jueves, 7 de febrero de 2013

Lo necesario

Para F. G. de J. ,un gran ENSEÑANTE del que he aprendido, y sigo aprendiendo, muchas cosas buenas. Con inmensa gratitud. Afirma el escritor israelí Meir Shalev en uno de sus maravillosos libros: “¿Qué necesita una persona? No demasiado: algo dulce que comer, una historia que contar, y tiempo y espacio, y gladiolos en un jarrón, y dos amigos, y las cimas de dos colinas, una en la que vivir y otra a la que contemplar. Y dos ojos para ver los cielos, y esperar…” Shalev detalla así, con muy escasas pero exquisitas palabras, las necesidades humanas, y lo hace con una lirica, con una sensibilidad, que están reservadas exclusivamente para las grandes almas. Mantiene, rotunda y claramente, lo que es suficiente, o quizás imprescindible, para una buena existencia de los seres humanos. Y que, como puede verse, es muy poco para el cuerpo, tan sólo un algo, y todo lo demás, que eso sí es mucho, y que está precisa y delicadamente detallado, va exclusivamente destinado al espíritu. Además, lo finaliza con enorme espacio abierto a la ilusión. Quizás yo peque de imprudente, pero apoyándome en la memoria (de la que Cicerón decía: in senectute minuitor, nisi eam exerceas) me parece que en esta afirmación pudiera verse, al menos en parte, una cierta correlación con el impresionismo, cuando este quiere llevar al extremo la ley de mímesis, que significa imitación según Aristóteles, que es quien acuña el concepto, que ya fuese esbozado por su maestro Platón: “lo que no es precisamente copia del mundo real, sino imitación de lo ideal estéticamente grato, sensibilizado en lo material”. Y hago esta analogía, porque los pintores pertenecientes a ese movimiento artístico, comienzan a introducir trascendentales variantes en su forma de concebir y realizar sus obras. En primer lugar, se imponen el hacerlo “au plain air” (al aire libre), para después no pintar sólo aquello que ven, sino lo que sienten. No les preocupa tanto el modelo, como la luminosidad, el espacio y el cromatismo. O dicho de otro modo, que idealizan el paisaje que tienen ante sí. Y Shalev, hace algo similar, pero dificilísimo, al tiempo que nos muestra una obviedad: que se puede pintar con las palabras. Pero eso, tan manifiesto y ¡tan difícil!, sólo es capaz de verlo un genio, aunque todos lo tengamos delante de los ojos. Únicamente un sabio es susceptible de comprenderlo, sentirlo y expresarlo, aunque usted, y yo, y muchos de cuantos nos rodean, estemos más que hartos de saber que la apetencia insaciable de tener sin necesitar, es una de las peculiaridades más desarrolladas en el ser humano, tanto por haberlo experimentado en nosotros mismos, como por haberlo visto en nuestro derredor. Y, obsesionados por el afán de poseer cosas, muchas cosas, ingentes cantidades de cosas, nos quedamos sin algo dulce que comer, sin amigos, sin historias que contar, sin gladiolos en un jarrón, sin… Porque casi nunca estamos satisfechos, ya que creemos que nos falta algo, sin recapacitar que, a quien piensa así, siempre habrá algo que le faltará. Y aún así, y también cuando disponemos de todo (y no conozco a nadie que diga, o piense, que no necesita nada más que lo que ya posee) no nos solemos acordar de aquellos a los que les falta algo. O casi todo. O todo. Aquellos que no tienen ni siquiera lo imprescindible, cosa esta también muy relativa, ya que para unos algo en particular es preciso, incluso vital, mientras que, para otros, ese algo puede suponer una cosa superflua y despreciable. Pero lamentablemente la vida es así. Siempre ha sido de este modo, y, seguro estoy, que sucederá igualmente en el futuro. Algo similar a lo que dice aquel viejo proverbio cuando asegura que los árboles no nos dejan ver el bosque. Nos embelesamos (nos minimizamos) observando tan sólo a quienes tenemos a nuestro lado, y lo hacemos tan intensamente, que no llegamos a pensar en que, tras ellos, existe una humanidad casi entera con problemas, con circunstancias adversas para poder llevar una vida, no ya digna, sino superable. Usted, y yo, sabemos que hoy, en el siglo XXI d.C., siguen existiendo esos ansiosos egoístas que mucho quieren, que mucho necesitan, y que mucho luchan, con las armas o con los medios que hayan menester, para lograr sus objetivos, sin darse cuenta -tan lelos y cortos de vista son- que están perdiendo el disfrute de las muchas cosas buenas que tiene la vida cuando se sabe reparar en ellas. Esto me ha llevado a recordar que Meir Shalev nos dice lo poco que necesita una persona. Y ¡qué cierto es! lo que dice el escritor israelí. Ramón Serrano G. Febrero de 2013

jueves, 24 de enero de 2013

Mi admiración

Vengo a expresar mi más profunda admiración por todos aquellos que en el día de hoy, estando como está la vida, mantienen alguna ideología, sea esta del tipo que sea, creen en ella, y hasta obran de acuerdo con sus doctrinas. Pero antes de continuar, pido una vez más que nadie vea en estas líneas nada autobiográfico, pues a lo largo de todos mis escritos he cuidado muy mucho de no demostrar profesión por ningún credo (cosa muy distinta es que lo tenga, o no), ya sea este político o religioso. Y no voy a romper ahora esta norma. Quiero manifestar también, que aunque nunca he dado indicios de si soy ateo o creyente, monárquico o republicano, respeto profundamente a quienes sí lo sean, y manifiesto que a los hombres se les ha de juzgar por sus actos y no por sus palabras. Aunque en realidad no he debido utilizar el verbo respetar, cuando lo que quiero hacer es mostrar mi asombro y, por qué no decirlo, también mi envidia, ante los que creen de verdad; ante los que piensan que hay dogmas que seguir para encontrar una vida más feliz (y no se tome este adjetivo por el sinónimo de placentera); ante los que quieren acomodar su espíritu a determinadas reglas de conducta; en una palabra, ante los que tienen fe, y, permítaseme recordar, que fe es la convicción de que algo existe, sin que ello esté confirmado por la razón o la propia experiencia. Y que está sabia y brevemente expresado en el dicho popular que dice que más vale creer que ver. El ser humano toma siempre tres actitudes sobre todas las cosas, pero, como es obvio, nos referiremos únicamente a las que adopta sobre su valor más importante: su espíritu. Hay quien no se ocupa en absoluto de él; quien lo mira con un pasotismo en un mayor o menor grado, y de esto hablaremos después; y quien, con una muy gran sensatez, le da el protagonismo importante y trascendental que tiene. Tratemos de verlo. No son pocos, aunque pienso que desgraciadamente constituyen minoría, los que atienden a su alma. Y aunque son muchas las facetas desde las que se puede encarar este aguzamiento, voy a citar dos de ellas, y que son de las que, precisamente, nunca hablo. Es la primera, el rechazo o la admisión de la religión, como el conjunto de creencias sobre la divinidad, las prácticas y cultos, el más allá, etc., etc. La segunda es la afinidad política de cada cual sobre el sistema de gobierno más deseable y beneficioso para las gentes. Como tema trascendental que es, serían millones las citas que podríamos hacer sobre las distintas confesiones y negaciones de ellas que han sido, son, y serán en el mundo, y al hacerlo no me quiero referir, en absoluto, de los que han acudido a ello para conseguir un medio de vida. Pero no estoy aludiendo a los que han estudiado y preparado esos temas para alcanzar una profesión, los sacerdotes, por ejemplo. Para mí todas, menos las que acabo de eliminar, son válidas y dignas de ser tenidas en cuenta. Aunque mucho más valioso me parece el esfuerzo que millones y millones de personas se han tomado, se toman, y se tomarán, por aprender todo lo que pueden sobre estos temas, y adecuar su conducta a su credo, dándole la importancia que tiene, que es muchísima. Caso similar, es el de la preferencia política al que podemos aplicar cuanto acabamos de decir sobre la religión o el descreimiento. Es muy hermoso ver cómo hay gente que tiene convicciones; que piensa que hay cosas intangibles, pero muy valiosas, por las que vale la pena hacer los esfuerzos que sean necesarios, primero para conocerlas debidamente, y después, para que sean conocidas por el mayor número de seres, y que estos puedan beneficiarse de ellas. Y luchan por esto, aun a sabiendas de que pueden equivocarse, pero también saben que quien no pelea está equivocado de antemano. Al igual que saben, que lo verdaderamente importante es llegar, y que para hacerlo han de caer muchas veces, pero que tienen siempre la sensatez y la gallardía de levantarse cada una de esas veces en las que se han dado de bruces. Porque todos estos a los que me refiero, no son aquellos que han oído un sermón, o una proclama, y se han tragado lo que les dijeron, sin más, sin preocuparse de conocerlo, sino que, inquietados por la indudable esencia de lo que acaban de escuchar, se ponen a su estudio y a su cumplimiento posterior. En una palabra, porque tienen fe en ello. Una fe que les concede la esperanza necesaria para ir venciendo cuantas dificultades les salgan al encuentro, aun a sabiendas de que no serán pocas. Y a pesar de que normalmente se obra por la decepción de lo sucedido, quien tiene fe no se conforma con ello, y piensa, recapacita, estudia, y luego da por bueno, o no, ese pensamiento. A esos son a los que yo aplaudo. A esas inmensas “minorías”, que son capaces de trabajar con gran intensidad y entusiasmo por desarrollar y defender los valores espirituales en los que creen, llevarlos a la práctica, cumplirlos con minuciosidad monástica, y catequizar a cuantos pueden, pero siempre, en todos y cada una de estas obras, actuando siempre con la mayor educación, y nunca, pero nunca, con radicalismo u obsoletos fundamentalismos por nimios que estos sean, sino aceptando, e incluso valorando, a aquél que no tiene sus mismas opiniones. A esos, repito, son a los que yo admiro y aplaudo, y no a los que dicen creer pero no viven esas creencias; a quienes las trivializan; a los que las niegan sin haberse tomado la menor molestia en averiguar su esencia, o a los que “pasan” de ellas, pues sólo valoran los asuntos corporales. ¡Pobres bobos! Ramón Serrano G. Enero de 2013

viernes, 11 de enero de 2013

Love me for ever

Love me for ever A principios del año 1948 se estrenó en España una magnífica película y por ella, por su causa, se expandieron, como un reguero de pólvora, millones de comentarios. Pero no fue la bondad del film, ni el espléndido trabajo de sus principales actores, Rita Hayworth y Glenn Ford, los que motivaron tantos y tan diversos chismorreos. Todo se debió a que la cinta, que tenía por título Gilda, fue calificada por la censura civil y la eclesiástica como ¡NEGRA! ¡Con un 4! Y ello, en aquellos tiempos, conllevaba la prohibición absoluta de su visión, bajo la pena de caída en pecado mortal, y, si no recuerdo mal, incluso de excomunión. Y el consiguiente morbo disparó todas las alarmas sociales. Pero, ¿qué ocurría en ella para que hubiese sido calificada de ese modo? Pues, para asombro de propios y extraños, nada más y nada menos que Gilda, la protagonista, cantaba dos canciones -Amado mío y Put he Blame on Mame- con movimientos, en ambas, demasiado sensuales. Además que, durante el desarrollo de la segunda, se veía, según decían, un strip-tease de la actriz, aunque, en realidad, únicamente se quitaba un guante. Y por último, que el actor propinaba después a su pareja una sonora bofetada. Por tales motivos, en todos los lugares, en cualquier sitio, no se hablaba de otra cosa, y esos múltiples cuchicheos llegaron a despertar en los que entonces éramos “diezañeros”, y en otros bastante mayores, adultos y senescentes incluidos, elucubraciones y sueños de todo tipo y naturaleza. Pero yo vengo a hablar hoy aquí, no de todos esos alborotos que la película propició, sino de una estrofa de la primera canción citada, que nosotros solemos también utilizar con excesiva frecuencia. Gilda pide en ella, repetidas veces, que la amen por siempre (..love me for ever..) lo cual no es más que una reiterada petición que los seres humanos también venimos haciendo insistentemente a lo largo de toda nuestra historia. Efectivamente, si algo nos gusta, si de algo estamos realmente satisfechos, si con algo pensamos que seremos felices en adelante, y sobre todo en lances de amoríos, lo pedimos y lo solicitamos con gran encarecimiento y para siempre. Y hacemos precipitadamente, muchas veces, demasiadas veces, un ruego o un ofrecimiento que anhelamos en ese instante, sí, pero que no sabemos si seremos capaces de cumplir en el futuro. Apuntemos un recuerdo para un refrán que aparece en el Quijote y que dice:.. promesas de enamorados son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir. Efectivamente, solemos dar, y exigir, ofertas de sentimientos o acciones harto trascendentes, sin habernos detenido demasiadas veces, ni por un instante, a pensar si podremos mantenerlas pasado el tiempo, bien por nuestra voluntad, o bien por ajenas razones. Y eso no debería ser así. Ofuscados por la consecución de algo pedimos y ofrecemos, demasiado “alegremente”, algo for ever Hay otra perspectiva desde la que debe observarse también la petición de la que vengo hablando, y esta es la de la oferta, y la esperanza, de la exclusividad. Pero, digo yo, ¿piensa en alguna ocasión el ofrecedor o el recibiente en el mantenimiento de ella in aeternum, y cuál va a ser su comportamiento si falta, o le faltan, a dicho monopolio? ¿Pedirá entonces disculpas o sabrá aceptarlas si se las ofrecen? Porque, a poco que observemos, podremos contemplar que hay actitudes para todos los gustos. Ya se sea sujeto activo o pasivo; si incumple o le quebrantan lo prometido; si es quien cae y quien ve caer, ¿por qué acaba descubriendo cómo él mismo, o el de enfrente, no quiere, o no es capaz de llevar a cabo lo que en otro momento juraba y perjuraba? Nos queda aún contemplar la actitud tomada por cada miembro del binomio, bien cuando se es el vulnerador, o bien si se sufre el incumplimiento de alguna promesa. Y aunque ocurre que no importa tanto el golpe sino quien te lo da, las más de las veces, la víctima y el transgresor suelen engrandar o aminorar su pena uno y su culpa el otro, lo cual, a fuer de ser lo común, no nos parece justo, pero sí lógico, ya que el ego suele aflorar por encima de la verdad. Es el egoísmo y la falta de memoria de un sujeto que antes pensó en dos y ahora lo hace en uno. Aquello de que la universalidad siempre parte de la particularidad. Finalmente contemplaremos la resignación de otros. Recordemos como ejemplo, el pensar de aquel individuo que decía: “Yo lo que pido es que no me engañe mi mujer; y si me engaña, que no me entere; y si me entero, que no me dé coraje”. Sí amigos, solemos pedir demasiadas veces una relación sempiterna. Ya lo hacía también Gilda a finales de los años cuarenta del pasado siglo. Ramón Serrano G.

martes, 25 de diciembre de 2012

Amigo sueño

Amigo sueño Hoy, una de esas pocas noches que aún me visitas, mi muy querido y, ya, extraño sueño, quiero hablarte, y decirte que sabes bien que desde hace algún tiempo me tienes abandonado, o mejor dicho, no vienes a verme con la asiduidad en que lo hicieras antaño, y ello me hace sentirme mal, no tanto por la escasez de descanso para mis músculos, sino por la avalancha de pensamientos que en las horas nocturnas en las que tú no estás saturan mi mente de una manera despiadada. No te lo critico, ni te doy quejas de ello, porque sé que no eres tú el culpable de estas demasiado repetidas ausencias tuyas, que, con seguridad, se deben más a mi estado anímico que a tu incumplimiento, ya sea por retrasos en la venida, o por la completa incomparecencia. Con los años, a los hombres les van sucediendo demasiadas cosas y yo no tengo por qué ser la excepción. Muchas de ellas influyen, la mayoría de las veces para mal, tanto en lo físico como en la psique. Comprensiblemente, si ando mal y leo mal, lo más lógico es que tampoco duerma bien. Y aun en el raciocinio me las veo y me las deseo para actuar con acierto. Pero a todo esto me voy, o quisiera irme, acostumbrando. Por otra parte, me gustaría pensar que, tal vez, el origen de mis prolongadas vigilias esté en que no hace mucho releí las Coplas que Jorge Manrique hiciese a la muerte de su padre, y con ello avivé el seso, desperté, y mi alma, por entonces dormida, contempló cómo la vida se me iba pasando vertiginosamente y cómo el final se halla cada vez más cerca. Tanto que está ahí mismo, casi, casi, a la vuelta de esa esquina. Y observando las muchas limitaciones que la edad me va imponiendo, y por concederme un algo de sosiego, evoqué aquellos tiempos que para mí fueron más placenteros, sobre todo por la carencia de molestias e incordios y por la fuerza que otorga la juventud para la resolución (acertada, o no) de muchos problemas. Como es natural, hice la consabida comparación apoyándome, una vez más, en el autor que gustaba de utilizar las coplas castellanas y las de pie quebrado, y mi creencia fue, como es natural, que aquellos tiempos pasados fueron mejores. Ahí la erré. Y has de saber que le di muchas vueltas en mi meollo a lo de si estas o aquellas épocas tienen, o tuvieron, una mayor bondad. Y en esto he de darte las gracias, porque tus precarias apariciones concedían a mi seso un gran descanso y energía, y con ellas dedicaba un muy amplio espacio de tiempo para hacer luego cuantas consideraciones creyese oportunas. Y esas elucubraciones me llevaron a comprender que una gran parte de las gentes nos solemos apoltronar en ese estadio, aun cuando este nos tenga llenos de males y limitaciones, y que, además, nos conformemos, ¡pobres tontos! con evocar asiduamente unos tiempos que a nuestro parecer fueron mejores. Mas no debería ser así. La abulia y la inacción no van a remediar jamás nuestras carencias, sean estas del tipo que fueren. Lo cómodo, lo sencillo, todos lo sabemos, es decir: “¡Ay! Qué malo es el hoy y cuan bueno fue el ayer”. Pero debemos saltar de nuestro acomodo, y con las fuerzas que tengamos, vivir el momento, que cada edad tiene sus placeres, por lo que deberíamos acudir al carpe diem de Horacio. Y con la misma alegría que se va recibiendo lo poco bueno que ahora nos llega, hay que saber aguantar la venida de las limitaciones o de las adversidades. Y que si estas nos parecen ingentes, no lo serán de ese modo si sabemos vencerlas con la paciencia que nos ha de dar el poseer todo el tiempo del mundo, y la sabiduría que nos proporcionan los años vividos. Hemos de tener presente en todo momento que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, a ese mar que limita el reino de Hades. Saber que esos ríos, sean caudales o medianos, o más chicos, llegados al eterno destino, son iguales los que viven por sus manos y los ricos. Recordar, y obrar en consecuencia que partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos. Así que, cuando morimos, descansamos. Por ello, hemos de mentalizarnos que podremos soportar esta o aquella enfermedad, postrados o en pie, pero que nuestra vida no tendrá categoría de tal si hacemos del ocio y de la quietud, tanto del cuerpo como del alma, nuestros inseparables compañeros. Que aquél que hace de la holganza su profesión tendrá ya junto a él a la inevitable Átropos, aun cuando sus pulmones se sigan llenado de aire y la sangre todavía corra por sus venas. Por ello, por haberme dejado tanto tiempo para poder pensar y cerciorarme de todas estas cosas, quiero que sepas Sueño, mi antiguo y hoy extraño compañero, que tienes mi entera gratitud. Diciembre de 2012 Ramón Serrano G.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Querido Esteban

Querido Esteban: Creo que ya sabes (tienes muchos motivos para ello) que, junto a ti, he vivido una de las experiencias más agradables que he tenido desde hace mucho tiempo. Algo me diste que no esperaba encontrar nunca, y que me ha llegado por sorpresa. Una maravillosa sorpresa que no olvidaré jamás. Estoy segura. Pero tengo la impresión de que esa agradable vivencia ha acabado, ya que, a partir de un determinado momento, tu actitud ha cambiado enormemente. Ese bienestar, esa satisfacción que mostrabas siempre conmigo, se ha tornado en prisas, ocupaciones y problemas. Tengo plena conciencia de que estos existen y que estás luchando mucho, muchísimo, por vencerlos porque te va mucho en ello. Sé, o espero, que lo lograrás, y pronto. Pero, sinceramente pienso, aunque quizás pueda estar equivocada, que no es esa la auténtica y única causa de tu actual distanciamiento para conmigo. Me imagino que viste primordialmente en mí a alguien que podría ayudarte a salvar la situación. Tú mismo hablabas una vez, “poniéndole voz a tus pensamientos”, dijiste, que una posible solución al mal momento que estabas atravesando podría ser el emigrar como los antiguos indianos y ver de encontrar algo allende las fronteras con lo que cubrir tus necesidades. Era una locura, decías, ya que si ellos vienen, ¿a qué voy a marchar yo allí? Pero no querías aguantar más en esa situación. Me pediste entonces que hiciese alguna gestión de tipo económico en tu ayuda. Y la hice de inmediato, lo sabes, pero fracasé porque mi situación monetaria actual, como la de la mayoría de los de nuestro entorno, no es que sea penosa pero sí está ajustadísima, hasta el punto de que no puedo hacer ningún gasto extraordinario por pequeño que este sea. Hubo además otras circunstancias que dificultaron mi ayuda, y también las conoces. Quise ayudarte, ten la plena seguridad de que quise auxiliarte, pero no pude. Exactamente eso: NO PUDE. Y ello te ha apartado de mí. También lo dijiste: “Cuando uno entrega algo, tiene derecho a pedir y recibir”. Y llevas razón, pero siempre que se lo estemos pidiendo a quien tenga algo para dar. De cualquier forma quiero pensar que esto es una falsa apreciación mía, porque tú mismo me has asegurado repetidas veces que, en cuanto solventes tu problema, y se calme tu ánimo, volverás a ser el de antes. ¡Cuánto me agradaría que así fuese! Principalmente porque se hayan resuelto tus conflictos, que te lo mereces, y luego para que vuelvas a ser como eras. Pero, si me permites la duda, me temo que esto último no sucederá. No puedo, ni quiero, ni debo, juzgar tu actitud. ¿Quién soy yo para hacerlo? En cualquier caso, la acepto y la respeto. Pero, de cualquier modo, deseo reiterarte algo que ya te he dicho anteriormente. Primero, que para lo que esté dentro de mis posibilidades, me tienes a tu disposición. Segundo, que te estaré agradecida por haberme proporcionado muchas más cosas de las que podía esperar e, incluso, que mereciera. Y tercero, porque, pese al recelo antes indicado, sigo y seguiré esperando que, como tú mismo me has asegurado en varias ocasiones, un día vuelva a sonar el teléfono y sea una llamada tuya. También puedes tener la certeza de que si volvemos a juntarnos, y ¡ojalá y así sea!, esta vez será por mucho tiempo. Ignoro qué me tendrá reservado la vida en los años que me queden, pero no me veo dispuesta a renunciar de nuevo a tantas cosas maravillosas que supiste darme. Así pues, no olvides que cuando quieras o puedas, si es que vuelves a querer o poder, mi puerta estará siempre abierta para ti. Atenta y cariñosamente, tu amiga Paula Ramón Serrano G.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Meduseo

Para A.T., con mi agradecimiento. -Luis - le dije-, en mi raza los animales sólo buscamos a la hembra con una finalidad, y conseguida esta, ya convivimos con ella tranquilamente. Pero he observado que, en la vuestra, concedéis a la mujer muchas virtudes y condiciones, con gran acierto eso sí, pero esto os lleva a depender de ella unas veces, y otras, que no pocas, a bailar al son que ellas tangen. - Pues he de responderte, Luca, que tienes buenas dotes de escarcuñador, que así es ahora, y así viene ocurriendo desde que el homo erectus dejó paso al hombre actual. Y ello se debe a que siempre se ha sabido reconocer la inmensa valía de las féminas, aun cuando no en todas las ocasiones se haya obrado de acuerdo a ese reconocimiento. “Pobres necios que acusáis…” que dijo Sor Juana Inés. -Sabrás - prosiguió nuestro amigo- que, ya en la antigüedad, la mujer obsesionaba a la sociedad por las más diversas razones, cosa esta suficientemente demostrada. En unas épocas, porque gobernaban (recordemos, aun cuando sólo sea citándolas, la ginarquía y la ginecocracia). En otras, porque se le concedían facultades poco comunes, como la profecía o la adivinación (ahí tenemos a la sibila délfica representada en la Capilla Sixtina por Miguel Ángel). Y en la Edad Media, por ejemplo, porque era “el peligro” para los frailes y beatos, quienes tenían siempre presente a los enemigos del alma, mundo, demonio y carne (sobre todo, y ante todo, la carne), por lo que a esta se la veía sólo relacionada con la concupiscencia, y esto les obligaba –muy a su pesar- al voto de castidad, mientras que para otros, poetas y caballeros, la mujer era el mayor ideal al que podían aspirar. -Y para demostrar la enorme valía femenina, traigamos a la memoria sólo a unas pocas mujeres. Evoquemos a Nefertiti, reina de belleza inmensa. A Hypatia, filósofa y científica. A Juana de Arco, heroína. A Lady Godiva que exhibió su desnudez en aras de una justa causa. O a María Sklodowska, química y física de una bien ganada fama internacional. Pero, ¡a qué seguir! Tan sólo he de pregonar una vez más, y a voz en cuello, que la mayor maravilla que pueda hallarse en este universo mundo en el que vivimos es, sin duda alguna, la mujer, y nadie venga a reprocharme que es tema este que ya tengo tratado anteriormente, ya que le contestaría que las cosas verdaderas y valiosas ( y esta afirmación lo es, y mucho) se han de decir no siete, sino setenta veces siete. -Pero no es tan sólo por las hembras famosas por lo que quiero confirmar la veracidad de tu observación e insistir en la mía, sino por esos millones y millones de mujeres, humildes, sencillas y desconocidas, que en el mundo son, han sido, y seguirán siendo, las cuales han logrado, sublimemente, que la vida haya llegado a ser maravillosa para muchos en muchas ocasiones. Citaré, para demostrarlo, únicamente dos de sus virtudes. Una de estas dos facetas aludidas, es su laboriosidad, que se desdobla, y en ambas mitades, se funde con su gran sentido económico y programador. ¡Cuántas y cuántas familias en todo el universo han salido a flote gracias al trabajo serio, duro, eficiente y callado de una madre de familia! Nunca se le reconocerá y agradecerá lo bastante. -Pero donde más destaca el elemento femenino es en su forma de concebir el Amor y en darlo. Y observarás que hablo del Amor con mayúscula. En todas las acepciones y modos que lo queramos contemplar, el Amor es una obra excelsa, y la hembra su intérprete más exquisito. Te pongo un ejemplo. El concierto para piano nº 1 de Chopin, el Op. 11, es algo sublime, pero si lo oyes ejecutado por Rubinstein creerás estar en el cielo. Aquí ocurre igual. Puede pensar en un amor carnal -recordemos a la inconmensurable Melibea-, e incluso, puede que si rechaza este, esté sintiendo la represión a la que ha estado obligada desde niña, y de la que posiblemente se protegerá por un instinto maternal. -Mas dejando a un lado esta faceta carnal del Amor, hablaremos, aun cuando sea sucintamente, de él en alguno de sus otros matices. En el conyugal, filial, amistoso, o social, la señora, la hija, la amiga, o la compañera, sabrá dar y obtener del Amor un jugo sempiterno, ya que es sabido que la mujer dejará de amar a quien ella haya entregado su corazón el día que el pintor pinte sobre una tela el sonido de una lágrima, pues su sabieza les hace percatarse desde el inicio de la vida en este mundo, que lo único que puede hacer vivir a una persona es estar enamorada, pues si no, su vida será un no, un sobre, un mal vivir, con seguridad absoluta. Y tal vez ni tan siquiera eso; sencillamente vegetar. -Y por ello, ella, como sin darse cuenta, como si nada hiciera, siembra, riega, cuida el maravilloso y fértil campo del Amor, y no encontraremos en el transcurrir de los tiempos a una labriega u hortelana y, a la vez, administradora, más generosa y más rácana, pues siempre ha sabido, y sabe, dar lo justo, y, casi siempre, un poco menos de lo que atesora, para dejar encelado y deseoso a su amante. -Que esa es otra, y con esto acabo, amigo Luca. Pues si te he ponderado a la mujer en sus múltiples aspectos amorosos, digamos que sabe llegar al cénit de sus prodigios, a la quintaesencia de su maravilloso arte amatorio, cuando se pone a dar achares a su enamorado. ¿Que qué son achares? Pues un arte que ellas dominan increíblemente y con el que consiguen que el pobre, salte, brinque, ande por la cuerda floja, para luego venir dócilmente a beber de la mano de su amada como si fuese un potrillo bien domado. -Porque dime tú, amigo mío, qué habrá de hacer un hombre cuando la zagala por la que bebe los vientos le dice en un susurro: “No quiero que te vayas, ni que te quedes./ Ni que me dejes sola, ni que me lleves./ Quiero tan sólo…/ De ti,… no quiero nada./ Lo quiero todo.”. -¡Ay Luca, Luca! No olvides nunca que lo más simplista que puede hacer un hombre con una mujer es practicar el acto sexual, mientras que lo más excelso que pueden hacer un hombre y una mujer es el Amor. Cómo te explicaría yo, para que entendieses perfectamente y lo comprendieras, que una mujer, y más si está enamorada, es algo meduseo. Lo más maravilloso de la naturaleza. Ramón Serrano G. Noviembre de 2012

jueves, 18 de octubre de 2012

Los epitafios

En todas las épocas, todas los civilizaciones, y todos los pueblos, han mantenido costumbres en su forma de vivir, y de morir, que les han sido más o menos útiles, y que, por suponerlas beneficiosas en la mayoría de las veces, han mantenido durante mucho tiempo, hasta que han descubierto y adoptado otras, las cuales les han parecido mejores por distintas razones que no vienen hoy al caso. Cabe señalar que esos cambios también se han llegado a producir no por lograr lo óptimo, sino, únicamente, por ese deseo humano de hacer nuevas cosas para estar con ello a la moda. Y convendrás conmigo, amable lector, en que esto es tan axiomático que no necesita explicación o ejemplo alguno que lo confirme. Quiero hablarte hoy por eso de hábitos funerarios, deseando que con ello no te dé el yuyu y continúes leyendo. En realidad no sé bien por qué he escogido el tema. Tal vez sea porque, como ya van siendo muchos los años que tengo, presiento que no ha de ser mucho lo que tarde en venir a por mí mi amiga Átropos, y pienso en ella sin temor alguno, haciéndolo tan sólo porque es sabido aquello de que: … de la abundancia del corazón… (Lucas 6-45), y porque, al acordarme de esa entrañable desconocida, lo hago apoyándome en el insigne Quevedo, cuando dice: “…Oh, cómo te deslizas, edad mía! ¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría, que con callados pies todo lo igualas!” Decía entonces que me voy a referir a los usos que las gentes tenían en relación a la muerte, y aunque “tocaré” de pasada algunos, me detendré un tanto más en los epitafios. No traeré a colación a las consabidas pirámides egipcias, o a las plañideras, aludidas en otras ocasiones, pero sí quiero tener un ligero recuerdo para los testimonios del luto en el vestir masculino en los años 40 y 50 del pasado siglo. Entonces, si el finado era familiar muy próximo y el deudo tenía posibles, este vestía un terno y sombrero negros como la pena. Eso en las ciudades, que en los pueblos era negra hasta la camisa. Pero si la economía no daba para la adquisición de un traje, lo que se hacía era colocar un brazalete bruno en la parte superior de la manga izquierda de la chaqueta, para luego, transcurrido algún tiempo, sustituirlo por un triángulo del mismo color en la solapa. Pero pasemos al tema del que quiero ocuparme. En casi todos los enterramientos se suelen dar dos condiciones, aparte de las legales, sanitarias, etc., y que son el mantenimiento del recuerdo de una persona, ya sea por deseo de los familiares del difunto o por el “ego” del mismo. De ahí que por la voluntad de aquellos, o de este, se llegue a la construcción de nichos, sepulturas o panteones, de poca o mucha “relevancia”. Pero en bastantes ocasiones no acaba ahí el afán, más o menos gustoso, de perpetuar la memoria de un determinado individuo. Viene entonces la inscripción de un epitafio sobre la cubierta de la fosa. Y puedo asegurarles que los hay para todos los gustos. Unos jocosos, otros profundos. Desde los realizados por gente corriente, hasta los creados por mentes preclaras. Ahí van algunos ejemplos de unos y otros: Si queréis los mayores elogios, moríos.- Enrique Jardiel Poncela. Ya decía yo que ese médico no valía mucho.- Miguel Mihura. Disculpe que no me levante, señora.- Groucho Marx. Que los amigos aplaudan. La comedia se ha acabado.- L.V. Beethoven. Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo.- Miguel de Unamuno. Aquí descansa mi querida esposa. Señor, recíbela con la misma alegría con la que yo te la mando.- Desconocido. Fulano de tal. Q.E.P.D. Recuerdo de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada.- En un cementerio salmantino. No envidiéis la paz de los muertos.- Nostradamus. Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen, humedece su polvo con una lágrima.- Lord Byron. Aquí yace el rey de los actores. Ahora hace de muerto, y la verdad es que lo hace bien.- Moliere. El sol se oculta y aparece de nuevo, pero cuando nuestra efímera luz se esconde, es para siempre y el sueño, eterno.- Cayo Valerio Cátulo. Y por último, tras hacer una manifestación de admiración y gratitud hacia los que a su muerte donan sus órganos, o todo su cuerpo, para beneficio de sus semejantes o de la ciencia, opción esta a la que me he unido con la mayor satisfacción, me queda hablar de la incineración, otra alternativa para la disposición final de los cadáveres, que ya se practicaba en el III y II milenio a. de C., que ahora se ha vuelto a poner de actualidad, y que también fue anteriormente mi pretensión para cuando llegase mi hora. No he de decir todos los motivos de estos deseos, por lo que diré tan sólo que algo de ello se debe a que, siendo así, o sea obrando según mi gusto, no tendré habitáculo que me recoja, y al no existir aquél, no habrá inscripción alguna sobre mis restos. Entonces, sólo quedaré, si es que me mantengo, en la memoria de aquellos que alguna vez me recuerden. Y ¡ojalá!, que si lo hacen, sea por algo bueno. Ramón Serrano G. Octubre de 2012