jueves, 1 de noviembre de 2012
Meduseo
Para A.T., con mi agradecimiento.
-Luis - le dije-, en mi raza los animales sólo buscamos a la hembra con una finalidad, y conseguida esta, ya convivimos con ella tranquilamente. Pero he observado que, en la vuestra, concedéis a la mujer muchas virtudes y condiciones, con gran acierto eso sí, pero esto os lleva a depender de ella unas veces, y otras, que no pocas, a bailar al son que ellas tangen.
- Pues he de responderte, Luca, que tienes buenas dotes de escarcuñador, que así es ahora, y así viene ocurriendo desde que el homo erectus dejó paso al hombre actual. Y ello se debe a que siempre se ha sabido reconocer la inmensa valía de las féminas, aun cuando no en todas las ocasiones se haya obrado de acuerdo a ese reconocimiento. “Pobres necios que acusáis…” que dijo Sor Juana Inés.
-Sabrás - prosiguió nuestro amigo- que, ya en la antigüedad, la mujer obsesionaba a la sociedad por las más diversas razones, cosa esta suficientemente demostrada. En unas épocas, porque gobernaban (recordemos, aun cuando sólo sea citándolas, la ginarquía y la ginecocracia). En otras, porque se le concedían facultades poco comunes, como la profecía o la adivinación (ahí tenemos a la sibila délfica representada en la Capilla Sixtina por Miguel Ángel). Y en la Edad Media, por ejemplo, porque era “el peligro” para los frailes y beatos, quienes tenían siempre presente a los enemigos del alma, mundo, demonio y carne (sobre todo, y ante todo, la carne), por lo que a esta se la veía sólo relacionada con la concupiscencia, y esto les obligaba –muy a su pesar- al voto de castidad, mientras que para otros, poetas y caballeros, la mujer era el mayor ideal al que podían aspirar.
-Y para demostrar la enorme valía femenina, traigamos a la memoria sólo a unas pocas mujeres. Evoquemos a Nefertiti, reina de belleza inmensa. A Hypatia, filósofa y científica. A Juana de Arco, heroína. A Lady Godiva que exhibió su desnudez en aras de una justa causa. O a María Sklodowska, química y física de una bien ganada fama internacional. Pero, ¡a qué seguir! Tan sólo he de pregonar una vez más, y a voz en cuello, que la mayor maravilla que pueda hallarse en este universo mundo en el que vivimos es, sin duda alguna, la mujer, y nadie venga a reprocharme que es tema este que ya tengo tratado anteriormente, ya que le contestaría que las cosas verdaderas y valiosas ( y esta afirmación lo es, y mucho) se han de decir no siete, sino setenta veces siete.
-Pero no es tan sólo por las hembras famosas por lo que quiero confirmar la veracidad de tu observación e insistir en la mía, sino por esos millones y millones de mujeres, humildes, sencillas y desconocidas, que en el mundo son, han sido, y seguirán siendo, las cuales han logrado, sublimemente, que la vida haya llegado a ser maravillosa para muchos en muchas ocasiones. Citaré, para demostrarlo, únicamente dos de sus virtudes. Una de estas dos facetas aludidas, es su laboriosidad, que se desdobla, y en ambas mitades, se funde con su gran sentido económico y programador. ¡Cuántas y cuántas familias en todo el universo han salido a flote gracias al trabajo serio, duro, eficiente y callado de una madre de familia! Nunca se le reconocerá y agradecerá lo bastante.
-Pero donde más destaca el elemento femenino es en su forma de concebir el Amor y en darlo. Y observarás que hablo del Amor con mayúscula. En todas las acepciones y modos que lo queramos contemplar, el Amor es una obra excelsa, y la hembra su intérprete más exquisito. Te pongo un ejemplo. El concierto para piano nº 1 de Chopin, el Op. 11, es algo sublime, pero si lo oyes ejecutado por Rubinstein creerás estar en el cielo. Aquí ocurre igual. Puede pensar en un amor carnal -recordemos a la inconmensurable Melibea-, e incluso, puede que si rechaza este, esté sintiendo la represión a la que ha estado obligada desde niña, y de la que posiblemente se protegerá por un instinto maternal.
-Mas dejando a un lado esta faceta carnal del Amor, hablaremos, aun cuando sea sucintamente, de él en alguno de sus otros matices. En el conyugal, filial, amistoso, o social, la señora, la hija, la amiga, o la compañera, sabrá dar y obtener del Amor un jugo sempiterno, ya que es sabido que la mujer dejará de amar a quien ella haya entregado su corazón el día que el pintor pinte sobre una tela el sonido de una lágrima, pues su sabieza les hace percatarse desde el inicio de la vida en este mundo, que lo único que puede hacer vivir a una persona es estar enamorada, pues si no, su vida será un no, un sobre, un mal vivir, con seguridad absoluta. Y tal vez ni tan siquiera eso; sencillamente vegetar.
-Y por ello, ella, como sin darse cuenta, como si nada hiciera, siembra, riega, cuida el maravilloso y fértil campo del Amor, y no encontraremos en el transcurrir de los tiempos a una labriega u hortelana y, a la vez, administradora, más generosa y más rácana, pues siempre ha sabido, y sabe, dar lo justo, y, casi siempre, un poco menos de lo que atesora, para dejar encelado y deseoso a su amante.
-Que esa es otra, y con esto acabo, amigo Luca. Pues si te he ponderado a la mujer en sus múltiples aspectos amorosos, digamos que sabe llegar al cénit de sus prodigios, a la quintaesencia de su maravilloso arte amatorio, cuando se pone a dar achares a su enamorado. ¿Que qué son achares? Pues un arte que ellas dominan increíblemente y con el que consiguen que el pobre, salte, brinque, ande por la cuerda floja, para luego venir dócilmente a beber de la mano de su amada como si fuese un potrillo bien domado.
-Porque dime tú, amigo mío, qué habrá de hacer un hombre cuando la zagala por la que bebe los vientos le dice en un susurro: “No quiero que te vayas, ni que te quedes./ Ni que me dejes sola, ni que me lleves./ Quiero tan sólo…/ De ti,… no quiero nada./ Lo quiero todo.”.
-¡Ay Luca, Luca! No olvides nunca que lo más simplista que puede hacer un hombre con una mujer es practicar el acto sexual, mientras que lo más excelso que pueden hacer un hombre y una mujer es el Amor. Cómo te explicaría yo, para que entendieses perfectamente y lo comprendieras, que una mujer, y más si está enamorada, es algo meduseo. Lo más maravilloso de la naturaleza.
Ramón Serrano G.
Noviembre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
Los epitafios
En todas las épocas, todas los civilizaciones, y todos los pueblos, han mantenido costumbres en su forma de vivir, y de morir, que les han sido más o menos útiles, y que, por suponerlas beneficiosas en la mayoría de las veces, han mantenido durante mucho tiempo, hasta que han descubierto y adoptado otras, las cuales les han parecido mejores por distintas razones que no vienen hoy al caso. Cabe señalar que esos cambios también se han llegado a producir no por lograr lo óptimo, sino, únicamente, por ese deseo humano de hacer nuevas cosas para estar con ello a la moda. Y convendrás conmigo, amable lector, en que esto es tan axiomático que no necesita explicación o ejemplo alguno que lo confirme.
Quiero hablarte hoy por eso de hábitos funerarios, deseando que con ello no te dé el yuyu y continúes leyendo. En realidad no sé bien por qué he escogido el tema. Tal vez sea porque, como ya van siendo muchos los años que tengo, presiento que no ha de ser mucho lo que tarde en venir a por mí mi amiga Átropos, y pienso en ella sin temor alguno, haciéndolo tan sólo porque es sabido aquello de que: … de la abundancia del corazón… (Lucas 6-45), y porque, al acordarme de esa entrañable desconocida, lo hago apoyándome en el insigne Quevedo, cuando dice: “…Oh, cómo te deslizas, edad mía! ¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría, que con callados pies todo lo igualas!”
Decía entonces que me voy a referir a los usos que las gentes tenían en relación a la muerte, y aunque “tocaré” de pasada algunos, me detendré un tanto más en los epitafios. No traeré a colación a las consabidas pirámides egipcias, o a las plañideras, aludidas en otras ocasiones, pero sí quiero tener un ligero recuerdo para los testimonios del luto en el vestir masculino en los años 40 y 50 del pasado siglo. Entonces, si el finado era familiar muy próximo y el deudo tenía posibles, este vestía un terno y sombrero negros como la pena. Eso en las ciudades, que en los pueblos era negra hasta la camisa. Pero si la economía no daba para la adquisición de un traje, lo que se hacía era colocar un brazalete bruno en la parte superior de la manga izquierda de la chaqueta, para luego, transcurrido algún tiempo, sustituirlo por un triángulo del mismo color en la solapa.
Pero pasemos al tema del que quiero ocuparme. En casi todos los enterramientos se suelen dar dos condiciones, aparte de las legales, sanitarias, etc., y que son el mantenimiento del recuerdo de una persona, ya sea por deseo de los familiares del difunto o por el “ego” del mismo. De ahí que por la voluntad de aquellos, o de este, se llegue a la construcción de nichos, sepulturas o panteones, de poca o mucha “relevancia”. Pero en bastantes ocasiones no acaba ahí el afán, más o menos gustoso, de perpetuar la memoria de un determinado individuo. Viene entonces la inscripción de un epitafio sobre la cubierta de la fosa. Y puedo asegurarles que los hay para todos los gustos. Unos jocosos, otros profundos. Desde los realizados por gente corriente, hasta los creados por mentes preclaras. Ahí van algunos ejemplos de unos y otros:
Si queréis los mayores elogios, moríos.- Enrique Jardiel Poncela.
Ya decía yo que ese médico no valía mucho.- Miguel Mihura.
Disculpe que no me levante, señora.- Groucho Marx.
Que los amigos aplaudan. La comedia se ha acabado.- L.V. Beethoven.
Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo.- Miguel de Unamuno.
Aquí descansa mi querida esposa. Señor, recíbela con la misma alegría con la que yo te la mando.- Desconocido.
Fulano de tal. Q.E.P.D. Recuerdo de todos tus hijos, menos Ricardo que no dio nada.- En un cementerio salmantino.
No envidiéis la paz de los muertos.- Nostradamus.
Cuando pases por la tumba donde mis cenizas se consumen, humedece su polvo con una lágrima.- Lord Byron.
Aquí yace el rey de los actores. Ahora hace de muerto, y la verdad es que lo hace bien.- Moliere.
El sol se oculta y aparece de nuevo, pero cuando nuestra efímera luz se esconde, es para siempre y el sueño, eterno.- Cayo Valerio Cátulo.
Y por último, tras hacer una manifestación de admiración y gratitud hacia los que a su muerte donan sus órganos, o todo su cuerpo, para beneficio de sus semejantes o de la ciencia, opción esta a la que me he unido con la mayor satisfacción, me queda hablar de la incineración, otra alternativa para la disposición final de los cadáveres, que ya se practicaba en el III y II milenio a. de C., que ahora se ha vuelto a poner de actualidad, y que también fue anteriormente mi pretensión para cuando llegase mi hora. No he de decir todos los motivos de estos deseos, por lo que diré tan sólo que algo de ello se debe a que, siendo así, o sea obrando según mi gusto, no tendré habitáculo que me recoja, y al no existir aquél, no habrá inscripción alguna sobre mis restos. Entonces, sólo quedaré, si es que me mantengo, en la memoria de aquellos que alguna vez me recuerden. Y ¡ojalá!, que si lo hacen, sea por algo bueno.
Ramón Serrano G. Octubre de 2012
sábado, 6 de octubre de 2012
Los vecinos
Mi querida Obdulia:
¡Qué alegría! Después de tantos años sin saber de ti, ahora que nos hemos reencontrado, vuelvo a escribirte para seguir contándote cosas de mi vida, como ya hice en cartas anteriores. Son cosas que ignoras, que no son extraordinarias, pero que sé que te interesarán al ser mías.
Ya sabes que quedé viuda muy joven, pero no sabes que me quedó una paga que, sin ser muy grande, era, al menos, mucho más que suficiente para vivir con cierto desahogo. Por aquel entonces dejé mi vieja casa y me fui a vivir a una barriada de reciente construcción, habitada por gentes de muy diferente clase y condición. Gentes sencillas y honestas en su mayoría. Gentes, al fin y a la postre, constitutivas de un mundo realmente agradable, o casi. Aquello no era una comuna, aunque en cierto modo pudiese parecerlo, pues entre la mayoría de los vecinos existía gran confianza e intrinsiqueza. Allí supe que podría vivir más que agradablemente.
A quien primero conocí fue a un personaje muy activo y beneficioso, que estaba de continuo en todas las casas -¡dichosos tiempos aquellos!- y en todas, absolutamente en todas, era acogido con una satisfacción inmensa. Se llamaba Curro, y gracias a él, se podían cubrir las necesidades de cada hogar, e incluso ahorrar algo para cuando los tiempos difíciles.
A su lado moraba una gran señora, doña Esperanza, persona que te socorría en cualquier dificultad, dándote ánimos y consejos para superarla, haciéndote ver que, por grande que fuese el trance, podría vencerse siempre que para ello pusiéramos la inteligencia y el esfuerzo necesarios. ¡Cuánto bien nos hizo muchas veces el aferrarnos a sus sugerencias e indicaciones!
En la siguiente casa, justo en la que hacía esquina, habitaba un adorable matrimonio, cuyo único empeño parecía ser que los demás residentes del barrio nos encontrásemos a todas horas tranquilos, satisfechos y contentos. Ella, doña Compaña, estaba siempre donde más falta hiciese para socorrer en lo que fuera menester a unos y a otros, mientras que su marido, don Diálogo, nos hablaba de mil y una cosas y temas con tal de que estuviésemos entretenidos, y además no caía nunca en el monólogo, sino que sabía escucharnos a todos con gran complacencia. Te digo, querida amiga, que nunca podré olvidar el mucho bien que ambos nos hicieron en los días que afortunadamente convivimos con ellos.
Pero fue pasando el tiempo, y los días, en su correr, nos fueron allegando otro tipo de vecinos para nada tan benefactores como los que ya había, sino que, antes bien, nos eran traedores de sufrimientos y penares. Pensamos que no durarían mucho, pero no tardamos en saber que los recién incorporados acabarían estableciéndose entre nosotros, aunque nos dio la impresión de que lo hicieron demasiado pronto. Sí, allí se nos presentaron, con la pertinaz idea de quedarse, don Achaque y doña Dolama, con lo que nuestra existencia dejó de ser tan deleitosa como lo hubiese sido antaño. Pero es que al poco se nos vino encima otra desgracia con la llegada de dos malas pécoras, de dos auténticas arpías que nos trajeron mucho maleficio. Una era doña Enfermedad, y la otra doña Dolores, (ya sabes, la relación causa efecto) y pareciese que no podían vivir la una sin la otra, y que no sabían estar sin causar malestares y padecimientos a todo hijo de vecino, sin respetar edad, sexo o condición. He de decir, pese a todo, que conmigo apenas se metieron, pero no ocurrió lo mismo con gran parte del resto del vecindario, al que, en un corto espacio de tiempo, llegaron a diezmar.
Mas no fue esto lo más malo, aunque parezca extraño. Lo peor consistió en que se implantó en nuestro enclave alguien tan terriblemente dañoso y nocente como pocas cosas habrá en el mundo. Había llegado la Soledad, y a esta no cabe ponerle dones ni otros tratamientos dada su grado de perversión. Yo, de momento, la rechacé de plano y traté de rehusar su presencia y sus devastadoras secuelas, pero no pude impedir que se apoderase de mí y recubriera mi espíritu, anulándolo, como la hiedra tapa y oculta la forma y el color de la pared. Y en esas estoy, conviviendo malamente con ella o, mejor dicho, sufriéndola y aguantando sus maneras. Pero este abandono y este desacompañamiento, que de por sí es terriblemente penoso para cualquiera, para mí, extravertida y abierta en alto grado -quizás en demasía- es mortificante de manera increíble.
Menos mal que ahora he vuelto a encontrarte y, aunque sólo sea la correspondencia contigo, ello alivia en mucho mi pesar. Por eso te pido que no me abandones. Que no dejes de escribirme ya que tus cartas son un gran lenitivo, puesto que ellas, junto a alguna conversación aislada que mantengo con los pocos amigos que aún me quedan, son el único aliento que encuentra mi alma para subsistir. Te mando un fuerte abrazo.
Tomillares a tantos, de tantos, de …
Ramón Serrano G.
Octubre de 2012
jueves, 20 de septiembre de 2012
Manuela
Manuela era bella como el amanecer y rubia como el trigo chamorro. Al muy poco de mi llegada al pueblo para la toma de posesión y el ejercicio de mi profesión como secretario del Ayuntamiento, la conocí y de inmediato me sentí cautivado por ella. Me había hospedado en la Fonda de Nicasio (era “la mejor” del pueblo y la más céntrica) y ella trabajaba allí como camarera en el bar del establecimiento, por lo que nuestros encuentros pronto fueron frecuentes aunque demasiado convencionales.
Digo que sólo con verla me quedé prendado de su hermosura, tanto física como anímica. Su cara guapa, de serena venustidad, le permitía peinarse con el cabello liso y pegado, tocado este que pocas mujeres se atreven a lucir. Su cuerpo de mediana estatura, armonioso y curvilíneo aunque sin excesos, era capaz de engendrar en los hombres pensamientos y deseos de todo tipo. Pero no era aquello que se había dado en decir una mujer de bandera, aunque fuese en el sentido más noble de la frase, sino que, por expresarlo de modo epilogal, lo que más destacaba en Manuela, aún por encima de su beldad, era su porte comedido y discreto. Y aunque siempre recatada y correcta, tenía, sin embargo a su vez, y continuamente, como un halo de tristura en su semblante. Era como un mohín, como una especie de gesto de aflicción interna, que parecía cohibir el desarrollo normal de su comportamiento.
Pronto me interesé por ella y pronto alguien me contó su corta vida.
La madre había fallecido al traerla al mundo y el padre había tenido que cuidar de su hermano, seis años mayor, y de ella, hasta que un accidente de tráfico había acabado con él cuando Manuela contaba apenas con dieciséis años. Al no poder subsistir con el subsidio estatal, su tío Nicasio la tomó como trabajadora en el bar de su fonda, y ese había sido siempre su único trabajo. Cabe destacar que, desde que empezó en él, continuamente había sido alegre, tranquila y muy hacendosa, y bien cierto era que los parroquianos no cesaban en hacerse lenguas de la muchacha.
Pero, pasados unos años, una noche, al volver a su casa tras el curro, alguien la atacó con aviesas intenciones. Ella supo defenderse dignamente y el agresor hubo de huir con algunos arañazos en su rostro y ningún logro en sus deseos. En el pueblo se hicieron de inmediato muchos comentarios, pero pocas averiguaciones precisas, sobre quién pudo haber sido el autor de la villanía, y pronto, al no haberse presentado denuncia alguna por parte de la agredida, se cerró de inmediato la investigación y todos fueron olvidando el caso. Todos menos Manuela, que vivió a raíz de aquello con un poso de amargura en su ser, apenas notable, pero sí significativo e importante. Tanto que, como ya se ha dicho, cambió su manera de hablar, de pensar y aún de vivir, sin que nadie supiese la razón exacta por la que la valiente agredida se viese tan afectada. Ninguno supo si es que esto se debía a que ella sí había reconocido al atacante, o a que se vio frustrada al comprobar la forma tan pobre en que alguien la valoraba, aunque ese alguien no fuese más que una alimaña. Lo cierto y verdad es que la razón que le motivaba a tener ese comportamiento, correcto sí, pero distante y extraño, era ignorado por todos los vecinos.
Tomó, entonces la costumbre de no salir demasiado tarde del trabajo, y si tenía que hacerlo, venía su hermano a recogerla, o la acompañaba su tío, a fin de que no volviera sola a casa. Pero cierto día, la ausencia de aquél por motivos laborales, y que una dolorosa lumbalgia tenía postrado a Nicasio en cama, obligaba a que Manuela tuviese que regresar sola a su domicilio al término de su faena Yo, me pasaba las veladas en el bar, no bebiendo ni jugando, que nunca fueron esas mis más acusadas tachas, sino fingiendo leer y releer la prensa, o algún libro que me bajaba de mi habitación, todo ello con la finalidad de estar cerca de aquella mujer a la que tanto admiraba, y poder así verla y charlar con ella, aunque fuese tan sólo un poco y con tan poca intimidad. Me había percatado de esa obligada soledad en su camino, y una noche, cuando se marchaba, decidí seguirla a una prudencial distancia, como de unos quince o veinte pasos. Ella lo notó de inmediato y decidió salir corriendo. Pero la llamé por su nombre, le corroboré quién era, y que mi intención no era otra que acompañarla a un aconsejable espacio entre ambos, tan largo como para no poder atacarla y tan corto para que cualquier extraño que merodease por allí se apercibiese que no iba sola. Al oír esto se calmó un tanto, mas siguió su marcha rápida e ininterrumpidamente.
Lo mismo ocurrió la segunda y la tercera noche. Pero ya a la cuarta, ella misma, comprendiendo que su actitud no era lógica, me esperó, y con cierto nerviosismo y agradecimiento, me autorizó e incluso me pidió que caminásemos juntos. Así lo hice muy gustosamente, y, de inmediato, aquellos paseos fueron durando más y más, haciéndose tan habituales como deseados. Y además, bastantes tardes, a la hora en que los clientes escaseaban en el café, pasábamos ambos muchos ratos en animado y casi íntimo coloquio. Pronto, y visto esto, a los vecinos les faltó tiempo para “sacarnos en los papeles” y hablar de nuestra nueva e intensa amistad (como un “lío”, lo calificaron ellos)
Pero pronto cesaron en esos menesteres y hoy ya no cotillean sobre ello. Lo que sí comentan, y con satisfacción, es cómo criamos a Marianela, nuestra hija, que, al igual que su madre, es bella como la aurora y rubia como el trigo chamorro.
Ramón Serrano G.
Setiembre de 2012
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Escuchador
Cosa bien sabida es, que desde el inicio de la vida, el tiempo va cambiándolo todo y, a la postre, acabando con todo. Modas, usos y oficios, de cualquier tipo y condición, están siempre evolucionando a veces e incluso llegando a desaparecer, mientras que otras, y otros, van surgiendo ante las nuevas necesidades actuales. Y si nos pusiésemos a averiguar las causas y motivos de esos trueques y extinciones, veríamos que a veces vienen obligadas por distintas razones, pero que en la mayoría de las ocasiones son debidas a la arbitrariedad o a la comodonería de las gentes. Pero fuera cual fuese la razón de la existencia de esos hábitos, lo cierto es que ahí estuvieron unos, aquí están hoy otros, y allá estarán algunos, distintos y novedosos, el día de mañana.
Como demostración, recordaremos a varios que fueron y ya no lo son, citando a los serenos, pregoneros y recaderos, mientras que nos detendremos, aunque no mucho, en uno que siempre me pareció digamos ¿extravagante? Vaya entonces un recuerdo para las plañideras, oficio este que ya desempeñaban mujeres en el antiguo Egipto, algunas de las cuales constituían familias enteras con dedicación exclusiva a este menester. Eran contratadas para que asistieran a los funerales de alguien, vestidas de un determinado color, gris-azulado, y presididas por la praefica que iba marcando el orden de sus “actuaciones”: lanzar exclamaciones de dolor, echarse tierra sobre la cabeza, darse golpes en el pecho y recoger sus lágrimas en unos vasos, los lacrimatorios, que luego depositaban en la urna del difunto. Y había algo claro: a mayor riqueza o importancia de este, mayor número de plañideras jipiando y gimiendo.
En la época actual, y por causas de todos sabidas, familias más cortas y diseminación de sus componentes, o por causas laborales, en la mayoría de los casos, ha surgido una nueva actividad, que cada vez se va extendiendo más debido a la gran demanda que tiene en ciudades o pueblos. Me estoy refiriendo a las personas de compañía, esas que, bien sea por jornada completa, o por turnos de diferente duración, cuidan y “vigilan” a las personas que, casi siempre por ser de una edad avanzada, no pueden o no es conveniente que vivan solas tanto de día como de noche.
No son, en realidad, esas a las que hasta hace poco se las llamaba “criadas” primero, y después empleadas de hogar, ya que estas tenían como principal obligación el cuidado del hogar (limpieza, lavado y planchado de la ropa, cocinado, etc.), y como consecuencia inevitable de su estancia en el domicilio familiar, la vigilancia de las personas mayores que en é vivían, aun cuando no fuera ese su cometido primordial.
Pero sin ser un nabí, o un provicero, que yo no tengo dotes adivinatorias, sí puedo asegurar que pronto, muy pronto, de inmediato, aparecerá en nuestra sociedad un nuevo oficio u ocupación. Mejor dicho: como ya han remanecido algunos, o bastantes, lo que hará será asentarse en nuestro hábitat definitivamente, y conviviremos con ellos al igual que lo hacemos con una enfermera o con un mecánico. Y esta nueva ocupación será, asombrémonos, la de: escuchador. Trataré de explicarlo.
Las personas tenemos unas necesidades fisiológicas con cuyo cumplimiento nos desarrollamos mejor, y que, por las limitaciones psíquico-físicas, las de mayor edad no pueden ejercer debidamente. Alimentación, ejercicio, y aseo, entre otras. Esa es la función ejercida, con distintos grados de bondad, por los/las antes aludidos. Mas obsérvese que todas las citadas son actividades físicas. Pero en cuanto a las psíquicas, lamentablemente podríamos asegurar que, en un 99,9 % de los casos, los ayudantes se limitan a encender la TV a sus pacientes y esperando, con mucha probabilidad de acierto, que se dormirán muy pronto.
Y eso no es así, ni debe ser. Tanto ha de ejercitarse el cuerpo como el espíritu, y por esto tendremos que contratar para el buen cuidado de nuestros mayores, y mejor hoy que mañana, escuchadores. Hombres o mujeres que llegarán a casa de Apolonia, o de Severino, se sentarán frente a ellos y escucharán, con atención y agrado, lo que aquella, o este, gusten de contarles. Porque, una y otro, necesitan su sopa, su paseo, y su limpieza. Pero también, y con la misma importancia que todo eso, precisan hablar, ¡qué caramba! Hablar, y que alguien escuche lo que quieren y necesitan decir. Cosas que en muchos casos parecerán chocheces, y que en ocasiones lo serán, pero que en otras serán la sabia exposición de los recuerdos de una etapa llena fracasos y éxitos. De una vida llena de vivencias. Y habrán de contárselo a los escuchadores ya que, y dicho sea de paso, los escasos familiares que tienen no suelen hacerlo, puesto que, según ellos, han atender “otras ocupaciones más importantes”.
Sí. Estoy completamente seguro de que pronto habrá escuchadores. Benefactores que serán capaces de aguantar el chaparrón de palabras que quieran largarle algunos pobres “viejos”, puede que demasiado repetidas, pero muchas veces, casi siempre, coherentes. Que darán oídos a unos ancianos que “manyan” que quienes les rodean sí tienen tiempo para probarse las ropas que ellos van a dejar, pero nunca para oír su intranscendente y repetida verborrea. Bienvenidos seréis, escuchadores.
Sí, esto acabará siendo así, ya lo verán. Sin embargo. lo que me parece que ya sería entrar en lo onírico, es imaginar que algún día, tal vez no muy lejano, alguien llegará a casa de Apolonia, o de Severino, cogerá un libro, se sentará frente a ellos, diciéndoles:
-Bueno, hoy continuaremos con el libro que comenzamos ayer. Y empezará a leerles: “La del alba sería…”
Ramón Serrano G.
Setiembre de 2012
El somormujo (y II)
La primera tarea que acometió el pato al recluirse a su talanquera, fue el replantearse cuál debería ser su comportamiento a partir de entonces. Sabía muy bien que esa nueva vida que se veía obligado a llevar no sería la suya propia, la que él se había marcado desde siempre, ni la que a él le hubiese gustado vivir, pero tenía que amoldarse a las circunstancias acaecidas y, pese a todo, vivirla. No se le ocurrió en ningún instante quedarse quieto en medio de la laguna a la espera de que alguna rapaz acabase con su existencia. No, su deber era subsistir a pesar de todo. Por otra parte, no era un misántropo sino, más bien, todo lo contrario, y en sus genes llevaba un alto grado de sociabilidad con sus semejantes. Sin embargo, de inicio, eligió una especie de enclaustramiento que ya abandonaría más tarde, en su momento, si había lugar para ello.
Por eso, durante bastantes semanas de su nueva época, a casi todas horas estaba en su cobijo y, muchas veces, los cañizales y las espadañas sonaban como si quisieran transmitir a todos los circundantes los lamentos emitidos por el pato. Y sí, así era, pues el viento sonaba ahora lastimeramente casi siempre, haciéndose eco de los pensamientos del pobre animal, el cual, había aprendido (nadie supo cuándo, o dónde) aquél apotegma de R.M. Rilke en el que instaba a que cada uno debía amar su soledad y aprender a soportar los sufrimientos que ella le causara.
He de repetir que, para su fortuna, desde el primer instante tuvo la mejor de las acogidas entre la fauna lagunera, pues sus congéneres, conscientes de su estado anímico, trataron de hacerle la vida lo más llevadera posible, y comprobó que sus semejantes poseían una naturaleza más benevolente y afectuosa de lo que pudiera pensarse en un principio. Anátidas de diversas especies se le acercaron ofreciéndole su compañía y su ayuda (hasta se le acercó una huraña focha entre ellas), con la sana intención de mitigar su desánimo, y estas acciones acabaron siéndole muy beneficiosas. Se detuvo a considerarlas tranquila y despaciosamente, y al fin decidió (es proverbialmente conocido el espíritu de sacrificio de los patos) que lo mejor era amoldarse a lo que viniera, y que convivir es infinitamente mejor, y hace que no sea tan duro el malvivir. Así pues, dado su carácter extrovertido, renunció a convertirse en un cenobita.
Y comenzó a desarrollar su vida palustre de un modo sencillo aunque quizás un tanto rutinario. Por las mañanas, tras el almuerzo se daba un paseo lo más cerca posible de su añorada Redondilla, para acudir más tarde a una reunión que pronto se le hizo cuasi familiar y muy entretenida y beneficiosa. A ella acudían igualmente aves calañas, varias y muy distintas, y entre todos formaban unas tertulias, coloquios y chácharas realmente sustanciosos. Y aunque no faltaba algún nadaveidile, él prefería escuchar a los plumíferos más enjundiosos de los que aprendió cosas muy interesantes. Costumbres quizás ya sabidas y junto a las que había vivido siempre pero a las que no había prestado la más mínima atención, y que, sin embargo, ahora, al oírlas del pico de sus protagonistas, le parecían de lo más interesantes y sustanciosas.
Así supo que la cerceta macho emite como llamada un raro silbido, un crrit – crrit característico. Que los porrones, sean moñudos o no, se alimentan de hierbas y pequeños moluscos que se encuentran a varios metros de profundidad. Que el calamón, ave muy similar a la gallineta, es de costumbres ariscas y discretas, lo que hace muy difícil su observación, y construye su nido flotante en lo más denso de los cañaverales y los bayuncos. Que las fochas, normalmente muy agresivas, cuando son atacadas chapotean furiosamente el agua, y con ello crean una nube de espuma que las oculta antes de sumergirse. Y hasta alguno de ellos, con mayor deseo de ayudarle que de alcahuetear, le parpó de la existencia de una somormujita, desparejada y cariñosa, que estaba de muy buen ver.
Desechó este ofrecimiento ya que mantenía en la mente a su anterior pareja, de la que la desgracia le había apartado tras apenas dos días de convivencia. No, no estaba su ánima para romances ni arrocinamientos. De hecho, a veces tenía que meter su cabeza en el agua como si hubiese visto una larva, o un cangrejillo, pero lo hacía para que sus contertulios no viesen las lágrimas que le afloraban con algunos recuerdos. Tenía que ser fuerte y tratar de mantener una conducta que le mantuviera “a flote”.
Su forma de vivir se basó pues en la observación y el aprendizaje, que para esto nunca es demasiado tarde. Sus horas y sus fechas transcurrieron no felices, que estaban muy distantes de serlo, pero sí tranquilas, ya que se impuso cumplir a rajatabla tres preceptos: ser sabedor de que a cualquiera, y sin hacer nada para ello, les puede sonreír la fortuna o afligirle la desgracia; adquirir consciencia de que nunca se debe claudicar ante esta; y tener toda la voluntad del mundo para, venciendo el desánimo, luchar con mayores fuerzas cada día por sobrevivir en paz.
-Y en esas andaba el pobre somormujo cuando me despertaste.
-Pues es curioso el sueño, le contestó Luis, y, sobre todo, enseñador de que hay que saber sobreponerse a los infortunios, cosa que no todo el mundo sabemos hacer. Aunque he de serte sincero y decirte que siempre he tenido la creencia de que en los sueños se ve el trasfondo de nuestro ser, o dicho de otro modo, que tú Luca también serías muy capaz de sobreponerte a cualquier adversidad. Que voluntad y ánimo no te faltan.
Ramón Serrano G.
Agosto de 2012
El somormujo (I)
“¿Dices que nada se pierde? Si esta copa de cristal se me rompe, nunca en ella beberé. Nunca jamás”. A. Machado.-
Aquella mañana los dos amigos habían salido de Tomillares cuando apenas se asomaba Eos, por lo que empezaba a clarear, y aunque querían llegar a Campo de Criptana antes de que Suria enviase sus rayos con demasiada calidez, decidieron sentarse al borde de un tempranal para descansar un poco, comer unas uvas y retomar fuerzas.
-¿Sabes Luis que anoche tuve un sueño extraño? dijo Luca.
-Ignoraba que los perros soñaseis, contestó Luis.
-Pues claro que lo hacemos. Y, lo mismo que vosotros, “vivimos” en ellos aventuras muy interesantes. Te cuento.
-Transcurría la acción de ese sueño sobre la superficie de la laguna Redondilla, que estaba serena, tranquila, bellísima. Pocas cosas habrá tan bellas en esta Mancha de nuestros pecados. Era una luminosa tarde (que, por cierto, ya se iba haciendo noche) de un caluroso mes de mayo, justo unos momentos antes de que el agua se quedase, como sucedía a diario, lisa y serena como plato. “..Y todo el campo, un momento, se queda mudo y sombrío, meditando. Suena el viento en los álamos del río…” nos tiene dicho el poeta Machado.
De pronto apareció sobre el agua un joven y confiado somormujo que iba de retorno a su cobijo por la zona norte de la laguna, pendiente de toparse con algún cangrejo, o algún pececillo, con los que completar su colación. Mientras tanto, rememoraba detalladamente la que había sido, tan sólo dos días antes, su parada nupcial, espectacular como todas las de su especie, sacudiendo la cabeza, contoneándose, erizando el moño y la gola, alzando pecho contra pecho, y sosteniendo en el pico hermosas plantas acuáticas arrancadas en el fondo. ¡Qué maravilla!
Iba tranquilo y feliz cuando, en esas, un reflejo, la sombra de algo, posiblemente la de un aguilucho lagunero, se cernió sobre él. Sin demora (no podía detenerse a saber si eran galgos o podencos), el pato se hundió cuanto pudo en las tranquilas aguas de la laguna, pero, antes de lograrlo del todo, notó cómo un desgarrador hachazo se clavaba en su dorso, y sangrando, y lleno de dolor, se vio arrastrado irremisiblemente por la corriente del agua, sin tan siquiera suponer a dónde iría a parar, pero con la satisfacción de saber que de ese modo se salvaba una situación que se presentaba trágica.
Cuando tuvo conciencia de lo sucedido, supo que estaba, gravemente herido, en las aguas de la Lengua, aneja a la que él vivía, y a la que no podría retornar por cuestión del gran desnivel entre ambas. Pero no era momento de pensar en regresos, sino de evitar cualquier otra posible agresión proveniente del mismo aguilucho, o de cualquier gavilán o lechuza que anduviese, a la sazón, de batida por aquellos parajes. Sumergido, nadó hasta la orilla y en ella se ocultó entre los juncos y carrizos, para después, y, con enorme dificultad, acercarse a tierra para permanecer camuflado con las espadañas, las masiegas y la noche. Una noche, la primera de su vida, que se le había hecho tarde.
Allí aguantó nuestro amigo, mordido por el dolor y la pesadumbre, aunque en una tranquilidad complaciente, esa noche y un día entero más. Al amanecer del otro, salió de su latebra acuciado por el hambre y el deseo de conocer el que a partir de entonces sería su nuevo hábitat. Pronto encontró algún condumio, que le concedió fuerzas para iniciar su visita de reconocimiento, en la que observó que allí había igualmente cantidad de blenios, bogas, cachos, blackbas, cangrejos y barbos. La calidad del entorno era apacible, bella y parecida a la anterior (sabida es la gran hermosura común de las lagunas ruideras), y no tardó en toparse con sus similares: ánades, fochas, porrones, cercetas y calamones en cantidad parecida a la de su perdido espacio vital. Estos, al principio, lo miraron extrañados, pero enseguida empezaron a parpar con el nuevo lavanco, tratando, entre otras cosas, de averiguar la razón de su llegada, aunque esto lo supieron inmediatamente viendo el lastimoso estado de su dorso.
Amistosa y educadamente le hicieron bastante preguntas, tanto de su vida anterior, como de sus intenciones para el futuro, pero él, agradeciendo su atento recibimiento y pidiéndoles las obligadas disculpas, se excusó, amparándose en su mal y en el aturdimiento que le atenazaba por lo sucedido, y pospuso sus aclaraciones al respecto para días venideros. Retornó de inmediato a su nueva morada y sus obligadas salidas de ella fueron alimentarias y escasas. Únicamente las imprescindibles.
Y así pasaron los días. Muchos días. Demasiados sin duda. En ellos únicamente tuvo por compañera a la soledad, con la que convivía triste, pero pacíficamente. Largos se le hicieron, pero…
Ramón Serrano G.
Agosto de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
