viernes, 22 de marzo de 2013

Hope

-¿Cómo está mi queridísimo Daniel? Ella, Loli, venía radiante. Según me dijo, acababa de llegar de Burdeos, y habíamos quedamos para tomar café, esa misma tarde, en una cafetería de la calle Santa Clara, para hablar de lo que nos tenía ocurrido durante sus casi diez años de ausencia. Siempre, desde niños, y de eso hacía ya cerca de cincuenta años, fuimos íntimos amigos, como hermanos, y entre nosotros nunca hubo secretos. Yo, que ya disfrutaba de las vacaciones navideñas, y que tenía todo el tiempo del mundo para hacer algo que siempre me entusiasmó, charlar con ella, acudí a la cita feliz. Primero tomamos un café, luego un orujito, para después pasar a contarnos, pormenorizadamente, nuestras vidas. Después, claro está, me preguntó por unos y por otros, y, al final, como era de esperar, salió a relucir su íntima amiga Carolina. -¿Qué tal le va?, inquirió. Recuerdo que tú tonteaste con ella antes de casarse, e incluso después. Bueno, lo de tontear es un eufemismo, porque, aunque nunca me lo dijiste con claridad, yo sé, o si prefieres, intuyo, que llegasteis a tener relaciones íntimas tanto de soltera como de casada. ¡No! No digas nada. Es mejor que eso lo mantengamos en una nebulosa. Además, sé muy bien que nunca me mentirías, pero que tampoco hablarías de algo que pudiese comprometer a una mujer. Dejémoslo así. Se casó ¿verdad?, y tuvo un hijo. Pero no supe nunca más de ella, pese a nuestra amistad. Y no me explico, Daniel, es que, si a ti te gustaba (y te gustaba, porque hicisteis el amor en varias ocasiones, y tú eso no lo harías por puro goce o capricho) no intentaste casarte con ella. -Hubiese preferido que no la hubieses mentado y que no inquirieras sobre ese tema, le comenté. Pero ya que lo has hecho, he de decirte la verdad, “toda la verdad y nada más que la verdad”, y ser totalmente sincero contigo. Como siempre lo he sido. -Pues mira, no me casé, aunque estaba muy colado por ella, porque Carolina, aun cuando se la veía encantada conmigo, prefería a Marcelo, hasta el punto de que, al final, contrajo matrimonio con él. A mí me quería, sí; pasábamos juntos ratos muy dichosos, y, es posible, que hasta hubiésemos hecho una buena pareja. Pero a ella, o quizás a los dos, nos faltaba ese algo, ese pelín indefinible, que hace que el verdadero amor sea una cosa diferente a una amistad, o a un deseo, por muy fuertes y nobles que sean estos. - Yo, entonces, me acogí de buen grado a la soltería. Pasaron más de ocho años, y de repente Marcelo, de modo absurdo, se encaprichó de una bobalicona y abandonó a su familia. Eso dolió mucho a Carolina -¿cómo no iba a dolerle?- hasta el punto de que la primera vez que la vi tras su separación, la encontré abatida, desmalazada. La habían herido y daba muestras evidentes de dolor. Quise ayudarla, pero sin que me lo negase, comprendí de inmediato que prefería sanar sus llagas ella sola. Así que la dejé tranquila y en paz, y únicamente, cuando circunstancialmente nos encontrábamos, cruzábamos cuatro palabras, yo con el mismo deseo y agrado de siempre, y ella igual, pero casi pidiéndome perdón por su apatía. -Siguió con su trabajo de administrativa, pasaron unos años, y de pronto, un buen día, la volví a hallar con el genio y la vitalidad de siempre. De inmediato me confesó, ante mi extrañeza, que su venida a arriba se debía que había encontrado a un hombre que tenía todos los condicionantes para hacerla feliz, y además la intención de llevar a cabo esa tarea, por lo que todo ello le había devuelto la alegría de vivir de un modo y manera a los que no renunciaría por nada. Este nuevo galán, con el que mantenía una relación, si no de matrimonio, sí digamos formal, era un poco mayor que ella, de nombre Tomás, soltero, y vecino de la vecina Toro, en la que tenía una tienda de ropa. -Yo, dudando que Cupido le hubiese dado con tanta fuerza, procuré aprovechar su cambio de ánimo. Mantenía dentro de mi cabeza los ratos vividos y compartidos con ella, (que lo que no se comparte no deja huella ni nostalgia) y volví a tirarle mis tejos con la personal idea de obtener alguna nueva sinecura, como sería gozar otra vez, y serenamente, tanto de su conversación como de su cuerpo, o sea, de su forma de ser y de sus encantos. Pero ella, con su corrección y amabilidad de siempre, cortó de raíz mis aspiraciones. Me dijo, aunque en realidad ninguno de los dos dábamos demasiado crédito a sus palabras, que quizás su relación anterior se había destrozado por la infidelidad. La de ella, conmigo, y en dos o tres ocasiones. La de Marcelo, con su nueva pareja, y con varias más según supo posteriormente. No es que no sienta por ti lo mismo que he sentido antes, me comentó, pero me he impuesto esa limitación, y, de momento, quiero cumplirla. Más tarde, ya veremos. -Y en esas andamos. Cuando coincidimos, en la biblioteca, en el cine, o en otro lugar, a ambos se nos alegran las pajarillas, y a ambos nos parece corto el tiempo que pasamos juntos. Hemos hablado de tomar café de vez en cuando, pero sabemos que no puede ser. Si lo hiciésemos en cualquier bar, al poco seríamos la comidilla de Zamora, e incluso a Tomás no le agradaría, como es natural. En su casa no podemos hacerlo, como imaginas, y en la mía no nos atrevemos, porque yo no me veo con fuerzas suficientes para, estando a solas con ella, portarme como un caballero, cosa que haría con cualquier otra, y no intentar conseguir algo más que palabras y zalemas. Y ella, aunque se ve con fortaleza para denegar cualquier súplica al respecto, piensa que quien quita la ocasión quita el peligro, que al fin y a la postre la carne es débil, y pudiese acabar cayendo en una tentación que, aunque la niega, la desea en el fondo. -Así que mi mayor ilusión se halla inserta en una latebra, eso sí, manteniendo constantemente, como mi ancla de la esperanza, el que algún día vuelva a poder estar un rato con ella, y dialogar, y soñar, y… Marzo de 2013 Ramón Serrano G.

viernes, 22 de febrero de 2013

Solo

Para M.V.M., con una sincera y antigua amistad.. “…Sobre la pena duermo solo y uno…”.- Miguel Hernández. -Buenos días, amigo, ¿cómo estás?, me preguntó aquel hombre al que hacía meses que no veía. -Solo, le respondí al poco, con una mirada perdida y una voz sentida que me salió desde lo profundo. Al escuchar mi inesperada respuesta, vi extrañeza en su rostro, pues dudó, al pronto, si le estaba hablando con sinceridad, o gastándole una broma. Él, en su admirable sencillez, no alcanzaba a creer que, una persona de mi status pudiese decir que se hallaba sin compañía de nadie. A lo mejor, le había contestado refiriéndome a ese preciso instante de la pregunta en el que, como era evidente, caminaba en soledad. Pero mi semblante le hizo desechar esa suposición. Yo debía estar aludiendo a una situación personal, a una forma de vivir más o menos pasajera, más o menos trascendente, pero que él no terminaba de entender, ya que, según su caletre, mi existencia podía desarrollarse bajo una gran cantidad de condiciones mejores o peores, molestas o llevaderas, sufribles o insoportables, pero nunca bajo el peso de la soledad. -Verás, es que con el paso de los años..., quise aclararle. Pero no me dejó seguir, ni darle explicación alguna. -No, hombre, no. En eso del aislamiento, aun cuando sea real, y en tu caso creo que no lo es, la edad no influye para nada. Eso es un sentir, y a los sentimientos les pasa como al oro, o a otros metales, que están ocultos en su mina, y tú, si eres lego en la materia, pasas por encima de ellos y no los ves. Sin embargo, el conocedor, el que tiene buena información, quien sabe cómo hacerlo, acaba extrayéndolos. No sin esfuerzo, que hay que picar mucho, y barrenar, y arrumbar mucha escoria, hasta que se da con la gema o el metal deseado. Pero te aseguro que merece la mena hacer todo el sacrificio y todo el esfuerzo que sea menester, con tal de alcanzar el fin que nos hemos propuesto, y más cuando el objetivo es tan beneficioso. Y tú tendrás que vencer menos escollos que otros, continuó, porque, afortunadamente, estás inmerso en un ambiente en el que te va a ser muchísimo más fácil conseguir la tarea que te aconsejo y que te ruego no abandones si en verdad quieres evitar la soledad. Me explico. -Sé, perfectamente, que tienes una familia, ni mejor ni peor que cualquier otra, pero entrañable, correcta y sencilla. O sea, asequible para, estando pendiente de tus necesidades, procurar atenderlas y solucionarlas. Por otra parte, te diré, y tú lo sabes bien, que aún estás mucho mejor (si cabe) en cuanto a los amigos, que son, y esto lo sabemos también cuantos vivimos en este lugar y te conocemos, un verdadero dechado. Pocos, muy pocos humanos pueden jactarse de poseer unas amistades tan selectas como las que tú tienes. Y eso es una reserva, un arca que contiene un magnífico tesoro, del que puedes beneficiarte hasta lo indecible. ¡Quién fuese tú en ese aspecto! -Eres, además,continuó, un hombre culto, preparado, con estudios, lo que te da la capacidad necesaria para poder frecuentar los lugares sociales de la ciudad, y participar activamente en sus actividades y eventos con amplias posibilidades de intervenir en ellos acertada y positivamente. Y, por último, vives en un sitio céntrico, lo que te facilita la relación constante y natural con un gran número de amistades, conocidos y vecinos. -Fíjate que cuatro inmensas ventajas tienes para poder gozar de una vida llena de comunicación y acompañamiento. Así pues procura mantener vivos tus contactos con estos cuatro grupos a los que acabo de referirme. No los busques, si lo prefieres, pero no trates de evitarlos, que ellos solos se llegarán hasta ti. Déjame que te ponga un ejemplo, sin querer frivolizarlo. Dice Mateo (6,24-34) que busques sólo el reino de Dios y su justicia y todo lo demás te vendrá dado por añadidura. Y no pienses demasiado en el mañana, que el mañana se ocupará de sí mismo. Preocúpate, un poquito, de no estar aislado, que lo lograrás, y entonces te ocurrirá como al que deja de fumar, que, de inmediato, observa los grandes beneficios que ello conlleva. -Esto que me dices, le respondí, ya lo tengo oído, e, incluso he intentado llevarlo a la práctica. Pero a mi corazón parece apetecerle esta soledad y no tiene ganas de hacer nada por librarse de ella -Pero es que has de saber que tu corazón, en estos momentos, está ciego. Ha recibido una herida, y tiene una venda en los ojos que le impide la contemplación del mundo exterior. Pero el mundo sigue estando ahí. Y la vida. Y la amistad. Y el amor. Y todos ellos, tanto por separado como en su conjunto son de una belleza extraordinaria. Tanta que nada, ni nadie, nos debe privar de su disfrute. -Para facilitar esa labor que debes imponerte, permíteme que te dé un consejo. Por muchos problemas que se le presenten a un hombre a lo largo y ancho de su existencia, siempre los podrá vencer si utiliza estas tres armas: el trabajo, la honradez y las ganas de amistar. Tú tienes muchas muestras dadas de la devoción que les tuviste desde siempre a las tres. Y ya que siempre fue así, no abandones ahora esa praxis. Aunque sea sin ganas. Entonces el hombre se marchó con la satisfacción de haber cumplido con su deber, y a mí me dejó con la duda de si seguiría sus sapientes consejos, o me empecinaría en mi reciente y continuado empeño de seguir estando solo. Febrero de 2013 Ramón Serrano G.

jueves, 7 de febrero de 2013

Lo necesario

Para F. G. de J. ,un gran ENSEÑANTE del que he aprendido, y sigo aprendiendo, muchas cosas buenas. Con inmensa gratitud. Afirma el escritor israelí Meir Shalev en uno de sus maravillosos libros: “¿Qué necesita una persona? No demasiado: algo dulce que comer, una historia que contar, y tiempo y espacio, y gladiolos en un jarrón, y dos amigos, y las cimas de dos colinas, una en la que vivir y otra a la que contemplar. Y dos ojos para ver los cielos, y esperar…” Shalev detalla así, con muy escasas pero exquisitas palabras, las necesidades humanas, y lo hace con una lirica, con una sensibilidad, que están reservadas exclusivamente para las grandes almas. Mantiene, rotunda y claramente, lo que es suficiente, o quizás imprescindible, para una buena existencia de los seres humanos. Y que, como puede verse, es muy poco para el cuerpo, tan sólo un algo, y todo lo demás, que eso sí es mucho, y que está precisa y delicadamente detallado, va exclusivamente destinado al espíritu. Además, lo finaliza con enorme espacio abierto a la ilusión. Quizás yo peque de imprudente, pero apoyándome en la memoria (de la que Cicerón decía: in senectute minuitor, nisi eam exerceas) me parece que en esta afirmación pudiera verse, al menos en parte, una cierta correlación con el impresionismo, cuando este quiere llevar al extremo la ley de mímesis, que significa imitación según Aristóteles, que es quien acuña el concepto, que ya fuese esbozado por su maestro Platón: “lo que no es precisamente copia del mundo real, sino imitación de lo ideal estéticamente grato, sensibilizado en lo material”. Y hago esta analogía, porque los pintores pertenecientes a ese movimiento artístico, comienzan a introducir trascendentales variantes en su forma de concebir y realizar sus obras. En primer lugar, se imponen el hacerlo “au plain air” (al aire libre), para después no pintar sólo aquello que ven, sino lo que sienten. No les preocupa tanto el modelo, como la luminosidad, el espacio y el cromatismo. O dicho de otro modo, que idealizan el paisaje que tienen ante sí. Y Shalev, hace algo similar, pero dificilísimo, al tiempo que nos muestra una obviedad: que se puede pintar con las palabras. Pero eso, tan manifiesto y ¡tan difícil!, sólo es capaz de verlo un genio, aunque todos lo tengamos delante de los ojos. Únicamente un sabio es susceptible de comprenderlo, sentirlo y expresarlo, aunque usted, y yo, y muchos de cuantos nos rodean, estemos más que hartos de saber que la apetencia insaciable de tener sin necesitar, es una de las peculiaridades más desarrolladas en el ser humano, tanto por haberlo experimentado en nosotros mismos, como por haberlo visto en nuestro derredor. Y, obsesionados por el afán de poseer cosas, muchas cosas, ingentes cantidades de cosas, nos quedamos sin algo dulce que comer, sin amigos, sin historias que contar, sin gladiolos en un jarrón, sin… Porque casi nunca estamos satisfechos, ya que creemos que nos falta algo, sin recapacitar que, a quien piensa así, siempre habrá algo que le faltará. Y aún así, y también cuando disponemos de todo (y no conozco a nadie que diga, o piense, que no necesita nada más que lo que ya posee) no nos solemos acordar de aquellos a los que les falta algo. O casi todo. O todo. Aquellos que no tienen ni siquiera lo imprescindible, cosa esta también muy relativa, ya que para unos algo en particular es preciso, incluso vital, mientras que, para otros, ese algo puede suponer una cosa superflua y despreciable. Pero lamentablemente la vida es así. Siempre ha sido de este modo, y, seguro estoy, que sucederá igualmente en el futuro. Algo similar a lo que dice aquel viejo proverbio cuando asegura que los árboles no nos dejan ver el bosque. Nos embelesamos (nos minimizamos) observando tan sólo a quienes tenemos a nuestro lado, y lo hacemos tan intensamente, que no llegamos a pensar en que, tras ellos, existe una humanidad casi entera con problemas, con circunstancias adversas para poder llevar una vida, no ya digna, sino superable. Usted, y yo, sabemos que hoy, en el siglo XXI d.C., siguen existiendo esos ansiosos egoístas que mucho quieren, que mucho necesitan, y que mucho luchan, con las armas o con los medios que hayan menester, para lograr sus objetivos, sin darse cuenta -tan lelos y cortos de vista son- que están perdiendo el disfrute de las muchas cosas buenas que tiene la vida cuando se sabe reparar en ellas. Esto me ha llevado a recordar que Meir Shalev nos dice lo poco que necesita una persona. Y ¡qué cierto es! lo que dice el escritor israelí. Ramón Serrano G. Febrero de 2013

jueves, 24 de enero de 2013

Mi admiración

Vengo a expresar mi más profunda admiración por todos aquellos que en el día de hoy, estando como está la vida, mantienen alguna ideología, sea esta del tipo que sea, creen en ella, y hasta obran de acuerdo con sus doctrinas. Pero antes de continuar, pido una vez más que nadie vea en estas líneas nada autobiográfico, pues a lo largo de todos mis escritos he cuidado muy mucho de no demostrar profesión por ningún credo (cosa muy distinta es que lo tenga, o no), ya sea este político o religioso. Y no voy a romper ahora esta norma. Quiero manifestar también, que aunque nunca he dado indicios de si soy ateo o creyente, monárquico o republicano, respeto profundamente a quienes sí lo sean, y manifiesto que a los hombres se les ha de juzgar por sus actos y no por sus palabras. Aunque en realidad no he debido utilizar el verbo respetar, cuando lo que quiero hacer es mostrar mi asombro y, por qué no decirlo, también mi envidia, ante los que creen de verdad; ante los que piensan que hay dogmas que seguir para encontrar una vida más feliz (y no se tome este adjetivo por el sinónimo de placentera); ante los que quieren acomodar su espíritu a determinadas reglas de conducta; en una palabra, ante los que tienen fe, y, permítaseme recordar, que fe es la convicción de que algo existe, sin que ello esté confirmado por la razón o la propia experiencia. Y que está sabia y brevemente expresado en el dicho popular que dice que más vale creer que ver. El ser humano toma siempre tres actitudes sobre todas las cosas, pero, como es obvio, nos referiremos únicamente a las que adopta sobre su valor más importante: su espíritu. Hay quien no se ocupa en absoluto de él; quien lo mira con un pasotismo en un mayor o menor grado, y de esto hablaremos después; y quien, con una muy gran sensatez, le da el protagonismo importante y trascendental que tiene. Tratemos de verlo. No son pocos, aunque pienso que desgraciadamente constituyen minoría, los que atienden a su alma. Y aunque son muchas las facetas desde las que se puede encarar este aguzamiento, voy a citar dos de ellas, y que son de las que, precisamente, nunca hablo. Es la primera, el rechazo o la admisión de la religión, como el conjunto de creencias sobre la divinidad, las prácticas y cultos, el más allá, etc., etc. La segunda es la afinidad política de cada cual sobre el sistema de gobierno más deseable y beneficioso para las gentes. Como tema trascendental que es, serían millones las citas que podríamos hacer sobre las distintas confesiones y negaciones de ellas que han sido, son, y serán en el mundo, y al hacerlo no me quiero referir, en absoluto, de los que han acudido a ello para conseguir un medio de vida. Pero no estoy aludiendo a los que han estudiado y preparado esos temas para alcanzar una profesión, los sacerdotes, por ejemplo. Para mí todas, menos las que acabo de eliminar, son válidas y dignas de ser tenidas en cuenta. Aunque mucho más valioso me parece el esfuerzo que millones y millones de personas se han tomado, se toman, y se tomarán, por aprender todo lo que pueden sobre estos temas, y adecuar su conducta a su credo, dándole la importancia que tiene, que es muchísima. Caso similar, es el de la preferencia política al que podemos aplicar cuanto acabamos de decir sobre la religión o el descreimiento. Es muy hermoso ver cómo hay gente que tiene convicciones; que piensa que hay cosas intangibles, pero muy valiosas, por las que vale la pena hacer los esfuerzos que sean necesarios, primero para conocerlas debidamente, y después, para que sean conocidas por el mayor número de seres, y que estos puedan beneficiarse de ellas. Y luchan por esto, aun a sabiendas de que pueden equivocarse, pero también saben que quien no pelea está equivocado de antemano. Al igual que saben, que lo verdaderamente importante es llegar, y que para hacerlo han de caer muchas veces, pero que tienen siempre la sensatez y la gallardía de levantarse cada una de esas veces en las que se han dado de bruces. Porque todos estos a los que me refiero, no son aquellos que han oído un sermón, o una proclama, y se han tragado lo que les dijeron, sin más, sin preocuparse de conocerlo, sino que, inquietados por la indudable esencia de lo que acaban de escuchar, se ponen a su estudio y a su cumplimiento posterior. En una palabra, porque tienen fe en ello. Una fe que les concede la esperanza necesaria para ir venciendo cuantas dificultades les salgan al encuentro, aun a sabiendas de que no serán pocas. Y a pesar de que normalmente se obra por la decepción de lo sucedido, quien tiene fe no se conforma con ello, y piensa, recapacita, estudia, y luego da por bueno, o no, ese pensamiento. A esos son a los que yo aplaudo. A esas inmensas “minorías”, que son capaces de trabajar con gran intensidad y entusiasmo por desarrollar y defender los valores espirituales en los que creen, llevarlos a la práctica, cumplirlos con minuciosidad monástica, y catequizar a cuantos pueden, pero siempre, en todos y cada una de estas obras, actuando siempre con la mayor educación, y nunca, pero nunca, con radicalismo u obsoletos fundamentalismos por nimios que estos sean, sino aceptando, e incluso valorando, a aquél que no tiene sus mismas opiniones. A esos, repito, son a los que yo admiro y aplaudo, y no a los que dicen creer pero no viven esas creencias; a quienes las trivializan; a los que las niegan sin haberse tomado la menor molestia en averiguar su esencia, o a los que “pasan” de ellas, pues sólo valoran los asuntos corporales. ¡Pobres bobos! Ramón Serrano G. Enero de 2013

viernes, 11 de enero de 2013

Love me for ever

Love me for ever A principios del año 1948 se estrenó en España una magnífica película y por ella, por su causa, se expandieron, como un reguero de pólvora, millones de comentarios. Pero no fue la bondad del film, ni el espléndido trabajo de sus principales actores, Rita Hayworth y Glenn Ford, los que motivaron tantos y tan diversos chismorreos. Todo se debió a que la cinta, que tenía por título Gilda, fue calificada por la censura civil y la eclesiástica como ¡NEGRA! ¡Con un 4! Y ello, en aquellos tiempos, conllevaba la prohibición absoluta de su visión, bajo la pena de caída en pecado mortal, y, si no recuerdo mal, incluso de excomunión. Y el consiguiente morbo disparó todas las alarmas sociales. Pero, ¿qué ocurría en ella para que hubiese sido calificada de ese modo? Pues, para asombro de propios y extraños, nada más y nada menos que Gilda, la protagonista, cantaba dos canciones -Amado mío y Put he Blame on Mame- con movimientos, en ambas, demasiado sensuales. Además que, durante el desarrollo de la segunda, se veía, según decían, un strip-tease de la actriz, aunque, en realidad, únicamente se quitaba un guante. Y por último, que el actor propinaba después a su pareja una sonora bofetada. Por tales motivos, en todos los lugares, en cualquier sitio, no se hablaba de otra cosa, y esos múltiples cuchicheos llegaron a despertar en los que entonces éramos “diezañeros”, y en otros bastante mayores, adultos y senescentes incluidos, elucubraciones y sueños de todo tipo y naturaleza. Pero yo vengo a hablar hoy aquí, no de todos esos alborotos que la película propició, sino de una estrofa de la primera canción citada, que nosotros solemos también utilizar con excesiva frecuencia. Gilda pide en ella, repetidas veces, que la amen por siempre (..love me for ever..) lo cual no es más que una reiterada petición que los seres humanos también venimos haciendo insistentemente a lo largo de toda nuestra historia. Efectivamente, si algo nos gusta, si de algo estamos realmente satisfechos, si con algo pensamos que seremos felices en adelante, y sobre todo en lances de amoríos, lo pedimos y lo solicitamos con gran encarecimiento y para siempre. Y hacemos precipitadamente, muchas veces, demasiadas veces, un ruego o un ofrecimiento que anhelamos en ese instante, sí, pero que no sabemos si seremos capaces de cumplir en el futuro. Apuntemos un recuerdo para un refrán que aparece en el Quijote y que dice:.. promesas de enamorados son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir. Efectivamente, solemos dar, y exigir, ofertas de sentimientos o acciones harto trascendentes, sin habernos detenido demasiadas veces, ni por un instante, a pensar si podremos mantenerlas pasado el tiempo, bien por nuestra voluntad, o bien por ajenas razones. Y eso no debería ser así. Ofuscados por la consecución de algo pedimos y ofrecemos, demasiado “alegremente”, algo for ever Hay otra perspectiva desde la que debe observarse también la petición de la que vengo hablando, y esta es la de la oferta, y la esperanza, de la exclusividad. Pero, digo yo, ¿piensa en alguna ocasión el ofrecedor o el recibiente en el mantenimiento de ella in aeternum, y cuál va a ser su comportamiento si falta, o le faltan, a dicho monopolio? ¿Pedirá entonces disculpas o sabrá aceptarlas si se las ofrecen? Porque, a poco que observemos, podremos contemplar que hay actitudes para todos los gustos. Ya se sea sujeto activo o pasivo; si incumple o le quebrantan lo prometido; si es quien cae y quien ve caer, ¿por qué acaba descubriendo cómo él mismo, o el de enfrente, no quiere, o no es capaz de llevar a cabo lo que en otro momento juraba y perjuraba? Nos queda aún contemplar la actitud tomada por cada miembro del binomio, bien cuando se es el vulnerador, o bien si se sufre el incumplimiento de alguna promesa. Y aunque ocurre que no importa tanto el golpe sino quien te lo da, las más de las veces, la víctima y el transgresor suelen engrandar o aminorar su pena uno y su culpa el otro, lo cual, a fuer de ser lo común, no nos parece justo, pero sí lógico, ya que el ego suele aflorar por encima de la verdad. Es el egoísmo y la falta de memoria de un sujeto que antes pensó en dos y ahora lo hace en uno. Aquello de que la universalidad siempre parte de la particularidad. Finalmente contemplaremos la resignación de otros. Recordemos como ejemplo, el pensar de aquel individuo que decía: “Yo lo que pido es que no me engañe mi mujer; y si me engaña, que no me entere; y si me entero, que no me dé coraje”. Sí amigos, solemos pedir demasiadas veces una relación sempiterna. Ya lo hacía también Gilda a finales de los años cuarenta del pasado siglo. Ramón Serrano G.

martes, 25 de diciembre de 2012

Amigo sueño

Amigo sueño Hoy, una de esas pocas noches que aún me visitas, mi muy querido y, ya, extraño sueño, quiero hablarte, y decirte que sabes bien que desde hace algún tiempo me tienes abandonado, o mejor dicho, no vienes a verme con la asiduidad en que lo hicieras antaño, y ello me hace sentirme mal, no tanto por la escasez de descanso para mis músculos, sino por la avalancha de pensamientos que en las horas nocturnas en las que tú no estás saturan mi mente de una manera despiadada. No te lo critico, ni te doy quejas de ello, porque sé que no eres tú el culpable de estas demasiado repetidas ausencias tuyas, que, con seguridad, se deben más a mi estado anímico que a tu incumplimiento, ya sea por retrasos en la venida, o por la completa incomparecencia. Con los años, a los hombres les van sucediendo demasiadas cosas y yo no tengo por qué ser la excepción. Muchas de ellas influyen, la mayoría de las veces para mal, tanto en lo físico como en la psique. Comprensiblemente, si ando mal y leo mal, lo más lógico es que tampoco duerma bien. Y aun en el raciocinio me las veo y me las deseo para actuar con acierto. Pero a todo esto me voy, o quisiera irme, acostumbrando. Por otra parte, me gustaría pensar que, tal vez, el origen de mis prolongadas vigilias esté en que no hace mucho releí las Coplas que Jorge Manrique hiciese a la muerte de su padre, y con ello avivé el seso, desperté, y mi alma, por entonces dormida, contempló cómo la vida se me iba pasando vertiginosamente y cómo el final se halla cada vez más cerca. Tanto que está ahí mismo, casi, casi, a la vuelta de esa esquina. Y observando las muchas limitaciones que la edad me va imponiendo, y por concederme un algo de sosiego, evoqué aquellos tiempos que para mí fueron más placenteros, sobre todo por la carencia de molestias e incordios y por la fuerza que otorga la juventud para la resolución (acertada, o no) de muchos problemas. Como es natural, hice la consabida comparación apoyándome, una vez más, en el autor que gustaba de utilizar las coplas castellanas y las de pie quebrado, y mi creencia fue, como es natural, que aquellos tiempos pasados fueron mejores. Ahí la erré. Y has de saber que le di muchas vueltas en mi meollo a lo de si estas o aquellas épocas tienen, o tuvieron, una mayor bondad. Y en esto he de darte las gracias, porque tus precarias apariciones concedían a mi seso un gran descanso y energía, y con ellas dedicaba un muy amplio espacio de tiempo para hacer luego cuantas consideraciones creyese oportunas. Y esas elucubraciones me llevaron a comprender que una gran parte de las gentes nos solemos apoltronar en ese estadio, aun cuando este nos tenga llenos de males y limitaciones, y que, además, nos conformemos, ¡pobres tontos! con evocar asiduamente unos tiempos que a nuestro parecer fueron mejores. Mas no debería ser así. La abulia y la inacción no van a remediar jamás nuestras carencias, sean estas del tipo que fueren. Lo cómodo, lo sencillo, todos lo sabemos, es decir: “¡Ay! Qué malo es el hoy y cuan bueno fue el ayer”. Pero debemos saltar de nuestro acomodo, y con las fuerzas que tengamos, vivir el momento, que cada edad tiene sus placeres, por lo que deberíamos acudir al carpe diem de Horacio. Y con la misma alegría que se va recibiendo lo poco bueno que ahora nos llega, hay que saber aguantar la venida de las limitaciones o de las adversidades. Y que si estas nos parecen ingentes, no lo serán de ese modo si sabemos vencerlas con la paciencia que nos ha de dar el poseer todo el tiempo del mundo, y la sabiduría que nos proporcionan los años vividos. Hemos de tener presente en todo momento que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, a ese mar que limita el reino de Hades. Saber que esos ríos, sean caudales o medianos, o más chicos, llegados al eterno destino, son iguales los que viven por sus manos y los ricos. Recordar, y obrar en consecuencia que partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos. Así que, cuando morimos, descansamos. Por ello, hemos de mentalizarnos que podremos soportar esta o aquella enfermedad, postrados o en pie, pero que nuestra vida no tendrá categoría de tal si hacemos del ocio y de la quietud, tanto del cuerpo como del alma, nuestros inseparables compañeros. Que aquél que hace de la holganza su profesión tendrá ya junto a él a la inevitable Átropos, aun cuando sus pulmones se sigan llenado de aire y la sangre todavía corra por sus venas. Por ello, por haberme dejado tanto tiempo para poder pensar y cerciorarme de todas estas cosas, quiero que sepas Sueño, mi antiguo y hoy extraño compañero, que tienes mi entera gratitud. Diciembre de 2012 Ramón Serrano G.