estamos tan hartos; esta vida que parece ofrecernos un futuro completamente infausto; esta, aparentemente, vita cane, es, sin embargo, realmente bella si se me permite decirlo. Y lo hago completamente convencido de ello, hasta tal punto, que calificaría esta afirmación como un axioma, en la esperanza de que si alguien, muy exigente, rechazase este postulado, me permitiría, aun siendo una incongruencia eso de intentar evidenciar un axioma, tratar de demostrárselo, cosa que conseguiría muy fácilmente por muy escamón que fuese el pirrónico de turno. Le pediría, tan sólo, que cada mañana, al levantarse, abriera los ojos y mirase cuanto le rodea, con la seguridad de que estuviera donde estuviera, u observase lo que observase, se daría cuenta de la belleza tan inmensa que tenemos en nuestro derredor. Sí. Así es, amigos. La vida es realmente hermosa por muchas nubes que amenacen con ennegrecer nuestro cielo, y pese a la ingente cantidad de piedras que vayamos encontrando en nuestro camino, y aunque muchas de ellas nos parezcan que hacen a este infranqueable. Pero es que como lo bellido que podemos percibir es tanto, aquí no cabe, bajo ningún concepto, tener un espíritu negativo y perdonar el bollo por el coscorrón. ¿Qué pasa -pensará alguno de ustedes-, que este se ha levantado hoy eufórico y lo ve todo de color rosáceo, o es que se ha quedado ciego y no percibe el sinfín de problemas de todo tipo que nos están ahogando? Pues no. No es eso. Lo que ocurre es que hoy, siendo tan realista como siempre, soy más proclive a pregonarlo. O que estando en una repleción de visuras satisfactorias, las alabanzas de ellas se me escapan por todos los poros de la mente. Por cierto, ¿la mente tiene poros? Puede que no, y sea esta otra memez mía. Pero vayamos a lo nuestro. Pudiendo, como podemos, dirigir nuestro pensamiento al pasado, al presente o al futuro, hagámoslo a la época a la que lo hagamos, siempre encontraremos motivos de contento. Si recordamos con, o sin, exactitud, una realidad pasada y, con seguridad, deformada por las mil y una veces que la hemos traído a nuestra memoria, y a que en cada repaso le hemos ido añadiendo, o quitando, algo, transformando la verdad que fue en la que nosotros mantenemos, pero que es en la que nos regocijamos. Si miramos la hoja de hoy en el almanaque, comprobaremos que son muchos los adelantos y conseguimientos habidos. Y si es al mañana adonde dirigimos nuestras expectativas, lo veremos completamente cubierto de verde, y bien pertrechado del ancla de la esperanza, la más grande que llevan los barcos y que se utiliza en situaciones desesperadas o extremas. Así pues, miremos donde miremos, o pensemos como pensemos, nos vendrá la convicción de que lo bueno existe; lo bonito existe; la felicidad existe. Lo que es necesario es que aprendamos, y que luego sepamos ejecutar debidamente, la mirada y el pensamiento. Y si es de este modo, quedaremos admirados, no ya del vendaval, sino de la tempestad (aunque bendita procela sea esta) que puede levantar el mirar entornado de unos ojos glaucos. Y notaremos cómo un día habrán aparecido borrones en los pulgares de las cepas. Y en otra mañana, vendrá el asombro ante la no llegada de cierta camisa, cuya no comparecencia es el aviso de que algo maravilloso va a suceder dentro de treinta y seis semanas. Y que Don, o Doña…., siguen con su incansable tarea de que una gurrumina, o un chico, aprendan a unir la m con la a, o la t con la i, y al cabo de un tiempo puedan saber que:“…es tan blando por fuera, que se diría todo de algodón.” . Y dentro de unos pocos meses, volveremos a oír aquello de: sol, la, sol, mi, como recordatorio de un extenso y renovado deseo de que haya Paz en la Tierra para los hombres de buena voluntad. Todas estas cosas nos producirán una inmensa alegría. Mas aunque así no fuese, y la lipemanía se apoderase de nosotros, y tendiese a tenernos y mostrarnos amarridos o saturninos, debemos recordar que, al decir de Víctor Hugo, la melancolía es la felicidad de estar triste. Sí, habéis leído bien: la FELICIDAD, aun de estar triste. Pero para ello, debemos tener muy limpias las ventanas que hay en nuestra alma. Por dos razones: una, para que nos entre bien la luz. Una luz limpia y no distorsionada. Y otra, para poder ver nítidamente lo mucho de bueno que hay en nuestro exterior. Alguien dijo que después de Auschwitz ya no podría haber poesía. No. No es cierto. Eso no es sino un derrotismo, casi justificado, pero estéril. Hay poesía. La hay, y la seguirá habiendo, mientras que un sordo pueda componer una sinfonía Heroica, y que una persona con las piernas amputadas no pueda andar como los demás, pero sí trasladarse aunque sea en una silla de ruedas. Y tendrá movilidad. De peor calidad, vale. Pero no estará inmoto. Y al moverse será feliz sabiendo que, aun con mayor dificultad que otros, tendrá capacidad para llegar a cualquier sitio. Incluso a lo más alto. Ramón Serrano G. Junio 2013

El gozo

-Jorge, ¿estás en tu casa? -Claro, a estas horas ¿dónde quieres que esté? -¿Puedo ir a verte ahora? -Qué pregunta más tonta. Demasiado sabes que sí, que puedes venir en todo momento. Colgué y me senté tranquilamente a esperar su llegada que no tardó demasiado en producirse. En el momento que entró, le dije: -Aunque sabes, y esto te lo he dicho ya infinidad de veces, que, dada nuestra amistad, o nuestra relación, como quieras llamarle, no me importe recibirte a cualquier hora y en cualquier ocasión, y que además de estarlo deseando, me siento muy complacido de poder ofrecerte toda clase de ayuda que puedas necesitar. Pero recuerda que me asustan estas visitas tan fuera de horario, por si fueran debidas a cualquier causa poco agradable. -Una vez más he de decirte, -me contestó- que te equivocas en eso. No vengo a esta casa, o mejor dicho, a tu compañía, que es en realidad lo que me trae hasta aquí, porque me haya ocurrido algo malo, o porque me hunda la desesperanza, o la tristeza, o la zangarriana, como se las llama en otros sitios. Me trae el deseo de estar a tu lado, ya que estando junto a ti me hallo en uno de los pocos lugares donde encuentro la absoluta felicidad. Porque, en realidad, y aunque demasiadas veces pueda parecer lo contrario, yo soy una de las personas más felices de este mundo. -Pues, si me lo permites, te diré que la mayoría de las veces da la impresión de todo lo contrario. Sobre todo, nada más llegar, que es cuando te sueles mostrar con una frialdad, y yo diría que con una abulia, realmente exasperante. Aunque he de reconocer que, al poco rato, tu carácter suele cambiar, y tu cercanía me proporciona un gozo enorme. Un deleite, tú lo sabes bien, que no cambiaría por nada y sin el cual, ya me sería muy difícil vivir aceptablemente. -Quizás, me contestó, el estar junto a ti, y saber que lo voy a poder hacer durante varias horas, es indudable que poco a poco anima mi alma. Pero quiero que sepas también cuál es el porqué de esa felicidad que presumo de poseer constantemente, y que antes te iba a exponer. -Yo, continuó, que soy igual que cualquiera de los demás mortales, tengo sin embargo una ventaja sobre un gran número de ellos. Trato de vivir alejando de mí los problemas que a todos nos surgen a diario; a veces lo consigo y a veces no, pero todos y cada uno de los días recuerdo que cuento con un refugio a donde acudir en caso de necesidad. Es como el agricultor que sale en mayo a ver sus viñas o sus siembras y regocijarse con lo que está viendo; como quien va a su establo a ver una vez más a su caballo; como quien madruga y se da un paseo hasta la orilla del mar y ver salir el sol en él; y te diría que es casi como el avaro que baja a su cueva y, entre tinieblas, cuenta y recuenta despaciosamente sus monedas. -Es como si de pronto me fuese preciso, tuviese una urgencia anímica, y también física, por qué no decirlo, de corroborar lo que poseo. Cuando esto me ocurre, recuerdo a un amigo, que ya se me fue, a quien satisfacía mucho mi compaña, y que cuando me proponía alguna celebración, siempre añadía; -Y así, nos damos un gozo. -Y eso me ocurre a mí, prosiguió diciendo con delectación. Que de vez en cuando necesito darme un gozo contigo. Entonces vengo a verte, y luego de estar contigo un buen rato, nos complacemos sexualmente con ese increíble número de juegos añadidos con los que sabes aderezar y sublimar el acto. O nos vamos al cine. O cenamos, para darnos luego un maravilloso paseo a la luz de la luna. O simplemente nos quedamos en este salón y hablamos, y hablamos, y hablamos de tus, de mis, de todas las cosas. - Jorge, nada me une a ti oficialmente. Ni a ti, ni a ningún otro. Pero por fortuna, y cada poco, me acucia el impulso de acercarme a ti. Si es porque algo me salió mal, lo hago para que me consueles. Si algo discurrió bien, para compartir las mieles contigo. Y estos arrebatos los causa, tengo la seguridad de ello, una amalgama de sentires que, como ya te digo, me complacen de modo arrebatador. Es amistad y amor, todo mezclado. No necesito repetirte, ya lo sabes, que significas para mí más de lo que pudiera expresar con palabras. Por eso, no me basta nunca con hablarte a través del teléfono y he de venir a verte. Y a que me veas. Y para amarnos. Y es lo que siempre me digo: …es necedad amar? No, es gran prudencia. -Observo, le dije yo entonces, que traes hoy aires cervantinos en la manera de expresar tus sensaciones, así que te diré entonces que tus palabras están colmadas de metafísica. -Pero yo sí como, me respondió. Mas lo que de verdad me alimenta, y me da vida, y me mantiene como en una nube, es un poco el mundo, un poco mi trabajo, y un mucho tú, y tu cariño. Entonces tomamos una copa, y seguimos hablando, y nos quisimos, y la del alba sería, cuando, estando yo lleno de gozo, me dio otro beso, se despidió, y se marchó cerrando la puerta suavemente. Ramón Serrano G. Mayo de 2013

Y a mi qué

“…que al mundo nada le importa, Yira, Yira…” -Si, amigo, le dije. Estoy viendo su lastimoso estado, le comprendo perfectamente, y voy a hacer por usted cuanto esté a mi alcance. Pero aquello era una mendacidad. Una inmensa patraña, puesto que yo sabía perfectamente que mi modo de obrar acabaría concretamente ahí, por lo que no iba a ser el correcto. Que, conscientemente actuaría mal pues me limitaría a decirle -de muy buenas maneras, eso sí, y con aparentes gestos de comprensión y afecto- lo que en teoría debería hacer para salir de ese estado depresivo, o casi, en que parecía hallarse. De esa penosa circunstancia en que se encontraba. Le endilgaría la raída y manida expresión que, sobre todo por Navidades, sueltan (soltamos) las gentes: un repetido, y poco sincero, deseo de felicidad. Eso, y tan sólo eso. Porque, al fin y a la postre, a mí apenas me importaba lo que me estaba contando aquella persona. Mejor dicho, aunque pareciese que le estaba prestando atención, se me daba una higa lo que pudiera sucederle. Y lo peor es que tenía un muy claro saber de la improcedencia de mi comportamiento, ya que él era mi prójimo. ¿He dicho prójimo? ¡Qué raro!, porque ya apenas recuerdo ni el significado de esa palabra, ni la existencia de esos individuos. ¡Me estaré haciendo viejo! Pero, aun así, y a sabiendas de que se trataba de mi semejante, me viene a la memoria que opté por la vía rápida y, faltando a la verdad como un bellaco, le prometí prestarle ayuda, con plena consciencia de que iba a llevar a cabo la acción más generalizada hoy en día, y que no es otra que: “al prójimo, contra una esquina”. Repito la prolepsis, diciendo que era sabedor, en plenitud, de que debería ser mi obrar otro muy distinto al que iba a poner en práctica, aunque pese a ello, y por ello, había algo algarivo en mis adentros que se me estaba manifestando, llevándome ante una situación de difícil solución. Se me presentaban dos posturas, dos maneras de obrar. Una loable. La otra, en absoluto plausible. Y en esa tesitura, vino a mi mente el comienzo del “Memorial de cosas notables”, en el que su autor, el Duque del Infantado, nos dice: “No es liviana carga…la que al hombre bien inclinado ponen los ejercicios virtuosos…” Yo creía ser, y pensaba que la gente me tenía en ese concepto, persona proclive al bien obrar. Por eso, aun cuando tan sólo fuera por eso, estaba en el deber de aliviar la situación de aquella persona, cosa que, por otra parte, no me acarrearía molestia alguna y, si lo hacía, esta sería insignificante. Pero, al mismo tiempo, me daba cuenta que ello me obligaba a hacer algún gesto, aunque fuese nimio, por ayudar mucho o poco, pero en algo, a aquél “menesteroso” que estaba demandando mi socorro. Y que la ejecución de cualquier acción benévola, por exigua que fuese, supondría para mí una gabela que, por nimia que fuese, no tenía ganas de soportar en modo alguno. Molestias, pocas -me dije-. Curiosamente, esta futura actuación mía me trajo a la memoria paradojas como la de Epiménides (aquella de los cretenses y los mentirosos) , o la del barbero (ese que sólo afeitaba a quienes no lo hacían a sí mismos), ambas ampliamente curiosas e instructivas, así como otras muchas de ellas. Mi obrar sería un contrasentido, una falta de correspondencia lógica entre lo que pregonamos y lo que hacemos. Un auténtico disparate, aunque un fiel exponente de como obran (obramos) muchas, demasiadas gentes. Seres de toda clase, origen y condición, que ven (que vemos) cómo el mal, o la injusticia, o la extrema necesidad, reinan por doquier y hasta límites increíbles, pero nos dedicamos a estudiar la inmortalidad del cangrejo, o el sexo de los ángeles. Que teniendo ante nuestras propias narices multitud de esas auténticas atrocidades, volvemos la cabeza para hacer ver a los demás, e incluso para convencernos a nosotros mismos, de que no estamos enterados de que el mal existe. Y repito que, dado el caso de que no podamos pasar desapercibidos largándonos subrepticiamente del incómodo trance ante el que involuntariamente nos hemos visto inmersos, desearíamos, en el fondo, decirle incomprensible e injustamente a quien demanda nuestra ayuda: -¿Y a mí qué me importa usted? ¡Váyase al carajo y déjeme vivir cómodamente! Sin embargo, con la mayor desfachatez que imaginarse pueda, le ponemos farisaicamente una sonrisa de oreja a oreja, y le decimos que, haciéndonos cargo su desagradable y penosa situación, realizaremos cuanto esté a nuestro alcance para ayudarle. Y nos marchamos tan pimpantes. Ramón Serrano G. Mayo de 2013

miércoles, 24 de abril de 2013

El sauce

Me acordé. Nada más verlo me acordé, como no podía ser de otra manera. Tan pronto me acerqué a aquel lugar, hoy tan completamente distinto al que yo había conocido, vinieron a mi memoria infinidad de recuerdos de aquellos casi seis años en los que yo había vivido junto a ese sitio. Esos años que nunca se van de nuestra memoria ya que son aquellos en que los seres humanos son completamente felices. Yo estuve en aquel pueblo de los 9 a los 15, y a esa edad todos los chavales no están dispuestos a otra cosa, ni tienen otro objetivo, que vivir disfrutando. Mi padre era viajante de artículos de ferretería, por lo que pasaba fuera de casa mucho tiempo, así que yo vivía con mi madre y mi hermana, tres años mayor que yo y, entre ambas se había establecido un mutuo acuerdo para cuidarme con un celo exquisito, y por eso, y porque no se me daban mal los estudios, yo vivía en una nube. Todo lo que hacía me gustaba, pero, en especial, era ir los sábados a jugar y correr por el jardín de don Evaristo, al igual que hacía mucha gente. Este D. Evaristo era un hombre hacendado, que tenía su casa casi en el centro del pueblo, en una calle por la que yo pasaba diariamente camino del cole, que era un palacete y que estaba rodeado por un jardín que mediría, según había oído decir, unos dos mil metros de extensión. Allí tenía plantados muchísimos árboles de las más diversas clases: quercus (robles, quejigos, encinas); prunos (ciruelos, cerezos); arces (campestres, palmados, americanos); coníferas (abetos, pinos, cedros, tejos) y un gran número de otros cuyos nombres, o yo ya no los recuerdo, o no supe nunca. Y he de decir que de aquellos sí que llegamos a enterarnos, gracias a los conocimientos de Jorge, un muchacho algo mayor que nosotros, pero compañero de clase, que había estado varios años en Medina del Campo, donde su padre era factor ferroviario, aunque por aquella época se vinieron a residir a este pueblo. Y aquel buen señor, D. Evaristo, permitía que todos los sábados, de 10 de la mañana a 9 de la noche, los vecinos pudieran disfrutar a su antojo de su agradable pensil. Y la gente, claro está, aprovechaba la gentileza de su paisano (una consideración poco frecuente en este país y que, al parecer, sí se solía dar en el extranjero), y pasaba en aquella floresta todo el día. Allí, a este privilegiado lugar, acudíamos personas de toda clase y condición: chavales, familias enteras que incluso comían allí, abuelos deseosos de sentarse en sus bancos para leer o simplemente tomar el sol, y por la tarde, novios. Muchas parejas de novios, que buscaban entre los cerezos el momento más oscuro para darse el más dulce de los besos, y a los que nosotros los mozalbetes, llenos de curiosidad y picardía, acechábamos implacablemente. Pero después, la vida, con todas sus circunstancias y coyunturas, me llevó a un lejano lugar, ni mejor ni peor que este del que vengo hablando, pero de donde ya no me he movido. A lo largo de mi existencia, una vida completamente normal, con alegrías y penas, como la de todo el mundo, he recordado en infinidad de ocasiones aquellos años pasados en el pueblo de D. Evaristo y el hermosísimo jardín que, semanalmente y con una gran generosidad, repito, ponía a la disposición de todos los vecinos. Eran frecuentes mis membranzas de una época y un lugar bellísimos, y, por ello, eran también enormemente gratas y satisfactorias. Han transcurrido muchos años de aquella recordadísima pubertad y de sus avatares, cuando, hace unos días, la realización de un asunto me ha traído hasta un pueblo limítrofe a este del que vengo hablando, por lo cual, cumplida la obligación que motivó el viaje, la devoción me empujó hasta aquí, con la intención de revivir lo experimentado hacía tanto tiempo. Aparqué, difícilmente, en el centro del pueblo y, pasando por calles que no me costó trabajo reconocer, me fui de inmediato hacia la mansión del recordado prócer. Cuando llegué hasta donde ella estuvo, creí haberme extraviado, ya que ante mi vista no aparecía ni su chalé, ni ninguno de los hermosos árboles que con tanto cariño recordaba, y sólo tenía ante mí bloques de edificios rectilíneos, cuadriculados, monótonos, que daban muestras de estar profusamente habitados. Como no queriendo dar crédito a lo que mis ojos veían, me metí por sus estrechas, ruidosas, y sombrías calles, y sólo, al cabo de un rato, me encontré en el borde de una escuálida plazoleta, en cuyo centro alguien, en su día (¡oh noble y poco común acción!) había respetado la vida de un único árbol, el cual desarrollaba tristemente su monótona vida, penosamente desacompañado, y un tanto mustio, al tener que vegetar en aquél lugar que ya no le era propio. Y juro que, pese a que en muy pocos momentos de mi existencia me había sentido tan triste como en aquel instante, me llegué hasta el pobre árbol, y cuando estaba bajo él, lo acaricié, quise imaginar por el movimiento de sus ramas que me estaba dando a entender que se acordaba de mí, y reconocí, de inmediato, que era un sauce. Y adiviné otra cosa. Supe muy pronto, y gracias a las enseñanzas de nuestro amigo Jorge, que no era ni cabruno, ni ceniciento, ni blanco. Como no podía ser de otro modo, aquél era un sauce llorón. Y motivos tenía para ello. Ramón Serrano G. Abril 2013